Ficha bibliográfica
Titulo:
Los Múltiples Daríos
Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Juan Gustavo Cobo borda
Notas: Texto de Juan Gustavo Cobo borda sobre la obra de Rubén Darío.
 
 
 
Los Múltiples Daríos
Juan Gustavo  Cobo borda

Comencemos por limpiar el escenario y descartar una idea fácil. Rubén Darío no fue un cantor de princesas, cisnes y jardines de Francia. No. Rubén Darío, hay que decirlo desde el comienzo, fue el más importante poeta americano. El más vigoroso, el más diverso, el de mayor sensualidad y música incomparable. El que con mayor clarividencia penetró en el misterio de las cosas y el que con mayor intensidad logró transmitirnos su reacción sensible y exacta.

Leyéndolo despacio, mirando debajo de las máscaras que utilizaba, podemos descubrir una poderosa corriente verbal, estremecida y luminosa, que nunca cesó de expresarse a través de los ropajes verbales variados.

José María Vargas Vila, el colombiano que escribió un libro sobre él, contaba cómo este mestizo nicaragüense, llevado por la marea del alcohol, desembocaba en una especie de piélago mediúmnico, de estancamiento sonámbulo, del cual iban aflorando las imágenes claves de sus memorables poemas. En su forma de componer había algo de trance, como lo recordó otro colombiano, Eduardo Carrasquilla Mallarino, quien fuera su secretario.

Atrás quedaba su trabajo periodístico. Las precarias dignidades diplomáticas. Las engreídas susceptibilidades de sus amigos literatos. Sus patéticos dramas conyugales. Y la fuerza de sus sueños, siempre en entredicho ante una realidad amorfa. Allí dentro, en cambio, y desde la boca de la sombra, no cesaba de manar el caudal feliz de su palabra. Una búsqueda perpetua y un aliento que apenas si cesó con la muerte. Como lo dijo en un poema de 1901:

Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,

botón de pensamiento que busca ser la rosa.

Como en cualquier otro poema de Darío, en estos catorce versos, elegidos al azar, se encuentran varios de los caracteres que se le han atribuido. Su interés por el pasado clásico, su lectura atenta de los románticos franceses, en este caso Nerval, el transfondo ocultista —"los astros me han predicho la visión de la Diosa"— la fluida elegancia, la alusión a la Bella Durmiente medieval; y sin embargo, más allá de esta superficie, ensamblada y taraceada con primor, surge la conturbadora presencia de unos versos inmóviles en su belleza:

Y en mi alma reposa la luz como reposa

el ave de la luna sobre un lago tranquilo.

Núcleo vital que da paso, en los versos siguientes, a la perpetua carrera de este Aquiles detrás de la tortuga quimérica: la poesía.

Y no hallo sino la palabra que huye,

la iniciación melódica que de la flauta fluye

y la barca del sueño que en el espacio boga.

Versos a la vez quietos y dinámicos que desembocan luego, con la misma capacidad de armonía y ritmo, en esas dos líneas finales que cerrando el poema lo abren hacia una dimensión insospechada; el sollozo de la fuente y el cuello del gran cisne blanco que lo interroga.

Aquí están ya esos cisnes, tan vilipendiados luego, que él enaltece como una encarnación en la tierra del enigma de la naturaleza.

Darío era un poeta, un gran poeta, y en consecuencia utilizaba todo lo que estuviese a su alcance para expresar sus sentimientos. Como lo vio bien Ángel Rama refiriéndose a la renovación democrática del modernismo, ésta se daba a través de múltiples máscaras:

La democratización progresiva de este largo tiempo se pone a revisar la historia como una guardarropía de teatro. Al principio parece gastar parsimoniosamente el tesoro que descubre, dándole años de utilidad a cada disfraz, pero la apetencia se acelera con el ejercicio, cada vez más intensamente devorada por el placer del enmascaramiento y, cuando llegamos al fin del siglo XIX, presenciamos una explosión: el eclecticismo artístico de la época suma indiscriminadamente los trajes de los más variados tiempos, apela a todos los estilos (renacentista, gótico, helénico, oriental) y concluye en un abigarrado bal masqué1.

Baile de máscaras: la reina y su corte, disfrazadas de pastores. Otros, de buenos salvajes. Los caudillos de la revolución, de tribunos romanos. Los jóvenes románticos de pajes medievales. Al final del siglo, Verlaine recupera el rococó de las fiestas galantes. Es ya un disfraz del disfraz.

Muchos de estos disfraces son los que utiliza el propio Darío, en pos de esa verdad última, e íntima, que bien podía simbolizarse con el tópico del "vino de oro". Vitalidad cordial que impregna sus textos y les otorga una alegría creadora imposible de comparar con ningún otro poeta de su época y de su lengua. Luminosidad insólita, capaz de abarcar el mundo con su mirada e incorporarlo al ritmo de sus latidos verbales: "Es incidencia la historia. Nuestro destino supremo está más allá del rumbo que marcan fugaces las épocas. Y Palenke y la Atlántida no son más que momentos soberbios con que puntúa Dios los versos de su Augusto Poema". (De "Salutación al águila").

El mundo como poema. El poeta como creador. Hay, en consecuencia, tantos Daríos como facetas tiene la naturaleza humana o como cambios experimenta el paisaje. Están el jocundo y el triste, el travieso y el sarcástico, el risueño y el crepuscular, el doméstico y el trascendente. El Darío que juega con las palabras y el Darío a quien las palabras atraviesan y dejan inerme, desnudo ante su lector.

Hay que pensar entonces en que varios de sus poemas fueron escritos por encargo, y sujetos a un tema específico. Hay que tener en cuenta también que muchos otros fueron versos de ocasión para álbumes de señoritas o señoras, brindis en banquetes o culminación de festejos más o menos patrios. Otros, cómo no, solicitudes de amigos para engalanar con su firma las primeras páginas de sus libros, todo ello en una época en que el poeta formaba parte del escenario cultural de repúblicas recién hechas, retrocediendo en importancia pero conservando aún ciertas prerrogativas, más de adorno que reales.

Con su poesía pagaban sus puestos públicos. Así lo honró Rafael Núñez, nombrándolo cónsul colombiano en Buenos Aires, y así lo reconoció Darío dedicándole un poema en vida y otro con motivo de su muerte. Pero lo insólito no es esto, sino la capacidad de Darío para llevar la poesía mucho más allá del lugar en que había quedado: "No se tenía en toda la América española como fin y objeto poético más que la celebración de las glorias criollas, los hechos de la independencia y la naturaleza americana: un eterno canto a Junín, una inacabable oda a la agricultura de la zona tórrida, y décimas patrióticas". (De Historia de mis libros).

En su caso el costo de pertenecer a determinada época no fue demasiado alto: siempre, más allá de fórmulas y esquemas rituales, asoman versos de singular pureza. Ya desde sus primeros libros tentativos, del año 1885, donde los poemas eran demasiado largos, digresivos y pomposos, los contrapuntos de su poesía, entre la florida primavera y el cáncer del escepticismo, nos sitúan de lleno en su ambiente. "La edad presente es de lucha", decía. Sin embargo, años más tarde iría más a fondo: ¡Qué queréis! Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer. Sin embargo, dentro de un fin de siglo donde primaba el nihilismo iconoclasta, no dejó de señalar:

...se va Dios: ¡esto es horrible!

Contener es imposible

esa gangrena moral.

Pero su poesía no se convirtió en un debate ideológico ni en un lamento por la fe perdida, dentro de la secularización progresiva que las ciudades incrementaban. En la citada "Introducción" a sus Epístolas y poemas terminaba con esta frase: ¡Y después de todo, siento/ que algo hay en mi corazón! Era en su corazón en donde iban a transcurrir sus mejores versos. Tal su torre de marfil. Su refugio más universal.

Todos los hombres y ninguno

Primero buscó en vano las viejas musas, en una compenetración admirable con sus azules cielos y "las balsámicas brisas del Egeo". Pero en una época donde los parnasianos tallaban, sin pausa, el marfil de sus camafeos helénicos, Darío no vaciló en escribir: rodaron las estatuas de los pórticos/ y enmudeció el oráculo de Delfos. El viejo templo de mármol, donde los neoclásicos se ajustaban la toga, estaba vacío. A Darío sólo le quedaba él mismo. Su fuente interior. Lo expresó de modo admirable: Yo tenía quince años: ¡un estrella en la mano! Ya estaba yo nutrido de Oviedo y de Gomara.

En su natal Nicaragua, al leer a los cronistas de Indias, tuvo una cabal comprensión del proceso literario, añadiéndoles una sólida lectura de los clásicos españoles, en la edición de Rivadeneira —al fin y al cabo, la lengua en que escribía—, las Rimas de Bécquer y el descubrimiento de Víctor Hugo a partir de 1882, gracias al salvadoreño Francisco Gavidia. Con ello "surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde". Incorporación de las ventajas verbales de otras lenguas, como el francés, sin olvidar su raíz española. El programa, según sus propias palabras, podría sintetizarse así: "Abandono de las ordenaciones usuales, de los clisés consuetudinarios; atención a la melodía interior, que contribuye al éxito de la expresión rítmica; novedad en los adjetivos; estudio y fijeza del significado etimológico de cada vocablo; aplicación de la erudición oportuna; aristocracia léxica".

Lo sintetizó también, de modo esquemático, en un poema de 1884 dirigido a Ricardo Contreras:

Es preciso montar en el Pegaso

para sonar la cítara de oro

de León, o el rabel de Garcilaso.

Plena libertad para movilizarse en el tiempo y en el espacio, utilizando cualquier imaginería con la cual se hubiese identificado, en favor de su voz propia. Gústame de emplear en lo inventado/ el sutil anacronismo.

Rasgo típico de una época sincrética, que no vaciló en echar mano de múltiples pasados, del medieval al renacentista, y del coquetón y almibarado siglo de Watteau a Nietzsche. Como lo señaló Giovanni Allegra, al hablar del "modernismo como antimodernidad" 2 , dicho movimiento cuestionaba el progreso, y a la opinión pública, masificada y burguesa, con su retorno elitista y utópico a una idealidad aristocrática. La misma, de otra parte, que anima el Ariel, de Rodó, con su dicotomía latina-sajona, y su balanza inclinada a favor del triunfo del Espíritu y no del Calibán pragmático y materialista.

Pero lo que era un planteo ideológico se convertiría en Darío, con los años, en encarnaciones vivas y palpitantes, como en el poema titulado, por cierto, "Pegaso". El caballo mitológico se había vuelto su propio arrebato creador: ya era uno con él. Esa capacidad de metamorfosis para ser todos los hombres, y ninguno, toda la historia, y la suya propia, se torna aún más valiosa,
por su laconismo, en un hermoso poema de 1893 titulado "Metempsicosis":

 

Yo fui un soldado que durmió en el lecho

del Cleopatra la reina. Su blancura

y su mirada astral y omnipotente.

Eso fue todo.

¡Oh mirada! ¡Oh blancura y oh aquel lecho

en que estaba radiante la blancura!

¡Oh la rosa marmórea omnipotente!

Eso fue todo.

Y crujió su espinazo por mi brazo;

y yo, liberto, hice olvidar a Antonio.

(¡Oh el lecho y la mirada y la blancura!)

Eso fue todo.

Yo, Rufo Galo, fui soldado, y sangre

tuve de Galia, y la imperial becerra

me dio un minuto audaz de su capricho.

Eso fue todo.

¿Por qué en aquel espasmo las tenazas

de mis dedos de bronce no apretaron

el cuello de la blanca reina en broma?

Eso fue todo.

Yo fui llevado a Egipto. La cadena

tuve al pescuezo. Fui comido un día

por los perros. Mi nombre, Rufo Galo.

Eso fue todo.

Rubén Darío soñaba y era tal la intensidad de su sueño y la fidelidad a él, que se convertía en Rufo Galo. Un hombre, como todos, que conoció el placer y la gloria y que desaprovechando el instante cayó a tierra, como todos.

Del mismo modo que Shakespeare fabricó su Italia, su Dinamarca o su Roma, así Darío se inventó su Oriente, su Egipto o su Francia. Gracias a ello la literatura latinoamericana conquistó una libertad insospechada. Esos escenarios armados sólo con el fuego de su palabra le sirvieron para manifestar, con una "inteligencia sensitiva", una modulación, un tono, un habla inconfundi-blemente nuestra, que podía ir de la España del Cid a los Luises de Francia sin descartar a Moctezuma o los centauros. Todo cabía en sus páginas, pues todas ellas eran escritas por el mismo hombre; en búsqueda de su expresión.

Aquel artista exigente que consideraba la novedad como renovada tradición, y el impulso verbal como fuerza capaz de romper los límites, siendo a la vez docta y pura. Un poeta culto que era a la vez un poeta siempre dispuesto a sorprenderse con la maravilla inexhausta del mundo. De ahí su imagen recurrente de un cerebro-caracol-corazón, donde todas las cosas resuenan. Como en la mágica lira de Orfeo, así se recobra la armonía divina y se logra que seres, piedras y árboles, hablen de nuevo.

"Tenemos una curiosidad infinita y es posible que América sea el continente de mayor número de personas con curiosidad que existe. Tenemos poblaciones de curiosos" 3 . Esto lo dijo Germán Arciniegas hablando de Rubén Darío y su curiosidad de provinciano ávido.

Gracias a ella se interesó por la música de Wagner y la pintura de Velásquez. Y fue esa apetencia la que lo llevó a recorrer medio mundo, de Chile a la Argentina, de España a Francia, de Nueva York a su natal Metapa.Un vasto periplo dentro del cual su personalidad irradiante iba agrupando las fuerzas de una renovación estética radical. Así lo proclamaba:

¿América la joven, no está llena

de inspirados cantores? ¿Desde el Plata

a la región que baña el Magdalena

un glorioso rumor no se desata?

Contribuyó, de modo decisivo, a propiciarlo, y llevó hasta España la buena nueva: el retorno de las carabelas, con un idioma como no se había escuchado antes.

Ya el hosanna

glorioso y la apacible cantilena

cunden con melodía soberana

elevando con pauta majestuosa

la dulzura del habla castellana.

Pero no sólo era la dulzura nemorosa del Garcilaso lo que Darío y sus pares buscaban. Ni tampoco la sabia "frase de fuego", llena de "sagrado encono", con la cual Quevedo llevó a cenizas últimas el esplendor barroco de nuestro idioma. Era algo más: una lengua propia.

Lo que Darío propugnaba en estos sus primeros versos, al elogiar tanto a Víctor Hugo como a Juan Montalvo, era un reconocimiento de lo americano por parte de "la cansada Europa". Sabía que si "por boca de Platón habla Dios mismo", también volverá a sonar y a conmover el mundo/la ruda carcajada de Cervantes. Su idealismo tenía ahincados los pies en la tierra. Podía partir en su arriesgado viaje. Lo vio Baldomero Sanín Cano en su nota necrológica de 1916:

Rubén Darío se auscultó a sí mismo, desde los primeros momentos de su carrera, y descubrió, no sin agrado, que era el poeta americano moderno. Se atuvo con firmeza a este descubrimiento, organizó su vida dentro de los auspicios de esa carrera y quiso desentenderse de cuanto pugnara con ella o le fuera extraño. En esto estriba lo mejor y más sustancial de su fuerza. Él dedicó todas sus energías al arte para cuyo cultivo se creía, y en efecto estaba, predestinado.

Poema americano

Cantó así lo americano con un entusiasmo juvenil, donde todo era posible: "¡América es el porvenir del mundo!". Y esa sincera confianza no se extinguiría nunca, por más que las tierras de los chibchas, Cuzco y Palenque hayan visto "engalanadas a las panteras", en la grotesca sucesión de dictadores tropicales. Y comenzará a sentir las depredaciones de Estados Unidos, como fue el caso de Cuba, en 1898, y la pérdida del Canal de Panamá, en 1903, que incidieron, de modo decisivo, en la conciencia política de la generación modernista, tanto en América como en España. La carencia de una vida civil estable terminaba por envilecer la prosa.

...y tras encanalladas revoluciones

la canalla escritora mancha la lengua

que escribieron Cervantes y Calderones.

Escritor consciente de su instrumento verbal, y de la preservación del mismo, mediante la exploración creativa, Darío le confirió al español una agilidad y una presteza que nunca antes había gozado. Lo convirtió en pintura, júbilo y danza, ampliando sus fronteras, incorporando novedades foráneas, sin hacerle perder, por ello, el espíritu de la lengua. Por el contrario: ahondaba en su cauce y le confería el máximo esplendor. El de un apasiona-miento que no olvidaba la ironía. El de un rapto que no desdeñaba la introspección.

Así, y con respecto al tema americano, recuérdese el humor conversado de su "Epístola a la Sra. De Lugones", donde reconoce: Yo pan-americanicé/ con un vago temor y con muy poca fe. Por más que fuese un hombre público, que asistió al 4º Centenario del Descubrimiento de América, en Madrid; a la III Conferencia Internacional Americana, en Brasil; y en 1910 a las Fiestas del Centenario de la Independencia, en México, sus cantos épicos, en pro de la Americanidad y la Hispanidad, y la unión de las dos, siempre poseen, al margen de la intimidante grandeza del propio tema, un fervor contagioso que sobrepasa la retórica y desemboca en el simple y sonoro placer de la palabra. Era, además, como todo poeta, un hombre que veía las dos caras de las cosas. Que saluda-ba, con optimismo, al águila del Norte y criticaba, con agudeza, a Teodoro Roosevelt.

Como auténtico poeta no hay que olvidar, entonces, cuanto de simple juego y deleitable artificio hay en toda su obra. Otro síntoma de su grandeza era su capacidad para entregarse a lo mínimo e intrascendente, con felices resultados. Un poema, por ejemplo, titulado "Fioretti". Allí una bella pecadora parisiense va a la iglesia, se confiesa y no da señales de arrepentirse en exceso. El tema, por un romántico, podría haber sido tratado a lo patético y el castigo, por sus devaneos, resultar un tremebundo infierno. Darío prefiere decir apenas: Pecaditos de rosa y seda/ ¿qué mal te van a hacer, Señor?

Había algo encantador y afable en su mirada, que, en otro caso, viendo bailarinas algo gordas, le hacía exclamar: y aunque es un poco jamona / muy bien que se zarandea. O reconociendo un pájaro, lo caracterizaba en esta forma "chismoso y petulante, charlando va un gorrión".

No es justo, en consecuencia, descartar una zona suya, de humor, galanteo y gracia, dejándolo fijado apenas en los himnos robustos y marciales. En ella, como en sus grandes poemas de introspección anímica, y desgarramiento vital, o en sus relumbrantes frescos, de sonoridad y brío, está el mismo artista visionario.

O el gran poeta erótico, que también en pequeños poemas como sus Dezires, layes y canciones, obtiene joyas perfectas y turbadoras, como al final de este "Loor", donde su elogio de la carne ya no requiere ni de la ambrosía o el néctar como mediadores. Aquí es directo y mágico a la vez:

La blanca pareja anida

adormecida:

aves que bajo el corpiño

ha colocado el dios niño,

rosa armiño,

mi mano sabia os convida

a la vida.

Por los boscosos senderos

viene Eros

a causar la dulce herida.

Fin

Señora, suelta la brida

y tendida

la crin, mi corcel de fuego

va; en él llego

a tu campaña florida.

No se podía decir más con menos. Pero este hombre exaltado por el cuerpo femenino era el mismo hombre que se asomaba al pozo inexorable del desgaste vital y que, aun así, ante esa real hecatombe, la conjuraba con versos exactos. Haremos danzar/ al fino verso de rítmicos pies. Muestran ellos, si se quiere, la transición entre su gentil galantería y su madurez asumida, con resultados que son gloria de nuestro idioma.

Nocturno

Quiero expresar mi angustia en versos que abolida

dirán mi juventud de rosas y de ensueños,

y la desfloración amarga de mi vida

por un vasto dolor y cuidados pequeños.

En estos cuatro versos, comienzo de un poema más extenso, Darío le otorga a la palabra esa densa y magnífica presencia humana que lo hará inolvidable. Se había interrogado a sí mismo, hallando muchos "momentos de abismo" y había llorado en el instante en que se apagaba el proverbial sol de su energía. Pero nunca, ni en la depresión más honda y muda, dejó de mantener viva la devoción de la Alta Poesía/ y de Nuestra Señora la Belleza.

Estas palabras, que pueden resultar hoy un tanto grandi-locuentes, asoman, frescas e intactas, por todos los ángulos de su obra. En ella se respira poesía y belleza al tratar el paisaje, al referirse al mar, al describir un volcán o un terremoto, al pintar una tarde de trópico, al elogiar a una mujer o acompañar a un amigo, al leer un libro o beber un vino, al tener miedo y al sentirse solo. Al contemplar, como en "Pájaros de las islas", verdades mucho más altas, a partir de lo más cotidiano:

Pájaros de las islas, ¡oh pájaros marinos!

Vuestros revuelos, con

ser dicha de mis ojos, son problemas divinos

de mi meditación.

Y con las alas puras de mi deseo abiertas

hacia la inmensidad

imito vuestros giros en busca de las puertas

de la única Verdad.

El vigor de su mente impar había aprendido a leer en las constelaciones. La cifra, el enigma del mundo, se había abierto ante su palabra enamorada. Por esa puerta penetraba en la verdad humana. La de uno de sus poemas finales, dedicado a la compañera de sus últimos días, la campesina española Francisca Sánchez. A ella, que viene de "campos remotos y ocultos", sólo se atreve a pedirle:

...hacia la fuente de noche y de olvido,

Francisca Sánchez, acompáñame...

Por haber creído en el poder redentor de la poesía, sus versos no se olvidan. Lo supo muy bien Jorge Luis Borges, al redactar, en 1967, su "Mensaje en honor de Rubén Darío":

Cuando un poeta como Darío ha pasado por una literatura todo en ella cambia. No importa nuestro juicio personal, no importan aversiones o preferencias, casi no importa que lo hayamos leído. Una transformación misteriosa, inasible y sutil, ha tenido lugar sin que lo sepamos. El lenguaje es otro. Variar la entonación de un idioma, afirmar su música, es quizá la obra capital del poeta.

Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará: quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador.