|
-
-
-
-
Los Múltiples Daríos
-
Juan Gustavo Cobo borda
Comencemos
por limpiar el escenario y descartar una idea fácil. Rubén Darío no fue un cantor de
princesas, cisnes y jardines de Francia. No. Rubén Darío, hay que decirlo desde el
comienzo, fue el más importante poeta americano. El más vigoroso, el más diverso, el de
mayor sensualidad y música incomparable. El que con mayor clarividencia penetró en el
misterio de las cosas y el que con mayor intensidad logró transmitirnos su reacción
sensible y exacta.
Leyéndolo despacio,
mirando debajo de las máscaras que utilizaba, podemos descubrir una poderosa corriente
verbal, estremecida y luminosa, que nunca cesó de expresarse a través de los ropajes
verbales variados.
José María Vargas
Vila, el colombiano que escribió un libro sobre él, contaba cómo este mestizo
nicaragüense, llevado por la marea del alcohol, desembocaba en una especie de piélago mediúmnico,
de estancamiento sonámbulo, del cual iban aflorando las imágenes claves de sus
memorables poemas. En su forma de componer había algo de trance, como lo recordó otro
colombiano, Eduardo Carrasquilla Mallarino, quien fuera su secretario.
Atrás quedaba su
trabajo periodístico. Las precarias dignidades diplomáticas. Las engreídas
susceptibilidades de sus amigos literatos. Sus patéticos dramas conyugales. Y la fuerza
de sus sueños, siempre en entredicho ante una realidad amorfa. Allí dentro, en cambio, y
desde la boca de la sombra, no cesaba de manar el caudal feliz de su palabra. Una
búsqueda perpetua y un aliento que apenas si cesó con la muerte. Como lo dijo en un
poema de 1901:
Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento
que busca ser la rosa.
Como en cualquier otro
poema de Darío, en estos catorce versos, elegidos al azar, se encuentran varios de los
caracteres que se le han atribuido. Su interés por el pasado clásico, su lectura atenta
de los románticos franceses, en este caso Nerval, el transfondo ocultista "los
astros me han predicho la visión de la Diosa" la fluida elegancia, la alusión
a la Bella Durmiente medieval; y sin embargo, más allá de esta superficie, ensamblada y
taraceada con primor, surge la conturbadora presencia de unos versos inmóviles en su
belleza:
Y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre
un lago tranquilo.
Núcleo vital que da paso, en los versos siguientes, a la
perpetua carrera de este Aquiles detrás de la tortuga quimérica: la poesía.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación
melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño
que en el espacio boga.
Versos a la vez quietos
y dinámicos que desembocan luego, con la misma capacidad de armonía y ritmo, en esas dos
líneas finales que cerrando el poema lo abren hacia una dimensión insospechada; el
sollozo de la fuente y el cuello del gran cisne blanco que lo interroga.
Aquí están ya esos
cisnes, tan vilipendiados luego, que él enaltece como una encarnación en la tierra del
enigma de la naturaleza.
Darío era un poeta, un
gran poeta, y en consecuencia utilizaba todo lo que estuviese a su alcance para expresar
sus sentimientos. Como lo vio bien Ángel Rama refiriéndose a la renovación democrática
del modernismo, ésta se daba a través de múltiples máscaras:
La democratización progresiva de este largo tiempo se
pone a revisar la historia como una guardarropía de teatro. Al principio parece gastar
parsimoniosamente el tesoro que descubre, dándole años de utilidad a cada disfraz, pero
la apetencia se acelera con el ejercicio, cada vez más intensamente devorada por el
placer del enmascaramiento y, cuando llegamos al fin del siglo XIX, presenciamos una
explosión: el eclecticismo artístico de la época suma indiscriminadamente los trajes de
los más variados tiempos, apela a todos los estilos (renacentista, gótico, helénico,
oriental) y concluye en un abigarrado bal
masqué1.
Baile de máscaras: la reina y su corte, disfrazadas de
pastores. Otros, de buenos salvajes. Los caudillos de la revolución, de tribunos romanos.
Los jóvenes románticos de pajes medievales. Al final del siglo, Verlaine recupera el
rococó de las fiestas galantes. Es ya un disfraz del disfraz.
Muchos de estos
disfraces son los que utiliza el propio Darío, en pos de esa verdad última, e íntima,
que bien podía simbolizarse con el tópico del "vino de oro". Vitalidad cordial
que impregna sus textos y les otorga una alegría creadora imposible de comparar con
ningún otro poeta de su época y de su lengua. Luminosidad insólita, capaz de abarcar el
mundo con su mirada e incorporarlo al ritmo de sus latidos verbales: "Es incidencia
la historia. Nuestro destino supremo está más allá del rumbo que marcan fugaces las
épocas. Y Palenke y la Atlántida no son más que momentos soberbios con que puntúa Dios
los versos de su Augusto Poema". (De "Salutación al águila").
El mundo como poema. El
poeta como creador. Hay, en consecuencia, tantos Daríos como facetas tiene la naturaleza
humana o como cambios experimenta el paisaje. Están el jocundo y el triste, el travieso y
el sarcástico, el risueño y el crepuscular, el doméstico y el trascendente. El Darío
que juega con las palabras y el Darío a quien las palabras atraviesan y dejan inerme,
desnudo ante su lector.
Hay que pensar entonces
en que varios de sus poemas fueron escritos por encargo, y sujetos a un tema específico.
Hay que tener en cuenta también que muchos otros fueron versos de ocasión para álbumes
de señoritas o señoras, brindis en banquetes o culminación de festejos más o menos
patrios. Otros, cómo no, solicitudes de amigos para engalanar con su firma las primeras
páginas de sus libros, todo ello en una época en que el poeta formaba parte del
escenario cultural de repúblicas recién hechas, retrocediendo en importancia pero
conservando aún ciertas prerrogativas, más de adorno que reales.
Con su poesía pagaban
sus puestos públicos. Así lo honró Rafael Núñez, nombrándolo cónsul colombiano en
Buenos Aires, y así lo reconoció Darío dedicándole un poema en vida y otro con motivo
de su muerte. Pero lo insólito no es esto, sino la capacidad de Darío para llevar la
poesía mucho más allá del lugar en que había quedado: "No se tenía en toda la
América española como fin y objeto poético más que la celebración de las glorias
criollas, los hechos de la independencia y la naturaleza americana: un eterno canto a
Junín, una inacabable oda a la agricultura de la zona tórrida, y décimas
patrióticas". (De Historia de mis libros).
En su caso el costo de
pertenecer a determinada época no fue demasiado alto: siempre, más allá de fórmulas y
esquemas rituales, asoman versos de singular pureza. Ya desde sus primeros libros
tentativos, del año 1885, donde los poemas eran demasiado largos, digresivos y pomposos,
los contrapuntos de su poesía, entre la florida primavera y el cáncer del escepticismo,
nos sitúan de lleno en su ambiente. "La edad presente es de lucha", decía. Sin
embargo, años más tarde iría más a fondo: ¡Qué queréis! Yo detesto la
vida y el tiempo en que me tocó nacer. Sin embargo, dentro de un fin de siglo donde
primaba el nihilismo iconoclasta, no dejó de señalar:
...se va Dios: ¡esto es horrible!
Contener es imposible
esa gangrena moral.
Pero su poesía no se convirtió en un debate ideológico
ni en un lamento por la fe perdida, dentro de la secularización progresiva que las
ciudades incrementaban. En la citada "Introducción" a sus Epístolas y
poemas terminaba con esta frase: ¡Y después de todo, siento/ que algo hay en mi
corazón! Era en su corazón en donde iban a transcurrir sus mejores versos. Tal su
torre de marfil. Su refugio más universal.
Todos los hombres y ninguno
Primero buscó en
vano las viejas musas, en una compenetración admirable con sus azules cielos y "las
balsámicas brisas del Egeo". Pero en una época donde los parnasianos tallaban, sin
pausa, el marfil de sus camafeos helénicos, Darío no vaciló en escribir: rodaron las
estatuas de los pórticos/ y enmudeció el oráculo de Delfos. El viejo templo de
mármol, donde los neoclásicos se ajustaban la toga, estaba vacío. A Darío sólo le
quedaba él mismo. Su fuente interior. Lo expresó de modo admirable: Yo tenía quince
años: ¡un estrella en la mano! Ya estaba yo nutrido de Oviedo y de Gomara.
En su natal
Nicaragua, al leer a los cronistas de Indias, tuvo una cabal comprensión del proceso
literario, añadiéndoles una sólida lectura de los clásicos españoles, en la edición
de Rivadeneira al fin y al cabo, la lengua en que escribía, las Rimas
de Bécquer y el descubrimiento de Víctor Hugo a partir de 1882, gracias al salvadoreño
Francisco Gavidia. Con ello "surgió en mí la idea de renovación métrica, que
debía ampliar y realizar más tarde". Incorporación de las ventajas verbales de
otras lenguas, como el francés, sin olvidar su raíz española. El programa, según sus
propias palabras, podría sintetizarse así: "Abandono de las ordenaciones usuales,
de los clisés consuetudinarios; atención a la melodía interior, que contribuye al
éxito de la expresión rítmica; novedad en los adjetivos; estudio y fijeza del
significado etimológico de cada vocablo; aplicación de la erudición oportuna;
aristocracia léxica".
Lo sintetizó también,
de modo esquemático, en un poema de 1884 dirigido a Ricardo Contreras:
Es preciso montar en el Pegaso
para sonar la cítara
de oro
de León, o el rabel de
Garcilaso.
Plena libertad para movilizarse en el tiempo y en el
espacio, utilizando cualquier imaginería con la cual se hubiese identificado, en favor de
su voz propia. Gústame de emplear en lo inventado/ el sutil anacronismo.
Rasgo típico de una época sincrética, que no vaciló en echar
mano de múltiples pasados, del medieval al renacentista, y del coquetón y almibarado
siglo de Watteau a Nietzsche. Como lo señaló Giovanni Allegra, al hablar del
"modernismo como antimodernidad"
2
, dicho movimiento
cuestionaba el progreso, y a la opinión pública, masificada y burguesa, con su retorno
elitista y utópico a una idealidad aristocrática. La misma, de otra parte, que anima el
Ariel, de Rodó, con su dicotomía latina-sajona, y su balanza inclinada a favor del
triunfo del Espíritu y no del Calibán pragmático y materialista.
Pero lo que era un
planteo ideológico se convertiría en Darío, con los años, en encarnaciones vivas y
palpitantes, como en el poema titulado, por cierto, "Pegaso". El caballo
mitológico se había vuelto su propio arrebato creador: ya era uno con él. Esa capacidad
de metamorfosis para ser todos los hombres, y ninguno, toda la historia, y la suya propia,
se torna aún más valiosa,
por su laconismo, en un hermoso poema de 1893 titulado "Metempsicosis":
Yo fui un soldado que
durmió en el lecho
del Cleopatra la reina.
Su blancura
y su mirada astral y
omnipotente.
Eso fue todo.
¡Oh mirada! ¡Oh
blancura y oh aquel lecho
en que estaba radiante
la blancura!
¡Oh la rosa marmórea
omnipotente!
Eso fue todo.
Y crujió su espinazo
por mi brazo;
y yo, liberto, hice
olvidar a Antonio.
(¡Oh el lecho y la
mirada y la blancura!)
Eso fue todo.
Yo, Rufo Galo, fui
soldado, y sangre
tuve de Galia, y la
imperial becerra
me dio un minuto audaz
de su capricho.
Eso fue todo.
¿Por qué en aquel
espasmo las tenazas
de mis dedos de bronce
no apretaron
el cuello de la blanca
reina en broma?
Eso fue todo.
Yo fui llevado a
Egipto. La cadena
tuve al pescuezo. Fui
comido un día
por los perros. Mi
nombre, Rufo Galo.
Eso fue todo.
Rubén Darío soñaba y era tal la intensidad de su
sueño y la fidelidad a él, que se convertía en Rufo Galo. Un hombre, como todos, que
conoció el placer y la gloria y que desaprovechando el instante cayó a tierra, como
todos.
Del mismo modo que
Shakespeare fabricó su Italia, su Dinamarca o su Roma, así Darío se inventó su
Oriente, su Egipto o su Francia. Gracias a ello la literatura latinoamericana conquistó
una libertad insospechada. Esos escenarios armados sólo con el fuego de su palabra le
sirvieron para manifestar, con una "inteligencia sensitiva", una modulación, un
tono, un habla inconfundi-blemente nuestra, que podía ir de la España del Cid a los
Luises de Francia sin descartar a Moctezuma o los centauros. Todo cabía en sus páginas,
pues todas ellas eran escritas por el mismo hombre; en búsqueda de su expresión.
Aquel artista exigente
que consideraba la novedad como renovada tradición, y el impulso verbal como fuerza capaz
de romper los límites, siendo a la vez docta y pura. Un poeta culto que era a la vez un
poeta siempre dispuesto a sorprenderse con la maravilla inexhausta del mundo. De ahí su
imagen recurrente de un cerebro-caracol-corazón, donde todas las cosas resuenan. Como en
la mágica lira de Orfeo, así se recobra la armonía divina y se logra que seres, piedras
y árboles, hablen de nuevo.
"Tenemos una curiosidad infinita y es posible que América sea el
continente de mayor número de personas con curiosidad que existe. Tenemos poblaciones de
curiosos"
3
. Esto lo dijo Germán Arciniegas hablando de
Rubén Darío y su curiosidad de provinciano ávido.
Gracias a ella se
interesó por la música de Wagner y la pintura de Velásquez. Y fue esa apetencia la que
lo llevó a recorrer medio mundo, de Chile a la Argentina, de España a Francia, de Nueva
York a su natal Metapa.Un vasto periplo dentro del cual su personalidad irradiante iba
agrupando las fuerzas de una renovación estética radical. Así lo proclamaba:
¿América la joven, no está llena
de inspirados cantores?
¿Desde el Plata
a la región que baña
el Magdalena
un glorioso rumor no se
desata?
Contribuyó, de modo decisivo, a propiciarlo, y llevó
hasta España la buena nueva: el retorno de las carabelas, con un idioma como no se había
escuchado antes.
Ya el hosanna
glorioso y la apacible
cantilena
cunden con melodía
soberana
elevando con pauta
majestuosa
la dulzura del habla
castellana.
Pero no sólo era la dulzura nemorosa del Garcilaso lo
que Darío y sus pares buscaban. Ni tampoco la sabia "frase de fuego", llena de
"sagrado encono", con la cual Quevedo llevó a cenizas últimas el esplendor
barroco de nuestro idioma. Era algo más: una lengua propia.
Lo que Darío
propugnaba en estos sus primeros versos, al elogiar tanto a Víctor Hugo como a Juan
Montalvo, era un reconocimiento de lo americano por parte de "la cansada
Europa". Sabía que si "por boca de Platón habla Dios mismo", también
volverá a sonar y a conmover el mundo/la ruda carcajada de Cervantes. Su idealismo
tenía ahincados los pies en la tierra. Podía partir en su arriesgado viaje. Lo vio
Baldomero Sanín Cano en su nota necrológica de 1916:
Rubén Darío se auscultó a sí mismo, desde los
primeros momentos de su carrera, y descubrió, no sin agrado, que era el poeta americano
moderno. Se atuvo con firmeza a este descubrimiento, organizó su vida dentro de los
auspicios de esa carrera y quiso desentenderse de cuanto pugnara con ella o le fuera
extraño. En esto estriba lo mejor y más sustancial de su fuerza. Él dedicó todas sus
energías al arte para cuyo cultivo se creía, y en efecto estaba, predestinado.
Poema americano
Cantó así lo
americano con un entusiasmo juvenil, donde todo era posible: "¡América es el
porvenir del mundo!". Y esa sincera confianza no se extinguiría nunca, por más que
las tierras de los chibchas, Cuzco y Palenque hayan visto "engalanadas a las
panteras", en la grotesca sucesión de dictadores tropicales. Y comenzará a sentir
las depredaciones de Estados Unidos, como fue el caso de Cuba, en 1898, y la pérdida del
Canal de Panamá, en 1903, que incidieron, de modo decisivo, en la conciencia política de
la generación modernista, tanto en América como en España. La carencia de una vida
civil estable terminaba por envilecer la prosa.
...y tras encanalladas revoluciones
la canalla escritora
mancha la lengua
que escribieron
Cervantes y Calderones.
Escritor consciente de su instrumento verbal, y de la
preservación del mismo, mediante la exploración creativa, Darío le confirió al
español una agilidad y una presteza que nunca antes había gozado. Lo convirtió en
pintura, júbilo y danza, ampliando sus fronteras, incorporando novedades foráneas, sin
hacerle perder, por ello, el espíritu de la lengua. Por el contrario: ahondaba en su
cauce y le confería el máximo esplendor. El de un apasiona-miento que no olvidaba la
ironía. El de un rapto que no desdeñaba la introspección.
Así, y con respecto al
tema americano, recuérdese el humor conversado de su "Epístola a la Sra. De
Lugones", donde reconoce: Yo pan-americanicé/ con un vago temor y con muy poca fe.
Por más que fuese un hombre público, que asistió al 4º Centenario del Descubrimiento
de América, en Madrid; a la III Conferencia Internacional Americana, en Brasil; y en 1910
a las Fiestas del Centenario de la Independencia, en México, sus cantos épicos, en pro
de la Americanidad y la Hispanidad, y la unión de las dos, siempre poseen, al margen de
la intimidante grandeza del propio tema, un fervor contagioso que sobrepasa la retórica y
desemboca en el simple y sonoro placer de la palabra. Era, además, como todo poeta, un
hombre que veía las dos caras de las cosas. Que saluda-ba, con optimismo, al águila del
Norte y criticaba, con agudeza, a Teodoro Roosevelt.
Como auténtico poeta
no hay que olvidar, entonces, cuanto de simple juego y deleitable artificio hay en toda su
obra. Otro síntoma de su grandeza era su capacidad para entregarse a lo mínimo e
intrascendente, con felices resultados. Un poema, por ejemplo, titulado
"Fioretti". Allí una bella pecadora parisiense va a la iglesia, se confiesa y
no da señales de arrepentirse en exceso. El tema, por un romántico, podría haber sido
tratado a lo patético y el castigo, por sus devaneos, resultar un tremebundo infierno.
Darío prefiere decir apenas: Pecaditos de rosa y seda/ ¿qué mal te van a hacer,
Señor?
Había algo encantador
y afable en su mirada, que, en otro caso, viendo bailarinas algo gordas, le hacía
exclamar: y aunque es un poco jamona / muy bien que se zarandea. O reconociendo un
pájaro, lo caracterizaba en esta forma "chismoso y petulante, charlando va un
gorrión".
No es justo, en
consecuencia, descartar una zona suya, de humor, galanteo y gracia, dejándolo fijado
apenas en los himnos robustos y marciales. En ella, como en sus grandes poemas de
introspección anímica, y desgarramiento vital, o en sus relumbrantes frescos, de
sonoridad y brío, está el mismo artista visionario.
O el gran poeta
erótico, que también en pequeños poemas como sus Dezires, layes y canciones,
obtiene joyas perfectas y turbadoras, como al final de este "Loor", donde su
elogio de la carne ya no requiere ni de la ambrosía o el néctar como mediadores. Aquí
es directo y mágico a la vez:
La blanca pareja anida
adormecida:
aves que bajo el
corpiño
ha colocado el dios
niño,
rosa armiño,
mi mano sabia os
convida
a la vida.
Por los boscosos
senderos
viene Eros
a causar la dulce
herida.
Fin
Señora, suelta la
brida
y tendida
la crin, mi corcel de
fuego
va; en él llego
a tu campaña florida.
No se podía decir más con menos. Pero este hombre
exaltado por el cuerpo femenino era el mismo hombre que se asomaba al pozo inexorable del
desgaste vital y que, aun así, ante esa real hecatombe, la conjuraba con versos exactos. Haremos
danzar/ al fino verso de rítmicos pies. Muestran ellos, si se quiere, la transición
entre su gentil galantería y su madurez asumida, con resultados que son gloria de nuestro
idioma.
Nocturno
Quiero expresar mi angustia en versos que
abolida
dirán mi juventud de
rosas y de ensueños,
y la desfloración
amarga de mi vida
por un vasto dolor y
cuidados pequeños.
En estos cuatro versos, comienzo de un poema más
extenso, Darío le otorga a la palabra esa densa y magnífica presencia humana que lo
hará inolvidable. Se había interrogado a sí mismo, hallando muchos "momentos de
abismo" y había llorado en el instante en que se apagaba el proverbial sol de su
energía. Pero nunca, ni en la depresión más honda y muda, dejó de mantener viva la
devoción de la Alta Poesía/ y de Nuestra Señora la Belleza.
Estas palabras, que
pueden resultar hoy un tanto grandi-locuentes, asoman, frescas e intactas, por todos los
ángulos de su obra. En ella se respira poesía y belleza al tratar el paisaje, al
referirse al mar, al describir un volcán o un terremoto, al pintar una tarde de trópico,
al elogiar a una mujer o acompañar a un amigo, al leer un libro o beber un vino, al tener
miedo y al sentirse solo. Al contemplar, como en "Pájaros de las islas",
verdades mucho más altas, a partir de lo más cotidiano:
Pájaros de las islas, ¡oh pájaros marinos!
Vuestros revuelos, con
ser dicha de mis ojos,
son problemas divinos
de mi meditación.
Y con las alas puras de
mi deseo abiertas
hacia la inmensidad
imito vuestros giros en
busca de las puertas
de la única Verdad.
El vigor de su mente impar había aprendido a leer en las
constelaciones. La cifra, el enigma del mundo, se había abierto ante su palabra
enamorada. Por esa puerta penetraba en la verdad humana. La de uno de sus poemas finales,
dedicado a la compañera de sus últimos días, la campesina española Francisca Sánchez.
A ella, que viene de "campos remotos y ocultos", sólo se atreve a pedirle:
...hacia la fuente de noche y de olvido,
Francisca Sánchez,
acompáñame...
Por haber creído en el poder redentor de la poesía, sus
versos no se olvidan. Lo supo muy bien Jorge Luis Borges, al redactar, en 1967, su
"Mensaje en honor de Rubén Darío":
Cuando un poeta como Darío ha pasado por una literatura
todo en ella cambia. No importa nuestro juicio personal, no importan aversiones o
preferencias, casi no importa que lo hayamos leído. Una transformación misteriosa,
inasible y sutil, ha tenido lugar sin que lo sepamos. El lenguaje es otro. Variar la
entonación de un idioma, afirmar su música, es quizá la obra capital del poeta.
Todo lo renovó Darío:
la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la
sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará: quienes
alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el
Libertador.
|