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Rafael María Merchán
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El mal
ejemplo en literatura
Rafael María Merchán
(Manzanillo, Cuba, 1844-Bogotá, 1905) estuvo entre nosotros desde 1874, cuando llegó al
país como secretario de la Compañía de Ferrocarriles, que dirigía el también cubano,
ingeniero Francisco Javier Cisneros, hasta su muerte. De esos 31 años de exilio forzoso
en Colombia, sólo dos estuvo afuera: entre 1902 y 1904, cuando, después de haber
triunfado la revolución cubana de independencia, regresa a La Habana para ocupar algunos
cargos públicos (había puesto su pluma siempre al servicio de la causa de la
independencia) y luego es enviado como ministro plenipotenciario de Cuba en España
(1903-1904), ardua misión de la cual vuelve a Colombia ya muy disminuido, al parecer con
una afección neurológica que por lapsos le hacía perder la razón.
Pero Merchán cumplió
en Colombia una labor destacadísima y, con su vasta formación humanística
histórica, literaria y gramatical, produjo aquí, en periódicos y luego en
libros, la primera crítica literaria rigurosa: minuciosa en la lectura de obras,
riquísima en relaciones intertextuales y con un notable arsenal de conocimientos
gramaticales, lingüísticos y de preceptiva literaria, en castellano y otras lenguas. Es
verdad que también publicó folletos sobre la situación histórica de Cuba (como lo
venía haciendo desde su primer exilio en Nueva York, adonde llegó en 1869), sobre las
realidades americanas y aun sobre temas eco-nómicos, que llegó a conocer muy bien
(porque en el fondo era un autodidacta, hecho a pulso en el periodismo y en su
biblioteca); pero es como crítico literario o analista de temas literarios
universales, americanos, cubanos y colombianos que muestra toda su
sensibilidad ensayística.
No es sólo, entonces,
su larga estancia en Colombia lo que nos obliga a incluirlo en una antología colombiana:
es su significación en la vida intelectual y pública (amigo personal de Rafael Núñez,
dirigió el diario La Luz 1881-1884, periódico literario-político de
propiedad del presidente cartagenero, que por supuesto apoyó la Regeneración); y, claro,
por sus grandes dotes de prosista, humanista y crítico literario. Además, Merchán era
hijo de padre colombiano, médico casado con una bayamesa; se casó con colombiana y tuvo
hijos colombianos. Resulta, pues, increíble que haya sido en Cuba y España donde se
hayan publicado algunas recopilaciones suyas (a decir verdad, escasas), y que en Colombia
ni siquiera se reconozca su nombre, cuando en verdad dejó una extensa bibliografía
publicada en Bogotá.
Los ensayos de crítica
literaria de Merchán suelen ser extensos, lentos y de gran finura, y a veces dedicados a
escritores hoy bastante olvidados. Su crítica no es sólo valorativa, sino en ocasiones
implacablemente dura contra lo que considera debilidad o pobreza. Escribió sobre griegos
y latinos, sobre autores del Siglo de Oro y autores del romanticismo; sobre poetas
ingleses y norteamericanos (tradujo la Evangelina de Longfellow); y sobre sus
contemporáneos cubanos y colombianos, aunque sobre estos últimos más bien poco. El
ensayo-carta que hemos seleccionado está fechado el 7 de julio de 1892, y fue publicado
en el grueso volumen de Variedades que se editó en 1894. Pero sin duda su libro
ensayístico más sólido y representativo lo constituyen sus Estudios críticos
(1886), donde se muestran en toda su potencia la capacidad analítica y el "bagaje
cultural" del gran colombo-cubano.
Bibliografía
ensayística:
Estudios
críticos. Bogotá, Imprenta de La Luz, 1886.
Variedades.
Bogotá, Imprenta de La Luz, 1894.
La educación
de la mujer. Bogotá, Imprenta de La Luz, 1894.
Cuba:
justificación de su guerra de Independencia. Bogotá, Imprenta de La Luz, 1896.
La redención
de un mundo. Bogotá, Imprenta de La Luz, 1898.
El mal ejemplo en
literatura
Señor D. E. C. -
Caracas.
Mi ilustrado amigo:
Con el vivo interés
que en mí despiertan todas sus elegantes lucubraciones, me he bebido los acentos de su
última, referente a la Poesía y la Crítica; pero sin duda no le causará sorpresa la
presente carta, a usted, que conoce mis ideas sobre el asunto. Ni yo se las expondría de
nuevo si pudiera hablarle de otra cosa, teniendo que referirme a su trabajo para
corresponder a la fineza, que agradezco, del envío.
Molière, cuando le
denigraban sus comedias, contestaba: "Vale más agradar contra las reglas, que
fastidiar con ellas".
Esta ingeniosa defensa
sintetiza el escrito de usted, y muestra que data de muy atrás la pugna aparente entre el
fondo y la forma de la obra artística, pugna cuyos primeros gritos vibraron en tiempos
más lejanos aún.
Si se interroga: ¿qué
vale más, arte sin genio o genio sin arte?, la respuesta no puede ser afirmativa ni
negativa en absoluto. En cada caso dependerá de los resultados.
Pero la pregunta no
está completa; debería redondearse así: ¿qué vale más, arte sin genio, genio sin
arte, o genio con arte?
Ahora desaparecerá
toda vacilación. Es que hay tres tipos de producción artística: lo mediano, lo bueno,
lo mejor (lo malo no se cuenta, y en lo mejor incluyo lo óptimo), y sólo se habían
considerado los dos primeros, cuando el tercero contiene la solución. El proverbio
francés "lo mejor es enemigo de lo bueno", y el español "más vale
pájaro en mano que buitre volando" o "que ciento en el aire" encierran una
sana filosofía moral, en cuanto tienden a moderar las ambiciones desapoderadas; pero son
falsos si se los acepta incondicionalmente, porque entonces, aniquilando la aspiración al
progreso, producen en la humanidad el vacío.
Toda obra humana es
imperfecta, sin que podamos evitarlo, pero hay imperfecciones de dos clases: unas
inconscientes, causadas por la limitación de la inteligencia y de los sentidos; otras
voluntarias o semivoluntarias, debidas a la pereza, o a lo contrario de la pereza: el
exceso de trabajo.
En términos generales,
muchas tienen excusa, aunque en diversos grados: las que proceden de indolencia, no.
Byron, Wordsworth,
Pope, Hugo, Lamartine, Zorrilla, Lope de Vega, dice usted, dejaron esparcidos malos versos
hasta en sus mejores obras, y no por eso dejan de ser admirados como grandes poetas (todos
no, pero sigamos); si hubieran aventado el polvo de sus monumentos, ¿se disminuiría su
esplendor? ¿Los dañaría un poco más de miel sobre sus hojuelas? ¿No convendría más,
para el arte y para ellos mismos, que con ser muy buenos, lo fuesen a toda ley? ¿Los
admira el mundo por sus imperfecciones, o a pesar de ellas?
Aunque una dama posea
"un rostro de esos que sólo con verlo se vuelve uno joven", según un novelista
inglés, no debe, atenida a sus gracias, presentarse en sociedad con el vestido hecho
jirones y el tocado a sobre peine. En un sarao no es la más bella la más celebrada, si
se ha arreglado con mal gusto.
Así como la sociedad
se rige por códigos civil, penal y otros, así las letras y las artes están sometidas a
los suyos. Al sentar principios, la ley tiene que ser absoluta, porque la justicia en sí
misma lo es; pero en su aplicación marca gradaciones y señala las circunstancias
atenuantes, que los jueces de derecho o de hecho, los últimos sobre todo, discretamente
ponderan; eso es la hermandad de la clemencia con la justicia, porque, como lo dijo Byron
en Marino Faliero, el que quiere limitarse a ser justo, tiene que ser cruel. La
justicia a secas es espantosa: es Dracón, es el patíbulo: no seas demasiado justo, dice
el Eclesiastés. Mas entendámonos: la clemencia prueba que hubo falta, que por tal
o cuál consideración no se penó, pero que hubiera sido justo penarla. Cuando los
cuerpos legislativos condonan alcances, no dicen que los responsables nada debían, sino
que se les otorga la gracia de no hacerles pagar.
Los principios deben en
todo evento quedar a salvo; la tolerancia en la excepción no debe convertirse en
antecedente para destruirlos.
¿Qué son, en resumen,
las leyes en jurisprudencia y los preceptos en el arte? Son el fruto de la experiencia,
legado por los que han aprendido más a los que saben menos, para evitar males que
ocurrieron ya, o para obtener provechos que otros alcanzaron. Puede haber leyes y reglas
perniciosas o inútiles; la fuerza misma de las cosas hará que aquéllas se deroguen y
que éstas se omitan. Recuerdo que cuando el General Grant se encargó por primera vez de
la presidencia de los Estados Unidos, dijo estas sabias palabras: "Traigo una
política que aconsejar, ninguna que imponer... Estoy convencido de que el modo de hacer
derogar las leyes malas, es cumplirlas estrictamente".
Pero cuando ni el
precepto ni la ley adolecen de vicio; cuando el primero se viola por incuria y la segunda
por interés, esas transgresiones no pueden tener otros nombres que los de defecto o
inmoralidad respectivamente, con perdón de M. Henri Rochefor, para quien "la
legalidad es una invención de los pícaros, aplicada por los cobardes".
Usted advierte que su
ánimo no es exagerar; pero agrega que así como la hoja de acero quebranta el forro que
la cubre, la inspiración suele no caber en prefijados límites.
No concibo que una
espada de honor, una magnífica hoja toledana, de las que se presentan como obsequio a los
generales victoriosos, se encierre en vaina de cuero, sino de metal primorosamente
trabajado, y así no hay riesgo de ruptura. Una espada común queda bien en forro
ordinario; pero aun ésa, tampoco lo rasgará si el fabricante le da holgura
proporcionada, si sabe su oficio; ahora, si la vaina es más pequeña y la punta del arma
la perfora, el que la usa puede herirse con ella y herir a los demás.
No con el acero de la
espada, sino con el oro convertido en moneda, compararía yo la obra literaria; exigimos
que no contenga más cobre que el de la aleación determinada por la ley; un grano más es
ya un principio de falsificación. Si la pieza es legítima, no la rechazaremos porque su
leyenda aparezca confusa, aunque en general prefiramos la que no muestre impericias de
fabricación; y si habiendo sido intachable en su primera edad, se ha desgastado con el
uso, no dejaremos de pensar que, aun cuando todos la recibamos y entreguemos como
corriente, ese desgaste es merma de metal.
No pocos tienen hipo
con los que liman mucho; pero repare usted si entre ellos abundan escritores de estilo
elegante o de estilo de hilván. Las abejas que no saben hacer miel, me figuro que
también burlarán con las que trabajan en las colmenas. La aprobación que debe buscarse
es la que decía Cicerón: laudari a viro laudato. Ha habido improvisaciones
irreprochables, pero ésa no es la regla, ni por lumbre. Guy de Maupassant, cuyo voto no
se recusará en achaques artísticos, se expresa así en el prefacio de Pedro y Juan:
Para decir cualquier
cosa no hay sino un sustantivo que la exprese, un verbo que la anime y un adjetivo que la
califique. Es preciso buscar, hasta descubrirlos, ese sustantivo, ese verbo y ese
adjetivo, y no contentarse jamás con los aproximados, ni recurrir a supercherías, por
felices que sean, ni a piruetas de lenguaje, para evitar la dificultad.
La literatura difiere
de la política y de la buena crianza en que no puede elevar la tolerancia a la categoría
de principio. En la sociedad andaríamos constantemente a mojicones si no fuéramos
benévolos para con las opiniones de los demás. Sin tolerancia, la vida sería imposible.
En literatura no existe tal urgencia, porque las generaciones pueden seguir sucediéndose
unas a otras sin curarse de que un poeta rime sol con jardín. En política
y en las relaciones sociales, tolerancia significa paciencia para con las opiniones
ajenas, que pueden ser acertadas aunque no sean nuestras, y hasta más acertadas que las
nuestras. En estética, tolerancia no significa sino precisamente esto: paciencia para con
lo malo.
Porque veamos: ¿cómo
se ha de ejercitar esa tolerancia? Si por cada cacofonía se hubiera de pagar multa, la
tolerancia sería la condonación. Concedida. Pero no se trata de eso. ¿Se pretende que
se tengan en cuenta las circunstancias del autor para no formar artículo de sus
flaquezas: el uno, que no recibió educación; el otro, que decayó con la edad; éste,
que improvisó en el lecho de muerte; aquél, que llenó por compromiso y de carrera una
página de un álbum? Bueno, sí, todo eso se pesa en la balanza; ¿y qué más? ¿Vamos
por eso a declarar que el arte queda satisfecho? Eso sería mentir.
Ahora, si sólo se
quiere que la crítica literaria no sea en todos los casos una lapidación a lo Villergas,
mi opinión es la suya; y esto, por razones de conveniencia para el paciente y para el
lapidador. Para el primero, porque el objeto de la crítica no es humillar, sino propender
al perfeccionamiento; no es descuartizar al enfermo, sino curarlo; y la mordacidad que no
engendra estímulo sino desaliento puede arredrar hasta la inacción a ingenios que más
tarde podrían elaborar obras maestras. Y entiéndase que distingo entre la severidad y la
irrisión: la primera, que no es incompatible con la civilidad, sólo se vuelve perniciosa
cuando se acompaña de la segunda. Por lo que hace al crítico, como tiene que limitarse a
emitir opiniones personales, y nadie cuenta con garantías de acertar siempre; como por
mucho que un hombre sepa y eche de la gloriosa, hay siempre otros que saben más que él,
su propio ludibrio lo expone a ratos amargos el día en que le prueben que se equivocó,
como le sucedió a Villergas con D. Joaquín Pablo Posada y D. Ramón Ignacio Arnao, entre
otros.
Mientras que nada es
más sencillo ni más honroso que confesar un error cometido en servicio del arte y con
una buena intención que, si no fue feliz, tampoco debe convertirse en expiación de una
fatuidad que no se tuvo.
No hablo ahí sino de
los errores o defectos en que incurren los autores de cuenta, los principiantes deseosos
de acertar, todos, en fin, los que trabajan de buena fe; pues respecto del reconocidamente
necio, que sobre lo de necio tiene algo o mucho de díscolo, vamos... ahí me lavo las
manos y me río. Pascal, en la undécima de sus Provinciales, trata muy bien este
punto, aunque refiriéndose sólo a la religión, y con su donaire genial cuenta que el
primer discurso irónico que se pronunció en el mundo, fue el del Padre Eterno cuando
arrojó del Paraíso al primer hombre: "¡Ahí tienen ustedes a Adán, que ha llegado
a ser como uno de nosotros!". Agrega que no menos duro estuvo Jesucristo con
Nicomedes: "¡Cómo! ¿Eres maestro en Israel e ignoras estas cosas?". Lo mismo
los profetas y los padres de la Iglesia. Y autorizado con estos ejemplos, pasa a burlarse
de la oda en que un Le Moine dijo que los querubines están compuestos de cabeza y de
pluma, y que de sus alas hacen abanicos cuando se acaloran ellos mismos o los acalora el
fuego del amor de Dios...
Pero hay que precisar:
si la didáctica actual contiene trabas en exceso, venga la reforma; pero dígase, eso
sí, cuáles reglas entorpecen, y con cuáles han de ser sustituidas; pues no hemos de dar
a las artes del bien decir, por síntesis la anarquía y por primer canon la libertad del
absurdo.
¿Que el genio no se
sujeta a reglas?
¡Falso! Lo que el
genio hace es descubrir nuevas reglas o leyes, a las cuales él es el primero en
sujetarse. Los clásicos resistían a los románticos porque los veían apartarse de las
pautas tradicionales; pero como los fundadores del romanticismo eran genios, demostraron
prácticamente que muchas (¡no todas!) de las reglas antiguas, verbigracia, la de las
tres unidades, eran inútiles, y prescindieron de ellas. A la larga se notó que los
innovadores incurrieron en no pocas extravagancias; que si introdujeron licencias
laudables, no pudieron demoler todo el viejo edificio; y los sucesores de los unos y los
otros los aceptamos y repudiamos respectivamente a todos, lo que la experiencia insinúa
que debe acogerse o desdeñarse. Hasta el naturalismo, cuando pase, dejará algo duradero.
De Edison se ha dicho
que si hubiera sido lo que se llama un sabio, habría sabido que no podía inventar el
fonógrafo; pero lo inventó; tarea de los sabios sería ponerse luego de acuerdo con el
invento; y eso no quiere decir que el "brujo de Menlo Mark" violara leyes de la
naturaleza, como no las violó Newton. Quede para el Instituto Weldon, de Robur el
Conquistador, sostener que el pájaro vuela contra todas las leyes de la mecánica,
según cuenta el irónico Julio Verne.
Eso de que los genios
no admiten cortapisas, debería en todo caso proferirse en voz muy baja, pues a todo
pregón, el populacho íntegro de copleros hará ostentación de su flujo de simplezas
hasta fastidiarlo a usted mismo, alegando que Lamartine también improvisaba, que
Shakespeare también fue incorrecto, que Byron también escribió ripios, que Hugo
también fue extravagante. Que canten como ellos, si son iguales a ellos; que los imiten
en sus grandezas, si nos quieren repetir sus debilidades. Que arrojen lavas como los
volcanes, y no se contenten con parodiar sus rugidos.
El título de
"genio" ha de ser expedido por los otros; cuanto al artista, debe siempre
trabajar figurándose que no lo es, aunque en realidad lo sea; eso no mata la
inspiración, sino la realza; un poco de modestia nunca hace daño ni a los espíritus
más eminentes, y los ímpetus del genio son tan irresistibles, que la modestia misma no
podrá detenerlos.
D. Ricardo Palma dice
con gracia:
La Poesía
¡Es arte del demonio o
brujería
Esto de escribir
versos! (le decía
No sé si a Calderón o
a Garcilaso
Un mozo más sin jugo
que el bagazo).
Enséñeme, maestro, a
hacer siquiera
Una oda chapucera.
Es preciso no
estar en sus cabales
Para que un hombre
aspire a ser poeta;
Pero, en fin, es
sencilla la receta:
Forme usted líneas de
medida iguales,
Y luego en fila las
coloca juntas
Poniendo consonantes en
las puntas.
¿Y en medio?
¿En el medio? ¡ése es el cuento!
Hay que poner talento.
Veamos cuáles serían
los resultados de la indulgencia que usted predica. Primera: los poetas eximios no se
afanarían por extraer de sus obras las incongruencias que, a modo de agua regia, han de
producir tarde o temprano su disolución. Segunda: los medianos los imitarían, porque,
¿cómo convencerlos de que no son eximios? Y sería el caso de repetir con Gray:
Where ignorance is
bliss,
Tis folly
to be wise.
La severidad, por
el contrario, obliga a los excelentes a acercarse a la perfección, y a los otros, si bien
no les insufla genio, porque éste no es fruto de las reglas, por lo menos les da aquel
género de belleza relativa, pero siempre belleza, que consiste en carecer de
irregularidades.
A los cocineros no se
les exige que vayan al estrado a recibir visitas; pero cocineros y todo, cuando tengan que
dirigirnos la palabra pueden presentarse sin tiznes y hablarnos con respeto; no se les
pide más. No dar asidero a la crítica es cualidad negativa, dijo Víctor Hugo; pero no
sé yo por qué ha de tener razón Víctor Hugo en todo cuanto dijo.
Aduce usted la opinión
de un benemérito de las letras argentinas, que no gusta de fijarse en las manchas del
sol, sino en sus dones y destellos. Se puede contemplar el sol como hombre de ciencia o
como profano. El hombre de ciencia no tendrá aquel lenguaje; y si lo tiene, dejará de
ser reputado como hombre de ciencia. El profano puede admirar el astro del día como
quiera; pero no pretenderá que la ciencia haga caso de su admiración.
La crítica que sólo
se fija en los defectos, y la que sólo estudia las bellezas, se llaman, respectivamente,
diatriba o censura, y apología; serán crítica a medias, no cabal. Y cuando uno quiera
saber qué enseña la ciencia acerca del sol, de las variaciones de su actividad, del maximum
de la misma, que ocurre cada once años, de las manchas que proceden a ese maximum
y de sus relaciones con la vida de la tierra, pues recientemente se ha dicho que las
manchas no son extrañas a las crisis mercantiles, por la influencia de la actividad solar
sobre las cosechas; el que quiera saber esas cosas, consultará las obras de un
astrónomo, no las del que desdeña uno de los principales fenómenos del astro. ¿Qué
pensaríamos del P. Secchi si en vez de observar las manchas, hubiese dicho que a él no
le gustaban sino las fáculas? ¿Se trata de gustos, o de análisis de hechos? También
Víctor Hugo manifestó que él no criticaba a los genios. "Yo admiro como un
bestia", exclamó; pero eso fue una voz que hizo correr Víctor Hugo con el fin de
que a él, que era genio también, no se le hiciesen reparos. Para elogiar o motejar sin
discernimiento, el vulgo basta; para juzgar hay que elevarse un poco, y cuando uno es
benemérito de las letras, no tiene el derecho de formar en la masa del vulgo.
Dice usted que porque
Voltaire calificó de bárbaro a Shakespeare, y Paul de Saint-Victor lo divinizó, la
crítica queda desautorizada.
La deducción adolece
de pesimismo. ¿Cree usted que la jurisprudencia queda desautorizada porque cada una de
las partes de un pleito cuente con abogado defensor? Parece que hubiera usted considerado
a la crítica como ciencia exacta, y que le niega todo valor al rectificar su primer
juicio. Pero acabar con la crítica es acabar con el arte, porque sin el aguijón de
aquélla, el poeta, el pintor, el escultor, el músico, el arquitecto, perderían de vista
los ideales. Escribir un poema y darlo a la publicidad, es reconocer la necesidad y
autoridad de la crítica, pues equivale a decir: he pergeñado esta obra, y la presento a
ustedes para que me digan si vale algo. El pintor que comienza un cuadro, no pondría en
actividad su talento si no contase con que se lo celebren o compren, y el comprador, o es
crítico, u obedece a las indicaciones de la crítica; de lo contrario, no abriría la
bolsa. El arquitecto, que es el más indispensable de todos los artistas, no construiría
palacios si no fuera por la crítica, esto es, por la esperanza del elogio, que es el
impulso tanto suyo como del magnate que le ordena el trabajo; y en rigor, casuchas
higiénicas y cómodas bastarían para la materialidad de la vida; la evolución de la
habitación humana, desde caverna hasta monumento, es consecuencia de la crítica. Querer
agradar, querer ser útil, es rendir homenaje a la crítica, sea cual fuere el ramo de que
se trate, y ese homenaje es el reconocimiento de su autoridad.
Lo que hay es que el
mundo está "abandonado a las disputas de los hombres", y a esta hora de la
ciencia son pocos los juicios que pueden llamarse irrevocables. Vea usted en medicina: los
doctores Freyre, Carmona, Finlay y Delgado opinan que el micro-organismo de la fiebre
amarilla reside en la sangre; los doctores Tamayo, Sternberg y Gibier sostienen que
encuentra su medio natural de cultivo en el tubo intestinal. Nadie por eso deja de llamar
facultativo cuando siente en peligro la salud. Y así en todas las ciencias.
En crítica no hay
sentencias que causen estado, por más que el vulgo aguarde siempre la voz de un oráculo
para rabiatarse tras él. Cada crítico parte de principios propios, y juzga conforme a
ellos. Pueden los principios de dos juzgadores ser opuestos entre sí; entonces los fallos
parecerán contradictorios, y no obstante, acaso en todos haya parte de verdad, según los
fundamentos con que se hayan dictado, que es lo que ocurre con Voltaire y Saint-Victor.
Puede suceder también, y ha ocurrido en muchas ocasiones, que un crítico desacierte, no
por falta de ingenio ni de saber, sino por pasión o prejuicio, y esto es más común
tratándose de aquilatar el mérito de los contemporáneos. Cuando varios críticos
eminentes, de distintos países y épocas, coinciden en una misma apreciación, lo más
probable es que hayan dado en el hito. Si luego sale otro, también de cuenta, a
refutarlos, no hay que desdeñar la crítica, sino rehacer todo el proceso, para ver si
tenemos que habérnoslas con un iconoclasta o con un reparador. ¿Dice John Morley que
llueve, y Menéndez Pelayo que el tiempo está magnífico? Pues abramos nosotros mismos la
ventana y veamos cómo está el cielo; y si no podemos, por ser ciegos, sordos, o
paralíticos, entonces no digamos que queda desautorizado el lenguaje humano.
Agrega usted que el
autor de Don Juan había sido considerado como poeta esencialmente romántico; que
el señor Menéndez Pelayo destruye ahora esa opinión común, y lo coloca entre los
clásicos.
Lo que se ha dicho de
Byron, no es que poseyera todos los caracteres de un romántico absoluto, como un Hugo, o
un Gautier; sino que fue romántico por su genio, y por muchos de sus procedimientos,
clásico; lo cual se explica, porque vivió en la época del cambio de escuelas; fue un
poeta de transición.
Lea usted a Macaulay:
Vivió en tiempos de
una gran revolución literaria.
...
Todos sus gustos y
aficiones lo llevaban a formar en las filas de la escuela poética que desaparecía, y en
contra de la que se inauguraba.
...
Cierto es que puede
hallarse a veces en la práctica del ilustre escritor la consecuencia de sus teorías;
pero no lo es menos que fácilmente se acomodaba al gusto literario de su siglo.
...
En parte pertenece a la
escuela antigua de poesía y en parte a la moderna: su gusto lo inclinaba a la primera; su
pasión por la gloria lo inclinaba a la segunda; sus facultades lo hacían igualmente apto
a lucir en uno y en otro campo, y su gloria vino a ser como terreno neutral y común en
que se encontraban los fanáticos de ambos partidos, Gifford y Shelley, por ejemplo. Fue
representante, no de un partido literario, sino de ambos a la vez, y de su conflicto, y de
la victoria que puso término al conflicto.
...
Lord Byron fue también
el mediador entre dos generaciones, entre dos sectas poéticas hostiles.1
Taine2 dice que
"con sentimientos concentrados y trágicos, tenía el espíritu clásico", y que
"si llegó a ocupar el primer puesto (entre los poetas), es en parte gracias a su
sistema clásico". Según Swinburne3, sus instintos de oposición contra todo lo
existente fueron causa de su idolatría por Pope y su escuela. En sentir de John Morley4,
esa idolatría no fue excentricidad. Para Matthew Arnold5, aquellos instintos de rebeldía
explican su inquina contra Southey. Si nos remontamos hasta los contemporáneos del poeta,
oiremos a Goethe6 decir que Byron no era exclusivamente antiguo (clásico), ni romántico,
sino como la época misma. Si volvemos a los escritores de lengua española que lo han
juzgado en nuestros días antes que el señor Menéndez Pelayo, hallaremos que D. M. A.
Caro7 lo llama "clásico en sus gustos, romántico en sus obras".
El clasicismo de Byron
no es, pues, novedad; él mismo declaraba profesarlo; pero no pasaba de la forma, que
tampoco es clásica siempre; y cuando los románticos lo han invocado como suyo, se han
referido al fondo de sus obras. El mismo señor Menéndez Pelayo8 confiesa: "el
hombre nos parece en él mucho más romántico que el poeta"; y justamente el hombre,
esto es, Byron mismo, es quien figura como héroe principal en todos sus dramas y poemas;
y porque esa personalidad romántica se destaca sobre todos sus cuadros clásicos, pudo
otro crítico francés escribir que Byron es "un alma romántica con la rica
vestidura de un clásico del gran siglo de Isabel".
Por esta vez a lo
menos, no quedará desautorizada la crítica.
Agrega usted que otro
escritor, mexicano, no menos distinguido, deplora no encontrar en la poesía ni en la
crítica de la América hispana el espíritu moderno; para él, aquí miramos el cielo con
embudo.
La nota predominante en
los grandes poetas modernos es el pesimismo; pero la doctrina filosófica de este nombre
es muy vieja, pues se remonta hasta Buda. Ha sucedido con ella lo que con la indumentaria
y los muebles del tiempo de Luis XIV o del Directorio: que suelen adquirir inesperada boga
después de obsoletos. Y no es de extrañar que pueblos jóvenes como los de América,
para quienes enciende la esperanza todos sus fanales, no canten con la desesperación de
sociedades caducas, devoradas por el socialismo y por otros cánceres que acá se
conocerán algún día, pero que hoy por hoy no nos afligen, por lo menos con la crudeza
que al Viejo Mundo. No ha de quejarse uno de lo que le duele a otro.
Respecto de la crítica
francesa moderna, que es la que se lamenta no ver imitada por acá, me ocurre que hay
dificultades para ello.
Taine va a la cabeza de
la escuela. Su teoría consiste en que toda obra literaria es producto de la raza,
el medio y el momento (o sea: la raza, las circunstancias y la ocasión).
Cuando estudia en libro, no juzga el libro sino al autor, y no como autor, sino como
hombre, o mejor dicho, como producto social. Si este hombre es hijo de clérigo, los
críticos de la escuela se lo dicen sin perífrasis en letras de molde, y buscan en su
obra las huellas de esa circunstancia. ¿Sería esto posible entre nosotros, en
estas ciudades pequeñas, pues no hay ni una de lengua española que cuente medio millón
de almas, y sólo se mencionan seis que alcancen o traspasen el guarismo de doscientas
mil? Nos falta, pues, una condición esencial para ejercer la crítica fatalista, y es la
independencia, la libertad para escudriñar la vida privada de los otros, lo cual es
indispensable dentro del sistema de Taine y Bourget.
Esto, suponiendo que la
teoría fuera inobjetable, que no lo es. Ahí tengo apreciaciones sólidas, y a veces
humorísticas, de escritores franceses y de otros países, formuladas desde que la inició
Sainte-Beuve, y en las cuales se demuestra lo incompleto de su base, lo acomodaticio de
sus procedimientos, lo falaz de muchos de sus resultados; pero me abstengo de aducirlas,
no tanto porque deseo terminar, cuanto porque, lejos de proponerme desacreditar el
método, sigo con interés su desarrollo, me preocupan sus alcances futuros, y deseo, sin
esperarlo en mucho tiempo, que descubra leyes psicológicas tan incontrastables en su
generalización como en sus aplicaciones.
Pero si M. Taine9
viniera a la América hispana, enmudecería en cuanto crítico de literatura: no podría
hablar como preceptista, por no conocer nuestro idioma suficientemente; ni como filósofo
determinista, porque muchos habrían de rogarle o exigirle que no escudriñase sus
genealogías ni sus aflicciones secretas; ni hay suficiente caudal de documentos
literarios como para servir de experimento riguroso a su sistema. Escribimos demasiado;
pero sin llegar hasta el insolente desdén del señor López de Ayala, dolorosa verdad es
que, desde México y Cuba hasta Magallanes, la producción de fuste no es excesiva ni muy
variada en cada país, ni ha habido tiempo ni preparación para que lo sea. ¿Qué haría,
pues, entre nosotros un gran crítico francés, psicólogo y fisiólogo, mayormente si
empezase sosteniendo que "el vicio y la virtud son productos como el vitriolo y el
azúcar"?
Respecto de la crítica
de detalles, hoy es moda repudiarla so pretexto de que ya en Francia no se usa; pero en
Inglaterra sí se usa, como se puede ver en el Athenum, que es, por
asentimiento general, la primera revista crítica del mundo. En Francia dista bastante de
haber cesado de todo en todo. Sólo que allá se practica menos, porque también allá se
infringen menos los preceptos del arte del buen hablar. Si de la prosa se trata, los
correctores de pruebas en París ejercen, yo lo he visto, plena dictadura, y por eso
parece que todo el mundo escribe bien. Cuanto a los versos, los que quieren hacerlos se
preparan con los estudios correspondientes, cuando entre nosotros por lo común se piensa
que el oído basta y quizás estorba. Por eso el crítico en los países de lengua
española tiene todavía que ser algo pedagogo.
Véase una prueba de
esa falta de estudios. Un paisano de usted censuró como falto de medida este verso de una
poesía famosa:
Todavía tu imagen
refulgente.
Si sólo se cuentan
diez sílabas, será porque en vía no hay más que una; en ese caso, el
endecasílabo se completaría de este modo:
Todavía tu
semblante refulgente.
Lo cual sí sería
disparate. ¿Pues no hubiera sido mejor saber que to-da-ví-a es voz tetrasílaba?
Y cuando hay mentores que ignoran estas trivialidades, ¿no será conveniente que las
recuerden algunas personas, y siendo nuestras deficiencias tales, qué papel haría entre
nosotros la gran crítica a lo Taine?
No pretendo que se escriban libros tan
monótonos como el Juicio crítico de Hermosilla, pero conviene fijar bien ciertas
ideas: la crítica puede ser literaria, histórica, religiosa, filosófica, fisiológica,
etc. Si a un autor se le hace el reparo de que atribuye a Bolívar hazañas de Páez, eso
será crítica histórica, no literaria (en sentido restricto, pues bajo un punto de vista
general, la Historia es una rama de la Literatura); si se le objeta que confunde el limbo
con el purgatorio, eso será crítica religiosa o teológica, no literaria; si a otro se
le censura que presenta al positivismo explicando la causa primera, eso será crítica
filosófica, no literaria; si se le observa que describe la muerte de Sócrates con rasgos
que no corresponden al envenenamiento, eso será crítica fisiológica, no literaria; si
se le llama al orden porque ensalza el derecho divino de los reyes como salvación única
de la sociedad, eso será crítica de filosofía de la historia, no literaria; si se le
tacha de pornográfico, eso será crítica moral, no literaria. El que juzga no debe
vedarse ningún género de crítica, sino usarlos todos con discreción, en la medida de
lo necesario, y aunque sea redundancia decirlo, de sus conocimientos, procurando, esto es
importante, si quiere imitar a Taine, fijarse en que no nos enojaremos porque nos dé algo
de su sagacidad y su estilo. Pero la crítica puramente literaria, la llamada formalista,
o retórica, o de detalles, la que yo apellidaría técnica, por oposición a la
otra que incorrectamente se llama sugestiva, no tiende sino a señalar bellezas y
defectos: si sale de ahí, invade otros terrenos, y ya queda dicho que es útil que los
invada; en lo que no convengo es en que se prescinda de ella en absoluto mientras pueda
prestar servicios. Al que me demuestre que ya no se la necesita, le daré, maravillado, la
enhorabuena por ese descubrimiento de disciplina literaria que yo no había advertido y
que no advierto aún.