Ficha bibliográfica
Titulo:
Letras Americanas: La vorágine
Edición original: 2004-02-19
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-19
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Maximiliano Grillo
 
 
 
Letras Americanas: La vorágine
Maximiliano Grillo

Quienes admiramos la potente visión objetiva y las líneas precisas, casi rectas, de la poesía de José Eustasio Rivera, nos hemos quedado sorprendidos en presencia de las virtudes auditivas que revela en las páginas de su novela La vorágine. Es mucho ver bien, dibujar con nítida certidumbre el contorno de las cosas, tener las cualidades del pintor, pero aún más admirable es oír, escuchar las armoniosas complicaciones de las voces inarticuladas de la naturaleza, sentir dentro de nosotros el árbol y la selva, la fuente y el océano y aun las mismas estrellas remotas, a las cuales las almas suelen acercarse.

Esto es lo que ha conseguido José Eustasio Rivera. Con audacia enteramente naturalista, de quien ataca de frente la frase y la domina, el poeta de Tierra de promisión penetra con arrestos de conquistador en los dominios de la novela, saliendo triunfante, con la satisfacción de haber creado algo humanamente sentido, y de una alegría dionisíaca, que podría compararse al ímpetu de los varones sin miedo que buscaron El Dorado a través de abismos y desiertos, llevados por un destino trágico.

Se requiere valor, valor del bueno, para atreverse a publicar en la capital de Colombia una novela del estilo de La vorágine, en cuyas páginas la realidad de crudos detalles tiene un fuerte sabor zoliano, poco propicio al medio ambiente. Desde la primera línea de la obra, "Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la Violencia", hasta la última escena de esta epopeya de las selvas, rebosan audacia, valentía espiritual, deseo de ser verídico.

Es un carácter complicado el de José Eustasio Rivera. Parece un contemplativo, y es un hombre de acción, como decimos ahora. Es romántico y realista a un mismo tiempo. Penetra con aires de desafío en el interior de las selvas, y ¡qué selvas! Las del Orinoco y del Amazonas, infiernos verdes, paraísos custodiados por legiones dantescas, abismos de todas las fuerzas, destructoras del organismo humano y disolventes envenenados de todas las virtudes del alma.

Un paso ha bastado a Rivera para escalar la cima. Su novela quedará al lado de las más celebradas escritas en América. Señalará una etapa, una faz de la vida tormentosa y oscura, propia de los demonios que señorean los grandes ríos tropicales.

En las llanuras inmensas, en donde "por momentos se oye la vibración de la luz", y en las selvas crueles encontró Arturo Cova, personaje central de La vorágine, si es que este calificativo no pertenece a la selva misma, una serie de almas de extraordinario interés, como para demostrarnos que en donde existen hombres habrá grandes pasiones y motivos suficientes para reconstruir sobre ellas todas las tragedias, desde la del Conde Ugolino hasta la de Francesca y Paolo, desde la de Shylock hasta la de Hamlet.

Pasa por La vorágine como un soplo del estilo de los grandes épicos de la novela eslava. Quizá por extraña asociación de ideas, comparo el infierno de las selvas amazónicas, ardientes y húmedas, con la torturante visión de la Siberia, helada y solitaria, que nos han transmitido los rusos. A la manera de estos máximos creadores de almas, en un ambiente torturado, Rivera diseña personajes con un solo rasgo y los conduce en caravana trashumante a través de las selvas hostiles. Los abandona en mitad del incierto camino, o los ve morir entre las más violentas asechanzas de la naturaleza, o de la fiera humana.

En La guerra y la paz, pone Tolstoi en labios de la humilde princesa Natalia estas palabras de reproche, en la hora de su muerte: "¡Yo qué mal les he hecho!". Era ella un personaje secundario, un alma silenciosa que recibía sin quejarse, las más inmerecidas ofensas. De toda la balumba de personajes de La guerra y la paz, el que menos olvido es ése de Natalia. En La vorágine desfilan, también, personajes secundarios, que son verdaderos héroes centrales en la novela colombiana. Citaré un rasgo, que quizá pertenezca al folklore de todas las multitudes ignaras.

"— ¿Y quién es tu padre?, pregunté a Antonio.

"— Mi mamá sabrá.

"— ¡Hijo, lo importante es que hayas nacío!"

Se siente en el fondo de estas palabras toda la pesadumbre de los innominados. ¿Cuál es más honda, la respuesta del hijo o la de la madre?

Si la novela es la epopeya moderna, La vorágine ocupará un sitio eminente entre las epopeyas escritas en América. Hay en ella páginas asombrosas. La historia de las andanzas y los padecimientos de don Clemente Silva, prestóle a Rivera oportunidad para componer un cuadro de hondo sentimiento y de perdurable belleza.

En las descripciones del paisaje selvático el poeta se sobrepuja a sí mismo, pues el artista de los versos de Tierra de promisión, en donde no aparece el hábito panteísta, preséntase en La vorágine poseído del aliento de las cosas, del anima rerum, que se compenetra con su espíritu y lo pone en comunicación con las pasiones del Cosmos, misteriosas e inconscientes, pero tan reales como la vida misma del espíritu.

La naturaleza sólo es verdaderamente interesante —como espectáculo— si la ponemos en comunión con nuestro espíritu, haciéndola sentir y pensar con nosotros. Esto, más que panteísmo, es penetración de nuestro yo en el alma de lo inconsciente. Los antiguos desconocieron semejante forma de sentir, a la cual no se llega sino mediante una hiperestesia de la sensibilidad.

Los griegos y los artistas del Renacimiento eran demasiado sanos, gozaban de una perfecta salud, para sentir la emoción estética que consiste en hallar instintos, alma y hasta pensamiento en las fuerzas ciegas del mundo.

José Eustasio Rivera, quien en sus versos parecía extraño a esa modalidad estética y dinámica, revélase en La vorágine discípulo convencido de los escritores que transportaron a las cosas sus estados de alma. Arturo Cova es en tal sentido, un discípulo de Jorge Peralta.

Habituado a las inclemencias de las llanuras sin lindes y de las selvas hostiles, José Eustasio Rivera estaba llamado a darnos a conocer la vida atormentada de los aventureros, que se internan por las comarcas maravillosamente crueles del Orinoco y del Amazonas. En las soledades de estos grandes ríos, el hombre, aun quien era antes manso y pulcro, conviértese en tirano, imitando a la naturaleza violenta.

Cuando apenas era adolescente, se fue mar adentro de la selva, desafiando los peligros del árbol que canta y el pájaro que habla. Alma de soñador en cuerpo de atleta, componía versos de una fuerza de líneas insuperable, en las horas de siesta mientras descansaba de las cabalgatas a través de la llanura, o de las cacerías de jaguares en los grumos de los bosques semejantes a oasis, que interrumpen la monotonía ardiente de las praderas inmensas.

Regresó de los "llanos" a estudiar en Bogotá. Se doctoró en Derecho, como para seguir la tradición colombiana, que viene desde el descubridor del Nuevo Reino de Granada. Toda soledad es atrayente. Por eso los hombres vuelven al mar y regresan a la llanura inhabitada y a la selva virgen. Tornó Rivera al "llano" a disputar ante jueces de puñal al cinto y camisa abierta, derechos de sus clientes. Fue diplomático por algunos meses y, finalmente, aceptó un empleo en la Comisión de Límites entre Colombia y Venezuela. De esta nueva andanza por las selvas inexploradas trajo los apuntes que le han servido, sin duda, para escribir La vorágine. Es imperioso y fuerte. Tiene confianza en sí mismo y ama la gloria. Siente las trompetas de la fama y goza con sus pregones.

Cábeme decir aquí, con Araquistain, que por hablar del hombre he dejado de hablar del libro: "¿Pero de qué sirve un libro si no es para conocer al hombre que lo escribe, su visión del mundo y de la vida? ¿Qué es el Quijote sino autobiografía recóndita de Cervantes?... Cuando en un libro no se siente palpitar la sangre y el alma y el nervio de su creador, no vale la pena pasar de su primera página".

Son soberbias las descripciones de las selvas amazónicas que se hallan en las páginas de La vorágine. Nos recuerdan, por momentos, los magistrales cuadros de Euclydes da Cunha, el mayor de todos los escritores brasileños. Sólo que el autor de Os Sertöes y de Terra sem historia, era un enorme sociólogo y su imaginación obedecía más al freno del pensamiento que a las alas de la poesía. Da Cunha penetra en los Sertöes —voz que carece de una correspondiente en castellano— no a la manera del novelista, sino con ojos y espíritu de sabio que es a un mismo tiempo un literato. Él nos muestra al Amazonas formidable, a semejanza de un mar, enemigo del Brasil, que con su enorme caudal va destruyendo la tierra, con cuyos despojos, parece que ha de crear más tarde un nuevo continente. "Es un extraño adversario, consagrado noche y día a la tarea de robarse su propia tierra". Da Cunha puede, hasta cierto punto, hacer suyas las palabras del profesor Federico Hart, quien estudió la geología amazónica: "Nao sou poeta. Falo a proza de minha ciencia. ¡Revenons!". En cambio, Rivera persigue en la mañana amazónica las pasiones humanas, el dolor del cauchero, el crimen sugerido por la misma naturaleza brutal y perversa de las selvas. Para Euclydes da Cunha "el hombre es allí un intruso impertinente, que llegó sin ser esperado, ni querido, cuando la naturaleza se hallaba arreglando su más vasto y lujoso salón". Todo en esas selvas es de una imperfecta grandeza; "los fetos arborescentes compiten en altura con las palmeras, y los árboles de troncos rectilíneos y pobrísimos de flores, producen la sensación angustiosa de un retroceso hacia remotas edades, como si de pronto apareciese una de aquellas mudas florestas carboníferas, adivinadas por la visión retrospectiva de los geólogos".

La vorágine ha nacido de pie como las obras destinadas a vivir. Así condenso mi juicio acerca de la novela del poeta colombiano.