Oscar Torres Duque
Biblioteca Familiar Presidencia de la República

 

Agradecimientos

Como siempre sucede en este tipo de trabajos, nada sería posible sin el apoyo de personas y entidades dispuestas (o constituidas) para generar el tiempo de la investigación y hacer posible el acceso a las fuentes. Agradezco, pues, a Colcultura, con el uso de una de cuyas becas (para emprender una historia del ensayo en Colombia) pude pasearme por ese ingente mausoleo que es la colección dispersa de obras de nuestros escritores de reflexión. Y, por supuesto, agradezco a la Biblioteca Luis Ángel Arango, y en particular a todas las personas que durante los últimos cuatro años han tenido a su cargo el eficaz y cálido servicio para investigadores; con ellos (y ellas) he compartido esa alucinante experiencia que consiste en rescatar los libros de los anaqueles más recónditos para hacerlos hablar de nuevo en un cubículo, ya muy cercano al mundo.

O.T.D.

 

 

Introducción

Todo prólogo, toda introducción a una antología supone afinarse en el arte de dar explicaciones. Y aunque darlas en materia literaria, o artística en general, suele redundar en un empobrecimiento de la misma materia, ello es inevitable y decisivo cuando se quiere figurar como responsable de una selección de textos de cualquier índole. Sin duda, se tiene el compromiso moral, ante un lector posible, de acreditar al menos tres esfuerzos, que ya casi son tres criterios: el histórico (conocimiento de una cantidad razonable de textos en un orden cronológico); el crítico (capacidad de valoración y jerarquización de esos textos); y el del gusto personal (que también debe volverse tema de reflexión). Pero esos tres esfuerzos no avalan el "buen éxito" de una antología, su relativa posibilidad de ser "acertada" o, por lo menos, aleccionadora o representativa. Son muchos los factores que pueden escapar del control del antologista, o no depender de sus criterios axiales de selección; por ejemplo, la extensión y la accesibilidad bibliográfica pueden convertirse, como ha sucedido en los preliminares de este volumen, en restricciones automáticas para la inclusión de algunos buenos escritos en el trabajo antológico propuesto. Pero si además de la compleja labor de generar una antología medianamente respetable se habla de una selección de ensayos, los problemas pueden crecer abrumadoramente. No estamos ante un género claramente tipificado (aunque algunos piensen lo contrario). Ensayaré, pues, algunas explicaciones. Contaré algo de mi destino fatal de antologista.

Bitácora de una investigación

Empecemos por lo que podría ser un principio. Cuando comencé a investigar y tomar notas para una historia del ensayo en Colombia (trabajo que aún crece por ahí) partía de una orientación ambigua, siguiendo muy de cerca cierta tendencia generalizada de la teoría actual del ensayo (vía Ánderson Imbert, pero no lejos de las suscitaciones de lo "ancilar" en Alfonso Reyes): el ensayo es un género literario. Yo no sabía entonces (hablo de unos siete años atrás) que lo que me gustaba de esa afirmación era poder discutir el ensayo en el terreno de la literatura. Esta primaria orientación se fue reafirmando con fuerza en el sentido de que lo que yo debía buscar era un material literario. Pero, ¿género literario? Ahora sé que no creo en ese sofisma. La teoría de los géneros literarios ya no nos sirve para estudiar literatura. No me pidan, pues, que entre aquí a caracterizar un género.

Ya sé que se está planteando un primer problema de base: ¿en qué sentido es literatura un ensayo? Dejo la pregunta en suspenso para volver sobre otra de mis preocupaciones iniciales, surgida también en el ámbito de los estudios literarios: ¿cómo hacer de la crítica literaria una creación en respuesta a esos análisis académicos e inmotivados que aplican un modelo teórico a la "lectura" de una obra? Muy pronto pude comprender que ese interés (o su antagonista, el desinterés teórico) por una obra concreta, esto es, por una realidad concreta, podía rastrearse en cualquier escrito en prosa, tuviera o no un objeto literario, y que esa experiencia de rastreo era una pista para definir el tipo de relación que un autor entabla con su objeto particular de "estudio"; y mejor, para saber hasta qué punto esa relación revela un mundo propio (y pensaba en "mundo" a través de resúmenes de Husserl pero también según la noción de "visión del mundo" de Lucien Goldmann). Lo que, por descartación, podía yo ver en los estudios académicos, es que no se partía de una relación real con la obra de que se iba a hablar; por tanto no había mundo, y ello podía ser fácilmente (pero nunca convincentemente) sustituido por la aplicación del modelo teórico, esto es: hablar de una realidad con ideas de otros. Es decir: hablar sobre ideas, más que de lo concreto; o sea: no hablar de nada. El misterio, lo importante, estaba en esos escritores que, aun hablándome del dedo pulgar (está bien, o de Pedro Páramo), podían revelarme un mundo, una realidad, una manera suya de apropiarse de su "objeto de estudio". Y ello siempre me pareció imposible––y me sigue pareciendo––fuera de una auténtica creación. Saliendo del seno de la literatura, pues, volvía a ella: todo escrito puede ser literatura. Y saliendo del seno de los géneros: puede no ser novela, cuento, poema, obra dramática, etc... Con lo cual, estaba descubriendo que el agua moja: ¿no tenía a mano muchos escritores que habían subvertido los géneros de tiempo atrás? Pero había que afinar una especificidad del ensayo: el pensamiento (que parecía ser una entidad abstracta).

Un escritor es una persona que escribe. Eso lo sabe un niño, pero uno deja de saberlo cuando estudia literatura. En estudios literarios se enseña que los escritores escriben novelas, poemas, cuentos, o que escriben dentro del romanticismo o del modernismo; pero suele olvidarse el hecho primario y complejo de que hay una persona que, por lo general, se sienta y escribe. Escribir novela o escribir dentro o fuera del modernismo son asuntos de la historia literaria, pero lo debe ser primeramente el hecho de que hay una persona que escribe. Y cuándo lo que una persona escribe tiene la fuerza de una creación, es algo que nos ha ejemplificado la poesía de todos los tiempos. Pues bien, el ensayo debe considerarse algo tan esencial como la poesía: una creación surgida de una persona que escribe "con todo su mundo", es decir, capaz de mostrar su relación real con él. Esto es teoría literaria. Lo demás, es teoría de los géneros o historia literaria, que es de lo que vamos a echar mano para introducirnos en el vasto y problemático mundo de la producción literaria colombiana; para sonsacar de allí unos hitos, unos mundos personales pero colombianos. Y espero no tener que referirme una vez más a "lo literario" del ensayo.

La antología como historia literaria

Supongo que todo antologista se enorgullece del desconcierto y la controversia que genera su "florilegio". Poder tomarse algunas libertades y explayarse en mostrar sus propios gustos y criterios le dan la satisfacción de haber realizado la antología que antes no se había hecho; de exaltar algunos cuantos autores desconocidos que le simpatizan; de relegar y hasta desaparecer a los que para otros son como vacas sagradas. Yo he vivido esta experiencia, con tanto orgullo como temor, consciente como estoy, no ya del mero hecho de que una antología es siempre y necesariamente parcial, sino de que hay limitaciones que yo hubiese preferido no tener. Pero un dato me libraba en parte del orgullo y el temor: creer que de alguna manera la mía era la primera antología del ensayo colombiano. Estaba ––y está––, por supuesto, la antología muy autorizada, legible y representativa (desde el punto de vista de autores seleccionados) de Ensayistas colombianos del siglo XX (1980), que prepararon Jorge Eliécer Ruiz y Juan Gustavo Cobo Borda, pero ella me parecía un trabajo canónico (si es que el trabajo pionero puede ser canónico) en la medida en que tomaba un patrón histórico y genérico (creo que también estético): el de Baldomero Sanín Cano, "iniciador de la moderna crítica literaria en Colombia", como lo llama Cobo, y por tanto coyuntural en un proceso; y canónico porque, a partir de Sanín Cano, proponía una línea, casi una tradición, encarnada en prosistas humanistas, entendiendo humanismo por una actitud crítica ––pero muy formada––frente al mamotretudo humanismo gramatical y preceptivo que ya era legendario en nuestro país a comienzos del siglo, especialmente por su alianza con la vida pública. Pero, ¿qué podía haber antes de Sanín Cano? ¿De dónde salía ese humanismo crítico? Esa pregunta fue la que me llevó a pasear por las no muy desérticas vastedades del siglo XIX y a aventurarme en muchos y muy disímiles tipos de prosa: desde los discursos y las alocuciones públicas hasta las cartas, los diarios y las biografías; desde los informes sociológicos hasta los grandes libros de historia. Sí: el ensayo, como toda auténtica poesía, y aun siendo el reflejo de un verdadero y coherente humanismo, puede esconderse (y asomarse) en cualquier tipo de escritura.

Había también ––y hay–– una serie de trabajos y antologías, digamos, para-ensayísticos, que se tocan con la historia del ensayo en tanto conforman una historia de las ideas en Colombia: Las ideas liberales en Colombia y Las ideas socialistas en Colombia, de Gerardo Molina; Antología del pensamiento político colombiano en el siglo XIX, de Jaime Jaramillo Uribe, o su equivalente parcial Antología del pensamiento conservador en Colombia, preparada por Roberto Herrera Soto; sin perder de vista la selección de Rubén Sierra para La filosofía en Colombia. De la misma forma, resultan particularmente significativas algunas selecciones de ensayos publicados en revistas culturales de especial relevancia, editadas por el Instituto Colombiano de Cultura en los años setentas, como las de Voces, Revista de las Indias, Mito y Eco, sin duda importantes crisoles del quehacer ensayístico en la medida en que constituyeron una nómina de colaboradores de gran calibre intelectual. Estas nóminas ––a la postre convertidas en listados estadísticos que permitían comprobar la reincidencia y constancia de ciertos escritores de prosa de pensamiento–– me ayudaron a seguirles la pista a muchos ensayistas relativamente desconocidos. Aunque finalmente, y por una clara y aceptada restricción metodológica––de tiempo de lectura e investigación––, opté por considerar para mi antología sólo los textos publicados en libros de autor, fueran éstos títulos autónomos o recopilaciones. Al respecto, debo confesar la inclusión aquí de una excepción: el ensayo "Ideas sobre la cultura nacional y el arte realista", del filósofo e historiador Francisco Posada, publicado en la revista Letras Nacionales; se trata de un magnífico análisis histórico que ilustra sobre las posibilidades de un pensamiento marxista aplicado de manera personal (es decir, con estilo propio y sin esquematismos) a un proceso cultural concreto. En este caso, rendí mis armas al criterio de la ilustración, esto es, al de admitir en mi selección el único texto, sin duda lleno de bondades estilísticas, que podía ejemplificar un "tipo" de ensayo, el ideológico, sin parecer, como tantos otros de su estirpe, una caricatura de su propio tema. De cualquier modo, Francisco Posada no fue, ni mucho menos, un ensayista de revista, sino un investigador en extremo riguroso y un escritor conciso pero de muchos matices.

Una antología sin prejuicios de género (mejor dicho, sin la orientación de un género definido) y sin cánones ni antecedentes termina por resultar demasiado abigarrada para muchos gustos. No me lo propuse, pero ahora lo reconozco: es abigarrada por la cobertura de distintos momentos históricos; por la diversidad de subgéneros que abarca; por los muy variados y hasta contradictorios perfiles de las personalidades de los autores escogidos; por la diversidad de temáticas y enfoques. Personalidades opuestas como las de Miguel Antonio Caro y Sanín Cano pueden producir ensayos de bondades semejantes; entre la ágil y breve reseña periodística de Barrera Parra y la construcción global de un ensayo sistemático y extenso como Idola fori de Carlos Arturo Torres (si bien dividido en capítulos que a su vez son ensayos), parece mediar un inmenso puente metodológico y disciplinario: ello no es así, pues las dos suponen una mirada subjetiva intensa, de buscado brío verbal y teniendo como fondo una apabullante formación..., digamos, cultural.

Y es que lo que define al ensayo es sin duda su personalismo, su capacidad lingüística de reflejar un pensamiento coherente, es decir, un carácter, una visión fielmente acoplada a las palabras; yo diría: la función poética del pensamiento, su capacidad de convertirse en materia plástica y sonora, siempre conservando la sustancia argumentativa, el talante de agudeza específica para relacionar de manera novedosa dos o más realidades: mínimo, el mundo y el yo del autor; o el autor y su propio tema. Que estas "características" no moldean un género determinado, es lo que hemos dicho. Pero sí permiten el emparentamiento de literaturas y pensamientos muy disímiles; y posibilitan el respeto y la justa valoración de obras en prosa que siempre habían corrido el riesgo de no ser asimiladas como literatura, ni siquiera como escritura con sentido. Tal es el caso de los escolios de Nicolás Gómez Dávila, cuya vocación aforística suele exagerarse (si se toma el aforismo por sentencia opinatoria suelta), cuando cada una de esas vibrantes glosas es toda una elaboración ensayística, tanto del propio pensamiento como de una realidad concreta que le subyace ("el texto implícito"); por lo demás, en general podría adherirme a este pequeño texto lapidario de un excelente ensayista mexicano: "No hay ensayo más breve que un aforismo". La frase-texto es de Gabriel Zaid, y se expone a no ser un ensayo, en la medida en que es tan sólo una generalización. Todo ensayo alude a lo concreto, a realidades singulares y a sus combinaciones posibles en la mente del escritor. A su mundo propio. También habría que mencionar la mayor parte de la obra de Hernando Téllez, en especial sus primeros libros, que son tan sólo (¡tan sólo!) el ejercicio de una reflexión íntima y entrañable sobre las cosas amadas. ¿Cuándo se llevarán esos primeros libros de Téllez ––Luces en el bosque, Inquietud del mundo, Bagatelas o Diario—a los manuales de literatura? Y no me cabe duda de que toda la literatura íntima de grandes escritores (como diarios, cartas y "pensamientos") pueden reportarse como géneros ensayísticos: si el Diario de Téllez no lo era en sentido estricto (quiero decir, un diario), el de Jorge Gaitán Durán sí lo es intencionalmente, y es también un magnífico texto de ensayos: sobre el alma china, sobre la poesía, sobre el carácter de un pueblo o la atmósfera de una región; una voluntad de apropiarse poéticamente de "sus temas", lo cual no es redundante, pues hay estudiosos que conservan siempre una relación académica con los temas que manejan con gran autoridad; el quid radica en la siempe indefinible facultad de vitalizar esa relación, de mostrar cómo un conjunto de conocimientos y de argumentaciones corresponde a la propia necesidad de expresión.

Criterios de esta antología

¿Cuáles son los criterios de esta selección? Por supuesto, un marco teórico previo sobre el concepto "ensayo". Pero éste fue apenas un punto de partida, y más bien ampliaba antes que estrechar la parcela de los escritores y los textos que iba yo a considerar; sin embargo, sí me sirvió de brújula para detectar "debilidades" (cuando no incompatibilidades con el ensayo) que fueron fundamentales en el proceso de descartación. Pocos lectores de antologías notan que tras la selección está la descartación, a veces dolorosa o conflictiva; pues bien, muchos autores, leída la totalidad de sus obras o buena parte de las mismas, no coincidieron con mi paradigma teórico, y digo "muchos autores" para referirme a ciertos escritores canónicos, con los cuales tuve problemas "de origen", incluso cuando sus textos se dejaban leer dócil y hasta brillantemente. Tengo que empezar por referirme a Germán Arciniegas (nacido en 1900 y todavía productivo), con el cual confieso que pude haber cometido una injusticia, pues le apliqué inmisericordemente mi obsesión por la unidad, una especie de calibrador de la concentración del pensamiento en el discurso; y a fe que su discurso es sabroso (cuando no incurre en la repetición) y su universo de conocimientos y de anécdotas de una riqueza aplastante. Digo lo de "aplastante", porque esa sola condición suele deslumbrar. Yo conocía la crítica negativa que sobre su obra postulaban cierto sector académico (del campo de los estudios historiográficos) y también ciertos puristas de la literatura, que ven en la obra de Arciniegas un anecdotario trivial, sin fondo. Lo de que sus textos no fueran historia rigurosa y metodológicamente sustentada me tenía sin cuidado: si algo es propio del ensayista es la licencia que tiene para meterse en casa ajena (quiero decir, en el terreno de las especialidades); mientras lo haga coherentemente, que se meta donde quiera. Lo del anecdotario trivial también me parecía injusto, pues creo que en la anécdota está una de las mayores virtudes de Arciniegas. Pero hay en su obra un evidente propósito divulgador que más bien riñe con la agudeza del ensayista; un ensayista no divulga; un ensayista se expresa. Y no hay duda de que Arciniegas también se expresa, pero donde mejor lo hace es en algunos de sus libros capitales, en fragmentos que sería imposible separar, por ejemplo, del resto de Biografía del Caribe (1946) o de El Caballero de El Dorado (1960). Y en cuanto a sus textos cortos, también recogidos por ahí como una pasión americana, suelen ser ligeros e intrascendentes.

Con el mismo rasero, el de un marco teórico previo, llegué a descalificar a prosistas tan importantes como Jorge Zalamea (1905-1969), que en sus miradas panorámicas suele perder la realidad concreta; como Rafael Maya (1897-1980), tan relamido y superficial: él mismo no admite para sí el calificativo de ensayista; como Luis López de Mesa (1884-1967), demasiado exuberante y seudocientífico; o como José María Vargas Vila (1860-1930), que no sabía escribir. Además habría que aludir a los nombres de dos intelectuales de mucho peso en las últimas décadas: los de Estanislao Zuleta (1935-1990) y Jaime Jaramillo Uribe (nacido en 1918): el primero por su descuido formal, su demasiada abstracción y su dificultad para hilar períodos bien construidos en los que las ideas (que eran brillantes y perturbadoras) pudieran hacerse claras y rotundas; Jaramillo Uribe, en cambio, y aun tratándose de un historiador de invaluable aporte para las nuevas generaciones, resulta demasiado acartonado, demasiado modesto y contenido (con una contención no buscada), para expresar sus propias relaciones, su propio mundo: en suma —y aunque ello no sea en la práctica de su disciplina muy cierto––, demasiado académico. Sería interesante cotejar el discurso de Jaramillo Uribe con el de su discípulo y heredero, muerto tempranamente, Germán Colmenares (1938-1990), pues éste logra, aun parado en medio del rigor investigativo más sólido, trazar capítulos y estudios de una no oculta subjetividad, delatada ante todo en un lenguaje intenso y sostenido. Ahora bien, es un hecho que el ensayista no es un especialista, pero ello no quiere decir que en la vida real lo niegue, esto es, que el ensayista se apoye en el especialista; y ello resulta apenas obvio cuando estamos ante escritores que tienen una formación especializada. Colmenares es uno de esos ejemplos: siendo un historiador, con parcelas bien definidas, no escribe sólo para historiadores, para su propia tribu disciplinaria, sino que entiende la validez libertaria y especulativa del ensayo, como un instrumento para plantear interrogantes e ideas que se salen de su disciplina. Y otro ejemplo bien excepcional de un ensayo "de procedencia especializada", es el deslumbrante estudio de Francisco Posada Colombia: Violencia y subdesarrollo (1968), que incluye además no pocos cuadros estadísticos, que en la interpretación y la interrelación dialéctica con el contexto se vuelven soportables y aun "legibles".

Otro criterio de selección, ya más operativo, fue el de la "representatividad". Este criterio ofrece diferentes aristas: por un lado, había que partir de una lista básica de ensayistas "infaltables", los que en el transcurso de mi investigación y mis lecturas se habían convertido en paradigma. Esta lista fue definitiva, pues constituye el esqueleto de la antología, lo cual hace pensar que, fatalmente, uno termina haciendo más una selección de autores que de textos. Pero luego estaba la extensa y gratificante tarea de seleccionar los textos que habrían de representar a cada autor y de ir complementando con otros ensayos, de otros autores surgidos como novedad o por necesidad de revisión; con ello, dos nuevos tipos de representatividad se me imponían: la primera, la de un autor en sus ensayos: ¿qué texto o qué textos escoger de ensayistas tan regularmente buenos y prolijos como Caro, Sanín Cano, Téllez o Volkening? En este aspecto no cedí a la tentación de echar mano de algunos ensayos coyunturales o de particular relieve histórico... Volví a leer las gratas páginas de muchos libros y fui marcando, incluso calificando, sin prejuicio alguno, los escritos que ante mi morosa paciencia de lector sibarita y con un paradigma en la cabeza, iban apareciendo como más deslumbrantes, lúcidos, sutiles y de rica prosa. Pero una segunda representatividad se yuxtapone a ésta, muy subjetiva, de "los mejores ensayos de un autor": es la que presiden los criterios de la tematología y los géneros: el primero, porque, en honor a una posible mejor accesibilidad a esta antología, y por parte de un conjunto lector colombiano, procuré evitar la inclusión de ensayos sobre temas demasiado ajenos a nuestras realidades o eventualmente exóticos y de inaccesible contexto; por ejemplo, los ensayos de Sanín Cano sobre Georg Brandes o Fitzmaurice Kelly son brillantes e impecables, pero ¿quién se acuerda por estas landas de aquel filósofo y de este historiador de la literatura? Lo mismo podría ocurrir con muchos de los estudios del "aristócrata" Carlos Arturo Torres, con algunos del germanista Gutiérrez Girardot y con otros tantos del inevitablemente europeo Ernesto Volkening. Ahora bien, intenté incorporar en mi selección la mayor cantidad de ensayos sobre tema colombiano, pero dependiendo del valor de otros ensayos; ello no podía convertirse en un imperativo, pues resultaba de hecho muy enriquecedor apreciar los enfoques de colombianos sobre temas, obras y autores internacionales. En cuanto al asunto de los géneros, el criterio de representatividad fue el de mostrar ––en lo posible––, fiel a mi definición de ensayo, cómo éste en Colombia también había pasado por los más diversos géneros y por las más distintas especialidades: desde la carta hasta la monografía, pasando por el aforismo; o desde la literatura hasta la sociología, pasando por la filosofía o la psicología. En esta antología conviven algunas cartas con capítulos de trabajos eximios de investigación en ciencias sociales; así como textos de crítica literaria y glosas eruditas con declaraciones políticas y textos informales sobre realidades cotidianas. En todos los casos, la sutileza, un carácter literario fuerte y una perceptible formación humanística delatan al ensayista, sin que la extensión, el medio o el propósito se conviertan en una restricción a su virtud principal, la de escribir literatura de pensamiento, con el material que sea.

Y así como hubo algunos criterios de selección propiamente dichos también los hubo de descartación ––sin que esta labor implique, necesariamente tampoco, un juicio de valor––. Por ejemplo, descarté por principio los textos demasiado anecdóticos o autobiográficos, aunque no dudo de que con esos materiales puede también construirse magníficos ensayos; igualmente, rechacé los que ofrecían un evidente interés informativo o divulgador, o aquéllos que sólo buscaban presentar un panorama demasiado general de cualquier materia; ya he tocado el tema de cuán esencialmente concretos resultan los grandes ensayos (la visión panorámica está tan alejada del ensayo como la visión del especialista).

Tal vez no sobre decir que no seleccioné por ideas, pues no siempre suscribo las de algunos de los autores aquí presentes, y tampoco me importa que desde un punto de vista meramente disciplinario muchas de esa ideas ––y obviamente, de los datos que las soportan–– se encuentren hoy claramente superadas: lo que realmente hace valiosa una idea es su coherencia, su capacidad de estar en concordancia con un contexto dado, y ese contexto no es más que el mundo propio (no sólo social) de su autor; de manera que a Gómez Dávila no podemos pedirle más que sea un reaccionario, a Gaitán Durán un libertario, a William Ospina un sacralizador, a Posada un marxista, a Gonzalo Sánchez un socialista o a Alzate Avendaño un cuasi-fascista. Ellos han sabido serlo con talento, con inteligencia y con formación.

Una historia del ensayo

La historia de la literatura en Nueva Granada (1867), de José María Vergara y Vergara (1831-1872), la única historia de la literatura hispano-colombiana de que disponemos (Ortega Torres la repite y Gómez Restrepo la reduce, aunque con apéndices nuevos), nos presenta no pocos y bien documentados casos de prosistas, españoles y criollos, especialmente sacerdotes, que escribieron en la Nueva Granada en los siglos XVII y XVIII. Hasta ellos debe remontarse nuestra tradición ensayística; y como la conexión inicial es con España, debo mencionar como trabajo de ineludible referencia el de Pedro Aullón de Haro, publicado por Taurus en 1987, sobre Los géneros ensayísticos en el siglo XVIII. Tal vez sea posible sacar del anonimato, del mausoleo, algunos de los autores mencionados por Vergara, pero en todo caso ésa es una labor que debe emprender quien se proponga llevar a buen término una historia del ensayo en Colombia, ya superado el prejuicio de que el ensayo nace en Colombia con Sanín Cano.

Más fácil es rastrear toda la literatura que dejaron los criollos ilustrados de fines del siglo XVIII y la de los precursores de la Independencia. Hombres de vibrante inteligencia como Antonio Nariño (1765-1823) o como Pedro Fermín de Vargas (1762- ca. 1812), educados en las buenas letras ––francesas e hispanas––, nos ofrecen los primeros modelos de una prosa ensayística aplicada a aspectos pragmáticos de la realidad virreinal o de la administración colonial borbónica. Y ya en esa época es posible distinguir una división clara del "quehacer de la escritura", entre los que se dedican a la traducción, a la glosa o interpretación, a producir (por escrito), como Pedro Fermín, "pensamientos políticos", y los que se proyectan como escritores públicos, autores de discursos, proclamas o manifiestos, incluyendo aquí a los incipientes redactores de periódico. Un intelectual como Manuel del Socorro Rodríguez (1756-1819), aun velado por la cortina del anonimato periodístico oficial (fue director del virreinal Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, el primer periódico de nuestra historia ––1791-1797––), se anima ya a frecuentar la crítica literaria, a la par con la crítica de las costumbres y la difusión de conocimientos útiles, y lo hace de una manera ––para algunos tosca–– personal y subjetiva. Decir que el periódico, en su calidad de órgano público de información (para entonces aún no puede emplearse la expresión "masivo"), supone una escritura impersonal y uniformada, no se compadece con la realidad del redactor del Papel Periódico, quien, aparte de escoger sus temas, sus "variedades", se permitía establecer sus propias relaciones, poner en juego su formación ––nada desdeñable— y opinar, no precisamente a nombre de la opinión pública. Por lo demás, el caso de Manuel del Socorro sirve para ilustrar otro aspecto de sesgo historiográfico: Rodríguez era cubano y había venido de La Habana traído por el recién nombrado virrey Ezpeleta: ¿debe por eso eliminarse del estudio histórico de las letras colombianas? Ello sería absurdo, pues sabemos que el ebanista y autodidacta de Bayamo desempeñó un papel fundamental entre nuestros hombres de letras, que vivió y sintió nuestra propia realidad nacional durante muchos años y que incluso murió entre nosotros. Otro tanto podremos decir más adelante del venezolano Simón Bolívar, del cubano Rafael María Merchán y del alemán Ernesto Volkening.

Prosas de indudable mérito en la época de la independencia deben buscarse en Francisco José de Caldas (1771-1816), Francisco Antonio Zea (1766-1822), Juan García del Río (1794-1856) y, por supuesto, en ese intenso escritor de campaña que fue el Libertador. ¿Cómo negar que todos ellos son ensayistas, cuando todos les dieron a sus memorias, discursos, meditaciones o proclamas el sello de un carácter, el amplio conocimiento de unos temas y la fluidez de una expresión escrita visiblemente elaborada y castiza?

Luego viene la época de los más patéticos y esforzados discursos ideológico-políticos que genera el difícil parto de una nueva nación (que, como Bolívar sabía, no existe por el hecho de que haya sido liberada militarmente). Y en este proceso se destacan hombres de acción y hombres "públicos" que, como ya era tradición, son los mismos que poseen una notable formación literaria: José Eusebio Caro (1817-1853), Florentino González (1805-1875), Vicente Azuero (1787-1844), el propio Santander (1792-1840), Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1878), Manuel Ancízar (1812-1882, y desde una loable neutralidad partidista) o Sergio Arboleda (1822-1888).

Ya desde esta época, el periodismo cobra una peculiar relevancia como espacio fundamental de las expresiones ensayísticas; de hecho, escritores como Caro, Ancízar, Arboleda o Azuero lo son en la medida en que periódicamente publican sus artículos en la prensa, cada vez más politizada. El libro capital de Arboleda, por ejemplo, La República en la América española (1869), se conforma por la unificación de una serie de ensayos publicados en el periódico La República. Y algunos continuadores de estos primeros polemistas políticos, como Miguel Antonio Caro (1843-1909), "el Indio" Uribe (1859-1900), José María y Miguel Samper (1828-1888; 1825-1899) o Camacho Roldán (1827-1900), con todo y llegar a publicar libros ensayísticos autónomos (incluso folletos, como el de La miseria en Bogotá [1867], de Miguel Samper), mantienen la actividad periodística como base de su quehacer literario.

Ya en la segunda mitad del siglo XIX aparecen los primeros prosistas "especialistas" (muy lejanos de lo que hoy significa la especialización), todavía de palmaria vocación ensayística, pues los estudios disciplinarios permanecen en sus obras unidos a una raíz humanística y letrada: trabajos sociológicos como la Peregrinación de Alpha (1853), de Ancízar, o Los trabajadores de tierra caliente (1899), de Medardo Rivas (1825-1901); los trabajos de análisis económico de Aníbal Galindo (1831-1901) o del propio Miguel Samper; los intentos de sistematización filosófica de Ezequiel Rojas (1803-1873; por supuesto más serios que los delirios filosófico-místicos de Manuel María Madiedo ––1815-1888––); o los de analistas jurídicos, de la estirpe de Florentino González, que terminan, a finales del siglo, con las publicaciones de un excelente escritor y abogado: Diego Mendoza Pérez (1857-1933).

También en la segunda mitad del siglo pasado, y de nuevo al amparo de diversas secciones de la prensa (literaria o no), surgen con fuerza las primeras aproximaciones a una crítica literaria eminentemente ensayística: desde las muy acertadas recensiones de José María Vergara y Vergara (El Mosaico, El Eco Literario, La Revista de Bogotá), pasando por el volumen de Ensayos biográficos (1863) de José María Torres Caicedo (1830-1889), hasta los excelentes y muy recursivos estudios literarios de Rafael María Merchán (1844-1905) y los primeros ensayos de crítica de Baldomero Sanín Cano (1861-1957).

Llegados a Sanín Cano, es necesario hacer el corte inevitable. No por la figura misma de Sanín Cano, sino porque es él el más destacado adalid de la renovación estética, primero conocida como modernismo, pero que en realidad involucra dentro de su mirada estética a muchas y muy diversas manifestaciones literarias e intelectuales. La primera revista que impulsa el modernismo en Colombia es la Revista Gris (1892-1896), dirigida por Salomón Ponce Aguilera y que animaron dos importantes ensayistas del nuevo cuño literario: Maximiliano Grillo (1868-1949) y Baldomero Sanín Cano; en ella también publicarán textos algunos de los nuevos estetas, como José Asunción Silva (1865-1896), Diego Uribe (1867-1921), Carlos Arturo Torres (1867-1911) y Ángel Cuervo (1838-1896), el maduro pero cercano y afín amigo de silva. Es necesario acotar que este nuevo esteticismo alcanza también a la prosa, y me parece que de manera más fundamental a la prosa ensayística que a la prosa narrativa: es la época de poetas del ensayo como Martí (1853-1895), Rodó (1872-1917) y Rubén Darío (1867-1916); y esa conciencia estética que invade a la prosa de reflexión dará un carácter autónomo, algo alambicado y barroco, a las páginas de los prosistas colombianos del modernismo, desde Max Grillo y Sanín, pasando por Eduardo Castillo (1889-1938), López de Mesa, Rueda Vargas (1879-1943) o Armando Solano (1887-1953), hasta llegar, con especial énfasis, a algunos de los escritores del llamado "renacimiento grecocaldense": Aquilino Villegas (1880-1940), Augusto Ramírez Moreno (1900-1974), Silvio Villegas (1902-1972) y Gilberto Alzate Avendaño (1910-1960); sin olvidar otros escritores de evidente intención verbalista, como Jaime Barrera Parra (1892-1935), Darío Achury Valenzuela (n. 1906) y Hernando Téllez (1908-1966).

La presencia de importantes revistas literarias o culturales, desde Revista Gris, va a determinar el afianzamiento, como manifestación dominante del ensayo, de la crítica literaria o de proyección literaria: herederas de Revista Gris son la Revista Contemporánea (1904-1905), dirigida por Sanín Cano, y Trofeos (1906-1908), orientada por el poeta Víctor M. Londoño (1876-1936). Y podríamos establecer una línea cardinal conformada por la aparición de publicaciones culturales de primer orden que le dieron protagonismo a la ensayística literaria: la barranquillera Voces (1917-1920), El Nuevo Tiempo Literario (1903-1932), Pan (1935-1940), Revista de las Indias (1936-1950), Revista de América (1945-1950), Sábado (1943-1957), Crítica (1948-1951), Mito (1955-1962), Letras Nacionales (1965-1986) y Eco (1960-1984): labor invaluable que tiene no pocos continuadores en la actualidad, dentro y fuera del ámbito académico.

Pero aparte de la tendencia literaria (temáticamente hablando), durante la presente centuria el ensayo ha ido abarcando cada vez más los diversos campos del saber, por un lado, y por otro se ha ido constituyendo en un recurso literario prioritario para escritores de las más diversas tendencias, que encuentran en la reflexión en prosa un espacio de libertad para expresar sin restricciones el talante personal de la escritura, el estilo hallado.

En cuanto al ensayo de procedencia disciplinaria podríamos citar algunas líneas fundamentales: la crítica literaria (Rafael Maya, Rafael Gutiérrez Girardot ––n. 1928––, Jaime Mejía Duque ––n. 1932––, David Jiménez Panesso ––n. 1945––, Ricardo Cano Gaviria ––n. 1946–– o Eduardo Jaramillo ––n. 1957––); el análisis político (Laureano Gómez ––1889-1965––, Alfonso López Michelsen ––n. 1913––, Mario Laserna ––n. 1923— o Juan Gabriel Tokatlian ––n. 1945––); el análisis sociológico (Antonio García ––1912-1982— Orlando Fals Borda ––n. 1925–– o Darío Mesa ––n. 1925––); el ensayo filosófico (Cayetano Betancur ––1910-1982––, Danilo Cruz Vélez ––n. 1920––, Estanislao Zuleta o Rubén Sierra Mejía ––n. 1937––); el estudio psicológico (Mauro Torres ––n. 1928–– o Luis Carlos Restrepo ––n. 1954––); los trabajos historiográficos (Jaime Jaramillo Uribe, Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo ––n. 1942–– o Marco Palacios ––n. 1944––); el ensayo de análisis económico (Luis Eduardo Nieto Arteta —1913-1956–– o Jorge Child ––1929-1995)—, entre otras.

Y, por supuesto, este siglo ya va siendo rico en obras de ensayistas no disciplinarios, obras que en su mayoría no han tenido la difusión que merecen o que a veces han pasado a configurar ediciones ––muchas de carácter regional y de escasa circulación–– de obras completas o selecciones de sus propios autores; menciono algunos de esos ensayistas, que se han constituido en los mejores abanderados de este género imposible, de este símbolo esencial del quehacer literario: Fernando González (1895-1964), Juan Lozano y Lozano (1902-1979), Tomás Vargas Osorio (1908-1941), Ernesto Volkening (1908-1984), Hernando Téllez, Nicolás Gómez Dávila (1913-1994), Elisa Mújica (n. 1918), Jorge Gaitán Durán (1925-1962), Hernando Valencia Goelkel (n. 1928), Rafael Humberto Moreno-Durán (n. 1946), Juan Gustavo Cobo Borda (n. 1948) y William Ospina (n. 1954).

El mausoleo iluminado

No deja de ser desconcertante, por decir lo menos, que obras capitales de nuestra historia literaria, como La civilización manual y otros ensayos (1925) de Sanín Cano o el Diario (1946) de Hernando Téllez, sean inconseguibles en el mercado del libro. Es cierto que existen recopilaciones (a veces también inconseguibles) de Sanín Cano y de Téllez, así como de algunos pocos de nuestros grandes ensayistas. Pero en general, es un hecho que a la producción ensayística ––auténticamente ensayística–– en Colombia no se le ha dado la necesaria importancia, ni académica ni editorialmente. Nuestros ensayistas no existen en las historias de la literatura colombiana y no existen en los programas de estudios literarios, salvo muy contadas excepciones de cátedras sueltas.

¿Cuál es, pues, el espacio de estos escritores, aparte del quimérico que la esperanza hace prever? El recinto de las bibliotecas públicas resulta para sus obras más un pomposo mausoleo (el muy respetable y conservador concepto de la "biblioteca patrimonial") que un espacio de servicio público para su difusión. Es por eso que esta antología quiere ser una primera incitación al rescate de autores y de obras que pueden ser mirados o remirados, sin ningún escrúpulo, como testimonios de un quehacer y de una personalidad que, a despecho de su mucha, poca o ninguna significación en la esfera de lo público nacional, son ante todo indicativos irrefragables del rango literario de un país y, claro, de sus más altas cuotas intelectuales.

ÓSCAR TORRES DUQUE