Todo prólogo,
toda introducción a una antología supone afinarse en el arte de dar explicaciones. Y
aunque darlas en materia literaria, o artística en general, suele redundar en un
empobrecimiento de la misma materia, ello es inevitable y decisivo cuando se quiere
figurar como responsable de una selección de textos de cualquier índole. Sin duda, se
tiene el compromiso moral, ante un lector posible, de acreditar al menos tres esfuerzos,
que ya casi son tres criterios: el histórico (conocimiento de una cantidad razonable de
textos en un orden cronológico); el crítico (capacidad de valoración y jerarquización
de esos textos); y el del gusto personal (que también debe volverse tema de reflexión).
Pero esos tres esfuerzos no avalan el "buen éxito" de una antología, su
relativa posibilidad de ser "acertada" o, por lo menos, aleccionadora o
representativa. Son muchos los factores que pueden escapar del control del
antologista, o no depender de sus criterios axiales de selección; por ejemplo, la
extensión y la accesibilidad bibliográfica pueden convertirse, como ha sucedido en los
preliminares de este volumen, en restricciones automáticas para la inclusión de algunos
buenos escritos en el trabajo antológico propuesto. Pero si además de la compleja labor
de generar una antología medianamente respetable se habla de una selección de ensayos,
los problemas pueden crecer abrumadoramente. No estamos ante un género claramente
tipificado (aunque algunos piensen lo contrario). Ensayaré, pues, algunas explicaciones.
Contaré algo de mi destino fatal de antologista.
Bitácora de una investigación
Empecemos por lo
que podría ser un principio. Cuando comencé a investigar y tomar notas para una historia
del ensayo en Colombia (trabajo que aún crece por ahí) partía de una orientación
ambigua, siguiendo muy de cerca cierta tendencia generalizada de la teoría actual del
ensayo (vía Ánderson Imbert, pero no lejos de las suscitaciones de lo
"ancilar" en Alfonso Reyes): el ensayo es un género literario. Yo no sabía
entonces (hablo de unos siete años atrás) que lo que me gustaba de esa afirmación era
poder discutir el ensayo en el terreno de la literatura. Esta primaria orientación se fue
reafirmando con fuerza en el sentido de que lo que yo debía buscar era un material
literario. Pero, ¿género literario? Ahora sé que no creo en ese sofisma. La teoría de
los géneros literarios ya no nos sirve para estudiar literatura. No me pidan, pues, que
entre aquí a caracterizar un género.
Ya sé que se está
planteando un primer problema de base: ¿en qué sentido es literatura un ensayo? Dejo la
pregunta en suspenso para volver sobre otra de mis preocupaciones iniciales, surgida
también en el ámbito de los estudios literarios: ¿cómo hacer de la crítica literaria
una creación en respuesta a esos análisis académicos e inmotivados que aplican un
modelo teórico a la "lectura" de una obra? Muy pronto pude comprender que ese
interés (o su antagonista, el desinterés teórico) por una obra concreta, esto
es, por una realidad concreta, podía rastrearse en cualquier escrito en prosa,
tuviera o no un objeto literario, y que esa experiencia de rastreo era una pista para
definir el tipo de relación que un autor entabla con su objeto particular de
"estudio"; y mejor, para saber hasta qué punto esa relación revela un mundo
propio (y pensaba en "mundo" a través de resúmenes de Husserl pero también
según la noción de "visión del mundo" de Lucien Goldmann). Lo que, por
descartación, podía yo ver en los estudios académicos, es que no se partía de una
relación real con la obra de que se iba a hablar; por tanto no había mundo, y ello
podía ser fácilmente (pero nunca convincentemente) sustituido por la aplicación del
modelo teórico, esto es: hablar de una realidad con ideas de otros. Es decir: hablar
sobre ideas, más que de lo concreto; o sea: no hablar de nada. El misterio, lo
importante, estaba en esos escritores que, aun hablándome del dedo pulgar (está bien, o
de Pedro Páramo), podían revelarme un mundo, una realidad, una manera suya
de apropiarse de su "objeto de estudio". Y ello siempre me pareció
imposibley me sigue pareciendofuera de una auténtica creación.
Saliendo del seno de la literatura, pues, volvía a ella: todo escrito puede ser
literatura. Y saliendo del seno de los géneros: puede no ser novela, cuento, poema, obra
dramática, etc... Con lo cual, estaba descubriendo que el agua moja: ¿no tenía a mano
muchos escritores que habían subvertido los géneros de tiempo atrás? Pero había que
afinar una especificidad del ensayo: el pensamiento (que parecía ser una entidad
abstracta).
Un escritor es una
persona que escribe. Eso lo sabe un niño, pero uno deja de saberlo cuando estudia
literatura. En estudios literarios se enseña que los escritores escriben novelas, poemas,
cuentos, o que escriben dentro del romanticismo o del modernismo; pero suele olvidarse el
hecho primario y complejo de que hay una persona que, por lo general, se sienta y escribe.
Escribir novela o escribir dentro o fuera del modernismo son asuntos de la historia
literaria, pero lo debe ser primeramente el hecho de que hay una persona que escribe. Y
cuándo lo que una persona escribe tiene la fuerza de una creación, es algo que nos ha
ejemplificado la poesía de todos los tiempos. Pues bien, el ensayo debe considerarse algo
tan esencial como la poesía: una creación surgida de una persona que escribe "con
todo su mundo", es decir, capaz de mostrar su relación real con él. Esto es
teoría literaria. Lo demás, es teoría de los géneros o historia literaria, que es de
lo que vamos a echar mano para introducirnos en el vasto y problemático mundo de la
producción literaria colombiana; para sonsacar de allí unos hitos, unos mundos
personales pero colombianos. Y espero no tener que referirme una vez más a "lo
literario" del ensayo.
La antología como historia
literaria
Supongo que todo
antologista se enorgullece del desconcierto y la controversia que genera su
"florilegio". Poder tomarse algunas libertades y explayarse en mostrar sus
propios gustos y criterios le dan la satisfacción de haber realizado la antología que
antes no se había hecho; de exaltar algunos cuantos autores desconocidos que le
simpatizan; de relegar y hasta desaparecer a los que para otros son como vacas sagradas.
Yo he vivido esta experiencia, con tanto orgullo como temor, consciente como estoy, no ya
del mero hecho de que una antología es siempre y necesariamente parcial, sino de que hay
limitaciones que yo hubiese preferido no tener. Pero un dato me libraba en parte del
orgullo y el temor: creer que de alguna manera la mía era la primera antología del
ensayo colombiano. Estaba y está, por supuesto, la antología muy
autorizada, legible y representativa (desde el punto de vista de autores seleccionados) de
Ensayistas colombianos del siglo XX (1980), que prepararon Jorge Eliécer Ruiz y
Juan Gustavo Cobo Borda, pero ella me parecía un trabajo canónico (si es que el trabajo
pionero puede ser canónico) en la medida en que tomaba un patrón histórico y genérico
(creo que también estético): el de Baldomero Sanín Cano, "iniciador de la moderna
crítica literaria en Colombia", como lo llama Cobo, y por tanto coyuntural en un
proceso; y canónico porque, a partir de Sanín Cano, proponía una línea, casi una
tradición, encarnada en prosistas humanistas, entendiendo humanismo por una actitud
crítica pero muy formadafrente al mamotretudo humanismo
gramatical y preceptivo que ya era legendario en nuestro país a comienzos del siglo,
especialmente por su alianza con la vida pública. Pero, ¿qué podía haber antes de
Sanín Cano? ¿De dónde salía ese humanismo crítico? Esa pregunta fue la que me llevó
a pasear por las no muy desérticas vastedades del siglo XIX y a aventurarme en muchos y
muy disímiles tipos de prosa: desde los discursos y las alocuciones públicas hasta las
cartas, los diarios y las biografías; desde los informes sociológicos hasta los grandes
libros de historia. Sí: el ensayo, como toda auténtica poesía, y aun siendo el reflejo
de un verdadero y coherente humanismo, puede esconderse (y asomarse) en cualquier tipo de
escritura.
Había también
y hay una serie de trabajos y antologías, digamos,
para-ensayísticos, que se tocan con la historia del ensayo en tanto conforman una
historia de las ideas en Colombia: Las ideas liberales en Colombia y Las ideas
socialistas en Colombia, de Gerardo Molina; Antología del pensamiento político
colombiano en el siglo XIX, de Jaime Jaramillo Uribe, o su equivalente parcial Antología
del pensamiento conservador en Colombia, preparada por Roberto Herrera Soto; sin
perder de vista la selección de Rubén Sierra para La filosofía en Colombia. De
la misma forma, resultan particularmente significativas algunas selecciones de ensayos
publicados en revistas culturales de especial relevancia, editadas por el Instituto
Colombiano de Cultura en los años setentas, como las de Voces, Revista de las
Indias, Mito y Eco, sin duda importantes crisoles del quehacer ensayístico en
la medida en que constituyeron una nómina de colaboradores de gran calibre intelectual.
Estas nóminas a la postre convertidas en listados estadísticos que
permitían comprobar la reincidencia y constancia de ciertos escritores de prosa de
pensamiento me ayudaron a seguirles la pista a muchos ensayistas relativamente
desconocidos. Aunque finalmente, y por una clara y aceptada restricción
metodológicade tiempo de lectura e investigación, opté por
considerar para mi antología sólo los textos publicados en libros de autor, fueran
éstos títulos autónomos o recopilaciones. Al respecto, debo confesar la inclusión
aquí de una excepción: el ensayo "Ideas sobre la cultura nacional y el arte
realista", del filósofo e historiador Francisco Posada, publicado en la revista Letras
Nacionales; se trata de un magnífico análisis histórico que ilustra sobre las
posibilidades de un pensamiento marxista aplicado de manera personal (es decir, con estilo
propio y sin esquematismos) a un proceso cultural concreto. En este caso, rendí mis armas
al criterio de la ilustración, esto es, al de admitir en mi selección el único texto,
sin duda lleno de bondades estilísticas, que podía ejemplificar un "tipo" de
ensayo, el ideológico, sin parecer, como tantos otros de su estirpe, una caricatura de su
propio tema. De cualquier modo, Francisco Posada no fue, ni mucho menos, un ensayista de
revista, sino un investigador en extremo riguroso y un escritor conciso pero de muchos
matices.
Una antología sin
prejuicios de género (mejor dicho, sin la orientación de un género definido) y sin
cánones ni antecedentes termina por resultar demasiado abigarrada para muchos gustos. No
me lo propuse, pero ahora lo reconozco: es abigarrada por la cobertura de distintos
momentos históricos; por la diversidad de subgéneros que abarca; por los muy variados y
hasta contradictorios perfiles de las personalidades de los autores escogidos; por la
diversidad de temáticas y enfoques. Personalidades opuestas como las de Miguel Antonio
Caro y Sanín Cano pueden producir ensayos de bondades semejantes; entre la ágil y breve
reseña periodística de Barrera Parra y la construcción global de un ensayo sistemático
y extenso como Idola fori de Carlos Arturo Torres (si bien dividido en capítulos
que a su vez son ensayos), parece mediar un inmenso puente metodológico y disciplinario:
ello no es así, pues las dos suponen una mirada subjetiva intensa, de buscado brío
verbal y teniendo como fondo una apabullante formación..., digamos, cultural.
Y es que lo que define
al ensayo es sin duda su personalismo, su capacidad lingüística de reflejar un
pensamiento coherente, es decir, un carácter, una visión fielmente acoplada a las
palabras; yo diría: la función poética del pensamiento, su capacidad de convertirse en
materia plástica y sonora, siempre conservando la sustancia argumentativa, el talante de
agudeza específica para relacionar de manera novedosa dos o más realidades: mínimo, el
mundo y el yo del autor; o el autor y su propio tema. Que estas
"características" no moldean un género determinado, es lo que hemos dicho.
Pero sí permiten el emparentamiento de literaturas y pensamientos muy disímiles; y
posibilitan el respeto y la justa valoración de obras en prosa que siempre habían
corrido el riesgo de no ser asimiladas como literatura, ni siquiera como escritura con
sentido. Tal es el caso de los escolios de Nicolás Gómez Dávila, cuya vocación
aforística suele exagerarse (si se toma el aforismo por sentencia opinatoria suelta),
cuando cada una de esas vibrantes glosas es toda una elaboración ensayística, tanto del
propio pensamiento como de una realidad concreta que le subyace ("el texto
implícito"); por lo demás, en general podría adherirme a este pequeño texto
lapidario de un excelente ensayista mexicano: "No hay ensayo más breve que un
aforismo". La frase-texto es de Gabriel Zaid, y se expone a no ser un ensayo, en la
medida en que es tan sólo una generalización. Todo ensayo alude a lo concreto, a
realidades singulares y a sus combinaciones posibles en la mente del escritor. A su mundo
propio. También habría que mencionar la mayor parte de la obra de Hernando Téllez, en
especial sus primeros libros, que son tan sólo (¡tan sólo!) el ejercicio de una
reflexión íntima y entrañable sobre las cosas amadas. ¿Cuándo se llevarán esos
primeros libros de Téllez Luces en el bosque, Inquietud del mundo,
Bagatelas o Diarioa los manuales de literatura? Y no me cabe duda de que toda la
literatura íntima de grandes escritores (como diarios, cartas y "pensamientos")
pueden reportarse como géneros ensayísticos: si el Diario de Téllez no lo era en
sentido estricto (quiero decir, un diario), el de Jorge Gaitán Durán sí lo es
intencionalmente, y es también un magnífico texto de ensayos: sobre el alma china, sobre
la poesía, sobre el carácter de un pueblo o la atmósfera de una región; una voluntad
de apropiarse poéticamente de "sus temas", lo cual no es redundante, pues hay
estudiosos que conservan siempre una relación académica con los temas que manejan con
gran autoridad; el quid radica en la siempe indefinible facultad de vitalizar esa
relación, de mostrar cómo un conjunto de conocimientos y de argumentaciones corresponde
a la propia necesidad de expresión.
Criterios de esta antología
¿Cuáles son los
criterios de esta selección? Por supuesto, un marco teórico previo sobre el concepto
"ensayo". Pero éste fue apenas un punto de partida, y más bien ampliaba antes
que estrechar la parcela de los escritores y los textos que iba yo a considerar; sin
embargo, sí me sirvió de brújula para detectar "debilidades" (cuando no
incompatibilidades con el ensayo) que fueron fundamentales en el proceso de descartación.
Pocos lectores de antologías notan que tras la selección está la descartación, a veces
dolorosa o conflictiva; pues bien, muchos autores, leída la totalidad de sus obras o
buena parte de las mismas, no coincidieron con mi paradigma teórico, y digo "muchos
autores" para referirme a ciertos escritores canónicos, con los cuales tuve
problemas "de origen", incluso cuando sus textos se dejaban leer dócil y hasta
brillantemente. Tengo que empezar por referirme a Germán Arciniegas (nacido en 1900 y
todavía productivo), con el cual confieso que pude haber cometido una injusticia, pues le
apliqué inmisericordemente mi obsesión por la unidad, una especie de calibrador de la
concentración del pensamiento en el discurso; y a fe que su discurso es sabroso (cuando
no incurre en la repetición) y su universo de conocimientos y de anécdotas de una
riqueza aplastante. Digo lo de "aplastante", porque esa sola condición suele
deslumbrar. Yo conocía la crítica negativa que sobre su obra postulaban cierto sector
académico (del campo de los estudios historiográficos) y también ciertos puristas de la
literatura, que ven en la obra de Arciniegas un anecdotario trivial, sin fondo. Lo de que
sus textos no fueran historia rigurosa y metodológicamente sustentada me tenía sin
cuidado: si algo es propio del ensayista es la licencia que tiene para meterse en casa
ajena (quiero decir, en el terreno de las especialidades); mientras lo haga
coherentemente, que se meta donde quiera. Lo del anecdotario trivial también me parecía
injusto, pues creo que en la anécdota está una de las mayores virtudes de Arciniegas.
Pero hay en su obra un evidente propósito divulgador que más bien riñe con la agudeza
del ensayista; un ensayista no divulga; un ensayista se expresa. Y no hay duda de que
Arciniegas también se expresa, pero donde mejor lo hace es en algunos de sus libros
capitales, en fragmentos que sería imposible separar, por ejemplo, del resto de Biografía
del Caribe (1946) o de El Caballero de El Dorado (1960). Y en cuanto a sus
textos cortos, también recogidos por ahí como una pasión americana, suelen ser ligeros
e intrascendentes.
Con el mismo rasero, el
de un marco teórico previo, llegué a descalificar a prosistas tan importantes como Jorge
Zalamea (1905-1969), que en sus miradas panorámicas suele perder la realidad concreta;
como Rafael Maya (1897-1980), tan relamido y superficial: él mismo no admite para sí el
calificativo de ensayista; como Luis López de Mesa (1884-1967), demasiado exuberante y
seudocientífico; o como José María Vargas Vila (1860-1930), que no sabía escribir.
Además habría que aludir a los nombres de dos intelectuales de mucho peso en las
últimas décadas: los de Estanislao Zuleta (1935-1990) y Jaime Jaramillo Uribe (nacido en
1918): el primero por su descuido formal, su demasiada abstracción y su dificultad para
hilar períodos bien construidos en los que las ideas (que eran brillantes y
perturbadoras) pudieran hacerse claras y rotundas; Jaramillo Uribe, en cambio, y aun
tratándose de un historiador de invaluable aporte para las nuevas generaciones, resulta
demasiado acartonado, demasiado modesto y contenido (con una contención no buscada), para
expresar sus propias relaciones, su propio mundo: en suma y aunque ello no sea en la
práctica de su disciplina muy cierto, demasiado académico. Sería
interesante cotejar el discurso de Jaramillo Uribe con el de su discípulo y heredero,
muerto tempranamente, Germán Colmenares (1938-1990), pues éste logra, aun parado en
medio del rigor investigativo más sólido, trazar capítulos y estudios de una no oculta
subjetividad, delatada ante todo en un lenguaje intenso y sostenido. Ahora bien, es un
hecho que el ensayista no es un especialista, pero ello no quiere decir que en la vida
real lo niegue, esto es, que el ensayista se apoye en el especialista; y ello resulta
apenas obvio cuando estamos ante escritores que tienen una formación especializada.
Colmenares es uno de esos ejemplos: siendo un historiador, con parcelas bien definidas, no
escribe sólo para historiadores, para su propia tribu disciplinaria, sino que entiende la
validez libertaria y especulativa del ensayo, como un instrumento para plantear
interrogantes e ideas que se salen de su disciplina. Y otro ejemplo bien excepcional de un
ensayo "de procedencia especializada", es el deslumbrante estudio de Francisco
Posada Colombia: Violencia y subdesarrollo (1968), que incluye además no pocos
cuadros estadísticos, que en la interpretación y la interrelación dialéctica con el
contexto se vuelven soportables y aun "legibles".
Otro criterio de
selección, ya más operativo, fue el de la "representatividad". Este criterio
ofrece diferentes aristas: por un lado, había que partir de una lista básica de
ensayistas "infaltables", los que en el transcurso de mi investigación y mis
lecturas se habían convertido en paradigma. Esta lista fue definitiva, pues constituye el
esqueleto de la antología, lo cual hace pensar que, fatalmente, uno termina haciendo más
una selección de autores que de textos. Pero luego estaba la extensa y gratificante tarea
de seleccionar los textos que habrían de representar a cada autor y de ir complementando
con otros ensayos, de otros autores surgidos como novedad o por necesidad de revisión;
con ello, dos nuevos tipos de representatividad se me imponían: la primera, la de un
autor en sus ensayos: ¿qué texto o qué textos escoger de ensayistas tan regularmente
buenos y prolijos como Caro, Sanín Cano, Téllez o Volkening? En este aspecto no cedí a
la tentación de echar mano de algunos ensayos coyunturales o de particular relieve
histórico... Volví a leer las gratas páginas de muchos libros y fui marcando, incluso
calificando, sin prejuicio alguno, los escritos que ante mi morosa paciencia de lector
sibarita y con un paradigma en la cabeza, iban apareciendo como más deslumbrantes,
lúcidos, sutiles y de rica prosa. Pero una segunda representatividad se yuxtapone a
ésta, muy subjetiva, de "los mejores ensayos de un autor": es la que presiden
los criterios de la tematología y los géneros: el primero, porque, en honor a una
posible mejor accesibilidad a esta antología, y por parte de un conjunto lector
colombiano, procuré evitar la inclusión de ensayos sobre temas demasiado ajenos a
nuestras realidades o eventualmente exóticos y de inaccesible contexto; por ejemplo, los
ensayos de Sanín Cano sobre Georg Brandes o Fitzmaurice Kelly son brillantes e
impecables, pero ¿quién se acuerda por estas landas de aquel filósofo y de este
historiador de la literatura? Lo mismo podría ocurrir con muchos de los estudios del
"aristócrata" Carlos Arturo Torres, con algunos del germanista Gutiérrez
Girardot y con otros tantos del inevitablemente europeo Ernesto Volkening. Ahora bien,
intenté incorporar en mi selección la mayor cantidad de ensayos sobre tema colombiano,
pero dependiendo del valor de otros ensayos; ello no podía convertirse en un imperativo,
pues resultaba de hecho muy enriquecedor apreciar los enfoques de colombianos sobre temas,
obras y autores internacionales. En cuanto al asunto de los géneros, el criterio de
representatividad fue el de mostrar en lo posible, fiel a mi
definición de ensayo, cómo éste en Colombia también había pasado por los más
diversos géneros y por las más distintas especialidades: desde la carta hasta la
monografía, pasando por el aforismo; o desde la literatura hasta la sociología, pasando
por la filosofía o la psicología. En esta antología conviven algunas cartas con
capítulos de trabajos eximios de investigación en ciencias sociales; así como textos de
crítica literaria y glosas eruditas con declaraciones políticas y textos informales
sobre realidades cotidianas. En todos los casos, la sutileza, un carácter literario
fuerte y una perceptible formación humanística delatan al ensayista, sin que la
extensión, el medio o el propósito se conviertan en una restricción a su virtud
principal, la de escribir literatura de pensamiento, con el material que sea.
Y así como hubo
algunos criterios de selección propiamente dichos también los hubo de descartación
sin que esta labor implique, necesariamente tampoco, un juicio de
valor. Por ejemplo, descarté por principio los textos demasiado anecdóticos
o autobiográficos, aunque no dudo de que con esos materiales puede también construirse
magníficos ensayos; igualmente, rechacé los que ofrecían un evidente interés
informativo o divulgador, o aquéllos que sólo buscaban presentar un panorama demasiado
general de cualquier materia; ya he tocado el tema de cuán esencialmente concretos
resultan los grandes ensayos (la visión panorámica está tan alejada del ensayo como la
visión del especialista).
Tal vez no sobre decir
que no seleccioné por ideas, pues no siempre suscribo las de algunos de los autores aquí
presentes, y tampoco me importa que desde un punto de vista meramente disciplinario muchas
de esa ideas y obviamente, de los datos que las soportan se
encuentren hoy claramente superadas: lo que realmente hace valiosa una idea es su
coherencia, su capacidad de estar en concordancia con un contexto dado, y ese contexto no
es más que el mundo propio (no sólo social) de su autor; de manera que a Gómez Dávila
no podemos pedirle más que sea un reaccionario, a Gaitán Durán un libertario, a William
Ospina un sacralizador, a Posada un marxista, a Gonzalo Sánchez un socialista o a Alzate
Avendaño un cuasi-fascista. Ellos han sabido serlo con talento, con inteligencia y con
formación.
Una historia del ensayo
La historia de la
literatura en Nueva Granada (1867), de José María Vergara y Vergara (1831-1872), la
única historia de la literatura hispano-colombiana de que disponemos (Ortega Torres la
repite y Gómez Restrepo la reduce, aunque con apéndices nuevos), nos presenta no pocos y
bien documentados casos de prosistas, españoles y criollos, especialmente sacerdotes, que
escribieron en la Nueva Granada en los siglos XVII y XVIII. Hasta ellos debe remontarse
nuestra tradición ensayística; y como la conexión inicial es con España, debo
mencionar como trabajo de ineludible referencia el de Pedro Aullón de Haro, publicado por
Taurus en 1987, sobre Los géneros ensayísticos en el siglo XVIII. Tal vez sea
posible sacar del anonimato, del mausoleo, algunos de los autores mencionados por Vergara,
pero en todo caso ésa es una labor que debe emprender quien se proponga llevar a buen
término una historia del ensayo en Colombia, ya superado el prejuicio de que el ensayo
nace en Colombia con Sanín Cano.
Más fácil es rastrear
toda la literatura que dejaron los criollos ilustrados de fines del siglo XVIII y la de
los precursores de la Independencia. Hombres de vibrante inteligencia como Antonio Nariño
(1765-1823) o como Pedro Fermín de Vargas (1762- ca. 1812), educados en las buenas letras
francesas e hispanas, nos ofrecen los primeros modelos de una
prosa ensayística aplicada a aspectos pragmáticos de la realidad virreinal o de la
administración colonial borbónica. Y ya en esa época es posible distinguir una
división clara del "quehacer de la escritura", entre los que se dedican a la
traducción, a la glosa o interpretación, a producir (por escrito), como Pedro Fermín,
"pensamientos políticos", y los que se proyectan como escritores públicos,
autores de discursos, proclamas o manifiestos, incluyendo aquí a los incipientes
redactores de periódico. Un intelectual como Manuel del Socorro Rodríguez (1756-1819),
aun velado por la cortina del anonimato periodístico oficial (fue director del virreinal Papel
Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, el primer periódico de nuestra
historia 1791-1797), se anima ya a frecuentar la crítica
literaria, a la par con la crítica de las costumbres y la difusión de conocimientos
útiles, y lo hace de una manera para algunos tosca personal y
subjetiva. Decir que el periódico, en su calidad de órgano público de información
(para entonces aún no puede emplearse la expresión "masivo"), supone una
escritura impersonal y uniformada, no se compadece con la realidad del redactor del Papel
Periódico, quien, aparte de escoger sus temas, sus "variedades", se
permitía establecer sus propias relaciones, poner en juego su formación nada
desdeñable y opinar, no precisamente a nombre de la opinión pública. Por lo
demás, el caso de Manuel del Socorro sirve para ilustrar otro aspecto de sesgo
historiográfico: Rodríguez era cubano y había venido de La Habana traído por el
recién nombrado virrey Ezpeleta: ¿debe por eso eliminarse del estudio histórico de las
letras colombianas? Ello sería absurdo, pues sabemos que el ebanista y autodidacta de
Bayamo desempeñó un papel fundamental entre nuestros hombres de letras, que vivió y
sintió nuestra propia realidad nacional durante muchos años y que incluso murió entre
nosotros. Otro tanto podremos decir más adelante del venezolano Simón Bolívar, del
cubano Rafael María Merchán y del alemán Ernesto Volkening.
Prosas de indudable
mérito en la época de la independencia deben buscarse en Francisco José de Caldas
(1771-1816), Francisco Antonio Zea (1766-1822), Juan García del Río (1794-1856) y, por
supuesto, en ese intenso escritor de campaña que fue el Libertador. ¿Cómo negar que
todos ellos son ensayistas, cuando todos les dieron a sus memorias, discursos,
meditaciones o proclamas el sello de un carácter, el amplio conocimiento de unos temas y
la fluidez de una expresión escrita visiblemente elaborada y castiza?
Luego viene la época
de los más patéticos y esforzados discursos ideológico-políticos que genera el
difícil parto de una nueva nación (que, como Bolívar sabía, no existe por el hecho de
que haya sido liberada militarmente). Y en este proceso se destacan hombres de acción y
hombres "públicos" que, como ya era tradición, son los mismos que poseen una
notable formación literaria: José Eusebio Caro (1817-1853), Florentino González
(1805-1875), Vicente Azuero (1787-1844), el propio Santander (1792-1840), Tomás Cipriano
de Mosquera (1798-1878), Manuel Ancízar (1812-1882, y desde una loable neutralidad
partidista) o Sergio Arboleda (1822-1888).
Ya desde esta época,
el periodismo cobra una peculiar relevancia como espacio fundamental de las expresiones
ensayísticas; de hecho, escritores como Caro, Ancízar, Arboleda o Azuero lo son en la
medida en que periódicamente publican sus artículos en la prensa, cada vez más
politizada. El libro capital de Arboleda, por ejemplo, La República en la América
española (1869), se conforma por la unificación de una serie de ensayos publicados
en el periódico La República. Y algunos continuadores de estos primeros
polemistas políticos, como Miguel Antonio Caro (1843-1909), "el Indio" Uribe
(1859-1900), José María y Miguel Samper (1828-1888; 1825-1899) o Camacho Roldán
(1827-1900), con todo y llegar a publicar libros ensayísticos autónomos (incluso
folletos, como el de La miseria en Bogotá [1867], de Miguel Samper), mantienen la
actividad periodística como base de su quehacer literario.
Ya en la segunda mitad
del siglo XIX aparecen los primeros prosistas "especialistas" (muy lejanos de lo
que hoy significa la especialización), todavía de palmaria vocación ensayística, pues
los estudios disciplinarios permanecen en sus obras unidos a una raíz humanística y
letrada: trabajos sociológicos como la Peregrinación de Alpha (1853), de
Ancízar, o Los trabajadores de tierra caliente (1899), de Medardo Rivas
(1825-1901); los trabajos de análisis económico de Aníbal Galindo (1831-1901) o del
propio Miguel Samper; los intentos de sistematización filosófica de Ezequiel Rojas
(1803-1873; por supuesto más serios que los delirios filosófico-místicos de Manuel
María Madiedo 1815-1888); o los de analistas jurídicos, de la
estirpe de Florentino González, que terminan, a finales del siglo, con las publicaciones
de un excelente escritor y abogado: Diego Mendoza Pérez (1857-1933).
También en la segunda
mitad del siglo pasado, y de nuevo al amparo de diversas secciones de la prensa (literaria
o no), surgen con fuerza las primeras aproximaciones a una crítica literaria
eminentemente ensayística: desde las muy acertadas recensiones de José María Vergara y
Vergara (El Mosaico, El Eco Literario, La Revista de Bogotá),
pasando por el volumen de Ensayos biográficos (1863) de José María Torres
Caicedo (1830-1889), hasta los excelentes y muy recursivos estudios literarios de Rafael
María Merchán (1844-1905) y los primeros ensayos de crítica de Baldomero Sanín Cano
(1861-1957).
Llegados a Sanín Cano,
es necesario hacer el corte inevitable. No por la figura misma de Sanín Cano, sino porque
es él el más destacado adalid de la renovación estética, primero conocida como
modernismo, pero que en realidad involucra dentro de su mirada estética a muchas y muy
diversas manifestaciones literarias e intelectuales. La primera revista que impulsa el
modernismo en Colombia es la Revista Gris (1892-1896), dirigida por Salomón Ponce
Aguilera y que animaron dos importantes ensayistas del nuevo cuño literario: Maximiliano
Grillo (1868-1949) y Baldomero Sanín Cano; en ella también publicarán textos algunos de
los nuevos estetas, como José Asunción Silva (1865-1896), Diego Uribe (1867-1921),
Carlos Arturo Torres (1867-1911) y Ángel Cuervo (1838-1896), el maduro pero cercano y
afín amigo de silva. Es necesario acotar que este nuevo esteticismo alcanza también a la
prosa, y me parece que de manera más fundamental a la prosa ensayística que a la prosa
narrativa: es la época de poetas del ensayo como Martí (1853-1895), Rodó (1872-1917) y
Rubén Darío (1867-1916); y esa conciencia estética que invade a la prosa de reflexión
dará un carácter autónomo, algo alambicado y barroco, a las páginas de los prosistas
colombianos del modernismo, desde Max Grillo y Sanín, pasando por Eduardo Castillo
(1889-1938), López de Mesa, Rueda Vargas (1879-1943) o Armando Solano (1887-1953), hasta
llegar, con especial énfasis, a algunos de los escritores del llamado "renacimiento
grecocaldense": Aquilino Villegas (1880-1940), Augusto Ramírez Moreno (1900-1974),
Silvio Villegas (1902-1972) y Gilberto Alzate Avendaño (1910-1960); sin olvidar otros
escritores de evidente intención verbalista, como Jaime Barrera Parra (1892-1935), Darío
Achury Valenzuela (n. 1906) y Hernando Téllez (1908-1966).
La presencia de
importantes revistas literarias o culturales, desde Revista Gris, va a determinar
el afianzamiento, como manifestación dominante del ensayo, de la crítica literaria o de
proyección literaria: herederas de Revista Gris son la Revista Contemporánea
(1904-1905), dirigida por Sanín Cano, y Trofeos (1906-1908), orientada por el
poeta Víctor M. Londoño (1876-1936). Y podríamos establecer una línea cardinal
conformada por la aparición de publicaciones culturales de primer orden que le dieron
protagonismo a la ensayística literaria: la barranquillera Voces (1917-1920), El
Nuevo Tiempo Literario (1903-1932), Pan (1935-1940), Revista de las Indias
(1936-1950), Revista de América (1945-1950), Sábado (1943-1957),
Crítica (1948-1951), Mito (1955-1962), Letras Nacionales (1965-1986) y Eco
(1960-1984): labor invaluable que tiene no pocos continuadores en la actualidad, dentro y
fuera del ámbito académico.
Pero aparte de la
tendencia literaria (temáticamente hablando), durante la presente centuria el ensayo ha
ido abarcando cada vez más los diversos campos del saber, por un lado, y por otro se ha
ido constituyendo en un recurso literario prioritario para escritores de las más diversas
tendencias, que encuentran en la reflexión en prosa un espacio de libertad para expresar
sin restricciones el talante personal de la escritura, el estilo hallado.
En cuanto al ensayo de
procedencia disciplinaria podríamos citar algunas líneas fundamentales: la crítica
literaria (Rafael Maya, Rafael Gutiérrez Girardot n. 1928, Jaime
Mejía Duque n. 1932, David Jiménez Panesso n.
1945, Ricardo Cano Gaviria n. 1946 o Eduardo Jaramillo
n. 1957); el análisis político (Laureano Gómez
1889-1965, Alfonso López Michelsen n.
1913, Mario Laserna n. 1923 o Juan Gabriel Tokatlian
n. 1945); el análisis sociológico (Antonio García
1912-1982 Orlando Fals Borda n. 1925 o Darío
Mesa n. 1925); el ensayo filosófico (Cayetano Betancur
1910-1982, Danilo Cruz Vélez n. 1920,
Estanislao Zuleta o Rubén Sierra Mejía n. 1937); el estudio
psicológico (Mauro Torres n. 1928 o Luis Carlos Restrepo
n. 1954); los trabajos historiográficos (Jaime Jaramillo Uribe,
Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo n. 1942 o Marco Palacios
n. 1944); el ensayo de análisis económico (Luis Eduardo Nieto
Arteta 1913-1956 o Jorge Child 1929-1995), entre
otras.
Y, por supuesto, este
siglo ya va siendo rico en obras de ensayistas no disciplinarios, obras que en su mayoría
no han tenido la difusión que merecen o que a veces han pasado a configurar ediciones
muchas de carácter regional y de escasa circulación de obras
completas o selecciones de sus propios autores; menciono algunos de esos ensayistas, que
se han constituido en los mejores abanderados de este género imposible, de este símbolo
esencial del quehacer literario: Fernando González (1895-1964), Juan Lozano y Lozano
(1902-1979), Tomás Vargas Osorio (1908-1941), Ernesto Volkening (1908-1984), Hernando
Téllez, Nicolás Gómez Dávila (1913-1994), Elisa Mújica (n. 1918), Jorge Gaitán
Durán (1925-1962), Hernando Valencia Goelkel (n. 1928), Rafael Humberto Moreno-Durán (n.
1946), Juan Gustavo Cobo Borda (n. 1948) y William Ospina (n. 1954).
El mausoleo iluminado
No deja de ser
desconcertante, por decir lo menos, que obras capitales de nuestra historia literaria,
como La
civilización manual y otros ensayos (1925) de Sanín Cano o el Diario
(1946) de Hernando Téllez, sean inconseguibles en el mercado del libro. Es cierto que
existen recopilaciones (a veces también inconseguibles) de Sanín Cano y de Téllez, así
como de algunos pocos de nuestros grandes ensayistas. Pero en general, es un hecho que a
la producción ensayística auténticamente ensayística en
Colombia no se le ha dado la necesaria importancia, ni académica ni editorialmente.
Nuestros ensayistas no existen en las historias de la literatura colombiana y no existen
en los programas de estudios literarios, salvo muy contadas excepciones de cátedras
sueltas.
¿Cuál es, pues, el
espacio de estos escritores, aparte del quimérico que la esperanza hace prever? El
recinto de las bibliotecas públicas resulta para sus obras más un pomposo mausoleo (el
muy respetable y conservador concepto de la "biblioteca patrimonial") que un
espacio de servicio público para su difusión. Es por eso que esta antología quiere ser
una primera incitación al rescate de autores y de obras que pueden ser mirados o
remirados, sin ningún escrúpulo, como testimonios de un quehacer y de una personalidad
que, a despecho de su mucha, poca o ninguna significación en la esfera de lo público
nacional, son ante todo indicativos irrefragables del rango literario de un país y,
claro, de sus más altas cuotas intelectuales.
ÓSCAR TORRES DUQUE