Ficha bibliográfica
Titulo:
Interpretación de los Estados Unidos
Edición original: 2004-02-19
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-19
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Téllez Sierra Hernando
 
 
 
Interpretación de los Estados Unidos
Téllez Sierra Hernando
 

No me parece fácil hablar sobre los Estados Unidos después de una permanencia, más o menos breve, en el territorio de la Unión. Sin embargo, hay una autorización previa para hacerlo en el hecho de que muchos de los viajeros oficiales de ese país, rumbo a Latinoamérica, gastan muy poco tiempo para visitar veinte países o informar cuidadosamente sobre cada uno de ellos, a la Secretaría de Estado o al presidente de los EE. UU. Cierto es que Bogotá o Lima o Quito, pueden conocerse en un día, bien aprovechado. En cambio, Nueva York, por ejemplo, necesita una vida. Y Nueva York, le dicen a uno las gentes que presumen de cuidadosas en sus juicios, "no es los Estados Unidos". No comparto y, en cierta manera, me irrita esa opinión, que estimo completamente falsa. Nueva York sí son los Estados Unidos y sí los representan. Los representan ejemplarmente, con un simbolismo que me permito calificar de clásico porque esa ciudad significa la creación más vigorosa, más expresiva, más vehemente del espíritu norteamericano. En otras palabras: Nueva York es la obra maestra de ese mismo espíritu. Ninguna otra se le parece, en el mundo. Es una obra inimitable. Es el fruto espléndido de un cierto sistema de vida, de un determinado proceso histórico, de una especial idea del progreso, la civilización y la cultura. Lo significativo de los Estados Unidos, aquello que auténticamente los expresa en el proceso histórico, no sería, de ninguna manera, cuanto pudiera hacer creer que ese país es una copia agrandada de uno o varios países de Europa. En este sentido, Nueva York no es sólo una rectificación al espíritu europeo, sino la máxima creación original del espíritu americano, como tal. Inútil tratar de buscarle semejanzas. Ni Londres, ni París, ni Berlín, ni Roma, tienen mucho que ver con Nueva York. Las pocas generaciones de hombres que la han hecho, que la siguen haciendo todos los días, han obedecido y obedecen a las leyes de un proceso histórico sin semejanza con el proceso histórico que formó a las ciudades europeas. Ese proceso es el específico proceso de la historia de los Estados Unidos. De esta suerte, me parece una tontería crítica, hija de la pereza, señalar a Nueva York como un fenómeno que queda por fuera del proceso estadinense, como un hecho aparte de la masa global de hechos que configuran el desarrollo histórico del país. Casi como una insólita monstruosidad, de la cual, en cierta manera, hay que excusarse y decir: "no se engañe usted con este gigante. Tenemos unos enanos que no van a asustarlo. La vida norteamericana no es esto, sino aquello... Tenemos unas pequeñas ciudades, unas aldeas como las suyas. Esto de los rascacielos, de las grandes concentraciones urbanas, de las avenidas tan largas como carreteras y de las carreteras tan largas que, en realidad, no terminan sino por caer en el mar, es por despistar. Nueva York es una equivocación que le rogamos nos perdone. Y Chicago también. Y Detroit. En cambio, vea usted a Washington, vea usted a Boston, visite ciertos lugares de la Nueva Inglaterra, ciertos sitios perdidos para los turistas. Ahí sí estamos representados. Ésa es Norteamérica, ésos son los verdaderos Estados Unidos...".

Pues bien. En mi modesta opinión, nada de eso es cierto. Por lo menos no es tan cierto como lo creen muchos hijos de los Estados Unidos y casi todos los turistas. Trataré de explicar por qué me parece falsa tan popular y difundida opinión. Lo característico de los Estados Unidos es un sistema de vida y un concepto especial de esa vida. Ese sistema y ese concepto son una consecuencia, como lo anoté antes, del proceso histórico. Si los Estados Unidos hubieran tenido un proceso paralelo o idéntico, digamos, al de Inglaterra o al de Francia, las diferencias con cualquiera de estas dos naciones serían imperceptibles o muy débiles. El proceso fue diferente, como lo saben muy bien sabido todos ustedes. Tan diferente que, con Inglaterra, de donde vinieron los primeros colonizadores, hasta el idioma los separa. Muchas mayores posibilidades tengo yo de ser entendido, en mi inglés macarrónico, por un chofer de bus de la Quinta Avenida, que Aldous Huxley en su inglés oxforiano. Probablemente, en los designios de los colonizadores europeos que llegaron al territorio de la Unión para fundar un negocio, cuya casa matriz estaba en Londres, y, de paso, matar a los nativos que se les pusieran por delante, no figuraba el de crear un país completamente diferente del país inglés que habían dejado más allá de los mares. Pero es que la historia, como dijo el señor Spengler con todo acierto, no procede de acuerdo con nuestros deseos sino por equivocación. La historia es una aventura superior a la voluntad de los hombres. Claro está que los colonizadores iban a fundar, además del negocio de marras, un país. ¿Pero cómo les iba a salir ese país? Eso no lo sabían. Ni siquiera podían saber cómo les iban a salir sus hijos y los hijos de sus hijos, porque ahí estaban, por una parte, un puñado de ingleses, un puñado de holandeses, un puñado de africanos, un puñado de franceses, un puñado de españoles, y más tarde, muchos puñados de italianos, de alemanes, de escandinavos, de polacos, etc. Semejante mezcla no podía determinar ninguna unidad normal como cualquiera otra. Ni soñarla, si es que la soñó, cada uno de los grupos inmigrantes. Esa estupenda variedad debía, a la larga, resolverse en un cierto tipo humano, fruto cabal de las mezclas raciales y del ambiente físico y social. En un cierto tipo humano de síntesis cuya actitud ante la vida y el concepto de ella misma, y no la sangre ni la configuración de la cabeza, ni el color de los cabellos, ni el diseño de la nariz, era lo que iba a particularizarlo, a hacerlo enteramente norteamericano.

Por otra parte, y dadas las características psicológicas que la síntesis racial tenía que producir, a los Estados Unidos le correspondió tomar en su mejor curva de desarrollo el proceso del capitalismo o de la democracia capitalista o del liberalismo burgués, que todos estos nombres sirven para el mismo fenómeno económico, político, social, cultural, científico y técnico. Claro está que si ese fruto de síntesis que es el hombre norteamericano no hubiera tenido las condiciones que lo hacían apto para continuar el desarrollo del proceso de la civilización capitalista a que me refiero, pues hoy no sería el amo del mundo occidental, y los Estados Unidos no serían lo que son como nación. El inmenso territorio de la Unión se habría parcelado en pequeñas naciones y la síntesis geográficas, y cultural correspondiente a la síntesis racial y sicológica no se habría producido. El mérito superior de ese pueblo consiste, en mi modesta opinión, en haber estado históricamente, "a la altura de las circunstancias", como dicen las señoras. Naturalmente, el hombre norteamericano se vio ayudado por la historia, por la propia historia de sus mezclados orígenes y de su aventura, para salir airoso en el trance. Un compuesto sintético de muchos pueblos, pero principalmente de los mejores pueblos europeos y, por añadidura, la ocupación de un territorio magnífico, tenía que dar excelentes resultados.

No ocurrió lo mismo de este lado de la historia, del lado sur de la historia. A España, la pobre y poderosa España, nuestra madre católica, fanática e inquisitorial, le cayó entre las manos, por sucesivas herencias, y por su prodigioso ánimo de aventura, el dominio del mundo. Y le cayó en el peor momento de su historia, cuando literalmente no había en la Península un solo político de cabeza fría, un solo estadista, un auténtico y verdadero conductor. Además, por encima de España había pasado el Renacimiento, sin romperla ni mancharla. Mejor dicho, no había pasado. Ni tampoco la Reforma, como era obvio. La Edad Media se prolongó en España indefinidamente. Y me atrevo a sugerir que todavía no ha acabado de concluir, como no ha concluido en Colombia, ni en muchos otros países latinoamericanos. Además, la Inquisición española fue, frente al Renacimiento, una verdadera cortina de hierro, semejante a la soviética, que impidió el acceso de las nuevas corrientes del pensamiento. El desastre político de España tiene muchas causas. Pero entre las principales está la de su obstinado retardo para entender el cambio que la Reforma y la Revolución Francesa imponían en el desarrollo histórico de los pueblos europeos, por una parte, y por otra, de los pueblos que habían constituido su imperio en América.

Los Estados Unidos toman, pues, como nación, el proceso de la sociedad burguesa, en un momento estelar. Y a ese proceso le dan un contenido, una significación política de suma trascendencia, incorporando a la estructura institucional del país toda la filosofía del capitalismo burgués que es la filosofía liberal. Imagínense ustedes que no hubiera sido así, que, por el contrario, los grandes y poderosos oligarcas liberales que hicieron la revolución norteamericana de independencia y organizaron políticamente el país no hubieran acogido jubilosamente las tesis de la igualdad ciudadana, de la libre empresa, del libre dejar hacer, de la libre asociación, y que, a la inversa, hubieran querido prolongar las bases filosóficas y económicas del mundo antiguo y aplicarlas a su empresa histórica. El resultado habría sido desastroso. Pero esto es un decir, porque esa reversión no era ya posible. Las condiciones económicas y sociales y políticas en que se movía la historia norteamericana en la segunda mitad del siglo XVIII, y las que iban a producirse en el siglo XIX como reflejo de todo el acontecer europeo de esos mismos siglos, impedían enérgicamente toda posibilidad de contrariar las leyes de desarrollo histórico mediante las cuales el imperio de la clase burguesa y de la filosofía liberal era un hecho inexorable.

Pero Europa no podía físicamente con todo el proceso. Éste requería, también históricamente, un ensanche y un trasplante. ¿A dónde? Pues a América. ¿A cuál América? A la del Norte, puesto que en la del Sur ni las condiciones geográficas, ni las económicas, ni las culturales, ni las políticas, eran las adecuadas. De manera natural, de acuerdo con sus leyes, la historia escoge sus propios escenarios. La civilización capitalista, la civilización burguesa, la civilización liberal, debía culminar en los Estados Unidos. Y así ocurrió, como lo están ustedes viendo, aun sin necesidad de visitar a los Estados Unidos. De esta suerte, lo primero que ustedes pueden ver y lo primero que yo vi allí, fue ese tipo de civilización capitalista, dentro de la cual, como fruto de la ciencia, de la técnica, del maquinismo, del industrialismo, de la producción en serie, lo más natural es que uno se tropiece con cosas como Nueva York y lo más antinatural es que uno se tropiece con cosas como el pueblecito de Ray, vecino a Nueva York. Lo expresivo, lo ejemplar del sistema no es Ray, sino Nueva York; no es el coche de punto que ustedes pueden alquilar a cinco dólares la hora en la placita de la calle 59 para pasear por el Central Park, sino el sub-way que pasa por debajo de las aguas del Hudson, atestado de humanidad, a muchos kilómetros de velocidad; no es la romana quietud del Cementerio de Arlington, en Washington, sino la inquietud de Time Square, en Nueva York; no es la estampa pickwickiana del viejo zapatero remendón, que en la calle 157 del West me arreglaba los zapatos a golpes personales de martillo, con sus propias manos, sino la estampa antipickwickiana del obrero de Ford; no es la cabaña del Tío Tom sino el centro Rockefeller. Me doy cuenta de que al insistir en los contrastes, ustedes terminarán pensando que si los hay tantos y tan agudos, lo significativo del sistema de la vida estadinense y del rumbo de esa civilización no es precisamente lo que pudiera tomarse como expresiones del capitalismo. Me apresuro a rectificar esa posible objeción, y a insistir modestamente en mi tesis. Todo lo gigantesco, lo descomunal, digamos lo que parece estar por fuera de la medida humana, pero que es consecuencia de la tarea humana, representa en los Estados Unidos el sistema que ha hecho posible esas creaciones. A mí me parece absurdo asegurar que la producción en serie o las cadenas de periódicos, de almacenes, de hoteles, o los inmensos bloques de apartamentos o los rascacielos o los trust industriales o la concentración de grandes masas urbanas, son una arbitrariedad que no expresa la auténtica forma de vida de los Estados Unidos. Y que, como resultado de todo esto, que es prodigioso en sus proporciones, la civilización y la vida norteamericanas estuvieran expresadas auténticamente por un sistema anticolectivo de organización social y un sistema económico individualista. Un razonamiento de esta índole equivale a tomar el rábano por donde no debe tomarse. La pintura que de los Estados Unidos nos hacen, a veces, algunos viajeros que cierran horrorizados los ojos ante lo monumental, lo anónimo, lo colectivo, es completamente ingenua e irreal. No porque todo sea como es en Nueva York, sino porque olvidan que en lo profundo, en lo sustancial, la vida norteamericana está teñida, impregnada del concepto social, del concepto moral, del concepto intelectual derivados del hecho de haberse llevado allí a su más alto esplendor la civilización capitalista y sus correspondientes creaciones.

Ahora bien: en el momento actual y después de haber llegado ese sistema capitalista a la cúspide, empieza a cumplirse otro fenómeno. Es el de la paulatina transformación del sistema, el de una acomodación del mismo a las exigencias históricas. Ustedes saben, por ejemplo, que el peor negocio que existe hoy en los Estados Unidos es el de ser rico. A tiempo que un portero del Waldorf Astoria, el que le recibe a uno las maletas, va para arriba en su standard de vida, Nelson Rockefeller va para abajo. No da abasto con los impuestos. Nadie ha pensado, desde luego, que Nelson Rockefeller deba terminar de mendigo, estirando la mano en una de las calles de Bowery, para que nosotros, los turistas latinoamericanos, le regalemos 10 centavos de dólar a escondidas del policía, sino por todo cuanto le estaba sobrando a él, y a todos sus pares en el poder económico, y que debía pagar al Estado y a la sociedad, a fin de que se operase una distribución equitativa del bienestar.

La filiación de una sociedad capitalista puede determinarse por el hecho de la máxima concentración del capital en el mínimo posible de manos. Ésa era, ésa fue, hasta antes del New-Deal, la característica de los Estados Unidos. Las cosas empiezan a cambiar de perfil histórico, como lo atestigua el caso del portero del Waldorf y del señor Rockefeller, caso tomado como símbolo y ejemplo. En estas condiciones, tampoco es posible volver atrás, porque dentro de la historia ese género de rectificaciones está vedado. Entonces, se preguntarán ustedes, como me lo he preguntado yo mientras deambulaba por la calles de Nueva York, ¿qué está ocurriendo en los Estados Unidos, además de los sucesivos divorcios de Rita Hayworth? Está ocurriendo, sencillamente, algo de suma importancia: una natural, una biológica transformación del sistema individualista, en sistema colectivista, no por las vías de hecho, no a la fuerza, no con el auxilio de la violencia revolucionaria, por lo menos hasta ahora, sino con el auxilio natural de la historia. Es decir, que el capitalismo en los Estados Unidos está cambiando de piel y de huesos y de sangre. Está cambiando de sustancia. Éste es, en mi sentir, el hecho de mayor trascendencia que un viajero, ligeramente curioso de los asuntos sociales, puede advertir allí mismo. Pero claro está que para darse cuenta de semejante transformación no es necesario tampoco visitar a los Estados Unidos. Con leer los periódicos de Medellín, ni siquiera los de Bogotá, es suficiente.

Pero sigamos con la colectivización estadinense. Al extenderse la organización capitalista del trabajo, por medio de la industrialización de la sociedad anónima y la producción en serie, la clase media y la clase obrera, cuyas diferencias de nivel económico, cultural y social son allí casi inexistentes, esas dos clases se estabilizan con un poder masivo del que no hay muchos ejemplos en la historia del mundo. A esa estabilización de las dos clases mencionadas tenía que acomodarse, transformándose, el sistema capitalista. ¿Podía aparecer una forma de vida, una organización social anticolectivista dentro de tan grande experimento de concentraciones anónimas de trabajadores? Es claro que no. Desde el punto de vista social no se realiza impunemente la producción en serie, no se crea la sociedad anónima. La ilusión de los individualistas se hace pedazos con sólo salir a la calle, así sea en domingo, en cualquier ciudad o en cualquier aldea de los Estados Unidos. No hay cómo tomar una determinación que no esté sancionada colectivamente, originada en la masa, creada por ella, autorizada por ella. La noción de que lo individual debe ceder socialmente ante lo colectivo, opera allí con una facilidad funcional enteramente orgánica. La anarquía individualista, el poder individualista, el predominio individualista, no tienen ya campo histórico en ese país. No lo pueden tener porque han desaparecido las bases económicas y sociales sobre las cuales podía florecer. La dimensión de la vida estadinense es la del más agradable, el más completo e igualitario de los anonimatos, la del imperio de la masa, la del imperio de lo colectivo. Por eso dije en otra oportunidad que los Estados Unidos son el paraíso de la clase media, con todas sus cenicientas y todas sus Madame Bovary en realidad y en potencia. El paraíso de una poderosa clase media, a la cual, en rigor, está incorporada la clase obrera, que profesa la misma filosofía del éxito y cree en la misma mitología social de su clase vecina. De ahí que, por ejemplo, los ricos colombianos no se "amañen" demasiado en los Estados Unidos. Un rico colombiano en los Estados Unidos es un hombre cualquiera con los mismos zapatos, el mismo sombrero y el mismo vestido del chofer que lo lleva en el taxi. Con una desventaja para el rico: que el chofer es allí mucho más importante y representa un poder social mucho mayor que el del rico. El igualitario anonimato y el vigor de lo colectivo lo enervan y lo humillan. Mejor volver donde las gentes lo señalan con el dedo.

Esa colectivización de los hábitos, de las costumbres, de las modas, del trabajo, de la producción, del consumo, determina, con la libertad política, con el respeto a las decisiones de las mayorías, un fenómeno sui generis, un fenómeno extraordinario, que no estaba previsto en las profecías de los grandes intérpretes del desarrollo histórico. El obrero de los Estados Unidos es una creación especial del sistema, una creación que no parece conformarse al diseño marxista de ese tipo de trabajador social. Linda estrechamente, como he afirmado antes, con la clase media. Yo me atrevería a decir que es clase media pura y simple, tanto por su calificación económica como por su situación social. El resultado de todo esto es una nivelación de las clases por la línea media. Una nivelación que será más perentoria, más extensa y de mayor equilibrio, en la medida en que el capitalismo estadinense siga inteligentemente intervenido, socialmente frenado a través del mecanismo estatal de los impuestos. Es decir, en la forma en que debe ocurrir cuando ya ha llegado a su cúspide el capitalismo.

Pero me parece que me he excedido, que se me ha ido la mano en el matiz social del tema. Y como no quiero abusar de la bondad de ustedes, me voy a permitir comentar superficial y rápidamente otros aspectos. Cuando a mí me preguntan los amigos qué me gustó más de los Estados Unidos, siempre respondo: la gente. Quiero decir, hombres y mujeres. Porque hay casos, por ejemplo el caso de Francia, en los cuales mi entusiasmo y mi admiración están más inclinados del lado femenino. La gente norteamericana, como lo prueba entre otras cosas la política exterior de ese país, carece de malicia. El hombre norteamericano (incluyo en este genérico a las mujeres) posee una cierta candidez de gigante, de gigante capaz de ganar técnicamente una guerra y capaz de perder políticamente una revolución. A pesar del poder de su país, el norteamericano carece de la insoportable, de la infinita vanidad de ciertos europeos; es directo, insofisticado y sencillo; sabe hacer bien hechas las cosas y como el sistema lo aplastaría si no las hiciera, pues lo hace hasta el final. Tiene una espontánea capacidad de sorpresa ante lo extraño, pero sin la depresiva compasión que el europeo pone en el descubrimiento de las realidades ajenas. Procede en el amor como en los negocios: cuando hay señales de quiebra, liquida y busca nuevo socio. Sabe perder y sabe ganar. Consciente de lo que significa su país como poderío económico, como organización política y social, como tesorería del mundo, como síntesis y culminación de la civilización capitalista, presenta, sin embargo, como tipo humano, las cualidades de toda adolescencia histórica: el cordial disimulo de su vigor y la simplicidad del gesto para que el orgullo de la soberbia creación salida de sus manos y de su cabeza no se note demasiado. El norteamericano medio, a diferencia también del europeo, sobre todo de algún tipo de europeo, no considera indispensable estar recordándoles a los extranjeros, para mortificarlos con el contraste, las creaciones verdaderamente excepcionales que su pueblo ha llevado a cabo. "Ahí está eso", parece decir el norteamericano promedial, como presentando excusas de que las cosas le hayan salido tan bien y tan grandes en el proceso de la civilización y de la cultura. Ahí están esas ciudades, esas carreteras, esos viaductos, esos parques, esos rascacielos, esas fábricas, esas universidades, esos museos, esos laboratorios, esas bibliotecas, esos teatros, y ahí está ese pueblo, hecho de mil pueblos, de muchas razas, de todos los credos, de todas las supersticiones, de todas las lenguas, de todas las sectas, limpio, libre, laborioso, tenaz, ambicioso, cándido y esforzado.

Desde luego, en una generalización de conceptos como ésta, quedan por fuera todas las excepciones y todas las sombras del cuadro. Pero no creo exagerar, tal como quedan señaladas, al fijar las constantes más notorias del pueblo norteamericano. Faltaría agregar el sentido del orden, de la organización, y la eficacia, implícita en el tecnicismo y la especialización. Esta última, llevada a extremos realmente peligrosos para la cultura, es una primera consecuencia del éxito fabuloso de la técnica industrial, de la producción en serie y del maquinismo. La cultura, al diversificarse en servicio del sistema, queda sujeta a la especialización. Pero hay un defecto de criterio al juzgar este hecho: el de valorar el desarrollo de los EE. UU. de la misma manera como se valora el proceso del desarrollo europeo. Los Estados Unidos no estaban obligados, históricamente, a producir un humanismo en el sentido europeo de la palabra, sino a producir los técnicos, los especialistas correspondientes, a la hora en que surgió como pueblo y se estructuró como sociedad, dentro de la corriente en que iba el proceso capitalista. Por eso sólo hasta ayer, después de formada esa estructura social, empezaron a florecer un gran arte literario y un principio de filosofía. Y esto no tiene nada de extravagante. Los filósofos griegos llegaron después de los guerreros, de los soldados, de los fundadores de ciudades, de los hacedores de pueblos y de sociedades.

Pero el tema de la cultura en los Estados Unidos daría para otra conferencia, y no me parece justo prolongar más allá de sus términos naturales las dimensiones de esta charla. Quisiera agregar, apenas, esto otro: la educación y la cultura en los Estados Unidos no son un monopolio, como entre nosotros, de las clases económicamente privilegiadas. No hay analfabetos en Estados Unidos. Las escuelas, las universidades, los museos y las bibliotecas, representan por su organización, sus servicios, su orientación, algo respecto de lo cual Europa, acostumbrada a mirar por encima del hombro los experimentos educacionales y culturales de ese joven país americano, ha empezado a observar con respeto y con saludable envidia. Lo mejor como muestra del arte universal lo encuentran ustedes en los Estados Unidos, trasplantado allí y adquirido con el dinero del capitalismo. ¿Pero alguna vez habrá tenido mejor empleo ese dinero?

Quedaría por referirles a ustedes la emoción que depara el encuentro con la belleza, el misterio y la seducción de tantos sitios inolvidables en las grandes ciudades y en los pueblos pequeños, en la naturaleza desnuda de toda arquitectura y sin otra adición que la de los continentes de verdura sembrados allí por la incansable mano del hombre. Quedaría por referirles y explicarles mi devoción por Nueva York, inmenso bosque mitológico del hombre moderno, plantado sobre la roca viva y elevado hasta las nubes como afirmación del poder, la eficacia y el genio de la criatura humana. Nueva York, sinfónico, trepidante, afiebrado, oloroso a civilización, tiznado como un rostro de minero, duro e ingrávido a la vez en todos sus perfiles, cruel y magnánimo, simple y complicado, millonario y miserable, pérfido y seguro, estimulante como un vino y depresivo como un remordimiento; desigual como la vida, frío e impersonal y, al mismo tiempo, cálido y cordial. Nueva York eterno, probablemente inmortal en su pulsación, en su respiración, en su jadear metropolitano; penetrado de la nostalgia marinera que le llega a través de las voces metálicas de las sirenas del puerto; penetrado de la alegría de sus luces, de sus cristales, de su cielo; saturado de mil ecos, de mil susurros, de mil sonidos humanos y mecánicos, pero que se arremansa, de pronto, en un golfo de silencio, entre los árboles de su parque; Nueva York, que muestra su corazón incansable para distribuir las corrientes humanas en Time Square; Nueva York de justicia y de injusticia, de crimen y castigo, escenario de todas las humillaciones y de todas las grandezas, escenario para toda aventura y para todo fracaso. ¿Cómo no perderse, feliz, entre su seducción y su misterio?

Ustedes comprenderán, por lo esquemático de todas estas observaciones, que el intento de comentar la realidad social o la realidad cultural o la realidad humana de los Estados Unidos, dentro de los límites de una conferencia, es sencillamente insensato. Esta glosa, panorámica y superficial, que me he atrevido a hacer sobre los Estados Unidos, no tiene, en verdad, otro propósito que el de agradecer, muy defectuosamente, desde luego, la gentil invitación que el señor director del Centro Colombo-Americano me hizo para que hablara ante ustedes y para incitar a mis amigos y compañeros que no han visitado ese país, a que no se pierdan, por ningún motivo, de semejante experiencia. En los Estados Unidos hay, según la frase popular, de todo y para todos. Inclusive hay libertad, a pesar del macarthismo y de la discriminación racial, tendida aún como una sombra sobre esa espléndida democracia. Pero esa libertad será cada día más perfecta, porque debemos esperar que no fueron escritas en vano las palabras que aparecen grabadas en la lápida de la Estatua de la Libertad: "Dadme vuestros cansados, vuestros pobres, vuestras compactas multitudes que anhelan libertad, el humano desecho de vuestras playas llenas, los que vagan sin amparo, los que azota la tempestad. En mis manos levanto la lámpara que alumbra los portales de oro por donde pasarán...".