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Gólgotas y Draconianos
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Germán Colmenares
1. El tema de las generaciones
Hombres
que nacieron casi todos podemos atribuirlo a una coincidencia en el momento en
que la estrella de Bolívar declinaba y se veía forzado a asumir la dictadura para
preservar su obra; que tuvieron por maestro a Ezequiel Rojas, el doctrinario convencido de
las teorías de Bentham, y por mentores a Florentino González, uno de los conjurados del
25 de septiembre, y a Manuel Murillo, el hombre más notable de la administración del 7
de marzo; que para expresar su fe republicana no vacilaron en santificar la fecha de la
conjuración y fundaron la Escuela Republicana un 25 de septiembre, sin dejar lugar
a dudas sobre su identificación con los tiranicidas, los gólgotas presentan una
imagen demasiado familiar que se transmite habitualmente entre los historiadores como un
ejercicio literario en el que deben abundar los adjetivos cargados de alusiones
sicológicas. Según esta imagen su destino hubiera podido ser el mismo del de algún
personaje muy conocido de Flaubert o de Stendhal, su pasión igualmente inútil que la de
Sorel o su frustración en 1848 muy parecida a la de algunos personajes de La
educación sentimental. Pero todavía no habían llegado a la Nueva Granada los
modelos literarios del desencanto y a todos los gólgotas los animaba una pasión
ingenuamente romántica, segura de sí misma porque se movían bajo los ojos complacientes
de una sociedad un poco paternal pero dentro de la cual gozaban de todos los privilegios.
Parece, pues, inútil repetir ese ejercicio tentador, a que ellos mismos se entregaban,
esforzándose por identificarlos con algún personaje novelesco
1
. Más importante que su imagen literaria
que no carece de cierta virtualidad explicativa se impone la interpretación
de su papel histórico, íntimamente vinculado al ascenso de la clase comerciante. Si bien
las reformas de 1850 y 1851 estaban inscritas en el programa del partido liberal en 1848,
su realización sólo podía confiarse a una legislatura completamente liberal puesto que
en la existente encontrarían los mismos obstáculos con que ya habían tropezado los
proyectos más audaces de Florentino González (reforma monetaria, supresión del diezmo)
durante la administración del general Mosquera. Defendiendo tales reformas en el
Congreso, y ganando de paso a su causa a hombres más maduros, irrumpe entonces en la vida
política de la Nueva Granada la generación gólgota, recién salida de las universidades
2.
Pasaban por gólgotas Francisco Javier Zaldúa, Antonio María
Pradilla, Januario Salgar, Justo Arosemena, Ricardo Vanegas, José María Vergara Tenorio
y Victoriano de D. Paredes. Hombres mucho más maduros como Florentino González, Murillo
Toro y el general Herrera hacían alternativamente el papel de mentores. Un draconiano en
derrota después de 1854, Pedro Neira Acevedo, refiriéndose a la juventud y a la
inexperiencia de los nuevos legisladores, nos transmite un testimonio elocuente del
fenómeno gólgota, extraña mezcla de vehemencia desorbitada y de cálculo interesado:
según él, "una reunión de hombres enteramente desprovistos de experiencia
política, llenos de exaltación y la mayor parte sin luces de ninguna especie absorbieron
la representación nacional; y como los legisladores no se improvisan ni basta el justo
conocimiento de los intereses privados para conducir bien los negocios públicos y
facilitar la marcha de la constitución, resultó de allí una asamblea llena de
confusión y tumulto"
3
.
La pintura, apasionada por lo demás, parece bastante exacta cuando se
refiere al conocimiento de los intereses privados. Este rasgo serviría muy bien, entre
otros, para caracterizar a los gólgotas frente a sus adversarios, los draconianos. El
giro especulativo y declamatorio que imprimieron los gólgotas a su intervención
política no puede atribuirse a cuenta de su mera ingenuidad, como tampoco sus
manifestaciones perentorias y vehementes sobre la "fuerza de las ideas" se
reducen a un puro romanticismo. Todo esto embozaba una verdadera amenaza para el que
supiera interpretar su lenguaje a la luz de los hechos políticos. Esgrimir hechos de
contenido social y económico no se reducía a una vaga filantropía puesto que con ello
se buscaba deliberadamente la alianza pasajera, debe reconocerse con clases
"hasta ahora proscritas de la concurrencia al gran mercado de las ideas y de la vida
moral"4
. Con ello se postulaba un verdadero interés de clase y
se negaba la objetividad de estructuras sociales y económicas que le oponían
resistencia. Se esgrimía de paso la amenaza de los furores populares si la ocasión
llegaba a ser propicia. Nada más revelador en este sentido que el estímulo proporcionado
a las democráticas en las provincias del sur y su represión final en Bogotá
5.
El golgotismo, al uncir a su cargo las reivindicaciones de otros
sectores, alcanza un grado más elevado de conciencia de clase. Los draconianos,
revolucionarios en 1840 contra un régimen conservador, llevan el lastre de su concepción
estrecha y burocrática del Estado. Ellos jamás podrían concebir, como Murillo Toro6
que "las naciones, especialmente las de América,
regidas por instituciones republicanas, no se consideran sino como vastos talleres o
compañías de comercio, en que el gobierno es el encargado de la firma y gestión de los
negocios sobre los que gira toda la sociedad". Es una generación a la que se
atribuye cansancio y un deseo invencible de reposo. Los representantes de la nueva
generación la declaran en quiebra porque, según ellos, sus resortes morales están
agotados y son incapaces de aspirar el soplo renovador que se advierte por todas partes:
incapaces de asimilar las nuevas ideas o de tolerar el desquiciamiento aparente y
momentáneo de las clases sociales; incapaces de propiciar un orden nuevo o de hallar un
punto de reposo a la inestabilidad reinante: deberían mostrarse razonables y retirarse a
descansar
7.
2. La república civil y el soplo
heroico
Cuando la Escuela Republicana avanzó principios que
excedían el programa inicial del liberalismo, éstos se convirtieron muy pronto en
manzana de la discordia entre las dos generaciones. Si con la supresión del ejército y
la elección popular de los gobernadores se quería sacudir toda tutela que aminorara el
impulso ascensional de una clase, los draconianos tenían que oponerse porque ellos
"estaban acostumbrados a ver en la organización militar la más segura garantía del
orden y el mejor apoyo a las nuevas instituciones"
8
. Obstáculo chocante: ¿quién podía ignorar en esa
época, "acunada por la ciencia", que el mejor Estado es aquel que no gobierna?
Sobre la naciente burguesía no se ejercía ninguna presión ni existía una oposición
organizada de clases que aminorara su influencia, a no ser ese imprevisible Estado y ese
aparato militar que no se amoldaban del todo a sus exigencias. Los hechos, sin embargo,
iban a desvirtuar la teoría. Mucho más tarde, en efecto, en 1854, vamos a presenciar un
acontecimiento que constituye una paradoja: las masas populares, en las que los
detractores del Estado y del ejército confiaban para apoyarse, tampoco van a prestarse a
los experimentos "civilistas". Es un hecho que la guardia nacional
(galicismo previsible), es decir, los artesanos organizados en milicias para substituir al
ejército, constituyó el puntal más firme del gobierno provisorio del general Melo. En
cambio "los temidos sayones de la espada", generales cuya carrera se había
iniciado durante la época de la independencia y que en rigor constituían ellos solos el
ejército que se atacaba, tales como Mosquera, López, Herrán, Herrera y Franco,
permanecieron fieles al lado de los notables del gobierno de Ibagué.
En los ataques de la
juventud gólgota al ejército no se disimulaba el temor por el caudillismo. En su
espíritu, tan desorbitado y romántico por las luchas incruentas, no asomaba siquiera la
más leve nostalgia por una edad heroica. Hombres de acción, no cultivaban la indecisa
ensoñación de Julián Sorel. ¡Tal vez si todos los hombres que se batieron en las
guerras de la Independencia hubieran estado muertos! Entonces su memoria habría
significado un estímulo y habrían merecido la reverencia. Pero no.
Estaban vivos y su influencia "se hace sentir fuertemente en
nuestra sociedad". Ellos, que habían estado "acostumbrados a imponer su yugo en
la guerra de independencia, a mandar despóticamente a nuestros pueblos y a marchar en una
carrera brillante de triunfos y de glorias", no han querido después "sujetarse
al régimen legal [ni] obedecer a los magistrados"
9
.
Ni una brizna de
envidia por la gesta heroica y sí una prosaica adhesión a la República Civil.
Sin duda los gólgotas se reservaban lo mejor de la tarea puesto que la revolución de la
Independencia, al fin y al cabo, no había sido gran cosa como revolución. Así por lo
menos lo sugiere José María Samper, para quien la emancipación había fundado una
República "apoyada en los cimientos de un trono".
Había pues que perfeccionar la obra. Nada más adecuado que suprimir
el ejército, esa institución que "es entre nosotros un contrasentido con la
República, porque [...] organiza una oligarquía vitalicia que tiene a sus órdenes una
multitud armada y obligada a obedecerle ciegamente"
10
.
Una crítica como ésta
de Samper sólo era posible a raíz de una nueva actitud hacia la independencia y de una
revaloración del concepto de libertad. A la base de estas nuevas ideas se encontraba la
convicción de que la independencia no había encontrado un eco entre las masas, lo que
invalidaba sus resultados, y de allí la necesidad de invitarlas a intervenir activamente
en el proceso político.
Así lo reconoce, desde una posición oficial, Victoriano Paredes
11
, para quien
...el absolutismo y las preocupaciones de todo género,
procedentes del tiempo colonial, habían echado profundas raíces en estas comarcas: la
libertad y las ideas luminosas que ella engendra y fomenta, no aparecieron sino a
esfuerzos de unos pocos patriotas, y tan aisladas y faltas de bases suficientes sobre que
poder reposar, que era menester buscar en las masas el apoyo necesario para hacer triunfar
definitivamente las innovaciones y corolarios inherentes a los nuevos principios
proclamados; pero las masas, educadas en la ignorancia y la barbarie, no los apoyaban con
decisión porque no los comprendían. Así fue que hasta que no empezaron a ilustrarse y a
hacer las comparaciones a que las mismas oscilaciones políticas han dado lugar, no
empezaron a apercibirse de la excelencia del nuevo sistema de gobierno y a cooperar con
conocimiento de causa y con enérgicos esfuerzos a la conquista de los derechos y la
civilización emprendida por los próceres de la independencia.
Al ejército se
atribuían en gran parte las oscilaciones políticas puesto que se lo identificaba como un
agente de la reacción. Peor que esto, el ejército aparecía como una supervivencia del
régimen monárquico. No deja de parecer extraña una idea parecida si se tiene en cuenta
que nació de las guerras de Independencia, a menos que se recuerden los proyectos
monárquicos atribuidos a los partidarios de Bolívar. Aún más, la expedición de Flores
al Ecuador y su presunta connivencia con el presidente Mosquera en 1846 despertaban la
sospecha de que los generales de la Independencia no eran ajenos a ambiciones un poco
extravagantes. Todavía vivos eran un positivo estorbo y no se apresuraban a morirse para
traspasar el umbral mítico de la historia y convertirse en ese cúmulo de virtudes
heroicas que son el patrimonio de los manuales escolares. Sobre todo la virtud del
desprendimiento: "...he visto dice un corresponsal de La América
12
que la mayor parte de los prohombres que
proclamaron la independencia, no tuvieron por objeto la libertad, cuyos bienes no
conocían y cuyos resultados temían; no tuvieron en cuenta sino la pura independencia,
con el exclusivo objeto de sustituir en el gobierno a los españoles; de manera que, puede
decirse, no tuvieron otro móvil que el deseo de mandar". Esta irreverencia
premeditada no constituía todavía ningún género de audacia. Desvelar los móviles
demasiado humanos de hombres que aún vivían era contribuir a corregir sus errores y de
ninguna manera atentar contra la solemnidad impotente de algún fetiche histórico.
Los ataques al
ejército estaban, pues, dirigidos contra los hombres de la Independencia que se habían
permitido sobrevivir. Si se tiene en cuenta la precariedad de los efectivos y su papel
secundario, resulta que, en cierto modo, esos hombres eran el ejército, es decir,
el blanco de los ataques de la nueva generación. Aquí se insinúa una duda sobre la
exactitud de la valoración tradicional del golpe de Estado del general Melo, a quien se
identifica con el ejército. En realidad, Melo no hubiera podido hacer nada sin el apoyo
de los artesanos. Es cierto que Melo había asumido activamente la defensa de los
intereses militares por medio de un periódico y que su carrera había comenzado
honora-blemente con servicios prestados a la causa de la independencia. Pero no debe
perderse de vista la totalidad del proceso que lo condujo a un golpe de fuerza y que debe
atribuirse, en gran parte, a los errores mismos de los sostenedores de la República
Civil.
Es bien sabido el
papel que jugó en Francia la guardia nacional como sostenedora de la burguesía
durante la corta vida de la Segunda República proclamada en 1848. Frente a los ejércitos
regulares de la monarquía y de aquí viene la confusión de Florentino González,
para quien el ejército granadino es una supervivencia monárquica, la burguesía
había creado su propio ejército merced a una alianza con las otras clases sociales,
arrastradas por su impulso revolucionario. En la Nueva Granada el remedo tuvo sus
tropiezos. Suprimido prácticamente el ejército, los comerciantes se apresuraron a armar
a sus presuntos sostenedores, los artesanos, a quienes creían haber inflamado lo
suficiente con el credo democrático. A las levas rurales las sustituyó la organización
de las masas urbanas de artesanos, cuyo adoctrinamiento se había llevado a cabo en las Sociedades
Democráticas, creando así un cuerpo armado del que suponían la adhesión. Extraño
error que habría que atribuir a la débil forma de conciencia burguesa, como débiles
eran sus cimientos puesto que constituía apenas una proyección europea, lo que dio lugar
a una permanente comedia de las equivocaciones.
3. Memorables sesiones
en que se debatieron la lógica y los principios
Los legisladores de 1850 se apresuraron a publicar para la
posteridad un Diario de Debates que registra en detalle las controversias entre
gólgotas y draconianos. Según Nieto Arteta
13
, esta escisión del
partido liberal tuvo su origen en una pugna entre comerciantes y manufactureros. Este
esquema parece demasiado simplificado y sólo puede sostenerse de una manera muy general,
es decir, sin insistir demasiado en la identidad, en cuanto hace coincidir los intereses
manufactureros con las actuaciones de los draconianos. Las relaciones de un grupo
político con un sector económico suelen en efecto ser más complejas que las señaladas
por una simple coincidencia o identificación y por eso sólo es legítimo hablar de las tendencias
de un grupo político que por otra parte puede actuar de una manera no realista frente a
las condiciones económicas, o favorecer a un sector económico por razones no
económicas.
En este sentido puede
decirse que los draconianos, que representaban los aspectos tradicionales del liberalismo,
actuaban frente a los gólgotas por razones de carácter político y pretendían mantener
una actividad económica tradicional que ya había entrado en plena decadencia o se
apoyaban simplemente en los artesanos, cuyos intereses se veían amenazados por ciertas
medidas que tendían a favorecer a los comerciantes. Puede concluirse, no sin razón, que
la defensa de los artesanos no significaba en modo alguno un interés concreto de
conservar ciertas formas de producción o de preservar una manufactura nacional contra la
amenaza de la competencia de artículos extranjeros, sino más bien que los draconianos
confiaban en la fuerza política de un sector social o temían desafiarla.
Como tendencia
tradicionalista los draconianos confinaban la acción del partido, una vez en el poder, a
la función meramente burocrática a la que puede aspirar un político, y este límite
había quedado trazado por su presunto fundador, el general Santander. La fidelidad a las
pautas del general se pone de manifiesto una vez más en esta controversia entre
comerciantes y protectores de los artesanos. Pues ya el general escribía desde Nueva York
a su amigo Vicente Azuero el 19 de enero de 1832:
...la ley de aduana es vital en el estado de penuria en
que quedó el país. Por Dios, abandonen la teoría del comercio libre, quiero decir, de
que todos los productos y manufacturas extranjeras deben ser introducidos sin
restricciones ni recargos de derechos. La práctica de todas las naciones maestras en
comercio está en oposición a tales teorías [...] protejan, pues, nuestras miserables
fábricas y artes, no excluyendo absolutamente sino poniendo restricciones a los
artefactos y productos extranjeros que nosotros también producimos o podemos a poca costa
producir14.
En las sesiones de la Cámara en 1850 se
debatían dos cuestiones que muestran por un lado hasta qué punto predominaban los
intereses de la clase comerciante y por otro ilustran suficientemente el antagonismo
señalado entre gólgotas y draco-nianos.
La primera se refería
a un proyecto sometido a consideración del Congreso por el secretario de Hacienda Murillo
Toro y que estaba destinado a combatir el contrabando. Se calculaba que la renta de
aduanas debía producir dos millones de pesos, cuando de hecho producía apenas
setecientos mil. La actividad de los contrabandistas era evidente y la enorme diferencia
bastaba para justificar la sospecha de que ella cobijaba gran parte del comercio. Murillo,
ante la oposición enconada que encontró el proyecto, llegó a afirmar que hasta en la
Cámara de Representantes encontraban un asiento los contrabandistas.
La oposición de los
interesados, y aun de aquellos que nada tenían que ver con el comercio, se apoyaba en
consideraciones muy particulares, pues derivaban del conocimiento minucioso de las
condiciones relativas a las mercancías que debían ser transportadas desde la Costa. El
secretario de Hacienda pretendía que cada bulto proveniente del exterior fuera examinado
por los funcionarios de aduana. Una precaución excesiva, se le objetaba, si se tenía en
cuenta el volumen del comercio de importación frente a la exigüidad de los empleados
dignos de confianza a los que se asignaba la tarea.
La lectura de los
debates deja una impresión bastante curiosa, la de la imposibilidad absoluta en que se
encontraba el Estado para reprimir el contrabando. Cualquier medida resultaba
impracticable o se consideraba lesiva en sumo grado a los intereses de los comerciantes.
Sin tener en cuenta, claro, el escepticismo sobre la probidad de los funcionarios de la
aduana, ya que se admitía casi como un axioma que el contrabando más importante se
llevaba a cabo con la complicidad de tales funcionarios.
Todos estaban de
acuerdo en evitar cualquier perjuicio a los comerciantes. Con ese objeto se aducían toda
clase de argumentos: los que se fundaban en la simple lógica como los que recurrían al
descrédito de la administración o a la solidaridad con los intereses de una clase. Para
los representantes era evidente la oposición entre los intereses del fisco y los del
comercio y la prelación de éstos, aun si tenían que someterse a la eventualidad de un
riesgo y no a un perjuicio actual y previsible. No había pues la posibilidad de una
opción: debía evitarse el riesgo a toda costa.
No se mencionaba en
ningún momento la preferencia deliberada o la protección acordada a una clase social sin
consideración a las demás. Parecía no percibirse la peculiaridad del comerciante sino
que se confundían sus intereses con el interés social y sus conveniencias con la
conveniencia general. El comercio constituía, por decirlo así, la actividad social por
excelencia. Se juzgaba que el comercio poseía una calidad de la que carecían otras
actividades y que consistía en cobijar la totalidad de los intereses sociales. La figura
del comerciante como miembro de una clase desaparecía (o se escamoteaba) para dejar en su
lugar la entidad social entera que reclamaba garantías en calidad de consumidora. Lo que
no ocurría jamás cuando las discusiones versaban sobre la protección que debía
acordarse a los agricultores o a los artesanos. Entonces sí saltaba a la vista la
particularidad social propia a esas actividades y la inconveniencia teórica de rodearlas
de privilegios a que ningún otro granadino tendría acceso.
Recordar este curioso
debate puede servir de introducción para analizar uno mucho más importante, en el que ya
no estaba en juego la lógica sino los principios (la lógica de la ciencia y los principios
alternaban de una manera habitual, según el estado de ánimo de los ciudadanos diputados
a la Cámara en 1850).
Los artesanos de Bogotá y Cartagena habían hecho una representación
por la cual solicitaban al Congreso que se elevaran los derechos de importación a las
mercancías introducidas en el país. El 8 de mayo, sometido a primer debate
15
, la Cámara negó el proyecto. El diputado J. J. Nieto
pidió que se reconsiderara esta decisión con el argumento, no muy entusiasta, de que
"la práctica no está siempre de acuerdo con los principios". Se refirió
enseguida al principio del librecambio, cuya infalibilidad nadie en el recinto de la
Cámara hubiera osado poner en duda, pues hacerlo hubiera significado casi una deserción
de las banderas liberales, según le constaba al expositor.
Con todo, J. J. Nieto pudo insinuar que la práctica inglesa era
diferente y que los ingleses protegían a los artesanos y fabricantes de su país.
Parecería entonces, como si "todos esos bellos pensamientos que nos mandan de Europa
son para que se practiquen aquí pero no para que se ejecuten allá". Esta maliciosa
observación se vio rechazada en el debate por Manuel M. Mallarino, casi con indignación
16
: "...se me dirá que esos principios son buenos en
unos casos y no en otros; pues yo rechazo desde ahora y para siempre, rechazo
absolutamente la diversidad de climas y de latitudes para los principios de la ciencia,
para las verdades eternas que son iguales en todas partes".
La vehemencia de una fe
parecida señala una de las actitudes típicas de la nueva generación. La afirmación
incondicionada tendía a una coherencia puramente subjetiva y a evitar contradicciones
consigo misma, aunque chocara con el medio. Tales actitudes reflejan el impulso ascendente
de una clase cuyas afirmaciones se referían exclusivamente a su propio interés. Los
demás intereses sociales debían plegarse a exigencias teóricas cuya validez aparecía
como absoluta. Lo objetivo exterior sólo podía tener realidad y oponer su pesantez a
conciencias más maduras.
En el caso de un
draconiano típico, por ejemplo, la adhesión a los principios y la comprobación
empírica generaban un conflicto que el sentido común podía resolver. Así, Lorenzo
María Lleras, como liberal, era seguramente partidario de los principios de Say, de
Bastiat y de Cobden. Sí admitía que tales principios podían convencerlo, no pretendía
en cambio elevarlos al rango de axiomas: "...yo me he puesto a examinar la cuestión,
luchando por una parte los principios económicos, por otra la compasión de mis
compañeros artesanos". Puede expresarse una duda razonable sobre la sinceridad de
este sentimiento de compasión pero no sobre su oportunidad política. Los draconianos
sabían con certeza que la suerte de los artesanos dependía del proteccionismo aduanero.
Sobre ellos pesaba una amenaza de pauperismo y podía argüirse que su realización sólo
serviría para restringir el mercado mismo de artefactos extranjeros. Pero esta
prevención aparentemente justa no bastaba para hacer desistir a los comerciantes de sus
pretensiones puesto que nadie ignoraba que los géneros importados estaban destinados al
consumo casi exclusivo de las clases altas de la sociedad.
Hay un matiz diferente
en todos los argumentos aducidos que sería muy útil poder reproducir a cabalidad. Se
trataba, casi, de una representación teatral. Las barras se hallaban atestadas de
artesanos que expresaban su aprobación o su repulsa y frente a tales manifestaciones
resultaba difícil reprimir las buenas intenciones. El diputado Manrique, por ejemplo, es
aplaudido cuando expresa el punto de vista de los artesanos con suficiente nitidez:
"...¿qué es lo que se sanciona entre nosotros? La tiranía en contra del pobre, el
favoritismo en favor del rico: esto es lo que está entronizado en esta tierra".
Contra la exaltación
teorizante se traían argumentos destinados a desprestigiar las teorías: "Ya se ha
acusado a los economistas europeos declara A. Acevedo de haber sido pagados
por los gobiernos de sus naciones para generalizar ciertos principios en América, para
abrir por todas partes nuestros puertos al torrente, a la inundación de productos
extranjeros; ya se los ha acusado y la prueba de que aquello es cierto, es que allí los
gobiernos obran de distinta manera". Y al lado de las teorías se pone de relieve la
ingenuidad de los teorizantes:
...disculpo, pues, el acaloramiento con que algunos
jóvenes abrazan y sostienen las luminosas ideas de los economistas modernos [...] veinte
años hace que yo dejé esos estudios y me consagré a los negocios públicos. Veinte
años de experiencia y de reflexión han venido a persuadirme de que no es todo oro lo
que reluce, y de que es necesario hacer abstracción de los principios escritos cuando
ellos no son aplicables, cuando las circunstancias dificultan su adopción.
Pero un proyecto destinado a "proteger a una clase
de nuestra sociedad que carece hoy de estímulos y de día en día va siendo más
miserable y desgraciada", los artesanos, debía encontrar todavía otro tipo de
oposición que no se conformaba a las teorías económicas sino a la suspicacia política.
Juan N. Neira declaraba el proyecto "un mal en el fondo", pues se trataba de una
maquinación socialista. Según él, el socialismo pretendía "dar la ley al
capitalista y al consumidor por medio de una estrecha asociación de obreros". N.
Neira podía inferir de allí que no otra cosa perseguía un proyecto encaminado a gravar
solamente a los ricos pues eran ellos los únicos consumidores de artículos importados.
4. Reflexiones
Otro rasgo que caracterizaba la controversia era la actitud de las
dos fracciones del liberalismo respecto a las relaciones con el exterior. Pedro Neira
Acevedo, un draconiano, pensaba que la ayuda financiera de los ingleses durante las
guerras de la independencia había dado como resultado que la Gran Bretaña se apoderara
de nuestro naciente e insignificante comercio
17
. Los capitales
nacionales se habían visto devorados por la ambición del imperio sin reportar ventaja
alguna para el país: a cambio de oro y plata los ingleses se habrían limitado a remitir
géneros que sólo servían para fomentar el lujo, sin que por otra parte se hubiera
fundado un solo establecimiento industrial. Según él, "hay comercio libre para
acabar de arruinar con artículos de un lujo costoso y de primera necesidad que echan por
tierra (siendo más baratos) los de nuestras nacientes fábricas".
Algunos investigadores
en nuestros días han tomado literalmente este argumento (y los de Lorenzo María Lleras y
A. Acevedo que se reproducen más arriba) para enjuiciar los puntos de vista,
decididamente librecambistas, de los gólgotas. El juicio resulta parcial si se considera
que el argumento proviene del sector draconiano y que la actuación de los gólgotas debe
examinarse al menos dentro de su contexto histórico. Pues no hay duda de que ese contexto
es muy diferente a aquel en que nos movemos hoy.
Si en la actualidad
quisiéramos resucitar la controversia que opuso en este punto a gólgotas y draconianos,
no representaría una gran agudeza rebatir los argumentos que sostenían el libre cambio.
Actuaríamos sobre la base de una experiencia y a la mera construcción teórica podrían
oponerse hechos cuya consistencia ha tenido tiempo para desarrollarse desde entonces.
Un juicio francamente
adverso esgrimido ahora contra el librecambio equivale a reprochar a los comerciantes el
atenerse a sus propios intereses de clase y, en el fondo, a no ser otra cosa que
comerciantes. Si se menciona debe hacerse valer como un punto de vista draconiano, es
decir, como uno de los extremos de una controversia histórica. No puede asumirse en
cambio criterio de valoración histórica a menos que se pretenda prolongar esa
controversia al mismo nivel en que se planteaba para los hombres de la época con el
propósito, confesado o no, de deducir responsabilidades partidistas. Y si esto fuera
posible no estaríamos intentando una aproximación histórica sino elaborando un
manifiesto político, en el que se introduciría el recuento de las distintas fases de un
problema todavía actual.
Si bien es cierto que
la ausencia de proteccionismo significaba la ruina para muchos artesanos, aquella era por
otra parte la condición requerida para configurar una burguesía de comerciantes que
sólo podía disponer, como en las primeras etapas del capitalismo, de capital mercantil y
aun apelando a cierto tipo de producción agraria. No se requiere una inclinación
particular por la apología para reconocer el papel histórico jugado por una clase
social, en este caso la naciente burguesía colombiana, que en un momento determinado
postulaba su acción y sus intereses con un carácter de universalidad.
Es cierto que con ello se prescinde del examen (que sería en todo caso
hipotético) de otros intereses sociales. Se descarta por ejemplo la eventualidad de que
los artesanos granadinos hubieran asumido el papel directivo que desempeñaron los
comerciantes
18
. Pues desde un punto de vista opuesto quiere imaginarse
que en este caso improbable el país habría entrado por las vías de la
industrialización, reduciendo el problema a los términos de una preocupación puramente
contemporánea. Un proceso de industrialización resulta sin embargo demasiado complejo
para contemplar su posibilidad (en el pasado) en términos de una simple evolución del
trabajo artesanal. Aun si suponemos la existencia de talleres diseminados no podemos
atribuirles la virtualidad de transformarse en establecimientos industriales. Los
problemas que implica la acumulación de capital y la acción clasista que favorece la
industrialización eliminan la posibilidad de una evolución parecida.
Antes de 1850 podía
pensarse seriamente en el valor de los estímulos encaminados a proteger el trabajo de los
artesanos porque la expansión industrial europea no había alcanzado el extremo de abolir
el artesanado en la misma Europa. Entonces era todavía posible concebir el problema de la
producción refiriéndose a artefactos manufacturados, salidos de un taller artesanal. La
competencia con Europa residía en la habilidad, o la mera técnica artesanal, y se
contaba para hacerla posible con la industriosidad de los habitantes, es decir, su
interés para aprender nuevas técnicas que obedecían a tradiciones europeas y que los
granadinos envidiaban y hubieran querido igualar. Son muy frecuentes los testimonios de
esa índole y las quejas sobre las deficiencias del trabajo artesanal en la Nueva Granada.
Pero una previsión de lo que significaba la revolución industrial estaba muy lejos del
ánimo de los hombres de la época.
Excepcionalmente, y
colocado desde un punto de vista europeo, Florentino González comprendió los efectos
políticos del capital financiero. Pero la idea más generalizada sostenía que nuestra
economía de subsistencia representaba una ventaja evidente ante el espectáculo de una
Europa amenazada por el hambre y la miseria más espantosas.
Nuestro aislamiento nos
preservaba de los efectos de las crisis periódicas del capitalismo en desarrollo y los
únicos que podían tener una experiencia directa de este fenómeno eran los comerciantes,
sometidos como estaban a las restricciones del crédito internacional para sus operaciones
cuando una crisis se presentaba.
Para
los contemporáneos, la Nueva Granada era una especie de Arcadia: "Nadie se muere de
hambre: no se presentan nunca esas calamitosas épocas de escasez con que gran parte de la
Europa se ve frecuentemente amenazada: por todas partes nuestros fértiles terrenos
brindan al granadino con alimentos obtenibles a muy poca costa y siempre en la mayor
abundancia; pero la riqueza no aparece reconcentrada en grandes proporciones y formando
gruesos capitales"19. Y eran muchos los que no querían salir de ese estado por nada
del mundo. Mariano Ospina Rodríguez, por ejemplo: "...es necesario decir que nuestra
poca riqueza es fecunda y la riqueza de los ingleses muy estéril. Nosotros tenemos poco
pero ese poco está repartido; y basta para hacer vivir sin gran fatiga a nuestra
población". Y más adelante expresa una idea de curiosa resignación:
"...nosotros, pues, estamos pobres respecto del pueblo inglés, pero nuestra pobreza
es cien veces preferible a la opulencia de aquél"20. No es necesario insistir
demasiado sobre las implicaciones de una afirmación parecida. Revela en todo caso un
clima mental que debe ser tenido en cuenta al analizar las verdaderas proporciones de la
discusión sobre el libre cambio. Puede verse también como el resultado de una falta de
perspicacia respecto de los fenómenos contemporáneos. O puede explicarse como la
pretensión conservadora de oponerse al ascenso de una burguesía de comerciantes y
apoyándose para ello en las viejas estructuras agrarias que aseguraban una economía de
subsistencia. O como la imagen de una Arcadia ahistórica que no puede anticipar el
futuro.
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