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De lo exótico
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Baldomero Sanín Cano
E
l sentimiento de las nacionalidades es todavía tan vivo
que aun en la manera de comprender el arte tiene su influjo. Divide las gentes en
literaturas lo mismo que si se tratara de hacer una clasificación de razas. Así han
pasado al mercado de los valores literarios las denominaciones, sin duda muy artificiales,
de literatura francesa, alemana, rusa, escandinava, con que están llenas hoy las obras de
crítica y hasta los periódicos de a cinco centavos. Todo bien visto, la seña de que nos
valemos para hacer tales distinciones es la diferencia de lenguas. No hay, por ejemplo,
una literatura austríaca, ni una literatura suiza tan bien determinada como la italiana,
digamos, o la danesa. Quitándoles el guía material y externo de los idiomas, los
clasificadores andan a tientas en el laberinto de la producción literaria. Milton
pertenece sin discusión a la literatura inglesa. Un sistema de crítica halla en su obra
todas las virtudes y los defectos de la nación británica. Pero si todos esos poemas y
sonetos hubieran aparecido originalmente en italiano, Milton no pertenecería a la
literatura inglesa. Solamente que aquel sistema de crítica toma ahora el camino inverso,
y nos prueba que esa producción no podía haber tenido su origen en otra nación que
Inglaterra. Son bienaventurados los que creen en estos sistemas, y son envidiables.
Olvidan que Milton hizo versos en otros idiomas, para mal ejemplo de Gladstone.
Los críticos suponen
que pueden decir, al tomar una obra, dónde acaba lo que es fundamentalmente castizo,
dónde empieza el influjo de lo extranjero o de lo exótico, por qué el autor se vuelve
hacia el Norte, o por qué torna, según el caso, sus miradas hacia el Sur. Sí lo dicen,
aunque no resulta muy verosímil el que ellos lo crean así como lo dicen. En el momento
actual de la civilización es casi un imposible conservar una literatura sana de todo
influjo extranjero. Baste un ejemplo. En las páginas tan llenas de jugo y de inteligencia
en que Jorge Brandes ha rastreado el influjo de Goethe en la literatura danesa, observa
que después del año de 1870 hubo en aquellas latitudes reacción contra lo alemán en
política, en filosofía y en las letras. Los daneses de aquella generación quisieron
olvidarse de Goethe, el ídolo que fue y el director espiritual de varias generaciones
anteriores. Cuando les pareció que lo habían olvidado, creyeron tal olvido justificado
por ser Goethe de tierra alemana. Quitaron los ojos de aquella literatura y se pusieron a
estudiar la francesa con mucho amor inteligente. Brandes, con aquella sagacidad con que
descubre el rumbo de las corrientes literarias y las sondea, nos muestra a los jóvenes
daneses inficionados, afortunadamente, del autor de Fausto por el intermedio de
Taine, de Sainte-Beuve y de otros escritores franceses. Con citar este caso basta para
tachar de ineptos los esfuerzos que quieren hacer algunas personas, muy bien
intencionadas, por otra parte, para extender uno como cordón sanitario alrededor de las
provincias literarias.
La imitación de las
literaturas extranjeras, el estudio de ellas solamente, a veces la simple traducción de
una obra bárbara, como decían los griegos, es motivo de inquietud para las almas buenas
de críticos dolientes. En todo ello está obrando el amor a la patria, o la estrechez de
miras, o ambas cosas a un tiempo, ya que no es raro el caso de ver cómo esta miseria
resulta de aquel sentimiento. En ocasiones la queja sale de cerebros debilitados o sale de
espíritus que no se conforman con que la ley natural del agotamiento se cumpla en ellos,
en los escogidos para pasar íntegro a las otras generaciones el fuego sagrado. Pero no lo
pasan; están afanados en que han de apagarlo. El caso no es nuevo. En España fueron
siempre vistos de reojo los afrancesados, por ejemplo. Lessing tuvo, en su tiempo, la
virtud de haber emancipado el teatro alemán de la imitación francesa. Eso, a lo menos,
dijeron a una los críticos más escuchados de entonces, con motivo de haber aparecido Minna
de Barnhelm. Lessing pasó a vida mejor creyendo sin duda que había llevado a efecto
una obra cabalmente alemana. La verdad es que la comedia resulta muy hermosa, por lo que
tiene de humano y por la impresión de vida que nos causa. Lo alemán que contenga no es
lo que hace de esa pieza una obra de arte de valor universal.
El cargo de
extranjerismo ya se lo hacían a los poetas latinos del siglo de oro. El hecho de la
imitación era palpable, y ella tenía derecho al calificativo de servil. Imitaban el arte
heleno, lo calcaban tan humildemente, que reproducían con gracia infinita defectos,
nimiedades, exageraciones y todo. Es muy laudable hacer una excursión de cuando en cuando
por la historia de las letras humanas. Es ejercicio que serena el espíritu, que morigera
el sentimiento de las nacionalidades y predispone a las almas enteras a hacer
generalizaciones benévolas. Adquiere uno así la convicción de que está Faguet muy
cerca de la verdad, y de que es bueno tener presente aquella sentencia suya en que está
dicho cómo el patriotismo en materias literarias consiste en tratar uno de enriquecer la
literatura nacional con formas o con ideas nuevas.
Los poetas de Roma
crearon la literatura patria imitando, ya se sabe cómo, a los poetas griegos. Cervantes
enriqueció su lengua agregándole modos de decir italianos que hoy son rema-tadamente
castizos, y enriqueció la literatura patria sin imitar a ningún autor español. Parece
que a narrar le enseñaron Boccaccio, el Ariosto, los trecencistas italianos, más bien
que los autores españoles de aquellos días. No tengo a la mano documento ninguno con que
probar que a Cervantes lo tacharon en vida de imitador o que le tuvieran por hablista poco
castizo. Puede ser que no se lo dijeran. La crítica no era entonces un mal endémico
universal, como ha venido a serlo con el tiempo, ni había invadido con tanta arrogancia
el campo de los demás géneros literarios. Hubiera vivido Cervantes en este final de
siglo y ya verían ustedes que le habíamos hecho la lista de sus adquisiciones literarias
o ideológicas de sabor extranjero. Sin embargo, ya en tiempo de Quevedo, en España
había prevención contra el contagio extranjero. La crítica no pasaba de lo superficial,
se paraba en las frases y en los vocablos solos, según lo deja ver este ingenio en su Libro
de todas las cosas. El contagio era evidente: en las obras de Quevedo se puede ver
todo el bien y el poco mal que la lengua española derivó entonces del cariño con que
éste y otros autores (muy pocos sin duda) leían libros franceses o italianos y se
ponían a verterlos a su romance. De tales ejercicios sacó el autor del "Gran
Tacaño" aquel vocabulario pintoresco riquísimo, uno de los más ricos de entonces.
La agilidad y elegancia de sus períodos provienen del mismo estudio. Lo afectado, de que
tiene su poquillo, le viene principalmente de querer imitar a Tácito. De ello es una
muestra el "Marco Bruto", en que hay páginas de lo mejor que conservará la
prosa castellana, y conatos de estilo tacitiano justamente reprobables. En tiempo en que
el sentido histórico era nulo en la mayoría de los escritores y rudimental en
inteligencias muy contadas, Quevedo le tenía bueno para su edad, adquirido sin duda en el
trato de Maquiavelo y del Señor de la Montaña, como él nombraba al autor de los
Ensayos.
Vengamos ahora a la
confusión actual de las diferentes literaturas. Vamos a ver si es nueva o si es laudable
la angustia manifestada por el apesarado hispanófilo Rubió y Lluch cuando se pone a ver
que en España ciertos jóvenes catalanes muy inteligentes y relapsos, de la nueva
generación, están untados de exotismo. El señor Rubió y Lluch no es un caso aislado.
Hay, como él, críticos misoneístas en todas las latitudes. Él es una curiosidad, por
cuanto viene a enterarse ahora no más de la existencia de Maeterlinck, y por cuanto le
parecen cosa vitandamente exótica Merimée, por ejemplo, y Stuart Mill, cuyas ideas y
cuyo estilo son cosa tan evidente y manoseada que huelga decirlo. Al señor Rubió y Lluch
lo desvió el hecho de que la España Moderna estuviese traduciendo de estos
difuntos. Olvidó que en España lo que llaman moderno lleva siempre atrasadilla la fecha.
Importaría saber en
qué consiste, con toda certidumbre, el hacer obra nacional, genuina, libre de mácula
extranjera. Habemos menester que se nos diga si ello consiste en el asunto tratado, en la
manera de tratarlo, en los autores más o menos servilmente imitados. Es justo que nos
digan, de una vez, si para ser uno autor nacional ha de tener ciertas cualidades del
espíritu, aquéllas, en efecto, que la gente reconoce como virtudes y atributos
fundamentales del alma nacional, y que están como vinculadas en la raza. Los patriotas de
la literatura suelen tener en los labios, cuando se dirigen a la juventud, frases
parecidas a éstas: "No imiten ustedes lo extranjero. No vayan a buscarse temas en
países remotos, ni se pongan a describir comarcas que no han visto o países que no
pueden ustedes querer con amor patrio", todo lo cual me parece muy recomendable.
Siento mucho decir, eso sí, que no zanja la dificultad en que me hallo. Porque el
escribir uno sobre Colombia o sobre España, sobre las maravillas históricas y naturales
de ambas regiones, no es, rigurosamente, enriquecer la literatura nacional. Alejandro de
Humboldt no aumentó, que nosotros sepamos, con haber publicado su viaje a las regiones
equinocciales, el caudal literario de estas comarcas. Los dramas de Corneille y el de
Schiller, que ruedan sobre asuntos de historia española, no les ha dado mayor esplendor a
las letras castellanas; no nos hace falta, diría Menéndez Pelayo. Sin contar con que la
verdad histórica, si acaso existe, se ha quedado con esos y otros dramas e historias
donde mismo estaba. De modo que no es el asunto lo que adscribe una obra literaria a
cierta denominación geográfica.
Acaso el hacer obra
nacional consiste en difundir en ellas las cualidades con que esa nación se ha
distinguido de las otras del globo. Esta conclusión es ridícula. En primer lugar tales
cualidades dominantes no son más que una bella ilusión antropomórfica. Tú ves, o
quieres ver, y necesitas que los demás reconozcan en tus ciudadanos aquellas virtudes que
más admiras. Pero supongamos que sea obligación de la literatura nacional ensalzar
aquellas virtudes, aunque sean pura falacia. Pues entonces la obra de crítica de
costumbres no sería perteneciente a la literatura patria. El Quijote no sería
español y Los refractarios serían arte alemán, una cosa así.
¿Hay otro modo de
entender el asunto? ¿El hacer obra nacional consiste en que el autor tenga aquellas
cualidades que todos les cuelgan a los escritores y a los libros clásicos de aquella
nación? No es menester, observará alguno, que las tenga todas ni que las posea en grado
eminente. Basta que tenga un poco de ellas, la marca nacional, como si dijéramos. El
francés que escriba obra literaria ha de poseer la verve gauloise. La tradición
le exige una alegría de vivir ancha y ruidosa como la del graso Rabelais. Ha menester
mucho método, un cierto rigor docente, claridad, medida y no poca elegancia. Todo esto
dizque es genuinamente galo. No hay sino que al empezar la clasificación con este patrón
en la mano, tendríamos que suprimir entre los clásicos nada menos que a Pascal, y en lo
moderno a Stendhal, a Bourget, a casi todos los representantes de un bello grupo
literario. Éstos son tristes, con tristeza inteligente y comunicativa; abominan el esprit
y encabezan contra él una reacción meditada. Otros le niegan al arte el derecho de
ejercer la labor docente; los de más allá enmarañan las frases y oscurecen con
muchísima pretensión el pensamiento dándoles tormento a las formas. Tendríamos, pues,
para un rato, si nos pusiéramos a eliminar nombres de la literatura francesa.
Hay que ver, además,
cómo las grandes apariciones literarias no fueron nunca fundamentalmente regionales. El Werther
ya saben ustedes de quién era, y no ignoran, probablemente, que una escuela literaria
alemana juró por esa novela. El influjo de Rousseau sobre el Goethe del Werther es
más que palpable. Hermán y Dorotea resulta ser un idilio bellísimo, estilo
neoclásico, siglo dieciocho francés en grado excelente. Las poesías del Diván
pretenden los honores del estilo oriental. Las Metamorfosis de las plantas y de los
animales, un ejemplo entre muchos, nos hacen pensar en Lucrecio y en Virgilio
revividos por un Darwin que tuviera hasta lo excelso el sentido poético. La Ifigenia
es para Taine arte hecho sin mezcla y sin mancha. El Fausto es un microcosmos, como
lo fue su autor, el que vaticinó el advenimiento de la literatura universal y la preparó
con su ejemplo.
Ya estamos un poco
lejos de la teoría de los medios cuando decimos que talentos como el de Goethe no fueron
nunca regionales. Pero nos iremos apartando más, si resulta cierto que uno de los
caracteres distintivos de aquellas inteligencias es un género de actitud que parece
reacción contra el medio.
El principio vital de
las escuelas literarias que van alternando en el dominio de los espíritus es una actitud
semejante. Los críticos apesadumbrados predican siempre que se manifiestan nuevas
escuelas, cómo los representantes de ellas olvidan la tradición nacional. Los
románticos alemanes y los franceses se olvidan, si hemos de juzgarlos por lo que de ellos
dijeron las generaciones que les iban dejando el campo, de la pura tradición nacional y
clásica. Los románticos sobrevivientes han dicho que a Zola y al naturalismo se les
debe, entre muchas cosas nefandas, el haber hecho lo posible por destronar las cualidades
fundamentales y, según ellos, tan hermosas del genio francés. Ahora dicen France,
Wyzewa, los de su edad y sus gustos, que estos jóvenes simbolistas están echando a
perder la tradición literaria francesa, porque entenebrecen el concepto. Lo cual no
impide que en una revista donde escriben Camilo Mauclair, Carlos Maurras, et encore,
haya un artículo en que afirma un cronista literario que las "dos cualidades
esenciales" de la raza, o sea de la nación francesa, "son el sentido lógico y
el de los símbolos". Si esto no es un síntoma grave, ya no valen nada las
indicaciones literarias. Rémy de Gourmont afirma en su libro sobre la Estética de la
lengua francesa que el origen de las lenguas está en el símbolo.
La disputa de las
escuelas que van expirando y de las que se creen llamadas a renovar el arte dura siempre y
es una fortuna; es un espectáculo, además, que no carece de bellezas ni de enseñanzas.
El que los más viejos reclamen el honor de conservar la tradición nacional es fácil
averiguar de dónde arranca. Es una ilusión que ellos mismos hicieron por crear, y que
ahora respetan como si estuviera fuera de ellos. Las cualidades que recomendaron a los
comienzos de su carrera, que tal vez entonces no les parecían tan raizales y castizas,
después de estar veinte años propagándolas ya empiezan a parecerles cosa genuinamente
nacional. Los que empiezan a revolver ideas nuevas o los que preconizan como tales formas
desusadas desde hace siglos, abren lucha contra lo que les precede inmediatamente y se
dejan echar en cara, no sin un poco de vanidad, que están desconceptuando la tradición
literaria. Andando el tiempo, para defender sus ideas no vacilan en ponerlas gravemente en
la categoría de los valores patrios. Cuando Rubió y Lluch se duele pomposamente de que
avance el mal en su patria con rapidez y con fuerza, les hace coro a muchos colegas suyos.
En Francia los espíritus quejumbrosos reniegan de la novela rusa, del drama noruego, de
cuanto ha venido a invadir el país bello que habitan. En Alemania, una generación que va
pasando, la de los idealistas empedernidos en que están Heyse, Julio Wolff, Ebers y
otros, deplora que Dios haya azotado a la patria con el influjo que en las letras alemanas
están ejerciendo ahora Ibsen, Zola, Tolstoi..., Björstern Björnson. Estos críticos no
han visto las cosas muy claras. Los ha ofuscado el amor patrio. Tampoco las han tomado de
tan atrás como era de esperarse. El culto de sus propios ideales los tiene reducidos en
el tiempo y en el espacio. Esas cosas, tomémoslas nosotros de más atrás. No es fuerza
retroceder más que medio siglo. Tolstoi, el novelista ruso, no es un producto
espontáneo, no es una aparición literaria sin precedentes. Como analista fino y
penetrante de la sociedad contemporánea, sus paisanos le consideran, con razón,
discípulo digno de Stendhal. Hay mucho de Beyle en los cuadros de las bellezas que a
Tolstoi le debe la literatura contemporánea. Como pintor de costumbres recuerda a Balzac;
la observación amplia, y la habilidad con que conduce a sus personajes, parecen
aprendidas en la Comedia humana. Los que en Francia lo adoran, los que a sabiendas
y con amor lo imitan, siguen la tradición de la escuela psicológica francesa, siguen a
Pascal, a Prévost, a Constant. Ibsen ha venido a ser un endriago para los críticos de
teatro en Inglaterra y en Alemania. Ha pocos días un inglés curioso y diligente hizo un
libro de todas las invectivas que la prensa diaria les ha lanzado a Ibsen y a los ibsenitas,
como dicen en Inglaterra. Jamás se ha acumulado tanto improperio sobre un autor de
dramas. El vocabulario de la difamación parece agotado. Este libro bastaría para
desacreditar la crítica del periódico diario, si no estuviera de sobra la formalidad.
Pero lo que voy a decir es que los ingleses han olvidado que las teorías traídas por
Ibsen a escena son las teorías de Darwin, las de Mill, las de Spencer; nombres ingleses y
muestras todos ellos del espíritu práctico de la raza. Hay contradicción, o parece que
la hubiera, en dejar andar las ideas por libros y revistas y en cerrarles con obstinación
las puertas de los teatros. El novelista, el escritor de dramas que pretende hacerse oír
de sus contemporáneos, pone en sus obras las ideas vivas de la época, las que circulan
en el ambiente. Es privilegio de los talentos grandes el acertar con las ideas modernas
que deben pasar al drama o a la narración novelesca, o al poema lírico. Las ideas sirven
para eso, para infundirles vida nueva a los géneros literarios. Ellas contribuyen,
además, a renovar las formas; las amplían y las acomodan a los ambientes. Lo cual no
quiere decir, como lo pretende Zola, que la novela y el drama sean tratado científico. La
poesía divaga, cuanto a lo primordial, por el campo de los sentimientos. Las ideas no
pasan en su estado científico a la obra literaria. Entran a ella como sentimientos,
cuando ya empiezan a influir en la vida o en las costumbres.
Oigan ustedes que hay
dos géneros de exotismo: dos géneros que corresponden a diversos gustos literarios y
distintos temperamentos. Hay el exotismo de las formas, de los colores, de los ambientes
maravillosos, de los paisajes inverosímiles. Hay además el exotismo de las ideas, el de
los estados del alma, de los sentimientos inexplorados. Por el primero se desvivieron
Gautier, Hugo, casi todos los románticos. De esta escuela fue uno como canon riguroso el
naturalizar en las letras francesas lo oriental y lo del Mediodía. Pero lo exótico, esa
escuela lo tomaba como un recurso literario, como una manera inteligente de llamar la
atención fatigada de los lectores dados a la obra puramente ideológica y no poco
descolorida del siglo XVIII o al clasicismo nuevo y falso de principios del XIX. Entonces
inventaron el colorido local de que usaron los unos y abusaron los otros hasta fatigarse y
fatigarnos irremediablemente. Hoy el amor a lo exótico es algo más trascendental. El
hombre moderno que traduce, en Francia y que representa las obras de Hauptmann no anda en
busca de colores. Tiene la nostalgia de aquellas regiones del pensamiento o de la
sensibilidad que no han sido exploradas. Cuando se mueve en busca de mundos nuevos va a
renovar sus sensaciones estudiando las que engendra una civilización distinta. Para eso
viaja Loti. Sus libros reproducen la tristeza infinita y multiforme de la raza humana en
todas las latitudes. Los modernos que dejan su tradición para asimilarse otras
literaturas se proponen entender toda el alma humana. No estudian las obras extranjeras
solamente por el valor que en sí tienen como formas o como ideas, sino por el desarrollo
que su adquisición implica. Lo otro, la imitación ciega, lo han hecho los humanistas,
los letrados de todos los tiempos.
En los siglos pasados
los pueblos estaban muy ufanos, cada uno, de sus literaturas. Las cultivaban aparte, con
mucho esmero, y ponían cuidado muy prolijo en que aquellas ideas y sentimientos de que se
decía que formaban uno como fondo de valores intelectuales propios del país, no se
fueran a confundir con los de otros. Tenían las naciones su tradición. Creían en la
absoluta diferencia de razas. Miraban como fenómenos perniciosos la mezcla de la sangre
de unas razas con otras. Cada nación tenía un porvenir determinado ya por la historia.
Todas se esforzaban por llegar a esa meta. Las literaturas estaban ahí para servir a
dicha causa, para ir preparando el advenimiento de aquel porvenir. La diferencia tan bien
especificada entre una literatura y otra, era entonces muy explicable; parecía, además,
muy necesaria. Las naciones vivían aisladas y se figuraban con orgullo muy laudable que
podían bastarse a sí mismas. Se trataban, por regla general, con el rigor que gastan los
viejos rivales. Una literatura dada servía para dar público testimonio de las virtudes
de un pueblo y de los vicios de que adolecían sus vecinos, o los que habitaban en
regiones más apartadas.
Después, la obra de
arte ha venido a ser considerada como un fin y no como un medio. La patria y la raza no
tienen ya por qué ver en ella ni un arma contra las otras razas ni un recurso de
dominación o de exterminio. El arte se basta a sí mismo. El arte es universal. Que lo
fuese quería Goethe cuando dijo en su epigrama sobre la literatura universal: "Que
bajo un mismo cielo todos los pueblos se regocijen buenamente de tener una misma
hacienda".
Atrasadilla ponen hoy
la fecha esos que pretenden conservar aquellas diferencias. Las ideas y los ideales se
propagan con grande prisa. Es insensato el pueblo que quiera hacer de los suyos patrimonio
exclusivo. Es insensato, si pretende que los extranjeros no vengan a mezclarse con los
propios. El tráfico intelectual se activa. Si a ti te dijeran que en ciudades, como
Bogotá, aisladas materialmente del resto del mundo, hay colonias intelectuales donde es
fomentado el espíritu moderno, no lo hallarías inverosímil: te parece necesario. No
sería raro que en esas colonias hubiera individuos preocupados con los males del pueblo
ruso o que se sintieran atraídos por la esfera moral hacia la cual gravita un moralista
francés o tal pensador escandinavo. Sin que haya riesgo de que una funesta nivelación
vaya a producirse, las ideas andan más rápidamente que los trenes. No hay razón para
que ellas reconozcan fronteras: sería abominable que las hiciesen guardar cuarentena. El
modo de exterminar las ideas, es dejarlas que se propaguen. Llenan su oficio, sirven un
tiempo, son pesadas en la balanza de los siglos y reciben sentencia definitiva. Así pasan
a la historia, si acaso lo merecen.
No hay por qué
aturdirse si hallamos hoy en Paul Margueritte lo que Tolstoi había puesto hace poco en la
Sonata a Kreutzer. Esas maneras de ver la sociedad moderna están en el ambiente.
Puede que haya propósito deliberado de imitación, puede que el dominio intelectual de
ciertos autores sea insuperable. No hay que tachar lo uno, ni hay razón alguna plausible
para rebelarnos contra lo otro. Son cosas necesarias. ¿Habría algo artificial y
estudiado en aquella tristeza que se difundió por todo el mundo europeo a principios del
siglo? ¿Era resultado de convención empalagosa el que espíritus de tan diversa grandeza
como Leopardi, como Chateaubriand y Pushkin, manifestaran en diversas latitudes aquella
melancolía tan honda, tan comunicativa, tan noble en el primero, tan elocuente en el
autor de Los mártires?
Lo malo no es imitar
autores extranjeros. Lo malo es el calcar a oscuras; lo más reprobable es el escoger
pobres modelos. Seguir una corriente literaria que nos atrae, es tan legítimo como el
dejarla cuando nos desplace. Pero el aceptarla con todas sus consecuencias y extremos
suele ser lo propio de los espíritus violentos, que son, muy a menudo, los talentos
estrechos. Es miseria intelectual ésta a que nos condenan los que suponen que los
suramericanos tenemos que vivir exclusivamente de España en materias de filosofía y
letras. Las gentes nuevas del Nuevo Mundo tienen derecho a toda la vida del pensamiento.
No hay falta de patriotismo, ni apostasía de raza, en tratar de comprender lo ruso,
verbigracia, y de asimilarse uno lo escandinavo. Lo que resulta, no precisamente
reprensible, sino lastimoso con plenitud, es llegar a Francia y no pasar de ahí. El colmo
de estas desdichas es que talentos como el de Rubén Darío, y capacidades artísticas
como la suya, se contenten, de lo francés con el verbalismo inaudito de Víctor Hugo, o
con el formalismo precioso, con las verduras inocentes de Catulle Mendés. Francia sola da
para más, para muchísimo más. ¿Qué es Mendés en una literatura que produjo a
Baudelaire? ¿Cómo se llama este mal que nos obliga a calcar humildemente la prosa
subjetiva y repujada de Daudet, y a descuidar el estilo robusto, la frase inesperadamente
jugosa de Flaubert, por ejemplo, o de Renán? Es doloroso, de veras, quedarse uno en el
borde de las formas, cuando estudia una literatura o cuando se pone a reproducir sus
excelencias en lengua diversa. Pero ni las naciones ni los individuos pierden nada con que
un habitante de Australia, y un raizal de Costa Rica, enfermos del mal de pensar, sientan
vivamente las letras extranjeras y se asimilen parte del alma de otras razas. Vivificar
regiones estériles o aletargadas de su cerebro debe ser la grande ocupación, la
preocupación trascendental del hombre de letras. Para este fin sirven a las mil
maravillas las literaturas distintas de la literatura patria. Los ambientes diversos, los
heredamientos acumulados en razas vigorosas les van dando a las letras savia rica, que
algunos no se atreven a llamar sana. Sería injusticia no explotar una forma de arte nuevo
solamente porque salió de una alma eslava. "Ensanchemos nuestros gustos" dijo
Lemaître para poder gozar de la belleza primitiva que halló su criterio tan benévolo y
tan fino en la obra de Zola. Ensanchémoslos en el tiempo, en el espacio; no los limitemos
a una raza, aunque sea la nuestra, ni a una época histórica, ni a una tradición
literaria. Pongámonos en aquel estado de alma tan inteligente que nos sugiere Bourget
cuando dice que se sentiría avergonzado si cayera en la cuenta de que hay una forma de
arte o una manifestación de la vida que le fueran indiferentes o desconocidos. Esta
actitud de la inteligencia es más humana que la de los que proscriben lo extranjero,
aunque sea bello y grande, para enaltecer lo propio que resulta mezquino con evidencia; es
más humana, y, sin comparación, más elegante.
Las letras no pueden
vivir seguidamente de los mismos valores. Si cambia por causa de la experiencia acumulada,
o en razón de hipótesis científicas más o menos plausibles, la manera de entender el
universo, la de apreciarlo, deben modificarse también las perspectivas morales. Los
valores éticos se van alternando. Es preciso ir haciendo una revisión de ellos a medida
que las ideas cambian. Parte del malestar que se siente hoy por donde quiera, nace de que
ciertas conclusiones de la ciencia se han impuesto brutalmente en la vida, al paso que el
código de los valores morales sigue siendo el mismo, el que corresponde a otra visión
del mundo y a otra etapa de los conocimientos. Hay necesidad, como dijo el filósofo
inmisericorde, de revaluar todos los valores. Prepararnos para tamaña empresa es uno de
los oficios que ha de llenar, sin precipitación, el estudio de las literaturas
extranjeras.
Por último, falta
decir que en esta determinación de lo castizo y lo descastado, lo nacional y lo exótico,
la mente más cuidadosa puede caer en confusiones si no es que llegue a contradecirse.
Verdaderamente nacionales ya no hay más culturas que las de los pueblos salvajes sin
comunicación con las otras civilizaciones. La cultura europea del momento es una
derivación de otras más antiguas, y su difusión en todo el orbe conocido establece
diferencias de grado pero no esenciales. Grecia, Roma, la Edad Media, el Renacimiento, la
Reforma han uniformado los puntos de vista sobre el hombre y su destino en todas las
naciones del mundo. Hay diferencias pero no sustanciales sino únicamente de grado. Un
inglés se acomoda fácilmente a vivir en Suiza, en Italia, en los Estados Unidos, y las
pequeñas discrepancias de juicio entre unos pueblos y otros se van nivelando con el
radio, el aeroplano, el radar, y sobre todo con el uso de la energía nuclear, el más
eficaz de los niveladores. En las diferencias de grado América, sobre todo la del Sur,
puede ocupar nivel distinto, especialmente del de los pueblos de Europa. Sin embargo, la
superioridad aparente de la mentalidad europea no es tan manifiesta. Cuando Joaquín
Nabuco, nacido y educado en el Brasil, publicó en París su primer libro, de título Ma
formation, críticos franceses del momento creyeron encontrar en ese libro las
virtudes literarias de un gran escritor francés. El autor no había vivido en Francia.
Pero lo más singular
es que profundizando el problema de lo exótico y lo genuinamente nacional, los habitantes
actuales del continente americano nos encontraríamos en una posición demasiado ambigua
ante el análisis de un pensador independiente. De este análisis resultaría que
nosotros, en esta parte del mundo, por más castizos que seamos en el pensamiento y en la
obra, y por más apegados que seamos a la tradición española y grecolatina, no dejamos
por eso mismo de ser exóticos. Una curiosa muestra de interés recientemente observable
en el continente por los valores culturales del pasado americano en sus varias formas,
ilustra la calidad de exóticos que nos caracteriza en el continente. En la Argentina ha
surgido en la literatura un plácido interés por la vida pasada de los gauchos. En el
Perú van más atrás y están generosa e intelectualmente empeñados en revivir las
costumbres y el sentimiento de los antiguos hijos del Sol. He visto magníficas
reproducciones de la vida gauchesca en Buenos Aires no sólo en la literatura, sino
también en las otras artes, la pintura, el teatro, la música, el baile. Y cosa curiosa y
significativa, ese interés por la vida primitiva de los americanos surge allí donde a
causa del más íntimo contacto con la vida europea se ven como más lejanas las antiguas
costumbres de los naturales. En Buenos Aires, en Chile, en Lima, las gentes se agolpan a
ver cómo bailaban y luchaban los gauchos, los araucanos, los incas. En Colombia ese
interés no ha surgido aún sino ente los arqueólogos, pero todavía no suscita la
curiosidad premurosa de las clases altas, porque todavía nos sentimos un tanto sumergidos
en ese género de vida. En el sur ya lo americano primitivo es una cosa exótica. En el
franco trópico nos sentimos todavía muy cerca del pasado. Todavía por acá no somos lo
exótico. Tendemos a serlo con buen entendimiento de nuestras aspiraciones a una cultura
propia y superior. Pero los aborígenes, cultos e incultos todavía consideran, con un
cierto guiño de compasión, exóticos a los descendientes de aquella raza que con
intención o sin ella trajo a este continente una civilización a cuyo empuje
desaparecieron unas culturas avanzadas y otras nacientes contra las cuales lucharon hasta
destruir en gran parte a gran número de sus representantes. Se da el caso de que la
conquista rompió los vínculos de las autóctonas con su propia civilización, de donde
arranca el estado de espíritu un tanto confuso de los habitantes blancos y mestizos en su
comprensión de lo exótico y en su actitud frente a este velado y contingente valor de
cultura.