Ficha bibliográfica
Titulo:
En Defensa de la Dependencia Afectiva
Edición original: 2004-02-19
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-19
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Luis Carlos Restrepo
 

 

En Defensa de la Dependencia Afectiva
Luis Carlos  Restrepo

 

Te amaré al amanecer
cuando el sol no salga,
cuando empieces a oler
a fragancia de mañana.
Me deslizaré sobre ti
como el que hurta,
trashumante que busca su alimento
en tierra extraña.
Maitines a Juana.

 

E n la constitución de un grupo familiar existe siempre un fondo de arbitrariedad. No hay explicación que pueda justificar, con certeza indemandable, por qué dos seres decidieron un día convivir y procrear. La razón se pierde en el turbión de la emoción y si existe causa descifrable, tiene que ver con algo que nuestra cultura considera vergonzoso: la necesidad de depender.

Dentro de este mundo de héroes y triunfadores solitarios, de superhombres que sacrifican el afecto al deber, de luchadores que varonilmente se autoabastecen, reconocer que se depende afectivamente de otro es tanto como exponer a la vista de todos una terrible enfermedad. Las leyes de la guerra invaden los fueros del cariño y cuando el amor se torna conquista y la convivencia dominación, no es aconsejable reconocer que tenemos necesidad vital del enemigo. Se ha dicho que la pareja establece una alianza por lo bajo y en una sociedad jerárquica y estratificada, donde la razón es el rey y la emoción el cuarto de san Alejo, tal afirmación tiene plena validez. Aceptar la dependencia suele por consiguiente acompañarse de un gran monto de vergüenza. La pareja busca un espacio para la intimidad, para sus urgencias, para los pedidos que afuera debe callar. Se comparten secretamente historias y aspiraciones que a la vista de otros parecerían ruines y mezquinas. Los amantes crean un espacio para el pecado y ni siquiera la unción celestial, con que la sociedad ha querido institucionalizar la relación, logra aminorar el monto de culpa que se arrastra.

La gran batalla de la pareja es por lograr un espacio para el goce y la intimidad, donde pueda ser escenificada la demanda perversa y la fantasía de agresión, el miedo que carcome y la risa desenfrenada, gran teatro donde la conciencia se representa y recrea al trocar sus contenidos con los gestos y huellas corporales de los que un día se nutriera. Son tales el temor y la inseguridad que al regresar por los caminos del cuerpo se generan, que los amantes pierden con frecuencia esta batalla, quedando atrapados en el dilema de la muerte o la posesión: cuando no logramos convocarlos al interior de la vivencia erótica, haciéndolos participar de la plurivalencia y la transformación, los fantasmas se convierten en amos exigentes que transforman en farsa exigua la plenitud vital que la relación amorosa nos ofrece.

En este medio llegan los hijos. No han elegido nacer, ni tampoco las convicciones, religión o política de sus padres; no han elegido la geografía que los acoge ni el Estado que registra su nacimiento. El entorno y la cultura —fuerzas que querrán moldearlos a su manera— surgirán como imperativo, una cara más de esa arbitrariedad inicial que cual telón de fondo acompaña todas las escenas de la vida familiar. Si no podemos negarla, si está allí como la trama misma de la vivencia interpersonal, ¿por qué ocultar la arbitrariedad que es soporte de nuestra existencia? Aquellos que han caído en la manía explicativa e intentan demostrar razonablemente lo que no es más que voracidad e imposición, pretenden que en la vivencia íntima la urgencia de cariño se revista de discursos que den justeza y validez argumental a su pretensión. Intento falaz, pues la dependencia afectiva sólo accede al lenguaje de la escenificación y del conocimiento implicativo, constructos cognitivos que encuentran su entable modular en la fantasía y la patetización.

Esta urgencia de cuerpos que se atraen, que intentan fundirse pero se frustran y desesperan al evidenciar la torpeza de sus movimientos, aparece en la conciencia como turbión de fantasías ambivalentes, porque ambivalente es el protoplasma afectivo en que se asienta nuestra relación. Imágenes que nos seducen y aterrorizan, escenificando tanto nuestro gozo como nuestro infierno, ante las cuales el intento explicativo no suele ser más que una defensa, un empobrecimiento o una nueva forma de dominación.

No es un veto a la palabra ni una condena indiscriminada a la razón. Es señalar la alternancia de caminos en el conocimiento, así como los límites de una forma de abordaje que se fractura al intentar explicitar la dinámica del afecto y la dependencia. ¿Cómo puede la razón, que se ha declarado autónoma y soberana, acercarse a aquello que la niega? Empeñada en manipular y objetivar, aislar y analizar, alejar y controlar la conciencia que racionaliza y explica, sólo logra dar cuenta de la dependencia afectiva compulsándose: Narciso enamorado de su imagen incapaz de reconocer en la otredad la fuente de la que se alimenta.

En la frontera de la causalidad unidireccional, la vivencia afectiva emerge como experiencia de desintegración que se nos impone e inunda, vórtice donde la logística de la guerra desaparece para dar paso a la multidireccionalidad, al juego y a la transposición de relaciones. Al diluirnos en el otro, dejando que el cuerpo y la conciencia se alimenten —como un corazón en diástole que abre sus compuertas para llenarse de la fuerza que después asegurará su independencia—, es necesario dejar en suspenso la razón, pues un hombre sometido a sus chantajes es incapaz de soportar la tibieza de la sinrazón afectiva. Tal vez por eso sea frecuente ver a héroes triunfadores de muchas batallas, beneméritos del poder y de la guerra, de la ciencia y de la gloria, perder irremediablemente la batalla cotidiana del afecto y la intimidad, pues allí, en la penumbra, en el lecho sudoroso, los gigantes se derriten y los pequeños muestran toda su voracidad de afecto.

Cuando, en su afán de conseguir premisas, la tendencia explicativa se entromete en los momentos más plenos de comunicación afectiva, termina entorpeciendo el flujo de la corriente fantástica, paralizando el espectáculo de prismas que deforman y reconstruyen imágenes al compás del vaivén y el isomorfismo. Afanada por obtener una explicación lógica de la fuerza que la inunda, dispónese la conciencia a la caza de fantasías que, arrebatadas de su ambivalencia original, quedan convertidas en imágenes congeladas, fantasmas que acechan, vampiros ávidos de vida. Obstaculizada la dinámica simbólica, el flujo se oblitera y el árbol comienza a marchitarse. ¿Qué otra cosa puede suceder cuando las flores, en vez de alimentarse de la savia que les da hermosura, se vuelven contra el tallo para detener y disecar el fluido que por él asciende, en una búsqueda compulsiva del principio que les da la vida?

Vivir la dependencia no debe entenderse como un abandono ciego al determinismo. Una cosa es compartir la inexplicabilidad de la dependencia afectiva y otra, muy distinta, que para recibir ese alimento se nos obligue a constreñir nuestra conciencia, amoldando los patrones de comportamiento a la arbitrariedad ideológica del padre. Por mandato de la sociedad autoritaria, en el modelo de la familia que aún sufrimos, se pretende forjar una conciencia infantil ante la que aparezcan como eternos e inviolables los valores jerárquicos en los que se asienta la dominación. Conciencia atemorizada, preocupada en exceso por su seguridad, demandante de calor y reconocimiento, terreno abonado para que se afiance el chantaje afectivo como mecanismo favorito para obtener del niño sumisión y obediencia.

Amputado de su comunicación afectiva, entenderá el chico que para ser amado no debe ofrecer resistencia alguna a la autoridad, modelo de relación que reproducirá más tarde en sus intercambios eróticos, cuando afirme, como suelen decir los adultos neuróticos: "Te amo si me das seguridad sobre tu vida". Ecuación que iguala amor y posesión, núcleo al que remite en su más fina trama la psicopatología de la vivencia conyugal y cuya presencia conflictualiza en extremo la vivencia en la intimidad. Dolorosa disyuntiva a cuyo arrobador influjo debe la lírica sus más excelsos momentos, y el sufrimiento humano la mayor carga de violencia íntima y desgarramiento.

Abogamos porque el afecto se entregue sin cortapisas, bastándose el adulto con el placer que le depara establecer un contacto corporal e inmediato con sus hijos. La circulación afectiva al interior del grupo primario nunca debe detenerse, no porque tengamos alguna prevención moralista hacia la desinte-gración de la vida familiar, sino porque en ningún grupo humano ello debe acontecer. El afecto es un océano donde se intercambian gestos y mensajes, sistema de riego que alimenta la vida social y del cual todos pueden nutrirse, metabolizando cada cual el alimento en su conciencia donde lo transformará en su elección, única e inalienable. Para que florezca la libertad —producto que sólo germina en la conciencia singular—, es necesario que exista un clima de intercambio simbólico y sensorial donde puedan nutrirse sin chantaje las conciencias. Cabe por eso diferenciar entre la arbitrariedad de la urgencia afectiva —soporte emotivo de toda comunidad humana— y la arbitrariedad impuesta por un código moral, una forma de convivencia o determinado ejercicio de poder. Confundir una y otra, tornándolas indistinguibles, es treta favorita del autoritarismo, haciendo que la avidez afectiva
—similar a la que sienten las plantas por el agua, la luz o los nutrientes de la tierra— sólo pueda ser satisfecha si el niño se pliega a los modelos de desempeño social impuestos por los padres. Por nuestra parte, consideramos que dar y recibir afecto debe ser una constante de la convivencia grupal, sin condicionar la caricia y cercanía corporal a que el otro tome como dogma nuestros caprichos.

La entrega de cariño debe ser una entrega silenciosa, tal como silenciosa circula la sangre por arterias y venas al compás de un ritmo monocorde e incesante. El espacio para el cariño es un espacio para la monotonía donde la conciencia debe poder descubrir las diversas tonalidades de lo cotidiano, la sinrazón de lo razonable, el caos y el azar que acompañan la existencia diaria. En un ambiente donde se entregue afecto sin cortapisas, se podrá fantasear a libertad, en silencio frente al otro. Llevará el hijo hasta el absurdo las convicciones de sus padres, en un ejercicio de exploración de la intersubjetividad que no tiene por qué convertirse en causa de alerta familiar; fantaseará la agresión hacia su hermano y el deseo hacia la madre, labrándose paso a paso un espacio para los sueños. Los padres, seguros de su necesidad y del afecto que entregan, no conflictualizarán su actitud —que es también su gozo—, dejando que el niño diferencie entre demandas corporales y construcciones lingüísticas, entre la inmanencia espacial y las metáforas del tiempo. El criterio de realidad que los padres transmiten tomará como paral gestos y movimientos, pues la seguridad que el niño necesita sólo puede ser comunicada con el cuerpo. Las palabras, creencias, valores e ideologías, no serán arquetipos fijos e inmutables que terminen doblegando y tiranizando al diálogo tónico, sino mediadores simbólicos que se construyen y diluyen al calor de la relación, sin convertirse jamás en avales de verdad o criterios definitivos de certidumbre. Llenando el nicho afectivo de tacto y de cuerpo e impidiendo que el lenguaje abandone su forma juguetona y se torne rígido, directivo y causalístico, contará el niño, cuando lo necesite, con un aval de seguridad, pudiendo a la vez desorganizar en su conciencia incipiente las formas simbólicas que se le entregan sin que ello implique el abandono o la segregación. Entrenado sin chantajes en la dinámica metafórica de la conciencia, podrá un día acceder a la elección y a la construcción de una nueva verdad.

Es pertinente diferenciar la arbitrariedad que implica la necesidad afectiva, de la cual ni siquiera podemos librarnos los adultos, de la arbitrariedad ideológica, confundidas ambas por el autoritarismo. La autoridad impone un límite, pero sin censurar al niño la expresión de sus fantasías, permitiendo el goce de la reconstrucción y facilitando la exploración de gestos y juegos de palabras. El autoritarismo liga el gesto a la palabra, sometiendo la expresión afectiva a la dictadura de un logo ordenador. Al exigir para cada conducta justificación y explicaciones, el adulto, lo hemos visto, condiciona la entrega de cariño para formar al niño a su imagen y semejanza, reprimiendo modelos de goce y convirtiendo al chico en pequeño filósofo que pregunta, prospecta y responde, marioneta manejada con sutileza por los hilos de la razón autoritaria. Deberíamos sentir vergüenza ante esos niños que opinan como adultos, actuando como micos que bailan al son del organillo para complacernos. Cuando el chico, al llegar a la adolescencia, perciba la manipulación de que ha sido objeto, romperá violentamente con los caprichos de los mayores, quienes optarán por desconocerlo, declarándose defraudados e invocando viejos tiempos —que nunca existieron— en que los hijos respetaban a sus padres. Sólo supera el autoritarismo quien reconoce que su vida, transitoriamente ligada a la del hijo, se rige por patrones y criterios diferentes a los que elegirá el chico cuando crezca: ejercicio valorativo propio de padres abiertos a la vida que anteponen la elección de un ser humano a la conservación de un patrimonio o a la perpetuación de un rango nobiliario, adultos que no se dejan dominar por los objetos ni someter por dinastías que necesitan de nuestros gestos para perpetuar sus privilegios.

Para ejercer la libertad hay que saber vivir la dependencia. Cuando la rebeldía contra la autoridad se realiza sin calor interior, sin capacidad de buscar y encontrar alimento afectivo, no se tendrá la fuerza necesaria para romper con aquello que nos limita, añorándose la protección del poder con el resentimiento de no haber recibido de padres y adultos el calor que en su momento demandamos; situación que configura un movimiento circular que dilapida esfuerzos y nos condena a ciegos caminos autodes-tructivos que conducen de nuevo al servilismo. Sin autonomía afectiva —capacidad de buscar y encontrar sin conflicto el alimento emotivo—, el adulto jamás tendrá autonomía intelectual ni logrará adentrarse en la aventura del conocimiento para reconstruir, desde un sesgo peculiar, el legado de la cultura. Conflictualizar la dependencia afectiva es la mejor manera de educar para el servilismo, formando contingentes de autómatas anhelantes de las migajas de los poderosos. Un niño que ha vivido plenamente la dependencia sabrá con claridad en el momento de la rebelión adolescencial contra quién se debe levantar y qué formas simbólicas necesita destruir, acometiendo con astucia y prontitud los cambios que le urgen.

Hemos dicho que la dependencia no es explicable ni justificable. Es un imperativo y como tal subyace en la vida de la familia y la pareja, telón de fondo que da el tono de tensión o armonía a la convivencia primal. Ella puede ser patetizada cual imagen titilante que señala el límite a la autonomía de la conciencia, cuyos rasgos cabe recuperar en la escena de la fantasía sirviéndonos de la mimesis, la metáfora y el disfraz. Explicarla es obligarla a hablar un lenguaje que le es extraño, negando sus características peculiares mientras quedamos atrapados en la ilusión de la objetividad. Es además paralizarla —todo análisis supone detener el movimiento— quitándole su fuerza nutricia y cayendo en la manipulación del afecto en beneficio de una construcción lingüística o un esquema ideológico. Más que someterla a discusión, la dependencia debe ser escenificada, convertidos nosotros mismos en mimos de la representación. Entrometer la racionalización en el medio familiar es colocar diques a la vivencia afectiva para reglamentar los movimientos de la conciencia. Por eso, tanto como aquellos padres que quieren convertir a sus hijos en redentores de sus frustraciones y esterilizan su capacidad creadora para mantenerlos bajo su control, son censurables quienes, cargados de culpas, temerosos de imponer a sus hijos el arbitrio que de todas maneras les imponen, les conceden una supuesta libertad, invitándolos a opinar y discutir como si pudieran tomar determinaciones al respecto. Antes de la adolescencia, más que concesiones tramposas y autonomías delegadas que esconden la mayoría de las veces temor al compromiso afectivo, lo que el niño necesita es disposición corporal; él sabrá ejercitar su libertad.

Que el espacio familiar sea un lugar para la urgencia y el silencio, para las miradas y el calor de los cuerpos, para la intimidad y la monotonía. Que en él pueda el niño construir un tablado interior para su fantasía, un espacio propio y singular donde hacerles trampa a las imposiciones de los adultos y poner en suspenso la realidad sin tener que explicar sus necesidades o justificar racionalmente sus anhelos. Un espacio interior que no se colapse ante la presencia de tiranos y poderosos, donde pueda resguardar, en épocas oscuras de terror, el sagrado derecho a la rebeldía. La fantasía, franja de libre movilidad que amortigua las demandas de eficiencia e impide que el sujeto termine apabullado en el juego interpersonal, podrá bailar allí su danza de posibilidades y, conservando su carácter anfibológico, desplegarse sin enfrentar la dicotomía de perecer apabullada por la censura o convertirse ipso facto en realidad. Escena sin retoques que disimulen sus connotaciones agresivas o exigencias que recorten su desafuero en un marco de orden, unidad y pureza, porque el ser humano necesita de un magín interior donde tenga cabida el sinsentido y pueda ser espectador del caos simbólico, reconociéndolo como la fuente brutal y peligrosa de donde nace su fuerza.