E
n la constitución de un grupo familiar existe
siempre un fondo de arbitrariedad. No hay explicación que
pueda justificar, con certeza indemandable, por qué dos
seres decidieron un día convivir y procrear. La razón se
pierde en el turbión de la emoción y si existe causa
descifrable, tiene que ver con algo que nuestra cultura
considera vergonzoso: la necesidad de depender.
Dentro de este mundo de
héroes y triunfadores solitarios, de superhombres que
sacrifican el afecto al deber, de luchadores que varonilmente
se autoabastecen, reconocer que se depende afectivamente de
otro es tanto como exponer a la vista de todos una terrible
enfermedad. Las leyes de la guerra invaden los fueros del
cariño y cuando el amor se torna conquista y la convivencia
dominación, no es aconsejable reconocer que tenemos
necesidad vital del enemigo. Se ha dicho que la pareja
establece una alianza por lo bajo y en una sociedad
jerárquica y estratificada, donde la razón es el rey y la
emoción el cuarto de san Alejo, tal afirmación tiene plena
validez. Aceptar la dependencia suele por consiguiente
acompañarse de un gran monto de vergüenza. La pareja busca
un espacio para la intimidad, para sus urgencias, para los
pedidos que afuera debe callar. Se comparten secretamente
historias y aspiraciones que a la vista de otros parecerían
ruines y mezquinas. Los amantes crean un espacio para el
pecado y ni siquiera la unción celestial, con que la
sociedad ha querido institucionalizar la relación, logra
aminorar el monto de culpa que se arrastra.
La gran batalla de la pareja
es por lograr un espacio para el goce y la intimidad, donde
pueda ser escenificada la demanda perversa y la fantasía de
agresión, el miedo que carcome y la risa desenfrenada, gran
teatro donde la conciencia se representa y recrea al trocar
sus contenidos con los gestos y huellas corporales de los que
un día se nutriera. Son tales el temor y la inseguridad que
al regresar por los caminos del cuerpo se generan, que los
amantes pierden con frecuencia esta batalla, quedando
atrapados en el dilema de la muerte o la posesión: cuando no
logramos convocarlos al interior de la vivencia erótica,
haciéndolos participar de la plurivalencia y la
transformación, los fantasmas se convierten en amos
exigentes que transforman en farsa exigua la plenitud vital
que la relación amorosa nos ofrece.
En este medio llegan los
hijos. No han elegido nacer, ni tampoco las convicciones,
religión o política de sus padres; no han elegido la
geografía que los acoge ni el Estado que registra su
nacimiento. El entorno y la cultura fuerzas que
querrán moldearlos a su manera surgirán como
imperativo, una cara más de esa arbitrariedad inicial que
cual telón de fondo acompaña todas las escenas de la vida
familiar. Si no podemos negarla, si está allí como la trama
misma de la vivencia interpersonal, ¿por qué ocultar la
arbitrariedad que es soporte de nuestra existencia? Aquellos
que han caído en la manía explicativa e intentan demostrar
razonablemente lo que no es más que voracidad e imposición,
pretenden que en la vivencia íntima la urgencia de cariño
se revista de discursos que den justeza y validez argumental
a su pretensión. Intento falaz, pues la dependencia afectiva
sólo accede al lenguaje de la escenificación y del
conocimiento implicativo, constructos cognitivos que
encuentran su entable modular en la fantasía y la
patetización.
Esta urgencia de cuerpos que
se atraen, que intentan fundirse pero se frustran y
desesperan al evidenciar la torpeza de sus movimientos,
aparece en la conciencia como turbión de fantasías
ambivalentes, porque ambivalente es el protoplasma afectivo
en que se asienta nuestra relación. Imágenes que nos
seducen y aterrorizan, escenificando tanto nuestro gozo como
nuestro infierno, ante las cuales el intento explicativo no
suele ser más que una defensa, un empobrecimiento o una
nueva forma de dominación.
No es un veto a la palabra ni
una condena indiscriminada a la razón. Es señalar la
alternancia de caminos en el conocimiento, así como los
límites de una forma de abordaje que se fractura al intentar
explicitar la dinámica del afecto y la dependencia. ¿Cómo
puede la razón, que se ha declarado autónoma y soberana,
acercarse a aquello que la niega? Empeñada en manipular y
objetivar, aislar y analizar, alejar y controlar la
conciencia que racionaliza y explica, sólo logra dar cuenta
de la dependencia afectiva compulsándose: Narciso enamorado
de su imagen incapaz de reconocer en la otredad la fuente de
la que se alimenta.
En la frontera de la
causalidad unidireccional, la vivencia afectiva emerge como
experiencia de desintegración que se nos impone e inunda,
vórtice donde la logística de la guerra desaparece para dar
paso a la multidireccionalidad, al juego y a la
transposición de relaciones. Al diluirnos en el otro,
dejando que el cuerpo y la conciencia se alimenten como
un corazón en diástole que abre sus compuertas para
llenarse de la fuerza que después asegurará su
independencia, es necesario dejar en suspenso la
razón, pues un hombre sometido a sus chantajes es incapaz de
soportar la tibieza de la sinrazón afectiva. Tal vez por eso
sea frecuente ver a héroes triunfadores de muchas batallas,
beneméritos del poder y de la guerra, de la ciencia y de la
gloria, perder irremediablemente la batalla cotidiana del
afecto y la intimidad, pues allí, en la penumbra, en el
lecho sudoroso, los gigantes se derriten y los pequeños
muestran toda su voracidad de afecto.
Cuando, en su afán de
conseguir premisas, la tendencia explicativa se entromete en
los momentos más plenos de comunicación afectiva, termina
entorpeciendo el flujo de la corriente fantástica,
paralizando el espectáculo de prismas que deforman y
reconstruyen imágenes al compás del vaivén y el
isomorfismo. Afanada por obtener una explicación lógica de
la fuerza que la inunda, dispónese la conciencia a la caza
de fantasías que, arrebatadas de su ambivalencia original,
quedan convertidas en imágenes congeladas, fantasmas que
acechan, vampiros ávidos de vida. Obstaculizada la dinámica
simbólica, el flujo se oblitera y el árbol comienza a
marchitarse. ¿Qué otra cosa puede suceder cuando las
flores, en vez de alimentarse de la savia que les da
hermosura, se vuelven contra el tallo para detener y disecar
el fluido que por él asciende, en una búsqueda compulsiva
del principio que les da la vida?
Vivir la dependencia no debe
entenderse como un abandono ciego al determinismo. Una cosa
es compartir la inexplicabilidad de la dependencia afectiva y
otra, muy distinta, que para recibir ese alimento se nos
obligue a constreñir nuestra conciencia, amoldando los
patrones de comportamiento a la arbitrariedad ideológica del
padre. Por mandato de la sociedad autoritaria, en el modelo
de la familia que aún sufrimos, se pretende forjar una
conciencia infantil ante la que aparezcan como eternos e
inviolables los valores jerárquicos en los que se asienta la
dominación. Conciencia atemorizada, preocupada en exceso por
su seguridad, demandante de calor y reconocimiento, terreno
abonado para que se afiance el chantaje afectivo como
mecanismo favorito para obtener del niño sumisión y
obediencia.
Amputado de su comunicación
afectiva, entenderá el chico que para ser amado no debe
ofrecer resistencia alguna a la autoridad, modelo de
relación que reproducirá más tarde en sus intercambios
eróticos, cuando afirme, como suelen decir los adultos
neuróticos: "Te amo si me das seguridad sobre tu
vida". Ecuación que iguala amor y posesión, núcleo al
que remite en su más fina trama la psicopatología de la
vivencia conyugal y cuya presencia conflictualiza en extremo
la vivencia en la intimidad. Dolorosa disyuntiva a cuyo
arrobador influjo debe la lírica sus más excelsos momentos,
y el sufrimiento humano la mayor carga de violencia íntima y
desgarramiento.
Abogamos porque el afecto se
entregue sin cortapisas, bastándose el adulto con el placer
que le depara establecer un contacto corporal e inmediato con
sus hijos. La circulación afectiva al interior del grupo
primario nunca debe detenerse, no porque tengamos alguna
prevención moralista hacia la desinte-gración de la vida
familiar, sino porque en ningún grupo humano ello debe
acontecer. El afecto es un océano donde se intercambian
gestos y mensajes, sistema de riego que alimenta la vida
social y del cual todos pueden nutrirse, metabolizando cada
cual el alimento en su conciencia donde lo transformará en
su elección, única e inalienable. Para que florezca la
libertad producto que sólo germina en la conciencia
singular, es necesario que exista un clima de
intercambio simbólico y sensorial donde puedan nutrirse sin
chantaje las conciencias. Cabe por eso diferenciar entre la
arbitrariedad de la urgencia afectiva soporte emotivo
de toda comunidad humana y la arbitrariedad impuesta
por un código moral, una forma de convivencia o determinado
ejercicio de poder. Confundir una y otra, tornándolas
indistinguibles, es treta favorita del autoritarismo,
haciendo que la avidez afectiva
similar a la que sienten las plantas por el agua, la
luz o los nutrientes de la tierra sólo pueda ser
satisfecha si el niño se pliega a los modelos de desempeño
social impuestos por los padres. Por nuestra parte,
consideramos que dar y recibir afecto debe ser una constante
de la convivencia grupal, sin condicionar la caricia y
cercanía corporal a que el otro tome como dogma nuestros
caprichos.
La entrega de cariño debe ser
una entrega silenciosa, tal como silenciosa circula la sangre
por arterias y venas al compás de un ritmo monocorde e
incesante. El espacio para el cariño es un espacio para la
monotonía donde la conciencia debe poder descubrir las
diversas tonalidades de lo cotidiano, la sinrazón de lo
razonable, el caos y el azar que acompañan la existencia
diaria. En un ambiente donde se entregue afecto sin
cortapisas, se podrá fantasear a libertad, en silencio
frente al otro. Llevará el hijo hasta el absurdo las
convicciones de sus padres, en un ejercicio de exploración
de la intersubjetividad que no tiene por qué convertirse en
causa de alerta familiar; fantaseará la agresión hacia su
hermano y el deseo hacia la madre, labrándose paso a paso un
espacio para los sueños. Los padres, seguros de su necesidad
y del afecto que entregan, no conflictualizarán su actitud
que es también su gozo, dejando que el niño
diferencie entre demandas corporales y construcciones
lingüísticas, entre la inmanencia espacial y las metáforas
del tiempo. El criterio de realidad que los padres transmiten
tomará como paral gestos y movimientos, pues la seguridad
que el niño necesita sólo puede ser comunicada con el
cuerpo. Las palabras, creencias, valores e ideologías, no
serán arquetipos fijos e inmutables que terminen doblegando
y tiranizando al diálogo tónico, sino mediadores
simbólicos que se construyen y diluyen al calor de la
relación, sin convertirse jamás en avales de verdad o
criterios definitivos de certidumbre. Llenando el nicho
afectivo de tacto y de cuerpo e impidiendo que el lenguaje
abandone su forma juguetona y se torne rígido, directivo y
causalístico, contará el niño, cuando lo necesite, con un
aval de seguridad, pudiendo a la vez desorganizar en su
conciencia incipiente las formas simbólicas que se le
entregan sin que ello implique el abandono o la segregación.
Entrenado sin chantajes en la dinámica metafórica de la
conciencia, podrá un día acceder a la elección y a la
construcción de una nueva verdad.
Es pertinente diferenciar la
arbitrariedad que implica la necesidad afectiva, de la cual
ni siquiera podemos librarnos los adultos, de la
arbitrariedad ideológica, confundidas ambas por el
autoritarismo. La autoridad impone un límite, pero sin
censurar al niño la expresión de sus fantasías,
permitiendo el goce de la reconstrucción y facilitando la
exploración de gestos y juegos de palabras. El autoritarismo
liga el gesto a la palabra, sometiendo la expresión afectiva
a la dictadura de un logo ordenador. Al exigir para cada
conducta justificación y explicaciones, el adulto, lo hemos
visto, condiciona la entrega de cariño para formar al niño
a su imagen y semejanza, reprimiendo modelos de goce y
convirtiendo al chico en pequeño filósofo que pregunta,
prospecta y responde, marioneta manejada con sutileza por los
hilos de la razón autoritaria. Deberíamos sentir vergüenza
ante esos niños que opinan como adultos, actuando como micos
que bailan al son del organillo para complacernos. Cuando el
chico, al llegar a la adolescencia, perciba la manipulación
de que ha sido objeto, romperá violentamente con los
caprichos de los mayores, quienes optarán por desconocerlo,
declarándose defraudados e invocando viejos tiempos
que nunca existieron en que los hijos respetaban
a sus padres. Sólo supera el autoritarismo quien reconoce
que su vida, transitoriamente ligada a la del hijo, se rige
por patrones y criterios diferentes a los que elegirá el
chico cuando crezca: ejercicio valorativo propio de padres
abiertos a la vida que anteponen la elección de un ser
humano a la conservación de un patrimonio o a la
perpetuación de un rango nobiliario, adultos que no se dejan
dominar por los objetos ni someter por dinastías que
necesitan de nuestros gestos para perpetuar sus privilegios.
Para ejercer la libertad hay
que saber vivir la dependencia. Cuando la rebeldía contra la
autoridad se realiza sin calor interior, sin capacidad de
buscar y encontrar alimento afectivo, no se tendrá la fuerza
necesaria para romper con aquello que nos limita,
añorándose la protección del poder con el resentimiento de
no haber recibido de padres y adultos el calor que en su
momento demandamos; situación que configura un movimiento
circular que dilapida esfuerzos y nos condena a ciegos
caminos autodes-tructivos que conducen de nuevo al
servilismo. Sin autonomía afectiva capacidad de buscar
y encontrar sin conflicto el alimento emotivo, el
adulto jamás tendrá autonomía intelectual ni logrará
adentrarse en la aventura del conocimiento para reconstruir,
desde un sesgo peculiar, el legado de la cultura.
Conflictualizar la dependencia afectiva es la mejor manera de
educar para el servilismo, formando contingentes de
autómatas anhelantes de las migajas de los poderosos. Un
niño que ha vivido plenamente la dependencia sabrá con
claridad en el momento de la rebelión adolescencial contra
quién se debe levantar y qué formas simbólicas necesita
destruir, acometiendo con astucia y prontitud los cambios que
le urgen.
Hemos dicho que la dependencia
no es explicable ni justificable. Es un imperativo y como tal
subyace en la vida de la familia y la pareja, telón de fondo
que da el tono de tensión o armonía a la convivencia
primal. Ella puede ser patetizada cual imagen titilante que
señala el límite a la autonomía de la conciencia, cuyos
rasgos cabe recuperar en la escena de la fantasía
sirviéndonos de la mimesis, la metáfora y el disfraz.
Explicarla es obligarla a hablar un lenguaje que le es
extraño, negando sus características peculiares mientras
quedamos atrapados en la ilusión de la objetividad. Es
además paralizarla todo análisis supone detener el
movimiento quitándole su fuerza nutricia y cayendo en
la manipulación del afecto en beneficio de una construcción
lingüística o un esquema ideológico. Más que someterla a
discusión, la dependencia debe ser escenificada, convertidos
nosotros mismos en mimos de la representación. Entrometer la
racionalización en el medio familiar es colocar diques a la
vivencia afectiva para reglamentar los movimientos de la
conciencia. Por eso, tanto como aquellos padres que quieren
convertir a sus hijos en redentores de sus frustraciones y
esterilizan su capacidad creadora para mantenerlos bajo su
control, son censurables quienes, cargados de culpas,
temerosos de imponer a sus hijos el arbitrio que de todas
maneras les imponen, les conceden una supuesta libertad,
invitándolos a opinar y discutir como si pudieran tomar
determinaciones al respecto. Antes de la adolescencia, más
que concesiones tramposas y autonomías delegadas que
esconden la mayoría de las veces temor al compromiso
afectivo, lo que el niño necesita es disposición corporal;
él sabrá ejercitar su libertad.
Que el espacio familiar sea un
lugar para la urgencia y el silencio, para las miradas y el
calor de los cuerpos, para la intimidad y la monotonía. Que
en él pueda el niño construir un tablado interior para su
fantasía, un espacio propio y singular donde hacerles trampa
a las imposiciones de los adultos y poner en suspenso la
realidad sin tener que explicar sus necesidades o justificar
racionalmente sus anhelos. Un espacio interior que no se
colapse ante la presencia de tiranos y poderosos, donde pueda
resguardar, en épocas oscuras de terror, el sagrado derecho
a la rebeldía. La fantasía, franja de libre movilidad que
amortigua las demandas de eficiencia e impide que el sujeto
termine apabullado en el juego interpersonal, podrá bailar
allí su danza de posibilidades y, conservando su carácter
anfibológico, desplegarse sin enfrentar la dicotomía de
perecer apabullada por la censura o convertirse ipso facto en
realidad. Escena sin retoques que disimulen sus connotaciones
agresivas o exigencias que recorten su desafuero en un marco
de orden, unidad y pureza, porque el ser humano necesita de
un magín interior donde tenga cabida el sinsentido y pueda
ser espectador del caos simbólico, reconociéndolo como la
fuente brutal y peligrosa de donde nace su fuerza.