Ficha bibliográfica
Titulo:
El Cónsul
Edición original: 2004-02-19
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-19
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Hernando Valencia Goelkel
 
 
 
El Cónsul
Hernando Valencia Goelkel

Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, es la novela más rica y más total de los últimos veinte o veinticinco años, es decir, en el transcurso casi de una generación. Me refiero al libro aislado; esos mismos años han visto la aparición y la desaparición (Camus, Pavese) de escritores cuya obra, en conjunto, seguramente sea más influyente y complicada que la de Lowry. Mas no la novela singular, no el título concreto. Supongo que la culpa la tendrán Joyce y Ulises, o que éstos sean, al menos, los culpables más cercanos en el tiempo; el hecho es que el novelista contemporáneo parece haber prescindido de la pretensión misma de escribir una "gran novela" y parece también, por tanto, haber aceptado una situación que le impone el diseminarse —avara o morosamente— en una serie de cautos aciertos parciales. "Mientras más libros leemos, más nos damos cuenta de que la verdadera función del escritor es producir una obra maestra, y que todas las demás tareas carecen de importancia. ¡Por más obvio que esto nos parezca, pocos son los escritores dispuestos a reconocerlo o, si lo reconocen, a dejar a un lado la obra de iridiscente mediocridad en que se hallan embarcados!". La observación de Palinuro 1 es letal pero irrefutable.

Ahora bien: ¿al hablar de Bajo el volcán podemos hablar también de "gran novela" o de "obra maestra"? No sé; no sé siquiera si hay un modo de saberlo. Pero de dos cosas estoy seguro. Primero, de que Lowry tuvo la ambición y el esfuerzo de escribir un libro perdurable. Segundo, que en él hay elementos
—como la tensión, la organización estructural, la concreción del tiempo y la del espacio, el espesor de algún personaje— que muy rara vez se encuentran reunidos en una sola obra. Lowry quiso hacer algo semejante, o algo equivalente, al Infierno, o al Quijote, o a Fausto. Evidentemente, pues, un caso de hybris; un desafuero castigado con el fracaso y la muerte; pero una desmesura respetable, conmovedora y también trágica, porque a veces sentimos cómo, desde el "pozo insondable", las manos de Lowry, las yemas de sus dedos arañan, rozan, manchan esas alturas fuera de su alcance, para las que no había nacido, y de las que su tiempo
—la historia, y también su biografía— lo iba separando más y más.

La biografía: nace en Inglaterra (Merseyside) en 1909. Estudios en Cambridge, interrumpidos por unos meses en que se enrola de marino, (un fragmento de Bajo el volcán, que por cierto es impertinente dentro de la economía del libro, representa una especie de feroz autocrítica de este episodio). Regresa a Cambridge. Viajes: a México, a los Estados Unidos, a Canadá. Con su segunda esposa se había establecido (es un decir) en un pueblo de Sussex, donde murió en 1957. "Malcolm murió en la noche del 28 al 29 de junio: fue enterrado en el cementerio de la aldea. La víspera y la antevíspera había trabajado hasta muy tarde. Para no despertarme se había ido a dormir al otro cuarto. Allí lo encontré por la mañana, muerto mientras dormía. No puede usted imaginarse cómo había estado de feliz todo este año; nunca lo había visto en mejor forma" 2 . Publicó dos novelas: Ultramarine, en 1932; Under the volcano, en 1947 3 . En 1962 apareció Hear us O Lord from Heaven thy Dweling Place, una colección de relatos.

La vida de Lowry fue incierta, movida, inquieta, difícil. Clarisse Francillon 4 relata una permanencia de Lowry en París, y hace ver cómo en él se sucedían y se alternaban períodos de alcoholismo con otros de trabajo y de total (o relativa) sobriedad. Es decir, que el universo del cónsul Geoffrey Firmin, el protagonista de Bajo el volcán, distaba de ser algo ajeno o desconocido para Lowry. Creo que estos datos —en el caso de que no sean superfluos del todo— son suficientes. Lo que nos interesa es una obra; Lowry descansa en paz; no así el Cónsul, ni nosotros.

I

"De golpe las vio, las botellas de aguardiente, anís, jerez, Highland Queen, los vasos, una babel de vasos —hacia arriba, como ese día el humo del tren— subidos hasta el cielo y cayendo luego, los vasos quebrados, los vasos volcados cuesta abajo por los jardines del Generalife, las botellas rotas, botellas de oporto, tinto, blanco, botellas de Pernod, Oxygenée, ajenjo, botellas destrozadas, botellas descartadas que caen sordamente en parques, debajo de bancos, de camas, de sillas de teatro, escondidas en los escritorios de los consulados, botellas de calvados soltadas y quebradas, o vueltas trizas, arrojadas en los basureros, lanzadas al mar, al Mediterráneo, al Caspio, al Caribe, botellas flotando en el océano, escoceses muertos en las colinas del Atlántico
—y ahora las veía todas, las olía todas, desde el comienzo mismo—, botellas, botellas, botellas y vasos, vasos, vasos, de bitter, Dubonnet, Falstaff, rye, Johnny Walker, Vieux Whiskey Blanc Canadien, los aperitivos, los digestivos, los medios, los dobles, el noch ein Herr Obers, el et Glas Araks, las botellas, las botellas, las hermosas botellas de tequila y las calabazas, calabazas, los millones de calabazas de hermoso mescal...".

Esta modesta enumeración sugiere muy bien las actividades extraprofesionales de Geoffrey Firmin, Cónsul de la Gran Bretaña en Quauhnahuac (Guanajato). Ex cónsul, mejor dicho; en noviembre de 1938 hace ya unos meses que Firmin renunció a su cargo y a la carrera; además, las relaciones de México e Inglaterra están suspendidas porque Lázaro Cárdenas ha nacionalizado los petróleos. Está concluyendo la guerra civil española; va a comenzar la guerra mundial. Los dos hechos impregnan la novela e inciden, finalmente, en el propio Cónsul, pese a que son otros los negocios de éste, y a que siempre se empeñara en ignorarlos.

Los episodios principales de Bajo el volcán transcurren en menos de veinticuatro horas, en el día de difuntos de 1938. Firmin prolonga, en el bar del Hotel Bella Vista, el sólito ejercicio a que se dedicara la noche anterior, con motivo del "Gran Baile a Beneficio de la Cruz Roja". Su mujer, Yvonne, llega al hotel desde el aeropuerto; al verlo en el bar los dos deciden ir más bien a la casa del Cónsul. Meses antes, Yvonne lo había abandonado y había pedido el divorcio; ahora vuelve, a tratar de recuperarlo, o de rescatarlo. Geoffrey tiene de huésped a su hermano Hugh; horas más tarde a los tres se añade Jacques Laruelle, el cónsul de Francia. Tras la visita de Laruelle, el paseo a un pueblo cercano, para asistir a una novillada; al caer de la tarde Firmin ya soporta mal las variadas libaciones del día. Hace una escena en un restaurante y se marcha. Anochece; Yvonne y Hugh salen a buscarlo por las cantinas y los bares de la carretera. Hay una tempestad eléctrica; en un mal paso del camino un caballo espantado se precipita sobre Yvonne y la mata a coces. El Cónsul se había encaminado a El Farolito, una de sus cantinas predilectas; allí, un burócrata politiquero, católico y fascista, lo provoca; luego, junto a un árbol situado frente a la cantina, le descarga tres tiros. En noviembre de 1939, Laruelle, próximo a regresar a Europa, evoca, en una larga caminata por Guanajuato, algunos de esos hechos; pero su relación corresponde al capítulo primero del libro.

Mas esto no es ni siquiera el esqueleto de la narración. Uno de los factores que hacen difícil la lectura de Bajo el volcán es la convergencia de datos sobre los protagonistas. Exceptuando el primer capítulo, la narración sigue a partir de la llegada de Yvonne y de su encuentro con Geoffrey, un orden lineal: Lowry narra los hechos tal como transcurren, en sucesión, desde la mañana hasta las primeras horas de la noche, y podría trazarse un gráfico, o un plano que indicara la situación de los protagonistas en todos los momentos del día. Su exactitud es, por momentos, irritante: Lowry dice con precisión maniática cómo se distribuyen los pasajeros en un bus, o cuáles variantes ofrece la topografía durante todos los momentos de una caminata campestre. Pero tales acciones, situadas en el presente, se mezclan a alusiones, informaciones, revelaciones sobre el pasado de los personajes. Al Cónsul le tiemblan en tal forma las manos que Hugh, piadosamente, se encarga de afeitarlo. Mientras efectúa esta operación, va recordando fragmentos de su vida de estudiante, va reconstruyendo la época en que se dedicó a tocar la guitarra y pensó convertirse en un músico profesional. Cuando Hugh pasea con Yvonne, lo que se entremezcla a la conversación, y a las descripciones topográficas, y a los gestos, a las acciones que efectúan los dos, es el sumario de la romántica huida de Hugh para alistarse en la marina, o sus más recientes y no menos románticas experiencias como corresponsal en la guerra de España. En un momento dado, el lector tiene una visión, razonablemente completa y coherente, de vastas regiones del pasado de Hugh y de sus inquietudes y propósitos actuales. Pero Lowry, perversamente, se explaya sobre algunos puntos —elegidos por él en forma misteriosa y arbitraria— para callar sobre otros. Con Yvonne ocurre algo semejante. Lowry cuenta, por ejemplo, cómo en su niñez fue actriz de cine, una niña prodigio cuyos éxitos no se renovaron al llegar a la mayoría de edad. Y aprovecha el tema para insertar una parodia feroz de la prosa periodística, al transcribir el texto de un artículo sobre "el retorno de la niña precoz, convertida en floreciente mujer" a Hollywood. Sabemos, pues, dónde nació Yvonne, cómo trancurrió su infancia; sabemos algo de su primer matrimonio, del divorcio, del hijo muerto. En cambio, Lowry calla sobre los pormenores de su vida con el Cónsul; dice que se conocieron y se casaron en Granada, en 1935; que Yvonne salió de Quauhnahuac en diciembre de 1937; mas nada aparece, salvo alguna frase suelta, alguna alusión oblicua, sobre los años en que vivieron juntos. "[Su imaginación] volvió abruptamente a Yvonne. ¿La habría olvidado, realmente?, pensó. Miró de nuevo el cuarto. ¡Ah!, en cuántos cuartos, sobre cuántos divanes, entre cuántos libros encontraron ellos su propio amor, su matrimonio, su vida común, una vida que, pese a sus muchos desastres —más aún: a su total calamidad [...]— no estuvo desprovista de victoria. Mas por cuán poco tiempo. Porque demasiado pronto comenzó a parecer demasiado triunfal, a ser algo demasiado bueno, algo horriblemente inimaginable de perder, imposible, en últimas, de soportar; era como si esa vida se hubiera convertido en su propio augurio de que no podía durar, un augurio que era también como una presencia", etc. Yvonne, se dice el Cónsul, "fue un intermedio".

Intermedio: ¿qué había antes, qué hubo después? Como es obvio, el catálogo de las botellas. Mas Lowry sólo lo insinúa, y oscurece más la relación de los personajes al decir que Yvonne fue amante de Laruelle y de Hugh, y al no añadir nada sobre las circunstancias de esos episodios. ¿Por qué el rencor de Geoffrey con Yvonne? ¿El abandono? ¿La infidelidad? Es un enigma; y no menos enigmático es el otro factor, el del amor absoluto, total y desesperado que le profesa Yvonne a ese individuo lamentable en que se ha convertido, o que ha sido siempre, el Cónsul.

Y del propio Firmin se sabe menos aún. También la infancia, niñez en Inglaterra, unas vacaciones en Francia donde conoce a Laruelle (y Lowry se complace en establecer vínculos, recurrencias, esquemas, patrones en la trama de las vidas, como esos viejos novelistas que abusaban de las "coincidencias"), la guerra del 14 y un turbio episodio, mezcla de heroísmo y de cobardía, cuando el Cónsul servía en la marina real. Luego un velo total; nombres de ciudades; un libro en estado de vaga ejecución; unas frases de Laruelle: "El oficio del pobre Cónsul era sólo una retirada ya que inicialmente trató de ingresar al Servicio Civil de la India pero, por una u otra razón, entró al Servicio Diplomático, sólo para ser rebajado a consulados cada vez más remotos, y finalmente a la sinecura de Quauhnahuac, un cargo en cuyo ejercicio era poco susceptible de convertirse en un estorbo para el Imperio".

El cónsul Geoffrey Firmin es, por tanto, muy simple y transparentemente, un alcohólico, y el infierno adonde Lowry tiene el atrevimiento de invitar al lector es un infierno trivial, sin interés y sin grandeza. Los datos personales de su protagonista hacen de él un sujeto para el psicoanálisis o la psiquiatría. Un caso patológico, es decir, patético. Pero el patetismo no es la materia de que están hechos los héroes ni, muchísimo menos, la materia de la literatura. Con excepciones notorias —La cabaña del Tío Tom o la novela "indigenista" latinoamericana— la conmiseración o la lástima no son los sentimientos que debe suscitar una gran literatura. ¿Y qué es el Cónsul, además de lastimoso? Es cómico también, por momentos; pero Lowry se encarga muy bien de controlar esa comicidad y de reducirla a episodios, a incidencias, dentro de una función semejante a la que cumple lo cómico en el drama español o en el drama isabelino.

Por supuesto, hay que tener en cuenta la muerte de Firmin, la insensata gallardía con que golpea al truhán que quiere despojarlo de las cartas (sin abrir) de Yvonne. Mas, ¿no estaría el Cónsul, en ese instante y una vez más, en ese estado de la bocharrera que se denomina amnesia o, más técnicamente, laguna? Firmin no quería morir así, en ese momento, ni por esas razones; Firmin, acaso, nunca supo que iba a morir. De todas formas, había muerto ya muchas veces, en simulacros acaso tan terribles como la terrible muerte verdadera. A Lowry no lo intimidan los lugares comunes y subraya pesadamente el modo de la muerte del Cónsul: como un perro. Pero no hay nada ejemplar ni excepcional ni exaltante en ese momento en que, como dice Sartre, la existencia se transforma en destino. ¿De qué existencia sale Geoffrey Firmin? ¿Para desembocar en qué destino? La primera pregunta es fácil de responder: íntegramente —y exclusivamente— su respuesta se halla en las páginas de Bajo el volcán.

II

¿Qué existencia abandona Geoffrey Firmin? Laruelle le recuerda cómo, literalmente, se tumbaba a gemir debajo de las mesas, implorando la vuelta de Yvonne; el señor Bustamante, el dueño del cine, notó compasivamente que el Cónsul usaba zapatos sin medias pero le atribuyó una motivación inexacta a ese hecho; no, no era falta de dinero; era la neuritis alcohólica la que convertía en algo terriblemente doloroso el hecho de ponérselas. Para ese, y para todos los demás hechos, hay una explicación. Yvonne y él han llegado, en la mañana, a la vieja casa, al decadente, bárbaro sitio que una vez fuera un jardín. Mientras Yvonne se baña y se cambia, el Cónsul, consular e irreprochable, va por la Calle Nicaragua en busca de un mescal, cuando, dice Lowry, "de súbito la Calle Nicaragua se levantó a encontrarlo". Un turista lo ayuda a levantarse, y Firmin luego reconstruye el caso: "No, él no era persona de dejarse ver arrastrándose por las calles. Claro que, en caso de necesidad podía acostarse en la calle, como un caballero; pero arrastrarse, no. ¡Qué mundo éste, que pisotea por igual a la verdad y a los borrachos!".

Por la tarde, al salir de la novillada en Parián, Yvonne, Geoffrey y Hugh van al Salón Ofelia. Mientras el señor Cervantes, propietario del establecimiento, les lleva la comida, el Cónsul empieza a hablar:

"Hablaba de los jardines Borda en Quauhnahuac, al otro lado del cine de Bustamante y de cómo, por alguna razón, le recordaban siempre la terraza del Nishat Bagh. El Cónsul estaba hablando de los dioses védicos, que no estaban propiamente antropomorfizados, mientras que Popocatepetl e Ixtaccihuatl... ¿O no? De todos modos el Cónsul hablaba, una vez más del fuego sagrado, del fuego de los sacrificios, de la prensa de piedra soma, las ofrendas de viandas y de bueyes y de caballos, el sacerdote que cantaba trozos de los Veda, cómo los ritos libatorios, simples al comienzo, se hicieron cada vez más complicados con el paso del tiempo y el ritual tenía que efectuarse con un cuidado meticuloso ya que el menor descuido podía invalidar el sacrificio. Soma, bang, mescal, ah, sí, mescal, había vuelto a ese tema y lo había abandonado tan astutamente como antes. Hablaba de la inmolación de esposas y del hecho de que, en la época a que se refería, en Taxila, a la entrada del paso de Khyber, la viuda de un hombre sin hijos podía contraer matrimonio con su cuñado. El Cónsul se encontró proclamando una oscura relación, aparte de la puramente verbal, entre Taxila y Tlaxcala: porque cuando el gran discípulo de Aristóteles-Yvonne-Alejandro llegó a Taxila, ¿no había estado ya, igual que Cortés, en comunicación con Ambhi, el rey de Taxila, quien había visto en la alianza con un conquistador extranjero una oportunidad excelente para deshacerse de su rival, no Moctezuma en este caso, sino el monarca Parauve, que dominaba la región entre el Jhelma y el Chenab? Tlaxcala... El Cónsul estaba hablando, como sir Thomas Browne, de Arquímedes, Moisés, Aquiles, Matusalén, Carlos V y Poncio Pilato. El Cónsul hablaba, además de Jesucristo, o más bien de Yus Asaf quien, de acuerdo con la leyenda cachemira, era Cristo: Cristo, que al descender de la cruz caminó hasta Cachemira en busca de las perdidas tribus de Israel y murió allí, en Srinigar...

"Pero había un leve error. El Cónsul no estaba hablando. Aparentemente no. El Cónsul no había emitido una sola palabra".

Esta última cita nos sitúa en una zona central del estilo de Lowry. He tratado de decir lo evidente: que Geoffrey Firmin, y los otros personajes, y sus situaciones respectivas (o su inter-situación) son ante todo creaciones literarias, y que de la literatura emana su coherencia y su necesidad. Firmin, extraído de la prosa de Lowry, es un personaje irrisorio; demarcado por ésta, encarnado en ésta, su peripecia escapa totalmente a la banalidad. O sea que tenemos que llegar a la verdadera dimensión del asunto: el problema del Cónsul no es un problema de psicoanálisis; es un problema de estilo.

El supuesto monólogo de Firmin, decía, revela los procedimientos de Lowry. Una transcripcion como ésta indica que, contra lo que primero sugieren las apariencias, Lowry no es un innovador. Joyciano, woolfiano o faulkneriano, ciertamente este tipo de monólogo no es un aporte de Lowry a la novela contemporánea. Aquí el escritor aprovecha lo que otros habían puesto a su disposición; pero el procedimiento (stream of consciousness, monólogo interior, o como se llame) nunca se empobrece en manos de Lowry. Por el contrario: Lowry lo templa y lo vuelve vibrante, y todos esos asomos al mundo interior de Firmin son sobrecogedores porque el mundo que muestran está al borde del estallido, de la consumación, del final.

Jorge Luis Borges escribió sobre Gracián: Laberintos, retruécanos, emblemas, / helada y laboriosa nadería, / fue para este jesuita la poesía, / reducida por él a estratagemas. Al morir quizás lloró o quizás la luz de Dios lo dejó ciego. Pero Borges añade:

Sé de otra conclusión. Dado a sus temas

minúsculos, Gracián no vio la gloria

y sigue revolviendo en su memoria

laberintos, retruécanos y emblemas.

Firmin tampoco veía nada fuera de las vastedades o las minucias de su mundo exclusive. A un ser retraído de la realidad, interesado sólo en la realidad propia que se había construido, no podía mostrársele en otra forma que por medio de esos soliloquios en los que si bien no aparece el sentido de la intimidad del Cónsul, sí se ve al menos, negativamente, su alejamiento del mundo. Envuelto en sus "laberintos, retruécanos y emblemas" personales, el protagonista de Bajo el volcán tiene sólo unas pocas y cautas relaciones con el mundo exterior o con el mundo, a secas, y en cierto modo podría decirse del libro que constituye un relato de los fracasados intentos de hacer retornarlo de su región particular, un erial, pero morosamente frecuentado. No sólo los contactos de Firmin con la realidad son mínimos, sino que apenas puede decirse, de él mismo, que sea real: su modo de ser consiste en una recurrencia cíclica, en una espiral, más bien: las curvas tienden todas a volver a su punto de origen, pero cada vez se alejan más de él; los puntos de referencia del Cónsul le pertenecen a él solo; la mujer que llora no es Yvonne, sino una criatura válida únicamente entre copa y copa de mescal, un elemento de su delirio, tan fantástico como los ritos religiosos de los aztecas o de los hindúes. Y esta demostración la hace Lowry mediante el pillaje: entrando a saco en innovaciones ajenas. Una rapiña legítima: la justifican el libro, el personaje.

Hay otro recurso que Lowry exacerba también, y lo exacerba hasta tal punto que se convierte en originalidad. Me refiero al bilingüismo. A veces es detestable (Revolution rages too in the tierra caliente of each human soul), pero habitualmente opera para acentuar el efecto de alucinación, de desarraigo: la ciudad de Guanajuato, los mexicanos, se vuelven tan irreales como el Cónsul y viven sólo en ese recinto estrechísimo, claustrofóbico, en que Lowry ha metido a su personaje:

Naturalmente", Dr. Vigil said. "But think if you are very serious about your progresión a ratos you may take a longer journey even than this proposed one" [...] "Me too unless we contain with ourselves never to drink no more. I think, mi amigo, sickness is not only in body but in that part used to be call: soul". "Soul?" "Precisamente", the doctor said [...] "But a mesh? Mesh. The nerves are a mesh, like, how do you say it, an eclectic systemë". "Ah, very good", the Consul said, "you mean an electric system". "But after much tequila the electric systemë is perhaps un poco descompuesto, comprenez, as sometimes in the cine: claro?

Aquí el español sirve para acentuar la caricatura. Otras veces los nombres son signos o símbolos. Así, el de la Calle de Tierra del Fuego o el de la cantina de El Farolito. Cuando viajan a Parián el Cónsul hace una exégesis muy aguda sobre el sentido verdadero de la palabra pelado (pelado es una de las últimas palabras que escucha antes de morir. La otra es compañero). La sima de la borrachera consular de ese día la marca la lectura de un folleto sobre Tlaxcala, redactado en ese inglés especial para uso de los turistas, del que sólo puede dar idea un folleto genuino o una parodia como la de Lowry.

Los nombres, los letreros, las leyendas sufren, dentro de la óptica de Lowry, sucesivas traducciones. "Las manos de Orlac. Con Peter Lorre": el anuncio del film nunca se limita en su función a ser eso, anuncio: siempre delata, siempre insinúa algo más a los protagonistas que lo van leyendo sucesivamente. Los nombres se transmutan, se vuelven fláccidos, ambiguos: de ahí el permanente empleo del juego de palabras, de ahí la transmutación (en el idioma personal del Cónsul) de Popocatepetl en Popeye. La indecisión de las palabras se agrava, por supuesto, en los objetos; el mundo vegetal, los insectos, los transeúntes, las cosas inanimadas hablan permanentemente un lenguaje secreto, sin 1ógica, pero con elocuencia. Firmin contempla unos murales de Rivera:

La parte de los murales que estaba viendo representaba, como él bien lo sabía, a los tlahuicanos, que habían muerto por el valle en que vivían. El artista los había representado con sus trajes de batalla, con máscara y pieles de lobos y de tigre. Mientras las miraba era como si estas figuras se fueran concentrando silenciosamente. Ahora se habían convertido en una sola figura, una figura inmensa, malévola, que lo miraba fijamente. Súbitamente, esta figura pareció adelantarse, y que hacía luego un movimiento violento. Podría ser —lo era, evidentemente— que estuvieran ordenándole marcharse.

Éstas, se dirá, son manifestaciones de la pathologia consularis. No exclusivamente: en otros términos, en otras voces, también los objetos se animan insidiosamente ante la mirada de Yvonne, o de Hugh, o de Laruelle. Y, una vez más, Lowry no hace sino magnificar procedimientos de otros escritos, viejos procedimientos de los surrealistas, por ejemplo. "No quiero apartarme de los errores de mis dedos, de los errores de mis ojos. Sé ahora que no son únicamente trampas groseras, sino curiosos caminos hacia algo que nada, fuera de ellos mismos, podría revelarme", dice Aragon en Le paysan de Paris. "¿Bajo qué latitud nos halla-ríamos, entregados así al furor de los símbolos, presas del demonio de la analogía, viéndonos como objetos de gestiones finales, de atenciones singulares, especiales?", dice Breton en Nadja 5 .

Esta nota se alargaría demasiado con un análisis, aunque fuera muy breve, de la deformación del tiempo y del espacio, o mejor dicho, de la presencia de una temporalidad y de una espacialidad peculiares, en el mundo de Geoffrey Firmin. Me limito, pues, a anotarla, y a señalar que, también, como estilo y como método proviene de una tradición ya establecida en la novelística actual en la fecha de publicación de Bajo el volcán. Pero tal deformación no es exclusiva del Cónsul; el trasmundo, la gesticulación, la advertencia, el guiño de las cosas llegan también a los demás individuos que habitan la novela, y a cada uno de ellos con su lenguaje propio. Y, más aún: precisamente esa super-realidad es uno de los recursos que le confieren coherencia estilística a la novela.

Mas lo que trataba de indicar, era, fundamentalmente, que Bajo el volcán no es un descubrimiento. Es, al revés, una summa. Convergen en él hallazgos e innovaciones, métodos, técnicas, enfoques que estaban en circulación hacía tiempo. Pero la misma acumulación de tales recursos es uno de los aspectos de que depende la originalidad de la novela. Lowry incorpora lo que estaba aislado o disperso; y esa avaricia, esa codicia con que reúne las maneras o los estilos, y los intercala dentro de una estructura única y cerrada, es en parte lo que determina la tensión y el hervor de su libro. ¿De qué existencia sale Firmin?, decíamos. Muy brevemente, de la que le confirió un maestro en el empleo del idioma y de las técnicas modernas de la novela. El Cónsul es, por lo tanto, y antes que nada, una creación verbal, y era necesario entonces darle una ojeada a las características más evidentes de ésa su existencia. Lowry quizás lo conoció, o lo soñó; de todas formas, lo escribió. Ésa es, por de pronto, una realidad suficiente; y es así mismo, hasta cierto punto, una realidad irreductible a otro tipo de consideraciones.

III

La realidad de Firmin está ahí, en Under the volcano, conclusa y al mismo tiempo interminable. Pero no es fácil detenerse en ella; tal fue el cónsul Geoffrey Firmin pero nosotros, los lectores, constituimos su posteridad. Como toda creación literaria tiene, pues, esta existencia adicional, que no es tanto la de la fama como la de la curiosidad o la crítica. No se trata de un juicio, sino de una proyección: los repudios o las simpatías, las certezas o los enigmas que nos sigue proponiendo un personaje como el Cónsul.

Salvo que se adopte la costumbre —ya dichosamente extinta al parecer— de llamar "héroe" al protagonista de un libro o de una novela, es difícil encontrar heroicidad alguna en Geoffrey Firmin. Por el contrario: cuanto sabemos de su vida constituye una serie de flaquezas. Tras la vertiginosa montaña de sus botellas, ¿hay algo más que fatuidad y egoísmo? En uno de sus alucinados recorridos en la trastienda del establecimiento de Cervantes, el Cónsul —que en ese momento ha alcanzado, por ese día al menos, la cúspide de su borrachera— da con una imagen de la Virgen y comienza una desesperada plegaria; por él, por Yvonne, por el sosiego, por la felicidad. Suele ser semejante al contenido de todas las plegarias; el Cónsul emite la suya con plena sinceridad y la termina con un ruego súbito —que rompe el sentimentalismo del episodio—: "Que volvamos de nuevo a ser felices en alguna parte, aunque tengamos que estar juntos, aunque sea fuera de este mundo terrible. ¡Destruye el mundo!". En este Destroy the world! está íntegro el Cónsul: temores, odios, impotencias, esterilidad, y su grito no puede ser más mezquino ni más puerilmente rencoroso.

Eso es el Cónsul, ¿es sólo eso? Pues Lowry veía en su personaje, por más que no le fuera posible decirlo explícitamente, algo excepcional y, en ese sentido, ejemplar.

En algún día, tan confuso como todos sus otros días, y mientras iba de un sitio a otro en su habitual, desordenada trayectoria, el Cónsul comenzó a escribir una larga carta para Yvonne. "Sin intención y, posiblemente, sin capacidad para el adicional esfuerzo táctil de echarla en el correo", anota Lowry. En algún momento de la carta, Firmin escribe: "No, mis secretos son de la tumba y debo guardármelos. Y es así como a veces pienso en mí mismo como en el gran explorador que ha descubierto un país extraordinario, del que nunca puede volver para darle cuenta al mundo: pero el nombre de este país es, infierno". Mas esto es sólo retórica, y como tal la utiliza Lowry: como un efecto retórico para subrayar la inestabilidad de los ánimos del Cónsul, sus oscilaciones entre la humildad y la arrogancia. No podemos pensar en el personaje como un buscador o un buceador; entre otras cosas, el gran fracaso de Firmin reside en que, si acaso visitó efectivamente los infiernos, es incapaz de relatarlo, incapaz de mostrarlo; para esa empresa no le sirven a Firmin las palabras. Él no puede enseñarle su infierno a los otros y, lo que es peor, ni siquiera a sí mismo: cuanto le queda de sus descensos y de sus abismos es sólo el terror o el alarido del delirio, algo recurrente que se presenta en forma sistemática con determinada copa de mescal y que, infaliblemente desaparece también con la dosis apropiada.

Ciertamente que hay en esto un elemento real de la magnitud del Cónsul. Él mentía al hablar del país infernal; mas en lo que reside la verdad de su abyecta aventura es precisamente en el carácter de simulacro que ésta tiene. Aquí el Cónsul se reúne con una larga fascinación a la que la humanidad ha sucumbido, o mejor, a la que han sucumbido muchos hombres. Es la seudonada. Es el remedo, la falsificación y la aproximación a la nada. Al hombre lo espanta y lo intriga esa zona de la que está, esencialmente, rechazado; la nada, que lo devora o que lo desconoce, pero a la cual no tiene acceso, en la cual concluye glacialmente su dominio. De ahí el turbio esplendor de esas aproximaciones tortuosas; de ahí el prestigio de ciertas negaciones, porque nos parece que un "No" participa, penetra a un ámbito de donde estaban excluidos la adhesión o el rechazo. Hermético al amor, al esfuerzo, a la posesión, a la vida, el Cónsul obtiene sólo un remedo horrible de la realidad, no de la nada. Pero el "No" terco y torpe del Cónsul lo reviste de cierta vana, estúpida grandeza. A mí me complace imaginarlo en el infierno, cortés, incoherente y perdidamente borracho, repitiendo en voz baja su negación, al lado de otros seres oscuros, del papa mediocre a quien Dante definió para siempre: Vidi e connobi l´ombra di colui / che fece
per viltà il gran rifiuto
.

Mas no es esta viltà exaltada el principal enfoque que adopta Lowry para sugerir algo más que curiosidad o menosprecio frente al Cónsul. Injustificable individualmente, irredimible como ser autónomo, como persona, Lowry lo envuelve en una compleja estructura de destino, y esta armazón apretada en que transcurren sus últimas horas lo magnifica —sin él o a pesar de él— al insertarlo en la realidad, o, mejor, al rescatarlo para la realidad. Porque la gran fuga de Firmin, su volverles la espalda a los hombres y al mundo, se vuelve también, en la novela, una empresa vana, pues Firmin muere mientras el mundo lo vigila, lo acompaña y lo rodea:

Pero entonces el mescal dio una nota discordante, luego una sucesión de desacordes quejosos a cuyo son parecían bailar los sinuosos surtidores, entre elusivas sutilezas de franjas de luz, entre distantes jirones de arcoiris flotantes. Era una danza fantasmal de las almas, despistadas por estas combinaciones engañosas, pero buscando aún permanencia en medio de lo perpetuamente evanescente, o de lo eternamente perdido. O era una danza del buscador y de su meta, el cual aquí persigue los colores alegres que ya ha asumido sin saberlo, o que lucha allá por identificar una escena, la mejor de todas, acaso sin darse cuenta de que él mismo era ya parte de ella...

Éstas son visiones de Firmin ante una cascada en los jardines de un hotel; en esas palabras está tal vez, tan explicítamente como resulta posible, la relación del protagonista con la realidad.

Como el Gracián de Borges no reconoce a Dios, el Cónsul no reconoce la realidad. Mas ésta, en cambio, lo convoca, lo requiere, lo abraza, y es con él magnánima y devastadora. La naturaleza, los volcanes son en el libro de Lowry acaso símbolos y, con certeza, signos: "Se recostó en la silla. Ixtaccihuatl y Popocatepetl, esa imagen del matrimonio perfecto, yacían ahora hermosos y claros en el horizonte, bajo un cielo mañanero casi puro. Debajo de él unas cuantas nubes blancas corrían alegremente tras una pálida y gibosa luna. Bebe toda la mañana, le decían, bebe todo el día. ¡Eso es vivir!" y a la mente del Cónsul acuden también los volcanes cuando yace muriendo en la cuneta, tras completar "con éxito, aunque en forma poco convencional, el más grande ascenso de todos".

La irrisión (y bajo ésta, la pobre esplendidez) del destino del Cónsul reside en que mientras más determinada es su escapatoria, mientras más ciega su negativa, más lo envuelve Lowry en la prolija, omnipresente mirada de la realidad. Es posible que ciertos recursos del escritor parezcan excesivos, y que a veces el magnífico realista que era Lowry descienda a las laxitudes de la alegoría y conjure al destino con un reprochable talante místico, en lugar de hacerlo en la frialdad y la suficiencia que suelen aguardarse de un escritor de nuestro tiempo. Yvonne y el Cónsul ven un jinete por la mañana; vuelven a verlo después, en una de las calles que dan a la plaza de Quauhnahuac; hallan más tarde, camino a Parián, al caballo sin jinete: éste yace muerto, asesinado al lado de la carretera. Cuando el Cónsul sale de El Farolito a enfrentarse con el hombre que lo va a matar, desata un caballo, el mismo caballo, con un número siete en la grupa, que unos minutos después ha de pisotear a Yvonne. Evidentemente, parece demasiado; demasiado, sobre todo, en cuanto parece implicar una confusión del destino con el azar, y erigir al destino en puro misterio, en incomprensible arbitrariedad.

Sin embargo, esta especie de molde en que Lowry va intercalando la muerte del Cónsul —esa paciente acumulación de detalles, de nimiedades, de circunstancias insignificantes, ese repetirse de la realidad, con un sentido nuevo, a medida que avanzan los acontecimientos del día y que el protagonista de la novela se encuentra al fin con la nada que tan frívolamente había buscado—, esa trama, esa organización, digo, son menos irracionales que la ausencia, el no estar, el no vivir, que Firmin ha elaborado programáticamente como su destino propio. El Cónsul, en la tarde, dialogó con un perro vagabundo, en alguna de las cantinas donde estuvo; y junto a su cuerpo alguien lanza el cadáver de un perro a la cuneta. En Parián, cuando van al Salón Ofelia, ven a un indio viejo y cojo que carga en sus hombros a otro indio más viejo o más decrépito todavía que él. Y es un miserable, un pobre hombre similar a aquel otro el que le musita al Cónsul agonizante la palabra "Compañero", cuando el Cónsul sube vertiginosamente todas las cumbres de todas las montañas, tras las cuales no hay nada.

Tal vez lo que quiso hacer Lowry en Bajo el volcán fue una refutación del "morir la propia muerte" de Rilke. El destino propio que el Cónsul quiere hacerse desemboca en una trágica futilidad, y Lowry acentúa con nitidez lo inútil, lo lastimoso del empeño. Porque Firmin ha coqueteado con la muerte y la nada, la muerte y la nada son su castigo, al final de una trayectoria en la que no encontró ni el sosiego, ni la sabiduría, ni la gloria. Todos los sitios, todos los personajes están confusa pero inextricablemente vinculados en la novela; mas esa vinculación es especialmente significativa en lo que se refiere a la pareja Yvonne-Geoffrey. Los dos, a su manera, han edificado un amor absorbente y destructor. Yvonne sueña, y sueña en voz alta, con devolver al Cónsul a un paraíso doméstico trivial, a la casita solitaria de los enamorados, al norte, frente al mar y frente al frío de la Columbia Británica, y es con esa pretensión con la que, seriamente, vuelve en búsqueda del Cónsul. Éste, por su parte, ama o ha amado a Yvonne con intensidad similar, y precisamente una de las manifestaciones, la principal, de su extravagante empeño consiste en la renuncia a ella, en la renuncia al amor, en el que ve él tersamente un escape del círculo, de la espiral en que se ha envuelto. Es un vórtice sin salida; y Firmin, que proclama que ama a Yvonne "con todo el amor del mundo", hace de ese amor algo cada vez más remoto y más abstracto, y lo aniquila al erigirlo en destino. "No tenemos sino dos cosas: la esperanza o el destino", dice Cesare Pavese. La Yvonne real queda abolida y no queda de ella sino un fragmento inmutable de pasado; inmutable porque es ya destino, porque el Cónsul no sueña ya con revocarlo, ni con darle una metamorfosis nueva con una proyección nueva sobre la realidad.

En las horas grotescas de ese conato de reconciliación entre el Cónsul y su mujer, aquél no logra nunca considerarla concretamente, personalmente. Es una imagen más: un dato tan inconmovible como la masa de los volcanes, algo detenido e intocable. Lejanamente la toma de la mano, durante el viaje en bus a Parián; mas la única vez en que Yvonne parece presentársele en su concreción, en su carnalidad, en su humanidad, es con motivo de una súbita punzada de celos que el Cónsul siente con Laruelle. Firmin ha cancelado también —¿cómo no?— el sexo; su estallido es por eso inesperado y desconcertante, de una brutalidad y de una grosería shakesperianas. Laruelle estaba en la ducha; sale del baño y le dice algo al Cónsul: "...Pero el impacto abominable, en ese momento, en su ser íntegro, ante el hecho de que ese racimo azulino de nervios y de crestas, detestablemente alargado y cucuniforme, debajo del humeante incurioso estómago, hubiera buscado el placer en el cuerpo de su esposa, lo puso a temblar de pies a cabeza". En un instante obsceno como ese, Firmin siente, aunque sea en modo atroz, la realidad de los demás; pero la convulsión pasa pronto, y el Cónsul regresa a sus divagaciones, a sus penas, a sus anhelos propios y concéntricos, a su fingida nada. Cuando, al anochecer, se acuesta con una ramerita, el acto transcurre todo en el plano de la fantasía: el Cónsul no ha tenido contacto alguno con nadie, ni ha ejecutado nada que tuviera algo que ver con el cuerpo, con el sexo, con el instinto. Y no hablemos del placer.

Pero Firmin no puede morir una muerte propia. Muere, como todos los hombres, una muerte en la que el mundo participa. Tal es lo que Lowry muestra en Bajo el volcán, al concertar, temática y estilísticamente, esa muerte dentro de un universo. Comprende este universo a los seres que más próximamente rodean al protagonista, y quienes apenas, al parecer, lo rozan; comprende un ámbito no humano, sutilmente acucioso, sin embargo, y que de modo impenetrable e indefinible parece tomar parte en el mísero derrotero de Geoffrey Firmin. Éste ha pretendido atribuirse un destino heroico, en el sentido de pretender darle a la existencia el carácter de un negocio exclusivo entre él —y él solo— y el mundo, o los dioses, o lo que fuere. Para contradecirlo. Lowry hace vibrar, hasta la alucinación, hasta lo insoportable, a las cosas y a los hombres que lo rodean, y enmarca el trayecto de Firmin, en ese día de difuntos de 1938, en una malla de sentimiento, de acciones, de visiones, de signos, más envolvente y más implacable que aquélla que envolvió a Agamenón. Porque esa red es la realidad que, imperiosa y certera, le organiza y le da un sentido al extravío del Cónsul, como nunca pudo éste preverlos ni soñarlos. El mundo no ha sido ignorado ni, mucho menos, destruido. Irónica y misericordiosamente el mundo hasta recuerda al Cónsul. Cuando Laruelle, un año después, regresa a su casa, tras un largo recorrido por las afueras, por las calles de Quauhnahuac, se encuentra con un jinete borracho, y evoca entonces al jinete de un año atrás:

...e imaginó al jinete [...] galopando temerariamente a la vuelta de la esquina por la calle Tierra del Fuego, adelante, los ojos furiosos como los de quien pronto va a mirar a la muerte, a través de la ciudad... Y esto también, pensó de súbito, esta visión maníaca de frenesí insensato, pero sujeto, no del todo desbordado, también esto, oscuramente, fue el Cónsul...