Ficha bibliográfica
Titulo:
La Conquista
Edición original: 2004-02-19
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-19
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Miguel Antonio Caro
 

 

La Conquista
Miguel Antonio Caro

I

E l célebre historiador inglés Tomás Bábington Macaulay principia su artículo sobre Lord Clive (escrito en 1840) admirándose, con candoroso nacionalismo, de que la historia de la conquista y subyugación de la India Oriental por los ingleses no haya despertado jamás, en Europa, ni en Inglaterra mismo, el interés con que cautiva los ánimos la historia de la conquista y colonización de América por los españoles. Pocos habrá que ignoren el nombre del vencedor en México y Otumba, y que no hayan oído hablar de los caudillos que avasallaron el suelo de los incas; pero apenas habrá uno entre muchos en Inglaterra (por lo menos hace cuarenta años, si hemos de estar al dicho de Macaulay) que dé razón de quién ganó la batalla de Buxar, de quién ordenó la matanza de Patna, de si Smajah Dowlah reinaba sobre el Uda o sobre Travancora, y otros puntos semejantes.

Y no acierta a comprender Macaulay esta preferencia que da el público a las conquistas españolas de América, sobre las invasiones inglesas de la India, cuando considera que la población sometida por los ingleses era diez veces mayor que la de los indios americanos, y había alcanzado un grado de civilización material superior a la que tenían los mismos españoles cuando acometieron la conquista del Nuevo Mundo.

En otro de sus ensayos, el que se refiere a la Guerra de sucesión en Españas, reconoce el mismo insigne escritor que España, en el siglo en que guerreaba a un tiempo en Europa y en América, era la más poderosa y fuerte, al par que la más sabia y amaestrada potencia del mundo; pero en la ocasión citada, tratándose de un paralelo entre el valor de la nación que no vio ponerse el sol en sus dominios, y el del pueblo insular que amenaza a todos con el tridente, el avisado crítico, a pesar de serlo, y mucho, el autor de los mencionados ensayos, no quiso ver, o su orgullo nacional le vendó los ojos para que no viese, que el consabido sufragio del público leyente de todos los países en favor de la historia de nuestra América, comparada con la usurpación de la India Oriental, siendo, como es, voto general y unánime, no ha de graduarse de caprichoso y necio; antes hay que reconocer que se apoya en razones poderosas, y al crítico en casos tales no incumbe ensayar refutaciones de la opinión universal, sino desentrañar y descubrir los motivos y fundamentos que la explican.

La conquista de América ofrece al historiador preciosos materiales para tejer las más interesantes relaciones; porque ella presenta reunidos los rasgos más variados que acreditan la grandeza y el poderío de una de aquellas ramas de la raza latina que mejores títulos tienen a apellidarse "romanas": el espíritu avasallador y el valor impertérrito siempre y dondequiera; virtudes heroicas al lado de crímenes atroces; el soldado vestido de acero, que da y recibe la muerte con igual facilidad, y el misionero de paz que armado sólo con la insignia del martirio domestica a los hijos de las selvas; el indio que azorado y errante vaga con los hijos puestos al seno (como decía ya Horacio de los infelices que en su tiempo eran víctimas de iguales despojos, sin las compensaciones de la caridad cristiana), o que gime esclavizado por el duro encomendero; y el indio cantado en sublimes versos por un poeta aventurero, como Ercilla, o defendido con arrebatada elocuencia en el Consejo del Emperador por un fraile entusiasta como Las Casas, o protegido por leyes benéficas y cristianas, o convertido a la de amor y justicia por la paternal y cariñosa enseñanza de religiosos dominicos o jesuitas; la codicia intrépida (no la de sordas maquinaciones) que desafiando la naturaleza bravía corre por todas partes ansiosa de encontrar el dorado vellocino; y la fe, la generosidad y el patriotismo que fundan ciudades, erigen templos, establecen casas de educación y beneficencia, y alzan monumentos que hoy todavía son ornato y gala de nuestro suelo. Singular y feliz consorcio, sobre todo (salvo un período breve de anarquía e insurrecciones que siguió inmediatamente a la Conquista) aquél que ofrecen la unidad de pensamiento y la uniformidad del sistema de colonización, debido a los sentimientos profundamente católicos y monárquicos de los conquistadores, y el espíritu caballeresco, libre y desenfadado, hijo de la Edad Media, que permite a cada conquistador campear y ostentarse en el cuadro de la historia con su carácter y genialidad propios. Así, Cortés no se confunde con Pizarro, ni Quesada se equivoca con Belalcázar; así, el caballero que por puntos de honor, o lances de amor, desenvaina fácilmente y enrojece la espada, se entrega sumiso como vasallo a un juez de residencia, y aun dobla con resignación el indómito cuello, llegado el caso, ante la inflexible cuchilla de la justicia.

II

Lo que es de notar, y lo que no observa Macaulay, es que las glorias de la Conquista han crecido y abiértose camino, no por esfuerzos de la misma raza conquistadora, enderezados a ensalzarlas y pregonarlas, antes a pesar de la emulación de los extraños, como era de esperarse, y también de la indolencia y aun de las renegaciones de los propios, que es género de oposición con que de ordinario no tropezaron las glorias de otras naciones. Los primeros cronistas de aquellos sucesos consignaron los hechos con candor y sencillez, sin adornarlos con las flores del estilo; sólo siglos después empleó Solís los artificios de la elocuencia para popularizar y hacer gustosa la historia de Hernán Cortés, más seca pero más pura en las desnudas y cándidas páginas de Bernal Díaz. Muchas de aquellas relaciones, en cuya publicación debían de estar interesados los españoles todos, permanecían inéditas, y otras lo están aún. Sólo en los últimos años han salido a luz obras manuscritas y casi desconocidas, de Oviedo y de Las Casas, las Guerras de Quito de Cieza de León, cartas de Indias de gran valía y otros documentos preciosos, gracias al celo de la Academia de la Historia, a la protección del Gobierno español, y a la diligencia y el estudio de eruditos particulares, como los señores D. Justo Zaragoza y D. Marcos Jiménez de la Espada. No de esfuerzos semejantes para reivindicar legítimas glorias, dio ejemplo nuestra raza en tiempos anteriores, ni menos a principios de la presente centuria, cuando los peninsulares con mal entendido y tardío desengaño se empeñaban en conservar las colonias de América, que los errores de su propio Gobierno, más tal vez que el anhelo de emancipación de sus hijos, les arrebataban para siempre de las manos. Dominados ellos de las ideas filantrópicas predicadas por el enciclopedismo francés, o creyendo que expiaban las culpas de Corteses y Pizarros, sin ver la viga presente en el ojo propio, sin considerar que la expulsión de los jesuitas por el rey Carlos III, y la propaganda volteriana de los consejeros y validos de aquel monarca y de su inmediato sucesor, eran los verdaderos errores que ellos estaban purgando, las causas que de cerca determinaban la pérdida de las Américas; y nosotros, figurándonos que íbamos a vengar los manes de Moctezuma y a libertar la cuna de los incas; españoles peninsulares y americanos, todos a una, aquende y allende los mares, de buena fe a veces, otras por intereses o por ficción, maldecíamos y renegábamos de nuestros comunes padres. Con voces de poetas ibéricos e indianos pudo formarse entonces horrísono coro de maldiciones contra la Conquista. El lenguaje de Olmedo, por ejemplo, en medio de sus exageraciones enérgicas y brillantes, no difiere en el fondo del amargo sentimentalismo de Quintana, que con la misma pluma con que trazó las biografías de Pizarros y Balboas, adulaba en sus odas famosas a la "virgen América".

Con sangre están escritos

En el eterno libro de la vida

Esos dolientes gritos

Que tu labio afligido al cielo envía,

Claman allí contra la patria mía

Y vedan estampar gloria y ventura

En el campo fatal donde hay delitos.

¿No cesarán jamás? ¿No son bastantes

Tres siglos infelices

De amarga expiación? Ya en estos días

No somos, no, los que a la faz del mundo

Las alas de la audacia se vistieron,

Y por el ponto Atlántico volaron,

Aquellos que al silencio en que yacías

Sangrienta, encadenada te arrancaron.

Así cantaba en 1806 el más brioso, el más popular de los poetas españoles de aquel tiempo; y esas valientes estancias en que protestaba que los españoles de entonces no eran los mismos españoles del siglo XVI, del siglo de la grandeza de España, corrían en España con aplauso. Los tres siglos de servidumbre siguieron sonando lo mismo en los ensayos históricos del célebre literato y estadista peninsular Martínez de la Rosa (Guerra de las Comunidades de Castilla) que en los escritos patrióticos de nuestro insigne Camilo Torres (Memorial de agravios). Dijérase que españoles europeos y americanos, no contentos desde los albores de 1810 con despedazarnos y desacreditarnos recíprocamente, sólo nos dábamos la mano en el común empeño de ahogar las tradiciones de nuestra raza, y que con desdén altivo, y aun con lágrimas que hacíamos alarde de verter 1 (y que si alguno las vertió realmente, mejor se hubieran empleado en llorar pecados propios), aspirábamos a borrar, si posible fuese, los orígenes de la civilización americana.

Deplorable es, y lástima profunda inspira, la situación de una raza enervada que por único consuelo hace ostentación de los nombres de sus progenitores ilustres. ¿De qué ha servido a los modernos italianos decir al mundo con palabras y no con hechos, que descienden de los Césares y Escipiones? Pero es doloroso también, síntoma de degeneración y de ruina, y rasgo de ingratitud mucho más censurable que la necia vanidad, la soberbia y el menosprecio con que un pueblo cualquiera, aunque por otra parte esté adornado de algunas virtudes, apenas se digna tornar a ver a su cristiana y heroica ascendencia. El nacionalismo que se convierte en una manía nobiliaria, es vicio ridículo; pero el antipatriotismo es peor. A la España de ambos mundos en el presente siglo ha aquejado esa dolencia: esa "conformidad ruin" con el desdén extranjero, "en sujetos descastados que desprecian la tierra y la raza de que son, por seguir la corriente y mostrarse excepciones de la regla". "El abatimiento, el desprecio de nosotros mismos", añade el orador cuyas palabras estamos transcribiendo 2 , "ha cundido de un modo pasmoso; y aunque en los individuos y en algunas materias es laudable virtud cristiana, que predispone a resignarse y someterse a la voluntad de Dios, en la colectividad es vicio que postra, incapacita y anula cada vez más al pueblo que lo adquiere".

¿Y por dónde empezó la tentación de despreciarnos en comparación con el extranjero, si no fue por esas declaraciones contra los tres siglos, es decir, contra nuestra propia historia? ¿Y de dónde nació esa peligrosa y fatal desconfianza en nosotros mismos, sino del hábito contraído de insultar la memoria de nuestros padres, o de ocultar sus nombres, como avergonzados de nuestro origen? Natural y facilísimo es el tránsito de lo primero a lo segundo, como es lógico e inevitable el paso de la falta cometida al merecido castigo.

Muy lejos estamos de desconocer los méritos contraídos a fines del pasado siglo o principios de éste por el diligente rebuscador Muñoz, por el sabio y virtuoso historiador Navarrete, y en conjunto por la Real Academia de la Historia. Pero la verdad es que quienes más han contribuido, no sólo por la forma literaria de sus trabajos, sino por la imparcial procedencia de sus sufragios, a demostrar al mundo la importancia de los anales de la conquista y colonización americanas, han sido algunos hijos de este Nuevo Mundo, pero no latinos por su raza, ni por su religión católicos. Convenía que así fuese, para que se hiciese la justicia fuera de casa, y manos heterodoxas levantasen el entredicho impuesto por nosotros mismos a nuestra historia colonial. Oportet haereses esse.

Con efecto, luego de que las colonias inglesas de la América del Norte hubieron consumado su emancipación y entrado en el goce del self-government, no faltaron naturales del país, descendientes de buenas y acaudaladas familias inglesas, que estuviesen adornados de una educación clásica, y a los recursos materiales que demanda la independencia literaria reuniesen la vocación y capacidad necesarias para acometer extensas y variadas investigaciones históricas. Los anales de su tierra nativa les eran campo estrecho e infecundo: no hallaban allí ni las uniformes corrientes tradicionales que marcan el rumbo a la filosofía de la historia, ni los animados episodios y sucesos particulares que constituyen la poesía de la historia; y así, mal que les pesase renunciar a la escena nativa, convirtieron las miradas al Mediodía, y cautivada su atención por el descubrimiento y la conquista de la América Española, a esta región histórica se trasladaron, y a ilustrarla consagraron con éxito afortunado sus vigilias; siguiendo en esta migración intelectual la costumbre de las razas del Norte, que estimuladas por la necesidad dejaron muchas veces sus nebulosos asientos, e invadieron los países meridionales en demanda de climas más benignos y de tierras más fértiles y hermosas.

Washington Irving abre la carrera trazando la historia de los compañeros de Colón. Prescott explotando casi ciego (ejemplo memorable de energía moral y mental) inmenso acopio de documentos, en gran parte manuscritos, ilustra a un mismo tiempo la historia de la Península y la de las colonias, con sus admirables trabajos sobre los Reyes Católicos y Felipe II, sobre la Conquista de México y la del Perú. Y tanto halago tuvieron para los literatos anglo-americanos los asuntos españoles —tanto que ha llegado a cultivarse entre ellos el castellano—, que hubo quien se animase a escribir la Historia de la literatura española. Llevó a cabo esta difícil empresa Jorge Ticknor, mostrando en todas las páginas de su libro que le guiaba criterio recto y sano, y que no sólo poseía vastísima erudición, sino también —lo que es más de admirar, por la rareza del caso— un conocimiento tan profundo como delicado de una lengua que no era la suya. Cuidó de incluir en su cuadro los escritores castellanos y triste es confesar que para muchos compatriotas nuestros, que ni siquiera sospechaban que hubiese nuestro suelo producido escritor ni sabio alguno durante los tres siglos de tinieblas, las doctas páginas escritas por el literato de Boston fueron una revelación súbita de que teníamos también una literatura colonial 3 .

Y no se crea que estos tributos valiosísimos que los literatos septentrionales han rendido a la olvidada Musa de nuestra historia colonial, hayan procedido de circunstancias violentas, de caprichos y aberraciones que los divorciasen de su abolengo, de aquel antipatriotismo que sabe engendrar el desprecio de las cosas propias, pero que no por eso mueve a ilustrar con paciente y sagaz investigación las ajenas, porque ningún vicio es inspirador de virtudes. No se piense, por ejemplo, que los citados escritores anglo-americanos fuesen despreciadores ni despreciados de los ingleses, ni estuviesen reñidos con el público ilustrado de Inglaterra. "Los americanos, siempre celosos de su independencia política —dice un atento observador de las costumbres de aquel pueblo—  y aborrecedores de las instituciones británicas, se muestran sobremanera sumisos y sensibles al qué dirán del público inglés. El hecho no es —añade— tan sorprendente como a primera vista parece, porque no puede haber realmente más que un cetro para el pensamiento inglés, para la literatura inglesa, la cual irradia y alcanza a dondequiera que se hable inglés" 4 . Y el ejemplo que trae el autor de estas observaciones viene como anillo al dedo a nuestro intento, porque se refiere precisamente al biógrafo de los compañeros españoles de Colón.

Mr. Irving no alcanzó el crédito literario de que gozó en los Estados Unidos sino después de que el editor inglés Murray le dio tres o cuatro mil guineas por una de sus obras. No iban, pues, aquellos historiógrafos a formar haces de glorias españolas para echárselas en rostro al pueblo inglés; ni tampoco fundaban esperanzas de buen éxito para sus obras en la acogida que éstas pudieran obtener del público español. Su público era el inglés, y no el cismarino, sino el de ambos mundos. Sus obras corrían en inglés, y para que más tarde fuesen traducidas en castellano y mereciesen precisamente asegurar su crédito en la lengua en que se escribieron. El resultado ha sido que las ediciones inglesas se han repetido en mayor número que las españolas; y aun la traducción castellana del trabajo de Ticknor, que por su naturaleza especial es tal vez más español que los históricos de Irving y Prescott, aunque enriquecida con valiosas notas y apéndices, no se ha agotado en muchos años, ni compite en pureza y esplendor tipográfico con las ediciones inglesas de Boston y Nueva York.

Ni renunciaron dichos historiadores anglo-americanos a su orgullo de raza, ni se desentendieron del todo de sus preocupaciones nacionales, ni de sus errores de secta, siempre que ocurre la ocasión de mostrar sus sentimientos personales a vueltas de la narración histórica. ¿Cuán a las claras no se ostenta Prescott protestante en su historia de Felipe II? ¿Cuán cordialmente no simpatiza con los herejes perseguidos por el Santo Oficio? Cuando compara los hijos del Mediodía, conquistadores del hemisferio americano austral, con la raza anglosajona que se derramó sobre el norte del mismo nuevo continente, ¿con qué filial satisfacción no traza el elogio del aventurero septentrional para levantarlo de algún modo, si le fuese dado, sobre el conquistador español? "El principio de acción en estos hombres [los del norte] no era
—dice— la avaricia ni el proselitismo, sino la independencia religiosa y política. Para asegurar estos beneficios se contentaban con ganar la subsistencia a fuerza de privaciones y trabajos. Nada pedían al suelo que no fuese el rendimiento legítimo de este trabajo. No había para ellos visiones doradas que cubriesen su carrera con un velo engañador, y que los impulsasen a caminar a través de mares de sangre para echar por tierra a una inocente dinastía. Sufrían con paciencia las privaciones de la soledad, regando el árbol de la libertad con sus lágrimas y con el sudor de su frente, hasta que echó hondas raíces en la tierra y elevó sus ramas hasta el cielo".

La elocuencia patriótica de estas frases es tal, que raya en exaltación tribunicia, y, en algunas alusiones, agresiva. No esperen las sombras de nuestros abuelos parcial inclinación ni favor gratuito de este tribunal severo. No habrá aquí ocultación ni disimulación alguna para sus faltas públicas ni privadas. Su avaricia y crueldad se pondrán de manifiesto, y aun los perfiles de sus vicios se retocarán tal vez con vívidos colores. Nil occultum remanebit. Empero, el narrador americano, en medio de sus preocupaciones de raza y de secta, alcanza un grado de imparcialidad suficiente para hacer justicia; goza de cierta independencia de pensamiento, familiar a los que se acostumbran a vivir entre recuerdos de lo que fue; si a veces abulta no poco los cargos, las virtudes que descubre conmoverán también su corazón generoso, le arrancarán elogios fervientes, la verdad guiará su pluma en el escabroso proceso, y en vez de dictar final sentencia, dejará que los lectores la pronuncien, comunicándoles previamente cuantos datos ha recogido, para que pueda cada cual fallar según su leal saber y entender, con pleno conocimiento de causa.

Por eso debemos recibir como marcados con la estampa de la más pura imparcialidad los testimonios que ofrece en favor de aquellos a quienes Quintana llamó, y muchos con él, "bárbaros y malvados". ¿Quién era el conquistador? ¿Eran todos los aventureros gente vulgar, criminal y vagabunda? Más bien pertenecían al tipo del caballero andante de siglos heroicos. "Era un mundo de ilusiones el que se abría a sus esperanzas, porque cualquiera que fuese la suerte que corriesen, lo que contaban al volver tenía tanto de novelesco que estimulaba más y más la ardiente imaginación de sus compatriotas, y daba pasto a los sentimientos quiméricos de un siglo de caballería andante" [...] "La fiebre de la emigración fue general y las principales ciudades de España llegaron a despoblarse. La noble ciudad de Sevilla llegó a padecer tal falta de habitantes que parecía hubiese quedado exclusivamente en manos de las mujeres, según dice el embajador veneciano Navajero, en sus viajes por España" (1525). ¿Era la crueldad el rasgo característico del conquistador? "Su valor estaba manchado por la crueldad"; pero "esta crueldad nacía del modo como se entendía la religión en un siglo en que no hubo otra que la del cruzado". Y en cuanto al valor de aquellos descubridores intrépidos, considérese que la desproporción entre los combatientes era tan grande como aquélla de que nos hablan los libros de caballería, en que la lanza de un buen caballero derribaba centenares de enemigos a cada bote. "Los peligros que rodeaban al aventurero, y las penalidades que tenía que soportar, apenas eran inferiores a los que acosaban al caballero andante. El hambre, la sed, el cansancio, las emanaciones mortíferas de los terrenos cenagosos, con sus innumerables enjambres de venenosos insectos; el frío de las sierras, el sol calcinador de los trópicos: tales eran los enemigos del caballero andante que iba a buscar fortuna en el Nuevo Mundo. Era la leyenda realizada. La vida del aventurero español constituía un capítulo más, y no el menos extraordinario, en las crónicas de la caballería andante". ¿Era la codicia su único móvil? "El oro era estímulo y recompensa, y al correr tras él su naturaleza inflexible pocas veces vacilaba ante los medios. Pero en los motivos que tenía para obrar, se mezclaban de una manera extraña influencias mezquinas con las aspiraciones más nobles y lo temporal con lo espiritual" 5 .

Y sin embargo de la verdad que envuelve esta última consideración, el conquistador propiamente dicho puede considerarse como el brazo secular, como la parte material de la conquista misma. Tras estos zapadores robustos y a par de ellos corrieron sin ruido los vientos de la civilización cristiana que sembraron la semilla evangélica en el suelo desmontado. ¡Qué legión de misioneros apostólicos! ¡Qué rica de santidad, qué fecunda en enseñanzas y ejemplos nuestra historia eclesiástica, olvidada y por explotar aún, en gran parte, en las crónicas de las órdenes religiosas! Prescott como protestante no penetra el espíritu del catolicismo, y se queda en la corteza; pero reconoce y consigna los hechos, y no escatima la admiración debida al clero católico que evangelizó el Nuevo Mundo; siendo de notar que en este punto las exigencias de la verdad acallaron el espíritu de secta, y el imparcial historiador inclina la balanza con todo su peso en pro de los misioneros católicos. No de otra suerte el ya citado Macaulay dejó escrito el más explícito testimonio en favor de la inmortalidad del Papado. Pero ni uno ni otro osaron o supieron señalar las causas de los hechos que reconocían de buen grado; no echaron de ver que el catolicismo es el árbol que vive y florece alimentado por savia sobrenatural, y que las sectas disidentes son las ramas que se secan y mueren desgajadas del tronco materno. ¡Flaqueza humana que así presenta unidas, cuando falta el don de la fe, las más lúcidas percepciones, con los juicios más ciegos y superficiales!

"Los esfuerzos hechos para convertir a los gentiles —dice con noble ingenuidad Prescott—, son un rasgo característico y honroso de la conquista española. Los puritanos con igual celo religioso han hecho comparativamente menos por la conversión de los indios, contentándose, según parece, con haber adquirido el inestimable privilegio de adorar a Dios a su modo. Otros aventureros que han ocupado el Nuevo Mundo, no haciendo por sí mismos gran caso de la religión, no se han mostrado muy solícitos por difundirla entre los salvajes. Pero los misioneros españoles, desde el principio hasta el fin, han mostrado profundo interés por el bienestar espiritual de los naturales. Bajo sus auspicios se levantaron magníficas iglesias, se fundaron escuelas para la instrucción elemental, y se adoptaron todos los medios racionales para difundir el conocimiento de las verdades religiosas, al mismo tiempo que cada uno de los misioneros penetraba por remotas y casi inaccesibles regiones, o reunía a sus neófitos indígenas en comunidades, como hizo el honrado Las Casas en Cumaná, o como hicieron los jesuitas en California y Paraguay. En todos tiempos el animoso eclesiástico español estaba pronto a levantar la voz contra la crueldad de los conquistadores y contra la avaricia no menos destructora de los colonos; y cuando sus reclamaciones eran inútiles, todavía se dedicaba a consolar al desdichado indio, a enseñarle a resignarse a su suerte, y a iluminar su oscuro entendimiento con la revelación de una existencia más santa y más feliz. Al recorrer las páginas sangrientas de la historia colonial española, justo es, y al propio tiempo satisfactorio, observar que la misma nación de cuyo seno salió el endurecido conquistador, envió así mismo al misionero para desempeñar la obra de la beneficencia y difundir la luz de la civilización cristiana en las regiones más apartadas del Nuevo Mundo" 6 .

Tales son los rasgos característicos de la conquista, trazados por un distinguidísimo escritor extranjero y disidente.

III

Dos enseñanzas muy útiles para los hispanoamericanos se desprenden de las obras de Prescott: la primera, que la conquista y la colonización de las Indias ofrecen riquísima materia para que el historiador ejercite en ellas su pluma y dé frutos que (según la frase de Cervantes) llenen al mundo de maravilla y de contento; y la segunda, que para escribir dicha historia no faltarán datos al que los busque en las crónicas impresas, y en relaciones y cartas inéditas de aquellos antepasados nuestros, más cuidadosos de dejar fiel constancia de los hechos, cumpliendo así con la obligación que a ellos les incumbía, que lo que hemos sido nosotros, en el siglo que corre, de desempeñar la nuestra, ordenando esos materiales y aprovechándolos con arreglo a las exigencias de la crítica moderna. Si de algo debe quejarse el historiador, dice Prescott, es más bien del embarras de richesses.

Obligación, hemos dicho, que es la nuestra de aprovechar esos materiales, porque la historia colonial no puede ser para nosotros objeto de mera curiosidad histórica o científica, como para los extranjeros, sino también estudio que ofrece interés de familia y provechosas lecciones sociales. La costumbre de considerar nuestra guerra de emancipación como guerra internacional de independencia, cual lo fue la que sostuvo España contra Francia por el mismo tiempo, ha procedido de un punto de vista erróneo, ocasionado a muchas y funestas equivocaciones. La guerra de emancipación hispanoamericana fue una guerra civil, en que provincias de una misma nación reclamaron los derechos de hijas que entraban en la mayor edad, y recobrándolos por fuerza, porque la madre no accedía por buenas a sus exigencias, cada una de ellas estableció su casa por separado. Viendo las cosas en este aspecto, que es el verdadero, debemos reconocer que las relaciones que hemos anudado con la madre España no son las de usual etiqueta, sino lazos de familia, y que no es el menos íntimo de los vínculos que han de unir a los pueblos que hablan castellano el cultivo de unas mismas tradiciones, el estudio de una historia que es en común la de todos ellos.

Podemos contemplar la historia colonial en el aspecto social o en el aspecto político, y de uno y otro modo hallaremos en ella los antecedentes lógicos de nuestra historia contemporánea. En el primer concepto la conquista y la colonización de estos países ofrecen a nuestra consideración el espectáculo de una raza vencida que en parte desaparece y en parte se mezcla con una raza superior y victoriosa; un pueblo que caduca, y otro que en su lugar se establece, y del cual somos legítimas ramas; en una palabra, la fundación y el desenvolvimiento de la sociedad a que pertenecemos. Ya en 1827, terminada apenas la guerra de emancipación, aún vivos y frescos los odios que ella engendró, el ilustre autor de la Alocución a la Poesía, a quien nadie tachará de sospechoso en materia de patriotismo, estampaba esta declaración digna de memoria: "No tenemos la menor inclinación a vituperar la Conquista. Atroz o no atroz, a ella debemos el origen de nuestros derechos y de nuestra existencia, y mediante ella vino a nuestro suelo aquella parte de la civilización europea que pudo pasar por el tamiz de las preocupaciones y de la tiranía de España" 7 . Los romanos tenían una frase expresiva y exacta que, no sin misterio, ha desaparecido de los idiomas modernos –mores ponerefundar costumbres, lo cual es muy diferente de dictar leyes. Moresque viris et maenia 8 : costumbres y murallas, cultura religiosa y civilización material, eso fue lo que establecieron los conquistadores, lo que nos legaron nuestros padres, lo que constituye nuestra herencia nacional, que pudo ser conmovida, pero no destruida, por revoluciones políticas que no fueron una transformación social.

Políticamente hablando, el grito de independencia lanzado al principio de este siglo puede considerarse como una repetición afortunada de tentativas varias (aunque menos generales y no felices, porque no había llegado la hora señalada por la Providencia) que datan de la época misma de la conquista 9 . "La conquista de los indígenas, dice Prescott, no es más que un primer paso, a que se sigue la derrota de los españoles rebeldes [como si dijésemos insurgentes] hasta que se establece la supremacía de la Corona de un modo decisivo". Y cosa singular: luego de que se afianzó por siglos en América la dominación de los Reyes de Castilla, cuando volvió a sonar el grito de independencia, fueron otra vez españoles de origen los que alzaron esa bandera, y no sólo tuvieron que combatir a los expedicionarios de España, sino a las tribus indígenas, que fueron entonces el más firme baluarte del gobierno colonial. Séanos lícito preguntar: el valor tenaz de los indios de Pasto, los araucanos de Colombia, que todavía en 1826 y 1828 desafiaban y exasperaban a un Bolívar y un Sucre, y lo que es más, y aun increíble, que todavía en 1840 osaban desde sus hórridas guaridas vitorear de nuevo a Fernando VII, ¿es gloria de la raza española, o ha de adjudicarse, con mejor derecho a las tribus americanas? Y el genio de Simón Bolívar, su elocuencia fogosa, su constancia indomable, su generosidad magnífica, ¿son dotes de las tribus indígenas? ¿No son más bien rasgos que debe reclamar por suyos la nación española? El título de Libertador no pudo borrar en Bolívar su condición española. Y el mismo Bolívar y Nariño, y San Martín, y los próceres todos de nuestra independencia, ¿de quiénes, sino de padres españoles, recibieron la sangre que corría en sus venas y el apellido que se preciaban de llevar? ¿Dónde, sino en universidades españolas, adquirieron y formaron ideas políticas? ¿Y en qué época hemos de colocar a esos hombres, en una cronología filosófica, si seguimos la regla de un gran pensador, según la cual los hombres más bien pertenecen a la época en que se formaron que a aquélla en que han florecido? Quien quiera precisar lo que fue nuestra guerra de independencia, oiga otra vez a Bello: "Jamás un pueblo profundamente envilecido ha sido capaz de ejecutar los grandes hechos que ilustraron las campañas de los patriotas. El que observe con ojos filosóficos la historia de nuestra lucha con la metrópoli, reconocerá sin dificultad que lo que nos ha hecho prevalecer en ella es cabalmente el elemento ibérico. Los capitanes y las legiones veteranas de la Iberia trans-atlántica fueron vencidos por los caudillos y los ejércitos improvisados de otra Iberia joven, que abjurando el nombre conservaban el aliento indomable de la antigua. La constancia española se ha estrellado contra sí misma" 10 .

Siendo esto así, los nuevos gobiernos americanos, tan celosos desde un principio en reclamar a título de herencia el derecho de patronato concedido por la Santa Sede a los Reyes Católicos, debieron igualmente haber tomado a su cargo las consiguientes obligaciones, y ver de despertar el espíritu nacional y de adelantar —por supuesto en forma pacífica, en sentido cristiano— la obra de la conquista, que no llevada a término, quedó interrumpida con la guerra de emancipación. ¡Cuán profunda tristeza causa la idea de que en vez de haber dilatado la civilización su radio, en muchas partes ha perdido terreno; que la cruz de misiones antes florecientes, no abre ya sus brazos anunciando redención; que muchas tribus salvajes siguen, en el seno de repúblicas democráticas, ejerciendo las mismas bárbaras costumbres de antaño, ajenas de todo destello de cultura, mientras aquellos indios que entraron a medias en la vida civilizada son forzados a pagar enorme contribución de sangre en nuestras contiendas fratricidas! Y para extender la civilización debiéramos recordar, a fin de emularlos y aun superarlos, los ejemplos de política cristiana que nos ofrecen muchas leyes de Indias y los cánones de Concilios provinciales; y entre los medios de avigorar el espíritu nacional, no sería el menos adecuado proteger y fomentar el estudio de nuestra historia patria, empalmando la colonial con la de nuestra vida independiente, dado que un pueblo que no sabe ni estima su historia, falto queda de raíces que lo sustenten, y no tiene conciencia de sus destinos como nación.

 

IV

¿Qué han hecho nuestros gobiernos para fomentar los estudios históricos? ¿Hase fundado y dotado alguna Academia de la Historia? ¿De las recientes cuantiosas erogaciones que en algunas repúblicas se hacen para sostener la instrucción popular ha salido alguna pequeña suma para pensionar a algún erudito historiógrafo, o para sacar a luz algunos manuscritos, como la parte inédita de la crónica de Simón, que se conserva en nuestra biblioteca pública? Pongamos aquí puntos suspensivos, en la esperanza de que el tiempo dará menos melancólica respuesta a las preguntas precedentes. El gobierno de Chile ha sido el menos olvidadizo en este punto, y a eso se debe en gran parte el vuelo que ha alcanzado allí ese género de estudios universitarios: hay premios periódicos para Memorias históricas; se hace escrupulosa censura de textos, y se adoptan los mejores para la enseñanza del ramo, y las respectivas asignaturas se desempeñan por personas de notoria competencia. En suma, el repertorio de obras históricas, aunque ninguna de ellas, por razones que no es del caso apuntar, alcance la nota de perfección clásica que señalan las de Prescott, es variado y extenso; y en general, el chileno sabe la historia de su patria. Y obsérvese, en conformidad con lo que dejamos expuesto, cuán bien confronta y se aduna esa tendencia a mirar atrás, ese interés por la historia colonial, con los sentimientos patrióticos más enérgicos, con el más ardiente celo por la independencia y el más exaltado orgullo nacional, de que ha dado repetidas muestras el pueblo de Chile.

Esfuerzos particulares no han faltado, no, en las otras repúblicas, más dignos de loa y de aprecio, por las mismas impropicias circunstancias que los acompañaron, y sus fecundos resultados; esfuerzos aislados, faltos de apoyo y resonancia, más bien que pasos de un progreso colectivo y regular. En la patria del ilustre Alamán (cuyo nombre merece bien recordarse al principio de estas rápidas indicaciones), la Conquista de México del historiador anglo-americano halló un docto adicionador en el finado D. José Fernando Ramírez; y allí mismo el señor D. Joaquín García Icazbalceta, tan cumplido caballero como investigador infatigable y escritor castizo y elegante, ha dado a luz en tres grandes tomos en 4, impresos en gran parte con sus propias manos, en edición nítida y correcta, preciosos documentos por él colegidos, con preliminares biográficos y copiosas tablas alfabéticas. Pero, como dice el diligente colector, la doble tarea de reunir materiales y aprovecharlos es superior a las fuerzas de un hombre solo, y él empleó sus mejores días en la primera parte de la labor, no sin dejar, eso sí, preparado el terreno con ilustraciones y trabajos sueltos a quien haya más tarde de coronar el edificio. Con algunos literatos como Icazbalceta, mucho, muchísimo habríamos avanzado en tales exploraciones, y poco o nada tendríamos en ello que envidiar a las naciones más adelantadas.

No es poco lo que se ha trabajado en el Perú, y de ello es una muestra el Diccionario de Mendiburu, aunque (dicho sea con el respeto debido a una nación desgraciada) en muchas obras como la citada se nota cierta falta de precisión y atildamiento, si ya no es que de deliberado propósito algún escritor ingenioso, para amenizar los hechos, los altere so capa de Tradiciones, tarea a las veces más peligrosa que inocente en sociedades que no han fijado su historia.

La Historia antigua de Venezuela por el académico Baralt es sólo un discurso histórico de suelto y exquisito estilo. Y aquí pedimos perdón a los autores de otras obras o ensayos, que las dimensiones de este escrito no permiten citar con el merecido elogio, para mencionar finalmente las dos obras modernas más notables que poseemos relativas a la historia colonial de la Nueva Granada, y son la que el Coronel Joaquín Acosta rotuló Compendio histórico y la que el señor Groot publicó con el título de Historia eclesiástica y civil. Nunca serán bien alabadas las laboriosas investigaciones y la honrada veracidad de estos dos colombianos ilustres; pero hemos de confesar que está distante de ser definitivo el texto de sus libros, en que vemos útiles contribuciones acarreadas al que haya de escribir nuestra historia procurando abreviar un tanto el intervalo que nos separa de los modelos sancionados en este difícil género literario.

"Si ha de escribirse algún día la historia de nuestro país
—dice el citado señor García Icazbalceta— es necesario que nos apresuremos a sacar a luz los materiales dispersos que aún puedan recogerse antes de que la injuria del tiempo venga a privarnos de lo poco que ha respetado todavía. Sin este trabajo previo no hay que aguardar resultados satisfactorios". No queda excluida de estos trabajos preliminares (y así lo entiende y lo ha practicado el autor de las anteriores líneas) la reimpresión de obras antiguas, que por su rareza ocupan un lugar inmediato al de las manuscritas.

Y no es otro el servicio que desea prestar hoy a nuestro público el editor del presente tomo, dándonos en él repetida la obra que compuso nuestro célebre compatriota el Ilustrísimo D. Lucas Fernández de Piedrahíta, y que imprimió J. B. Verdussen en Amberes, en 1688.

No aparecen en la actualidad en Europa historiadores notables de nuestra época colonial, pero americanistas de afición, bibliógrafos y coleccionadores de nuestros tesoros de historia y antigüedades, abundan en Europa y los Estados Unidos. El Congreso Bibliográfico Internacional que se reunió en Paris en 1878 reconoció que "la América es la parte del mundo que más atrae la atención, hace algunos años, en el punto de vista bibliográfico". De aquí que los ejemplares de nuestras crónicas escaseen cada vez más y desaparezcan del país solicitados por el extranjero. La Historia de Piedrahíta, que ahora se reimprime, figura en el último catálogo formado por Leclerc (Casa de Maisonneuve, de Paris) y tiene señalado el precio de 200 francos, el que, con motivo de esta reproducción, quedará considerablemente reducido.

Ni ha sido caprichosa la elección que el editor hizo de esta obra para primer ensayo en la empresa plausible de reimprimir a nuestros antiguos historiadores; porque casi todas nuestras viejas crónicas son de órdenes religiosas, al paso que Piedrahíta quiso dar a su libro un carácter más amplio y general, aprovechándose, no sólo de aquellas relaciones ya publicadas, sino también, y con fidelidad minuciosa según él mismo lo declara, de dos manuscritos que por desgracia no existen ya, a saber, el Compendio historial del Adelantado Quesada, y la cuarta parte de las Elegías de varones ilustres, escritas por Joan de Castellanos, beneficiado de Tunja.