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La Concepción
de Hispanoamérica de Alfonso Reyes (1889-1959)
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Rafael Gutierrez Girardot
C
on la caída del porfiriato y los albores de la
Revolución Mexicana de 1910 coincidió una revolución cultural, más callada pero más
honda y más duradera que la que ya en sus comienzos ocasionó el desencanto de Mariano
Azuela en su famosa novela Los de abajo (1916). De sus propósitos y de sus
primeros pasos dejó testimonio Pedro Henríquez Ureña en el discurso que pronunció en
la inauguración de los cursos de la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de
México en 1914 y que se publicó bajo el título de "La cultura de las
humanidades". Aparentemente, el propósito fue el de superar la estrechez del
positivismo que había servido de base ideológica al porfiriato y el de restablecer la
metafísica y la cultura clásica. En realidad, sus resultados fueron considerablemente
más amplios, pues la "cultura fundada en la tradición clásica no puede amar la
estrechez", decía Henríquez Ureña, quien de ese principio deducía la necesidad y
la justificación del "cosmopolitismo". Éste respondía a las suscitaciones del
cosmopolitismo consagrado por Rubén Darío, pero tenía la inspiración política del de
Rodó, quien en su Ariel (1900) no sólo había contrapuesto al espíritu
materialista anglosajón el espíritu desinteresado latino sino, sobre todo, había
invitado a la juventud de América a fortalecer esa personalidad histórica que él había
definido en esa contraposición. Para quienes participaron de esa callada revolución de
la Escuela de Altos Estudios y antes del legendario Ateneo de la Juventud, como el
filósofo Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, entre otros, esa
afirmación de la personalidad histórica de América tenía que pasar por lo que se
llamó la rehabilitación de la metafísica, por la lectura de Platón y de Nietzsche, por
ejemplo. Tanto el "arielismo" que desató Rodó como el ejemplo de la Escuela de
Altos Estudios y del Ateneo de la Juventud y la reforma universitaria de Córdoba de esas
mismas fechas acuñaron la vida cultural hispanoamericana de más de tres decenios de este
siglo, pero la sustancia que heredaron ha sucumbido a lo que Gabriel García Márquez
describió en Cien años de soledad (1967) como la "peste del olvido".
Cierto es que ya Fernán Pérez de Guzmán en el siglo XV y Américo Castro en este siglo
la habían comprobado en el mundo castellano. Con todo, ¿cabe satisfacerse con esta
constante de la inercia y del olvido? No es improbable que la velocidad con la que se
suceden teorías y postulados obligue, por así decir, a considerar el pasado intelectual
inmediato como algo que ya no responde a las exigencias del presente; que, por ejemplo, el
estructuralismo de Lévi-Strauss ponga en tela de juicio automáticamente el
"arielismo" de Rodó o la fe que Henríquez Ureña y Alfonso Reyes pusieron en
la "cultura de las humanidades". Si así fuera, el olvido a que fueron
condenados el "arielismo" y sus consecuencias, Henríquez Ureña, Alfonso Reyes
y tantos más sería no sólo justo, sino inevitable. Y todos ellos descansarían en el
cementerio con su lápida merecida, en el mejor de los casos como monumento. Sin embargo,
la realidad es diferente.
El "cosmopolitismo" de la
"cultura de las humanidades" fue el resultado de un largo proceso que se inició
con la Independencia y que, en quienes lo pusieron en marcha y lo impulsaron en el siglo
XIX, como Andrés Bello y Domingo Faustino Sarmiento, tenía por meta la
"construcción de América", es decir, la toma de conciencia de la Novedad del
Nuevo Mundo y, consiguientemente, de la situación y del papel de ese Nuevo Mundo, que
ahora eran las nuevas repúblicas, en la historia universal. La "Alocución a la
poesía" de Andrés Bello sobre todo, pero también su "Silva a la agricultura
de la zona tórrida", de 1823 y de 1826 respectivamente, propusieron a Europa un
mundo mejor, y, al mismo tiempo que invitaban a la poesía a abandonar a la Europa
decadente, pretendían ser la Eneida americana, es decir, el canto y testimonio de
cuño romano de ese mejor Nuevo Mundo. Fueron no tanto, como se les malentendió, un
programa poetológico, sino un postulado político y moral, fundado en una ética de la
pureza y de la inocencia campesinas que trascendían el modelo virgiliano y tocaban los
límites de una utopía. Pero ese canto fundacional no buscó su legitimación
histórico-cultural en los pasados precolombino y español, sino en la antigua Roma. Y
cuando Andrés Bello elaboró el primer código moderno en lengua española, esto es, el Código
civil de la República de Chile (1855), fundamento de las relaciones sociales de las
nuevas repúblicas, tampoco recurrió a una tradición jurídica indígena o española,
sino a la jurisprudencia europea de su tiempo y al derecho romano que la determinaba. Este
"cosmopolitismo" no desconoció o rechazó la realidad histórica y social
inmediata. Ésta estaba presente como presupuesto, para dar a las culturas y tradiciones
de que se había servido "estampa de nacionalidad", como decía Bello. Con todo,
el proceso de definición, toma de conciencia y construcción de América que impulsó
Bello siguió un camino laberíntico y difícil lleno de retrocesos, ambigüedades o
malentendidos y de resentimientos históricos que encontraron su manifestación dogmática
y sentimentalmente intimidante en los nacionalismos de diverso color, a los cuales no se
pudo sustraer el mismo Rodó. Pues cuando el "cosmopolitismo" engendró en la
primera culminación de su proceso una poesía inequívocamente hispanoamericana de
validez universal, la de Rubén Darío, Rodó expresó su paradójica reserva de que el
nuevo "príncipe" de las letras hispánicas no había escrito el poema de
América. Sin embargo, Darío cumplió con creces el postulado de la "Alocución a la
poesía" de Bello: la poesía se había trasladado al Nuevo Mundo. Y traía lo que
Sir Cecil M. Bowra reprochó arrogantemente a Rubén Darío cuando se preguntó qué
relación legítima podría tener un hijo de Metapa con la mitología griega.
La respuesta anticipada a esa pregunta
la dieron los miembros de la Escuela de Altos Estudios y del Ateneo de la Juventud de
México, en especial Alfonso Reyes, pues la "cultura de las humanidades" no
sólo pretendía renovar la vida espiritual y cultural de México y de Hispanoamérica,
sino darle sustancia histórico-cultural y con ello sembrar con moral el terreno de una
política hispanoamericana del futuro que recuperara el sentido que había presidido la
aventura del Descubrimiento, esto es, el de ser un Nuevo Mundo, un mundo mejor, el que
invocó Andrés Bello para las nuevas repúblicas. Pero esa tarea exigía por definición
la confrontación con la cultura del Viejo Mundo, sin cuyo conocimiento era ilusorio
trazar con nitidez la peculiaridad de ese mundo nuevo y mejor, que había nacido de la
imaginación y las nostalgias del Viejo Mundo. La confrontación no podía ser
contraposición; tenía que ser asimilación y, como lo pedía Bello, aplicación crítica
a la nueva realidad, que en ello pone de relieve sus propios perfiles. Tal confrontación
no es, por su carácter, estática sino dinámica y permanente, pues el perfil histórico
no es como el nombre científico de una planta o como una definición en el sentido
tradicional, esto es, género próximo y diferencia específica, sino permanente devenir;
pero es un permanente devenir de lo que se llama tradición, sin la cual el primero es
vacío y la segunda, lastre. Con su lenguaje erótico, aunque también multívoco, porque
es lenguaje de poeta, condensó el "príncipe" Darío esta realidad de la
historia, referida a la de los pueblos de la "sangre de Hispania fecunda", en la
frase de las "Palabras liminares" de sus Prosas profanas (1896), que
reza: "Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida, de
París". Era una metáfora del cosmopolitismo.
Esa metáfora la explicitó y la llenó
de sentido histórico Alfonso Reyes. En su primer libro de ensayos, Cuestiones
estéticas (1911), Reyes interpretó renovadoramente a Góngora, deparó al mundo de
la lengua española de entonces una nueva pers-pectiva para la comprensión de la tragedia
griega, destacó
peculiaridades de Goethe y Mallarmé que no habían percibido los propietarios
peninsulares de las culturas alemana y francesa, y enriqueció la precaria bibliografía
sobre Diego de San Pedro. El que el ensayo sobre Góngora y el dedicado a San Pedro fueran
entonces una revaloración y un redescubrimiento de dos autores españoles y el que el
trabajo sobre "Las tres Electras del teatro ateniense" constituyera
el primer trabajo en lengua española sobre la tragedia griega con que intentó
fructificar en este siglo el estéril campo del helenismo, no fue su único mérito. Ya
antes de publicar estos ensayos, Reyes había examinado la obra del poeta mexicano Manuel
José Othón, cantor de la naturaleza y solitario en el momento del modernismo urbano. Con
este comienzo de su carrera literaria, Reyes había exaltado a la "esposa de su
tierra", es decir, a su tradición mexicana e hispánica, y a la "querida de
París", esto es, la cultura europea. Pero a diferencia de Darío, en Reyes no se
trataba de fidelidades o infidelidades, y Reyes no tenía que advertir al abuelo Cervantes
que su "galicismo", como se le llamó, no lo extrañaba de su tronco. Porque su
"esposa" y su "querida", para seguir con la metáfora dariana, se
complementaban y se necesitaban para diferenciarse. Más tarde, Reyes dijo de su praxis
literaria en los tres géneros que "promiscuaba en literatura". Esta
promiscuidad no sólo superaba los límites rígidos de los tres géneros, que se habían
difuminado progresivamente desde el romanticismo, sino, sobre todo, sentaba como principio
de la actividad intelectual la dinámica, o, lo que es lo mismo, el antidogmatismo, que
habían sido desterrados de la vida intelectual hispánica por la escolástica tradicional
y por el positivismo decimonónico. Esta "promiscuidad" era la contraposición
consciente a la "estrechez" que combatieron, bajo el signo de la primera
revolución de este siglo, los intelectuales mexicanos que se propusieron recuperar la
"cultura de las humanidades". La "promiscuidad", es decir, la
dinámica, era también, para quien forjó la palabra, un impulso político. Pero Reyes no
entendía el concepto de política en sentido programático, sino en el sentido del lema
que puso a las publicaciones de su Archivo, esto es, "entre todos lo hacemos
todo". Esta dinámica política subyace en su concepción de América, que él
formuló en su libro de ensayos Última Tule (1942). Con todo, no sólo en ese
libro se encuentra esa imagen de la América hispánica. Toda su obra constituye un
esfuerzo para delinearla, y precisamente la temática que parece más alejada de ese
interés forma parte esencial de ese esfuerzo.
En su primera obra ya citada, Reyes
había deslindado el mapa intelectual de sus metas. Circunstancias biográficas lo
llevaron a España, en donde la necesidad de "los alimentos terrestres" y la
afición literaria le permitieron profundizar sus conocimientos de la literatura española
del Siglo de Oro y contemporánea. Pero también se familiarizó con la vida cotidiana y
en su libro Las vísperas de España (1937) presentó un cuadro cordial y finamente
irónico, a veces, de las peculiaridades de esa vida. Al mismo tiempo, en España surgió
la reconstrucción histórico-poética de la primera imagen que tuvieron los españoles de
la tierra conquistada, Visión de Anáhuac (1917). Lo que había sido insinuado,
pues, en sus ensayos iniciales, esto es, el paralelismo del interés por su raíz mexicana
y por su tradición española, adquiere una mayor conciencia en el contacto con la
realidad peninsular. Reyes no se españoliza, sino acentúa su conciencia de
hispanoamericano y mexicano, pero confirma que su tradición es también la española.
Después de haber pasado algunos años en Buenos Aires y Río de Janeiro, regresa a
México y es cofundador de la Casa de España, más tarde convertida en el Colegio de
México. Si antes sus temas eran específicos de la imagen naciente de América, los que
se consagró a investigar en sus cursos del Colegio de México no sólo eran extraños a
esa imagen sino que parecieron obedecer a un afán de construir un refugio alejado del
presente y de su mundo circundante. Lo que él llamó la "afición de Grecia" no
tenía nada que ver con esa imagen, y de hecho le ocurrió algo parecido a lo que sucedió
a Darío, es decir, que le reprocharon esa afición como huida y hasta rechazo y desprecio
de los problemas de su patria. A ese reproche respondió Reyes con una selección de
ensayos sobre cultura mexicana, La X en la frente (1952), que contenía en el
título una alusión irónica significativa, pues la X no se refería sólo a la
peculiaridad ortográfica del nombre de su patria, que él llevaba en su frente, sino a la
incógnita de lo que es México, es decir, a la pregunta permanente por su patria, que es
el modo mejor y más patriótico de llevar su raíz nacional en la frente. Pues, como
había replicado decenios antes a un argentino hijo de emigrados, "es bueno merecer
las patrias, ganarlas, conquistarlas... felicitémonos de que no se haya inventado hasta
hoy un comprimido Bayer que nos permita ingerir, de un trago, toda la conciencia
nacional". En esa réplica subrayaba que pertenecía a un pueblo entregado a renovar
sus "módulos de vida y a la busca de su sentido autóctono o autonómico" y que
"le complacía hacer la investigación por su cuenta y llenar su existencia con ese
hermoso afán" (Obras Completas, t. IX, p. 41). Sería ingenuo suponer que
Reyes plantea aquí, ya en 1930, el seudoproblema de moda de la identidad cultural de
México y de Hispanoamérica. Lo que en realidad dice lo formuló Ernst Bloch en el
primero de sus comprimidos aforismos de Huellas (1930): "Soy. Pero no me
tengo. Por eso ante todo devenimos". Es el instinto del que surge la Utopía. La
"afición de Grecia" que le reprocharon como fuga tiene una significación doble
para la imagen de América de Reyes. Intenta recuperar para Hispanoamérica el vacío que
dejó en la cultura católica de lengua española la ambigua condena del
"humanismo" europeo, suscitado por la Reforma protestante. Pero esa
recuperación no es solamente histórico-cultural. Quien lea, por ejemplo, la lección
sobre la Retórica de Aristóteles de su curso La antigua retórica (1942)
podrá comprobar que Reyes propone un ideal de discusión política, esto es, el de la
persuasión que sustituya el esquema dogmático reinante de amigo-enemigo. Reyes actualiza
valores griegos, pero sin ánimo nostálgico. Su Grecia no es como la del
"neohumanismo" alemán, una Grecia idealizada y refugio del presente, con la que
mide negativamente el mundo actual. Su Grecia es ejemplar porque no sólo creó la idea
del hombre, sino porque padeció problemas que también conoce el mundo contemporáneo. En
una conferencia de 1952 sobre "Las agonías de la razón", por ejemplo, Reyes
puso de manifiesto el peligro de los excesos de la razón que en Grecia habían llevado
precisamente a su "agonía". Tal era también, según Reyes, el peligro que
amenazaba a la razón en nuestros días. La observación de Reyes era, como todo lo suyo,
concisa y elegantemente discreta, a diferencia del ensayo estilísticamente engolado de
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración (1947), sobre el
mismo problema. Si el reproche de que su "afición de Grecia" fue para Alfonso
Reyes una torre de marfil era desatinado y se fundaba, muy seguramente, en el difundido
vicio dogmático-hispánico de juzgar, si así cabe decir, la obra de un autor sin haberla
leído, era igualmente infundada la duda del valor científico de sus trabajos sobre la
antigüedad griega y romana, pues Reyes no pretendía sobresalir como filólogo clásico.
La primera línea de su prólogo a la traducción de los primeros cantos de la Ilíada
de Homero, lo declara con esta profesión de modestia: "No leo la lengua de Homero;
la descifro apenas". Reyes pretendía suscitar, presentar ejemplos de humanidad y
sobre todo atender a una de las necesidades esenciales que había impuesto a la
inteligencia americana el ingreso tardío de América a la historia de Occidente. En sus
"Notas sobre la inteligencia americana" de su libro Última Tule (1942)
describió Reyes esa necesidad y su condicionamiento histórico con frases que, en parte,
explican "grandezas y miserias" todavía actuales no sólo de la
"inteligencia americana" sino también de la de su cuño peninsular.
"Llegada tarde al banquete de la civilización europea dice Reyes,
América vive saltando etapas, apresurando el paso y corriendo de una forma en otra, sin
haber dado tiempo a que madure la forma precedente. A veces, el salto es osado y la nueva
forma tiene el aire de un alimento retirado del fuego antes de alcanzar su plena cocción.
La tradición ha pesado menos, y esto explica la audacia. Pero falta todavía saber si el
ritmo europeo que procuramos alcanzar a grandes zancadas, no pudiendo emparejarlo a
su paso medio es el único tiempo histórico posible; y nadie ha demostrado todavía
que una cierta aceleración del proceso sea contra natura". (Obras completas,
t. XI, pp. 82 y ss). La recuperación de Grecia para Hispanoamérica fue uno de esos
saltos que además demostró que el "tiempo" histórico europeo no es el único
posible y que la aceleración del proceso no es contra natura. Justamente el menor peso de
la tradición, esto es, de la filología clásica, le permitió a Reyes crear una imagen
de Grecia que, además de ejemplar, se aproximaba a la que Nietzsche esbozó en El
origen de la tragedia en el espíritu de la música (1872). Ésta es una Grecia
estética que, como lo exigía Nietzsche, se fijaba en la totalidad del gran cuadro y no,
como la filología clásica, en una mancha de aceite. Pero esta Grecia estética no dejaba
de ser por eso ejemplarmente política. El poeta Reyes compartía en su praxis literaria
la observación que hizo Aristóteles en su Poética, esto es, que, a diferencia de
la historiografía, que narra lo que ha acontecido, la poesía narra lo que podría
acontecer y que por ello la poesía es "más filosófica y más significativa"
que la primera
(cap. 9). No solamente la Grecia de Reyes era ejemplar y poética, sino toda su obra. Y es
esa sustancia poética la que determina la tersa elegancia de su estilo y la manera tenue
y casi accidental con la que Reyes expone concisamente reflexiones e ideas de hondura y
densidad. Esa serenidad hace imposible todo patetismo, y ello explica por qué su obra y
especialmente su imagen de América tropezaron en sus patrias, y aún tropiezan, con ese
silencio y esa aversión, franca o hipócritamente indiferentes, que engendran el
dogmatismo y, una de sus secuelas, el rencor.
Cuando en 1925 Pedro Henríquez Ureña,
maestro fraternal de Alfonso Reyes, expuso su postulado político de una América que
debería ser "patria de la justicia", tuvo en cuenta la realidad política de
entonces y la de esos "figurones", como decía Manuel González Prada, que la
habían desfigurado, esto es, los mal llamados políticos, los provincianos a la violeta
tipificados por el novelista boliviano Armando Chirveches en La candidatura de Rojas
(1909). Generosamente, Henríquez Ureña los llamó "hombres de Estado" al
preguntar: "Si se quiere medir hasta dónde llega la cortedad de visión de nuestros
hombres de Estado, piénsese en la opinión que expresaría cualquiera de nuestros
supuestos estadistas si se le dijese que la América española debe tender a su unidad
política. La idea le parecería demasiado absurda para discutirla siquiera. La
denominaría, creyendo haberla herido con flecha destructora, una utopía" (La
Utopía de América, Bibl. Ayacucho, Caracas, 1978, p. 10). Los políticos no podían
concebir lo que es propio de la poesía, es decir, lo que podría ser. El poeta Alfonso
Reyes lo concibió. Después de haber recorrido y revivificado su propia raíz mexicana,
la de su tradición española, la de su contorno continental, la cultura europea, la de la
Antigüedad clásica recuperada por él, Alfonso Reyes invitó a la América española a
que pusiera como divisa de su política una consigna poética, eso es, la Utopía, lo que
podría ser. No lo que debe ser. Porque lo que América podría ser no es otra cosa que el
cumplimiento de las esperanzas de un mundo mejor que impulsaron con la fantasía, desde
Platón, al Descubrimiento del Nuevo Mundo. "La fantasía al poder" fue la
exigencia del movimiento estudiantil de 1968, que al cabo desenmascaró su talante y sus
aspiraciones agresivamente pequeñoburguesas. La fantasía que subyace en la Utopía de
América de Alfonso Reyes se sustrae a esas deformaciones dogmáticas porque su Utopía no
es, por su naturaleza, detalladamente programable. Su Utopía es concreta, sin embargo, en
el sentido que se desprende de dos, entre tantas más, comprobaciones hechas por dos
autores argentinos, por un historiador y por un narrador. El historiador Juan Agustín
García apuntó en el epílogo a su libro La ciudad indiana (1900) que si el
dogmatismo sigue, y parece que seguirá, "no sería extraño que alcanzáramos el
parecido en las formas, y entonces habríamos caminado un siglo para identificarnos con el
viejo régimen" (Ed. de 1954, Emecé, Buenos Aires, p. 300). Jorge Luis Borges puso
en boca de sus Averroes en su narración "La busca de Averroes" esta frase sobre
"la tierra de España": "en la que hay pocas cosas, pero donde cada una
parece estar de un modo sustantivo y eterno" (Obras completas, Buenos Aires,
1974, p. 582). Pues precisamente contra este estatismo y esta regresión que han dominado
la historia de Hispanoamérica y de España se dirige el principio de la Utopía de
Alfonso Reyes. No invita a organizar y a sustituir un régimen por otro, con lo cual evita
el peligro de caer en un nuevo dogmatismo y en un nuevo estatismo, que se ha reprochado a
todas las Utopías realizadas en la historia. El principio de esa Utopía parece, a
primera vista, vago y simple, pero visto de cerca es más concreto y eficaz que tantos
programas abstractos que tras una máscara de detalle y organización se alejan de la
realidad. El principio de la Utopía de Reyes contiene un postulado moral que debe ser y
es realmente anterior y presupuesto de cualquier programa concreto. Ese principio rechaza
abiertamente la pretensión de quienes abrigan la esperanza, y pretenden cumplirla, de
convertir las peculiaridades de América en la base exclusiva de una "nueva
cultura". En su conferencia "Posición de América", de 1942, Reyes apuntó
que "esto de figurarse que las cosas humanas pueden ser absolutamente nuevas causa ya
de por sí una falta de cultura y una ausencia de sentido humanístico" (Obras
completas, t. XI, p. 255). Esto significa prácticamente que toda novedad o
renovación que se proponga o se pretenda no puede renunciar a la tradición. Pero la
tradición no es para Reyes un peso muerto: es una creación pasada "que debe ser
renovada constantemente, porque nace y muere constantemente" (op. cit., p.
256). Pero esa permanente renovación de la tradición implica una adecuación permanente
de la tradición a las nuevas realidades. Y frente a la realidad del mundo contemporáneo,
que es un mundo de "incoherencia y efervescencia", el único "medio de
salvación" de la "crisis moral" que han ocasionado estas conmociones
"consiste en intensificar la transmisión por comunicación y aprendizaje. ¿Qué
significa esto?", pregunta Reyes, a lo cual responde: "Esto significa
democracia. Sólo la democracia puede salvarnos, por cuanto ella importa la plena y cabal
circulación de la sangre, con todos sus nuevos acarreos, por todo el organismo
social" (op. cit., p. 261). Además de la democracia, Reyes apunta que,
"prescindiendo de las indecisiones y contingencias con que la historia de América
haya podido tropezar desde sus orígenes y en su evolución propia", un examen de las
posibilidades actuales de América concluye en que "las posibilidades americanas se
reducen a una posibilidad de armonía continental" (op. cit., pp. 261 y ss.).
¿Quién se atrevería a negar que estas comprobaciones del poeta Alfonso Reyes, que esta
Utopía dinámica, pensadas hace más de cuatro decenios, siguen siendo un desafío moral
y político a la inercia centenaria y al dogmatismo que la ha causado, y que acosó a
Simón Bolívar cuando dijo: "Estos países caerán infaliblemente en manos de la
multitud desenfrenada para pasar después a las de tiranuelos casi imperceptibles, de
todos los colores y razas, devorados por todos los crímenes y extinguidos por la
ferocidad"? A la desesperanza y la desilusión que expresó Bolívar en una frase
famosa de una carta de 1830 al general ecuatoriano Juan José Flores "el que
sirve una revolución ara en el mar", replicó el poeta Alfonso Reyes, casi un
siglo después, con su Utopía de América, que era precisamente una renovación de la
tradición bolivariana y martiana.
"Los astros y los hombres vuelven
cíclicamente", escribió Borges en su poema "La noche cíclica". Y
Henríquez Ureña impelía a que hay que trabajar en "aquellas tierras de
cizaña". En el año del primer centenario del nacimiento de Alfonso Reyes apareció
la novela de Gabriel García Márquez El general en su laberinto. Novela de madurez
y sabiamente poética, ella expresa la nostalgia del proyecto democrático y continental
de Bolívar, que hicieron fracasar rencorosos y dogmáticos. Pero la novela no sólo
recuerda la Utopía bolivariana que Reyes reactualizó y enriqueció, sino trae a la
memoria un aspecto esencial de la vida y la acción "humanísticas" del poeta
regiomontano y de sus compañeros de la Escuela de Altos Estudios y del Ateneo de la
Juventud. No cabe duda de que el empeño de reinstaurar la "cultura de las
humanidades" y la "americanería andante" de Alfonso Reyes partieron de un
hecho de la historia cultural y literaria hispanoamericana y se propusieron superarlo. Esa
situación podría caracterizarse con el título de un ensayo siempre actual de Pedro
Henríquez Ureña, "El descontento y la promesa", de sus Seis ensayos en
busca de nuestra expresión (1928), cuyo párrafo final resultó profético: "Si
las artes y las letras no se apagan, tenemos derecho a considerar seguro el porvenir.
Trocaremos en arca de tesoros la modesta caja donde ahora guardamos nuestras escasas
joyas, y no tendremos por qué temer al sello ajeno del idioma en que escribimos, porque
para entonces habrá pasado a estas orillas del Atlántico el eje espiritual del mundo
español" (Obra crítica, México, 1960, p. 253). Las artes y las letras no se
apagaron, pese a la incoherencia política, porque, como advirtió Alfonso Reyes a los
intelectuales europeos, ellos no saben lo que cuesta al intelectual hispanoamericano
"llegar al fin con la antorcha encendida"; es decir, porque los intelectuales
hispanoamericanos mantuvieron la "antorcha encendida". Pero en el fuego que
llevaba esa antorcha ardían los impulsos del descontento y las esperanzas de la promesa
con los que Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña y Antonio Caso habían inaugurado el
siglo presente, renovado y enriquecido la tradición continental y cosmopolita que
fundaron en el pasado Bolívar, Andrés Bello, Sarmiento, Martí y Manuel González Prada,
entre otros. El estallido, si así cabe decir, de la literatura hispanoamericana a partir
de la década de 1960 no fue, como creen los europeos y no pocos hispanoamericanos
afectados por la "peste del olvido", un suceso adamítico. Fue el resultado de
un proceso y de ejemplos de quienes "saltaron etapas", como Rubén Darío, o el
crisol en el que se amalgamaron todos los estratos históricos del castellano, esto es,
Juan Montalvo o José Martí. Uno de los momentos más densos y ricos, más exigentes y a
la vez más serenos de ese proceso lo representa Alfonso Reyes. No sería falso decir que
sin Alfonso Reyes y sus compañeros mexicanos e hispanoamericanos de empresa, como Jorge
Luis Borges, no hubiera sido posible ese estallido, el sorprendentemente llamado "boom",
en el que descuella Gabriel García Márquez.
Gracias al "tiempo circular",
que subyace en la narrativa de Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez, el Bolívar
del colombiano se encuentra, en el mismo año, con quien, entre otros, sembró la semilla
de la literatura hispanoamericana de la segunda mitad de este siglo. Pero el encuentro,
propiciado por "el vago azar o las precisas leyes/que rigen este sueño, el
universo", como dice Borges en su necrología de Alfonso Reyes, va más allá de la
fecha y de la tradición literaria en la que los dos son extremos. El Bolívar de García
Márquez y el de Alfonso Reyes tienen en común una actitud y un gesto de elegancia que es
serenamente heroico, el del dandy. Según Baudelaire, "el dandy es la última
irrupción de heroísmo en las épocas de decadencia". Los dos héroes dandys
propusieron el mismo proyecto político. El antepasado de Reyes es, en su retorno
novelesco, melancólico; su repetición mexicana es optimista. Pero en una situación de
progresiva autodestrucción de Hispanoamérica, la resurrección poética de Bolívar y la
memoria del poeta Reyes recuerdan que es cierta la opinión de Aristóteles, porque es una
Utopía concreta. "Sólo un dios nos salva", dijo Heidegger a propósito de la
encrucijada del mundo contemporáneo. "Llegada tarde al banquete de la civilización
europea", pero más acosada que el Viejo Mundo, Hispanoamérica puede decir, variando
ese clamor: "sólo la poesía nos salva". ¿Qué poesía? La que enmarcó y
nutrió la lucidez que irradia la imagen utópica de América de Alfonso Reyes: unidad
continental y democracia.
Un famoso compatriota de Alfonso Reyes,
cuyo conocido nombre no merece ser mencionado, afirmó recientemente que nada le debía a
Alfonso Reyes y que éste no había dejado obra de valor alguno. El primer rencor, que no
es cierto, explicaría por qué la voluntad de negar a quien explotó ha producido una
obra de pomposa mediocridad y alucinante confusión. El segundo rencor abunda en lo que
expresa el primero, pues, para terminar con dos citas del príncipe de las letras
hispánicas, Jorge Luis Borges, los lastres múltiples que hacen irritante el kilogramo de
papel que ha manchado tienen su causa indudable en que no pudo entender el propósito que
animó la vida y la obra de Alfonso Reyes, esto es, "proponer a los hombres la
lucidez en una era bajamente romántica", como reza una frase de Borges, quien en su
poema necrológico ya citado, reconoció:
Reyes, la indescifrable providencia
Que administra lo pródigo y lo parco
Nos dio a los unos el sector o el arco,
Pero a ti la total circunferencia.