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Comentario al
Segundo "Afecto Espiritual" de Sor Francisca Josefa de Castillo
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Darío Achury Valenzuela
É
ste pudiera llamarse un Afecto-tipo, porque, al
analizarlo, nos da la clave del modo como Sor Francisca estructuraba sus Afectos.
Una primera lectura de su texto deja en el lector la impresión de una serie de cláusulas
sueltas, entreveradas de exclamaciones y citas de la Sagrada Escritura, que ratifican su
incoherencia, incoherencia que, como luego se verá, es meramente aparente. Pero sometido
el texto a un calmado escudriño se va haciendo patente su plan normativo, y, por
consiguiente, su racional estructura, si vale la expresión.
Procediendo de lo general a lo
particular, seguiremos, a través de sus meandros, el curso de este Afecto,
marcando en cada caso los episodios o hitos que van jalonando su patética fluencia:
El motivo. El punto de arranque
de este Afecto lo constituye un estado de alma motivado por hechos concretos que se
suscitan a su rededor, que actúan en su circunstancia vital: los celos y humillaciones de
que Sor Francisca es objeto por parte de sus compañeras de claustro la obligan a buscar
en la soledad y en la oración un desquite "a lo divino". Entonces, en vez de
referir concretamente estos episodios de la vida conventual, los encubre con el velo de
los símbolos. Su mundo circundante, de horizonte retuso, alterado por hechos triviales de
la vida rutinaria que le causan penas y aflicciones, adquiere a sus ojos de mujer
solitaria y ensimismada las desmesuradas proporciones de un cataclismo universal: "Se
me representó a los ojos de mi alma todo este mundo como un diluvio de penas y
culpas".
Transición y desarrollo. El
espíritu de Sor Francisca escapa, a través de la frase transcrita, de su circunstancia
inmediata, de las cuatro paredes que limitan y encierran su ruinoso convento colonial,
para instalarse en el ilímite mundo de los símbolos: el alma, náufraga en un diluvio de
tribulaciones, busca su salvación.
Arca. Aparece entonces
obvia presencia el arca. El arca es Cristo en el Sacramento de la Eucaristía.
La idea de arca le sugiere, aun cuando ella no lo diga explícitamente, la de vislumbre de
tierra no anegada y la de escape (la paloma enviada en busca del ramo de olivo). Ideas que
halla configuradas simbólicamente en un texto de san Juan: "Yo soy la puerta, el que
por mí entrase será salvo, y entrará, y saldrá, y hallará pasto" (10, 9).
Pasto. Esta palabra del
evangelista interpretada por Sor Francisca como la Eucaristía en cuanto es alimento
sobrenatural y sobresustancial de las almas, y en este caso particular como fuente y
origen del simbolismo que en este Afecto despliega la autora, la palabra pasto
decíamos produce en su memoria una íntima y clara resonancia de acento
pastoral, asociada a las palabras del salmista: "El Señor Dios es mi pastor; nada me
faltará. En lugares de delicados pastos me hará yacer y conducirá a las aguas donde
puedo hallar solaz" (Ps., 22, vv. 1 y 2). En este texto bíblico halla Sor Francisca
una cabal expresión de su estado de alma. La idea de escape se hace aquí extremadamente
notoria: evadirse del mundo mínimo en que padece y todo le falta, para ir a sestear, a la
sombra de Dios, en verdes prados de grasos y abundantes pastos que Francisca asocia
a la idea eucarís-
tica, irrigados por las aguas "que saltan hasta la vida eterna". La grata
sensación de sosiego y solaz que emana de estos versículos del salmo 22 es como el
contrapunto del desasosiego y el tedio que anublan y oscurecen las horas de su vida
conventual.
Pan. La idea de pasto como
alimento la lleva obviamente a la de pan, como símbolo de la Eucaristía, y a éste llega
como por acción de un reflejo del recuerdo. En efecto, su imaginación, impulsada por la
memoria, la desplaza del ambiente eglógico, maravillosamente suscitado por las palabras
del rey salmista, a un lugar confinado donde se sirve el pan eucarístico. Este prodigioso
desplazamiento se realiza mediante la evocación de la oración de san Buenaventura, que
el sacerdote reza como acción de gracias después de la misa: Da, ut anima mea te
esuriat... panem... super substantialem, habentem omnem dulcedinem, et saporem, et omne
delectamentum suavitatis".
Pausa. En este punto de su Afecto
espiritual, Sor Francisca hace una pausa, inserta un hiato de exclamaciones efusivas,
como si el repertorio de símbolos se le hubiese agotado. Es un momento de indecisión en
el acto de la creación literaria.
Reenlace. De tal estado indeciso
acude a sacarla, por asociación de resonancias, el eco de unas nuevas palabras del
salmista. Entonces, el arca del símil original es sustituida por la imagen de la casa:
"la casa que la sabiduría edificó para sí", y la casa sobreabundantemente
abastecida que Dios promete a quien le teme (Ps., 111, 3). Vuelve aquí a atormentarla el
torcedor de su angustia, el recuerdo de su desolada vida de claustro, donde toda
privación espiritual tiene su asiento. Es entonces cuando el profeta Isaías le trae
palabras de consolación: todo cuanto su alma desee lo encontrará en aquella casa de la
sabiduría, "fundada sobre la firme piedra del desierto, de donde vino el Cordero al
monte de la hija de Sion". No son precisamente éstas las palabras del profeta.
Francisca las ha acomodado a su amaño. Lo esencial en ellas es la denominación de
"cordero", en cuanto a la autora le sirve de eslabón de enlace con el tópico
del "pasto", que en el curso de este Afecto se da como un Leitmotiv.
Cordero. Este
"cordero" de Isaías, enviado al soberano del país, desde la piedra del
desierto al monte de la hija de Sion, es una reminiscencia de aquel pasaje del Libro de
los Reyes, donde se refiere que alguien invitó a los fugitivos de Moab a que enviasen
al dominador del reino en donde se habían refugiado, el tributo de cien mil corderos y
cien mil carneros, que antes pagaban al rey de Israel, tributo que debía enviarse
precisamente desde el desierto pétreo de Selah a la montaña de la hija de Sion (Cf. IV.
Rg., 3, 4).
Égloga. Aquí el idioma de Sor
Francisca readquiere su evaporado acento eglógico y pastoral para encarecer el júbilo
del alma que mereciere ir en pos del Cordero, seguir sus sendas y sestear con él a la
orilla de las fuentes rumorosas. Luego el tópico del "cordero" experimenta un
traslado en los dominios de la simbología, porque ya no es el "agnus"
del tributo forzoso, sino el "agnus" de la mansedumbre, tan propio del
lenguaje figurado del Nuevo Testamento, el "cordero" de san Pablo que "se
abatió a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz" (Ps., 2, 9).
Cordero injuriado y afrentado que ni oía ni abría sus labios.
Antorcha. Nueva detención en el
camino de los símbolos pastoriles: Cristo ya no es el cordero sino la antorcha de caridad
que, desde el bronco leño izado, difunde sobre los hombres su amorosa lumbre para que
puedan transitar por los caminos de la paz.
Cordero pacífico. La palabra
"paz" le sirve a Francisca para retrotraer el símbolo del "cordero",
pero ahora bajo el atributo de cordero "pacífico", enviado por el Padre para
gobernar el mundo. Se percibe aquí una nueva resonancia del versículo de Isaías antes
citado, pero ahora modulado en el idioma benigno del Nuevo Testamento: "He aquí el
cordero que quita los pecados del mundo" (Jo., 1, 29), y "en que el Padre tiene
toda su complacencia" (Mt., 3, 17; Mr., 1, 11 y Lc., 3, 22).
Vara. El cordero del tributo se
transmuta ahora en "vara de virtud", enviada, como aquél, a la montaña de la
hija de Sion, la misma del versículo isaíaco. Vara de virtud que, a poco de andar el
símbolo, se trueca en vara de rigor que castiga "los pueblos que se amotinan y
piensan vanidad". Como se ve, "la montaña de la hija de Sion", con su
nueva resonancia, sirve de puente de transición entre el símil del cordero y el de la
vara punitiva.
Con vara de rigor vapula Yahveh a los
reyes y príncipes de la tierra que en sus asambleas y consejos se confabulaban con Él y
su ungido, contra Él que reina desde Selah desierto de piedra hasta Sion
monte de santidad. Ungido de Yahveh, a quien éste ha prometido darle cuanto
pidiere, inclusive "quebrantar a sus enemigos con vara de hierro y desmenuzarlos como
vaso de alfarero" (Ps., 2, 9).
Pasto. En su pequeña sinfonía
de símbolos ha llegado Francisca a un pasaje donde predominan las trompas y los cobres
bélicos sobre la idílica modulación de las flautas y las arpas. Decide entonces
introducir un cambio en el ambiente melódico, desvaneciendo los compases heroicos para
que puedan ser oídos, una vez más, los suaves tonos de los instrumentos pastoriles.
Retorna entonces al ambiente rusticano del salmo 22, allí donde Yahveh conduce al alma a
sestear en prados en que lozanean los pastos de verdeante grosura, y cabe los arroyos de
sosegadas aguas rumorosas. Pone fin a esta mínima sinfonía pastoral un fugaz fraseo
melódico de tono lúgubre: el valle de la muerte por donde en ocasiones puede vagar el
justo sin que le toque la vara del rigor, si teme a Dios.
Vara-cayado. Florece de nuevo
aquí el símbolo de "la vara", pero ya no para azotar al soberbio que en
clandestina asamblea conspira contra el Señor y su justicia, sino como cayado que al
justo ha de guiar y consolar, conforme a las promesas del salmista: virga tua et
baculus tuus, ipsa me consolata sunt (Ps., 22, 4).
Reposo y síntesis. Al llegar a
esta parte del Afecto 2º, el lector experimenta la necesidad de tomar aliento. El ascenso
ha sido penoso y al coronar la cima de los símbolos, el espíritu y la atención reclaman
un breve reposo para recobrar sus fuerzas. Parece que Sor Francisca fatigada
también, y ella más que nadie lo hubiese comprendido así. Aprovecha entonces esta
pausa para darnos, entretanto, una síntesis de todos los símbolos de que hasta ahora se
ha valido para figurar a Cristo Eucarístico, refugio donde su alma, atribulada por las
criaturas que con ella conviven, ha encontrado la paz anhelada y el consuelo deseado.
Cristo, como arca de salvación, como prado de abundantes y delicados pastos, como Cordero
inmaculado que quita los pecados del mundo, como pan sobresustancial que tiene toda
dulzura, como casa de sapiencia suma, como piedra y collado de la hija de Sion, y,
finalmente, como vara de rigor y cayado que guía.
Casa y convento. Después de
este primer descanso o "alivio de caminantes", la mente de Sor Francisca ha
entrado en recobro. Mirando hacia atrás, al trasluz de la urdimbre de sus símbolos,
columbra de nuevo su casa, su convento de Tunja, donde tan ingratos días le hacen pasar
sus hermanas en religión y sus padres confesores, inclusive. Esta vislumbre retrospectiva
le hace soñar otra casa, la de su Señor, donde ella quisiera vivir todos los días de su
vida. Todo esto no nos lo dice Francisca con palabras, ni siquiera lo sugiere, pero se
adivina. Recuérdese, a propósito, que ella inicia este Afecto con el símbolo del arca y
de la casa, sirviéndose de él como de una evasión y como de un escape de su contorno
vital, del cual sólo le llegan a su alma incitaciones que la conturban y alteran, que muy
de raro en raro le permiten ensimismarse, vivir dentro de sí y para sí. Al llegar a esta
cima de su Afecto, el subconsciente hace aflorar en su recuerdo el símbolo de la
casa, que ahora viene engastado en un versículo del salmo 26: Unam petii a Domino,
hanc requiram, ut inhabitem in domo Domini omnibus diebus vitae ut videam voluptatem
Domini et visitem templum eius. Con esto entiende Francisca como si le dijeran: Si el
alma se aparta de Dios, se extravía; y saliendo de Él, encontrará la muerte. Entonces
"sólo una cosa pide y ansía obtener: que le sea dado morar con el Señor en su
casa, en todos los días de su vida; que pueda contemplar su hermosura y visitar el templo
donde Él mora".
Un lapsus teológico. Considera
Francisca por unos momentos lo que sería su alma sin Cristo: nada, apenas vileza de
estercolero. Obnubilada por tan angustioso presentimiento, no tiene reato en decir:
"Algunas veces pienso que está mi vida tan pendiente de Nuestro Señor Sacramentado,
que si Él se acabara, se acabara ella". Escrito esto, e imaginados acaso los
sobresaltos teológicos de sus confesores, se apresura a disculparse, diciendo: "esto
no sé cómo es, porque en esto tiene vista el amor: siente sin conocer". La Hermana
Francisca bien sabe lo que el proloquio popular quiere decir cuando nos dice que "el
amor es ciego", sobre todo cuando se teme herir la susceptible sensibilidad
dogmática de los prebendados de Tunja y Santafé de Bogotá. "¿La simple hipótesis
de un Dios finito aún empleada como un mero pretexto retórico para exculpar una
hipérbole, no constituye de por sí un pecado y gravísimo pecado
contra la fe y el dogma?", habrían susurrado entre sí, escandalizados, los graves
teólogos con residencia en Tunja, si bajo sus ojos hubiera pasado aquella figura
hipotética, escrita con tan ingenua y tan exagerada como disculpable intención.
Después de haber lanzado tamaña
hipótesis, Sor Francisca debió de quedar algo desquiciada. No de otra manera logra uno
explicarse el porqué del enmarañado y confuso estilo del pasaje subsiguiente. Tal
confusión proviene, aparte de las frases incidentales que en serie interminable va
incrustando la Hermana Francisca en el cuerpo de la proposición principal, de la
defectuosa puntuación de los períodos, atribuible, no sabemos si a ella misma o a su
sobrino, el señor De Castillo y Alarcón, el paciente copista de los manuscritos
originales y celoso guardián de la póstuma gloria literaria de su venerable tía.
Epitalamio. Retorna al mundo de
los símbolos. Pondera el gozo del alma que por sus obras se hace acreedora a la soberana
merced de que el Esposo la atraiga al retiro de su amor. Una susurrante brisa de
epitalamio pasa ahora por las cláusulas en que Sor Francisca describe al alma conducida
por el amado a "la cámara del vino, enarbolando sobre ella la bandera del
amor": Introduxit me in cellam vinariam, ordinavit in me charitatem (Cn., 2,
4). El idilio va cobrando mayor intensidad: "Yo soy de mi amado, y hacia mí tiende
su deseo" (Ego dilecto meo, et ad me
conversio eius) (Cn., 7, 10).
Cristo, Dios y hombre, es el amado que se da sin reservas en la Eucaristía. Es el
"cordero candidísimo, teñido en su sangre". La asociación de las ideas del
"vino" y la "sangre", de "amado" y "cordero" le
dan a los símbolos parangonados un hondo sentido eucarístico.
Cristo innovador. Sin
transición alguna, sin puente de comunicación, Sor Francisca hace surgir ahora del fondo
de su simbología la imagen de Cristo restaurador, de Cristo innovador, para
lo cual acude a las fuentes del Apocalipsis: "Y enjugará Dios toda lágrima; y la
muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras
cosas son pasadas. Y el que estaba sentado en el trono, dijo: He aquí que hago nuevas
cosas... Al que tuviere sed, yo le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la
vida" (Ap., 21, 4-6). Las cosas nuevas que anuncia el Señor es el advenimiento de la
Jerusalén celeste, nunca antes vislumbrada ni soñada: "nuevo cielo y nueva
tierra", esposa de Cristo, eterna como eterno es el amor que la une a su amado. Y en
ese nuevo reino celeste no habrá ya muerte, ni duelos, ni llanto. Entre las muchas cosas
que anuncia y promete este supremo innovador, hay una que, aunque Sor Francisca no la
enuncia, le llega a las entrañas de su alma porque coincide con el estado de ánimo que
en aquella ocasión vive. En efecto, acosada por las tribulaciones causadas por los
desprecios de sus hermanas en religión, se acoge a Jesús sacramentado, quien le hace
comprensibles, entonces, sus promesas de excelso Reformador; entre otras, la de que sólo
Él puede saciar la sed inmensa de felicidad que atormenta al corazón humano: Ego
sitienti dabo de fonte aquae vitae gratis (Ap., 21, 6).
Agua viva. El tema del
"agua viva" es aquí una reviviscencia y prolongación del tema, o más bien,
del Leitmotiv de la Eucaristía como "pasto de las almas". Sor Francisca
lo retoma o reasume al percibir como un eco las palabras del salmista citadas al principio
de este Afecto 2º, según las cuales, el pastor, que es Dios, promete al alma
llevarla a yacer en amenos y delicados pastos y a la fuente del agua donde puede hallar
solaz. Y esta fuente del salmo 22 brota de nuevo en este pasaje del Apocalipsis como una
de las promesas de renovación que desde su trono hace el Cordero: Et spiritus et
sponsa dicunt: Veni. Et qui audit dicat: Veni. Et qui sitit veniat. Et qui vult accipiat
equam vitae gratis (Ap., 22, 17). Al reclamo invitatorio del espíritu y la esposa, el
alma que escucha con oído atento, repite: "Ven". Entonces el esposo le aclara
amorosamente su promesa vivificadora al alma sedienta para que acuda a tomar de balde del
agua de la vida, la misma agua viva ofrecida por Jesús a la Samaritana en el brocal de la
fuente de Jacob, en Sicar: agua saludable, símbolo del Espíritu Santo, que apaga la sed
para siempre, que sacia íntimamente el alma, que brota como un surtidor de un inexhausto
manantial y comunica vida eterna: Omnis qui bibit ex aqua hac sitiet iterum, qui autem
biberit ex aqua, quam ego dabo ei, non sitiet in aeternum; sed aqua, quam ego dabo ei,
fiet in eo fons aquae salientis in vitam aeternam (Jo., 4, 13-14).
Hasta Sor Francisca llega entonces
también el eco de las altas voces que dio Jesús en el último día de las Fiestas de los
Tabernáculos, después de que una jubilosa muchedumbre había acompañado al sacerdote
hasta la fuente de Siloé, donde, mientras éste sacaba de allí agua en un ánfora de oro
para derramarla luego al pie del altar, en el templo, aquélla cantaba en coro el verso de
Isaías: Haurietis aquas in gaudio de fontibus salvatoris ("Sacarás agua con
gozo de las fuentes de la salud") (Is., 12, 3). Y las voces que dio entonces Jesús
fueron para decir que esa agua símbolo de las bendiciones mesiánicas era la
que Él mismo fuente de la salud divina prometía: Si quis sitit, veniat ad
me et bibat. Qui credit in me, sicut dicit Scriptura, flumina de ventre eius fluent aquae
vivae. Hoc autem dixit de Spiritu, quem accepturi erant credentes in eum: nondum enim erat
Spiritus datus, quia Iesus nodum erat glorificatus (Jo., 7, 37-39). Con estas palabras
de Cristo entendió Sor Francisca que al decírsele que de "sus entrañas manarán
ríos de agua viva", no tendría ella que acudir fuera de sí para hallar el agua que
aplaca la sed, porque de los hontanares de su alma brotaría a torrentes esa agua de la
vida eterna; fuente de aguas vivas que es el mismo Espíritu Santo, que, recibido de
Cristo, morará perpetuamente en el corazón de los que creen en Él. Entendió, además,
que como el Señor Jesús ya había sido glorificado al padecer, morir, resucitar y
ascender a los cielos, la plenaria comunicación del Espíritu Santo a los hombres ya
había tenido lugar.
Las palabras de Cristo en la Fiesta de
los Tabernáculos: "como dice la Escritura", le abren a Sor Francisca nuevas
perspectivas en el campo de la interpretación del tópico "agua viva". La
Escritura, en este caso, está representada por los profetas Isaías y Ezequiel. El
primero, cuando dijo: Haurietis aquas in gaudio de fontibus salvatoris, anunciando
así al alma la promesa de copiosas gracias de salvación por los merecimientos del Hijo
de Dios (Is., 12, 3). El mismo Isaías en otro lugar, bajo la metáfora del agua, que
irriga la tierra yerma y sitibunda, nos muestra, con acento mesiánico, el símbolo de la
gracia que Cristo ha de verter a torrentes sobre el mundo reseco y sediento: Effundam
enim aquas super sitientem, et fluenta super aridam (Ib., 44, 3).
Sor Francisca, que pasa por una crisis
de sequedad en la oración y por una etapa de íntimas tribulaciones que la inducen a
acogerse a la soledad, escucha entonces como un eco de las palabras de Isaías, otras del
mismo profeta, que anuncian extraordinarios prodigios, "porque aguas han brotado en
el desierto y torrentes en la soledad": quia scissae sunt in deserto aquae, et
torrentes in solitudine (Is., 35, 6). No se ha apagado aún el eco de tales palabras
en los oídos de Francisca, cuando ya resuena en ellos el vaticinante clamor que viene a
aclarar el sentido simbólico de aquellas aguas vivificantes. Omnes sitientes, venite
ad aquas, et qui non habetis argentum, properate, emite e comedite. ("¡Ay,
sedientos todos, venid a las aguas; y los que no tenéis dinero, venid, comprad y
comed!") (Is., 55, 1). Pero no se interrumpe aquí esta cadena de ecos mesiánicos,
porque en el ámbito del alma de nuestra clarisa resuena ahora, con vibrante claridad
consoladora, una nueva promesa, la de que la gracia del Señor, al descender sobre ella,
la dejará "como huerto regado y cual hontanar de aguas, cuyas linfas no
traicionan". (Et eris quasi hortus irriguus et sicut fons aquarum, cuius non
deficient aquae) (Is., 58, 11).
Es ahora Ezequiel quien viene a
prefigurar en el agua que brotará del nuevo templo, aquello que el Señor, desde su
trono, anunció: Ecce nova facio omnia. ("He aquí que hago nuevas todas las
cosas". Ap., 2l, 5). El texto de Ezequiel le sirve a Sor Francisca para retornar al
tema de "Cristo innovador", enlazándolo a la vez con el del "agua
viva". Yahveh ordena a su profeta que torne a la puerta del templo, bajo cuyo umbral
brotaba el agua, en dirección Este. Explica Ezequiel que la fachada del templo daba al
oriente. Aquellas aguas descendían, soterradas, hacia el sur del altar, después de haber
pasado por debajo de la pared lateral derecha de la casa del Señor (Ez., 47, 1). Sor
Francisca se explica estas palabras de Ezequiel considerando como templo nuevo, irrigado
de reconfortantes aguas, el alma del justo que teme a Dios, en cuya casa crecerá la vid,
que simboliza a la Esposa, y se congregarán sus hijos renuevos de olivo en
torno de la mesa familiar.
Vid. Insensiblemente, Francisca
efectúa una transición del tópico "agua viva", eslabonado con el del
"templo nuevo", al tema de "la vid", valiéndose para ello de la cita
del texto del salmo 127, en sus tres primeros versículos, parafraseados en el estilo que
a ella le es peculiar: "Bienaventurado todo aquel que teme al Señor y sigue las
sendas trazadas por Él. Porque has de comer el trabajo de tus manos, bienaventurado
serás y te irá siempre bien. Tu esposa será como vid fructífera dentro de tu casa; tus
hijos, renuevos de olivo, alrededor de tu mesa".
Amor renovador. En este pasaje
Sor Francisca pondera la virtud mágica del amor que le hace obrar portentos, renovando
cuanto se acerca a su llama vivificadora, y que hace andar al alma, transida del temor
santo, por los caminos de la cruz. Encomia luego la caridad por los frutos y obras que de
su ejercicio provienen: preferir el honor de Dios a todos los tesoros terrenales y amar al
prójimo en y por Dios.
Agua viva. Pulsa aquí Sor
Francisca la cuerda hímnica del salmo 64, que es una jubilosa acción de gracias a Yahveh
por haber irrigado la tierra con el caudaloso torrente de sus ríos, abasteciéndola de
trigos candeales, y haciendo rezumar de grosura las carretas que pasan por los caminos, y
aljofarando de rocío los pastos del desierto, y ciñendo de alegría las colinas, y
vistiendo las campiñas con la arcada lana de las ovejas y haciendo que por doquier
resuenen vítores y cantos. Visitasti terram et inebriasti eam, multiplicasti
locupletare eam (Ps., 64, 10).
Síntesis final. El gozoso
acento hímnico se apaga en una síntesis que es como la clave de todas las imágenes
empleadas por la autora a partir de la síntesis anterior, que marca el promedio de este
Afecto, y a la cual nos referimos pertinente y oportunamente. En efecto, Sor Francisca
compendia, en este pasaje final, los temas de la segunda parte que ella ha sabido enlazar
y reemplazar, mediante un prudente y coherente sistema de concordancias y repeticiones
que tienen cierta resonancia de eco en todo el discurso de este Afecto. Es
así como, en raudo vuelo, nos muestra la caridad bajo la especie de los renuevos del
olivo, el alma sin caridad como tierra yerma, el temeroso de Dios como campo irrigado y
fructífero.
Retorno al motivo inicial. Para
terminar este Afecto 2º, Sor Francisca vuelve al episodio de su vida trivial que
lo ha motivado, o sea, a las tribulaciones que la afligen, ocasionadas por el trato
humillante que recibe de sus hermanas en religión, tribulaciones que ahora ya no la
mortifican, porque dice haber hallado consuelo en las consideraciones que en este Afecto
refiere y describe en un lenguaje cargado de símbolos y rico en esencias metafóricas.
Conclusión analítica. Nos
hemos detenido más de la cuenta en el análisis de este Afecto
2º, porque,
desde el punto de vista exclusivo de la composición literaria, se le puede considerar
como el arquetipo de los demás que integran los dos volúmenes de los Afectos
espirituales de Sor Francisca Josefa de la Concepción. Efectivamente, en él se puede
seguir el proceso de esa "composición" y observar el método que la autora
sigue en su elaboración literaria, método que es, ciertamente, muy sencillo, como lo
vamos a ver:
1. Sor Francisca, generalmente parte de
un hecho común de su vida ordinaria en la comunidad: tribulaciones que en un momento dado
la afligen; estados de su alma después de comulgar; rezo de las horas del oficio, sola o
en el coro; efectos de la lectura espiritual, etc., etc. De ahí que sus Afectos
comiencen ordinariamente con expresiones como éstas: "Otro día entendí esto"
(Afecto 15, 135); "Hoy, en comulgando..." (17, 146);
"Sintiendo y padeciendo unos desmayos o ansias en el alma y en el cuerpo..." (18,
148); "Estando grandemente fatigada y afligida, rezando las horas,
entendí..." (27, 235).
2. El verbo "entender", en su
doble acepción de comprender y oír, es, generalmente, la raíz de los
afectos o sentimientos espirituales que en cada caso expone la autora. Con dicho verbo
expresa una moción del alma proveniente de algo que ella cree haber escuchado: un habla o
locución divina, sin excluir la posibilidad, en este caso, de un ardid o engaño del
demonio, conforme a la experiencia de Santa Teresa, su maestra, en primer lugar, y de los
demás escritores místicos que tratan de dicha materia en sus obras, de un modo especial.
3. Lo que ella generalmente comprende u
oye es un texto de la Sagrada Escritura, cuyos letra y contenido se acuerdan con el estado
de alma que en ese determinado momento vive la autora.
Los libros del Antiguo Testamento más
citados por Sor Francisca son, en su orden, los siguientes:
Salmos (609 citas anotadas)*.
Cantares (61 citas anotadas).
Job (42 citas anotadas).
Jeremías (39 citas anotadas).
Isaías (37 citas anotadas).
Reyes (27 citas anotadas).
Eclesiástico (18 citas
anotadas).
Los libros del Nuevo Testamento son:
San Mateo (50 citas anotadas).
San Lucas (37 citas anotadas).
San Juan (18 citas anotadas).
San Pablo (Epístolas diversas,
45 citas).
Apocalipsis (18 citas anotadas).
Menciona, además, en menor escala,
textos de algunos de los libros históricos, didácticos y proféticos del Antiguo y del
Nuevo Testamento, citas que no pasan de la decena en la mayoría de los casos. Para dar
una idea de los conocimientos escriturarios de Sor Francisca, se anotan tales libros a
continuación, poniendo entre paréntesis el número de veces en que aparecen citas
tomadas de ellos:
Antiguo Testamento: Génesis
(13), Éxodo (8), Levítico (1), Deuteronomio (10), Josué (1),
Jueces (5), Paralipómenon (1), Tobías (4), Judith (2), Esther
(1), Proverbios (9), Eclesiastés (6), Sabiduría (9), Ezequiel
(4), Daniel (1), Oseas (2), Joel (2), Jonás (5), Miqueas
(1), Nahum (6), Habacuc (3), Zacarías (7) y Macabeos (6).
Nuevo Testamento: Hechos de los
Apóstoles (4), Epístola de Santiago (7) y de Pedro (6).
No se han registrado citas de los Números,
Ruth, Esdras, Amós, Abdías, Sofonías, Ageo y Malaquías, entre los libros
del Antiguo Testamento. Entre los del Nuevo Testamento no se han observado citas de las Epístolas
de san Pablo a los Tesalonicenses, a Timoteo y Filemón, ni de la Epístola
de san Judas.
4. Del texto que se propone a su
consideración y meditación, Francisca suele hacer una paráfrasis más o menos extensa
en el curso de la cual aduce otro texto bíblico concordante con el primero, el cual es
igualmente parafraseado, y así sucesivamente.
5. Los textos, con sus paráfrasis
respectivas, se suceden unos a otros, como queda dicho, pero casos suele haber en que este
proceso de eslabonamiento se ve sustituido por el de "reenlace", o sea que, ya
en plena fluencia el discurso literario de un Afecto, la corriente se detiene en un
texto bíblico para remontarse de éste al primero, mediante un reenlace de
símbolos o de paráfrasis. Luego, el texto inicial, retomado, da origen a nuevos
afluentes de textos bíblicos, parafraseados o no. Otras veces los procedimientos de
eslabonamiento y reenlace se ven complementados por los de "cruce" y
"recruce" de citas de las Escrituras, igualmente parafraseadas, formando una
como trama o red de invisibles hilos alusivos al tema o motivo central del Afecto
correspondiente.
6. Otras veces el procedimiento
empleado por Sor Francisca en la elaboración literaria de un Afecto, es distinto,
o sea: cuando del texto bíblico inicial pasa, sin transición, a otro paralelo, y de
éste a otro, igualmente paralelo, y así sucesivamente. Luego la autora tiende un puente
o arco de metáforas o símiles entre el primero y el segundo, el segundo y el tercero,
etc. Ocasiones hay en que el arco de más amplio gálibo se tiende del primero
al tercero, continuando en serie alterna, que luego en orden inverso prosigue el mismo
impulso saltígrado. Materializado en un esquema este procedimiento, podría representarse
por una serie de líneas paralelas, unidas entre sí por arcos, en serie continua o
alterna, y viceversa, formando en conjunto un nuevo aspecto del método de
"cruce" y "recruce", de que en el punto 5 se trata.
7. Algunos Afectos traen al
final una recapitulación de temas o símbolos.
8. Los procedimientos literarios antes
mencionados no se dan sino en los Afectos de alguna extensión, lo cual explica el
porqué de su difícil lectura y comprensión a primera vista. Fuera de que la materia en
sí se presta poco o nada a la coherencia
tanto intrínseca como formal, puesto que de lo que se trata es de que un alma
casi siempre atormentada da escape a sus afectos y sentimientos en
forma de exclamaciones, reclamos, requerimientos, querellas, lamentos, sollozos, ayes,
suspiros, raptos de amor, anonadamientos, deliquios del alma, vuelos del espíritu,
arrobamientos, pasmos, asombros, en una palabra, sentimientos todos que exigen su
expresión o extroversión en frases admirativas, interrogativas o impetratorias; frases
de corto aliento, truncas casi siempre, que, por expresar súbitos pensamientos o ideas,
quedan en suspenso para ceder el paso a otras de forma y contenido similares, que se
adelantan con avasalladora insistencia para desalojarlas, y
9. Mucho ayuda a la comprensión de los
Afectos espirituales creemos haberlo dicho ya relacionar su contenido
con el del relato autobiográfico de Sor Francisca, toda vez que lo que en éste se
refiere en forma episódica tiene en aquéllos su resonancia espiritual mediata o
inmediata.
Cronología. Por razones que
ampliamente se expondrán al tratar del tiempo en que hubiera sido escrito el Afecto 5º,
puede conjeturarse que este Afecto 2º haya sido escrito en el año de 1696.