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Ensayo sobre las
diferencias sociales en América
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Simón Bolivar
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Kingston, después del 28 de setiembre
de 1815
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Señor Redactor o Editor de la Gaceta
Real de Jamaica.
Los más de los políticos europeos y
americanos que han previsto la independencia del Nuevo Mundo han presentido que la mayor
dificultad para obtenerla consiste en la diferencia de las castas que componen la
población de este inmenso país. Yo me aventuro a examinar esta cuestión, aplicando
reglas diferentes, deducidas de los conocimientos positivos y de la experiencia que nos ha
suministrado el curso de nuestra revolución.
De quince a veinte millones de
habitantes que se hallan esparcidos en este gran continente de naciones indígenas,
africanas, españolas y razas cruzadas, la menor parte es ciertamente de blancos; pero
también es cierto que ésta posee cualidades intelectuales que le dan una igualdad
relativa y una influencia que parecerá supuesta a cuantos no hayan podido juzgar, por sí
mismos, del carácter moral y de las circunstancias físicas, cuyo compuesto produce una
opinión lo más favorable a la unión y armonía entre todos los habitantes; no obstante
la desproporción numérica entre un color y otro.
Observemos que al presentarse los
españoles en el Nuevo Mundo, los indios los consideraron como especie de mortales
superiores a los hombres; idea que no ha sido enteramente borrada, habiéndose mantenido
por los prestigios de la superstición, por el temor de la fuerza, la preponderancia de la
fortuna, el ejercicio de la autoridad, la cultura del espíritu y cuantos accidentes
pueden producir ventajas. Jamás éstos han podido ver a los blancos sino al través de
una grande veneración, como seres favorecidos del cielo.
"El español americano dice
M. de Pons ha hecho a su esclavo compañero de su indolencia". En cierto
respecto, esta verdad ha sido origen de resultados felices. El colono español no oprime a
su doméstico con trabajos excesivos; lo trata como a un compañero; lo educa en los
principios de moral y de humanidad que prescribe la religión de Jesús. Como su dulzura
es ilimitada, la ejerce en toda su extensión con aquella benevolencia que inspira una
comunicación familiar. Él no está aguijoneado por los estímulos de la avaricia ni por
los de la necesidad, que producen la ferocidad de carácter y la rigidez de principios,
tan contrarios a la humanidad. El americano del sur vive a sus anchas en su país nativo;
satisface sus necesidades y pasiones a poca costa. Montes de oro y de plata le
proporcionan riquezas fáciles, con que obtiene los objetos de la Europa. Campos
fértiles, llanuras pobladas de animales, lagos y ríos caudalosos con ricas pesquerías
lo alimentan superabundantemente; el clima no le exige vestidos y apenas habitaciones; en
fin, puede existir aislado, subsistir de sí mismo y mantenerse independiente de los
demás. Ninguna otra situación del mundo es semejante a ésta: toda la tierra está ya
agotada por los hombres; la América sola apenas está encetada.
De aquí me es permitido colegir que,
habiendo una especie de independencia individual en estos inmensos países, no es probable
que las facciones de razas diversas lleguen a constituirse de tal modo que una de ellas
logre anonadar a las otras. La misma extensión, la misma abundancia, la misma variedad de
colores da cierta neutralidad a las pretensiones, que vienen a hacerse casi nulas.
El indio es de un carácter tan
apacible que sólo desea el reposo y la soledad; no aspira ni aun a acaudillar su tribu,
mucho menos a dominar las extrañas. Felizmente esta especie de hombres es la que menos
reclama la preponderancia; aunque su número excede a la suma de los otros habitantes.
Esta parte de la población americana es una especie de barrera para contener a los otros
partidos; ella no pretende la autoridad, porque ni la ambiciona ni se cree con aptitud
para ejercerla, contentándose con su paz, su tierra y su familia. El indio es el amigo de
todos porque las leyes no lo habían desigualado y porque, para obtener todas las mismas
dignidades de fortuna y de honor que conceden los gobiernos, no han menester de recurrir a
otros medios que a los servicios y al saber; aspiraciones que ellos odian más que lo que
pueden desear las gracias.
Así, pues, parece que debemos contar
con la dulzura de mucho más de la mitad de la población, puesto que los indios y los
blancos componen los tres quintos de la populación total, y si añadimos los mestizos que
participan de la sangre de ambos, el aumento se hace más sensible y el temor de los
colores se disminuye, por consecuencia.
El esclavo en la América española
vegeta abandonado en las haciendas, gozando, por decirlo así, de su inacción, de la
hacienda de su señor y de una gran parte de los bienes de la libertad; y como la
religión le ha persuadido que es un deber sagrado servir, ha nacido y existido en esta
dependencia doméstica, se considera en su estado natural como un miembro de la familia de
su amo, a quien ama y respeta.
La experiencia nos ha mostrado que ni
aun excitado por los estímulos más seductores, el siervo del español no ha combatido
contra su dueño, y por el contrario, ha preferido muchas veces la servidumbre pacífica a
la rebelión. Los jefes españoles de Venezuela, Boves, Morales, Rosete, Calzada y otros,
siguiendo el ejemplo de Santo Domingo, sin conocer las verdaderas causas de aquella
revolución, se esforzaron en sublevar a toda la gente de color, inclusive los esclavos,
contra los blancos criollos, para establecer un sistema de desolación, bajo las banderas
de Fernando VII. Todos fueron instados al pillaje, al asesinato de los blancos; les
ofrecieron sus empleos y propiedades; los fascinaron con doctrinas supersticiosas en favor
del partido español, y, a pesar de incentivos tan vehementes, aquellos incendiarios se
vieron obligados a recurrir a la fuerza, estableciendo el principio: que los que no
sirven en las armas del rey son traidores o desertores; y, en consecuencia, cuantos no
se hallaban alistados en sus bandas de asesinos eran sacrificados, ellos, sus mujeres e
hijos, y hasta las poblaciones enteras; porque a todos obligaban a seguir las banderas del
Rey. Después de tanta crueldad, de una parte, y tanta esperanza de otra, parecería
inconcebible que los esclavos rehusasen salir de sus haciendas, y cuando eran compelidos a
ello, sin poderlo evitar, luego que les era posible, desertaban. La verdad de estos hechos
se puede comprobar con otros que parecerán más extraordinarios.
Después de haber experimentado los
españoles, en Venezuela, reveses multiplicados y terribles, lograron, por fin,
reconquistarla. El ejército del general Morillo viene a reforzarlos y completa la
subyugación de aquel país; parecía, pues, que el partido de los independientes era
desesperado, como en efecto lo estaba; pero, por un suceso bien singular, se ha visto que
los mismos soldados libertos y esclavos que tanto contribuyeron, aunque por fuerza, al
triunfo de los realistas, se han vuelto al partido de los independientes que no habían
ofrecido la libertad absoluta, como lo hicieron las guerrillas españolas. Los actuales
defensores de la independencia son los mismos partidarios de Boves, unidos ya con los
blancos criollos, que jamás han abandonado esta noble causa.
Estamos autorizados, pues, a creer que
todos los hijos de la América española, de cualquier color o condición que sean, se
profesan un afecto fraternal recíproco, que ninguna maquinación es capaz de alterar. Nos
dirán que las guerras civiles prueban lo contrario. No, señor. Las contiendas
domésticas de la América nunca se han originado de la diferencia de castas: ellas han
nacido de la divergencia de las opiniones políticas y de la ambición particular de
algunos hombres, como todas las que han afligido a las demás naciones. Todavía no se ha
oído un grito de proscripción contra ningún color, estado o condición; excepto contra
los españoles europeos, que tan acreedores son a la detestación universal. Hasta el
presente se admira la más perfecta armonía entre los que han nacido en este suelo, por
lo que respecta a nuestra cuestión; y no es de temerse que en lo futuro suceda lo
contrario, porque para entonces el orden estará establecido, los gobiernos fortificados
con las armas, la opinión, las relaciones extranjeras y la emigración europea y
asiática, que necesariamente debe aumentar la población.
Balanceada como está la populación
americana, ya por el número, ya por las circunstancias, ya, en fin, por el irresistible
imperio del espíritu, ¿por qué razón no se han de establecer nuevos gobiernos en esta
mitad del mundo? ¿En Atenas no eran los esclavos cuatro veces más que los ciudadanos?
¿Los campos de Esparta no los cultivaban los ilotas? ¿En todo el Oriente, en toda la
África, en parte de Europa, el número de los hombres libres no ha sido inferior al de
los siervos? Obsérvese además la diferencia que existe entre los cautivos de la
antigüedad y los miserables trabajadores de la América; aquéllos eran prisioneros de
guerra, acostumbrados al manejo de las armas, mercaderes y navegantes ricos, filósofos
profundamente instruidos, que conocían sus derechos y todos sufrían impacientes las
cadenas. Los modernos son de una raza salvaje, mantenidos en su rusticidad por la
profesión a que se les aplica y degradados a la esfera de los brutos.
Lo que es, en mi opinión, realmente
temible es la indiferencia con que la Europa ha mirado hasta hoy la lucha de la justicia
contra la opresión, por temor de aumentar la anarquía; ésta es una instigación contra
el orden, la prosperidad y los brillantes destinos que esperan a la América. El abandono
en que se nos ha dejado es el motivo que puede, en algún tiempo, desesperar al partido
independiente, hasta hacerlo proclamar máximas demagógicas para atraerse el aura
popular; esta indiferencia, repito, es una causa inmediata que puede producir la
subversión y que sin duda forzará al partido débil en algunas partes de la América a
adoptar medidas, las más perniciosas, pero las más necesarias para la salvación de los
americanos que actualmente se hallan comprometidos en la defensa de su patria, contra una
persecución desconocida en todo otro país que la América española. La desesperación
no escoge los medios que la sacan del peligro.