PARTE V
De los animales hispanoamericanos de los climas cálidos.
CAPITULO I
De los animales pequeños y de las aves de los climas cálidos
Desde el principio del descubrimiento de América, nada
procuraron los españoles con mayor solicitud, y diré también con
mayor afán, que introducir en ella animales domésticos. Y en esto,
si se piensa, actuaron muy sabiamente. Pues si debían servirse
siempre de alimentos encontrados allá, y en cambio de gallinas
comer siempre las guacharacas y otras aves semejantes, en lugar de
gordos cerdos las báquiras, en lugar de nuestros bueyes los ciervos
de los indios y las dantas, qué mataderos hubieran sido suficientes
para proveer en abundancia sus ciudades? Es cierto que en algunas
partes hay muchos animales cuadrúpedos y volátiles de buen sabor.
Pero no serán nunca muchos si se comen exclusivamente o se comen
por largo tiempo. Los alrededores de la Encaramada que yo ví llenos
de tortugas llamadas morrocoyes, después de muchos años los vi casi
vacíos por el continuo consumo, de manera que para obtenerlos, era
necesario buscarlos en lejanas tierras.
Qué diremos si a esta razón conocida por todos, agregamos también
la de la pereza de los indios que trabajan siempre para sí con
negligencia, y para los otros especialmente si son extranjeros, por
la fuerza? A todos estos inconvenientes puso oportuno remedio la
laboriosidad de los nuevos habitantes, y en el principio del
descubrimiento cada navío que salía de España llevaba a América
unas veces alguna especie de nuestros animales domésticos, otras
otra, y a veces todas juntas. Yo debo decir de cada especie que
actualmente se encuentra en Tierra Firme, cuál es su número, cuál
su sabor, y si en lo nuevos países donde antes no existían,
nuestros animales están tan bien como en nuestra Italia o España de
donde fueron llevados. Pero siendo tantas las especies de los
animales domésticos, para evitar toda confusión al lector, debemos
hablar de ellas ordenadamente.
Y para empezar por un animal que aunque sucio es sin embargo muy
agradable a muchos, diré que existen nuestros cerdos en los climas
cálidos, fríos y templados; yo ví allá dos especies, unos negros y
otros blancos. Y sin entrar a hablar de su tamaño, del que
trataremos después por separado, su sabor es muy bueno, aunque en
el Orinoco y quizás en todas las tierras cálidas, sus carnes son
flojas y no tan sustanciosas como las de nuestros puercos. Yo creo
que esto es muy útil para que no sean dañosos, y para que nadie se
burle de mí, como de un vendedor de mentiras, yo para confirmarlo
si es necesario, traeré en testimonio a toda América. Acosta,
hombre de finísima sagacidad y que vió tantas regiones de América,
alaba mucho al puerco por la susodicha propiedad. Y están de
acuerdo con este antiguo escritor los modernos. En muchas cartas me
aseguran que su salubridad en todos los lugares es la misma, por lo
menos en los climas cálidos. Y debe ser en efecto la misma, porque
las carnes de cerdo se dan hasta a los enfermos. Para no hablar de
otros lugares, así pasa en Cartagena del Nuevo Reino. "En la región
de Cartagena, dice un amigo mío, los puercos sustituyen a los
capones. En dicha ciudad se matan doce o trece bueyes y sesenta
marranos, los que son de una carne tan delicada, que se da a comer
a los enfermos".
No puedo alabar igualmente los pollos de los climas cálidos, de los
cuales hablaré aquí anticipadamente a fin de evitar confusión. Esos
animales serán tan numerosos como uno quiera, maíz para
alimentarlos no falta nunca en los países donde viven los
españoles, pero ya sea por esa alimentación o por otra razón que no
conozco, su sabor no es tan grato como en Europa. Esto lo oí muchas
veces no solo de los españoles sino también de un viajero francés.
No tengo una larga experiencia de las palomas, de las cuales
también allá hay una existencia, junto con los gallos de Indias, o
mejor de México de donde se han propagado hasta nosotros y a toda
la América meridional. Pero tanto los unos como los otros no
parecen suficientemente fuertes para soportar los males de los
climas cálidos como las diferentes especies de gallinas, y cuesta
mucho trabajo conservar la especie.
En mis tiempos, un negro tuvo en la Encaramada dos gallos de Indias
que había comprado a un extranjero con el fin de introducir la raza
en aquella nueva aldea. Una señora caraqueña me regaló con el mismo
fin.
Pero tanto él como yo, considerando la suma dificultad para criar
los polluelos, nos vimos obligados a salir de ellos en breve, él se
aburrió por no encontrar un alimento apropiado a la delicadeza de
los polluelos, yo por verlos continuamente chupados por los
murciélagos y sin poderlos comer sino rarísima vez. Por lo demás,
el sabor de mis pichones me pareció semejante al de los nuestros.
De los gallos de Indias no recuerdo haberlos comido nunca. Yo digo
ésto del Orinoco, pues puede haber en lo climas calientes de Tierra
Firme otro país más afortunado en el que se puedan criar bien y
desarrollarse felizmente dichas aves.
Vuelvo nuevamente a los animales pequeños, las cabras viven bien en
los climas calientes, y si no fuera por los tigres que les hacen
mucho daño, en los lugares alpestres y pedregosos se multiplicarían
muy bien, aunque no tanto como en las zonas frías y templadas, por
el excesivo calor. Ya hablé
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de las cabras introducidas en el Orinoco
por los señores de la Real Expedición de Límites, y dije cuán
gratas y saludables son sus carnes. Un clima abrasador no es apto
para tener allá ovejas, sin embargo la hay en algún lugar, y no sé
con qué fin, si no es para comerlas. Pues a estas ovejas no las
trasquilan nunca, y los dueños no se sirven de su lana, que crecida
más de lo acostumbrado, queda colgada en las espinas donde se
frotan de vez en cuando las ovejas.
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Tomo III. lib. II. cap. V.
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