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INDICE
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PARTE IV
De los animales de los climas cálidos.
CAPITULO I
De la naturaleza de los cuadrúpedos en los lugares cálidos.
Expliqué ya al principio de este libro
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(1)
cuál es según mi opinión la semejanza de
los reinos hispanoamericanos entre sí. Y creo que de aquella
explicación pueden quedar satisfechos los que a la primera
aparición de esta Historia creyeron que yo quería igualar en todo
el salvaje Orinoco con las demás regiones de la América española.
Pero sus protestas fueron todas de palabra y casi personales.
Pública, porque corre impresa, es la del Padre Molina, que en su
Saggio sulla Storia naturale de Chili,
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(2)
se queja de que yo haya empequeñecido los
animales americanos. He aquí sus palabras:
"Nada ha sido tan perjudicial a la Historia Natural de la América
como el abuso que se ha hecho, y se continúa haciendo de la
nomenclatura; de esto se han derivado los voluntarios sistemas de
la degradación de los cuadrúpedos en aquel inmenso continente; y de
aquí proceden los ciervos pequeños, los jabalíes pequeños, etc. que
se alegan y citan a favor de aquellos sistemas, y los cuales no
convienen con la especie a que se supone que pertenecen nada más
que en el nombre abusivo que les pusieron algunos historiadores de
poca observación que se dejaron engañar de las apariencias
superficiales de las formas y de las figuras. Un autor moderno muy
respetable, que pretende ser cosa evidente la degeneración de los
animales de América, cita para prueba de su opinión al Mirmecófago
americano, llamado vulgarmente oso hormiguero, desechándole como un
ramo degenerante de la especie del oso: mas conviniendo todos los
naturalistas en que este pequeño cuadrúpedo se distingue del oso no
solamente en el género, sino también en el orden, no hay para que
reputarle como variedad bastarda de una especie, con la cual no ha
tenido jamás ninguna afinidad esencial y característica. Pero,
cuántos paralogismos de la misma naturaleza podríamos citar
igualmente, si quisiésemos vindicar todos los cuadrúpedos
americanos contra quienes han fulminado provisionalmente la
sentencia de degradación". Hasta aquí el autor.
Si uno se sintiera solo en las contiendas literarias, ganaría
siempre el pleito. Yo, que según mi parecer y el ajeno, soy aquí el
citado y al mismo tiempo desfigurado, no debo dejar pasar sin
ninguna reflexión sus palabras. Y comencemos por el principio: Un
autor moderno muy respetable, el autor no me cita expresamente
porque quizás está convencido de que yo dije un solemne disparate.
Si me hubiera citado expresamente, habría dado la oportunidad a los
críticos o a los curiosos de confrontar mis ideas acerca de este
punto con las suyas, y habrían resuelto según su entender en mi
favor o en el suyo. Hubiera al menos dicho que el autor por él
citado había estado por muchos años en las ciudades españolas de
América, y por más de dieciocho entre las naciones salvajes, bajo
el sol abrasador del Orinoco! Así habría despertado naturalmente en
su lectores la curiosidad de ver mis libros, dándoles la
oportunidad de juzgar mejor en esta controversia.
Continúa diciendo que un autor moderno, pretende ser cosa evidente
la degeneración de los animales de América. Cada palabra un error.
No pretendo que sea evidente la degeneración de los animales en
América, digo solamente que parece. Además no hablo de todos los
animales americanos sino de aquellos que son semejantes a los
nuestros, y observo que los animales americanos son más pequeños y
débiles que los nuestros. He aquí mis palabras textuales:
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(3)
"Hagamos algunas
reflexiones acerca de los animales del Orinoco. 1-En los animales
del Orinoco, que son semejantes a los nuestros, es notable la
pequeñez. Los ciervos son como los gamos, los jabalíes y los osos
no pasan quizás de tres o cuatro docenas de libras de peso, y
parece evidente lo que de ellos dicen los naturalistas: es decir,
que en América la naturaleza no es igualmente robusta como en
nuestros países".
Estas palabras para quienes bien las consideren, es necesario que
les disipen toda sombra de dificultad. Si vio los ciervos y
jabalíes nuestros, no se le ocurrirá contradecirme al mismo docto
escritor. Así es, pues él dejando a un lado esos corpulentos
animales nuestros, toma la defensa solamente del oso americano, que
él llama a veces con buen grecismo mirmecofago, otras veces con
nuevas palabras italianas oso formicaro. En suma este bendito oso,
que yo puse casi por chanza, fue el formidable espantapájaros, que
él pone intrépidamente delante para espantarme, y hace de él un
grave reato de historia natural. Pero vamos despacio. Y si yo
dijera que el oso o el osito hormiguero, como yo le llamo
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(4)
, si yo, repito, dijera
que ese animal es una rama degenerada de la especie del oso, qué
mal haría en esto? Habría pecado contra los cánones de la historia
natural, de ninguna manera contra los de la naturaleza y buena
lógica. Pero de este asunto hablaré en mejor ocasión, es decir,
cuando en tomo separado publique mis Anécdotas Americanas.
Por ahora advierto que yo en mi Historia no dije sino que
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(5)
"oso se llama en el
Orinoco cierto animal que los Tamanacos llaman uaracá, y que
efectivamente se le asemeja de alguna manera". Yo no establezco
aquí un canon de historia natural, ni clases, órdenes, géneros,
especies, variantes ni otras semejantes eruditas distinciones del
Norte. Digo que "se llama oso, y que se le asemeja en alguna
manera". Esto no es verdad? Que se llame oso, lo saben todos los
americanos. Quién puede dudar de que se asemeja al oso verdadero?
El oso se empina para saltar, gusta mucho de la miel, así es
también el osito. A los osos del Orinoco les falta tanta fiereza
cuanta admiramos en los nuestros. Así es, pero óigase otra broma:
los Tamanacos dicen que al principio tuvo también fiereza por haber
tenido boca ancha y dientes horribles, pero que habiendo abusado
demasiado de ella devorando a los orinoquenses, Amalivacá que tuvo
compasión de ellos, quitó al osito sus dientes y le redujo la ancha
boca a un hueco.
Con esto parece demostrado suficientemente que yo, cuando escribí
mi primer tomo no quise poner al uarcá en la clase de los osos, ni
en serio ni sentado en un trípode filosófico. Con todo esto, el
largo prefacio que nuestro autor antepone al párrafo ya citado en
que pulveriza todos los abusos de la nomenclatura americana, me
hace sospechar con algún fundamento que él ha creído de buena fe
que yo tengo en cuenta como definiciones inapelables los nombres
que los españoles impusieron a los seres americanos. Y con esta
bonita idea, él mostraría no haber leído el pasaje en que discurro
sobre un animal americano que los españoles llaman León
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(6)
. Yo casi sin darme
cuenta, porque no soy filósofo, lo puse en la clase de los tigres,
y cuando sea necesario, estoy dispuesto a sostener esta opinión con
la pluma. Para hablar sinceramente, yo tengo de la nomenclatura
hispanoamericana hablando en general, un concepto muy distinto del
de nuestro autor.
Oviedo que escribió la Historia Natural de América al principio del
descubrimiento, y usa en ella tantas palabras nuestras para indicar
los seres americanos, era un conquistador pero docto. Docto
también, mejor dicho docto por encima de todos, fue Acosta, doctos
otros muchos españoles y extranjeros que en el lenguaje usual y en
los libros siguieron las huellas por él marcadas. Por consiguiente
no parece que esta nomenclatura se pueda acusar de abuso con tanto
ruido. Tanto más cuanto que este imaginado abuso parece que no
tiende a otro fin sino a excluír, si lo logra, los pequeños
ciervos, los pequeños osos, los pequeños jabalíes y agreguemos los
pequeños erizos, las calabazas españolas más pequeñas, nuestros
vegetales bastardos y cien otras variedades americanas que resultan
de mi Historia. Y para mejor lograrlo, se ha dicho que los que se
llaman ciervos americanos no son tales sino que neciamente fueron
llamados así al principio por los conquistadores en virtud de
alguna lejana semejanza con nuestros ciervos. Lo mismo igualmente
se ha dicho de los jabalíes y de los osos, y de todos estos se
quiso formar clases que los distingan de los nuestros.
Dejando aparte estas tonterías que no sé para qué puedan ser
útiles, digo que es muy útil decir sinceramente por experiencia
propia o por ajena, las cualidades y también los defectos de cada
clima de América, subrayando lo bueno y también lo malo. Y he aquí
que me he abierto el camino para hablar brevemente del sistema que
he seguido al redactar mi Historia, sistema que no es ni
buffoniano, ni de Linneo sino verdadero. Nadie ciertamente llamará
este sistema caprichoso.
Y para aclararlo en cuanto yo pueda, repito nuevamente como lo dije
en el prefacio del tomo segundo de mi Historia, que yo parte en el
Orinoco, parte en Santafé y otros lugares, estuve en Tierra Firme
veinticinco años en total. Y para uno como yo, deseosísimo de
entender a fondo todo lo raro que de día en día ofrecen a la vista
los inmensos países de América, era maravillosa la variedad de los
seres naturales. Cartagena, adonde llegué el año 1743, cuarenta
días después de haber salido de Cádiz, se me presentó con sus
alrededores llenos de singularísimas plantas, cocos, tamarindos,
guayabos, hicacos, y qué se yo. Las hierbas nuestras, los arbustos,
los árboles nuestros, o no los hay de ninguna manera o están sólo
en los jardines. Allá vi entre tantos vegetales salvajes la
verdolaga. No ví otra cosa propia de nuestras tierras, y esta
sorprendente escena me fascinó de al manera que yo, lleno de
estupor no me cansaba nunca de mirarla.
Pero las rarezas de los alrededores de Cartagena son nada en
comparación con las del río de la Magdalena, en Cuyas orillas,
fuera de otras nuevas plantas americanas, aprendí también con
fastidio grande a conocer los muchos molestísimos insectos que en
este lugar produce la humedad, las serpientes horribles de formas
desconocidas, los caimanes y otros animales feroces que atentan
contra la vida de los viajeros descuidados. Cosas espantosas, pero
dignas de un ojo verdaderamente filosófico. Cosas bonitas más allá
de lo que pueda uno imaginar son las aves revestidas de plumas
bellísimas, las mariposas de diferentes y vistosas formas, el verde
de las plantas bajo el sol más abrasador. Confieso de buena gana
que con vista tan amena, ni sentía los piquetes de los insectos ni
pensaba ya en la bellísima Italia. Conocí entonces por experiencia,
pero mucho más después en mis viajes por el Orinoco, qué increíble
placer es el de encontrar cuando se viaja, ya un vegetal antes
desconocido y observar sus flores, sus hojas y sus frutos; ya un
animal antes no conocido y considerar todas sus características; ya
también gentes foráneas y bárbaras y llamarlas con palabras
nuevas.
Los mismos montes, los valle y las rocas, los amplísimos ríos de
América, los mismos precipicios y los espantosos saltos de agua
encantan a la vista e invitan dulcemente a estudiar esos mudos y
útiles documentos. La misma singular admiración me causó también la
vista de la fría región de Santafé en la que ví algunas cosas
nuestras, otras totalmente americanas. De muchas de ellas ya hemos
tratado, de muchas o más bien de muchísimas hablaremos después,
para que cada cual comparando los países cálidos con los fríos
conozca a fondo su naturaleza. Y yo no me jacto de haber observado
diligentemente todas las propiedades de los seres americanos de los
dos climas ya indicados. No, a quien como yo pensaba principalmente
en otra cosa distinta de la naturaleza de las cosas vistas, a quien
se entrega totalmente al pensamiento de conquistar para Cristo los
salvajes, es necesario que se escapen, sin quererlo, muchos
utilísimos conocimientos.
Con todo esto, yo pensé lo suficiente para formarme un justo
sistema de la historia natural de América y también de otras
regiones. Si yo desarrollara todo el tema de una vez, me haría
fastidioso al desviarme de mi camino. He aquí lo que se refiere a
mi tema. Y supuesto que el primer fin de quien escribe historia ha
de ser el de decir la verdad, ya sea agradable o desagradable, hay
que hablar de los dos reinos de la naturaleza, el animal y el
vegetal separando sus virtudes y miserias, según los climas. El
reino mineral no está sujeto a tales variaciones.
Así en el reino animal los ciervos por ejemplo de los climas fríos
son de constitución diferente a los de los climas cálidos, aunque
se siga en su descripción a Linneo o a cualquier otro. Los osos de
los climas cálidos son pequeños, los de los fríos grandes. El mismo
cuidadoso análisis debe hacerse igualmente de los vegetales; por
ejemplo, las calabazas hispanoamericanas de los climas cálidos, los
ajos y las cebollas son pequeños; grandes y con bonita cabeza los
ajos y cebollas de los climas templados y de los fríos.
Este sistema, siendo el de la verdad, no debe apoyarse para
llevarlo felizmente a término en una experiencia común y como de
paso, sino más bien en una observación continua y crítica. Si se me
replica que es imposible la experiencia de todos los lugares y de
todas sus cosas, lo comprendo. Pero sería cosa fácil si después de
haber dividido entre varios las distintas partes, escribiera uno
por ejemplo sobre las plantas propias de los distintos climas de
América, otros sobre las plantas llevadas de otras partes, otro de
los animales de allá y otro de los llevados después, y así
comparando unos trabajos con otros, sacar las conclusiones. Esta
empresa por cierto no imposible, pondría finalmente en claro lo que
hasta ahora parece oscuro.
Yo pienso que al escribir así de aquel continente, juntamente con
las alabanzas se oirían igualmente los vituperios. Pero ésto qué
importa. Es sabido por los sabios que todo el mundo es igual y que
los demás se quejan de lo que nos quejamos nosotros, es decir de
que hay en todas partes algo bueno, precedido o acompañado o
seguido de algo malo. Pero si se quiere disminuír la extrañeza que
produce la diferencia de América en lo referente a cosas nuestras,
yo me atrevo a insinuar un método que además de ser muy seguro no
ofende en nada a América. Vuélvase nuevamente a la naturaleza de
los climas y dígase que no todas las cosas forasteras se adaptan
igualmente a ella. Non omnis, dijo el poeta, non omnis fert omnia
tellus
|
(7)
; no
porque no sea feraz la tierra a la que se confía la semilla
extranjera, no ya porque no haya hierbas también selectas con que
se puedan apacentar los rebaños, sino porque (y esta es la
verdadera razón) los animales y las plantas están en lugar que no
les corresponde. El sol los quema más de lo acostumbrado y los
insectos los molestan de continuo.
Y no vemos nosotros lo mismo con respecto a nuestro ganado, que
para conservarlo sano y gordo, en el verano hay que llevarlo del
abrasado agro romano a las frescas montañas de Norcia, de Visso y
de Cascia? Los pastos maremanos son mejores que los de la montaña,
pero en verano son demasiado cálidos lo que perjudica a las ovejas
que por consiguiente hay que llevarlas a otro lugar. Lo que pasa
entre nosotros, pasa también en América. Más adelante oiremos las
extrañas consecuencias de un clima cálido de Tierra Firme sobre los
animales bovinos que son los más fuertes y resistentes a las
maléficas cualidades de los climas. Por ahora pienso sólo en el
hombre, el hombre nacido para vivir en todo clima, el hombre a
quien el Omnipotente destinó a vivir no sólo en la zona templada
sino también en el helado septentrión y en la abrasada zona del
ecuador.
Y qué? se encuentra bien igualmente en cada una de estas partes?
Créalo el judío Apella. Yo que he recorrido el mundo, no lo creeré
nunca. Y aunque no tuviera ninguna otra razón para no creer, me
bastaría para confirmarme en ella, el haber no sólo visto sino
experimentado por largo tiempo los países cálidos y fríos de Tierra
Firme. Mirad a la cara a los caldopolitani (palabra italo-griega
hecha a imitación de la que usan los españoles de Tierra Firme para
llamar a los habitantes de tierra caliente). Mirad repito, a los
calentanos, son todos en su mayoría descarnados, pálidos, amarillos
y de débil constitución. No hablo de otras desgracias suyas.
Débiles también pero de una buena sangre, de color vivo y gordura
suficiente son los lanudos, para usar de una palabra de Tierra
Firme, es decir los habitantes de los climas fríos.
Mi experiencia no pasajera me induce a poner toda la culpa de las
diferencias americanas en el clima cálido. Me parece que el frío o
el calor exagerados, aun prescindiendo de otros motivos, muda casi
la naturaleza de las cosas. Los pequeños míseros arbustos y también
los animales o pequeños o pocos del más remoto septentrión muestran
si yo digo la verdad con respecto al frío. Nuestras hierbas,
nuestros árboles y arbustos, los animales semejantes a los nuestros
nos pueden ayudar a comprender qué extrañas metamorfosis produce el
excesivo calor en América. Estas últimas palabras creo, pondrán fin
al intempestivo disgusto de algunos que leen superficialmente los
libros. Yo no estuve nunca ni en la zona templada austral, que más
o menos será como la nuestra, ni en los fríos y templados climas de
la zona tórrida. Siempre oí hablar de los lugares cálidos y afirmar
que en ellos pasan las variaciones indicadas. Esto se hubiera
podido entender desde el principio, si mi Historia se hubiera leído
desapasionada y atentamente. Pongo nuevamente a la vista del lector
lo que escribí
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(8)
:
"hagamos algunas reflexiones acerca de los animales... en los
animales del Orinoco que son semejantes a los nuestros, es
admirable la pequeñez... esto puede depender... o del exagerado
calor que hace retrasar y casi extinguir los animales, o de muchas
otras razones que no conocemos". Estas palabras muestran
suficientemente que yo en mi Historia hablé de los climas cálidos
de los cuales me parece que hablan también los naturalistas. Yo no
debía decir más de esto hasta que termine mi obra, cuyo fin deben
esperar los buenos lectores para formar un juicio. Además, es
impropio llamar América una parte principalísima de los dominios
españoles y portugueses? Esto es sutilizar demasiado.
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(1)
|
Cap. I
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(2)
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Lib. 4. pág. 270.
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(3)
|
Tomo I, nota 24, pág. 316.
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(4)
|
Tomo 3, Apénd. 2. Catálogo 5, pg. 374.
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(5)
|
Tomo I, Lib. 5, cap. 8
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(6)
|
Tomo I, Lib. 5 cap. 6.
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|
(7)
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Virg. (Egl. IV. 39)
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|
(8)
|
Tomo I, Nota XXIV. pág. 316,
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