PARTE III
De las plantas forasteras de los climas calientes.
CAPITULO I
De las frutas agrias y de la caña de azúcar.
Después de la planta del tabaco, que aunque nace también en los
climas fríos y en los templados, crece más fuerte y bella en los
calientes, en estos últimos climas debemos observar algunas plantas
nuestras, y ver juntamente cómo crecen allá, si vivas y bellas como
aquí o si por el contrario como secas y marchitas como en terreno
extraño. En este capítulo hablaremos de algunas frutas y de la caña
de azúcar, en el siguiente de las hierbas. Y ante que todo, de las
frutas que como dice Oviedo
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fueron llevadas de España a Santo Domingo,
de donde se propagaron después por todo el continente. No hay duda
de que algunas frutas están muy bien en las tierras calientes de
Tierra Firme y que constituyen también un artículo de comercio con
los forasteros, dándoselas en gran cantidad a holandeses e ingleses
que van allá a comprarlas.
Me aseguraron que en el Esequibo (no sé de qué manera) hacen un
vino agradable de naranjas exprimidas. Pero cualquiera que sea el
uso que de las frutas hacen los comerciantes, a mí no me toca decir
sino lo que me parece digno de mención. La facilidad con que todo
tipo de frutas agrias se da en las tierras calientes es portentosa.
No digo que dondequiera haya muchas, porque no en todas partes es
igual el trabajo y la actividad de los habitantes. Pero la tierra
por ser de clima húmedo y cálido es más apta que la nuestra para
tales plantas. Además, si se exceptúan los insectos, no hay ningún
viento contrario, no hay vientos del norte y del sur que las
molesten, pues llegan allá sin fuerza y débiles. Por consiguiente
no es de extrañar que allá se produzcan frutas tan abundantes y
bellas.
Al pie del monte Tena vi cedros de extraño tamaño y tales como aquí
no los vemos sino por rara casualidad. Lo mismo dígase de cierta
especie de naranjas que en la provincia de Caracas son del tamaño
de la cabeza de un niño. Esto, y con estas mismas palabras, me lo
dijo mulas veces el muy estimado señor don Juan Ignacio Sánchez.
Hay naranjas llamadas de Portugal, hay otras que producen un fruto
agrio. Hay limones de toda especie; los que se llaman franceses,
aunque más grandes son semejantes a nuestras cidras y de un jugo
muy suave; los chiquitos, que algunos juzgan naturales del lugar,
por su condición parecen casi venenosos. Con todo esto, si se usan
parcamente son buenos para limonada, y para tratar la enfermedad
del bicho son ciertamente los mejores.
Pasamos a la caña de azúcar, pero sin decir de ella lo que se
encuentra fácilmente en los naturalistas modernos. Esta caña, cuyo
jugo después de haberlo cocido y purificado por medio de un
complicado procedimiento, se solidifica finalmente en azúcar, fue
llevada a Santo Domingo y luego al continente americano de las
Islas Canarias. Nos lo dice Oviedo
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(2)
en cuyo libro se puede ver también cómo se
daba de bien en Santo Domingo en los primeros tiempos, y qué
abundancia de ingenios había entonces. El argumento de mi historia
nos llama a Tierra Firme en la que hay innumerables cañaduzales e
ingenios de azúcar. Y ésto no nos debe extrañar; la Tierra Firme
además de ser muy extensa es también más feraz que las Antillas,
más exhuberente y quizás también más húmeda, lo que favorece mucho
el cultivo de la caña de azúcar. Pero entre tantos buenos terrenos,
los españoles escogieron aquellos en que la caña de azúcar crece
más vigorosa y más bonita, es decir las tierras calientes, en las
que las cañas después de un año, y quizás en menos tiempo maduran y
están listas para molerlas. Pero ésto no pasa en todas partes pues
en los climas fríos para madurar se demoran dos años, y en los
templados año y medio.
Después de haber indicado el lugar más propio para las plantaciones
de caña de azúcar, quizás el lector espere que yo me tome el
trabajo de tratar extensamente de su cultivo y explicar el modo
cómo se muele y en fin la manera cómo los hispanoamericanos hacen
el azúcar, pero con qué objeto tan tediosa repetición, habiendo
tantos libros que tratan de eso, tal vez más de lo debido? Se
quiere además de los muchos prosistas, un moderno que trate el tema
gentilmente en verso? Léase el delicioso libro del Padre José
Rodríguez de Mello
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al fin del cual se encuentra la
descripción de lo que se puede desear a este respecto, expuesta en
elegante didascálico por Prudencio Amaral, y publicada aquí por
segunda vez. Nosotros nos detendremos en otras cosas que no son
conocidas en Italia.
En líneas generales, no vemos aquí otras clases de azúcar sino las
que nos traen de las colonias francesas o portuguesas de América. Y
para decir verdad, son muy estimables. Pero los azúcares de la
Tierra Firme estarían ciertamente al mismo nivel y quizás los
aventajarían. A Santafé se llevan de los molinos de Tena, del
Espinal y de otros muchos lugares semejantes, muchos panes de
azúcar de 25 libras españolas cada uno, y son tan blancos y
hermosos que no se puede pedir más. Los usa la gente para el
chocolate y para las limonadas, y todavía mucho más para las
confituras; pero todo el consumo de azúcar blanco, más propio de
los señores que del pueblo común, es nada en comparación del que se
hace del azúcar rojo, que por ser menos costoso, lo comen o mejor
dicho, lo devoran todos.
Lo hay de dos clases: el uno, como el de los santafereños y otros,
se echa en moldes cuadrados y se llama panela, es demasiado
viscoso, pero gusta generalmente a aquella gente. El otro, lo
llaman los caraqueños papelón, y se cuaja en moldes de figura
cónica con peso de una o más libras, granuloso y de sabor no
desagradable, es el mismo que se usa para endulzar el chorote,
aunque este uso es el menos que se hace de él. Los desayunos y las
meriendas de muchos qué son sino un pedazo de arepa, de casabe o de
pan
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(4)
y otro
semejante de papelón? Nuestra Italia se extraña con estos cuentos,
pero se asombrará al oír otros todavía más curiosos. El jugo
exprimido de la caña de azúcar si se cuece bastante y se le quitan
todas las heces, por fin se solidifica y se vuelve blanco como la
nieve. Si se tiene menos tiempo al fuego, y no se le quita muy bien
la espuma, después de un tiempo se tiene una pasta apta para hacer
papelones y panelas. Pero si después de un cocimiento no muy largo
se quita de la caldera, el jugo de la caña de azúcar se vuelve
miel.
Es increíble cómo se usa en toda la Tierra Firme esta miel que los
españoles llaman miel de caña, y los franceses de las Antillas
melaza. No hay comercio más lucrativo que éste. La miel se lleva a
todas partes en zurrones y todos pelean por ella. Con qué fin? para
mojar el pan al final de las comidas, para comerla en la merienda y
cuando les da la gana. Si no hay miel en casa es como si no hubiera
sal. Por consiguiente no es de extrañar que muchos dueños de
cañaduzales, dejando de fabricar azúcar se entreguen únicamente a
la fabricación de miel. Grande la ganancia y poco el trabajo. Y no
menor utilidad obtienen de la destilación de dicha miel por medio
de un aparato especial para hacer aguardiente. Pequeña ventaja,
pero no indiferente, es la que se consigue con la venta del jugo
crudo de la caña de azúcar fermentado y reducido a una bebida
refrigerante que se llama guarapo; pero es mejor hablar de ésto en
el libro segundo.
Entre tanto, no dejaré de notar que si los cacaotales de Tierra
Firme, aunque no muy numerosos son de tanto provecho para los
españoles, los cañaduzales que como dije son mucho menos
abundantes, podrían rendir mucho más si el uso exorbitante de hacer
miel no lo impidiera. Al presente, o por lo menos cuando yo estuve
allá, la venta del azúcar se limitaba toda a los lugares cercanos o
lejanos de Tierra Firme sin exportarla nunca a Europa, sino quizás
para regalarla a quienes la desean como cosa rara.
Qué ventaja resultaría de la exportación de este producto! Con todo
esto, si se quisiera ampliar el comercio, aun siendo tantos los
cañaduzales, habría que aumentarlos, por el excesivo consumo que
del dulce hacen los americanos. Me consta que en la sola ciudad de
Caracas que no pasa de treinta mil habitantes, se consumen cada año
hasta treinta mil escudos de azúcar. Cantidad ciertamente muy
grande si se piensa que el azúcar no se usa sino muy poco o nada
por la gente del pueblo que se contenta con los papelones, usándola
únicamente los señores y las personas cultas. Sin embargo en
Caracas se consume una cantidad tan grande. Qué diríamos de
Santafé, de Cartagena y de otros lugares grandes y pequeños de
Tierra Firme?
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(1)
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Lib. 8. cap.I .
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(2)
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Lib. 8. cap. 5.
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(3)
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De rusticis Brasiliae rebus.
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(4)
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De la arepa y del casabe se trata en el Tomo 2. Lib. 4, cap.
22.
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