INDICE




Introducción
Prefacio
Copia carta escrita al Padre Felipe Salvador Gilij
Descubrimiento de Tierra Firme y variedad de sus climas.
De las plantas propias de los climas calientes
De las plantas forasteras de los climas calientes.
De los animales de los climas cálidos.
De los animales hispanoamericanos de los climas cálidos.
De las plantas propias de los climas fríos y templados
De las plantas hispanoamericanas de los climas fríos y templados de Tierra Firme.
De los animales nativos de los climas fríos y templados
De los animales hispanoamericanos de los climas fríos
De las cosas comunes a los varios climas de Tierra Firme
De los primeros habitantes de Tierra Firme
De los Negros
De los Hispanoamericanos
De las razas mixtas de Tierra Firme
Embellecimiento de Tierra Firme
Del comercio
Notas y aclaraciones
Apéndice - Breves noticias de las provincias de Tierra Firme
CAPITULO VIII
De los climas templados y de las causas de los diferentes climas.
 

 

Habiendo hablado de los dos principales climas de Tierra Firme, ahora no es difícil comprender la calidad del que llaman templado, a saber, que ni incomoda por la temperatura fría del aire ni enerva más de lo justo por el calor. Un clima de este género podrían envidiarlo los Elisios, y así son muchos lugares de Tierra Firme. Mi gratitud para con esa parte de América en la que pasé toda mi juventud, exige de mí que cite, si no todos, al menos los más célebres de esos lugares.
Las faldas del monte Tena en el Reino de Santafé son de una dulzura maravillosa. De una parte tienen las empinadas pendientes del monte, desagradables por el rigor del clima que allí domina, de otra, la llanura abrasada por el calor continuo. Las faldas, por decirlo así, en medio del hielo y del fuego, hacen de los dos una agradable mezcla y tienen un clima muy benigno. Allí siempre son amenos los campos, una especie de cereales sucede de continuo a la otra, las plantas están siempre verdes, cargadas siempre de frutas, ya verdes ya maduras, como nuestros frutales, y siempre adornadas de flores.
Oh, esos sí son lugares que debemos envidiar al Nuevo Mundo! Pero para colocarlos en su juta perspectiva, debemos separarlos sencillamente de los otros que hemos descrito, que si tienen mucho de bueno, tienen también mucho de malo. Equivocaríase totalmente quien describiera lo que es propio de una pequeña parte de manera que pareciera atribuírse al todo. El que quiera fundadamente glorificar a América, dirija su atención a las regiones templadas que bien pueden alabarse, lo merecen. De las otras, elógiese la feracidad de la tierra y si se puede, dígase de acuerdo con el concepto de experimentados trabajadores cuánto produce, ateniéndose a lo verosímil. No olvide el Cacao, exalte hasta las estrellas la caña de azúcar, el grato licor que encierra, y otras cosas semejantes. Pero exponga también las enfermedades que juntamente con la feracidad de la tierra se encuentran por todas partes. Las alabanzas sin límites de Acosta nos han alejado del camino, y ya es bueno que volvamos a él.
La región llamada Medellín en la provincia de Antioquia no se diferencia en nada de la ya dicha, sino quizás por su mayor feracidad y por la dulzura de su clima. Nuestras hortalizas nacen allá a la maravilla, como las indígenas, y las hay sin interrupción alguna durante todo el año. Igualmente se dan allá algunas plantas trasladadas de nuestros climas y así también son algunos alrededores de la ciudad de Mérida, así otros muchos lugares.
Supera sin embargo a todos en mucho el territorio en que está la ciudad de Caracas, en que uno se puede nutrir ya con nuestros alimentos, ya con los más delicados de América que allá o en sus alrededores se encuentran casi todos. Entre tanto, termino diciendo que un vizcaíno a quien tuve la oportunidad de tratar en el Orinoco, me decía algunas veces (no sé si por amor a Italia en donde había vivido algún tiempo) que la ciudad de Caracas y la belleza de sus alrededores eran muy semejantes a la de las regiones marítimas del reino de Nápoles. Así lo creo yo también. Solamente que la alegría de nuestros campos es de corta duración, la de las tierras de Caracas es continua.
Busquemos después de ésto, la razón por la cual a pesar de los rayos abrasadores de la Zona Tórrida, existen allí regiones de clima tan variado, es decir, algunas calientes, otras frías, otras templadas, lo que puede parecer un fenómeno inexplicable a quien no ha estado nunca en América. Pero si se mira la posición de la tierra, la maravilla desaparecerá pronto. Las tierras calientes no sólo están en lo bajo, sino que son también de una gran extensión. El sol las hiere continuamente de una manera directa, y esos rayos directos o mueren en la tierra o se redoblan cerca a ella por refracción. Por lo tanto el calor se torna allá excesivo. Si la tierra fuera plana en todas partes de la Zona Tórrida, en todas partes estaría incendiada como la imaginaron los antiguos. Pero como en ella hay lugares de una singular elevación por encima de los demás, en ellos el calor disminuye proporcionalmente hasta tornarse en verdadero frío congelante. Ya dijimos por qué alturas se sube a Santafé y por cuáles se baja a lo llanos de Casanare; una elevación tan grande de la tierra. un conjunto tan maravilloso de montañas que se elevan por encima de las llanuras, no podía menos de ser frío.
De esta altura no son las montañas de nuestra nación. Más bien son pigmeos con respecto a las diferentes cordilleras de los Andes. Sin embargo, si nosotros comparamos nuestros montes con las regiones bajas y marítimas, constatamos si no en todo el año al menos en el verano, alguna semejanza con lo que estamos diciendo. En el verano del año 1782 el calor en Roma alcanzó a 35 grados Reaumur. En Legogne, pueblo situado en las montañas de Norcia, en la diócesis de Espoleto, donde estuve veraneando ese año desde el 18 de junio hasta el 5 de noviembre, nunca alcanzó a superar los 25 grados.
Más allá, al oriente de Legogne hay un monte que se llama Vetore que se levanta altísimo sobre la celebérrimas llanuras del Caastelluccio, situadas en la cumbre del Apenino, a seis millas de Norcia. Yo fui allá el 3 de julio deseoso de observar los raros fenómenos naturales que de vez en cuando admiran los que van a ese lugar con fines de estudio. Y fuera de otras cosas que pude notar, me pareció muy extraña la variación del clima.
Yo no llevé conmigo el termómetro de Reaumur, pero en su lugar fueron para mí maestros autorizados las plantas silvestres muy diferentes de las del territorio de Legogne, los cereales de almorta, de fécula y cebada pequeña en vez del trigo, y principalmente la grata jornada y la fresquísima noche que pasé en Castelluccio. El gentilísimo cura don Benito Pasqui al ver mi admiración, me aseguró que allá el verano casi no lo conocen sino los trabajadores del campo y agregó que no es raro el caso de que en los meses de julio y agosto caiga la escarcha, se hiele el agua en las vasijas y caiga la nieve. Lo cual no parecerá muy extraño a quien dirija su mirada al monte Vetore cuya base reposa en el lado oriental de la ya citada llanura, enfrente al Castelluccio. Este monte el 3 de julio tenía nieve en diferentes lugares, y algunas personas que estuvieron allá todo el verano para vigilar el ganado, me aseguraron que permanecieron allá restos de nieve hasta mediados de agosto, y que finalmente el primero de septiembre volvió a caer nieve en gran abundancia. Este somero esbozo de la variedad de nuestros climas en verano, puede ayudarnos a conocer la variedad que se admira todo el año en algunas regiones de Tierra Firme.
Por lo dicho resulta clara la causa del frío y el calor. He aquí ahora la causa de la dulce y templada estación, a saber, la vecindad de los lugares cálidos y fríos. Ciertamente el calor llega a esos sitios privilegiados, pero la vecindad de los montes fríos impide que sea exagerado. Allá llega igualmente el frío, pero la cercanía de lugares muy calientes lo atempera. Dije la cercanía de lugares muy calientes, porque las tierras templadas no son de gran extensión como las frías y las calientes, más bien son pequeñas y casi limitadas a la región en que se unen las zonas fría y caliente.
De esta regla que hemos establecido y que se puede aplicar fácilmente a los climas de nuestras regiones montañosas y marítimas, debemos excluír algunos otros lugares templados de Tierra Firme. El territorio de Caracas como hemos dicho es templado; pero aunque está rodeado por todos lados de regiones cálidas, no tiene en su cercanía ninguna tierra fría o monte nevado que modere ese calor. De dónde pues, procede la dulzura de aquel clima? Yo diría que de dos causas a saber, la mayor lejanía del Ecuador y la altura moderada de sus montañas. Lo primero es evidente en el puerto de la Guaira en donde estuve siete meses. Ese puerto según Surville está a diez grados y medio más o menos de latitud norte, y es ciertamente caliente, pero no mucho y seguramente menos que el Orinoco, que está más cerca de la línea del Ecuador. La otra causa, la altura no excesiva de las montañas suaviza el aire caliente pero no tanto que la haga fría. En conclusión, allá pasa lo que en las montañas bajas de Italia.

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