CAPITULO VIII
De los climas templados y de las causas de los diferentes
climas.
Habiendo hablado de los dos principales climas de Tierra Firme,
ahora no es difícil comprender la calidad del que llaman templado,
a saber, que ni incomoda por la temperatura fría del aire ni enerva
más de lo justo por el calor. Un clima de este género podrían
envidiarlo los Elisios, y así son muchos lugares de Tierra Firme.
Mi gratitud para con esa parte de América en la que pasé toda mi
juventud, exige de mí que cite, si no todos, al menos los más
célebres de esos lugares.
Las faldas del monte Tena en el Reino de Santafé son de una dulzura
maravillosa. De una parte tienen las empinadas pendientes del
monte, desagradables por el rigor del clima que allí domina, de
otra, la llanura abrasada por el calor continuo. Las faldas, por
decirlo así, en medio del hielo y del fuego, hacen de los dos una
agradable mezcla y tienen un clima muy benigno. Allí siempre son
amenos los campos, una especie de cereales sucede de continuo a la
otra, las plantas están siempre verdes, cargadas siempre de frutas,
ya verdes ya maduras, como nuestros frutales, y siempre adornadas
de flores.
Oh, esos sí son lugares que debemos envidiar al Nuevo Mundo! Pero
para colocarlos en su juta perspectiva, debemos separarlos
sencillamente de los otros que hemos descrito, que si tienen mucho
de bueno, tienen también mucho de malo. Equivocaríase totalmente
quien describiera lo que es propio de una pequeña parte de manera
que pareciera atribuírse al todo. El que quiera fundadamente
glorificar a América, dirija su atención a las regiones templadas
que bien pueden alabarse, lo merecen. De las otras, elógiese la
feracidad de la tierra y si se puede, dígase de acuerdo con el
concepto de experimentados trabajadores cuánto produce, ateniéndose
a lo verosímil. No olvide el Cacao, exalte hasta las estrellas la
caña de azúcar, el grato licor que encierra, y otras cosas
semejantes. Pero exponga también las enfermedades que juntamente
con la feracidad de la tierra se encuentran por todas partes. Las
alabanzas sin límites de Acosta nos han alejado del camino, y ya es
bueno que volvamos a él.
La región llamada Medellín en la provincia de Antioquia no se
diferencia en nada de la ya dicha, sino quizás por su mayor
feracidad y por la dulzura de su clima. Nuestras hortalizas nacen
allá a la maravilla, como las indígenas, y las hay sin interrupción
alguna durante todo el año. Igualmente se dan allá algunas plantas
trasladadas de nuestros climas y así también son algunos
alrededores de la ciudad de Mérida, así otros muchos lugares.
Supera sin embargo a todos en mucho el territorio en que está la
ciudad de Caracas, en que uno se puede nutrir ya con nuestros
alimentos, ya con los más delicados de América que allá o en sus
alrededores se encuentran casi todos. Entre tanto, termino diciendo
que un vizcaíno a quien tuve la oportunidad de tratar en el
Orinoco, me decía algunas veces (no sé si por amor a Italia en
donde había vivido algún tiempo) que la ciudad de Caracas y la
belleza de sus alrededores eran muy semejantes a la de las regiones
marítimas del reino de Nápoles. Así lo creo yo también. Solamente
que la alegría de nuestros campos es de corta duración, la de las
tierras de Caracas es continua.
Busquemos después de ésto, la razón por la cual a pesar de los
rayos abrasadores de la Zona Tórrida, existen allí regiones de
clima tan variado, es decir, algunas calientes, otras frías, otras
templadas, lo que puede parecer un fenómeno inexplicable a quien no
ha estado nunca en América. Pero si se mira la posición de la
tierra, la maravilla desaparecerá pronto. Las tierras calientes no
sólo están en lo bajo, sino que son también de una gran extensión.
El sol las hiere continuamente de una manera directa, y esos rayos
directos o mueren en la tierra o se redoblan cerca a ella por
refracción. Por lo tanto el calor se torna allá excesivo. Si la
tierra fuera plana en todas partes de la Zona Tórrida, en todas
partes estaría incendiada como la imaginaron los antiguos. Pero
como en ella hay lugares de una singular elevación por encima de
los demás, en ellos el calor disminuye proporcionalmente hasta
tornarse en verdadero frío congelante. Ya dijimos por qué alturas
se sube a Santafé y por cuáles se baja a lo llanos de Casanare; una
elevación tan grande de la tierra. un conjunto tan maravilloso de
montañas que se elevan por encima de las llanuras, no podía menos
de ser frío.
De esta altura no son las montañas de nuestra nación. Más bien son
pigmeos con respecto a las diferentes cordilleras de los Andes. Sin
embargo, si nosotros comparamos nuestros montes con las regiones
bajas y marítimas, constatamos si no en todo el año al menos en el
verano, alguna semejanza con lo que estamos diciendo. En el verano
del año 1782 el calor en Roma alcanzó a 35 grados Reaumur. En
Legogne, pueblo situado en las montañas de Norcia, en la diócesis
de Espoleto, donde estuve veraneando ese año desde el 18 de junio
hasta el 5 de noviembre, nunca alcanzó a superar los 25
grados.
Más allá, al oriente de Legogne hay un monte que se llama Vetore
que se levanta altísimo sobre la celebérrimas llanuras del
Caastelluccio, situadas en la cumbre del Apenino, a seis millas de
Norcia. Yo fui allá el 3 de julio deseoso de observar los raros
fenómenos naturales que de vez en cuando admiran los que van a ese
lugar con fines de estudio. Y fuera de otras cosas que pude notar,
me pareció muy extraña la variación del clima.
Yo no llevé conmigo el termómetro de Reaumur, pero en su lugar
fueron para mí maestros autorizados las plantas silvestres muy
diferentes de las del territorio de Legogne, los cereales de
almorta, de fécula y cebada pequeña en vez del trigo, y
principalmente la grata jornada y la fresquísima noche que pasé en
Castelluccio. El gentilísimo cura don Benito Pasqui al ver mi
admiración, me aseguró que allá el verano casi no lo conocen sino
los trabajadores del campo y agregó que no es raro el caso de que
en los meses de julio y agosto caiga la escarcha, se hiele el agua
en las vasijas y caiga la nieve. Lo cual no parecerá muy extraño a
quien dirija su mirada al monte Vetore cuya base reposa en el lado
oriental de la ya citada llanura, enfrente al Castelluccio. Este
monte el 3 de julio tenía nieve en diferentes lugares, y algunas
personas que estuvieron allá todo el verano para vigilar el ganado,
me aseguraron que permanecieron allá restos de nieve hasta mediados
de agosto, y que finalmente el primero de septiembre volvió a caer
nieve en gran abundancia. Este somero esbozo de la variedad de
nuestros climas en verano, puede ayudarnos a conocer la variedad
que se admira todo el año en algunas regiones de Tierra
Firme.
Por lo dicho resulta clara la causa del frío y el calor. He aquí
ahora la causa de la dulce y templada estación, a saber, la
vecindad de los lugares cálidos y fríos. Ciertamente el calor llega
a esos sitios privilegiados, pero la vecindad de los montes fríos
impide que sea exagerado. Allá llega igualmente el frío, pero la
cercanía de lugares muy calientes lo atempera. Dije la cercanía de
lugares muy calientes, porque las tierras templadas no son de gran
extensión como las frías y las calientes, más bien son pequeñas y
casi limitadas a la región en que se unen las zonas fría y
caliente.
De esta regla que hemos establecido y que se puede aplicar
fácilmente a los climas de nuestras regiones montañosas y
marítimas, debemos excluír algunos otros lugares templados de
Tierra Firme. El territorio de Caracas como hemos dicho es
templado; pero aunque está rodeado por todos lados de regiones
cálidas, no tiene en su cercanía ninguna tierra fría o monte nevado
que modere ese calor. De dónde pues, procede la dulzura de aquel
clima? Yo diría que de dos causas a saber, la mayor lejanía del
Ecuador y la altura moderada de sus montañas. Lo primero es
evidente en el puerto de la Guaira en donde estuve siete meses. Ese
puerto según Surville está a diez grados y medio más o menos de
latitud norte, y es ciertamente caliente, pero no mucho y
seguramente menos que el Orinoco, que está más cerca de la línea
del Ecuador. La otra causa, la altura no excesiva de las montañas
suaviza el aire caliente pero no tanto que la haga fría. En
conclusión, allá pasa lo que en las montañas bajas de Italia.