INDICE




Introducción
Prefacio
Copia carta escrita al Padre Felipe Salvador Gilij
Descubrimiento de Tierra Firme y variedad de sus climas.
De las plantas propias de los climas calientes
De las plantas forasteras de los climas calientes.
De los animales de los climas cálidos.
De los animales hispanoamericanos de los climas cálidos.
De las plantas propias de los climas fríos y templados
De las plantas hispanoamericanas de los climas fríos y templados de Tierra Firme.
De los animales nativos de los climas fríos y templados
De los animales hispanoamericanos de los climas fríos
De las cosas comunes a los varios climas de Tierra Firme
De los primeros habitantes de Tierra Firme
De los Negros
De los Hispanoamericanos
De las razas mixtas de Tierra Firme
Embellecimiento de Tierra Firme
Del comercio
Notas y aclaraciones
Apéndice - Breves noticias de las provincias de Tierra Firme
LIBRO PRIMERO
Estado natural de Tierra Firme.
 

 

Parte primera
Descubrimiento de Tierra Firme y variedad de sus climas.
 

 

CAPITULO I
Noticia general de Tierra Firme y de sus provincias.
 

 

Bajo el nombre de Tierra Firme, nombre en gran parte nuevo en Italia, no entendemos otra cosa sino aquello que con tal palabra quisieron significar los primeros descubridores de América, es decir, sólamente aquellas provincias americanas que se extienden del grado 10 de latitud, cuál más, cuál menos, hacia el Ecuador. Es cosa impropia, en juicio de quien no ha leído las historias del Nuevo Mundo, dar un nombre tan genérico a una parte, aunque grande, y llamar con palabra que compete a todo el continente americano, exclusivamente algunas de sus provincias. Pero además de haber sido siempre libre para el hombre la imposición de los nombres, ésta de que hablamos tiene en su favor razones no despreciables.
Dos veces recorrió Colón los nuevos mares descubierto y no vio sino tierras aisladas por las aguas. En el tercer viaje, ya sea por casualidad o por una rara perspicacia mental, lo que parece más verosímil en un hombre de tan señalados talentos, tuvo delante la Tierra Firme, y he aquí que la llamó de esa manera, y ésta la razón por la cual se la llame así hasta el presente.
Pero en principio, la Tierra llamada Firme abarcaba solamente aquellas provincias que quedaban inmediatas al Océano, es decir, la de Cumaná a donde llegó primero que todos Colón (Nota I), la de Caracas, las de Maracaibo, Santa Marta y Cartagena, y finalmente la del Darién. Los conquistadores que le siguieron en el descubrimiento del nuevo hemisferio, dieron el mismo nombre a las otras provincias que yacen a espaldas de las ya nombradas, y así llamaron también al gran reino de Bogotá, a la nueva y rica Antioquia, y a otros no pocos y nobles lugares.
Esta nueva denominación paró allí o se extendió un poco más. Los Pizarros, Almagros y los demás que descubrieron después la América interior, parte por la lejanía de lo países descubiertos por los primeros españoles, parte para dar fama a sus gestas, les impusieron nombres nuevos. La palabra Berú o Perú (lo que por ahora no nos interesa) propia antiguamente de un río, fue llevada por los de Pizarro de una provincia a otra, y luego a todo el imperio que poseían los Incas.
Plugo a Almagro, quien llevó más adelante las tropas y se apoderó de tierras más australes y más remotas de los Incas, retener o ampliar el nombre indígena que encontró y les dio el nombre de Chile. Así también fue conservado el nombre antiguo de Quito o Guitu | (1) , reino que está al norte del Perú; así también el de Paraguay, reino que está entre el oriente y el mediodía; así también otros nombres semejantes con que se distinguen hoy las varias provincias de la América meridional española.
Mis propósitos no se extienden a todas, como lo dije en el prefacio del primer tomo, sino que solamente hablaré de aquellas regiones que se llaman por antonomasia Tierra Firme. No creo sin embargo que lo que voy a decir de ellas no deba decirse también de las otras provincias americanas, quien vió algunas de éstas, vió en ellas todas las demás, son tan semejantes ya en lo natural, ya en lo civil y sagrado, especialmente en la zona tórrida. Muchos que han tenido en sus manos mi historia, o no han tenido el cuidado de notar este hecho o no han querido hacerlo: les parece o que yo hablo indiferentemente de todas las zonas y que todas las confundo, o que pretendo que en la zona tórrida hay una perfectísima semejanza entre aquellos lugares de que trato y otros que no visité. No comparo los vegetales y animales de las dos zonas templadas de América con los de la Tierra Firme. No digo que éstos mismos sean semejantes en todo en la misma zona tórrida.
He afirmado muchas veces y afirmo de nuevo que son semejantes, lo que quiere decir que no hay grandes diferencias entre sí. Semejanza que al hablar de los antiguos habitantes de América, en otra parte yo la haré extensiva a los Chilenos, patagones y Esquimales y a otros pueblos o tribus indias de la América septentrional, para no hablar ahora de la antigua religión de los americanos, de sus varios ritos, de los Piaches o embusteros, y de otras cien cosa más en las que parecen todos los americanos hermanos.
Tan grande semejanza en las cosas físicas y morales no la encontramos entre los europeos comparados entre si ni entre los habitantes del Asia; y lo que más maravilla, ni entre los mismos africanos la encontramos, como nos lo cuentan quienes los han visto y han escrito desapasionadamente su historia. Sin pasión me he ingeniado en escribir la mía. Aunque no ignore las diferencias americanas en algunas cosas, las reconozco con muchos otros como pequeñas, de manera que no quiten esa semejanza que llaman de proporción. No pretendí nunca que haya una semejanza estrictísima. Y he aquí finalmente revelada mi idea para quien no la entendió en el principio, he aquí lo que entiendo por la semejanza afirmada. No pretendo igualar la gran altura de los Andes con las colinas de las regiones de Caracas y de Cartagena, ni igualar la exhuberancia de todas las tierras americanas con las del Orinoco, ni afirmar que los animales y las plantas de Tierra Firme sean tan semejantes con las del resto de América, como dos estatuas que salieran de las manos del mimo habilísimo escultor. Esta semejanza de seres naturales no convendría a la sabiduría del Hacedor del Universo, siendo siempre verdad que la naturaleza es bella precisamente por su variedad. He hablado de la semejanza que yo sostengo, el sistema que yo sigo en mi relato, lo diré en otra parte.

(1) Asi está escrito en las historias antiguas.


 

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