LIBRO PRIMERO
Estado natural de Tierra Firme.
Parte primera
Descubrimiento de Tierra Firme y variedad de sus climas.
CAPITULO I
Noticia general de Tierra Firme y de sus provincias.
Bajo el nombre de Tierra Firme, nombre en gran parte nuevo en
Italia, no entendemos otra cosa sino aquello que con tal palabra
quisieron significar los primeros descubridores de América, es
decir, sólamente aquellas provincias americanas que se extienden
del grado 10 de latitud, cuál más, cuál menos, hacia el Ecuador. Es
cosa impropia, en juicio de quien no ha leído las historias del
Nuevo Mundo, dar un nombre tan genérico a una parte, aunque grande,
y llamar con palabra que compete a todo el continente americano,
exclusivamente algunas de sus provincias. Pero además de haber sido
siempre libre para el hombre la imposición de los nombres, ésta de
que hablamos tiene en su favor razones no despreciables.
Dos veces recorrió Colón los nuevos mares descubierto y no vio sino
tierras aisladas por las aguas. En el tercer viaje, ya sea por
casualidad o por una rara perspicacia mental, lo que parece más
verosímil en un hombre de tan señalados talentos, tuvo delante la
Tierra Firme, y he aquí que la llamó de esa manera, y ésta la razón
por la cual se la llame así hasta el presente.
Pero en principio, la Tierra llamada Firme abarcaba solamente
aquellas provincias que quedaban inmediatas al Océano, es decir, la
de Cumaná a donde llegó primero que todos Colón (Nota I), la de
Caracas, las de Maracaibo, Santa Marta y Cartagena, y finalmente la
del Darién. Los conquistadores que le siguieron en el
descubrimiento del nuevo hemisferio, dieron el mismo nombre a las
otras provincias que yacen a espaldas de las ya nombradas, y así
llamaron también al gran reino de Bogotá, a la nueva y rica
Antioquia, y a otros no pocos y nobles lugares.
Esta nueva denominación paró allí o se extendió un poco más. Los
Pizarros, Almagros y los demás que descubrieron después la América
interior, parte por la lejanía de lo países descubiertos por los
primeros españoles, parte para dar fama a sus gestas, les
impusieron nombres nuevos. La palabra Berú o Perú (lo que por ahora
no nos interesa) propia antiguamente de un río, fue llevada por los
de Pizarro de una provincia a otra, y luego a todo el imperio que
poseían los Incas.
Plugo a Almagro, quien llevó más adelante las tropas y se apoderó
de tierras más australes y más remotas de los Incas, retener o
ampliar el nombre indígena que encontró y les dio el nombre de
Chile. Así también fue conservado el nombre antiguo de Quito o
Guitu
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, reino que
está al norte del Perú; así también el de Paraguay, reino que está
entre el oriente y el mediodía; así también otros nombres
semejantes con que se distinguen hoy las varias provincias de la
América meridional española.
Mis propósitos no se extienden a todas, como lo dije en el prefacio
del primer tomo, sino que solamente hablaré de aquellas regiones
que se llaman por antonomasia Tierra Firme. No creo sin embargo que
lo que voy a decir de ellas no deba decirse también de las otras
provincias americanas, quien vió algunas de éstas, vió en ellas
todas las demás, son tan semejantes ya en lo natural, ya en lo
civil y sagrado, especialmente en la zona tórrida. Muchos que han
tenido en sus manos mi historia, o no han tenido el cuidado de
notar este hecho o no han querido hacerlo: les parece o que yo
hablo indiferentemente de todas las zonas y que todas las confundo,
o que pretendo que en la zona tórrida hay una perfectísima
semejanza entre aquellos lugares de que trato y otros que no
visité. No comparo los vegetales y animales de las dos zonas
templadas de América con los de la Tierra Firme. No digo que éstos
mismos sean semejantes en todo en la misma zona tórrida.
He afirmado muchas veces y afirmo de nuevo que son semejantes, lo
que quiere decir que no hay grandes diferencias entre sí. Semejanza
que al hablar de los antiguos habitantes de América, en otra parte
yo la haré extensiva a los Chilenos, patagones y Esquimales y a
otros pueblos o tribus indias de la América septentrional, para no
hablar ahora de la antigua religión de los americanos, de sus
varios ritos, de los Piaches o embusteros, y de otras cien cosa más
en las que parecen todos los americanos hermanos.
Tan grande semejanza en las cosas físicas y morales no la
encontramos entre los europeos comparados entre si ni entre los
habitantes del Asia; y lo que más maravilla, ni entre los mismos
africanos la encontramos, como nos lo cuentan quienes los han visto
y han escrito desapasionadamente su historia. Sin pasión me he
ingeniado en escribir la mía. Aunque no ignore las diferencias
americanas en algunas cosas, las reconozco con muchos otros como
pequeñas, de manera que no quiten esa semejanza que llaman de
proporción. No pretendí nunca que haya una semejanza estrictísima.
Y he aquí finalmente revelada mi idea para quien no la entendió en
el principio, he aquí lo que entiendo por la semejanza afirmada. No
pretendo igualar la gran altura de los Andes con las colinas de las
regiones de Caracas y de Cartagena, ni igualar la exhuberancia de
todas las tierras americanas con las del Orinoco, ni afirmar que
los animales y las plantas de Tierra Firme sean tan semejantes con
las del resto de América, como dos estatuas que salieran de las
manos del mimo habilísimo escultor. Esta semejanza de seres
naturales no convendría a la sabiduría del Hacedor del Universo,
siendo siempre verdad que la naturaleza es bella precisamente por
su variedad. He hablado de la semejanza que yo sostengo, el sistema
que yo sigo en mi relato, lo diré en otra parte.
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Asi está escrito en las historias antiguas.
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