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INDICE
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NOTAS Y ACLARACIONES
(NOTA I)
Que Colón descubrió antes que nadie el continente del Nuevo
Mundo y todas o casi todas las Antillas, es una verdad de historia
humana que no puede ponerse en duda sin conculcar la más venerable
autoridad. No me ocupo aquí del hecho de que así lo han escrito
muchos antiguos y modernos autores de varias naciones. Fijo mi
atención solamente en los españoles, cuya causa me parece
interesada tratándose de Colón. Ellos aunque en todo libro dicen
que Colón fué italiano, y este hecho por las grandes hazañas que
llevó a cabo puede ser motivo de envidia para los menos sabios, sin
embargo no disimulan, antes bien afirman categóricamente que fué el
primero en descubrir el Nuevo Mundo. Léase a Oviedo que le fué
contemporáneo, a Gomara y a cualquier escritor antiguo que se tenga
a mano, todos le dan esta gloria, que es más que suficiente para
nosotros los italianos.
Pero aquí tenemos por decirlo así una rivalidad patriótica, ya que
se quita a Colón la gloria del descubrimiento y se la atribuye sin
razón a otro italiano, a Américo Vespucio noble florentino
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(1)
. Y nosotros, para decir
verdad, no tendríamos nada que perder con ésto, pues quedaría
siempre a Italia el honor de haber dado al Nuevo Mundo su primer
descubridor. Pero este honor se apoyaría todo en lo falso, o por lo
menos en lo inverosímil, a saber, en una carta de fecha anticipada
o falsificada en la cual Vespucio, haciendo suyo un mérito ajeno,
informó a Italia que había descubierto a América no en el año de
1492 en que la encontró efectivamente Colón, sino el año anterior.
Quién no le hubiera creído entonces a un gentilhombre que ante la
faz del mundo escribe cosas semejantes de sí mismo? En efecto,
muchos autores le creyeron, y le cree todavía quien parece amar las
glorias de su patria más de lo debido, pero sin sólido
fundamento.
Pues para destruír la autoridad de todos los autores españoles
acerca de este punto, se necesita algo más que un pedazo de papel
escrito por un espíritu vanidoso a costa de la verdad, como por
otra parte los españoles se lo echaron en cara por vía jurídica. Se
necesitan pruebas tomadas de escritos imparciales contemporáneos;
se necesitan diarios no escritos para vana ostentación de méritos,
sino para instrucción sincera de la posteridad. Quien quiera a este
respecto, para mí certísimo, una disertación erudita y exacta en
favor de Colón, imparcial en darle la preferencia, lea al muy
ilustre Padre Tiraboschi.
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(2)
Pero el nuevo continente no lleva el nombre de Colón sino el de
Vespucio, y todos lo llaman América. Lo sé, pero se llama así a
causa de una afortunada audacia, contradicha en vano por lo
españoles, pero después secundada también por ellos y por todas las
naciones. No voy a negar aquí a Vespucio la gloria que todos le dan
de haber sido famoso navegante, astrónomo experto y también
geógrafo insigne. Por estos motivos pudo ser destinado en Sevilla
como piloto mayor, pudo dibujar mapas para orientación de los
navegantes del Nuevo Mundo, y por fin tuvo la oportunidad de dar su
propio nombre al nuevo continente. Pero debe quedar en claro que no
fue Vespucio sino Colón quien descubrió primero no sólo las islas
Lucayas y las Antillas que pertenecen a América, sino también el
continente americano. Pero lo descubrió casualmente, por relación
de otro o ayudado sólo por su juicio? Esta última hipótesis me
parece la más cierta, no pudiéndose negar que Colón en España y
fuera de ella trató con varios geógrafos y adquirió muchos
conocimientos útiles para su proyecto. Pero el primer pensamiento
acerca de la existencia de nuevas tierras en el occidente y de la
manera de encontrarlas por mar, creo que fué todo suyo. Con todo
esto, no sé por qué mala suerte de Colón su gloria queda empañada
también a este respecto, aunque para decir la verdad, bastante
aclarada por Oviedo
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(3)
, quien francamente, según su costumbre al
relatar la leyenda de cierto piloto que habría instruído a Colón
acerca de nuevos países descubiertos en el occidente, ingenuamente
dice que esa leyenda anda por el mundo entre la vulgar gente, y que
él la considera falsa.
Y no se podía dar a semejante ridiculez comentario diferente.
Dejemos a un lado que las dotes de Colón fueron singularísimas y
alabadas con razón por el citado y noble autor; es evidente que
debió ser ficticio un piloto del cual en tiempos tan cercanos a
Colón, año de 1535
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(4)
, no se conocía con precisión su nación de
origen, pues algunos decían que era andaluz, otros portugués, otros
vizcaíno, ni el lugar en que se encontró con Colón, pues algunos
dicen que fué en Portugal, otros en la isla de la Madera, otros en
fin en las de Cabo Verde. Si estos no son cuentos, qué otra cosa
merecería este nombre?
Muchos se han equivocado totalmente a este respecto oscureciendo la
verdad, quiero equivocarme yo también pero para aclararla. Digo por
consiguiente que para confirmar ese cuento, se necesitaba además
del imaginario piloto, un indio del cual se dijo que a la llegada
de Colón a las Antillas declaró que ese no era el primer europeo
que llegaba allá, ya que en cierto invierno o verano ya otros
habían llegado arrojados por las tempestades. Este recurso a la
fábula se habría podido destruír fácilmente en tiempos en que el
estupor de los indios por la llegada de Colón estaba todavía
fresco. Pero como a nadie se le ha ocurrido apelar a esa ficción
para confirmar la falsedad de un descubridor anterior a Colón, no
faltan los que citan en favor de Vespucio al matemático Giuntini, a
Teodoro de Bry y a otros de los cuales no se puede decir que se
hayan propuesto engañar. Y no lo diré yo, sino que hablaron así
teniendo en cuenta la carta de Vespucio que creyeron verdadera y la
siguieron a ojo cerrado. También me parece que fueron hechos
ciegamente por otros, aquellos numerosos elogios que se leen en el
último capítulo de su Vida, y que si se examinan bien, unos son
falsos, otros exagerados, otros por fin fundados, pero que no
vienen al caso ni son de autores contemporáneos.
Por qué no se cita a Oviedo, el más antiguo de todos y que trata
ese tema expresa y simplemente y sin modernas cavilaciones?
Giuntini
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(5)
que no
estuvo nunca en España ni en América, atribuye a Vespucio por
testimonio ajeno la justísima gloria de haber sido uno de los más
insignes navegantes del océano, y ésto se lo conceden todos los que
hablan desapasionadamente de él. Y no vamos a decir lo contrario,
sabiendo que fueron muchos sus viajes a varias partes del Nuevo
Mundo, pero decimos simplemente que no fué él quien descubrió
primero el continente americano. Cuando más fue el segundo, si este
título puede darse a quien fue allá como pasajero en compañía de
Alonso de Ojeda, como se puede leer en las historias de los
españoles, especialmente en la de Oviedo que escribió de ésto antes
que nadie.
(N. II) Tengo las siguientes buenas noticias de persona que ha
recorrido la región fría más extensa de Tierra Firme, y que
vulgarmente se llama el Reino: "I-La longitud de tierra fría, dice
él, empezando por el monte Tena y siguiendo hacia el norte, es de
cerca de treinta días de camino. Pasa por las ciudades de Santafé,
Tunja, Pamplona y Mérida y continúa después hacia los llanos de
Barinas II-La anchura de la tierra fría de que hablamos, es varia
según la mayor o menor extensión de los lugares altos y montuosos
que se llaman cordilleras. En Santafé tiene dos buenas jornadas de
anchura, empezando por el Aserradero hasta llegar a Cáqueza. En
Tunja tiene cinco o seis días de ancho, pues principia en el valle
de Chiquinquirá y llega hacia el oriente hasta el pueblo de Teguas,
que está no muy lejos de los llanos de Santiago. Al atravesar todos
esos lugares observé que algunos trechos eran más fríos que los
otros, por lo cual los llaman templados".
(N. III) M. Bouguer, uno de lo famosísimos señores que fueron
enviados a Quito para fijar allá, según sus observaciones, la
figura que más conviene a la tierra, en el viaje de regreso a
Europa pasó por Honda, tierra española en la orilla occidental del
río de la Magdalena, y distante de Santafé cerca de siete días. Y
en parte por conjetura, en parte por lo que oyó de los otros, cree
que Santafé tiene una altura de 1.400 toesas sobre el nivel del mar
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(6)
. El lugar más
alto de los fríos que yo ví es el monte Toquilla. El señor Solano,
también muy experto en geometría, cuando fue comisario de la Real
Expedición de Límites en el Orinoco, hizo una salida a Santafé y
quizás observó su altura; yo sería feliz si pudiera darla aquí con
algún documento auténtico.
(N. IV) Dos personas muy conocedoras de las tierras frías de
Santafé y Tunja me informan que la escarcha que cae allá no es
menos abundante de la que cae en invierno en nuestros campos, a tal
punto que en alguna ocasión se secó la hierba por el excesivo hielo
y los animales se enflaquecieron notablemente por falta del
ordinario pasto verde. Pero además de la rápida reanudación de las
lluvias y de la suavidad del clima que poco después hace reverdecer
los campos, además de esta ventaja digo, de la cual goza allá la
tierra, hay otra también y es que en aquellos lugares la escarcha
no es tan frecuente como entre nosotros, pues cae solamente en
alguna noche muy clara de los meses de enero y julio, y no en todos
los años.
(N. V) Además del ébano negro de la provincia de Santa Marta, una
persona experta en maderas americanas me dijo que en Tierra Firme
hay otra especie rosada, que algunos llaman guarango, otros
dividive, árbol que produce también vainas de donde se saca una
bellísima tinta. Puede ser que el guarango que hay en poca cantidad
aquí y allá en los lugares cálidos, y en gran abundancia y
extensión en el lugar llamado Gallinazos no muy lejos de
Labranzagrande, puede ser digo, que el guarango sea un verdadero
ébano, puede no serlo, pero qué perjudicaría hacer el ensayo? Si es
un verdadero ébano, la Tierra Firma tendría también esta ventaja
más.
(N. VI) Apoyándome en las declaraciones de algunos historiadores
clásicos dije que los antiguos mejicanos bebían el chocolate frío;
después he averiguado que no es una probable conjetura sino una
clarísima verdad. De esta noticia soy deudor a Torquemada, también
él autor antiquísimo y profundo conocedor de las costumbres de los
indios. Habla él
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(7)
de los mercados de la Nueva España y dice así: "Había y hay todavía
muchas tiendas con ollas grandes y pequeñas llenas de atole
(especie de polenta de maíz que les gusta mucho a todos los
americanos) y de cierta bebida a manera de polenta líquida hecha
con atole, cacao y otras cosas. La llaman chocolate, el cual aunque
conocido por todos en la provincia de Cuautemallán y en otras, en
la de México se acostumbra tomarlo caliente desde hace pocos años,
y su uso se ha extendido a indios y españoles".
Más claramente todavía el mismo autor habla de esto en otra parte
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(8)
al hablar de las
causas por las cuales en México el precio del chocolate ha subido
después de la conquista española. Y dejando aparte la primera causa
que no viene al caso, "la otra, dice él, es que lo beben no sólo
los indios acostumbrados a beberlo frío cuando eran salvajes, sino
también los mismos españoles que han dado en beberlo caliente. Lo
llaman chocolate, y se lleva también a España para delicia de los
consumidores".
(N. VII) En tanta abundancia y variedad de cacao selecto como es el
que hemos descrito, uno puede encontrarse también en Tierra Firme
en sitios en que no hay otro cacao sino el marañón, es decir el no
refinado y que se encuentra en las selvas. Así me pasó por algún
tiempo en el Orinoco, y yo en aquel entonces no supe encontrar otro
remedio que beberlo pacientemente mientras llegaba cacao bueno de
la provincia de Caracas o de la de Barinas. Pero el remedio, que
quizás allá no se conoce todavía, lo descubrió felizmente el agudo
filósofo Andrés Bina benedictino, el cual reflexionando en el año
1767 sobre la analogía que hay entre los altramuces y el cacao ya
dicho, lo hizo poner por dos días en agua corriente para quitarle
el demasiado amargor. Y este fácil remedio tomó tan bueno el
chocolate que se obtuvo, que el Padre Spagni de cuyas eruditísimas
obras
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(9)
he sacado
estos datos, asegura por experiencia propia y ajena, que aquella
bebida es suave, sabrosa y perfecta.
Habiéndose entregado a investigar minuciosamente con el difunto
Padre Asclepi todo lo que puede ser útil para quitar el amargor del
marañón, agrega que además de tenerlo en agua, se le debe dar una
ligera cocción, como se hace con los altramuces, y este fué el
procedimiento que él siguió con mucho éxito: tuvo el marañón dos
días en agua dulce renovándola dos veces por día, sin importarle
que fuera corriente o no. El cacao fue puesto después en agua nueva
y hervido por espacio de dos minutos, después se sacó del fuego y
fue puesto nuevamente en agua fría, cambiándola también dos veces
por día. Por fin, antes de finalizar el segundo día, se sacó el
cacao del agua, se secó y molió, encontrándose que era de óptima
calidad. Así dice él, pero se me ocurre preguntar, tantas lavaduras
y cocciones no quitan con el amargor también al sustancia? Me
parece que dicho chocolate puede ser quizás bueno pero débil.
(N. VIII) Entre las plantas indígenas cultivadas en Tierra Firme
por los españoles, debo nombrar cierta palma llamada coco, de la
cual hay plantaciones bellísimas en los alrededores de Cartagena.
En los matorrales no la ví nunca y creo que no se encuentra. Es muy
alta, frondosa y produce frutos apreciables, pero fuera de estas
cualidades, yo no sabría atribuírle las otras muchas que leo en los
autores
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(10)
. Del
coco, según ellos, se saca el pan, el vino, las telas, el papel,
las sogas y por fin, todo lo necesario para la vida. Pero quién
saca de él tan portentosas utilidades? Los Maldivesos y otros
bárbaros semejantes que dan nombres resonantes a cualquier
friolera. Estoy cierto de que ninguna persona culta comería ese
pan, ni bebería ese vino, ni se serviría de esas telas, papeles y
sogas sino en caso de extrema necesidad.
Las mismas alabanzas hace también Gumilla
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(11)
de la palma muriche del
Orinoco, pero no las merece, pues es una palma apropiada para los
usos de los salvajes y nada más, fuera de la pita y de las esteras
que se hacen de ella, que son por cierto bellísimas, como lo prueba
una que yo conservo todavía en casa y otra que regalé al Padre
Felipe Luis mi sobrino, al presente clérigo beneficiado de San
Pedro. Vuelvo a la palma de coco cuyo fruto es muy apreciable y
tiene varios usos. Cuando este fruto, que pesa ordinariamente dos
libras, no está todavía bien maduro, se encuentra lleno por dentro
de un agradable licor que se bebe como leche de almendras y que
tiene un sabor semejante, especialmente cuando el fruto está casi
maduro y el líquido se ha solidificado en pulpa unida a la cáscara
del coco. Esa pulpa es bastante estoposa y no se come sino por
pasatiempo.
El mayor uso que los españoles hacen del coco es destinarlo como
vaso, segándole la parte de encima y limpiándolo bien por dentro.
En efecto, esos vasos estando forma dos por una cáscara durísima de
color negro o castaño, y adornados en general con bordes, asas y
pie de plata, muy hermosos y apropiados para tomar chocolate.
(N. IX) Lo que Oviedo escribió sobre la bondad de las uvas de Santo
Domingo, me lo confirma también un amigo mío, el Padre Antonio
Colom, que estuvo en aquella isla muchos años, y me dice que en
muchas casas de señores hay allá parras que dan casi todo el año
frutos que cuando están bien maduros son agradables. De los
melocotones le pedí también noticias por carta después de la
impresión del quinto cuadernillo de este tomo, y verifico que hablé
tan acertadamente como si yo hubiera estado en Santo Domingo.
En efecto, con fecha 8 de julio del año en curso, él me dice que ha
recorrido toda aquella isla con ocasión de las misiones y que nunca
ha visto ni comido melocotones nacidos en Santo Domingo, que si
alguna vez los hubo, ya no los hay. Lo que da a entender claramente
que la esperanza de Oviedo en una mejora de esos melocotones se ha
esfumado. Según el mismo Padre, en Santo Domingo se comen
melocotones buenos y muy hermosos, pero de otra parte, es decir
importados de Tierra Firme y cogidos en los altos montes de la
Sierra de Coro.
El Padre Colom me habla también de las manzanas Y peras de Santo
Domingo, y me dice que esos frutos nacidos de semillas importadas
de España, en el exterior conservan su antigua figura, pero por
dentro tienen la pulpa y todo el sabor de las guayabas, de las que
hablamos en otra parte
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(12)
. Apenas se saborean según él, parece que
se comen peras y manzanas, pero en seguida se percibe el sabor de
las guayabas. Alguna alteración se nota también en las hojas, que
no son del todo semejantes a las de los manzanos y peros que se
sembraron. "Ví así, dice él, un pero y un manzano y comí sus
frutos. Esta es una noticia cierta, quizás buena para usted y nunca
oída ni leída, que si no es útil para su Historia, le puede ser
útil en la conversación". Esta singular noticia con otras muchas
que se podrían fácilmente reunir, a quién no inspiraría el deseo de
escribir un libro sobre las metamorfosis de los frutos europeos en
los climas americanos? No pienso tener vida para tanto.
(N. X.) Las perdices del Orinoco las describí como semejantes a
nuestras codornices por razón del tamaño
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(13)
. Así las describí porque así
las ví. Una persona digna de la mayor confianza me escribe que en
los alrededores de Cartagena las hay de tres clases. "Unas, dice
él, son tan grandes como gallinas, tienen un bellísimo pecho y son
de exquisito sabor, otras son de tamaño medio y otras por fin
pequeñas".
(N. XI) Entre las sales marinas, no debe omitirse una muy rara por
la singularidad de solidificarse dentro del mismo mar que la
produce. "Más allá de la desembocadura del lago de Maracaibo, me
dice un corresponsal, se encuentra un lugar llamado el Guaranero,
donde se rompen con picas dentro del mar grandes pedazos de sal
dura y de una blancura un poco rojiza. En Maracaibo ví una gran
canoa cargada de esa sal". Esta particularidad de una sal blanca
que tira al rojo, no podría indicarnos suficientemente que su
dureza que resiste a las olas del mar proviene de pequeños cuerpos
minerales rojos que la hacen coagular?
(N. XII) El célebre Monsieur Bouguer, ya citado en la nota tercera,
por lo que pudo conjeturar a su paso por Honda, tierra que dista
siete días de Santafé, dice
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(14)
que el Salto de Tequendama debe tener
doscientas o trescientas toesas de altura. El Padre Zamora
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(15)
dice que se cree que
la altura es de doscientos estados. Piedrahíta lo mide como si
fuera un camino, y según él, teniendo una altura mayor de media
legua, tendría por lo menos milla y media de elevación
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(16)
. Yo no puedo decir
más por propia experiencia. Debo sin embargo decir que la
singularidad de un salto tan célebre en Tierra Firme me hizo sentir
el deseo de saber si se asemeja al de nuestro Velino, egregiamente
descrito por el eruditísimo Monseñor Carrara. A tal fin leí
atentamente su incomparable disertación, y en verdad que quedé
extrañado al ver la semejanza tan grande que hay entre los dos. La
montaña de la cual se precipita el Velino es perpendicular, así es
también la del Tequendama de la cual se precipita el Bogotá. La
primera es toda de mármol, formada como dice doctamente el citado
autor, de tierra calcárea y azufre; la segunda es también de piedra
viva, no sé si tan antigua como el Bogotá o formada poco a
poco.
El Tequendama me parece mas apreciable que el Velino por otro
aspecto, a saber por el canal de aguas que como diremos luego es
copiosísimo y cae entre dos montañas de piedra que la naturaleza ha
hecho tan perpendiculares que parecen hechas a propósito como dos
paredes lisas, tan iguales son sus superficies. Pero no son
paralelas entre sí, y se unirían en ángulo agudo si no dejaran la
abertura por la cual des emboca el río. Una de esas paredes está
precisamente en frente al lugar desde donde se mira la cascada que
origina un espectáculo bellísimo.
Todas estas particularidades del Tequendama que observé ya de paso
y que ahora estoy describiendo con alguna exactitud, después de
haber leído la disertación del alabado eruditísimo Monseñor,
aumentaron en mí los deseos de conocer a cualquier costo su altura,
que era lo único que me quedaba por determinar para poder
compararlo con el Velino, prefiriéndolo o posponiéndolo de acuerdo
con la verdad. Y después de haber pensado mucho, me pareció que
entre los sujetos que vivieron bastante tiempo en Santafé debía
haber alguno que lo supiera y que pudiera indicar las medidas mejor
que Bouguer, Zamora y Piedrahíta, y recurrí al erudito Padre José
Yarza, en otro tiempo discípulo del docto Padre Candela, profesor
en la Universidad Javeriana. Y acerté, pues él de acuerdo con las
noticias que conoció bajo su sabio profesor, me asegura que la
cascada del Tequendama es de 2.200 palmos españoles. Por
consiguiente, con esta noticia más que verdadera, debemos anteponer
la altura del Tequendama a la de todos los saltos conocidos y
contentarnos con que la altura de nuestro Velino si no la iguala,
al menos se le acerca.
El Padre Yarza me describe algunas otras particularidades del
Tequendama, que es bueno indicar para ilustración del lector, antes
de acercarnos a la cascada. I - Del lugar ya citado no se precipita
sólo el Bogotá, sino doce ríos que se le han juntado en el camino.
II - Esos ríos que han desembocado sucesivamente en el Bogotá
cuando llegan al sitio de la caída, forman un lecho de unos 136
palmos de ancho, lo que sin duda debe atribuírse al lugar pendiente
por donde corren, en el cual deben haber excavado poco a poco la
tierra. III - De estos datos aparece claramente que los citados
ríos después de haber recorrido la sabana de Santafé, por fin
llegan a un lugar en que bajan más sensiblemente, aumentando
progresivamente el ímpetu de las aguas antes de precipitarse en el
Tequendama. No sabría decir con seguridad cuán largo sea el trecho
por el cual corren a través de la selva, después de haber
abandonado la llanura.
Por otra parte, recuerdo bien que yo fuí allá con otros por un
camino inclinado, un poco incómodo y como de dos millas de largo,
quizás no el camino más recto pero sí el mejor para las mulas. IV -
Pero ya vamos a gozar de la vista más bella del mundo, y la
disfrutaremos de cerca, sin ningún temor, ya que la naturaleza ha
formado en la roca, a la derecha del salto, unas cavidades tan
apropiadas para el caso, que no se puede pedir nada mejor. Desde
una de ellas, sin peligro alguno, vamos a mirarlo todo bajo la guía
del erudito Padre. En frente se levanta el muro natural que ya
esbocé arriba, y cuán bello es! el otro está a nuestros pies y no
se puede ver sino desde la parte opuesta. Aquellas dos cimas
verdeantes por los árboles, son las cumbre de dos montes desde los
cuales se precipita el río Bogotá, pasando por el valle del
Tequendama, uno se llama Tuso, el otro Cincha.
Pero por qué tardamos tanto en observar el volumen del agua que cae
en el precipicio? Observémoslo en cuanto nos lo permite el agua que
saltando por lo menos sobre dos piedras, una puesta bajo la otra a
alguna distancia, se rompe toda de manera que parece una masa de
gotas voladoras, de niebla lúcida o de copos de blanca nieve. El
Padre Yarza nos asegura la existencia de esas dos piedras en las
cuales golpea el agua al precipitarse. Quizás hay otras menos
visibles, pero sea lo que fuere de ésto que por la razón indicada y
por la distancia enorme del espectador, no se puede ver tan
fácilmente, no hay duda según el citado Padre de que la parte
superior de donde cae el agua es perpendicular a la inferior.
Esta calidad de agua que se rompe ni más ni menos que la del Velino
en su caída debe formar necesariamente un arco iris. En efecto, el
Tequendama los forma muy bellos cuando el sol está tan elevado por
encima del horizonte, como los filósofos saben que es necesario
para tal efecto, siempre que no lo impida la niebla densa en
demasía que muchas veces lo esconde.
Hemos gozado suficientemente desde lo alto de la cascada. Bajemos
ahora a la parte inferior, siguiendo el camino de Tena. A una milla
del salto, en la llanura, se encuentra un lago situado entre la
población india llamada Tuso y las faldas del monte Cincha. Este es
el lugar en el que después de repetidas caídas se juntan las aguas
todas del Tequendama, antes de dirigirse al río de la Magdalena en
el cual desembocan, cerca de Tocaima; ese lago, según el citado
Padre, tiene una circunferencia de tres millas y un diámetro de
una.
Después de haber observado el lago de que acabamos de hablar, quién
no sentiría un deseo muy vehemente de acercarse al pié del salto, y
desde el camino que yo por testimonio ajeno creo que existe y por
analogía con otros saltos, observar la bella lluvia del Tequendama?
Pero como en realidad ese camino no existe, debemos contentarnos
con mirarla desde ese lugar. Quien se atreva a adelantar más,
encuentra en seguida piedras formidables y chorros continuos de
agua y nubes perpetuas, como nos lo atestigua el muy cortés Padre
don Tomás Silva, quien me dió últimamente una relación muy completa
sobre este punto. Lleno de coraje y sin preocuparse por las
primeras gotas débiles de agua del Tequendama, él bajó
intrépidamente cerca de cincuenta pasos, pero como él mismo dice,
se vió obligado a retroceder por los golpes fuertes del agua que se
precipita y cuya fuerza progresivamente crecía con peligro de su
vida, por el viento que surgía de la vorágine al caer las aguas
quitándole la respiración aunque volviera atrás la cara.
Con todo esto, en esta primera excursión río abajo, él notó más
cosas que antes no se conocían: los diversos escollos, las gotas
que caen como lluvia, su ímpetu, su fuerza, el saltar del agua al
golpear alguna piedra y el casi rebotar violentamente como cohetes
que atraviesan encendidos el aire. Este espectáculo debe ser
ciertamente bellísimo desde abajo, donde él dice después de haber
hablado de la vorágine, que el suelo está cubierto de hierba y
llueve en un espacio continuo de cerca a noventa cuadras. He
terminado, pero me queda alguna curiosidad de saber más acerca de
la vorágine que él encontró después de haber caminado cincuenta
pasos bajo la lluvia.
Por otra parte, no creo haber hecho poco en hacer conocer a nuestra
Italia un salto tan famoso, inspirado en la bellísima disertación
ya citada de Mons. Carrara, de la cual tomé la semejanza del salto
de Tequendama con el de nuestro Velino, pero me desagrada mucho no
poder indicar su altura por falta de datos ciertos. En cuanto lo
permite la distancia, se han cumplido mis deseos y se ha mostrado
claramente que la altura del Velino, no siendo en total mayor de
1871 palmos romanos, es muy inferior a la del Tequendama, que como
dijimos es de 2.200.
(N. XIII) A fin de probar el equilibrio de la población antigua de
la Tierra Firme con la presente, quien considere bien las cosas,
verá que yo he aducido razones suficientes y fuertes, pero no tanto
que no puedan ser objetadas al menos por los capciosos. Y para
cerrarles también a éstos la boca, me parece muy oportuno hacer una
comparación entre la multitud de los indios civilizados con los
salvajes, y a través de esa comparación establecer la igualdad o
desigualdad. Estamos todavía en tiempo de hacerlo. En varias partes
ya de la América española ya de la inglesa, ya de las otras, hay
más poblaciones todavía no subyugadas. Los gentiles viven allá
solos libremente. Cuántos son? En esos lugares deberían encontrarse
esos hormigueros de gente que nos describen los antiguos. Sin
embargo, qué se encuentra allá sino una soledad igual si no mayor a
la que se ve entre los conquistados por los europeos?
No me refiero más a los orinoquenses que en su gentilidad
constituían pequeñas naciones. Mírese a California, al Darién, a
los indios de Santa Marta y a otros muchos, en proporción a los
vastos territorios en que se encuentran, no podrán competir nunca
con el número de los subyugados. El mismo Chile gentil, Chile
todavía salvaje contra los españoles, por lo que oigo de personas
que saben, es célebre por el valor y no por el número de los
gentiles. Pero esta demostración la puede hacer mejor algún erudito
europeo-americano al cual le dejamos esta tarea.
(N. XIV) Al leer que en América hay tantas razas mezcladas entre
sí, no se puede dejar de pensar que la mayor parte de ellas tienen
origen en lo indios. Así es. Qué son los zambos y los mestizos sino
indios injertados en españoles y en negros? Una india que vive al
presente entre ellos, da a luz a veces un zambo, a veces un
mestizo, según la calidad de los maridos con que se casa después de
la muerte del primero. Ciertamente no se ha extinguido la raza, no
se ha alterado, no ha recibido golpes mortales y aunque se ha
cambiado en otra, existe todavía. Esta verdad palpable para todos,
deberían tenerla en cuenta todos los que al ver el pequeño número
de indios puros, sin reflexionar en otra cosa, los dan por
extinguidos. Quién se atreve a llamar extinguida la rama de una
familia italiana porque uno de ella se casa con una mujer asiática?
Más bien se dice que esa raza se propaga, pero sin tales
matrimonios, Italia subsistiría y también subsistirían otros países
que no necesitan de Italia para su conservación.
Pero las cosas no podían pasar así en América, al menos en los
principios, a causa de la escasez o falta absoluta de mujeres
españolas. Los soldados y los pasajeros que fueron a conquistarla
necesitaron mujeres indias para mantenerse allá y progresar. Y
precisamente en los matrimonios contraídos con ellas, se ve no
menos un signo de verdadera y leal estimación para con los indios,
que un principio y una propagación de una nueva estirpe no
extinguida, antes bien desarrollada prósperamente en otra y a tal
punto que si la vigilancia de los españoles para mantener pura la
raza primitiva no hubiera sido tan escrupulosa, hoy en día no se
sabría de qué color fueron los indios que ellos encontraron allá.
Hubo quien profetizara su extinción, yo no lo haría porque no tiene
fundamento, sino más bien un cambio total cuando los españoles
cambiando de idea, permitan matrimonios libres y se mezclen ellos
con los indios y los saquen de las pequeñas poblaciones en que
ahora los tienen aislados.
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(1)
|
En la Vida de Vespucio escrita por Bandini.
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(2)
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«Storia della Letter. Ital.» Tomo VI, P. I., Lib. I, Capítulo
VI.
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(3)
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Hist. Nat. de la, Indias, Libro II, cap. 2 y 3.
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(4)
|
Ibid. cap. II.
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(5)
|
Vida ya citada, capítulo II al final.
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(6)
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Voyage au Perú.
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(7)
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Mon. Ind., Lib. XIV, capítulo XIV.
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(8)
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Ibid., Lib. XIV, capítulo 42.
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(9)
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De Mundo, Prop. I., sect. V.
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(10)
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En Spagni, loc. cit.
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(11)
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Tomo I del Orinoco, Cap. IX.
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(12)
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Parte II, Cap. II.
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(13)
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Tomo I, Lib. V, Cap. I.
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(14)
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Voyage au Perú, pág. 91.
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(15)
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Lib. II. Cap. IX.
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(16)
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Hist. del Nuevo Reyno, Lib. I, cap. 3.
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