INDICE




Introducción
Prefacio
Copia carta escrita al Padre Felipe Salvador Gilij
Descubrimiento de Tierra Firme y variedad de sus climas.
De las plantas propias de los climas calientes
De las plantas forasteras de los climas calientes.
De los animales de los climas cálidos.
De los animales hispanoamericanos de los climas cálidos.
De las plantas propias de los climas fríos y templados
De las plantas hispanoamericanas de los climas fríos y templados de Tierra Firme.
De los animales nativos de los climas fríos y templados
De los animales hispanoamericanos de los climas fríos
De las cosas comunes a los varios climas de Tierra Firme
De los primeros habitantes de Tierra Firme
De los Negros
De los Hispanoamericanos
De las razas mixtas de Tierra Firme
Embellecimiento de Tierra Firme
Del comercio
Notas y aclaraciones
Apéndice - Breves noticias de las provincias de Tierra Firme
NOTAS Y ACLARACIONES
(NOTA I)
 

 

Que Colón descubrió antes que nadie el continente del Nuevo Mundo y todas o casi todas las Antillas, es una verdad de historia humana que no puede ponerse en duda sin conculcar la más venerable autoridad. No me ocupo aquí del hecho de que así lo han escrito muchos antiguos y modernos autores de varias naciones. Fijo mi atención solamente en los españoles, cuya causa me parece interesada tratándose de Colón. Ellos aunque en todo libro dicen que Colón fué italiano, y este hecho por las grandes hazañas que llevó a cabo puede ser motivo de envidia para los menos sabios, sin embargo no disimulan, antes bien afirman categóricamente que fué el primero en descubrir el Nuevo Mundo. Léase a Oviedo que le fué contemporáneo, a Gomara y a cualquier escritor antiguo que se tenga a mano, todos le dan esta gloria, que es más que suficiente para nosotros los italianos.
Pero aquí tenemos por decirlo así una rivalidad patriótica, ya que se quita a Colón la gloria del descubrimiento y se la atribuye sin razón a otro italiano, a Américo Vespucio noble florentino | (1) . Y nosotros, para decir verdad, no tendríamos nada que perder con ésto, pues quedaría siempre a Italia el honor de haber dado al Nuevo Mundo su primer descubridor. Pero este honor se apoyaría todo en lo falso, o por lo menos en lo inverosímil, a saber, en una carta de fecha anticipada o falsificada en la cual Vespucio, haciendo suyo un mérito ajeno, informó a Italia que había descubierto a América no en el año de 1492 en que la encontró efectivamente Colón, sino el año anterior. Quién no le hubiera creído entonces a un gentilhombre que ante la faz del mundo escribe cosas semejantes de sí mismo? En efecto, muchos autores le creyeron, y le cree todavía quien parece amar las glorias de su patria más de lo debido, pero sin sólido fundamento.
Pues para destruír la autoridad de todos los autores españoles acerca de este punto, se necesita algo más que un pedazo de papel escrito por un espíritu vanidoso a costa de la verdad, como por otra parte los españoles se lo echaron en cara por vía jurídica. Se necesitan pruebas tomadas de escritos imparciales contemporáneos; se necesitan diarios no escritos para vana ostentación de méritos, sino para instrucción sincera de la posteridad. Quien quiera a este respecto, para mí certísimo, una disertación erudita y exacta en favor de Colón, imparcial en darle la preferencia, lea al muy ilustre Padre Tiraboschi. | (2)
Pero el nuevo continente no lleva el nombre de Colón sino el de Vespucio, y todos lo llaman América. Lo sé, pero se llama así a causa de una afortunada audacia, contradicha en vano por lo españoles, pero después secundada también por ellos y por todas las naciones. No voy a negar aquí a Vespucio la gloria que todos le dan de haber sido famoso navegante, astrónomo experto y también geógrafo insigne. Por estos motivos pudo ser destinado en Sevilla como piloto mayor, pudo dibujar mapas para orientación de los navegantes del Nuevo Mundo, y por fin tuvo la oportunidad de dar su propio nombre al nuevo continente. Pero debe quedar en claro que no fue Vespucio sino Colón quien descubrió primero no sólo las islas Lucayas y las Antillas que pertenecen a América, sino también el continente americano. Pero lo descubrió casualmente, por relación de otro o ayudado sólo por su juicio? Esta última hipótesis me parece la más cierta, no pudiéndose negar que Colón en España y fuera de ella trató con varios geógrafos y adquirió muchos conocimientos útiles para su proyecto. Pero el primer pensamiento acerca de la existencia de nuevas tierras en el occidente y de la manera de encontrarlas por mar, creo que fué todo suyo. Con todo esto, no sé por qué mala suerte de Colón su gloria queda empañada también a este respecto, aunque para decir la verdad, bastante aclarada por Oviedo | (3) , quien francamente, según su costumbre al relatar la leyenda de cierto piloto que habría instruído a Colón acerca de nuevos países descubiertos en el occidente, ingenuamente dice que esa leyenda anda por el mundo entre la vulgar gente, y que él la considera falsa.
Y no se podía dar a semejante ridiculez comentario diferente. Dejemos a un lado que las dotes de Colón fueron singularísimas y alabadas con razón por el citado y noble autor; es evidente que debió ser ficticio un piloto del cual en tiempos tan cercanos a Colón, año de 1535 | (4) , no se conocía con precisión su nación de origen, pues algunos decían que era andaluz, otros portugués, otros vizcaíno, ni el lugar en que se encontró con Colón, pues algunos dicen que fué en Portugal, otros en la isla de la Madera, otros en fin en las de Cabo Verde. Si estos no son cuentos, qué otra cosa merecería este nombre?
Muchos se han equivocado totalmente a este respecto oscureciendo la verdad, quiero equivocarme yo también pero para aclararla. Digo por consiguiente que para confirmar ese cuento, se necesitaba además del imaginario piloto, un indio del cual se dijo que a la llegada de Colón a las Antillas declaró que ese no era el primer europeo que llegaba allá, ya que en cierto invierno o verano ya otros habían llegado arrojados por las tempestades. Este recurso a la fábula se habría podido destruír fácilmente en tiempos en que el estupor de los indios por la llegada de Colón estaba todavía fresco. Pero como a nadie se le ha ocurrido apelar a esa ficción para confirmar la falsedad de un descubridor anterior a Colón, no faltan los que citan en favor de Vespucio al matemático Giuntini, a Teodoro de Bry y a otros de los cuales no se puede decir que se hayan propuesto engañar. Y no lo diré yo, sino que hablaron así teniendo en cuenta la carta de Vespucio que creyeron verdadera y la siguieron a ojo cerrado. También me parece que fueron hechos ciegamente por otros, aquellos numerosos elogios que se leen en el último capítulo de su Vida, y que si se examinan bien, unos son falsos, otros exagerados, otros por fin fundados, pero que no vienen al caso ni son de autores contemporáneos.
Por qué no se cita a Oviedo, el más antiguo de todos y que trata ese tema expresa y simplemente y sin modernas cavilaciones? Giuntini | (5) que no estuvo nunca en España ni en América, atribuye a Vespucio por testimonio ajeno la justísima gloria de haber sido uno de los más insignes navegantes del océano, y ésto se lo conceden todos los que hablan desapasionadamente de él. Y no vamos a decir lo contrario, sabiendo que fueron muchos sus viajes a varias partes del Nuevo Mundo, pero decimos simplemente que no fué él quien descubrió primero el continente americano. Cuando más fue el segundo, si este título puede darse a quien fue allá como pasajero en compañía de Alonso de Ojeda, como se puede leer en las historias de los españoles, especialmente en la de Oviedo que escribió de ésto antes que nadie.
(N. II) Tengo las siguientes buenas noticias de persona que ha recorrido la región fría más extensa de Tierra Firme, y que vulgarmente se llama el Reino: "I-La longitud de tierra fría, dice él, empezando por el monte Tena y siguiendo hacia el norte, es de cerca de treinta días de camino. Pasa por las ciudades de Santafé, Tunja, Pamplona y Mérida y continúa después hacia los llanos de Barinas II-La anchura de la tierra fría de que hablamos, es varia según la mayor o menor extensión de los lugares altos y montuosos que se llaman cordilleras. En Santafé tiene dos buenas jornadas de anchura, empezando por el Aserradero hasta llegar a Cáqueza. En Tunja tiene cinco o seis días de ancho, pues principia en el valle de Chiquinquirá y llega hacia el oriente hasta el pueblo de Teguas, que está no muy lejos de los llanos de Santiago. Al atravesar todos esos lugares observé que algunos trechos eran más fríos que los otros, por lo cual los llaman templados".
(N. III) M. Bouguer, uno de lo famosísimos señores que fueron enviados a Quito para fijar allá, según sus observaciones, la figura que más conviene a la tierra, en el viaje de regreso a Europa pasó por Honda, tierra española en la orilla occidental del río de la Magdalena, y distante de Santafé cerca de siete días. Y en parte por conjetura, en parte por lo que oyó de los otros, cree que Santafé tiene una altura de 1.400 toesas sobre el nivel del mar | (6) . El lugar más alto de los fríos que yo ví es el monte Toquilla. El señor Solano, también muy experto en geometría, cuando fue comisario de la Real Expedición de Límites en el Orinoco, hizo una salida a Santafé y quizás observó su altura; yo sería feliz si pudiera darla aquí con algún documento auténtico.
(N. IV) Dos personas muy conocedoras de las tierras frías de Santafé y Tunja me informan que la escarcha que cae allá no es menos abundante de la que cae en invierno en nuestros campos, a tal punto que en alguna ocasión se secó la hierba por el excesivo hielo y los animales se enflaquecieron notablemente por falta del ordinario pasto verde. Pero además de la rápida reanudación de las lluvias y de la suavidad del clima que poco después hace reverdecer los campos, además de esta ventaja digo, de la cual goza allá la tierra, hay otra también y es que en aquellos lugares la escarcha no es tan frecuente como entre nosotros, pues cae solamente en alguna noche muy clara de los meses de enero y julio, y no en todos los años.
(N. V) Además del ébano negro de la provincia de Santa Marta, una persona experta en maderas americanas me dijo que en Tierra Firme hay otra especie rosada, que algunos llaman guarango, otros dividive, árbol que produce también vainas de donde se saca una bellísima tinta. Puede ser que el guarango que hay en poca cantidad aquí y allá en los lugares cálidos, y en gran abundancia y extensión en el lugar llamado Gallinazos no muy lejos de Labranzagrande, puede ser digo, que el guarango sea un verdadero ébano, puede no serlo, pero qué perjudicaría hacer el ensayo? Si es un verdadero ébano, la Tierra Firma tendría también esta ventaja más.
(N. VI) Apoyándome en las declaraciones de algunos historiadores clásicos dije que los antiguos mejicanos bebían el chocolate frío; después he averiguado que no es una probable conjetura sino una clarísima verdad. De esta noticia soy deudor a Torquemada, también él autor antiquísimo y profundo conocedor de las costumbres de los indios. Habla él | (7) de los mercados de la Nueva España y dice así: "Había y hay todavía muchas tiendas con ollas grandes y pequeñas llenas de atole (especie de polenta de maíz que les gusta mucho a todos los americanos) y de cierta bebida a manera de polenta líquida hecha con atole, cacao y otras cosas. La llaman chocolate, el cual aunque conocido por todos en la provincia de Cuautemallán y en otras, en la de México se acostumbra tomarlo caliente desde hace pocos años, y su uso se ha extendido a indios y españoles".
Más claramente todavía el mismo autor habla de esto en otra parte | (8) al hablar de las causas por las cuales en México el precio del chocolate ha subido después de la conquista española. Y dejando aparte la primera causa que no viene al caso, "la otra, dice él, es que lo beben no sólo los indios acostumbrados a beberlo frío cuando eran salvajes, sino también los mismos españoles que han dado en beberlo caliente. Lo llaman chocolate, y se lleva también a España para delicia de los consumidores".
(N. VII) En tanta abundancia y variedad de cacao selecto como es el que hemos descrito, uno puede encontrarse también en Tierra Firme en sitios en que no hay otro cacao sino el marañón, es decir el no refinado y que se encuentra en las selvas. Así me pasó por algún tiempo en el Orinoco, y yo en aquel entonces no supe encontrar otro remedio que beberlo pacientemente mientras llegaba cacao bueno de la provincia de Caracas o de la de Barinas. Pero el remedio, que quizás allá no se conoce todavía, lo descubrió felizmente el agudo filósofo Andrés Bina benedictino, el cual reflexionando en el año 1767 sobre la analogía que hay entre los altramuces y el cacao ya dicho, lo hizo poner por dos días en agua corriente para quitarle el demasiado amargor. Y este fácil remedio tomó tan bueno el chocolate que se obtuvo, que el Padre Spagni de cuyas eruditísimas obras | (9) he sacado estos datos, asegura por experiencia propia y ajena, que aquella bebida es suave, sabrosa y perfecta.
Habiéndose entregado a investigar minuciosamente con el difunto Padre Asclepi todo lo que puede ser útil para quitar el amargor del marañón, agrega que además de tenerlo en agua, se le debe dar una ligera cocción, como se hace con los altramuces, y este fué el procedimiento que él siguió con mucho éxito: tuvo el marañón dos días en agua dulce renovándola dos veces por día, sin importarle que fuera corriente o no. El cacao fue puesto después en agua nueva y hervido por espacio de dos minutos, después se sacó del fuego y fue puesto nuevamente en agua fría, cambiándola también dos veces por día. Por fin, antes de finalizar el segundo día, se sacó el cacao del agua, se secó y molió, encontrándose que era de óptima calidad. Así dice él, pero se me ocurre preguntar, tantas lavaduras y cocciones no quitan con el amargor también al sustancia? Me parece que dicho chocolate puede ser quizás bueno pero débil.
(N. VIII) Entre las plantas indígenas cultivadas en Tierra Firme por los españoles, debo nombrar cierta palma llamada coco, de la cual hay plantaciones bellísimas en los alrededores de Cartagena. En los matorrales no la ví nunca y creo que no se encuentra. Es muy alta, frondosa y produce frutos apreciables, pero fuera de estas cualidades, yo no sabría atribuírle las otras muchas que leo en los autores | (10) . Del coco, según ellos, se saca el pan, el vino, las telas, el papel, las sogas y por fin, todo lo necesario para la vida. Pero quién saca de él tan portentosas utilidades? Los Maldivesos y otros bárbaros semejantes que dan nombres resonantes a cualquier friolera. Estoy cierto de que ninguna persona culta comería ese pan, ni bebería ese vino, ni se serviría de esas telas, papeles y sogas sino en caso de extrema necesidad.
Las mismas alabanzas hace también Gumilla | (11) de la palma muriche del Orinoco, pero no las merece, pues es una palma apropiada para los usos de los salvajes y nada más, fuera de la pita y de las esteras que se hacen de ella, que son por cierto bellísimas, como lo prueba una que yo conservo todavía en casa y otra que regalé al Padre Felipe Luis mi sobrino, al presente clérigo beneficiado de San Pedro. Vuelvo a la palma de coco cuyo fruto es muy apreciable y tiene varios usos. Cuando este fruto, que pesa ordinariamente dos libras, no está todavía bien maduro, se encuentra lleno por dentro de un agradable licor que se bebe como leche de almendras y que tiene un sabor semejante, especialmente cuando el fruto está casi maduro y el líquido se ha solidificado en pulpa unida a la cáscara del coco. Esa pulpa es bastante estoposa y no se come sino por pasatiempo.
El mayor uso que los españoles hacen del coco es destinarlo como vaso, segándole la parte de encima y limpiándolo bien por dentro. En efecto, esos vasos estando forma dos por una cáscara durísima de color negro o castaño, y adornados en general con bordes, asas y pie de plata, muy hermosos y apropiados para tomar chocolate.
(N. IX) Lo que Oviedo escribió sobre la bondad de las uvas de Santo Domingo, me lo confirma también un amigo mío, el Padre Antonio Colom, que estuvo en aquella isla muchos años, y me dice que en muchas casas de señores hay allá parras que dan casi todo el año frutos que cuando están bien maduros son agradables. De los melocotones le pedí también noticias por carta después de la impresión del quinto cuadernillo de este tomo, y verifico que hablé tan acertadamente como si yo hubiera estado en Santo Domingo.
En efecto, con fecha 8 de julio del año en curso, él me dice que ha recorrido toda aquella isla con ocasión de las misiones y que nunca ha visto ni comido melocotones nacidos en Santo Domingo, que si alguna vez los hubo, ya no los hay. Lo que da a entender claramente que la esperanza de Oviedo en una mejora de esos melocotones se ha esfumado. Según el mismo Padre, en Santo Domingo se comen melocotones buenos y muy hermosos, pero de otra parte, es decir importados de Tierra Firme y cogidos en los altos montes de la Sierra de Coro.
El Padre Colom me habla también de las manzanas Y peras de Santo Domingo, y me dice que esos frutos nacidos de semillas importadas de España, en el exterior conservan su antigua figura, pero por dentro tienen la pulpa y todo el sabor de las guayabas, de las que hablamos en otra parte | (12) . Apenas se saborean según él, parece que se comen peras y manzanas, pero en seguida se percibe el sabor de las guayabas. Alguna alteración se nota también en las hojas, que no son del todo semejantes a las de los manzanos y peros que se sembraron. "Ví así, dice él, un pero y un manzano y comí sus frutos. Esta es una noticia cierta, quizás buena para usted y nunca oída ni leída, que si no es útil para su Historia, le puede ser útil en la conversación". Esta singular noticia con otras muchas que se podrían fácilmente reunir, a quién no inspiraría el deseo de escribir un libro sobre las metamorfosis de los frutos europeos en los climas americanos? No pienso tener vida para tanto.
(N. X.) Las perdices del Orinoco las describí como semejantes a nuestras codornices por razón del tamaño | (13) . Así las describí porque así las ví. Una persona digna de la mayor confianza me escribe que en los alrededores de Cartagena las hay de tres clases. "Unas, dice él, son tan grandes como gallinas, tienen un bellísimo pecho y son de exquisito sabor, otras son de tamaño medio y otras por fin pequeñas".
(N. XI) Entre las sales marinas, no debe omitirse una muy rara por la singularidad de solidificarse dentro del mismo mar que la produce. "Más allá de la desembocadura del lago de Maracaibo, me dice un corresponsal, se encuentra un lugar llamado el Guaranero, donde se rompen con picas dentro del mar grandes pedazos de sal dura y de una blancura un poco rojiza. En Maracaibo ví una gran canoa cargada de esa sal". Esta particularidad de una sal blanca que tira al rojo, no podría indicarnos suficientemente que su dureza que resiste a las olas del mar proviene de pequeños cuerpos minerales rojos que la hacen coagular?
(N. XII) El célebre Monsieur Bouguer, ya citado en la nota tercera, por lo que pudo conjeturar a su paso por Honda, tierra que dista siete días de Santafé, dice | (14) que el Salto de Tequendama debe tener doscientas o trescientas toesas de altura. El Padre Zamora | (15) dice que se cree que la altura es de doscientos estados. Piedrahíta lo mide como si fuera un camino, y según él, teniendo una altura mayor de media legua, tendría por lo menos milla y media de elevación | (16) . Yo no puedo decir más por propia experiencia. Debo sin embargo decir que la singularidad de un salto tan célebre en Tierra Firme me hizo sentir el deseo de saber si se asemeja al de nuestro Velino, egregiamente descrito por el eruditísimo Monseñor Carrara. A tal fin leí atentamente su incomparable disertación, y en verdad que quedé extrañado al ver la semejanza tan grande que hay entre los dos. La montaña de la cual se precipita el Velino es perpendicular, así es también la del Tequendama de la cual se precipita el Bogotá. La primera es toda de mármol, formada como dice doctamente el citado autor, de tierra calcárea y azufre; la segunda es también de piedra viva, no sé si tan antigua como el Bogotá o formada poco a poco.
El Tequendama me parece mas apreciable que el Velino por otro aspecto, a saber por el canal de aguas que como diremos luego es copiosísimo y cae entre dos montañas de piedra que la naturaleza ha hecho tan perpendiculares que parecen hechas a propósito como dos paredes lisas, tan iguales son sus superficies. Pero no son paralelas entre sí, y se unirían en ángulo agudo si no dejaran la abertura por la cual des emboca el río. Una de esas paredes está precisamente en frente al lugar desde donde se mira la cascada que origina un espectáculo bellísimo.
Todas estas particularidades del Tequendama que observé ya de paso y que ahora estoy describiendo con alguna exactitud, después de haber leído la disertación del alabado eruditísimo Monseñor, aumentaron en mí los deseos de conocer a cualquier costo su altura, que era lo único que me quedaba por determinar para poder compararlo con el Velino, prefiriéndolo o posponiéndolo de acuerdo con la verdad. Y después de haber pensado mucho, me pareció que entre los sujetos que vivieron bastante tiempo en Santafé debía haber alguno que lo supiera y que pudiera indicar las medidas mejor que Bouguer, Zamora y Piedrahíta, y recurrí al erudito Padre José Yarza, en otro tiempo discípulo del docto Padre Candela, profesor en la Universidad Javeriana. Y acerté, pues él de acuerdo con las noticias que conoció bajo su sabio profesor, me asegura que la cascada del Tequendama es de 2.200 palmos españoles. Por consiguiente, con esta noticia más que verdadera, debemos anteponer la altura del Tequendama a la de todos los saltos conocidos y contentarnos con que la altura de nuestro Velino si no la iguala, al menos se le acerca.
El Padre Yarza me describe algunas otras particularidades del Tequendama, que es bueno indicar para ilustración del lector, antes de acercarnos a la cascada. I - Del lugar ya citado no se precipita sólo el Bogotá, sino doce ríos que se le han juntado en el camino. II - Esos ríos que han desembocado sucesivamente en el Bogotá cuando llegan al sitio de la caída, forman un lecho de unos 136 palmos de ancho, lo que sin duda debe atribuírse al lugar pendiente por donde corren, en el cual deben haber excavado poco a poco la tierra. III - De estos datos aparece claramente que los citados ríos después de haber recorrido la sabana de Santafé, por fin llegan a un lugar en que bajan más sensiblemente, aumentando progresivamente el ímpetu de las aguas antes de precipitarse en el Tequendama. No sabría decir con seguridad cuán largo sea el trecho por el cual corren a través de la selva, después de haber abandonado la llanura.
Por otra parte, recuerdo bien que yo fuí allá con otros por un camino inclinado, un poco incómodo y como de dos millas de largo, quizás no el camino más recto pero sí el mejor para las mulas. IV - Pero ya vamos a gozar de la vista más bella del mundo, y la disfrutaremos de cerca, sin ningún temor, ya que la naturaleza ha formado en la roca, a la derecha del salto, unas cavidades tan apropiadas para el caso, que no se puede pedir nada mejor. Desde una de ellas, sin peligro alguno, vamos a mirarlo todo bajo la guía del erudito Padre. En frente se levanta el muro natural que ya esbocé arriba, y cuán bello es! el otro está a nuestros pies y no se puede ver sino desde la parte opuesta. Aquellas dos cimas verdeantes por los árboles, son las cumbre de dos montes desde los cuales se precipita el río Bogotá, pasando por el valle del Tequendama, uno se llama Tuso, el otro Cincha.
Pero por qué tardamos tanto en observar el volumen del agua que cae en el precipicio? Observémoslo en cuanto nos lo permite el agua que saltando por lo menos sobre dos piedras, una puesta bajo la otra a alguna distancia, se rompe toda de manera que parece una masa de gotas voladoras, de niebla lúcida o de copos de blanca nieve. El Padre Yarza nos asegura la existencia de esas dos piedras en las cuales golpea el agua al precipitarse. Quizás hay otras menos visibles, pero sea lo que fuere de ésto que por la razón indicada y por la distancia enorme del espectador, no se puede ver tan fácilmente, no hay duda según el citado Padre de que la parte superior de donde cae el agua es perpendicular a la inferior.
Esta calidad de agua que se rompe ni más ni menos que la del Velino en su caída debe formar necesariamente un arco iris. En efecto, el Tequendama los forma muy bellos cuando el sol está tan elevado por encima del horizonte, como los filósofos saben que es necesario para tal efecto, siempre que no lo impida la niebla densa en demasía que muchas veces lo esconde.
Hemos gozado suficientemente desde lo alto de la cascada. Bajemos ahora a la parte inferior, siguiendo el camino de Tena. A una milla del salto, en la llanura, se encuentra un lago situado entre la población india llamada Tuso y las faldas del monte Cincha. Este es el lugar en el que después de repetidas caídas se juntan las aguas todas del Tequendama, antes de dirigirse al río de la Magdalena en el cual desembocan, cerca de Tocaima; ese lago, según el citado Padre, tiene una circunferencia de tres millas y un diámetro de una.
Después de haber observado el lago de que acabamos de hablar, quién no sentiría un deseo muy vehemente de acercarse al pié del salto, y desde el camino que yo por testimonio ajeno creo que existe y por analogía con otros saltos, observar la bella lluvia del Tequendama? Pero como en realidad ese camino no existe, debemos contentarnos con mirarla desde ese lugar. Quien se atreva a adelantar más, encuentra en seguida piedras formidables y chorros continuos de agua y nubes perpetuas, como nos lo atestigua el muy cortés Padre don Tomás Silva, quien me dió últimamente una relación muy completa sobre este punto. Lleno de coraje y sin preocuparse por las primeras gotas débiles de agua del Tequendama, él bajó intrépidamente cerca de cincuenta pasos, pero como él mismo dice, se vió obligado a retroceder por los golpes fuertes del agua que se precipita y cuya fuerza progresivamente crecía con peligro de su vida, por el viento que surgía de la vorágine al caer las aguas quitándole la respiración aunque volviera atrás la cara.
Con todo esto, en esta primera excursión río abajo, él notó más cosas que antes no se conocían: los diversos escollos, las gotas que caen como lluvia, su ímpetu, su fuerza, el saltar del agua al golpear alguna piedra y el casi rebotar violentamente como cohetes que atraviesan encendidos el aire. Este espectáculo debe ser ciertamente bellísimo desde abajo, donde él dice después de haber hablado de la vorágine, que el suelo está cubierto de hierba y llueve en un espacio continuo de cerca a noventa cuadras. He terminado, pero me queda alguna curiosidad de saber más acerca de la vorágine que él encontró después de haber caminado cincuenta pasos bajo la lluvia.
Por otra parte, no creo haber hecho poco en hacer conocer a nuestra Italia un salto tan famoso, inspirado en la bellísima disertación ya citada de Mons. Carrara, de la cual tomé la semejanza del salto de Tequendama con el de nuestro Velino, pero me desagrada mucho no poder indicar su altura por falta de datos ciertos. En cuanto lo permite la distancia, se han cumplido mis deseos y se ha mostrado claramente que la altura del Velino, no siendo en total mayor de 1871 palmos romanos, es muy inferior a la del Tequendama, que como dijimos es de 2.200.
(N. XIII) A fin de probar el equilibrio de la población antigua de la Tierra Firme con la presente, quien considere bien las cosas, verá que yo he aducido razones suficientes y fuertes, pero no tanto que no puedan ser objetadas al menos por los capciosos. Y para cerrarles también a éstos la boca, me parece muy oportuno hacer una comparación entre la multitud de los indios civilizados con los salvajes, y a través de esa comparación establecer la igualdad o desigualdad. Estamos todavía en tiempo de hacerlo. En varias partes ya de la América española ya de la inglesa, ya de las otras, hay más poblaciones todavía no subyugadas. Los gentiles viven allá solos libremente. Cuántos son? En esos lugares deberían encontrarse esos hormigueros de gente que nos describen los antiguos. Sin embargo, qué se encuentra allá sino una soledad igual si no mayor a la que se ve entre los conquistados por los europeos?
No me refiero más a los orinoquenses que en su gentilidad constituían pequeñas naciones. Mírese a California, al Darién, a los indios de Santa Marta y a otros muchos, en proporción a los vastos territorios en que se encuentran, no podrán competir nunca con el número de los subyugados. El mismo Chile gentil, Chile todavía salvaje contra los españoles, por lo que oigo de personas que saben, es célebre por el valor y no por el número de los gentiles. Pero esta demostración la puede hacer mejor algún erudito europeo-americano al cual le dejamos esta tarea.
(N. XIV) Al leer que en América hay tantas razas mezcladas entre sí, no se puede dejar de pensar que la mayor parte de ellas tienen origen en lo indios. Así es. Qué son los zambos y los mestizos sino indios injertados en españoles y en negros? Una india que vive al presente entre ellos, da a luz a veces un zambo, a veces un mestizo, según la calidad de los maridos con que se casa después de la muerte del primero. Ciertamente no se ha extinguido la raza, no se ha alterado, no ha recibido golpes mortales y aunque se ha cambiado en otra, existe todavía. Esta verdad palpable para todos, deberían tenerla en cuenta todos los que al ver el pequeño número de indios puros, sin reflexionar en otra cosa, los dan por extinguidos. Quién se atreve a llamar extinguida la rama de una familia italiana porque uno de ella se casa con una mujer asiática? Más bien se dice que esa raza se propaga, pero sin tales matrimonios, Italia subsistiría y también subsistirían otros países que no necesitan de Italia para su conservación.
Pero las cosas no podían pasar así en América, al menos en los principios, a causa de la escasez o falta absoluta de mujeres españolas. Los soldados y los pasajeros que fueron a conquistarla necesitaron mujeres indias para mantenerse allá y progresar. Y precisamente en los matrimonios contraídos con ellas, se ve no menos un signo de verdadera y leal estimación para con los indios, que un principio y una propagación de una nueva estirpe no extinguida, antes bien desarrollada prósperamente en otra y a tal punto que si la vigilancia de los españoles para mantener pura la raza primitiva no hubiera sido tan escrupulosa, hoy en día no se sabría de qué color fueron los indios que ellos encontraron allá. Hubo quien profetizara su extinción, yo no lo haría porque no tiene fundamento, sino más bien un cambio total cuando los españoles cambiando de idea, permitan matrimonios libres y se mezclen ellos con los indios y los saquen de las pequeñas poblaciones en que ahora los tienen aislados.

(1) En la Vida de Vespucio escrita por Bandini.
(2) «Storia della Letter. Ital.» Tomo VI, P. I., Lib. I, Capítulo VI.
(3) Hist. Nat. de la, Indias, Libro II, cap. 2 y 3.
(4) Ibid. cap. II.
(5) Vida ya citada, capítulo II al final.
(6) Voyage au Perú.
(7) Mon. Ind., Lib. XIV, capítulo XIV.
(8) Ibid., Lib. XIV, capítulo 42.
(9) De Mundo, Prop. I., sect. V.
(10) En Spagni, loc. cit.
(11) Tomo I del Orinoco, Cap. IX.
(12) Parte II, Cap. II.
(13) Tomo I, Lib. V, Cap. I.
(14) Voyage au Perú, pág. 91.
(15) Lib. II. Cap. IX.
(16) Hist. del Nuevo Reyno, Lib. I, cap. 3.

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