INDICE




Introducción
Prefacio
Copia carta escrita al Padre Felipe Salvador Gilij
Descubrimiento de Tierra Firme y variedad de sus climas.
De las plantas propias de los climas calientes
De las plantas forasteras de los climas calientes.
De los animales de los climas cálidos.
De los animales hispanoamericanos de los climas cálidos.
De las plantas propias de los climas fríos y templados
De las plantas hispanoamericanas de los climas fríos y templados de Tierra Firme.
De los animales nativos de los climas fríos y templados
De los animales hispanoamericanos de los climas fríos
De las cosas comunes a los varios climas de Tierra Firme
De los primeros habitantes de Tierra Firme
De los Negros
De los Hispanoamericanos
De las razas mixtas de Tierra Firme
Embellecimiento de Tierra Firme
Del comercio
Notas y aclaraciones
Apéndice - Breves noticias de las provincias de Tierra Firme
PARTE VI
DEL COMERCIO
 

 

CAPITULO I
PUENTES Y CALZADAS
 

 

Antes de hablar del intercambio comercial de las provincias de Tierra Firme y del comercio que esas provincias mantienen con España, es oportuno ver los medios usados para facilitar la comunicación de los pueblos entre sí y los que se usan para hacer más frecuente la navegación con España. Con respecto a lo primero, hablando en general, no elogiaré por cierto hasta las estrellas la facilidad de los viajes en América. Me son bastantes conocidos los miedos que aprietan el corazón de los viajeros al pasar por sitios escarpados que infunden miedo hasta los más valientes, o por sitios pantanosos en que se quedan enterrados los menos pesados. Veo todavía a esta distancia algunos llamados puentes indios, verdaderas trampas y precipicios ciertos, pero por ésto no dejaré a un lado el cuidado que tuvieron los españoles para mejorar en cuanto se pudo el país, especialmente cerca las capitales. En los tiempos de los caciques bogotanos y tunjanos, no se vieron nunca otros puentes sino de juncos entrelazados como diremos luego, y puestos sobre los ríos como redes extendidas de una a otra orilla.
En la actualidad, bajo el dominio español, sobre el río Bogotá, el más grande de toda la sabana de Santafé, han construido un puente muy bello de piedra, que no tiene menos de siete arcos y que está precisamente cerca a la población en la que dominaron en otro tiempo los zipas, que nunca llegaron a imaginar cosa semejante. Y en el Bosa, río que corre en la parte meridional de la sabana, hay otro de un arco. De un arco también son los del rio Serrezuela y de otro que se encuentra en el camino de Tunja. Pero esas obras son un poco antiguas, modernísima es la de un terraplén magnífico que han hecho entre Techo y Fontibón, a través de un terreno pantanoso, para comodidad de los viajeros.
En mis tiempos, ya ese terraplén constituía un camino bastante levantado, con oportunas alcantarillas para desagüe, pero nada más. Esto, si no constituye una vergüenza, tampoco es un honor para la capital. Cuando yo estaba en el Orinoco aumentó ese honor para Santafé el Excelentísimo Señor Pizarro, y después el Señor Solís, ambos virreyes renombradísimos por sus útiles empresas. Por espacio de dos millas completas, construyeron un comodísimo camino, con muros a los lados, terraplenado y bien empedrado. Pero a esa perfección no han llegado los caminos que llevan de una ciudad a otra en Tierra Firme, aunque se ha hecho mucho por mejorarlos, a pesar de los obstáculos casi insuperables. No digo nada de los lugares pantanosos que de vez en cuando se encuentran, ya que por estar todavía en lo plano, no se secan dando libre curso a las aguas. Esos pantanos están en su mayoría en la misma situación en que los encontraron los conquistadores.
Tampoco voy a repetir lo que he dicho de los caminos de montañas, tan escarpados a veces que al viajero le parece que él también trepa con la mula que lo lleva; a veces cuando se ven los profundos y terribles valles que resuenan con el ruido de las aguas que por allí corren, se teme continuamente despeñarse con la cabalgadura. Basta solamente decir que los españoles han puesto a esos sitios espantosos el nombre nuevo de voladores, para indicar que nada es más fácil que salir volando a los valles profundos. Vuelos ciertamente indeseables por el peligro que encierran!, pero el remedio está en la pericia de las mulas. Como dijimos en otra parte, no son tan grandes como las nuestras, pero su fuerza es singularísima. Ordinariamente se toman en alquiler, y cuando se viaja por lugares habitados, se toman por un solo día hasta llegar al lugar en donde pernocta el viajero. Después de haber pagado al arriero, allá se habla con otro para obtener una nueva para el día siguiente, y así de una en otra se cambian las mulas diariamente hasta terminar el viaje.
Esta costumbre tiene dos ventajas muy importantes: la primera, tener siempre mulas frescas, la segunda tenerlas muy expertas para superar las dificultades que se encuentran en el camino, que ellas conocen muy bien porque lo recorren continuamente. Digo la verdad, siempre que no se tenga miedo, uno puede dormir encima de ellas sin preocuparse. No tropiezan ni se espantan y llevan al pasajero fuera de los precipicios, sin que él se de cuenta Pasan reposadamente por los voladores, atraviesan los ríos a veces caminando sobre las piedras que ellas conocen, a veces nadando si esos ríos son profundos y bajan por las pendiente con admirable destreza. Todo esto lo ví y experimenté en mi viaje de Santafé al Orinoco, pero a este respecto quiero detenerme un poco más.
En ese viaje llegué a un lugar muy escarpado entre Labranzagrande y Paya, y Dios sabe el susto que pasé, me parecía que pasándolo a caballo iba a caer en el barro que había en todo el camino. Miré todos los lugares para apearme, resuelto a recorrer a pie aquel camino que podía tener de largo como un tiro de fusil, pero en vano. Los lados del camino, como estaban bajo los árboles, eran fangosos a tal punto que no se podía poner pie en tierra sin quedarse uno enterrado. El difunto Padre Campins, hombre no sólo experto sino ágil y de espíritu marcial con quien yo viajaba, se reía de mi miedo y téngase bien, me dijo, deje que la mula siga y no tenga miedo de nada. Y él primero, espoleando su cabalgadura, siguió por el precipicio. Cosa admirable, ella juntó las piernas y sin otra acción que la de dejarse deslizar por el resbaloso sitio, en un abrir y cerrar de ojos lo pasó con increíble habilidad. Así lo pasé yo, diría que casi riendo, y después de nosotros los arrieros. Después de este hecho, es superfluo que yo entretenga a mis lectores con otros cuentos semejantes. Pero no se deje de notar cuán útiles son las mulas para el comercio recíproco de los habitantes de Tierra Firme, y cuan apropiadas son por su eximia pericia para disminuír las dificultades. Los caballos no sirven para caminos de montaña, pero son óptimos en los valles. Las unas y los otros se alimentan sin gastos maniatándolos y llevándolos a pastar en sitios cercanos a su residencia.
La mala calidad de los caminos por lo que se refiere al barro, en todo el curso del año no constituye un impedimento igual para el viajero. En el largo verano periódico de la zona tórrida los caminos se secan completamente o son pocos los lugares que continúan pantanosos, exceptuando los que los españoles llaman tembladares, porque están cubiertos de césped de poca consistencia sobre el barro líquido y tiemblan al paso de los viajeros. Por estos sitios, y no en todas partes, se puede pasar solamente a pie y con mucho cuidado hasta atravesar todo el tembladar. Una bestia se consumiría hasta el cuello. De esta naturaleza es el que hay entre Tibabuyes y la población india de Engativá, que yo pasé una vez en tiempo de veraneo. Pero fuera de los tembladares y de algún sitio sombreado a donde no penetra el sol, por los otros se puede viajar bien en verano. En efecto, durante el verano, los comerciantes llevan a otras partes sus mercancias, y se puede viajar por Tierra Firme.
No por esto se deja el comercio durante el invierno, que como hemos dicho es la estación lluviosa. Para disminuír las dificultades están los ríos, que para no repetir inútilmente, pasamos de la historia natural a la civil de propósito, por la relación que tienen con el comercio. La Tierra Firme en toda su extensión está llena de ríos, algunos navegables por su lecho amplio y limpio, otros no por el lecho más estrecho y lleno de árboles que arrastran en su curso. Pero si éstos se limpiaran, estoy seguro de que la mayor parte de ellos, si no todos podrían ser navegables. Y por qué no, si los ríos que alla se consideran pequeños son semejantes a nuestro Tíber? Describí con alguna extensión los diferentes afluentes navegables del Orinoco, el rey de los ríos de Tierra Firme. Semejantes, comparando chicos con grandes, son los otros ríos de las demás provincias que yo describí en el apéndice.
Quién podrá enumerar los afluentes del río de la Magdalena, del Cauca, del Meta, del Apure y de otros muchos ríos? No me comprometo a nombrar ni la tercera parte de ellos, tántos hay. Pero sería de desear que alguna persona experta hiciera una diligente descripción hidrográfica y dijera pormenorizadamente el origen de cada río, su curso su nombre, el nivel de sus aguas, su navegabilidad e indicara también la manera de superar los obstáculos. Ese cálculo no será demasiado difícil para quien quiera hacerlo si tiene la mirada fija en las varias ramificaciones de los Andes, de las cuales surgen en su mayoría todos los ríos principales que bañan la Tierra Firme. Sería también necesario indicar con exactitud la distancia de un río a otro, y si el país intermedio es apropiado para la agricultura por ser bastante elevado sobre el nivel de las aguas y no sujeto a inoportunos aluviones, o si por el contrarío es pantanoso y apto sólo para producir leña o para sembrarlo en los veranos.
Esta investigación que nadie ha emprendido hasta ahora, porque algunos como yo describen plantas, animales y minerales, algunos como otros muchos la historia de la conquista y nada acerca de la geografía física de Tierra Firme; esta investigación, digo yo, cuánta ventaja traería a la filosofía para desmentir al menos a los que, sin reflexionar en los muchísimos ríos de América, al oír hablar de la humedad, la atribuyen toda a una supuesta formación reciente de esta parte del mundo. Queremos enumerar las ventajas que los ríos prestan al comercio. Viajando de una parte a otra de Tierra Firme, hemos llegado a las orillas de un río que debe pasarse dentro de poco. Hay tres medios de vadearlo: la hamaca, la canoa y la tarabita. No se asuste nadie antes de tiempo al oír hablar de nombres que nosotros no usamos. Iremos explicando progresivamente cada uno de estos medios, según se presente la oportunidad.
En algunos ríos, como por ejemplo el Casanare, cerca de la población de los Achaguas, en la provincia de ese mismo nombre, como la anchura del río no permite tender un puente ni siquiera de madera, hay siempre lista una embarcación con su piloto que transporta al viajero a la otra orilla. El barco es pequeño y de aquel género que los indios llaman canoa, es decir un tronco cavado en forma de barca, como lo describimos en el primer tomo. Lo viajeros, después de haber cargado poco a poco sus cosas y pasado al otro lado las bestias descargadas, pasan por fin en la canoa, pagan una propina al barquero cargan nuevamente los animales y continúan el viaje. Pero no todos los ríos, o por no ser de igual profundidad o por estar lejos del poblado, tienen una barca para pasarlo, pero las cabalgaduras están tan acostumbradas a vaderalo, que entran al agua sin tener que estimularlas el jinete.
Y Dios quisiera que en todo otro lugar de Tierra Firme fuera así, pero hay otros tremendos medios para pasar los ríos: la hamaca y la tarabita. Tuve la oportunidad de encontrarme con la primera, pero no ví nunca la segunda. Al bajar del monte Toquilla, por el camino que lleva a Labranzagrande, se encuentra un río no sé de qué nombre, bastante estrecho, pedregoso y correntoso hasta el punto que sólo permite el paso de las mulas descargadas, lo que es cuanto se puede decir para ponderar su dificultad. Por encima de este inominado e inominable río se tiende como puente una araña de bejucos suspendida en palos fijados en las orillas. A sus lados hay también dos palos con bejucos, para que el pasajero se pueda sostener. Quién podría confiar su vida a ese miserable puente, si no fuera empujado por una espada desenvainada? y sin embargo, diariamente se pasa, y se pasa mientras se mece bajo los piés como una cama suspendida en el aire o como hamaca mecedora, de donde toma su nombre. Este puente puede tener cerca de cuarenta palmos de largo.
Tres o cuatro veces más largo es el puente que se encuentra sobre el río Paya, y tan alto que infunde miedo no sólo al pasarlo sino con solo verlo. El mismo compañero mío se asustó, y habiendo oído que el río frente a una población india del mismo nombre no era muy grande, lo vadeó, él con las piernas encima para no mojarse, yo con las mías sumergidas en el agua hasta la misma silla, para estar seguro de no caer al agua. Después de este relato, la tarabita no parecerá tan miedosa como sería de suponer si se hablara de ella solamente o en primer lugar. Por lo que oigo, consiste en un cable fuerte tendido de una a otra orilla del río y asegurado a gruesos troncos fijados en tierra. Del cable, que está compuesto de doce o más cuerdas de cuero entrelazadas muy bien, está suspendido un anillo de madera resistente que corre a lo largo de la cuerda, y atadas a él pequeñas cuerdas de la misma materia, unas para sostener al pasajero Y otras para halarlo.
Nosotros nos espantamos al sólo oír esa nueva especie de transporte, pero qué dificultad no vence el ejemplo ajeno y la necesidad? El pasajero por ejemplo se encentra en las orillas de un río que tiene tarabita. Ve que el río es profundo y no se puede vadear por la estruendosa corriente y por las piedras en que el agua se estrella formando espuma. Mira y vuelve a mirar pensativo hasta que una persona es atada al anillo, asegurada con cuerdas a la cintura y transportada a la orilla opuesta. El ejemplo unido a la necesidad de continuar el camino, vence su repugnancia y se abandona en manos de los indios que manejan la tarabita. Uno de ellos le arregla las cuerdas para suspenderlo del aire durante el recorrido, y después toma la extremidad de otra cuerda anudada al anillo, lo deja deslizar suavemente y la suelta poco a poco mientras su compañero lo hala hacia la orilla opuesta, sin que él deba hacer otra cosa sino dejarse conducir así y estarse quieto.
El estupor, o no sé si decir el temor, no permiten en ese momento reflexiones profundas sobre la calidad de ese nuevo espectáculo, que por otra parte el viajero una vez fuera del peligro, gustaría volver a ver una y más veces. El cable como dije está hecho de cuero, es decir tiras largas de piel vacuna retorcidas como lazos, cuerdas que por la escasez de cáñamo se usan no sólo para ese fin sino también en las posesiones y en las fincas y en las mismas ciudades de Tierra Firme. Los indios antiguos las hacían de mayaguá, es decir de la corteza de cierto árbol y las llamaron cabuya. Son muy fuertes y de diferente diámetro, y en la actualidad, aunque no con la misma frecuencia de las cuerdas de cuero, los mismos españoles se sirven de ellas en diferentes ocasiones. Pero para el transporte que hemos dicho, serían peligrosas y no tan durables como las de cuero con que las sustituyeron los españoles y bien untadas de sebo son corredizas y dan libre paso a la tarabita.
Este propiamentes es el nombre del anillo corredizo, que es tan grueso y de una clase de madera tan dura que quizá no ha pasado nunca que se rompa bajo el enorme peso de los pasajeros o de sus equipajes que también se transportan en esa forma, mientras que las mulas vadean el río a nado. Yo pregunté con curiosidad el nombre del árbol del cual los hacen, pero no pude saber nada. Entre tanto, por lo dicho se ve claramente que la manera de pasar los ríos por medio de un cable, no es al fin tan extravagante como puede parecerlo a quien oye hablar de él estando lejos. Las cuerdas que se usan para atar al pasajero se hacen más suaves merced a una canasta de mimbre en que se sienta el pasajero. Y así pasan el río los que tienen miedo. Por lo demás oigo decir que para algunos que hacen el viaje con frecuencia, al fin es una diversión ese ser llevado y traído de una orilla a otra del río. Pero nos hemos demorado mucho y ya hace tiempos que nos esperan ansiosos los correos y los comerciantes y las mulas cargadas de diversas mercancías. Veámoslos uno por uno.

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