PARTE VI
DEL COMERCIO
CAPITULO I
PUENTES Y CALZADAS
Antes de hablar del intercambio comercial de las provincias de
Tierra Firme y del comercio que esas provincias mantienen con
España, es oportuno ver los medios usados para facilitar la
comunicación de los pueblos entre sí y los que se usan para hacer
más frecuente la navegación con España. Con respecto a lo primero,
hablando en general, no elogiaré por cierto hasta las estrellas la
facilidad de los viajes en América. Me son bastantes conocidos los
miedos que aprietan el corazón de los viajeros al pasar por sitios
escarpados que infunden miedo hasta los más valientes, o por sitios
pantanosos en que se quedan enterrados los menos pesados. Veo
todavía a esta distancia algunos llamados puentes indios,
verdaderas trampas y precipicios ciertos, pero por ésto no dejaré a
un lado el cuidado que tuvieron los españoles para mejorar en
cuanto se pudo el país, especialmente cerca las capitales. En los
tiempos de los caciques bogotanos y tunjanos, no se vieron nunca
otros puentes sino de juncos entrelazados como diremos luego, y
puestos sobre los ríos como redes extendidas de una a otra
orilla.
En la actualidad, bajo el dominio español, sobre el río Bogotá, el
más grande de toda la sabana de Santafé, han construido un puente
muy bello de piedra, que no tiene menos de siete arcos y que está
precisamente cerca a la población en la que dominaron en otro
tiempo los zipas, que nunca llegaron a imaginar cosa semejante. Y
en el Bosa, río que corre en la parte meridional de la sabana, hay
otro de un arco. De un arco también son los del rio Serrezuela y de
otro que se encuentra en el camino de Tunja. Pero esas obras son un
poco antiguas, modernísima es la de un terraplén magnífico que han
hecho entre Techo y Fontibón, a través de un terreno pantanoso,
para comodidad de los viajeros.
En mis tiempos, ya ese terraplén constituía un camino bastante
levantado, con oportunas alcantarillas para desagüe, pero nada más.
Esto, si no constituye una vergüenza, tampoco es un honor para la
capital. Cuando yo estaba en el Orinoco aumentó ese honor para
Santafé el Excelentísimo Señor Pizarro, y después el Señor Solís,
ambos virreyes renombradísimos por sus útiles empresas. Por espacio
de dos millas completas, construyeron un comodísimo camino, con
muros a los lados, terraplenado y bien empedrado. Pero a esa
perfección no han llegado los caminos que llevan de una ciudad a
otra en Tierra Firme, aunque se ha hecho mucho por mejorarlos, a
pesar de los obstáculos casi insuperables. No digo nada de los
lugares pantanosos que de vez en cuando se encuentran, ya que por
estar todavía en lo plano, no se secan dando libre curso a las
aguas. Esos pantanos están en su mayoría en la misma situación en
que los encontraron los conquistadores.
Tampoco voy a repetir lo que he dicho de los caminos de montañas,
tan escarpados a veces que al viajero le parece que él también
trepa con la mula que lo lleva; a veces cuando se ven los profundos
y terribles valles que resuenan con el ruido de las aguas que por
allí corren, se teme continuamente despeñarse con la cabalgadura.
Basta solamente decir que los españoles han puesto a esos sitios
espantosos el nombre nuevo de voladores, para indicar que nada es
más fácil que salir volando a los valles profundos. Vuelos
ciertamente indeseables por el peligro que encierran!, pero el
remedio está en la pericia de las mulas. Como dijimos en otra
parte, no son tan grandes como las nuestras, pero su fuerza es
singularísima. Ordinariamente se toman en alquiler, y cuando se
viaja por lugares habitados, se toman por un solo día hasta llegar
al lugar en donde pernocta el viajero. Después de haber pagado al
arriero, allá se habla con otro para obtener una nueva para el día
siguiente, y así de una en otra se cambian las mulas diariamente
hasta terminar el viaje.
Esta costumbre tiene dos ventajas muy importantes: la primera,
tener siempre mulas frescas, la segunda tenerlas muy expertas para
superar las dificultades que se encuentran en el camino, que ellas
conocen muy bien porque lo recorren continuamente. Digo la verdad,
siempre que no se tenga miedo, uno puede dormir encima de ellas sin
preocuparse. No tropiezan ni se espantan y llevan al pasajero fuera
de los precipicios, sin que él se de cuenta Pasan reposadamente por
los voladores, atraviesan los ríos a veces caminando sobre las
piedras que ellas conocen, a veces nadando si esos ríos son
profundos y bajan por las pendiente con admirable destreza. Todo
esto lo ví y experimenté en mi viaje de Santafé al Orinoco, pero a
este respecto quiero detenerme un poco más.
En ese viaje llegué a un lugar muy escarpado entre Labranzagrande y
Paya, y Dios sabe el susto que pasé, me parecía que pasándolo a
caballo iba a caer en el barro que había en todo el camino. Miré
todos los lugares para apearme, resuelto a recorrer a pie aquel
camino que podía tener de largo como un tiro de fusil, pero en
vano. Los lados del camino, como estaban bajo los árboles, eran
fangosos a tal punto que no se podía poner pie en tierra sin
quedarse uno enterrado. El difunto Padre Campins, hombre no sólo
experto sino ágil y de espíritu marcial con quien yo viajaba, se
reía de mi miedo y téngase bien, me dijo, deje que la mula siga y
no tenga miedo de nada. Y él primero, espoleando su cabalgadura,
siguió por el precipicio. Cosa admirable, ella juntó las piernas y
sin otra acción que la de dejarse deslizar por el resbaloso sitio,
en un abrir y cerrar de ojos lo pasó con increíble habilidad. Así
lo pasé yo, diría que casi riendo, y después de nosotros los
arrieros. Después de este hecho, es superfluo que yo entretenga a
mis lectores con otros cuentos semejantes. Pero no se deje de notar
cuán útiles son las mulas para el comercio recíproco de los
habitantes de Tierra Firme, y cuan apropiadas son por su eximia
pericia para disminuír las dificultades. Los caballos no sirven
para caminos de montaña, pero son óptimos en los valles. Las unas y
los otros se alimentan sin gastos maniatándolos y llevándolos a
pastar en sitios cercanos a su residencia.
La mala calidad de los caminos por lo que se refiere al barro, en
todo el curso del año no constituye un impedimento igual para el
viajero. En el largo verano periódico de la zona tórrida los
caminos se secan completamente o son pocos los lugares que
continúan pantanosos, exceptuando los que los españoles llaman
tembladares, porque están cubiertos de césped de poca consistencia
sobre el barro líquido y tiemblan al paso de los viajeros. Por
estos sitios, y no en todas partes, se puede pasar solamente a pie
y con mucho cuidado hasta atravesar todo el tembladar. Una bestia
se consumiría hasta el cuello. De esta naturaleza es el que hay
entre Tibabuyes y la población india de Engativá, que yo pasé una
vez en tiempo de veraneo. Pero fuera de los tembladares y de algún
sitio sombreado a donde no penetra el sol, por los otros se puede
viajar bien en verano. En efecto, durante el verano, los
comerciantes llevan a otras partes sus mercancias, y se puede
viajar por Tierra Firme.
No por esto se deja el comercio durante el invierno, que como hemos
dicho es la estación lluviosa. Para disminuír las dificultades
están los ríos, que para no repetir inútilmente, pasamos de la
historia natural a la civil de propósito, por la relación que
tienen con el comercio. La Tierra Firme en toda su extensión está
llena de ríos, algunos navegables por su lecho amplio y limpio,
otros no por el lecho más estrecho y lleno de árboles que arrastran
en su curso. Pero si éstos se limpiaran, estoy seguro de que la
mayor parte de ellos, si no todos podrían ser navegables. Y por qué
no, si los ríos que alla se consideran pequeños son semejantes a
nuestro Tíber? Describí con alguna extensión los diferentes
afluentes navegables del Orinoco, el rey de los ríos de Tierra
Firme. Semejantes, comparando chicos con grandes, son los otros
ríos de las demás provincias que yo describí en el apéndice.
Quién podrá enumerar los afluentes del río de la Magdalena, del
Cauca, del Meta, del Apure y de otros muchos ríos? No me comprometo
a nombrar ni la tercera parte de ellos, tántos hay. Pero sería de
desear que alguna persona experta hiciera una diligente descripción
hidrográfica y dijera pormenorizadamente el origen de cada río, su
curso su nombre, el nivel de sus aguas, su navegabilidad e indicara
también la manera de superar los obstáculos. Ese cálculo no será
demasiado difícil para quien quiera hacerlo si tiene la mirada fija
en las varias ramificaciones de los Andes, de las cuales surgen en
su mayoría todos los ríos principales que bañan la Tierra Firme.
Sería también necesario indicar con exactitud la distancia de un
río a otro, y si el país intermedio es apropiado para la
agricultura por ser bastante elevado sobre el nivel de las aguas y
no sujeto a inoportunos aluviones, o si por el contrarío es
pantanoso y apto sólo para producir leña o para sembrarlo en los
veranos.
Esta investigación que nadie ha emprendido hasta ahora, porque
algunos como yo describen plantas, animales y minerales, algunos
como otros muchos la historia de la conquista y nada acerca de la
geografía física de Tierra Firme; esta investigación, digo yo,
cuánta ventaja traería a la filosofía para desmentir al menos a los
que, sin reflexionar en los muchísimos ríos de América, al oír
hablar de la humedad, la atribuyen toda a una supuesta formación
reciente de esta parte del mundo. Queremos enumerar las ventajas
que los ríos prestan al comercio. Viajando de una parte a otra de
Tierra Firme, hemos llegado a las orillas de un río que debe
pasarse dentro de poco. Hay tres medios de vadearlo: la hamaca, la
canoa y la tarabita. No se asuste nadie antes de tiempo al oír
hablar de nombres que nosotros no usamos. Iremos explicando
progresivamente cada uno de estos medios, según se presente la
oportunidad.
En algunos ríos, como por ejemplo el Casanare, cerca de la
población de los Achaguas, en la provincia de ese mismo nombre,
como la anchura del río no permite tender un puente ni siquiera de
madera, hay siempre lista una embarcación con su piloto que
transporta al viajero a la otra orilla. El barco es pequeño y de
aquel género que los indios llaman canoa, es decir un tronco cavado
en forma de barca, como lo describimos en el primer tomo. Lo
viajeros, después de haber cargado poco a poco sus cosas y pasado
al otro lado las bestias descargadas, pasan por fin en la canoa,
pagan una propina al barquero cargan nuevamente los animales y
continúan el viaje. Pero no todos los ríos, o por no ser de igual
profundidad o por estar lejos del poblado, tienen una barca para
pasarlo, pero las cabalgaduras están tan acostumbradas a vaderalo,
que entran al agua sin tener que estimularlas el jinete.
Y Dios quisiera que en todo otro lugar de Tierra Firme fuera así,
pero hay otros tremendos medios para pasar los ríos: la hamaca y la
tarabita. Tuve la oportunidad de encontrarme con la primera, pero
no ví nunca la segunda. Al bajar del monte Toquilla, por el camino
que lleva a Labranzagrande, se encuentra un río no sé de qué
nombre, bastante estrecho, pedregoso y correntoso hasta el punto
que sólo permite el paso de las mulas descargadas, lo que es cuanto
se puede decir para ponderar su dificultad. Por encima de este
inominado e inominable río se tiende como puente una araña de
bejucos suspendida en palos fijados en las orillas. A sus lados hay
también dos palos con bejucos, para que el pasajero se pueda
sostener. Quién podría confiar su vida a ese miserable puente, si
no fuera empujado por una espada desenvainada? y sin embargo,
diariamente se pasa, y se pasa mientras se mece bajo los piés como
una cama suspendida en el aire o como hamaca mecedora, de donde
toma su nombre. Este puente puede tener cerca de cuarenta palmos de
largo.
Tres o cuatro veces más largo es el puente que se encuentra sobre
el río Paya, y tan alto que infunde miedo no sólo al pasarlo sino
con solo verlo. El mismo compañero mío se asustó, y habiendo oído
que el río frente a una población india del mismo nombre no era muy
grande, lo vadeó, él con las piernas encima para no mojarse, yo con
las mías sumergidas en el agua hasta la misma silla, para estar
seguro de no caer al agua. Después de este relato, la tarabita no
parecerá tan miedosa como sería de suponer si se hablara de ella
solamente o en primer lugar. Por lo que oigo, consiste en un cable
fuerte tendido de una a otra orilla del río y asegurado a gruesos
troncos fijados en tierra. Del cable, que está compuesto de doce o
más cuerdas de cuero entrelazadas muy bien, está suspendido un
anillo de madera resistente que corre a lo largo de la cuerda, y
atadas a él pequeñas cuerdas de la misma materia, unas para
sostener al pasajero Y otras para halarlo.
Nosotros nos espantamos al sólo oír esa nueva especie de
transporte, pero qué dificultad no vence el ejemplo ajeno y la
necesidad? El pasajero por ejemplo se encentra en las orillas de un
río que tiene tarabita. Ve que el río es profundo y no se puede
vadear por la estruendosa corriente y por las piedras en que el
agua se estrella formando espuma. Mira y vuelve a mirar pensativo
hasta que una persona es atada al anillo, asegurada con cuerdas a
la cintura y transportada a la orilla opuesta. El ejemplo unido a
la necesidad de continuar el camino, vence su repugnancia y se
abandona en manos de los indios que manejan la tarabita. Uno de
ellos le arregla las cuerdas para suspenderlo del aire durante el
recorrido, y después toma la extremidad de otra cuerda anudada al
anillo, lo deja deslizar suavemente y la suelta poco a poco
mientras su compañero lo hala hacia la orilla opuesta, sin que él
deba hacer otra cosa sino dejarse conducir así y estarse
quieto.
El estupor, o no sé si decir el temor, no permiten en ese momento
reflexiones profundas sobre la calidad de ese nuevo espectáculo,
que por otra parte el viajero una vez fuera del peligro, gustaría
volver a ver una y más veces. El cable como dije está hecho de
cuero, es decir tiras largas de piel vacuna retorcidas como lazos,
cuerdas que por la escasez de cáñamo se usan no sólo para ese fin
sino también en las posesiones y en las fincas y en las mismas
ciudades de Tierra Firme. Los indios antiguos las hacían de
mayaguá, es decir de la corteza de cierto árbol y las llamaron
cabuya. Son muy fuertes y de diferente diámetro, y en la
actualidad, aunque no con la misma frecuencia de las cuerdas de
cuero, los mismos españoles se sirven de ellas en diferentes
ocasiones. Pero para el transporte que hemos dicho, serían
peligrosas y no tan durables como las de cuero con que las
sustituyeron los españoles y bien untadas de sebo son corredizas y
dan libre paso a la tarabita.
Este propiamentes es el nombre del anillo corredizo, que es tan
grueso y de una clase de madera tan dura que quizá no ha pasado
nunca que se rompa bajo el enorme peso de los pasajeros o de sus
equipajes que también se transportan en esa forma, mientras que las
mulas vadean el río a nado. Yo pregunté con curiosidad el nombre
del árbol del cual los hacen, pero no pude saber nada. Entre tanto,
por lo dicho se ve claramente que la manera de pasar los ríos por
medio de un cable, no es al fin tan extravagante como puede
parecerlo a quien oye hablar de él estando lejos. Las cuerdas que
se usan para atar al pasajero se hacen más suaves merced a una
canasta de mimbre en que se sienta el pasajero. Y así pasan el río
los que tienen miedo. Por lo demás oigo decir que para algunos que
hacen el viaje con frecuencia, al fin es una diversión ese ser
llevado y traído de una orilla a otra del río. Pero nos hemos
demorado mucho y ya hace tiempos que nos esperan ansiosos los
correos y los comerciantes y las mulas cargadas de diversas
mercancías. Veámoslos uno por uno.