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Algunos obispos españoles quisieron ver en este Bochica una imagen del Apóstol San Bartolomé, otros la de Santo Tomás, que allí habría predicado el Evangelio, y esto es cosa que aceptan hasta algunas personas “instruidas”.

Los chibchas creían en la inmortalidad de la carne. Por tal motivo enterraban a los muertos junto con sus objetos preciosos y con los que prefirieron en vida, y a los personajes principales los sepultaban incluso con sus mujeres favoritas y les proveían de abundantes debidas y viandas para el camino. Las almas de los difuntos iban en primer lugar, por un tenebroso barranco, a un lugar de prueba situado en las entrañas de la tierra, cruzaban luego un río sobre balsas de tela de araña —por lo cual la araña era animal sagrado— y arribaban por fin a un país de campos sembrados, donde volvían a encontrarse con sus deudos. Se han hallado muchas tumbas |Cguacas) con toda clase de objetos artísticos, y las momias, algunas en buen estado de conservación, en posición acurrucada, con vestiduras de colores y ricos adornos. Son notables también los lugares de devoción donde se exponían las vasijas sagradas, en las cuales, después de varios días de riguroso ayuno, depositaban los fieles sus presentes en oro y esmeraldas. No más que al sol, y muy raramente, ofrecíanse sacrificios humanos.

La sangre de las víctimas teñía las piedras del altar a los primeros reflejos del astro del día.

Como en la religión, también en la forma de gobierno se hacía notoria la transición a ideas más elevadas. Sin embargo, el gobierno, de modo semejante al del Japón en la antigüedad, era despótico. El jefe supremo, el Zipa de Bacatá (Funza) tenía poder sobre vidas y haciendas. Hay que advertir sólo que junto al Zipa ejercían magistraturas los |caciques, el más poderoso de los cuales, el |Zaque de Tunja, sostenía con él frecuentes guerras. El Zipa dictaba leyes y ejercía la suma función de justicia. Nadie podía mirarle al rostro. Además de la esposa que solemnemente le era entregada, tenía otras muchas mujeres, ofrecidas por las familias principales. Por lo demás, lo imperante casi de modo general entre los chibchas era la monogamia, y el amor paterno y el filial constituían para ellos virtud santificada.

El gobierno era hereditario, pasando el poder al sobrino, y, a falta de éste, al hermano del Zipa. El respectivo heredero era encerrado por diez años en uno de los templos dedicados al sol, donde vivía en absoluta continencia, no pudiendo salir de allí más que bajo la luz de la luna. Muerto el Zipa, al sucesor se le hacía jurar, sentado en un trono de oro y con una mitra sobre la cabeza, que gobernaría bien a su pueblo.

Según relato del ameno cronista Fresle (1636), el Jefe de Bacatá, un vasallo, debía cumplir como condicióti, después del ordinario ayuno, viajar en un día de fiesta hasta la magnífica Laguna de Guatavita (situada a 3.199 metros de altitud , con una periferia de 5 kilómetros y una profundidad de 40 metros). Esta laguna trataron en vano de desecarla muchos españoles, gastando en ello todo su patrimonio. (Según otros inves tigadores, el sitio de esta ceremonia era la solitaria Laguna ch Siecha, que también, y con idéntico fracaso, se intentó desecar)

El mencionado jefe iba rodeado de los sacerdotes; todos se hallaban desnudos y con el cuerpo espolvoreado de oro. En medio del religioso silencio del pueblo que rodeaba la laguna, avanzaba hasta el centro de ella la balsa de los dignatarios, en la que se habían colocado vasijas con humeantes inciensos. Ofrendábanse entonces a la divinidad los ricos presentes que se traían, y comenzaban las abluciones. A una señal determinada, se levantaba un formidable clamor; sonaban flautas, caramillos, tamboriles; se sucedía un general regocijo y entonábanse canciones en alabanza de dioses y héroes, de batallas y pueblos. En medio de aquella alegría, dos ancianos con redes de pescar en las manos y situados a la entrada del recinto donde tenía lugar el gran festejo, ofrecían a los chibchas el símbolo admonitorio de la muerte. Estas tradiciones sobre la ablución de los hombres cubiertos de oro djeron firme asidero a la Éreencia del Dorado. Pero, en nuestro tiempo, existía ya la tendencia a desplazar todo ello, de acuerdo con Humboldt, a los plenos dominios de la fábula y del mito, cuando fue hallada en Siecha una lámina de oro de 9 centímetros y medio de diámetro en la cual aparece representada un balsa con diez figuras humanas, destacando como principal la de un cacique. El hallazgo reproduce fielmente la solemnidad aquí descrita y confirma la tradición de “El Dorado”.

A especial desarrollo y perfección había llegado la legislación de los chibchas. Propiedad y sucesión eran conceptos sometidos a ley. Se castigaba con la muerte a los asesinos, corruptores y adúlteros. A estos últimos se les aplicó además la pena de ser enterrados vivos, junto con reptiles venenosos, colocando luego en aquel lugar una gran piedra para que aplastara la memoria del culpable. El ladronzuelo era azotado, al ladrón de mayor cuantía o al reincidente se le daba el castigo de la ceguera. El deudor moroso tenía que poner a su puerta un hombre con un tigrillo o un gato montés, y era obligación suya sustentarlos hasta haber pagado la deuda. El cobarde debía vestir por algún tiempo ropas de mujer y dedicarse a ocupaciones domésticas. Los bienes de los que morían sin dejar sucesión iban a parar al fisco. Una ley especial sobre el lujo determinaba quién podía ostentar adornos.

Poseían los chibchas un ejército rigurosamente organizado, así como fortificaciones. Hay relatos de batallas en las que intervinieron de setenta a cien mil hombres. Su armamento lo constituían mazas, dardos, hondas y arcos para flechas; por eso fueron pronto vencidos por los españoles.

La lengua de los chibchas, que los conquistadores no trataron de conservar, se distinguía por su claridad y riqueza. (Una gramática de la misma fue publicada en Madrid en 1619 por P. Bernardo de Lugo). También algunos jeroglíficos han quedado, como el de la piedra de Pandi. La mayor parte, empero, de los muchos testimonios de aquella civilización resultaron destruidos. Luego, y durante largo tiempo, muchas riquezas consistentes en trabajos en oro y figuras de ídolos fueron vendidas al extranjero por colombianos ignorantes y acabaron bárbaramente fundidas. Sólo hoy día existe el cuidado de salvar los últimos restos de aquel tesoro; preocupa también el esclarecimiento del problema de la procedencia de los aborígenes, y va ganando en verosimilitud la sospecha de que fue la raza amarilla la que tuvo un nexo de relación cori la cultura de los chibchas.

Pero hay un antaño y un hogaño. Es natural que el estudio de la civilización primitiva incite a parangones con la actualidad, y pronto se advierte que sería inexacto querer ver en todos los indios de hoy descendientes invariables de los chibchas, pues en la colonización ocurrió con frecuencia que grupos más avanzados desaparecieran también más rápidamente por razón de su mayor debilidad. Como nuestras correrías ofrecieron buena y grata ocasión para observar los diversos tipos raciales, agreguemos aquí algunas referencias sobre tales cuestiones, con especial atención a los indios propiamente dichos, pues del habitante de los Llanos, del antioqueño y del negro nos ocuparemos más adelante con diferententes motivos. En este capítulo nos auxiliamos de las estimables anotaciones aportadas por José María Samper.

Los habitantes primitivos de Colombia no constituyeron un todo etnográficamente unitario. Su carácter, sus costumbres y su grado de cultura varían según el origen e historia respectivos, y también según el lugar de afincamiento. Entre los tipos raciales los había rojizos, bronceados, cobrizos, casi negros (estos en las tierras bajas), así como amarillos en las altitudes medias, y otros de tez considerablemte blanca |(blanquecinos). Sólo en virtud de la conquista se entremezclaron y confundieron algo estos grupos étnicos. Por lo común, los menos civilizados, tribus a veces muy salvajes, viven en los valles de poca altitud, y los más avanzados, en las montañas y mesetas. El clima más suave de estos últimos lugares, su cielo más alegre, calman las pasiones y dejan tiempo libre a la cultura, pues el cuidado del cuerpo no acucia a toda hora ni la vida se reparte sólo entre el comer y el dormir. Muy valientes eran los indios de la zona templada, cuya pretensión era siempre apoderarse de las regiones más altas y agradables; tenían poca industria y su agricultura era rudimentaria, viviendo principalmente de la caza y del botín de guerra.

Comencemos por describir el indio actual de la fría altiplanicie, al que llaman hoy |Muisca y es, en mayor o menor medida, el descendiente de los chibchas. Es de pequeña o mediana estatura, grueso, ancho de hombros y achaparrado; su tórax es, por lo regular, de gan amplitud, y fuerte musculatura; su fuerza reside en la nuca, en los hombros y las piernas, por lo cual no suele ser buen jinete ni buen corredor. En cambio, resiste caminatas de muchos días y puede transportar las más pesadas cargas. Su piel es cobriza oscura, como requemada del sol, y apergaminada, de modo que las reacciones emotivas no resultan perceptibles. El cráneo es mesocéfalo, la cara redonda,más ancha que larga, la frente estrecha, baja y plana. Los pómulos son salientes, la nariz más bien pequeña y ancha, los ojos, también pequeños, miran tímidos y astutos, los labios son gruesos y pálidos, hermosa la dentadura, el cabello negro, liso y apretado, con la particularidad de no encanecer jamas. Al viejo se le distingue del joven por otros detalles, como las arrugas. El indio auténtico es imberbe. En conjunto, no es propiamente una raza hermosa.

El muisca es un caso típico de insensibilidad y apatía a causa de una opresión de siglos. De su situación no se da clara cuenta, y es paciente y laborioso; tiene amor al dinero y lo ahorra, pero no hace buen uso de él. Apenas ha logrado una modesta holgura, la primera guerra se encarga de aniquilarle la cosecha; le quitan las vacas y las mulas yya no las vuelve a ver. Lo mismo acontece con las gallinas. Y otra vez torna el muisca a su anterior miseria. De ello viene su fatalismo sin límites; a ello se debe también, por otro lado, su no menos grande desconfianza. En el fondo no es todavía cristiano , sino un idólatra y un adorador de santos, y se halla dominado por la más enorme superstición; acepta todo lo maravilloso con suma credulidad, y venera al cura como a un semidiós. Trata siempre de eludir toda pregunta directa, y la respuesta que da al hombre blanco, no se concreta en un “si o un “no", sino que utiliza el significativo y pícaro “¿quién sabe?”. El humilde tratamiento que dedica a los superiores es el de “mi amo”, lo cual califica la diferencia social mejor que muchas largas explicaciones. El muisca gusta de una vida tranquila y apartada y es fiel a su hogar y a su mujer. Esta es más amable y agradecida que el hombre, más accesible a ruegos, más benigna, menos hipócrita y algo menos fría que él; es, sobre todo, buena madre.

El muisca no se lanza a ninguna acción audaz, entusiasta o apasionada en la que él haya de dar el primer impulso. No ofrece tampoco una resistencia directa, sino que se entrega a su destino y obedece... como un muerto. Reclutado a la fuerza, déjase llevar al combate, atacando de mala gana; pero una vez que se le ha adjudicado un puesto, no cede en forma alguna en su defensa y permanece allí como clavado. La sociedad no es precisamente su bienhechora, y por eso no la entiende como tal. El muisca no quiere vincularse a nada ni comprometerse a obligaciones de ninguna clase. El alcalde le parece innecesario; el maestro le resulta un enigma; el recaudador de contribuciones, un enviado del infierno; el encargado de la censura, un corruptor; el médico que le vacuna a la fuerza, un monstruo. Los servidores pertenecientes a esta raza sustraen fácilmente objetos sin valor y dinero suelto, pero, en cambio, se les pueden confiar sumas grandes, o dejarlas a su alcance tranquilamente sin temor a que vayan a cometer un hurto. Ni pendenciero ni vengativo, ni comunicativo ni servicial, ni cobarde ni emprendedor, ni depravado ni vicioso (a lo sumo, un tanto propicio a entregarse al quitapesares de la embrutecedora chicha), el muisca es todavía un incompleto elemento de civilización, una roca a la que queda aún por arrancar el agua mediante la varita mágica de la inteligencia.

El indio de las altitudes medias en las vertientes de las cordilleras andinas —por ejemplo, el del grupo racial de los panches— tiene ya piel más clara, si bien algo broncínea. Comparado con el muisca, es de cabello menos negro, tiene mirada vivaz, frente alta y abombada, nariz ya un poco aguda, figura de cierta elevación y esbeltez; las formas están mejor acusadas, la voz es más resuelta. Los vestidos usuales son de indiana o de algodón, preferentemente de tejidos ligeros y colores claros. El panche, algo más orgulloso que el muisca, se porta mejor en el ejército, aunque al principio no es muy valeroso y suele rehuir el peligro en las revoluciones. Es amigo del jolgorio del baile y de las fiestas; su bebida favorita, el guarapo. Mucho más inteligente y con más aprecio de la libertad, a su superior no le dice “amo”, sino “patrón”, toma parte en las elecciones yvota, si puede, por los liberales. Le gusta moverse por el país haciendo oficio de arriero o vendedor. No le disgusta la artesanía, y así se dedica a fabricar sombreros de paja, cigarros, esteras...; elabora azúcar, planta frutales y flores. Su sentimiento religioso, abierto e ingenuo, raramente degenera en fanatismo; tampoco teme demasiado al cura, y a veces hasta se atreve a hacer burla de él. Conocen esas gentes una gran cantidad de cuentos, muy tiernos y sentimentales, que sólo después de repetidos requerimientos llegan a relatar, cosa que hacen tímidamente y con una ingenuidad encantadora. Este indio es un tipo pacífico y afectuoso, simpático, hospitalario, fuerte y viril. Las mujeres son lindas, suaves y atractivas.

El indio de tierra caliente no puede ser diferenciado exactamente en cuanto al color, pues tan pronto es bronceado como de un magnífico tinte moreno, de un tono amarillo de cera o de otros matices distintos como consecuencia de los cruces. Por lo común, los cabellos son ya algo crespos, los ojos reflejan pasión, el andar es rápido y garboso, un tanto sensual en las mujeres. Más que la religión se hacen presentes aquí la libertad, la independencia y la política. Las pasiones se levantan en altas llamaradas y se repliegan luego sobre sí mismas. Las peleas son frecuentes, sobre todo en cuestiones amorosas. Estas gentes son más moderadas y más limpias que en la altiplanicie, pero más libres en sus hábitos. Pasan la vida en medio de una desembarazada alegría y contentos, también con un cierto lujo. El trabajar se justifica casi únicamente por lograr los medios para gozar y divertirse. Se pesca, se caza, se monta a caballo, se nada, se baila, se fuma, se toca la guitarra y la bandola, se canta, se juega a los naipes... La bebida habitual es aquí el aguardiente o el ron de caña, o sea el licor que se extrae de la caña de azúcar, más una parte de anís. En suma, les gusta lo que en forma rápida anima y satisface. Al extranjero se le acoge bien y con cordial sinceridad.

Hablemos algo ahora de las razas mixtas. Del mestizo, o sea la mezcla de indio y blanco, y al que ya hemos encontrado repetidamente, podemos prescindir aquí, aun cuando sintamos la tentación de presentar, en especial, al mestizo del Alto Magdalena, al habitante de Neiva y su comarca. Son gentes vigorosas y de esbelta figura, que se dedican con gusto y afición a las faenas agrícolas o a la ganadería, y a menudo emprenden viajes de negocios. Se distinguen por su modestia, sencillez y amabilidad, están abiertos a todo lo nuevo y bueno. Son además tranquilos, casi rayando en la falta de vivacidad, y bastante sentimentales.

Un tipo interesante es el mulato colombiano, en lo exterior más próximo al negro, pero que por otras cualidades delata mayormente la ascendencia blanca. Del negro ha heredado la resistencia y la fuerza para soportar trabajos duros; de los españoles, un natural hasta cierto punto heroico, pero también arrogante y parlanchín, el espíritu de la galantería —que hace aparecer menos brutal la sensualidad del negro—, y además el sentido poético, y la terrible soberbia del “caballero”, que no permite menoscabo a la dignidad o al honor. El mulato es tan bondadoso y dócil, cuando se le trata adecuadamente, como descarado, colérico e ingobernable cuando se cree despreciado u ofendido. El excitable y revoltoso mulato, tan inquieto, inconstante, y tan libre además en cosas de religión, en Colombia ha aprendido a amar la movilidad. Por tal motivo, se halla presente en todas las revoluciones y constituye en ellas un factor humano dificil de dominar, distinguiéndose por su bravura. A los superiores les dice “señor”, lo que indica que se halla ya en un escalón más elevado, o al menos, que lo cree así. El afán de progreso, la emulación, el deseo de refinarse, de llegar a ser persona conocida y figurar socialmente, han llevado ya a puestos directivos de la vida pública a muchos hombres de esta inteligente raza. Educación e intereses materiales habrán de facilitar al mulato los necesarios medios para dirigir su avance; tiene tan buenas dotes para ilustrarse y medrar, que no puede dudarse del futuro que le aguarda.

Menos satisfactorias son las posibilidades del zambo, que llama “blanco” a su jefe o dueño y con ello expresa ya instintivamente la gran diferencia que existe entre, de un lado, las razas inferiores de los negros y los indios —de las que él pro­cede— y, de otro lado, los blancos. El zambo se siente todavía en estado se semibarbarie, y así es en efecto. Casi todos los de esta raza habitan en el valle del Bajo Magdalena, donde ya los encontramos como bogas (o barqueros), en medio de la miseria y en un clima donde, según expresión de un poeta, el sol y la tierra se abrazan con inmensa lascivia. Decidido y valiente frente a los peligros de la naturaleza, el zambo tiembla ante la vista de un fusil o un revólver; capaz de soportar todas las fatigas, más que cosa alguna le importan la bebida y las mujeres; canta en medio de los peligros y muere en medio de loco frenesí. Su lengua es un revoltijo difícilmente comprensible y lleno de groserías e improperios. Sólo el avance de la civilización lo sacará poco a poco del aislamiento, y con ello de su atrofia y su indiferencia, haciendo el debido uso de la gran energía corporal que lo distingue.

Ninguna raza puede en Colombia prescindir enteramente de las otras. Las mezclas y cruces son necesarios en un país de tan enormes diferencias. En realidad, las razas fundamentales encuentran grandes dificultades para dominar con carácter ex­clusivo. Al blanco le falta capacidad de resistencia al clima; el indio está aquejado de indolencia, fruto de su larga explotación; al negro le perjudican sus malos instintos todavía no domeñados.

Poco a poco, por la fuerza de las circunstancias, ha de irse formando un tipo común de colombiano. Si el blanco contribuye de forma predominante con su inteligencia, su enérgica voluntad, sus muchas buenas prendas congénitas y la multitud de valores de la tradición, si el negro añade algunas gotas, no muchas, de su capacidad de adaptación a la naturaleza tropical, junto con su fecundidad y su sentido poético, y si a ello se suma la resistencia y la tenacidad de los aborígenes, entonces llegaría a cristalizar una raza bastante homogénea, la cual, identificada con el país, habría de dar a éste honra y provecho.

Tal fusión podría consumarse, tal vez, para dentro de un siglo. Mayor capacidad vital, más iniciativa, un más enérgico espíritu de independencia y de empresa, un menor grado de fanatismo y superstición, un sentido más maduro de la democracia, serían el resultado natural de esa mutua penetración de razas. Y con ello se crearían las bases imprescindibles de un desarrollo político más tranquilo y sosegado.
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