La vida social está determinada en Bogotá por las castas
dominantes, que se fundan en parte en diferencias raciales, y en
parte también en el disfrute de poderíos y patrimonios. Los blancos
y los que quisieran serlo, así como los mestizos, ocupan las altas
posiciones sociales y todos los altos cargos. Sólo excepcionalmente
han conseguido llegar algunos indios hasta las superiores
dignidades de la política; y ello por medio de una extremada
astucia, gobernando así el territorio que se les confiara. Ejemplo
de ello fue el antiguo Presidente de Cundinamarca, conocido de
todos por "el indio Aldana", y un Vicepresidente
de la República, el General Payán, a quien, también con menguado
respeto, se llamaba "el indio Payán". Por otra
parte, el patrimonio sirve para dar prestigio a cualquiera. Aunque
la respectiva fortuna no haya sido allegada de manera enteramente
honesta, el feliz potentado no es evitado por la sociedad, sino que
adquiere la fama de hombre hábil de hombre vivo.
La clase superior se compone de la aristocracia del dinero y de
los latifundistas, que viven en la ciudad de sus rentas, dirigiendo
el cultivo de sus campos por medio de administradores (mayordomos).
Sólo actualmente se ha remediado en arte esta deficiencia. A la
mencionada clase pertenecen también los altos funcionarios, los
muchos advenedizos de la política, y también algunos funcionarios
de menor categoría que refieren comer mal a perder algo de su
posición. Viene luego a nobleza constituida por quienes viven de
las llamadas profesiones liberales, como médicos, abogados,
profesores, etc. Y por último, los muchos que llegaron a adquirir
un capital de importancia en los distintos Estados de la República
y han ido a establecerse a la capital por dar a sus hijos una mejor
educación o con el fin de pasar allí el resto de sus días tranquila
y felizmente. Bogotá es realmente para la mayor parte de los
colombianos, a quienes faltan puntos de comparación, el verdadero
El Dorado, la más atractiva de todas las ciudades de la tierra.
El tono predominante en la repetida clase es el lujo. Por
insignificantes que muchas casas parezcan exteriormente, su
interior se distingue por la comodidad y hasta por la pompa de la
instalación. Construidas según el modelo de las villas romanas, las
estancias principales de la mansión se agrupan en torno a un gran
patio. En éste se ha dispuesto, casi sin excepción, un magnífico
jardín donde brotan flores durante todo el año y en el que se alzan
estatuas y cantan por doquier plácidas y seductoras fontanas. A la
derecha del amplio corredor por el que se llega al patio, está, por
lo común, la sala de recibir, o el salón, que da a la calle. A
dicha pieza siguen las demás habitaciones; éstas tienen de
ordinario puertas, en lugar de ventanas, hacia el patio, pero no
dan directamente al mismo, sino que desembocan primero en una
especie de vestíbulo para pasearse. Al fondo del patio cuadrangular
está el comedor, lindamente decorado. Como detrás hay todavía un
segundo patio, el comedor suele recibir luz por ambos lados. En
torno de este otro patio se agrupan las cocinas y construcciones
anejas. En casas de profundidad aun mayor, existe un tercer patio
con establos, corrales, o huerta, o bien un pedazo de terreno con
yerba como lugar de juego para los niños.
En el salón se ven los ya conocidos y pesados muebles tapizados
de damasco y lo adornan altos espejos, no faltando nunca el piano.
Quien calcule los gastos de traslado de esos enormes espejos
subidos a cuestas desde Honda, considerando además la fragilidad de
la carga, se asombrará necesariamente ante tal despliegue de
suntuosidad. Preciosos cortinajes atenúan la luz de la estancia, y
ricas alfombras amortiguan los pasos, una grandísima lámpara de
vidrios pende del techo. No nos equivocamos, sin duda, al afirmar
que la mayoría de estos salones bogotanos superan en riqueza a los
nuestros. Sólo una cosa atestigua aquí el estado de retraso en
relación con nuestra cultura: es raro ver en las paredes de estos
salones cuadros o grabados realmente buenos, los que dan casi
siempre la medida de la altura espiritual del dueño de casa. Con
frecuencias las paredes aparecen desnudas, o adornadas con esas
cromolitografías de tan escaso valor artístico. Mayor es también la
abundancia de figurillas sin valor que la de verdaderos objetos de
arte.
En ocasiones festivas o solemnes se ostenta un lujo y
magnificencia que en nada tiene que envidiar a las casas
principales de París. Me acuerdo a este propósito de un baile de
bodas en la mansión de la familia Santa María de Mier, donde
hicieron acto de presencia, con toda la aristocracia de la ciudad,
las encantadoras bogotanas, ataviadas con los más selectos y
modernos trajes de baile, y los caballeros, todos de frac. El
arreglo de la casa, embellecida por un sin fin de las más
aromáticas flores, era verdaderamente magnífico, pese a las
proporciones relativamente reducidas de las salas, si se tiene en
cuenta que asistían más de doscientas personas; entre ellas se
encontraba el Presidente de la República. El valor de los regalos
de boda que se hallaban expuestos en tal ocasión era muy grande,
pues ascendía, según cálculos de los expertos a unos 12.000 dólares
(en especial brillantes y otras joyas). Por lo común, también son
muy suntuosas las reuniones en el Palacio Presidencial.
En contraste con la parte exterior de este edificio, de traza
poco monumental, los interiores pueden calificarse de preciosos,
con su Salón Azul y su Salón Amarillo, así como la galería de
retratos de los héroes de la Independencia, si bien el conjunto
aparece españolamente recargado.
Tales fiestas son, en todo caso, pequeños acontecimientos y se
comentan vivazmente en la prensa. El bogotano, tan amigo de fiestas
y diversiones, no es de los que gustan de la ocultación, y prefiere
para sus cosas todo el posible boato.
En los círculos sociales de Bogotá hay dos tipos que atraen
nuestra atención: el cachaco y el pepito. El primero de ellos, ya
casi extinguido, representaba el elemento juvenil y soltero, libre,
alegre y despreocupado, y lleno de gracia chispeante, pues el
bogotano se caracteriza por sus buenas salidas y su pronto humor de
verdadero espíritu francés, emparejado a la sal andaluza. El
cachaco encarnaba el risueño y espontáneo gozo de vivir, la
constante disposición a la broma y a la chanza, pero todo ello
unido a una fina discreción y lleno de dignidad. En cambio, el
pepito es el pisaverde de capital, aburrido de todas las cosas,
sentimental e infatuado, que sólo en la moda y en el lujo refinado
es capaz de hallar alguna diversión, y que huele de continuo a
perfumes. El pobre, el triste "joven viejo".
A causa de la falta de recreos públicos, la vida social se
desarrolla tanto más en los salones particulares, y así tienen
lugar muchas veladas y tertulias. Esta fiestas, en las que surgen
de continuo nuevas estrellas sobre el poético cielo de la hermosura
juvenil, señalan toda la extensa gama hasta la sencilla diversión a
base de baile, donde enamoradizos estudiantes y amables muchachas
se hacen la corte y donde, en lugar de rico vino, se beben
innumerables copas de brandy o coñac a la salud y felicidad de
todas las personas y por todos los acontecimientos imaginables. No
hay que olvidar las amenas reuniones que se celebran en honor de
los diputados -o sea, para granjearse a los diputados-, y en las
que la comida y el vino desempeñan ya un papel de importancia, o
las primeras recepciones que ofrece una familia de procedencia
campesina, deseosa de lanzarse a la vida social. Por desgracia, en
estas fiestas suelen bailarse casi exclusivamente danzas foráneas,
relegándose cada vez más el tan gentil pasillo. Si las parejas
supieran lo graciosamente que se mecen al compás de esa danza
nacional. . .
Otras reuniones sociales son escasas, y constituyó un
acontecimiento cuando yo di mis conferencias públicas, sobre temas
históricos y filosóficos, en el Aula de la Universidad, un enorme
salón con tribunas, cuya decoración se distinguía por su buen
gusto. A las conferencias asistían también damas, que de ese modo
distraían algo su monótona existencia y que, también, al tiempo de
retornar a casa y liberadas ya de la impresión de mis exposiciones
científicas, podían permitirse algunos minutos de conversación con
sus admiradores. Esto duró hasta que un eclesiástico del templo de
San Carlos se sintió inclinado a prevenir desde el púlpito, de la
asistencia a tales disertaciones.
Son también raros los conciertos públicos, excepción hecha de
los que dan las dos bandas militares, pues se ha carecido de una
buena orquesta. Cierto que no faltaban algunas pianistas notables,
pero era cosa fuera de regla escuchar música clásica verdaderamente
buena en alguna casa particular, y yo agradecí sinceramente cada
vez que se me ofreció un placer de tal género por parte de ciertas
familias. Mucho más frecuente era, en cambio, el martirio de
escuchar el desconsiderado aporreo de piezas de ejecución realmente
difícil. Hasta las interpretaciones que salían del abominable
organillo de un italiano que vino a dar en las alturas de Bogotá,
merecían allí arriba el honor de ser presentadas como música, y
cuando un día apareció por Bogotá uno de esos tipos célebres que
tocan a la vez diversos instrumentos, se veía siempre rodeado de un
apretado auditorio, no sólo constituido por la propicia juventud,
sino por toda clase de gentes, con lo que hacía pingüe negocio.
Precisamente por esta causa, el pobre tuvo un funesto fin, pues su
acompañante lo asesinó y se dio a la fuga con todo el dinero
reunido.
Por aquel entonces, no obstante, Bogotá contaba ya con un
teatro. Por cierto, que el interior del mismo parecía horriblemente
peligroso en caso de un incendio, por lo difícil de sus salidas.
Hay que anotar que a aquellas alturas andinas contadas veces
llegaban buenos conjuntos, y lo más frecuente era encontrarse con
voces de ópera ya cascadas y con desechos de naufragio. Por tal
motivo, y dadas las exigencias, verdaderamente elevadas, del
público, la afluencia de éste era siempre escasa, más aún cuando,
en época de lluvia, los rebosantes arroyos de las calles hacían
difícil e incómodo el retorno a casa por la noche. Pero cuando el
teatro estaba bastante lleno, uno podía sentirse transportado a una
gran ciudad. Los caballeros, de negro, vigilan desde el patio de
butacas los palcos y galerías donde resplandece la hermosura de las
damas, con sus mejores atavíos, realzados por la gracia que les es
natural. En el aspecto teatral se ha mejorado ahora gracias al
nuevo coliseo recientemente construido.
Cada año por el mes de diciembre, se recreaba todo el mundo con
la contemplación de un original espectáculo. En alguna gran sala de
la ciudad se exponía el llamado pesebre. Este representa
propiamente el lugar del nacimiento de Cristo como podría mostrarse
en un teatrillo de feria. En primer término aparecían en la escena
toda clase de figuras automáticas, o bien se ofrecía al fondo una
pequeña embocadura de teatro de títeres. Los comediantes que allí
intervenían eran en su mayor parte gentes del pueblo. Todo cuanto
de chiste y humor palpita en las extensas capas populares de Bogotá
se hacía patente en las representaciones. Todos los acaecimientos
cotidianos salían allí a relucir en forma cómico-satírica, lo mismo
el congreso que las altas personalidades, y también tipos
extranjeros; el inglés, como es natural. Era como un gran espejo
que ponían ante el rostro del pueblo sus propios y sencillos
Aristófanes.
Otro entretenimiento se ofrecía al público durante la revolución
de 1885: la lidia de toros bravos en la plaza de San Victorino,
convenientemente cerradas sus bocacalles. De treinta a cuarenta
colombianos a caballo caracoleaban y corrían por aquella arena.
Objeto de la corrida era un torete que los jinetes acosaban de un
lado para otro. De lidia no podía hablarse. Cuando el animal estaba
fatigado, se le sacaba de allí. Pero era divertido verle saltar, y
a veces algún lidiador demasiado "valiente"
recibía una cuantas acometidas. En tal ocasión se veían, por
cierto, caballos muy hermosos. La equitación es un deporte de las
clases elevadas. Con motivo de una cabalgata que se hizo en el año
1883, tuve ocasión de admirar unos cientos de ejemplares
magníficos, bien montados y bien presentados.
En general el extranjero goza en Bogotá de una excelente
acogida, y se le trata del modo más servicial si es que él sabe
estimar la confianza otorgada y corresponder amablemente a las
personas. Ello hay que atribuirlo en parte a la circunstancia de
que los extranjeros no son numerosos en Bogotá. Por la mitad de los
años ochenta, su cifra no pasaba, sin duda, de los doscientos.
Alemania estaba representada por comerciantes e investigadores;
Francia, por una muy unida y densa colonia de gente dedicada al
comercio por mayor o menor, peluqueros, confiteros, hoteleros. .. y
también algunos aventureros auténticos; Italia, por arquitectos,
modelistas, comerciantes, estafadores y zapateros remendones; Suiza
tenía sólo dos o tres súbditos en el país.
A su llegada, el extranjero recibe la visita de las personas que
desean tener trato con él. La mayor o menor rapidez con que
devuelve la visita, da la medida de la confianza concedida a la
relación que se acaba de establecer. El forastero comienza por
hacer sus visitas, y ello sólo los domingos por la tarde, entre la
una y la tres. Esto constituye un tormento para la persona
necesitada de descanso, y yo me substraje lo antes posible a tal
compromiso, aun a riesgo de que se me atribuyeran tendencias de
misántropo. Esta visitas, por otro lado, no aprovechan en nada al
espíritu y son demasiado formulistas y rígidas. Se habla del tiempo
y siempre hay que responder a las mismas preguntas: "¿Se
encuentra a gusto en Bogotá?" "¿Tiene usted
noticias de su familia?", etc. Si se ha establecido algo
más de confianza, se inquiere: "¿Cuántos son ustedes en la
familia?". Cuando se tiene la impresión de que las visitas
no resultan desagradables en una casa, se las repite con mayor
frecuencia, y entonces, como testimonio de confianza, se recibe la
invitación para tomar por la tarde el refresco, al que sigue una
horita de charla.
La conversación no tiene desde el primer instante nada del
carácter que corresponde a una gran ciudad, y se evidencia en
seguida el descuido en la instrucción de la mujer cuando la hija de
la casa se decide a intervenir en vez de dejar que lo haga su
omnisciente mamá. Bogotá, por ello, resulta pronto aburrida a más
de un extranjero, en particular si es que no quiere someterse a la
tiranía de las ceremonias sociales o si no le divierte introducirse
más de lleno en la vida de las clases elevadas.
El capítulo más importante de las conversaciones lo constituyen,
como en tantos otros sitios del mundo, las peticiones de mano y las
bodas, y a menudo también los escándalos intrigas y chismes, en lo
que no se suele rendir excesivo tiene a la verdad. Por descontado,
la afición a los escándalos mucho donde cebarse en medio de una
gran ciudad en la que, como en Bogotá, lo más culminante de la
sociedad tiene frecuentemente algo de cínico. Tanto más supe yo
apreciarla fortuna de ser introducido en algunas familias
principales donde todo se hallaba rodeado de una noble atmósfera
espiritual familias que honrarían altamente a cualquier pueblo y a
cualquier nación y que a mí personalmente me place tomar como
dechado. A parte de esto, me resultó ameno y aleccionador el trato
de los diferentes representantes diplomáticos, pues casi todos los
grandes Estados europeos, al igual que las repúblicas
hispanoamericanas, tienen sus respectivas misiones en Bogotá. Si
bien esos señores, al igual que los profesores universitarios, se
critican "amistosamente" unos a otros o se
dedican improperios, con ellos puede hablarse con libertad del país
y de la gente, y completar y elaborar las impresiones propias.
Estos intercambios de opiniones tienen un valor tanto más
benéfico por cuanto el colombiano, con razón, no tolera que el
extraño se inmiscuya en sus asuntos internos, de modo especial en
los políticos, y en ese particular precisamente encuentra uno un
peligroso escollo. Toda reunión de hombres se mueve siempre, en más
de sus tres cuartas partes, en el terreno de la política actual. El
extranjero que día a día escucha el comentario continuo de este
tema, se siente fácilmente atraído por la
"conversación" y empujado a participar
apasionadamente en ella. Todas las precauciones son pocas a este
respecto, y uno debería abstenerse de meter baza en el
enjuiciamiento de los negocios del país.
El hecho de que una parte principal de la vida pública se va
aquí en política y polémica está ya atestiguado por la gran
cantidad de carteles que tapizan todas las esquinas. Su lectura no
era muy agradable, que digamos, para el extranjero, pues, con la
absoluta libertad de prensa por entonces reinante, se insertaban en
aquellos afiches hartas calumnias anónimas, y hasta se presentaban
en gruesos caracteres cosas tocantes a determinados dictámenes
médicos y cuyo secreto hubiera correspondido a la más elemental
discreción. Un ciudadano propicio al enfado o un extranjero de
malas pulgas tenía motivo suficiente para llenarse de indignación a
la vista de semejantes carteles. Alguien que simplemente se había
limitado a cumplir con su deber, era felicitado allí en medio de
los más excesivos vocablos. Igualmente se presentaban telegramas
exagerados de, por ejemplo, una empresa de ferrocarriles.
"Antes de acabar el presente año, estará listo el
ferrocarril de la Sabana", se escribía el 1Q de Octubre de
1882, promesa que sólo un decenio más tarde llegaría a cumplirse.
Los curiosos no faltaban nunca, por cierto, ante dichos carteles en
los tiempos de agitación. Después de cierta práctica, una sola
ojeada nos bastaba para enterarnos de la trascendencia del
caso.
El sexo fuerte, atento siempre a la política y a todo lo nuevo,
se congrega a la tarde, entre las cinco y las seis, después de la
comida. El lugar de cita es alguna tienda o comercio, o bien el
Altozano, la gran terraza que se extiende delante de la catedral. Y
se comentan todas las novedades del día de la manera más exaltada,
pero también más despierta e ingeniosa. Cuando hay revolución, allí
es donde se ponen a circular los más peregrinos rumores y bulos, y
donde cualquier hecho de importancia mínima se configura como una
verdadera acción de Estado. El político y el intrigante se
encuentran allí en su elemento; en democrática libertad, pero sin
respeto alguno para las más prestigiosas personalidades, se le
endosa algo a cada cual. Aquello es una auténtica ágora. Por tal
razón, el hombre de Bogotá no rinde precisamente mucho como
ciudadano en medio de tan demoledora crítica, y las fuerzas
dominantes, las fuerzas impulsoras proceden harto frecuentemente de
las provincias. En tales negocios no consiguen alterar cosa alguna
su susceptibilidad en cuestiones de honor, ni su acusado
individualismo ni siquiera su vanidad. Sería mejor, acaso, que
tomara algo más en serio, de cuando en cuando, sus propias
incumbencias y deberes. Aquí es textualmente cierto que la política
corrompe el carácter. Ella es quien implanta aquella vacuidad y
aquel vicio de la fraseología que sientan tan desagradablemente al
que llega de fuera. Así, por ejemplo, me decía una vez un
partidario de la incineración de los cadáveres que ésta era
"su sueño dorado". Pero, en general, el bogotano
de la buena sociedad es leal y altruista y, sobre todo, buen
amigo.
Una clase merecedora de toda simpatía constituyen en Bogotá los
artesanos. Liberales en su mayoría y accesibles a las ideas nuevas,
deseosos de ilustración y buscándola en todas partes, hasta en las
cosas que les son muy lejanas, y creyentes como en un evangelio en
principios aceptados resueltamente y de una vez, los artesanos se
dan cuenta de su fuerza. Son inteligentes y diestros y están
poseídos de un gran espíritu de emulación. Por desgracia, se ha
empezado a querer levantar varias industrias mediante exagerados
aranceles proteccionistas, pero de ese modo sólo se ha conseguido
entorpecerlas, arrebatándoles su conciencia de clase, muy elevada
en virtud de la competencia. Además, los artesanos fueron también
muy mimados y estropeados, y ello con intención precisa, por los
desalmados políticos de los años últimos, de modo que se aplicaron
mucho más a la política que al estricto y concienzudo trabajo.
En el punto más bajo de la escala social se halla la gente del
pueblo, utilizada la palabra pueblo por los bogotanos en el sentido
de plebe, o sea los indios "civilizados". Ellos
son los que con el trabajo de sus manos cultivan la tierra; ellos
son los mediadores ,del tráfico económico, pero también las bestias
de carga de las clases superiores; ellos son quienes han de apechar
con los desempeños más bajos. Las mujeres tienen igual parte en sus
esfuerzos, y hasta en algunos lugares trabajan más duramente que
los hombres. Estos, en cambio, sirven de carne de cañón en las
guerras civiles. Es una masa obtusa y amodorrada, no falta de dotes
naturales, pero que, mantenida por los españoles bajo total
opresión, ha dormitado durante siglos enteros, y que, a causa de
los modernos exploradores, de los latifundistas y los políticos, no
ha llegado todavía, en modo alguno, al disfrute de un destino
mejor. Pese al carácter relativamente bondadoso de estas gentes,
que no conocen funcionario alguno del estado civil, las peleas son
en Bogotá, si no frecuentes, por lo menos no raras, en particular
si la chicha, ingerida en demasía, ha llegado a embrutecer las
cabezas. A esta clase le dedicaremos todavía un estudio más
detenido, después de describir nuestras correrías por el país y
luego de haber analizado su historia.
Especialmente simpático es entre los tipos de la clase baja el
gamín o chino de Bogotá, que se alimenta y se hace grande lo mismo
que los lirios del campo. El gamín bogotano trabaja primero de
limpiabotas; luego, de vendedor de periódicos, de mandadero, y
finalmente es soldado. Sumamente vivo y desenvuelto, de gran
astucia e inteligencia, constituiría un magnifico material
pedagógico si se cuidaran de educarlo, pues él conoce bien el valor
de la instrucción. Es raro el muchacho de esos que no sepa leer y
al que no se vea hacerlo cuando le queda un rato libre. Si así no
fuera, los otros se reirían de él, y tiene que aprender por sí sólo
ese arte. Ordinariamente es "liberal", sin
comprender, como es lógico, lo que esa denominación de partido
encierra en sí, pero sintiendo que tal grupo ideológico cuide con
mejor voluntad de su suerte y su educación. En las revoluciones el
gamín pasa casi siempre a formar parte de la tropa. Yo vi una vez
un batallón entero de estos pobres chicos y chicuelos, entre los
once y los diecisiete años, desfilando bajo la carga de su pesado
armamento. En el ataque despliegan la más extraordinaria bravura, y
con un batallón semejante no es raro que se tomen al asalto
importantes posiciones, en las que más de uno es alcanzado por el
plomo en su aguerrido avance despreciador de la muerte.
Como ejemplo de la prontitud y gracia del ingenio de los
gamines, van aquí algunas pequeñas muestras:
Un señor de enorme estatura, con no menos enormes pies, se hace
limpiar los zapatos y, después de servido, va a entregar el
acostumbrado óbolo de un medio, o sea 25 rappen. El gamín contempla
largamente la moneda, y el señor pregunta impaciente:
-"¿No está bien?, ¿no cuesta un cuartillo (12 y 1/2
rappen) por pie?". El gamín responde:- "Sí, por
pie, pero el suyo hace un metro".
Los voceadores de los diarios llenan las calles, al salir una
edición, con fuerte griterío: "¡La Reforma! ¡Acaba de
salir este periódico noticioso! ¡No vale sino cinco centavos el
ejemplar! ¡Contiene! . . . " Y sigue la enumeración de los
artículos y noticias principales. Como mis conferencias públicas
aparecían reseñadas en algunas de esas hojas, su título era gritado
también por los pequeños vendedores. Pero mi nombre les creaba
dificultades, que ellos, con rápida resolución, sabían salvar.
Imitando con una mano el girar de un rueda, pregonaban:
"¡Conferencias del Profesor Rrrr. . . !" .
Durante una revolución, se dio en Bogotá la orden, que los
militares hacían cumplir estrictamente, de disolver en la calle
todo grupo de tres o más personas. Al aparecer de pronto el
extraordinariamente obeso don Salomón X, gritaban los gamines:-
"¡Disuélvase el grupo!".
A pesar de lo revuelto de la situación social, la policía estaba
muy exiguamente representada en Bogotá; la guarnición era la que
cubría el servicio de seguridad y vigilancia. En 1884, con motivo
de unas elecciones, se formó un gran cuerpo de policía que se
presentaba, de la manera más curiosa, con unos uniformes de dril en
blanco y negro, cuerpo que dejó de existir muy pronto. Hoy día
existe en Bogotá una gendarmería convenientemente organizada. Para
el servicio de investigación se utilizaba, no obstante, a la
policía. Los agentes de seguridad, en traje de paisano, iban
armados de fusiles de avancarga, especie de trabucos, que ellos
llevaban con el cañón hacia abajo. En las detenciones de
importancia intervenían, con toda pompa, los miembros del ejército,
que colocaban en medio a la persona arrestada. Los penados o
presidiarios, vestidos de gris, se empleaban en trabajos en las
calles, arrancando malas yerbas en las plazas o como obreros de la
construcción. Su custodia estaba encomendada a los soldados, pobres
indios, que de buena gana confraternizaban con ellos. Y ¿cómo iba a
ser de otra forma?; todos los presos, casi sin excepción,
pertenecían a la más baja plebe, en tanto que la
"mejor" sociedad apenas si llegaba alguna vez al
contacto inmediato con la justicia penal. Sólo en las épocas más
revueltas se han utilizado presos políticos para barrer las
calles.
De cuando en cuando, los presos ofrecían a los transeúntes
pequeños objetos, como tallas en madera, trabajados por ellos
mismos. A veces se les permitía entrar en una taberna y tomar a
toda prisa un trago de chicha. Después de oscurecido, se les
llevaba entre dos filas de soldados con bayoneta calada, y así
pasaban lentamente, en desfile ruidosísimo y regocijado, camino del
Panóptico a través de la ciudad. ¡Qué modo de charlar, de fumar,
qué de gritos y denuestos! Si no fuera por la presencia de los
soldados, apenas si habría podida saberse que se trataba de un
grupo de presos. Posteriormente se controlaron ya más aquellos
excesos. Pero entonces se hallaba todavía en sus comienzos la
reforma penitenciaria. La prisión era más bien un lugar donde los
indios pasaban la vida sin trabajar demasiado. Muchas gentes
compasivas, fuera de esto, mejoraban la suerte de aquellos pobres
diablos, que de ordinario recibían duros castigos mientras algún
pícaro redomado se escapaba sin escarmiento. Ni enmendados, ni
tampoco empeorados, eran puestos en libertad. Las evasiones se
producían de cuando en cuando. Los delincuentes peligrosos eran
vigilados severamente.
¿Cuál era, en líneas generales, el estado de la delincuencia? El
homicidio es cosa bastante frecuente entre las clases inferiores,
pues la vida no tiene el mismo valor que entre nosotros; sólo que,
es necesario anotarlo, el homicidio se comete sobre todo en
situaciones de exaltación afectiva o en estada de ebriedad. Los
delitos con propósito de lucro, los asesinatos por robo, eran raros
por los años ochenta, tan raros que el caso de una señora joven
residente en las afueras de la ciudad en los Alisos, y que fue
muerta por su sobrino el año 1879, resultó algo verdaderamente
sensacional y seguido por todos como un hecho de excepcional
maldad, constituyendo por mucho tiempo objeto obligado de las
conversaciones. La penalidad máxima que entonces podía imponer un
tribunal de justicia eran diez años de presidio. La pena de muerte
se hallaba abolida. De este extremo vino a darse en el contrario
después de la revolución de 1885, al aumentar el número de delitos
como consecuencia del estado de desmoralización. Entonces, como
concesión al partido clerical, volvió a introducirse la pena
máxima; el verdugo volvió a ejercer su cometido en Colombia. Pronto
vino a demostrase nuevamente en este país, y de modo muy marcado,
la falta de sentido de la teoría del escarmiento. Pese a la horca y
al fusilamiento, la cifra de los delitos graves creció en notable
proporción, lo que prueba que en la criminalidad deciden otras
circunstancias, ante todo la pobreza y la miseria. Mucho más
adecuada que la implantación de la pena capital sería una reforma
radical de la justicia, pues la situación deja mucho que desear a
este respecto. Los procedimientos son lentísimos y costosos, y la
imparcialidad, sobre todo en las instancias inferiores, presenta
notables deficiencias.
La descripción de la vida social en Bogotá hemos de cerrarla,
¿cómo no?, con una referencia a los cementerios, donde todo lo
terrenal halla su fin. Bogotá posee tres necrópolis: una
protestante, en la cual los muertos reciben sepultura en tierra, y
dos católicas. El cementerio principal está constituido por un
edificio circular, de 340 metros de periferia y un diámetro de 113
metros, en cuya parte sur se alza una capilla. A ésta va a parar
una ancha calle bordeada de árboles, flores y magníficos monumentos
funerarios. En el muro del edificio citado hay mil trescientos
cincuenta nichos para adultos y cuatrocientos para niños,
distribuidos por lo general en hileras de cuatro o cinco nichos uno
sobre el otro. Estos tienen una forma parecida a la boca de un
horno, pero son tan estrechos que corresponden sólo al tamaño del
ataúd. A unos cincuenta pasos de ese edificio principal se eleva un
curiosísima construcción de ladrillo, a la que lleva una ancha y
alta escalinata, y donde hay trescientos cincuenta nichos más,
destinados a los pobres. Los bogotanos de las clases educadas
practican un culto, verdaderamente noble; a los muertos. Los nichos
aparecen casi siempre adornados con flores y coronas. El Día de
Todos los Santos, Bogotá entero acude a los cementerios a rogar por
los difuntos y a oír las misas que se dicen en sus tumbas. Ocurría
también a veces ver por la calle a un grupo de gente pobre que
llevaba en hombros a su difunto, atado simplemente a una tabla, así
que cualquier transeúnte podía ver el cadáver, envuelto en un
vestido lo posiblemente bueno o a veces en una sencilla mortaja
blanca. Los indios forman un cortejo que desfila generalmente con
mucha rapidez y sin tristeza visible, pues consideran la muerte
como una redención que abre las puertas del paraíso. Sobre todo
cuando el muerto es un niño ya bautizado, más bien reina la alegría
que el duelo, pues el dulce angelito goza ya de felicidad en la
gloria sin haber gustado las penalidades de la tierra.
Los entierros de los ricos son muy pomposos. Después de la misa
de difuntos en la iglesia, el magnífico féretro es transportado en
el rico coche mortuorio, encristalado y tirado por un tronco de
caballos. El costo de tales entierros se eleva hasta varios miles
de francos, y el lamentable lujo que rodea la ceremonia es cosa
aquí tan obligada, que las familias de pocos recursos pero que
aspiran a conservar el llamado rango de clase, han de mirar con
espanto los gastos del sepelio. En verdad, ¡qué fea deformación del
verdadero dolor! Las solemnidades fúnebres dé carácter público
devoran sumas aun más grandes. Así, por ejemplo, las honras
fúnebres de mi antecesor en el cargo, el librepensador Rojas
Garrido, gran tribuno del pueblo, muerto un año después de mi
nombramiento para la Universidad, costaron al Estado la cantidad de
6.600 pesos, o sea 33.000 francos. Los restos mortales de esos
hombres públicos inhumables por cuenta del erario se exponen
primero en el salón de la cámara de representantes o en el
paraninfo de la Universidad, donde se les vela y rinde honores
durante uno o dos días. El público afluye en masa como para ver el
cadáver de un soberano. En el entierro de hombres célebres, el
cortejo hace alto ante la entrada del camposanto, y allí, desde una
elevada tribuna, los amigos y oradores van declamando uno tras otro
sus discursos en honra del finado. En tal sentido se ha creado aquí
un tipo propio de elocuencia en el que los europeos quedamos muy a
la zaga. Pero como algunos hablan allí no con otro fin que el de
presumir a costa del muerto o para arrastrar a los fascinados
oyentes a la personal admiración por el orador, resulta que no
siempre pueden evitarse los testimonios entusiástico en forma de
ruidoso aplauso cuando así lo piden las retóricas finezas de la
oración fúnebre. Las notas necrológicas que en todo periódico local
aparecen para celebrar hasta a los más insignificantes difuntos,
están también llenas de frases de mal gusto y de imágenes impropias
y sin contenido, de suerte que producen una impresión enteramente
opuesta a la deseada. Ante la excelsa majestad de la muerte
conviene modestia y recogimiento, y no pompa y charlatanería.
Sumamente desagradable era para mí el último acto del entierro.
Se levanta la tapa del ataúd, y un sucio embadurnado peón de
albañil, ni siquiera vestido de negro, se acerca con una pequeña
caja de cal, que vuelca sobre la faz del muerto. Gentes piadosas,
empero, la han cubierto antes con un paño. Entonces vuelve a
clavarse el. féretro, y finalmente, en medio de toda clase de
gritos, nada edificantes, de los seudo-enterradores, se le empuja
hacia lo profundo del nicho. Este es tapiado seguidamente, mientras
los deudos del finado aguardan a ver concluido el pequeño muro. Por
lo común, en el hueco semicircular que forma la embocadura del
nicho suele colocarse más tarde una lápida de mármol. En las
defunciones no faltan nunca las damas plañideras, que revuelven
toda la casa, ni tampoco amigos verdaderamente condolidos, los que
se encargan de dar consuelo al que sufre directamente la pérdida y
se quedan a acompañarle si así lo desea, pues el bogotano es
grandemente sensible y compasivo ante las desgracias del
prójimo.
Los entierros civiles eran relativamente escasos en el tiempo de
mi permanencia allí. Pero cuando el notable y por todos venerado,
doctor Manuel Ancízar, varias veces Ministerio del Exterior y de
Gobierno, Profesor de Filosofía y Rector de la Universidad del
Rosario, recibió en mayo de 1882 sepultura no eclesiástica (por
disposición propia), y ello sin que el clero pudiera atribuirle
nada malo, por la gran honestidad y virtudes que le distinguieron
en vida, su ejemplo empezó ya a ser imitado de cuando en cuando por
sencillos artesanos y gentes del pueblo. Por lo demás, el acto del
enterramiento, y hoy en particular, se halla bajo el entero dominio
de la Iglesia.
Es oportuno dediquemos a la vida eclesiástica un aparte
especial. La Iglesia Católica, dotada del más amplio poderío por
los españoles, es para las clases bajas la única representante de
la sanción moral y de un idealismo, si bien tosco, del anhelo
humano hacia algo más alto e inaprehensible. La Iglesia es al
propio tiempo la más importante guardadora del arte, y casi la
única guardadora, por habérsela dejado sola en sus esfuerzos en tal
sentido. Con su solemne ritual infunde veneración y santo temor;
con su música de órgano eleva el espíritu, y con sus cánticos es
casi la única que cultiva la forma coral y la armónica unión del
canto individual y el colectivo. Por último, en torno a la Iglesia
se concentran los principales acontecimientos de la vida del
hombre, como también los usos cotidianos. En ella se dan cita no
sólo los espíritus anhelosos de religión, sino también los de todas
las comadres, de los aburridos y de los enamorados. Ante el templo
se planta la "esperanza de la Patria" la juventud
masculina, con el fin de ver desfilar una a una a las hermosas
bogotanas, observándolas de arriba abajo.
Exteriormente, la Iglesia Católica goza de gran poder. Junto con
el Ejército, ella es la única fuerza de Colombia organizada con
verdadero rigor, y por eso su importancia en el orden político es
también decisiva. Bajo su Arzobispo y el Nuncio Apostólico, ha
configurado totalmente el edificio jerárquico y se mueve con
asombrosa seguridad sobre terreno tan propicio.
Ya en los detalles externos, se aprecia el enorme influjo de la
Iglesia. Cuando por la mañana, algo después de las nueve, la
Catedral anuncia con tres campanadas sordas y solemnes el santo
acto de la transubstanciación, todos los hombres se descubren,
permanecen en pie y hacen una pausa en sus conversaciones; el
jinete, por lo común, detiene su caballo. En los primeros años de
mi estancia en Bogotá, había todavía una gran cantidad de gente
joven y de personas de edad que no ponían atención a aquella
solemne señal. Pero, por la constante disminución del número de
esas abstenciones, pude colegir que se preparaba una gran
transformación en el sentido del dominio clerical, transformación
que ha terminado por imponerse. Por fin, ya no había quien a las
nueve de la mañana fuera capaz de permanecer en plena calle con el
sombrero puesto, a pesar del peligro de coger un buen resfriado.
Lógicamente, también durante la misa de cualquiera de las otras
treinta iglesias de la ciudad habría que descubrirse. Igual
comportamiento se observaba con motivo de la extremaunción. Bajo su
palio avanzaba solemnemente el sacerdote, seguido de ordinario por
un número no pequeño de gentes con velas encendidas. Este
acompañamiento era notablemente más numeroso cuando algún moribundo
de rango principal había de recibir el viático. Todos debían
descubrirse tan pronto como, a cientos de metros de distancia, se
veía avanzar el palio. La mayor parte de las personas de las clases
inferiores caían de hinojos, y en los últimos tiempos hacían lo
propio, en medio de la calle, hasta los caballeros distinguidos, no
sin antes extender precavidamente su pañuelo. Sólo cuando el
sacerdote desaparecía por la próxima bocacalle podían ponerse en
pie. Hasta la guardia militar estaba obligada a rendir armas,
arrodillándose, juntamente con su oficial, a la correspondiente voz
de mando; al propio tiempo se interpretaba sin cesar la marcha de
banderas. Cuando los sacerdotes vieron que su poder crecía,
preferían cruzar por la Plaza de Bolívar, donde estaba la guardia
del Capitolio y donde había siempre mucha gente, al objeto de
recibir el público homenaje; años antes hubieran elegido más bien
calles recoletas y tranquilas. Las personas que no querían
sujetarse al uso general, tenían el recurso de meterse en alguna
tienda. Hubo estudiantes que al negarse a quitarse el sombrero
fueron apedreados por el populacho. Por lo demás, no era raro que
mujeres y hombres de la raza india se prosternaran en el polvo de
la calle al paso del Arzobispo sólo por recibir un signo de
bendición de su mano.
Verdaderamente solemne era siempre la gran procesión del Corpus
Christi, así como las que salen en Semana Santa y por Navidad. En
la primeramente citada eran notables los arcos triunfales y los
monumentos, o sea altares de flores y plantas profusamente
iluminados, que se erigían en las esquinas donde había de hacer
alto la procesión. En los balcones colgaban los más hermosos
tapices blancos. Ante los altos dignatarios eclesiásticos se
extendían inmensas cantidades de rosas; éstas eran arrojadas,
incluso, desde las ventanas, cayendo sobre ellos como una verdadera
lluvia. Toda la población, vestida de fiesta, se arrodillaba en las
calles o en los balcones cuando pasaba el Sacramento. Iban luego
los sacerdotes, con los más suntuosos ornamentos; detrás, entonando
una salmodia, los seminaristas; a continuación, formados en largas
filas, de a dos, los más distinguidos señores de Bogotá, que
desfilaban con perfecto orden portando banderas y estandartes;
seguidamente, todos los colegios confesionales y finalmente,
marchando a paso de parada, un batallón de escolta. Así desfilaba
la procesión. Las dos bandas militares tocaban solemnes músicas,
tañían las campanas, subían cohetes por el aire, estallaban
petardos como en nuestras fiestas de tiradores. Era una estampa
colorista que no podía dejar de impresionar hasta a las personas no
identificadas con aquel acto.
Algo más peculiar era, sin duda, la procesión de Semana Santa,
en la que las estatuas ordinariamente expuestas en las iglesias
eran llevadas en andas por encapuchados. Se veían con frecuencia
imágenes de María ornadas con vestiduras que costarían varios miles
de francos, aparte de las joyas de perlas y piedras preciosas
pertenecientes al tesoro de las iglesias y que adornaban en tales
ocasiones a los santos. Especialmente el Jueves Santo, las iglesias
se hallan maravillosamente decoradas con flores; merecía la pena
recorrerlas, y tanto más porque allí se reunía todo Bogotá lo mismo
que en el teatro. Era en efecto, un espectáculo que uno casi se
atrevería a calificar de profano, o tal vez de ingenuo, pero que se
gozaba también ingenuamente. En la Catedral la máxima fiesta era la
del Corazón de Jesús, en cuya ocasión el altar mayor desaparecía
prácticamente bajo un artístico mar de flores. La más selecta
música sonaba en tales solemnidades; los coros, lo mismo que en las
grandes ceremonias fúnebres, eran realmente soberbios y
majestuosos.
Este cuadro de la magnificencia religiosa tenía también sus
aspectos sombríos que enturbian el recuerdo de aquellas
solemnidades. Téngase en cuenta que las campanas no se voltean sino
que se repican, y que están sonando día y noche, a cada minuto,
desde el Viernes Santo hasta Pascuas; téngase en cuenta que en las
pausas se celebran las llamadas cuarenta horas, o ejercicios de
oración y penitencia, durante las cuales a cada momento se
organizan con las campanas verdaderos conciertos de fragua... Así
cabe formarse una idea de la conmoción del tímpano y del
aturdimiento que se experimentaba con tan despiadado ruido, el cual
bien poco tiene que ver con la práctica de un culto religioso. Con
la aglomeración se produjeron en la Catedral algunos desórdenes,
que tuvieron por consecuencia el que hombres y mujeres hubieran de
estar separados en distintas naves del templo.
Con la iglesia enlazan los diversos centros de beneficencia.
Citamos en primer lugar la Sociedad de San Vicente de Paúl, que
aunque en un sentido estrictamente confesional, hace mucho bien y
organiza bazares o tómbolas en favor de los pobres. Luego, las
Hermanas de la Caridad, que dirigen el hospital principal, así como
un hospicio u orfelinato y otras varias instituciones, colegios
para niñas, escuelas primarias, etc. Por desgracia, estas Hermanas
de la Caridad son tan inclinadas al dinero -del que, por lo demás,
envían grandes sumas a Europa-, que sus propiedades aumentan a una
velocidad sorprendente y siempre están comprando, al contado nueve
casas. A pesar de sus lamentaciones -yo casi diría limosneos- hay
mucha gente, entre ellas personas caritativas, que ya no les dan
nada. Como instituto independiente, auxiliado por particulares y en
especial por personas sin confesión religiosa y por los masones,
ahora prohibidos, existía entonces el Asilo de los niños
desamparados. Este representaba una verdadera necesidad para
Bogotá, pues allí se educaba, por lo menos, a los enteramente
descuidados golfillos callejeros, instruyéndoseles para ganarse el
pan como miembros útiles de la sociedad por medio de un oficio
manual o cualquier otro género de trabajo. A la dirección,
(religiosa pero, al mismo tiempo, práctica) de ese instituto era
justo otorgarle la más calificada aprobación. Triste resultaba
analizar la fisonomía de muchos de aquellos niños abandonados. Lo
que no estaba bien, desde el punto de vista educativo, eran las
muchas exhibiciones y desfiles públicos de aquellos muchachos, en
formación y uniforme militar, si bien les venía bien como ejército
físico.
No deben dejar de citarse aquí los mendigos, que aparecen
tendidos a las puertas de las iglesias y por las aceras de la
ciudad y que muestran inexorables al transeúnte sus feas y
purulentas heridas en brazos y piernas, suplicándole con lastimero
quejido: "Mi amito, una limosnita por Dios". Es
una vergüenza que a estos seres indolentes y enfermos, víctimas a
menudo dé la misma falta de limpieza, no se les ponga a trabajar en
un oficio, o se les de cobijo en algún lugar donde puedan dedicarse
a una tarea o recibir la debida asistencia los más necesitados. La
beneficencia tendría bastante en que ocuparse con sólo vendar
tantas heridas. Grande es la miseria en las clases bajas, pero
especialmente entre las que tienen demasiadas aspiraciones
sociales, y los pobres vergonzantes son legión. A ellos se suma el
inconveniente de que en Bogotá hay varios miles más de mujeres que
de hombres. Las consecuencias son fáciles de imaginar.
No era cosa desusada presenciar en las calles de Bogotá
desagradables escenas protagonizadas por enfermos mentales y que,
desgraciadamente, no había policía que impidiera. En los últimos
años, ciertamente, se han allegado con gran paciencia los medios
necesarios para crear un asilo, insuficiente aún, pero seguro, para
esa clase de enfermos (mujeres y hombres), y funciona en Las
Nieves.
En general, el fanatismo de las clases inferiores se manifiesta
aún en gran medida contra los que sustentan otras creencias, pero
sólo cuando se le incita de algún modo. Por otra parte, el poder de
un sacerdote fanático era entonces de tal magnitud que podía
prohibir a las muchachas, y ser obedecido en ello, que asistieran
los jueves y domingos a los conciertos de la banda militar en el
Parque de Santander, donde se reunía toda la buena sociedad. Más
tarde hubieron de ser suspendidos aquellos bonitos conciertos. Muy
digno de estima era el hecho de que el Arzobispo hiciese todo
aquello para elevar la moralidad de los clérigos. Que entre ellos
hubiera algunas ovejas negras, que hasta llegaban a entablar
conocimiento con los órganos de justicia, es cosa que no admirará a
nadie. De boca en boca iban algunos pequeños escándalos. Todo
Bogotá tuvo que reír con la historia de un cura codicioso al que
dos italianos dieron un perfecto timo vendiéndole, con toda clase
de religiosos pretextos, de barras de cobre que él creía de
oro.
Más adelante fue el Nuncio quien se esforzó mucho por elevar la
vida espiritual del clero, pues el pobre cura de aldea, que tiene
que trabajar para ganarse el pan de cada día, se abandona y
estropea con harta facilidad. El carácter bonachón de este clero
rural se evidencia en la siguiente anécdota que católicos serios me
relataran innumerables veces. El párroco del pueblecito de
Subachoque refería con vivos colores la Pasión de Cristo. Y como
los indios que le estaban escuchando comenzaran a sollozar ante
todos los escarnios y dolores sufridos por el Salvador, hubo de
exclamar el buen cura: "Pero no lloréis; si de Bogotá a
Subachoque se miente tanto, ¿qué será desde Jerusalén a
Bogotá?". Esto, por cierto, no quita para que a los tontos
se les embaucara con el cuento de la prisión del Papa y que hasta
se les vendiera paja de su celda a precios considerables.
Pese a la prepotencia de la Iglesia, muchos bogotanos se
hallaban apartados de ella -la mayoría íntimamente, sólo unos pocos
de manera pública-. Esto tocaba en especial a la juventud
universitaria, a algunos cientos de artesanos y a unos pocos
hombres de ciencia, El número de los valerosos adversarios era muy
exiguo. La mayor parte siguen con sus prácticas religiosas, aunque
ya no crean en la eficacia de las mismas. Van a misa, confiesan y
reciben los sacramentos en el lecho de muerte, sin que les inmute
ese formalismo hipócrita. La Iglesia no pide más. Cuando se trataba
de pecadores recalcitrantes, pero importantes por su cargo o
posición, acudíase al experto y fino Nuncio, quien ingeniaba alguna
fórmula, y con ella se satisfacía al enfermo. Este, abjurando de
sus errores, volvía al seno de la Iglesia. La tolerancia que
realmente existe se debe menos a la reflexión que a una bonachona
indolencia. Pero, al menos, y pese a la reacción del clero católico
el año 1885 y a la presión ejercida sobre todas las conciencias, se
logró tanto, que la nueva Constitución de 1886 -la cual declara
como religión de la Nación la Católica, apostólica,
romana-garantiza la libre práctica de los otros cultos y confirma
solemnemente, por lo menos en el papel, el principio de la libertad
de credo y de conciencia.
De Bogotá se ha dicho con alguna razón, que es un convento en
armas, pues, junto a la Iglesia, mandan las fuerzas armadas, o más
bien sus jefes. Colombia cuenta con un ejército regular de algunos
miles de hombres, con efectivo variable, hallándose en la capital
las mejores fuerzas. Estos soldados, la Guardia Nacional, en su
mayor parte indios y mestizos, reclutados en cualquier parte y
raramente en virtud de ley, constituyen un núcleo militar en torno
al cual pueden agruparse en las revoluciones las tropas
urgentemente alistadas. Naturalmente, al igual que en España, los
oficiales, en especial los de alta graduación, están en proporción
enorme respecto de la tropa. De generales hay también multitud,
pese a que en cada revolución, y a cada cambio de gobierno, muchos
de ellos quedan "amortizados", como decía una vez
un paisano nuestro. El conocimiento personal de varios militares me
hizo sentir estima, en diversas ocasiones, por el espíritu de la
oficialidad colombiana.
Tales fuerzas son el apoyo formal del gobierno, sobre el que
éste puede laborar con confianza; a menos que algún soborno o la
perspectiva de una mejora de vida y sueldo más alto lleve a los
pícaros mestizos a echarse en brazos de otro que ofrezca más. La
instrucción es larga y penosa, y de cuando en cuando, en la Plaza
de Bolívar, las tropas exhiben su arte en grandes paradas y
desfiles. Sólo el arma de Artillería se hallaba entonces estancada
en la minoría de edad, pero sería muy conveniente disponer allí de
algo por el estilo de nuestra Artillería de montaña. Todas las
mañanas, una numerosa unidad se dirige en uniforme de gala a hacer
el relevo de la guardia en el Palacio Presidencial, desfilando con
bandera y al compás de sus músicas.
El efectivo de la tropa constituye el barómetro para determinar
la situación política. Si se produce un incremento de varios miles
de hombres, hay peligro a la vista: el Presidente no se siente
seguro, o cree estar procediendo mal. Como París para Francia,
Bogotá es para Colombia el centro de la actividad política. Aquí
coinciden todos los hilos de la organización de los partidos, y, en
particular durante épocas agitadas, es febril el ajetreo de los
comités. Los días de elecciones son, para las tropas y para la
población, fechas duras y difíciles, en las que siempre se piensa
con alguna preocupación. Mis observaciones se refieren
especialmente a aquella fase política en que se trataba de mantener
a toda costa en su supremacía al llamado partido liberal. Los
partidos, por lo demás, no pueden echarse nada en cara; lo que
ahora se dice del partido adversario que acaba de llegar al poder
es cosa que raya en lo increíble, y en la actualidad los liberales
han tenido que anunciar varias veces la abstención electoral.
Por los años ochenta, el cuadro que se ofrecía era el
siguiente:
En diferentes puntos de la ciudad, y por entero al aire libre,
se instalan pequeñas mesas y tras ellas toma asiento el respectivo
jurado electoral. En torno, los soldados con bayoneta calada. El
jurado tiene ante sí una lista impresa de las personas capacitadas
para votar. Estas van desfilando una tras otra, sin hallarse
provistas de papel de identificación alguno, y depositan su voto en
la urna. Automáticamente se tacha en la lista el nombre del
votante. Ahora bien, está al entero arbitrio del público y del
jurado si un determinado individuo puede votar o no; pues muchos,
estudiantes sobre todo, se atreven a dar su voto en diferentes
urnas, y en cada sitio se llaman con distinto nombre. Si luego se
presenta el verdadero votante, se encuentra tachado en la lista y,
a pesar de todas las protestas, tiene que retirarse humillado y
escarnecido. Estas escenas provocan siempre gran alboroto. Si se
acerca a la mesa uno que se llama, por ejemplo, Suárez, y se sabe
que ese Suárez es un anciano conservador, en tanto que aquel que
vota con su nombre es un joven liberal, entonces estalla un
espantoso griterío: "¡No, no, no, no es él!",
exclaman unos. "Sí, si, sí, él es!", chillan los
otros. Se reparten golpes, salen a relucir revólveres, hay
empujones y apreturas, se pita y se vocifera hasta dejarle a uno
aturdido. Según la composición del jurado correspondiente, puede
votar o no el pseudo-Suárez. Si se trata de elegir un candidato
liberal y el pseudo-Suárez va a votar por él, se le permite llegar
hasta la urna; de lo contrario, se ve obligado a retirarse. Es raro
que en días de elecciones no se juegue con el revólver. Por
fortuna, estos artefactos, la mayoría de las veces, no dan en el
blanco, y las desgracias son de menor cuantía. Pero la inquietud de
los ánimos es tanto mayor cuanto que las tropas están dispuestas a
acudir a la primera señal de alarma y a hacer fuego sin
consideración sobre la inobediente multitud, como ha acontecido en
diversas ocasiones. Si hay que elegir un candidato liberal y se
encuentran más votos conservadores que liberales, entonces se
vuelca la urna y se disuelve el jurado, o éste proclama después del
recuento: "¡Quien escruta, elige!". Las
elecciones son, pues, desgraciadamente, en Bogotá como en toda
Colombia, un juego dirigido por la gente más gritadora, por
aquellos que esperan alcanzar del nuevo presidente favores o
cargos, por los más insidiosos elementos y los más astutos
fabricantes de catilinarias. Este juego electoral es convenido
previamente por los políticos profesionales de los clubes. Tal es
la opinión arraigada de más antiguo entre los colombianos, y como
sus votos carecen, pues, de valor, muchos hombres honorables, los
mejores ciudadanos precisamente, no acuden ya a las urnas. Fue
también significativo que nuestro Rector retuviera en esos días a
los internos, acuartelados como tropas en el edificio de la
Universidad. Cuando las elecciones no se desarrollan libre y
honestamente, no hay democracia posible, y eso lo mismo en Colombia
que en cualquiera otra parte. Así acontece que los derrotados en
los comicios recurren, con aparente derecho, a la revolución como
medio para derrotar al presidente en tal forma elegido.
De forma sombría se advierte siempre la perspectiva de la
cercana explosión de una guerra civil; al caer la tarde los
soldados marchan en formación por las calles de la ciudad y
detienen a todo pobre diablo que cae incautamente en sus manos,
respetando al que lleva sombrero de copa o va bien trajeado. La
persona así capturada es puesta entre dos filas de bayonetas; la
marcha continúa hasta haber reunido veinte, a menudo cuarenta o
cincuenta, de estos infelices. De ese modo, amarrados a veces como
reses destinadas al matadero, se les conduce al cuartel, donde
quedan presos y donde se les obliga a enrolarse para la guerra. Muy
raramente logra librarse el individuo tan violentamente reclutado,
y muchas personas influyentes no consiguen eximir del servicio
militar a sus criados, a sus obreros, a sus cocheros... Ocurre con
harta frecuencia que los soldados se introducen en las casitas de
los pobres habitantes de las afueras y sacan al hombre de la cama,
dejando a la mujer y a los hijos en total desamparo. El ciudadano
de ideas nobles queda deprimido ante escenas semejantes y sufre en
el alma con ellas. Pero el indio que se ve ya con su gorra militar,
con su fusil al brazo, y acaso con su guerrera de colorines,
termina por ceder ante el destino que le ha tocado; hasta se siente
orgulloso como defensor de la Patria, y no es raro que ese recluta
se quede definitivamente en el cuartel aunque se le ofrezca la
libertad. Contrasentidos de la vida humana. . .
A las seis cae la noche sobre Bogotá. Se cierran los comercios y
concluye la jornada. Las calles principales brillan ahora con la
luz eléctrica, que, después de varios intentos fallidos, alumbra ya
debidamente. Una gran central eléctrica, construida por la fábrica
de maquinaria "Oerlikon", provee de energía y luz
a la población e industrias de Bogotá. La energía se obtiene del
torrencial río Bogotá, algo más arriba del Salto de Tequendama. La
mayor parte de las calles se iluminaban antes con luz de gas; pero
de vez en cuando se hizo necesario acudir a otros medios de
alumbrado, pues fallaba el servicio de gas o resultaba
deficiente.
Así que se regresa a casa después del habitual paseo vespertino,
hacia las siete de la tarde, las calles están ya bastante vacías. A
las ocho los tambores de la guardia redoblan el toque de retreta,
desfilando desde el Palacio Presidencial a su cuartel, acompañados
del agudo son de las trompetas. Después de este musical deleite se
sumerge todo en el silencio de una pequeña ciudad. Ese silencio se
rompe los jueves y domingos por la noche, en que las dos bandas de
regimiento, más de treinta músicos cada una, tocan la retreta bajo
grandes faroles, especiales para este viejo uso. La retreta, en
este caso, es un concierto de selecto programa. Los músicos son
expertos y con larga práctica en su arte, y existe entre ellos gran
espíritu de emulación. A menudo se escuchan obras de los grandes
maestros en excelentes interpretaciones, especialmente oberturas,
tocadas con conocimiento y fidelidad. Como pieza final, cada banda
ofrece una composición nacional, un vals, un bambuco o un
pasillo.
Esa música nacional me atrae muchísimo. Siempre me ha emocionado
profundamente con su espíritu unas veces suave, otras ferozmente
impetuoso, otras melancólico y triste. Me seducía escuchar las
serenatas que los músicos del país ofrecían a una hermosa en alguna
calle de la ciudad. La bandola, a la que, si la tocan manos
diestras, pueden arrancarse sonidos de la pureza de campanillas y
violines, el tiple, tan melodioso como acompañamiento, y la seria y
grave guitarra, formaban un conjunto realmente artístico. En los
últimos años, recuerdo, algunos de aquellos músicos habían llegado
a perfeccionarse de tal modo, que eran capaces de interpretar de
memoria y con auténtica expresión clásica las más difíciles
oberturas. Inolvidable será para mí la última noche pasada en
Bogotá y en la que, pese a las críticas circunstancias, los mejores
de aquellos modestos músicos de la capital quisieron darme una
prueba de pleno reconocimiento a la simpatía que yo siempre les
había dedicado. Unos diez de ellos se reunieron en un conjunto
integrado por dos bandolas, algunos tiples, dos guitarras, un
violín y un violoncelo. A eso de las once llegaron ante mi hotel y
me dieron una serenata que resonaba maravillosamente en el silencio
nocturno. La elección de las piezas respondía a la vez a un gusto
sentimental y clásico. Entre los músicos había un ciego, que tocaba
la guitarra y cantaba, acompañado con voz de contralto por un
muchachito hijo suyo; un dúo en verdad emocionante, enternecedor.
Cantaban cosas de amor, de fidelidad, de pasión, de doncellas
graciosas radiantes como joyas, puras como la azucena; cantaban la
ausencia, y el encuentro, y todas las tempestades de la vida...
La calma de la noche es interrumpida a cada cuarto de hora por
la aguda pitada de los serenos, que, envueltos en un largo gabán,
armados de sable y organizados militarmente, aparecen en todas las
esquinas en cumplimiento de su servicio de vigilancia y se
controlan unos a otros mediante señales de silbato. Los serenos
desempeñan también oficio de bomberos, pero en esa calidad apenas
si tienen que hacer alguno, pues en Bogotá son muy raros los
incendios. Esto se deberá tal vez a que el fuego no se propaga
rápidamente a tales alturas, o acaso al hecho de no existir
compañías de seguros. Por tal razón las bombas de incendios de la
capital se hallan en estado tan lamentable. En un pequeño incendio,
largamente comentado por la prensa, no fue posible, durante casi
una hora, encontrar una boca de riego. Otra vez se estuvo buscando
en vano la bomba de extinción y resultó que el entonces ministro de
guerra se la había llevado a su finca para regar.
La policía está encargada de la custodia, especialmente la de
los comercios. Pero se puede afirmar que los hechos de violencia no
son más frecuentes en Bogotá que en cualquier otro sitio. Una sola
vez, que fue la noche de una tempestuosa jornada electoral, hube de
salir armado a la calle. Por lo demás, aunque durante algún tiempo
viví fuera de la ciudad a una media hora de camino, que era de lo
más distante entonces), teniendo que atravesar la calle caliente, o
sea la calle de las pendencias y la gente de cuidado, no fui jamas
objeto de la menor hostilidad. A pesar de que las noches son
bastante frías, me encontraba con frecuencia pobres gentes
acurrucadas o enroscadas como erizos, que dormían profundamente, a
las puertas de las casas o sobre la misma acera. Desde las diez,
como dice un escritor colombiano, Morfeo reina en casi todos los
hogares. Apenas sí se conoce la vida de restaurantes o casas de
comidas, usual entre nosotros. Tan sólo un café, "La Rosa
Blanca", atraía entonces a la gente joven para jugar al
billar, para la charla o para el alegre comer y beber. Ahora se han
establecido ya varios restaurantes. Fuera de ello, había abiertas
no más que unas cuantas tabernas, donde se bebe de pie, y también
algunos lugares de juego, de los cuales, a falta de diversiones más
apropiadas, hay muchísimos, por desgracia, en Bogotá,
particularmente después de una guerra, sazón en la que tantos
aventureros aspiran a mejorar su suerte. En dichos locales se juega
lotería o un juego nacional, el tresillo. Cuando por la mañana,
algo después de las cinco, me dirigía a dar mi primera lección del
día, la de la seis, a veces veía todavía luz en las casas de juego
de la Plaza de Bolívar, y reflexionaba sobre todas las pasiones y
los dramas que en los corazones de los jugadores y de sus familias
estarían sucediéndose.
Maravillosas son las noches de Bogotá. Las estrellas según
cálculo de Humboldt, lucen con intensidad cuatro veces mayor que en
nuestros países. A mediados de octubre de 1882 pasó durante varias
noches sobre el cerro de Guadalupe un cometa enorme y de magnifico
brillo.
Un océano de luces surge en la noche. De un lado, se dibuja en
excelsa simplicidad la Cruz del Sur; del otro, fulge casi junto al
horizonte la Estrella Polar. La Vía Láctea se desenrolla como una
ancha cinta encendida, y destaca minuciosa sobre el cielo, un
cielo, pese a la oscuridad, todavía espléndidamente azul. Un
especial encanto tiene el blanco y delicado resplandor de la luna
llena; tan clara y nítidamente ilumina la ciudad, que, sin otra
luz, resulta posible leer cómodamente y reconocer todos los
objetos. De vez en cuando rompe la quietud de la noche un cohete
que sube silbando hacia el firmamento y que, con la escasa
resistencia del aire, se remonta a mucha mayor altura que en
nuestros países. Bogotá es un lugar a propósito para grandes quemas
de fuegos artificiales. Pero ¿qué es aquí cualquier arte humana
frente a la majestad de la misma naturaleza? Con profunda nostalgia
pienso hoy en el excelso espectáculo de aquellas noches de luna, en
aquel magnífico cielo estrellado.
Satisfechos, y después de una animada sucesión de sugerencias y
datos, acabamos la lectura del precedente capítulo sobre la vida de
Bogotá por los años ochenta del pasado siglo. Ahora nos preguntamos
cómo serán las cosas hoy día en esta capital, una de las más
peculiares y más apartadas del resto del mundo. Por descontado,
algún aspecto se allanó y adaptó ya a la gris homogeneidad de las
ciudades populosas. El ferrocarril, desde el Magdalena, ha
alcanzado ya las alturas bogotanas, y él trae a la altiplanicie
andina las muchas mercancías de uso diverso que se precisan en el
cotidiano vivir. La nueva generación ha podido instalarse con mayor
comodidad y contar con más modernos acondicionamientos de vivienda.
En las casas de las viejas familias tradicionalistas encontramos
todavía los penumbrosos salones de recibimiento con espejos
franceses y venecianos, el lujo de las antiguas vajillas de plata
españolas y la generosidad de las posibilidades domésticas que
permite a la señora de casa improvisar una comida para media
docena, para una docena incluso, de huéspedes inesperados, y ello
con las más finas atenciones.
Pero si el recién llegado consigue superar la primera impresión
de que Bogotá hubiera perdido el carácter propio y el ornato de los
pasados tiempos sin poseer todavía las ventajas de la nueva época,
podrá ser que, al penetrar con ecuánime observación en el ambiente
actual, advierta sorprendido que muchas cosas permanecen
inalterables en su antiguo estado. Hoy día sigue llamando en primer
lugar la atención del extranjero la hegemonía de los
"blancos y los que quisieran serlo " sobre la
gran masa de la población, y toda una serie de hechos confirma que
"el patrimonio sirve para dar prestigio a cualquiera
". El orden social se ha mantenido idéntico. En ocasiones
festivas, en las reuniones siguen sonando exclusivamente los
antiguos nombres de las buenas familias. En comparación con tiempos
anteriores se nota, afortunadamente, una mayor elasticidad y
cordialidad en las relaciones entre familias conservadoras y
liberales. Los ricos van dejando, en creciente proporción, las
casas de dos plantas, estructuradas por lo común en torno a varios
patios interiores, para trasladarse a edificios de varios pisos y
dotados de instalación moderna. En compensación, se hacen construir
en las cercanías de Bogotá pequeñas casas de campo, don de grandes
y chicos pueden disfrutar los domingos la delicia del sano y fresco
aire de la sabana. Los actos públicos son ahora más numerosos. En
el teatro del gobierno se suceden continuamente las compañías
visitantes y empieza a elevarse poco a poco el valor de las
representaciones. La musa ligera, pese a la inicial oposición de la
Iglesia, ha hecho su entrada en las tablas. Pero toda pieza debe
ser sometida a una censura bastante rigurosa. Con extraordinario
esfuerzo, el Director del Conservatorio ha impuesto la celebración
de conciertos sinfónicos, llenando así un muy sensible vacío en la
vida cultural. Pero, a pesar de todo, el bogotano auténtico no ha
perdido la afición por las audiciones en familia, y con motivo de
las festividades religiosas o en otras ocasiones tienen lugar
algunas celebraciones y veladas íntimas, vedadas a los más de los
forasteros.
En cuanto a la descripción de los personajes típicos de la vida
urbana, notaremos que el simpático cachaco, representante de la
libre y desenfadada soltería, ha pasado a formar marcada minoría
frente al pepito, el haragán de oficio. Por desgracia, la cifra de
los que llenan todo el santo día de conversaciones ingeniosas o
vanas, matando realmente el tiempo, es todavía muy grande en
Bogotá. Por tal razón, el extranjero que fue testigo de la miseria
reinante tras la guerra mundial, y que se lanzó por el mundo a
ganarse duramente la vida y a cooperar en la forja de una nueva
edad, podrá ser que se sienta separado por un profundo abismo de
los muchos charlatanes que en Bogotá se encargan de esfumar la
impresión de una seria voluntad de trabajo. Esos caballeros se
encuentran a toda hora por las esquinas de la ciudad cumplimentando
a los transeúntes, y en especial a las damas, con sus continuas
atenciones. Sus afortunadas ocurrencias vuelan a menudo con la
rapidez del viento, pues el bogotano tiene verdadera vena satírica,
sin llegar por ello a la ofensa. Junto a la dorada superabundancia
de tales chistosos de esquina, el gran número de hombres serios. a
quienes se encuentra, en bancos, casas comerciales y fábricas,
dedicadas a fatigosa tarea, producen una impresión tanto más
marcada y de tanta mayor sorpresa. A pesar de ello, parece que,
frecuentemente, el extranjero se abre camino con más rapidez que el
natural, gracias a una actividad consciente e incansable. Entre los
emigrantes de todos los países hay propietarios de florecientes
empresas, que harto fácilmente despiertan luego envidias y
rivalidades. Si bien estos sentimientos no se hallan en la buena
sociedad, el extranjero no deberá hacerse sin más a la idea de que
le van a recibir con los brazos abiertos. Las nobles tradiciones de
la vieja hospitalidad española, que tienen continua y entusiasta
cita en El Dorado, han sufrido ya en las ciudades alguna que otra
merma. Hay que admitir, no obstante, y del modo más abierto, que de
ello se debe culpar a más de un vagabundo indeseable que ha
perjudicado ya mucho el buen nombre de los extranjeros afincados en
el país. En el campo, por el contrario, sigue bastando una pequeña
recomendación para que cualquier recién venido sea objeto de
conmovedoras atenciones entre las viejas familias hacendadas. El
pueblo inculto de la ciudad y del campo, que por instinto se coloca
frente a los ricos y que ve en todo extraño, sin más juicio
crítico, un señor de buena posición, cree a menudo estar cumpliendo
una misión patriótica al tomar en estos casos una posición adversa
al forastero. Pero el trato personal con la gente de la calle, con
limpiabotas, vendedores de periódicos, policías y todos los que se
dedican a servir, da lugar a cambios en la mayoría de las
ocasiones. En efecto, el extranjero libre de prejuicios y criado en
contacto diario con gentes de todos los estratos sociales, suele
estar en mejor situación que los aristocráticos colombianos para
comprender la suerte de los pobres indios y de la multitud de los
niños sin padre.
En una obra sobre Colombia, la referencia a la vida religiosa
merece, sin duda, amplio espacio. Lo que observó el autor de El
Dorado corresponde todavía hoy a la realidad, y de modo invariable.
Es exacta en particular la afirmación de que al final de las
últimas revoluciones -que terminaron todas, sin excepción, con la
derrota de los liberales pudo comprobarse siempre un
robustecimiento del influjo eclesiástico. Por eso los mismos
colombianos designan a su país como el bastión de la Iglesia
Católica en Suramérica, y parece que no yerran a este respecto.
Pero las relaciones entre la Iglesia y el Estado constituyen un
asunto interno y requieren, a lo sumo, una exposición en el sentido
de la acogida que puede esperar el extranjero de otra confesión. En
este aspecto, el forastero puede estar seguro de una gran
tolerancia por parte de la población culta y también de la Iglesia
y sus ministros. La gran masa del país se muestra indiferente
frente a los que no participan de su fe, por lo mismo que casi
nunca llega a tener conciencia de que en el país pueda haber
también alguien no católico. Pero si de forma ostensible se
practican ritos propios de otras confesiones, ello podría tener
consecuencias poco gratas, sobre todo en regiones muy apartadas de
los núcleos urbanos. En todo caso, los ejemplos de intolerancia son
sumamente raros, y el gobierno los condena severamente.
En un determinado aspecto, sin embargo, deberían guardarse muy
bien, en interés propio, las personas adscritas a otros credos. Las
bodas se realizan en Colombia exclusivamente por la Iglesia
Católica. El matrimonio civil, en verdad, es teóricamente posible,
pero una excepción tal representaría, por tradición, que
determinadas clases sociales no considerarían válido el enlace. El
que quiera prescindir, pues, del matrimonio católico, hará mejoren
trasladarse provisionalmente para la boda a Panamá, a Curazao o a
Europa. Por supuesto, el matrimonio celebrado en el extranjero por
contrayentes de otra religión es reconocido en Colombia como
válido, pues la legislación en este punto es tan avanzada como la
de cualquier otro país. Deberá también meditarse el casamiento con
una persona de nacionalidad colombiana. A veces, entregentes
aventureras, juvenilmente audaces, existe la errada creencia de que
el matrimonio católico con una colombiana excluye los efectos
legales del matrimonio civil por faltar la confirmación de la
autoridad respectiva. Pero no ocurre así. Como el matrimonio
canónico tiene en Colombia plena validez, es reconocido también
como tal en el Estado de origen. En cambio, dicho estado podrá
también considerar como anulable ese matrimonio, conforme a su
derecho, si bien el matrimonio religioso excluye en Colombia el
divorcio. Nunca se condenará suficientemente la desaprensiva
actitud de ciertos extranjeros al entender que la promesa otorgada
ante otra Iglesia no reclama respeto y seriedad.
La inmigración a Colombia es factible para cualquier persona
honorable y sana. Se rechaza tan sólo a los perturbadores del
orden, a los enfermos, y a veces también a los de raza amarilla o
negra. Un más severo control de policía, hace poco implantado,
exige del extranjero su inmediata presentación ante la autoridad.
Esta disposición, que al principio se aplicaba con dureza algo
excesiva, se hace cumplir ahora de modo enteramente razonable y
proporciona al que a ella se somete las ventajas de la más plena
libertad de residencia.
En principio, a todo extranjero se le considera bien venido a
Colombia y, en tanto que respete las leyes y no se inmiscuya en los
asuntos internos del país, es objeto de excelente acogida y de toda
clase de consideraciones.
Escudo de Bogotá