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Continuación




Como plaza comercial Honda tiene un buen porvenir. Casi frente a la ciudad, el Magdalena forma el llamado |Salto, un impetuoso descenso en el que, al angostarse el río hasta los 150 metros, experimenta una caída de 9 metros y medio en un trayecto de 260. La corriente se precipita entre peñascos, y en retumbante estruendo desciende en cascada, torciendo allí totalmente su curso hacia el Norte. Si se suma a esta caída la que se produce un trecho más adelante, se alcanza un total de descenso de 14 metros y medio en una longitud de 1.400 metros. Este salto de Honda separa las dos regiones, por entero diferentes, del Alto ye! Bajo Magdalena. Los 1.000 kilómetros, aproximadamente, que comprende el lento Bajo Magdalena, por el que nosotros hicimos el viaje, son de una gran riqueza tropical, si bien constituyen regiones inhóspitas. En cambio hacia el Sur, se abren las maravillosas regiones del Alto Magdalena: llanuras, colinas, bosques, montañas, en la más abundante variedad de formas, colores y climas, con una población relativamente grande de gentes activas, bastante civilizadas, dedicadas al comercio, la agricultura y la ganadería, y con un vivaz desarrollo y una alegre vida social, semejantes en su ímpetu a los 182 ríos y 1.590 arroyos que en el Alto Magdalena desembocan. El Salto fue superado por un alemán, el señor Weckbecker, hombre enérgico que ya con la cabeza cana, remontó allí la corriente, con riesgo de su vida, en un pequeño vapor, el “Moltke”, en el año de 1875.

Ya a muy avanzada hora del domingo, regresamos al barco, en el que íbamos a pasar la noche decimoséptima, pues los hoteles de Honda son malos y el recién llegado se expone a coger en ellos unas fiebres. Puesto que nuestro vapor se hallaba atracado a la orilla opuesta, hubimos de hacernos transportar en una canoa; pero sólo con esfuerzos pudimos hallar un barquero que estuviera dispuesto a hacer aquel recorrido en la oscuridad de la noche a través de la rápida corriente del río. Acurrucados en la concavidad de la canoa, sin hablar ni hacer ruido alguno, nos deslizamos por las aguas sobre las que danzaba el reflejo de millares de estrellas, y arribamos felizmente a la otra orilla prometiéndonos no cruzar jamás el río a tan altas horas. Al llegar a bordo, aquello era como un hospital de campaña, extendidas por la cubierta tantas camas, con sus mosquiteros, parecía un campamento volante o un fantasmal camposanto.

El día 9 de enero, de mañana, comenzó el viaje por tierra para ascender hasta Bogotá. La línea directa ente Honda y la capital tiene 95 kilómetros de longitud, pero el camino a recorrer es de 135 kilómetros. Cabalgando necesitaríamos, pues, tres días. Mi compañero bogotano de viaje, el señor París, había pedido gentilmente para mí, mulas, sillas y aparejos. Después de envolver todas nuestras maletas en fuerte y grosero hule, a fin de protegerlas de los repentinos aguaceros del trópico, se puso el equipaje sobre las bestias de carga. Ordinariamente se cuelga a cada flanco del animal una maleta, cuyo peso no debería rebasar los 70 kilos.

También en Bodega de Bogotá se había construido un pequeño trecho de vía férrea, que un día debería alargarse hasta la capital. Entonces estaban trabajando precisamente allí donde las primeras alturas de la cordillera oriental se desploman abruptamente hacia el río. El estrecho camino transcurría entre cascote y rocas, entre piedra arenisca y tierras arcillosas. Era asombroso mirar la prudencia y agilidad con que nuestras cabalgaduras iban salvando los obstáculos, como cabras monteses, y facilitando así su quehacer al poco acostumbrado jinete, que, con admiración y algo de angustia, contemplaba esta modalidad de subir y bajar vericuetos.

Hacia el mediodía almorzamos en uno de los albergues, o |ventas, que tropezábamos con frecuencia por el camino. Son pequeñas cabañas, construidas de barro y revocadas de blanco, con cubierta de paja y amuebladas del modo más primitivo. El |almuerzo consta por lo común, en “tierra caliente”, de una sopa, casi siempre de arroz, con algo de carne salada (del |tasajo, o sea carne que ponen a secar al sol en largas tiras, para cocerla después) y de un huevo; en el mejor caso, un bistec. Como postre hay una taza de chocolate con un pedazo de queso blanco que los colombianos, para sorpresa mía, van desmigando y echándolo a la taza para saborearlo todo junto, como extraño bocado agridulce. El mantel servía y sirve como servilleta para todos.

La ruta se separa ahora del Magdalena hacia el interior. Por un llano camino arenoso, sombreado a menudo por árboles magníficos, nos vamos acercando cada vez más a la primera cadena de la Cordillera Oriental. Pasamos el río Seco, arroyuelo inofensivo en la época de sequía, y formidable corriente con el tiempo de las lluvias, que a menudo hace detenerse uno y más días a los viajeros porque aquí no existe puente alguno que lo cruce. Ahora el camino comienza a ascender en cerrado zig-zag. Piedras redondas dificultan el andar de las mulas, la silla se desliza hacia atrás con la violenta subida. Frecuentemente el angosto camino queda cerrado por reatas de mulas que llevan pesadas cargas, de por lo menos 250 libras, atizadas por el fuerte y ronco griterío de los |arrieros, indios casi siempre, descalzos y cubiertos de polvo. Las bestias se tambalean bajo los pesados cajones o barriles; fatigadas, se tienden aquí y allí, y sólo los despiadados golpes las hacen levantarse. El lomo de estos animales es a menudo una gran herida abierta, pero ellos cumplen con su obligación, pese a la suma escasez del alimento. Con harta frecuencia se halla el cadáver de uno de estos mártires de los malos caminos de Colombia, allí en medio de la carretera, pudriéndose, sin que nadie se haya tomado el trabajo de apartar a un lado la carroña, lo que sería tanto más prudente cuanto que las cabalgaduras se echan a galopar con sobresalto y al pasar luego por aquel sitio, si es que no les da por hacer una espantada y negarse a caminar. Los gallinazos son los que se encargan del oficio de enterradores.

No sólo los animales, también los seres humanos llevan aquí terribles pesos; indios e indias marchan apoyándose en largos palos, curvadas las espaldas bajo su carga, sostenida sobre la frente por medio de una recia faja de tela. Pero el más extraño espectáculo para el extranjero es el encuentro con una cuadrilla, doce a dieciséis peones que transportan sobre sus hombros un pesado objeto no desmontable, como una gran máquina o un piano. Ciertamente, el transporte dura dos semanas ente­ras, pues los cargueros tienen que descansar cada pocos minutos, de modo que el transporte de un piano hasta Bogotá viene a costar unos 2.000fuer?es (otros tantos dólares).

Después de varías horas de viaje, alcanzamos la altura de la primera cresta de la cordillera, el Alto del Sargento (1.400 metros), a lo largo del cual cabalgamos durante un rato. Uno de los más maravillosos panoramas que jamás he visto, y que se me quedó grabado imborrablemente, se extiende ante mis ojos atónitos y fascinados. Delante de nosotros, la llanura del Magdalena, que, de cierto, no se cruza en menos de quince horas, boscosa y aparentemente inhóspita, atravesada por el río, que desenrolla como una cinta de plata. Enfrente, abrupta, surgiendo sin transición desde la llanura, está la Cordillera Central, y en medio el imponente macizo del Tolima, cuya cónica cima, cubierta de nieves perpetuas, se eleva en el aire azul hasta 5.616 metros. Junto a este macizo se ven las otras cúspides nevadas, del Ruiz (5.300 metros), de Santa Isabel (5.100) y del Herveo (5.590), en larga y variada sucesión. Ha­cia el Norte, las azulencas y bajas montañas de Honda con sus cumbres en cono. Al Sur, siguiendo aguas arriba, el valle del Magdalena, una lejanía azul, plateada, fulgente, en la que el ojo, como ocurre en las pampas, se pierde buscando en vano un punto de reposo... Ese punto no corresponde a la hermosura armónica, finamente estructurada, mesurada y justa de nuestros paisajes alpinos, a los que supera con su majestad abrumadora, con sus fabulosas proporciones, con su pujanza gigantesca.

Por el otro lado (al Oriente) miramos hacia un ameno valle, vestido de verdor, en el que se halla la ciudad de Guaduas, que debe su nombre a los muchos bambús que crecen a lo largo de sus ríos y demás corrientes. A eso de las seis de la tarde, fuimos a parar al Hotel del Valle, situado a la entrada de la pequeña ciudad. Antes de esto, mis bromistas compañeros de viaje arrearon mí mula hasta ponerla al galope, y así pasamos a toda carrera ante una magnífica plantación de café llamada “Tusculum”. El Hotel del Valle constituye para todo viajero un verdadero alivio, pues la comida es sabrosa, la mesa está limpia y adornada con flores, y las camas, si bien muy primitivas, se hallan, al menos, libres de bichos.

Guaduas posee industria propia, como, por ejemplo, fabricación de sombreros de paja; tiene también casas muy limpias y una bien construida iglesia. Es, en fin, lugar simpático, con una temperatura muy agradable (24°C de media), próxima a las de la zona templada. Todo elogio es poco para la delicia de bañarse en las claras y cristalinas aguas del pequeño río que por allí discurre o en la piscina de alguna casa. Un gozo insuperable después del viaje por el Magdalena.

El segundo día, más penoso que el primero para el poco ejercitado jinete, un pedregoso, cálido y mal camino nos llevó hasta la segunda cadena de la Cordillera, al Alto del Raizal (1.478 metros) desde el cual, más allá del valle de Guaduas, en cuyo centro se asienta tan plácidamente la pequeña población, miramos de nuevo la Cordillera Central. Luego, por un curiosísimo valle transversal, o mejor una depresión alargada, vamos hacia el Alto del Trigo (1.872 metros). Algunos años más tarde, en este mismo lugar, vi agitarse vorazmente unos grandes enjambres de langostas, que allá habían llegado pese a la altura de la montaña, considerada como un obstáculo insalvable para esos insectos. Frente a nosotros surge de nuevo un cuadro encantador: entre amarillas plantaciones de caña, en medio de las cuales unas chimeneas lanzan su humo a la altura, y entre algunos ríos festoneados de boscaje, está la pequeña ciudad de Villeta. El llegar a ella, sin embargo, sólo se logra después de largo y trabajoso descenso. En las muchas ventas que se encuentran en el camino a Villeta probamos algunas bebidas del país, como el |anisado, un aguardiente de almíbar destilado y perfumado con anís; se le llama también, de modo general, |aguardiente. Degustamos además el |guarapo, que se prepara de almíbar y azúcar de caña haciendo fermentar el líquido resultante. El guarapo ha de beberse en su punto. A pesar del sabor refrescante y ligeramente agrio, resulta un tanto soso y no llega a gustarme. Además, el guarapo sienta mal, frecuentemente, al estómago del viajero. Si está casi sin fermentar se le llama |dulce, si se encuentra en el grado justo, |regular, y si la fermentación es muy avanzada, |bravo, guarapo que embriaga fácilmente. Por pocos centavos le dan a uno una |totuma llena (la totuma es como una calabaza), que va pasando de mano en mano entre los bebedores.

A las dos de la tarde estábamos en Villeta (839 metros de altitud). Fundada ya en 1558, esta ciudad era antes famosa como balneario, pues posee excelentes fuentes termales de aguas sulfurosas. Pero hoy día ofrece un aspecto de bastante abandono y tristeza, con sus pálidos habitantes, a los que sólo intrigas y procesos son capaces de sacudir. La única cosa notable es la gran ceiba de la plaza mayor.

Después de cruzar un puente sobre el Río Negro, se avanza un rato valle adentro, pasando junto a hermosas ventas. Los indios e indias que encontramos se distinguen por su tez morena menos oscura y por sus magníficos ojos negros, y las mujeres, en particular, por su pelo abundante y de un negror azulado, y por sus rostros verdaderamente bellos. Más tarde, el Domingo de Ramos de 1885, tuve ocasión de ver a estas mujeres cuando se dirigían a la iglesia, y pude apreciar toda su gracia y su atuendo relativamente rico.

Ahora se inicia ya la última subida por un camino, en algunas porciones bien trazado, bien pavimentado y cuidado, que se parece a una de las carreteras de nuestros pasos alpinos (por ejemplo, el Gemmi). Pero en la mayor parte de su recorrido este supuesto camino resulta harto deficiente, y en tiempo de lluvias es a menudo, bastante peligroso a causa de la gran pendiente, y se encuentra lleno de piedras y barro y con muchas hendiduras. Naturalmente, en tales situaciones indaga uno si realmente sería necesario subir por los flancos de dos cordilleras a una tercera cadena montañosa para ir del Magdalena a Bogotá. Entonces se sabe que desde la primera cadena encima de Honda se podría abrir un camino que, pasando por crestas transversales que unen a estos montes, alcanzara casi hasta el mismo tercer tramo de la Cordillera Oriental. Y entonces se entera uno también, con sorpresa y hasta con cierta indignación, de que hace ya treinta años un ingeniero francés, un tal Poncet, trazó una carretera desde el Magdalena (bastante más abajo de Honda y de los saltos) hasta Villeta, vía que tampoco hubiera tenido grandes subidas, de manera que la pendiente habría comprendido sólo el trayecto de Villeta a Bogotá. Pero, ¿de qué sirven los mejores planes cuando han de enfrentarse con la rutina, con las costumbres viejas y con la falta de dinero y tiempo a causa de tantas revoluciones? ¿Cuándo el Camino Poncet, en el cual trabaja de nuevo actualmente una empresa particular, podrá ser abierto realmente al tráfico? No obstante, en 1886 fue “inaugurado” el camino. Pero como entretanto se las habían arreglado con el nuevo ferrocarril de la Dorada, cerca de Honda, se continuó haciendo el recorrido por carretera desde Honda a Bogotá. El Camino Poncet está prácticamente abandonado y parece, por ahora, no tener porvenir alguno.

Por fin, después de muy costoso ascenso, alcanzamos una importante estribación de la última cadena de la Cordillera Oriental. Detrás está Chimbe, en cuya sucia venta, plagada de bichos, se nos dio sencillísima cena y muy poco agradable cama. En este lugar hace ya fresco. Atraen la atención grandes plantaciones de café, con magníficas casas de campo (pertenecientes a bogotanos ricos) y ganados de raza hermosa y fuerte. Poco a poco va transformándose también la vegetación. Las cimas mas altas se hallan envueltas en niebla. Llegamos a Agua Larga, donde han establecido una fábrica de zapatos. Numerosas carretas, grandes, pesadas, chirriantes, tiradas por bueyes encorvados bajo el yugo, se congregan aquí aguardando la mercancía que han de transportar a Bogotá por la carretera (parece ancha y bien trazada) que lleva a la capital. En la gran |posada que hace las veces de hotel tomamos un copioso desayuno. Luego empezamos a encaramarnos hacia la última altura de las cordilleras. Es una mañana magnífica, fresca. Empiezan a verse desnudas rocas sobre las que aparecen robledos y pinares. Agua fría y clara discurre saltarina y en gran abundancia. Detrás de nosotros se ve el interminable laberinto de las cordilleras; delante, un angosto desfiladero entre rocas. Es el único paisaje que presenta un considerable parecido con nuestros paisajes de montaña suizos. Casi sin darme cuenta, de mi pecho, finalmente libertado del calor agobiante del trópico, se escapó un entusiástico grito de júbilo que resonó en aquellos peñascos y produjo no poco asombro en mis compañeros de viaje.

La subida ha sido coronada. Nos hallamos en el Alto del Roble (2.745 metros —según otros, 2.767— sobre el nivel del mar). Un espectáculo inusitado aguarda al viajero. Ante él se extiende una llanura gris y verde, cuya anchura equivale casi a nueve horas de camino. Su límite oriental se halla bordeado por una cadena montañosa, de escasa altura en apariencia. Es la muy añorada Sabana, la altiplanicie de Bogotá, formada de un antiguo lago andino, cubierta hoy de pastos y de campos de cereales y otros frutos. Sólo el que ha contemplado esta llanura, allí arriba, tan alta, escondida entre los montes andinos, entiende la grandiosa impresión que hace cuando el cielo claro ríe sobre ella, cuando el sol la ilumina y hace aparecer las cosas tan nítidas, tan puramente delimitadas; sólo ése comprende la sensación de nueva vitalidad, de frescura mental y de ligereza, que se experimenta otra vez en nuestro pensamiento, casi adormecido por los calores.

Al galope, llegamos pronto a los Manzanos, donde nos espera un coche de caballos. Este nos conduce a la pequeña ciudad de Facatativá, situada a sólo media hora de distancia y que constituye la verdadera entrada a la Sabana. Es día de mercado, la plaza, ante la iglesia y el hotel, se halla atestada de grupos de gente blanca y de indios; los vestidos que todos llevan en esta región son ya más pesados, calientes y oscuros. En una esquina de la plaza está la iglesia, bastante pobre y sin campanario propiamente dicho, pues en su lugar figura un muro de fachada, y las campanas cuelgan en los huecos de sus ventanas. Hoy se construye al lado de éste un nuevo templo de mampostería, pero que se parece más a un edificio escolar que a una iglesia católica. Detrás del hotel de la plaza estaba ya entonces la estación de la línea férrea de la Sabana, inaugurada muchos años más tarde. El tendido de vía, sin embargo, sólo se había realizado entonces en una extensión de uno o dos kilómetros. Se ha calculado que los gastos de transporte de estos pocos raíles desde Europa hasta las alturas de Facatativá, en parte por tan malos caminos, encarecieron de tal manera los costos de la vía, que por el mismo precio se podría haber hecho fundir en oro. Una jocosa, pero significativa exageración, aunque, en todo caso, se incluirían también las sumas disipadas entre funcionarios y empresa.

Afortunadamente, esta vez no tenemos que alquilar los pocos habitables y fríos dormitorios del hotel de Facatativá, ya que nuestró coche sigue rodando hacia la capital del país, de donde todavía nos separan cinco horas de viaje. Por suerte también, la ancha y poco lisa carretera se halla seca, si bien un tanto polvorienta, como corresponde a esta época del año. Después de dos horas de camino, brillan ya en la lejanía, con el sol de la tarde, las torres y editicios cte bogota, como si dentro de muy poco rato hubiéramos de estar allí. La situación de la ciudad, recostada en la Cordillera Central, ofrece un encantador aspecto.

Es ya noche cerrada cuando nuestro coche, el 11 de enero de 1882, hace su entrada en Bogotá. Mi compañero de viaje, el señor París, me lleva por mal pavimentadas calles hasta un hotel, me entrega allí, como se entrega un objeto, a la patrona, de habla española, se me conduce a un pequeño y frío cuarto, y me encuentro solo al cabo de un viaje que ha durado cincuenta y un días.

¿Qué digo? ¿Solo? Los recuerdos de la familia y los amigos se agitaban en torno mío. Todo lo bueno que mi patria, Suiza, ha operado en mi espíritu y mi cuerpo, por la educación, la cultura, sus libertades y su belleza, se me reveló entonces, por vez primera con conciencia plena y clarísima. Y mi patria se me apareció en una luz de transfiguración, como un cuadro de Rafael o del Tiziano, con su armonía, la pureza de sus rasgos y sus magistrales y equilibradas proporciones.

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