Como el viajar resulta tan difícil y tan caro, esto puede
servir de explicación de que los colombianos, por lo general, no
conozcan su país o que, por lo menos, carezcan de todo sentido para
los viajes de exploración. Se limitan a los utilitarios viajes de
negocios o a los que se justifican por acontecimientos familiares.
Ysi el colombiano culto demuestra tan escaso interés por descubrir
las bellezas naturales de su tierra, ¿cómo habrá de espera rse que
el sencillo hombre del pueblo sacrifique a ello tiempo y energías?
Cosa indiscutible es, sin embargo, la culpabilidad de la escuela en
este orden, pues no sabe despertar en el niño el amor por la
Naturaleza; dificultades y peligros son un atractivo para la
juventud si se acierta a presentarle debidamente el premio que
corresponde al esfuerzo propio.
Asi pues, ocurrió que no había en Bogotá persona que nos pudiera
dar alguna concreta información sobre la región del Cocuy. El mapa
oficial del departamento de Boyacá, más bien nos perjudicó que
favoreció en nuestro intento, pues la ruta de aproximación al
objeto parecía allí corta y cómoda, pero, en lugar de díay medio
que habíamos previsto, nos costó nada menos que tres días bien
colmados, a partir de la carretera para tráfico de automóvil. Yo me
había traído de Suiza picos y trepadores, gafas para nieve y botas
de montaña, y ello en número suficiente para poder equipar en la
mismo forma al imprescindible camarada de aquella larga excursión
de montaña, Hans Weber, de Ginebra, a quien invité. Este, que se
hallaba a la sazón en Bogotá era hilo del conocido alpinista Albert
Weber. Los objetos que he mencionado no pueden obtenerse en
Colombia. Yo disponía también de un termómetro y altímetro, y el
jefe del centro topográfico, con quien tenía amistad, me prestó
otro altímetro, muy exacto, para control. Esos instrumentos, ambos
de fabricación europea, me dieron, sin embargo, la impresión de no
marcar ya con mucha precisión en el aire extraordinariamente fino
de la región ecuatorial, ypor eso debo colocar un gran signo de
interrogación junto a la altitud medida (4.960 metros). Debo
confesar que mi deseo hubiera sido registrar un cinco mil y que
tengo la íntima convicción de que el Cocuy rebasa el codiciado
límite, si bien, en honor a la verdad, consigno que el aparato no
llegó a marcarlo. Quiero suponei en cambio, que son excesivas las
altitudes señaladas en la carta oficial, que asigna a los volcanes
nevados estas cifras: Tolima, 5.600 metros; Huila, 5. 700y Cocuy,
5.583. Si bien debería ser fácil efectuar una nueva determinación
trigonométrica, verificando así los datos de los sabios Caldas y
Humboldt y de otros investigadores, es evidente que hace falta
despertar todavía el interés por cosas de tanta importancia. Pero
siyo calculo alrededorde los 5.200 metros la altura de esas
montañas, me induce a ello el hecho de que el límite de las nieves,
especialmente el Cocuy, lo hallamos nosotros mucho más abajo de lo
que en general se admite. En puntos protegidos, la nieve —o
más bien el hielo, pues el sol tropical convierte pronto toda
nevada en hielo o agua— aparecía ya en altitudes de 4.350
metros, y a 4.600 podía decirse que la zona de hielo era ya
continua. En los libros, por el contrario se suele hablar de los
4.800 a los 5.000 metros como límite de las nieves. Además, algunos
alemanes que exploraron el Tolima con niebla, registraron sólo los
5.090 metros de altitud. Así pues, o su medisión y la nuestra son
falsas, y el Huila, Tolima y Cocuy están realmente a unos 5.600
metros, o bien esas montañas son más bajas de lo que hasta ahora se
suponía.
Yo había mandado a mi criado para que se adelantara con una
parte del equ~paje hasta el punto donde, a 350 kilómetros de
Bogotá, se acaba la carretera practicable para autos. Su misión
consistía en limpiar el cuarto del hotel donde habíamos de pasar la
noche, y buscar buenas caballerías de montura y carga. Aunque el
chico, un mestizo de diecinueve años, había hecho siempre
impecablemente sus oficios, no tuvo suerte aquella vez con las
bestias y su arriero. Nosotros salimos de Bogotá el 19 de julio de
1928 en las primeras horas de la mañana, para evitar la fiesta
nacional del 20 de julio. Nos servimos de los autocares de la
Compañía de Transportes Terrestres, que desde hace unos tres años
ha organizado un servicio por la gran carretera del Norte.
Por buen camino, y pasando por Tunja —capital del
departamento de Boyacá, a 2.850 metros de altitud—, llegamos
hasta Belén, donde la carretera, muy bien trazada en aquel
trayecto, sube hasta un paso de montaña de 3.400 metros de altura.
Después de cruzarlo, un descenso de igual pendiente, en medio de
magnifico paisaje y con inmenso panorama sobre las cadenas
montañosas de Santander, nos llevó a eso de las siete de la tarde
al lugar de Soatá, que se halla a sólo 2.045 metros, ya en clima
templado. Sin cambiar de chofer, habíamos cubierto una etapa de
unos 350 kilómetros, por carretera, en parte, muy difícil. La
jornada de doce horas, incluso en profesiones de tan fatigoso
esfuerzo, no es cosa rara en Colombia.
Marco, el criado, nos esperaba con la desagradable noticia de
que nuestro equipaje se había quedado no sé dónde, lo que quería
decir que no podríamos emprenderla cabalgada al día siguiente muy
de mañana, como estaba previsto. Irritación, denuestos, llamadas
telegráficas son inevitables acompañantes del viajero en tales
ocasiones. Nuestras maletas no llegaron hasta las tres de la tarde
del día siguiente, y nos fueron entregadas entre sonrisas como si
nada hubiera ocurrido. Nuestro guía, un mocetón alto y recio, se
hallabá ya con el ánimo propio de la fiesta nacional y declaró que
no había que hablar de ponerse en camino a tales horas, pues el
pueblo más próximo distaba seis leguas de donde nos hallábamos. El
tiempo me era demasiado valioso para perder así un día entero, y di
a entender al mozo con toda claridad que yo era allí el patrón y
que, o bien obedecía inmediatamente, ose iba al diablo. Como era el
único que alquilaba allí bestias, adoptó una actitud impertinente.
Ni corto ni perezoso, me fui a la plaza del mercado, donde después
deprolilas negociaciones logré apalabrar un animal de carga,
propiedad de unos mazos que iban a regresar hacia el lugar de
Cocuy. Y ya a las cuatro de la tarde nos pusimos en marcha, con
nuestra bien embastada carga, ante la extrañada curiosidad del
pueblo, el cual no salía de su asombro al ver la energía del
"mister” que había sabido arreglárselasporsu cuenta.
Todavía no he conseguido en Colombia realizar una salida
exactamente a la hora acordada. Los gritos no sirven para poner en
movimiento a los peones. No conocen ni el sentido de
responsabilidad ni el valor del tiempo. He referido con tanto
detalle esa pequeña experiencia nuestra porque resulta,
desgraciadamente, un ejemplo típico de la falta de formalidad de la
gente trabajadora. El viajar es aquí un arte, pero todavía no es un
placer.
En una marcha de cinco horas bajamos primero 550 metros hasta
meternos por un profundo valle, pasamos luego el río Chicamocha, a
1.400 metros de altitud, y luego, por malas sendas, subimos
nuevamente para llegar al pueblo de Boavita a 2.200 metros. Ya
entrada la noche, oscura como boca de lobo, caímos rendidos sobre
un duro lecho.
Pero también la siguiente jornada había de ser sumamente
trabajosa, pues estuvimos en camino desde las seis de la mañana
hasta las cinco de la tarde, sólo con dos pequeños descansos. Las
paradas no tenían tampoco mucha razón de ser, pues sólo en un
poblado llegamos a conseguir dos huevos crudos, y eso con grandes
esfuerzos. Lo fatigoso de Colçmbia son los caminos de herradura con
sus continuas subidas y bajadas. Los españoles iban siempre por lo
alto de los montes para descubrir más fácilmente cualquier asalto
de los indios; y los colombianos han seguido sirviéndose, sin más
reflexión, de esas espantosas vías. Así pues, de la marcha de aquel
día, en el cual subimos de 2.200 a 4.050 metros para bajar luego a
2. 750, no vamos a citar aquí los innumerables ascensos y descensos
intermedios que hubimos de realizar. Yo consideraba aquello como un
buen entretenimiento para lo que luego vendría, pero Weber, cansado
y rendido, acabó por subírse a lomos de una acémila. Llegados a
Cocuy, después de tanta fatiga, hubimos de alojarnos en un
cuchitril terriblemente sucio.
El propietario de nuestra bestia de carga se había revelado como
un indio bondadoso y servicial, y afirma conocer el camino
conveniente para emprender el ascenso al Cocuy. Por ello le propuse
que repartiéramos la impedimenta en dos animales al objeto de
avanzar más deprisa, alquilarle otras dos bestias másy tomarlo a él
a jornal. Después de encajarme también los servicios de un hermano
mayor y luego de asegurarse un nunca visto ingresofamiliar (2 pesos
oro por hombre y caballería, en nuestro caso, pues, 60 francos por
día, más la alimentación), logré convencerle, con indecible
esfuerzo, para que el domingo por la tarde nos sacara del
“hotel” y nos llevara a su rancho, el cual se hallaba
como a hora y media de camino en empinada cuesta arriba. Como me
había imaginado, el indio era propietario de un buen ranchito
limpio y con un lindo pedazo de campo. Sobre el suelo de tierra
apisonada montamos nuestra tienda de dormir, y allí pasamos la
noche bastante mejor que en la mugrienta posada de Cocuy.
El lunes 23 de julio partimos muy de mañana, y subiendo por unas
bien cultivadas laderas nos encaminamosporeí Este hacia nuestro
objetivo. A las amenas faldas del monte sucedió pronto un pelado
valle de altura, que debe ser donde penetró en la edad glaciar la
lengua del gran nevero del Cocuy. Hacia el atardecer, el valle se
abrió allí arriba tras una especie de garganta, y a derecha e
izquierda vimos claramente las enormes huellas dedos morrenas
laterales de gigantesca amplitud, las cuales llevan hasta el macizo
que todavía se esconde a nuestra vista. De todas partes bajaban
corrientes de agua, y hacia nosotros se precipitaba sonoramente un
impetuoso yya profundo arroyo, que, de cruzarlo con las
caballerías, no hubiera dejado de ofrecernos algún riesgo.
Decidimos, por tanto, acampar alli a 3.835 metros de altitud, si
bien mi deseo hubiera sido establecernos aún más arriba.
Pronto estuvo montada nuestra tienda y mientras sepreparaba la
colación, tuvimos ocasión de contemplar el paisaje a los reflejos
del sol poniente. Estábamos en el límite de la vegetación. Todo lo
que rebasaba nuestra altura se alzaba rígido, gris y sin vida hacia
el firmamento. La Naturaleza es aquí de lo más distinto a como se
presenta en nuestras montañas en el punto de arran que de los
glaciares. En los Alpes, en tiempo de verano, reina en su máxima
actividad la vida de los insectos. Las grajillas alpinas
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cruzan el aire claro, y las flores que brotan en los altos valles
de montaña y hasta entre las morrenas, no tienen nada que se les
compare en la intensidad de sus tonos y en la gracia de sus formas.
Aqui en cambio, no vive pájaro alguno. El cóndor, tan a menudo
nombrado por los poetas, no lo he visto jamás en mis expediciones.
Los insectos, parece que no encuentran morada grata en un aire tan
fino. Hasta la mosca falta. Mezquinos carrizos y espartos crecen
entre las piedras. De nuestras bellas flores alpinas no aparecen ni
rastro. Sólo elfrailejón, planta de largo tallo y hojas enteramente
cubiertas de una bellosidad lanosa, se presentaba en enormes
ejemplares de hasta tzes metros de altura. Es un vegetal muy típico
del paisaje de la cordillera. En aquel melancólico ambiente, los
frailejones parecían turbas de penitentes peregrinos escalando
lentamente la montaña. En Suiza, desde cualquier casita de las
estribaciones de los Alpes, miramos a nuestros pies a menos pastos
de altura y laderas verdes; aqui el panorama de los valles es
inmenso, pero frío y sin colores. La pared rocosa que nos protegía
me hacía recordar, por su altura y su escarpado descenso, las
pendientes del Valle Lauterbrunnen. Todo tomaba proporciones
colosales; la quietud que reinaba en torno nos oprimía. Anocheció.
Empezaron a surgir estrellas de tremenda claridad, veladas a cada
instante por lo girones de nubes que se movían azotados hacia
Occidente, para volver a fascinarnos luego con su brillo. Revisamos
las estacas de nuestra tienda, agitada temblemente por el vendaval
que se desencadenaba. Por fin nos acostamos. A causa del viento, la
noche fue fría. Pero el termómetro no bajó de los tres grados sobre
el punto de congelación.
El naciente día había de servirnos para la exploración del
terreno, exploración que, si el tiempo lo permitía, esperábamos
llevar lo mas lejos posible, pues aquí no se cuenta de continuo con
días buenos, y el montañero debe estar siemp re listo para actuar
inmediatamente. A los caballos los habíamos llevado unos quinientos
metros valle abajo, abandonándolos a su destino en unos pobres
pastos que allí había. La tienda y los víveres los dejamos como
estaban, pues hasta allá arriba no iba a llegar persona alguna.
Seguidamente ascendimos los cinco hasta la morrena principal del
helero. Unas tres horas invertimos todavía hasta llegara la primera
mancha de nieve, que estaba a 4.350 metros. Marco controlaba a cada
momento la altitud, y fue delicioso contemplar su fascinación al
tener el primer encuentro con la nieve. Por la noche había caído
una nueva nevada y el tiempo no era bueno. Por horas crecía el
ímpetu del temporal. Nuestros indios retrocedieron medio helados de
frío, y el bueno de Marco casi tenía lágrimas en los ojos al darme
la mano. Por una grieta glaciar queríamos llegar por el Sur al
ventisquero principal. A cada paso nos hundíamos hasta la rodilla
en la movediza capa de nieve. Un viento huracanado nos lanzaba al
rostro hirientes fragmentos de hielo. De cuando en cuando teníamos
que volvernos de espalda para tomar aliento. Envueltos en espesa
niebla, al cabo de una hora nos dimos cuenta de lo inútil de
nuestro propósito y, con gran dolor de nuestro corazón, hubimos de
renunciar. En el abrigado campamento nos secamos rápidamente, y
prontopudimos recuperarnos con la ayuda de leche condensada
‘Nestlé” y “Ovomaltina “.
Al día siguiente nos lanzamos de nuevo a la empresa. Weber
luchaba en vano con el mal de altura. Al cabo de dos horas hubo
dedarseporvencido, también con gran pesarde mi parte. Subi pues,
yo solo para reconocer el ascenso por el flanco Norte. Pronto
llegué a un campo de morrenas como jamás lo había visto, tanto por
su extensión como por el tamaño de los bloques. Seguíescalando más
y más y llegué a los 4.600 metros, al punto donde el hielo
empezaba a presentarse en masas compactas y a donde permitía la
subida un saliente de dura roca con bellas quebraduras
(¿andesita?). Todavía una pequeña escalada, y me hallé en una
especie de horquillaformada por la roca, mirando asombrado allá
abajo un abismo no visto todavía por ojos humanos y cuya
profundidad me ocultaban las nieblas que desde los llanos se
precipitaban hacia los montes. Cedió la tensión de mis nervios. De
súbito me acometió una sensación de angustia.
Era ya la una del día. Tuve que regresar a todaprisaypofler un
grandísimo cuidado para no errar la dirección y recordar
exactamente el camino a fines de un nuevo ascenso. Nada tan fácil
para quebrarse una pierna como andar saltando entre la confusión de
las morrenas, de bloque en bloque, tan pronto sobre lisas
superficies como sobre afiladas aristas. Si resbalaba y me
dislocaba un pie, moriría de inanición allí arriba, pues ninguno de
mis compañeros tenía idea del sitio hacia donde yo había subido. Ya
avanzada la tarde, me encontraba de nuevo en el campamento. Weber
había regresado hacía algún tiempo yse encontraba mejor. Le
expliqué la ideal subida que había hallado, y luego comencé a hacer
todos los preparativos para el tercero y último intento.
El 26 de julio nos levantamos a las tres de la mañana, y a eso
de las cuatro cruzamos felizmente, al mezquino resplandorde un
farol de mano y con algún violento palpitar de nuestros corazones,
el impetuoso arroyo ya mencionado. El tiempo había mejorado. El
viento persistía, pero la noche era clara y estrellada. En el
campamento el termómetro no había descendido por bajo de cero. Como
ya conocíamos bien la morrena, ascendimos muy rápidamente ayudados
por el fresco de la mañana. Yo me encontraba muy satisfecho, pues
notaba ya que el corazón, al cabo de aquellos tres días, se había
adaptado bien a la altura. Hacia las cinco y media empezó a
colorearse lentamente el cieloygozamos de nuevo el siempre
conmovedor espectáculo de las cumbres nevadas enrojeciendo al
brillo del sol. A las siete nos encontrá hamos ya en el punto de
arran que para el ascenso, a 4.600 metros de altitud.
Desgraciadamente habíamos dejado abajo el termómetro. Nuestras
manos se hallaban entumecidas por el frío y calculamos los 4
grados bajo cero. Al ver que la escarcha soportaba nuestro peso y
que teníamos suficiente tiempo, hicimos un alto para tomar
fuerzas.
Alegres y animosos, nos atamos las cuerdas de escalada, y a eso
de las ocho comenzamos a trepar. El primer corte escarpado lo
tomamos en zig-zag. Luego resultó más fácil. Pero la delgadez del
aire hacía jadear para tomar aliento, ypor eso hacíamos paradas de
cuando en cuando. Seguíamos la divisoria de la cumbrepara
asegurarnos de los posibles y peligrosos rebordes de nieve. Todo
salió perfectamente. Algo después de las diez y luego de haber
superado el último trozo empinado —más fácilmente, por cierto,
de lo que pudiéramos esperar— está hamos sobre la cima del
Cocuy. Nos dimos las manos con victoriosa alegría. ¡Eramos
losprimeros! Aquí arriba no había estado antes de ahora persona
alguna ni gozado de aquel grandioso panorama. Nadie había palpado
con los ojos aquellas inmensas lejanías, nadie había experimentado
sobre esta montaña la fuerza omnqz’otente de la
Naturaleza.
Pasada la primera sensación de triunfo, persistía, sin embargo,
en nosotros, el asombro ante la imponente y no esperada
perspectiva. Mientras subía mos, nuestro monte había ocultado la
vista de seis o más cumbres, todas las cuales alcanzarían, sin
duda, los 5.000 mii metros, en caso de que estuviéramos realmente
sobre una montaña de esa misma altura. El Nevado del Cocuy se
extiende en una longitud que puede cacularse en, por lo menos, 15
kilómetros, de Sur a Norte, en el extremo flanco Este de la
Cordillera Oriental. Esta montaña, no obstante, es del todo
desconocida para la mayor parte de los colombianos. La situación y
belleza que la distinguen resultan tan impresionantes debido a que
la pared oriental del monte se precipita en escarpado declive
sobre tierra caliente y en una altura de, sin duda, más de mil
metros. Fue imposible un cálculo mas exacto, a causa de los jirones
de niebla que, como un fantástico y enfurecido ejército., trepaban
de continuo por las laderas. Aquí y allá, en tanto, veíamos surgir
en el fondo del abismo trozos de negra selva virgen. Por el
Sudeste, la cresta del monte descendía ante nosotros para, bastante
lejos, eleva rse a un monte casi más alto todavía, que en agudo
triángulo introduce en los Llanos su poderoso bastión. Nuestro
anhelo máximo era acometer la próxima vez el ascenso a aquella
última avanzada. A ésta sigue por el Sur una formidable pared que
recuerda al Breithorn, cerca de Zermatt. A continuación se levanta
otra molegigantescay, retrocediendo algo, el bellísimo Púlpito, con
su regia ‘Pila bautismal” de granito como colocada sobre
el hielo. Al Norte se abre el abismo más espantoso. Tendiendo la
vista por encima de él, nos encontramosfrente a otra ingente
montaña, que, sin embargo, resulta más fácil de escalar. No puede
decirse lo mismo de una escarpada pirámide de hielo —a la que,
para diferenciarla, denominemos “el Matterhorn de los Andes
‘ -, pues este monte parece desde lejos muy dificultoso por
todo lado. Más allá siguen formas de menor relieve que van
perdiéndose lentamente hasta fundirse hacia el Norte con la
niebla.
Hacia Occidente, la más fabulosa lejanía que me ha ofrecido
jamás la Naturaleza. Nadase interpone a la mirada. Allá abajo, en
lo profundo, yacían a nuestros pies las morrenas y pulimentos
glaciares de la enorme entrada rocosa. Más atrás se iban
articulando lentamente sierras y laderas, formando valles, abriendo
barrancas. Yarriba la quietud de un inmenso mar de nubes sobre el
que, a cientos de kilómetros, se destacaban delicadas, espumosas,
con irreal belleza, las ondulantes cimas de la Cordillera Central.
Al Sur oeste y al Sur, en cambio, se perdía toda posible medida
o referencia en un continuo océano de nubes.
No permanecimos allí mucho tiempo. La prudencia exigía el rápido
retorno. Pupila, bebe lo que las pestañas retienen. Alma, prepárate
a la despedida. Memoria, graba en tí imborrablemente toda esta
magnificencia. Espíritu, da gracias al Creador que te concedió
vivir esta dicha.
El regreso transcurrió bien. En Colombia hay que tomar con
tranquilidad las inevitables sorpresas de los viajes, hasta cuando
haya deperderse un día entero.
Con esta descripción he pretendido mostrar la forma tan distinta
en que tiene lugar un ascenso a las lejanas montañas tropicales. El
entrenamiento previo es allí casi más importante que en nuestro
país, pues la pobreza de oxígeno de aquel aire impone
extraordinarios esfuerzos al corazón y a los pulmones. Además es
muy necesario conocer el país y la gente para poder organizar
convenientemente la marcha de aproximación hacia el objetivo del
ascenso. Es preciso también disponer de mucho tiempo y elegir un
buen día entre la cadena de las inestables circunstancias
atmosféricas. No contándose con albergue ninguno como base de la
expedición, hay que llevar consigo, en cantidad, víveres, vestidos
y mantas, pues, una vez mojadas, las ropas secan difícilmente, y en
aquellas alturas no hay que pensar en hallar leña por ninguna
parte. Caballerías e impedimenta le roban a uno la movilidad y no
es posible acercarse tanto como en nuestra tierra a la montaña que
se trata de coronar. En cambio, me parece que allí es mucho menor
el frío en las zonas heladas, de modo que el vivac resulta menos
dificultoso. Los recorridos, eso si son más largos. Las bellezas
son de mayor grandiosidad, pero la Naturaleza se presenta más
cerrada y grave. Lo único que permanece iguales el amor, el amor
conmovedoramente intenso que despiertan en nosotros las
montañas.
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El grajo de montaña o
|P
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|rocorax (N. del
T.). (regresar*)
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