En el tráfico de pasajeros, la tercera clase va siempre llena en
todo el país. Cuando en los días de mercado se lanza sobre los
trenes un revuelto énjambre de indios e indias de las clases más
pobres para trasladarse a las ciudades, especialmente a Bogotá, uno
se pregunta a menudo con preocupación qué negocios de tanta
urgencia tendrán que resolver allí esas gentes. Ho ras y horas
permanecen sentados, hacinándose en angostos bancos, o se apiñan
sobre estribos y plataformas, en verdaderos racimos humanos. La
incomodidad no les afecta; mudos, van mirando a la lejanía y viajan
como niños, llenándose de gozo ante el más mínimo
acontecimiento.
Con extraordinaria rapidez, el auto ha sabido imponerse también
en Colombia al lado del ferrocarril. El avance triunfal logrado
aquípor este vehículo es algo que raya en lo increíble. Hace veinte
años llegó el primer auto, arrastrado por cargadores, hasta la
altiplanicie de Bogotá. Hace sólo diez años había en la capital muy
pocos automóviles particulares, y hace tres años estos carruajes
tenían que ser transportados aún hasta Bogotá por medio del
ferrocarril, pues no había carretera hasta el Magdalena. Hoy día se
mueven, sólo en Bogotá, más de mil autos (entre los de turismo y
camiones). En todo el resto del país, la importación aumentó
igualmente, de tal modo que la construcción de carreteras,
descuidada durante decenios, ha tenido que ser acometida ahora con
la máxima energía. Todo propietario de auto, lo mismo si disponía
de un coche de lujo que de un Ford barato, exigía poder viajar en
él a donde fuese. El Gobierno del país y los de los departamentos
hubieron de ceder a la general demanda y construir carreteras por
todas partes. Pero, por desgracia, se cometen las mismas faltas que
con los ferrocarriles, o sea el proceder sin planes fijos y sin
concentración del esfuerzo. Si lo que falta es dinero o paciencia,
parece difícil de precisar. Pero una cosa es segura: en todas estas
carreterasfalta la conveniente estructura del piso, y, para llegar
más rápidamente al término del recorrido, las curvas son demasiado
cerradas y las cuestas demasiado pendientes. La nueva carretera se
abre inmediatamente al tráfico, hasta que, por lo común, la próxima
estación de lluvias se encarga de interrumpirla circulación; sólo
al cabo de años se obtiene la conveniente solidez del fundamento.
Así acontece que los camiones de cinco toneladas, sólo en los
trayectos llanos están libres del riesgo de hundirse en el suelo. A
pesar de ello, se ve por todas partes un movidísimo tráfico de
camiones, lo cual prueba que muchas regiones del país se hallaban
tan aisladas sólo a causa de lafalta de buenas carreteras. Es un
hecho, sin embargo, que la comunicación con comarcas lejanas que,
gracias al nuevo enlace, pueden llevar a la capital sus productos,
no ha mejorado en nada los precios de la cara vida de Bogotá. Por
una parte, la mayor facilidad de tráfico crea también entre el
público mayores necesidades, y por otra parte, el incremento de
producción es absorbido por la población urbana en rápido
crecimiento.
Hasta hace unos pocos años, los buenos caballos y mulas eran
imprescindibles para el viajero; en interés de éste compiten hoy
día en muchos lugares el ferrocarril y el automóvil. En este joven
país se halla en plena actividad la pugna entre el carril y la
carretera. La gente se lanza aquí a las innovaciones con un
entusiasmo libre de todo prejuicio, y no frenado tampoco por la
preocupación de que pudieran desvalorizarse antiguas inversiones de
dinero. La jubilosa acogida que a todo lo nuevo dispensa este
pueblo, apenas contenido por el peso de las tradiciones, es
también, acaso, un fenómeno propio del clima tropical, pues parece
como si su monotonía despertara en el hombre el afán de cambios,
poniendo en su vida y quehaceres una cierta inquietud e
inconstancia.
Como conductor de automóviles, el colombiano se caracteriza en
generalpor su rapidez de reacción y su gran audacia. Pero suele
exigir excesivo rendimiento del motor y de todo el
vehículo, pues no posee el necesario conocimiento de sus últimos
detalles técnicos.
En una ojeada general a la situación económica de Colombia, es
tan obligado referirse a la “Sociedad Colombo-Alemana de
Transportes Aéreos” como cuando se describe el viaje al
interior en efecto, no existe duda alguna de que esa sociedad
colombo-alemana de aviación ha superado ampliamente con su
actividad el marco de una institución dedicada únicamente a
facilitar el tráfico, pudiendo decirse que presta grandes servicios
a todo el país en el aspecto político y económico. El enlace aéreo
es el que realmente ha acercado entre sí a las distintas partes de
la nación. El Gobierno está ahora en condiciones, desde su sede de
Bogotá, de establecer contacto con las autoridades de los lugares
más alejados, hallándose al tanto de todos los acontecimientos
mediante directa información. A la inversa, la capital del país,
situada antes en desconocida lejanía, se ha aproximado al mundo y
ambiente del resto de la nación. De este modo, no sólo se ha
robustecido la conciencia de unidad y hermandad dentro del estado,
sino que se ha desarrollado también en un sentido de los beneficios
y necesidad de la paz en el país. Tampoco en el dominio económico
las ventajas obtenidas por Colombia en la aviación se reducen a la
rápida y puntual distribución del correo. Un ejemplo en este
sentido lo constituyen los envíos de oroy valores de todas clases,
que los bancos, hasta ahora, açostumbraban a realizar con la
menorfrecuencia posible, y que hoy día, con la ayuda de los
aviones, pueden practicar más sencilla y económicamente. Con ello
consiguieron los bancos de la ciudad mayor libertad de movimiento;
en especial los nacionales (entre los que hay que citar a este
respecto el Banco de la República, el Banco de Bogotá y el Banco de
Colombia) acreditaron lo dicho con la fundación de numerosas
sucursales en las ciudades comerciales de los departamentos del
Norte y del Oeste del país. Si bien tales fenómenos deben
atribuirse en primer término al favorable desarrollo general, no
puede tampoco discutirse que los principales círculos bancarios se
han visto animados a ampliar sus actividades en virtud de la
seguridad de poder contar con la correcta entrega y recibo de
valores gracias a las comunicaciones aéreas. Esta confianza en la
seguridad y garantías del servicio aéreo se manifiesta de modo
parecido en la actitud de las compañías de seguros, éstas han
reducido notablemente las primas para coreo aéreo en comparación
con las tasas para envíos normales. Hay que anotar finalmente que
hoy vienen a Bogotá, para tomar parte en negociaciones sobre
grandes empréstitos, importantes hombres definanzas del exterior
los cuales, antes de introducidos los vuelos, no hubieran tenido
tiempo para el fatigoso viaje hasta el interior del país. A causa
de lo dicho, Colombia ha podido repetidas veces, obtener sus
empréstitos en mejores condiciones. También para los pequeños
comerciantes resulta de la utilización del servicio aéreo la no
desdeñable ventaja de que los pagos a ultramar se les abonan en
cuenta por el destinatario una semana antes, con lo que se
disminuyen los recargos.
Todas estas favorables repercusiones de lás actividades de la
“Sociedad Colombo-Alemana de Transportes Aéreos” sobre la
situación económica de Colombia no pueden expresarse, ciertamente,
en valores monetarios concretos; pero hacen sensibles de una manera
tan viva, que la Sociedad en cuestión ha sido declarada ya por el
Gobierno empresa de utilidad pública, gozando una general e
ilimitada confianza.
De todo lo dicho se desprende que sólo en los últimos años se ha
iniciado en su pleno vigor el desarrollo económico de Colombia. El
año 1920 encontré allí la situación casi a idéntico nivel que el
descrito por nuestro padre en El Dorado. Si bien el país se halla
algo más cultivado y su población es más densa, las encantadoras
estampas que se contemplan en los viajes y correrías son iguales a
las de entonces. También el carácter de los habitantes, sobre todo
en las comarcas apartadas, sigue siendo a grandes rasgos el mismo.
Pero en las ciudades se va abriendo brecha de continuo en las
viejas costumbres y tradiciones, y esto se refiere especialmente a
la costa, donde las peculiaridades regionales ceden más fácilmente
al influjo exterior. También en el aspecto espiritual y cultural se
puede observar la misma adaptación. Antes, un viaje a Europa solía
ser para el colombiano la consumación del sueño de su vida y
significaba para él un renacer a la cultura. Los Estados Unidos no
entraban entonces en cuenta como meta de viaje, pues antes que nada
se quería dar testimonio de descendencia de la Europa románica,
España en primer lugar. Hoy, sin embargo, es otra clase de
colombianos la que viaja, y a éstos les es indiferente dirigirse al
Viejo Mundo o a los Estados Unidos. Los que buscan la relación con
la metrópoli de antaño, o sencillamente con el viejo patrimonio
cultural, se encuentran hoy en franca minoría. Los demás viajan
tras de superficiales diversiones o bien tratan de alcanzar, por
medio de nuevos contactos, las inherentes ventajas en los
negocios.
Pero esta frecuencia en los viajes tiene taml~ién grandes
desventajas desde el punto de vista de la Economía Política. Una
extraordinaria cantidad de colombianos abandonan de continuo su
patria para gastar más a gusto el dinero en el exterior. En
Colombia, realmente, se ha elevado mucho el costo de vida, pues en
tal sentido operan el proteccionismo aduanero, la fuerte unidad
monetaria, el rápido crecimiento de la población y el éxodo rural a
las capitales. Precisamente la permanencia en el extranjero de las
clases dotadas de alto poder adquisitivo representa a la larga un
peligro para el cap ital nacional; ese peligro es tanto mayorpor
cuanto faltan datos numéricos y, por tal causa, no se puede
prevenir pública mente sobre las consecuencias. Estos dineros,
disipados improductivamente y sin provecho apreciable, le hacen
harta falta a Colombia para su progreso, y en tal sentido no puede
callarse frente a los colombianos ricos el reproche de estar
prefiriendo su propio bienestar a la prosperidad de la patria.
Parecido desdén por la conservación del patrimonio del Estado
puede advertirse también en la administración pública, si bien hay
que conceder que en Colombia la formación de capital nuevo se
produce de modo más fácil que en el Viejo Mundo. Sin profunda
reflexión, los círculos responsables han contado, durante los
últimos años, con un constante aumento de los ingresos del Estado y
con una permanente facilidad en Nueva York. Una disminución
relativamente pequeña en los ingresos de aduanas o un
anquilosamiento en el mercado monetario tiene que trastornar el
equilibrio de la economía estatal. En este aspecto llama
especialmente la atención del europeo la forma en que el colombiano
cree en la altruista amistad del socio capitalista norteamericano;
nosotros, en cambio, aprendimos en la época de posguerra que la
amistad, incluso la de la nación más rica, se acaba tan pronto como
hay que hablar de prórrogas o condonaciones. Tampoco Colombia se
librará de esta amarga enseñanza, y ya se hacen sensibles los
presagios de una nueva y dura crisis.
Entre los extranjeros residentes en Colombia se halla muy
extendida la opinión de que la vinculación demasiado estrecha a los
Estados Unidos podría significar un riesgo para la independencia
económica del país. Cuando hace algunos años se halló petróleo en
Colombia, fue muy llamativo cómo comenzó a aflojarse la mano en
Wall Street.
En todos los países donde se encuentra petróleo, la historia de
la explotación se desarrolla de manera parecida. Por ello, y
también para el caso de Colombia, basta la comprobación de que la
gran riqueza no sólo suele atraer amigos desinteresados. Los
únicos yacimientos petrolíferos explotados hasta ahora en gran
escala se hallan en Barranca-Bermeja, junto al Magdalena, a unos
800 kilómetros de la costa atlántica. Los campos petrolíferos
pertenecen a los norteamericanos, que han construido un oleoducto a
través de la selva y las llanuras, incluso cruzando por debajo del
Magdalena, hasta el puerto de Cartagena, con el fin de poder cargar
directamente el petróleo en los buques cisternas. A pesar de estas
costosas instalaciones, Colombia ocupa todavía un puesto muy
secundario en la producción mundial de petróleo. Parece, sin
embargo, que hay muchos yacimientos esperando la explotación y que
el capital internacional está pendiente tan sólo de que el
parlamento colombiano de sobre el particular una legislación que le
acomode. Los aspectos jurídicos de los pozos de petróleo requieren
más exacta reglamentación cuando el petróleo aparece en terrenos
baldíos de los pertenecientes al Estado, éste declara de su
propiedad los yacimientos respectivos. Ello es aplicable, por
ejemplo, a las extensas zonas del golfo de Urabá entre Cartagena y
Colón. Pero, aparte de lo dicho, los departamentos, al igual que
los propietarios particulares, pueden, según la legislación
vigente, extender a tercera persona concesiones de petróleos sobre
las respectivas propiedades y en las condiciones que deseen. A este
respecto, no obstante, el Gobierno Nacional, apoyado por toda la
opinión pública, desea asegurar al Estado determinadas facultades
de control, junto con el derecho al cobro de contribuciones. Pero
todavía está por ver si los patrióticos deseos de los colombianos
serán más fuertes que las intenciones de quienes defienden una
ilimitada libertad de acción, privada e internacional.
Viva luz arrojó sobre esta lucha de los más diversos intereses
el incidente de la llamada “Concesión Barco” (septiembre
de 1928), que como hecho significativo reclama una breve
referencia. En el siglo pasado se habían adjudicado al general
Barco, colombiano, grandes extensiones de terreno del departamento
de Santander del Norte en calidad de concesión por servicios
prestados. Con el tiempo, los derechos de esa concesión fueron a
parar a manos de norteamericanas, pero sin que se hubiera efectuado
la explotación legalmente establecida. La Corte Suprema de Bogotá
declaró vencida la concesión yen consecuencia, autorizó al Estado
pa ra disponer a su arbitrio de las riquezas petrolfferas de
aquellas tierras. Pero como los concesionarios norteamericanos
tenían estrecha relación con el Secretario de Estado Mellon, la
sentencia dio lugar a una “consulta inoficial “departe
del Ministro norteamericano en Bogotá, la cual fue unánimemente
considerada como inadmisible intromisión en los derechos de la
soberanía de Colombia. El país no ha llegado todavía a una opinión
fija sobre si es mejor atraer el capital extranjero mediante una
amplia legislación sobre petróleos, produciendo así el bienestar
exterior o si resultaría preferible proceder prudentemente
acentuando deforma marcada el punto de vista nacional y asegurando
al Estado una participación adecuada en la explotación. Para
aclarar la situación, el gobierno colombiano ha hecho venir de
Inglaterra un especialista en cuestiones petroleras, el cual deberá
estudiar sobre el terreno todas las circunstancias y elaborar las
oportunas propuestas para la ulterior legislación sobre el
particular. La “Standard Oil Co.” ve en esta medida no
más que un ataque de la “Royal Dutch Shell” que quiere
afianzarse en Colombia y, de paso, pescar en río revuelto. Los
hombres de Estado de Bogotá se encuentran hoy en situación poco
envidiable, pues para hacer una política de petróleos
verdaderamente nacional les faltan los medios económicos
independientes, con lo cual desaparece también la confianza en las
propias fuerzas.
En medio de la lucha por el predominio en las cuestiones del
petróleo en Colombia, hombres de finanzas que parecen tener
relación próxima con el Departamento norteamericano de Comercio han
recomendado públicamente guardarse de facilitar a Colombia nuevas
sumas de dinero. Por desgracia, es preciso dar la razón a los
autores del escrito en el sentido de que Colombia ha forzado
excesivamente su crédito. No obstante, el momento del aviso se
consideró inoportuno, y el aviso mismo fue interpretado como un
intento de intimidación. Si las leyes sobre petróleos, ahora en
embrión, se orientan según puntos de vista muy nacionales, parece
que la favorable disposición de los Estados Unidos en cuanto a
empréstitos se tornará súbitamente en la actitud contraria. La
desilusión que se ha manifestado en la opinión pública de Colombia
como consecuencia de esa convicción tiene, a su vez, aspectos
favorables. En efecto, se ha comprendido que la continua
utilización defondos ajenos lleva en sígra ves riesgos para la
autonomía económica, hasta en el caso de un país de tantas riquezas
naturales como Colombia.
Realizando un examen del Gobierno Nacional de Colombia, resulta
que el actual gobierno y su labor administrativa son merecedores de
una incondicional confianza. Los gastos de las misiones en el
extranjero, así como el presupuesto del ejército se mantienen en
una justa proporción respecto de los gastos de instrucción,
agricultura y, en especial, obras públicas. En cambio, se ha
demostrado que todas las empresas e industrias propias le salen al
Estado demasiado caras. Parece haber tenido éxito una gran campaña
de prensa contra todas las empresas estatales de esa especie. Los
trabajos de construcción considerados como urgentes, en especial
las líneasférreas de mayor importancia, se confiaron desde ahora a
empresas del país y extranjeras, reservándose el Estado tan sólo
ciertos derechos de control o inspección. Con la incorporación de
la industria privada para la ejecución de obras públicas, se espera
también ver más rápidamente convertidos en valores productivos los
medios económicos empleados.
Debiera ser ya tiempo de que Europa llegara a decidir si va a
tomar parte activa en el desarrollo económico de Colombia. A ese
respecto hemos de anotar aquí que el Gobierno se comporta muy leal
y correctamente en la adjudicación de trabajos a extranjeros. Es
cierto que en los contratos y licitaciones públicas se ponen a
menudo condiciones que podrían desanimar a los interesados. Pero si
se considera con cuánta frecuencia empresas desaprensivas han
abusado de la confianza del país durante los últimos cuarenta años
no es para sorprenderse ante eventuales medidas de protección que
resulten algo mezquinas. Mas una vez suscrito el respectivo
contrato, éste es cumplido en todo lo posible por el Gobierno. Asi
repetidamente, ha aceptado la solución enfavorde los empresarios en
casos de fuerza mayor, siempre y cuando ha llegado a la convicción
de que aquéllos se esforzaron en servir honradamente al país.
Portal motivo, puede recomendarse, tanto al mundo de las finanzas
como a las empresas industriales, tomar parte en las licitaciones o
concursos del Gobierno colombiano. De esta manera lo europeo podría
volver a tener en Colombia más validez e influencia. El colombiano
sabe agradecer siempre un trabajo bien realizado, y al llegar la
hora de hacer nuevos encargos o pedidos se acuerda de los
proveedores y empresarios acreditados ya por su anterior
servicio.
En este resumen económico deben figurar también algunas
observaciones generales sobre la inmigración a Colombia. Es cosa
comprensible que la joven república, con sólo siete millones de
habitantes sobre un inmenso territorio, mire con simpatía el
movimiento de inmigración. Pero, por desgracia, no basta de por sí
la buena voluntad de las autoridades para regular metódicamente la
afluencia extranjera y ahorrar a los inmigrantes las decepciones
naturales ante una deficiente previsión. Precisamente el loable
afán de atraer al país buena inmigración, lleva a los colombianos a
hacer, de modo frecuente y espontáneo, descripciones muy optimistas
de la situación y perspectivas dé los nuevos residentes. Ante
todo, es cosa cierta que Colombia no ejerce nunca sobre el
excedente de población europea el mismo atractivo de, por ejemplo,
la Argentina o el Canadá, pues el clima tropical pone ya
determinados límites a la raza blanca. Los emigrantes a Colombia,
en especial granjeros y agricultores, deben hacerse reconocer en
primer lugar porfacultativos para que éstos determinen su capacidad
de resistencia para la vida en los trópicos. Si luego se informan
sobre las leyes de inmigración y demás posibilidades, lo cual puede
hacer en las oficinas de propaganda establecidas por Colombia en
Londres, París, Hamburgo, Barcelona Nueva York, y si a base de los
datos recibidos se deciden a emprender el viaje, deberían
prepararse aún prudentemente para sorpresas como las que siguen:
Las localidades portuarias no están realmente acondicionadas
para la recepción de emigrantes. Tampoco hay nadie allí que se
encuentre encargado de atender especialmente, y ayudarles para
continuar viaje hacia el interior, a los recién llegados que no
conocen el español y que se ven desorientados con toda
su hacienda a cuestas. La inevitable permanencia en la costa
colombiana en el más caluroso clima tropical—que sólo resulta
soportable mediante el máximo confort y con una forma de vida
adaptada a normas de salubridad— es algo muy costoso, y
consume tal vez los últimos ahorros del inmigrante. Pero el trozo
de tierra a cuya asignación tiene derecho según ley, se encuentra
en un lugar cualquiera, a días o semanas de camino desde la costa,
allí en el interior del país. Esa tierra debe ser jalonada y
roturada por el nuevo fin quero antes de que legalmente pase a ser
de su propiedad; y tales trabajos, como es sabido, resultan muy
duros para el europeo no acostumbrado a ellos. Cuando, porfin, y
tras grandes sacrificios de tiempo y dinero, han sido superadas
también dichas dificultades, suele resultar que la gran distancia
desde la colonia hasta la próxima aldea y, sobre todo, la falta de
carreteras practicables, excluyen la posibilidad de vender
ventajosa mente los productos agrícolas. Pese a que el suelo, muy
fértil en casi todas partes, suele dar abundante cosecha, y pese a
que el fin quero, por esa razón, gana pronto lo necesario para
mantenerse él y su familia, encuentra dificultades para vender el
sobrante de lo producido y mejorar así económicamente.
Estas referencias llevan por sí mismas a la conclusión de que la
inmigración a Colombia sólo tiene sentido hoy día para aquellos
colonizadores que en su patria han vivido hasta ahora en las más
desfavorables condiciones. Puede ser que a ellos les baste la
perspectiva de poseer tierra y casa en un Estado libre, en un país
del futuro, a cambio de aceptar voluntariamente el aislamiento del
mundo y otras duras privaciones. Mas para agricultores suizos,
alemanes y de países nórdicos, gente con buena instrucción escolar,
las generosas disposiciones de las leyes de inmigración no llegan a
compensar las desventajas enumeradas. Para los labradores que,
además de los conocimientos profesionales, traen consigo algún
capital, existen, sin duda, buenas perspectivas comprando tierra en
la cercanía de las poblaciones y a propietarios particulares, e
implantando una explotación intensiva. En tal caso, lo mismo que a
los comerciantes, artesanos y obreros especializados, puede
sonreírles el éxito si disponen de suficientes medios y energía
para salir adelante en los años, siempre difíciles, de su primera
actividad en el pais.
En la presente ojeada a la situación económica de Colombia se ha
evitado deliberadamente la presentación de simples cifras, que
pronto quedarían superadas, perdiendo así su valor. El discreto
lector podrá resumir su impresión anotando que Colombia es un país
de riquísimo subsuelo y grandes energías hidráulicas y que ofrece
muchas posibilidades. Favorecido por una larga época de paz, ha
penetrado ahora en la etapa decisiva de su desarrollo; pero no
dispone todavía de medios propios en suficiente cantidad para
llevar a cabo rápida y eficazmente todos sus empeños. Así ocurre
que, a causa del arrollador avance en marcha, y también por culpa
de medidas imprudentes, resulta casi inevitable la repetida
aparición de crisis económicas. Pero la superación de tales
contratiempos será siempre posible gracias a la laboriosidad de la
mayor parte de lapoblacióny la progresiva explotación de las
riquezas naturales, de modo que el extranjero establecido en
Colombia puede, tranquilamente, confiar su destino a este país.