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REGRESO A LA PATRIA
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La guerra civil, de la que fui testigo presencial, ejerció por
largo tiempo sobre mí una impresión desalentadora, casi
paralizante. No es que hubiera tomado a pecho las considerables
pérdidas materiales ocasionadas por la voluntaria rescisión de mi
contrato de empleo; más importante era para mi la disensión surgida
con el nuevo ministerio de instrucción, provisto con criterio
ultramontano y bajo el cual yo no podía ni quería seguir ejerciendo
la docencia. La separación fue pacífica, de modo que las relaciones
continuaron siendo de lo más cortés y se me despidió con brillantes
certificados de mi actividad. La perspectiva del regreso a la
patria me resultó luego muy agradable, pues sentía ya nostalgia y
desde antes me hallaba decidido a permanecer en Colombia sólo dos
años más, hasta terminar diversos trabajos que para la Universidad
estaba escribiendo. Había tomado esa decisión a pesar de que el
ministro liberal de instrucción, Borrero, me anticipó en 1885 la
oferta de renovar mi contrato por otros cuatro años. Pero lo que sí
me afectó fue el cambio profundo en la actitud toda de la
Universidad, el destino de los estudiantes, la repentina pérdida de
un círculo de actividades lleiio de resi3onsabilidad y expuesto a
muchos y duros ataques —si bien no de puro carácter
personal—, y tanto más honroso por ello.
No obstante, a fines de diciembre de 1885 dejé sin amargura o
resquemor el país al que con entusiasmo había dedicado mis
energías. ¿No llevaba Suiza casi seiscientos años de autonomía
nacional, en tanto que Colombia, sólo sesenta años después de
su separación de España, se disponía a una vida nacional propia en
medio de muchas más difíciles circunstancias etnográficas y
culturales? Pese a todos los signos contrarios, pese a las guerras
civiles, pronunciamientos, dictaduras y situaciones de anarquía, la
obra del Libertador me parecía algo de carácter duradero; a su
quejoso interrogante de si no habría estado arando en el mar,
respondo yo en forma negativa.
Las repúblicas suramericanas, cuya primera historia es tan
triste y cuya existencia se encuentra tan llena de angustiosos
afanes, entrarán en un más tranquilo estado de desarrollo. El
incremento de la población, la más adecuada mezcla de las tres
razas, la construcción de caminos y vías férreas, la educación de
las masas populares, la razonable división del trabajo, la creación
de un espíritu de empresa que no lo aguarde todo “de la
Providencia y del Gobierno”, determinarán poco a poco estados
de vida más soportables, tanto más si se considera que el amor a la
libertad ha echado ya potentes raíces y que no son raros los
ejemplos de virtud cívica. Notablemente adaptable a las
circunstancias aparece el comercio, que en general se caracteriza
por su sana contextura; apenas ha terminado una guerra civil, y
cuando los extranjeros nos hallamos todavía conmocionados por ella,
se ponen en seguida en nueva actividad el comercio y el tráfico y,
a no ser por la dichosa política, alcanzarían muy pronto un estado
de florecimiento. También las fuerzas propiamente productivas del
país despliegan una redoblada vivacidad. Así —un punto de luz
en el cuadro de conjunto— la creación de nuevas plantaciones
de café y cacao, como la explotación de las minas de oro y plata,
han hecho innegables progresos después de la última gran
revolución. Contratiempos son sólo de temer en el caso de que se
quiera proceder con demasiada rapidez o con excesivas pretensiones.
En ningún lugar como en Suramérica, lo mejor es enemigo de lo
bueno.
En los estados en que no se pueden hacer valer privilegios de
sangre, donde la Naturaleza los excluye, sólo una forma de gobierno
es posible a la larga, la forma democrática; pero ésta es más
difícil de manejar que ninguna otra. En Colombia, las instituciones
democráticas siguen estando sólo en el papel. Las más perfectas
constituciones quedan sin efecto a causa de las malas leyes; la
opinión pública no es todavía un poder. Pero las dictaduras
empiezan a ser ya menos frecuentes. También la mejora de la
situación de las clases inferiores es más fácil de llevar a cabo
que en otros lugares. Pese a que el desarrollo se produce con
intermitencias, pasando, el parecer, repentinamente de lo oscuro a
lo claro, yo no he perdido la fe en el futuro de estos países. Es
más, en el cíclico caminar de la historia, podrían venir otra vez
tiempos en los que la hermandad espiritual de estas repúblicas, a
menudo desestimadas, pero nobles y capaces de sacrificio, esté
llamada a prestar valiosos servicios a Suiza. Colombia es todavía
joven, sin experiencia. Colombia se encuentra en camino, pero el
pueblo en conjunto, el que luchó por su independencia y la
conquistó, es un pueblo caballeroso, noble y hospitalario. En lugar
de la divisa “Libertad y Orden” que figura en el escudo
nacional, y que hoy por hoy no es todavía norma vigente de su vida,
Colombia debería poner estas palabras: “Caminos y
Escuela". Y eso aseguraría su porvenir.
El viaje de regreso lo hice por Honda, Barranquilla, Colón y
Nueva York. En Honda tomé el pequeño tren que lleva hasta el puerto
de Caracolí, situado más abajo de los saltos, desde donde zarpaba
un vaporcito, el “Stephenson Clarke”, apodado
“Quiquiriquí” por su estridente pintada. Uno de mis
estudiantes me había acompañado hasta allí. En cuatro días hicimos
el recorrido por el Magdalena abajo. Las dos primeras noches
el vapor hizo alto a causa de los bancos de arena y de los troncos
que bajan arrastrados por la corriente, y después el viaje continuó
sin interrupción, día y noche; el dormir sobre cubierta, con la
brisa reinante y sin mosquitos, era muy reconfortante. El grupo de
pasajeros era, si cabe, más abigarrado y heterogéneo que en mi
primer viaje por el río. A medida que avanzábamos, nos iban
mostrando los distintos lugares donde los revolucionarios se hablan
aprestado a su última desesperada lucha, así como las tumbas de los
caídos. Esta travesía, por lo demás, fue para mí muy grata, en
contraste con el viaje aguas arriba, pues ahora pude contemplar de
nuevo las excelsas bellezas de la Naturaleza virgen del
Magdalena.
En Barranquilla fui acogido cordialísimamente la noche de año
viejo en casa de mi compatriota Meyerhans, y allí pasé, hasta la
partida del vapor para Colón, algunos días dedicados especialmente
al plácido y confiado reposo, doblemente estimable después de
tantas borrascas. En el mismo tren en que fui desde Barranquilla
hasta la costa viajaban varios revolucionarios, escoltados por
oficiales del ejército, que iban a salir del país para dirigirse al
exilio. Después de una travesía marítima de veintitrés horas a
bordo de un magnífico vapor de la “Royal Mail”, llegamos
a Colón el 12 de enero de 1886, y el vapor atracó en uno de los
enormes muelles en la misma ciudad.
Colón, fundada el año 1851, e insistentemente llamada por los
norteamericanos Aspinwall, del nombre de un rico accionista del
ferrocarril del istmo, se encuentra en la bahía de Limón, en el
ángulo Noroeste de la isla Manzanillo, formada por un banco de
corales. La primera impresión que tuve al desembarcar en este
estupendo puerto, entonces muy movido de tráfico, fue realmente
buena, y ésta se confirmó con el estricto control que de los
cargadores se hacía. Otro era el aspecto que ofrecía la vecina
parte colombiana de la ciudad, que nueve meses antes, el 31 de
marzo de 1885, había sido incendiada durante la guerra civil. Las
tropas del Gobierno, bajo el mando de Ulloa y Brun, atacaron en esa
fecha la pequeña ciudad defendida por los revolucionarios, negros
en su mayoría, comandados por Prestan. Este puso frente a las balas
de los atacantes al cónsul norteamericano ya los oficiales de igual
nacionalidad de los barcos, a quienes había hecho apresar por
negarse a descargar el armamento enviado desde Nueva York. Las
tropas del Gobierno cercaron por ello la ciudad. Esta fue
incendiada entonces por los revolucionarios, originándose un saqueo
general en el que intervino toda la chusma internacional que se
encontraba en Colón, cosa que atestiguaban bien claramente las
muchas cajas de caudales forzadas que por allí se veían. Sólo
cuando la ciudad estaba ya ardiendo, desembarcaron tropas los
buques de guerra norteamericanos, ingleses y franceses. Esas tropas
fusilaban sin más a los delincuentes que sorprendían dedicados al
robo. Seguidamente, ocuparon los norteamericanos toda la línea
férrea a Panamá y no se retiraron hasta la llegada de las tropas
auxiliares del Gobierno llegadas del Cauca a Panamá el primero de
mayo. Antes, los norteamericanos rindieron homenaje a la enseña de
Colombia.
Durante ese primer mes después del incendio, se enseñoreó de
Colón la más espantosa miseria, de tal modo que las gentes que se
quedaron sin techo hubieron de ser acogidas en los barcos, donde se
abasteció de víveres incluso a las tropas colombianas. Mas en la
reconstrucción de la ciudad se procedió con rapidez norteamericana;
un comerciante que conocí había telegrafiado a los Estados Unidos,
todavía durante el incendio, y antes de que quedara reducida a
ceniza la oficina de telégrafos, para encargar el inmediato envio
de madera; otro, aún más astuto, pidió telegráficamente grandes
cantidades de clavos de hierro. Ambos hicieron un negocio que
recompensó espléndidamente su ocurrencia. La parte quemada de la
ciudad se reconstruyó ¿o, pues, a toda prisa y de modo provisional,
con sus almacenes y hoteles, para lo cual en los primitivos
emplazamientos de las casas —hasta el punto en que estos se
podían reconocer— alzaron los propietarios más pudientes
barracas de madera sostenidas sobre postes, formando calles
discontinuas.
Colón es mezcla de civilización y barbarie, de limpieza y
suciedad, de laboriosidad y holgazanería, y las pasiones alcanzan
suma exaltación; hay enorme cantidad de garitos de juegos de azar y
para la venta de bebidas espirituosas. Por la noche hay una bulla
feroz; resuenan detestables y chillonas músicas de baile; en los
numerosos charcos croan las ranas, y se escucha sin cesar el canto
de los grillos.
Una vez en Colón, quise conocer más de cerca toda la anchura del
istmo, atravesarlo y visitar tanto el ferrocarril como los trabajos
del canal. Así que un día me dije: ¡A Panamá!
¡Qué fácilmente se desliza hoy el tráfico en comparación con
otros tiempos! Antaño era necesario meterse hasta Cruces por el río
Chagres, lo que se hacía en angostas canoas, y luego, por horribles
caminos a través de tristes comarcas pantanosas se continuaba en
mula hasta Panamá. El año 1848 fueron descubiertas por nuestro
compatriota Sueter las minas de oro de California, y toda la
caterva de gentes deseosas de aventuras y sedientas de oro comenzó
a afluir a aquel país; entre veinticinco y cuarenta mil hombres
cruzaban año por año el istmo. La inseguridad aumentó de tal manera
que el número de personas asesinadas por criminales asaltantes se
elevó entre 1848 y 1852 a dos o tres mil. Además de esto, la fiebre
amarrilla, el cólera y la disentería hicieron terribles estragos.
Tales circunstancias sugirieron a algunos norteamericanos
emprendedores la idea de construir una línea férrea que cruzara el
istmo, y este se inauguró ya el año
|1855. La obra costó un
número descomunal de víctimas, y no hubiera llegado a coronarse
nunca a no ser por haber traído obreros chinos para la ejecución de
los trabajos. Hoy día se dice que debajo de cada traviesa del
ferrocarril está enterrando un chino.
Con otro compatriota, Baur, que me recibió muy bien, tomamos en
Colón el tren de viajeros, cosa que hicimos en plena calle, pues no
había estación alguna, y nos acomodamos en uno de los bien
ventilados vagones. El tren atravesó el istmo en tres o cuatro
horas. No despachaban billetes de ninguna clase. El empleado iba,
con su cartera de cuero colgada, cobrando a los viajeros de uno en
uno; el precio lo fijaba a su arbitrio en cada caso. Como nosotros
nos apeamos en el trayecto, se nos consideró como habitantes del
istmo, y por ello pagamos una tarifa relativamente baja. Del dinero
recaudado, una parte desaparece en la cartera de cuero, otra parte
en el bolsillo del pantalón del cobrador. Al expresar yo mi asombro
sobre semejante sistema de pago se me explicó que la empresa,
después de larga consideración, lo había estimado como el mejor
método; sabía bien que los empleados se enriquecían de ese modo,
pero si fuera a poner una taquilla en cada estación, tendría que
pagar también mas empleados, y se robaría aún más dinero. Esos
cobradores son tipos sin escrúpulos. Por aquellos días ocurrió que
uno de ellos se enfrentó a un pobre hombre que no quería pagar la
cantidad exigida y, tras breve discusión, le pegó sencillamente un
tiro y echó el cadáver debajo de un banco. Tal cosa, incluso en el
istmo, resultó un tanto fuerte y se detuvo al asesino; pero el día
de la vista de la causa encontraron vacío el
calabozo.
A la salida de Colón y al marchar sobre el continente
propiamente dicho, vimos de lejos la desembocadura, unos 100 metros
de ancho, del canal. Enormes excavadoras, lanzando grandes nubes de
humo, trabajan en aquel fácil primer trecho, ya bastante adentrado
en la tierra. Grandes barcos, cargados con el material extraído,
salían para vaciarlo en el mar. Pasamos por el Cerro del Mono,
“Monkey Hill”, el cementerio de esta región, donde se
halla sepultados miles de obreros del canal. Cruzamos por Mmdi, con
sus colinas de notable interés geológico, y luego, en Gatún,
encontramos al espíritu maléfico del istmo, el río Chagres, que,
alimentado por veintiún afluentes y describiendo los más
enrevesados meandros, lleva al mar las enormes cantidades de agua
de esta parte del istmo. En la estación lluviosa, pero en especial
con los frecuentes aguaceros crece hasta formar uno de los caudales
de mayor ímpetu. Entonces había el gigantesco proyecto de cerrar
mediante un dique la salida del Chagres de la región montuosa, y
luego, por medio de desagües y canales laterales, dar suelta poco a
poco hacia el mar al agua allí estancada.
Veíamos por todas partes máquinas, locomotoras, carretones,
rieles, traviesas, herramientas apiladas, numerosos locomóviles y
extractoras en funcionamiento. Se habían tendido líneas férreas
—ramales y trechos auxiliares— en una extensión de red de
350 kilómetros de vía ancha y 200 kilómetros de vía estrecha. Hasta
unos cien metros a ambos lados del ferrocarril se había talado la
selva. A lo largo de toda la línea se veían muchas cabañas y
plantaciones. Las tropas de administración del ejército de obreros
estaban constituidas en su mayor parte por chinos. Los pueblos de
trabajadores,
|campamentos, se habían construido
preferentemente en los sitios más altos y sanos. Así llegamos a las
tres alturas de San Pablo, a Mamei, a lugares con extraños nombres
como Gorgona, Matachín (“Muerte del
chino")
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(*)
hasta la
región del río Obispo, y después a Emperador y al macizo rocoso
junto a Culebra, que la vía atraviesa en un boquete de 80 metros y
donde se hallaba previsto otro corte de 87 metros para el canal.
Probablemente se había desmontado ya mucho en aquella altura. Desde
allí, pasando por Paraíso y Pedro Miguel, se descendía a un hermoso
valle, para llegar por fin a Panamá.
Panamá (temperatura media 27C) contaba entonces unas 25.000
almas y se hallaba en etapa de crecimiento. Fue la primera ciudad
del continente y la fundó en 1519 Pedro Arias Dávila. Como en ella
se suponían almacenados los tesoros traídos del Perú por los
españoles, fue frecuentemente atacada por piratas. El célebre
Morgan la redujo a cenizas el año 1671; trasladado su emplazamiento
al sitio que hoy ocupa, se la convirtió en una plaza fuerte de
singular potencia defensiva. La navegación por el estrecho de
Magallanes perturbó su prosperidad y sufrió profunda decadencia
hasta el descubrimiento de California. Repetidas veces fue asolada
nuevamente por incendios. La vieja ciudad, con sus numerosas
iglesias y conventos y con sus angostas calles da, en efecto, una
sensación de ruina. Los restos de mayor importancia corresponden al
nunca concluido colegio de los Jesuitas. Digna de mención es la
Plaza Mayor con la Catedral de estilo jesuítico; sus dos torres son
las más altas de Centro y Suramérica. Hay que citar también el
excelente hospital establecido por los franceses; tiene quinientas
camas, y en él cuarenta hermanas prestan su abnegado auxilio a los
muchos enfermos de fiebres. Anotemos también las
“Bóvedas” o casamatas, que se hallan bajo la enorme
muralla continua de varios metros de espesor, y por las que se
puede hacer un bello paseo matinal. Aquí cabe observar en forma
óptima el juego del flujo y reflujo. Durante este último, el mar se
retira a tres millas de distancia, con los que se producen
emanaciones peligrosas; luego vuelven a subir las aguas en una
altura de 6 metros, y las olas salpican contra los muros. Por ello
los vapores de altura no pueden llegar a la ciudad, y el verdadero
puerto, Perico, se halla a cuarenta minutos de Panamá. El principal
lugar de excursiones de los panameños es la preciosa isla Taboga, a
16 kilómetros, donde entonces había también un
sanatorio.
Estando en Panamá, me sorprendió una mañana, a hora
tempranisima, la visita del ingeniero suizo Beyeler, que acababa de
salir de unas fiebres y había sido dado de alta en el hospital. Por
medio de él tuve ocasión de conocer el verdadero estado de la obra
francesa del canal; Beyeler ha sido también el primero en presentar
en publicaciones técnicas exactos informes sobre dicha empresa,
contribuyendo a aclarar entre nosotros esa cuestión.
Ya en Colón, y lleno yo de las más ilusionadas esperanzas sobre
el logro de aquella gigantesca obra, experimenté la primera
decepción cuando diferentes empleados del canal respondieron con
indulgentes sonrisas o con miradas irónicas a mis preguntas acerca
de la fecha en que se podría terminar la construcción. ¡Qué
ingenuidad hablar de la próxima conclusión del canal! El señor
Beyeler, que regresaba a su puesto como ingeniero de una división,
diome a conocer la verdadera realidad de los hechos,
proporcionándome con ello un gran chasco. En Europa la gente se
dejaba halagar por las más doradas ilusiones; el que daba una justa
referencia del verídico estado de aquella desatinada empresa, tenía
que aguantarse incluso las groserías de los ofuscados accionistas o
de aquellos que se habían limitado a leer los informes de la propia
sociedad. Entre nosotros se sabía todo mucho mejor que entre
los mismos testigos directos, hasta que a la historia del
corte del istmo vino a agregarse finalmente una nueva página
negra.
Ya Carlos V había propuesto esta obra. Leibnitz, Goethe, Pitt,
Humboldt y Bolívar habían alentado el mismo proyecto. Pero sólo
cuando Lucien-Napoleón-Bonaparte Wyse exploró el istmo en los años
1876 a 1878 al frente de una expedición científica, y luego de
haber obtenido éste, por ley de 18 de marzo de 1878, un derecho
preferencial de parte de Colombia para emprender la obra en
cuestión, se llegó a dar el paso de crear la “Société civil du
Canal interocéanique”. Un congreso decidió en París el 15 de
mayo de 1879 que, entre diferentes proyectos, el mejor sería el de
la construcción de un canal a nivel; fue entonces cuando la citada
sociedad, mediante pago de una suma de 10 millones de francos,
entregó el 31 de marzo de 1881 a una sociedad del canal legalmente
constituida la concesión recibida de Colombia. Sus gastos de
fundación ascendieron sólo a 25 millones de francos, a los que se
agregaban dos millones para el edificio de la administración en
Paris. La sociedad mandó entre tanto a América de 1.200 a 1.500
funcionarios, a los que se prometieron altas retribuciones, y
grandes indemnizaciones en favor de los familiares, para caso de
muerte. La sociedad adquirió 68.500 de las 70.000 acciones del
ferrocarril del istmo. Mientras que esas acciones valían poco antes
no más que 80 dólares se compraron ahora a 250, lo que supuso una
ganancia de 60 millones de francos para los especuladores.
Seguidamente se adquirieron y almacenaron enormes cantidades de
herramientas y máquinas. Para proporcionar comodidades al personal
directivo se hicieron grandes despilfarros. El constante cambio en
la dirección y administración superiores contribuyó también no poco
al incremento de los costos y a la lentitud de todas las
actividades. Si ya las instalaciones habían devorado ingentes
sumas, mas aún consumian los trabajos propiamente dichos, en los
cuales surgían a menudo dificultades con los diversos contratistas;
el descuido de la administración era tan grande que, en un país
asolado por los temblores de tierra, ni siquiera se había
practicado una medición exacta ni una correcta fijación del
trazado.
La amarga verdad fue que el año 1886, de 150 millones de metros
cúbicos quedaban por extraer todavía 130 millones, en tanto que la
sociedad se veía obligada a conseguir dinero en condiciones cada
vez más gravosas. No sirvió de nada la visita de
Ferdy
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Lesseps, realizada con gran ostentación el 17 de
febrero de 1886, si bien el viejo señor hubo de galopar por el
istmo y prender fuego a una carga explosiva, espectáculo en el que
se dieron la mano el
|bluff y la astucia, el inconsciente
proceder y el cálculo, de parte de los directivos realmente
responsables. Ya en noviembre de 1887, el proyecto se reducía a la
parcial ejecución del canal y al trazado de esclusas, cosa que
estaría a cargo de Eifel, constructor de la torre de su nombre.
Finalmente se produjo la máxima desgracia económica hasta ahora
conocida que haya afectado, en particular, a las clases pobres de
Francia. La pérdida fue de mil quinientos millones. El 9 de marzo
de 1888, en virtud de sentencia judicial, la sociedad fue declarada
insolvente, originándose un epílogo jurídico que se alargó aún
durante años.
A fines de enero me embarqué en Colón en un vapor norteamericano
para llegar al cabo de ocho días a Nueva York. Pasamos por delante
de Jamaica, hicimos el bello recorrido entre Cuba y Haití, y luego
por el complicado grupo de las Bahamas hacia la Watling’s
Island, o la isla de San Salvador, de tanto interés histórico por
ser en ella donde Colón miró por primera vez la anhelada tierra. La
temperatura fue al principio muy cálida; luego agradable, y sólo en
la penúltima noche empezó a hacer frío. En el maravilloso puerto de
Nueva York apenas si pudimos salir a cubierta; tan
formidable frío nos recibió allí. Con gozo volví a contemplar en la
tarde del desembarco los copos de nieve que descendían
arremolinándose desde el cielo.
Durante la época del equinoccio, y después de una permanencia en
los Estados Unidos, regresé a Europa en un vapor de la
“Transatlantique”. Nos acompañaron fuertes tempestades.
El 3 de abril de 1886, penetrando ya en Suiza por la hermosísíma e
incomparable entrada del valle del Travers,.volví a ver por vez
primera la mayestática guirnalda de cumbres nevadas de los Alpes y
la azul superficie del lago de Neuchátel. Un vaporcito se deslizaba
por él; llevaba izada la bandera suiza, que ondulaba alegre y
orgullosa en el viento de la mañana. ¡La cruz blanca en campo rojo!
Una indecible sensación se apoderó de mí; con un movimiento
espontáneo, descubrí mi cabeza y saludé a la Patria con silencioso
respeto.
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