Mi amigo fue operado varias veces y se salvó por fin al cabo de
muchísimo tiempo.
Los acontecimientos se sucedieron son bastante rapidez, pero,
para nuestra mentalidad, con una lentitud desesperante. Durante
nueve meses enteros estuvimos privados de toda comunicación con el
mundo exterior y no nos llegaba carta alguna de Europa. Calcúlese
lo que esto representa.
En modo alguno se nos molestó en Bogotá a los extranjeros
durante la revolución. De noche nos paraban de cuando en cuando,
pero siempre se nos dejaba en libertad, en tanto que los
bogotanos a quienes las patrullas encontraban en la calle después
de las ocho de la noche sin que pudieran aducir ningún motivo
suficientemente fundado, eran encarcelados sin más diligencia.
Alguna noche se veía subir por el cielo algún cohete que partía de
cualquier escondida casita de las afueras. Esta señal tenía por fin
avisar a los correligionarios del bando antigubernamental la
llegada de alguna noticia favorable a ellos, noticia que luego se
divulgaba verbalmente o en escritos a mano y a veces, incluso por
medio de su imprenta clandestina. Mas cuando el Gobierno se
apuntaba algún triunfo se lanzaban cientos de cohetes; silos
acontecimientos eran de importancia mayor, se llegaban a poner
cañones en la plaza, hasta en las altas horas de la noche y sus
estampidos gritaban el
|yae victis al adversario. Vibraban
las charangas, resonaban las bandas de música, estallaban petardos,
se vociferaban mueras y vivas, la plaza se llenaba de gentes
curiosas, regocijadas o tristes. Era una bulla infernal y un bullir
del mismo infierno, pues la sangrienta victoria que se celebraba
tan ferozmente y de modo tan ajeno al corazón de las madres , era
una victoria sobre hermanos.
Una detenida descripción de las operaciones militares de aquella
guerra civil sería muy instructiva para la persona familiarizada
con la situación y circunstancias locales; nosotros hemos de ser
breves. En general, hízose más en largos avances que en audaces
hechos de armas, pues, del aturdimiento y confusión de los jefes
liberales se dieron en realidad muy pocas batallas de grandes
proporciones. Era tan malo el armamento, se desperdiciaba tanto la
munición, la seguridad de tiro resultaba tan escasa, tan deficiente
la artillería, que, afortunadamente, las bajas no estuvieron en
relación con el valor personal y la frialdad de temple demostrados
también en esta ocasión. Los vencidos fueron tratados relativamente
bien por los
vencedores. Las proclamas eran en extremo rimbombantes y se
llegó a exageraciones enormes: “La Providencia está indignada
con los perturbadores de la paz”, decían los radicales.
“El partido liberal, noblemente apoyado por el conservador y
llevado a la desesperación por el desorden y la corrupción moral,
se hace cargo de la defensa de la legalidad contra la perversión
del radicalismo...”. Así se exclamaba por boca del partido
gubernamental, que identificaba a los radicales con la
intolerancia, el egoísmo, el engaño y la explotación de la
República.
El curso de los acontecimientos fue como sigue: las tropas del
Gobierno se apoderaron, casi sin lucha, del Estado de Antioquia, al
cual se impuso una contribución de un millón de dólares, cobrada
con rigor sin precedentes. Entre tanto, fue también atacado el
ejército invasor de los antioqueños, (formado por tres mil
ochocientos hombres). El ataque lo efectuó el 23 de febrero el
general Payán, presidente del Cauca, al mando de dos mil doscientos
soldados, agotados y hambrientos, en el lugar de Santa Bárbara, más
arriba de Cartago. Después de un combate de ocho horas, los
antioqueños fueron puestos en terrible fuga. Más de seiscientos
muertos quedaron en el campo de la refriega; hubo trescientos
heridos y doscientos noventa prisioneros. El 24 de febrero se firmó
la capitulación de Manizales. A los soldados del bando radical se
les incorporó a las filas del ejército del Gobierno o se les dejó
en libertad; los oficiales que pudieron conservar sus sables fueron
enviados a Bogotá. Cuando esta noticia llegó al Norte, donde hasta
entonçes se había evitado la batalla, los rebeldes de allí
embarcaron sus tropas en el Magdalena para tratar de decidir la
situación en la costa. El general Gaitán, radical, había estado
sitiando inútilmente durante setenta días, por tierra y mar, a la
ciudad de Cartagena; pero el 8 de mayo fue rechazado en un asalto
nocturno, con la pérdida de más de trescientos muertos y
heridos. Mil quinientos hombres del ejército sitiador pudieron
salvarse en cinco barcos, que los condujeron a Barranquilla. Las
tropas del Gobierno marcharon entonces hacia la costa desde
diversos puntos. Un cuerpo de ejército se hizo a la mar en
Buenaventura, en malos barcos y llegó hasta Panamá, pero,
desgraciadamente, no pudo impedir la quema de Colón, incendiado por
los revolucionarios, negros en su mayoría. A fines de mayo fueron
llevadas esas tropas a la ya liberada plaza de Cartagena.
Aparte de esto, a finales de marzo partieron de Antioquia tres
mil hombres que, a través de las selvas y sabanas de Ayapel y Chinú
y después de un mes de heroica lucha con los animales salvajes y el
mal clima, penetraron en las llanuras del valle del Magdalena;
allí, parte de ellos se unieron a las tropas de Cartagena y parte
entraron en posición en la línea del río citado. Los radicales se
retiraron a los vapores. Casi un mes estuvieron inactivos los
adversarios en Calamar, unos frente a otros, sucumbiendo mucho a
las fiebres. Otros dos mil hombres, en seis vapores, pretendieron
abrirse paso hacia Santander, punto de partida de la revolución. El
embarque lo lograron por la fuerza en Tamalameque (17 de junio),
pero perdieron allí a seis de sus mejores jefes, así como la parte
principal de la munición y las armas, a causa de la explosión de un
barco. Barranquilla fue tomada nuevamente el 23 de julio por las
tropas del Gobierno. Al surgir la discordia entre los caudillos de
la revolución y después de darse diarias escaramuzas con las tropas
del Gobierno que se hicieron fuertes en Calamar y luego también de
querer concertar la paz con ellas, el movimiento todo comenzó a
desmoronarse. La terminación no se señaló por ningún hecho de
armas. El 7 de agosto entregó su espada el general Camargo, que
antes había emprendido una admirable expedición, en la cual,
acompañado de su ayudante, siguió aguas abajo en una canoa el
curso del Meta y luego el del Orinoco hasta llegár al mar, para
después de unos tres meses de azares y penalidades, unirse a los
revolucionarios de Barranquilla. El general Gaitán llevó sus tropas
por tierra a lo largo del río, trató de refugiarse en Venezuela y
fue apresado y condenado en Bogotá por un tribunal de guerra a diez
años de reclusión en una fortaleza de Cartagena. En Panamá, a donde
luego se le llevó, murió a consecuencia de unas fiebres. El resto
de los revolucionarios se entregó en El Salado el día 26 de
agosto.
El primero de septiembre había quedado definitivamente libre el
curso del Magdalena. A mediados del mismo mes las fuerzas unidas
del Gobierno entraron a Bogotá, donde se les hizo un espléndido
recibimiento. La alianza independiente-conservadora había
triunfado. Núñez era dueño de la situación y desde el balcón de
palacio gritó al pueblo allí congregado estas palabras memorables:
“¡La Constitución de 1863 ha dejado de
existir!”.
Y ahora, el resultado último de la revolución: absoluta
destrucción del partido liberal, que tan insensatamente se lanzó a
la guerra, echando sobre sí tamaña responsabilidad; ruina por todas
panes, las prisiones llenas de liberales, deportaciones a islas del
Pacífico (Gorgona), los destierros a la orden del día. Miles de
personas sucumbieron, cientos arrastraron durante meses su
maltrecha humanidad y quedaron convertidas en verdaderos espectros.
Casi todos los bancos se hallaban cerrados, el crédito estaba en
baja, el dinero se prestaba hasta al 3 por ciento de interés
mensual. Para cubrir las necesidades de mayor apremio, el Gobierno
se vio obligado a acuñar una mala moneda de plata de 500/1.000, que
perturbó el mercado monetario; el tráfico sufrió más todavía por
haberse puesto en circulación papel moneda, muy devaluado y
utilizado además abusivamente para fines de especulación. En
el transcurso de los años y con el consentimiento de las
autoridades, se pusieron en circulación, por lo menos, 31 millones
de dólares en esa clase de billetes; ello se efectuó mediante las
llamadas emisiones clandestinas” y por la difusión de grandes
sumas de falso papel moneda. Hubieron de crearse nuevos ingresos y
al comercio le tocó sufrirlos. Las tarifas aduaneras se volvieron
draconianas, de modo que, según nos consta, la población pobre
apenas si podía adquirir las más necesarias prendas de vestir,
acaso una camisa por año, pues los salarios no crecían
proporcionalmente a la desvalorización del dinero. Después de
afirmar que el nuevo sistema de gobierno iba a determinar un gran
abaratamiento de la vida, la decepción fue muy dura.
La revolución tuvo todavía otras consecuencias, pues hizo
vacilar los sentimientos de fidelidad y fe. Se cometían crímenes
antes no conocidos, como el asesinato por móviles de lucro, la
falsificación de moneda, el hurto en gran cuantía, aparte el
ilegal.y escandaloso enriquecimiento de los políticos de profesión,
a los que la justicia no puede hacer responsables. Como los fondos
existentes hubo que aplicarlos a los gastos del ejército, resultó
que el presupuesto para la enseñanza pública se redujo el año de
1886 a sólo algo más de 5.000 dólares. Se hizo regresar a los
jesuitas y se les entregó el Colegio de San Bartolomé; la vieja
Universidad cayó en ruinas, para, sólo mas tarde, resurgir sobre
base distinta y con diferente espíritu. Otros colegios fueron
también renovados con un sentido clerical. Diversos conventos
fueron edificados o vinieron a habitar comunidades los que estaban
destinados a otros fines; llegaron igualmente al país comunidades
nuevas; el patrimonio de la Iglesia creció mediante
“voluntarias donaciones”. La libertad de prensa, más que
sujeta a restricciones, fue abolida y las publicaciones quedaron a
merced del superior arbitrio.
El solemne Tedeum que en la catedral de Bogotá se cantó a fines
de 1885 en honor de la victoria
|
(*)
del
bando gubernamental, y en el cual Rafael
Núñez se hincó de rodillas, tuvo una peculiar significación en
virtud de todas las circunstancias dichas. El Presidente convocó en
noviembre de 1885 una especie de asamblea de delegados, que
integraban dieciocho adictos suyos —dos por cada Estado—
para deliberar previamente sobre la nueva Constitución Era la
séptima carta fundamental desde la declaración de la independencia.
El carro del Estado experimentó un viraje. Se fue a caer en el
extremo opuesto. En vez de restringir beneficiosamente las
facultades del Estado que existía y en lugar de introducir una
dirección central fuerte, pero no omnipotente, se promulgó una
Constitución por entero unitaria (el ideal de los ultramontanos),
se degradó a los Estados a la categoría de Departamentos y se los
entregó a la administración de gobernadores nombrados en forma
directa por el presidente. El Senado y la Cámara de Diputados
continuaron existiendo; el Senado, constituido en virtud de
elecciones en segundo grado, lo forman veintisiete miembros
—tres por cada uno de los nueve departamentos—; la Cámara
consta de sesenta y ocho répresentantes designados por cuatro años
mediante sufragio directo (uno por cada 50.000 habitantes). El
Congreso, reglamentariamente, sólo puede reunirse cada dos años.
Los ministros son libremente nombrados y sustituidos por el
presidente; éste nombra también los jueces de la Corte Suprema de
Justicia y de los juzgados distritales. La duración del mandato
presidencial se prolongó a seis años y como la nueva Constitución
entró en vigor el 5 de agosto de 1886, el 7 de agosto del mismo año
fue reelegido presidente Rafael Núñez. Al cabo de los seis
años (1892), fue renovado su período presidencial y comenzó,
pues, su cuarta presidencia; pero murió el 17 de septiembre de 1894
en la ciudad de Cartagena, a donde se había retirado como
“presidente titular” con una elevada pensión; los
negocios de gobierno se los había encargado a dos representantes
del partido clerical, los vicepresidentes Holguín y Caro, pero
hasta la muerte retuvo en su experta y hábil mano la rectoría
espiritual del país.
¿Cuánto tiempo durará la obra de Núñez? Desde entonces dos
desafortunadas e imprudentes revoluciones, las de los años 1893 y
1895, fueron promovidas de parte radical y ambas resultaron
sofocadas rápidamente y sin gloria para los rebeldes. El cuerpo
nacional, a causa de esas repetidas sangrías, ha venido a quedar
tan anémico; que la servidumbre se acepta entre las masas con
abúlica indiferencia
|(aguantando). Se soporta, se calla de
continuo, para de repente volver a vociferar. Más característica es
la resistencia que los principios de gobierno de Núñez han
encontrado entre los conservadores, buenos católicos y partidarios
también de una justa medida de libertad y, en especial, de una
administración honesta.
Deformadas por el favor o el odio de los partidos, las figuras
de los gobernantes resultan imposibles de delinear con exactitud.
Miguel Samper, varias veces ministro, homlxe prestigioso y
extraordinariamente mesurado y sereno, no puede por menos de juzgar
así la situación de su obra
|Libertad y
orden:
|
“En el aspecto político, la forma de gobierno es
republicana, pero en el fondo consiste en la reunión del poder en
las manos de un estadista, que se convierte en una especie de sumo
sacerdote”.