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La primera prueba de que había estallado una revolución se nos ofreció en el pueblecillo de Victoria, cuya población masculina se agrupa íntegramente en las guerras en una temida tropa conservadora de caballería. Pasando por una deliciosa sabana, vimos cabalgar hacia nosotros un grupo de aquellos lanceros. Como yo iba en cabeza de nuestra expedición, me hallé, no se cómo, en medio de los revolucionarios. Un señor de entre ellos se dirigió a mí afablemente. Al reunírsenos los de mi grupo, reconocieron en él a un exsenador y general de Antioquia. Este se había propuesto pasarse a pie desde el Cauca a territorio antioqueño para hacerse cargo de un alto mando en su Estado. Aquellos jinetes lo habían atrapado en la cordillera y ahora lo conducían a Cartago en condición de prisionero. Ya la circunstancia de que este radical nos hubiese saludado nos hizo sospechosos de Cartago en adelante.

La suerte de tales prisioneros no era, en modo alguno, envidiable. Según como se iban produciendo los movimientos de tropas, a la primera alarma se los llevaba de uno a otro lugar, a veces humanamente tratados, a veces con pocas consideraciones. Cuando más tarde, en Cartago, llevamos a ese general cigarros puros y algunos alimentos, tuvimos oportunidad de ver por dentro su prisión. En un angosto cuarto se hacinaban como quince hombres; no hubieran podido estar tendidos todos a un tiempo en el suelo de aquel calabozo. Esto, en tierra caliente, con un tiempo abrasador. Olía allí horriblemente. No es de extrañar que tales presos políticos se dedicaran a madurar planes siniestros. No obstante, el trato que se les daba era incomparablemente mejor que el de antes, pues del jefe ultramontano Julio Arboleda se oye contar a menudo que había mandado fusilar prisioneros para no verse en la necesidad de darles “el pienso” diario. Por hombres de entera veracidad se me relató también con frecuencia que a ciertos prisioneros ricos a los que se trata de forzar al pago de multas en metálico se les da de comer en la prisión, pero se les niega la bebida, con lo cual al cabo de dos o tres días no tienen más remedio que ceder. En la revolución de 1860, según referencia del abate francés Saffrey en |Tour du Monde —Saffrey acompañó personalmente a Arboleda—, se dejó morir de inanición a algunos prisioneros y luego se tenía a los cadáveres durante algunos días, encadenados junto a los presos que quedaban vivos.

No atreviéndonos a cruzar con las caballerías el movedizo puente de bambú sobre el río |La Paila —paso previsto, por lo demás, sólo para peatones— cruzamos por un vado y seguimos luego a través del bosque de Morillo, que en tiempos se consideraba lleno de ladrones. Hoy día existe completa seguridad en todo el Cauca. La familia Uribe, a la que pertenecía uno de los estudiantes de medicina, nuestro camarada de viaje, posee en un bosque una granja a la que de mañana y a la noche acudía el ganado. Allá disfrutamos durante un día aquel estilo de vida campestre. Las casitas eran también extremadamente pulcras y en su bello arreglo se advertía delicadeza de manos femeninas. El viejo señor Uribe, a pesar de sus setenta años, era un denodado e incansable trabajador.

Después de este intervalo y con un calor pavoroso, prosedimos valle arriba, atravesando ora regiones secas, ora tierras de gran fertilidad. Dejábamos atrás miserables, tristes y sucias cabañas; y así, por Bugalagrande, San Vicente y ruluá, avanzábamos hacia Buga. Entre los dos últimos lugares y sobre verdes y pintorescas colinas, se ve a la izquierda del camino el campo de batalla de Los Chancos, donde el general Trujillo venció en el año de 1876 al ejército de an­tioqueños —fuerza cansada, pero que numéricamente doblaba a la suya propia— que había irrumpido en el Estado del Cauca. Nos llamó la atención lo abandonados que se halla­ban todos los caminos y las pocas mulas que encontrábamos. Por lo demás, el camino principal debe de ser muy malo en época de lluvias; puentes no se ve por aquí ni uno. Una plaga está asolando el Cauca desde hace algunos años: la plaga de la langosta. Esta devora enteramente campos y setos y se amontona en enjambres por los caminos. Aunque uno se lance a caballo sobre estas saltadoras masas no se llega a aplastar más que unos pocos insectos.

Buga (1.001 metros de altitud, 24°C de temperatura media) se fundó en |1575. Fue y es un lugar con muchos conventos e iglesias, auténtica ciudad española bronca y antipática. El hotel era malísimo..., pero caro; las camas, cuyas ropas habían servido a otros muchos antes que a nosotros, estaban llenas de bichos.

No lejos de la pequeña localidad nos alcanzó un jinete a galope y quiso examinar nuestros pasaportes, que ya habíamos hecho visar convenientemente. Nos miró con suma desconfianza. No pudimos siquiera preguntar quién era aquel que se arrogaba el derecho de hacernos detener en el camino, pues ello hubiera sido todavía más sospechoso. Tocamos en el lugar de Sonso y por su vasta llanura cabalgamos hasta la bella aldea de Cerrito. Por el camino disfrutamos de la delicia de los bosques, su poesía, sus aromas. Corrían por ellos cristalinos arroyos, como el Zabaleta, sombreado por árboles gigantescos, arbustos y maleza. Ya teníamos ante nosotros aquellos soberbios paisajes caucanos que tan admirablemente describe Jorge Isaacs en su conmovedora novela |María; nos encontrábamos en el verdadero escenario de su narración, cuyas idealizadas figuras parecían tomar aquí forma tangible.

Desde Cerrito el camino tuerce a la derecha hacia el río Cauca, a cuyo encuentro galopamos durante más de una hora para llegar antes de la puesta del sol a la barca que cruza el río por La Torre, cosa que, en efecto, logramos. Una gran balsa, en la que se podía entrar cómodamente a caballo, atraviesa aquí la ancha corriente, de una amarillento sucio, encajada entre tupidos bosques. En la otra ribera dormimos aquella noche en un ranchito, sobre un suelo hecho de caña de bambú triturada.

El día 9 de enero, después de ocho horas de caballo, llegamos a Cali, capital del Cauca y su máxima plaza comercial. De lejos Cali ofrece el aspecto de una ciudad mora o judía. Un combo puente de piedra lleva, sobre el río del mismo nombre, hasta las enjalbegadas casas de la ciudad, sobre las que se yerguen las cúpulas de dos iglesias. Alzase a la derecha, de modo bastante abrupto, la Cordillera Occidental, que forma una serie de desnudas sierras parecidas a las pirenaicas; pero en el propio valle, las palmas circundan el caserío. Todo esto, bajo un cielo maravilloso, crea la pintoresca hermosura de la estampa de Cali. La ciudad fue fundada en |1536. Su temperatura media es de 22°C y se halla expuesta a los vientos de la cordillera. Cali posee diversos centros de enseñanza secunda ria, testimonio de la actividad cultural de la población que ha dado ya al país varias personalidades ilustres. La principa l importancia de Cali como gran centro comercial está en su facilidad de acceso desde el cercano litoral Pacífico.

En Cali visité a diferentes personas para las que llevaba recomendaciones, gentes unas conservadoras y otras liberales. Como ciudad se hallaba en manos de los independientes, algunos liberales estaban ya escondidos. Nuestra visita a los señores Gaviria, los comerciantes más fuertes del Valle y radicales acérrimos, despertó el recelo de la gente, de lo cual no tuve entonces la menor idea. Aparte frases consabidas y lugares comunes, no despegábamos los labios para hablar de política, ni siquiera había ocasión de hacerlo, pues yo evitaba sistemáticamente ese objeto de conversación. Tanto el Comandante de la plaza (un médico), como los señores Gaviria, me trataban con la máxima gentileza y atención, pero con la desconfianza que es habitual en el país. En las calles gritaban a mi espalda: “¡Ahí va el enviado de Bogotá!”. Los conservadores no me devolvieron la visita, de modo que empecé a barruntar algo malo e insistí a mis despreocupados compañeros de viaje para abreviar la estancia en Cali y renunciar al resto de la planeada expedición valle arriba o hasta el Pacífico.

Al tercer día, antes de las seis de la mañana y bajo los naranjos del patio del hotel, montamos en nuestras caballerías y nos encaminamos al río Cauca, que corre por la llanura como a media legua de allí. Mis compañeros parecían querer poner a prueba mi paciencia y ya en un último extremo; tan lenta y cansinamente cabalgaban tras de mí. Respiré por fin cuando una balsa nos transportó al otro lado del Cauca y eso que en la opuesta orilla había soldados. Me sentí salvado de un desconocido riesgo... Y en verdad que el riesgo había existido. Tres horas después de nuestra marcha, a las nueve de la mañana, fueron detenidos los señores Gaviria y encerrados por varios días como radicales sospechosos, en una estrecha celda de la prisión. Más tarde supe que, telegráficamente, se había dado también una orden de detención contra mí; la orden venía de Popayán, capital del Estado del Cauca, se fundaba en la creencia de que yo había llevado de Bogotá a los radicales de Cali importantes despachos del comité de su partido. Nada habría aprovechado encarecer por todos los medios mi inocencia y Dios sabe por cuánto tiempo las autoridades locales me habrían encarcelado. AnóteseL sin embargo, en disculpa de aquella gente, que nuestro viaje valle arriba era una imprudencia, dada la situación reinante, pues resultaba fácil suponer cualquier fin oculto y no creer se tratara de un simple viaje de vacaciones. Precisamente en el Cauca hubo extranjeros que tomaron parte en las guerras civiles. Hay que tener presente además que la Universidad Nacional era muy odiada entre los clericales y que las doctrinas extendidas por ese centro habían sido objeto de muy rudos ataques durante los últimos meses.

Sin ser molestados seguimos nuestro viaje. La gente tenía quehaceres más importantes que andar en mi persecución; debían, sobre todo, pertrecharse para el temporal que se avecinaba. Cuando al medio día llegamos a la pequeña ciudad de Palmira, antes célebre por su “tabado oloroso”, dos batallones de soldados, casi todos negros de feroces ojos, se dirigían hacia Buga con banderas desplegadas. Algunos gritaban: “¡Viva el gobierno legítimo!”, mas, en general, el entusiasmo de la tropa no parecía ser muy grande. Iban mal armadQs, pero marchaban con orgullo. Por lo común estos batallones de negros, con su soldadesca sensual, desconfiada, indolente, pero al propio tiempo fanática y tenaz, son el horror de las gentes de bien. Mas no debo ocultar que precisamente en la revolución hice conocimiento con algunos oficiales negros que me inspiraron verdadera estimación por su comportamiento sereno y su actitud de viril y digno orgullo.

Pasamos la noche en una grande y solitaria hacienda, propiedad de un conservador, al que íbamos recomendados; recuerdo una discusión en la cual nuestro patrón defendió el criterio de que el deber de la hospitalidad debía cumplirse como cosa sagrada, aún tratándose de un asesino. Al día siguiente por la tarde entramos a Buga, al tiempo que lo hacía también un escuadrón de lanceros. Estos lanceros eran hacendados de la comarca y su único distintivo consistía en una cinta verde rodeando el sombrero de paja. Llevaban carabinas en bandolera; algunos traían sable. Todos, sujeta al estribo derecho, portaban además la lanza, que los guerreros de allí saben manejar con terrible destreza. Eran tipos de un aspecto osado y feroz que no hacía esperar nada bueno.

Apenas habíamos llegado a Buga cuando —según noticia que nos llegó el 12 de enero— los radicales se habían insurreccionado en la vecina localidad de Tuluá, a tres leguas de camino; habían asaltado de noche los cuarteles de los conservadores, matando a más de cincuenta personas y cometiendo en las mujeres indecibles infamias. Con ello se nos retrasó la continuación del viaje y tuvimos que pasar dos días en el malhadado hotel de Buga.

A la mañana siguiente, era un domingo, casi toda la guarnición de la plaza partió a luchar con los rebeldes, El día transcurrió en medio de medrosa espera. A la tarde llegó por fin la noticia de que Tuluá había sido tomada al mediodía, dispersándose a los insurrectos. Dijeron que dos jóvenes de Buga habían sido muertos cuando, arrogantes y quizá un poco bebidos, se precipitaron a galope en la plaza de Tuluá sin esperar al resto del “ejército”. Libre de nuevo el camino, me encargué de hacer a la mañana siguiente, en nombre de mis compañeros, la diligencia precisa para el visado de nuestros pases, formalidad que había que cumplir en cada localidad donde nos deteníamos. Casi una hora me hicieron esperar sin motivo alguno, hasta que el Gobernador, un político veterano, puso su firma, titubeando, en el documento. Hacia el medio día continuamos la marcha. Mis dos compañeros de viaje cometieron la imprudencia de salir a galope. Se nos detuvo en una de las primeras esquinas y se nos cerró el paso. En un instante nos vimos rodeados de fuerza. Yo presenté los pasaportes y nos dejaron marchar. Nos regocijábamos, ya fuera de la ciudad, de haber podido escapar a aquella gente, cuando un jinete nos alcanzó al galope con la orden de que le siguiéramos para presentarnos al alcalde. Fue inútil toda resistencia, aunque el alcalde no tenía nada que ver con nuestros pasaportes. En extraña disposición de ánimo volvimos grupas hacia la ciudad. En una de sus calles no rodeó una muchedumbre hostil. Nunca olvidaré aquellos rostros patibularios de negros y seminegros que nos hacían corro y nos insultaban a media voz. Uno de los más resolutos, en cuya frente estaba grabada la falsa delación como un estigma de Caín, gritó entonces:

“Conozco bien a estos tres señores; estaban ayer en Tuluá, ¡y han peleado con los radicales contra nosotros!”. Abadía respondió al hombre aquel y se desesperó tratando de demostrar nuestra inocencia. El patrón en cuya casa habíamos estado el día anterior no se atrevió a declarar que no habíamos puesto el pie fuera de Buga; tan intimidado se hallaba. Yo me harté, al fin, de todo aquello y salí a caballo preguntaQdo por el Gobernador. En una calle me encontré con él. La chusma me seguía. “¿Este es el respeto que inspira su firma —dije al anciano-, que se nos detiene aquí y se nos prohibe seguir libremente nuestro camino? ¿Qué tiene que ver el alcalde con nuestro pasaporte?”. Yo me referí a varios señores de Buga que nos conocían bien y sabían que éramos extranjeros, profesores contratados por el Gobierno y ajenos a la política. Los mismos señores a los que yo había ofrecido y prestado servicio llevando a Bogotá para sus hijos pesadas remesas de dinero en plata, se desentendieron ahora tímidamente; ninguno quería responder como testigo. ¡Maldita gentuza! Tras de largas dudas y mucho palabreo declaró finalmente el Gobernador que podíamos seguir viajando, pero con la obligación de volvernos a presentar en Tuluá para que nos firmaran de nuevo los pasaportes. Con toda seguridad, abrigaba el plan de hacernos apresar allí, para no sentar el precedente de anular su propia firma. Preocupados nos pusimos en marcha.

Como a una legua de Buga nos encontramos a los “victoriosos” guerreros que habían puesto en fuga a los rebeldes de Tuluá y que se reintegraban ya a su guarnición. Venían en cabeza los lanceros, gente insolente que lo primero que hicieron fue... pedirnos dinero. Les dimos todo lo que llevábamos suelto y nos indignó mucho aquella clase de soldados capaces de dirigirse con tamaña desvergüenza a los viajeros y que, naturalmente, no recibirían lo necesario. A los lanceros seguían unos cien hombres de a pie, armados con viejos y malos fusiles (también entre ellos, de los antiguos de chispa). Caminaban descalzos; uniformes, por supuesto, no tenían ninguno. Sólo los oficiales llevaban kepis y traían espadines abrochados sobre sus ropas de paisano. Los soldados iban en columna de a uno, sombríos y extenuados; es probable tuvieran hambre. La mayor parte de ellos, sin duda, habían sido reclutados a la fuerza. El grupo más triste venía a continuación. Lo componían unos doscientos hombres sin fusiles de ninguna clase, a falta de ello llevaban garrotes o machetes muy pesados. Eran los más terribles.

Examinados nuestros pasaportes, se los encontró conformes y seguimos adelante. A una media hora de Tuluá vimos algo que hizo estremecer de alegría nuestros corazones. Estaban cortados los hilos del teléfono y ello quería decir que no había llegado orden alguna de detención contra nosotros. El Gobernador no me puso obstáculos y me reuní nuevamente a mis compañeros, que me estaban esperando fuera de la ciudad con el propósito de, si yo no volvía hacer todo lo necesario para librarme.

A pesar del cansancio, ahora ya total agotamiento, de cabalgaduras y jinetes, tratamos de alcanzar aquella misma noche la hospitalaria y segura granja del señor Uribe, que se ampara en la paz del oscuro bosque Morillo. A no haber contado con un caballo de memoria verdaderamente notable, de cierto nos hubiéramos extraviado en medio de aquella noche tenebrosa. Pero el animal, a pesar de que nuestro viaje de ida fue la primera ocasión en que hizo aquel camino, se desvió oportunamente del sendero sin que nosotros llegáramos a percatamos y nos condujo derecho hasta la granja. Allí supimos por ün conservador, cuya casa estaba junto al cuartel atacado, que durante la rebelión no habían sido muertos por los radicales los cincuenta hombres que se dijo, ni tampoco se habían cometido crueldades con las mujeres; por el contrario, los hechos habían transcurrido de modo relativamente incruento. Nos contó que los radicales habían tratado muy cortésmente a su esposa al hacer el registro domiciliario. Si el deseo de conocer más de cerca aquellos acontecimientos no me hubiera llevado a hacer averiguaciones, habría permanocido en la creencia de que realmente fueron un hecho aquellas monstruosidades atribuidas en un principio por los buganos a los insurrectos de Tuluá. La historia se escribe las más de las veces según las exageraciones de los hombres.

Después de un día de descanso nos dirigimos nuevamente hacia Cartago. Cuando llevábamos caminadas como dos leguas por el valle, nos salió al encuentro el padre de Abadía.

Iba fugitivo, pues Cartago sería ocupada probablemente aquel mismo día por los liberales. Espoleamos nuestras cabalgaduras. Encontramos a otros fugitivos; iban gritando que el enemigo se hallaba ya cerca de la ciudad y que pronto entraría a saco en ella. Tan velozmente galopamos durante casi una hora, que nuestros animales llegaron medio muertos. En Cartago nos hallamos con las puertas de las casas cerradas a piedra y lodo. Las mujeres alzaban y crispaban las manos, lloraban y rezaban. Todo el mundo se dedicaba a cargar y embalar enseres. Era un cuadro de suma confusión. De modo maquinal imaginé las escenas del sitio de la antigua Cartago. La población masculina salió rápidamente de la ciudad para hacer frente al enemigo. Luego viose que todo era una falsa alarma, pues tan sólo una guerrilla se había adelantado hasta el río y hecho desde allí unos disparos en dirección a la ciudad con el propósito de sembrar en ella la inquietud; luego se retiraron a toda prisa. Durante varios días se produjeron en diversas ocasiones alarmas de la misma especie. Se vivía en continua zozobra.

En tanto, el partido del Gobierno juntaba afanosamente tropas, pobres reclutas movilizados de cualquier modo, a los que se entregaban viejísimos fusiles. Lo único que constituía una variación eran las noticias llegadas del escenario de la lucha. ¡Qué de bulla y disparos, qué de músicas, redobles y vocerío cuando se recibían nuevas de alguna victoria! Una de esas nuevas fue mortal para los radicales. El 19 de enero un batallón de la Guardia Colombiana, la más escogida tropa del Gobierno, llegó a Cali, procedente de Panamá, con objeto de auxiliar al partido gubernamental. Mas en la noche del 19 al 20 su jefe, el coronel Márquez, se pasó a los radicales, quienes, según se afirmaba, lo habían sobornado. Cali cayó de este modo en manos de los radicales que ahora, por su parte, movílizaban todos los recursos con el fin de ocupar el Valle del Cauca. Con ochocientos hombres —según otros, con mil cien— bajaron contra Buga para atacar a las tropas del Gobierno, o sea a las mismas con las que nosotros nos habíamos cruzado en el camino de Tuluá. Estas últimas, al mando deJuan E. Ulloa se hicieron fuertes en unas colinas sobre la llanura de Sonso; su número, según el propio jefe, fue de sólo quinientos hombres, de los cuales doscientos iban armados de trabucos. Durante cuatro horas se combatió allí desde las ocho de la mañana del día 23 de enero. Las tropas regulares no pudieron lograr nada en su ataque a las cotas ocupadas por los rebeldes; se dice que los cartuchos de las balas se encasquillaban en los fusiles. El resto de las fuerzas de los radicales terminaron por emprender la huida, dejando en el campo de la acción ochenta muertos, ciento cincuenta heridos y prisioneros y treinta y cinco caballos. La victoria de Sonso tuvo, sobre todo, una importancia moral, pues los caucanos se gloriaron inmensamente de haber derrotado al traidor batallón de la Guardia Colombiana, considerado como invencible. Además, en poder de las tropas del Gobierno cayó gran cantidad de armas y munición, lo que les permitió equiparse. Pronto llegaron de Buga a Cartago como doscientos o trescientos hombres. Entraron a las tres y media de la madrugada. Aún resuena en mis oídos la lenta marcha militar que una pequeña banda de unos cinco músicos (trompetas y clarinetes) iba tocando al ,frente de aquella tropa. En la simplísima melodía había algo de lastimero y pavoroso, cuya impresión me llegó a la misma médula de los huesos.

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