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Poco después se efectuaron en Colombia los comicios presidenciales, y el magistrado electo, general Rafael Reyes, tomó posesión el 7de agosto de 1904. El que hacía ahora su entrada en Bogotá era un hombre de recia voluntad y de gran sabiduría práctica. Después de la desviación jurídica del Presidente Núñez en 1884, habían transcurrido veinte años, durante los cuales Colombia fue descendiendo paulatinamente. Las escuelas, antaño florecientes, se hallaban ahora vacías, y la po­blación se había salvajizado en sus costumbres y sentimientos. Las riquezas creadas con la constancia y el ahorro se hallaban destruidas, los campos antes cultivados estaban ahora en pleno abandono, y, en lo exterior, Colombia había perdido por entero su acatada y respetada posición de tiempos anteriores. Sobre este montón de ruinas debía edificar ahora Reyes, y su capacidad de acción logró realizar en breve lapso cosas verdadera mente notables. Durante años se le echó en cara, como una vergüenza, que se sirviera de medios dictatoriales, pues el colombiano, pese a los amargos años vividos,  es en el fondo un fiel partidario de la forma republicana de gobierno. Pero hoy se reconoce con más justicia que las circunstancias de aquel momento de profunda desorganización requerían ser mejoradas por obra de una mano fuerte. El mérito principal de Reyes es haber devuelto la paz al país y el haberla sabido conservar. Hay que agradecerle además: la construcción de la carretera del Norte, desde Bogotá a Belén, unos 250 kilómetros de recorrido; la ampliación de las líneas telegráficas de todo el país, la estabilización de la moneda; la fundación de un banco emisor central, que entonces, no obstante, fra casó; el mejoramiento de la navegación por el Magdalena; la fundación de la escuela de cadetes y la reorganización del ejército; la creación de los Departamentos del Atlántico, Caldas y el Valle, que permitía una mejor articulación geopolítica del país; la colonización de los Llanos y, en especial, de la región del Putumayo; en conjunto, toda una serie de obras de importancia, que hoy todavía cuentan en beneficio del país. Pero cuando Reyes, de modo quizás excesivamente despren­dido, pretendió acabar con la cuestión de Panamá sin tomar muy en cuenta toda la fuerza de las razones jurídicas que pesaban a favor de Colombia, y cuando a la mayoría parla­mentaria que le era sumisa quiso obligarla a aceptar un tratado que Norteamérica, naturalmente, veía con buenos ojos, entonces resultó que los sentimientos delpueblo se considera­ron heridos en lo más profundo, de modo que desapareció cualquier posible miedo al dictador. Una comisión de estudiantes de todas las tendencias políticas reprochó valiente­mente a Reyes su proceder anticonstitucional, y el hombre fuerte en un momento de pusilanimidad, huyó del país a los pocos días de aquel hecho. Los sucesos del 13 de marzo de 1909 resultan muy instructivos para el enjuiciamiento de la mentalidad de los suramericanos. La masa popular, políticamente inmatura en general, ante una injusticia cometida con clara conciencia puede alza rse en alas de tal entusiasmo que ni el miedo a la muerte es capaz de desviarla de su propósito de imponer a toda costa los amados ideales. Pero si ese sentimiento es correspondido en forma justa, el pueblo vuelve a olvidar pronto su ciega iracundia, y en su lugar aparece la piedad y la humana ternura. Asífue que, al cabo de unos diez años de destierro, el general Reyes pudo retornar a, la patria, ya achacoso y enfermo, y morir allí sin que memorias odiosas enturbiaran la paz de sus cansados días, Quien vio en el destierro a hombre tan inteligente y voluntarioso, sólo pudo, en calidad de persona neutral, lamentar que aquel caudillo no hubiera ofrecido al país en el terreno constitucional toda su capacidad de acción, y que terminara por ser víctima de una desdichada y sedienta ambición de poder. El general

Reyes era una personalidad nada común, llena de un ardoroso amor patrio, y precisamente la compasión hacia aquel país abatido y sin guía fue lo que le llevó a equivocarse en cuanto a los medios elegidos para salvarlo.

Una asamblea nacional convocada para celebrar sesiones extraordinarias, volvió tras la caída de Reyes, a las circunstancias de la normalidad constitucional, en particular a la duración improrrogable de cuatro años para el mandato del presidente. Como nuevo mandatario (período de 1910 a 1914) el Congreso eligió a Carlos E. Restrepo, estadista antioqueño de clara mente y de sereno y ponderado juicio. Dos años de consecuente trabajo bastaron a este Presidente civil para poner orden en las finanzas, lo que se alcanzó principalmente por justas pero inexorables medidas en cuanto a la recaudación de impuestos. Restrepo probó que también en Colombia es posible obtener resultados positivos por medio de una sabia y tolerante acción de gobierno. La pena de muerte volvió a ser abolida bajo el mandato de este Presidente. Para la ejecución de obras de utilidad pública, se dio acogida en la legislación a la expropiación de bienes privados, acción jurídica hasta entonces desconocida. La elección presidencial debería efectuarse ahora por sufragio de todo el pueblo. La ley electoral fue objeto de enmiendas, si bien todavía dista mucho de la perfección y se halla afalta de amplías innovaciones. Por fin, durante el período presidencial de Restrepo se concluyó con los Estados Unidos el tratado Thompson-Urrutia, el cual constituyó la base para el ulterior arreglo del conflicto de Panamá y en cuyo primer artículo expresaba voluntariamente a Colombia su pesar (“sincere regrets ‘)porlo sucedido el año 1903.

Respetado y estimado de todos, Restrepo hizo entrega de su cargo, en 1914 al conservador José Vicente Concha, que, por primera vez en Colombia, trabajó con un consejo de ministros integrado por miembros de los diferentes grupos políticos. Sobre el mandato de este sereno y digno Presidente no se puede anotar nada de especial importancia, pues coincidió con los tiempos de la Gran Guerra y, a causa del aislamiento de Colombia, las cuestiones candentes fueron sólo de índole econó­mica. En todo caso, debe menciona rse que Colombia fue uno de los pocos países del mundo que contemplaron desde la neutralidad la catástrofe europea, pues una alta capa social e intelectual con afinidad latina hizo contrapeso a la germanofilia del ejército. Por fortuna, no hubo allí barcos internados que, como en otros sitios, pudieran haber suscitado la codicia del país.

Para el período presidencial de 1918 a 1922 fue elegido Marco Fidel Suárez. De origen muy modesto, aquel hombre de incansable laboriosidad se había ido elevando lentamente hasta alcanzar la suprema dignidad en la jerarquía de su país. Pese a las grandes dotes políticas que poseía, su preparación en materia económica era insuficiente para el adecuado gobierno de la nación en ese aspecto. En la última época de su administración, ély dos de los ministros de su gabinete fueron enca usados por malversación dé fondos públicos. A pesar de resultar absuelto por las cámaras que, lo juzgaron como supremo tribunal, el Presidente se separó de su cargo a causa de la pública desaprobación, y murió pobre algunos años más tarde.

En 1922, tras larga tregua pacffica, tuvo lugar nueva y encarnizada lucha electoral, esta vez entre el general Benjamín Herrera, candidato liberal, y el general Pedro Nel Ospina, candidato conservador. Perdieron los liberales por una peque­ña diferencia de votos, diferencia que, según ellos, era atribuible a la injusticia de los procedimientos aplicados. A partir de entonces se abstuvieron de acudir a las urnas. Resultó, pues, elegido el general Ospina, y su administración (1922 a 1926) se señaló por muchas obras de valor positivo, por lo que cuenta entre las mejores de Colombia durante los últimos decenios. En cuanto a los asuntos económicos empero, Ospi­na no tuvo motivos de especialpreocupación, pues los ingresos del Estado habían ascendido por aquellos años en forma considerable y continuada. A princ~pios de esta administración, el Senado norteamericano aprobó por fin el tratado Thomp­son-Urrutia sobre regulación de la cuestión del Istmo. Los Estados Unidos, después de expresar en dicho tratado, como ya vimos, su “sincere regrets’~, pagaron como indemnización la suma de 25 millones de dólares (en cinco plazos anuales), iniciándose así un nuevo auge económico de Colombia. Sobre este extremo hablaremos en un capítulo posterior, pues los éxitos económicos de Ospina merecen ponderación especial.

El año 1926, y sin que mediara lucha electoral, el general Ospina fue relevado alfrente del poder ejecutivo por su corre­ligionario conservador el doctor Miguel Abadía Méndez, cuyo mandato sigue ejerciéndose en la fecha, y por ello no puede ser enjuiciado.

Con el pacífico desarrollo interior de Colombia avanza parejamente su prestigio en el exterior. Recordemos tan sólo que Colombia entró desde un principio y con plena convicción en la Sociedad de las Naciones y que en Ginebra, junto con otros países suramericanos, pesa señaladamente su palabra. Además, como se expuso al tratar de las fronteras del país en el Apéndice al capítulo segundo, Colombia ha propugnado decididamente la solución de los conflictos internacionales por la vía del arbitraje, dando al mundo un gran ejemplo de serena transigencia y de espíritu de conciliación.

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