Al poder central le correspondía tan sólo la acuñación
de la moneda, las disposiciones sobre pesas y medidas, la dirección de los asuntos
exteriores y el cobro de los derechos de aduana. Si los Estados hubieran tenido tiempo de
progresar en su independencia, de reunir y administrar bien sus ingresos y de sacar
adelante a hombres políticamente bien preparados, la ley fundamental de la Confederación
habría resultado provechosa todavía por algún tiempo. En contra de lo dicho, los
Estados dilapidaron sus recursos y se dedicaban a reclamar todas las posibles aportaciones
de la administración central para cualquier obra de importancia. Despertáronse de este
modo las codiciosas ambiciones de una mala especie de políticos que comenzaron a
entregarse a la holgazanería y deseosos sólo de vivir bien, no tomaban muy en serio los
preceptos de la moral. Los Estados se separaban además unos de otros a causa del cobro de
peajes y pontazgos, en lugar de dejar entera libertad al tránsito por todo el país. Cada
Estado se hacía sede de exclusivismo y la distribución del presupuesto respondía a
criterios partidistas; allí nacían las frecuentes revoluciones, instauradoras de
gobiernos ilegales y apoyados en la fuerza. En una palabra, la agitada vida política que
imperaba en la nación estaba llena de intrigas, manejos y tendencias anárquicas.
Cuando en el año 1875 se dividió en dos el
partido liberal a causa de las elecciones para la Presidencia, surgió el hombre que
había de dirigir durante dos decenios, con sin igual y funesto poder, los destinos de
Colombia: Rafael Núñez. Los medios influyentes de la política del país le habían
hecho venir de Liverpool, donde en su cargo de cónsul vivía contento, feliz y
disfrutando de un alto sueldo, para presentarlo como candidato a la Presidencia de la
República. Por sus excelentes crónicas publicadas en periódicos de Colombia y de otros
países de Suramérica, Núñez se había hecho gran un prestigio como hombre de Estado,
político y sociólogo. Pero al llegar éste a Bogotá, resultó que la camarilla del
Gobierno decidió elevar a la presidencia al entonces ministro de hacienda, Parra, y dejó
plantado al candidato viajero. Núñez, sin embargo, no se asustó y desde ese momento
empezó a efectuar negociaciones secretas con el partido ultramontano. Una gran parte de
los liberales se puso del lado de Núñez; eran los que se hallaban descontentos con el
Gobierno, al que llamaban el Olimpo radical y deseaban un dominio más
moderado de todo el partido. La elección popular entre Parra y Núñez, al que apoyaban
los conservadores, quedó indecisa y el Congreso votó la mayoría para el primero de
ellos. Los conservadores consideraron que la ocasión era propicia para un cambio de
sistema y se lanzaron al movimiento antes citado, la para ellos infortunada revolución de
1876. Núñez dejó colgados a los conservadores y ayudó en la región de la costa a los
liberales con la socarrona observación de que no se iba a embarcar en una nave destinada
con seguridad al hundimiento.
Acabada la revolución, fue ensalzado a
la presidencia en 1878 el vencedor del Los Chancos, general Trujillo, hombre débil al que
Núñez gobernaba enteramente. La división de los liberales se hizo más marcada que
nunca y se formó contra los radicales un partido de independientes, que
pedían ante todo tolerancia frente a los vencidos conservadores, amnistía, eliminación
del exclusivismo y elecciones más limpias. A los independientes se afiliaron en principio
los liberales más desinteresados y valiosos. Pronto, sin embargo, vino a mostrarse que el
grupo de los independientes aspiraba también al mando exclusivo y que lo pretendía
lograr por todos los medios, más malos que buenos, a causa de lo cual volvieron a
separarse los liberales de mayor pureza y rectitud. Había motivo para tal separación,
pues Trujillo, durante los años de 1878 y 1879, hizo mayores estragos que nadie
anteriormente en los dineros del Estado, gastó nueve millones de pesos más de los que
ingresaron, dejó de pagar, por primera vez al cabo de muchos años, los intereses de la
deuda exterior y consintió que el populacho apedreara en Bogotá el congreso radical y
que los gobiernos radicales de dos Estados fueran derrocados y sustituidos sin más por
elementos del partido. Rafael Núñez, que entre tanto había sido presidente del Estado
de Bolívar, había allanado, pues, el terreno para llegar a la Presidencia de la
República. Siete de los nueve gobiernos estaba en manos de los independientes. Los
radicales opusieron una candidatura nada afortunada y resultaron vencidos en las
elecciones.
El primero de abril de 1880 ocupó Nuñez
el sillón presidencial. Digno de alabanza es que durante los dos años de su primer
mandato reinara la tranquilidad en el país, si bien con el apoyo de cinco mil bayonetas
una cifra hasta entonces no alcanzada por el ejército en tiempo de paz, que
hizo entrar a Colombia en la Unión Postal Universal, que estableció relaciones
diplomáticas con España y que (si bien en interés político de su partido) procuró
elevar la Universidad. Hay que advertir que la paz lograda lo fue a costa de enviar al
extranjero como diplomáticos a muchos personajes de la política o
encadenándolas a su poder por medio de dádivas; el balance de dos años arrojó el
espantoso contraste de 11.700.000 pesos de ingresos frente a 30.300.000 de gastos.
Guardamos silencio sobre el modo y manera en que fue allegado y empleado durante ese
período un empréstito de 3 millones de pesos, sobre cómo fueron importadas monedas de
níquel sin realizar el ajuste correspondiente y cómo se especuló con valores del
Ferrocarril de Buenaventura. Pese a todo ello, el Congreso, integrado por partidarios de
Núñez, acordó presentar a éste un voto de gracias por su excelente gestión al frente
del Gobierno (febrero de 1882); a esto, no obstante, se llegó sólo tras una semana de
durísima polémica oratoria.
Como sucesor de Núñez fue elegido
unánimemente por el pueblo el jurista doctor Zaldúa, hombre de 71 años a la sazón,
probo e irreprochable aunque algo falto de flexibilidad. El ya achacoso anciano fue objeto
de dura resistencia por parte del Congreso. En el tesoro no quedaba un solo centavo,
aunque debía haber todavía dinero para seis meses. Contra su promesa, Núñez se había
hecho elegir como vicepresidente y como seguro sucesor en la presidencia. Pero Zaldúa no
quería ceder ni morirse. Se rodeó de buenos consejeros, como el eminente estadista
Miguel Samper, a quien nombró ministro de Hacienda y que se ganó la especial confianza
del sector comercial a causa de la libre suscripción de un empréstito. En mayo de 1882,
Núñez, escarnecido e injuriado por la prensa y en multitud de coplas satíricas, hubo de
salir de Bogotá de noche y con sigilo como un fugitivo cualquiera.
Núñez parecía estar juzgado
definitivamente y descartado ya como político. Yo lo vi en su dignidad suprema como
presidente, pero también en los momentos de su humillación. Y tuve la seguridad de que
le estaban reservadas todavía grandes cosas; tan profunda impresión me
había, hecho.
Rafael Nuñez tenía entonces 57 años,
era pequeño y ya algo inclinado hacia adelante, pero bastante ágil aún. Cuando me
presentaron a él en Palacio me quedé asustado de su delgadez y de lo pálido de su
semblante y tuve la convicción de hallarme ante un tísico de gravedad. No sabía que,
según expresión de uno de sus biógrafos, algunos de los años de Núñez debían
contarse dobles. Su cabeza era grande y huesuda; una barba cerrada, ya muy gris, le
ensombrecía el rostro. La nariz aguileña se adelantaba hacia una boca de feas líneas.
Los azules ojos miraban profundos, penetrantes e inquisitivos. Era una figura inquietante,
y esa sensación se acrecentaba con la presión de su fría y húmeda mano, a cuyo
contacto se estremecían, según propio relato, los más de sus visitantes. Rafael Núñez
era bastante reconcentrado y sombrío, pero sus preguntas eran tales que descubrían
inmediatamente la potencia intelectual de aquel hombre extraordinario. Núñez decía de
cuando en cuando frases cargadas de sentido y de una gran fuerza de convicción. En los
demás casos, su voz era débil y lento y sin especial brillantez su estilo oratorio. Todo
delataba en él al hombre de anhelos insaciados, al hombre convencido de su propio valer,
ambicioso y dominador. A los radicales, que habían jugado con él y que eran sus más
encarnizados enemigos, los aborrecía con toda el alma.
¿Qué cosa había conferido a este
hombre tanto poder e influjo sobre la nación? Su espléndido talento de escritor y de
poeta y su conocimiento del hombre y de la vida. Núñez había escrito profundos ensayos
de política, jugando en ellos de tal modo con las palabras, que no podía negársele la
admiración. El dúctil político había sabido acuñar auténticas consignas y frases de
efecto para dejar boquiabierto al gran público irreflexivo. Para cada nueva situación
política hallaba la palabra justa, y por ello escribía mucho y siempre en el momento
decisivo. Con sus poemas, obras que atestiguan un alto vuelo espiritual, lograba arrebatar
a las masas. Algunas de sus composiciones tienen una filosófica hondura y ejercen
peculiar encanto, pues el poeta se ofrece en ellas en toda su imperfección. Unas veces,
como en Que sais-je, uno de los poemas más célebres, lamenta su escepticismo
y su duda. La ciencia es sólo una vacilante escala en que pasamos de un error a otro.
Todo es niebla y caos, nadie puede encender el sol de la verdad, nadie consigue fijar los
límites entre el bien y el mal, entre lo cierto y lo incierto. En otra ocasión canta en
conmovedoras estrofas su amor a la madre. Añora los tiempos de la niñez, querría ser
todavía un muchacho, y entona un himno a la dulce ignorancia con que,
estremecido de piedad, entraba en una catedral, sin presentir las feroces dudas del
supuesto saber de más tarde. En este poema va a parar a la afirmación materialista de
que el cerebro segrega el pensamiento, como la caña miel.... Canciones
eróticas llenas de ardorosa pasión alternan en este agitado espíritu con estrofas a la
virtud y a la inocencia, que arrancan lágrimas a nuestros ojos. Cuando ese torturado
corazón de poeta declara sus secretos en una inmensa riqueza de imágenes, se siente uno
conmovido y se hunde en profunda meditación o en estremecido ensueño. Lo que nos seduce
del poeta es acaso lo incompleto de su personalidad, su alusión al arrepentimiento, a su
existencia desordenada, a su alma semejante al Mar Muerto, ya ni capaz de lo bueno o lo
malo, capaz sólo de morir; ante esas quejas olvidamos sus circunstancias familiares, en
parte tan ingratas; ante sus profundas ideas olvidamos también la aplicación a la
política de aquel escepticismo suyo que todo lo invade, la pérdida de la fe en la justa
recompensa o castigo y la falta de toda clase de escrúpulos.
Núñez fue una personalidad muy
peculiar, plena de asombrosa frescura de espíritu en medio de un gigantesco desgaste
nervioso. Personalmente tímido, mas con el vigor suficiente para dominar a toda una
nación, era de un natural mefistofélico al que se rendía fatalmente quien tuviera que
tratarlo a menudo; sabía persuadir a sus partidarios de que procedía con entero
altruismo y desinterés, sólo por el bien común y por puro patriotismo y amor a la paz.
A estos partidarios no les inspiraba, en el fondo, ni cariño ni veneración, pero sí,
indudablemente, un respeto sin límites por su sabiduría y por su manifiesta fuerza de
voluntad. Los enemigos le reprocharon su doblez, su traición a la causa liberal y sus
deserciones, además de su egoísmo, pero temían la agilidad de serpiente que le era
propia, su claridad mental y sus éxitos. Quien de tal modo puede atraer sobre sí el odio
y la admiración de los partidos, es, sin duda, un hombre extraordinario.
Apenas habían transcurrido algunos meses
desde aquella partida nocturna, cuando el anciano presidente Zaldúa enfermó y agotado en
su continua lucha con el mal aconsejado Congreso, inclinó definitivamente la cabeza el 22
de diciembre de 1882. Como el primer vicepresidente, Núñez, se hallaba en la costa, hubo
de hacerse cargo del gobierno el segundo vicepresidente, Otálora, débil instrumento de
los políticos profesionales; su gestión de quince meses fue tal que acabó por tener
enfrente a toda la opinión pública. Murió de pesadumbre al ser presentada en el
Congreso, en abril de 1884, una moción en el sentido de formarle causa por mala
administración y malversación de fondos.
Entre tanto, el primer domingo de
septiembre de 1883 habían tenido lugar las nuevas elecciones a la Presidencia. En Bogotá
fueron especialmente tumultuosas. Núñez, que contaba con la mayor parte de los Estados,
triunfó fácilmente sobre el candidato ocasional de los radicales, Wilches. Hasta el 7 de
agosto de 1884 no tomó Núñez posesión de su cargo. Todo el mundo ponía en él grandes
esperanzas; recibiósele nuevamente con los brazos abiertos. En cierto que no pudo obtener
empréstito alguno, cosa que intentó con Lesseps, y llegó, pues, con las manos vacías.
Pero llegaba también como amo de la situación, mimado o temido por todos los grupos.
Para el observador sagaz era cosa indudable que Núñez pensaba en afirmar totalmente su
dominio sobre aquel flaco y arruinado cuerpo estatal y que trataba, sobre todo, de
modificar la constitución federal de 1863 en el sentido de una mayor centralización, de
una organización más rigurosa y de la prolongación del período presidencial. Nuñez
tuvo que preparar la revisión con una tónica de limitación de las libertades, pues se
hallaba necesitado del apoyo de todo el partido conservador.
Por todas partes se hacía patente un
movimiento sólo invisible para quien se empeñara en estar ciego a la realidad de
las cosas en pro de una restauración de signo clerical. Los eclesiásticos habían
robustecido notablemente su poder durante los años últimos, sabiendo aprovechar
adecuadamente la libertad de movimientos que les proporcionaba la total separación de la
Iglesia y el Estado. Los templos se veían siempre llenos, muchos liberales volvían a
encomendar de nuevo a los religiosos la enseñanza de sus hijos; la Universidad Católica,
fundada por el Nuncio Agnozzi, halló buena acogida; los publicistas de la escuela
ultramontana utilizaban un lenguaje mucho más insolente y hostilizaban con mayor
violencia a nuestra Universidad Nacional. En el Estado del Cauca hasta se habían
suprimido algunas clases de física y química, por hallarlas en contradicción con la
doctrina de la Iglesia. Al fin se permitió a algunos jesuitas el regresó al país,
y en seguida comenzaron con su trabajo de zapa.
La crisis económica, la presión que se
operaba sobre el comercio y el tráfico, el turbio panorama del tiempo venidero, las
continuas disensiones dentro del partido liberal, las desavenencias entre los políticos,
la degradación de los independientes, la humillación de los radicales por la
desafortunada candidatura presidencial de Wilches. . .,todo esto había de dar lugar a una
conmoción por el estilo de la que en Bélgica, en circunstancias bastante parecidas, se
había producido ya. Núñez tenía sobradas condiciones de estadista como para no darse
cuenta de ello, acomodándose a ese movimiento retrógrado. Pero, ¿cómo iniciar y llevar
a cabo la revisión constitucional, con la que, en el fondo, todo el mundo se hallaba de
acuerdo? La mencionada Constitución de 1863 había establecido la norma de que para
efectuar una modificación de la misma era necesaria en el Senado la conformidad de todas
las delegaciones de los nueve Estados, integrada cada una por tres miembros; había que
ganarse, pues, a, por lo menos, dos senadores de cada Estado, cosa imposible dada la
actitud federalista, hostil a toda reforma, que observaban algunos radicales. En vez de
publicar un programa sobre la revisión, obligando a Núñez a definirse, los radicales se
comportaron más bien como impugnadores del propósito, lo que contrarió todavía más a
la opinión pública. Podía pensarse sólo en dos salidas: o había que confiarse a la
eficacia del dinero, y dinero no lo había, o era necesario llegar a una solución de
fuerza (derrocar gobiernos radicales en los Estados, o apresar senadores de ese mismo
grupo).
Resultaba curioso que fuera tan exiguo el
número de personas que veían acercarse el oleaje de la revolución; más curioso
todavía en medio de aquella conmoción, de suma ejemplaridad histórica, que
no fuera Núñez quien comenzara el conflicto bélico, acaso deseado en silencio por él,
sino que los tadicales, en el colmo de la obcecación, se adelantaran a tomar las armas.
En caso de que éstos hubieran sido los atacados, no habrían salido en verdad,
vencedores, pues el partido liberal se hallaba harto dividido, débil e impotente, y el
vuelco era además inevitable, pero al menos habrían perdido honrosamente. Más, de este
modo, los radicales violaron la ley antes de esperar a que la violara Núñez y se lanzara
abiertamente al golpe de Estado. Tronaban contra el traidor Núñez, que
había hecho dejación de las ideas liberales, en tanto que él no había demostrado
todavía con ningún acto ser el reaccionario que decían; le dejaron, pues, el bonito
papel de representante de la legalidad, del orden agredido y del derecho vulnerado.
Cuando Daniel Hernández, jefe de los
radicales del Estado de Santander y persona de toda honorabilidad, declaró la revolución
contra el dictador lo cual hizo desoyendo toda clase de consejos y bajo
el disgusto producido por la intromisión de Núñez en los negocios de aquel Estado
autónomo, este último pudo lanzar el día 26 de diciembre de 1884 esta
significativa proclama a la nación:
... sólo una intransigente fracción,
para hacer, sin quererlo más apremiante la anhelada obra, ha alzado bandera sediciosa
contra un gobierno culpable únicamente de haber buscado, con excesivo candor, el concurso
de todos para la pacificación de los espíritus, dando repetidos ejemplos de moderación
y benevolencia... El Gobierno no se limita a defender el depósito que en sus manos se ha
puesto; porque este conflicto que comienza, lógico en su fondo, es el fruto inmediato de
la insensatez de unos colocada al servicio de la perversidad de otros... En este penoso
trabajo de pacificación, las bendiciones de Dios estarán con nosotros...
El estallido de una nueva revolución,
con el que sombríamente se cierra este capítulo, suministra la mejor prueba de que los
años de aprendizaje de Colombia estaban aún lejos de acaba rse. Al lado de
lapuray simple solidaridad humana, la repugnancia del autor ante el inútil derramamiento
de sangre se explica por sus propias experiencias, que refiere en el siguiente capítulo y
que ocasionaron, en último término, el cese prematuro de su actividad docente y de su
permanencia en Colombia.
|
|
La continuación del resumen histórico hasta los
días actuales se halla igualmente bajo la impresión de cosas vividas y que a nuestro
padre, lo mismo que a todo hombre que mira más allá de unos estrechos confines, le
ocasionaban profundo sufrimiento. Era el horror cte la guerra mundial. ¿Quién se atreve
a tener el derecho de juzgar la casi inofensiva guerra de Colombia cuando, pocos años
después, los pueblos de Europa desencadenaron entre sí otra guerra civil? Y, a la vista
de tales acontecimientos, ¿no pueden los colombianos señalar con cierto orgullo el hecho
que en su país reine ya la paz desde hace más un cuarto de siglo? As |í |pues, la historia de las últimas revoluciones y de los
inciertos tiempos que vineron tras ellas, pueden escribirse sin que el prestigio de
Colombia sufra mengua en comparación con los grandes pueblos civilizados. Por el
contrario, podemos advertir con claridad un desarrollo ascendente, y abrigar la esperanza
de que no sufrirá interrupción. La paz interna de Colombia se halla asegurada en tanto
que los partidos avancen lo suficiente en su propia superación y depuración como para
llevar a plena validez y justa aplicación el derecho de sufragio universal. Esta es hoy
la mas noble misión de la todavía joven república democrática. |
Cuando el partido gubernamental hubo
sofocado con la victoria de La Humareda la guerra civil desencadenada por | los liberales, Rafael Núñez convocó
el primero de septiembre de 1885, una convención nacional encargada de preparar la
revisión de la ley fundamental. Los trabajos previos fueron confiados a Miguel |
|Antonio Caro, quien con anterioridad había recibido de
los vencedores instrucciones concretas a ese propósito. Núñez se hizo elegir nuevamente
para la Presidencia el 6 de diciembre de 1885, prolongando además su mandato hasta seis
años de duración.
|La nueva Constitución no entró en vigor hasta el5de
agosto de 1886. Toda ella era obra de aquel demoníaco estadista. Los poderes del
Presidente tenían carácter extraordinario y resultaban dignos de una monarquía
aristocrática. Se implantaba de nuevo la pena de muerte. La dirección y organización de
la formación escolar quedaba totalmente en manos del clero. Se suprimía la libertad de
prensa. Lafe católica se definía en la Constitución, y lo mismo sigue ocurriendo en la
actualidad, como religión del Estado: la religión católica, apostólica, romana
es la de Colombia . |Más
tarde se concluyó un concordato con la Santa Sede, en el que el empobrecido país se
obligaba a enviar anualmente a Roma una fuerte suma de dinero en calidad de indemnización
por las expropiaciones de bienes eclesiásticos que llevaran a cabo los gobiernos
anteriores. Detalles más concretos sobre el particular se encontraban en la Ley número
35 del año 1888, que confirmaba los acuerdos firmados con el Papa León XIII. Digna de
especial atención era además la Ley número 153 del año 1887, pues en ella se
reconocía al derecho de la Iglesia plena libertad y equiparación junto a la legislación
civil. Esto se ha robustecido de tal modo en el transcurso del tiempo, que los efectos
legales del bautizo, el matrimonio y la muerte son producidos por la Iglesia. Dada la
inexactitud de muchos de los registros ecle |siásticos,
se han originado ya por ello las mayores dificultades de orden jurídico. |
|En las siguientes elecciones de 1892 Núñez |
|fue confirmado de nuevo como Presidente. Pero su salud se
hallaba ya muy minada, y como su correligionario M. A. Caro había sido designado
Vicepresidente, confió a éste la dirección de los negocios del Estado. A la muerte de
Rafael Núñez ocurrida de manera repentina el 18 de septiembre de 1894, Caro se hizo
cargo del Gobierno, con carácter definitivo y también bajo la forma autocrática. Si
bien se ha bían producido escisiones en el seno de |l |partido
conservador, no logró éxito una revolución promovida, sin orden ni plan alguno, por los
liberales. El año 1898 se volvió a elegir Presidente a un conservador, el nonagenario
doctor Manuel Sanclemente. Este caduco anciano firmaba sólo mediante un sello, que,
encomendado a la custodia de sus subordinados, se utilizó para cometer los más
increíbles abusos. Semejante administración se hubiera acabado por sí misma y en breve
plazo. Pero otra vez les faltó paciencia a los liberales, y afines de 1899 estalló al
Norte de país una revolución que se cuenta entre las más sangrientas de Colombia. Pese
a algunos éxitos iniciales, los liberales hubieron de sucumbir a causa de la falta de
unidad en el mando. Los conservadores históricos |" |se
aprovecharon de la confusión existente en el país para derribar al conservador
nacionalista |" |Sanclemente, y e131 de julio de 1900
elevaron a la suprema magistratura del Estado al vicep residente José Manuel Marroquín.
Contaron para ello con el apoyo clerical. |
|Para toda persona de recto juicio la administración de
Marroquín constituye una de las épocas más negras de Colombia. Este hecho es, a su vez
la única jusqficación del partido liberal, que, desesperado de la situación, lanzó a |l |país a la guerra civil másterri ble de cuantas ha
vivido. La matanza |
|duró tres años, hasta que, porfin, el
21 de noviembre de 1902, llegó afirmarse la paz. Este acto tuvo lugar a bordo del barco
de guerra norteamericano |
|Wisconsin , |entre el representante conservador del
Gobierno, y los liberales, quienes, teniendo a todo Panamá en su poder, se decidieron a
dar ese paso por razones patrióticas y también por miedo de una intervención de los
Estados Unidos. E |l |país había quedado arrasado ypobre. Una
pésima política de papel moneda hizo imposible el comercio exterior con Colombia. En
esta época de máxima postración hubo de empezar Colombia las negociaciones con los
Estactos Unidos sobre e |l |proyecto de abrir un canal a través de
Istmo de Panamá. Por entonces, empero, no se habían extinguido aún los derechos de la
sociedad francesa del canal, en la cual muchas familias colombianas perdieron también,
por amor a la patria, enormes sumas de dinero. Mas las negociaciones con los americanos se
frustraron entretanto, pues las respectivas posiciones resultaron inconciliables. Con tal
motivo se produjo un cierto disgusto entre la población del Departamento de Panamá, y
los Estados Unidos supieron explotar hábilmente en favor de sus planes aquel estado de
ánimo. Se desencadenó un movimiento que, apoyado bondadosa mente |
|por Norteamérica, tenía por meta la separación de
aquella parte de Colombia, y cuando el Gobierno se disponía a enviar tropas a Colón
yPanamá para que restablecieran el orden, el transporte militar fue impedido por la
presencia dq barcos de guerra norteamericanos y el bloqueo de |l |ferrocarril
Colón-Panamá. Esto posibilitó que Panamá se declara independiente el 3 de noviembre de
1903 y que Teodoro Roosevelt, quien se apresuró a reconocer al nuevo Estado, exclamara
imprudentemente: |¡ |I took Panamá!