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Al poder central le correspondía tan sólo la acuñación de la moneda, las disposiciones sobre pesas y medidas, la dirección de los asuntos exteriores y el cobro de los derechos de aduana. Si los Estados hubieran tenido tiempo de progresar en su independencia, de reunir y administrar bien sus ingresos y de sacar adelante a hombres políticamente bien preparados, la ley fundamental de la Confederación habría resultado provechosa todavía por algún tiempo. En contra de lo dicho, los Estados dilapidaron sus recursos y se dedicaban a reclamar todas las posibles aportaciones de la administración central para cualquier obra de importancia. Despertáronse de este modo las codiciosas ambiciones de una mala especie de políticos que comenzaron a entregarse a la holgazanería y deseosos sólo de vivir bien, no tomaban muy en serio los preceptos de la moral. Los Estados se separaban además unos de otros a causa del cobro de peajes y pontazgos, en lugar de dejar entera libertad al tránsito por todo el país. Cada Estado se hacía sede de exclusivismo y la distribución del presupuesto respondía a criterios partidistas; allí nacían las frecuentes revoluciones, instauradoras de gobiernos ilegales y apoyados en la fuerza. En una palabra, la agitada vida política que imperaba en la nación estaba llena de intrigas, manejos y tendencias anárquicas.

Cuando en el año 1875 se dividió en dos el partido liberal a causa de las elecciones para la Presidencia, surgió el hombre que había de dirigir durante dos decenios, con sin igual y funesto poder, los destinos de Colombia: Rafael Núñez. Los medios influyentes de la política del país le habían hecho venir de Liverpool, donde en su cargo de cónsul vivía contento, feliz y disfrutando de un alto sueldo, para presentarlo como candidato a la Presidencia de la República. Por sus excelentes crónicas publicadas en periódicos de Colombia y de otros países de Suramérica, Núñez se había hecho gran un prestigio como hombre de Estado, político y sociólogo. Pero al llegar éste a Bogotá, resultó que la camarilla del Gobierno decidió elevar a la presidencia al entonces ministro de hacienda, Parra, y dejó plantado al candidato viajero. Núñez, sin embargo, no se asustó y desde ese momento empezó a efectuar negociaciones secretas con el partido ultramontano. Una gran parte de los liberales se puso del lado de Núñez; eran los que se hallaban descontentos con el Gobierno, al que llamaban “el Olimpo radical” y deseaban un dominio más moderado de todo el partido. La elección popular entre Parra y Núñez, al que apoyaban los conservadores, quedó indecisa y el Congreso votó la mayoría para el primero de ellos. Los conservadores consideraron que la ocasión era propicia para un cambio de sistema y se lanzaron al movimiento antes citado, la para ellos infortunada revolución de 1876. Núñez dejó colgados a los conservadores y ayudó en la región de la costa a los liberales con la socarrona observación de que no se iba a embarcar en una nave destinada con seguridad al hundimiento.

Acabada la revolución, fue ensalzado a la presidencia en 1878 el vencedor del Los Chancos, general Trujillo, hombre débil al que Núñez gobernaba enteramente. La división de los liberales se hizo más marcada que nunca y se formó contra los radicales un partido de “independientes”, que pedían ante todo tolerancia frente a los vencidos conservadores, amnistía, eliminación del exclusivismo y elecciones más limpias. A los independientes se afiliaron en principio los liberales más desinteresados y valiosos. Pronto, sin embargo, vino a mostrarse que el grupo de los independientes aspiraba también al mando exclusivo y que lo pretendía lograr por todos los medios, más malos que buenos, a causa de lo cual volvieron a separarse los liberales de mayor pureza y rectitud. Había motivo para tal separación, pues Trujillo, durante los años de 1878 y 1879, hizo mayores estragos que nadie anteriormente en los dineros del Estado, gastó nueve millones de pesos más de los que ingresaron, dejó de pagar, por primera vez al cabo de muchos años, los intereses de la deuda exterior y consintió que el populacho apedreara en Bogotá el congreso radical y que los gobiernos radicales de dos Estados fueran derrocados y sustituidos sin más por elementos del partido. Rafael Núñez, que entre tanto había sido presidente del Estado de Bolívar, había allanado, pues, el terreno para llegar a la Presidencia de la República. Siete de los nueve gobiernos estaba en manos de los independientes. Los radicales opusieron una candidatura nada afortunada y resultaron vencidos en las elecciones.

El primero de abril de 1880 ocupó Nuñez el sillón presidencial. Digno de alabanza es que durante los dos años de su primer mandato reinara la tranquilidad en el país, si bien con el apoyo de cinco mil bayonetas —una cifra hasta entonces no alcanzada por el ejército en tiempo de paz—, que hizo entrar a Colombia en la Unión Postal Universal, que estableció relaciones diplomáticas con España y que (si bien en interés político de su partido) procuró elevar la Universidad. Hay que advertir que la paz lograda lo fue a costa de enviar al extranjero como “diplomáticos” a muchos personajes de la política o encadenándolas a su poder por medio de dádivas; el balance de dos años arrojó el espantoso contraste de 11.700.000 pesos de ingresos frente a 30.300.000 de gastos. Guardamos silencio sobre el modo y manera en que fue allegado y empleado durante ese período un empréstito de 3 millones de pesos, sobre cómo fueron importadas monedas de níquel sin realizar el ajuste correspondiente y cómo se especuló con valores del Ferrocarril de Buenaventura. Pese a todo ello, el Congreso, integrado por partidarios de Núñez, acordó presentar a éste un voto de gracias por su excelente gestión al frente del Gobierno (febrero de 1882); a esto, no obstante, se llegó sólo tras una semana de durísima polémica oratoria.

Como sucesor de Núñez fue elegido unánimemente por el pueblo el jurista doctor Zaldúa, hombre de 71 años a la sazón, probo e irreprochable aunque algo falto de flexibilidad. El ya achacoso anciano fue objeto de dura resistencia por parte del Congreso. En el tesoro no quedaba un solo centavo, aunque debía haber todavía dinero para seis meses. Contra su promesa, Núñez se había hecho elegir como vicepresidente y como seguro sucesor en la presidencia. Pero Zaldúa no quería ceder ni morirse. Se rodeó de buenos consejeros, como el eminente estadista Miguel Samper, a quien nombró ministro de Hacienda y que se ganó la especial confianza del sector comercial a causa de la libre suscripción de un empréstito. En mayo de 1882, Núñez, escarnecido e injuriado por la prensa y en multitud de coplas satíricas, hubo de salir de Bogotá de noche y con sigilo como un fugitivo cualquiera.

Núñez parecía estar juzgado definitivamente y descartado ya como político. Yo lo vi en su dignidad suprema como presidente, pero también en los momentos de su humillación. Y tuve la seguridad de que le estaban reservadas todavía “grandes cosas”; tan profunda impresión me había, hecho.

Rafael Nuñez tenía entonces 57 años, era pequeño y ya algo inclinado hacia adelante, pero bastante ágil aún. Cuando me presentaron a él en Palacio me quedé asustado de su delgadez y de lo pálido de su semblante y tuve la convicción de hallarme ante un tísico de gravedad. No sabía que, según expresión de uno de sus biógrafos, algunos de los años de Núñez debían contarse dobles. Su cabeza era grande y huesuda; una barba cerrada, ya muy gris, le ensombrecía el rostro. La nariz aguileña se adelantaba hacia una boca de feas líneas. Los azules ojos miraban profundos, penetrantes e inquisitivos. Era una figura inquietante, y esa sensación se acrecentaba con la presión de su fría y húmeda mano, a cuyo contacto se estremecían, según propio relato, los más de sus visitantes. Rafael Núñez era bastante reconcentrado y sombrío, pero sus preguntas eran tales que descubrían inmediatamente la potencia intelectual de aquel hombre extraordinario. Núñez decía de cuando en cuando frases cargadas de sentido y de una gran fuerza de convicción. En los demás casos, su voz era débil y lento y sin especial brillantez su estilo oratorio. Todo delataba en él al hombre de anhelos insaciados, al hombre convencido de su propio valer, ambicioso y dominador. A los radicales, que habían jugado con él y que eran sus más encarnizados enemigos, los aborrecía con toda el alma.

¿Qué cosa había conferido a este hombre tanto poder e influjo sobre la nación? Su espléndido talento de escritor y de poeta y su conocimiento del hombre y de la vida. Núñez había escrito profundos ensayos de política, jugando en ellos de tal modo con las palabras, que no podía negársele la admiración. El dúctil político había sabido acuñar auténticas consignas y frases de efecto para dejar boquiabierto al gran público irreflexivo. Para cada nueva situación política hallaba la palabra justa, y por ello escribía mucho y siempre en el momento decisivo. Con sus poemas, obras que atestiguan un alto vuelo espiritual, lograba arrebatar a las masas. Algunas de sus composiciones tienen una filosófica hondura y ejercen peculiar encanto, pues el poeta se ofrece en ellas en toda su imperfección. Unas veces, como en “Que sais-je”, uno de los poemas más célebres, lamenta su escepticismo y su duda. La ciencia es sólo una vacilante escala en que pasamos de un error a otro. Todo es niebla y caos, nadie puede encender el sol de la verdad, nadie consigue fijar los límites entre el bien y el mal, entre lo cierto y lo incierto. En otra ocasión canta en conmovedoras estrofas su amor a la madre. Añora los tiempos de la niñez, querría ser todavía un muchacho, y entona un himno a la “dulce ignorancia” con que, estremecido de piedad, entraba en una catedral, sin presentir las feroces dudas del supuesto saber de más tarde. En este poema va a parar a la afirmación materialista de que “el cerebro segrega el pensamiento, como la caña miel...”. Canciones eróticas llenas de ardorosa pasión alternan en este agitado espíritu con estrofas a la virtud y a la inocencia, que arrancan lágrimas a nuestros ojos. Cuando ese torturado corazón de poeta declara sus secretos en una inmensa riqueza de imágenes, se siente uno conmovido y se hunde en profunda meditación o en estremecido ensueño. Lo que nos seduce del poeta es acaso lo incompleto de su personalidad, su alusión al arrepentimiento, a su existencia desordenada, a su alma semejante al Mar Muerto, ya ni capaz de lo bueno o lo malo, capaz sólo de morir; ante esas quejas olvidamos sus circunstancias familiares, en parte tan ingratas; ante sus profundas ideas olvidamos también la aplicación a la política de aquel escepticismo suyo que todo lo invade, la pérdida de la fe en la justa recompensa o castigo y la falta de toda clase de escrúpulos.

Núñez fue una personalidad muy peculiar, plena de asombrosa frescura de espíritu en medio de un gigantesco desgaste nervioso. Personalmente tímido, mas con el vigor suficiente para dominar a toda una nación, era de un natural mefistofélico al que se rendía fatalmente quien tuviera que tratarlo a menudo; sabía persuadir a sus partidarios de que procedía con entero altruismo y desinterés, sólo por el bien común y por puro patriotismo y amor a la paz. A estos partidarios no les inspiraba, en el fondo, ni cariño ni veneración, pero sí, indudablemente, un respeto sin límites por su sabiduría y por su manifiesta fuerza de voluntad. Los enemigos le reprocharon su doblez, su traición a la causa liberal y sus deserciones, además de su egoísmo, pero temían la agilidad de serpiente que le era propia, su claridad mental y sus éxitos. Quien de tal modo puede atraer sobre sí el odio y la admiración de los partidos, es, sin duda, un hombre extraordinario.

Apenas habían transcurrido algunos meses desde aquella partida nocturna, cuando el anciano presidente Zaldúa enfermó y agotado en su continua lucha con el mal aconsejado Congreso, inclinó definitivamente la cabeza el 22 de diciembre de 1882. Como el primer vicepresidente, Núñez, se hallaba en la costa, hubo de hacerse cargo del gobierno el segundo vicepresidente, Otálora, débil instrumento de los políticos profesionales; su gestión de quince meses fue tal que acabó por tener enfrente a toda la opinión pública. Murió de pesadumbre al ser presentada en el Congreso, en abril de 1884, una moción en el sentido de formarle causa por mala administración y malversación de fondos.

Entre tanto, el primer domingo de septiembre de 1883 habían tenido lugar las nuevas elecciones a la Presidencia. En Bogotá fueron especialmente tumultuosas. Núñez, que contaba con la mayor parte de los Estados, triunfó fácilmente sobre el candidato ocasional de los radicales, Wilches. Hasta el 7 de agosto de 1884 no tomó Núñez posesión de su cargo. Todo el mundo ponía en él grandes esperanzas; recibiósele nuevamente con los brazos abiertos. En cierto que no pudo obtener empréstito alguno, cosa que intentó con Lesseps, y llegó, pues, con las manos vacías. Pero llegaba también como amo de la situación, mimado o temido por todos los grupos. Para el observador sagaz era cosa indudable que Núñez pensaba en afirmar totalmente su dominio sobre aquel flaco y arruinado cuerpo estatal y que trataba, sobre todo, de modificar la constitución federal de 1863 en el sentido de una mayor centralización, de una organización más rigurosa y de la prolongación del período presidencial. Nuñez tuvo que preparar la revisión con una tónica de limitación de las libertades, pues se hallaba necesitado del apoyo de todo el partido conservador.

Por todas partes se hacía patente un movimiento —sólo invisible para quien se empeñara en estar ciego a la realidad de las cosas— en pro de una restauración de signo clerical. Los eclesiásticos habían robustecido notablemente su poder durante los años últimos, sabiendo aprovechar adecuadamente la libertad de movimientos que les proporcionaba la total separación de la Iglesia y el Estado. Los templos se veían siempre llenos, muchos liberales volvían a encomendar de nuevo a los religiosos la enseñanza de sus hijos; la Universidad Católica, fundada por el Nuncio Agnozzi, halló buena acogida; los publicistas de la escuela ultramontana utilizaban un lenguaje mucho más insolente y hostilizaban con mayor violencia a nuestra Universidad Nacional. En el Estado del Cauca hasta se habían suprimido algunas clases de física y química, por hallarlas en contradicción con la doctrina de la Iglesia.  Al fin se permitió a algunos jesuitas el regresó al país, y en seguida comenzaron con su trabajo de zapa.

La crisis económica, la presión que se operaba sobre el comercio y el tráfico, el turbio panorama del tiempo venidero, las continuas disensiones dentro del partido liberal, las desavenencias entre los políticos, la degradación de los independientes, la humillación de los radicales por la desafortunada candidatura presidencial de Wilches. . .,todo esto había de dar lugar a una conmoción por el estilo de la que en Bélgica, en circunstancias bastante parecidas, se había producido ya. Núñez tenía sobradas condiciones de estadista como para no darse cuenta de ello, acomodándose a ese movimiento retrógrado. Pero, ¿cómo iniciar y llevar a cabo la revisión constitucional, con la que, en el fondo, todo el mundo se hallaba de acuerdo? La mencionada Constitución de 1863 había establecido la norma de que para efectuar una modificación de la misma era necesaria en el Senado la conformidad de todas las delegaciones de los nueve Estados, integrada cada una por tres miembros; había que ganarse, pues, a, por lo menos, dos senadores de cada Estado, cosa imposible dada la actitud federalista, hostil a toda reforma, que observaban algunos radicales. En vez de publicar un programa sobre la revisión, obligando a Núñez a definirse, los radicales se comportaron más bien como impugnadores del propósito, lo que contrarió todavía más a la opinión pública. Podía pensarse sólo en dos salidas: o había que confiarse a la eficacia del dinero, y dinero no lo había, o era necesario llegar a una solución de fuerza (derrocar gobiernos radicales en los Estados, o apresar senadores de ese mismo grupo).

Resultaba curioso que fuera tan exiguo el número de personas que veían acercarse el oleaje de la revolución; más curioso todavía —en medio de aquella conmoción, de suma ejemplaridad histórica—, que no fuera Núñez quien comenzara el conflicto bélico, acaso deseado en silencio por él, sino que los tadicales, en el colmo de la obcecación, se adelantaran a tomar las armas. En caso de que éstos hubieran sido los atacados, no habrían salido en verdad, vencedores, pues el partido liberal se hallaba harto dividido, débil e impotente, y el vuelco era además inevitable, pero al menos habrían perdido honrosamente. Más, de este modo, los radicales violaron la ley antes de esperar a que la violara Núñez y se lanzara abiertamente al golpe de Estado. Tronaban contra el “traidor” Núñez, que había hecho dejación de las ideas liberales, en tanto que él no había demostrado todavía con ningún acto ser el reaccionario que decían; le dejaron, pues, el bonito papel de representante de la legalidad, del orden agredido y del derecho vulnerado.

Cuando Daniel Hernández, jefe de los radicales del Estado de Santander y persona de toda honorabilidad, declaró la revolución contra el “dictador” —lo cual hizo desoyendo toda clase de consejos y bajo el disgusto producido por la intromisión de Núñez en los negocios de aquel Estado autónomo—, este último pudo lanzar el día 26 de diciembre de 1884 esta significativa proclama a la nación:

... sólo una intransigente fracción, para hacer, sin quererlo más apremiante la anhelada obra, ha alzado bandera sediciosa contra un gobierno culpable únicamente de haber buscado, con excesivo candor, el concurso de todos para la pacificación de los espíritus, dando repetidos ejemplos de moderación y benevolencia... El Gobierno no se limita a defender el depósito que en sus manos se ha puesto; porque este conflicto que comienza, lógico en su fondo, es el fruto inmediato de la insensatez de unos colocada al servicio de la perversidad de otros... En este penoso trabajo de pacificación, las bendiciones de Dios estarán con nosotros... 

 

 

El estallido de una nueva revolución, con el que sombríamente se cierra este capítulo, suministra la mejor prueba de que los “años de aprendizaje” de Colombia estaban aún lejos de acaba rse. Al lado de lapuray simple solidaridad humana, la repugnancia del autor ante el inútil derramamiento de sangre se explica por sus propias experiencias, que refiere en el siguiente capítulo y que ocasionaron, en último término, el cese prematuro de su actividad docente y de su permanencia en Colombia. |

| La continuación del resumen histórico hasta los días actuales se halla igualmente bajo la impresión de cosas vividas y que a nuestro padre, lo mismo que a todo hombre que mira más allá de unos estrechos confines, le ocasionaban profundo sufrimiento. Era el horror cte la guerra mundial. ¿Quién se atreve a tener el derecho de juzgar la casi inofensiva guerra de Colombia cuando, pocos años después, los pueblos de Europa desencadenaron entre sí otra guerra civil? Y, a la vista de tales acontecimientos, ¿no pueden los colombianos señalar con cierto orgullo el hecho que en su país reine ya la paz desde hace más un cuarto de siglo? As |í |pues, la historia de las últimas revoluciones y de los inciertos tiempos que vineron tras ellas, pueden escribirse sin que el prestigio de Colombia sufra mengua en comparación con los grandes pueblos civilizados. Por el contrario, podemos advertir con claridad un desarrollo ascendente, y abrigar la esperanza de que no sufrirá interrupción. La paz interna de Colombia se halla asegurada en tanto que los partidos avancen lo suficiente en su propia superación y depuración como para llevar a plena validez y justa aplicación el derecho de sufragio universal. Esta es hoy la mas noble misión de la todavía joven república democrática. |

Cuando el partido gubernamental hubo sofocado con la victoria de La Humareda la guerra civil desencadenada por | los liberales, Rafael Núñez convocó el primero de septiembre de 1885, una convención nacional encargada de preparar la revisión de la ley fundamental. Los trabajos previos fueron confiados a Miguel | |Antonio Caro, quien con anterioridad había recibido de los vencedores instrucciones concretas a ese propósito. Núñez se hizo elegir nuevamente para la Presidencia el 6 de diciembre de 1885, prolongando además su mandato hasta seis años de duración.

|La nueva Constitución no entró en vigor hasta el5de agosto de 1886. Toda ella era obra de aquel demoníaco estadista. Los poderes del Presidente tenían carácter extraordinario y resultaban dignos de una monarquía aristocrática. Se implantaba de nuevo la pena de muerte. La dirección y organización de la formación escolar quedaba totalmente en manos del clero. Se suprimía la libertad de prensa. Lafe católica se definía en la Constitución, y lo mismo sigue ocurriendo en la actualidad, como religión del Estado: “la religión católica, apostólica, romana es la de Colombia “. |Más tarde se concluyó un concordato con la Santa Sede, en el que el empobrecido país se obligaba a enviar anualmente a Roma una fuerte suma de dinero en calidad de indemnización por las expropiaciones de bienes eclesiásticos que llevaran a cabo los gobiernos anteriores. Detalles más concretos sobre el particular se encontraban en la Ley número 35 del año 1888, que confirmaba los acuerdos firmados con el Papa León XIII. Digna de especial atención era además la Ley número 153 del año 1887, pues en ella se reconocía al derecho de la Iglesia plena libertad y equiparación junto a la legislación civil. Esto se ha robustecido de tal modo en el transcurso del tiempo, que los efectos legales del bautizo, el matrimonio y la muerte son producidos por la Iglesia. Dada la inexactitud de muchos de los registros ecle |siásticos, se han originado ya por ello las mayores dificultades de orden jurídico. |

|En las siguientes elecciones de 1892 Núñez | |fue confirmado de nuevo como Presidente. Pero su salud se hallaba ya muy minada, y como su correligionario M. A. Caro había sido designado Vicepresidente, confió a éste la dirección de los negocios del Estado. A la muerte de Rafael Núñez ocurrida de manera repentina el 18 de septiembre de 1894, Caro se hizo cargo del Gobierno, con carácter definitivo y también bajo la forma autocrática. Si bien se ha bían producido escisiones en el seno de |l |partido conservador, no logró éxito una revolución promovida, sin orden ni plan alguno, por los liberales. El año 1898 se volvió a elegir Presidente a un conservador, el nonagenario doctor Manuel Sanclemente. Este caduco anciano firmaba sólo mediante un sello, que, encomendado a la custodia de sus subordinados, se utilizó para cometer los más increíbles abusos. Semejante administración se hubiera acabado por sí misma y en breve plazo. Pero otra vez les faltó paciencia a los liberales, y afines de 1899 estalló al Norte de país una revolución que se cuenta entre las más sangrientas de Colombia. Pese a algunos éxitos iniciales, los liberales hubieron de sucumbir a causa de la falta de unidad en el mando. Los conservadores “históricos |" |se aprovecharon de la confusión existente en el país para derribar al conservador “nacionalista |" |Sanclemente, y e131 de julio de 1900 elevaron a la suprema magistratura del Estado al vicep residente José Manuel Marroquín. Contaron para ello con el apoyo clerical. |

|Para toda persona de recto juicio la administración de Marroquín constituye una de las épocas más negras de Colombia. Este hecho es, a su vez la única jusqficación del partido liberal, que, desesperado de la situación, lanzó a |l |país a la guerra civil másterri ble de cuantas ha vivido. La matanza | |duró tres años, hasta que, porfin, el 21 de noviembre de 1902, llegó afirmarse la paz. Este acto tuvo lugar a bordo del barco de guerra norteamericano | |”Wisconsin “, |entre el representante conservador del Gobierno, y los liberales, quienes, teniendo a todo Panamá en su poder, se decidieron a dar ese paso por razones patrióticas y también por miedo de una intervención de los Estados Unidos. E |l |país había quedado arrasado ypobre. Una pésima política de papel moneda hizo imposible el comercio exterior con Colombia. En esta época de máxima postración hubo de empezar Colombia las negociaciones con los Estactos Unidos sobre e |l |proyecto de abrir un canal a través de Istmo de Panamá. Por entonces, empero, no se habían extinguido aún los derechos de la sociedad francesa del canal, en la cual muchas familias colombianas perdieron también, por amor a la patria, enormes sumas de dinero. Mas las negociaciones con los americanos se frustraron entretanto, pues las respectivas posiciones resultaron inconciliables. Con tal motivo se produjo un cierto disgusto entre la población del Departamento de Panamá, y los Estados Unidos supieron explotar hábilmente en favor de sus planes aquel estado de ánimo. Se desencadenó un movimiento que, apoyado “bondadosa mente” | |por Norteamérica, tenía por meta la separación de aquella parte de Colombia, y cuando el Gobierno se disponía a enviar tropas a Colón yPanamá para que restablecieran el orden, el transporte militar fue impedido por la presencia dq barcos de guerra norteamericanos y el bloqueo de |l |ferrocarril Colón-Panamá. Esto posibilitó que Panamá se declara independiente el 3 de noviembre de 1903 y que Teodoro Roosevelt, quien se apresuró a reconocer al nuevo Estado, exclamara imprudentemente: “ |¡ |I took Panamá!”

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