COLOMBIA AÑOS DE
APRENDIZAJE
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El libertador bajó tempranamente al sepulcro. La Gran Colombia
se había deshecho, se habían separado Venezuela y Ecuador. ¿En qué
ha empleado Colombia el siglo que lleva de independencia nacional?
Fundamental, interesante pregunta.
Después de larga y lamentable confusión y después de derrocar el
dominio militar de los llamados
|intrusos, el 21 de noviembre
de 1831 se discutió y elaboró una constitución para el maltrecho
país y el 29 de febrero de 1832 fue expedida la Carta Fundamental
de la Nueva Granada. El poder ejecutivo correspondía a un
presidente, elegido por cuatro años y no reelegible, así como de un
Consejo de Estado que integraban siete miembros designados por el
Congreso.
La Nueva Granada invitó a Venezuela y Ecuador a fundar
juntamente con ella una liga de las tres repúblicas hermanas, sobre
la siguiente base: solución pacífica de todas las diferencias por
medio de un tribunal de arbitraje (esta idea, pues, había llegado
ya hasta allí); estricta prohibición del comercio de esclavos;
prohibición de negociar separadamente con España o efectuar
modificaciones territoriales sin el conocimiento de las otras
repúblicas coaligadas; por último, garantíxde los respectivos
gobiernos en el sentido de asegurar una forma republicana, popular,
colectiva, responsable y alternativa. Esta propuesta, por
desgracia, no fue escuchada; Venezuela la rechazó orgullosamente.
Sólo se llegó a un acuerdo en cuanto a la distribución entre las
tres repúblicas de la deuda producida por la Guerra de
la Independencia (más de cien millones de dólares).
Para el nuevo período de 1833 a 1837 fue elegido presidente el
jefe de los patriotas constitucionalistas y opuestos al dominio
militar, el que envuelto en la conspiración contra Bolívar, fuera
desterrado luego del país; hablamos del general Santander. Este,
cuya enorme estatua de bronce se alza hoy en una de las más bellas
plazas de la ciudad, ha dejado a la posteridad muchas obras, aunque
acaso procedió algo rígidamente contra los partidarios de Bolívar y
contra el clero y a pesar de tener sobre sí la culpa de
imperdonables actos de fuerza, como el asesinato del general Sardá.
Santander es el fundador de la escuela primaria en la república,
logrando la creación de escuelas para veinte mil niños, sin dejar
de tener presente la educación de las muchachas. Puso en manos de
los profesores universitarios de su tiempo el texto de Bentham
sobre legislación y el de filosofía de Tracy, de la antigua escuela
sensualista de Condillac; con estos dos libros de combate fue
robustecido el movimiento liberal.
La opinión conservadora, sin embargo, obtuvo en 1837 una
decisiva victoria con la elección del conservador liberal Márquez
como presidente. En vano acudieron los liberales al recurso de la
revolución (1840). Aunque los partidos se hallaban casi a la par,
triunfó finalmente, después de sangrienta lucha, el bando del
gobierno, que, robustecido, hizo elegir de nuevo para el siguiente
período presidencial a uno de los suyos, el general Pedro Herrán,
ami go que fue de Bolívar (1841-1845). Bajo la pacífica
administración de Herrán, que fomentó la industria y la educación,
se llevó a cabo el 20 de abril de 1843 una revisión de la ley
fundamental, a que, al objeto de aumentar el poder central, admitía
también al Congreso a los funcionarios y les daba derecho a ser
elegidos. El presidente electo para el nuevo mandato, el
general Tomás C. de Mosquera, primeramente conservador, pero
inspirado por la ideología liberal, jefe después de los liberales y
hombre de los más diversos destinos, supo conseguir uno de los
mejores períodos que en la administración ha conocido el país
(1845-1849). Implantó en serio la navegación de vapores por el
Magdalena, hizo acondicionar las tierras del istmo de Panamá para
la construcción de la línea férrea, redujo el ejército al efectivo
mínimo y lo dedicó a abrir caminos, mejoró los servicios de
correos, introdujo el sistema métrico decimal en las medidas y la
moneda, hizo formar en el Colegio Militar los primeros ingenieros
bajo la dirección de personal extranjero de gran competencia, y
dispuso una amnistía general que permitió a los desterrados el
regreso a la patria.
El partido liberal, que se había recuperado entre tanto, alcanzó
mayoría en la elección para presidente (1849-1853) celebrada por el
Congreso y que recayó en el general López. Este debilitó en favor
de los Departamentos el influjo del poder central, robustecido
antes por los conservadores, descentralizó la administración en
ímplantó la plena libertad de prensa, de modo que llegaron a
difundirse entonces como cincuenta publicaciones políticas. Se
abolió la pena de muerte para los delitos políticos, se suprimió la
aduana de Panamá y se comenzó allí la construcción del ferrocarril,
se declararon libres el comercio de tabaco y la exportación de oro,
dando un gran auge a estas ramas de la economía. Los jesuitas, que,
arrojados de España por Carlos III en 1767, habían regresado al
país en 1844, fueron ahora expulsados de Colombia; se declararon
suspendidas las rentas eclesiásticas, lo mismo que el derecho de
asilo y el fuero sacerdotal, y a los cabildos se les dio facultad
para nombrar a los curas párrocos. A López corresponde la gloria de
haber efectuado la total liberación de los esclavos, hasta
entonces no lograda en todos los sitios (el número de los esclavos
oscilaba entre diez mil y veinte mil), y de ese modo, no sólo quitó
a los espíritus las cadenas de la censura, sino que libró a los
cuerpos de los pobres negros de las ligaduras de sus amos. Con ello
quedó consumada la obra a la que con energía y elocuencia se
consagro el venerable sabio Félix Restrepo (1760-1832) desde el
principio de la Guerra de Independencia.
López introdujo además el sistema de jurados en los tribunales
de justicia y redujo en un quinto las tarifas aduaneras. Colombia
fue el primer Estado que, bajo la administración de dicho
presidente, permitió el tráfico de buques de naciones extranjeras,
por sus ríos y demás aguas, hasta el interior del país. Insistió en
la confiscación de los bienes eclesiásticos y en la soberanía
estatal. Si se hubiera continuado la política introducida por el
antecesor, Mosquera, el comercio libre hubiera proporcionado
ferrocarriles y carreteras, mientras que ahora, para la
construcción de las vías férreas, es necesario hacer llegar
capitales del extranjero si es que realmente se desea que las
líneas queden terminadas.
A pesar de que López superó una conspiración conservadora
promovida por Ospina, imponiéndose además a la hostilidad del
clero, y aunque inauguró la época más importante en el desarrollo
político de la República, así como las reformas más audaces y de
mayor transcendencia,no fue capaz de impedir la escisión dentro del
propio campo. Todavía bajo el dominio conservador, se pretendió
convertir por la fuerza a las ideas de ese partido a los
estudiantes de la Universidad, muy avasallados a la sazón y cuyo
rector, además, era un eclesiástico estrecho de miras. Los
estudiantes fundaron entonces una asociación democrática empapada
especialmente en el ideario de la revolución de julio. Uno de sus
principales dirigentes, primero agitador furioso y luego
ultramontano, presentaba como un hecho la coincidencia de los
principios democráticos con el más puro cristianismo, y en su
entusiasmo predicaba que ya Cristo había padecido en el Gólgota por
esas ideas, a causa de lo cual se bautizó al partido con el nombre
de “los Gólgotas”. El general López asistía a las
sesiones de estos ardorosos estudiantes y así los fue ganando para
sus fines.
En tanto que los viejos liberales se oponían a reformas
enteramente razonables, tenían miedo de la inmediata liberación de
los esclavos, medida que a su entender debía implantarse
paulatinamente. Los de este grupo querían conservar un ejército muy
numeroso, para la correspondiente represión de los conservadores;
eran partidarios de la pena de muerte, y en esto llegaban tan lejos
que pensaban extenderla a toda una gran serie de infracciones. La
joven escuela, en cambio, pedía las máximas libertades, que, con su
ayuda, fueron en efecto implantadas por el general
López.
Después del mencionado e infeliz alzamiento de los conservadores
acaudillados por Ospina, los viejos liberales o progresistas
—que ahora se habían vuelto reaccionarios— opinaban que a
los revoltosos y agitadores se les debía tratar con todo rigor
mediante destierro, confiscación de bienes, etc., con el fin de
exterminarlos por entero, para lo cual sería necesario un ejército
permanente de, por lo menos dos mil quinientos hombres. Solicitaban
además el mantenimiento de la pena de muerte y hasta la prisión por
deudas. Los jóvenes “gólgotas”, empero, pedían libertad
para todos y que se aprovecharan con tolerancia y mesura las
ventajas de la victoria; se resistían obstinadamente contra los
medios preconizados por los viejos liberales, ahora llamados
“los draconianos”, no sentían temor alguno ante la
separación de la Iglesia y el Estado ni ante ninguna de las
reformas grandes y de amplias miras. Gracias a su proceder,
resultado de una gran tirmeza de convicciones —y pese a la
desconfianza con que los miraba el nuevo presidente, Obando, quien
aspiraba a gobernar con el apoyo de los draconianos y del
ejército— llevaron a término la ley fundamental de más
profundo sentido liberal que conocen las repúblicas
hispanoamericanas, la Constitución del 21 de mayo de 1853. En
virtud de ésta la Iglesia quedó enteramente separada del Estado; se
despojó de fórmulas y requisitos eclesiásticos a todo acto civil;
se sancionó el sufragio universal, directo y secreto; se suprimió
la prisión por deudas; se separaron del ejecutivo los poderes
legislativo y judicial y se dispuso la total descentralización
(concretamente, se retiró a las autoridades federales la facultad
de nombrar lo gobernadores de las provincias). El matrimonio civil
quedó autorizado por la ley de 20 junio de 1853, se traspasó a los
municipios la propiedad de los cementerios, se redujo el ejército
en activo y se disminuyeron las tarifas aduaneras.
En balde se opuso a estas reformas el presidente, general Obando
(1853-1855), llevado al poder por los antiguos progresistas. Las
reformas fueron acogidas, y aún más por cuanto los escasos
representantes conservadorés no adoptaron frente a ellas una
actitud verdaderamente hostil, pues los gólgotas dispusieron al
propio tiempo la elaboración de una ley de amnistía, según la cual
los obispos desterrados podrían regresar de nuevo a la patria. Esto
constituía para los conservadores motivo suficiente para confiar en
que el retorno de aquellos prelados, junto con la mayor libertad de
movimiento creada por la separación de la Iglesia y el Estado,
traería consigo el comienzo de una restauración del antiguo
predominio conservador.
Al estallar luego una revolución militar acaudillada por Melo, y
habiéndose declarado abolida la Constitución el 17 de abril de
1854, se culpó a Obando de haber favorecido el golpe, formole causa
el Senado y se acabó por destituirlo, después de una guerra civil
de seis meses, en que la ciudad de Bogotá fue tomada por los
liberales en lucha contra el bando militarista. (No me atrevo a
decidir sí la acusación hecha a Obando era o no justificada, pues
las opiniones sobre el particular siguen estando muy divididas).
Los dos restantes años del período presidencial fueron completados
por Manuel María Mallarino, vicepresidente conservador, muy
moderado, que formó un gabinete mixto (1855-1857), redujo a 300
hombres el ejército activo y mantuvo una gran austeridad económica.
En 1855 el Congreso aprobó por unanimidad un proyecto según el cual
Panamá pasaría a constituir un Estado autónomo, tan sólo en ciertos
aspectos dependiente de la Nueva Granada. Este hecho, que se
consumó de manera pacífica y tranquila, sirvió de precedente a
otras decisiones. El 11 de junio de 1856 se creó el Estado de
Santander, y en 1857 se discutió en el Congreso una nueva
Constitución, adoptada al año siguiente, según la cual, junto a los
dos Estados dichos, se delimitaba el territorio de otros seis,
existentes luego como departamentos y que eran los de Antioquia,
Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca y Magdalena. Al propio tiempo
la República, en lugar del nombre de Nueva Granada, pasaba a
ostentar el de Confederación Granadina (28 de mayo de
1858).
La división del partido liberal llevó a la presklencia, en
momentos tan decisivos para la organización nacional, al
conservador doctor Mariano Ospina, de formación sofística y
escolástica y antiguo conjurado contra el gobierno López. Si bien
en la nueva Constitución , imitada de la norteamericana, se
reconocían a los Estados todos los derechos no expresamente
adjudicados al poder nacional, y pese a que la decisión sobre
cuestiones de competencia entre el poder de la Confederación y el
de los Estados se reservó exclusivamente al supremo órgano jurídico
de la nación, Ospina promulgó contra todo derecho, una ley (8 de
abril de 1859) inspirada por su unitarismo y en interés del
gobierno central conservador. Esta ley transfería a los poderes
nacionales, retirándosela a los Estados, la intervención en los
escrutinios de las elecciones para miembros del Congreso y para la
Presidencia de la República. Contra ésta y parecidas medidas elevó
violenta protesta el partido liberal, amenazado en su propia
existencia. Y cuando Ospina auxilió dos revoluciones, si bien
sofocadas luego, contra los gobiernos de los Estados de Santander y
Cauca, cuando se reunió el congreso ultraconservador formado bajo
el influjo de la nueva ley electoral y cuando esta cámara dio una
ley de orden público que confería al poder central facultades para
imponerse a los gobiernos de los presidentes de los Estados y hasta
para suspenderlos en sus funciones, entonces resultó ya inevitable
la borrasca. Los Estados liberales de Santander, Bolívar, Magdalena
y Cauca dieron en suponer que sólo el poder de las armas podía
salvarlas del peligro intensionadamente provocado. Así se
desencadenó la más prolongada e inútil de las revoluciones que ha
visto Colombia, la de los años 1860 a 1863.
El 3 de septiembre de 1859 Ospina declaró el estado de guerra en
toda la nación. El 8 de mayo de 1860, el general Tomás C. de
Mosquera, gobernador del Estado del Cauca, expidió, a raíz de un
ultimátum dirigido a la Presidencia el 18 de abril, el famoso
decreto en que declaraba haber recibido de la autoridad legislativa
de su propio Estado facultades para separarlo temporalmente del
gobierno de Bogotá hasta que éste volviera a la normalidad
constitucional. Se había producido el caso de guerra y con ello,
un peligroso ejemplo para el futuro. Ospina atacó personalmente al
Estado de Santander y salió vencedor en la sangrienta batalla
del Oratorio. Después de numerosas contiendas, Mosquera pasó la
Cordillera Central y se unió con López y Obando, los predecesores
de Ospina en la Presidencia. A una batalla seguía otra batalla. Los
liberales triunfaron, al mando del general Gutiérrez, en una lucha
de siete días librada en Boyacá; el ejército vencedor, después de
la dura batalla de Subachoque, ganada por Mosquera, uniose a éste y
el 18 de julio de 1860, de 1861 fue tomada por los federalistas la
ciudad de Bogotá. En aquella ocasión Mosquera hizo fusilar a tres
altos magistrados, sin juicio alguno.
Mosquera, que durante la guerra fue reconocido como caudillo de
la misma, constituyó un gobierno provisional, en el que se dio el
título de “Presidente provisorio de los Estados Unidos de
Nueva Granada, supremo director de la guerra”. Los hechos más
importantes de ese gobierno, cuyas consecuencias todavía hoy se
hacen sentir, son los que siguen: la constitución de Bogotá en
territorio federal; la separación de Cundinamarca de un nuevo
Estado, el del Tolima; la expulsión de los jesuitas; la
expropiación y subasta, o la venta a cualquier precio, de todos los
bienes de manos muertas; la supresión de las casas conventuales y,
por último, la designación del país con el nombre de Colombia. Tras
continuada guerra, el 4 de febrero de 1863 se reunió por fin la
Convención Nacional de Rionegro, estrictamente liberal y convocada
por Mosquera, que promulgó el 8 de mayo de 1863 la trascenden,tal
Constitución de los Estados Unidos de Colombia. Primer presidente
de éstos fue el general Mosquera y el segundo, el doctor Manuel
Murillo, uno de los mejores diplomáticos y estadistas del grupo
radical (1864-1866). Hubo numerosas revoluciones en los diferentes
Estados, en las que unas veces los liberales y otras los
conservadores trataban de derrocar, o derrocaban, a los respectivos
gobernantes; el presidente iba reconociendo como hijos de la
voluntad popular a todos los gobiernos surgidos de esas conmociones
(hasta el nuevo gobierno conservador de Antioquia), todo ello por
la teoría de los hechos consumados. A pesar de lo dicho, la
enseñanza fue mejorada notablemente bajo el mandato de Murillo y
los bienes de manos muertas todavía no subastados se adjudicaron a
los cabildos municipales.
En el año de 1866 ocupó la presidencia por cuarta vez el general
Mosquera. Movido de su carácter despótico y de sus antojos
autoritarios, pronto mostró el poco respeto que sentía por la
leyes. Durante su ausencia de dos años había contratado en Europa
empréstitos y adquirido barcos de guerra por sumas fabulosas, sin
contar para ello con el consentimiento de la nación. (El producto
de la posterior venta de dichos barcos ascendió apenas a la décima
parte del dinero que se malempleó en ellos). Mosquera quería
proseguir aún con la subasta de los bienes de manos muertas, a
objeto de hacer de nuevo candente la “cuestión
religiosa”. Como el grupo liberal-radical le hacía abierta y
dura oposición, como la opinión pública estaba en contra suya y el
Congreso tampoco coincidía con él en los decretos
—particularmente en el criterio acerca del papel del poder
central al producirse revoluciones en los Estados—, Mosquera
declaró suspendidas sus relaciones con la Cámara y se proclamó
dictador el 29 de abril de 1867. Pero ya a los veintiséis día de
este hecho, un grupo de ciudadanos eminentes lo tomaron preso
durante la noche en su palacio (conjuración del 23 de mayo de 1867)
y lo encerraron en el Observatorio Astronómico. Acusado luego ante
el Congreso, se le enjuició y destituyó, por último, fue condenado
al destierro.
Antes de concluir el período presidencial de Mosquera fue
abolida por el vicepresidente general Acosta la ley sobre
inspección de cultos y todo desacato por parte de los eclesiásticos
quedaba bajo la competencia de los tribunales ordinarios para su
oportuno castigo. En ese tiempo se creó la Universidad Nacional.
Los gobiernos siguientes fueron presididos por ilustres ciudadanos
del grupo radical. Bajo su mandato, y eso se lo debe conceder la
misma envidia de los enemigos, tomó la enseñanza un auge no visto
hasta entonces. El general Santos Gutiérrez, triunfador de Boyacá
en la revolución de 1860, el general Eustorgio Salgar, personaje
muy simpático, el doctor Murillo en su segundo mandato presidencial
(1872-1874) y el doctor Santiago Pérez (1874-1876) fomentaron la
escuela primaria, los bancos, las exposiciones nacionales, la
redacción de los principales códigos..., y trataron de poner orden
en la desastrosa situación de las finanzas, particularmente en la
normalización de la deuda exterior. Esta se elevaba a la ingente
suma de 33 millones de dólares, la cual (bajo Murillo) se redujo,
empero, a 10 millones mediante acuerdos con los acreedores
respectivos.
Durante el período presidencial de Santiago Pérez la Universidad
siguió en continuo desarrollo y en 2.000 escuelas públicas recibían
instrucción 48.000 niños y 21.000 niñas. Por medio de una economía
arreglada y ahorrativa se hubiera logrado establecer el equilibrio
entre los ingresos y los gastos, obteniéndose incluso algunos
remanentes regulares, a no ser por la división de los liberales y
por las nuevas revoluciones que pusieron al país casi al borde de
la ruina. En el mandato de Santiago Pérez produjéronse también
insurrecciones contra el gobierno central, que se prolongaron
durante cuatro meses, en Panamá, Magadalena y
Bolívar.
Pero la revolución más sangrienta que ha conmovido al país fue,
sin duda, la que se desarrolló bajo el siguiente mandatario
presidencial, Aquileo Parra (1876-1877). Este fue elegido por el
Congreso, no sin alguna violencia, por no haber obtenido mayoría
ninguno de los candidatos liberales. El Estado de Antioquia,
cuyo gobierno conservador se había armado desde tiempo atrás
mediante la constante adquisición de material bélico, y el Estado
del Tolima, declararon la guerra al Gobierno Nacional, tomando como
pretexto la ley por la cual el ejército activo se había aumentado
hasta 3.000 hombres y se eliminaban de la enseñanza las lecciones
de religión. La revolución (agosto de 1876) produjo un nuevo
estancamiento en los esfuerzos del comercio colombiano, en el pago
puntual de los créditos de la deuda exterior y en la reducción del
tipo de interés de los bancos. La escuela primaria sufrió también
en esta revolución profundas heridas, todavía no curadas por
entero. Frente a las guerrillas conservadoras surgidas en casi
todos los Estados, el gobierno de la unión juntó un ejército de
25.000 hombres. Las huestes conservadoras de Antioquia fueron
vencidas en la terrible batalla de Garrapata al pretender penetrar
en el liberal territorio del Cauca, por la región de Los Chancos y
cuando se disponían a pasar la Cordillera Central para marchar
sobre Bogotá con una tropa de 14.000 hombres. En el lugar de la
lucha se hallan enterrados valerosos estudiantes liberales de la
Universidad. Los revolucionarios sufrieron finalmente otra derrota
en el centro de la República, en la Donjuana.
La revolución de 1876 fue breve, pero funesta. Costó al país,
por lo menos 10 millones de dólares. Los dos partidos se
enfrentaron en la forma más violenta, el clerical luchó apoyado por
la religión y bajo la dirección de eclesiásticos, contra las
escuelas ateas del Gobierno. La derrota de los revolucionarios
pareció definir la situación para largo tiempo. Pero nueve años más
tarde (1885) vuelve a cambiar la escena política: estalla otra
guerra civil, los vencidos de 1876 pasan a ser ahora los vencedores
y recogen implacablemente los frutos de la situación modificada en
provecho suyo.
¿Cómo pudo consumarse semejante transformación? El proceso es
tan típico y característico que merece ser considerado con algún
detalle.
Los pueblos, como los hombres, pasan por épocas de crecimiento y
de decadencia, de viril energía y desarrollo y de enfermiza
descomposición e impotencia. Grato debió de ser el cuadro que
ofreciera Colombia por el comienzo de los años setenta y que le
ganó en la Améfica Hispana la honrosa conceptuaciófl de ser una
escuela, un país en que la instrucción en general se hallaba por
encima de la todos esos pueblos. A Bogotá llegó a dársele el nombre
de “la Atenas de Suramérica”. Entonces, como ya vimos, se
elevaron considerablemente el crédito financiero y el moral de la
República; la exportación superaba en millones a la importación; el
país era rico y floreciente. Los presidentes eran sencillos
servidores del Estado y la administración se regía del modo más
honorable. Pronto, empero, se hizo notar la misma crisis económica
que en Europa. Se acabó casi enteramente la exportación del añil,
del tabaco y de la quina, en tanto que no era ya posible acallar
las nacientes necesidades, ni el incremento del lujo. Ahora se
ponía de presente toda la deficienciá de las instituciones
políticas, mucho menos visible en los tiempos de prosperidad. Ya
desde 1863 se hallaba en candelero el partido liberal, aunque bien
le hubiera venido algún cambio de aires, sobre todo hallándose en
clima tropical donde tan fácil es encenagarse y corromperse. Aquel
año, triunfantes los liberales después de la guerra de tres años
liberada a las órdenes de Mosquera, hicieron una constitución
ideal, abolieron la pena de muerte y dieron a cada uno de los nueve
Estados la casi absoluta autonomía, con derecho a importar armas
por su cuenta, a sostener un ejército y a administrarse
independientemente, aunque en el interior estallaran revoluciones y
fueran derrocados gobiernos.