En el interior de Colombia los partidos se hacían guerra del
modo más violento. Unos deseaban un fuerte poder central y
militarista ejercido por Bolívar, así como el mantenimiento de la
unidad de toda Colombia frente a las ya incipientes veleidades de
escisión; otros veían como única solución una federación de estados
con relativa independencia de los distintos miembros; otros, en
fin, deseaban instaurar una monarquía. La cuestión religiosa,
además, constituía una manzana de discordia, pues, mientras los
unos querían declarar oficial la religión católica, los otros
aspiraban a proclamar la libertad de confesión. El ejército se
hallaba corrompido, agotado el tesoro, perdido el
crédito.
Bolívar se había hecho atribuir poderes extraordinarios, que le
fueron retirados por el Congreso Federal en su sesión del 8 de
abril de 1826. Bolívar fue abiertamente acusado de abrigar planes
ambiciosos. Estas encontradas posiciones vinieron a estallar en la
Convención de Ocaña (9 de abril de 1827), donde los federalistas
tenían mayoría. Cuando, después de acordada la revisión de la ley
fundamental, fue adoptado el sistema federativo, la minoría, que
estaba integrada por partidarios de Bolívar, abandonó el congreso y
determinó así la incapacidad de éste para resolver. Por todas
partes actuaban los agentes de Bolívar y exigían se anularan las
resoluciones de la convención y la entrega del poder dictatorial al
Libertador. Manifestaciones públicas en tal sentido celebráronse en
Bogotá y en más de la mitad de los lugares y pueblos de la
República. Infelizmente, Bolívar cedió a estos estímulos y publicó
en agosto de 1828 una proclama en la que instituía la dictadura del
“Libertador Presidente”, al que secundarían seis
ministros. Aconteció esto en un momento en que los bolivianos
rechazaban ya el “Codex” del Libertador, le retiraban el
título de presidente vitalicio y se sustraían a su
influjo.
Despertó en Bogotá aquel espíritu que veía en Bolívar un César.
Y empezó a tramarse una conspiración en la que figuraban
especialmente elementos extranjeros, revolucionarios franceses y
probablemente también algunos españoles. Por miedo a ser
descubiertos, los conjurados se decidieron ya el 25 de septiembre
de 1828 a llevar a efecto su siniestro plan, el asesinato de
Bolívar. Un grupo de artilleros, doce civiles y los conjurados
asaltaron el palacio a las once de la noche, mataron a los guardias
y se precipitaron al dormitorio de Bolívar. Pero éste se deslizó
por la ventana a la calle y fue a esconderse bajo el arco del
pequeño Puente del Carmen. (A menudo, no sin una cierta emoción, he
pasado de noche sobre ese puente, evocando aquel hecho, no
ciertamente heroico, del Libertador). Los conjurados salieron
corriendo y gritando por todas las callejas: “¡El tirano ha
muerto!”. Pero los regimientos leales se habían adueñado ya de
la ciudad, apresando a los amotinados. Bolívar salió de debajo del
puente y fue aclamado con entusiasmo por el pueblo. Su venganza fue
sangrienta. Trece conjurados, entre ellos varios altos oficiales,
fueron pasados por las armas; a los otros acusados se les encarceló
o deportó. Hasta el general Santander vicepresidente de Colombia
durante largos años, que había administrado muy bien el país
durante la ausencia de Bolívar y le había enviado ayudas al Perú,
fue condenado a muerte y luego desterrado, pese a que en la opinión
de casi todos los colombianos era por completo
inocente.
Bolívar, a consecuencia de la conjuración de septiembre, se
hallaba moralmente aniquilado; el abismo entre sus partidarios y
sus enemigos parecía ya insalvable; el poder militar se reforzaba a
costa del civil; la desconfianza en su política era cada vez
mayor. Los peruanos declararon la guerra a los colombianos,
atacando a su Libertador; si bien fueron rechazados y recibieron en
Tarqui (27 de febrero de 1829) el adecuado
castigo.
Cansado ya de tanta decepción, Bolívar pensó en la necesidad de
buscar el apoyo de alguna potencia extranjera. Pero sus ministros
fueron todavía algo más lejos y concibieron el plan de instaurar en
Colombia una monarquia, pensando en primer lugar en un príncipe de
la Casa de Borbón (!). Consultaron confidencialmente a los
representantes diplomáticos de las distintas naciones y la
respuesta fue aprobatoria. El propio Bolívar se declaró
abiertamente en contra del plan. ¿Quién iba a ser el monarca, dado
que los ingleses no se hallaban dispuestos a transigir con un
Borbón? Aristocracia, no la había; los toscos generales, que en su
mayor parte procedían de las clases de tropa, hubieran resultado
ridículos en el papel de cortesanos. La opinión del pueblo estaba
dividida; la mayoría entendía que la independencia no se había
conquistado para cambiar una dinastía por otra, mientras los demás
veían en la monarquía la única forma de gobierno con garantías de
solidez. Bolívar escribió a sus ministros: “A los
representantes del pueblo les compete regir los destinos de
Colombia y determinar los medios y caminos para lograr sw grandeza.
A mí me compete someterme a su voluntad, cualquiera que ella fuere.
Esta es mi invariable resolución”. La respuesta no es clara ni
suficientemente concreta. Puede entendérsela como una ambigüedad o
como una franca repulsa. ¿Estaba Bolívar mezclado en aquel plan o
lo había inspirado él mismo?... Sólo después hablará en tono más
enérgico a sus ministros, que querían dimitir a causa del fracaso
de sus planes: “Si algún día un trono se levantase en Colombia
o en cualquiera parte de América, la primera espada que saltaría de
la vaina para combatirlo,
sería la de Simón Bolívar”. Acerca de estas transformacione
de Bolívar sigue imperando todavía una cierta oscuridad, qut yo no
conseguí esclarecer después de realizar en Bogotá diferentes
pesquisas. Según una fuente propicia a Bolívar, el sueño de éste
hubiera sido un régimen centralista, unitario y fuerte, pues tanto
la monarquía como la libre federación de Estados le parecían
soluciones imposibles.
Llegamos ya al último acto de la dramática, trágica trayectoria
del Libertador.
La gran República de Colombia se había convertido en un
insostenible ente estatal. No ofrecía suficiente margen de acción
al ambicioso afán de tantos generales. Ya hacía mucho tiempo que
Páez había mostrado en Venezuela antojos de separación. Ahora
blasonaba con el anuncio de que iba a liberar a Colombia de sus
opresores y hasta amenazaba con la guerra. De Venezuela llegaban
numerosos requerimientos en el sentido de separarse de Colombia ese
Estado, no reconociendo ya la autoridad de Bolívar. Como éste no
salía adelante con el propósito de llegar todavía en vida suya, a
una disolución de Colombia dentro de un espíritu conciliatorio,
decidió retirarse de la actividad pública. Más para demostrar que
eran falsas las intensiones monárquicas que se le habían imputado,
le importaba mucho ser reelegido presidente bajo la nueva
Constitución, que había sido concluida el 3 de mayo de 1830, pues
sólo de mala gana estaba dispuesto a abandonar aquella
magistratura. Para gran dolor suyo, empero, se eligió otro
presidente y al Libertador se le hizo saber que haría mejor en
salir de Colombia. Por unanimidad acordó el Congreso asignarle una
pensión anual de 30.000 dólares, de la que Bolívar, por desgracia,
había menester, porque él, millonario antes de la guerra, no
disponía ahora de dinero ni siquiera para dirigirse al exilio. El 8
de mayo partió El Libertador para la costa.
Desesperado de la salvación de la patria, se lamenta de este
modo: “Yo creo todo perdido y la patria y los amigos
sumergidos en un piélago de calamidades... Los tiranos de mi país
me lo han quitado y yo estoy proscrito”.
En la costa fue mudo y triste testigo de la descomposición de su
obra. El 22 de septiembre de 1830 Venezuela se declaró república
independiente. Poco después siguió el Ecuador, pero éste, por lo
menos, ofreció asilo al Libertador y le honró públicamente. En
contra de su promesa, Bolívar no abandonó el territorio colombiano,
lo que dio a sus difamadores ocasión para nuevas sospechas. Pero
por mucho que todo pareciera desafiarle a un último combate, por
mucho que le hostigara su misma patria, Venezuela, declarándole
fuera de la ley y pidiendo su expulsión de Colombia, por mucho,
también, que se le instaba desde Bogotá para que regresase, Bolívar
supo resistir a la tentación. Enfermó y su enfermedad tomó
caracteres alarmantes. De Santa Marta se retiró a la Quinta de San
Pedro Alejandrino, donde le brindó albergue el hospitalario
caballero don Joaquín de Mier.
En la lucha de los partidos se produjo súbitamente una religiosa
calma al circular por todo el país, con rapidez increíble, la
noticia de la muerte del Libertador. El 17 de diciembre de 1830, el
mismo día en que once años antes había visto coronado su sueño con
la fundación de Colombia, el mismo día en que hacía diez años
dejara el país Morillo, su más feroz adversario, exhalaba Bolívar
su último suspiro en la cálida costa colombiana. Las postreras
palabras de su testamento rezan así: “Mis últimos votos son
por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que
cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al
sepulcro”.
El deseo del Libertador no se ha cumplido. Su muerte no desarmó
las pasiones. Sólo en un sentimiento se hallan hoyunidos los
suramericanos, el sentimiento de la gratitud hacia su gran héroe,
Bolívar. Ya en 1832 su cenizas fueron llevadas con gran pompa a
Caracas y en muchas ciudades de Suramérica y hasta en el Parque
Central de Nueva York, se levanta su estatua. Su nombre figura en
París en el Arco del Triunfo. La exaltación, más, la divinización
del héroe de la Guerra de Independencia se manifestó especialmente
hace poco con ocasión de celebrarse el centenario de su nacimiento
el 24 de julio de 1883. La hondura de los sentimientos expresados,
particularmente en Colombia y Venezuela, sorprendía a cualquier
observador. Esa divinización tiene también, por descontado, su
aspecto negativo. La figura histórica de Bolívar va cediendo sitio
a un personaje romántico; la realidad no puede ya luchar contra la
leyenda. Si bien los documentos relacionados con Bolívar se han
reunido en veintidós volúmenes y en dos volúmenes una parte de su
correspondencia, si bien han aparecido ya diferentes biografías del
Libertador, todavía queda mucho que aclarar acerca de su vida y la
historia no ha llegado a emitir un juicio definitivo sobre
él.
Bolívar era de mediana estatura, seco y nervudo, las campañas le
habían tostado la tez y disipado el color de las mejillas. Su
rostro era ovalado; sus ojos, extraordinariamente vivos y
penetrantes, destellaban fuego; una recia nariz aguileña, una ancha
frente, una boca ligeramente contraída, daban atractivo e interés a
su semblante; en el trato común era alegre y franco; amigo de
fiestas y regocijos, no perdía, sin embargo, la
mesura.
Poseía Bolívar una fogoza fantasía y al escribir lo hacía con
magníficas imágenes, que todavía hoy nos fascinan. Mayor aún que su
imaginación era su voluntad; él fue la voluntad personificada de la
Guerra de Independencia. Sólo a su férreo tesón resultaba posible
vencer a más de cuarenta mil soldados españoles, tropa excelente y
con buenos mandos, cosa que realizópor todos los medios, unas
veces humanamente, otras con ferocidad. Sus acciones bélicas nos
sobrecogen frecuentemente y en aquella proclama en que declara a
los españoles la guerra a cuchillo vemos, desgraciadamente, un
extravío de la humana razón, que sólo las circunstancias hacen
disculpable.
Bolívar, al igual que todos sus conciudadanos, era orgulloso y
de suma altivez. Especialmente en su juventud aquel orgullo, junto
con la envidia, le llevó a cometer errores que afectaron algo su
vida, intachable y limpia en todo lo demás. También sabía
dominarse, su rivalidad y celos frente a los compañeros de lucha se
equilibraban por una gran fidelidad de amigo, por su generósidad y
abnegación.
Como ciudadano es Bolívar incomparable. “Prefiero el título
de Ciudadano al de Libertador, porque éste emana de la guerra, y
aquél emana de la leyes. Cambiadme, Señor, todos mis títulos por el
de buen ciudadano”. Su virtudes de ciudadanía resplandecen en
el hecho de que en la administración de dineros públicos, no sólo
fuese económico y parco sino que además procediese con gran rigor y
que al cabo de catorce años de mando en Colombia y Perú hubiera de
morir pobre, después de haber ofrendado a la patria en momentos
críticos todo cuanto poseía, riqueza y gloria.
En su pensamiento religioso era Bolívar muy libre y rendía un
cierto culto a la divinidad; respetaba la religión católica y como
fiel católico murió.
Bolívar está considerado como uno de los hombres más dotados
para la organización. Como soldado acreditó una asombrosa tenacidad
y constancia y como jefe le distinguía una rara paciencia,
hallándose al propio tiempo devorado de aquel sagrado fuego que
todo lo arrebata. Era singular su prudencia para elegir a los
subordinados y colocarlos en el cargo conveniente. Sus soldados lo
idolatraban.
Más discutido que en ningún otro aspecto lo es Bolívar en su
calidad de estadista. Odia los pequeños negocios administrativos,
aborrece el escritorio y no llega a comprender los mezquinos celos,
intrigas y enredos de los políticos de profesión. Particularmente
en la primera época de su carrera política, Bolívar habla el severo
lenguaje de la democracia: “Tan sólo el pueblo conoce su bien
y es dueño de su suene, pero no un poderoso ni un partido ni una
fracción. Nadie sino la mayoría es soberana. Es un tirano el que se
pone en lugar del pueblo y su potestad usurpa”. Dos grandes
prototipos trataba Bolívar de juntar en sí: el de Washington y el
de Napoleón. Admirando a ambos, al segundo de éstos lo imitó más
que al primero. En toda su concepción política se ve demasiado al
militar. Aspira sobre todo a un gobierno fuerte, por lo cual
descuida el elemento civil y se halla más que dispuesto a poner
mano al sable. De vencido pasó a vencedor, y vencedor quiso quedar
en la política. El, que tan a menudo disfrutó de poderes
extraordinarios, desea, sin embargo, servir a su patria; pero al
propio tiempo desea mandarla siempre, dominarla siempre, sin dejar
sitio a otros. Las decepciones que como hombre de Estado hubo de
sufrir provenían del desprecio de una ley: que el dominio de una
sola persona, por bien inspirada que ésta se halle, actúa al fin de
forma opresiva y se siente..como una carga. Las decepciones
mencionadas no tienen, pues, su origen en acontecimientos externos,
ni tampoco en el difícil carácter de sus compatriotas, sino,
sobretodo, en sus propias faltas. El mismo, al reaccionar contra la
libertad, fue quien mas perjudicó su obra. Bolívar, personificación
de una ambición noble y magnánima, pero insaciable, puso demasiadas
veces a prueba su popularidad. Fatigó a la suerte y hubo de
hundirse en la pesadumbre.
Mas Bolívar, que con su genio rompió el letargo de tres siglos,
se alza dignamente junto a los grandes caudillos de la antigüedad y
de los tiempos modernos, pues él devolvió el derecho de la libre
determinación a países que, con una extensión de cinco millones y
medio de kilómetros cuadrados, albergan hoy a más de diez millones
de seres. Vendrán nuevos siglos y se convertirán en una apoteosis
del gran Libertador de pueblos.
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