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Bolívar, gracias a la recomendación de un amigo español, pudo escapar de Venezuela y llegar hasta Cartagena, donde emprendió su campaña del bajo Magdalena y hacia tierras venezolanas contra seis mil veteranos españoles. Ya no era posible volverse atrás, pese a que la Constitución Española de 1812 concedía a la población blanca de las colonias iguales derechos que a la peninsular. En fogosas palabras se dirige Bolívar a los venezolanos ansiosos de libertad:

Soy uno de vosotros; arrancado prodigiosamente por el Dios de las misericordias de manos de los tiranos que nos agobian, vengo a redimiros del duro cautiverio en que yaceis... Prosternaos delante de Dios omnipotente y elevad vuestros cánticos de alabanza hasta su trono, porque os ha restituido el augusto carácter de hombres.

El 15 de junio de 1815 dio en Trujillo aquel terrible decreto en que declara guerra a muerte a los españoles. Irritado por sus actos crueles y sus infidelidades, les manifiesta que no habrá perdón para español ninguno y que todos los que caigan en sus manos serán degollados sin piedad. “Americanos —dice al final de su proclama—, contad con la vida, aun cuando seais culpables. Españoles y canarios, contad con la muerte, aún cuando seais inocentes”.

Y estas amenazas se cumplieron. No sé hicieroh cautivos. En la batalla de Mosquitera fueron matados en revancha los dos mil quinientos españoles que allí habían peleado, sin excluir a los heridos. En tres meses el pequeño ejército de Bolívar había recorrido doscientas cincuenta leguas y librado quince batallas. El 6 de agosto de 1813 Bolívar hizo su entrada a Caracas sobre un carro tirado por doce doncellas. El tigre de las batallas se acreditó de magnánimo vencedor. El 14 de octubre fue nombrado capitán general y se le otorgó el título perpetuo de Libertador con inherentes poderes dictatoriales.

Pero entonces se tomó el destino. Fernando VII había regresado a su país. Napoleón se hallaba derrocado, España era ya libre. El falso y suspicaz monarca que, llenó de ideas despóticas anuló por un golpe de estado la liberal constitución de 1812, exigía la incondicional sumisión de las colonias bajo su real autoridad. Le apoyaron los gobiernos reaccionarios de Europa, que prohibieron los envíos de armas a Suramérica. Los españoles llamaron en su auxilio a los aguerridos llaneros de Venezuela y Colombia, prometiéndoles la entrega de los bienes pertenecientes a los patriotas. Se desencadenó una lucha feroz y llena de alternativas. Corrieron raudales de sangre. Al ocupar los españoles en San Mateo el edificio donde se hallaban los depósitos de pólvora del ejército republicano, el heroico Ricaurte hizo volar la casa, quedando allí enterrado junto con sus enemigos. Bolívar triunfó en Carabobo, pero fue vencido en Puerta y Aragua de Barcelona por el general español Boyes y allí se inmolaron tres mil setecientas persona de ambos sexos y de todas las edades, además de setecientos treinta patriotas que se hallaban heridos. A estos golpes se sumó la rivalidad de los jefes militares, que inutilizó victorias como la de Maturín, donde los patriotas se impusieron contra fuerzas seis veces superiores.

Venezuela perdiose nuevamente. El Libertador se embarcó decepcionado para Cartagena. Allí le esperaba una triste noticia. Bogotá no había querido reconocer la nueva constitución; se hacia inevitable una guerra civil. Bolívar debió someter la ciudad. Con dos mil hombres se dirigió otra vez a la costa para atacar nuevamente a los españoles. Pero sus fusiles no pasaban de quinientos, mientras que Cartagena contaba con abundantes pertrechos. Por rivalidad frente al gobierno federal y frente a Bolívar, que tenía en aquella ciudad enemigos mortales, Cartagena negó al Libertador los necesarios auxilios. Indignado por tal proceder Bolívar acometió imprudentemente la ciudad con la fuerza de las armas y la sitió durante un mes con sus tropas, desmoralizadas por la fiebre, el hambre y la falta de equipo y vestuario. Esta guerra civil costó más víctimas que lo que valían los auxilios solicitados por Bolívar. Tal aturdimiento y obcecación tomaría venganza con el tiempo.

El general español Morillo había llegado a América con 56 navíos, trayendo 10.800 hombres, buena tropa de refresco, además de 4.200 soldados de infantería de marina, y comenzó a cercar a Cartagena después de que Bolívar, a quien no se quiso dejar ir contra los españoles, había entregado sus tropas al gobierno republicano y se había embarcado para Jamaica. Durante ciento ocho días resistió Cartagena. Todos los objetos de cuero, todo el calzado habían sido comidos por la sitiada guarnición; la ciudad era un montón de ruinas; de 18.000 habitantes, 6.000 habían muerto. El 6 de diciembre 1815 hubo de rendirse la Ciudad Heroica. Algunos cientos de patriotas fueron atraídos a la ciudad con la promesa de una amnistía, y una vez allí los mataron.

En el interior de la república miraron cruzados de brazos esa destrucción de la ciudad de Cartagena. Hundiose el ánimo de los patriotas, las ideas de la reacción fueron ganando terreno y se dejó a la opción del presidente entrar en negociaciones con los españoles. Sin particulares dificultades, Morillo el Pacificador, sometió al país.

Si Morillo hubiera mantenido su promesa de perdonar a los patriotas, entonces las colonias, cansadas de anarquía y de los malos resultados prácticos de la independencia, se habrían mantenido unidas a la metrópoli. Pero Morillo quería ser el duque de Alba de Suramérica. Suya era esta declaración: “Para subyugar a las provincias rebeldes sólo existe un medio: hay que arrasarlas, lo mismo que en la Conquista”. Así empezó una serie de crueldades sin igual en la historia. En Colombia fueron muertos entonces, por lo menos, unos siete mil patriotas. Después de caer Bogotá en manos de los españoles (16 de mayo de 1816), fueron fusiladas allí ciento treinta y cinco personas, la mayor parte gentes de alta estima por su ilustración, contándose también entre ellas algunas mujeres. Al sacrificio de estos mártires hay que agregar un gran número de exilados y deportados, entre ellos noventa y cinco sacerdotes; muchos fueron enviados a la selva o tuvieron que trabajar en la construcción de caminos, sucumbiendo a las privaciones. Confiscáronse los bienes de los republicanos y a las mujeres de éstos se las hizo objeto de toda clase de ignominias. Fue cierta la frase de Zea:

“El océano que separa ambos mundos no es tan grande como el odio que dividió a los dos pueblos”. Al colmarse aquella dura prueba de infortunio se comenzó a elevar de nuevo el sentido patriótico.

Bolívar no había permanecido inactivo en Jamaica. Entre otras cosas, pudo escapar al puñal de un asesino pagado. El 30 de marzo de 1816 emprendió desde allí, con siete barcos, una nueva expedición sobre la costa venezolana. La formaban sólo doscientos cincuenta hombres, los más de ellos oficiales colombianos. Al principio le fue adverso el dios de la guerra, pues faltaba armonía entre los jefes, de modo que en 1817 tuvo que hacer ejecutar a uno de ellos, Piar, para evitar que cundiera la indisciplina. Mientras la fortuna en la lucha se presentaba todavía indecisa, Bolívar, lleno de inquebrantable fe en el triunfo de su causa, comunicó a los granadinos el 15 de agosto de 1818 que pronto correría a liberarlos. El 20 de noviembre declaró la independencia de la República de Venezuela, organizó el gobierno civil y convocó a los patriotas a elecciones para un congreso que había de deliberar en Agostura. Este congreso se reunió a principio del año 1819. Allí depuso Bolívar su poderes, mas, a ruego especial de los diputados, se le invistió de nuevas e ilimitadas facultades. Ya llegaban los primeros mil doscientos hombres de las tropas reclutadas en Inglaterra, especialmente en Irlanda y que formaban la llamada “Legión Británica”, la “Legión Irlandesa” y el “Batallón Albión”, que luego, con un efectivo total de cinco mil hombres habrían de combatir valientemente en favor de la independencia.

Unánimemente fue aceptado el plan de El Libertador de atacar al enemigo en la propia Colombia. Dos mil colombianos a las órdenes de Santander (entre ellos mil llaneros) y mil venezolanos fueron reunidos con los contingentes británicos. Tratábase, nada menos, que de avanzar a través de los Llanos completamente inundados y ascender, pasando por las cordilleras coronadas de nieve, a las altiplanicies, de casi 9.000 pies de altura, de Tunja y Bogotá, donde aguardaba a los atacantes un bien pertrechado y disciplinado ejército español compuesto por tres mil infantes y cuatrocientos jinetes. No hay pluma capaz de describir las penalidades sufridas por los patriotas en esta marcha a través de las regiones tropicales cruzadas por corrientes de agua, dónde ya los caballos resultaban inservibles, para subir luego por los heladores pasos andinos. La ha­zaña de Aníbal en los Alpes sería aventajada por ésta. No ha surgido todavía un Tito Livio capaz de ensalzar dignamente la expedición. Nunca apareciose El Libertador más activo y grande que cuando se trataba de reunir a los rezagados y de allegar nuevos auxilios.

Una vez en la altiplanicie, El Libertador, mediante audaces y geniales movimientos militares y una marcha de flanco llena de peligros, supo introducirse entre el ejército español y la ciudad de Bogotá, para, el 7 de agosto de 1819, ofrecer batalla en el puente de Boyacá, terreno desfavorable al general Barreiro al mando de los realistas. Terrible fue el encuentro de los tres mil quinientos veteranos españoles y los dos mil patriotas. Mas a las pocas horas hubieron de rendirse los mil seiscientos españoles que quedaban. Un oficial llevó a Bogotá la noticia de la derrota, y las autoridades españolas entregaron a toda prisa la ciudad, dejando incluso una suma de 700.000 dólares en la Casa de la Moneda. Ya el 10 de agosto de 1819 entró Bolívar en Bogotá, a la cabeza de sesenta llaneros, bajo una verdadera lluvia de flores. Había terminado la “Campaña de los setenta y cinco días”.

Después de asegurar Bolívar la continuidad de su victoria, dirigiose a Caracas con el fin de aplacar allí las contiendas entre los republicanos, cosa que esta vez le fue posible. Ante el Congreso de Angostura relató personalmente su campaña y, como única recompensa, solicitó el permiso de retirarse a la vida privada hasta el día en que la patria volviera a necesitarlo de nuevo. Pidió al propio tiempo la creación de una gran república consistente en la Nueva Granada y Venezuela. El 17 de diciembre de 1819 se promulgó la ley fundamental para esta república, denominada la Gran Colombia, eligiéndose a Bolívar como su primer presidente.

Pero faltaba todavía mucho para la liberación del país. Había que traer armas del extranjero, satisfacer a los numeros acreedores de la recién creada república y obtener nuevos recursos monetarios. Sólo unos siete mil quinientos republicanos se oponían a las tropas escogidas de los españoles, compuestas por unos diecinueve mil hombres. Pese a las protestas de los ciudadanos libres, Bolívar hizo alistar cinco mil esclavos en las filas del ejército. Siendo iguales ante la ley y el derecho, debían serlo también ante el peligro y dar su sangre como compensación por el recién logrado honor de la ciudadanía. Sumamente favorable a las colonias fue la circunstancia de que el día de Año Nuevo de 1820 se alzaron en Cádiz, con Riego y Quiroga, las tropas destinadas a embarcar para América, exigiendo la vigencia de la Constitución de 1812.

Tras nuevas luchas, el 26 de noviembre 1820 se inició una tregua de seis meses entre Bolívar y Morillo, así como un tratado para que la guerra se hiciera dentro de una mayor humanidad. Morillo manifestó el deseo de conocer personalmente a su valeroso adversario, y, en efecto, tuvo lugar una entrevista entre el “Libertador” y el “Pacificador”, en la que ambos se abrazaron según el caballaresco uso español. Un año después de la proclamación de la República de Colombia, Morillo abandonó desalentado el continente americano, donde tanto duelo y desolación extendiera.

Bolívar no dejó expirar el plazo de la tregua y anunció al general español la reanudación de las hostilidades. El 24 de junio dç 1821 dio con seis mil hombres la segunda batalla de Carabobo, cuya victoria se alcanzó principalmente por los ataques de la caballería efectuados por el invencible general Paéz. En tanto que este último sometía enteramente a Venezuela, de manera que el 15 de noviembre de 1823 dejaban los últimos españoles el suelo entonces colombiano, Bolívar ponía por obra su grandioso plan para la liberación del Perú. El héroe de la lucha argentina de independencia, el “Protector" San Martín, atacó a los españoles en el Sur del Perú, de manera que estos no pudieron hacer frente al propio tiempo a las tropas de Bolívar que se acercaban por el Norte. Avanzando por el Valle del Cauca, libró Bolívar el 7 de abril de 1822 la victoriosa, pero extraordinariamente sangrienta batalla de Bomboná, en la que el número de muertos y heridos superó al de los vencedores. El mariscal Sucre triunfó, por su parte, en la falda del volcán Pichincha, de modo que en virtud de estas dos batallas quedó liberado todo el Sur de Colombia. El actual Ecuador se incorporó como tercer miembro a la República de Colombia; ésta fue reconocida oficialmente poco después por los Estados Unidos.

El primero de septiembre de 1823 entró Bolívar en Lima, capital del Perú y allí le fueron conferidos los máximos poderes, cosa tanto más necesaria por alanto dos presidentes republicanos se estaban hostilizando violentamente sin reparar en los veintidós mil hombres de la tropas españolas que se les enfrentaban. La irritación ante la traición flagrante de aquellos hombres, que negociaban secretamente con los españoles, la necesidad de acabar con ellos, aparte de algunas malas noticias postraron en el lecho a Bolívar. Pero, en medio de su gravedad, hubo de contestar a uno de sus amigos, que le preguntó qué pensaba hacer en tal situación: “¡Triunfar! Dentro de tres meses estaré en Potosí”. En Potosí, o sea muy lejos, junto a lá frontera meridional del Perú. Como ya antes le ocurriera, El Libertador fue tenido por loco en vista de tales aspiraciones. Pero él era el hombre capaz de llevar a término el plan concebido. Con su ejército emprendió una marcha de doscientas leguas hasta el llamado Alto Perú, sobre los Andes, con el propósito de enfrentarse allí al enemigo. El 6 de agosto de 1824 tuvo lugar la batalla de Junín, en la que novecientos jinetes republicanos se batieron contra mil doscientos jinetes realistas. No se disparó un tiro. Sólo se escuchaba el golpe de las lanzas y el blandir y chocar de los sables. Esta victoria fue sellada por la que en Ayacucho obtuviera el noble Sucre, mano derecha de Bolívar. En ella fue donde el joven general Córdoba dio la famosa voz de mando: “¡Adelante la División, armas a discreción y paso de vencedores!”. Todos los mariscales y generales realistas, dos mil hombres y mucho botín cayeron en manos de los vencedores; mil ochocientos españoles quedaron en el campo de batalla. Ya en abril de 1825 se cumplió la visión del Libertador de que un día habría de clavar la bandera de la libertad en la cima nevada del Potosí.

A principios de agosto de 1825, las antiguas tierras del Alto Perú declararon su independencia y el 11 de agosto tomaron el nombre de Bolivia en señal de agradecimiento al Libertador. A este Estado, creación suya, dio Bolívar una constitución, el llamado “Codex Bolivianus”, que contiene su credo político. Según él, el país debería ser gobernado por un presidente elegido con carácter vitalicio y que gozaría de inmunidad, debiendo él mismo designar a su substituto y sucesor. Tres cámaras, elegidas por sólo una décima parte de los ciudadanos, constituirían el poder legislativo.

A causa de esta obra se distanciaron de Bolívar muchos republicanos que se preguntaban si para llegar a tal resultado merecían haberse hecho tan grandes sacrificios. En vano acarició Bolívar planes encumbrados y en vano convocó a Panamá el 22 de junio de 1825 un congreso diplomático para crear una unión de todos los estados americanos del Centro y el Sur, o sea los Estados Unidos de Suramérica. El fracaso de estos proyectos, así como las sospechas que suscitaron, fueron haciendo palidecer poco a poco el alto prestigio del Libertador. No hay duda tampoco de que fue funesta para él la permanencia en Lima, donde se le nombró Protector vitalicio del Perú, así como las muchas lisonjas y testimonios de aplauso, y el ilimitado poder que ejerció durante cinco años. Sólo tras largos titubeos logró evadirse de aquella seducción. Partió entonces a Bogotá, donde se hicieron magníficos preparativos para tributarle un digno recibimiento. Cuando uno de los altos magistrados que a caballo salieron a su encuentro le hablaba de Constitución y de Ley en el discurso de salutación, Bolívar puso espuelas a su caballo y se alejó de allí. Esto, según me contaron, dejó una muy mala impresión.

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