LA
LIBERACIÓN Y EL LIBERTADOR
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Después de pasar la
Conquista como un huracán sobre la civilización aborigen, las colonias fueron
consideradas durante tres siglos por la metrópoli española como tierra conquistada; la
población, con su suelo, se repartió entre los conquistadores y se la aniquiló, en todo
el sentido de la palabra, por medio de un cruel sistema de explotación. Con los
indígenas americanos se manifestó el mismo desdén por las otras razas y el mismo
intolerante fanatismo contra las gentes de otra creencia demostrados por los españoles
con la expulsión de treinta y ocho mil familias judías y con la eliminación de tal vez
una cuarta parte de la población española, constituida por los colonos moriscos. Las
colonias hispanoamericanas, por ello, albergaban en su seno bastantes más gérmenes de
descontento, odio, descomposición e injusticia que las colonias inglesas de
Norteamércia, donde tenían vigor las mismas leyes que en la metrópoli y que se
consideraba en todo lo posible, con política prudencia, la necesidad de una libre
regulación de las circunstancias. Por ese motivo el choque fue en el Sur más intenso que
en el Norte y más duraderas las consecuencias. Era inevitable una ruptura violenta de los
lazos. Esto es lo que se desprende de una ojeada general a las circunstancias de la
época.
En orden a lo político, en las colonias dominaban casi exclusivamente los
españoles europeos. Los cargos públicos no eran accesibles a los indígenas ni a los
criollos. La cerrada centralización en presidencias y virreinatos
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que
abarcaban comarcas inmensas y apenas o escasamente relacionadas entre sí, así como la
total dependencia, en cuanto a legislación y jurisdicción, de la Corte Española y del
Consejo de Indias que no conocía las necesidades de cada región y que sólo con
lentitud resolvía los negocios, ahogaban toda capacidad política de resolución.
Hay que añadir que las autoridades civiles entre sí, y estas con respecto a las
eclesiásticas, se hallaban en disenSión constante. La libertad personal y los fueros,
tan desarrollados en España, lo mismo que la opinión pública, no eran allí tolerados.
El acceso a las posesiones de América se hacía casi imposible a los otros europeos no
españoles; las colonias se hallaban rigurosamente separadas del resto del mundo, de modo
que tenían de éste un concepto enteramente erróneo. Una gran irreflexión y egoísmo
por parte de los funcionarios ponían su sello a la administración. La imposición de muy
altas cargas tributarias, en especial los impuestos sobre las ventas, oro y siempre oro,
era la consigna de los españoles. Por eso no existía amor patrio, ni fidelidad en las
funciones públicas, ni afecto de los gobernados hacia los gobernantes; en una palabra,
entre la autocracia de una parte y la sumisión de la otra, no había progreso.
En el aspecto cultural y social las
cosas no estaban mejor. La enseñanza pública se encontraba enteramente desatendida y se
daba en forma fragmentaria e incompleta, obstaculizada además por la Inquisición,
establecida en 1571 y por la prohibición de introducir y leer los escritos calificados de
heréticos.
Los bienes de las personas sospechosas
eran embargados y sus familias expuestas al general desprecio. Con las abjuraciones a la
fuerza se fomentaba la hipocresía. Eran grandes el fanatismo y la superstición de las
masas, sólo aparentemente convertidas al cristianismo, que en el fondo continuaban siendo
idólatras y que de la religión no conocían mucho más que al cura o monje que las
explotaba. Agreguemos que la población estaba corrompida por el mal ejemplo de tanto
aventurero inmigrante, de tanto noble arruinado y falto de escrúpulos, de tanto soldado
brutal; corrompida estaba la gente por la mendicidad, por la usura y el juego, por las
loterías, por la dilapidación de las fortunas rápidamente logradas, por los torcidos
procesos y la justicia venal y turbia, por un sistema de espionaje y delación, por la
aplicación de torturas, por las lidias de toros y las luchas de gallos y no en último
lugar por el desprecio de la honra y virtud de las mujeres del país. Con la palabra y la
pluma el Padre Aguilar señaló durante mi permanencia en Bogotá esos ejemplos de
corrupción de los tiempos pasados. Los esclavos, tanto los traídos de Africa como los
indios, hacían la mayor parte del trabajo. Las mejores tierras se hallaban reunidas en
poder de unos pocos o se convertían en bienes de la mano muerta. Al comenzar la
revolución el clero tenía casi la mitad de las propiedades raíces. La servidumbre de
los aborígenes dificultaba también la necesaria y deseable mezcla de razas. No había
libros útiles que divulgítran la instrucción, pues, por ejemplo, la lectura de la
Historia de América de Robertson estuvo castigada con pena de muerte. Algunos libros
entraban de contrabando. El alimento espiritual estaba constituido por la teología, el
derecho canónico y todo el confuso cúmulo del derecho civil en el que ya no se
orientaban ni los mismos legisladores.
En el terreno económico y politico
dominaba el monopolio bajo todas las formas imaginables; hasta la extracción del platino
y la obtención de la corteza de quina se hallaban monopolizadas. La plantación de olivos
y vides estaba prohibida bajo pena de muerte. Diferentes fábricas de paños, vajillas y
sombreros fueron destruidas por mandato real. Los productos del comercio no podían ser
intercambiados libremente y según las leyes de la demanda, pues sólo cabía su
importación desde la metrópoli o su exportación a la misma. Sevilla era a estos fines
el único puerto de embarque y desembarque de mercancías. Todos los años zarpaban para
Portobelo dos flotas mercantes escoltadas por navíos de guerra. Los artículos importados
debían recorrer las regiones en una dirección estrictamente señalada; en cada lugar se
dejaba una determinada cantidad, hiciera falta o no allí. Así se crearon núcleos de
tráfico enteramente artificiales. Como único principio económico se tenía la
explotación de las minas de oro y plata. Por malos caminos, que siguieron siendo malos,
se llevaban a lomo de mula los sacos de oro riqueza de unas pocas familias
para ya no volverlos a ver.
Se objetará tal vez que el cuadro aquí
pintado tiene tonos demasiado sombríos. Muy a gusto, precisamente en calidad de europeo,
desearía poner colores más alegres y señalar, por ejemplo, el hecho de que Alexander
von Humboldt, al emprender en 1801 sus famosos viajes a las regiones equinocciales,
encontrara en Bogotá un círculo de eruditos en el que figuraban el botánico Mutis y el
astrónomo Caldas. Pero estos rayos de luz aislados no bastan a suavizar la impresión de
conjunto de que las colonias españolas vivieron tres siglos en la miseria y la
ignorancia, de que eran bastiones clericales cuyos macizos muros no podrían allanarse
mediante reformas, sino que habrían de ser volados por las revoluciones. En la propia
metrópoli, por lo demás, tampoco había imperado siempre la paz durante el tiempo de la
dominación española, pues la revolución la llevaban y llevan los españoles en la
propia sangre. Con esta exposición de lo que fue un sistema feudal
teocrático-absolutista culpamos menos a un determinado pueblo civilizador que a la
totalidad de una época.
Diversos levantamientos de mayor o menor
magnitud, como el de los Comuneros del año 1781 en Colombia, demostraron a los
dominadores españoles que habían pasado los tiempos de la callada obediencia. En la
escena universal reinaba la agitación. No es que la guerra norteamericana de liberación
hiciera uña impresión grande sobre los emotivos suramericanos. De un lado, la noticias
sobre esos acontecimientos se reservaban bastante y eran poco conocidas, de otro lado, se
trataba de una revolución un tanto prosaica. Cosa muy distinta ocurrió con el gran drama
de la cosmopolita Revolución Francesa, proclamadora de la igualdad y la libertad de todos
los hombres.
El año 1799 Nariño hizo imprimir y
repartir secretamente en Bogotá la proclamación de los derechos del hombre, tal como
había salido de la Asamblea Constituyente Francesa. El espíritu que emanaba de aquel
texto entusiásmó los ánimos y los dispuso a la acción.
El impulso para la revolución
suramericana lo dio el conflicto de España con Napoleón. Bonaparte exigió del Rey
Carlos IV o más bien de su favorito Godoy, el Príncipe de la Paz, aborrecido por
el pueblo el libre paso de las tropas francesas hacia Portugal. Los ejércitos
franceses al mando deJunot atravesaron la frontera. Para salvar a su favorito de la
irritación de las fieles masas populares, Carlos abdicó el 19 de marzo de 1808 en favor
de su hijo Fernando VII. Napoleón invitó a padre e hijo a Bayona para tratar de remediar
sus desavenencias; allí logró el francés el éxito de su intriga en el sentido de
inclinar a Carlos IV a retirar su abdicación, pero llevándole luego a una nueva renuncia
al trono de España, esta vez en favor de los napoleónidas. El débil Fernando reconoció
este diplomático golpe de fuerza y fue internado en Francia.
Pero Napoleón no había contado con el
heroísmo del pueblo español. Varias juntas organizaron la guerra popular y de guerrillas
contra la invasión. La Junta de Sevilla envió también mensajeros a las colonias para
pedir a éstas ayuda y, en particular, el envío de dinero. Al mismo tiempo se les
concedía que cada sección del imperio colonial mandara a España un representante en
Cortes; unos dieciocho millones de americanos tendrían en total nueve diputados, ni
siquiera libremente elegidos. No obstante, de manera magnánima, los americanos entregaron
a los españoles veintiocho millones de dólares; al propio tiempo pidieron en casi todas
partes el establecimiento de parecidas juntas en América y la equiparación del número
de representantes. Mas como en España se negó la igualdad de derechos de las colonias
respecto de la metrópoli, ello por temor de que los americanos aspirasen a la
preponderancia política, en hispanoamérica fue haciéndose cada vez mayor el afán de
llegar a un orden propio.
Los criollos más ricos y prestigiosos,
así como muchos nobles no, por cierto, pobres aventureros ambiciosos de
botín y además muchos elementos del bajo clero, destacados intelectuales y
artesanos, son elegidos ahora por las masas populares para formar parte de las juntas.
Estas se hacen cargo del Gobierno, si bien en nombre del legítimo y muy amado
monarca Fernando VII, cautivo a la sazón. Esta fórmula se adopta para no asustar a las
masas con la palabra de la franca sublevación contra España. En realidad, entre las
gentes de más decisivo influjo impera ya el propósito de lograr la independencia. Casi
sin excepción, los magistrados españoles pierden la cabeza, ceden aparentemente al
principio, pero de manera inhábil tratan de derrotar con sus tropas el movimiento. Casi
en todas partes la acción de resistencia acaba, ya en los primeros días o meses, con la
expulsión de las autoridades españolas. El movimiento se consuma primero en Buenos Aires
el año 1809, luego en Quito, más tarde en la Nueva Granada, o sea Colombia (y en
particular el 20 de julio de 1810 en Bogotá)
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, en Venezuela, en el Alto Perú y Chile,
en el Perú y por último en Méjico y América Central. A pesar de las enormes distancias
y en la imposibilidad de concluir acuerdos, la revolución se produce como por propio
impulso, tiene en casi todos los sitios igual carácter y acontece, con diferencias
escasas, al mismo tiempo, el año 1810, cuando la monarquía española se hallaba acéfala
y la mayor parte de la metrópoli ocupada a causa de la directa intervención
napoleónica.
Pero, inmediatamente, la anterior falta
de vida política se hace sentir en el hecho de que entre los patriotas como se
llamaban los partidarios de la revolución empiezan a surgir rivalidades y odios y
no consigue constituirse un poder central fuerte, capaz de salvar al país en aquella
agitada situación. Cartagena, la fortaleza del Atlántico, no quiere someterse a Bogotá
y levanta la bandera del federalismo, de la casi total independencia de los estados y
provincias del país. Consecuencia de ello es la anarquía. La irreflexiva abolición de
los tributos deja al Gobierno falto de medios para la resistencia y le obliga a la funesta
solución de emitir papel moneda. En el interior de Colombia el estado de Cundinamarca es
el primero en darse una constitución (primavera de 1811), donde se reconoce todavía como
rey a Fernando VII, pero bajo la sofística condición de que ejerza el gobierno desde
Bogotá. Este ejemplo es imitado en casi todas las provincias. El 27 de noviembre de 1811
se suscribe el primer tratado federal, según el modelo de la constitución de los Estados
Unidos y lo firman cinco provincias, las Provincias Unidas de la Nueva
Granada, entre las que Cundinamarca no figura. Hacia el final de 1811 se proclama en
Cartagena (11 dé noviembre) y en Quito la total independencia de España.
La regencia española había ordenado
entre tanto (31 de agosto de 1810) el bloqueo de la costa de Venezuela y dado ya la señal
de ataque. La propia naturaleza pareció querer oponerse a la insensata agitación de los
patriot4s. El día jueves Santo de 1812 un espantoso terremoto destruyó muchas ciudades y
pueblos de Suramérica. Cientos de personas que se encontraban en los templos quedaron
enterradas entre las ruinas. Fácil resultó a los españoles interpretar este golpe del
destino, para la masa fanática e ignorante, como una voz del cielo ante el ataque
inferido al trono y a la metrópoli. Venezuela y poco después Ecuador, volvieron a
perderse.
En tanto que los jefes de las tropas
españolas no juzgaban necesario cumplir la palabra dada a todos los patriotas que se
entregaban, deportando y fusilando sin tregua para, como decía el general Monteverde, no
tener que vigilar a los rebeldes ni cuidarse de su sustento, désatose en Colombia una
feroz guerra civil entre centralistas y federalistas, guerra que vino a desviar aún más
de la causa de la libertad al quebrantado pueblo. Pero entre tanto llegaron de Venezuela a
Colombia algunos patriotas exilados, entre los que se encontraba Simón Bolívar, que
cambiaron algo la fortuna de las armas. A fines de 1812 Bolívar tomó las ciudades y
pueblos del bajo Magdalena, venció al enemigo cerca de Cúcuta con sólo cuatrocientos
hombres y después de haberse elevado
hasta mil los efectivos de su división, pidió permiso el 15 de mayo de 1815 ante el
Congreso de Cartagena para emprender una campaña de liberación del país Venezolano.
Empezó, pues, aquella homérica expedición de la que ha dicho con justicia el
historiador César Cantú: Con quinientos reclutas mal armados y peor vestidos
extendió Bolívar por América la revolución, mientras que Bonaparte, al propio tiempo,
apoyado en quinientas mil bayonetas dejó sucumbir la revolución en Europa.
Ha llegado el momento de iluminar más de
cerca la figura de Bolívar y de relatar los azares de su existencia. Simón Bolívar
nació en Caracas, capital de la actual Venezuela, el 24 de julio de 1783. Venía de una
noble familia y sus antepasados habían sido concejales de la ciudad. Siendo él de dos
años de edad, murió su padre. Su madre le hizo recibir una instrucción relativamente
buena consistente en lengua española, latín, matemáticas e historia, pero sin que el
muchacho demostrara aplicación. A la muerte de la madre, su tutor, el 1799, lo envió a
España con el fin de que completara su educación. Conoció allí bastante de cerca las
intrigas de la corte y empezó a estudiar con vivo interés, haciendo grandes progresos en
la formación de su espíritu. En 1801 Bolívar marchó a Francia, donde se saturó de
ideas republicanas y muy en especial, de admiración por Napoleón Bonaparte, gran
caudillo de una fuerte república. Después de algunos meses regresó de nuevo a Madrid,
donde casó con Teresa Toro y Alaira; acompañado de su excelente esposa se embarcó para
la patria, lleno de felicidad y pletórico también de la esperanza de disfrutar de una
idílica paz hogareña. En 1803 una fiebres malignas le arrebataron a su esposa; con el
fin de hallar distracción viajó nuevamente a Madrid y luego a París, donde fue testigo
de la exaltación de Napoleón al trono imperial, cosa que le llenó de tristeza y de
aversión al hombre por quien tan idólatra admiración había sentido. De continuo,
durante aquellos viajes por Europa, pensaba en la liberación de su patria. En el Monte
Aventino, en Roma, jura ante Simón Rodríguez, su acompañante y maestro, libertar
la patria o morir por ella. Después de haber visitado las principales ciudades de
los Estados Unidos regresó, en 1806, a Caracas y se ocupó en la administración y mejor
cuidado de sus numerosas y buenas fincas.
En abril de 1810 fue uno de los decisivos
paladines de la revolución y el Gobierno provisional lo envió a Europa en misión
diplomática, en especial con el fin de inclinar a Inglaterra en fávor de la liberación
de las colonias españolas. Allí recibió, sin duda, buen consejo y palabras de
adhesión, pero ninguna clase de apoyo efectivo. Vuelto a Venezuela con el barco lleno de
armas, Bolívar obtuvo los primeros laureles militares, como coronel de los patriotas, en
la represión del alzamiento de la ciudad de Valencia. Por entonces tuvo lugar el funesto
terremoto que hemos mencionado. Díaz, historiador leal a la corona, relata que pocos
minutos después de la catástrofe pasó por la iglesia de la Trinidad, de Caracas y vio
por allí a un hombre que en mangas de camisa y con sangre en el rostro salía de entre
las minas. Díaz le gritó: ¡Mira, rebelde, cómo hasta la Naturaleza se pone en
contra de vuestros malos propósitos!. A lo que Bolívar, pues él era el que se
había salvado entre los escombros, repuso de esta manera: Si la Naturaleza misma se
nos opone, pelearemos contra la Naturaleza; silos hombres se nos enfrentan, pelearemos
contra los hombres y si.... La horrible blasfemia que siguió añade
Díaz no quiero repetirla aquí.
A consecuencia del terremoto perdió
Venezuela el noble caudillo de los patriotas, Miranda. La historia acusa a Bolívar de,
por rivalidad, no haber hecho todo lo posible para la salvación de la patria y hasta de
haber tomado parte personalmente en el apresamiento de Miranda por oficiales republicanos,
con lo que el patriota fue a caer en poder de los españoles, muriendo en Cádiz después
de cuatro años de prisión.
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La
Nueva Granada se segregó en 1563, como Presidencia, del Virreinato del Perú y en 1719 se
la elevó a Virreinato independiente, reduciéndola otra vez a Presidencia el año 1724.
Hasta 1740 no fue el virreinato su definitiva forma de gobierno. (regresar6)
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El
virrey Amar es nombrado al principio presidente de la Junta de Gobierno que se nombra en
Bogotá la noche del 20 al 21 de julio, pero ya el día 25 es apresado por el pueblo y
expulsado del país el 15 de agosto (regresar7)
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