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En los dos días siguientes hicimos todavía algunas excursiones con distinto rumbo. Una de ellas tuvo por objeto visitar la laguna Dumasita, que tiene como cinco leguas de longitud y es un verdadero lago. ¡Y qué lago tan singular! Los palmares lo enmarcan graciosamente; en sus pantanosas orillas habitan grandes serpientes boas. Disparamos sobre muchos patos salvajes que por allí revolaban y no dieron la menor señal de querer huir. Yo vi que uno de ellos estaba como a treinta pasos de distancia, sobre terreno aparentemente seco. Por fortuna me previnieron de acercarme a cogerlo, pues de repente se alzó un bulto desde el pantano y el pato desapareción en el acto. Deseamos a la boa una buena digestión.

Por último, al tercer día fuimos a Caño Pachaquiaro, en el camino que conduce a la finca de la Compañía de Colombia —la mayor propietaria de esa parte de los Llanos— y al pueblecito de San Martín. A eso del mediodía nos encontrábamos ya ante el citado caño, o sea un riachuelo que con buen tiempo fluye con la misma claridad cristalina que uno de nuestros arroyos de montaña. Si no nos hubiéramos hallado en extremo acalorados habríamos tomado un baño en aquellas aguas tan tentadoras. Afortunadamente no lo hicimos. Media hora poco más o menos llevábamos sentados en la cálida ribera del caño, ya habíamos comenzado a preparar la comida cuando vimos algo que se movía entre la corriente; hicimos fuego y pronto distinguimos un cuerpo que flotaba hacia la orilla. Era un pequeño caimán de la especie que llaman |cachirro, la cual pasa los saltos de agua y puede remontar los ríos hasta su curso superior. Hicimos todavía varios disparos sobre el animalucho herido. Cuando estaba ya cerca de la orilla yo me adelanté y le dirigí verticalmente un balazo al cráneo, que pareció quedar atravesado. Sacamos a tierra el supuesto cadáver. Era un animal de cuerpo estrecho, como de un metro de largo, pero de terribles y amenazadoras fauces. Imagínese nuestro susto cuando el caimán empezó a sacudir la cola contra la arena. Uno le ató una cuerda a esa parte del cuerpo y removió de un lado para otro al animal, el cual se debatió todavía unos diez minutos y con tanta fuerza que una vez derribó a uno de los nuestros. Por fin murió. Esto sirvió para darnos una idea de la vitalidad de los grandes caimanes.

En estas excursiones nos acompañó también un muchacho, al que quiero dedicar algunas palabras. Se llamaba Maestre. ¿De dónde vendría este nombre? Maestre pertenecía a una tribu de indios salvajes, de la cual nos hallábamos a no más de una jornada de camino. Aquellos indios se acercaban de continuo al hato a robar ganado. A causa de la soledad en que se encontraba Antonio Rojas, quien contaba sólo con un pequeño número de gentes, trataba de estar a bien con los salvajes, dejando para más tarde la aplicación del castigo, pues otra cosa hubiera conducido únicamente a que un día le quemaran la casa. Yo podría referir muchas cosas de esas tribus sin civilizar, los |guahivos, salivas, cabres, achaguas, chucumas..., según relatos fidedignos que escuché. No lo hago porque es mi propósito relatar sólo lo visto personalmente y no imitar a ciertos viajeros de los que sé con toda seguridad que no estuvieron entre aquellos salvajes y no obstante, llenan páginas enteras acerca de ellos, presentando incluso documentos gráficos. El único indio salvaje visto por mí fue Maestre. Antonio Rojas iba una vez a caballo por el campo y hallándose en las cercanías del poblado indígena vio salir de entre la fronda a un muchachito que llorando le pidió protección. El padre había sido muerto por alguna venganza y el niño que­daba en situación de expósito. Antonio lo tomó consigo y le enseñó algo de español. El muchacho ayudaba a trabajar en el hato y lo hacía lentamente pero con mucha voluntad. Un año antes, el Padre Vela lo había instruido rápidamente en la doctrina de Cristo y lo había bautizado. Ahora era ya un mocito de buen ver y contextura vigorosa, como de dieciséis años, muy moreno, de cabeza grande y casi cuadrada, cabellos negros y lacios, anchos hombros y magnífica musculatura, un hijo de la Naturaleza en el verdadero sentido de la palabra. Pero Maestre era muy silencioso, como que casi no hablaba y en su rostro flotaba de continuo una sombra de melancolía, que ni una sola sonrisa disipaba. A muchas preguntas, siempre amables, respondía con brevedad y en tono de evasiva. Seguía a Antonio como un perrillo. Cuando el amo iba a Viljavicencio, distante dieciocho horas a caballo, y le ordenaba que le esperase al pie.de una palma del camino, estaba seguro de que a la vuelta se encontraría a Maestre tendido junto al árbol que le señaló, así tuviera que aguardarle durante horas. Tenía la extrema paciencia que caracteriza a todos los de su raza. Más tarde nos contaron que un día, lleno de nostalgia de su tribu, hubo de declarar a Antonio que deseaba regresar a ella para casarse.

Muy pronto se nos echó encima el día de la marcha, pues nos habíamos acostumbrado ya perfectamente a aquel género de vida y nos encontrábamos como el pez en el agua. Emprendimos el regreso pasando por “Los Pavitos” y allí pasamos el día de Reyes. Cuando nos hallábamos en el patio desayunando y en el momento de acabar con una gallina asada, del más apetitoso color dorado, se presentó un mensajero con la noticia de que el |tigre, o sea el |jaguar, había destrozado en la última noche un ternero del hato vecino. Dar un salto, tomar las armas, ensillar las cabalgaduras, juntar los perros, todo esto fue obra de unos pocos minutos. En compañía del mensajero salimos para el hato mencionado que se hallaba a una hora de camino. El sol abrasaba. Hacia la una de la tarde estábamos en el lugar del asalto. La manada pastaba tranquilamente. Los perros con fuertes aullidos, nos condujeron hasta un lugar donde la yerba aparecía pisoteada y con manchas de sangre. Se veía que en aquel sitio se había lanzado el tigre sobre la presa y luchando contra su resistencia desesperada, había conseguido llevarla hacia el bosque. Seguimos el rastro sobre la yerba hasta encontrar a unos ochenta pasos el cadáver del temero. Tenía el pecho abierto, porque el tigre desgarra siempre en primer lugar esta parte de la res, ya que para él es la más apetecible. Colgaban fuera las entrañas y los gallinazos se congregaban para devorar el suculento manjar. Cuatro hombres se vieron en apuros para levantar algunas pulgadas del suelo el cuerpo del animal; así era de pesado. También el tigre se había fatigado en la faena de arrastrar la carga hasta la espesura y a unos sesenta metros de ésta tuvo que abandonar el botín. Puede ser también que se saciara en el banquete o que alguna cosa le hubiera ahuyentado, contando seguramente con regresar la noche próxima.

Nos adentramos en el bosque. “Pero, ¿dónde está el |perro tigre ?“, gritaron a un tiempo de todos lados. Por un descuido imperdonable, habíamos dejado en “Los Pavitos” al más necesario de los treinta o cuarenta perros, el que tenía que rastrear las huellas del jaguar. Hubo que mandar por él al hato. Hasta las tres no llegó. Husmeó por largo rato y aullaba desesperadamente. Luego se lanzó hacia el bosque, toda la jauría tras él y a continuaciónlos cazadores. Dos horas enteras anduvimos de un lado para otro, los unos con el gatillo del fusil presto, yo con el revólver montado. Por el bosque no había camino alguno; el que no seguía a toda prisa a los de adelante, los perdía en seguida de vista y se quedaba desamparado en la espesura sin más medio de orientación que los ladridos de los perros. Cualquier roce de unos matojos podía hacer disparar el arma. Cierto que no había que temer que el jaguar, harto como estaría, fuera a atacarnos; eso lo hace tan sólo cuando se halla hambriento. Tampoco había que contar con que saltara sobre nosotros desde las ramas de algún árbol. Estaría agazapado, sin duda, en algún escondrijo. Pese a todo, fueron dos horas de bastante inquietud. La búsqueda, por desgracia, resultó infructuosa. El perro tigre cogió el rastro a hora demasiado avanzada de la tarde. El sol, en toda su fuerza, había disipado el olor de las huellas y hubimos de emprender el regreso sin éxito alguno. Pero a los pocos días, después de haber matado otro becerro, cayó por fin el jaguar y nos regalaron la piel.

La caza del jaguar no es tan peligrosa cómo de ordinario se cree. Los perros rastrean el camino de la fiera y la acorralan contra alguna peña o árbol, donde ella se hace fuerte. Entonces la sitian en semicírculo y empiezan a ladrar furiosamente para que no escape. Ocurre a veces que algún perro se aventura demasiado, alza el jaguar sus zarpas, atrapa al atrevido can y lo destroza. En toda cacería de esta clase sucumben algunos perros. Los cazadores, siempre en cierto número, se acercan hasta la jauría y disparan por encima de ella hasta acabar con el felino, que raramente se decide a saltar. Sólo es necesario conservar la sangre fría. Otra cosa es cuando el jaguar ataca en campo descubierto. Aquel a quien esto acaece debe, con presencia de ánimo, mantenerse en la convicción de que justo, cuando el tigre ejecuta el largo y bien medido salto sobre la presa hay que lanzar un grito bien fuerte, con lo cual el animal se sobrecoge, pierde la seguridad del ataque y va a caer junto a la persona atacada. Este es el instante de hacer un rápido movimiento y clavar a la fiera en el costado el machete o la lanza. Esto se cuenta de una mujer de los Llanos que en el decisivo instante arrebató a su marido la lanza de la mano y mató así al jaguar. El compadre Fernández, digno de todo crédito, refería que una vez, yendo con otros dos, se encontraron en los Llanos de Apiay con un tigre a una distancia como de cien metros y que, acercándose a él, lograron echarle el lazo, muy recio y reforzado con cuero de res, de manera que el animal quedó prendido por el cuello. Seguidamente Fernán­dez puso espuelas a su mula para que el tigre no pudiera alcanzarlo. Entre tanto, uno de sus compañeros consiguió atrapar de una pierna al animal, también por medio de lazo y se puso a tirar en sentido opuesto. Entonces, el tercero del grupo se fabricó rápidamente una lanza clavando en un palo su cuchillo y con ella atravesó el corazón del animal, cuyo cuerpo se hallaba distendido entre los dos lazos.

Repletos de todas estas aventuras y relatos llegamos a Villavicencio, donde la familia Rojas se quedó muy admirada al yerme regresar tan sano y contento, pues al partir había tenido un ataque de fiebre; ahora comprobaban que había superado todas las correrías. Como prevención, todos tomamos quinina y puede ser que no fuera en vano porque, con gran pesar, hubimos de saber que unos días más tarde, en la misma finca “Yacuana”, cerca del Meta, habían sido acometidos por unas fuertes fiebres algunos de los peones que contrataron para marcar las reses. La enfermedad les atacó, tal vez, por haberse mojado mucho o por el esfuerzo excesivo. Y en el mismo ranchito donde nosotros vivimos tan sapos y felices, habían muerto unos días después dos hombres y un muchacho. Otro de los peones, al cabo de año y medio seguía aquejado de fiebres. Las víctimas eran habitantes de la región, no recién llegados como nosotros. Estas desgracias pusieron una amarga sombra sobre todo lo acontecido y vivido.

Mis impresiones de los Llanos puedo resumirlas del modo siguiente:   Es cierto que a los Llanos no puede calificárselos precisamente de insalubres. Son más sanos de lo que se dice, al menos durante los meses secos. Basta con abstenerse de toda clase de excesos, observar la mayor mesura, sobre todo en cuanto a bebidas espirituosas y evitar estar demasiado al sol, como también las mojaduras, especialmenie las de los pies. Es suficiente, según el método usado allí, tomar a tiempo vomitivos para la limpieza del estómago y administrarse luego quinina, friccionarse con aguardiente, llevar sólo ropa de lana, acostar— se pronto, madrugar y bañarse de la manera más adecuada posible. Y así puede salirse bastante bien de la experiencia de los Llanos. Mas para aquel que deba vivir siempre en aquella región, no cabe decir que las condiciones de vida sean de entera salubridad. Ello se comprueba especialmente en las mujeres, todas de semblante pálido y anémicas, que envejecen rápidamente. Es exacto que los Llanos tiene una temperatura bastante uniforme y que el calor que allí se soporta no es demasiado agobiante —como ocurre en otros lugares del valle del Magdalena, por ejemplo en Honda—, pues las lluvias, los vientos que soplan por los ríos, así como los alisios, contribuyen a refrescar la atmósfera. La temperatura media es de 2TC junto a la cordillera. Los mosquitos molestan poco, las garrapatas, en cambio, que trepan por los pantalones y se incrustan en la carne, son huéspedes muy ingratos. Es cierto también que, en puridad, son pocas las partes de los Llanos que se inundan por entero, si bien el agua se mantiene por mucho tiempo en los charcos, particularmente en los llamados “caminos” a través de la selva. Tampoco se puede negar que las tierras son en extremo baratas y que allí basta trabajar unas pocas horas al día para poder vivir, no sólo con un pasar suficiente sino con gran holgura. Es verdad, por último, que todavía incontable número de hectáreas son |terreno baldío, o sea campo sin cultivo ni dueño y que los inmigrantes que gocen de salud pueden enriquecerse mediante la agricultura.

Mas todo esto no impide que destaquemos los aspectos desventajosos de los Llanos. La tierra es fértil, pero solamente a lo largo de la cordillera, donde está la gruesa capa de humus. En las verdaderas llanuras las plantas herbáceas son todavía de valor bastante escaso y, de todos modos, tienen que irse mejorando adecuadamente con el tiempo, además øe remover la tierra mediante las oportunas operaciones de arado. Para ello falta aún mano de obra; la gente no quiere trasladarse allí porque a la larga no conseguiría soportar el clima y porque poco a poco se produce un debilitamiento del organismo a causa de las fiebres. Faltan además las vías de comunicación necesarias y por ello los productos no tienen la buena salida que en otro caso podrían alcanzar. Se planta solamente lo imprescindible y el campo sigue siendo pobre. Añádase que la propiedad no está siempre bien delimitada, lo cual da lugar a procesos que, dentro del primitivismo de la justicia en estas regiones, se convierten en verdadero tormento de quien los sufre. La propiedad del suelo, por otra parte, debería estar mucho más repartida, pues los latifundios no satisfacen nunca la condiciones de un cultivo adecuado. Es excesivamente esperanzado creer que hoy día podrían vivir en el territorio de San Martín seiscientas mil reses -cuanto menos los tres millones que señala André—, pues para su cuidado sería necesario también un determinado número de hombres. Para el alimento de ese ganado harían falta además distintas plantaciones de las que hoy existen.

“Sólo el trabajo transformará los Llanos”, dice la consigna del admirador de esa región. Es cierto. Pero en la Naturaleza, todo lo que el hombre alcanza es a costa de duros sacrificios. Habrá que contar también con holocaustos de vidas humanas hasta que los Llanos vayan haciéndose lentamente accesibles a la civilización, hasta que se hallen ocupados y colonizados por las gentes más capaces, ya se trate de colombianos llegados de la cordillera, o ya de venezolanos o brasileños que desde la costa avancen hacia los Andes subiendo por las cuencas de los ríos. Sólo donde el hombre haya perdido ya a muchos de sus semejantes, tan sólo allí, por raro que esto pueda sonar, resultará un clima sano y habitable, en virtud de las necesarias experiencias. Los poquísimos habitantes que hoy día pueblan los Llanos son merecedores, pues, a soda gratitud como pioneros de la Humanidad. En efecto, tenemos por seguro que en los siglos venideros los Llanos serán asiento de centros de civilización que, auxiliados por una peculiar red de comunicaciones fluviales, podrán proporcionar sustento y felicidad a millones de seres.

La tarde del domingo 23 de enero de 1884 echamos una última mirada a las innumerables cumbres de la cordillera que con sin par grandiosidad se alzaban en torno nuestro y contemplamos de nuevo allí abajo la Sabana de Bogotá. ¡Qué seria y austera nos parecía ahora aquella región, la altiplanicie sin árboles, de color verdeoscuro, con sus tranquilos ríos y lagunas! Y, sin embargo, aquel paisaje nos llenaba de delicia el corazón, pues al cabo de mes y medio de correrías iba a acogernos un núcleo de cultura, íbamos a penetrar en una ciudad. Cuando avistamos Bogotá con sus torres y el extenso mar de su caserío nos recorrió una sensación de deleite como ante la contemplación de un espejismo. Con frío, pero conservando una cierta actitud de audacia, entramos a galope y en bandolera nuestras carabinas de caza, a través de las calles repletas de paseantes domingueros. Con una indecible sonrisa miramos al primer señor de sombrero de copa que surgió en nuestro camino. Alegremente íbamos saludando a los amigos y camaradas.

Pero nuestros ojos se negaban a adaptarse a las proporciones de la ciudad. La Plaza de Bolívar, o sea la Plaza Mayor, nos pareció pequeña; las calles, angostos callejones. En efecto, durante tanto tiempo no habíamos medido con los ojos más que largas rutas y anchas planicies. ¡Qué pequeño, limitado y comprimido nos resultaba todo cuanto veíamos! Con razón. Nuestra mirada se había ensanchado con la contemplación de tanto prodigio de la Naturaleza, de tanta experiencia y aventura y volvíamos a la vida civilizada con un campo visual más amplio, con el corazón más libre y abierto, con un sentido más viril y una más práctica concepción de la vida.

  |En el año 1922, los dos hqos varones del autor quisieron seguir las huellas de su padre y (pese a los repetidos consejos en contra que escucharon), ver por sí mismos cómo andaban las cosas por los Llanos al cabo de tan largo tiempo. ¡Qué pocas | transformaciones se habían operado! En Bogotá, el mismo desconocimiento del país, y la misma ind |i |ferencia o temor de conocerlo. El viaje a través degargantas | |y montes hasta llegar a la gran llanura correspondía de tal modo a la descripción de El Dorado |—salvo las mejoras en los pasos de los ríos, salvo también pequeños detalles—, que el relato de la cabalgada a Villavicencio equivaldría a una simple repetición. Sólo con la llegada a dicha ciudad y con la elección de una nueva ruta hacia el | |Meta, puede aspirar a alguna atención y estima la siguiente crónica de este otro viaje a los Llanos. |

|“La pequeña ciudad de Villavicencio, capital de los Llanos de San Martín y de la Intendencia del Meta, tiene una vida muy animada, pues a ella acuden a hacer sus compras y a ver gente todos los colonos de la región. Nuestra llegada, como la de antaño, produce curiosidad, pues es raro que los extranjeros de la capital bajen a los Llanos. Es, por tanto, cosa natural que nos presentemos a las principales autoridades y que informemos sobre.nuestro viaje, aunque sólo sea por satisfacer el interés del Gobernador. Este gobernador, el general Jerónimo Mutis, se ocupa inmediatamente, de la manera más gentil, en ayudarnos en los preparativos para la continuación de nuestro viaje. Ahora nos enteramos de que en Villavicencio apenas si se pueden conseguir caballos, pues sucumben muy pronto al insano clima. Mucho más resistentes son, en cambio, las mulas, que por tal motivo son usadas allí abajo.no sólo co­mo acémilas sino también, en general, como cabalgaduras. Después de proporcionarnos las bestias y unpeón conocedot de aquellos caminos, nos retiramos a nuestro alojamiento para preparar donde dormir, pues el cuarto que se nos ha adjudicado en esta primera posada de Villavicencio tiene Po? único mobiliario dos sillas; en la pared hay unos cuant |os |ganchos para sujetar las hamacas. Dormir en la hamaca n |o |es cosa fácil, y nos alegramos cuando a las dos de la madru­gada golpea la puerta nuestro peón trayendo ya los animales ensillados. Atravesamos silenciosamente en la noche por las calles de la quieta ciudad. Apoco de abandonarla población nos recibe ya la selva, en la que los rebaños han ido abriendo unos pocos caminos. En los luga res pantanosos nuestras bestias se hunden a menudo hasta la panza, y cuando consiguen librarse del atoyadero, el guía ha desaparecido en la oscuridad. Pero, con seguro instinto, cada animal va siguiendo al otro y sabe dar con los mejores puntos del camino. De cuando en cuando llega a nuestros oídos un rugido sordo, y no podemos imaginarnos sino al jaguar, que anda en busca depresa. Y las plantas parásitas que se enroscan y cuelgan de los árboles siguen remedando a gruesas serpientes que fueran a lanza rse sobre el confiado jinete. A |l |pasar el río Ocoa encontramos a algunos llaneros que se encaminan a Villavicencio. Las horas se hacen interminables en la nocturna selva. |

|A eso de las seis de la mañana salimos a la abierta llanura, y en el mismo instante se pasa súbitamente de la noche profunda al claro día. Un resonar parecido a un trueno prolongado se extiende en torno nuestro; es el sinnúmero de los monos aulladores, que saludan el nuevo día. Ya la encendida bola se alza en la inmensa lejanía del horizonte y sube rápida mientras avanzamos hacia ella entre la alta y seca yerba de la ¡lanada. Esta, por donde nos va meciendo el acompasado trote de las mulas, queda orlada a ambos flancos por | l |a selva virgen que acompaña los cursos de los ríos; sólo hacia Oriente se abre y deja ver de trecho en trecho las copas de pequeñas islas de arbolado, que al acercarnos van elevándose poco a poco sobre la línea del horizonte. Asi, de cuando en cuando, seguimos fya mente en lontananza una o dos altas copas, y, una vez alcanzado el diminuto oasis, buscamos nuevos puntos de referencia. En esos islotes de arbolado reina una gozosa vida, pájaros multicolores y toda una variadísima fauna. Soberbias garzas se remontan al aire cuando nos aproximamos. En las pequeñas lagunas se ve al ganado en libertad, metido en e |l |agua hasta los corvejones, entre garzas, patos y otras aves acuáticas. Un ruido que llega de lo alto de unas pa |l |mas nos hace levantar la vista, y nos encontramos con dos pequeños monos a los que hemos turbado en su tarea de arrebatar cocos yque nos miran con | |fijeza | |y | |perple |j |idad. Luego, en movimientos rapidísimos, se enl |a |zan con el rabo a los esbeltos troncos y se dejan resbalar por ellos hasta que, a la altura de los bajos arbustos, se alejan veloces entre carcajadas burlescas. |

|Así van transcurriendo las horas en continua variedad de sucedidos, pero poco a poco experimentamos las molestias de la cabalgada bajo los perpendiculares rayos del sol tropical. Al cabo de más de siete horas de camino nos encontramos con el primer poblado humano, el hato “Hindostán “, |una finca cuidada sólo por peones indiosypropiedad de los hermanos Vásquez, nuestros futuros anfitriones. El capataz nos invita a detenernos, y agradecidos disfrutamos de la fresca sombra, donde nos obsequian por primera vez con guarapo, un bebida agridulce, buena para calmar la sed, que se obtiene por fermentación de la melaza de la caña. Un baño en las ondas del cristalino río Humea conforta el cuerpofatigadoy nos hace encontrar especialmente deliciosa la siesta que echamos a continuación. A las tres de la tarde, todavía bajo los rigores del ardiente sol, montamos de nuevo y continuamos la marcha hacia el Este. El camino sigue ahora pegado al río, de modo que muy a menudo hacemos largos trechos entre la espesura, del alto de un hombre, sufriendo así menos las inclemencias del calor. Pero luego vienen otra vez grandes extensiones de yerba reseca, que parece no esperar otra cosa que | |el que le prendan fuego. Porfin, hacia el crepúsculo, aparecen las construcciones, las cuales más semejan tinglados que casas, de la finca denominada “Barrancas’; en la confluencia de |l |os ríos Ocoa | |y | |Humea. En la hacienda encontramos a Misae |l |y Rubén Vásquez, dos aguerridos yfuertes llaneros, que nos saludan como viejos amigos y nos acogen amablemente por huéspedes suyos. La mayor parte del año la pasan estos hombres allí abajo en los Llanos y sólo raramente suben a la capital para disfrutar las ventajas de la civilización, pero a ningún precio desearían cambiar la libre existencia llanera por el lujo y confort de la ciudad. Con tan cordiales gentes se hace amistad en seguida, y en su finca nos movemos como en nuestra propia casa. Lo primero que nos seduce es, otra vez, el río, al que saltamos gozosamente desde la alta orilla. Pero nos cohibe un cierto temor de atravesar nadando la corriente, pues no está descartada la posibilidad de un encuentro con el caimán.


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