Las correrías realizables podían dirigirse, bien hasta las
últimas avanzadillas de los habitantes civilizados, o sea
metiéndose en los Llanos a unas veinte o treinta leguas de
Villavicencio o bien a lo largo de la cordillera, por donde se
extiende, como hemos dicho, una franja de la exuberante selva
tropical con predominio de muchas clases de palmas, del árbol de la
quina y del caucho. Pero en años anteriores se ha esquilmado, entre
los árboles de la quina, la buena especie de la
|China
lanqfolia. Para obtener la corteza del mismo se abatía, sin
más, el árbol, abriendo así la gallina para arrebatar el huevo de
oro que todos los días estaba poniendo. También los árboles del
caucho eran cortados, en lugar de hacerles las iri%cisiones y
recoger en vasijas la leche que fluye para luego concentrarla
mediante la evaporación del agua y la eliminación de las
impurezas.
Después de abandonar Villavicencio y de dejar atrás el arroyo
Parado, cuyas transparentes aguas invitan a bañarse en él, y luego
de atravesar la primera gran hacienda “El Triunfo”, de
los señores Restrepo y Rojas, se llega, algo al Norte del pueblo,
al río Guatiquía, que, descendiendo de los montes, corre a unirse
al Meta. Por aquí tendrá de 60 a 80 metros de anchura,
su agua es muy clara y la corriente bastante torrencial, y hay gran
abundancia de pesca. La ribera derecha es escarpada. El Dr.
Restrepo había hecho tender sobre el río un cable por el que,
mediante una polea, se deslizaba un cesto colgante, y así se
efectuaba el transbordo de pasajeros. La máquina estaba entonces en
reparación, así que hubimos de vadear el río, a unos cinco minutos
más abajo de donde está el cable, por el llamado “Paso”;
la profundidad no es allí mucha, pero la corriente sigue siendo
bastante impetuosa. Al llegar a la otra orilla se penetra por una
grandiosa selva.
Troncos de ochenta a cien pies de altura y de varios metros de
diámetro elévanse allí majestuosos, envueltos en una maraña de
plantas trepadores, fantástica ornamentación que contemplan
admirados los ojos. Se ve el bíblico cedro, el ébano, el sándalo,
la caoba, el dividivi, el indestructible guayacán, el diomate, el
aromoso áloe y distintas variedades de palmas. Atrae enseguida la
atención el
|cometo, cuyo esbelto y pulido mástil se levanta
hasta una altura de 28 metros. Las raíces suben unos doce metros
por el tronco y lo rodean abajo formando como un embudo, como una
pirámide de fusiles. El fruto de este árbol tiene el aspecto de un
gran racimo de uva de la altura de un hombre y pesa, según André,
de 50 a 80 kilos. Se alzan también allí la palma
|corozo, de
cuyas fibras se tejen vestidos, y la denominada
|cumare, de
la que se hacen cuerdas muy resistentes. Pero la palma más útil es
la
|Mauritia flexuosa, llamada comunmente
|moriche, que
alcanza de 15 a 20 metros de altura y es de hojas abundantes en
forma de abanico, cuyo conjunto se extiende como una sombrilla.
Estas hojas son las que se utilizan preferentemente para techos. La
medula del árbol da una especie de pan; también los frutos son
comestibles. Del tronco se extrae el vino de palma, y de las hojas
se hacen cordeles, redes, hamacas. La madera es de fácil corte y se
emplea en la construcción; de ella se fabrican también arcos para
lanzar flechas. El indio del Orinoco tiene, pues, en esta palma un
recurso de universal utilidad.
La selva se va aclarando poco a poco. En torno yacen gran
cantidad de troncos medio carbonizados; otros se alzan todavía como
altas columnas, testigos de una desaparecida magnificencia. Para
conservar las plantaciones ha habido que quemar la selva,
operación que se llama
|desmonte. Ahora llegamos a una
pradera bien cuidada y con agua abundante, cuya yerba, denominada
|para, crece sobre un suelo húmedo y rico en humus y llega
hasta la altura de los hombros.
Más allá de los potreros o pastos está la casa de la familia
Restrepo. Esta morada, muy amplia, cómoda y bonita, domina la
hacienda llamada “La Vanguardia”. En torno a la
construcción va un corredor desde cuya parte oriental se disfruta
de una magnífica vista de los Llanos, especialmente de la misma
finca, que es muy hermosa. En 1871 creó el señor Restrepo esta
haçienda en medio de densísima selva virgen. Su espíritu
emprendedor, su constancia y su indomable energía son merecedores
de alta estima y admiración.
Gracias a las gentilezas de mi hospitalario huésped y de sus
hijos, y gracias a las frecuentes cabalgadas por las haciendas, me
fue posible tener una idea bastante eXacta de la vida en los
Llanos. Por las noches teníamos entretenidas y útiles
conversaciones con referencia especial a ese tema. La temperatura a
tales horas era sumamente grata, el cielo aparecía lleno de
estrellas. Los
|cocuyos brillaban por la oscuridad, y miles
de gusanitos de luz mantenían encendidas sus pequeñas linternas. El
lejano horizonte se alumbraba de relámpagos. De vez en cuando se
veía en lontananza el desencadenarse de una tempestad en medio de
las densas nubes. Y los rayos hacían incesantes guiños de luz. Lo
que más admiración me producía
era que las centellas no cayeran en vertical u oblicuo zig-zag
sobre la tierra, sino que se movieran horizontalmente, de suerte
que todo el semicírculo de la lejanía era como una línea de fuego.
Hasta se dio el caso de que los rayos se escindieran en extraños
trazos curvos y que algunos de ellos describieran magníficas
serpentinas lanzadas en inclinado giro hacia la
altura.
Nos íbamos a dormir bastante pronto, yio hacíamos en hamacas y
con las Ventanas abiertas. Nos arrullaba el aleteo de las palmas de
abanico, y con ellas se armonizaba también el susurro de algunos
cocoteros traídos del Estado del Tolima. A eso de las seis me
despertaba y salía en seguida al aire libre. Rojo como fuego, se
alzaba el disco del sol sobre la lejana línea del horizonte, en la
que se apreciaba con toda claridad la curvatura de la tierra. El
sol era de un tamaño inusitado y su brillo no hería los ojos. El
giro del astro se iniciaba velocísimo. Hacia las siete de la mañana
tenía ya a nuestra vista su tamaño normal y había alcanzado su
cálida radiación. También a primera hora salíamos a caballo. Los
hacendados tenían que ocuparse del ganado, echar un vistazo a los
pastos y plantaciones, había que sembrar y
recolectar.
Al principio, para proporcionarse uno de los principales
productos alimenticios, y pensando también en la cría del ganado de
cerda, se sembraron extensísimos maizales. El cultivo es de suma
facilidad: la estación seca, el verano, comienza en los Llanos con
el mes de diciembre y dura hasta mediados de marzo, o sea no más de
tres meses y medio. Los ríos han reducido su caudal; el aire es
claro y transparente; las noches, estrelladas y magníficas. Este
buen tiempo se aprovecha para la tala de bosques o para iniciar el
cultivo de tierras. El grano de maíz es introducido sencillamente
en el suelo fertilizado por la misma ceniza. A partir de mediados
de marzo empiezan a caer constantes aguaceros, los cuales
imposibilitan todo trabajo al aire libre. Esta otra estación, el
invierno, se interrumpe por sólo unas dos semanas en el mes de
agosto, en las cuales se recolecta el maíz sin que haya sido
necesario estirpar la cizaña. ¡La cosecha multiplica por ciento
cincuenta hasta trescientos la cantictad sembrada! Sobre este suelo
se da luego una buena clase de yerba, o puede hacerse una nueva
siembra de maíz, cuyo resultado es tan excelente como el de la
primera. De agosto a fines de noviembre vuelve a llover, de modo
que en los llanos —salvo los pocos días secos del mes de
agosto- el tiempo lluvioso reina, por lo menos, durante ocho meses
al año; pero se pueden obtener dos cosechas.
El arroz se cultiva de forma todavía más simple. Si no se le
quiere introducir de modo directo en la tierra, se procede del
siguiente modo: cércase un trozo de terreno y, en vez de ararlo, se
meten en el cercado unas cincuenta o sesenta reses vacunas al
objeto de que remuevan lo más posible la tierra. Cuando ésta da la
sensación de hallarse convenientemente suelta en una profundidad de
dos a tres pulgadas, el arroz se siembra a voleo al caer la primera
lluvia. Entonces vuelve a meterse el ganado, y algunos hombres a
caballo lo hostigan y lo hacen correr de un lado para otro dentro
de la cerca, de modo que las pezuñas vayan comprimiendo la simiente
entre la tierra. Al cabo de cuatro meses se cosecha un arroz de
excelente calidad y en proporción de ochenta a ciento cincuenta
por uno respecto de la siembra.
El mayor asombro ante la inaudita fertilidad de esta comarca al
pie de la cordillera fue el que me produjo la visita a la hacienda
denominada “El Tigre”, a la que desde “La
Vanguardia” se llega en media hora de caballo. El camino va
entre selva de poca altura, donde revuelan las más bellas mariposas
azules, del tamaño de la palma de la mano. Cuando, a través
del espeso follaje que bordea el sendero, cae súbitamente
sobre sus alas un rayo de sol, el efecto es de verdad fascinante.
Al llegar al próximo claro de selva penetramos a un cañaduzal; las
cañas, del grosor de un brazo, alcanzan alturas de 2 a 4 metros. Y
se plantaron ¡hace sólo diez meses! El trapiche allí construido,
con buena y alta chimenea y rodillos de hierro, compensa sus
esfuerzos al señor Restrepo con pingües beneficios, pues hasta hace
poco la panela tenía que bajar a este El dorado desde el mercado de
Bogotá. Menos afortunada me pareció una plantación de cacao que
allí vi, si bien esta planta se cría en los Llanos en forma
silvestre en pequeñas mazorcas de hasta treinta granos.
Pero no acaba aquí la relación de las riquezas de estas
comarcas. La cordillera encierra otros nuevos tesoros. En “La
Vanguardia” se encuentra mucho mineral de hierro. Bloques de
esta substancia que en nuestros países tendrían gran valor se
utilizan allí para construir tapias. Hay además enormes yacimientos
de hulla que se encuentran todavía sin explotar. En la cordillera
hay también petróleo y oro, como el que aparece en las arenas de
los ríos.
Mas como si la Naturaleza hubiera no querido omitir obsequios,
ha dado al hombre hasta un banco de sal. Por un difícil camino de
bosque nos dirigimos a esa salina, situada al Norte de
Villavicencio y a cuatro horas de él. La Salina de Upín, que en
cualquier otro lugar tendría un valor incalculable, se encuentra en
una angosta garganta, entre bosque y a la izquierda de un arroyo de
montaña. El banco de sal, cuya altura es de 9 metros, se halla
cubierto por una capa de tierra, la cual ha ido cayendo de los
empinados flancos de esta depresión. Con el agua que a su vez
escurre desde arriba, se ha formado una verdadera cloaca, de tal
modo que la sal, realmente de transparencia cristalina, se aparece
aquí muy negra. Al empezar en diciembre el verano, es
necesario ante todo, quitar la capa de barro, lo cual se practica
con pico y pala por obreros que, a causa de este insano trabajo,
caen a menudo enfermos de fiebres. Arrojando el lodo al río, puede
empezarse ya la extracción de la sal. Los sucios fragmentos de esta
substancia van a parar a un misero tinglado, al que llaman almacén,
donde se la acumula. El precio de la sal resulta, de todos modos,
bajo, y así conviene que sea, pues los llaneros necesitan abundante
sal para sus ganados. Una comprobación de la gran insuficiencia
práctica de esta industria es que el ingreso anual de la Salina de
Upín y el de la cercana Salina de Cumaral es solamente de algo más
de 10.000 pesos, pero advirtiendo que los gastos se elevan a 4.000
pesos. Ello hace posible que desde Venezuela sea importada sal, que
traen por el río Meta aguas arriba. Si los Llanos, que sería lo
natural, cubrieran sus propias necesidades con la suficiente sal
que poseen, los precios resultarían más bajos, se favorecería el
desarrollo ganadero y hasta se podría exportar parte de ese
producto.
No hemos terminado de apreciar el contenido del cuerno de la
abundancia, que la Naturaleza ha volcado en forma de tantos dones
sobre esta región. Es natural que aquí crezca muy bien el plátano o
banano, el fruto más útil de toda la comarca. Constituye el
alimento principal del pobre y determina que ningún hombre pueda
morir de hambre en América. Extraordinariamente rica es aquí la
cosecha, variadísimas las especies, desde el gran plátano
|hartón, hasta el dulce
|manzano, llamado así por su
sabor y que es de un suave color carne. El plátano puede prepararse
de maneras muy diferentes: frito, cocido, tostado, asado. Al igual
que la
|yuca y la
|tavena, plantas aquí muy frecuentes,
el plátano es un alimento saludable.
Frutas hay allí relativamente pocas, pues en los Llanos se ha
descuidado un tanto la plantación de frutales. Pero no faltan la
naranja, el limón, el aguacate, ni tampoco el mango, el caimito y
el caimarón. La aromática, aunque muy pegajosa, crema de esta
última apenas si la podría imitar un buen confitero. En otra clase
de plantas, citamos la vainilla, que se podría cultivar en gran
escala, la zarzaparrilla, la ipecacuana, la tagua (o marfil
vegetal), la copaiba, de la que se extrae un valioso aceite, el
cumare, el palo brasil y diferentes bálsamos y resinas. No puede
omitirse el tabaco, que se da bastante bien.
Producto principalísimo es, empero, el café, de excelente sabor.
Se produce y exporta en grandes cantidades. Visité dos cafetales,
el de Ocoa y el que llaman “El Buque”, plantado y
cultivado por el inteligente y culto médico doctor Convers. El
número de plantas de cafeto asciende a unas ochenta mil.
Generalmente, por el centro del cafetal atraviesa una avenida
flanqúeáda de árboles frutales. Paralelas a ésta van las filas de
los cafetos, los cuales se hallan distribuidos en intervalos
reguiares de dos metros y medio; las plantas más pequeñas están a
la sombra de palmas bananeras. Se cuenta con máquinas para el
descerezado y con una maquinaria desecadora muy práctica. Así,
pues, tiene hoy justa recompensa la diligencia y cuidado del
propietario, que durante años hubo de luchar aquí contra los
rigores del clima y poner en peligro su salud en aquel terreno
esquilmado. El señor Convers manda actualmente café a Bogotá y lo
exporta a Europa, enviándolo por el río Meta.
Pero ¡cuántas cosas podrían lograrse aún en esta privilegiada
tierra! En los bosques hay todavía ocultas, o muy poco conocidas,
multitud de plantas medicinales, como el
|cordoncillo, que es
un gran cicatrizante. Existen también muchas plantas que podrían
dar un superior rendimiento. Un día me preguntó un llanero sobre la
clase y modalidad de cultivo que requiere el árbol de la canela, a
lo cual, por desgracia, no pude responderle. La muestra que me
trajo era deliciosa, pero todavía susceptible de mejora y
selección. ¡A la obra, generaciones venideras! El mundo no es
todavía estrecho, y la Naturaleza está muy lejos.de ser para
vosotros una madrastra.
A mediados de diciembre hubimos de hacer una correria para
adentramos en los Llanos. Se trataba de pasar unos días en el hato
denominado “Los Pavitos”. El camino, en principio, viene
a representar unas dos horas de caballo a través de selva y en
dirección Este. Pero invertimos bastante más tiempo en el
recorrido. Como acaba de cesar la época lluviosa, la canal natural
que constituía el malísimo camino se hallaba llena de agua y barro
y éste, que se desplazaba por la hendidura, traía cantidad de
miasmas y vapores mefíticos, producto de las muchas substancias
vegetalés en descomposición. Más que cabalgar, lo que hacíamos era
ir tendidos sobre las mulas para no metemos en el agua, que llegaba
hasta la mitad de la montura. Pero el suelo, además de ser
resbaladizo, estaba repleto de raíces, de suerte que las bestias
andaban tropezando de continuo y enredándose a veces entre la
retorcida maraña. Teníamos que hacer uso de toda la habilidad
posible para mantenemos sobre las mulas y ayudar a éstas a no caer.
Cuando el camino era sumamente malo y lleno de almohadas
(elevaciones llamadas así por su forma y que,.atravesadas en el
camino, sólo dejaban sitio para profundos charcos intermedios),
había que desviarse y meterse por la maleza, la cual nos azotaba
rostro y manos, al tiempo que nos calaba la humedad.
El único alivio de amenidad en esta lucha contra el camino fue
el encuentro con una gran tropa de monos aulladores, que saltaban
alegres de rama en rama. Estos simios van generalmente en grupos de
veinte o treinta, grandes y chicos, y es famosa su inteligencia y
el amor maternal de las hembras. Dos de mis compañeros de viaje
abrieron fuego sobre los monos. Una cría cayó a tierra y a ello
siguió un estremecedor aullido de la madre, que seguía en el árbol,
encima de nosotros, mientras todos los demás animales huían
despavoridos. Alcanzada por más disparos, la mona se mantuvo por
unos segundos asida al árbol y luego cayó pesadamente junto a
nosotros. Era un animal de color gris negruzco, como de tres pies
de largo y dos de alzada. Lo dejamos allí, pues la carne no es
comestible por tener, según dicen, un cierto sabor desagradable. Ya
entonces me repugnó semejante inútil matanza y me dolió la muerte
de aquellos seres.
Apenas habíamos salido de la selva y llegado a la que llaman
|Boca del Mo nte, cuando hicimos un alto en el camino.
Después de calentarme bien los pies friccionándolos con
aguardiente, cambié mi calzado y mis medias por otros que para
tales casos traía, lo que constituye un medio preventivo contra las
fiebres. Seguimos cabalgando y llegamos a las grandes llanadas de
Apiay, que se dilatan entre el Rionegro y el Guatiquía en una
extensión de unas dieciocho leguas a lo largo y unas diez a lo
ancho, y donde, según Restrepo, pueden pastar cuarenta mil reses
vacunas y cuatro mil caballos. Pero estas llanuras no constituyen
una superficie enteramente homogénea3 pues tan pronto
atravesábamos un extensión de pastos
|(sabanas) cuyo
recorrido llevaba su buena media hora y cuya vegetación, en tierra
bastante seca, era una yerba grisácesa de unos dos a cinco pies de
altura, como llegábamos a un trozo de bosque, crecido sólo allí
donde corría agua, por lo común a lo largo de un arroyo. Las
distintas sabanas, divididas entre sí por estos pedazos de bosque,
eran, pues, porciones de pradera más o menos grandes, pero tan
semejantes las unas a las otras, que una persona inexperta no podía
distinguirlas, estando en gran riesgo de extraviarse si
no se contaba con un guía. En todo el camino, que duró cinco horas,
no encontramos más que un mísero y solitario hato. Al caer de la
tarde, cuando el sol doraba con sus rayos las sabanas, llegamos a
nuestro lugar de destino.
“Los PavitoS” era un rancho con cubierta de hoja de
palma y tenían dos compartimientos: la “sala”, en la que
había una mesa y algunas sillas con asientos y respaldos de cuero
crudo, y un cuartito contiguo con dos catres de madera. Detrás del
amplio patio, donde triscaban y bullían diversos animales de
corral, había otra cabaña, que albergaba la cocina. Y más allá,
junto a un arroyo como de diez pies de ancho, claro y de lenta
corriente, se alzaba un bosque, o mejor, un soto. A la derecha del
rancho, varias cercas
|(talanqueras) de madera de palma o de
bambúes limitaban espacios de diferente extensión destinados a
encerrar el ganado.
Al día siguiente me llamó especialmente la atención la piel de
una boa constrictor de veinte pies de larga y de uno y medio o dos
de ancho. La habían matado por allí cerca cuando pusieron el hato.
Gran asombro me causaron algunos detalles cuando el grupo viajero
fue a bañarse en el vecino arroyo. El jefe de la expedición, mi
compadre Fernández —así llamaba yo a aquel excelente amigo,
hombre como de cuarenta años— se desnudó y empezó a echar
piedras en el arroyo. A la pregunta de por qué hacía aquello
respondió sonriente que era para ahuyentar a las serpientes que de
ordinario había por allí. Acto seguido tendióse a la larga en el
cauce del arroyo, que no pasaría de un pie de profundidad. Confieso
que al principio me atemorizó aquel baño, sobre todo porque el
arroyo se hallaba cubierto de vegetación, y las muchas raíces de
los árboles se antojaban otros tantos reptiles a la exacerbada
fantasía. Pero acabé por meterme también en la fresca corriente.
Nunca con tanta claridad como entonces comprendí que el
hombre es un esclavo de la costumbre. A la tercera vez me había
habituado ya de tal modo a bañarme en aquel lugar y al requisito de
tirar las piedras, que ni siquiera pensaba en las serpientes. Más
aún, el último día antes de emprender la partida de allí, nos
bañamos tranquilamente a las tres de la madrugada, en plena
oscuridad, antes de poner pie al estribo. Entonces lo encontré
enteramente natural; hoy día al recordarlo, experimento una cierta
sensación de extrañeza.