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V
BATALLA DE SUBACHOQUE
Como las almas acostumbradas á la resignación se consuelan de
los chascos que padecen diciendo:
|todo es para mejor,
nosotros al saber la determinación de Mosquera, repetíamos Ojalá
salga á la Sabana, que no le ha de quedar un solo negro: con el
frío se van á
|emparamar. Y como llovía con el tesón que
suele en Abril, ya creíamos que Mosquera iba á acudir á nosotros
para que le ayudásemos á enterrar sus negros. para su mal,
continuábamos, le nacieron alas á la hormiga. En la Sabana va á
quedar el ogro del Cauca y su endemoniada chusma. Esta opinión se
convirtió en evidencia cuando supimos que había sentado sus reales
en un páramo desierto, frigidísimo, lluvioso é inhospitalario.
Hasta sus partidarios de Bogotá repetían temerosos ¡Adiós de
negros! ¡no le va á quedar uno!
La vanguardia de Mosquera apareció el 18 en el cerro de Yaque, y
al día siguiente acampó todo el Ejército en la entrada de la
Sabana, en un punto que domina al pueblo de Subachoque y llamado
Santa Bárbara. Helo, pues, ya á nuestro alcance: por buscarlo
fuimos hasta el Magdalena, nos movimos aquí y allí, y al fin él
mismo viene á meterse en los cuernos del toro.
Tan claro estaba lo que debía hacer el Ejército de la
Confederación que todos, hasta los más ignaros en el arte de la
guerra, Juzgaron que debíamos volar á detenerlo antes de internarse
en la Sabana, poniéndole en el trance de dar una batalla decisiva,
ó si nos tenía miedo, hacerle rodar por esas veredas hasta volver á
su fuerte del Raízal. Todo debía hace, para: rápidamente para que
el golpe fuera certero: nuestros militares no lo pensaron así:
ellos eran de la opinión vulgar que toda prisa trae su
despacio.
La posición que ocupó Mosquera no podía ser más defectuosa por
el lado estratégico, pues semejaba un colador cercado de cerros y
sin más salida que el camino que había traído. Con el Ejército de
la Confederación encarado y ocupada la retaguardia por guerrillas,
se vería privado de víveres y de toda comunicación con el mundo.
Taula inquebrantable en que no le quedaba más recurso que salir á
estrellarse contra nuestras bayonetas: esto en el caso de que
continuara nuestra manía de no romper lanzas con él. En eso
confiaba Mosquera al encaramarse en aquel punto, donde con
seguridad podía recibir tranquilamente á sus aliados de Boyacá,
como también la División que con gran prisa le traía Obando del sur
de Cundinamarca. No menos debió de atraerle la promesa que le
hicieron de Bogotá sus partidarios de que al tocar los lindes de la
Sabana, correrían las multitudes á recibirlo como á su salvador:
aumentadas así prodigiosamente sus fuerzas, y menguadas las del
Gobierno en igual proporción, como era natural, él, con diez ó doce
mil hombres nos ahogaría casi sin derramar sangre. Con tal señuelo
no cabía vacilación para dar paso tan audaz, que decidiría del
éxito de la campaña; pero si Mosquera veía á nuestros jefes como
inferiores que temblaban en su presencia, tan presuntuosa ilusión
pecaba de insensatez, pues por el momento su ejército era inferior
al nuestro en todo sentido, y bien podía ser desbaratado en
cualquier encuentro por el brío de nuestros subalternos y la
disciplina de nuestros batallones. De todos modos, al subir
Mosquera á Subachoque quemó las naves lisonjeado por la fidelidad
de su fortuna. Pero ¿para qué investigar si fue por esto ó por
aquello, cuando en toda la campaña de 1861 parece que la fatalidad
interviniera en la suerte de nuestra causa? Mosquera ascendió á la
llanura de Bogotá inconscientemente como para cumplir los decretos
invariables del destino.... Permítaseme ser fatalista siquiera en
este caso, ya que la fatalidad es el consuelo de los necios.
Estando ya Mosquera á nuestras puertas y forzado el Ejército del
Gobierno á volar á su encuentro, agrávase la disentería de que
estaba aquejado el General París; pero como no podía detenerse el
Ejército, se movió el 20 de Facatativá, casi á mediodía y tomando
el camino de Tenjo como si se intentase llegar lo más tarde posible
á vernos con el enemigo. Poco adelantamos ese día, y llegada la
noche, tuvimos que acampar no lejos de donde habíamos salido.
Parecíamos monjas. El 21 lo pasamos descansando y esperando al
General Diago, á quien se le había enviado orden á Cipaquirá de
contramarchar é ir á unírsenos en Subachoque; el 22 alzamos el
campo perezosamente con intención de llegar hasta junto del
enemigo.
A pesar de que la inacción y la falta de vigor suelen traer el
descrédito y enfriar el entusiasmo, era nuestro Ejército recibido
dondequiera con señaladas muestras de simpatía. Digno de que me
acusaran de ingratitud sería, si no recordase aquí á D. Bartolomé
Laverde, rico propietario, que al pasar nosotros por casas de
Cantimplora nos obsequió con magnificencia no siendo el comedor
suficiente, se sirvieron varias mesas, ocupando la primera el señor
Calvo, su Secretario Uribe, el Jefe de Estado Mayor general, los
jefes de las Divisiones y otras personas de consideración que nos
acompañaban; y el señor Laverde festivo y decidor, tenía para todos
palabras amables, tiempo para acelerar el servicio y agilidad para
estar dondequiera. Su fisonomía fresca y risueña, á pesar de los
cincuenta que entonces debía de contar, cautivaba á todos, y todos
se quedaban encantados con él: estaba recién casado con doña
Ignacia Forero, joven guapa y modesta que hacia con destreza los
honores de la casa: era hija del honrado vecino de Subachoque D.
Vicente Forero, que sacrificó todo en defensa de sus principios
políticos. Al mismo tiempo que festejaba en la casa á las personas
más granadas, hacía D. Bartolomé matar novillas para el Ejército y
mandaba decir á las venteras de los alrededores: " Den
cuanto pidan, que yo lo pago todo." Era el tipo del
sabanero rumboso.
De los seis mil hombres con que el Ejército había salido á
campaña, aun le quedaban, después de tantas idas y venidas, 4.325,
entre ellos 500 de caballería y diez piezas de artillería. (Estos
datos son suministrados por Mosquera, que, como lo he advertido
atrás, no desaprovechaba ocasión de dar á entender lo bien impuesto
que estaba de los asuntos de nuestro Estado Mayor General.) Al
desfilar el Ejército por la llanura de Cantimplora semejaba una
inmensa boa que serpea majestuosamente hacia su nido, y tan bello
era que de todas partes acudían á verlo pasar. Las once serían
cuando descubrimos allá en una abra. de los cerros las blancas
tiendas del enemigo: ¡Allá está! ¡allá está! exclamaron los
primeros como quien encuentra el objeto que anda buscando. ¡Allá
está Mosquera! repitieron entusiasmados todos viendo que llegaba la
hora tan anhelada del combate. Sorprendido Mosquera con nuestro
inusitado arrojo, no se le ocurrió otra cosa que saludarnos con
veintiún cañonazos.
Tan lentos y arrastrados, por no decir tan inútiles, habían sido
los movimientos del Ejército, que el Encargado del Poder Ejecutivo,
como temeroso de que se perdiese también esta ocasión propicia, é
interpretando el ardor que veía en torno suyo, exigió al General en
Jefe que atacase sin demora: pero éste le repuso que ya era tarde
para principiar un combate; y además que no podía hacerlo por no
haber estudiado antes el campo como debe hacerlo todo jefe. El
señor Calvo le replica que en la guerra de la independencia se
daban batallas á toda hora sin pensarlo mucho, y así se tomaban
trincheras y se ganaban victorias.
-" En ese tiempo," replica el General París,
según lo dice D. Ramón Guerra Azuola en su artículo
|La Batalla
de Subachoque, publicado en el
|Repertorio Colombiano,
" se peleaba por muy distinta causa que hoy. Esa era una
guerra de oprimidos contra sus opresores; de víctimas contra
tiranos; de americanos contra españoles, y había entusiasmo,
decisión y patriotismo. Pero, ahora no encuentra usted más que
deseos de propio engrandecimiento, sin que las palabras que
entonces nos electrizaban sirvan hoy para nada. Los hombres de hoy
no son los de entonces, y estoy seguro de que no encontraríamos en
todo este Ejército cuatro oficiales que nos siguieran, si fuera
preciso emprender una marcha y no tuviera el Gobierno con que pagar
sus sueldos. Cierto que en la Independencia se dieron acciones que
asombraron; pero recuerde usted que fueron ejecutadas por hombres
extraordinarios, y éstos ya no existen. Yo, por lo menos, no me
creo capaz de dar una batalla sin conocer el terreno, y me tendría
por muy dichoso si cualquiera de los generales ó jefes que aquí hay
se hiciera cargo de dirigirla, salvando mi
responsabilidad."
Al ver estos conceptos, el lector que se haya formado idea justa
de lo que era el General París, no podrá menos de recelar que la
memoria del narrador le haya sido infiel, pues no se concibe que el
General en jefe á más de no abrigar fe alguna en la nobleza de su
causa, tenga de su ejército una idea tan baja: el encarnizado
combate que iba á darse y los que le siguieron demostraron el
denuedo con que la tropa suplió la falta de plan y dirección de los
jefes; que el ejército no era de mercenarios, se colige del hecho
de haber muchísimos que no necesitaban de sueldo para vivir, como
los valerosos hijos del mismo general, que repartían gustosos con
los soldados la humilde ración que les llegaba á tocar; y se
confirma con que en la reacción fueron infinitos los que
arrostraron las más inauditas penalidades, recorriendo toda la
República, sin más aspiración que ver triunfante la causa de la
Legitimidad, tan sagrada como la de la Independencia, puesto que
aquélla asegura lo que ésta conquistó.
En el interior de la República se aguardaba con impaciente
ansiedad la batalla que debía poner fin á la guerra, y ya se
preparaban las coronas para el vencedor: nadie dudaba del éxito del
combate, y aun los mismos del campo enemigo presentían un desenlace
sangriento y nada fausto. El señor Calvo, en su calidad de
Encargado del Poder Ejecutivo, dirigió la siguiente Proclama, como
para abrir la liza del combate:
"¡Soldados! Se acerca el momento en que debéis dar
nuevas pruebas de vuestro heroico valor. Yo voy á presenciar
vuestras proezas; y espero recibir de vuestras manos la corona de
triunfo con que habré de ceñir la frente de la República.
¡Soldados! Marchad 'á paso de vencedores,' marchad á debelar una
facción que, envanecida con efímeras ventajas, cree poder imponer
la ley al Gobierno, obligándolo á elegir entre la ignominia y la
muerte. ¡Desgraciados! para ellos no habrá ni esta triste elección,
porque la muerte no podrá librarlos de la ignominia.
¡Soldados! El Gobierno, que recibiría con los brazos abiertos á
esos granadinos extraviados, si depusieran las armas con que
insensatamente lo atacan, los perseguirá sin vacilación y sin
descanso mientras las tengan en la mano. El Gobierno sabe bien lo
que debe al país y á vuestra gloria; y sabría caer con honor, si
fuera posible que cayese, estando sostenido por vuestra lealtad y
vuestra bravura."
Mosquera aceptó el combate y reforzó con trincheras el frente
por donde esperaba que lo atacásemos, descuidando la cordillera que
le quedaba al oriente, desde donde podían diezmarle los fuegos de
nuestra tropa. Para ocupar esos cerros que lo flanqueaban
emprendimos marcha el 23 á media noche por un sendero largo é
intransitable: el práctico escogido para conducirnos buscó por
prudencia lo que más se alejase del enemigo. Antes de mediodía
coronó la altura la vanguardia compuesta de la División mandada por
el General Diago y de la infantería de la 6.ª División; Mosquera,
firmemente persuadido de que no iríamos por ese lado, y desprovisto
además de espionaje, no se había dado cuenta de qué se había hecho
el Ejército de la Confederación, cuando por la mañana de ese día
vio sin gente los toldos que adrede habíamos dejado en nuestro
campo: tan á oscuras estaba, que al divisar nuestra descubierta en
la cresta del cerro la tomó por ¡la guerrilla del patriota
caballero D. Nemesio Benito, que solía tirotearlo. Al ver ondear la
bandera nacional, no le quedó duda de que éramos nosotros, y al
escape hizo formar su Ejército, que nos pareció pequeño junto al
nuestro, casi todo uniformado de rojo ó anaranjado, lo que desde
nuestra altura semejaba una sarta de corales: nos saludó con dianas
y con salva de artillería.
El General Diago, que ha sido de los militares más lucidos del
país durante las guerras civiles, aunque modesto en extremo, al
llegar clavó el anteojo y descubrió rápidamente las ventajas é
inconvenientes de la posición de Mosquera, en especial las
sinuosidades del terreno, que un jefe hábil aprovecharía sin duda,
y le dijo, con el aire de quien está seguro de lo que dice, al
Coronel Gutiérrez Lee, que estudiaba también el campo:
"Esa posición no vale nada así como está: á Mosquera lo
destrozamos ahora sin mayor esfuerzo: mañana nos será costoso el
triunfo: esta noche se atrinchera, y ese campo atrincherado no se
toma así no más.
-¿Pero qué debemos hacer? le preguntó Gutiérrez Lee.
-Pues atacar.
-El Ejército no está reunido, y los jefes tardan todavía.
-Aunque violemos los preceptos de la milicia y nos llamen
insubordinados, no importa: ataquemos: la ocasión es calva. Usted
tiene aquí arriba dos batallones (el 4.° de línea. y el 7.° de
Cipaquirá) y yo toda mi División: con esto no nos aguanta Mosquera
una hora: lo conozco como á mis manos."
El ojo militar de Diago era certero, como lo probó en otras
ocasiones, y tal parecía que descubriese lo que iba á suceder: ese
ataque brusco é inmediato que proponía Diago, era de los que, en
concepto del señor Calvo, aseguran la victoria, aunque se den de
mediodía para adelante, y aunque el jefe no sea un Bolívar.
Gutiérrez Lee es de la misma opinión de Diago, pero temiendo que lo
culpen á él solo de esta insubordinación, en caso de no salir
triunfantes, vacila, y dice que es mejor enviar los ayudantes al
Estado Mayor general á comunicar lo que pasa. Pero el Estado Mayor
general, que venía atrás, estaba atascado por la artillería y el
parque, los cuales apenas podían trepar por semejantes breñas. Así
se desperdició también esta oportunidad. El Ejército todo no coronó
la altura sino ya muy tarde, y hubo que darle de comer pues estaba
en ayunas. Para anunciarle al enemigo que ya estábamos todos allí,
se le dispararon algunas balas de cañón, que al clavarse en el
campo, levantaban polvareda, á pesar de la humedad del terreno.
Con no poca lentitud se asignó á los cuerpos el lugar donde
debían colocar sus tiendas, de manera que hasta bien oscuro no
acabaron de acampar. ¡Qué bello es un ejército cuando está en su
campamento, cuando todos se mueven y todos complacidos preparan su
habitación pasajera! Y es esto más hermoso cuando lo hace al frente
del enemigo y con la esperanza de una próxima victoria. Esa noche
nos ocupamos algunos oficiales en cortar fajas blancas para que,
como divisa, se pusieran los soldados y los oficiales en los kepis,
y se diferenciasen de los enemigos que llevaban hojas verdes del
monte. Esta operación la hacíamos contentos y no dejando de soltar
una que otra agudeza, como buenos bogotanos que éramos, pero en voz
baja y disimuladamente como si estuviésemos en la alcoba de un
enfermo, para no turbar el majestuoso silencio que reinaba en
nuestro campo, ni inquietar la tranquila serenidad que embellecía
los semblantes. Todo presagiaba, como en la naturaleza antes de
venir la borrasca, la grande avenida de sangre que dentro de cortos
momentos iba á inundar esas laderas. ¡Ah! Cuántos, cuántos de los
que allí estaban llenos de vida y de afectos, el día siguiente á
esas horas estarían ya en las sombras de la muerte! ¡Cuantas
viudas, cuántos huérfanos, cuántas miserias no habría ya dentro de
poco! ¡Qué responsabilidad la de los que desencadenan las pasiones
políticas! Y también qué responsabilidad la de los jefes militares
que, desnudos de ciencia, no disminuyen con la táctica los estragos
de la guerra, y la de los que pudiendo vencer en pocas horas, dejan
ineptos abierto el campo para nuevos desastres! ¡Pobre
humanidad!
El terreno es allí bien quebrado, y en el abra ó vallecito que
da entrada á la Sabana, hay á poca distancia del pueblo de
Subachoque, dos ligeras colinas, llamadas de Santa Bárbara: aquí
fue donde Mosquera se situó para resistir el empuje de nuestro
Ejército: al verse dominado, labró rápidamente trincheras de zanja
y tierra, formando un campo de unas cinco cuadras, sin más entrada
que la que daba á las chozas situadas a la retaguardia. Con toda
esta defensa, nosotros podíamos causarle no poco daño con nuestra
artillería y con los buenos rifles que teníamos. Para capitanes
expertos, estos parapetos improvisados fueran insignificantes, pero
para los nuestros eran formidables.
La mañana del 25 de Abril estaba lóbrega y destemplada, y
nosotros en vez de saludar la aurora con la diana de ordenanza,
debíamos haberlo hecho con el estruendo de la batalla, de modo que
al aparecer el sol ya estuviese el campo empapado de sangre; pero
no se hizo así, y perdimos horas preciosísimas, como si esperásemos
que el enemigo nos dijera: Pueden venirse, que ya estoy listo.
Nuestro Ejército debía formar una media luna en cuyo centro
estuviera el enemigo, y simultáneamente caer sobre él y abrumarlo
con nuestros fuegos de fusilería y artillería. Como las nueve de la
mañana serían cuando el Coronel Gutiérrez Lee, viendo que no se
tomaban las últimas disposiciones y que el enemigo comenzaba á
tirotear al batallón 7.° de Cipaquirá, avanzado imprudentemente en
nuestra izquierda, me envió al Estado Mayor general para recibir
órdenes, pues la 6.ª División estaba lista desde las primeras horas
de la mañana. Tan extenuado estaba el General Ramón Espina, Jefe de
Estado Mayor general, con lo que había trabajado, que al oírme,
balbuce: "¡Y yo que no me he desayunado todavía!"
Volviéndose al interior de la choza en cuya puerta estaba, vocea:
"¡Mi chocolate! ¡Caramba, chocolate!"
-" Es que no parece la olleta, " responde
adentro una voz cuitada. El General regaña á los suyos, y volviendo
á salir á la puerta, prosigue: "Es que yo no peleo en
ayunas...."
Dirigiéndose á mí, continuó: "Dígale á Pedro que en
este instante quedará todo arreglado."
En cuanto á desayuno, corrí yo con mejor fortuna, pues á más de
la jícara de chocolate que tomé al amanecer, nos sirvieron como á
las ocho al Coronel Gutiérrez Lee y á otros un almuerzo opíparo de
carnes frías y de vino que nos llevó el doctor D. Indalecio
Barreto, dignísimo sacerdote que murió años después de Obispo de
Pamplona. Refocilado con tan sólido apoyo, pude presenciar sin
aterrarme, una de las escenas más imponentes que ofrece la carrera
militar: formados algunos batallones antes de marchar sobre el
enemigo, se pone sobre una piedra que lo dominaba todo, un padre de
San Francisco, alto, de fisonomía ascética, un crucifijo de bronce
en la mano, y con voz seca nos exhorta á combatir hasta triunfar; y
recordándonos que somos mortales y pecadores que debemos dar cuenta
á Dios de nuestras culpas, nos dice que es preciso hacer el acto de
contrición, como si nos reputásemos agonizantes y ganar las
indulgencias que hay para tales casos. Apeándonos los que estábamos
á caballo, y todos con rodilla en tierra, nos dimos golpes de
pecho, rezando el acto de contrición en voz alta, y al acabar, el
franciscano nos absolvió en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. El espectáculo más grandioso que he visto en mi
vida.... Esto en vez de amilanarnos, nos confortó, pues no es poco
para un creyente estar listo para ir al cielo.
Colocado el batallón 3.° de Artillería con ocho piezas en
posición ventajosa, comenzó antes de romperse el fuego general á
cañonear al enemigo, aunque como el tiro era oblicuo, no hizo todo
el daño que se esperaba, pues la bala se enterraba y cuando más
mataba al que estaba allí; sin embargo, hubo tiros certeros que
conturbaron á los contrarios, no menos que el incesante rimbombo de
los cañones que se centuplicaba en los pliegues de aquellas altas
montañas. Este batallón estaba apoyado-por el 4.° de línea y el
medio batallón Restaurador (compuesto de presidiarios, cosa no bien
vista en un gobierno legal), los cuales formaban el ala derecha del
Ejército mandada por el Coronel Gutiérrez Lee. El ala izquierda
estaba á las órdenes del General Diago, y se componía de los
batallones 1.° de Bogotá, 7,° de Cipaquirá y 4.° de Artillería con
dos cañones de poco calibre; el General Posada, teniendo por
segundo al Coronel Viana, mandaba el centro, que constaba de estos
cuerpos: el 5.° de Artillería, 7.° de línea, y 2.° de Bogotá. La
caballería, resguardada por una colina, debía obrar según lo
requiriesen las circunstancias, y aparecer por la extremidad de
nuestra derecha, y así caer, si era necesario, sobre la retaguardia
del enemigo. En esta circunvalación no le quedaba á Mosquera más
recurso que aprovechar las faltas de ejecución del plan de batalla
de nuestros jefes, y romper con fuertes masas la débil resistencia
que le presentábamos en nuestra extensa línea de combate:
"el arte de la guerra, dice Napoleón, consiste en ser más
fuerte que el enemigo en un punto dado," y Mosquera aspiró
á seguir esta máxima, como lo probó con desesperado arrojo. Desde
por la mañana destacó una guerrilla para que tirotease al batallón
7.° de Cipaquirá, al que, como he dicho, avanzaron
inconsideradamente más de lo necesario cuando aun no se habían
acabado de Colocar los cuerpos, ni determinado los pormenores del
combate: así los valientes cipaquireños comenzaron á derramar su
sangre, como los mártires en el circo romano, rodeados de
impasibles espectadores. Mosquera, viendo esto, creyó débil ese
lado y arrojó una fuerte división: entonces hubo que correr a
protegerlos, y como se vio que no era suficiente la fuerza de
nuestra ala izquierda, se desguarneció parte del centro que, según
el plan de la batalla, debía ser el eje de les movimientos; por
consiguiente se desconcertó todo lo que se había preparado, y hubo
que principiar el ataque a las doce del día; el Jefe de Estado
Mayor general dice con rara frescura en su parte de la batalla, que
por esta causa se comenzó antes de lo convenido (!!!). El enemigo
no solo arrolló al 7.° de Cipaquirá, sino á casi toda nuestra ala
izquierda, tomó dos cañones é hizo innumerables prisioneros; pero
reforzados los nuestros con buenos cuerpos, especialmente con el
temible escuadrón Lanceros de Cundinamarca, no tardan en
reconquistar lo perdido y obligan al agresor á ampararse
precipitadamente en sus trincheras, dejando el campo sembrado de
cadáveres, tanto suyos como nuestros. Mientras allí se destrozaban
con tan inaudito encarnizamiento la 6.ª División, la reserva y el
resto del Ejército, presenciaban la escena en formación sin más
acción vital que los cañonazos incesantes del batallón 3.° de
Artillería. Nuestra ala izquierda quedó exánime; Mosquera, pensando
que la mayor parte de nuestra fuerza se había cargado á aquel
punto, juzga cosa hacedera apoderarse de la Artillería, que tanto
ruido hacía y tanto atemorizaba á los suyos, escoge lo más granado
de sus fuerzas, en número de más de mil hombres, y salen como
desesperados sobre nosotros: alud humano que corta el llano con la
gritería salvaje de los negros y se divide en dos fracciones: la
una sigue de frente, y la otra con la poca caballería que tiene el
enemigo al mando del Coronel Jiménez tuerce á la izquierda con el
intento de flanquearnos y atacarnos por retaguardia; con éstos iba
Mosquera. Aquí fue el momento crítico de la batalla, en que los
combatientes se cruzan, se hieren y se matan con loco frenesí: el
cañón retumba, la fusilería no cesa y el humo oscurece el campo
como para que se vea mejor el resplandor de las bocas de fuego. La
oficialidad se mostró heroica,y hubo figuras que no se olvidan
nunca, como la arrogante de Liborio Escallón, que con la. bandera
en la mano, decía á sus artilleros: ¡Adelante, muchachos, adelante!
De improviso se oye un grito unánime: ¡La caballería! ¡La
caballería! El fuego afloja y todos clavan la vista en una colina
de nuestro centro por donde desciende la nuestra, que no pudiendo
hacerlo por el punto determinado á causa de estar inundado el paso
por el aguacero que cayó esa mañana, se ve precisada á dar un
rodeo; y por lo escabroso de la vereda, baja á la deshilada, y no
tan aprisa como lo exigía la oportunidad de su acción. Al bajar á
la llanura, se lanzan los jinetes sobre el enemigo á medida que van
llegando, y así su carga desordenada no produjo el efecto decisivo
que se esperaba: en formación habría sido un torrente que se
llevaba por delante un ejército entero. Una verdadera carga de
caballería, y caballería como la que teníamos, no la hubiera
resistido Mosquera ni antes de principiar la acción: aquellos
jinetes eran leones que no se detenían ante las débiles trincheras
enemigas: desgraciadamente no se supo aprovechar ni su fuerza ni su
bravura. Con todo, la caballería pasó como un cuchillo, cortando en
dos á los que atacaban la artillería: una parte, la menor, corrió a
sus trincheras perseguida por oficiales intrépidos, que, como
Bohórquez y Pérez, fueron á morir en medio del campo enemigo, y que
seguidos por cien caballeros más decidieran allí el combate; la
otra, como de seiscientos hombres, dejó ciento cincuenta
prisioneros, y se desbandó fugitiva por los cerros de nuestra
derecha en dirección de la Vega.
En el esfuerzo titánico que hizo la 6.ª División para rechazar
al enemigo, el Coronel Gutiérrez Lee desplegó su actividad y valor
indómito: donde quiera que apretaba el peligro, ahí estaba sereno
para aumentar el ardor de los combatientes y estimularlos á avanzar
en medio de los borbotones de fuego que esparcían la muerte.
Rechazado el enemigo, intenta coronar la victoria lanzándose al
frente de los soldados del batallón 4.° sobre las trincheras, no
lejos de donde el Coronel Viana porfiaba con unos pocos por
desalojar al enemigo, y cuando éste comenzaba ya á ceder, vino una
bala que rompiéndole el brazo derecho con que llevaba en alto la
espada, fue á internarse en el costado, quedando entre cuero y
carne. Inmediatamente hubo que alejarlo de allí en su mismo caballo
que había recibido dos heridas, y conducirlo á un lugar seguro,
donde fácilmente pude yo extraerle con el dedo la bala (que
entregué á su señora esposa en Bogotá); era pequeña como de rifle
de los que usaban los ricos, En esos días decía la gente que el
General López, tirador destrísimo, se propuso, valiéndose de un
anteojo, matar á todos nuestros jefes con el rifle que llevaba. Yo
lo he dudado siempre, pues me parece indigno de un hombre de su
posición y de sus sentimientos, que descienda á cometer una felonía
condenada por las leyes de la guerra y del honor. Si lo hizo, peor
para él. Pero lo que no deja duda es que Mosquera, que sí era capaz
de eso, puso tiradores escogidos que hicieran lo que se achacaba á
López; y en prueba de ello, él mismo cínicamente le dijo luego al
General París que, al reconocerlo el 25, dio orden de que no le
hiciesen más tiros. ¡Ni los caribes son más feroces!
Entre los prisioneros que hicimos cuando la carga de caballería
estaba D. Simón Arboleda, quien, viendo perdido al General
Mosquera, por habérsele atollado el caballo en un lodazal, le dio
el suyo al tiempo que llegaban los nuestros. Mosquera se escapó por
entre la maleza, y Arboleda cayó en nuestro poder. El espanto con
que huían por los cerros los fugitivos con sus vestidos rojos, era
tal, que todos notábamos que no se atrevían ni á mirar para atrás y
que como micos se agarraban de la maleza para ir más aprisa: todos
lo vimos, é indolentes los dejábamos escapar sin que á ninguno de
nuestros jefes se le ocurriese destacar un piquete de soldados para
cogerlos: allí cayeran el jefe de la revolución y otros magnates
que se escaparon despavoridos.
El destrozo causado por nuestra caballería y la pérdida de
Mosquera, produjeron en su campo tanto desaliento, que el General
López, segundo jefe del Ejército, saca de un toldo una sábana y la
convierte en bandera blanca con el objeto de parlamentar. Todos lo
vimos, y una alegría inmensa inundó nuestros corazones durante los
ocho ó diez minutos que estuvo izada; pero de repente desaparece, y
nos quedamos perplejos sin atinar con el misterio que esto
entrañaba. Fue, según se supo después, que el joven Aureliano
González Toledo, separándose del cadáver de su padre, el impávido
General Juan Miguel González, que acababa de caer atravesadas las
sienes de un balazo, corre sobre el asustado López, y le arranca la
bandera diciendo: "¡Donde está el cadáver de mi padre no
hay bandera blanca!" A este arranque de ardiente amor
filial debe la revolución su triunfo.
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Mientras en el campo enemigo se representaba esta escena cuyos
resultados todos veíamos, ¿dónde estaban nuestros jefes que no
interpretaban esa bandera y no reforzaron el ya casi apagado fuego?
Un hombre intrépido, ó si se quiere un loco, con un puñado de
audaces habría asaltado las trincheras y hecho enarbolar de nuevo
la bandera blanca... Pero no: al ardor sucedió el decaimiento, y la
batalla se acabó por consunción: había tiros aislados y esfuerzos
de algunos guapos que se lanzaban sobre el enemigo, y que todos los
veían caer uno á uno, como tórtolas, y nadie pensó ni en apoyarlos
ni en darles orden de retirarse: entre estos valientes estaba el
capitán Juan de Dios Ortiz Durán, cuya muerte, acaecida ya al caer
de la tarde, llenó de luto á una familia meritísima.
Al declinar el día presentaba el campo un aspecto desolador:
cadáveres por dondequiera, muchos de ellos desnudos, pues no
acababa de caer un oficial cuando ya las mujeres, como buitres, se
arrojaban sobre él y lo desnudaban: así vi yo el cadáver del
teniente Manuel Recuero, de Cartagena, cumplido caballero con quien
había conversado amigablemente pocos minutos antes: estaba boca
arriba y no tenía más que una calceta ¡ Me hirió el alma! Tanto
casi como los cadáveres, entristecen los caballos ensillados ya sin
jinete y paciendo libremente por entre tanta sangre; y no menos
terrible el brillar de los últimos rayos del sol en las armas
abandonadas, ó en las que agarran las manos crispadas de los
muertos. El silencio que la noche derramó en aquellos páramos
solitarios, no se turbaba sino con los lamentos de los heridos ó el
relincho de algún caballo que buscaba á sus compañeros; la misma
vocinglería de los negros había cesado, y todo el mundo estaba
poseído de desaliento y de tristeza.
Esta jornada fue para nosotros costosísima, pues segó nuestros
batallones y nos quitó los mejores jefes: heridos salieron
Gutiérrez Lee, Diago, Viana y Moreno: en Gutiérrez Lee, que la
víspera nos decía: " Mañana á estas horas he ganado ya mis
tres estrellas de general," hizo la herida un estrago
aniquilador: se le afilaron las narices, los ojos se le encorvaron
y una palidez cadavérica reemplazó el tinte rosado de la piel; pero
siempre sereno y con la mirada puesta en el campo de batalla,
preguntaba con ansiedad: " ¿Ya está cogido Mosquera? Ha
cesado el fuego.... ¿qué ha habido?" Y como al fin no
pudiésemos inventar nada, se veía en él que el dolor moral
sobrepujaba al dolor físico. Reunidos en una chocita de leñadores
los jefes heridos, pasaron la noche en acerbísimos dolores...; poco
caso hacían de ellos. Llovía incesantemente, y los sanos que
estábamos con ellos tuvimos que permanecer bajo un alero
desvencijado y estrecho, oyendo la variada sinfonía de ayes y
lamentos, no solo de los de adentro sino de los de fuera: algunos
llegaban de lejos como ecos perdidos, ó como el estertor de los
moribundos. Entre éstos estaba el teniente D. José María Silvestre,
patriota que dejó destino y familia por servir á su partido, y que
llevaba al lado un hijito de pocos años como para enseñarle
prácticamente las leyes del honor: era abanderado y atravesada la
garganta por una bala, solo pudo decir al niño tartamudeando:
"Toma la bandera," y el niñito, el hoy conocido
excelente ciudadano D. Antonio Silvestre, reemplaza á su padre en
lo recio del combate.
Al día siguiente emprendimos algunos la marcha para Bogotá con
nuestros heridos: era una procesión de guandos ó camillas: yo iba
al lado de mi jefe, y al salir, observé el campo de batalla, pues
pasamos por un lado, desgarrándoseme el alma con aquel silencio
lúgubre que sigue á los grandes cataclismos. Un soldado de una
avanzada nuestra dijo con voz lastimosa al ver la camilla de
Gutiérrez Lee, á quien reconoció por los que íbamos junto:
"Ahí va el Coronel Gutiérrez Lee..." y saludó
militarmente, y con mirada tristísima nos siguió por largo tiempo.
Como lloviznaba, iban los guandos cubiertos con encauchados; y ya
lejos de Subachoque hallamos varios médicos que acudían de Bogotá.
Sin esperar á que llegásemos á una de las' muchas casas que por
allí abundan á la vera del camino, se les ocurrió curar los heridos
á la intemperie, y descubrieron los guandos al aire destemplado que
hacía: era como abrir un horno en día de nieve, y el cambio de
temperatura tuvo que ser brusco e instantáneo; para hacer más
inicua la impericia de los facultativos, los curaron de prisa,
estrujándolos como si se tratase de seres irracionales: los heridos
lo soportaron con valor y sin quejarse. En aquella sazón parecía
que todo se conjuraba contra los defensores leales del Gobierno, y
á favor especial del cielo se debió el que no sucumbiesen todos los
heridos que así fueron curados, acaso por haber sido escogida como
víctima la persona más simpática del Ejército: desde el instante en
que Gutiérrez Lee cayó en manos de estos facultativos debió de
declararse el tétanos, lo cual no se advirtió sino después, cuando
ya estaba en el linde del sepulcro.
La situación del ejército revolucionario vino á ser
alarmantísima después de la batalla: aunque Mosquera volvió á su
campo á media noche, y lo mismo fueron haciendo los otros
dispersos, era aquél un lugar de desolación: cadáveres insepultos,
heridos arrastrándose por el lodo y las charcas de sangre; los
sanos con sed y sin poderla saciar, pues el arroyo que pasaba junto
estaba lleno de hombres y de caballos muertos; los víveres
escaseaban, y solo teniendo bastante dinero se podía conseguir un
pedacito de carne ó de panela. Varios jefes de importancia habían
muerto, como el General González y los Coroneles Jiménez y
Estanislao Sánchez (hermano del celebérrimo Secundino, jefe de la
guerrilla de Guasca, sacrificado como Héroe en 1862); heridos
estaban el General Mendoza, el Coronel Milciádes Gutiérrez, que
murió después, y el temido negro Victoria. La desilusión comenzó a
apagarles el entusiasmo y la deserción fue abundantísima aquella
noche; á más de esto, había escasez de municiones, y todos temían
que no alcanzasen para otro combate; sin embargo, había que hacer
un esfuerzo sobrehumano, y poner algo en manos de la buena ventura.
Reforzaron en consecuencia las trincheras y se alistaron para
resistir reservándose tomar á lo último alguna resolución
definitiva; ya que no podían retirarse, porque el hacerlo en el
estado actual de su ejército equivaldría á dispersarse, y de
consiguiente á la ruina total de la revolución.
Viene la aurora y todos aguardan que el Ejército de la
Confederación caiga sobre ellos; pasa la aurora, entra el día, y
nadie se mueve en el campamento contrario; al mediodía, exclaman
gozosos: ¡Ya no nos atacan! Es seguro que están como nosotros.
Por lo que hace á lo material, no estabamos como ellos, pues aún
había soldados suficientes para dar un combate, municiones en
abundancia, y el espíritu de la tropa se enardeciera con que le
dijeran: ¡Adelante! El campo enemigo esta desierto; vamos á
cosechar lo que ayer sembramos! Casi no se necesitaba anteojo para
descubrir el estado lamentable de su campo: á simple vista se
columbraba que, como gran parte de ellos lo confesó después, con
una leve demostración de fuerza de nuestra parte se acabara todo.
Sin embargo, en vez de dar paso alguno, los cuerpos volvieron la
noche del 25 á las posiciones que tenían antes de la batalla, como
si no hubiesen hecho sino un paseo militar. Todo siguió como
antes.
¿Qué misterio encierra semejante inacción?
El General París, á pesar de la enfermedad que lo postraba,
quiso continuar el combate, y reunió á las seis de la mañana del 26
á los jefes para exponerles su plan de batalla. Pero (afirma D.
Ramón Guerra Azuola en su ya citado artículo sobre esta campaña)
"El General Espina estaba cabizbajo y meditabundo, y no
daba muestras de entender lo que se le decía, De esta especie de
enajenación no salió hasta tres días después, cuando llegamos á
Subachoque." "El General Posada, que durante la
batalla se había batido con singular denuedo, se hallaba abatido en
toda la extensión de la palabra. Decía á gritos que el enemigo
estaba flanqueándonos por la derecha, que para ello había hecho
salir tropa por el camino de la Vega, que si tomaba la altura que
teníamos á la espalda, éramos perdidos, y que estando nuestra gente
aterrada, nada mejor podíamos hacer que retirarnos á la Sabana
inmediatamente." Como el Coronel Rudesindo Ribero, jefe
del 4.° de línea, el Comandante Liborio Escallón del 3.° de
Artillería y D. Lino Peña del Restaurador diesen cuenta de las
pérdidas que habían tenido sus respectivos cuerpos, el General
Posada gritó lleno de angustia: "¡Es decir que el ala
derecha está perdida!.... Y es por ese lado por donde veo el ataque
del enemigo.... ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿qué haremos?".
El único sano de espíritu era, pues, el General París, y eso que
el trajín de la víspera y tanta desgracia como veía acrecentaron
sus dolencias físicas; el 26 nadie se hallaba en capacidad de
aconsejarle, "porque (dice Guerra Azuola) los mismos
miembros del Gobierno sólo despedían hondos suspiros y no hablaban
una palabra." En efecto, ¿qué iban á hablar ellos, pobres
civiles, que nunca habían presenciado los horrores de la guerra, y
se habían figurado que combatir con ese ejército y vencer eran
sinónimos? En esos momentos únicos que era un crimen desperdiciar,
¿qué podían hacer "cuando el General Espina no salía de su
postración " y " el General Posada se alarmaba
cada vez más y alarmaba á los otros?"
Caricaturesco á la manera de Hogarth es este cuadro: aquí hay
algo de diabólico. Yo, que no me hallé presente, me resistiera á
creerlo si los resultados no lo hicieran verosímil; y no me
atreviera á estamparlo aquí, temeroso de que me lo achacasen á
malevolencia, si no lo refiriera una persona tan abonada como el
señor Guerra Azuola, que desempeñaba el cargo de Secretario del
General París y que estaba naturalmente bien informado de lo que
entonces ocurría: él debió ver y oír á Calvo, Uribe; Espina y
Posada y sentirse humillado con tanta pusilanimidad é ineptitud.
Como quiera que sea. faltó la energía que domina y trueca las
voluntades, convirtiendo en constantes y valerosos á los tímidos é
impresionables. El enemigo estaba en situación más difícil que
nosotros, y sin embargo no flaqueó, porque allí había cabeza,
porque estaba Mosquera; nosotros en su caso habríamos levantado el
campo la noche del 25. y dispersándose, se hubiera desvanecido
nuestro antes magnífico Ejército. La escena del 26 de Abril en
nuestro Estado Mayor general nos revela el porqué de los disparates
hechos y de los disparates venideros... Considerando uno tal
abatimiento, tiene que preguntar: ¿Por qué entonces no cedimos la
palma de la victoria al enemigo, y así nos hubiéramos ahorrado
tanta sangre como después se derramó, tanta lágrima vertida y tanto
odio concentrado?
Mientras se exhibe en el Estado Mayor general la llaga que
corroe al Ejército, la esperanza va renaciendo en el corazón de los
enemigos: cada instante que pasa es una batalla ganada por ellos.
Un oficial nuestro, sobrino del Coronel Cristancho, apodado el
|Runcho, que cayó prisionero cuando sorprendieron el obús,
desesperado al ver que se desperdiciaba la ocasión de acabar con
Mosquera, escribió un papelito para su tío, diciéndole lo que veía
y que con un empuje se entregaría todo el mundo: envió el papel con
una mujer, la que infidente lo traicionó: el
|Runcho fue
fusilado acto continuo sobre un tambor. ¡Pobre
|Runcho! no
un papelito sino todo lo escrito por un Tostado no volvería la
razón á Espina, Posada y demás embelesados....
Con astuta habilidad pide Mosquera el 26, en nombre de la
humanidad, una tregua para enterrar los muertos y recoger los
heridos: de éstos había como mil entre los dos ejércitos. Puesto
que no queríamos rematar la batalla. era justo acceder. Accedimos,
y Mosquera respiró. Saca los muertos de su campamento, los entierra
lejos, muchos hasta en el cementerio de Subachoque, reúne sus
heridos, y lo que más le importaba en esos momentos, casi todas las
armas suyas y unas tantas nuestras regadas en el campo de batalla:
él asegura que reunió más de trescientas nuestras; y un caballero
que lo acompañaba me lo ha corroborado luego, diciendo que él las
ayudó á contar. En la operación de recoger muertos y heridos se
pasaron los días 26, 27 y parte del 28.... ¡ Ni en Marengo, ni en
Austerlitz se gastó tanto tiempo!
Llovía sin cesar, y el cielo clemente parecía favorecernos.
¡Pero no! nuestras tropas más delicadas que las enemigas, que
perecían hacinadas en un cercado de lodo y podredumbre, debían
buscar techado para abrigarse, y con este objeto se resuelve que se
retiren al pueblo de Subachoque, pero eso sí sin perder de vista á
Mosquera: en vez de hacer esta operación de día y militarmente,
pues que el enemigo en vez de impedirla la aplaudiría como
redentora para él, la efectuaron de noche, lloviendo y como
fugitivos. En la descripción que nos da el señor Guerra Azuola de
este movimiento, quedan de nuevo enlodados los Generales Espina y
Posada, y reciben de paso su latigazo el señor Calvo y los señores
Mariano y Pastor Ospina, por haberse acomodado, dice, en Subachoque
desde mediodía, haciendo que los protegiera un batallón y dos
escuadrones. Lo que de esto debe deducirse es que si esas fuerzas
se movieron sin orden del General en jefe ó del jefe de Estado
Mayor general, que, al decir del señor Guerra Azuola, estaba por
allá arrinconado en una casita cerca de la Pradera, ni el orden ni
la disciplina estaban muy vigentes en nuestro Ejército. D. Pastor
Ospina, con su acostumbrada claridad y la precisión de quien acaba
de presenciar los hechos, refiere en su situación de I.° de Mayo,
que, dada el 27 á media noche la orden de volver á Subachoque, el
Ejército estuvo en pie toda la noche y la mayor parte del día
siguiente esperando la marcha, hasta que por la tarde bajaron el
batallón Restaurador y algunos cuerpos de caballería; y el resto
del Ejército lo hizo por la noche con lluvia y sumamente fatigado.
Sea de este modo ó de aquél como se efectuó la retirada, lo que no
es discutible es que el movimiento fue inconsiderado y aun funesto.
Mosquera, libre de nosotros, pudo extender ampliamente las alas y
recibir los víveres, elementos de guerra y soldados que no
esperaban sino esto para entrar con libertad en su campamento:
nosotros mismos abrimos la jaula.
Con la debida aprobación del Gobierno asistió nuestro General en
jefe el 28 á la conferencia á que había sido invitado por Mosquera
con el objeto de atender el alivio de los heridos y a la sepultura
de los muertos; y en dicha conferencia pidió aquél haciendo tanto y
hablando hasta por los codos, que dejasen á Subachoque como terreno
neutral, donde se cuidasen los heridos de ambos ejércitos. Aunque
nosotros ya habíamos enviado á Funza unos cuatrocientos de los
nuestros, se convino en ello y que para mayor seguridad de los
heridos las tropas del Gobierno dejarían el pueblo, tornando al
llano de Cantimplora, al otro lado del valle.
Esta última estipulación no se cumplió tan aprisa como la
ansiedad de Mosquera lo pretendía; de modo que no sin peligro pudo
incorporársele, pasando por nuestras barbas, una columna de
trescientos cincuenta hombres, al mando del Coronel Arciniegas,
después de atravesar toda la Sabana por el camino real de Bojacá á
Subachoque, y sin más que desviar una legua antes de donde nosotros
estábamos, para entrar al campo de Mosquera como a su casa. Nuestro
Ejército no destacó una partida para que fuese á dispersar esa
fuerza bisoña y desarmada, porque estaba organizándose, y cuando un
ejército se halla en tal estado patológico, no debe exponerse á las
emociones fuertes... Esta falta produjo un efecto inesperado. La
columna dicha hacía parte de la División que traía el General José
María Obando, el cual se había quedado en Bojacá esperando el éxito
de la operación de Arciniegas; la facilidad con que éste cumplió su
en apariencia peligrosa comisión, animó á Obando á seguirlo, y el
29 se puso en marcha con quinientos hombres. El cultísimo caballero
y muy querido amigo mío D. Simón B. O'Leary, que por ahi cerca
tenía una hacienda, hizo un propio al campamento, comunicándolo y
dando toda clase de informes sobre esta fuerza, insignificante por
la calidad de la gente y del armamento. El venir al frente de ella
un hombre de la nombradía de Obando, produjo en los del Gobierno y
en los civiles que llevados de entusiasmo andaban por Subachoque,
un deseo ardentísimo de hacer alguna acción vital, para no dejar
pasar á Obando como había pasado Arciniegas. El documento más
importante para conocer el estado moral de nuestro Ejército es el
escrito del señor Guerra Azuola mencionado atrás, y en él se
trasluce el terror que inspiraba Mosquera en las altas esferas del
Ejército: si movemos un cuerpo, nos derrota; si nos quedamos sobre
él, al fin nos flanquea y nos amarra á todos: cavilaciones en que
se patentiza la conciencia de nuestra inferioridad y el poder del
nombre de Mosquera para los que antes habían militado bajo él. En
tales disposiciones lógico era que hubiese frialdad é inercia para
detener á Obando, y que costase trabajo para que nuestros jefes
sacudieran la pusilanimidad y organizaran una fuerza que fuera á
coger á aquellos tímidos calentanos. Al cabo se nombró por jefe al
Comandante Heliodoro Ruiz, y se dispuso que marcharan los
escuadrones sabaneros de Hernández y Ardila para cebar al enemigo
mientras llegaba la infantería, compuesta del 1.° de línea al mando
del Teniente coronel Jacinto Ruiz y el 2-° de Bogotá bajo las
órdenes del Teniente coronel Benito López; es de advertir que
dichos batallones habían sido diezmados en la batalla anterior, de
modo que entre los dos harían unos cuatrocientos hombres. Obando
pensó al llegar al puente de Cruzverde que solo tenía al frente
alguna partida de caballería como la de voluntarios que, dirigida
por D. Leonardo Manrique, había tiroteado la víspera la vanguardia,
y pretendió avanzar; pero el fuego de la infantería le dio á
entender que tenía que habérselas con tropas veteranas, y después
de una corta resistencia trató de retroceder; mas ya no era tiempo,
pues la caballería, como el huracán, le cae encima y destroza
cuanto encuentra. Entre los muertos resultó Obando, y, como era
natural, se han inventado mil patrañas sobre su fin: él huía al
frente de unos pocos, cuando al pasar el puente de una zanja que
comunicaba el camino real con un potrero, tropezó con la caballería
que le salía al encuentro: Ambrosio Hernández, hermano del jefe de
uno de los escuadrones, y no menos decidido y valeroso, montaba uno
de esos caballazos briosos y gallardos, orgullo de los. sabaneros
ricos, y yendo con lanza en ristre, como que iba al frente,
atraviesa al primero que se le presenta, el cual era Obando, y del
golpe lo arroja á la zanja muerto: los soldados de atrás, en su
carrera, le clavan también la lanza y siguen tras de los otros. El
soldado de caballería no puede detener el primer impulso, ni dejar
á retaguardia enemigo, ni menos resistir al encanto salvaje de
clavar la lanza en vivo o en muerto: por esto son tan temibles las
cargas de caballería: son una roca que se despeña.
Los amigos de lo trágico han imaginado que el presbítero D,
Antonio José de Sucre, sobrino de la víctima de Berruecos, acudió á
auxiliar á Obando, y que la última mirada de éste fue para el que
llevaba el mismo nombre del Mariscal de Ayacucho: todo es pura
fantasía, pues si el Doctor Sucre fue á Subachoque después de la
batalla del 25 á cumplir con su santo ministerio y acompañó con el
mismo intento la columna de Ruiz, nada tuvo que ver con Obando, y
aunque hubiese querido auxiliarle, no lo pudiera porque la muerte
fue instantánea. La historia es historia.
Ningún interés había en matar á Obando, antes sí ganaría el
Gobierno con tenerlo prisionero: era tener entre las manos un émulo
y antiguo y encarnizado enemigo de Mosquera, que poderosamente
influyó en la cohesión del ejército revolucionario, cuyo primer
elemento se debió á sus influencias personales, supuesto que los
negros que allí había jamás acompañaran á Mosquera si aquél no los
obligara á ello. En 1854 para organizarlos y sacarlos del Cauca á
combatir por la Constitución, fue preciso decirles que iban á
Bogotá á libertar á Obando, que estaba preso en la cárcel, víctima
del dictador Melo. Por eso los desoló su muerte, y lo lloraron como
á su único caudillo, Mosquera con su habitual perspicacia vio en
este suceso lamentable un asidero para mostrarles su cariño á
Obando y convertir en causa de ardor bélico lo que había sido de
espanto y desaliento: inventó que Obando había sido asesinado
cobardemente y que era preciso combatir por vengarlo. Los negros,
que no abrigaban mucha fe en la lealtad de Mosquera y aun llegaron
á murmurar de que lo hubiese dejado sacrificar sin auxiliarle, lo
olvidaron todo y no pensaron sino en vengar á su ídolo.
Electrizados así por Mosquera, ya no se oían en el campo sino voces
de odio contra los godos asesinos de Obando, y muy especialmente
contra Ambrosio Hernández: éste fue la víctima escogida para sellar
la nueva alianza entre los negros y su ya único caudillo. No
solamente el vulgo de la tropa sino el elemento civil, de que atrás
he hecho mención y que esperaba á Obando como el mejor apoyo que
podían hallar en caso de que Mosquera se entendiese al fin con los
conservadores, criticaba en sus conciliábulos secretos el que no se
hubiese hecho nada por Obando, y eso que á ellos más que á nadie
les constaba la imposibilidad material que había habido para ello;
por los postas que llegaban continuamente á su campamento habían
ido sabiendo el camino que seguía aquella fuerza, vieron los
cuerpos del Ejército de la Confederación que se dirigían al punto
por donde debía pasar Obando, oyeron el tiroteo, o, y sin embargo
no se tomó medida alguna para divertir siquiera la atención del
enemigo: ni un cañonazo, ni un toque de generala, ni el desfile de
un cuerpo. De tal inacción venimos á sacar en limpio que si
nosotros teníamos á Mosquera por coco, el que veía en nuestros
soldados un fantasma que no lo dejaba dormir, y le impedía ver
claramente la triste situación en que nos encontrábamos. Con una
guerrilla que sacara de las trincheras y con disparar unos tiros
sobre Subachoque, la columna del Comandante Ruiz no se desprendiera
del Ejército, y Obando entrara sano y salvo como Arciniegas, á
reunirse con sus amigos.
Mosquera, que tenía el don de hacer convergir todo á él y de
sostener los mayores desatinos como artículos de fe, explica así
este lance inesperado: "Uno de mis espías me informó que
el General París se hallaba enfermo y que había oído decir que en
el campo enemigo que el General Obando estaba en Bojacá y que
trataban de mandar tropa á impedirle su marcha. Con esta noticia y
haber observado el movimiento de un cuerpo de caballería como de 50
hombres, y recibido informe que se habían movido también 100
infantes, aprovechándose de la oscuridad de la niebla para no ser
vistos, dispuse que marchase el batallón n° I. ° en dirección á
Cruzverde para proteger el movimiento del General Obando, no
obstante que tal agresión de parte del enemigo era una falta á la
buena fe y á la promesa del General París, de suspender las
hostilidades mientras establecíamos los hospitales de sangre, y
cuando quedaban todavía en el campo enemigo 53 de sus heridos, en
un estado de abandono que lo atribuí á la premura del tiempo. Con
gran sorpresa oí, como á las cuatro de la tarde, que se rompía el
fuego hacia el Sur, y temí que fuese un ataque contra el General
Obando: Duraría como media hora, cuando se suspendió, sin oír sino
unos pocos tiros que se sucedieron al fuego graneado de una fuerza
como de 200 hombres, poco más ó menos, según el sonido. Ya cerrada
la noche, oí en el campo enemigo dianas y cohetes, y temí que
hubiese habido un mal resultado en el tiroteo con la columna
Obando, sin saber á que atribuir que el General Obando hubiese
continuado su marcha por aquel camino, cuando el Capitán Pulido me
había escrito desde el sitio del Rodeo avisándome que había burlado
las partidas enemigas que encontró en su tránsito, y que dentro de
pocos momentos se vería con el General Obando, que estaba muy cerca
del punto en que se encontraba." Luego llega un espía y le
refiere la derrota, agregando "que había visto caer el
caballo del General Obando, en cuyo acto un hombre grueso que
llamaban Ambrosio, le dio una lanzada, y que ya en el suelo,
diciendo que estaba herido y rendido, lo acabaron de matar y lo
tiraron al foso de un vallado; y agregaba el espía, que todo lo
había visto ocultándose en un foso á poca distancia." Si
el espía era sabanero, como tenía que serlo un práctico del
terreno, debía conocer á D. Ambrosio Hernández, como que pertenecía
á la familia más renombrada de la Sabana, y eso de " un
hombre grueso que llamaban Ambrosio," es una invención de
gente que no está en los usos del país: en la Sabana se decía
entonces y se debe decir todavía, DI. Pedro Hernández, D. Ambrosio
Hernández y D. Simón Hernández, y al padre lo nombraba todo el
mundo, acatando su honorabilidad, señor Don José María. No menos
desacertado es hacer grueso á Ambrosio, pues era de regular
estatura, esbelto, moreno, ojos claros, bigote castaño y de
expresión dulce y simpática, lo cual no obstaba para que fuese
severo tratándose las faenas campesinas.
Entre los prisioneros y heridos que cayeron en Cruzverde estaba
D. Aníbal Mosquera, hijo del General Tomás Cipriano, tipo el más
acabado de una raza que degenera: no era ni sombra de su padre ni
de sus ilustres tíos: era un cualquiera, pero un cualquiera inútil.
También cayó herido el doctor Patrocinio Cuéllar, el cual murió
poco después en Funza; pérdida notable para la revolución, pues
pertenecía al número de aquellos hombres, enérgicos y apasionados
que el Tolima produce en ambos partidos.
Este triunfo levantó el ánimo de los sostenedores del Gobierno y
dio prestigio á los jefes de su Ejército, en el mismo que al de
Mosquera lo enardeció para la venganza; de manera que los dos
ejércitos se hallaban con nuevo aliento para continuar la lucha;
especialmente el de Mosquera con los refuerzos que le llegaban ó
esperaba recibir.
En virtud de las conferencias de los generales París y Mosquera,
se retiró nuestro Ejército el 2 de Mayo de Subachoque y fue á
acampar al otro lado del valle en el punto que ocupaba antes de
moverse sobre el campo de batalla que Mosquera hizo llamar después
oficialmente
|Campo Amalia. Advertiré de paso que este
nombre rimbombante fue inspirado por el más tierno amor paternal, y
como homenaje á los servicios constantes que desde Bogotá y con
inaudito descaro prestaba á la revolución doña Amalia Mosquera de
Herrán: tal que, ponderando su viveza y ánimo, dijo su padre al
General París en la conferencia de Subachoque: "Yo la he
hecho coronel de un regimiento, y algún día la he de sacar á la
cabeza de él con su uniforme y su espada"; y que este
viejo chocho tuviera al país en tal situación y después hiciera las
que hizo! Dios se vale de todo para sus altos fines.
Con este movimiento el
|tuso Gutiérrez (así llamaban
todos al vencedor de Hormezaque) se animó á salir de Cipaquirá é ir
con rapidez á reunirse á Mosquera. No bien se supo en nuestro
campo, marchó el Ejército muy de mañana el día 3 para Tenjo, punto
favorable para evitar que lo efectuase. Si Gutiérrez se hubiera
dirigido velozmente sobre Bogotá, como se temía, pusiera al
Gobierno en buenos aprietos, pues en la Capital no había fuerza
suficiente para resistir la embestida del renombrado caudillo, y
guardar al mismo tiempo las cárceles que malamente estaban
atestadas de presos políticos. Con presentarse no más en los
alrededores de Bogotá, produjera quién sabe qué cataclismo; pero
parece, que en esta guerra no se quería hacer nada audaz é
imprevisto y que todo debía seguir el orden regular. En Tenjo
supimos que Gutiérrez estaba en Tabio, y el Ejército, con actividad
nunca vista en él, corrió á sorprenderlo; pero al llegar, hallamos
que había desocupado el pueblo, y que huyendo cobardemente, como
decíamos con candor, había tomado el camino de la hacienda de la
Pradera, situada en lo más alto del valle de Subachoque. En un
punto que, á lo que recuerdo, se llama Puerta de Cuero, le salieron
al paso y le hicieron varios tiros de carabina seis ú ocho guardas
de la salina de Cipaquirá, y uno de ellos me decía después que con
cincuenta hombres no lo habrían dejado pasar; pero el hecho es que
pasó, y esa noche se incorporó al Ejército de Mosquera con
felicidad completa: solidísimo apoyo que llegó oportunamente á
llenar de alegría á los del
|Campo Amalia.
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|1
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Hoy D. Aureliano González Toledo, con una honradez republicana
y una energía nada comunes en nuestro país, ha separado campo de
sus antiguos amigos, una vez que los vio en el camino de los
atropellos y el desorden. El no admite nada que sea contrario á su
conciencia ni á los principios morales que profesa. Por esto cuenta
con tantos admiradores, entre los cuales me enorgullezco yo de ser
de los primeros.
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