INDICE




 

IV
SITUACIÓN CRÍTICA DE LA REPÚBLICA

En Bogotá hay el axioma de que todo oro inglés es cobre, todo pasitrote trote, y añaden, fundados en la experiencia, que toda retirada entre nosotros equivale á una derrota. Al escaparse Mosquera del otro lado del Magdalena para venirse sobre la 6.ª División, nuestro Ejército repasa atolondradamente el río, y en vez de seguir tras de él, determina en Casasviejas retirarse para La Mesa: esta retirada fue un cataclismo completo: la desorganización llegó á tal punto, y fue tan público el desastre, que el mismo Mosquera, que alardeaba de estar siempre al corriente de cuanto se hacía en nuestro campo, como en efecto lo estaba, por doloroso que sea confesarlo; dijo á Gutiérrez Lee en la ya citada carta de 29 de Marzo, después de memorar lo que había obtenido sobre la 6.ª División: "Desconcerté las operaciones del Ejército, y se vio obligado á retirarse hasta la Sabana, perdiendo más hombres entre enfermos y desertores, que los que hubiera perdido en una batalla, por cuyo motivo, como se me ha informado, los Generales del Ejército en La Mesa manifestaron al Presidente que era necesario ir á la Sabana á reorganizarlo."

Cerca de mil doscientos hombres perdió el Gobierno en lo que se llamó retirada de Casasviejas; pero esto era nada ante el golpe moral que había recibido el Ejército: ya no se le podía decir al soldado: El enemigo es una horda de bárbaros sin disciplina ni moral que se desbandará al acercarnos. Con el movimiento de Mosquera sobre la 6.ª División, y la sorpresa que produjo en el grueso del Ejército el que no se le persiguiera, se debilitó el entusiasmo y se dudó de la potencia de nuestras armas.

Poco adelantara el arte militar, aunque sí ganara la humanidad, si Alejandro el macedón, Aníbal, César, Napoleón y Bolívar hubieran tenido que suspender á cada momento sus campañas para retirarse á su país á reorganizar sus huestes...; y descendiendo de lo grande á lo microscópico, poco avanzara Mosquera si con todo movimiento tuviera que retornar á Popayán para reorganizar sus tropas. Pero el Ejército de la Confederación no podía hacerlo de otro modo: le era preciso para ello buen clima, suculenta alimentación y oficinas anchas y tranquilas en que pudiera trabajar holgadamente un enjambre de empleados cuasi civiles; y así en vez de buscará la 6.ª División y unidos estrechar á Mosquera en Guaduas y obligarlo á batirse, retrocede y le deja el campo libre, con el objeto de....reorganizarnos. ¡Reorganizarnos....! ¿Por qué en los largos días que estuvo el Ejército en expectativa no lo hizo y no se alistó para entrar en campaña? ¿Dónde estaban, pues, el Estado Mayor General, los jefes de División, los Coroneles con sus capitanes, tenientes, sargentos y cabos? ¿Qué hacían que no cumplían con su deber? ¿Dónde estaba el Presidente de la República y su Secretario de Guerra que, como jueces, acompañaban al ejército? Sí, todos estaban allí, y veían que esos magníficos batallones se desmoronaban, y esto casi sin haber visto al enemigo, sin oír sus cornetas ni el silbido de sus balas....

Después de andar por cerros y por precipicios y de acampar en unos cuantos pueblos, de Anolaima se encaminó la 6.ª División en dirección de la trocha del camino carretero trazado por Codazzi, y con deleite galopamos los de la plana mayor por ese terreno sabiamente desmontado, hasta que se nos presentó aquel mar de esmeralda llamado Sabana de Bogotá. Nuestros pulmones respiraron el aire del suelo natal, y con los ojos buscamos allá en los cerros azules el grupo rojo de nuestra amada ciudad. Ya volvíamos, pero no coronados con los laureles de la victoria con que al entrar en campaña fantaseábamos, sino tristes como quien lleva la duda y la incertidumbre en el pecho.

El Ejército se reunió en Facatativa, y en vez de abrazos y plácemes no hubo sino voces de censura y desaliento. Mientras los que llegaban de La Mesa ardían en coraje viendo que no habían ni oído la pólvora enemiga y que Mosquera se había burlado de ellos, nosotros les contábamos los episodios de nuestra campaña, la facilidad con que habríamos rechazado á Mosquera si nos ataca en el Paraíso, y que aun le hubiéramos acometido si la División no hubiera estado desmembrada: todo producía un efecto nocivo á la disciplina, y enardecidos todos buscaban allá en su imaginación el medio de salir del sopor que entumecía al Ejército, y volverle la honra con una próxima batalla. La desconfianza en la actividad de los jefes, condujo á tramar un motín para colocar al Coronel Pedro Gutiérrez Lee á la cabeza del Ejército, creyendo los descontentos hallar en él las condiciones de un caudillo audaz y afortunado: la tropa se debía reunir en la plaza de Facatativá, proclamarle jefe y aprehender á las personas que no simpatizasen con el movimiento; para legalizar el golpe, volaría inmediatamente sobre Mosquera á atacarlo y vencerlo. Listo estaba todo, cuando el Coronel José de Jesús Moreno, que mandaba el batallón I.° de línea, comunicó, como creía de su deber, á los superiores lo que se tramaba. Estudiando ahora los hechos con la serenidad que acarrea el tiempo, nos dolemos de un ejército que tiene que buscar la salud en un motín, sin ver que de ahí brotará tal vez una desgracia mayor y más funesta que el mal que quería cortar: no se intentaba otra cosa que enseñarles á los leales soldados granadinos el camino de la insubordinación y convertirlos en guardia pretoriana. El llamado á devolver la armonía y la confianza era el Presidente de la República, quien, por sumiso que se mostrase á la ley, siempre hallara alguna de fácil interpretación que permitiera dar vida al Ejército,    poniendo jefes que augurasen pronta victoria.

Se procedió en este conflicto con cautela para que no traspirase la conspiración, ni se hiciera público el chasco de los comprometidos; de modo que no llegaron las borrascas de lo alto á inquietar la tranquilidad de la base. Mientras nos entreteníamos en maquinaciones de la decadencia bizantina, Mosquera, viendo que la población de Guaduas no es defensable, y sobre todo que la disentería podía diezmar sus tropas, ocupa el Alto del Raizal, que domina la ciudad, punto sano é inatacable por numerosos que fuesen los contrarios: allí formó una fortaleza de troncos de árboles, que por largos años permaneció mostrando la solidez con que estaba construida. La noticia de esta operación sacudió el letargo de nuestros jefes, que movieron rápidamente el Ejército á Villeta, sin que en ninguna parte constasen las medidas salvadoras que se habían tomado para lo que llamaban la reorganización de la fuerza.

A la rara situación de nuestro Ejército, vinieron á unirse, para mal de la Patria, las complicadas circunstancias políticas en que estaba la nación: El Congreso no se podía reunir por falta de |quorum, lo que privaba al Poder Ejecutivo de un poderoso apoyo, y lo que era más serio, imposibilitaba que se declarara á julio Arboleda Presidente de la República.

Fue debido á que los liberales tomaron grande empeño en que no hubiera quórum en el Senado, pues la Cámara de Representantes lo tenía seguro; y no valieron ruegos, amenazas ni nada para que asistiesen D. Manuel Murillo, D. Victoriano de D. Paredes y D. Rafael Núñez. Los dos últimos pretendieron legalizar su excusa con certificados de médicos que aseguraban padecían " ciertas enfermedades crónicas que los obligaban á frecuentar la satisfacción de algunas necesidades naturales"; no puede ser más pulcra la |Gaceta al hablar de la diarrea, la que ella juzgaba causal insuficiente para eximirlos del cumplimiento de su deber. Lo del Sr. Núñez se complicaba con haber resultado este achaque á última hora, pues había concurrido á las primeras juntas preparatorias del Senado. Tan apretado era el caso que esta corporación le comunicó que iría á instalarse á su casa; mas cuando fue el portero á llevar la comunicación del Secretario, no halló "sino una señora á quien suplicó que le entregara al Sr. Núñez el oficio que para él llevaba; pero ella se resistió á recibirlo, diciendo que el día anterior, domingo, por la mañana había salido dicho Sr. Núñez, y no lo había vuelto á ver: que se decía que estaba en una quinta, que no sabía más."

Habiendo venido á ser con el tiempo D. Rafael Núñez ídolo veneradísimo de un círculo político, es natural que interese á sus devotos cuanto toca á su gloria, y así agregaré que se le multó con cuatrocientos pesos, y que para sacárselos, lo que nunca sucedió, se fijó este edicto:

Confederación Granadina. -- Agencia nacional del Distrito.-Bogotá, 22 de Marzo de 1861 -Por el presente primer edicto, se cita, llama y emplaza al señor D.. Rafael Núñez, Senador de la Confederación, para que comparezca en esta Oficina, á estar á derecho en el juicio ejecutivo que se le sigue por deuda al Tesoro de la Confederación, procedente de la multa en que se le declaró incurso por la junta preparatoria del Senado, á virtud de no haber concurrido á las sesiones; y de no verificarlo, le parará el perjuicio á que haya lugar - |Francisco Vernaza. - |Tiburcio Larreamendi, Secretario.

Como el señor Ospina terminaba su período constitucional el 31 de Marzo, y el. Congreso no se reunía para declarar Presidente al Sr. Arboleda, la situación vino á ponerse tan tirante que llegó á dudarse aun por muchos conservadores de la legalidad con que el Procurador de la Nación iba á encargarse del Poder Ejecutivo; y hasta se afirmó en el público que el Ejército se disolvería antes que someterse á ello ( |1 ). El mismo Mosquera en su Mensaje á la Convención de Rionegro afirma que á fines de Marzo fue á su campamento el respetable caballero inglés D. Guillermo Wills, que tenía su hacienda de Cune cerca de Villeta, con una misión confidencial de los Generales París, rosada y- Espina, á manifestarle que el 31 de Marzo, día en que concluía el período de la Administración Ospina, ponía fin á la política de ese Magistrado; y bien podían entenderse para arreglar cl modo de restablecer la paz de la República. Aunque esta aserción puede reputarse solo por una de tantas invenciones fantásticas como brotaban de la acalorada imaginación do Mosquera, el hecho es que el Ejército estaba tildado de poco simpático al nuevo Encargado del Poder Ejecutivo. y tuvo que desvanecer cargo tan grave con la siguiente

MANIFESTACIÓN

|del Ejército á la Administración que acaba y á la que principia el I.° de Abril de 1861

Sin fundamento ninguno se ha hecho circular en algunas partes y especialmente en la Capital, que el Ejército estaba próximo á desorganizarse el I.° de Abril del presente, año, con motivo de terminar su período el actual Presidente de la Confederación y los Designados para subrogarle. Se comprende fácilmente que tales especies son obra de los conspiradores, que creen ganar terreno para la revolución creando nuevas dificultades y- complicaciones á la marcha regular del Gobierno. Sin embargo, el hecho solo de haber circulado tales rumores, nos obliga á protestar, como lo hacemos, á nombre del Ejército, que éste no distinguirá personas, y que del I.° de Abril en adelante, como en cualquiera otra fecha, reconocerá, obedecerá y sostendrá como á Magistrado legítimo al que nuestra Constitución y leyes designen para encargarse del Poder Ejecutivo Nacional.

Cuartel general en Facatativá, á 18 de Marzo de 1861 ( |2 ),

Es Villeta pueblo desapacible colocado entre cerros, y que en un tiempo fue frecuentado como lugar de recreo á causa del río delicioso que lo baña. Así como en Guaduas era el Coronel José María Acosta la persona más visible del lugar, y su casa la que ofrecía hospitalidad á todo pasajero, en Villeta habitaba Doña Juana Sánchez de Moure, matrona de las familias más notables de Popayán, que se había establecido allí atraída por el clima, al cual debió una vez el recobro de su salud; vivía en la plaza, y, por vía de distracción, había puesto una tienda de mercancías en la parte baja de la casa, con cuanto pudiese necesitar el vecindario; vendía también medicamentos, y con intuición admirable los aplicaba tan    diestramente que los vecinos, y aun los extraños, solían preferirla á los galenos que pasaban por el lugar. Era anciana, pero viva como una niña, enérgica como un hombre y agradable como una cortesana de las Tullerías. "Aunque el camino pasa lejos de la plaza y el calor es casi siempre sofocante, apenas se quedaba viajero de importancia que no fuese á visitarla y á escuchar colgado de sus labios los sucesos históricos que había presenciado y el acertado juicio de los hombres que habían figurado en las guerras y en la política del país cuando hablaba de Caldas (su pariente), de Bolívar, de Sucre ó de Córdoba, veía uno los héroes y se conmovía como si los oyese hablar. Si alguno hubiera recogido cuidadoso sus relaciones, formara un libro lleno de vida é interesante como el que más. La acompañaba su hija Doña María Ignacia, culta como la madre, y cuyo dulcísimo metal de voz quedaba resonando para siempre en los oídos que habían disfrutado de su grata conversación. A esta familia notable pertenecía mi excelente amigo D. Pedro María Moure, cuya muerte, acaecida en París el 17 de Septiembre de 1836, enlutó la amistad, no menos que las letras, de las que fue constante y aprovechado adorador.

En Villeta estábamos cuando, habiendo cesado D. Mariano Ospina, se encargó el I.° de Abril del Poder Ejecutivo D, Bartolomé Calvo, sin notarse;alteración alguna en la marcha del Gobierno ni del Ejército. El señor Calvo era de los hombres más notables del país por su inteligencia é ilustración, y por su modestia y bondad incomparables: al aceptar este cargo dio prueba palpable de abnegación, pues bien veía que la silla que iba á ocupar le daría en vez de gloria y magnificencia, tristeza y abatimiento. Después de posesionarse el 1.° de Abril de la Presidencia de la República en la capital, fue al campamento acompañado de su Secretario de Gobierno, D. Juan Crisóstomo Uribe, á compartir las fatigas del soldado. De estos ilustres patriotas puede decirse que fueron víctimas inmaculadas ofrecidas por la salvación de la República y en expiación de los desaciertos ajenos. Ellos sabían, como nadie, que la nación se iba despeñando al abismo, y que sin favor especial del cielo, ellos y todos caerían con ella. Pero, puede ser, pensarían, que consigamos con abnegación y energía dominar la situación y encarrilar de nuevo el país; y como el medio más eficaz era acelerar los movimientos militares, fueron al campamento á espolear la lentitud de los jefes para que cuanto antes acabaran con el enemigo más próximo y temible.

La historia no dejará de ser severa al juzgar á D. Mariano Ospina por el uso que hizo del poder como Presidente de la República: la nación tenía derecho de exigir de él que desplegase las mismas aptitudes que cuando fue Secretario del General Herrán; pero desgraciadamente no fue así. La educación pública, primaria y profesional, no le mereció seria atención, por no decir que la abandonó del todo; poco ó nada pensó en el progreso material; su política sembró la discordia en el campo conservador, y con su propia mano descuartizó la República en nombre de la Federación.... Pero si tan menoscabada así deja su reputación de político y de administrador, su abnegación catoniana no sólo se conserva pura, sino que se realza con hechos como el de no haber aceptado la oferta que le hizo Totten, en nombre de la Compañía del ferrocarril de Panamá: desencadenada la revolución, prometíanle buques, armas y dinero en cambio de ciertos derechos que, con el nombre de |Reservas del Ferrocarril, conservaba la República en aquella rica empresa ( |3 ).

Con un sí que hubiera dado, los buques, las armas y el dinero vinieran al instante y lo hicieran invencible; pero él estoicamente dice á los tentadores yanquis que esos millones que la nación tiene vinculados allí, son de ella y no de ningún gobierno, y que prefiere más bien sucumbir que disponer de una propiedad nacional. Aquí está pintado el señor Ospina, y con esto no más hay para hacer olvidar sus errores administrativos y políticos, y para presentarlo como modelo de patriotismo que antepone los intereses permanentes á los pasajeros de un partido.

Pocos días permaneció el Ejército en Villeta, y mientras tanto se consagró el Estado Mayor general á estudiar la manera de atacar la que ya era intomable fortaleza del Raizal: solicitáronse informes de los conocedores de la comarca, se despacharon espías para que husmeasen lo que hacía el enemigo, y aun oí decir que se comenzó á levantar un plano de la localidad y de los caminos que á ella conducen; pero todo esto se hacía sin considerar que una fuerza como la nuestra no podía obrar sino por el camino real; que para llegar al Raizal debía pasar antes por desfiladeros como el Petaquero y el Alto del Trigo, por hondonadas, torrentes y otros malos pasos tan conocidos de los que transitan aquello que por falta de otro nombre llaman camino; y que en caso de superar tanto inconveniente, y siempre que el enemigo lo consintiese, al pie del Raizal nos detuvieran á piedras no más. Pareciéndonos que Villeta era lo menos á propósito para permanecer un ejército que tiene al enemigo cerca, juzgamos necesario retroceder al Bagazal, donde acampamos á lo largo del camino en dirección á la Sabana. Consecuencia lógica de nuestra retirada fue la ocupación del pueblo por Mosquera; y como éste era menos exquisito que nosotros, se quedó allí todo el tiempo que le convino, sin que pensásemos inquietarle con un solo tiro de fusil, á pesar de que habíamos tenido aquel lugar por indefendible: lo nuestro nos parecía siempre detestable y lo del enemigo escogido y superior. Esta tranquilidad con que permanecíamos en las posiciones, tanto el enemigo como nosotros, hizo decir á un chusco que estábamos en |guerra octaviana.

Mosquera se alojó en casa de Doña Juana Sánchez, que era su tía"y, según refiere D. José María Cordovez Moure en sus sabrosísimas |Reminiscencias, s, tomándole ella aparte después de haber conocido la oficialidad, le dijo: " Te veo rodeado de gentes que te amarrarán en el momento que menos lo pienses." " Seis años después, agrega Cordovez, permitieron al General Mosquera que pernoctara en la misma casa de paso para el Perú, adonde lo echaban desterrado los vencedores en la conjuración del 23 de Mayo de 1867. "¡Ah tía Juanita, exclamó el proscrito al verla y abrazarla: ¡quién me hubiera dicho qué. se cumpliría la profecía que usted me hizo en esta misma casa! " A estar yo presente, le dijera como el otro: Pecados viejos paga Bartolomé Tavera.... Pero esto no es del caso.

"Entre la 6.ª División y el Estado Mayor general se notaba alguna frialdad, y no había más relaciones que las puramente necesarias para el buen servicio. El Coronel Gutiérrez Lee y su Estado Mayor nos colocamos en una choza situada en un punto amenísimo sobre el río Negro antes de su unión con el Blanco, que juntos forman ahí el río Villeta, cl cual vuelve á tomar el nombre de Negro para afluir al Magdalena: allí llevábamos, á pesar de la estrechez de la habitación, una vida regalada: continuamente recibíamos de los campesinos obsequios agradables, especialmente frutas, como para el señor Gobernador: ¡qué piñas las de Quebredanegra! todavía viene el recuerdo con el aroma que despedían; el baño que teníamos al pie era delicioso, remanso espejado orlado de árboles frondosos que nos atraía con su frescura hasta dos veces al día; aunque hondo, recuerdo que el doctor Aparicio, de los prófugos del Cauca y servidor incansable de nuestra causa, puesto de pies en el centro, lograba mostrar. la extremidad de la mano: lo menos tres metros. Esta vida reposada no impedía que se escribiera mucho, que se enviaran postas y se buscara toda clase de noticias para comunicarlas al Estado Mayor general.

¡Qué horas tan apacibles y envidiables si en esos momentos no estuviese corriendo la sangre granadina en el Estado de Boyacá, y el Gobierno no recibiera en Tunja un merecido revés, que vino á aumentar lo angustioso de su existencia!

Para dar cohesión á la revolución de Boyacá, se necesitaba un hombre como D. Santos Gutiérrez, de valor indomable, carácter severo y de empuje de vencedores: sus hazañas en la guerra contra Melo y en la primer revolución de Santander, donde luchó como un león, le dieron prestigio para descollar sobre los guapetones boyacenses y ser reconocido como jefe: su triunfo de Hormezaque (14 de Febrero de 1861) en que sin trabajo mayor sorprendió y arrolló un batallón veterano que mandaba el Coronel Guerrero, le facilitó la ocupación de Tunja, donde lo proclamaron Presidente provisorio del Estado Soberano de Boyacá; en galardón, le envió Mosquera el grado de general, pues hasta entonces había comandado sus fuerzas con el de coronel.

Para reparar el descalabro de Hormezaque y vencer á Gutiérrez, organizó el Gobierno la 8.ª División, compuesta de mil doscientos hombres, acaso bien adecuada para acompañar por las calles de Bogotá una devota procesión de Jesús Nazareno, pero nunca para habérselas con tal caudillo. La mandaba el General Manuel Arjona, hombre excelente, manso, y que contaba con bellas páginas como oficial en la guerra de la Independencia, pero incapaz de mandar por su cuenta una compañía; como jefe de Estado Mayor lo acompañaba D. Eusebio Ponce, comerciante siempre preocupado con sus negocios mercantiles y de escasísimo ardor militar. Como segundo jefe de la División y Comandante de una columna figuraba D. Honorato Barriga, á quien le faltaba la primer condición de un militar, la seriedad, é incapaz de inspirarla á sus subalternos por más que lo quisiese; miembro de las compañías dramáticas de aficionados que se organizaron en Bogotá después del motín de Melo, representaba siempre papeles de gracioso, ó si serios, hacía reír por más que se pusiera tieso y aun llorara: el público lo adoraba y lo aplaudía con solo que abriese la boca; al caer el telón entre el drama y el sainete, salía á anunciar la próxima función, y entre palmoteos se le pedía: "¡Verso, Honorato, verso!" él largaba la cuarteta que llevaba improvisada, y el teatro se hundía con los aplausos. Era el hijo mimado de los bogotanos: ingenuo, festivo, decidor, aunque siempre afectadillo, y con una frescura perenne que revelaba el candor de su alma: honrado á carta cabal, pasó la vida luchando para dar á su familia un honesto pasar: de continuo buscaba empresas nuevas que le diesen utilidad; y entre ellas le debe Bogotá la primera agencia mortuoria que hubo en la ciudad, y que solo pudo aclimatarse gracias á la simpatía con que todos le miraban: él aseguraba que hasta lloraría al sacar el muerto si le pagaban, lo cual no pasaba de ser una chuscada, pues nadie como él se condolía de las desgracias ajenas, En resumen, por más que se vistiera de militar, nadie lo bajaba de Honorato, y aunque hubiera muerto como Ricaurte en San Mateo, todos dudaran de su denuedo.

Con tales jefes nada valía el arrojo de algunos subalternos como D. Jenaro Moya, D. Juan N. Valderrama y otros que se hicieron igualmente célebres en la reacción, pues ninguna cosa inhabilita más que la ineptitud y el abandono de los superiores. A esta División se agregó en Boyacá una columna de santandereanos al mando del General Eusebio Mendoza, valientes como ellos solos, y que inspiraron recelo al enemigo. Éste, que no contaba con los elementos necesarios para aventurar una batalla, se atrincheró en Tunja y aguardó impávido á, los asaltantes. Después de cercar la ciudad y de constantes tiroteos, en la mañana del 4 de Abril rompen el fuego con tal ímpetu, que á las cuatro de la tarde estaban reducidos los revolucionarios á las manzanas del Colegio, Santo Domingo y casa de la Torre se les tomaron cosa de cien prisioneros, costando el encuentro á ambas partes más de doscientas vidas. Pero como las municiones que llevaba la 8.º División no eran muchas y se habían despilfarrado neciamente, se notó la falta de ellas, y el 5 se dio orden de abandonar lo ganado el día anterior; Gutiérrez, que ve el desorden con que se retiran, salta sobre ellos seguro del triunfo, pero los santandereanos lo rechazan y lo arrinconan en las posiciones de que había salido. Por la tarde vuelve á salir, y la caballería del Gobierno lo fuerza de nuevo á encerrarse, dejando unos tantos prisioneros. El 6 ataca Gutiérrez el edificio de San Francisco ocupado desde el primer día, pero sin mayor éxito; en fin, estando ya desorganizadas nuestras fuerzas, se lanza el 7 por la mañana sobre las que se encontraban en el Alto de San Lázaro, y los dispersa como á tímidos corderos. Así acabó este memorable sitio, donde se exhibió la ineptitud suprema de los jefes del Gobierno, y el valor de los pocos que hasta el fin supieron cumplir con su deber. Después del ardoroso ataque del 4 no podía haber sido una débil resistencia que se venciera con dos horas de combate al día siguiente...; pero se retiran, y envalentonan con ello al que ya buscaba manera de escaparse....

¿Cómo iban á triunfar cuando el jefe de Estado Mayor de la División se ahuyenta con los primeros tiros y no para hasta Bogotá, donde el Gobierno, en vez de someterlo á un consejo de guerra, le suplica que se esconda y no se deje ver de nadie para no alarmar la población?¡Qué gobiernito aquel! La derrota fue completa, salvándose solo lo que quedaba con vida de la columna de Santander, que se retiró para su Estado. En este supremo desconcierto se destaca la figura heroica de D. Pedro Dávila, que iba con el cargo de Visitador fiscal, acompañado de su hijo D. Pedro, tan valiente y abnegado como él, Con lanza en mano les gritaba á los que huían: "¡Valor, muchachos!¡No corran, que el triunfo es nuestro! Volvamos sobre el enemigo!_ " Pero todo fue en balde, pues no consiguió reunir sino unos pocos soldados de Cundinamarca, aunque suficientes para que el enemigo no se atreviese á perseguirlos. Tan aniquilidado había quedado Gutiérrez, que no pudo completar su triunfo con la persecución, y apenas alcanzó á organizar unos ochocientos hombres para seguir á Chiquinquirá, con el propósito de revolver sobre Cipaquirá para unirse con Mosquera. Salvado milagrosamente en Tunja, no se creyó capaz de resistir si le embestía otra División del Gobierno, y vuela á ampararse bajo el ala del único Jefe militar que contaba la revolución.

En los combates de Tunja se vio una vez más lo que valen los civiles armados en defensa de sus opiniones, y así no es aventurado decir que el jefe de la tropa del Gobierno en Tunja debió ser D. Pedro Dávila: este ciudadano, digno de un senado romano por su entereza, energía y patriotismo, deja familia, riqueza y todo por defender la causa de sus principios: va á Tunja con su distinguido hijo D, Pedro, que manda un escuadrón formado de sus arrendatarios, y ambos combaten hasta lo último sin tregua y sin flaquear, procurando infundir brío á los asustados. Años después le oí decir en la Salina de Sesquilé al General Santos Gutiérrez, con esa su voz áspera y franca, hablando de los de Tunja: " Ese viejo Dávila es un verdugo: en todas partes estaba y nos hacía daño como un demonio. Si él manda á los godos, quién sabe cómo nos habría ido."

La derrota de Tunja alarmó sobre manera al Gobierno, pues no solo había perdido una División, sino que todo Boyacá quedaba en poder de tan aclamado caudillo, que de un momento á otro podía amenazar la capital. Para debilitar la mala impresión que este desgraciado suceso produjo dondequiera, y por vía de consuelo, la |Gaceta Oficial forjó, al referir lo acaecido, una lista de los muertos notables que tuvo el enemigo, en la cual figuran Gabriel Reyes, Samuel Guerrero, Sergio Camargo, y otros jefes que después no han dejado de ciarnos guerra. Tamaño desastre exigia que el Gobierno enviara sin demora otra División con un jefe experto; pero como era imposible sacar de la nada batallones, resolvió hacerlo desmembrando el Ejército que estaba sobre Mosquera. Con este fin se dio orden de levantar el campo del Bagazal y retirarnos á la Sabana, lo cual, lo mismo que los otros movimientos retrógrados qué habíamos hecho, no dejó de influir en:a disciplina y aliento de la tropa, como lo probaron las no pocas deserciones que tuvo. En vez de esta marcha mal pensada, ¿por qué no se avanza sobre Mosquera y se le obliga á combatir en posiciones que tan desventajosas nos habían parecido antes? O al menos, ¿por qué una vez destacada la División hacia el norte no se deja tranquilo el resto del Ejército para que siga respirando aires saludables en el delicioso clima del Bagazal? Mosquera había dado, como nosotros, repetidas pruebas de no querer pelear si no lo atacábamos, de modo que en nuestras respectivas, posiciones podríamos prolongar indefinidamente nuestra |guerra octaviana.

Ya otra vez en Facatativá, se aparejó la fuerza que debía ir á Boyacá mandada por el dignísimo General Francisco de Paula Diago, y compuesta de los batallones I. ° y 2.° de Bogotá, 7.° de Cipaquirá y el regimiento de Húsares. Como se sabía que el vencedor de Tunja ya estaba sobre Chiquinquirá, se dirigió á su encuentro por el camino de Cipaquirá, donde tuvo que detenerse á causa de les nuevos sucesos que contra las previsiones del Gobierno llamaron toda su atención á la Sabana.

Al retirarnos del quedó Mosquera libre y en aptitud de tomar la determinación que fuese más de su agrado, y él, que no estaba muy contente en Villeta, levantó su campo el 14 de Abril, sin que nosotros adivinásemos la dirección que había seguido.¡Se fue Mosquera ¡¿Dónde estará? ¿Qué camino habrá tomado? nos preguntábamos con ansiedad, Por fortuna nos sacó pronto de la incertidumbre la noticia de que por el camino de la Vega se dirigía á la Sabana.

 

|1 Sobre la legalidad con que se encargó del Gobierno el señor Calvo no podía haber duda alguna: aunque el articulo 42 de la Constitución no preveía el caso de que no se hubiesen elegido designados, la ley aclaratoria de 30 de Junio de 1858 sí lo preveía expresamente, y designaba al Procurador para suplir su falta absoluta.
|2 Por larga que parezca la parte de esta Manifestación que contiene las firmas, preciso es incluirla. por ser timbre de honor estar allí. Este Ejército era el sostén de una Legitimidad agonizante, nacida en 1832 con la República de la Nuera Granada y conservada con esfuerzos supremos: al morir ella, e rompe la cadena del orden y de la legalidad, y se abren las puertas á una anarquía, ya armada, ya pacífica. que quién sabe cuándo acabará. Joaquín París, R. Espina. El Coronel del Regimiento de Lanceros del Funza. Ramón A. Amaya. El Teniente coronel jefe de Estado Mayor de la r." División, Heliodoro Ruiz. El Comandante del Batallón Artillería, número 3.° Liborio Escallón. El Coronel comandante del I.°, José de Jesús Moreno. El Secretario del ciudadano General en jefe, Ramón Guerra A. El Alférez 2.°, Abelardo Concha. El Alférez I.°, José María Silvestre. El Sargento Mayor, Custodio Ripoll. El Ayudante de campo, Secretario, Nicolás Aya. El Alférez I.°, Jesús Luengas. El Alférez, José María Estévez. El Teniente 2.°, Roberto Morales. El Alférez 2.°, José Martín Mulet. El Sargento Mayor, J. Cerezo. El Alférez 2:°, José de la C. Torres. El Alférez I.°, Luis M. Tovar. El Alférez 2.°, Jesús Vargas. El Teniente 2.°, Martín Trujillo. El Teniente I.°, Rafael N, Acosta. El Alférez I.°, Demetrio Gaitán. El Teniente 2.°, Antonio Navas. El Teniente 2.°, Juan C. Arjona. El Sargento Mayor, Juan B Sánchez, El Alférez 2.°, Patricio Espinosa. El Capitán, Sinforoso Casas. El Alférez 2.°, Benito Romero. El Teniente I,°, José M. Gaitán. El Alférez 2.°, Nicolás Mendoza. El Alférez I.°, Pedro C. González. El Teniente, José María Lizarralde. El Teniente Coronel Comandante del Batallón Vencedores, número 7.° de Cipaquirá, Juan N, Silva. El Capitán, José Manuel Silva. El Teniente I.°, Querubín Cabrera. El Coronel, Comandante del 4,° Batallón. Rudesindo Ribero, El General Pedro P, Prías El Mayor, José María Martínez. Rafael Ramírez Castro. El Capitán, Julián Sánchez. El Comisario-ordenador de la 6 a División, Saturnino Ordóñez. El Capitán, A. Gaitán. El Alférez I.°, Domingo Escobar. El Mayor, Francisco Cristancho. El Teniente 2.°, Ignacio Lora Vargas. El Teniente 2.°, Manuel Ospina. El Teniente I.°, Tomás María López Rojas. El Teniente 2.", I. Maestre, El Teniente 2.°, Rafael Trimiño. El Alférez 2.°. José Eusebio Lombana. El Alférez 2.°, Luis Felipe Briceño. El Alférez 2.°, Antonio Gómez. El Alférez 2,°, Roberto Rincón. El Capitán, Antonio J. Duque. El Capitán, Antonio Paz. El Alférez 2,°, Bernardo Alcázar. El Alférez 2.º, Abanderado, Anival Carvajal. El Alférez 2.° de Artillería, J. G. Gutiérrez. El Alférez I.°, Adolfo Urdaneta, El Alférez 2.°, Joaquín Mendoza. El Alférez I. °, Félix Collazos B. El Sargento Mayor, Subjefe de Estado Mayor de la 2.ª Columna, José Carlos Ruiz. El Teniente I.°, Vicente Huergo. El Capitán de Artillería, Vicente París. El Teniente 2.°, Francisco Lozano. El Sargento Mayor graduado, J. Maldonado Meléndez. El Capitán, Miguel Pombo. El Sargento Mayor, Guillermo Terán. El Teniente 2.° Juan B. Collazos. El Alférez 2.°, Fermín Vargas. El Sargento Mayor, J, Joaquín Calvo. El Teniente 2.°, Manuel José Pérez. El Sargento Mayor graduado, Manuel Gómez. El Alférez 2.°. Jacinto Mateus, El Alférez 2.°, Pedro Vega. El Teniente I,°, Alejo Falla. El Teniente 2.°, Eustasio Sánchez. El Alférez I,°, Rafael Gálvez. El Alférez 2.°, Ruperto García. El Teniente I.°, Félix Ballesteros. El Alférez I.°, Adjunto al Estado Mayor general, Darío Mazuera. El Alférez 2.°, Primo Salcedo. El Teniente 2.°, Francisco José París. El Capitán, Juan Crisóstomo Osorio. El Alférez 2.°, Ayudante de Campo, Manuel A. Lara. El Teniente I.°, Ayudante del Batallón Cipaquirá. Ángel M. Silva. El Alférez 2.°, Francisco Fonseca. El Comandante en jefe de la 6,ª División Pedro Gutiérrez Lee. Fidel Fajardo. El Teniente coronel graduado, Carlos Holguín, El Sargento Mayor, J. Cornelio Borda. El Capitán Ayudante, Ángel A. Cuervo, El Teniente 2.°, Salomé Quijano. El Alférez I.°, José M, Sánchez. El Alférez 2.°, José María Martínez. El Teniente I.°, Ayudante 2.° del Regimiento Húsares número I,°, Benjamín Torneros. El Tesorero pagador de la I.ª División, F. Guevara. El Alférez 2.° Portaestandarte, Manuel Potes. El Capitán de la 4.ª compañía del Batallón número 4.°, Marcelino Angulo. El Teniente 2.°, Alejo Madero. El Capitán Manuel de Jesús Obando. El 2.° jefe del Batallón número 4.° de Ejército, Teniente Coronel, Ramón Forero. El Teniente 2.° Ayudante del Batallón 4.°, Ernesto M. Sicard. El Teniente 2.°, Rómulo González. El Alférez I.°, Miguel Perdomo. El Teniente I.°, José B. Vega. El Teniente 2.°, Andrés Villoria. El Alférez 2.°, Dionisio Soto. El Capitán, Juan N. Robledo. El Alférez I.°, Gabino Camargo. El Comandante de la Compañía Rifles, Gabino Charri. El 2.° Jefe del Batallón número I.° de línea, Jacinto M. Ruiz. El Teniente-coronel, Pedro José Carrillo. El Capitán, Justo Madrid. El Teniente 2.°, Eladio Solano. El Alférez 2.° de la Compañía Rifles, Rufino Vargas. El Capitán de la Compañía Rifles, Abdón García. El Teniente 2.°, Isaac Bahamón. El Teniente 2.°, Cristóbal Trujillo. El Alférez 2.°,Gregorio Puentes. El Teniente 2.°, Santiago García, El Comisario de la I,ª División, Rafael Escallón T. El Capitán, Abelino González. El Capitán primer Adjunto al Estado Mayor general, Carlos Buitrago. El Teniente 2.°, Lorenzo María González, El Capitán Ayudante de campo del 2.° General en jefe del Ejército, Julián Pardo. El Sargento Mayor, primer Adjunto al Estado Mayor general, Adolfo Sicard Pérez- El Teniente I.° Adjunto al Estado Mayor general, Rafael García V. El Teniente Ayudante de campo del General Jefe del Estado Mayor general, Luis M. Ortega Teniente 2 ° del Batallón de artillería, Eladio González. El Alférez 2.° del Batallón de artillería, Antonio Sánchez. El Coronel del Regimiento Húsares, Pedro Arjona. El subcomisario de la 2.ª División, Francisco Rivera. Juan de Dios Ortiz, Capitán, F. Venancio Nieto, Capellán. A ruego del Alférez 2.° de Artillería Rafael Castro Acero, el Alférez 2 °, José G. Gutiérrez. El Alférez 2.°, M. Aurelio Soto, Alférez I.°, Nemesio Cortés. El Comandante del 2° Escuadrón del Regimiento Lanceros de Cipaquirá, Cristóbal Caicedo. El Capitán, Jenaro Valest. El Alférez, Luis Haro, José María Jaime. El Teniente I ° del Escuadrón Húsares, Pablo Bohórquez. El Teniente l °, M. J. Recuero. El Alférez I.°, José María Bernal, El Teniente 2.°, Tomás Castillo. El Alférez 2°, Cenón Rodríguez. El Teniente 2.°, Alejo Arciniegas. El Alférez I,°, Liborio Gómez. El Alférez I.°, Patricio R. Parada. El Capitán, Antonio J. Obando. El Alférez I.°, Agustín Roldán. El Alférez I.°, Ayudante de Campo, Inocencio Galindo. El Alférez 2.°, Juan Pereira. El Alférez 2.°, Ramón Chaves. El Alférez 2.°, Lorenzo Fonseca. El Teniente 2.°, Calixto Guillén. El Teniente I.°, Sixto Sandoval. El Alférez I.°, Ramón Mantilla. El Alférez 2.°, Mateo Moreno. El Alférez 2.°, Rafael Castro Pineda, El Teniente 2. °, Alejo Arciniegas. El Alférez 2.°, Fructuoso María Vega. El Teniente Ayudante del Regimiento Lanceros del Funza, Vicente Esguerra El Ayudante del Regimiento Lanceros, Felipe Rojas. Teniente I.°, Lanceros del Funza, Francisco Fajardo. El Alférez 2 °, Lanceros del Funza. Manuel Rodríguez. El Cabo I.°, Enrique Dederlé. El Coronel Comandante del medio Batallón de artillería, número 4 °, Aniceto Canales El Sargento 2.°, Rafael Villalobos El Cabo l °, Juan Villalobos. El Médico de la 6 ª División Francisco Aparicio El Teniente-coronel graduado, José Santamaría Baraya. El Alférez 2.°, Adolfo Valdés. El Alférez 2.°, Rafael A. Ortiz. El Alférez 2.°, Eduardo Wood. El Teniente I.°, Crisóstomo Suárez. El Teniente I.°, Rafael Bahamón. El Teniente 2.°, Migue María Ordóñez. El Alférez 2.°, Antonio Santos. El Alférez 2.°. Adolfo Nava. El Teniente I.°, Reparato Santacoloma. El Secretario de la Comandancia en Jefe de la 2.ª Columna, Heliodoro Santacoloma. Joaquín Posada Gutiérrez, El Comandante, Andrés Correa. El Teniente 2.° de Artillería, José María Forero. El Alférez 2.°,Lisandro Hoyos, El Teniente - coronel, Manuel M. Paz, El Alférez l,°, Tomás Ayerve, El Capitán, Federico Urrea, El Teniente 2.°, Francisco N, Sandino, Juan N, Cubillos, El Sargento Mayor, F. P. Santander, El Capitán de la 3,ª Compañía del Batallón número 4,°, Ignacio Madero. Juan D. Chaves, El, jefe de Estado Mayor de la 6 ª División, Manuel J, Garcés, El Capitán, Ayudante mayor del Batallón número 1,° de línea, Teófilo del Río,
|3 El ferrocarril de Panamá, que es de los más productivos del mundo, costó como siete millones y medio de pesos; y según el contrato de concesión que hizo el Gobierno de la Nueva Granada, ésta podía ser dueña del ferrocarril si á los veinte años de abierto al servicio público, daba cinco millones de pesos; de manera que la República iba á entrar en 1875 en plena posesión de esta mina inagotable; los empresarios, con tal espada de Damocles encima, estaban siempre en acecho á ver cuándo nuestro arruinado tesoro obligaba al Gobierno á renunciar á ese derecho, mediante cierta anticipación, Sobre las |Reservas puede leerse un opúsculo luminoso que publicó en 1867 mi hermano D. Antonio B. Cuervo.
 

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