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III
ARMISTICIO DE CHAGUANÍ

Según las disposiciones del Estado Mayor general del Ejército dc la Confederación, debía descender al Magdalena el batallón 3.° de Artillería, que nos acompañaba, para hacer una demostración de fuerza cañoneando algunos puntos de la otra banda del río, como Méndez y Ambalema, donde había aglomeración de tropas enemigas. Los prácticos juzgaron lo de cañonear á Méndez algo estrafalario por lo que dista del río; sin embargo los artilleros aprobaron el plan, pues creían que con cañones podrían atravesar la luna si se les ofreciese: estaban ansiosos, como todos nosotros, de comenzar la fiesta, Antes de ejecutarlo, pareció prudente estudiar el campo, averiguar lo anclo del río y en especial ver qué tan malos eran los caminos para conducir la artillería. A este fin salimos unos pocos con el Sargento Mayor Cornelio Borda, segundo jefe del batallón, y una escolta de caballería. Al llegar al alto de Aguaclara, donde comienza el descenso, nos detuvimos sin pensarlo á contemplar el esplendoroso é inolvidable espectáculo que nos ofrecía la naturaleza: la aurora ataviad., de coloras suavísimos se iba desvaneciendo con los resplandores del sol, y claramente se delineaban que teníamos al frente., desde las colinas del valle hasta los deslumbradores nevados del Ruiz y del Tolima: espacio inmenso en que los cerros, como arrugas, se apiñaban unos sobre otros     se sostenían mutuamente hasta tocar los afortunados el cielo crin su cabeza argentada. El Magdalena, cual cinta de novia, se envolvía y desenvolvía en el valle hasta perderse sus extremidades en la curva del horizonte: esos bosques seculares que abisman por su grandeza, parecían broza enana, y los ricos y extensos potreros se veían como manchas de verde claro en un tapete oscuro y motoso. Lino de los prácticos nos dijo señalando en la llanura un caserío: Allá esta Méndez á la orilla del río Sabandija.

-¿Ese es Méndez? preguntó Borda. Y como el guía lo repitiese, nuestro ingeniero asesta, allá su anteojo, y luego dice r Es un caserío: no vale la pena de mover un cañón.

-Y hay mucha gente: se ven toldos, añadió nuestro campesino, que veía más á simple vista que nosotros con nuestros anteojos.

-Entonces no importa: con un tiro acabamos con la ranchería.

-Pero está muy lejos de la orilla de acá, afirmó el guía.

-Con las culebrinas no hay lejanía. Y si no alcanzan, les destruimos esas casas que están sobre el Magdalena, y que debe ser su puerto para ese lado.... Sí, sí: ahí se ve un camino.

-Y hay soldados también, añadió uno de nosotros.

Larga y fatigosa es la bajada de la cordillera; pero nosotros estábamos contentos, pues íbamos á ver aunque de lejos, por primera vez al enemigo con quien debíamos combatir. Antes de llegar á lo llano ordenamos á nuestros criados que se adelantasen á hacernos preparar el almuerzo en el punto que nos indicaron los guías; de modo que tan pronto como llegamos á las márgenes del Magdalena, encontramos un almuerzo suculento, pero caliente como hecho en una fragua. Refocilados salimos á buscar la parte más angosta del río, que allí no tiene menos de cuatrocientos metros, y creyéndola hallar, nos desmontamos en la casa que estaba cerca; saliendo al río, sacó Borda sus instrumentos y comenzó á medir la distancia. El campo estaba descubierto, pues hacía parte de un potrero, y no dejaban de zumbarnos las balas de rifle de los enemigos, á las cuales respondíamos con los nuestros. Borda con impavidez manejaba su aparato, hacía cálculos en su cartera, y aun echaba de cuan do en cuando mano del rifle, después de observar con el anteojo á los que nos tiraban allá tras de los árboles, y disparando su arma, decía: ¡Seguro que bajé á ese zopenco! Con toda su serenidad y sus humos científicos, tenía rasgos de joven vivaracho y travieso, y así nos dijo cuando más balas nos pasaban por. encima: Retírense ustedes á esos troncos, y yo me dejo caer como si me mataran: ustedes acuden á levantarme y después nos burlamos de ellos. Dicho y hecho: nos retirarnos unos seis metros y nos sentamos en los troncos, de modo que la figura Borda con su vestido militar de forma vistosa, fuese blanco incitador: á pocos momentos cae de espaldas y nosotros volamos como si realmente estuviese herido de muerte. Con una diana celebraron los enemigos su proeza, pues bien veían la calidad del muerto: corto fue el engaño, pues separándonos de él y dejándole solo como antes, se levanta y comienza á saltar y bailar como loco; nosotros aplaudimos á todo gusto, y los dos clarines que llevábamos apagaron la diana de ellos con el ¡qué feo! ¡qué feo! que repitieron hasta fastidiarnos. Este episodio fue muy alabado cuando, al volver, lo referimos en Guaduas.

Méndez es una población asentada entre Honda y Ambalema sobre el río Sabandija, la que, cuando la prosperidad del tabaco, fue centro de comercio y de riqueza; pero luego empobreció, como toda esa parte del valle, al arruinarse la agricultura,,: hoy es poca ó ninguna su importancia. Como posición militar es nula; bombardearla según lo quería el Gobierno, era, en ceso de que alcanzaran nuestros proyectiles, como bombardear un llano raso, sin más consecuencia que reducir á cenizas una población inocente; pero tratábase de hacer una necedad, y nosotros no podíamos dejar siquiera de intentarla. En vez de esto, ¿por qué no se imita á julio Arboleda con el ataque de Guaduas? El Ejército de Mosquera estaba entonces acantonado en Ambalema, Méndez y Honda; después, cuando el grueso de nuestro Ejército amagó pasar el río por Nariño, Mosquera dejó á Piedras, donde estaba su cuartel general, y se trasladó á Méndez, punto central para atenderá nuestros movimientos. Al tiempo que nosotros estuvimos frente á Méndez, la gente que allí había alcanzaría á quinientos hombres, no bien armados, sin mayor disciplina, y lo que era más serio, sin auxilio inmediato; de modo que nada más fácil que pasar el río en una noche con un puñado de nuestros excelentísimos soldados, sorprenderlos, y con ello desorganizar el Ejército enemigo. Desgraciadamente faltaba el hombre, ó mejor dicho sobraba la disciplina. Tal vez Pedro Gutiérrez Lee mismo, á obrar con la libertad que se disfrutó luego en la reacción, no vacilara en repetir aquí la valerosa hazaña de Guaduas. La libertad é independencia de acción es lo que hace á los grandes capitanes.

Mover por esas agrias montañas un batallón de artillería con un cargamento de balas, granadas, palanquetas, cureñas, cañones, ruedas y demás objetos embarazosos, es otra cosa que heroísmo es tontería suprema se necesitan más de cien mulas escogidas con sus correspondientes arrieros aparatos complicados para llevar á lomo las cureñas y cañones, muchos de éstos, como las culebrinas que hizo rayar Borda, largos y pesadísimos; por añadidura, como los aparatos no eran muy adecuados que digamos, hacían á las mulas crueles mataduras, y por consiguiente había que llevar repuesto de ellas so pena de dejar tirada la carga. En aquellos senderos que asustan á las mismas cabras, ora se atollaban los animales en un lodazal, ora se incrustaban en las angosturas ó se despenaban en las laderas; los muleros maldecían, renegaban y al fin acababan por escabullirse robándose dos ó tres mulas; con esto los infelices soldados quedaron al fin solos con tan desastrosa faena. Para aumentar los conflictos, cargábamos con un obús monstruoso, de los hechos para defender fortificaciones y no para correr mundos, que necesitaba dos yuntas de bueyes para arrastrarlo, zapadores que le allanasen el piso y camino especial por donde ir, pues no por todos podía pasar. Lo de conseguir bueyes de tiro era cosa ardua, pues los de la Sabana se morían en tierra caliente, y los calentanos no los había mansos, á causa de no usarse por allí carros: por milagro se consiguieron unos pocos. Un piquete de artillería convoyaba el obús, y sus jornadas eran cortas y fatigantes.

Deseando el Gobierno acelerar las operaciones militares, desistió de lo de cañonear á Méndez, y dio orden de que el batallón 3.° de artillería se moviese sobre Ambalema : al ponerse en marcha felicitamos los que nos quedábamos á nuestros amigos y compañeros por haber sido elegidos para irá habérselas con el enemigo antes que nosotros. Viéndolos alejar nos entristecimos como si algo funesto presintiésemos sobre su suerte.

El plan de campaña de nuestro Ejército solo consistía en pasar el Magdalena y buscar á Mosquera para batirle; con el objeto de que no se escapase por Guaduas y fuera á ocupar la capital, se` dejó en esa villa la 6.ª División. Creyéndose que el enemigo se concentraría por los lados de Piedras, en donde se pensaba que estaría aún el Cuartel general, se escogió el punto de Nariño como el más apropiado para pasar el río, lo cual habría sido en extremo difícil si Mosquera se propusiese impedirlo; mas como su intento era otro, nuestras tropas pudieron hacerlo el 24 de Febrero, después de un corto tiroteo, en que tuvieron, sin embargo, ocasión de desplegar no poco denuedo y habilidad algunos de nuestros Jefes, como el Coronel Mateo Viana, el Teniente coronel Benito López y el Sargento mayor Jenaro Gaitán. Tal importancia daba el Gobierno á este suceso, que el |Boletín Oficial de Bogotá decía con fecha a de Marzo, batiendo palmas:

" Uno de los más difíciles triunfos sobre los enemigos de la Constitución está alcanzado. El Ejército nacional pasó el Magdalena, y en breves días una batalla decisiva habrá matado la injusta guerra que asuela la República." Y para que á la noticia oficial nada faltase de halagador, se anunciaba que el 28 comenzarían á moverse las tropas sobre el enemigo, es decir iban á quedarse en esas playas inhospitalarias, asoleándose como los caimanes....; y en efecto, allí permanecieran no solo hasta el 28, sino quién sabe hasta cuándo, si Mosquera no se les escapa, y pasa el río por Ambalema buscando fortuna en otra parte.

Sería necesario suponer á Mosquera un mentecato para que al ver que le arrojaban, como limosna, el batallón de más tono del Gobierno, no corriese á comérselo. Sabedor de que andaba por aquellos desiertos, reúne sus tropas, pasa el río y vuela sobre la presa, la cual no tuvo más salvación que guarecerse rápidamente en una especie de península que forma el río, llamada la Barrigona. El clima húmedo y ardiente es allí mortífero, y entonces no había más que una casa desmantelada y negra, como que la estaban acabando de levantar y nada qué comer, pues el platanal vecino todavía no se hallaba en edad de fructificar; siendo la única ventaja de esta posición el estar resguardada en parte por el río, sin que inspiraran temor dos bonguitos armados en guerra que tenía el enemigo, y que en efecto se ahuyentaron al hacerles dos tiros de cañón. Sin la serenidad de los jefes, que pudieron arrinconarse en la Barrigona antes de ser embestidos, el batallón sucumbiera arrollado por las numerosas fuerzas que tenía al frente. Con todo, su situación era crítica y aun desesperada si no se le socorría á tiempo.

Mientras el batallón 3.° de Artillería lleno de entusiasmo y de confianza descendía á cumplir la orden de cañonear á Ambalema, Mosquera tuvo la feliz idea de mandar, por vía de prólogo, una partida á coger el obús, que iba por otro camino: el conocidísimo teniente Maestre, que mandaba el piquete, al ver al enemigo encima, arrojó el obús por un despeñadero y hábilmente se escapó con casi todos los suyos. Mosquera dio á los cuatro' vientos noticia tan favorable á su causa, llamando la aventura del obús "sorpresa de la vanguardia del Ejército de la Confederación": esto no supone que él fuese á cargar con tal armatoste, pues pronto lo vendió como cobre á unos mercaderes de Honda. Nosotros no nos atreviéramos á hacerlo, sino que lo habríamos desenterrado y comprometido la suerte de la República por andar con él para arriba y para abajo, en alarde de poder y de grandeza.

Cuando recibimos en Guaduas el posta con que el jefe Escallón comunicaba tener á Mosquera al frente, Gutiérrez Lee comprendió la gravedad del caso, y aun probablemente se culpó á sí mismo de no haber objetado la orden de destacar un cuerpo de movilización tan difícil para emboscarse en esas soledades sin apoyo alguno., Pero el tiempo era para obrar y no para llorar arrepentimientos. Al punto dio orden de marchar, y con prontitud entramos en campaña, sin pensar en el peligro que nosotros mismos corríamos de tropezar con el enemigo: no contábamos sino con el 4.° de línea y el escuadrón de Húsares, por todos unos seiscientos hombres. Mosquera pudo dejar en jaque con una corta fuerza al batallón de Artillería atrincherado en la Barrigona, y correr sobre nosotros, sorprendernos y destruirnos, por mucho que fuese nuestro valor: en caso de ser atacados de repente en esas veredas apenas abiertas entre monte bravío, la caballería. antes que sernos de provecho, sería una rémora que podía desordenar nuestra misma infantería.    Nosotros íbamos á socorrer á nuestros hermanos, y en estos casos no se miden los riesgos. ¡Adelante! ¡Adelante! También preciso es confesar que el enemigo no daba mayores muestras de virilidad, y que así como no se había echado aun sobre ese batallón abandonado, tampoco sería muy diligente en oponerse á nuestra unión.

El proyecto de Mosquera de pasar el Magdalena dejando el grueso del Ejército de la Confederación en la orilla del río, y caer sobre el batallón de Artillería y luego sobre el resto de la 6.ª División, era acertadísimo, pues así la podía vencer en detal; pero le faltó habilidad y energía para realizarlo, y empezó á vacilar y á andar con cautela.    O acaso fue que no teniendo experimentada la vitalidad de nuestro Ejército, temió que éste le viniese picando la retaguardia, y que, si nos atacaba, pudiera ser alcanzado, y encontrarse, aun en el caso de obtener un triunfo parcial, debilitado para combate de mayor importancia. Por esto él aparentaba abalanzarse sobre nosotros y al mismo tiempo evitaba cualquier encuentro, fincando al fin el éxito de la campaña en el prestigio de su nombre y en los errores que cometiesen nuestros jefes. Pero como nosotros no estábamos en estas interioridades y veíamos lo grave del caso, pasamos las angustias más terribles, pues nos parecía no llegar á tiempo, á pesar de los postas continuos que nos llegaban en el camino, comunicándonos los movimientos del enemigo y las medidas que tomaban nuestros artilleros para rechazar cualquier ataque antes de nuestra llegada.

De ternísima alegría se llenaron los corazones cuando nos abrazamos en la Barrigona. Las cornetas se volvían locas anunciándolo. y la banda de música de la Artillería sacó de su repertorio las piezas más adecuadas para las circunstancias y las tocó con sentimiento patriótico. Nunca habían oído aquellas soledades tan deliciosas armonías: semejaban más bien entonadas en celebración del triunfo pacífico del trabajo que por la guerra que estaba para ensangrentar esas selvas. Esta música arrobadora llegaba al campamento enemigo, el cual con su silencio respondía al alborozo nuestro. Intolerable pesadilla debió de ser para Mosquera nuestra banda, y rumboso y amigo de bambolla como era, se mordería los labios cada vez que la oía y la comparaba con las suyas, mezcla informe de músicos de iglesia y tocadores de bunde. Cuando nosotros las oíamos nos reventábamos de risa: traían chinescos, trompas abolladas que con clarinetes chillones taladraban los sesos: amén de que en algunas se entremetían los violines, ¡y qué violines! pero con todo alelaban á los pobres negros. ¡Qué sabemos si uno de los sueños dorados de Mosquera al coger la Artillería era echar mano á los músicos para ostentar una banda digna del Supremo Director de la Guerra.

El batallón con actividad y destreza había construido un fortín inexpugnable con trincheras de vástago de plátano y tierra, de manera que se habría derramado mucha sangre antes de tomárselo: las bocas de los ocho cañones que llevaba se veían, como cabezas de mastines, prontas á destrozar al que se acercara, y las troneras para los fusiles estaban listas para brotar torrentes de fuego. Estos trabajos de fortificación eran excelentes para un ataque como el que se esperaba, pero insignificantes para abrigar una división; ocupando el enemigo la estrechura de esta casi península, aquello era una trampa imposible de romper, en l:: cual nos podían encerrar cuanto se quisiera, ú obligarnos á combatir desesperados en las condiciones desfavorables que el enemigo tuviese á bien imponernos. Pasada la rabia que debió de experimentar Mosquera con nuestra unión, pensó sin duda que era para mejor, pues habíamos también ido á meternos en aquel saco: tomando sus medidas, se creyó vencedor, y así lo comunicó á sus parciales ausentes: la mejor División de Ospina está en mi poder. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Ejército del Cauca! ¡Vivan los Estados Soberanos de la Nueva Granada!

Para tantear la tropa que nos cercaba y mostrar que nada temíamos de ella, enviamos unas dos guerrillas del batallón 4.° á tirotearla, acompañadas de algunos jinetes arrojados como D. Simón Hernández, D, Antonio León y D, Jacobo Martínez, que obraron prodigios de valor: nuestros soldados, contra la consigna que llevaban, se dejaron arrastrar de inconsiderado ardimiento, y avanzaron más de le necesario haciendo gran destrozo en el campo contrario: una de las guerrillas se vio rodeada por fuerzas innumerables y tuvo que rendirse, no sin haber vendido caramente esta humillación: nos cogieron diez prisioneros, entre ellos al teniente Vargas: tuvimos además tres muertos y cinco heridos. Las pérdidas del enemigo fueron serias. Esta escaramuza la llamó Mosquera batalla, por supuesto ganada por él, y la bautizó con el nombre de |Victoria de la Barrigona.

A pesar de estar encendida ya la guerra y excitada la furia con la sangre derramada, no quiso Mosquera embestirnos y se contentó con ocupar las veredas que conducen á la Barrigona, confiando en que, espoleados por el despecho, lo atacaríamos al día siguiente. El Coronel Gutiérrez Lee era harto avisado para perder la cabeza en tan crítico lance, y querer romper á viva fuerza la muralla de bayonetas que nos atajaba. Ya que el Ejército de la Confederación nos había abandonado, preciso era salir de allí, y salir incólumes. ¿Pero por dónde, si todo estaba ocupado? Los prácticos, después de estudiar el terreno, indicaron que no había otra salida que el lecho de uno de aquellos torrentes que forman las lluvias intertropicales: era angosto, medroso, lleno de piedras y de saltos y en trechos con charcos de agua rojiza donde se refrigeraban las culebras y los insectos: salir por ahí sería fácil para infantería ligera, pero para nosotros con esos cañones, esas cureñas, esas ruedas, esas cargas de granadas y todo ese servicio de artillería que á cada paso se ladeaba, se enredaba y aun se caía....; la caballería misma inspiraba temor, pues un caballo que se espantara ó que relinchase podría alertar al enemigo y llamarlo sobre nosotros, con lo cual estaba todo concluido. En una retirada de estas no hay valor, no hay pericia, no hay nada: el terror saltea los corazones más templados y no se piensa sino en huir.... Por fortuna el enemigo era de nuestra misma masa, y dormía como un lirón cuando en el orden y en el silencio mayor emprendimos la marcha, pasada la media noche: todos cumplieron allí con su deber, hasta los caballos, las mulas y las mismas cargas. Al partir el último soldado fuimos el Coronel Gutiérrez Lee y yo á recorrer el campo para ver si aun se quedaba algo: los soldados no habían olvidado nada, nada: hallamos una voluntaria en la cocina de la casa, que cargada, como un emigrante, nos dijo rompiendo contra una piedra del fogón la olla que no podía llevar: ¡Ni la olla se la dejamos á esos malvados! y corrió á reunirse á sus compañeras. El Coronel Gutiérrez fue esa noche el héroe: estaba dondequiera que podía haber peligro, dirigía Basta los últimos pormenores y en voz baja y risueña los animaba á todos. No creo que en los anales de nuestras guerras civiles se registrará una retirada con más peligros y mejor dirigida que la que hicimos de la Barrigona: cuando se escriba la historia militar del país, á aparecer como proeza digna ole un gran capitán.

Al ver Mosquera al día siguiente que nos habíamos escapado, se encoleriza y culpa al General Rafael Mendoza (el histórico y simpático |manco Mendosa) de no haber ocupado aquel sendero, según se lo había ordenado, y más que todo, de no haber sentido nuestro desfile: que siempre es satisfactorio en nuestros errores hallar un subalterno á quien cargar con ellos. En todo esto apareció Mosquera como inepto é indigno del miedo que inspiraba á algunos: pues él debía saber por sus espías que el Ejército de la Confederación estaba en incapacidad de moverse rápidamente, y así podía, sin temor inmediato, dar uno de aquellos golpes de audacia tan necesarios en los sublevados, destrozando primero el batallón de Artillería y después á los que íbamos á auxiliarlo; ó si no, obligar á toda la División, una vez en la Barrigona, á capitular por hambre ó á sucumbir combatiendo.

Las circunstancias no son, sin embargo, para juzgar á los hombres, sino para ponderar el alborozo que experimentamos al vernos libres de ese infierno de la Barrigona, y en camino de la hacienda del Paraíso, que, según los informes recibidos por Gutiérrez Lee, iba á ser para nosotros un verdadero paraíso, pues además de su posición ventajosa, estaba en el camino de Chaguaní, de donde con toda seguridad podríamos retirarnos á la Sabana ó aguardar al enemigo en lugares inexpugnables, si era que nuestro Ejército no venía antes á unírsenos.

Ya de día pasamos por el Puerto de Chaguaní, propiedad entonces del apreciado caballero D. Carlos Bonitto, quien puso su casa á nuestras órdenes, y nos proporcionó á sus amigos un desayuno de café con leche, que nos pareció como bajado del cielo: Bonitto conocía el Paraíso, como que por allí pasaba con frecuencia, y corroboró lo que sabíamos de su excelente posición y facilidad para comunicarnos con el mundo. En la sala, que era espaciosa, y en otra piezas había voluptuosas hamacas que invitaban á desquitarse en ellas de las pasadas noches de fatiga y de no dormir; pero el tiempo no estaba para detenernos, y ¡adiós provocadoras hamacas! Vicente París, capitán de artillería guapo é impávido como él solo, no pudo resistir á la tentación de reclinarse en una de la sala, y quedándose dormido profundamente, no sintió que seguíamos. El mismo Bonitto, que esa noche había estado en la más cruel incertidumbre, sabiendo que nos retirábamos se acostó también cuando ya no había á quien obsequiar, y se durmió. Las diez serían cuando de repente un tropel de caballería entra en la sala y los despierta: era el temido negro Victoria con varios soldados. El capitán París salta de la hamaca, y desenvainando la espada, dijo con su calma habitual: Mato al que se me acerque. Viendo que no le atacaban, pero sí le intimaban que se rindiese, lo hizo al fin, diciendo que lo llevaran á ver á Mosquera, pues era hijo del General en jefe del Ejército de la Confederación. En triunfo lo condujeron á su campamento, lo mismo que á Bonitto, á pesar de alegar éste su calidad de inglés. Mosquera se mostró afable con ellos, y los soltó, dando á París pasaporte para que volviese á ocupar su puesto en nuestro Ejército, sin duda con propósito de agradar al General su padre y hacer ver su magnanimidad á nuestros soldados.

La casa del Paraíso esta situada en la orilla izquierda del riachuelo ó quebrada de Chaguaní y en el camino de esta población al ¡Magdalena: la rodeaban entonces espaciosas corra lejas de cerca de piedra acabada de construir, y al frente había un potrero de pasto de Guinea donde provocaba ver obrar la caballería. Con sol ardentísimo y no desprovistos de hambre, llegamos por la tarde á comer lo que de antemano se había hecho preparar para la tropa. Nunca he comido carne asada más sabrosa que en esa ocasión, ni me ha parecido mejor el agua para después de tomar panela. Creo que me comí mis dos libras de carne y unas tres panelas: no era tanto la larga privación de alimento lo que aguzaba el hambre, cuanto el gozo inefable de haber burlado al enemigo: al vernos allí sanos y salvos no concebíamos cómo no nos había perseguido aunque fuese una guerrilla de caballería que por punto de honor nos disparase una docena de tiros. ¿Será, nos preguntábamos, que el Ejército de la Confederación los viene alcanzando?

La nueva posición se apoyaba á la derecha en la quebrada de Chaguaní, á la izquierda en unas colinas sembradas de pasto y que hacían parte del potrero, y al frente en una cerca de piedra que iba de la quebrada á la cima de las colinas; resguardada nuestra espalda por espesa montaña, se dilataba al frente, como tengo dicho, un campo limpio oportunísimo para la artillería y la caballería. La posición era en apariencia formidable; pero un enemigo diestro en el arte de la guerra y que quisiese combatir, viera desde el primer momento que nuestras cercas de piedra estaban dominadas por las colinas, las cuales no podían ser defendidas formalmente por las guerrillas que allí se colocaron, y que tenían que retirarse tan luego como fuesen embestidas por fuerzas superiores; apoderado de ellas, podría apagar desde allí nuestros fuegos, y aun, cubierto por el monte, lograra colocarse á nuestra retaguardia. Las trincheras mismas que tiramos de nuestro centro al camino, obstruyendo éste y atravesando la quebrada por un puente, podían fácilmente inutilizarse, abriendo una ligera trocha por entre el monte. Nosotros veíamos claramente estos defectos y nos prometíamos subsanarlos del mejor modo posible al principiar el combate: estos son los inconvenientes naturales de acogerse á trincheras, pero que el enemigo rara vez llega á conocer: descubrir los flacos de una posición para dominarla, es de militares privilegiados. Mosquera en esta ocasión se mostró lerdo como una petaca, y asustado con las cercas de piedra, no pensó ni en estudiar el campo; bien es verdad que él tenía que andar aprisa para no tropezar con el resto de nuestro Ejército, y así resolvió tomar otro camino más fácil y más acorde con el plan de campaña que las circunstancias le impusieron. Para no alarmar á sus soldados les decía que nuestras trincheras no valían nada ante sus cañones de á doce, que las arrasarían en un instante. Los tales cañones eran unos obuses de montaña de poquísimo alcance, manejados por gente inhábil, y que en toda la guerra no acertaron un solo tiro.

Tan pronto como arribamos y se dio rancho á la tropa, fue situada ésta en los puntos designados para la defensa: aspilleráronse las cercas para los cañones y la fusilería: en el llano se colocaron á distancia conveniente doscientas granadas, reliquia del dichoso obús, con minas que iban á la cerca: del lado de la quebrada y del camino se elevaron trincheras de tierra, y antes de caer la noche ya estábamos en aptitud de desafiar el arrojo del enemigo. Nuestro jefe mostró una vez más su incansable actividad, y todos cooperaron á la eficacia de las medidas; Cornelio Borda, educado en la Escuela Politécnica de París, creía llegado el caso de poner en planta sus estudios de ingeniero militar, y era el más ardoroso en el arreglo de los asuntos de artillería y fortificación: estaba en su elemento. Al acabar, dijo recreándose en su obra: Somos invencibles: lo malo será que esos brutos no se atrevan á atacarnos, Imaginaba que se meterían entre las granadas, que con el pecho irían á tapar las bocas de los cañones y que él no perdería ni un proyectil. Visto lo incipiente de nuestro arte militar, nada de imposible tenía que el enemigo cometiese semejante locura, como no pocas veces ha acontecido en nuestras guerras civiles, en que ejércitos enteros van á caer al pie de trincheras, que con un poco de estadio se pudieran evitar. Pero sea de     ello lo que fuere, lo cierto es que nuestro campo atrincherado quedó al fin formidable para una fuerza bisoña como la de Mosquera; y para otra mejor organizada, sería escollo que no vencería sino con la pérdida de sus mejores soldados.

Nuestra tropa dormía sobre las armas, mientras las rondas recorrían, como sombras, todo el campo. El cielo estaba despejado y la luna se deshacía en luz vivísima, semejando que con su frescura virginal quería desquitarnos de los ardores del sol que durante el día nos había retostado: pero la luna en aquellas soledades indómitas guarda también veneno, y algunos de los nuestros enfermaron esa noche, siendo digno de recordarse entre ellos el simpático teniente de artillería Castrillón, de las buenas familias de Popayán, quien, quedándose dormido boca arriba y sin cubrirse la cara, fue atacado de |gota serena.

Como si esperáramos una función muy anunciada, tan luego como nos creímos listos y la luz, de la aurora lo permitía, mandamos vigías á las colinas para que anunciasen la aparición del enemigo, despachamos postas, avanzamos partirlas de observación, y los jefes no cesaban de escudriñar con sus anteojos: se nos figuraba que íbamos á quedar burlados, que se nos;iba á aguar la fiesta.

-¡Allá vienen ya! anuncian los vigías.

-¡Aquí no más están! llegan diciendo los espías. ¡Aquí no más!.

Inmediatamente montamos á caballo el Coronel Gutiérrez y. yo y fuimos hasta la primera avanzada, y oyendo un lejano toque de cornetas, él puso el oído, y no distinguiendo bien lo ';que tocaban, se volvió á los que allí estábamos, preguntando: "Qué tocan?" El sargento de la avanzada da un paso al frente, se cuadra y dice con gravedad: " Cornetas, mi Coronel." Todos, menos el jefe, no pudimos menos de reír; pero él, no siendo el caso para risas, le dijo con sequedad: " Ya sé que son cornetas, pero lo que se necesita es saber el toque quedan."

Nosotros estábamos resueltos á pelear, y temiendo que Mosquera no se atreviese á acercarse, le enviamos guerrillas, ya aleccionadas con lo que pasó en la Barrigona, á que lo atrajesen; pero él evitó todo lance, mostrando las pocas ganas que tenía de estrellarse contra nuestras cercas de piedra. En vista de su repugnancia y para hacerle patente lo poderoso de nuestra artillería, avanzamos una culebrina por entre el potrero, hasta donde se descubría una casa llena de gente. Tan afortunados anduvimos que el primer cañonazo desbarató el techo y el tercero la pasó de parte á parte; mas en eso paró el estrago, por haberla desocupado rápidamente desde el primer tiro. Si hubiéramos continuado en la campara acertando tan bien nuestros cañonazos, algo de provecho se hiciera con h: artillería; que para los noveles y reclutas el cañón es el arma más espantosa, y su detonación los aterra como cosa sobrehumana: creen con candor que de un cañonazo nadie escapa, y que cada tiro va dirigida personalmente á ellos. Estos pocos cañonazos se grabaron en la imaginación de los mosqueristas y, les hicieron pensar que éramos inatacables. Pero su jefe no podía ya retroceder y en juego su astucia. Repitiéndose exactamente lo que hizo en Manizales al día siguiente de su rechazo, se nos presentó, como á las nueve de la mañana, un labriego con bandera blanca, diciendo al jefe de la avanzada que iba de parte del General Mosquera y llevaba por comisión anunciar que atrás venía el oficial Lucio Estrada en calidad de parlamentario.

En la situación solemne en que se hallaba la República, cuando un paso desacertado podría dar el triunfo á la revolución, era necedad no oír al enemigo: la 6.ª División se hallaba sola, aislada y sin comunicación con el Ejército: atropellar una batalla es temerario cuando no hay evidencia de vencer: tal vez el Coronel Gutiérrez Lee no aceptara el parlamento si r o le hubieran desmembrado la División quitándole desde antes el batallón 7.° de Cipaquirá: con estos trescientos hombres se habrían fortificado las colinas que dominaban la posición y el asaltante sucumbiera sin falta.

D. Carlos Holguín, que acompañaba al Ejército como Secretario de Gobierno de Cundinamarca, y que con valor y abnegación se acomodaba á la vida de soldado, juzgó prudente aceptar la conferencia con Mosquera: aquí era él quien estaba en su elemento, y la táctica política, las estratagemas diplomáticas y la astucia para burlar al enemigo, no podían encontrar allí representante mejor. Gutiérrez Lee, con todas sus buenas partes, necesitaba tener al lado una ninfa Egeria, y Holguín poseía á maravilla todas las cualidades para el oficio: inteligente, despierto, memorioso, de instrucción vistosa, conocedor de sus compatriotas, práctico en los negocios públicos y audaz como el primero. Si Escallón y Borda se lisonjeaban de anonadar á Mosquera con su artillería, Holguín creyó que lo iba á enredar con su astucia. Él debía tener sed de ejercitar unas facultades que en el campo militar eran inútiles, pero que en el de las transacciones debían funcionar admirablemente.

Toda revolución necesita un pretexto para autorizar sus actos; y Mosquera, que tenía sus puntas de leguleyo, halló las razones necesarias para probar que el Presidente Ospina y el Congreso, hechura suya, habían violado la constitución, y así se declaró paladín de la soberanía de los Estados y sostenedor de la destrozada constitución federal. " Como guardián de la libertad del Cauca, dice en su Alocución del 20 de julio de 1861, cumplí con mi deber reuniendo á los Representantes del Pueblo para que me señalasen la línea de conducta que debía observar. Santander, Bolívar y el Magdalena, en donde los Magistrados encontraron apoyo popular, se unieron al Cauca para combatir por la Constitución." Estos representantes del soberano pueblo eran, ya se entenderá, agentes revolucionarios que pusieron en manos de Mosquera el poder que se habían delegado ellos mismos: de este Pacto tomó el agraciado la siguiente retahíla: |Presidente Provisorio de los Estados Unidos de Nueva Granada, Gobernador constitucional del Cauca y Supremo Director de ha Guerra.

El Gobierno federal, por su parte, naturalmente presentaba los hechos en la forma más aparente para atraerse á los amantes del orden, y el Presidente en el Mensaje diagnóstico escrito para el Congreso que debía reunirse el 1.° de Febrero, y que no lo hizo por falta de |quorum, se expresa así con su habitual claridad: " El Gobierno desde el día de su inauguración ha trabajado con no interrumpido esfuerzo para mantener y consolidar el orden y la paz. Respetando escrupulosamente todo los derechos y todas las garantías, dejando á las libertades de todo género explayarse sin obstáculo en el ancho campo que la ley les ha otorgado; practicando la tolerancia más perfecta para con todos los partidos y para con todas las opiniones; usando de la más cumplida deferencia en sus relaciones con    Gobiernos de los Estados; procediendo con atenta moderación en todos sus actos; acatando sincera y religiosamente la escrita, esperó desarmar los rencores más ciegos, y, quitando todo pretexto á la ambición y á la codicia, confió que podría mantener sin el freno de la fuerza la tranquilidad pública. ¡Vana esperanza! La ambición y la codicia cebadas tantas veces en el cadáver de la República, no necesitan motivos, ni aun pretextos para echarse de nuevo sobre su presa; ellas mismas son la razón y el motivo de sus hechos." "Agotados todos los medios de moderación y, de paciencia, y acometido el Gobierno por los conjurados en armas, ha tenido que aceptar i:: guerra para salvar la sociedad."

Comunísimo ha sido entre nosotros tornar como arma de defensa y ataque- las palabrotas "sociedad," "moral,'' " libertad," y demás bienes preciosos públicos y privados. Si los revolucionarios de la época que describo se desgañitaban gritando contra la tiranía del Gobierno (que en verdad era bien leve, sobre todo comparada con las que hemos visto después), éste por su parte tizna á los revolucionarios con negrísimos colores: en los dos últimos años de la Confederación Granadina, se agotaren pública y privadamente las palabras hirientes para hacer y odioso á Mosquera: los periódicos no lo bajaban de Ogro del Cauca, de esponja que recogía las inmundicias de la sociedad para lanzarlas sobre ella y mil frases que, cuanto más exageradas, menos efecto producían: esa revolución, como casi todas las que han desolado la República, presentaba fases repugnantes y no había dejado de mancharse con execrables pasiones: Mosquera mismo era un elemento temible, y puso cuanto estuvo de su parte para sacar verdaderos á sus enemigos; pero arropar sin distinción á los pacíficos é inocentes con negros calificativos, es injusto y antipatriótico.

Cuando en nuestro campamento se presentó vendado y conducido por cuatro húsares D. Lucio Estrada, con su barba negra y su cuerpo hercúleo, yo sentí una impresión opuesta á la que hasta entonces me enardecía: dejé de ser belicoso para ser pacífico, no por deseo de envainar mi acero, sino por cierta curiosidad que tenía algo de mujeril, y era la de ver cómo eran los revolucionarios antes de ser amarrados. De los del año de cuarenta había oído tales cosas, que se me grabaron hondamente en la memoria, haciéndome mirar siempre con recelo á les que en aquel alzamiento habían figurado; con ser los revolucionarios de 1851 de mi partido, sentí cuando fui á verlos en el cuartel de San Agustín una desconfianza invencible, como si hubiesen hecho alguna; y eso que entre las figuras que más hirieron mi imaginación estaba el originalísimo doctor Sarmiento, cura del Guamo, del cual sabia cuentos agudos inolvidables: ¡Oh, el doctor Sarmiento! dije para mis adentros, mirando de los pies á la cabeza aquel cuerno robusto, aunque doblado por los años, aquella fisonomía franca llena de arrugas y aquella mirada, mezcla deliciosa de malicia y de candor. Cuando entré, conversaba con un caballero alto, de- porte marcial y aire de guapetón, el cual no era otro que el ponderadísimo Coronel Vargas París, alias el |mocho Vargas, prisionero como el doctor Sarmiento en el combate de Garrapata, donde un puñado de valientes, entre ellos varios señores Caicedos y su pariente Vicente Ibáñez, que murió allí, pelearon con la fuerza veterana del Gobierno, mandada por el manco Mendoza. En 1854 fui poco después del 4 de Diciembre á la capilla del colegio de San Bartolomé, y allí estaba el dictador José María Melo, con esa su cara de ídolo chibcha y su par de grillos, acompañado de varios de sus secuaces tan despreciables como él. Con frecuencia veía después llevar al General José María Obando á la Casa Consistorial, en que. se reunía el Congreso, mientras duraba el juicio de responsabilidad que le seguían por su participación en la dictadura de Melo: vile allí sentado con afectada indolencia entre dos de sus secretarios,;enjuiciados también; oí lo que contra él declaraban, y tuve el gusto de aplaudir repetidas veces al doctor Salvador Camacho Roldán cuando pronunciaba como fiscal su acusación contra él; salido Obando de su juicio con más humillación que penas, olía yo verle pasar desde mi almacén. con su levitón verde botella, abotonado, con corbatín de cuero, que acrecentaba su aire marcial, y con las manos en los bolsillos del levitón: nadie le hacía caso y estaba tan de caída, que leyendo una vez por matar el tiempo un aviso en la esquina de la primera Calle Real, vino un perro é hizo sobre él lo que iba á hacer sobre la esquina. Obando lo siente, se mira la parte sucia y dice tranquilamente: "cuando uno está dc malas, hasta los perros lo m... " Esto pasó en presencia de algunos caballeros, de los muchos que forman corrillos en aquel lugar, y, no pudieron menos de condolerse de este caudillo que no mucho tiempo antes habían recibido sus copartidarios con estrepitoso regocijo.

Véase, pues, que no me faltaban mis motivos para querer satisfacer la inocente curiosidad de ver revolucionarios sin amarrar ya que había visto tantos amarrados. Amén de este deseo inofensivo, me aguijoneaba la gana de saber si el Mosquera que tan tremendo nos mostraban era cl mismo de la confitería de Thian, si aun buscaba pilluelos para que le victoreasen y si la gente ocupada le huía como los comerciantes de la Calle Real: me parecía imposible que nuestro hombre fuese un Proteo con formas para todos los gustos y para todas las épocas. Un humilde ciudadano, como yo, que sigue la línea recta que le trazó el destino, no comprende que un hombre pueda subir y bajar, bajar y subir sin menoscabar su honra ni desmochar sus propias facultades físicas é intelectuales; así, siempre mira con desconfianza á aquellos magnates, que, ardiendo en ambición, venden su conciencia á todas las ideas y, á todos los partidos, y son verdugos hoy de aquellos á quienes ayer adulaban. Mosquera pertenecía para mí á los hombres que son vistos ya como petrificados en la historia y que no pueden cambiar: tan errado andaba yo en mis apreciaciones que varias veces, recordando á mis jefes la postración en que lo había visto, los exhortaba á que no le diésemos tanta importancia, que nos arrojásemos sobre él seguros de vencer. ¿Cómo no hemos de destrozar, les decía, esa momia? ¡Pero qué desengaño el que me esperaba!

Acordada la entrevista, vestimos nuestros uniformes de parada, que no podían ser más sencillos, y nos encaminamos al punto de reunión los siguientes: el Coronel Pedro Gutiérrez Lee, su Secretario D. Carlos Holguín, el Sargento Mayor Cornelio Borda, como representante del Ejército y personaje de apariencia, y yo, como primer ayudante del jefe de la, División y con el grado de capitán, pero capitán de guardia nacional, por lo que eran argentados los tres galones de mi kepis; los de los veteranos eran dorados. Conforme á la ley yo estaba allí como oficial de guardia nacional al servicio del Gobierno federal, y al acabarse la revolución quedaba tan ciudadano civil como si no hubiera ceñido espada; por esto poco ó nada me han desvelado mis servicios militares.

Nos acompañó un piquete de caballería hasta cerca del lugar escogido, el cual era un pequeño claro en la extremidad del potrero del Paraíso, rodeado de árboles y de un aspecto risueño. Cuando llegamos, ya estaban allí los Generales José Hilario López, con levita de paño negro y sombrero de paja, y Rafael Mendoza, que mostraba en la rigidez de su uniforme no distar mucho el tiempo en que había dejado el cuartel, y aunque de pequeña estatura, encantaba con su aire de veterano; los dos secretarios de Mosquera, D. Julián Trujillo y D. Andrés Cerón, personajes nunca mentados antes, y que se mostraron francos, no desagradándoles que los conocieran los bogoteños, como dicen las ñapangas de Popayán; luego cuando el General Mosquera los dejaba hablar, lo hacían lenta y cuidadosamente, como quien teme salir con una necedad. Al verme el general Mendoza corrió á abrazarme, diciéndome con su genial zalamería ¿" Y tú, chino, qué haces por aquí? Pero dime: ¿Qué noticias me traes de las de casa? " No teniendo yo razón de darlas, me disculpé diciendo que él las tendría más frescas, pues yo llevaba cosa de un mes de estar fuera de la capital.

A poco de haber llegado nosotros, se presentó el General Mosquera con sombrero dé paja, ruana blanca de hilo y botas altas; iba seguido de uno de sus ayudantes el capitán Juan de Dios Restrepo, aquel Emiro Kastos cuya reputación literaria fuera mayor si no le hubieran coleccionado sus artículos: ostentaba éste una blusa azul ribeteada de rojo; sus orejas encarnadas, la flacura de sus miembros y su constitución nerviosa producían entre tanta gente sana y animada un efecto singular; cuando después he visto en Roma los lobos del Capitolio, que, á pesar de lo mirados que son, siempre se fruncen ariscos y se retiran huyendo de la gente, me he acordado de Emiro Kastos en esa ocasión, pues al vernos contestó con sequedad indomable nuestro saludo, se retiró á un lado, y no cesó de mirarnos con sus ojos desteñidos y diminutos.

Ágilmente se apeó Mosquera al llegar y fue á dar la mano al Coronel Gutiérrez Lee, que lo saludaba cortés y dignamente: eran dos jefes de fuerzas enemigas que no tenían por qué creerse uno más grande ó más pequeño que otro. Al contrario, Mosquera se esmeró en mostrarse afable, como para quitar toda preocupación que llevase su contrario, y poder conseguir lo que buscaba.

Reunidos, pues, todos, me fue fácil apreciar á ese que antes me parecía una momia. En los bosques seculares que teníamos al lado, hay árboles que, heridos por la tempestad, parecen muertos, pero que cuando menos se piensa echan retoños en la cima del tronco, y creciendo con nueva lozanía, se elevan sobre los otros: Mosquera representaba ese tronco añejo y carcomido, pero que todavía tiene savia para producir ramas que sobresalen vigorosas sobre el follaje que le rodea. Mosquera es allí el héroe y todos lo respetan: su voz áspera é inarmónica, á causa de la herida que en una mandíbula recibió en la guerra de la Independencia, acallaba las otras, y nuestro jefe mismo parecía hablar paso; de los demás no se diga, pues en    todo mostraban su respeto y sumisión. Nuestro jefe había militado bajo las órdenes de Mosquera, pero tenía bastante fortaleza de carácter y sobre todo ambición para defender allí su causa con energía; sin embargo, Mosquera conservaba para ser acatado los títulos que da un nombre ilustre junto con los años. El mismo Holguín, que en la liza parlamentaria se le encaraba á todo el mundo de igual á igual, y se gozaba en herirlos y en vencerlos, aquí me pareció experimentar el ofuscamiento que produce un hombre colocado en alto: cuando Mosquera en conversación familiar contó, mostrándonos un macho bayo que á la vera del monte tenía de la brida un ordenanza, que ese animal lo acompañaba desde el Derrumbado y se llamaba el |Venado, Holguín le interrumpió con el aire osado de un niño que se atreve á dirigirse al maestro, diciendo: "Esto es muy buen agüero para nosotros, General: indica que ha de correr mucho." Mosquera, picado, repuse: "Sí corre mucho, pero es para adelante, para donde ustedes están."

Mosquera y Gutiérrez Lee hablaron solos algunos momentos debajo del árbol que estaba en el centro del prado, y luego, reunidos con los secretarios, conferenciaron largamente. Al volver adonde estábamos los pipiolos reconocidos, Cornelio Borda hizo abrir una petaca de su repuesto, y nuestro ordenanza, tendiendo en el suelo un mantel limpio, lo cubrió de conservas, bizcochos y vino. Alabaron todos nuestra opulencia, y después de devorar lunch tan oportuno, el General López, poniéndose en pie, pues todos estábamos sentados en el suelo sobre ruanas, menos Gutiérrez Lee y Mosquera. que lo estaban sobre la petaca, brindó con el aire declamatorio que le era peculiar, por la reconciliación de los granadinos, y concluyó mostrando el árbol frondoso que nos asombraba: -Este árbol será famoso en nuestra Historia: á su pie, aquí donde estamos sentados, hay que poner una piedra en que conste el abrazo que nos damos los granadinos, y la base que ponemos al engrandecimiento de la República.'' Todos aplaudimos: ¡Bravo! ¡bravo!

Mosquera, que era más sabido que López y cuantos lo rodeaban, les hizo entender que su misión en esta campaña era misión de paz, y que esas conferencias nacían de su amor á ella y á la concordia de los granadinos; y así todos los suyos lo miraban como un segundo Numa. El General López, que con sus pocos alcances tomaba aquí y allí frases hinchadas, lo llamaba el |Metternich granadino. lo que naturalmente agradaba al favorecido. El mismo doctor Tomás Cuenca, cuyos; odios políticos solían ofuscar la claridad de su ingenio, dice con este motivo en sus |Recuerdos de la Campaña de 1861: "Mucha podrá ser la vanidad que se encuentre en el carácter del General Mosquera por aquellos que luego lo estudien, pero no se negará la grandeza de su alma."

De esta reunión y de la que tuvieron al otro día salió el siguiente.

 

ARMISTICIO DE LA QUEBRADA DR CHAGUANÍ

Considerando los señores Gobernadores de los Estados de Cundinamarca y el Cauca que es posible un arreglo amistoso entre los partidos beligerantes que dé por resultado la paz de la Confederación, han tenido á bien autorizar  competentemente á sus respectivos Secretarios de Gobierno, señores Carlos Holguín y Andrés Cerón, para celebrar el presente armisticio

Art. I.°-Se suspenden las hostilidades por seis días entre las fuerzas comandadas por el Gobernador de Cundinamarca, Comandante en jefe de la 6.ª División, Coronel Pedro Gutiérrez Lee, y las que comanda el Gobernador del Cauca, Supremo Director de la guerra, General Tomás Cipriano de Mosquera.

Art. 2.° -El presente armisticio será sometido á la aprobación del Presidente de la Confederación, señor Mariano Ospina, y en caso de obtenerla, se hará extensivo hasta el 1.° de Abril próximo, para que en este término puedan discutirse por el Presidente de la Confederación y por el supremo Director de la guerra las siguientes bases como preliminares de la paz:

I.ª Ambos Ejércitos consentirán en que el Congreso se reúna para que pueda elegir un. Designado, persona que no inspire desconfianza á ninguno de los partidos políticos que hoy existen, y que se encargue inmediatamente del Poder Ejecutivo

2.ª El Congreso expedirá un acto legislativo, mandando elegir Senadores y Representantes en los Estadas, conforme á la ley nacional sobre elecciones de 1856.

Art. 3.°-En caso de que no sean    aceptadas por el Presidente de la Confederación las bases establecidas en el artículo anterior, las fuerzas mencionadas en el artículo I.° podrán recomenzar las hostilidades cuarenta y ocho horas después de expirado el término de los seis días fijados para el presente armisticio.

Art. 4.°-Durante el término del presente armisticio y las cuarenta y ocho horas concedidas para recomenzar las hostilidades, la 6.ª División se acampará entre los pueblos de Chaguaní, Vianí, San Juan ó Bituima, á juicio del jefe, y el Ejército del Cauca en Guaduas.

Art. 5.°-El término del presente armisticio comenzará á contarse desde las doce de hoy, previa 'a aprobación de los respectivos Gobernadores.

Quebrada de Chaguaní, á 3 de Marzo de 1561.- |Carlos Holguín. |Andrés Cerón. - Quebrada de Chaguaní, á 3 de Marzo de 1861. - Aprobado. - PEDRO GUTIÉRREZ LEE, - El Secretario de Gobierno, |Carlos Holguín. -Quebrada de Chaguaní, á 3 de Marzo de 1861.-Aprobado.-T. C. DE MOSQUERA.-El Secretario de Gobierno, |Andrés Cerón.

Firmado ya el armisticio, desapareció, como por encanto, el aire bélico de los semblantes y se animaron como si los halagase una ilusión: por un momento creyeron los que no estaban en el secreto de las combinaciones estratégicas, que era la multitud, que la paz y la concordia volverían á sonreír á la República: los soldados salieron de su campamento y corrieron á abrazar á los que antes miraban como enemigos irreconciliables todos nos mezclamos en animada fraternidad, y cada cual buscaba sus amigos para departir con ellos sabrosamente. Esto no impidió que se prohibiese á los mosqueristas pasear nuestro atrincheramiento, ni familiarizarse con los que lo guardaban.

Siempre hay en nuestros ejércitos un elemento civil intransigente, que no concibe que se pueda hacer otra cosa que exterminar al enemigo: este germen existía en el campamento de Mosquera, y con el armisticio de Chaguaní se exacerbó hasta llegar á soltar la palabra |traición. El doctor Tomás Cuenca pertenecía á este grupo, lo que es disculpable en el que quiere que se acabe pronto la guerra para tornar á su    casa y cosechar cuanto antes el fruto de sus fatigas; y así viéndolo todo de color fatídico, dice en su ya citada |Campaña de 1861, después de varias consideraciones sobre la justicia de la revolución: "El Ejército acogió con desagrado el armisticio, y al ardoroso entusiasmo sucedió un desaliento mortal. Entre los jefes se hablaba de traición, y los negros decían, recordando la antigua filiación de Mosquera: "Es que el amo Mosquera no le pierde el amor á los godos."

Con el anhelo de que la seudo-concordia se extendiese fuera de nuestro campo, convinieron Gutiérrez Lee y Mosquera en que fuese enviado al Coronel Santos Gutiérrez, que estaba ya en Tunja como Gobernador del Estado Soberano de Boyacá, un comisionado especial con el fin de que celebrase un armisticio como el de la quebrada de Chaguaní: al efecto se despachó al Teniente Coronel Simón Arboleda, Ayudante de campo de Mosquera, para que se encaminase por Bogotá á desempeñar su comisión; con el objeto de darle garantías en el camino lo acompañó el capitán Simón Hernández, Ayudante de campo de Gutiérrez Lee. Como era de presumirse, de Bogotá hicieron volver á Arboleda, pues bien se veía que en    vez de nuncio de paz iba como mensajero de guerra para comunicar á los revolucionarios del norte con los del sur. Mosquera culpó de esto á Gutiérrez Lee, llamándolo pérfido y desleal.

Con el ejemplar del armisticio destinado al Cuartel general del Ejército de la Confederación, escribió Mosquera á D. Mariano Ospina la siguiente carta:

"Señor Presidente doctor Mariano Ospina.

Quebrada de Chaguaní, á 3 de Marzo de 1861

Mi apreciado compatriota y señor:-Me parece que hemos llegado al término feliz de un avenimiento después de celebrar el armisticio de que da cuenta á V. el Coronel Gutiérrez, habiendo evitado el inútil derramamiento de sangre en las circunstancias en que se encuentra hoy la Nación. Para mí era seguro un espléndido triunfo; pero él enlutaría muchas familias aumentando el odio y las pasiones de los partidos.

El Teniente coronel Lucio Estrada acompaña al señor Holguín para darle seguridad en el tránsito, y que traiga la respuesta indicándome V. el punto en donde V. quiera que nos veamos para completar la pacificación de la República.

Con sentimientos de respeto soy de V. atento servidor y compatriota.

T. C. DE MOSQUERA"

En la respuesta de D. Mariano, larga y algo seca, fechada el 6 de Marzo en Casasviejas, hay este párrafo que parece sintetizar la conducta política del Gobierno.

"Si V., como lo manifiesta. desea que no se derrame la sangre granadina, debe buscar la solución pacífica de la contienda dentro de la esfera legal; fuera de ella es inútil pretender nada contando conmigo; porque yo seré, como he sido siempre, fiel al deber que me ordena respetar y cumplir las leyes; esto lo mismo en la última hora de mi Administración que en cualquiera otra época de ella."

Esta sumisión ciega á la ley escrita es uno de los bellos distintivos de D. Mariano Ospina, pero ¿qué vale la ley cuando sus sostenedores son incapaces de hacerla imperar ? La ley es el muro contra el cual se estrellan la ambición y la anarquía; pero de qué sirve su fuerza cuando en los que la defienden hay flojedad é impericia? Veamos, si no, qué es lo que pasa en nuestro campamento al tiempo mismo en que el señor Ospina invoca el respete á la ley: no habían trascurrido muchas horas desde que partieron Holguín y Estrada en busca del Presidente de la República, cuando recibimos en el pueblo de Chaguaní, adonde nos habíamos retirado ya, un posta del Estado Mayor general que llevaba muy cuidadosamente escondido en el bordón un oficio, en el cual se nos advertía que tuviéramos cuidado, porque habiendo pasado el río el ejército de Mosquera, podía ser que pretendiese atacarnos; que debíamos retirarnos y buscar buenas posiciones mientras acudía el resto del ejercito: y finalmente que enviásemos á la mayor brevedad noticias de Mosquera, pues no sabían por dónde andaba. Ocasionó gran desaliento á los jefes esta comunicación, que les revelaba una vez más la falta de diligencia y vigilancia que no podía menos de ser ruinosa para la causa común. Traspapelarse en esas llanuras un ejército de tres mil hombres que se va á atacar, y durante varios días no saber de su paradero, es como traspapelarse una catedral.... ¡Y nosotros que por instantes esperábamos á nuestros compañeros para que nos sacasen de apuros!....

El Poder Ejecutivo, como era de esperar, no aprobó del armisticio de la Quebrada de Chaguaní, sino lo estipulado respecto á suspensión de hostilidades por seis días; y en cuanto al artículo segundo se extendió largamente probando que el Coronel Gutiérrez Lee ni ningún. otro ciudadano tenía derecho de intervenir en asuntos especiales de la Constitución federal, en la que nacía se encuentra de lo que en el mencionado artículo se estipula; y en consecuencia ordenó que se cumpliese el artículo tercero, es decir, que al cesar el armisticio se continuasen las hostilidades.

Sobre lo que pasó en las conferencias, es curioso comparar lo que aseguran las partes: cada cual lo aprecia á su modo, y según conviene para realzar su perspicacia y los servicios que con ello prestó á su causa: pero lo evidente y que salta á primera vista es que se trataba únicamente de salir de una situación crítica: Gutiérrez Lee de dar tiempo á que llegara el Ejército de la Confederación, y Mosquera, de alejarse cuanto antes para no caer entre dos fuegos. El último en la carta que escribió á Gutiérrez Lee el 29 de Marzo siguiente con el objeto de probarle que al acabar el señor Ospina su período presidencial, quedaba rota la legitimidad, le dice: " V. E. y su Secretario de Gobierno nos manifestaron á los Generales López y Mendoza y á mí, en presencia de los Secretarios de Gobierno y de Hacienda del Estado del Cauca, que al concluirse el período del doctor Ospina, la cuestión variaba absolutamente y nos podíamos unir para convocar una Convención, porque en ese día ya había variado el aspecto político del país, y yo manifesté á V. E. que estaba de acuerdo en su modo de ver, y aunque de un modo general le expresé el juicio de la cuestión legal y constitucional en que V, E. y demás jefes del Ejército se han apoyado para sostener la legitimidad del Gobierno general." "Yo espero, señor Gobernador, que V. E. estando solemnemente comprometido con su firma en el armisticio de 3 de los corrientes, y con sus protestas de honor en las conferencias, jamás dará lugar á que se le atribuya un manejo torcido para salvarse de un conflicto como ha querido darlo á entender el doctor Pastor Ospina, hermano del Presidente, en una hoja que ha publicado en Bogotá con fecha 6 de Marzo, desfigurando los hechos, y suponiéndome en una situación difícil."

Gutiérrez Lee le rebate los argumentos constitucionales, y llegando á lo del ofrecimiento en las conferencias, continúa: " Sea esta la ocasión de replicarle también lo que V, E. manifiesta que le ofrecimos mi Secretario de Gobierno y yo, relativamente á lo que pudiera hacerse del I.° de Abril en adelante. V. E, confunde dos pensamientos diferentes. Nosotros le dijimos que ese día cesaban nuestros compromisos para con el señor Mariano Ospina, y V. E. deduce de allí que han cesado para con el Gobierno legítimo: nosotros le expresamos que en nuestro concepto era más fácil un arreglo después del I.° de Abril, partiendo de que la persona del señor Ospina en la Presidencia era para el efecto un grave obstáculo, atendidos los precedentes de rivalidad personal que han mediado entre V. E. y él, y V. E. pretende hoy que esta opinión fue un compromiso de unirnos para convocar una Convención que reconstituyera el país, por haber variado su aspecto político. Yo tengo hoy la misma convicción que entonces: creo que V. E. se someterá á cualquiera que represente el Gobierno legítimo, antes que al doctor Ospina, de quien lo separa el hondo abismo de esa tenaz enemistad personal que V, E. le profesa, y que no ha sido la menor causa de la presente revolución." "Hablamos de las dificultades que podían surgir de la no reunión del Congreso y del caso puramente hipotético de que se contestase la constitucionalidad de la Presidencia del señor Bartolomé Calvo. Aludiendo á una y otra hipótesis, le manifestamos á V. E. que si la situación del país llegaba á tal punto que los partidos y los Ejércitos se desorganizasen, era posible que hubiera de ocurrirse á la convocatoria de una Convención, como un arbitrio extraordinario para salvar la unidad nacional y librar el país de los horrores á que lo condujera una guerra de Estados contra Estados y de supremos contra supremos. Pero también le manifestamos á V. E. que todos los hombres honrados estábamos interesados en prevenir tamaños males, lo cual era muy fácil desde el momento en que todos se convencieran de que la Presidencia del señor Calvo era tan constitucional como la del señor Ospina. " " Esto aun en el caso de que hubiera mediado entre nosotros algún compromiso; que si se atiende á que nuestras palabras no fueron más que expresiones vertidas en conversación particular, como antes lo he dicho, y que no envolvían sino opiniones aisladas, se convencerá V. E, de que no es del todo exacta la apreciación que de ellas ha hecho, y de las cuales podría deducírsenos un cargo de inconsecuencia." " Recuerde además V. E. que una, dos y repetidas ocasiones le manifestamos de la manera más terminante que no nos obligábamos, ni queríamos, ni podíamos obligarnos personalmente á nada; que en todo dependíamos del Poder Ejecutivo y de nuestro General en jefe, y que por nuestra parte, independientemente de ellos, no nos comprometíamos sino á mantener en suspenso las hostilidades por el término fijado en el armisticio."

En esta correspondencia era natural que se tocasen puntos relativos á los sucesos militares recientes, y así Gutiérrez Lee dice: "Dada esta explicación, creo inútil decir nada sobre el cargo que V. E. me hace refiriéndose á una publicación del doctor Pastor Ospina. Siento no tenerla á la vista para poder hablar sobre ella con toda exactitud, pero dígase en ella lo que se dijere, V. E. sabe perfectamente, y no creo necesario repetírselo, que ni V. E. ni yo tenemos que agradecernos nada de lo que se hizo en la Barrigona ni en el Paraíso. Ya he tenido ocasión de probarle otra vez que todo aquello del número de probabilidades de triunfo, por parte de V. E., atendiendo á su número y á su artillería de á 12, son cosas que no se pueden tomar por lo serio. Hoy tengo la pena de repetirle lo mismo en cuanto á aquello de la derrota de mi vanguardia que, según V. E., marchaba llevando un obús."

Ya en carta anterior (17 de Marzo) había nuestro jefe rebatido la certeza que decía Mosquera tener de vencernos: " He visto la larga relación que me hace para probarme la seguridad que tenía V. de triunfar en el |Paraíso. Creo inútil é inconducente ponerme á demostrarle la exactitud de muchos de los datos que le sirven de punto de partida. Bástame decirle, que por cada cosa aproximativamente cierta, tiene V. tres ó cuatro de las que se encuentra muy mal informado, aunque, le repito, creo eso no conduce ya á nada. Lo que no puedo admitirle es que V. quiera desconocer la superioridad que yo tenía sobre V. en la calidad de mi Ejército y en posiciones. En cuanto á lo primero V. conoce perfectamente qué clase de Ejército es el mío, porque con él ha hecho otras campañas, y al establecer la comparación me atrevo á creer que V. mismo en su interior comprende que no tiene razón. En cuanto á posiciones es indisputable que las mías suplían la diferencia del número. Las trincheras de piedra eran inexpugnables; y en lo que me dice con respecto al ataque que les habría hecho con su artillería, me atrevo á creer que padece otra equivocación."

Lo que semejantes discusiones, en verdad bien inútiles, encubren es el hecho real y positivo de que Mosquera, burlando el ejército que lo seguía, evitó debilitarse en un combate con la 6.ª División, y por medio de un armisticio, avanzó triunfante y ocupó la importantísima población de Guaduas, mientras que nosotros, abandonados, tuvimos que rodar de pueblo en pueblo, esperando que los directores del Ejército de la Confederación ordenaran lo que debíamos hacer. La impericia de aquellos señores llenó de razón á Mosquera para que se tuviese como el verdadero vencedor en la Barrigona y en el Paraíso, y aun le dio motivo para afirmar en su Alocución del 20 de julio de 1861 lo siguiente: "En Chaguaní perdoné al Gobernador de Cundinamarca y la División que mandaba." ¡Fanfarrón! Se perdona á un hombre, á diez hombres, á ciento, á mil, siempre que estén desarmados, pero no á los que con fusil en mano pueden vencerle, ó por lo menos vender cara la vida. De haber habido vencedores, lo fuéramos nosotros, que tuvimos á todo el ejército enemigo encima, que lo desafiamos á un reto que no admitió y lo obligamos á alejarse con subterfugios de nosotros: nuestras armas estaban incólumes y listas para perseguirle unidos con nuestros compañeros.

Los batallones cuando se encaminan en busca del enemigo, van alegres cerro guiados por el genio de la Victoria, y siguen su bandera como objeto querido; pero al retrogradar después de haber visto cara á cara al enemigo y entusiasmádose con el humo embriagador de las escaramuzas, la cohesión se debilita, el ánimo flaquea y creen llegado el momento de regresar á su hogar. Excelentes eran los soldados de la 6.ª División, pero hubo algunos que no pudieron sacudir el desaliento y comenzaron á desertar: para moralizar á los impacientes, fue preciso hacer un escarmiento, y al efecto, el primer desertor apresado por las autoridades civiles de los pueblos vecinos, fue condenado á muerte. Pertenecía al Escuadrón de Húsares, y era un mocetón sabanero lleno de vida y lozanía. El juicio fue rápido como las circunstancias lo requerían y lo hacía esperar la actividad de nuestro Auditor de guerra el doctor Francisco Lasprilla, que tan célebre se hizo en su mocedad por haberse vestido de clérigo y funcionado como tal en la provincia de Neiva, y cuya frase |En qué pararán estas misas con que consagraba, anda unida al recuerdo de esta bellaquería de una juventud inexperta. Estando Holguín en su comisión, yo puse mi firma, como Secretario de Gutiérrez Lee, en el ejecútese de la sentencia, y. me dolió como si yo fuese el ajusticiado: quien no ha nacido para estos lances es mejor que no salga de su casa; la sensibilidad no sirve para la vida pública. En la plaza de Bituima iba á verificarse la ejecución, y tanto el Capellán de la División como el Cura del lugar, nos dijeron: "Conforme á la ordenanza es justo que muera; pero la desgracia quiere que la sentencia se cumpla en tina alma inocente: es un mozo de vida ejemplar, hijo único de una viuda á quien sostiene.... " ¡Infeliz criatura, víctima de nuestras pasiones políticas! ¡Cuánto mejor fuera que hubiese hallado la muerte en el campo del honor!.... Según las declaraciones, no pudo resistir al anhelo de ver á su madre.... Pero nosotros no estábamos para aguardar otro desertor menos virtuoso, y se llevo adelante la ejecución. Formada la tropa en la plaza, el condenado salió con impavidez entre el Cura y el Capellán, y separado de ellos, comenzó la ceremonia solemne que debe preceder al fusilamiento de un militar: arrodillado al pie de la bandera que había abandonado, pide perdón por su delitos degradado y conducido luego por el frente de su escuadrón con redoble de tambores y cornetas hasta el asiento que sirve de banquillo en el centro de la plaza: los eclesiásticos lo reciben, lo auxilian y le abren las puertas de la eternidad. Entre tanto las campanas de la iglesia tocan á muerto. Con una descarga no más hubo para que muriera. Gutiérrez Lee arengó á la tropa en presencia del cadáver, luego desfiló ella por frente del patíbulo y tornó á sus cuarteles profundamente conmovida. La deserción se detuvo en nuestro campo con este ejemplar castigo.

Por Chaguaní andábamos cuando nos llegó la noticia de la evasión de los presos en Bogotá el 7 de Marzo, y del alarma que esto produjo en la ciudad. Acostumbrados los que mi litábamos por esas breñas á la rigidez de la ordenanza, tuvimos que culpar á la guardia, que, por descuido ó traición, fue causa de este suceso desgraciado, que los partidos en su encono juzgaron de tan diverso modo. Como debía esperarse, Mosquera, que no desperdiciaba ocasión de dirigir comunicaciones, pasó una al jefe del Ejército de la Confederación, en la que afectando suma indignación, pinta el hecho con tintas infernales, y ofrece dar orden adondequiera que se extienda su poder para que usen de represalias con los prisioneros que haya o se hagan en lo sucesivo. A este desahogo de hombre despótico y presuntuoso, respondió el General París con energía y dignidad. Como el dicho de este jefe venerable es la verdad misma, lié aquí cómo refiere lo acaecido el 7 de Marzo.

" Lo que yo sé de oficio, lo que es notorio, lo que saben amigos y enemigos, es que el 7 del corriente, los reos del delito de rebelión presos en el Colegio del Rosario, abusando de la lenidad con que se les trataba dentro del edificio, se alzaron contra la guardia que los custodiaba, se apoderaron de las armas é hiriendo gravemente con las barras de los grillos á algunos soldados, salieron en formación dando mueras al Gobierno constitucional y legitimo de la Confederación, y victoreando la revolución y á vos mismo que, con dolor de vuestros antiguos compañeros y amigos, aparecéis su caudillo y el principal agente del conflicto que amenaza reducir á cenizas nuestra patria común.

" Salidos los reos á la calle en formación militar, tomaron el camino de Guadalupe, esperando el apoyo y protección de los que, por afecto á vuestras banderas habían ofrecido sostenerlos en su fuga, y produciendo, con su algazara morisca, alarma y consternación extraordinarias en los habitantes pacíficos de la Capital. Pasado el primer momento de sorpresa, y conocido el motivo de la agitación que se notaba, el pueblo en masa, hombres, mujeres, y la juventud siempre generosa y decidida, se lanzaron sobre los prófugos para reducirlos á la prisión de que se habían escapado, y entonces los reos hicieron fuego sobre sus perseguidores, todavía sin haber llegado la tropa, que tardó más de media hora en seguir el movimiento espontáneo del pueblo; fue, pues, preciso hacer uso de las armas para reducir á los sublevados que con ellas combatían á los que tenían derecho de perseguirlos y cumplían con un deber al perseguirlos, trabándose por consiguiente un verdadero combate, en el que hubo muertos y heridos de ambas partes, hasta que, rendidos los más de los reos prófugos, cesó la lucha, que ellos los primeros provocaron." "Tiene esto la menor analogía con el contenido de vuestra nota? ¿De dónde deducís que hubo asesinatos el 7 de Marzo? ¿No serían más bien los asesinados los muertos y heridos de los defensores del Gobierno que cumplían con su deber, ya al ser sorprendidos al salir los reos de la prisión, ya á balazos en la vigorosa resistencia que opusieron los fugitivos al ser perseguidos? ¿Y sabéis con qué armas fueron causadas casi todas las heridas de los prófugos? Con piedras que les tiraron las mujeres y gentes del pueblo que por allí había."

Los partidos en sus momentos de odio y despecho se valen de cualquier incidente para recriminar al contrario y probarle que también es criminal, como diciéndole: 'tan feroz y sanguinario es usted como yo, y más usted que hizo tal y cual cosa." Mosquera, que cargaba sobre sí con acciones criminosas, inscribió el imprevisto suceso del 7 de Marzo entre los cargos de crueldad que hacía al Gobierno, y se valió de él, como lo veremos al fin, para sacrificar bárbaramente á un caballero patriota, desinteresado y virtuoso.

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