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II
LA 6.ª DIVISIÓN
Por muy lentas y minuciosas que anduvieran las oficinas de
Bogotá en sus preparativos bélicos, alguna vez debían pensar en
encaminar el ejército, ya debidamente reorganizado, en busca del
enemigo, que en el sur de Cundinamarca se fortalece hora por hora.
La juventud conservadora acudió á los cuarteles desde el primer
llamamiento y se alistó en cuerpos de cívicos: de aquí salieron los
más entusiastas á llenar los puestos vacantes de oficiales en los
batallones veteranos y en las otras partes donde se necesitaban
personas de condiciones especiales. Yo seguí la corriente, y
ciñendo la espada de oficial, salí el 3 de Febrero de 1861 en
dirección de Facatativá, acompañando, como Ayudante de campo, al
Coronel Pedro Gutiérrez Lee, Gobernador del. Estado de
Cundinamarca, que dejaba el cargo al digno patriota D. Pedro
Dávila, para ponerse el frente de la 6.ª División del Ejército.
Esta División había sido asignada á julio Arboleda como jefe
|in
partibus, pero creo que nunca llegó á sus oídos esta
distinción, pues en lugar de ir á la Costa, donde bien sabía que
poco bueno podía hacer, volara al interior á hacerse cargo de un
mando en que podía desplegar sus cualidades militares, y lo que más
importaba, enderezará buen fin su elección de Presidente de la
República.
El Ejército de la Confederación, compuesto de seis mil hombres,
formaba una masa poderosa, que sola, casi sin dirección, podría
recorrer la República entera, hollando la revolución, como un
elefante al pasar por sobre un hormiguero. Pocas veces se ha
presentado en nuestro país una tropa más respetable que ésta: la
caballería contaba á Prías, húsar de Junín, á Amaya, Carrillo,
Ardila, Arjona, Martínez el llanero, famosísimo en las guerras
pasadas, Cristancho, Urrea, Hernández, pulido y otros tantos
lanceros á cual más temibles en los campos de batalla; á la
infantería hacían invencible jefes veteranos como Rivero, Gómez,
Silva, Moreno, Sánchez, Benito López, Jenaro Gaitán, Peña y otros
de no menor mérito; la artillería, dirigida por Escallón, Borda,
Aurelio Gaitán y Vicente París, y dotada con-excelentes cañones,
contaba oficiales como Castrillón, Recuero, Gutiérrez, Félix
Gaitán, Ponce (el autor de
|Florinda) y otros jóvenes de
las primeras familias del país. Como jefes de División estaban
Gutiérrez Lee, Diago, Posada y Viana; y General en jefe era el
General Joaquín París, honra de las armas granadinas: era entonces
en la Nueva Granada el verdadero representante de los guerreros que
lucharon por la Independencia Americana: lleno de cicatrices, con
una mano mutilada y sordo por el ruido de los combates, nadie lo
veía que no lo venerase como reliquia santa que simbolizaba las
glorias de la Patria. Aumentaban su prestigio la nobleza de
sentimientos, la bondad ilimitada de carácter y un patriotismo
inagotable. En lugar de buscar descanso á la vejez y lenitivo á las
dolencias, siempre acude presuroso adondequiera que puede prestar
un servicio, y la Legitimidad no cuenta con un defensor más
sincero: en 1854 fue de los primeros en enarbolar el pabellón de la
Constitución, y luchó sin sosiego hasta dejarla triunfante:
últimamente lo hemos visto abandonado allá en la cordillera del
Guanacas, y no ceder sino cuando es asaltado por fuerzas
superiores. Separado el General Herrán del mando del Ejército, á él
le correspondía tan delicado encargo, y lo aceptó á pesar de la
enfermedad que minaba su salud y de la responsabilidad enorme que
se echaba encima: nuevo sacrificio que le impone la Patria, Por
desgracia lo que en aquellos momentos se necesitaba eran
condiciones que solo pueden abrigarse en pechos jóvenes y audaces:
el General París, con toda la veneración que inspiraba, parecía no
estar allí en su puesto: como consejero y auxiliar de un jefe
del temple de julio Arboleda ó de Leonardo Canal prestara servicios
reales y positivos: sería como aquellos ancianos de la antigüedad
que señalaban á los jóvenes el camino de la victoria; ó tal vez
llenara sus deberes á la medida que él anhelaba ardorosamente, si
hubiera contado con subalternos competentes que le ayudasen á
llevar la carga; pero quiso la mala suerte que á su lado no hubiera
nadie: él, enfermo y extenuado, tenía que ser el cuerpo y el
alma en la dirección del Ejército. Para colmo de desdichas, el
Gobierno mismo parecía que dudaba del acierto con que se iban á
dirigir los movimientos militares, y el Presidente de la República
comete la falta política, ó la impericia, de acompañar al Ejército
en calidad de fiscal, junto con su Secretario de Guerra, el cual
era civil por añadidura. Esto no dejó de herir la dignidad de los
militares, y, aun, como lo notaremos después en más de una ocasión,
aumentar la indolencia de algunos, pues tenían en quien
descargarse. Si el Gobierno confiaba en los jefes que había dado á
sus tropas, ¿á qué venía el seguirlos y espiarlos como si fuesen
indignos? Y si dudaba de ellos, ¿por qué no les quitaba el mando y
los alejaba del campamento, y aun los enjuiciaba si había pruebas
para ello?
Confiando el Ejército en su potencia, se dirige entusiasta y
esperanzado al Magdalena, y no duda que pronto ha de regresar
triunfante. La 6.ª División, compuesta de los batallones 4.° de
línea, 7.° de Cipaquirá, 3.° de Artillería y el Escuadrón de
Húsares, se encaminó en dirección de Honda, y el grueso del
Ejército lo hizo por la Mesa. Detúvose la primera en Guaduas,
aguardando las órdenes que se le habían anunciado. Guaduas era
entonces la población más bella de Cundinamarca, por supuesto sin
contar la capital, situada en un valle encantador salpicado de
casitas blancas rodeadas de naranjos y mangos y bañado por un río
claro que desciende bullicioso de la montaña, y cuyas vegas
cubiertas de guaduales parecen endomingadas con plumajes verdes y
rizados. En los habitantes reinaba un bienestar general, y la gente
decente se enorgullecía de contar con familias como las de Acostas,
Guzmanes, Gutiérrez, Navas y otras que han tenido representación en
el país. Desde el momento en que llegamos, recibimos de todos
muestras de singular consideración; por lo original, mencionaré
únicamente que la tarde que entramos, se nos presentó un sirviente
llevando en una fuente de plata un pavo asado y una tarjeta en cuya
cubierta se leía: "A su Excelencia el señor Gobernador de
Cundinamarca Coronel Pedro Gutiérrez Lee-Privado-Con
Pisco," y en la tarjeta:
|Mister Haldane del
Palmar. Lo apetitoso del pavo no minoró la risa que nos causó
lo de
|Privado -
|Con Pisco, lo cual repetíamos
después jocosamente. A poco fue de visita míster Haldane con
levitilla y pantalón de merino azul, chaleco blanco, sombrero de
copa negro de moda antiquísima y un gran bastón: alto, seco,
descarnado, ojiazul, y de anclar recto y pausado; pertenecía á los
muchos ingleses que, al nacer la República, acudieron creyendo que
aquello iba á correr parejas con. los Estados Unidos; pero se
llevaron solemne chasco,;pues unos se arruinaron, muchos
enloquecieron y pocos volvieron á su país, Mister Haldane compró
unos terrenos incultos llamados el Palmar-de donde vino el
|Mister Haldane del Palmar - y allí permaneció largos años
hasta que agobiado por disgustos de familia y pobre, paró en ir á
vivir en un ranchito sobre la colina que domina á Guaduas, donde se
dio á las más locas extravagancias. Dejemos á este caballero
infortunado, para recordar la suntuosa hospitalidad que D. Pedro
Rubio dio al Coronel Gutiérrez Lee y á su Estado Mayor. Poseía
aquel acaudalado vecino inmensas propiedades en el Magdalena,
sembradas de pastos artificiales, donde cebaba miles de reses al
año; sin la guerra y sin la caída de la agricultura en aquella
comarca, hubiera sido al fin la persona más rica del país; hablaba
poco y secamente, como el hombre que vive en esos climas ardientes
luchando por la vida, pero era afable con sus amigos, rumboso y
desinteresado. Él y su familia, que habitaban la mejor casa alta
del lugar, junto á la iglesia, se desvivían por obsequiarnos, y
facilitaban á la tropa cuanto pudiera necesitar. D, Pedro Rubio,
arrastrado de su patriotismo, quería monopolizar el cariño de la
población hacia su paisano el Coronel Gutiérrez, Lee, y ser él solo
quien llevase el peso de tan fatigante empeño. En cierto modo
estaba recompensado con el prestigio que traía alojar en su casa al
Gobernador de Cundinamarca, y con los honores militares que,
rindiéndose enfrente de su casa al jefe de la División, deleitaban
y enaltecían á la familia. Mientras exista la población de Guaduas
se recordarán con agrado las horas placenteras que proporcionó á
sus habitantes la famosa banda militar que llevaba el batallón 3.°
de Artillería, compuesta de músicos de profesión y dirigida por
el siempre aplaudido maestro Cayetano Pereira, cuya
|corneta
de pistón sabía conmover todas las fibras de la sensibilidad.
Los jueves y los domingos se daba al frente de nuestra casa la
retreta de ordenanza, acudiendo la población á oír lo que hasta
entonces nunca habían oído, y mirando con envidia á los que
estábamos oyéndola descansadamente en el balcón. Los domingos se
llenaba la iglesia, el atrio y aun parte de la plaza por oír,
aunque fuera de lejos, los acordes perfectos de misas clásicas.
Cayetano Pereira decía, como siempre sonriendo, que con la banda no
iba á dejar un solo liberal en Guaduas (y en verdad que había
bastantes, pero en general poco belicosos), pues á todos había de
seducirlos y arrastrarlos á muestra causa. Cuando salíamos de la
iglesia, nos abría calle la concurrencia, saludando respetuosamente
al Gobernador; y los vecinos principales lo felicitaban por los
músicos famosos que llevaba la División. Fuera de esto nos
sorprendió Pereira con dos conciertos preparados con esmero y
ejecutados por la moche en el corredor alto de la casa, sin que la
lista de las piezas mi el desempeño en nada desdijeran de lo mejor
que se tocaba en las fiestas semejantes de Bogotá. Como era del
caso, acudieron á oírlos los ricos e la sala de la casa y los
pobres en la plaza. Por las ventanas abiertas salían torrentes de
luz y armonía, y el pueblo absorto apenas se daba cuenta del gozo
infinito que disfrutaba. en las mujeres se mezclaba la admiración
con el deseo de acompañar lo que oían con el ritmo del baile: ¡ay!
decían, quién bailara con esta música! en Guaduas, como en casi
todas las poblaciones de los climas medios y cálidos del país, el
baile es una pasión, y hasta los desvalidos se sacrifican por
satisfacerla. Allí en los tiempos. bonancibles nunca faltaban en la
clase obrera uno ó dos bailes por semana, que se anunciaban á las
ocho de la moche con el bombo tocado en la puerta de la casa en que
iba á ser la fiesta, y que resonaba en toda la población: la
orquesta se componía del mismo estentóreo instrumento, dos
clarinetes y un violín; ya se supondrá pues el anhelo de bailar con
una orquesta de cincuenta músicos de lo primero de la República,
amén de haber entre ellos buenos mozos, agudos y desparpajados. La
boca se les volvía agua á las cintureras pensando en el zapateo que
podrían hacer con muestra banda.
No sé si aun existe en Guaduas el tipo de la
|cinturera,
hija del pueblo, joven, juiciosa, trabajadora y amiga de
divertirse, cuyos bailes tenían tal crédito que solían ahogar á los
de las señoras cuando se daban á un mismo tiempo; y era común que
las damas fueran á asomarse al de sus émulas en lugar disimulado
para verlas danzar: ¡que donaire! ¡qué gallardía! un torbellino, un
bambuco ó una manta no han temido jamás ejecutoras mejores. Sin ser
turbulentas como las renombradas cigarreras de Sevilla, esparcían
en torno suyo una alegría ingenua, decente y de confianza; durante
el día se veían desde la calle pegadas ya á la horma de tejer
sombreros de paja, ya á la mesita de hacer cigarros ó ya á la
almohadilla de labrar encajes, muy solicitados por cierto de los
ingleses que pasaban por Guaduas. Quien las contemplara en sus
salitas aseadas, con una puerta en el fondo quedaba á un jardín de
naranjos, granados, jazmines y caracuchos, enfrascadas en ocupación
de que nada las distraía, no podría menos que bendecir el genio
moralizador del trabajo. Los sábados por la tarde había mercado
especial de sombreros, y cada cual llevaba los que había tejido en
la semana; ninguna se volvía con ellos, y gozando de la
satisfacción que da la honesta ganancia del trabajo, se
dirigían á los almacenes de ropa á gastar parte de lo recibido. El
domingo para ir á la misa cantada y pasearse luego por el mercado,
se emperejilaban poniéndose grandes zarcillos y gargantillas de
oro, y su elegante sombrerito de paja tejido por ellas mismas con
amor, como para lucirlo en su propia cabeza; traían además
donosamente un chal blanco y trasparente, lo que solo era de las
acomodadas, pues las humildes lo reemplazaban con delgados
pañolones de algodón rojos, azules ó morados, formando el conjunto
una especie de maceta de flores: completaban su traje falda de
zaraza clara ó de linón y camisa blanquísima con arandelas bordadas
en el pecho y los brazos, dejando ver en la escotadura un pecho
fresco y lozano. Con tan ligero atavío se delineaban francamente
las formas del cuerpo, en especial la cintura esbelta, flexible y
holgada; de donde viene probablemente el nombre de
|cintureras que hubieron de darles los que acostumbrados al
traje lúgubre y pesado de las mujeres de la cordillera, no podían
menos de exclamar al verlas, sobre todo bailando:
Miren qué cinturita,
Miren qué talle;
¡Cómo quieren que un hombre
Se meta á fraile!
Taralalá.... taralalá.... la.... la
Se meta á fraile.
|
El cabello negro, abundante y rizado á lo ateniense y los ojos
grandes y oscuros, pero no brillantes, realzaban el color perlino
de la cara, el cual se encarnaba cuando bailaban; al sonreír
aparecían unos dientes aseados y uniformes. Píntase su sobriedad
con solo decir que adoraban la horchata y la naranjada, á las
cuales acompañaban los esponjosos bizcochuelos que en abundancia se
fabrican allí. Como en la sociedad se contrapesan los elementos que
la componen, donde la mujer trabaja y gana dinero es común que el
hombre afloje en sus faenas y se atenga á lo que lleva la mujer; en
Guaduas no era raro que sucediera esto, y que el hombre prefiriese
dormir ó jugar billar á encallecer las manos trabajando; lo cual no
quiere decir que fuesen holgazanes, pues gran parte de ellos iba al
Magdalena á ayudar á sus compatriotas ricos en los grandes
establecimientos agrícolas ó industriales que allí creaban y
fomentaban.
Esta breve relación parecerá sin duda intempestiva y á la manera
de cuña, por ser en apariencia extraña al asunto guerrero que me
ocupa; pero se tendrá por lógica y natural cuando se piense que en
Guaduas permanecimos mano sobre mano por semanas enteras; y que al
militar en guarnición, por mucho que trabaje, siempre le sobra
tiempo para estudiar las costumbres populares y sacar algún jugo al
tedio que suele consumirle. Nada es más cansado que el
estancamiento de una fuerza que, habiendo salido á pelear, se queda
clavada sin saber el camino que ha de seguir: nosotros en Guaduas
con todo lo que trabajábamos y con todos los obsequios que se nos
hacían, teníamos horas de aburrimiento abrumador.
Conocida ya la población donde permanecimos estacionados,
preciso es antes de entrar en campaña y descender al Magdalena en
busca del enemigo, dar á conocer á la generación presente al
denodado jefe de quien yo era Ayudante ole campo y que mandaba la
6.ª División.
Pocos empleados públicos han logrado tanta popularidad como el
Coronel Pedro Gutiérrez Lee: habiendo desempeñado varios destinos
políticos y administrativos, estaba relacionado con todo el. mundo
y hablaba á cada cual según su categoría, especialmente al pueblo,
en que: abundaba: sus apasionados. Conocedor de. Cundinamarca,
sabía halagar á los vecinos preguntándoles por la familia con sus
nombres y habilidades, por sus negocios, ó recordándoles festivo el
lance en que estaban ó los enredos en que se habían metido, y esto
con una sonrisa peculiar y voz de timbre muy agradable. Era alto,
blanco, de cabeza pequeña, gran bigote rubio, ojos azules, calvo, y
á consecuencia, de un machetazo en el cuello que recibió en Tescua
(1,° de Abril de 1841), miraba con la cara torcida, por lo que sus
amigos solían llamarlo el
|tuerto Gutiérrez. Todavía niño,
comenzó en 1837 su carrera en la Escuela militar; fue á Pasto donde
tan tercamente guerreaban los naturales de aquella comarca
montañosa, y se encontró en la acción de Huilquipamba, que por
entonces calmó el furor bélico de los pastusos; luégo siguió al
norte de la República, combatió en Aratoca bajo las órdenes del
General Herrán y después en Tescua bajo las del General Mosquera:
en estas campañas y con la disciplina que entonces había en el
ejército, se desarrolló la firmeza de carácter que tanto le
distinguía, y su valor se templó y aceró hasta hacerle temible. En
todos los combates descolló entre los primeros, y tanto apreciaban
los jefes su denuedo, que julio Arboleda lo escogió en 1854 para
compañero en el asalto de Guaduas. Este hecho de armas es de lo más
glorioso de nuestras contiendas civiles, y merece mencionarse en
esta relación, tanto por lo que en él cupo á mi jefe, como por ser
digno de repetirse siempre para ejemplo de los valientes y
humillación de los tímidos.
El dictador Melo, con elementos poderosísimos para extender con
rapidez su dominio por todo el país, se contentó con llevar primero
en Bogotá y después en Facatativa una vida si barítica, como para
sacar vientre de mal año. Sus teniente eran derrotados
ordinariamente, y él, á modo de divinidad india, veía impasible sus
reveses como solía hacerlo con sus triunfos, El ejército
improvisado de los constitucionales, rechazado en Cipaquirá, se:
desbandó en Tíquisa, y en consecuencia solo quedaron, salvándose en
lo que hoy es departamento del Tolima, los embriones para formar
uno nuevo. Como era natural, acudieron á amparare allí no solo los
patriotas desinteresados, sino los perseguidos por el Dictador, los
miembros del Congreso y los del Poder Ejecutivo. Esto que se. llamó
ejército era insignificante en número y calidad, y no se comprende
cómo Melo dejaba organizar á unas pocas leguas de su cuartel
general una fuerza que al cabo debía caerle encima. Adivinólo al
fin el Dictador y envió una división á desbaratarla. Oigamos á
julio Arboleda cuál era en Honda la situación de este foco de
resistencia: "Aquí hay una falta absoluta de disciplina:
todo es confusión, todo desorden, todo desobediencia: resistir en
Honda á fuerzas superiores- equivale á perder la plaza; la
desmoralización de nuestra gente es irremediable. si permitimos que
el enemigo pase el río por cualquier parte que sea."
" Con nuestra escasa tropa, continúa, la defensa del río
era del todo imposible; se hizo, pues, preciso tomar una resolución
y tomarla en secreto para evitar las lentitudes de las discusiones,
inevitables entre hombres deliberantes, de doctrinas raras y
exageradas, y casi todos más propios para lucir su ingenio en las
asambleas populares, que su disciplina y sumisión en los
ejércitos.... yo tomé la mía, solo, sin consultar á nadie, y me
propuse llevarla á cabo á pesar de todo y en despecho de todos, no
guiado por un antojo pueril, sino del convencimiento íntimo y
profundo de que no quedaba otro medio de salvar la plaza y el
decoro de nuestras armas.... Estaba á la sazón en Honda un joven,
de tiempo atrás conocido y compañero de armas mío, de cuyo valor
tenía yo una alta idea, y que ya había merecido antes, en día
solemne, que se le declarase acción de valor distinguido. Este era
el señor Pedro Gutiérrez Lee. El fue el único sabedor de mis
designios: le llamé á mi pieza de habitación y le hablé, poco más ó
menos, en estos términos: Usted sabe las noticias: si perdemos la
parte superior del Magdalena, y sobre todo, si perdemos á Honda,
está perdida la Costa, quizá Antioquia, y todo el Sur: la
conservación de este río y de esta plaza equivale á la salvación de
la República.... Si dejamos que el enemigo avance impunemente,
somos perdidos. Según noticias, sus fuerzas vienen en dos cuerpos y
á distancias tales que es imposible que se protejan. Si se
concentran y reúnen, tomarán la ciudad sin que haya modo alguno de
impedirlo. Es preciso, pues, que ataquemos á los que vienen por
Villeta: que los aterremos de un modo ruidoso; así se retirarán los
demás á la Sabana.... Saldremos mañana: para mi proyecto lo mismo
son cien hombres que mil: de noche no se cuenta el número de los
agresores; nos importa solamente llevar buenos oficiales: hagamos
la elección entre los dos: yo propongo á Vélez, Sucre y Trujillo.
Me parecen todos tres inmejorables, contestó Gutiérrez: yo desearía
que fuesen también Rueda y Collazos."
Preparados así, pues, y sin que supieran ni los oficiales adónde
iban, salieron por la noche con cien hombres de tropa y se fueron
sobre Guaduas, donde el enemigo en número de más de trescientos se
hallaba acuartelado en dos casas. Divididos los asaltantes en dos
cuerpos, el uno con Arboleda al frente y el otro con Gutiérrez Lee,
cada cual avanza sobre un cuartel y con puñal en mano, entran,
combaten y rinden al enemigo El eco de esta hazaña aterró á Melo,
como lo presentía Arbole da, y animó á los constitucionales. Los
vencedores regresaron á Honda y se les recibió como á héroes. Entre
ellos descollaba la figura enérgica de D, Antonio José de Sucre,
que mostró aquí que un Sucre en cualquier campo de batalla donde se
encuentre, hace reverdecer con su bravura los laureles de la
familia.
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