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COMO SE EVAPORA UN EJÉRCITO
I

PRELIMINARES

La Patria es la prenda adorada cuya imagen conservamos adondequiera que nos conduce el destino; y desgraciado ha de ser quien no halle en su recuerdo un lenitivo á las dolencias que los desengaños le han dejado; puesto el pensamiento en ella, pasamos las horas de soledad y de aislamiento, deleitándonos con lo que la engrandece y entristeciéndonos con lo que la humilla. La suerte ha querido que con demasiada frecuencia vea yo á mi dulce patria encapotada con las borrascas que las pasiones políticas han desencadenado sobre ella, y la contemplo desolada y triste. Pero ¡cuánto deleite al recordar que he visto y palpado horas bonancibles, aunque de duración pasajera: horas no creadas por el imperio de la violencia ni por el anonadamiento de las fuerzas vitales de la nación, sino por la concordia y confraternidad de los partidos políticos, y por la unión de todos los hombres de buena voluntad á la sombra de la constitución y del verdadero progreso!

En 1854 una dictadura despreciada, como hija de un motín de cuartel, afligió á la República y originó la reconciliación franca de todos los verdaderos patriotas, que acudieron á defender la Constitución nacional, sin más móvil que el anhelo de restablecerla, y con ella el imperio de la justicia. ¡Qué espectáculo tan alentador el de ver que cordialmente militaban bajo una misma bandera Herrán, Arboleda, Mosquera, López y demás caudillos de los partidos, y al plantar vencedores el estar. darte de la legitimidad en la plaza de la Constitución de Bogotá, entonaban un himno á la unión de la familia granadina y se abrazaban con fraternal emoción! Acabáronse los odios y las emulaciones, decíamos entonces hasta los que éramos niños, y ya no habrá más sangre ni más lágrimas. La Patria nos sonreía radiante de hermosura. Vino á fortalecer nuestras ilusiones el ver exaltado á la primera magistratura de la República á D. Manuel María Mallarino, que con sus talentos, ilustración y servicios á la nación garantizaba lo pactado en los campos de batalla. Sin abandonar su credo político, da carácter á su administración, rodeándose de los hombres eminentes de los partidos: su ministerio se componía de dos conservadores y dos liberales: D. Vicente Cárdenas en el Despacho de Gobierno, D. Lino de Pombo en el de Relaciones Exteriores, D. José María Plata en el de Hacienda y D. Rafael Núñez en el de Guerra. Confiando á la Nación misma el sostenimiento del orden y de la ley, redujo el ejército nacional á cuatrocientos hombres con la sola misión de custodiar los parques y los presidios; y el militarismo, carcoma de los gobiernos impopulares, llegó á su mayor anonadamiento: yo recuerdo que entonces fue una legación peruana, y todos mirábamos como curiosidad al secretario de ella por el uniforme militar que vestía diariamente: ya no había odio contra los militares, sino que se les veía como miembros de una institución anticuada é impropia de las ideas modernas....

En esta época feliz llegaron á la plenitud de sus talentos Pedro Fernández Madrid, julio Arboleda, Manuel Murillo, Benigno Barreto, Salvador Camacho Roldán, Manuel Ancízar, Rafael Núñez, Joaquín Valencia, Manuel Pombo, Carlos Holguín y cien más que han brillado en las luchas periodísticas y parlamentarias. La literatura, animada por el benemérito patriarca D. José Joaquín Ortiz, florece en casi todos sus ramos con una fecundidad nunca vista en el país; entonces aparece esplendoroso Rafael Pombo, y adquieren renombre Gregorio Gutiérrez González, José Manuel Marroquín, Santiago Pérez, Mario Valenzuela, Rafael Celedón, José María Vergara y Vergara, José Joaquín Borda, Ricardo Carrasquilla, Mariano Manrique y toda una cohorte de versificadores cuyos cantos se oyen hasta fuera de la República. En el teatro de Bogotá representa una compañía nacional comedias (en verdad bien medianas) de José Caicedo Rojas, Felipe Pérez, José María Samper, Leopoldo Arias Vargas, Lázaro María Pérez y Germán Piñeres. Casi por el mismo tiempo funda D. Ezequiel Uricoechea la Sociedad de Naturalistas, cuyo |Boletín contiene interesantísimos estudios científicos; D. José Triana empieza á beneficiar los materiales para las obras botánicas que, patrocinadas por el Gobierno, ha de publicar pronto en Europa, y otros no menos estudiosos los siguen en tan honrosa tarea. También mejoró bastante el periodismo, especialmente en la parte material, aunque tomando un aire doctrinario que paró en extravagante, lo cual era resto de las locuras de las dos Administraciones anteriores: los periodistas con superficial desenfado discutían cuestiones serias de teología é historia, tales como la existencia del Purgatorio, si San Pedro estuvo en Roma, el poder temporal de los Papas y otros temas de la laya, en que á falta de razones científicas ó de investigaciones propias se solían insultar como gentes ordinarias: algunos de ellos se enardecían tanto con estas disputas, que no faltó uno de los anticristianos (D. José María Samper) que le diese de paraguazos á un eclesiástico (el presbítero Cera), porque en la calle le disputó el lado; esto dio origen á excitación en la ciudad, la que no acabó sino cuando el agresor se sometió á que le levantasen la excomunión en que había incurrido por poner la mano sobre un sacerdote. Estas que pueden llamarse muchachadas, fueran perjudiciales á la tranquilidad del país, si la savia que lo alimentaba no estuviese tan lozana. El comercio, impulsado por la agricultura, llevaba en abundancia á los mercados europeos tabaco, quina, caucho, añil y otros de nuestros productos; el oro, la plata, las esmeraldas y los sombreros de paja pregonaban igualmente en el exterior nuestra riqueza y nuestra laboriosidad: con este vivir de la nación se crean nuevos capitales, y el bienestar sonríe hasta en las últimas cabañas. El crédito del Gobierno crece día por día, y los cupones de renta sobre el Tesoro circulan como dinero. Del extranjero afluyen capitales que aumentan el numerario y cooperan al desarrollo de la riqueza nacional; en fin, la República se levanta rejuvenecida y promete días de orgullo á sus hijos. Para borrar hasta la idea de la guerra, desartillaron las murallas de Cartagena y por un pan vendieron cañones monumentales, algunos de ellos testigos de los triunfos de Carlos v; candidez injustificable en personas ilustradas que sabían discernir lo que es digno de veneración: clavados esos cañones para que no volvieran á servir, serían hoy ornato precioso de nuestro museo nacional.

En medio de tanta bonanza, aparece traidoramente la discordia arrebolada con el celaje engañoso de la federación, de la autonomía de las provincias en detrimento del poder central, ó lo que es lo mismo, la anarquía; allanósele á ésta el camino, y con la aproximación de las elecciones viose desquiciar todo el bien conquistado. La de Presidente de la República era en extremo importante porque con ella iba á definirse el verdadero poder de los partidos en que, bajo aquella calma aparente, estaba dividido el país; cada uno de ellos se apercibe para la lucha presentando su candidato: D. Mariano Ospina era sin duela el representante más caracterizado de los principios conservadores, y digno de tal cargo por sus virtudes cívicas, los altos destinos que había desempeñado y su claro y cultivadísimo talento: D. Manuel Murillo, alma de la Administración del 7 de Marzo, campeón de las ideas ultraliberales que sostenía hasta con intransigencia en la tribuna y en la prensa, estaba llamado á representar á sus copartidarios; y en fin, el General Tomás Cipriano de Mosquera, que, no pudiendo tolerar que los conservadores no lo designasen á él, lo hizo por su cuenta, apoyado en individuos que no tenían bandera política definida ó se dejaban alucinar con lo mucho que les prometía de progreso y engrandecimiento nacional. El resultado de la elección da á conocer la opinión del país: Ospina obtuvo 96,600 votos, Murillo 79,400 y Mosquera 32,700.

Elevado el señor Ospina á la Presidencia, determinó el colorido conservador de su administración, nombrando Secretarios á D. Manuel Antonio Sanclemente para el Despacho de Gobierno y Guerra, para Relaciones Exteriores á D. Juan Antonio Pardo y para Hacienda á D. Joaquín Valencia, la joya del Ministerio; y poco á poco fue descartándose de los empleados liberales, aunque no siempre anduvo muy feliz en la elección de los escogidos. Tan sólida estaba la paz, que el señor Ospina pudo seguir fácilmente el sendero trazado por el señor Mallarino, dando constantes muestras de su respeto á la opinión y de su carácter esencialmente civil: vivía en palacio sin guardia alguna y con modestia ejemplar; por la tarde se le veía salir solo á dar un paseo, ya por los afueras de la ciudad, ya por el altozano de la catedral, mezclándose con los que allí acostumbran politiquear: la severidad de su traje, la naturalidad de su porte y la placidez filosófica de su semblante, lo hacían respetable aun para sus encarnizados enemigos, pues el señor Ospina, como todo hombre superior, los tuvo en abundancia. Su rigidez republicana contrastaba con lo que solían afirmar los periodistas liberales sobre su tiranía; tanto que se sorprendían los extranjeros que llegaban por primera vez á la ciudad al conocer al denigrado mandatario: entre ellos no se puede olvidar á los Generales Falcón y Guzmán Blanco (el que iba á ser para sus compatriotas el |Ilustre Americano, el |Hombre del siglo XIX) y otros venezolanos que iban derrotados, y que huéspedes ó tertulias en casa de sus paisanos Echeverrías, donde se publicaba el famosísimo |Tiempo, órgano de los doctrinarios liberales, querían conocer al hombre contra quien tanto leían y tanto oían hablar. " Esta tarde á las cinco lo van á conocer," les decían; y con este propósito los llevaban al frente de palacio: "¡Ahí sale!" cuchicheaban; "¡ahí sale! conózcanlo. " En efecto, salía D. Mariano con paso calmado, los brazos cruzados, llevando en la mano derecha el bastón y con la serenidad del que nada tiene que temer.

-"¿Este es el que ustedes llaman tirano? ¿Este que no tiene guardia y sale como el más inocente de los hombres? ¿Este señor, tirano? Bien se ve que ustedes no saben lo que son los tiranos: si conocieran á los de Venezuela, verían lo que es bueno."

En los días que siguieron á su posesión, pasaba por la mañana á las ocho envuelto en una larga capa atabacada al edificio de las Aulas, que le quedaba al otro lacio de la calle, á hacer una clase de legislación, en la cual servía de texto la |Teoría de los Gobiernos por Beaujour; pero el objeto primordial era refutar las doctrinas utilitarias de Bentham: concurríamos unos treinta, formando un conjunto abigarrado de opiniones políticas y de profesiones, pues había comerciantes, literatos, médicos y estudiantes, y todos nos extasiábamos con la claridad y serena fluidez que ostentaba al exponer estas abstrusas cuestiones.

Los primeros meses de la administración fueron prósperos y de calma, y la paz siguió brindando sus benéficos dones; pero bajo la influencia de un periodismo exagerado y rencoroso los ánimos se exaltaron, y poco á poco se fue nublando el horizonte. La constitución, que debía ser el norte que guiaba á los gobernantes, era incoherente y anárquica, y contenía además el germen de la federación, que, como señuelo, se ofrecía á los pueblos. Esta forma de gobierno no podía entrar en el credo conservador, por más que algunos ilusos entre ellos la aclamaban frenéticamente; y así el Congreso, con mayoría conservadora, se resistió hasta donde pudo á aceptar la reforma total de la Constitución en este sentido. Pero tal parece que en aquellos días una mano oculta y siniestra dirigía los destinos de la nación, y el partido dominante cedió por salvarla del caos adonde iba. La República se había ido desmembrando con la creación de Estados federales y no quedaba otro medio que aceptar el nuevo sistema, ya que no se podía retroceder. El llamado á hacer entrar á los pueblos en razón y afirmar el dogma conservador, era el Presidente de la República, que con su influjo incuestionable y su voz autorizada, acaso hubiera logrado encarrilar la opinión, y un esfuerzo suyo en favor del centralismo bastara para afianzarlo sólidamente; pero por desgracia el señor Ospina se inclinaba á la federación; bien por estar convencido de que era preciso exasperar el mal para que brotara la salud, ó bien por complacer á algunas secciones de la República; lo cierto es que tomó el camino contrario á sus ideas personales é históricas, y dejó que el país se lanzara en un mar, ya por nuestra desgracia conocido, lleno de escollos y de tempestades. Aunque, sin ofender en lo mínimo la memoria de este hombre ilustre, debe confesarse que sus aptitudes eran en cierto modo pasivas, y que si pudo hacer grandes servicios á su patria en la Administración del General Herrán, fue porque siguió el impulsos de hombres prácticos que formaban el Gobierno, dándoles á las ideas reinantes forma científica, En lo tocante á principios políticos es en alto grado luminosa la comparación entre la conducta de Herrán en aquella época y la de Ospina en la actual: cuando el primero se persuadió de que con la constitución de 1832 no se podía gobernar, renunció la Presidencia, al paso que el segundo se dejó llevar de consideraciones ó condescendencias ante las cuales, como subalterno, nunca habría cejado en 1842.

Arrastrados los legisladores por impresiones pasajeras ó por aspiraciones locales, comenzaron creando en 1855 el Estado de Panamá; luego siguieron en 1856 con el de Antioquia y en 1857 con el de Santander, y ¡absurdo supremo! años enteros permanece la República con una constitución biforme, fluctuando entre dos sistemas opuestos y aun llegándose á dudar si la Constitución había quedado en pie. Como nada se intentó para cortar el mal, al fin se dio en 1858 la constitución federal, que se ofreció á los pueblos como el don más precioso después de la independencia. La Alocución del Congreso á los granadinos dice al presentar esta obra que miraba como redentora: " Hoy termina la revolución iniciada el 20 de julio de 1810; han triunfado por fin vuestras virtudes cívicas. La federación está constituida." ¡Quién les hubiera mostrado entonces á los Representantes del puedo el cuadro ya concluido de esta obra que creyeron maravillosa! ¡Se horrorizarían! Aunque bien es cierto que los partidos políticos nunca se horrorizan de sus disparates y errores.... Aquí el partido conservador no solo abdica de sus principios, sino que se muestra incapaz de dominar los acontecimientos: la anarquía y el desgobierno crecen en su mano, y para salvarse deja que la nación se lance quién sabe adónde,... Describe lo crítico de la época lo que aseguraban los periódicos ministeriales cuando se creó el Estado de Antioquia: "Antioquia será el oasis de la libertad, ó el asilo que tengan los buenos principios en esta borrasca de anarquía." La federación se miraba, pues, como una desgracia pública y toda esperanza se libraba en los Estados favorecidos por las virtudes de sus habitantes.

La constitución es incoherente, como fabricada por quien no cree en el sistema que instaura, y hecha á retazos como al fin labrada en el calor de una disputa y arrancada de concesión en concesión. Apenas planteada, ya en Santander, uno de los Estados más importantes, comienza aquella no interrumpida serie de revoluciones y motines que llenaron de ignominia á la República, y que solo podía concluir con volver al centralismo. En aquel Estado se trató de ensayar descabelladas teorías políticas y económicas, y una parte de la población se levantó contra el gobierno estadal: se peleó con el denuedo que saben hacerlo en aquel pueblo valeroso, y mientras tanto el resto de la nación veía impasible la lucha, como si no corriera sangre granadina. Triunfa el gobierno de Santander y culpa al nacional de haber auxiliado á los revolucionarios que eran conservadores. Falsa ó verdadera la acusación, el hecho es que en los Estados se comenzó á mirar al Gobierno general con desconfianza y que los liberales se convirtieron dondequiera en enemigos irreconciliables que no se aplacaban ni con las concesiones que en beneficio de la paz les hacía el Congreso.

Para trastornar el orden público con probabilidades de buen éxito, necesitaban un caudillo de prestigio, el cual hallaron en el General Mosquera, su verdugo de otros tiempos y ahora activísimo aliado en el empeño de derrocar á los conservadores en los Estados donde imperaban y sacarlos del Gobierno nacional. La revolución general, con toda la facilidad que había para hacerla, se presentó raquítica por falta de cohesión y por el horror de los pueblos á lanzarse en la guerra. Al rebelarse el Estado de Santander, fácil pareció el someterlo; sin embargo, desplegaron tal actividad y valor los sublevados, que apurado se vio el Gobierno para acabar con ellos en el reñido combate de Oratorio (18 de Agosto de 1860. En esta campaña se puso á prueba aun al General Pedro Alcántara Herrán, el más hábil de nuestros generales y, de lo que tomó asidero D. Mariano Ospina para decir al llegar á Bogotá, en carta dirigida al Gobernador de Antioquia é interceptada por los revolucionarios, "que había vuelto á la capital después de una semi-campaña en que se habían dado semi-batallas mandadas por semi-generales." Prisioneros cuantos componían el gobierno seccional de Santander, fue éste remplazado por uno conservador, que tuvo por jefe al constante y valeroso D. Leonardo Canal. Ya en la cárcel de Bogotá los santandereanos, no quedaba otro enemigo temible que Mosquera, gobernador del Cauca, pues la revolución de la Costa Atlántica, á más de ser consecuencia de la otra, podía reprimirse en poco tiempo con un jefe diestro. Metido Mosquera en el Cauca, con Antioquia al frente, el Gobierno general encima y con innumerables enemigos internos, sobre todo en Pasto, vencerle hubiera sido cosa de pocos días. Obraba además, en contra suya el descrédito en que había caído por sus locuras y necedades: cuando volvió de Nueva York, donde había hecho quebrar la casa de comercio que allí estableció con el General Herrán en 1851, nadie hacía caso de él, y después hubo momentos en que se le veía con lástima por la relajación de su vida privada: había descendido á una postración moral repugnante, tanto que fue á dar á unas piezas tan incómodas como poco decentes de la confitería llamada la |Rosa Blanca, y pagaba al dueño, un francés Thian, de bajísima esfera, con el objeto de que regalase confites á los muchachos de la calle para que gritaran vivas al General Mosquera; ya supondrán mis lectores cómo lo victorearían y cómo lo rodearían á todas horas. Es la popularidad más original que he visto en mi vida. No pocas veces salía con sus copas en la cabeza, sin cuidarse mucho de la decencia en el vestido: el sombrero de copa lo llevaba en la nuca, ó si había mucha luz, caído sobre los ojos: el sobretodo de felpa atabacada, abierto, dejaba ver el chaleco lleno de chorreaduras y los pantalones á medio poner. Al pasar para el Senado, se entraba en los almacenes de la Calle real á importunar á los comerciantes, los cuales al cabo decían al verle: Cerremos, que ahí viene Mosquera. Yo picaba entonces en comerciante, y algunas veces se entraba á mi tienda (primera Calle real), y arreglándose los anteojos, me preguntaba: ¿Y usted quién es?

-Soy Cuervo, le respondía.

-Hijo del doctor Cuervo?

-Sí, señor General,

-Fui muy amigo de su padre, -y me largaba una retahíla de necedades. Otras veces lo alcanzaba uno á ver en las tiendas de licores de los Portales hablando ó discutiendo con gente ordinaria. A pesar de esta postración, siempre era el temido General. Mosquera, y pocos se atrevían á desagradarle: en el Senado obtenía con frecuencia lo que deseaba hasta ser nombrado Presidente: de él, y como tal firmó la Constitución federal de 1858, presidiendo el Congreso: parecía que los Senadores lo mimasen como á persona caduca y próxima á morir con quien por caridad nadie debe estrellarse. En sus horas de envilecimiento causaba dolor reconocer en ese esqueleto al hombre que había representado en el país papel tan importante y prestado innegables servicios; quisieran los amantes de la honra nacional, cubrirle, con un manto como con Noé hicieron sus hijos. Pero esto no significa que estuviesen ya embotadas sus facultades intelectuales, ni ahogado aquel espíritu de intriga peculiar suyo, que le hacía correr tras de las distinciones, aun en los momentos de mayor decadencia. El siempre aspiraba á ser el primero; por lo cual no es extraño que se hiciera presentar como candidato conservador á la Presidencia de la República cuando los congresista, aun no habían hecho designación alguna, puniendo con ello en aprietos á los partidarios de Ospina, que hicieron cuanto estuvo en su mano para disuadirle; pero todo fue en vano: él persistió, y de ahí se, originó su rencor con los que presentaron aquella candidatura. Luego intrigó para que los conservadores del I -anca lo eligiesen gobernador de este Estado, lo que fue su salvación, pues sin tai cargo nada singular habría sido que acabara lastimosamente en la capital, como el malaventurado Rafael Lasso de la Vega; que Bogotá para rematar la locura no tiene igual comienzan los predestinados por beber y perorar, y acaban por tirar piedras.

Mosquera siempre pudo reputarse como hijo mimado de la fortuna; y en la época de su eclipse moral, mostró más que nunca que en aquel cuerpo en apariencia corroído y decrépito circulaba sangre de caballero todavía lozana; y que si ésta pudo debilitarse con el bochorno de las pasiones vulgares, se fortificó en hallando él campo donde ejercitar su energía; lo que no quiere decir que por eso perdiese Mosquera los defectos que eran parte de su bien delineada personalidad. A levantar su carácter en aquellos días tristes ayudó también el despecho de ver á D. Mariano Ospina en un puesto que creía él pertenecerle, y el odio tremendo que le inspiraba; y como las pasiones se acumulaban en él con fuerza galvánica, fue tiempo adelante nuevo y poderoso aguijón para sobreponerse á todo y á todos el ver que se cambiaba la candidatura de su yerno el General Herrán para Presidente de la República por la de D. Julio Arboleda, su sobrino, á quien detestaba de muerte, evolución en que á su modo de ver no había otro intento que el de mortificarlo y herirlo.

Pero me he adelantado al curso de los sucesos, y omitido apuntar los hechos siguientes, cuyo recuerdo es indispensable para la inteligencia de este relato:

Desde 1859 comenzó Mosquera á tachar de inconstitucionales algunas leyes dadas por el Congreso de ese año, particularmente la de 8 de Abril sobre elecciones, alegando que con ellas se rompía el pacto federal y quedaba conculcada la soberanía de los Estados; argumentos fantásticos en cuanto la Constitución no daba á éstos título de soberanos ni reconocía otra soberanía que la de la Nación, ni menos admitía que hubiera habido pacto alguno entre entidades soberanas; pero argumentos á que se prestaba la incoherencia de la Constitución, que los unos interpretaban con el espíritu de la anterior, y los otros con el de sus proyectos para lo venidero. Con éste motivo convocó extraordinariamente la Legislatura del Cauca, la cual le previno que recabase del Congreso la derogación de esa y caras leyes, que pusiese sobre las armas 3,000 hombres y sacase un empréstito de 200,000 pesos para armarlos y sostenerlos. Lo más gracioso del caso es que el Congreso de 1860 fue elegido conforme á las prescripciones de la ley que se tildaba de inconstitucional, ron lo cual el derogarla en este concepto era declarar inconstitucional la elección, declarar que no había congreso, y sobre todo que no podía derogar la ley: razón tenía el que dijo que la política debía contarse entre las ciencias inexactas, con la alquimia y la astrología.

En el Estado de Bolívar estalló una revolución el 26 de Julio de 1859 contra el gobierno local; pero el 15 de Agosto invadieron los revolucionarios las oficinas nacionales, aprehendieron al Intendente y se apoderaron del parque, por lo cual declaró el Gobierno federal turbado el orden público (3 de Setiembre), y nombró general en jefe al General Herrán, Ministro que era en los Estados Unidos, encargándole de conseguir los elementos de guerra necesarios para someter á los rebeldes. Llegado á la Costa, hizo con éstos arreglos pacíficos para restablecer las cosas á su estado normal, los cuales fueron aprobados por el Gobierno en Bogotá, y después no cumplidos por ellos. En el Magdalena comenzaron los alborotos por Noviembre del mismo año.

El 8 de Mayo de 1860 declaró Mosquera que el Cauca asumía la plenitud de su soberanía y cortaba relaciones con los poderes de la Confederación. La Legislatura del Magdalena si guió su ejemplo el 29 de Mayo, y la de Bolívar fue todavía más explícita (11 de Junio), porque autorizó al Gobernador para promover la creación de un gobierno general provisional por medio de un Congreso de Plenipotenciarios; la de Santander dio el 3 de Junio una ley en apoyo de los revolucionarios.

Mosquera en comunicación de 15 de Marzo de 1860 decía al Gobierno federal: "Bastantes víctimas se han sacrificado ya, para que se pretenda anegar el país en nuevas charcas de sangre, y nunca obtendrá el Gobierno general un triunfo que dé por resultado el imperio de ciertos principios que la Nación condena. El Cauca tiene que cuidar de su propia conservación, y el derecho natural lo autoriza á rechazar la fuerza con la fuerza. La Confederación entera no puede conquistarlo, y no hará sino destruir su riqueza y desesperarlo." El Gobierno le contesta el 10 de Abril que en caso de que particulares ó funcionarios públicos nieguen la obediencia debida á la Constitución, á las leyes ó á las autoridades nacionales, las funciones del Presidente de la Confederación y las de la fuerza pública se reducirán á un simple acto de policía: aprehender y desarmar á los reos, y ponerlos á disposición de los Jueces competentes para que sean juzgados y castigados con arreglo á la ley. Esta será su actitud hasta el último momento, como de un Gobierno que no tiene más pauta que la ley, no transige con los trasgresores porque ésta no se la consiente, y perece sacrificándolo todo al deber. Considerada por este aspecto, la lucha no carece de grandeza.

Como dije, el General Herrán, jefe de las fuerzas de la Confederación que fueron á someter al gobierno seccional de Santander, no obtuvo todo el éxito que se esperaba, y aun el combate del Oratorio se le atribuyó en mucho al Presidente Ospina, que seguía al ejército en calidad de censor. Casi anulado este benemérito general, vio crecer en detrimento suyo el nombre del señor Ospina, á quien el pueblo miró como al verdadero triunfador, y como á tal le aclamó al regresar á la capital el 26 de Agosto. El recibimiento fue espléndido, como los que se hacían al Libertador en la Gran Colombia: desde Ubaté hasta la puerta de palacio no se veían sino arcos triunfales, ventanas enfestonadas y flores regadas por el suelo. Las caballerías de la Sabana unidas á cuatrocientos húsares que acompañaban al Presidente, é innumerables jinetes de Bogotá y de los pueblos circunvecinos formaban un tropel no imaginado antes en la ciudad. El entusiasmo rayaba en frenesí, y dondequiera que se mostraba una cara era para victorearle ó arrojarle flores. Ovación que casi hacía presentir un calvario. En medio de este triunfo arrebatador iba D. Mariano Ospina á caballo con vestido de viaje y con la sencillez de un filósofo: contestaba los vítores y felicitaciones con esa sonrisa apacible que le era peculiar, y la satisfacción interior apenas se traslucía en la placidez del semblante. Tras de él venía el fidelísimo D. Ramón Melo con su larga ruana y su sombrero de funda amarilla, quien, dejando el puesto de portero de palacio que ocupaba, no quiso abandonar un instante al Presidente. Tanto viva, tanta flor. tantos aplausos, no diremos que desvanecieron al señor Ospina, pues él como hombre pensador era frío y conocía lo efímero de las grandezas terrenales, sino que enervaron la acción del Gobierno.

Casi al mismo tiempo que en Bogotá resonaban los cantos de triunfo, Mosquera avanza con tres mil hombres y cinco cañones sobre Antioquia, y se estrella en Manizales contra el valor de las guardias nacionales de aquel Estado, mandadas por el General Joaquín Posada y el Coronel Braulio Enao (28 de Agosto de 1860). Mas nadie como él tenía el don de dominar las circunstancias; y en esta ocasión, rechazado y humillado, con la seguridad de ser atacado al día siguiente por los vence dores, pone bandera blanca, parlamenta, y para ganar tiempo y disfrazar su vencimiento, propone una esponsión con las siguientes bases: " El Gobernador del Cauca suspenderá toda hostilidad contra el Gobierno general, revocará su decreto separando aquel Estado de la Confederación, se someterá al Gobierno general, otorgará una amnistía completa á todos los comprometidos en los movimientos políticos contra el gobierno del Estado, garantizará la seguridad de los ciudadanos que le han sido hostiles y entregará las armas y los demás objetos á la Confederación, de que ha dispuesto." "El Gobierno general otorgará una amnistía sí favor de todos los comprometidos en los movimientos políticos que han tenido lugar en el Cauca contra las leyes nacionales." Desacreditada la revolución con semejante revés, nada más fácil para el Gobierno general que invadir el Cauca y desarmar á Mosquera si no cumplía lo pactado; nuestros gobernantes no lo creyeron así, y sin atreverse á aprobar ó desechar la esponsión de Manizales, dijeron que no era asunto gubernativo sino militar, y que á quien tocaba resolverlo era al General en jefe del Ejército, que todavía andaba por el norte de la República. Este convenio fue criticado agriamente, y aun produjo indignación en los que creían (que siempre son muchos) que amarrar al enemigo es más fácil de lo que parece; el mismo Gobierno se vio tan contrariado con ella, que, según las lenguas malévolas, envió al General Herrán el pliego que contenía la esponsión por posta y por caminos que retardasen el recibo de ella. Lo cierto es que la esponsión se celebró el 29 de Agosto, era conocida en Bogotá el 5 de Setiembre, y el General Herrán no la recibió en el Socorro sino muchos días después. Los apasionados creyeron ver en ella la mano ole Herrán para proteger á su suegro, y no perdonaron frases hirientes con que mortificarle; él procuró sincerarse en la comunicación que desde Bogotá dirigió al Secretario de Gobierno y Guerra con motivo ole trasmitirle el parte detallado del combate de Manizales, diciendo: " El General Posada, como por una inspiración de la Providencia para justificarme, dice en el parte adjunto, sin que nadie se lo haya preguntado, que no estaba autorizado para celebrar ninguna clase de convenio, y que la esponsión debería considerarse cono una suspensión de hostilidades basta que el Gobierno resolviese lo que estimase conveniente. En las instrucciones escritas que le di, no encontrará el Gobierno una palabra que indique la hipótesis siquiera de transacción ó convenio, y en las instrucciones verbales no le hablé de otra cosa que de medulas de guerra, porque el estado en que se hallaban las cosas hacía ver como imposible un desenlace pacífico." Asumiendo luégo la responsabilidad de cuanto había hecho Posada en Manizales, puesto que tomó su nombre para negociar con los rebeldes, declara que sobre él solo, como Jefe del Ejército, deben caer las censuras. Desde que empezaren á susurrarse aquellas críticas, debió Herrán de juzgar su posición tan delicada, que no halló otra solución. que separarse del mando, y al efecto en la misma |Gaceta Oficial de 23 de Octubre de 1860 que publica los anteriores documentos, salió la siguiente lacónica renuncia:

" Ciudadano Presidente de la Confederación Granadina. Con el mayor respeto os pido que me admitáis la renuncia que hago del destino de General en jefe, y me permitáis salir del territorio granadino. Dignaos aceptar mi profunda gratitud por la confianza con que me habéis honrado. Bogotá, 19 de Setiembre de 1860. P. A. HERRAN."

Aunque al Gobierno no desagradaba esta renuncia, que tan oportunamente le llegaba, vaciló por algún tiempo en admitirla, pues á más de necesitar por entonces de los servicios de tan benemérito general, temía producir en el ejército y en el público una excitación que podría ser funesta para la causa en circunstancias tan difíciles; y así retardó la resolución hasta el 20 de Octubre, en la cual, después de memorar la pacificación del norte de la República hecha por el ejército que mandaba el General Herrán y el restablecimiento del orden en los Estados más importantes, añade como para hacerle más patente la dura situación en que se Hallaba: "Que no habiendo fuerzas de consideración que resistan al Gobierno nacional sino en el Estado del Cauca, y estando el jefe de aquellas fuerzas unido por vínculos estrechos de parentesco con el General en jefe, sería una cosa repugnante y aun cruel el poner á dicho señor General en la posición de combatir contra su padre político." Con el fin de darle una retirada honrosa, le dicen que vuelva á los Estados Unidos á encargarse de la Legación que tan dignamente desempeñaba antes, para continuar el arreglo de las cuestiones importantes que la Confederación tenía con aquel país.

Descartado, pues, el Gobierno del General Herrán, era natural que se pensase en reemplazarle y en activar la movilización del ejército para dar el golpe de gracia á la revolución, cuyo jefe, rehecho del desastre de Manizales, se preparaba á embestir al General Joaquín París, que defendía con poquísimos recursos el paso del Guanacas. Aquí se iba á desquitar Mosquera de la afrenta que recibió de los valerosos antioqueños. En Bogotá, adormecidos con los laureles del Oratorio, miraban con tanta indiferencia lo que pasaba en la República, que era común que los del Gobierno, cuando por la tarde les preguntaban los noticieros en el altozano de la catedral, qué había del General París, respondieran con sonrisa volteriana: "El General Paris sigue viviendo en la Plata." Y esto lo decían como si se tratase de una guerra en Siam. " El General París sigue viviendo en la Plata," era además la confesión mayor del abandono en que dejaban á este venerable general: con seiscientos veteranos á lo más y algunos voluntarios ardorosos mal armados, tenía que defender varias leguas de la frontera entre Cundinamarca y el Cauca, y no valían comunicaciones oficiales ni ruegos privados para que lo reforzaran. Si se le auxilia siquiera con el batallón 1.° de línea, mandado por el Coronel José de Jesús Moreno y constante de cuatrocientas plazas, que fue el primero de los vencedores en Santander que llegó á Bogotá, el enemigo no se atreviera á tocar la raya de Cundinamarca. Todos clamaban porque reforzasen al General París con los batallones que iban llegando á la capital, y ¿se creerá que una de las disculpas que se dieron para que el 1.° de línea no marchase á tiempo, fue la de que se necesitaban cantimploras para que los soldados llevasen agua en los llanos de Neiva, y que ya se estaban fabricando por |un hojalatero? Amén de esta pequeñez, se ofrecía la |reorganización, de que parecían estar tocados los señores del Gobierno: el ejército no se movía entonces ni después sin que lo detuvieran en la marcha para reorganizarlo, como si esto no se pudiera hacer en camino; pero no, se necesitaba hacerlo en poblado, con las comodidades de empleados que siempre han trabajado descansadamente en las oficinas.

Mientras en Bogotá nada serio se hacía, Mosquera avanza sobre las fuerzas constitucionales, seguro de vencerlas. Y como las oficinas de la capital debían meter la mano en todo, ordenan á última hora á nuestro General que se retire hasta Bogotá (!!!) apoyado en un cuerpo de quinientos hombres que debe salir de Ibagué á protegerle. Las lecciones de tauromaquia, dicen, no han de darse sino en los cuernos del toro: lo dispuesto desde el bufete de palacio no pudo cumplirse porque el enemigo no dio tiempo: los teóricos debían contar siempre con la parte contraria para sus combinaciones especulativas, y así serían menores los chascos que llevaran. Es interesante ver cómo explica el Secretario de Gobierno y Guerra el revés de Segovia, y cómo pretende atenuar su responsabilidad con términos enredados y vacilantes: "Desgraciadamente, dice, la orden llegó cuando el enemigo estaba muy avanzado, y juzgándose deshonroso y por otra parte peligroso, emprender una retirada teniéndolo al frente y disponiendo él de un ejército mucho mayor, se comprometió un combate en las márgenes del río Ullucos, cuyo resultado fue adverso á las fuerzas del Gobierno, no por el hecho de ser éstas muy inferiores en número, sino por no haber podido concurrir oportunamente á su lugar respectivo la columna situada en Inzá. Cuando ésta llegó, ya era tarde, porque el resto de la 1.ª división había sido batido en detalle, y pudo serlo también la columna misma. Inclusa ésta, las fuerzas del Gobierno que entraron en combate solo ascendieron á setecientos sesenta hombres, porque se dejó una guarnición en la Plata y había setenta soldados en el hospital." " De los setecientos sesenta hombres que entraron en combate no llegó á salvarse ni una tercera parte: trescientos cincuenta cayeron prisioneros y los demás murieron." A pesar de la inferioridad en número y de lo desfavorable de la posición, los soldados del Gobierno arremetieron con tal denuedo á Mosquera, que llegaron á su misma tienda de campaña, cogieron su correspondencia, y el impávido Capitán Aurelio Gaitán empapó con la sangre de su herida el catre del caudillo. En este combate, que se llamó de Segovia (19 de Noviembre de 1860), el vencedor, por su parte, dio riendas á las pasiones de los bárbaros de Tierra Adentro que lo acompañaban, y que mancharon con crueldades la victoria. Entre los varios episodios deshonrosos, horripilaba lo que refería D. José María Mallarino sobre el asesinato del senador D. Rufino Vega, con quien después de hechos prisioneros, había sido amarrado. Era Vega conservador civil de alma templada y de grande influencia en la provincia de Neiva: semejante crimen causó en la República indignación profunda.

Con este triunfo se extendió el vencedor por todo el alto Magdalena, y entró en comunicación directa con los revolucionarios de la Costa Atlántica; el Gobierno, como si no fuese con él, continúa en la capital organizando tranquilamente su ejército.

Los caucanos que habían huido de las persecuciones de Mosquera, y que con decisión ocupaban los puestos más peligrosos del Ejército nacional, solían ser mal mirados por los oficinistas, que los reputaban exagerados é impacientes: impacientes.... razón tenían de serio, ellos que, siendo en su mayor parte hombres de posibles, lo habían abandonado todo y veían la lentitud é incoherencia de las operaciones militares; conocedores de su tierra, tenían por evidente que con un golpe atrevido se vencería al enemigo, ó al menos, se despertaría en ella el espíritu público, abatido momentáneamente por el abandono en que la habían dejado. Si á esos hombres ardorosos, entre los cuales se contaban jefes notables, se les arma convenientemente después del triunfo de Posada y Enao en Manizales (que fue verdadero triunfo, que no supieron aprovecharlo - aprovechar los triunfos es solo de los verdaderos militares) para que se internen en el Cauca, ellos acabaran con Mosquera. Pero no: se necesitaba organizarlos, pasándolos por la alquitara administrativa, darles un jefe del agrado del Estado Mayor general y que ciegamente siguiese las instrucciones que se le dieran.... Así los infelices corrieran en su tierra la suerte que corrieron con el General París y llegaran también derrotados á Bogotá, si es que escapaban con vida.

Tan insignificantes juzgaba Mosquera mismo sus huestes para la empresa que acometía, que avanza lenta y cautelosamente, dando lugar á que reciba el Gobierno el armamento que encargo á los Estados Unidos y cuya peregrinación es una odisea completa que merece contarse. Al llegar á Barranquilla se acababan de celebrar los arreglos del General Herrán (Febrero de I 860) con los revolucionarios del Estado de Bolívar, y aunque se estipulo que podría continuar su camino hasta Bogotá, el comisionado que lo traía sospecho que se trataba de quitarlo, y con prudencia se embarcó con él para Jamaica. Meses después (Junio de 1860), restablecido el orden en Santander, se pensó introducirlo por Maracaibo, pero al pasar por el Puerto de los Cachos lo asaltó una partida de granadinos y venezolanos, y se hubiera perdido si no se presentara á tiempo la fuerza que de Pamplona enviaron á custodiarlo; sin embargo, los asaltantes no dejaron de coger algunos fusiles y cajas de municiones. El armamento llego á Bogotá con aire triunfal entre cohetes, músicas y vítores, como el llamado á cortar todas las dificultades: con su falta se escudaban los gobernantes para justificar la poca diligencia que se notaba en el movimiento de las tropas; en lo cual había algo de candor, pues en el parque de Bogotá, donde se habían recogido casi todas las armas de la República, existían, por más que lo nieguen, los elementos suficientes para armar nuevos batallones que acompañasen á los vencedores del Oratorio que iban llegando á la capital: si todas las armas no eran de primera calidad, con ellas se venció en 1854, y con ellas se venciera otra vez, máxime cuando la fuerza revolucionaria estaba, por este aspecto, mil veces peor: el armamento de Mosquera se componía de los fusiles nacionales que estaban en el parque de Popayán, de los que le cogió á Carrillo en el Derrumbado, y de cuanta arma de fuego halló en el Cauca; en Segovia combatieron sus soldados hasta con escopetas de piedra de chispa.

Mientras esto ocurría en el interior, D. Julio Arboleda, dejando las comodidades que disfrutaba en París con su, familia, acude á Santa Marta, lugar que le designó el Gobierno, cuando patrióticamente ofreció sus servicios; él y el Coronel José María Vieco, sin mayores elementos, hacen prodigios en su lucha con las fuerzas unidas de los revolucionarios de la Costa, pero al fin sucumben en Santa Marta. D. Julio Arboleda pudo embarcarse é ir á Pasto, y Vieco siguió luchando en el Magdalena, aunque con más tesón que buenos resultados. A todas éstas, el Gobierno que, sin energía propia, abrazaba cualquier idea descabellada, cediendo á instancias de sujetos de la Costa, determinó dominarla por el río Magdalena; y al efecto emprendió la creación de una armada que llamó |flotilla, y en la cual gastó dinero á rodo, y, lo más precioso, tiempo. Lista ya, se embarcan las fuerzas que se juzgaron necesarias, y se pone la flotilla en marcha. El Presidente no pudo decir lo que Felipe II con la Invencible Armada: "La mandé á combatir con los hombres y no contra los elementos." Al primer recelo se detuvo la flotilla, y dejó que en el peñón del Banco se organizase una defensa más ostensible que real. Crimen fue haber vacilado en quebrar tal tropiezo, pues el clima, las privaciones, los insectos y las fiebres diezmaban la tropa; al fin se pensó en tomar el Banco por tierra y por agua, y estuvo tan desatinado el plan de ataque, que la victoria poco tardó en coronará los que nunca creyeron resistir el empuje de esos desesperados: entre los bravos que allí quedaron estaba el distinguido joven Daniel Herrera, hijo del General Tomás Herrera, que en 1854 murió en las calles de Bogotá defendiendo la Constitución. Con este desenlace nada tenía que temer la revolución de la Costa; mientras que mandados por Santander en auxilio de Arboleda y Vieco los mil hombres de la flotilla y la columna que de Ocaña fue en su auxilio, el éxito de esta campaña no hubiera sido dudoso para la causa del Gobierno. ¿Pero para qué hablar de lo que se debió hacer, si en aquella época triste parece que se hubiera desarrollado en los directores de la cosa pública el don de errar en todo? Como ciego que guía á otro ciego, iba el Gobierno hacia el abismo.

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