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COMO SE EVAPORA UN EJÉRCITO
I
PRELIMINARES
La Patria es la prenda adorada cuya imagen conservamos
adondequiera que nos conduce el destino; y desgraciado ha de ser
quien no halle en su recuerdo un lenitivo á las dolencias que los
desengaños le han dejado; puesto el pensamiento en ella, pasamos
las horas de soledad y de aislamiento, deleitándonos con lo que la
engrandece y entristeciéndonos con lo que la humilla. La suerte ha
querido que con demasiada frecuencia vea yo á mi dulce patria
encapotada con las borrascas que las pasiones políticas han
desencadenado sobre ella, y la contemplo desolada y triste. Pero
¡cuánto deleite al recordar que he visto y palpado horas
bonancibles, aunque de duración pasajera: horas no creadas por el
imperio de la violencia ni por el anonadamiento de las fuerzas
vitales de la nación, sino por la concordia y confraternidad de los
partidos políticos, y por la unión de todos los hombres de buena
voluntad á la sombra de la constitución y del verdadero
progreso!
En 1854 una dictadura despreciada, como hija de un motín de
cuartel, afligió á la República y originó la reconciliación franca
de todos los verdaderos patriotas, que acudieron á defender la
Constitución nacional, sin más móvil que el anhelo de
restablecerla, y con ella el imperio de la justicia. ¡Qué
espectáculo tan alentador el de ver que cordialmente militaban bajo
una misma bandera Herrán, Arboleda, Mosquera, López y demás
caudillos de los partidos, y al plantar vencedores el estar. darte
de la legitimidad en la plaza de la Constitución de Bogotá,
entonaban un himno á la unión de la familia granadina y se
abrazaban con fraternal emoción! Acabáronse los odios y las
emulaciones, decíamos entonces hasta los que éramos niños, y ya no
habrá más sangre ni más lágrimas. La Patria nos sonreía radiante de
hermosura. Vino á fortalecer nuestras ilusiones el ver exaltado á
la primera magistratura de la República á D. Manuel María
Mallarino, que con sus talentos, ilustración y servicios á la
nación garantizaba lo pactado en los campos de batalla. Sin
abandonar su credo político, da carácter á su administración,
rodeándose de los hombres eminentes de los partidos: su ministerio
se componía de dos conservadores y dos liberales: D. Vicente
Cárdenas en el Despacho de Gobierno, D. Lino de Pombo en el de
Relaciones Exteriores, D. José María Plata en el de Hacienda y D.
Rafael Núñez en el de Guerra. Confiando á la Nación misma el
sostenimiento del orden y de la ley, redujo el ejército nacional á
cuatrocientos hombres con la sola misión de custodiar los parques y
los presidios; y el militarismo, carcoma de los gobiernos
impopulares, llegó á su mayor anonadamiento: yo recuerdo que
entonces fue una legación peruana, y todos mirábamos como
curiosidad al secretario de ella por el uniforme militar que vestía
diariamente: ya no había odio contra los militares, sino que se les
veía como miembros de una institución anticuada é impropia de las
ideas modernas....
En esta época feliz llegaron á la plenitud de sus talentos Pedro
Fernández Madrid, julio Arboleda, Manuel Murillo, Benigno Barreto,
Salvador Camacho Roldán, Manuel Ancízar, Rafael Núñez, Joaquín
Valencia, Manuel Pombo, Carlos Holguín y cien más que han brillado
en las luchas periodísticas y parlamentarias. La literatura,
animada por el benemérito patriarca D. José Joaquín Ortiz, florece
en casi todos sus ramos con una fecundidad nunca vista en el país;
entonces aparece esplendoroso Rafael Pombo, y adquieren renombre
Gregorio Gutiérrez González, José Manuel Marroquín, Santiago Pérez,
Mario Valenzuela, Rafael Celedón, José María Vergara y Vergara,
José Joaquín Borda, Ricardo Carrasquilla, Mariano Manrique y toda
una cohorte de versificadores cuyos cantos se oyen hasta fuera de
la República. En el teatro de Bogotá representa una compañía
nacional comedias (en verdad bien medianas) de José Caicedo Rojas,
Felipe Pérez, José María Samper, Leopoldo Arias Vargas, Lázaro
María Pérez y Germán Piñeres. Casi por el mismo tiempo funda D.
Ezequiel Uricoechea la Sociedad de Naturalistas, cuyo
|Boletín contiene interesantísimos estudios científicos; D.
José Triana empieza á beneficiar los materiales para las obras
botánicas que, patrocinadas por el Gobierno, ha de publicar pronto
en Europa, y otros no menos estudiosos los siguen en tan honrosa
tarea. También mejoró bastante el periodismo, especialmente en la
parte material, aunque tomando un aire doctrinario que paró en
extravagante, lo cual era resto de las locuras de las dos
Administraciones anteriores: los periodistas con superficial
desenfado discutían cuestiones serias de teología é historia, tales
como la existencia del Purgatorio, si San Pedro estuvo en Roma, el
poder temporal de los Papas y otros temas de la laya, en que á
falta de razones científicas ó de investigaciones propias se solían
insultar como gentes ordinarias: algunos de ellos se enardecían
tanto con estas disputas, que no faltó uno de los anticristianos
(D. José María Samper) que le diese de paraguazos á un eclesiástico
(el presbítero Cera), porque en la calle le disputó el lado; esto
dio origen á excitación en la ciudad, la que no acabó sino cuando
el agresor se sometió á que le levantasen la excomunión en que
había incurrido por poner la mano sobre un sacerdote. Estas que
pueden llamarse muchachadas, fueran perjudiciales á la tranquilidad
del país, si la savia que lo alimentaba no estuviese tan lozana. El
comercio, impulsado por la agricultura, llevaba en abundancia á los
mercados europeos tabaco, quina, caucho, añil y otros de nuestros
productos; el oro, la plata, las esmeraldas y los sombreros de paja
pregonaban igualmente en el exterior nuestra riqueza y nuestra
laboriosidad: con este vivir de la nación se crean nuevos
capitales, y el bienestar sonríe hasta en las últimas cabañas. El
crédito del Gobierno crece día por día, y los cupones de renta
sobre el Tesoro circulan como dinero. Del extranjero afluyen
capitales que aumentan el numerario y cooperan al desarrollo de la
riqueza nacional; en fin, la República se levanta rejuvenecida y
promete días de orgullo á sus hijos. Para borrar hasta la idea de
la guerra, desartillaron las murallas de Cartagena y por un pan
vendieron cañones monumentales, algunos de ellos testigos de los
triunfos de Carlos v; candidez injustificable en personas
ilustradas que sabían discernir lo que es digno de veneración:
clavados esos cañones para que no volvieran á servir, serían hoy
ornato precioso de nuestro museo nacional.
En medio de tanta bonanza, aparece traidoramente la discordia
arrebolada con el celaje engañoso de la federación, de la autonomía
de las provincias en detrimento del poder central, ó lo que es lo
mismo, la anarquía; allanósele á ésta el camino, y con la
aproximación de las elecciones viose desquiciar todo el bien
conquistado. La de Presidente de la República era en extremo
importante porque con ella iba á definirse el verdadero poder de
los partidos en que, bajo aquella calma aparente, estaba dividido
el país; cada uno de ellos se apercibe para la lucha presentando su
candidato: D. Mariano Ospina era sin duela el representante más
caracterizado de los principios conservadores, y digno de tal cargo
por sus virtudes cívicas, los altos destinos que había desempeñado
y su claro y cultivadísimo talento: D. Manuel Murillo, alma de la
Administración del 7 de Marzo, campeón de las ideas ultraliberales
que sostenía hasta con intransigencia en la tribuna y en la prensa,
estaba llamado á representar á sus copartidarios; y en fin, el
General Tomás Cipriano de Mosquera, que, no pudiendo tolerar que
los conservadores no lo designasen á él, lo hizo por su cuenta,
apoyado en individuos que no tenían bandera política definida ó se
dejaban alucinar con lo mucho que les prometía de progreso y
engrandecimiento nacional. El resultado de la elección da á conocer
la opinión del país: Ospina obtuvo 96,600 votos, Murillo 79,400 y
Mosquera 32,700.
Elevado el señor Ospina á la Presidencia, determinó el colorido
conservador de su administración, nombrando Secretarios á D. Manuel
Antonio Sanclemente para el Despacho de Gobierno y Guerra, para
Relaciones Exteriores á D. Juan Antonio Pardo y para Hacienda á D.
Joaquín Valencia, la joya del Ministerio; y poco á poco fue
descartándose de los empleados liberales, aunque no siempre anduvo
muy feliz en la elección de los escogidos. Tan sólida estaba la
paz, que el señor Ospina pudo seguir fácilmente el sendero trazado
por el señor Mallarino, dando constantes muestras de su respeto á
la opinión y de su carácter esencialmente civil: vivía en palacio
sin guardia alguna y con modestia ejemplar; por la tarde se le veía
salir solo á dar un paseo, ya por los afueras de la ciudad, ya por
el altozano de la catedral, mezclándose con los que allí
acostumbran politiquear: la severidad de su traje, la naturalidad
de su porte y la placidez filosófica de su semblante, lo hacían
respetable aun para sus encarnizados enemigos, pues el señor
Ospina, como todo hombre superior, los tuvo en abundancia. Su
rigidez republicana contrastaba con lo que solían afirmar los
periodistas liberales sobre su tiranía; tanto que se sorprendían
los extranjeros que llegaban por primera vez á la ciudad al conocer
al denigrado mandatario: entre ellos no se puede olvidar á los
Generales Falcón y Guzmán Blanco (el que iba á ser para sus
compatriotas el
|Ilustre Americano, el
|Hombre del siglo
XIX) y otros venezolanos que iban derrotados, y que huéspedes
ó tertulias en casa de sus paisanos Echeverrías, donde se publicaba
el famosísimo
|Tiempo, órgano de los doctrinarios
liberales, querían conocer al hombre contra quien tanto leían y
tanto oían hablar. " Esta tarde á las cinco lo van á
conocer," les decían; y con este propósito los llevaban al
frente de palacio: "¡Ahí sale!" cuchicheaban;
"¡ahí sale! conózcanlo. " En efecto, salía D.
Mariano con paso calmado, los brazos cruzados, llevando en la mano
derecha el bastón y con la serenidad del que nada tiene que
temer.
-"¿Este es el que ustedes llaman tirano? ¿Este que no
tiene guardia y sale como el más inocente de los hombres? ¿Este
señor, tirano? Bien se ve que ustedes no saben lo que son los
tiranos: si conocieran á los de Venezuela, verían lo que es
bueno."
En los días que siguieron á su posesión, pasaba por la mañana á
las ocho envuelto en una larga capa atabacada al edificio de las
Aulas, que le quedaba al otro lacio de la calle, á hacer una clase
de legislación, en la cual servía de texto la
|Teoría de los
Gobiernos por Beaujour; pero el objeto primordial era refutar
las doctrinas utilitarias de Bentham: concurríamos unos treinta,
formando un conjunto abigarrado de opiniones políticas y de
profesiones, pues había comerciantes, literatos, médicos y
estudiantes, y todos nos extasiábamos con la claridad y serena
fluidez que ostentaba al exponer estas abstrusas cuestiones.
Los primeros meses de la administración fueron prósperos y de
calma, y la paz siguió brindando sus benéficos dones; pero bajo la
influencia de un periodismo exagerado y rencoroso los ánimos se
exaltaron, y poco á poco se fue nublando el horizonte. La
constitución, que debía ser el norte que guiaba á los gobernantes,
era incoherente y anárquica, y contenía además el germen de la
federación, que, como señuelo, se ofrecía á los pueblos. Esta forma
de gobierno no podía entrar en el credo conservador, por más que
algunos ilusos entre ellos la aclamaban frenéticamente; y así el
Congreso, con mayoría conservadora, se resistió hasta donde pudo á
aceptar la reforma total de la Constitución en este sentido. Pero
tal parece que en aquellos días una mano oculta y siniestra dirigía
los destinos de la nación, y el partido dominante cedió por
salvarla del caos adonde iba. La República se había ido
desmembrando con la creación de Estados federales y no quedaba otro
medio que aceptar el nuevo sistema, ya que no se podía retroceder.
El llamado á hacer entrar á los pueblos en razón y afirmar el dogma
conservador, era el Presidente de la República, que con su influjo
incuestionable y su voz autorizada, acaso hubiera logrado
encarrilar la opinión, y un esfuerzo suyo en favor del centralismo
bastara para afianzarlo sólidamente; pero por desgracia el señor
Ospina se inclinaba á la federación; bien por estar convencido de
que era preciso exasperar el mal para que brotara la salud, ó bien
por complacer á algunas secciones de la República; lo cierto es que
tomó el camino contrario á sus ideas personales é históricas, y
dejó que el país se lanzara en un mar, ya por nuestra desgracia
conocido, lleno de escollos y de tempestades. Aunque, sin ofender
en lo mínimo la memoria de este hombre ilustre, debe confesarse que
sus aptitudes eran en cierto modo pasivas, y que si pudo hacer
grandes servicios á su patria en la Administración del General
Herrán, fue porque siguió el impulsos de hombres prácticos que
formaban el Gobierno, dándoles á las ideas reinantes forma
científica, En lo tocante á principios políticos es en alto grado
luminosa la comparación entre la conducta de Herrán en aquella
época y la de Ospina en la actual: cuando el primero se persuadió
de que con la constitución de 1832 no se podía gobernar, renunció
la Presidencia, al paso que el segundo se dejó llevar de
consideraciones ó condescendencias ante las cuales, como
subalterno, nunca habría cejado en 1842.
Arrastrados los legisladores por impresiones pasajeras ó por
aspiraciones locales, comenzaron creando en 1855 el Estado de
Panamá; luego siguieron en 1856 con el de Antioquia y en 1857 con
el de Santander, y ¡absurdo supremo! años enteros permanece la
República con una constitución biforme, fluctuando entre dos
sistemas opuestos y aun llegándose á dudar si la Constitución había
quedado en pie. Como nada se intentó para cortar el mal, al fin se
dio en 1858 la constitución federal, que se ofreció á los pueblos
como el don más precioso después de la independencia. La Alocución
del Congreso á los granadinos dice al presentar esta obra que
miraba como redentora: " Hoy termina la revolución
iniciada el 20 de julio de 1810; han triunfado por fin vuestras
virtudes cívicas. La federación está constituida." ¡Quién
les hubiera mostrado entonces á los Representantes del puedo el
cuadro ya concluido de esta obra que creyeron maravillosa! ¡Se
horrorizarían! Aunque bien es cierto que los partidos políticos
nunca se horrorizan de sus disparates y errores.... Aquí el partido
conservador no solo abdica de sus principios, sino que se muestra
incapaz de dominar los acontecimientos: la anarquía y el
desgobierno crecen en su mano, y para salvarse deja que la nación
se lance quién sabe adónde,... Describe lo crítico de la época lo
que aseguraban los periódicos ministeriales cuando se creó el
Estado de Antioquia: "Antioquia será el oasis de la
libertad, ó el asilo que tengan los buenos principios en esta
borrasca de anarquía." La federación se miraba, pues, como
una desgracia pública y toda esperanza se libraba en los Estados
favorecidos por las virtudes de sus habitantes.
La constitución es incoherente, como fabricada por quien no cree
en el sistema que instaura, y hecha á retazos como al fin labrada
en el calor de una disputa y arrancada de concesión en concesión.
Apenas planteada, ya en Santander, uno de los Estados más
importantes, comienza aquella no interrumpida serie de revoluciones
y motines que llenaron de ignominia á la República, y que solo
podía concluir con volver al centralismo. En aquel Estado se trató
de ensayar descabelladas teorías políticas y económicas, y una
parte de la población se levantó contra el gobierno estadal: se
peleó con el denuedo que saben hacerlo en aquel pueblo valeroso, y
mientras tanto el resto de la nación veía impasible la lucha, como
si no corriera sangre granadina. Triunfa el gobierno de Santander y
culpa al nacional de haber auxiliado á los revolucionarios que eran
conservadores. Falsa ó verdadera la acusación, el hecho es que en
los Estados se comenzó á mirar al Gobierno general con desconfianza
y que los liberales se convirtieron dondequiera en enemigos
irreconciliables que no se aplacaban ni con las concesiones que en
beneficio de la paz les hacía el Congreso.
Para trastornar el orden público con probabilidades de buen
éxito, necesitaban un caudillo de prestigio, el cual hallaron en el
General Mosquera, su verdugo de otros tiempos y ahora activísimo
aliado en el empeño de derrocar á los conservadores en los Estados
donde imperaban y sacarlos del Gobierno nacional. La revolución
general, con toda la facilidad que había para hacerla, se presentó
raquítica por falta de cohesión y por el horror de los pueblos á
lanzarse en la guerra. Al rebelarse el Estado de Santander, fácil
pareció el someterlo; sin embargo, desplegaron tal actividad y
valor los sublevados, que apurado se vio el Gobierno para acabar
con ellos en el reñido combate de Oratorio (18 de Agosto de 1860.
En esta campaña se puso á prueba aun al General Pedro Alcántara
Herrán, el más hábil de nuestros generales y, de lo que tomó
asidero D. Mariano Ospina para decir al llegar á Bogotá, en carta
dirigida al Gobernador de Antioquia é interceptada por los
revolucionarios, "que había vuelto á la capital después de
una semi-campaña en que se habían dado semi-batallas mandadas por
semi-generales." Prisioneros cuantos componían el gobierno
seccional de Santander, fue éste remplazado por uno conservador,
que tuvo por jefe al constante y valeroso D. Leonardo Canal. Ya en
la cárcel de Bogotá los santandereanos, no quedaba otro enemigo
temible que Mosquera, gobernador del Cauca, pues la revolución de
la Costa Atlántica, á más de ser consecuencia de la otra, podía
reprimirse en poco tiempo con un jefe diestro. Metido Mosquera en
el Cauca, con Antioquia al frente, el Gobierno general encima y con
innumerables enemigos internos, sobre todo en Pasto, vencerle
hubiera sido cosa de pocos días. Obraba además, en contra suya el
descrédito en que había caído por sus locuras y necedades: cuando
volvió de Nueva York, donde había hecho quebrar la casa de comercio
que allí estableció con el General Herrán en 1851, nadie hacía caso
de él, y después hubo momentos en que se le veía con lástima por la
relajación de su vida privada: había descendido á una postración
moral repugnante, tanto que fue á dar á unas piezas tan incómodas
como poco decentes de la confitería llamada la
|Rosa
Blanca, y pagaba al dueño, un francés Thian, de bajísima
esfera, con el objeto de que regalase confites á los muchachos de
la calle para que gritaran vivas al General Mosquera; ya supondrán
mis lectores cómo lo victorearían y cómo lo rodearían á todas
horas. Es la popularidad más original que he visto en mi vida. No
pocas veces salía con sus copas en la cabeza, sin cuidarse mucho de
la decencia en el vestido: el sombrero de copa lo llevaba en la
nuca, ó si había mucha luz, caído sobre los ojos: el sobretodo de
felpa atabacada, abierto, dejaba ver el chaleco lleno de
chorreaduras y los pantalones á medio poner. Al pasar para el
Senado, se entraba en los almacenes de la Calle real á importunar á
los comerciantes, los cuales al cabo decían al verle: Cerremos, que
ahí viene Mosquera. Yo picaba entonces en comerciante, y algunas
veces se entraba á mi tienda (primera Calle real), y arreglándose
los anteojos, me preguntaba: ¿Y usted quién es?
-Soy Cuervo, le respondía.
-Hijo del doctor Cuervo?
-Sí, señor General,
-Fui muy amigo de su padre, -y me largaba una retahíla de
necedades. Otras veces lo alcanzaba uno á ver en las tiendas de
licores de los Portales hablando ó discutiendo con gente ordinaria.
A pesar de esta postración, siempre era el temido General.
Mosquera, y pocos se atrevían á desagradarle: en el Senado obtenía
con frecuencia lo que deseaba hasta ser nombrado Presidente: de él,
y como tal firmó la Constitución federal de 1858, presidiendo el
Congreso: parecía que los Senadores lo mimasen como á persona
caduca y próxima á morir con quien por caridad nadie debe
estrellarse. En sus horas de envilecimiento causaba dolor reconocer
en ese esqueleto al hombre que había representado en el país papel
tan importante y prestado innegables servicios; quisieran los
amantes de la honra nacional, cubrirle, con un manto como con Noé
hicieron sus hijos. Pero esto no significa que estuviesen ya
embotadas sus facultades intelectuales, ni ahogado aquel espíritu
de intriga peculiar suyo, que le hacía correr tras de las
distinciones, aun en los momentos de mayor decadencia. El siempre
aspiraba á ser el primero; por lo cual no es extraño que se hiciera
presentar como candidato conservador á la Presidencia de la
República cuando los congresista, aun no habían hecho designación
alguna, puniendo con ello en aprietos á los partidarios de Ospina,
que hicieron cuanto estuvo en su mano para disuadirle; pero todo
fue en vano: él persistió, y de ahí se, originó su rencor con los
que presentaron aquella candidatura. Luego intrigó para que los
conservadores del I -anca lo eligiesen gobernador de este Estado,
lo que fue su salvación, pues sin tai cargo nada singular habría
sido que acabara lastimosamente en la capital, como el
malaventurado Rafael Lasso de la Vega; que Bogotá para rematar la
locura no tiene igual comienzan los predestinados por beber y
perorar, y acaban por tirar piedras.
Mosquera siempre pudo reputarse como hijo mimado de la fortuna;
y en la época de su eclipse moral, mostró más que nunca que en
aquel cuerpo en apariencia corroído y decrépito circulaba sangre de
caballero todavía lozana; y que si ésta pudo debilitarse con el
bochorno de las pasiones vulgares, se fortificó en hallando él
campo donde ejercitar su energía; lo que no quiere decir que por
eso perdiese Mosquera los defectos que eran parte de su bien
delineada personalidad. A levantar su carácter en aquellos días
tristes ayudó también el despecho de ver á D. Mariano Ospina en un
puesto que creía él pertenecerle, y el odio tremendo que le
inspiraba; y como las pasiones se acumulaban en él con fuerza
galvánica, fue tiempo adelante nuevo y poderoso aguijón para
sobreponerse á todo y á todos el ver que se cambiaba la candidatura
de su yerno el General Herrán para Presidente de la República por
la de D. Julio Arboleda, su sobrino, á quien detestaba de muerte,
evolución en que á su modo de ver no había otro intento que el de
mortificarlo y herirlo.
Pero me he adelantado al curso de los sucesos, y omitido apuntar
los hechos siguientes, cuyo recuerdo es indispensable para la
inteligencia de este relato:
Desde 1859 comenzó Mosquera á tachar de inconstitucionales
algunas leyes dadas por el Congreso de ese año, particularmente la
de 8 de Abril sobre elecciones, alegando que con ellas se rompía el
pacto federal y quedaba conculcada la soberanía de los Estados;
argumentos fantásticos en cuanto la Constitución no daba á éstos
título de soberanos ni reconocía otra soberanía que la de la
Nación, ni menos admitía que hubiera habido pacto alguno entre
entidades soberanas; pero argumentos á que se prestaba la
incoherencia de la Constitución, que los unos interpretaban con el
espíritu de la anterior, y los otros con el de sus proyectos para
lo venidero. Con éste motivo convocó extraordinariamente la
Legislatura del Cauca, la cual le previno que recabase del Congreso
la derogación de esa y caras leyes, que pusiese sobre las armas
3,000 hombres y sacase un empréstito de 200,000 pesos para armarlos
y sostenerlos. Lo más gracioso del caso es que el Congreso de 1860
fue elegido conforme á las prescripciones de la ley que se tildaba
de inconstitucional, ron lo cual el derogarla en este concepto era
declarar inconstitucional la elección, declarar que no había
congreso, y sobre todo que no podía derogar la ley: razón tenía el
que dijo que la política debía contarse entre las ciencias
inexactas, con la alquimia y la astrología.
En el Estado de Bolívar estalló una revolución el 26 de Julio de
1859 contra el gobierno local; pero el 15 de Agosto invadieron los
revolucionarios las oficinas nacionales, aprehendieron al
Intendente y se apoderaron del parque, por lo cual declaró el
Gobierno federal turbado el orden público (3 de Setiembre), y
nombró general en jefe al General Herrán, Ministro que era en los
Estados Unidos, encargándole de conseguir los elementos de guerra
necesarios para someter á los rebeldes. Llegado á la Costa, hizo
con éstos arreglos pacíficos para restablecer las cosas á su estado
normal, los cuales fueron aprobados por el Gobierno en Bogotá, y
después no cumplidos por ellos. En el Magdalena comenzaron los
alborotos por Noviembre del mismo año.
El 8 de Mayo de 1860 declaró Mosquera que el Cauca asumía la
plenitud de su soberanía y cortaba relaciones con los poderes de la
Confederación. La Legislatura del Magdalena si guió su ejemplo el
29 de Mayo, y la de Bolívar fue todavía más explícita (11 de
Junio), porque autorizó al Gobernador para promover la creación de
un gobierno general provisional por medio de un Congreso de
Plenipotenciarios; la de Santander dio el 3 de Junio una ley en
apoyo de los revolucionarios.
Mosquera en comunicación de 15 de Marzo de 1860 decía al
Gobierno federal: "Bastantes víctimas se han sacrificado
ya, para que se pretenda anegar el país en nuevas charcas de
sangre, y nunca obtendrá el Gobierno general un triunfo que dé por
resultado el imperio de ciertos principios que la Nación condena.
El Cauca tiene que cuidar de su propia conservación, y el derecho
natural lo autoriza á rechazar la fuerza con la fuerza. La
Confederación entera no puede conquistarlo, y no hará sino destruir
su riqueza y desesperarlo." El Gobierno le contesta el 10
de Abril que en caso de que particulares ó funcionarios públicos
nieguen la obediencia debida á la Constitución, á las leyes ó á las
autoridades nacionales, las funciones del Presidente de la
Confederación y las de la fuerza pública se reducirán á un simple
acto de policía: aprehender y desarmar á los reos, y ponerlos á
disposición de los Jueces competentes para que sean juzgados y
castigados con arreglo á la ley. Esta será su actitud hasta el
último momento, como de un Gobierno que no tiene más pauta que la
ley, no transige con los trasgresores porque ésta no se la
consiente, y perece sacrificándolo todo al deber. Considerada por
este aspecto, la lucha no carece de grandeza.
Como dije, el General Herrán, jefe de las fuerzas de la
Confederación que fueron á someter al gobierno seccional de
Santander, no obtuvo todo el éxito que se esperaba, y aun el
combate del Oratorio se le atribuyó en mucho al Presidente Ospina,
que seguía al ejército en calidad de censor. Casi anulado este
benemérito general, vio crecer en detrimento suyo el nombre del
señor Ospina, á quien el pueblo miró como al verdadero triunfador,
y como á tal le aclamó al regresar á la capital el 26 de Agosto. El
recibimiento fue espléndido, como los que se hacían al Libertador
en la Gran Colombia: desde Ubaté hasta la puerta de palacio no se
veían sino arcos triunfales, ventanas enfestonadas y flores regadas
por el suelo. Las caballerías de la Sabana unidas á cuatrocientos
húsares que acompañaban al Presidente, é innumerables jinetes de
Bogotá y de los pueblos circunvecinos formaban un tropel no
imaginado antes en la ciudad. El entusiasmo rayaba en frenesí, y
dondequiera que se mostraba una cara era para victorearle ó
arrojarle flores. Ovación que casi hacía presentir un calvario. En
medio de este triunfo arrebatador iba D. Mariano Ospina á caballo
con vestido de viaje y con la sencillez de un filósofo: contestaba
los vítores y felicitaciones con esa sonrisa apacible que le era
peculiar, y la satisfacción interior apenas se traslucía en la
placidez del semblante. Tras de él venía el fidelísimo D. Ramón
Melo con su larga ruana y su sombrero de funda amarilla, quien,
dejando el puesto de portero de palacio que ocupaba, no quiso
abandonar un instante al Presidente. Tanto viva, tanta flor. tantos
aplausos, no diremos que desvanecieron al señor Ospina, pues él
como hombre pensador era frío y conocía lo efímero de las grandezas
terrenales, sino que enervaron la acción del Gobierno.
Casi al mismo tiempo que en Bogotá resonaban los cantos de
triunfo, Mosquera avanza con tres mil hombres y cinco cañones sobre
Antioquia, y se estrella en Manizales contra el valor de las
guardias nacionales de aquel Estado, mandadas por el General
Joaquín Posada y el Coronel Braulio Enao (28 de Agosto de 1860).
Mas nadie como él tenía el don de dominar las circunstancias; y en
esta ocasión, rechazado y humillado, con la seguridad de ser
atacado al día siguiente por los vence dores, pone bandera blanca,
parlamenta, y para ganar tiempo y disfrazar su vencimiento, propone
una esponsión con las siguientes bases: " El Gobernador
del Cauca suspenderá toda hostilidad contra el Gobierno general,
revocará su decreto separando aquel Estado de la Confederación, se
someterá al Gobierno general, otorgará una amnistía completa á
todos los comprometidos en los movimientos políticos contra el
gobierno del Estado, garantizará la seguridad de los ciudadanos que
le han sido hostiles y entregará las armas y los demás objetos á la
Confederación, de que ha dispuesto." "El Gobierno
general otorgará una amnistía sí favor de todos los comprometidos
en los movimientos políticos que han tenido lugar en el Cauca
contra las leyes nacionales." Desacreditada la revolución
con semejante revés, nada más fácil para el Gobierno general que
invadir el Cauca y desarmar á Mosquera si no cumplía lo pactado;
nuestros gobernantes no lo creyeron así, y sin atreverse á aprobar
ó desechar la esponsión de Manizales, dijeron que no era asunto
gubernativo sino militar, y que á quien tocaba resolverlo era al
General en jefe del Ejército, que todavía andaba por el norte de la
República. Este convenio fue criticado agriamente, y aun produjo
indignación en los que creían (que siempre son muchos) que amarrar
al enemigo es más fácil de lo que parece; el mismo Gobierno se vio
tan contrariado con ella, que, según las lenguas malévolas, envió
al General Herrán el pliego que contenía la esponsión por posta y
por caminos que retardasen el recibo de ella. Lo cierto es que la
esponsión se celebró el 29 de Agosto, era conocida en Bogotá el 5
de Setiembre, y el General Herrán no la recibió en el Socorro sino
muchos días después. Los apasionados creyeron ver en ella la mano
ole Herrán para proteger á su suegro, y no perdonaron frases
hirientes con que mortificarle; él procuró sincerarse en la
comunicación que desde Bogotá dirigió al Secretario de Gobierno y
Guerra con motivo ole trasmitirle el parte detallado del combate de
Manizales, diciendo: " El General Posada, como por una
inspiración de la Providencia para justificarme, dice en el parte
adjunto, sin que nadie se lo haya preguntado, que no estaba
autorizado para celebrar ninguna clase de convenio, y que la
esponsión debería considerarse cono una suspensión de hostilidades
basta que el Gobierno resolviese lo que estimase conveniente. En
las instrucciones escritas que le di, no encontrará el Gobierno una
palabra que indique la hipótesis siquiera de transacción ó
convenio, y en las instrucciones verbales no le hablé de otra cosa
que de medulas de guerra, porque el estado en que se hallaban las
cosas hacía ver como imposible un desenlace pacífico."
Asumiendo luégo la responsabilidad de cuanto había hecho Posada en
Manizales, puesto que tomó su nombre para negociar con los
rebeldes, declara que sobre él solo, como Jefe del Ejército, deben
caer las censuras. Desde que empezaren á susurrarse aquellas
críticas, debió Herrán de juzgar su posición tan delicada, que no
halló otra solución. que separarse del mando, y al efecto en la
misma
|Gaceta Oficial de 23 de Octubre de 1860 que publica
los anteriores documentos, salió la siguiente lacónica
renuncia:
|
" Ciudadano Presidente de la Confederación
Granadina.
Con el mayor respeto os pido que me admitáis la renuncia que
hago del destino de General en jefe, y me permitáis salir del
territorio granadino.
Dignaos aceptar mi profunda gratitud por la confianza con que
me habéis honrado.
Bogotá, 19 de Setiembre de 1860.
P. A. HERRAN."
|
Aunque al Gobierno no desagradaba esta renuncia, que tan
oportunamente le llegaba, vaciló por algún tiempo en admitirla,
pues á más de necesitar por entonces de los servicios de tan
benemérito general, temía producir en el ejército y en el público
una excitación que podría ser funesta para la causa en
circunstancias tan difíciles; y así retardó la resolución hasta el
20 de Octubre, en la cual, después de memorar la pacificación del
norte de la República hecha por el ejército que mandaba el General
Herrán y el restablecimiento del orden en los Estados más
importantes, añade como para hacerle más patente la dura situación
en que se Hallaba: "Que no habiendo fuerzas de
consideración que resistan al Gobierno nacional sino en el Estado
del Cauca, y estando el jefe de aquellas fuerzas unido por vínculos
estrechos de parentesco con el General en jefe, sería una cosa
repugnante y aun cruel el poner á dicho señor General en la
posición de combatir contra su padre político." Con el fin
de darle una retirada honrosa, le dicen que vuelva á los Estados
Unidos á encargarse de la Legación que tan dignamente desempeñaba
antes, para continuar el arreglo de las cuestiones importantes que
la Confederación tenía con aquel país.
Descartado, pues, el Gobierno del General Herrán, era natural
que se pensase en reemplazarle y en activar la movilización del
ejército para dar el golpe de gracia á la revolución, cuyo jefe,
rehecho del desastre de Manizales, se preparaba á embestir al
General Joaquín París, que defendía con poquísimos recursos el paso
del Guanacas. Aquí se iba á desquitar Mosquera de la afrenta que
recibió de los valerosos antioqueños. En Bogotá, adormecidos con
los laureles del Oratorio, miraban con tanta indiferencia lo que
pasaba en la República, que era común que los del Gobierno, cuando
por la tarde les preguntaban los noticieros en el altozano de la
catedral, qué había del General París, respondieran con sonrisa
volteriana: "El General Paris sigue viviendo en la
Plata." Y esto lo decían como si se tratase de una guerra
en Siam. " El General París sigue viviendo en la
Plata," era además la confesión mayor del abandono en que
dejaban á este venerable general: con seiscientos veteranos á lo
más y algunos voluntarios ardorosos mal armados, tenía que defender
varias leguas de la frontera entre Cundinamarca y el Cauca, y no
valían comunicaciones oficiales ni ruegos privados para que lo
reforzaran. Si se le auxilia siquiera con el batallón 1.° de línea,
mandado por el Coronel José de Jesús Moreno y constante de
cuatrocientas plazas, que fue el primero de los vencedores en
Santander que llegó á Bogotá, el enemigo no se atreviera á tocar la
raya de Cundinamarca. Todos clamaban porque reforzasen al General
París con los batallones que iban llegando á la capital, y ¿se
creerá que una de las disculpas que se dieron para que el 1.° de
línea no marchase á tiempo, fue la de que se necesitaban
cantimploras para que los soldados llevasen agua en los llanos de
Neiva, y que ya se estaban fabricando por
|un hojalatero?
Amén de esta pequeñez, se ofrecía la
|reorganización, de
que parecían estar tocados los señores del Gobierno: el ejército no
se movía entonces ni después sin que lo detuvieran en la marcha
para reorganizarlo, como si esto no se pudiera hacer en camino;
pero no, se necesitaba hacerlo en poblado, con las comodidades de
empleados que siempre han trabajado descansadamente en las
oficinas.
Mientras en Bogotá nada serio se hacía, Mosquera avanza sobre
las fuerzas constitucionales, seguro de vencerlas. Y como las
oficinas de la capital debían meter la mano en todo, ordenan á
última hora á nuestro General que se retire hasta Bogotá (!!!)
apoyado en un cuerpo de quinientos hombres que debe salir de Ibagué
á protegerle. Las lecciones de tauromaquia, dicen, no han de darse
sino en los cuernos del toro: lo dispuesto desde el bufete de
palacio no pudo cumplirse porque el enemigo no dio tiempo: los
teóricos debían contar siempre con la parte contraria para sus
combinaciones especulativas, y así serían menores los chascos que
llevaran. Es interesante ver cómo explica el Secretario de Gobierno
y Guerra el revés de Segovia, y cómo pretende atenuar su
responsabilidad con términos enredados y vacilantes:
"Desgraciadamente, dice, la orden llegó cuando el enemigo
estaba muy avanzado, y juzgándose deshonroso y por otra parte
peligroso, emprender una retirada teniéndolo al frente y
disponiendo él de un ejército mucho mayor, se comprometió un
combate en las márgenes del río Ullucos, cuyo resultado fue adverso
á las fuerzas del Gobierno, no por el hecho de ser éstas muy
inferiores en número, sino por no haber podido concurrir
oportunamente á su lugar respectivo la columna situada en Inzá.
Cuando ésta llegó, ya era tarde, porque el resto de la 1.ª división
había sido batido en detalle, y pudo serlo también la columna
misma. Inclusa ésta, las fuerzas del Gobierno que entraron en
combate solo ascendieron á setecientos sesenta hombres, porque se
dejó una guarnición en la Plata y había setenta soldados en el
hospital." " De los setecientos sesenta hombres
que entraron en combate no llegó á salvarse ni una tercera parte:
trescientos cincuenta cayeron prisioneros y los demás
murieron." A pesar de la inferioridad en número y de lo
desfavorable de la posición, los soldados del Gobierno arremetieron
con tal denuedo á Mosquera, que llegaron á su misma tienda de
campaña, cogieron su correspondencia, y el impávido Capitán Aurelio
Gaitán empapó con la sangre de su herida el catre del caudillo. En
este combate, que se llamó de Segovia (19 de Noviembre de 1860), el
vencedor, por su parte, dio riendas á las pasiones de los bárbaros
de Tierra Adentro que lo acompañaban, y que mancharon con
crueldades la victoria. Entre los varios episodios deshonrosos,
horripilaba lo que refería D. José María Mallarino sobre el
asesinato del senador D. Rufino Vega, con quien después de hechos
prisioneros, había sido amarrado. Era Vega conservador civil de
alma templada y de grande influencia en la provincia de Neiva:
semejante crimen causó en la República indignación profunda.
Con este triunfo se extendió el vencedor por todo el alto
Magdalena, y entró en comunicación directa con los revolucionarios
de la Costa Atlántica; el Gobierno, como si no fuese con él,
continúa en la capital organizando tranquilamente su ejército.
Los caucanos que habían huido de las persecuciones de Mosquera,
y que con decisión ocupaban los puestos más peligrosos del Ejército
nacional, solían ser mal mirados por los oficinistas, que los
reputaban exagerados é impacientes: impacientes.... razón tenían de
serio, ellos que, siendo en su mayor parte hombres de posibles, lo
habían abandonado todo y veían la lentitud é incoherencia de las
operaciones militares; conocedores de su tierra, tenían por
evidente que con un golpe atrevido se vencería al enemigo, ó al
menos, se despertaría en ella el espíritu público, abatido
momentáneamente por el abandono en que la habían dejado. Si á esos
hombres ardorosos, entre los cuales se contaban jefes notables, se
les arma convenientemente después del triunfo de Posada y Enao en
Manizales (que fue verdadero triunfo, que no supieron aprovecharlo
- aprovechar los triunfos es solo de los verdaderos militares) para
que se internen en el Cauca, ellos acabaran con Mosquera. Pero no:
se necesitaba organizarlos, pasándolos por la alquitara
administrativa, darles un jefe del agrado del Estado Mayor general
y que ciegamente siguiese las instrucciones que se le dieran....
Así los infelices corrieran en su tierra la suerte que corrieron
con el General París y llegaran también derrotados á Bogotá, si es
que escapaban con vida.
Tan insignificantes juzgaba Mosquera mismo sus huestes para la
empresa que acometía, que avanza lenta y cautelosamente, dando
lugar á que reciba el Gobierno el armamento que encargo á los
Estados Unidos y cuya peregrinación es una odisea completa que
merece contarse. Al llegar á Barranquilla se acababan de celebrar
los arreglos del General Herrán (Febrero de I 860) con los
revolucionarios del Estado de Bolívar, y aunque se estipulo que
podría continuar su camino hasta Bogotá, el comisionado que lo
traía sospecho que se trataba de quitarlo, y con prudencia se
embarcó con él para Jamaica. Meses después (Junio de 1860),
restablecido el orden en Santander, se pensó introducirlo por
Maracaibo, pero al pasar por el Puerto de los Cachos lo asaltó una
partida de granadinos y venezolanos, y se hubiera perdido si no se
presentara á tiempo la fuerza que de Pamplona enviaron á
custodiarlo; sin embargo, los asaltantes no dejaron de coger
algunos fusiles y cajas de municiones. El armamento llego á Bogotá
con aire triunfal entre cohetes, músicas y vítores, como el llamado
á cortar todas las dificultades: con su falta se escudaban los
gobernantes para justificar la poca diligencia que se notaba en el
movimiento de las tropas; en lo cual había algo de candor, pues en
el parque de Bogotá, donde se habían recogido casi todas las armas
de la República, existían, por más que lo nieguen, los elementos
suficientes para armar nuevos batallones que acompañasen á los
vencedores del Oratorio que iban llegando á la capital: si todas
las armas no eran de primera calidad, con ellas se venció en 1854,
y con ellas se venciera otra vez, máxime cuando la fuerza
revolucionaria estaba, por este aspecto, mil veces peor: el
armamento de Mosquera se componía de los fusiles nacionales que
estaban en el parque de Popayán, de los que le cogió á Carrillo en
el Derrumbado, y de cuanta arma de fuego halló en el Cauca; en
Segovia combatieron sus soldados hasta con escopetas de piedra de
chispa.
Mientras esto ocurría en el interior, D. Julio Arboleda, dejando
las comodidades que disfrutaba en París con su, familia, acude á
Santa Marta, lugar que le designó el Gobierno, cuando
patrióticamente ofreció sus servicios; él y el Coronel José María
Vieco, sin mayores elementos, hacen prodigios en su lucha con las
fuerzas unidas de los revolucionarios de la Costa, pero al fin
sucumben en Santa Marta. D. Julio Arboleda pudo embarcarse é ir á
Pasto, y Vieco siguió luchando en el Magdalena, aunque con más
tesón que buenos resultados. A todas éstas, el Gobierno que, sin
energía propia, abrazaba cualquier idea descabellada, cediendo á
instancias de sujetos de la Costa, determinó dominarla por el río
Magdalena; y al efecto emprendió la creación de una armada que
llamó
|flotilla, y en la cual gastó dinero á rodo, y, lo
más precioso, tiempo. Lista ya, se embarcan las fuerzas que se
juzgaron necesarias, y se pone la flotilla en marcha. El Presidente
no pudo decir lo que Felipe II con la Invencible Armada:
"La mandé á combatir con los hombres y no contra los
elementos." Al primer recelo se detuvo la flotilla, y dejó
que en el peñón del Banco se organizase una defensa más ostensible
que real. Crimen fue haber vacilado en quebrar tal tropiezo, pues
el clima, las privaciones, los insectos y las fiebres diezmaban la
tropa; al fin se pensó en tomar el Banco por tierra y por agua, y
estuvo tan desatinado el plan de ataque, que la victoria poco tardó
en coronará los que nunca creyeron resistir el empuje de esos
desesperados: entre los bravos que allí quedaron estaba el
distinguido joven Daniel Herrera, hijo del General Tomás Herrera,
que en 1854 murió en las calles de Bogotá defendiendo la
Constitución. Con este desenlace nada tenía que temer la revolución
de la Costa; mientras que mandados por Santander en auxilio de
Arboleda y Vieco los mil hombres de la flotilla y la columna que de
Ocaña fue en su auxilio, el éxito de esta campaña no hubiera sido
dudoso para la causa del Gobierno. ¿Pero para qué hablar de lo que
se debió hacer, si en aquella época triste parece que se hubiera
desarrollado en los directores de la cosa pública el don de errar
en todo? Como ciego que guía á otro ciego, iba el Gobierno hacia el
abismo.
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