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CÓMO SE EVAPORA UN EJÉRCITO
PRÓLOGO
La correspondencia epistolar con gente ilustrada es
convenientísima para mantener elevada el alma, y fecundizar las
facultades intelectuales, abriendo nuevos horizontes al la
laboriosidad literaria; y si por añadidura se mezcla el calor
vigorizante de la amistad cariñosa, viene á ser depósito sagrado
donde chispean las emociones íntimas y los resplandores de lo bello
y de lo eterno. Como protección especial del Cielo miro yo la
correspondencia con que me han favorecido algunos antiguos amigos
desde que dejé mi ciudad natal, y me gozo en cultivarla como el don
más precioso de la vida; entre esas cartas veneradas están las de
mi siempre amado Florencio (empleando este seudónimo conocido en
nuestra literatura para no herir su modestia y por otras causas que
luego adivinará el discreto lector), repertorio impagable de
sinceridad, elevación de carácter y de exaltación por lo grande y
generoso. Sabiendo este amigo, por propia experiencia, cuán
deficientes son las noticias suministradas por la prensa diaria, da
de mano á sus ocupaciones, y no pierde ocasión de incrustar en sus
afectuosas comunicaciones cuanto notable sucede en el país y digno
de llamar la atención de los que viven en el centro de la
civilización. A más del cariño, hay aquí algo de la caridad
inagotable que despide su corazón, pues él conoce que en medio de
la sequedad que achicharra el espíritu en estos centros de luz, se
anhela, como rocío, cuanto nos viene de la patria, aunque sea el
eco borrascoso de las guerras políticas.
A la manera que el nacimiento de un hijo varón se mira en un
matrimonio infecundo como el mayor bien que le puede enviar el
Ciclo, así debemos felicitarnos los colombianos por la aparición en
la guerra de 1895, no de uno de esos
|hombres
providenciales, fruto de sociedades enervadas y decadentes,
sino de uno valeroso y enérgico que en pocos días hace lo que otros
no harían en meses enteros. El General Rafael Reyes es bendecido
dondequiera por haber ahorrado con su denuedo torrentes de sangre,
aplazado la bancarrota de la República, y lo más laudable, haber
ahogado en simiente el rencor de las pasiones irreconciliables que
estaba germinando y que con la prolongación de la guerra traería
aquellos excesos que tantas veces hemos deplorado. Cuanto más
rápidamente pase la trompa de la guerra, es más digno de veneración
quien logra desbaratarla á tiempo: la de 1860 fue terrible,
devastadora por no haber habido quien lo hiciera en su principio.
La serie no interrumpida de triunfos con que el General Reyes
volvió la paz á la República, sirvió de tema á mi amigo Florencio
para su carta de a de Abril, la cual da idea de la lozanía del
autor y de los méritos del guerrero que pinta. Hela aquí:
"Muy de deplorarse es la revolución de 95 por su origen
y por sus víctimas en vidas y haciendas y por la nueva carga que
dejará á un fisco en bancarrota; pero si prescindimos estoicamente
de esto, ha sido un capítulo providencial y bello en nuestra
historia por tres aspectos, entre otros: 1.° La exhibición de
virtud de nuestros conservadores; 2.° La exhibición fatal de
nuestros radicales y el estado de anarquía y nulidad en que los
deja; y 3.° Por la aparición ó confirmación de un grande hombre,
grande por el espíritu y el corazón, legendario en actividad y
valor, cual es Rafael Reyes: volando de su hacienda ó campo,
escapado de entre las manos de los rebeldes, se le apareció á Caro
en Palacio, y Caro tuvo el acierto de prestarse á autorizarlo
plenamente y dejarlo partir como un rayo á su inaudita compaña
militar y política que empezó el 29 de Enero en el heroico asalto
de la Tribuna, cerca de Facatativá, siguió en la capitulación
generosa de Chumbamuy (como la de Sucre en Ayacucho), y continuó en
un triángulo
|cometario incendiando de su entusiasmo el
Magdalena, Antioquia y la Costa, capturando quinientos rebeldes en
la bahía de Morrosquillo, metiéndose audazmente en Santander (que
es un inmenso Pasto) con reclutas costeños y antioqueños y pocas
fuerzas veteranas, para llegar como un relámpago á San José de
Cúcuta, y de ahí en persecución de J. M. Ruiz y los invasores
venezolanos, por desiertos y páramos, ganándoles dos días de marcha
sin dormir, dejando atrás muertos ó rendidos dos mil ochocientos
hombres, y alcanzarlos y asaltarlos triunfalmente en Enciso el 15
de Marzo, cuando ya estaban al reunirse con cuatro o cinco mil
rebeldes de Boyará. Supongo que al fin de ese terrible asalto de
diez horas ya le llegarían algunos otros cuerpos; pero emprendió el
ataque con mil doscientos contra dos mil quinientos, y al fin
contra cuatrocientos más ya llegados de Boyacá. De suerte que de
ese empujón contra el alto y cerca de piedra de Enciso, derrotó dos
ejércitos, y forzó á todo el de Boyacá á entregarse de este lado á
los Generales Mateus y Pinzón, que obraban lentamente contra él
desde un principio. Y así quedó toda la rebelión despachada.
"Con perdón de Bolívar, de Sucre y de Páez, tampoco
creo que encontraremos una campaña política y militar tan rápida y
|completa en nuestra historia, obra de cuarenta y cinco
días, y en que Reyes se expuso de tal manera, que Ignacio Soto, uno
de los vencidos de la Tribuna, cuenta que tuvo que impedir* á sus soldados que lo mataran á
boca de jarro. Al mismo tiempo le ahorró al Gobierno un gasto
enorme de buques de vapor que otros habían tomado para la guerra, y
los devolvió al comercio; y ofició desde el Magdalena al Presidente
de Venezuela sobre los invasores y anunció de allí 'que seguía á
Cúcuta á recibir la respuesta,' la más enorme
|flota que ha
podido hacerse y cumplirse con los elementos que tenía á sus
órdenes."
Al acabar de leer esta relación épica, participando del
justísimo entusiasmo nacional por las proezas del General Rafael
Reyes, me asaltó el recuerdo de la desgraciada y funesta campaña
del Ejército de la Confederación en 1861, que acabó con la toma de
Bogotá y la destrucción del Gobierno legítimo, El General Reyes con
su arrojo y actividad desconcierta al enemigo y lo vence donde
quiera que lo encuentra; mientras que el Ejército de la
Confederación, con la organización más notable que ha habido en la
República, no solo no vence á un enemigo inferior á él en todo,
sino que ineptamente se va retirando en su presencia, hasta que
extenuado se deja aplastar, pero por rara anomalía, combatiendo
siempre á pecho descubierto y con valor heroico. Renació en mí la
aun no apagada indignación que aquellos sucesos me dejaron, y
comencé á contestar la carta de Florencio, haciendo el parangón
entre los jefes dormilones que dejaron evaporar tan. hermoso
ejército, y el caudillo que con enérgica rapidez destruye las
huestes enemigas. Era tanto lo que tenía que decirle, que llené
pliegos y pliegos; fatigado al fin, reflexioné que había algo de
candor en abrumar á un amigo con 'un legajo como el que me proponía
enviarle; y variando de dirección, le conté el riesgo en que lo
había puesto su excelente:carta, y resumí poniendo solo algo de lo
más jugoso que había borrajeado; el resto, le dije, lo reservo para
escribir un libro que podrá titularse
|Cómo se evapora un
ejército. Este es el origen de la presente narración, fruto de
los recuerdos persona les que me quedan de aquella época aciaga,
coordinados á la luz de documentos contemporáneos.
El avaro que entierra su tesoro es criminal, porque roba á sus
semejantes los esquilmos de esa riqueza; y no lo es menos el que,
teniendo en la memoria un tesoro de recuerdos, no lo beneficia y se
va con él al sepulcro, defraudando así á la historia en sus más
preciosos intereses. La verdad es para salir al mundo, brillar
dondequiera y servir de norte á las generaciones venideras. Una vez
que las circunstancias han hecho que salten á mi memoria las
imágenes de aquellos tiempos tan imperfectamente conocidos hoy, yo,
que jamás me he detenido en hablar claro, he mirado como obligación
escribir y publicar cuanto recuerdo que vi y oí en la ventajosa
situación en que me colocaba el modesto grado que tenía en el
Ejército del Gobierno legítimo. Como mi relación es la del que
cuenta hechos de que fue testigo, mi lenguaje es llano y liso, como
conversación familiar, y sin los atavíos que la historia pide para
obras científicas.
Casi niño era yo entonces, y las impresiones bélicas de la
primera edad son cual las del amor, que siempre se conservan vivas
y fecundas. Lo que entonces vi y oí, está hoy tan claro en mi
memoria, como los instantes fugaces que de dicha me dio mi primera
amada, y tan impregnado del espíritu de la época, que quiero y
detesto lo que entonces quise y detesté; de aquí que sin empacho y
sin temor repita hoy lo que entonces decía, y aprecie los sucesos
con la misma franqueza que cuando estaban pasando: estos juicios
aclarados por acontecimientos posteriores, son verdades que sería
culpable dejar que se hundiesen conmigo en el sepulcro.
París, 1895.
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Con permiso de mi amigo. Dubitat Augustinus
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