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III
Con el primer viaje á Europa se había despertado en él, como ya
apunté, vivo deseo de gozar cumplidamente de la vida intelectual y
artística de los grandes centros de la civilización. No bien
establecido en París, se propuso imponerse del movimiento político,
científico, literario y artístico, para lo cual al mismo tiempo que
leía las mejores revistas y periódicos, se hizo concurrente asiduo
de las sesiones públicas de la Academia de Ciencias, de los mejores
conciertos y de cuantas exposiciones se abrían, hasta de las de
cocina y, las de perros y gatos, procurando averiguarlo todo y
enterarse de todo.
Pudiera alguien figurarse que viviendo en París, su admiración
fuese exclusivamente absorbida por lo francés; mas su carácter
independiente no sufría semejante imposición. Sean testigos de ello
los artículo, necrológicos que consagró al Cardenal Newman, gloria
un tiempo de la iglesia reformada en Inglaterra y después de la
católica; á Windthorst, el célebre caudillo del partido católico en
Alemania; á Rossi, el arqueólogo incomparable, Colón en cierto modo
de las catacumbas romanas. Más todavía luce la libertad de juicio
en sus estudios sobre pintura y escultura. Habiéndose dedicado en
un principio con gran empeño á conocer las artes francesas, así en
la parte técnica como en la histórica y anecdótica, consignó el
fruto de sus impresiones en carta dirigida á un amigo de Bogotá, la
cual sin su conocimiento fue publicada después en un periódico de
esa ciudad, con interpolaciones y firmada por un crítico europeo
Como en reivindicación de su derecho la publicó con adiciones y
rectificaciones propias en un folleto en 12.° de 118 páginas bajo
el título de
|Conversación artística (París, 1887), donde
campean no menos los primores del estilo que el acierto de las
apreciaciones sobre estatuas y cuadros franceses, y- la gracia
comunicativa de las descripciones de muchos de ellos. Con las
repetidas exposiciones de obras de artistas franceses y extranjeros
y con las excursiones á los países vecinos, fuéronse ensanchando
sus conocimientos, y la modesta
|Conversación se convirtió
en libro que debía llevar por título
|Artes y artistas
contemporáneos en esto trabajaba cuando le asaltó la muerte, y
aunque no lo dejó concluido, partes hay completas, como lo relativo
á Francia, Bélgica, Inglaterra y Alemania, que forman todavía un
conjunto utilísimo á los aficionados, ya que no fuese par los
juicios directos é imparciales, por la multitud de datos que
atesora sobre la vida de artistas y la historia de las artes en
nuestro tiempo. Si Dios me lo permite, lo sacaré á luz después de
este volumen.
Antes de pasar adelante copiaré algunas líneas de la
|Conversación que prueban una vez más la modestia de su
autor y, cómo refería todas sus pensamientos á la patria:
"Al dar á la imprenta esta rápida ojeada sobre las
artes, no se vaya á pensar que lo hago con la intención de
arrogarme el título de crítico, y de convertirme en juez de hombres
que ya están sentados sólidamente en el templo de la Inmortalidad,
pues rayaría en lo ridículo que lo intentara quien ha nacido y
vivido donde las artes son casi desconocidas, y quien ha corrido la
vida torturando. la imaginación por resolver el complicado problema
de la existencia. Mi
|Conversación es una cosa íntima, como
lo indica su nombre, y no tiene otro valor que ser la opinión
ingenua y sencilla de una persona culta que vive en Europa y anhela
comunicar á sus amigos lo que ha visto, y las impresiones que le
quedan de las lecturas diarias de los periódicos; así, nunca debe
ser mirada como la enseñanza de un pedagogo.
"Como asiduo visitador que soy de los museos, al ver
clasificadas las naciones según los monumentos artísticos que han
dejado, ¿como no desear que florezcan las bellas artes allá donde
tengo mi cuna y mis más caros afectos, las bellas artes, que son el
alma inmortal de las naciones, y que sobreviven á la efímera
grandeza de los guerreros?....
"En vista de la excelencia de las bellas artes, qué
patriota no suspira por el florecimiento de ellas en Colombia, y
porque llegue el día en que el nombre de tan cara patria se escriba
en el templo de la Gloria, no con la sangre de nuestras insensatas
discordias, sino con el buril de diamante de un Miguel Ángel ó de
un Ticiano?"
Pero si su patriotismo le inspiraba la noble aspiración de ver
florecientes las artes en su suelo natal, también su buen sentido
le servía de freno para no dejarse llevar de ilusiones con respecto
á las dificultades que por largo tiempo embargarán su cumplimiento.
No dudaba él del sentido artístico de sus paisanos, ni de sus
aptitudes para concebir y objetivar la belleza; mas veía y sabía
que las bellas artes suponen una parte práctica, una educación, un
ambiente cuyos elementos nos faltan; de donde proviene que
fácilmente estamos expuestos á los extravíos de dos especies de
|diletantismo: el uno de aquellos que á la carrera ó sin la
preparación suficiente han recorrido los museos de Europa, y el
otro de los que se figuran los objetos de arte conforme á un
concepto puramente subjetivo, no apoyado en el estudio directo de
ellos. Fundado en tales consideraciones, á la par que en la opinión
de los mejores expertos europeos, trató varias veces de poner en su
punto el valor relativo de nuestro pintor Vásquez Ceballos.
Igualmente escéptico se mostró con respecto á la creencia de que en
América abunden obras de grandes pintores antiguos; y en mi sentir
no le faltaba razón. Los buenos cuadros siempre han sido estimados
en Europa, y aunque por ellos se pagase poco á sus autores, no por
eso los estimaban los poseedores en menos; y si acaso algún virrey
ó arzobispo llevaban á América algo bueno, poquísimas veces lo
dejaban. De boca del actual Conservador de la pintura en el Museo
del Louvre, cuya alta posición entre literatos y artistas es de
todos conocida y cuyas lecciones en el mismo Museo están al nivel
de las que sobre otros ramos se dan en la Sorbona ó en el Colegio
de Francia, de su boca, digo, he oído que entre los innumerables
cuadros que de América se traen á Europa, es rarísimo que aparezca
algo de verdadero mérito. Ahora las atribuciones que de obras más á
menos defectuosas se hacen á tal ó cual pintor, no están libres del
cargo de arbitrariedad, porque para el efecto se carece de dos
cosas que aquí se tienen por indispensables, x lo son realmente:
los documentos que, á falta de firma, comprueben, ya directamente
la autenticidad, ya la verdad de la tradición por los posesores
sucesivos hasta el primero, y de ahí al autor; d bien la
comparación con obras ciertas del mismo origen, de la que resulte
igualdad de procedimientos técnicos, así en las excelencias como en
los defectos; pues dicho se está que no sólo éstos han de servir
para adjudicar una obra á un pintor eminente. Recordando la
tradición de que Murillo en su juventud pintaba para la Feria de
Sevilla, donde se abastecían los pacotilleros que hacían el
comercio con América, y aunque hizo una partida especial para
cargazón de Indias, se supone que ha de haber allí muchos cuadros
de su mano; posible es que los baya; falta solo que para
adjudicárselos por conjetura, pues de ahí no se puede pasar, se
observen las exigencias de la buena crítica. Las grandes cualidades
de Murillo, por las cuales es conocido, se desarrollaron con su
permanencia en Madrid, y por consiguiente los cuadros suyos que
puedan existir en América, se parecerán á las obras anteriores á su
estada con Velázquez y á su estudio del Ticiano, Van Dick y Ribera,
y con ésas ha de establecerse la comparación; y aun puede decirse
que cuanto más se parezca un cuadro á sus obras maestras
posteriores, tanto menos probable es que le corresponda, porque,
cuando las hacía, ya no trabajaba de cargazón. De cuanto precede
habrá pues de colegirse que al donar mi hermano al Museo Nacional
de Bogotá dos cuadros de Vásquez que de tiempo inmemorial
pertenecieron á nuestra familia, no quiso dar á entender que eran
obras admiradas en Europa; y que cuando manifestó el deseo de que
se conservaran ahí mismo algunos cuadros europeos que también
pertenecieron á nuestra familia, tampoco pudo pasarle por la cabeza
que regalaba Ticianos, ó Velázquez, ó Murillos, sino muestras de
los objetos de arte, ó de devoción, si se quiere, que tenían las
familias españolas acomodadas, y que el día que en nuestro país
haya interés por lo pasado, no carecerán de importancia, como no
carecen los platos y otros muebles que dejan ver la vida íntima de
los que ya fueron.
No contento mi hermano con seguir el movimiento científico,
literario y artístico, observaba con ojos sagacísimos las
costumbres populares y sociales, concurría á los teatros donde
mejor se interpretan, recorría los barrios excéntricos y los
suburbios, y recopilaba datos y noticias con incansable
perseverancia; en un librito, por ejemplo, pegaba los avisos de
periódico curiosos ó ridículos; en otra parte guardaba los anuncios
de somnámbulas y cartománticas que, antes que las persiguiese, como
ahora, la policía, eran distribuidos profusamente en los mercados y
otros lugares frecuentados de criadas y demás gente de la laya; en
otra las circulares de agencias de averiguación sobre la vida y
milagros de los particulares. Solo así se explica que pudiese
componer sus novelas
|Jamás y
|Dick, publicadas en
1893 y 1895. Con respecto á la primera debo copiar estas palabras
del juicio que escribió el Sr. E. Mérimée, erudito biógrafo de
Quevedo y editor de Guillén de Castro: " En resumen, es
|Jamás una preciosa acuarela de un rinconcito de París,
escogido como al acaso y estudiado con esmero, la cual ofrecerá á
los extranjeros, para quienes ha sido hecha, un tono más verdadero
que la mayor parte de los malamente llamados cuadros de costumbres
parisienses, firmados con nombres forasteros y que en general dejan
harto adivinar qué personas y qué lugares han frecuentado sus
autores." Luego que se imprimió, solicitó D.a Margarita du
Lac, conocida escritora, permiso para traducirla, y obtenido, la
publicó en la
|Revue du Monde latin el du Monde eslave.
Igual éxito obtuvo
|Dick, donde se retrata el modo de vivir
de ciertos
|turistas ingleses de modesta condición que se
derraman por el continente. Fue reproducida por el insigne escritor
D. Victoriano Agüeros en el
|Tiempo de Méjico.
A quien en tales estudios de costumbres se ocupaba, no podían
ocultarse las ridiculeces del vulgo de los americanos (no de los
|colombianos solos, como en Bogotá se lo figuraron
algunos), que pasan por París. Bajo el título de
|Etnografía salieron en el periódico de esta ciudad llamado
|Europa y América, de 1.° de Diciembre de 1889 á 1.° de
junio de 1891, unos cien bocetos ó cuadritos en que bien
distintamente se perciben dos objetos: el uno poner de relieve los
peligros con que tropiezan en estas grandes ciudades individuos de
países más candorosos, y los inconvenientes de viajes emprendidos
sin otro finque satisfacer la vanidad; y el otro, descubrir los
muchos engaños, farsas y tonterías que se originan de esa vanidad,
con el designio, ya que no de impedir se hagan, á lo menos de que
sean conocidos. Nadie ha dudado de la utilidad de los viajes cuando
se hacen para aprender lo útil y bueno y llevarlo á la patria, ó
siquiera para ensanchar el espíritu aceptando las lecciones de
modestia y tolerancia que da la vista de vidas y costumbres
diversas de las nuestras; y muchas personas han venido, vienen y
vendrán de América á Europa que han llenado y llenarán tan benéfico
propósito con loa y agradecimiento de sus compatricios. Pero no es
eso lo general, y son incontables los que solo miran la parte
superficial de estas complexas sociedades, toman la corteza por el
fruto, y después de perder tiempo, dinero y no sé qué más, vuelven
á su patria llevando de la cultura, la civilización y el progreso
ideas falsísimas que contribuyen no poco á la desmoralización y
ruina de esas sociedades. Mientras se publicaron dichos cuadros,
nadie protestó ni tampoco lo ha hecho nadie aquí después que se
coleccionaron con el título de
|Curiosidades de la vida
americana en París, antes la generalidad de las personas
juiciosas de los países americanos ha convenido (así de palabra
como por escrito) en que esos tipos ridículos ó dañinos no les son
desconocidos; prueba concluyente de que el autor procedió conforme
lo dice en su prólogo. " conservándolos siempre en una
atmósfera de abstracción que los hace superiores á la misma
realidad, para que nadie pueda decir al contemplarlos: Este soy yo,
ó Aquélla es mi tía; sino Así soy yo, Así es mi tía." En
Bogotá, cosa natural, no faltaron ataques: unos inspirados por
enemistades personales (
|acriores quia iniquae), y otros,
puros desahogos de médicos nuevos que se creyeron injuriados al
leer de un mozo que después de recibirse de doctor en América,
tiene aquí que hacer sus estudios porque no distingue el toronjil
del laurel, y de otro que abandonado á su suerte, solo y sin
sanción alguna, en el barrio más peligroso para la moralidad, no
piensa en estudiar, se pervierte, agota sus recursos, y al volverse
compra una tesis (que el hacerlas para los estudiantes es por acá
profesión conocida) y luego se titula médico de la Facultad de
París. Que esta censura, viniendo de quien venía, no podía
entenderse con todos los médicos de Bogotá que han venido á París á
perfeccionar sus estudios, era patente, como que yo mismo después
de haber asistido al grado de uno que es hoy insigne profesor en
esa ciudad, di público testimonio del brillante éxito que obtuvo.
La discreción más rudimental aconsejaba, pues, al que pensase que
pudiera dudarse de sus títulos, que, como quien no quiere la cosa,
colgase en su sala ó despacho el diploma debidamente autenticado
por el Gobierno francés y el Ministro colombiano, como naturalmente
los tendrán todos, pues así los tienen estudiantes de otras
nacionalidades. El sulfurarse é insultar á quien hace una crítica
en general es de gente poco avisada y da que sospechar: ¿quiénes
sino los predicadores abominables de su tiempo le saltaron á los
ojos al P. Isla cuando publicó el
|Fray Gerundio ? ¿quiénes
sino los D. Eleuterios y los D. Hermóges pretendieron amotinar el
teatro cuando se echó la
|Comedia nueva? Al crítico, para
poner las cosas en su punto, le hubiera sido muy fácil conseguir y
publicar la lista de los estudiantes americanos graduados en la
Universidad de París de unos años atrás; y no lo hizo porque su
objeto fue dar el alerta á los padres y madres de familia, y no
ofender ni desacreditar á nadie. En estos ataques salió con denuedo
á la defensa D. Rafael Pombo, como siempre lo ha hecho con sus
amigos injustamente ofendidos.
Al mismo tiempo que aprovechaba mi hermano sus observaciones
actuales, quiso beneficiar sus recuerdos fidelísimos para escribir
una novela americana en que se combinase, por lo que hace á los
actores, la realidad amable y virtuosa con la brutal y pervertida,
y en cuanto al escenario, los encantos de la naturaleza
intertropical con sus violencias y estragos. Llamóla
|En la
soledad, y situó la acción en las orillas del Magdalena y á
tiempo que, promovido el cultivo del tabaco por casas europeas,
alcanzaron las comarcas rayanas de Cundinamarca y lo que hoy es el
Tolima increíble prosperidad, y junto con eso suma relajación de
costumbres; tal que la novela trae á la memoria la tierra aquella
en que, según el poeta, son el ciprés y el mirto emblemas de las
obras de sus habitadores, y donde la ferocidad del buitre y los
arrullos de la tórtola ora derriten en melancolía, ora enfurecen
basta el crimen. Hay caracteres que dejan impresión imborrable:
Varela convertido en criminal por un arranque de amor paternal y
obligado á vivir lejos de su familia en lugar bravío, atormentado
por la soledad y el temor de ser descubierto, sin otro vestido que
unos calzoncillos y una especie de morrión formado de la piel de un
perico ligero secada en una calabaza, considerado por los
campesinos que llegan á verlo como ser misterioso que tiene pacto
con el diablo y es de mal agüero para quien se encuentra con él;
Ricardo, joven de buena educación, formas atléticas, valor
incontrastable, pero corrompido, que se mete á contrabandista de
tabaco; Carmen, de aquellas familias modestas de Bogotá que con
igual ánimo rezan, trabajan y se divierten, y llegado el caso se.
van con su marido á un desierto, se encargan de todos los
pormenores económicos que constituyen las ganancias de una empresa,
cultivan las flores, alegran su casa punteando la guitarra y
cantando, y son madres de los trabajadores hasta enseñarles la
doctrina y curarles las llagas. Empezóse á publicar en
|Europa y
América, pero quedó interrumpida por haberse suspendido este
periódico.
En sus trabajos históricos mostró que si el respeto de la verdad
y el amor de la exactitud fundada en documentos fueron blanda
rienda de la fantasía, en nada mermaron la limpieza del estilo, el
orden de la composición ni el interés del relato. Siempre había
acariciado el proyecto de escribir la Vida de nuestro padre,
persuadido por experiencia de la facilidad con que en países
revueltos se olvidan méritos y servicios, y de que la adulación á
los vivos conduce á empequeñecer á los muertos, y lo que es más
infame, á ultrajarlos. Avivósele el piadoso designio al leerla
biografía que publicó un periódico de Bogotá, tan diminuta é
insustancial que daba grima; y puso luego manos á la obra,
ordenando primeramente los documentos que teníamos en casa y
haciendo un rápido bosquejo. Examinado entre los dos, releímos los
documentos, convinimos en lo que había de extenderse ó aclararse, y
él mismo hizo otra redacción, en la cual apareció ya casi completa
la figura que intentábamos retratar; para acabarla solicitamos de
Bogotá y Quito algunos documentos necesarios, y si bien no todos
pudieron conseguirse, el cariñoso interés de algunos amigos nos
proporcionó los más indispensables. Terminada la obra, salió á luz
en 1892 en dos volúmenes en 8.°; aunque se prometió el tomo tercero
que contendría el
|Epistolario, dificultades imprevistas
impidieron la publicación; y cierto que fue lástima, pues ahí
debían figurar muchos de los hombres más notables de Nueva Granada,
contando ellos mismos los sucesos en que intervinieron ó que
presenciaron; y como todas las cartas estaban dispuestas en
riguroso orden cronológico, resultaría la historia de esos tiempos
por duplicado, hasta cierto punto, primero en nuestro relato y
luego narrada por los actores ó testigos mismos. No me toca á mí
decir el éxito de esta obra, ni enumerar los juicios benévolos que
mereció á escritores americanos y europeos. En nuestra patria
produjo viva impresión la imparcialidad con que se vieron narrados,
conforme á documentos irrefragables, sucesos casi olvidados, poco
gratos ora á un partido, ora á otro, lo que atajó tanto el aplauso
como el vituperio; con excepción de algunos amigos que la juzgaron
favorablemente. Por haberse publicado después, mencionaré la
extensa carta que sobre ella escribió D. Miguel Samper al Dr.
Barreto, y que superó nuestras esperanzas, por la equidad con que
juzga el carácter y los hechos de nuestro padre: juicio que, por
venir de un ciudadano eminente, en quien corría parejas la
ilustración con la honradez y el patriotismo, confiamos fuese
ratificado por la posteridad. Ambos veíamos que en nosotros se
extinguiría la familia que tuvo por timbre llevar el mismo apellido
que nuestro padre; y aunque el pensamiento de la muerte causa algún
estremecimiento hasta á los más serenos, y el fin de las cosas trae
siempre consigo un no sé qué de amargura, sentimos íntima
satisfacción de haber, podido fiar esta memoria venerada á un hijo
del entendimiento que acaso dure lo que la verdad, pues que por el
amor de la verdad fue engendrado.
La obra que hoy publico fue la última que concluyó, y en ella,
más que en la anterior, aparece la personalidad del autor, porque
se compone de sus recuerdos personales extendidos con familiar
ingenuidad: los documentos son pauta que han guiado la pluma para
el orden y traza de los sucesos, y prenda siempre de la exactitud y
viveza de aquéllos. Muchos testigos quedan aún de los
acontecimientos aquí relatados, y sin embargo, la generación
presente los conoce muy poco: tanto hemos visto y padecido todos,
que en cada cual á los recuerdos de ayer se ha sobrepuesto el
presente triste, y los hemos dejado cubrir con el moho de los años.
El autor, obedeciendo á su rectitud y veracidad, no ha dicho otra
cosa que lo que estaba en la conciencia de los que presenciaron el
fin trágico de la antigua legitimidad y vieron caer á sus últimos
defensores abrazados con la constitución; pero esa misma rectitud
le ha guardado de repetir aquellos cargos injustos que se oyen
siempre que perece alguna causa política: la ineptitud es ya cargo
grave, y en alguna ocasión no ha tenido el escritor más que copiar
lo que otros testigos han referido. Posible es que todavía haya
alguien á quien ofenda la verdad, porque desgraciadamente el amor
que á ella nos jactamos todos de profesar, se atenúa y desaparece
cuando no lisonjea nuestros afectos; pero eso no queda á cargo del
historiador, que no habla para uno solo, sino para todos y para
siempre.
La época á que se refiere es acaso la más grave y crítica de
nuestra historia de nación independiente, Antes nunca había
triunfado definitivamente una revolución, y si el gobierno, después
de reprimir las que se habían hecho, se mostraba riguroso con los
rebeldes, apoyábase en la fuerza moral de una autoridad por todos
reconocida, y seguía ejerciendo el poder en virtud de una
constitución y de leyes dictadas, en su mayor parte, en tiempo de
paz, sin producir cambio brusco en la sociedad ni en la
administración pública. El triunfo de una revolución presupone
transformación completa de la maquina del gobierno, reparto de
botín á los vencedores, todo linaje de vejaciones para los
vencidos, y por largo tiempo casi cesación de la vida nacional. Con
esto el nuevo régimen no representa ya la nación, sino los
intereses de los vencedores, que á todo trance quieren conservar
sus puestos y ventajas y mantener supeditados á sus contrarios,
para evitar represalias, por más que les sea menester ponerse en
contradicción flagrante con los principios que para la exportación
proclaman. Así, las constituciones semejan aquellos anuncios de
fiestas campestres que solo se cumplen "si el tiempo lo
permite." Entre nosotros, por tendencia natural, por una
especie de atavismo, como que nuestros mayores durante siglos
fueron criados para esclavos y vivieron esclavos, aunque más
hablemos de libertad, siempre el Deseado es un Fernando VII. Los
verdaderos republicanos no han abundado en nuestra patria, y han
sido ahogados por los absolutistas ó por los jacobinos, que para el
caso es lo mismo; necesitárase el reinado de larga paz bajo un
gobierno legal para que los pueblos se hicieran á respetar la
fuerza moral del derecho, y eso es lo que han impedido los
gobiernos de partido, cuyo dominio se instauró, qué sé yo hasta
cuándo, con el triunfo de Mosquera. En treinta y tantos años hemos
visto proclamados y puestos en práctica axiomas como
|El que
escruta elige, No ha de perderse con papelitos lo que se ganó d
balazos, Los vencidos no tienen otro derecho que el de trabajar
para pagar las contribuciones; hemos visto derrocados
gobiernos
|soberanos, expropiadas las imprentas, llevados
en traílla los periodistas por las calles, barridos á balazos los
electores, embaucada por largo tiempo la nación con empresas, no
por fantásticas menos costosas, y atormentadas las conciencias en
nombre del libre pensamiento; y luego mudándose la decoración y los
personajes, para fundar otro sistema de opresión se han inventado
títulos cuasi místicos en defensa de la arbitrariedad, se ha
asentado como dogma de nuestro derecho público que el jefe del
Estado es jefe nato de su partido, y en consecuencia sigue, como
tal, ó redactando periódicos, ó dirigiendo á vista de todos
intrigas maquiavélicas, ó insultando á los particulares ó á los
partidos, y olvidando todo decoro para satisfacer los apetitos de
especuladores, familiares ó paniaguados. En más de veinte años
que estuvo alejado de los cargos públicos un partido,
desaparecieron casi todos sus hombres que tenían alguna práctica en
el gobierno; en posesión del mando, todo ha sido andar á ciegas. Si
la otra mitad de la nación dura tanto tiempo en situación igual, al
volver al poder, tampoco habrá quien conozca el manejo de los
negocios públicos, y perdida la tradición del orden administrativo,
se consumará la ruina de la República. Cuando el histrión clamó en
el teatro romano:
|Quirites, libertatem perdimus, todos los
ojos se volvieron á César; á nosotros no nos hubiera quedado más
recurso que mirarnos unos á otros, porque todos hemos contribuido á
la obra nefasta; si bien la responsabilidad primera corresponde á
los que buscaron en la revolución el medio de satisfacer sus
pasiones y á los que les prepararon el campo para entregárselo
sacrificando á su propia ineptitud infinitas víctimas generosas.
Pero ya son estériles las recriminaciones, pues que nadie puede
tirar la primera piedra. Nuestra vida política ha llegado á ser
poco menos que de salvajes: tal se figura uno dos tribus que se
disputan el terreno en que las confinó la naturaleza; el vencedor
niega al vencido el fuego y el agua; el vencido espía un descuido
de su dominador para derribarle, ó aguarda que un agraviado se lo
entregue por traición; entre tanto el campo no se siembra, y el
hambre acabará con los dos. Probado por la experiencia que los que
apellidan
|libertad no han sabido hacerla efectiva, y los
que claman
|autoridad no han logrado hacerla respetable,
dudo que hombre alguno honrado y sensato pueda conservar fe en
programas que no han producido sino escombros, ni menos seguir
adorando ídolos que no han dado el triunfo á los partidos sino
corrompiéndolos y degradándolos. ¿No habrá llegado ya el caso de
comenzar de nuevo, como en 1832, con una reacción vigorosa de
patriotismo, modestia, desinterés y decoro? Envidiable sería la
gloria del hombre público que convocara para cumplir ese programa á
todos los ciudadanos honrados, que por dicha aun los. hay,
persuadiéndoles que entorno de la madre agonizante acallan los
buenos hijos mezquinas disensiones. Solo así cabe abrigar la
esperanza de que algún día gocemos
|todos de libertad bajo
un gobierno justo. Ah! pero éstos son sueños, y los sueños....
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