INDICE




 

APÉNDICE

Confío en que no aparecerá mal que t la sombra del nombre de mi hermano publique des escritos encaminados á rechazar injustificables ultrajes á la memoria de mi padre, que él tanto veneró y quiso hacer venerar. Escritos de este linaje, publicados en periódicos ó revistas, pronto se olvidan, Y cuando se recuerdan, difícilmente se logra volver á leerlos.

I

Cuando el Gobierno de Colombia creó, por decreto de 9 de Octubre de 1822, el colegio de Medellín denominado Colegio de Antioquia, señaló al efecto el edificio del Convento de San Fran cisco en todas sus anexidades, apoyándose en la ley de 6 de Agosto de 1821, que suprimió los conventos menores y destinó de preferencia para colegios ó casas de educación sus edificios. Hallábase el Colegio en pacífica posesión del que había sido construido para convento y de la capilla anexa, cuando en 2 de Octubre de 1843 la Cámara provincial de Antioquia puso la última á disposición del Señor Obispo de la Diócesis. Al tiempo que se ocupaba éste en sacarla del estado ruinoso en que se encontraba, llegaron los Padres de la Compañía de Jesús, y el Obispo se la entregó para que en ella ejerciesen su ministerio. Los liberales, que desde un principio habían visto de muy mal ojo el llamamiento de estos Regulares, tomándolo como medida de partido enderezada contra ellos, no desaprovecharon medio alguno de hostilizarlos; y como la posición misma de la Compañía era algún tanto insegura, pues que llamada exclusivamente por la ley para evangelizar á los salvajes, este objeto era el menos visible en las labores á que se había consagrado en la República, no faltaban á sus enemigos aun recursos legales para tratar de restringir la actividad de los Jesuitas, limitándola al que decían era, conforme á la ley, objeto único de su venida á la Nueva Granada. Distinguiéronse en esta tarea los de Antioquia, y como hubiesen obtenido la mayoría en la Cámara Provincial de 1847, elevaron al Gobierno una solicitud para que "se les destinase al objeto con que fueron llamados," la cual fue pasada al Congreso en 2 de Marzo de 1848; |1 al mismo tiempo, para embarazar su ministerio, derogaron por decreto de 20 de Setiembre el otro de 2 de Octubre por el cual fue dada al Obispo la capilla. Ese decreto, suspendido por el Poder Ejecutivo y remitido á la decisión del Congreso, fue pasado el 8 de Marzo de 1848 en la Cámara de Representantes á la Comisión provincial de Antioquia, y devuelto por ésta el 18 con un proyecto aprobatorio, redactado por D. Juan Antonio Pardo, conservador y católico reconocido. |2 El 27 del mismo mes tuvo en el Senado primer debate, el cual fue suspendido mientras el Poder Ejecutivo enviaba el decreto de la Cámara de Antioquia y los demás documentos relativos al asunto; leídos éstos el 8 de Abril, el Senado, después de una ligera discusión, negó que el proyecto pasase á segundo debate, con lo cual quedó enterrado. †

El R. P. Rafael Pérez, S. J., en las páginas 207-8 de su obra titulada |La Compañía de Jesús en Colombia y Centro-América después de su restauración (Parte primera, Valladolid, 1896), después de hablar inexacta y conjeturalmente de la solicitud que la Cámara provincial elevó al Gobierno, y de la cual queda hecha mención arriba, continúa así el relato tic los mismos hechos que conforme á documentos oficiales he referido:

" No salieron más airosos en su segundo proyecto, aunque en un principio parecieron triunfar. Era éste sacar á les Jesuitas de la iglesia de San Francisco; mas conservados allí solo en fuerza de vivísimas instancias del Sr. Obispo, no se hallaba pretexto para privarles del ejercicio de los ministerios en aquel templo, sin ponerse en contradicción con el Prelado, amigo político y personal de Lince, con quien había sido tan condescendiente, que solo por complacerle había sacrificado los intereses de los PP. y consiguientemente de aquel barrio de la ciudad. Ahora olvida el hombre ingrato aquellas deferencias: se empeña en probar que las Cámaras habían obrado antilegalmente entregando la Iglesia al Obispo, y arranca otro decreto en contrario. Mas necesitaban la sanción del Ejecutivo, y se presumía fundadamente no poderse obtener de Mosquera, quien ya en confidencias con sus amigos de Antioquia había tachado de injusta aquella medida. Afortunadamente para ellos el Presidente había continuado su visita á las Provincias; gobernaba en su ausencia el Dr. Refino Cuervo, á quien no fue difícil ó ganar ó sorprender. El Obispo, pues, se encontró casi sin saberlo despojado de su Iglesia por sus propios amigos Lince y el Gobernador Martínez, quienes ni se dignaron atender á las débiles reclamaciones que les dirigió.

A tales bajezas é injusticias arrastraba á aquellos hombres el odio ciego á los jesuitas. El P. Freire entregó muy gustoso curando se lo exigieron, aquella iglesia cuyo uso tan á pesar suyo había conservado durante tres años á costa de tantas desazones. Cantaron victoria los Amigos del País; alas poco les duró su malhandado triunfo: los PP., á quienes creían haber inferido un agravio, tuvieron aquella medida nacida del odio como una coyuntura oportunísima para librarse de compromisos con el Sr. Gómez Plata, y con anuencia suya siguieron ejerciendo sus ministerios muy tranquila y fructuosamente en el Convento de carmelitas cercano al Colegio, y en la capilla que posteriormente se edificó para servicio de éste. El pueblo, lleno de una justa indignación contra los manejos de los que reputaba sus enemigos, por serlo de la Iglesia y de los jesuitas, aumentaba su fervor y multiplicaba sus esfuerzos para acelerar la fábrica de la nueva Iglesia, de manera que en resumen el partido hostil, lejos de adelantar nada, perdía crédito y amigos. Mas no fue esto solo. como Dios suele valerse de unas pasiones (?) para castigar otras más aviesas, Lince y sus cooperadores tuvieron que pasar por la humillación de ver deshechos sus triunfos de una sola plumada. Vuelto Mosquera de si. excursión, fue informado de lo que había ocurrido respecto de aquel decreto de las Cámaras de Medellín que él ya había calificado de injusto: en consecuencia lo alunó y dio orden de devolver el templo á su legítimo dueño el Prelado de la Diócesis. Este hizo nuevas instancias á los PP. para que de nuevo se encargasen de él; pero no pudiéndolo recabar, tuvo la generosidad (no sé si llamarla debilidad) de encomendarla al cuidado del Capellán del Colegio académico. Tal fue el último desenlace de este negocio, que entre otros bienes que produjo, no previstos por cierto, por sus mal intencionados promovedores, fue uno el de proporcionar á los Jesuitas algún tiempo de paz y bienestar y conciliarles mayor aprecio en aquella sociedad."

Para proceder con buen orden copiaré en seguida lo que al Vicepresidente escribieron sobre el particular Mosquera y el Ilmo. Gómez Plata. El primero, que cuando se dio el decreto estaba en la ciudad de Antioquia, con fecha de 29 de Setiembre decía así desde Medellín:

"Aquí la Cámara de provincia ha dado un decreto derogando otro anterior por el cual había puesto á disposición del Obispo la iglesia de San Francisco, con el objeto de quitársela á los Jesuitas, que hacen con ella sus funciones eclesiásticas y tienen una congregación de artesanos. El pueblo ha recibido muy mal este ataque, y puede producir malos efectos. Me parece que las iglesias, sean ó no de colegios, deben estar siempre á disposición de los obispos para el culto, y le he escrito al Obispo que no altere el servicio que se hace en ésta; y ojalá U. quisiera examinar esta ordenanza para resolver la cosa de un moda favorable. Los Amigos del País, regentados por Moore, no están contentos con la moral que tiene hoy el pueblo á efecto de las buenas doctrinas de los jesuitas, y han logrado tener mayoría en la Cámara para este ataque. Si se lleva á efecto cerrar aquel templo antes de concluir el que están edificando, puede ser motivo de graves disgustos."

Añadiré como cosa curiosa, parar dar á conocer las ideas y la conducta de Mosquera en esa época, lo que Había escrito el 8 de Setiembre:

"El Colegio provincial está regular. El Dr. Lince toma `mucho empeño para emular al de Jesuitas, que también está bueno, y tiene s: lenta alumnos internos, y aquél cuarenta. Mientras no haya más que emulación, iremos bien; pero temo que se agrien después los ánimos. Yo he tratado de inspirar ideas de tolerancia, como medio de que no progrese ni la impiedad ni el fanatismo. Mucha falta hace el nuevo plan de estudios"

El Obispo se expresaba en estos términos. escribiendo de Santa Rosa el 15 de Octubre:

" En años pasados puso la Cámara de Provincia á disposición mía la capilla del Colegio Académico, porque estaba ruinosa y próxima á caerse; me hice cargo de ella, hice desembolsos, dicté las providencias más eficaces para su refacción y cuidado. Componiéndose estaba cuando vinieron los Jesuitas á esta provincia, á quienes encomendé la continuación de la obra, lo que efectivamente lograron, no solo evitando su ruina, sino hermoseándola y cuidándola con esmero hasta aquí. En este estado, la Cámara de provincia de este año ha revocado aquel decreto, sin expresar motivo ni razón alguna para su procedimiento, y ha dispuesto se le entregue la capilla al capellán del Colegio, Esta ordenanza, además de atentatoria á los fueros del Prelado de esta diócesis, á quien corresponde la dirección y régimen de todas las capillas públicas que haya en ella, y con especialidad la del Colegio, por reconocimiento expreso de la misma Cámara, me es ofensiva. y agraviosa, pues desde luego cualquiera deduce que quitarme la dirección de la Capilla que se me había encomendado para su cuido, sin expresar el motivo, es porque yo la he mirado con abandono, y no he llenado el encargo que se me hizo. Es también una versatilidad caprichosa y sin objeto; y si observamos la anomalía de prevenirle á un obispo que entregue la Capilla y sus alhajas á un capellán subalterno, se nota mejor la festinación con que procedieron los camaristas. Además, es público y notorio que en este procedimiento no se tuvo presente sino ofender a los Jesuitas; es también cierto que al separarlos de la Capilla hay ó se causa una desagradable sensación en el pueblo de Medellín. Me intereso por tanto en que usted, si lo tiene á bien, mande suspender esa ordenanza y decreto."

Lo primero que salta á los ojos en los conceptos del Presidente y del Obispo es que ni uno ni otro alegan que la Capilla fuese propiedad del Obispo; ni podían creerlo, conocidos los antecedentes del asunto. El R. P, Pérez, aunque también los conocía (p. 71), insiste en lo contrario, diciendo que el Obispo se encontró despojado de su iglesia, y que el templo fue devuelto á |su legítimo dueño el Prelado de la Diócesis; yo no entiendo en qué concepto lo afirma. Si no reconoce el derecho con que el Congreso de Cúcuta por la ley de 6 de Agosto de 1821 destinó á la enseñanza pública los bienes de conventos menores, lo natural es que conforme á la opinión más recibida de los canonistas, tenga por dueño del Colegio y la Capilla de San Francisco á la Orden á que pertenecían y que aun existía en la Nueva Granada. No de otra suerte lo entendió Bolívar cuando por decreto de I.° de julio de 1828 restableció varios de los conventos suprimidos, y ordenó que los bienes fuesen entregados á los mismos conventos ó á su Orden, siendo de notar que extendió esta providencia á los conventos de hospitalarios de Panamá y Natá, que habían sido suprimidos por el gobierno español (decreto de 30 de Julio); de igual manera procedió la Convención de 1832 en el decreto por el cual excluyó de la supresión los conventos menores de Pasto y el del Desierto de la Candelaria (6 de Marzo), No hace mucho que el Ilmo. Señor Velasco, Arzobispo de Bogotá, queriendo devolver á su dueño la rica custodia de que estaba en posesión la parroquial de San Carlos, no la adjudicó al Prelado de la Diócesis sino á la Compañía de Jesús. Y para que no se diga que éstas son cosas de Colombia, añadiré que en el artículo 35 del Concordato celebrado entre la Santa Sede y España en 1851 se dispone que se devolverán luego y sin demora á las comunidades religiosas, y en su representación á los prelados diocesanos en cuyo territorio se hallen los conventos, los bienes de su pertenencia.

Si nos ponemos pues en el caso del Obispo de Antioquia, que no podía reputarse dueño de la Capilla, nos explicaremos esas condescendencias de que el historiador le acusa aquí, lo mismo que atrás en la página 121, donde refiere las contiendas que se suscitaron entre Lince, Rector del colegio, y los Padres que ejercían su ministerio en la capilla, sobre las llaves de la puerta de comunicación; "La solución (dice) hubiera sido muy sencilla, pero el Señor Gómez Plata., Obispo de Antioquia, era amigo personal y político de Lince, y no se atrevía á contristarle," La posición del Obispo no era firme, porque solo tenía la capilla en calidad de. depósito ó préstamo, y le era forzoso irse á buenas, para evitar conflictos cuyo resultado no era dudoso.

Otra cosa de suma importancia que se echa de ver en los pasajes de las cartas del Presidente y del Obispo, es que uno y otro hablan de injusticia, de inconveniencia, de principios canónicos que no sé si eran aplicables al caso, pero no de ilegalidad, á pesar de que uno y otro debían conocer las leyes de la República, y además tenían que estar impuestos de lo que en pro y en contra se había alegado en la Cámara: y sin embargo, ésa era la única solución que debía buscarse, y la que el Presidente, no hallándola, recomendaba al Vicepresidente la buscase. Conforme el artículo 23 de la ley de 13 de junio de 1844. adicional á la de régimen político y municipal, que era la que regía en la materia y que cabalmente fue firmada por el Obispo de Antioquia como presidente del Senado, correspondía al Congreso la facultad de "anular todos los actos de las Cámaras provinciales, de los concejos municipales y de les cabildos parroquiales," y al Poder Ejecutivo la de "suspenderlos en los casos de que sean contrarios á la constitución y á las leyes, ó que no estén dentro de sus facultades, dando cuenta al próximo Congreso." El Poder Ejecutivo no tenía pues que dar su sanción al decreto de la Cámara para que fuese ejecutado, sino que debía suspenderlo ó no, según fuese contrario, ó no, á las leyes, dejando al Congreso, que para, el caso tenía la plenitud del poder, el anularlo fundándose en cualquier linaje de consideraciones. Por manera que es de todo punto inexacto que, sancionado el decreto por el Vicepresidente, fuese anulado por Mosquera, y que con esta plumada todo quedase concluido: fuera del texto legal, lo demuestran los hechos alegados en el preámbulo de este escrito.

Lo que pudo suceder fue que el decreto no fuese suspendido hasta la vuelta de Mosquera. Conforme á los artículos 133-6 de la ley de 19 dé Mayo de 1834 sobre régimen político y municipal (de la cual es adicional la ley antes citada), la Cámara debía comunicar sus decretos y ordenanzas al Gobernador para que los publicara y ejecutara, y el Gobernador debía ejecutarlos mientras no fuesen suspendidos por el Poder Ejecutivo ó anulados por el Congreso: el Gobernador debía además remitir copia fiel de ellos al Poder Ejecutivo. De las cartas del Presidente y del Obispo resulta que á mediados de Octubre todavía no se había ejecutado el decreto: ¿cómo se explica que el Gobernador anduviese tan remiso para llevarlo á efecto, habiendo obrado la Cámara con tanta actividad para darlo, como que instalada el 15 de Setiembre, ya estaba aprobado el 20, pasando por tres debates en días distintos? Plausiblemente puede conjeturarse que habiendo Mosquera manifestado públicamente su improbación y escrito al Obispo que no se diera por entendido, no se atrevieron los malquerientes de los Jesuitas á poner por obra sus deseos mientras él estaba presente (y él no se embarcó en Nare para la Costa hasta el 10 de Octubre). El Obispo, por su parte, debió de juzgarse seguro con esto, y por eso no escribió antes al Vicepresidente, como era natural que lo hubiera hecho; y el Gobernador, dilataría enviar el decreto á Bogotá, no pudiendo dudar de que iba á ser suspendido, así por lo que Mosquera proclamaba sobre la completa armonía que reinaba entre él y el Vicepresidente, como por lo que éste debió escribirle por esos días á favor de los Jesuitas, según se veri más abajo; de este modo aseguraba la satisfacción de los enemigos de la Compañía, que no podían ya. abrigar otro designo que el de mortificarlos sacándolos, aunque fuera por pocos días, de la Capilla. Con tal ardid pudo muy bien entretenerse el asunto y quitarse la Capilla al Obispo, sin que hubiera modo de impedirlo, hasta principios de Diciembre, en que volvió el Presidente á la capital.

Ignorando lo que el Vicepresidente contestó á las cartas copiadas, y deseando poner en claro lo que realmente pasó en la decisión del punto, he acudido á la afectuosa voluntad de amigos de Bogotá y Antioquia, para que consulten los documentos correspondientes en los archivos públicos, á fin de saber cuándo fue puesto en ejecución el decreto, en qué fecha se remitió á la capital y cuándo y por quién fue suspendido; pero hasta ahora los esfuerzos que para lograrlo han hecho, han sido infructuosos: tal es el desorden en que yace este importantísimo ramo del servicio público, y que pudiera remediarse con una mínima parte de lo que por tantos años se ha estado derrochando en contentar á traficantes sin conciencia ó á partidarios ó parientes codiciosos ó desvalidos. A falta pues de datos ciertos que prueben lo contrario, sigo admitiendo que Mosquera fue el que suspendió el decreto. Supongamos que el Vicepresidente no lo juzgó contrario á la constitución y á las leyes ni ajeno de las facultades de la Cámara, casos únicos en que podía suspenderlo: pregunto: ¿podía hacerlo sin faltar á su deber y á su conciencia? Y no vale alegrar que la decisión de la Cámara era injusta, pues la ley dejaba libre el recurso al Congreso: era asunto de competencia. Si hubiera procedido así, sabiendo que se malquistaba con el Presidente, con el Obispo y con los Jesuitas, ¿no merecería antes loa que reproche? por de contado que todo esto de respeto á la ley y limitación de facultades es guirigay para los que suspiran por -,que! buen tiempo viejo en que con el rey no rezaban ni los mandamientos de Dios y su Iglesia, y en que era como de derecho constitucional lo de |allá van leyes do quieren reyes. Otra suposición: demos que el Vicepresidente juzgase legal la decisión de la Cámara después de ver que Mosquera se había adelantado á improbarla, llegando en cierto modo á suspenderla: ¿no sería lo natural aguardar su muy próxima venida para dar un corte conveniente al negocio, ó dejar que él cargase con la responsabilidad que ligeramente había asumido?

Falta la última explicación del caso, la que da nuestro historiador en estos términos ultrajantes: "Afortunadamente para ellos, el Presidente había continuado su visita á las provincias y gobernaba en su ausencia el Dr. Rufino Cuervo, a quien no fue difícil ó ganar, ó sorprender." Quiero que me diga el escritor si él ó algún otro testigo presenció el hecho de que el Vicepresidente ofreciese débil resistencia á los dones, promesas ó lisonjas de los sobornadores, ó de que se dejase engañar ó alucinar por los enemigos de la Compañía para no suspender el decreto, ó si tiene alguna probanza fehaciente de ello. Pero él no lo podrá afirmar ni la podrá presentar, porque aparear en disyuntiva el cargo de prevaricato y el de pocos alcances, es cosa que solo puede concebirse conociendo la inconsciencia con que los españoles emplean los términos más denigrantes al hablar de cualquier hombre público. Nada me impresionó más tristemente cuando estuve en España, que semejante deslenguamiento, signo evidente de sociedades agonizantes: nada sucedía ó había sucedido que no tuviese su erigen en la venalidad y la prevaricación; y no solo en los cafés y en las calles oía yo esto; era corriente en libros y periódicos. En una obra de D. Saturnino Jiménez sobre la última guerra carlista (Barcelona s. a.) leí que cuando las tropas liberales eran derrotadas, al punto la gente clamaba: Venta! (p. 157); y que los carlistas, vencidos, decían á boca llena, en sitios públicos, á quien quisiese oírlos, que habían. sido vendidos miserablemente (p. 165). En. un libro de D. Santiago de Liniers, titulado |Todo el mundo, se atribuía la situación infeliz de la nación a que todos los que de años atrás la habían gobernado eran unos pillastres. Si aquello me parecía inicuo, tratándose de España, con mayor razón protesto ahora contra españoles que pretendan aplicar el mismo criterio inmoral para juzgar la conducta de un ciudadano eximio de mi patria cuyo nombre me glorío de llevar.

Para mí tengo que en este asunto no solamente faltaron los lances melodramáticos del soborno y la plumada, sino que todo pasó amigablemente y por sus términos naturales; lo que debió de acontecer fue que el enojo que causó á los Padres la mezquina agresión de sus enemigos y que se trasparenta en la narración de su historiador, les hizo parecer eterno el plazo de un mes para la satisfacción de su agravio, y todo lo vieron con negrísimos colores. Para pensar así me fundo en esto. De las cartas que por esos días escribía el Presidente al que lo reemplazaba en la Capital, aparece la más amistosa conformidad en todas las materias de gobierno, antes y después del caso de que tratamos; y la correspondencia que por largos años se conservó entre el mismo y el lloro, Gómez. Plata arguye sincera y leal amistad: ¿podrá imaginarse que nadie se dejase |ganar contra dos autoridades con quienes estaba en perfecta armonía, y esto para favorecer á enemigos políticos del Gobierno á cuya cabeza se hallaba? Más todavía: el Vicepresidente, amén de haber confiado á los Jesuitas la educación de dos de sus hijos, mantenía con ellos cordiales relaciones. Precisamente el 15 de Setiembre de ese año le escribía de Popayán el Padre Visitador Manuel Gil: " Los Padres de Bogotá me, escriben la bondad con que V. E. los ha visitado, y la atención con que les ha ofrecido escribir al nuevo Gobernador de Antioquia; por todo lo que me ha parecido un deber dirigirme á V. E. para darle las más expresivas gracias, como lo hago, aunque con el temor de distraerle de sus muchas interesantes ocupaciones. Pronto espero poder ir á hacerlo en persona y repetirle mi más vivo agradecimiento. " En la hoja en blanco de esta carta esta el borrador autógrafo de la contestación que dio el Vicepresidente el 28 de Setiembre, que es decir en vísperas de saberse en Bogotá el acto agresivo de la Cámara: " Efectivamente (dice) tuve el gusto de visitar la casa de los Padres jesuitas de Bogotá, y me fue muy grato encontrar en ella orden y disciplina, piedad y aprovechamiento. Yo ofrecí á los Padres mis servicios y se los prestaré gustosamente en todas las ocasiones en que pueda hacerlo. Las novedades de Antioquia han terminado felizmente, según se me escribe." Muy niño estaba yo cuando conocí al mencionado P. Gil y al P. Saurí en nuestra casa de campo, adonde fueron á darse algún descanso. En los días más amargos de la Compañía, cuando se iba á dar el decreto de expulsión, fue la voz de mi padre la única que los defendió en el Gobierno, sin dejarse |ganar por los enemigos de la Compañía ni intimidar por su rabia; suyo fue ese voto que nuestro historiador publica en su Apéndice IX " como una de las mejores apologías de las varias que entonces se escribieron en favor de la Compañía"; voto sobre el cual le escribía de Jamaica el R. P. Manuel Gil:

" Leímos en Capítulo toda la Comunidad lo que U. tuvo la bondad de decir en nuestra defensa, y todos quedamos sumamente complacidos de la claridad y fuerza con que U. hace ver lo injusto y disparatado de la medida. Este papel creo le hace á U. mucho honor delante de todos los hombres de todas las opiniones, á no ser que hayan perdido la racionalidad, y sean bárbaros ó fieras. Por lo que á nosotros toca, será siempre un motivo de gratitud eterna á un amigo que en días tan aciagos levantó la voz en nuestro favor desde tan alto puesto; y yo como Superior de la Compañía en estas partes, doy á U. en nombre de toda ella las más rendidas gracias. Lo enviaré á Roma al P. General, el cual con menos motivo me ha encargado en otras ocasiones manifestar su reconocimiento á nuestros bienhechores. Esto y las oraciones es todo lo que U. puede esperar de los hijos de S. Ignacio, los cuales dejan á Dios el cuidado de satisfacer las deudas que ellos no pueden pagar."

Muy lejos sin duda estarían ambos de pensar que, corriendo los años, en una historia de la Compañía había de aparecer su desinteresado defensor como un pobrete á quien unos burlan ó se ganan y otro desaira y afrenta.

Dudo que el autor de esta historia sea natural de Colombia y aun que haya permanecido allí bastante tiempo: de otro modo no empleara constantemente el plural |cámaras en lugar del singular |cámara, y tuviera mayor conocimiento de nuestra constitución y leyes y de la representación de nuestros hombres públicos y de nuestros partidos, Digo esto, no para descrédito de su libro, sino para excusar algunos de sus errores. Según él mismo advierte, muchos de sus datos provienen de los mismos Padres que estuvieron en la Nueva Granada, y más que posible es que los autores de esas correspondencias y relaciones escribieran sus impresiones sin apurar las causas ni precisar los hechos con los pormenores oportunos, como lo hace quien escribe una historia con todos los escrúpulos de la crítica moderna; de donde resulta que el que se ha servido de tales datos, hallándose lejos de las fuentes, ha tenido que suplir lo que le faltaba por conjeturas ó de imaginación, como ha sucedido en la relación teatral del incidente de la capilla de San Francisco. Probablemente de la misma causa se originan algunas prevenciones que se notan contra nuestras cosas y nuestros hombres. Muchos de los Padres habían sido testigos y aun víctimas de los horrores de España en 1834 y años siguientes, y habían hallado pacífico abrigo en las comarcas ocupadas por el pretendiente Don Carlos; no era pues mucho que mirasen de reojo nuestras instituciones liberales. Pero creo que fuera más propio del candor histórico decir que los Padres, súbditos españoles, repugnaban prestar juramento de sostener la constitución de una colonia cuya independencia no había sido reconocida por la metrópoli, y que, carlistas, no podían aceptar una constitución republicana, que no asentar que en esa constitución (la de 1843) se violaban los derechos de la Iglesia, lo cual es una afirmación temeraria, y que los principios en que ella se basaba son poco acordes con las doctrinas de la misma Iglesia, punto en que los Colombianos podemos optar, según nuestro leal saber y entender, entre la opinión de los carlistas y la de la Santidad de León XIII, Lo mismo diré de cierta inquina que se trasluce contra el Ilmo. Señor D. Juan de la Cruz Gómez Plata, Obispo de Antioquia, por la fama que tenía de liberal. Pide la justicia declarar que este Prelado lo fue en el sentido en que lo fueron muchos católicos que después de haber defendido decididamente la independencia, cifraron todos sus anhelos en fundar una república libre y honrada como los Estados Unidos, basada en el respeto de la constitución y de las leyes, abominando igualmente de todo absolutismo ó dictadura que de toda revolución. En la vehemente carta que en 1840 escribió el Obispo al Coronel Salvador Córdoba, campeón de la revolución liberal, le decía:

" Por su oficio de 10 del corriente (Octubre) y documentos que en copia sin firma me ha acompañado, me he impuesto de los desagradables sucesos que han tenido lugar en esa villa en los días 8 y 9. Lleno del más grande espanto y del más horroroso asombro, se encontró mi espíritu consternado en aquel momento en que tomando en mis manos el oficio que US. se dignó pasarme, leí que por su influencia el orden había desaparecido de esta provincia, las instituciones de la República habían sido quebrantadas, y en su lugar había levantado US, el ronco grito de la revolución, y erigídose en jefe civil y militar, deponiendo la autoridad constitucional que en esa capital existía....

Concluyo suplicando al Señor Coronel se digne dispensarme la franqueza y quizá arrojo con que he dejado correr mi pluma; pero los sentimientos de amistad que me ligan á US., los deseos de que conserve su honor y su reputación tan bien adquiridos, el amor á mi patria, el deber que me imponen mi religión y las leyes, mis principios morales y políticos, el gran respeto que tengo á las instituciones de mi país, el destino que ocupo, mi carácter, mi razón y todo cuanto me anima, me han comprometido y puedo decir violentado á expresar á US. los afectos que han impreso en mi espíritu los actos ejecutados por US. en estos últimos días. Le ruego me tolere, en el supuesto y bajo el seguro principio que no le hostilizaré de ninguna manera, ni le faltaré á la amistad queme honro en profesarle; mas también debe estar cierto, que por mi parte no cooperaré en nada al feliz éxito de su empresa, ni aun rogando á Dios por ella, porque mi conciencia política y religiosa lo resiste; pero sí pediré al Ser Supremo dé á US. los auxilios de su gracia para que su felicidad futura sea asegurada, porque se conserve US, con salud, porque la religión y la patria vuelvan á encontrar en U S. su más seguro apoyo y su más firme escudo contra sus enemigos y los enemigos de las instituciones y de las libertades públicas, y yo tenga el placer muy grato de volverlo á ver colocado en el carril de la ley. Protesto á US. que no soy ministerial, pero tampoco demagogo anarquista. Soy sí amante del orden como el primero; apetezco como nadie las libertades nacionales; detesto como ninguno las arbitrariedades del poder, ya sean parapetadas con la ley ó en su oposición; aborrezco la adulación, y soy exaltado en los principios que rigen á las naciones libres y que tienden á la felicidad de los pueblos. Mi conducta pública y privada, desde muy joven, así lo tiene acreditado, y los que me conocen tendrán que confesarlo. Así pues tengo derecho á que Usía me crea que le hablo con la mayor buena fe y con la más sincera gratitud que puedan. dirigir mis acciones. La Divina Providencia permita no sea yo desdeñado, y le dispense sus favores para que US. cumpla sus piadosas promesas en obsequio de la religión...."

Si al Ilmo. Mosquera no le faltaron duros ataques en los primeros años de su episcopado, de parte del círculo ultra-católico, á causa de su moderado liberalismo, ataques que en época aciaga recopiló el autor del libelo |El Arzobispo de Bogotá ante la Nación, ¿qué mucho que al Obispo de Antioquia, más exaltado, se le echase con frecuencia á la cara el título de |Obispo-ciudadano que le dio Santander? Pero nunca se pudo decir con razón que se apartase de sus deberes de obispo. católico; antes hay muchos actos de su vida que prueban su solicitud pastoral y la firme franqueza con que defendía la causa y promovía los intereses de la Iglesia. Baste citar el empeño que tomó por que en la constitución de 1843 se declarase que la religión católica era la del Estado, para lo cual se valió, no siendo miembro del Congreso, de la grande autoridad de D. Joaquín Mosquera. |3 Baste decir que en 1844 se unió de corazón á todos sus Hermanos en el Episcopado granadino para representar enérgicamente al Congreso en defensa de la libertad de la jurisdicción y funciones de los ministros jerárquicos de la Iglesia, con ocasión de la ruidosa causa del Obispo de Panamá D. Juan José Cabarcas. Y por fin, como argumento concluyente, baste recordar todo lo que hizo en favor de los Jesuitas, cuando eran éstos el punto de mayor discordia entre nuestros partidos: según nuestro historiador, cuando llegaron á Medellín estos Regulares, el Sr. Gómez Plata, " quien á causa de sus antecedentes políticos sospechaba le creyeran poco favorable á los jesuitas, quiso desvanecer tal preocupación, no solo autorizando los ejercicios de la Misión con su presencia y la de todo su clero, sino tratándoles con la mayor intimidad y confianza " (pp. 68-9); alcanzó con sus ruegos que conservasen el cargo de la iglesia de San Francisco, en la cual ejercitaban todos los ministerios cada vez con mayor fruto y aplauso (p. 119); les ofreció con muy buenas condiciones que se hiciesen cargo de su Seminario (p. 103) y una y otra vez les instó sobre ello (pp. 105, 252), "santamente envidioso de lo que veía en los Seminarios de Bogotá y Popayán" (p. 220) á petición suya establecieron la Archicofradía del Purísimo Corazón de María (p. 220); cuando se colocó la primera piedra de la iglesia de San José, " celebró con toda solemnidad esta ceremonia, y luego expidió el decreto de erección, en el cual se decía que la nueva iglesia se entregaría á la Compañía en uso perpetuo é irrevocable, mientras permaneciera en la diócesis" (p. 205); y para que nada faltase, por favorecerlos tuvo no pocos disgustos (p. 110). Dejó al lector que decida si hay justicia en el tono de desdén con que es tratado el Obispo en el pasaje que da motivo á este escrito, cuanto más que la razón que para ello pudiera alegar el escritor es del todo infundada. Si el Prelado era |liberal, en mal sentido, debía agradecérsele mucho más lo que había hecho, lo mismo que los defensores de la Compañía citan de preferencia los testimonios favorables de sus enemigos; si lo era en el genuino y nobilísimo sentido en que tantos hombres buenos han llevado el calificativo, era razón que el escritor reflexionase y moderase sus prevenciones.

Para concluir, declaro ingenuamente que nadie se me adelanta en admirar el instituto de San Ignacio, nadie en venerar á los santos y sabios que han crecido bajo su sombra; pero amo también la verdad y la justicia. |La Compañía de Jesús en Colombia y Centro - América es obra. que ya estará siendo recomendada como lectura espiritual, y personas piadosas habrá que se figuren al Obispo de Antioquia y al Dr. Rufino Cuervo como émulos del Pontífice y el Magistrado que entregaron y sacrificaron al justo: esto ni como hijo, ni como colombiano, ni como católico debo consentirlo.

R J. CUERVO

|1 |Gaceta de la Nueva Granada, número 962.
|2 |Gacela de la Nueva Granada, número 755.
†Diario de los trabajos del Senado, en los números.497 y 502 de |El Día.
|3 |Vida de Rufino Cuervo, II, p. 15.

 

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