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VII
18 DE JULIO

Si la inhábil dirección del Ejército de la Confederación había ido haciendo hora por hora más incierta y precaria la vida del Gobierno, la influencia que esto ejercía en el resto de la República, era aciaga, hasta el punto de apagar momentáneamente el celo de los servidores públicos y el ardor de los copartidarios. Dondequiera que el Gobierno intervenía con sus generales veteranos, allí era seguro un descalabro: en Segovia el General París, en Barranquilla el General Posada, en el Banco el General Briceño, en Tunja el General Arjona, y ya vemos cómo va el Ejército con el General Espina. El Gobierno pues en cierto modo había dado alas á la revolución para extender sus dominios; y vistos los hechos á esta luz, aparece lo erróneo de los siguientes conceptos de D. Mariano Ospina en su excelentísima |Alocución de 31 de Marzo, al dejar la silla presidencial: "Una de las causas principales, y acaso la primera, de la extensión y fuerza de la rebelión, es que cada conspirador y cada rebelde mira la rebelión como negocio propio, lo espera todo de los esfuerzos suyos y de sus compañeros, dice ' nuestra causa,' y obra en consecuencia como en asunto personal; mientras que la gran masa de los ciudadanos cuyas propiedades y derechos están amenazados, se obstinan en mirar la cuestión de su propia seguridad como cuestión del Gobierno, lo esperan todo de éste, dicen ' la causa del Gobierno,' y cuando se determinan á prestar algún auxilio, ó hacer algún servicio, creen ejecutar un acto de desinteresado patriotismo, que aprovechará no á su propia causa, á la causa de su propiedad, de su familia, de sus derechos, sino á los intereses imaginarios del Gobierno. Mientras semejante preocupación domine, las luchas de la sociedad contra sus devastadores serán largas y desastrosas."

En el campo de la teoría puede tener este razonamiento sus asomos de fundamento, pero en la práctica y más en la época que atravesábamos es aventurado, por no decir injusto: el Gobierno contaba con el desinterés de los acaudalados que le entregaban voluntariamente sus riquezas, y muchos de ellos, como D. Pedro Dávila, D. Pedro Rivera, D. José M. Vieco, abandonaron sus propiedades y se alistaron con sus hijos en el Ejército; los burgueses y el pueblo acuden espontáneamente á defender la bandera de la Constitución. Yo diría al contrario: el Gobierno cuenta siempre con el respeto innato del hombre á la autoridad, y se necesita que el Gobierno se empeñe en caer para que la revolución tome aliento: aun los enemigos de las instituciones miran con desconfianza á los perturbadores del orden, y sólo les tienden la mano cuando la victoria les sonríe. Hasta 1861 la legitimidad siempre había salido avante, á pesar de los rudos ataques que le habían dado: siempre habían sucumbido las revoluciones, por formidables que se presentasen. Para prueba final de lo que voy diciendo no hay sino ver que cuando se presentaba el Ejército de la Confederación, los pueblos lo recibían con palmas y le prestaban cuantos auxilios estaban á su alcance: más no podían hacer por una causa, probando que la miraban como propia, aunque en realidad no les traía sino decepciones ó venganzas de los contrarios. El señor Ospina, como sucede comúnmente á ciertos hombres públicos, veía por una lente turbia, y cimentaba su teoría en casos particulares ó en informes apasionados. Eso de " la causa de la revolución" y "la causa del Gobierno" que ejerció influencia en los acontecimientos, es pura disquisición de ética, ó mejor, resorte de novela, pues los hechos probaban que si el Gobierno hubiera obrado con la energía de 1841, la revolución muriera sin dejar huellas de sangre; pero no se hizo así; antes por el contrario, retrocediendo injustificadamente, el Gobierno la dejó crecer y convertirse en gigante. A pesar de esta acción contraria, todavía los pueblos se levantan y se encaran á la revolución que los oprime: en Cundinamarca se organizan y toman á Cipaquirá el 5 de Mayo, conservándola hasta que Mosquera, al ocupar el puente del Común, envía una fuerte división que la conquista; en Tompa (21 de Abril) hacen los constitucionales actos heroicos al mando de D. Leonardo Canal y de mi no olvidado amigo D. José Miguel de Paz, quedando con este triunfo restablecido en Santander el imperio de la ley; en lo que hoy es Departamento del Tolima los sostenedores del Gobierno enarbolan á principios de Mayo la bandera de la legitimidad, y combatiendo contra enemigos organizados, derruecan las autoridades que Mosquera dejó á su paso creyéndolas sólidamente establecidas, varias poblaciones de Boyacá se arman con lo primero que encuentran para arrojar á los revolucionarios que se habían apoderado de ellas; en la Costa Atlántica, Vieco, Farías, Bentancour y otros jefes indomables sostienen los fueros de nuestra causa; y en fin, julio Arboleda, agotados los recursos en Santa Marta, va al sur de la República, entusiasma á los pastusos, y acompañado por los Córdobas y Zaramas avanza hacia Popayán, cuna de la revolución de Mosquera. ¿Qué más se puede exigir de los pueblos? ¡Ellos no fueron responsables de la situación actual, sino los gobernantes que los desampararon y los aplastaron con sus desaciertos!

La habilidad con que Canal había ahogado á los enemigos y organizado á Santander, llevó su nombre á todos los oídos; y nosotros los que militábamos bajo Espina solíamos volver la vista al norte, como buscando allá al que debía sacarnos de nuestro incurable desaliento: tal lo veíamos llegar, como llegó el tuso Gutiérrez al campamento lúgubre de Mosquera á hacer renacer la esperanza. Vencedor en Tompa, creíamos que no tenía sino decir: ¡Soldados, adelante! A auxiliar al Ejército de la Confederación, que se está volatilizando! Este avisadísimo caudillo nunca pudo imaginarse que nuestro Ejército estuviese en tan malas manos y que se ansiaba su apoyo como la única salvación. Él, sin elementos y con enemigos audaces, vence, y bastante hace con imponerse en un departamento donde el liberalismo abunda; sin embargo, nosotros no dejábamos de repetir como acariciando una ilusión: ¡Oh, si Canal viniera! Y no faltaban algunos que arrastrados por la fantasía, nos lo ponían ya en camino, y no lejos. Estábamos como aquellos desvalidos que, incapaces de dominar la mala fortuna, no cesan de repetir, pensando en el pariente rico: ¡Oh, si se acordara de nosotros..si nos socorriera!... Pero, aunque Canal hubiera podido, no debiera acudir, porque se hubiera encontrado con el escalafón militar, y parara en subalterno de estos jefes que, á semejanza de los canónigos, solo deben sus ascensos á la vejez y no á relevantes dotes militares.

Ya la lentitud de Mosquera causaba impaciencia á sus partidarios de Bogotá, que no cesaban de rogarle apresurara el paso, pues les era insufrible la vida en la ciudad: las cárceles se atestaban de presos, muchos de ellos dignos de consideración por su ancianidad y posición social, y la arbitrariedad consiguiente al estado de alarma en que se vivía, llegaba á veces al extremo. Pero él no podía lanzarse así no más sobre nuestro Ejército, cuyo corazón palpitaba todavía y cuya disciplina inspiraba respeto; y por lo tanto continuó su guerra de posiciones. Urgido, pues, se movió el 5 de julio hacia la Punta de Suba, desde donde se le facilitaba dirigirse sobre Bogotá por tres caminos y llegar á ella en poquísimo tiempo. Nosotros levantamos esa misma tarde el campo, quemando las barracas, y yendo á situarnos en las colinas de San Diego. El 6 marchó Mosquera sobre Chapinero, según dice en su parte, con ánimo de dar batalla si la aceptábamos nosotros; no la aceptamos; y en vez de forzarnos á combatir, como hace todo general ambicioso de gloria cuando tiene al enemigo al frente, con paso de tortuga se nos acercó hasta el río del Arzobispo. Y como estaba también picado de la manía de organizar, en vez de arrimarnos el golpe de gracia que algunos aguardábamos con impaciencia, se dio á organizar la Columna de Cundinamarca y unos cuerpos del norte; si bien aguardaba el parque de reserva que venía de Honda y no sé qué más, como si se tratase de algún sitio formidable. Aun exánimes como estábamos, siempre buscaba el enemigo disculpas para no decidir pronto la contienda. Mosquera sabía más que todos los impacientes, y esperaba que nuestro Ejército, cual terrón de azúcar mojado, se deshiciese por la deserción, hija del cansancio, y le ofreciese una batalla sin lágrimas, como la ganada por Arquídamo.

A quien observase atentamente el curso de la guerra, debía parecerle inevitable. y pronto el triunfo de la revolución, y por esto muchos procuraron sacar el bulto á tiempo, ó ir á buscar otro teatro más adecuado á sus esfuerzos: entre estos últimos se contaron los señores D. Mariano y D. Pastor Ospina, que determinaron salir de Bogotá y dirigirse al Estado de Antioquia, que se había, conservado fiel al Gobierno, para desarrollar una reacción rápida que se extendiese por toda la República. Acompañados de algunos jóvenes de las primeras familias y escoltados por un malísimo piquete de caballería, tomaron el camino de La Mesa. Como en la capital abundaba el espionaje, no acabaron de poner el pie en el estribo, cuando ya en La Mesa estaban preparados para detenerlos. Los señores Ospinas y los jóvenes, atrincherándose en una casa, se defendieron como pudieron; pero era tal el aliciente que ofrecía coger tan codiciada presa, que hasta las mujeres de los liberales acudieron, y los obligaron á entregarse. La captura de los señores Ospinas se consideró en el ejército enemigo como una batalla ganada; y tanto la estimó Mosquera, que, creyendo que nosotros haríamos algo por rescatarlos, mandó una columna á proteger á los conductores hasta el cuartel general, entonces en Chapinero: llegados, los aprisiona estrechamente y los pone en capilla con el objeto de fusilarlos.

Alguien ha dado á entender que esto era puro amago, por asustar á los presos, sin parar mientes en que Mosquera debía dar con el fusilamiento de los señores Ospinas prueba indeleble de su ruptura con los conservadores: aquello que decían sus negros después del armisticio de Chaguaní de "que el amo Mosquera no les pierde el amor á los godos" bastaba para que procurase en toda ocasión mostrar su fidelidad á los soldados que lo seguían. No estando bien sólido su puesto de jefe de la revolución liberal, necesitaba un grande escándalo, como el fusilamiento de personas tan eminentes, para que le tuvieran miedo sus sectarios y poder manejarlos con vara de hierro. Para esto no tenía que hacerse fuerza, pues siempre dejó ver sus instintos sanguinarios, recreándose con los patíbulos y manchando con sangre á todos los partidos. Hasta entonces nunca se había disculpado de sus asesinatos políticos, ni había querido dividir su responsabilidad con nadie, pero en esta emergencia presentábase tan enorme la maldad, que él mismo dice en su larga, mentirosa é indigesta Alocución á la Convención de Rionegro, que, mediante una conferencia con el Gobernador de Cundinamarca, señor José María Plata, y los Secretarios de Estado, acordó fusilar á don Mariano y á su hermano... Como fusilar á hombres de tal mérito solo es propio de salvajes, como lo mostraron los peninsulares con Caldas y Camilo Torres, él con insana desfachatez, se sincera diciendo que los señores Ospinas eran insignificantes, "dos hombres á quienes ciertas peripecias políticas, que acaecen en nuestras convulsiones, han podido darles alguna importancia." Y para apagar toda voz de simpatía, con crueldad les achacó que á ellos exclusivamente se debía la resolución de destacar la columna que atacó á Obando, y que así á ellos solos se debía su muerte; lo cual es absolutamente falso, pues esta operación militar, como atrás queda dicho, la aconsejaba el sentido común, y lo mismo que á los señores Ospinas se puede culpar al señor Calvo, á su Secretario de Guerra y á las demás personas notables que se interesaban por el buen éxito de la guerra, Pero no importaba: Mosquera debía sacrificar fríamente dos víctimas ilustres á la memoria del hombre á quien persiguió de muerte y á quien odiaba desde la juventud: era un desagravio á aquel contra quien escribió y publicó su libro en dos volúmenes (Valparaíso, 1843), titulado |Examen crítico del libelo publicado en la imprenta del " Comercio " de Lima, Por el reo prófugo o José María Obando, en el cual no lo baja de asesino, ladrón, cobarde y villano. Así acaba el retrato personal que hace de Obando: " Miente sin rebozo, y no se cree obligado á pagar servicios, dinero, ni favores. Se enternece y llora con facilidad, y manda matar riéndose" (pág. 105). La reconciliación-aparente no más-de estos dos personajes que tanta sangre derramaron en la República, debía aparecer sincera á los ojos del público, y Mosquera, favorecido por la suerte con la desaparición de Obando, quiere probar estrepitosamente su amor de hoy á su antiguo mortal enemigo. Obando en vida y en muerte turbaba la tranquilidad de Mosquera: especie de genio maléfico que le perseguía dondequiera.

Próximo ya á ser fusilado, pidió D. Mariano Ospina que le dejasen escribir al arzobispo de Bogotá y al General Herrán llamándolos para arreglar sus negocios; y habiéndoselo concedido, enviaron la carta con heraldo para que la entregase en las avanzadas de nuestro Ejército. Fue aquello una bomba que produjo explosión de sorpresa é indignación, tanto en nuestro campo como en la ciudad. Si no se conociera la ferocidad del caudillo, se tomara por fanfarronada para obtener ventajas, pero sabiendo quién era, no se dudó un instante del crimen que sé iba á cometer. No sólo se respetaba á los señores Ospinas por los altos destinos que habían desempeñado, los beneficios que habían hecho como gobernantes, principalmente á la instrucción pública, y las dotes intelectuales prominentes que los enaltecían, sino que eran amados por sus virtudes cívicas y cristianas. A estos venerados patricios era á los que iba á fusilar cobardemente el jefe de la revolución, sin que se levantase entre los suyos una voz para defenderlos.... Y los fusilaran sin la actitud enérgica de Bogotá. Alcalde era de la ciudad D. Francisco Malo Manrique, joven ardoroso del temple del siempre bien recordado Manuel Briceño, y oía en torno suyo el rugir de la ira y de la venganza: en un momento de exaltación pública, ofreció en la esquina de la plaza de Bolívar que si fusilaban á los señores Ospinas, él, como Alcalde de la ciudad, abriría al furor popular las cárceles donde estaban los prisioneros: había cerca de doscientos, y se aumentó el número aprehendiendo á diestro y siniestro á cuantos creían desafectos al Gobierno. ¡ Se horroriza uno de pensarlo siquiera!,.. ¡Oh Dios! ¡qué desvarío aquel..!

" Matar á los presos si matan á los Ospinas " fue voz general, y sin duda se manchara la ciudad con semejante maldad si Mosquera lleva adelante su vil propósito: el Gobierno no podía sacar un soldado del Ejército para proteger los presos de día (de noche enviaba un batallón á la Casa Consistorial), ni hubiera podido domar con argumentos á los energúmenos sedientos de venganza; para ver si los calmaba y enfrenar al mismo tiempo al jefe enemigo, resolvió el Gobierno á última hora llevar al campamento veinte presos de los más notables. para tenerlos allí en amago de pasarlos por las armas al oír los tiros con que fusilaban á los Ospinas. La medida de sacarlos de Bogotá no alcanzó á tener efecto. Honroso es para algunos presos que cuando se les dijo extraoficialmente que intercedieran por los señores Ospinas, pues si los mataban, ellos corrían riesgo, contestaron que no podían intervenir en los asuntos de Mosquera. También es cierto que debían estar persuadidos de que nunca se atreverían á asesinarlos, Ignoraban lo que es un pueblo indignado.

La situación no podía ser más apretada, é hizo que Mosquera oyese al General Herrán y al Ilustrísimo Arzobispo, su hermano, cuando acudieron al llamamiento de los condenados á muerte. El sacrificio que hacía el General Herrán al ir suplicante al campo revolucionario, atravesando el nuestro, no podía ser mayor: este mártir de las exigencias domésticas era ya una débil sombra que había sobrevivido á sus días de gloria, era un satélite de la ambición de su mujer. Es seguro que para obtener de su suegro que oyese las súplicas en favor de los señores Ospinas, tuvo que llevar el apoyo de su mujer, y soltar el nombre de la hija para hacer entrar en razón al padre.... ¡ Pobre General Herrán! Recuerdo al señor Arzobispo cuando pasó para Chapinero á pie, andando aprisa y pintados en el semblante la angustia y el espanto que abrigaba en el pecho: al regresar, me arrodillé, como todos los que le veían pasar, á recibir la bendición y besar el anillo: la jornada había sido larga, estaba amoratado y apenas podía respirar. "Ya tal vez no los fusila," " ya tal vez no los fusila," era lo único que medio ahogado alcanzaba á proferir. Mientras tanto la exacerbación pública crecía, y los Ministros de los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Perú, no pudieron menos de ir también al campo de Mosquera á intervenir por los señores Ospinas, en nombre de la humanidad y por el mismo honor de la República. Ante tanta súplica cedió el Dictador, evitando con ello que la Patria se enlutase para siempre.... Aquí ocurre una consideración: sin el encono de Bogotá, que amenazó con una |Saint Barthélemy, y la intervención de tanta persona notable, los señores Ospinas son asesinados, sin que ninguno de los tenientes de Mosquera se oponga, como no se opusieron el 19 de julio á la muerte de Aguilar, Morales y Hernández. ¿Quién hubo de ellos que interviniese siquiera para minorar á los señores Ospinas la eterna agonía en que estaban? Tal vez los habría, y yo no lo he sabido. ¡Ojalá sea así para honor de la Patria, pues es doloroso pensar que entre tanto valiente como después ha llegado á los primeros puestos, ninguno se atrevía á levantar la vista ante tal desalmado! |1

En estas horas supremas, al frente del suplicio, ¡cómo se presentarían á D. Mariano Ospina la imagen de la Patria desgarrada por la federación que él trismo había cooperado á establecer, y la Legitimidad expirante por sus errores administrativos!... . Aquí hay algo de la tragedia griega.

Pasó la borrasca; y el Ejército de la Confederación, como si viviese en las tranquilas regiones del Olimpo, siguió indiferente su marcha hacia el abismo, pero siempre respetado por el enemigo, que por experiencia sabía de lo que era capaz, aun con la dirección que tenía; tanto que, en su última entrevista con el General Herrán, le exigió Mosquera que no tomase parte en la defensa de Bogotá, pues veía que él con esos cuatro soldados que quedaban le haría morder el polvo; exigencia que Herrán cumplió, permaneciendo oculto en su casa, mientras sus amigos políticos morían. en las calles de la ciudad. Mosquera, que habla de todo en su Alocución á los convencionales de Rionegro, deja ver su afán de alejar á Herrán del Ejército de la Confederación en aquellos últimos momentos; pero desvirtuando los hechos, dice que fue "para no dar el escándalo en las guerras de América de combatir un hijo contra su padre, pues vosotros sabéis que está casado con mi hija Amalia. "

Vivaqueando con nosotros había dos figuras taciturnas, que revelaban en la expresión el desgarrador suplicio que las devoraba: D. Bartolomé Calvo, Procurador de la Nación, Encargado del Poder Ejecutivo, y su Secretario de Gobierno y Guerra el Dr. Juan Crisóstomo Uribe: especie de testigos mudos que nos acompañaban en las últimas agonías. D. Bartolomé Calvo, hijo de sus propias obras y acostumbrado á la lucha de la vida, era vigoroso y al mismo tiempo sensible, como que pulsaba la lira diestramente; honrado y fiel observante de la ley, no transigía con lo injusto ni inmoral ni en política ni en nada. El Dr. Uribe, educado en Europa, inteligente é instruido, era dechado de cultura é hidalguía, y de amabilidad tan arraigada que no alcanzaba á agriarla ni la jaqueca continua de que padecía, y de la cual ni caso hacía, abrumado con los dolores de la Patria. El jefe del Gobierno, reducido al terreno que pisaba, nada podía hacer por detener el mal ó alejar siquiera la catástrofe; y aunque contaba con la opinión del país y con la reacción que comenzaba á aparecer dondequiera, no siguió el ejemplo del Dr. José Ignacio Márquez cuando en 1840 salió á escondidas de Bogotá y fue en busca de los Generales Herrán y Mosquera que guerreaban en Pasto. Acaso le hubiera sido posible irse por los páramos á Santander en solicitud de Canal, ó sin el aparato bélico de los Sres. Ospinas, pasando al Tolima, donde los |Juanchos |2 estaban boyantes, seguir para Antioquia. Pero él no hizo nada, y con un estoicismo impasible, creyó que debía sucumbir, como senador romano, sentado majestuosamente en su curul, Tanto él como el doctor Uribe parecían mirar con lástima á los jóvenes que allí estábamos, como que íbamos á cortar nuestra carrera y ahogar nuestras esperanzas. Ambos vestían con modestia, sin ningún distintivo exterior que los diferenciase de los demás, comían lo que nosotros y se albergaban á nuestro lado; rechazaban la retreta, diciendo que se la diesen al General en jefe: ellos estaban de luto riguroso por la República. En San Diego, no lejos del Cementerio, solíamos verlos por la noche en una desmantelada pieza acodados en una mesa redonda de madera ordinaria, alumbrada por una vela opaca y vacilante. Poco hablaban, porque poco tenían que decirse,.y de vez en cuando el Dr. Uribe, poniéndose las manos en la cabeza, exclamaba con acento desconsolador: "¡Esto es horrible! Dr. Calvo, esto es horrible!.... " y D. Bartolomé, aguándosele casi los ojos, afirmaba con la cabeza y en voz baja "¡Sí, esto es horrible!'' Más de cinco veces presencié desde la pieza vecina tan lúgubre escena....

Pero bien, dejemos lo patético para volver á lo trágico, que ya se acerca la hora final.

No es dable definir las emociones que en estos momentos experimentaban nuestros jefes, pues Espina, seco y siempre, acatarrado, rara vez decía palabra, especialmente delante de nosotros, y daba las órdenes y hacía sus cosas con su ordinaria tranquilidad. Esta insensibilidad, esta atonía moral se extendía por todo el campamento, y pocos demostraban darse cuenta del peligro. El segundo jefe, el jefe del Estado Mayor general, tenía tan en poco al Ejército, que pudo decir años después á un periodista conservador que con las "reorganizaciones forzadas era preciso dar cabida á elementos inadecuados, á personal en mucha parte incapaz y á hombres mal dispuestos y peor preparados para el servicio militar"; añadiendo muy fresco después de hablar del daño que causaba al prestigio de nuestros generales el continuo inmiscuirse del Gobierno civil en el servicio militar: "El natural efecto de esto fue relajar la disciplina, disminuir el respeto debido á los jefes, destruir los estímulos, amenguar el sentimiento del honor y hacer que se mirara con indiferencia el cumplimiento del deber." |3 Los campos de batalla y las prisiones se levantan á protestar contra la aseveración del que menos derecho tiene á ultrajar así á los que murieron como leales, ó á los que fueron encarcelados ó arruinados ó vilipendiados por conservarse fieles hasta lo último conforme se lo ordenaban las leyes del honor y del patriotismo.

Nuestros pobres soldados seguían impávidos sin murmurar y sin fatiga la vía dolorosa por donde los llevaban: al fin como si quisiesen buscar en el cielo un apoyo más solido que el frágil que les ofrecía la tierra, pensaron en festejar en la iglesia de San Diego el día de la Virgen del Carmen, y organizaron una fiesta á la que no solo concurrieron los funcionarios civiles y militares, sino muchas personas visibles de la ciudad, especialmente señoras. A mí me comisionaron para recoger en los batallones las ofrendas y pagar el costo de ella. Alcancé á juntar unos cuarenta pesos, lo que era excesivo, teniendo en cuenta la humilde ración que se pagaba; y no podía ser de otro modo, cegadas las fuentes de las contribuciones nacionales (las aduanas y las salinas), y no teniendo el Gobierno más entradas que los empréstitos ya forzosos, ya voluntarios de los bogotanos, ó combinaciones ruinosas con algunos extranjeros. Entre ellos era el primero el tan conocido y temido usurero Barón Goury du Roslan, Ministro de Su Majestad el Emperador de los franceses, que casado con una bogotana riquísima, le tornó gran cariño al dinero y se dedicó en cuerpo y alma á la usura más exagerada, recibiendo en prendas desde cucharas de plata hasta casas y haciendas; en estas manos cayó el Gobierno, pero siempre recibiendo á más de la Renta sobre el Tesoro que á bajo precio le daban como seguridad, la responsabilidad personal de gente acaudalada mi hermano Luis María, entonces floreciente en sus negocios, tanto que lo contaban entre las primeras firmas del comercio del país, no solo dio al Gobierno cuanto tenía sino que sirvió de intermediario entre el Gobierno y el Barón Goury, lo que fue echarse una soga al cuello; su fortuna y parte de la de su familia desaparecieron con la caída de la Legitimidad.

¡La Legitimidad!. palabra que iba á desaparecer de nuestro canon político. Otra reorganización, otro modo de apreciar los hechos y aun otra moral política (si es que puede haber varias morales), iban á surgir del campo que nos preparábamos á regar con nuestra sangre. Y lo más doloroso, iba nuestra causa á desaparecer sin alcanzar en su ruina la simpatía nacional: nuestra ineptitud no nos dejaba ni el consuelo de escoger, como los gladiadores romanos, una actitud noble para caer. En el Ejército y en el Gobierno todo descaecía, todo era falta de vigor y de perspicacia. El último número de la |Gaceta Oficial (9 de julio) es documento apreciable por revelar hasta dónde estaba carcomida la Legitimidad: de diez y seis columnas que contiene, hay doce relativas al juicio de responsabilidad que le seguían á ese buen hombre de D. Antonio María Pradilla, como presidente del Estado de Santander, hecho prisionero en el Oratorio y desde entonces en la cárcel de Bogotá: todas las |Gacetas de entonces están repletas de los sumarios levantados á los revolucionarios, de Mosquera para abajo. Eso de enredar farisaicamente en la ley y gastar un tiempo precioso en empapelar á los prisioneros y á los enemigos políticos, demuestra espíritu estrecho, rutinero y mezquino. Desde el punto de vista político y de dignidad nacional, esto seguía parejas con la incapacidad de los militares: era la decadencia de un régimen condenado á desaparecer.

Iniquidad imperdonable la de Mosquera al prolongar hasta el 18 de julio la frágil existencia del Gobierno legitimo: él sabía con precisión, mejor que nosotros mismos, cuanto ocurría en nuestro campo; y veía que nada serio se hacía para resistir hasta la desesperación; su hija Doña Amalia, con descarada actividad, le mandaba momento por momento las noticias que le llevaban los inumerables conspiradores que buscaban el sol naciente para, adorarlo, y en fin, nuestros desertores allá iban á aumentar sus filas refiriendo la tristeza de nuestro campamento. Nuestro Ejército-si es que ejército puede llamarse un cuerpo de novecientos hombres, último resto que nos quedaba de tanta grandeza-se extendía desde la falda del Monserrate al Cementerio y de ahí hasta San Victorino, teniendo por centro el convento de San Diego, cuyas paredes se aspilleraron convenientemente. Todavía nos quedaban ráfagas de esperanza: con. esos novecientos hombres un jefe de genio pudo enderezar nuestra causa agonizante, aprovechando los graves errores que cometió ese día el enemigo: su fuerza apenas pasaba de cuatro mil hombres, y mucha de ella era bisoña, de modo que no es ilusión pensar que pudimos todavía vencerle en el ataque del Bogotá: mayores hazañas se cuentan en la historia. Al principiarse por la mañana el combate, ya la cabeza de nuestra trinchera á la falda del Monserrate estaba en poder del enemigo, por haberse éste apoderado de ella sirviéndose de nuestro |santo y seña: á nuestra impotencia se agregó la traición. Debido únicamente al valor inquebrantable de los nuestros fue dable prolongar la acción hasta la tarde, pues nuestra línea de batalla, si se exceptúa San Diego, no era defendible: desguarnecido el oriente de la ciudad, y solo defendido el sur por el escuadroncito de Carrillo, apostado en Tres Esquinas, donde murió como bravo este temido jefe, nada más fácil al enemigo que avanzar al centro, y atacándonos también por retaguardia, obligarnos á morir ó á rendirnos desde las primeras horas del día; pero no habiéndolo hecho así, se dio tiempo á que con encono batallásemos unos y otros, y tuviésemos innumerables pérdidas que lamentar: hubo momentos de fiebre y encarnizamiento en que rechazamos al agresor, hasta el punto de haber tenido que acudir el mismo Mosquera con refuerzos para restablecer el ataque; á todas éstas las municiones se nos acababan, porque se había olvidado reponer las gastadas en los combates de junio, y muchos de nuestros soldados, ya sin ellas, voceaban desesperados: ¡Municiones! ¡municiones! A durar más el fuego, nos habrían cogido como

á palomas. El enemigo mismo se sorprendió de hallar vacías nuestras cajas de municiones........ ¡Misterio incomprensible!

Los soldados del Ejército de la Confederación fueron heroicos en sus últimos esfuerzos y consagraron con su sangre el único terreno que les quedaba: herido mortalmente fue Don Juan Crisóstomo Uribe, pérdida inmensa para: la ciencia y para la República; murió el General Manuel Arjona, el vencido en Tunja, que, viendo se había dudado de su valor, creyó que el deber le ordenaba morir: esa mañana al amanecer fue al convento de San Diego, se confesó y comulgó y se despidió de los frailes, diciendo: "Hasta la eternidad. Rueguen por mí." Murió también el Comandante José María Osorio, aquel tipo bogotano, cuyo brazo era temible como el del Cid y cuyo corazón era amante como el de Macías: bueno, humilde, virtuoso hasta la santidad, y tan serio en sus cosas y en sus actitudes, que recibió el apodo festivo de |Napoleón de Panela, con alusión á las estampas del vencedor de Austerlits: su largo y constante amor á una dama de alcurnia de quien lo alejaba para siempre la diferencia de posición social, es un poema que está aguardando el poeta que lo ha de cantar: el 13 de junio había sido acribillado de balas, y el 18 de Julio fueron inútiles los ruegos del Ilustrísimo Arzobispo, en cuyo palacio estaba, y de todos los que le veían para que no se levantara de la cama y cuanto menos para correr á combatir. " ¿Cómo un santafereño no acudir á defender su ciudad querida? ¡No, Ilustrísimo señor, voy, voy!" dijo con resolución y los del palacio, viendo que era inútil toda persuasión, lo ayudaron á levantar: vistióse su levita militar, calóse el kepis, y lleno de vendajes lo montaron á caballo, y ¡adiós! ¡adiós! á combatir por Bogotá. Aunque herido también en los brazos, pudo llevar en una mano la espada y en la otra la rienda y ¡adelante, á combatir por Bogotá! Fue de los últimos en retirarse, y en la plaza de Bolívar fue lanceado. A la tarde siguiente, en medio del terror que había en la ciudad, se le hizo entierro en la iglesia de la Candelaria: el cadáver estaba en el féretro de los pobres, descubierto y acuñado con ramas verdes: en el entierro no había sino cuatro personas: dos de ellas, la madre y la señorita á quien él habia atribulado con la constancia de su amor: fue la única muestra de afecto que recibió, pero grande y solemne. Otros bogotanos, sin ser militares, corrieron también á sostener su ciudad, y sucumbieron combatiendo, como el señor Muelle y el célebre calígrafo D. Simón Cárdenas, autor del cuadro del |Acta de la Independencia, que, aunque caucano, era bogotano por simpatía y costumbres. Varios oficiales subalternos y ciento cuatro soldados quedaron en el campo del honor; tuvimos más de doscientos heridos, entre los cuales se contaron D. Lázaro María Pérez, redactor vehemente de |El Porvenir de Bogotá, que había tomado armas como jefe de un batallón: D. Cristóbal Caicedo, cuyas maneras elegantes recordaban que pertenecía á la aristocracia del Cauca; el Doctor Tomás Pizarro, auditor del Ejército, y que fue de los primeros en protestar con firmeza contra la perfidia de Mosquera, que elegido gobernador del Cauca por los conservadores, los traiciona y los persigue; el evangélico eclesiástico D. Francisco Jiménez y Samudio, que como capellán nuestro en nada tiene el estruendo del combate, y. con su habitual unción, auxilia y conforta á los heridos y moribundos, hasta que viene una bala y le hiere á su turno.

En el ejército vencedor tuvieron que lamentar la muerte de D. José María Plata, liberal caracterizado, que desempeñaba la gobernación de Cundinamarca, reputado como autoridad en asuntos de Hacienda, y mirado ya por los doctrinarios como el campeón que debía oponerse á las veleidades del Supremo Director; los elegantes de Bogotá vistieron luto por el garboso D. Joaquín Suárez Fortoul, quien, á pesar de sus maneras teatrales, era estimado por lo cumplido con las damas y, lo afable con los caballeros; Bernardo Pardo fue al campo de Mosquera y murió al entrar á Bogotá, sin que nadie entendiera qué genio mágico había sacado de sus casillas á este cachaco típico, benévolo, ocurrente, agudo, pacífico y querido de todos; una escasa renta le proporcionaba independencia, y así vivía solo en una pieza que daba a la calle; vestía pulcramente, asistía á todas las funciones públicas y era el último que cenaba y el último que se acostaba en la ciudad; sus parientes, que eran muchos, y sus amigos, todos los cachacos, lo tuteaban, y lo solicitaban para sus fiestas alegres: era un encanto estar con él. También tipo de cachaco, pero no bogotano, fue Samuel Guerrero, que intrépido buscaba donde alardear su valor, y siempre estaba tiroteándonos con su escuadrón |Calaveras: un valiente como él debía morir en día solemne como éste. Tuvieron además catorce oficiales y más de cien soldados muertos; y heridos más de doscientos, entre los que se contaban el General Santos Acosta, y el Auditor general D. Sergio Camargo. El General Mosquera aseguró que había recibido una contusión de bala de cañón. "de ninguna gravedad," según apunta el parte oficial de la batalla, como para tranquilizar á los pueblos; tan poco creyeron algunos en ella, que refieren que D. Santiago Izquierdo (el simpático é inolvidable |chato Izquierdo), que venía entre los vencedores, con su aire burlón le preguntó al día siguiente entre la multitud de aduladores que llenaban los salones: "¿Y cómo está, General, de su topón?" Mosquera. al punto le responde con gravedad: No, Izquierdo: en el arte militar no se conoce ese término de topón: eso se llama contusión causarla por una bala de rebote que ha perdido su velocidad." Y como él no dejaba de exhibir sus fragmentarios conocimientos científicos, les explicó á Izquierdo y á los oyentes, que como en misa le escuchaban, que al rebotar la bala de cañón no causó mayor daño, por el ángulo en que venía, etcétera, etcétera. "Pero bala de cañón sí fue (concluyó): mi hija Amalia la tiene." A las áulicos no les quedó duda: Izquierdo siguió dudando. Lo extraordinario que hay en esto, es que la bala no esté en el museo nacional por decreto dela Convención de Rionegro.

En cuanto á los vencidos que salimos ilesos, unos pocos de á caballo lograron escapar, tomando el camino de Fusagasugá, entre ellos D. Pedro Dávila, que hasta el último momento recorría los puestos de mayor peligro animando y ayudando en todo; y los más nos ocultamos donde pudimos. Vacilante estaba yo en la Pila Chiquita sobre el partido que debía seguir, si encaminarme al Magdalena, como me lo indicaba el Capitán Jacobo Martínez, pariente mío y compañero desde la niñez, que se disponía á tomar aquella dirección con mi criado, mulato valeroso y fiel llamado Caicedo, ó volverme para casa; como los instantes de que disponíamos no se prestaban á vacilación, pues el enemigo avanzaba en. todas direcciones, le dije á. Jacobo: " ¡No, me voy á ver á m¡ madre! " Le di un abrazo y picando mi caballo, corrí hacia el centro de la ciudad; pero ya desde el atrio y la torre de San Juan de Dios hacían fuego graneado sobre el puente de San Victorino, donde no quedaban sino un cañón y dos muertos. Al llegar á este punto, quiso mi fortuna que D. Enrique Alford, conocido mío, cerrase la puerta de la Legación inglesa. " ¡Enrique! (le grité) no cierre!" y abriendo él de par en par la puerta, le apliqué la espuela al caballo, un rucio brioso y potente de mi propiedad, y de un empellón fui á dar á la mitad del patio; con el ruido de las herraduras salieron todos al balcón, y entre ellos el General Espina, quien apoyándose en la baranda, me dijo: "Mayor Cuervo (después del 13 de junio me ascendieron á Sargento Mayor), vaya, dígale al General Posada que se retire a la Legación." Yo, levantando la vista, le repuse con rabia: Aquí ni usted es General, ni yo Mayor. Ya se acabó todo."

Yo había dejado al General Posada con unos tres ó cuatro en el Camellón de San Victorino, sin saber qué hacer de su persona; poco después fue cogido prisionero; Mosquera dice con fanfarronería que se entregó á discreción.

La Legación inglesa semejaba al mástil que en un naufragio sobrenada y al cual se acogen los náufragos: D. Bartolomé Calvo, ya sin su Secretario de Gobierno y Guerra, que estaba agonizante, era la imagen de la desolación: partía el alma verle allá en la sala recogido, meditabundo y cabizbajo: entre tanto dolor como hubo ese día, tal vez ninguno igualaba al suyo. Inspiraba no menos respeto la figura cadavérica del General Joaquín París, que dejó la cama donde yacía extenuado, por ir al campamento á partir los peligros con sus compañeros de guerra: esa mañana, cuando vestido de militar recorría el campo, los soldados suspendían el fuego para victorearle, y él los animaba á no cejar: terminado todo, entró también en la Legación, llevando á más de la aflicción de la derrota, la ansiedad por la herida que había recibido su hijo Pedro María, la que por fortuna no fue grave: parecía que el destino se proponía inmolar en cada combate un hijo suyo; era como el diezmo que este patriota generoso pagaba á nuestras contiendas civiles. En la misma sala estaba el General Espina, y nadie hacía caso de él. D. Leonardo Manrique, tan rabioso que casi no podía hablar, tartamudeando me dijo y tendiéndome la mano: " ¡Sobrino (así me llamaba, pues había algún parentesco entre nosotros), ser uno creyente, y no poderse dar un balazo!...." D. José María Quijano Otero, sereno y sonreído, se ocupa en hacer saltar las paredes á los últimos jóvenes de la Compañía de la Unión, de que era Capitán, los cuales se habían refugiado en la casa vecina habitada por D. Trifón Molano. El presbítero D. Antonio José de Sucre, carácter ejemplar de entereza, virtud y abnegación, cuyo valor le llevó á internarse en lo más sangriento del combate en busca de teatro para saciar su caridad inagotable. Entre tanta gente no había un semblante humillado por el miedo: todos estaban afligidos, como cuando hay un cadáver en la casa, pero nadie estaba desfalleciente, á pesar de que todos ignoraban la suerte que se les preparaba.

La Legación atraía las miradas de los vencedores, especialmente de los negros del Cauca, que se agrupaban á mirar la casa donde estaban escondidos esos |pícaros godos; y no faltaron algunos que, viendo á los imprudentes que se asomaban tras de las vidrieras, irritados comenzasen á gritar y aun á dar golpes en la puerta. ¡Mueran los godos! El señor Griffith pidió protección, la que se le acordó inmediatamente, haciendo retirar á los soldados que por allí había, aunque siempre quedó una infinidad de curiosos al frente de la casa.

Como para que sintiésemos mejor la humillación del vencimiento, se nos anunció que Mosquera se preparaba á ir á hablar con el señor Calvo y los jefes. Como no éramos pocos y estábamos derramados por toda la casa, el señor Griffith, temiendo algún desacato á Mosquera, nos suplicó que nos retirásemos á sus piezas de habitación mientras duraba la visita. Si algunos estaban agobiados por la tristeza, era natural que despertaran y se irritaran con la vista del caudillo vencedor; y así fue sobremanera prudente la medida del Ministro. Mosquera entró con aire marcial, habló en la sala con Calvo, París y Espina, y volvióse á ir, oyendo nosotros los vivas repetidos y entusiastas que le daban en la calle, y los consiguientes mueras á los godos: esté apodo fue producto de la inventiva de Mosquera al principiar la revolución, con lo cual quería indicar que sólo él representaba la idea republicana....

Tanto preocupaba á cada cual su propia suerte, que no se nos ocurrió averiguar qué había pasado en entrevista tan intempestiva. Algunos de los asilados pudieron salir pronto, debido al padrino poderoso que se presentaba á sacarlos, resguardándolos en la calle con su carácter de liberal. Con frecuencia se presentaba un señor y desde abajo preguntaba en voz alta á los que veía en el balcón del patio: " ¿Aquí está fulano? " Y si acaso se le respondía que no, continuaba: " ¿Y ustedes no me dan razón dónde lo encontraré? " Como no estábamos para saber el paradero de los otros, cuando más le indicaba alguno que lo había visto á última hora en tal ó cual parte, y el preguntante, dándose una palmada en la frente, concluía al salir: "¿Y ahora dónde doy con él? " Dicen que en el purgatorio hay almas solitarias, abandonadas, de quienes nadie se acuerda, y en la Legación había individuos que no tenían un liberal que les alargase la mano para sacarlos: estaban condenados á ser inscritos en la lista que, al anochecer, se comenzó á hacer de los asilados para enviarla al Gobierno |provisorio, según se la exigieron al Ministro inglés. Yo era de los muchos que aguardaban la noche para salir con padrino ó sin él, y así al acercárseme el Secretario de la Legación con el papel en la mano á pedirme el nombre y la calidad de mi destino militar, me excusé diciendo que yo me iba al momento; lo mismo hizo Julián Pardo, mi compañero de infortunio, con quien había hecho gran parte de la campaña y con quien me unía antigua y tradicional amistad. Ya que él ha muerto, se puede ponderar sin herir su modestia, algo de lo muchísimo excelente que tenía: nadie más simpático y comunicativo, más espiritual y al mismo tiempo más dulce: verdadera joya de la sociedad bogotana, que brillaba en los salones, seducía en los corrillos de caballeros, y en el campamento militar cumplía con su deber como el mejor.

Aprovechando la llegada de Daniel Granados, hermano de la sin igual Paulina y cachaco también de finísima ley, que buscaba á Julián, nos preparamos á levantar el vuelo, favoreciéndonos la circunstancia de haber poca gente en la calle. "No hay riesgo, nos dijo Daniel; los que puedan conocerlos no piensan, sino en el triunfo; fuera de que contra los oficiales del Ejército no hay prevención: si ustedes fueran de los que se quedaron aquí, la cosa sería diferente. Para que los negros los respeten, en caso de encontrar algunos, conserven ustedes sus espadas y sus blusas: se ponen la ruana encima y negocio concluido." Quitando de nuestras monturas la ruana, nos arreglamos, y encomendándonos á Dios, hasta otra vista, señor Ministro.

El cielo estaba despejado, y la luna bogotana parecía asomarse curiosa á conocer á los vencedores, de modo que las calles estaban claras como á mediodía, Julián tenía especial deseo de ir á casa de las señoritas Álvarez, situada en la esquina de la Calle Real y la de San José (yo en esto de calles estoy á la antigua), y así de la de San Juan de Dios tomamos los tres por la de las Cunitas hasta la del Cárcamo, que nos conducía directamente. En la casa se hallaban consternadas, pues todos los miembros varones de la familia estaban huyendo: no dejaron de sorprenderse al ver que andábamos tan descaradamente por la calle, y un señor alto, barbudo, coronado el sombrero de fieltro de hojas silvestres, y que respondía al nombre de Coronel V., les repitió á las señoras lo que Daniel Granados nos había asegurado en la Legación. " Los señores pueden andar por dondequiera, dijo; no corren riesgo"; y dirigiéndose á nosotros, concluyó con habla majestuosa: " Si ustedes viven por arriba, vamos hasta el frente de la casa del General Mosquera, y yo los acompaño hasta allá; tengo que hablar con él. " Esto lo dijo con cierto aire de satisfacción, como para que nosotros, pobres vencidos, viésemos que era de los que frecuentaban esas alturas. Nosotros aceptamos; y los cuatro tomamos calle arriba hasta llegar á la casa que después fue fotografía de Paredes, en frente al Chorro del Rodadero, donde vivía Doña Amalia y donde se había apeado Mosquera. Acababan de comer: las ventanas abiertas de par en par brotaban á torrentes la luz de las lámparas y arañas de la sala. Los curiosos estaban apiñados en la calle con tanta boca abierta esperando que apareciera el Supremo Director para desgañitarse victoreándolo. Allí permanecimos algunos instantes y pudimos ver al General Posada, que, prisionero, había sido llevado allí por Mosquera: ahogado salía de vez en cuando á tomar aire como si estuviera en un infierno, cruzó la sala con una tasa de café en la mano D..., pariente de Julián y conservador bullicioso que ocupaba un alto puesto en el Gobierno caído: al verlo perdido todo no se creyó seguro sino en casa de doña Amalia.... Al fin dijo Julián sonriendo: "Vámonos, que si nos estamos más por aquí, vamos á parar también al balcón de doña Amalia. Vámonos......" y nos fuimos. Nuestro barrio, esencialmente pacífico, estaba desierto, y al separarnos en la puerta de casa, nadie me vio entrar.

En el cuarto de mi madre estaban ella, el Doctor D. Antonio José de Sucre, que desde temprano había dejado la Legación, y mi hermano Rufino: al abrir la puerta y ver yo al señor Sucre con la cabeza apoyada en las manos, como quien está poseído de la mayor aflicción, no pude menos de decirle, para animarlo, aquella conocida frase del médico Merizalde: " Pero ya salimos del susto, doctor: no se aflija." El, levantando la cabeza me dijo con aire severo: "Usted está muy muchacho, y no comprende lo grave del desastre."

Providencialmente estaba él ahí, pues en la calle tropezó con un liberal exagerado que quiso llevarlo á la cárcel, y entre si va ó no va, acertó á llegar el conocido escritor D. José María Vergara y Vergara, que por aquella época la daba de revolucionario por circunstancias personales, y lo arrancó de manos tan peligrosas, ofreciéndose él como fiador de que al día siguiente se presentaría al Gobierno. El doctor Sucre vivía en casa, como hermano distinguidísimo, y mi madre le amaba y respetaba, como al mejor de sus hijos. Ella comprendía en aquellos momentos lo terrible de la situación para los vencidos, y sin embargo, lo fortalecía con palabras evangélicas. Varias personas acudieron á llevárselo para ocultarlo, tales como el Ilustrísimo señor Herrán, los doctores D. Bernardo Herrera y D. Antonio Vargas Reyes, con otras no menos respetables, que veían el peligro que corría al caer entonces en manos del Dictador; pero él con una hidalguía propia de su raza y digna de emplearse con más noble enemigo, rechazó tanta muestra de simpatía, diciendo que en la lucha periodística que había entablado en |El Catolicismo en defensa de las doctrinas conservadoras, ofreció á Mosquera, en una carta memorable, no ocultársele en caso de que triunfara, y que había llegado el día de cumplirlo: esta firmeza de carácter, que el vulgo llama quijotada, lo llevó á que lo martirizasen y lo encerrasen por largo tiempo en las tenebrosas bóvedas de Bocachica en Cartagena, so pretexto de que los extranjeros no debían mezclarse en los asuntos políticos del país; y al mismo tiempo el Dictador evocaba sacrílegamente el nombre del Mariscal de Ayacucho, tío de la víctima: ¡para esto sí no eran extranjeros los Sucres! Mosquera pretendía endiosarse, colocándose entre los padres de la Patria, y así no se le caían de los labios los nombres de Bolívar y de Sucre. |4

Es natural que en la toma de una ciudad, por disciplinados que sean los vencedores, siempre haya desgracias y excesos; el furor de la batalla no se apaga instantáneamente, y el mérito del jefe está en hacer entrar pronto á sus soldados en el carril de la disciplina y de la moralidad. En la entrada de Mosquera á Bogotá, preciso es confesar que no se cumplieron en un todo los lúgubres pronósticos que se hacían de los desbordes de las " hordas salvajes del Cauca." hubo excesos, que más se deben achacar á las enemistades de los que se quedaron en la ciudad que á la maldad de los invasores: el ejército vencedor se había moralizado con lo largo de la campaña, pero no así su jefe, que en los momentos de gozo y entusiasmo que produjo entre los suyos el triunfo definitivo de la revolución, manchó su causa con un crimen espantoso. Mosquera se mostró en él como era, con todas sus pasiones sanguinarias. Sellar quiso con sangre su poder y hacerse temible á amigos y á enemigos. Para ello escoge á personas inofensivas, leales servidores de la legitimidad, y que nunca pudieron imaginar ser víctimas de un asesinato político: ¡morir fusilados D. Andrés Aguilar, D. Plácido Morales y D. Ambrosio Hernández, es capricho incomprensible de la suerte!

Pero Mosquera en su triunfo necesitaba sangre, y devoró á los primeros que le presentaron, como devora una hiena los conejitos que le arrojan á la jaula. Se dijo que Aguilar representaba la víctima de los presos políticos, Hernández la de los negros del Cauca, y Morales un desagravio á la hija de Mosquera por haberle rondado su casa como Prefecto que era de Bogotá. Y cosa singular, corrieron igual suerte Hernández acriminado de matador de Obando, y Aguilar, su noble defensor en el juicio de responsabilidad de 1855, cuando negado por sus antiguos adoradores, fue unánimemente acusado en la Cámara de Representantes y condenado unánimemente en el Senado; pero más singular todavía, ese Aguilar fue el mismo que, cerrando los ojos á la degradación de Mosquera, propuso y sostuvo aun con terquedad su candidatura para la Presidencia de la República en |El Nacional, combatiendo la de D. Mariano Ospina. Los pormenores de esta triple ejecución en la plaza de los Mártires, donde tantos parientes de Plácido Morales habían sido inmolados por el despotismo español, reúnen todas las condiciones del más villano de los asesinatos: el jefe de la escolta, un tal Piñeres, borrachín, los hace arrodillar y obliga á los soldados á que hagan varias veces ademán de descargar los fusiles: entonces Aguilar, con su aire magistral, lanzó indignado su famosa frase: |Si es burla, basta ya de burlas, y si verdad, cumplan con su deber. Al fin los matan, y sobre las víctimas pasa Piñeres á caballo, dejando los cascos estampados en los cadáveres.... La familia de Morales conservaba el vestido de su padre con los vestigios de este crimen inaudito en los pueblos civilizados.

Corramos un velo sobre esta página repugnante de nuestra historia, y veamos la suerte que cupo á algunos de los hombres principales de nuestra causa vencida. D. Bartolomé Calvo pasó de la Legación inglesa á la cárcel, y de ahí fue arrastrado á las bóvedas de Bocachica con D. Mariano y D. Pastor Ospina, el Doctor Antonio José de Sucre, el señor Aranguren, caballero venezolano qué intervino en el negocio del armamento del Gobierno, D. José Miguel de Urbina, Prefecto activísimo de Cipaquirá y persona virtuosa é ilustrada, D. Vicente Ramírez, carcelero de Bogotá que ya había hecho la misma peregrinación en tiempo de Santander por |santuarista, y D. A. Castillo, carcelero también, sufriendo todos en el camino cuanta vejación y ultraje son capaces de irrogar los pueblos á medio civilizar por donde pasaban. De los que mandaban el Ejército de la Confederación, el jefe, General Ramón Espina, fue encarcelado hasta el 3 de Agosto, en que reconoció al Gobierno de los Estados Unidos de Nueva Granada, prometiendo no tomar armas contra él, ni dañarle directa ni indirectamente. El jefe del Estado Mayor general, Coronel graduado Heliodoro Ruiz, hizo también desde la cárcel y con fecha I.° de Agosto su memorial reconociendo al nuevo Gobierno, en el cual dice entre otras cosas "Habiéndose circulado versiones inexactas, por las cuales se me ha hecho aparecer como un hombre obstinado contra el Gobierno actual, debo manifestar con la franqueza que me cumple como militar de honor, que tales versiones son absolutamente inexactas." Poco después peleó en las filas de Mosquera, y aun llegó á escribir un folleto ridículamente necio contra los conservadores.

Algunos días después del 18 de julio me dirigió el General Espina una carta preguntándome si yo como oficial del Ejército del Gobierno y como ayudante suyo había visto algo en él que indicase deslealtad en el cargo que ejercía; yo le respondí que el hecho de haber permanecido á su lado hasta el fin, era la mejor prueba que podía darle de la fe que abrigaba en su lealtad.

FIN

 

|1 Como muestra de la manera como trataba Mosquera á sus subordinados, vaya la siguiente anécdota: triunfante y establecido en su palacio, fue á verle un paisano suyo con quien lo unían relaciones de amistad y aun de parentesco lejano: como no había testigos, hablaban con libertad de las cosas intimas de Popayán, de las ñapangas y de mil otras cosas alegres, cuando golpean levemente en la puerta: Mosquera salta, muda de semblante, y colocándose frente al amigo, le dice con voz tronitosa: "¡Lo fusilo á usted! lo fusilo! Conmigo no hay blanduras.... ¡Sí, lo fusilo á usted!" Y volviéndose á la puerta, continúa secamente. "¡Adelante!" Era un oficial que iba á darle cualquier noticia, y temblando apenas podía hablar, pues había oído lo de ''lo fusilo á usted." El amigo mientras tanto no salía del pasmo que le produjo tan repentina mudanza. Al irse el oficial, el amigo se atrevió á lanzarle un " Pero, General...." Este, sonriéndose y poniéndole la mano en el hombro, le dice: " No sea pendejo: así es preciso hablar delante de esta canalla." La persona con quien pasó esta farsa vive aún, y es probable que la haya publicado ó, escrita, la tenga inédita, pues es una de las plumas mejor tajadas de Colombia.
|2 Con este nombre familiar llamaban á D. Juan N. Lozano. y D, Juan Caicedo
|3 |Correo Nacional de 18 de julio de 1892.
|4 Este flaco de colocarse entre los jefes preclaros de Colombia la grande, sirvió algunos á avisados para explotarle: entre estos el primero y más asiduo fue el famoso venezolano D. Leocadio Guzmán (en palacio no lo miraban como extranjero, lo mismo que á otros tantos venezolanos que en la revolución hicieron su Agosto), quien le metió en la cabeza restaurar á Colombia y fundó en Bogotá con tal objeto un papelón llamado |El Colombiano, modelo de bajeza y servilismo: cuando D. Leocadio hablaba con Mosquera, afectaba equivocarle con Bolívar, y, como volviendo en sí decía: "Perdone, General, pero es que al estar con usted creo que estoy con el Libertador...." A muchos de nuestros paisanos les pareció oportuna esta equivocación, y no cesaban de payasear á D. Leocadio Guzmán. Nada hay más contagioso que el servilismo, sobre todo cuando produce.
 

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