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VII
18 DE JULIO
Si la inhábil dirección del Ejército de la Confederación había
ido haciendo hora por hora más incierta y precaria la vida del
Gobierno, la influencia que esto ejercía en el resto de la
República, era aciaga, hasta el punto de apagar momentáneamente el
celo de los servidores públicos y el ardor de los copartidarios.
Dondequiera que el Gobierno intervenía con sus generales veteranos,
allí era seguro un descalabro: en Segovia el General París, en
Barranquilla el General Posada, en el Banco el General Briceño, en
Tunja el General Arjona, y ya vemos cómo va el Ejército con el
General Espina. El Gobierno pues en cierto modo había dado alas á
la revolución para extender sus dominios; y vistos los hechos á
esta luz, aparece lo erróneo de los siguientes conceptos de D.
Mariano Ospina en su excelentísima
|Alocución de 31 de
Marzo, al dejar la silla presidencial: "Una de las causas
principales, y acaso la primera, de la extensión y fuerza de la
rebelión, es que cada conspirador y cada rebelde mira la rebelión
como negocio propio, lo espera todo de los esfuerzos suyos y de sus
compañeros, dice ' nuestra causa,' y obra en consecuencia como en
asunto personal; mientras que la gran masa de los ciudadanos cuyas
propiedades y derechos están amenazados, se obstinan en mirar la
cuestión de su propia seguridad como cuestión del Gobierno, lo
esperan todo de éste, dicen ' la causa del Gobierno,' y cuando se
determinan á prestar algún auxilio, ó hacer algún servicio, creen
ejecutar un acto de desinteresado patriotismo, que aprovechará no á
su propia causa, á la causa de su propiedad, de su familia, de sus
derechos, sino á los intereses imaginarios del Gobierno. Mientras
semejante preocupación domine, las luchas de la sociedad contra sus
devastadores serán largas y desastrosas."
En el campo de la teoría puede tener este razonamiento sus
asomos de fundamento, pero en la práctica y más en la época que
atravesábamos es aventurado, por no decir injusto: el Gobierno
contaba con el desinterés de los acaudalados que le entregaban
voluntariamente sus riquezas, y muchos de ellos, como D. Pedro
Dávila, D. Pedro Rivera, D. José M. Vieco, abandonaron sus
propiedades y se alistaron con sus hijos en el Ejército; los
burgueses y el pueblo acuden espontáneamente á defender la bandera
de la Constitución. Yo diría al contrario: el Gobierno cuenta
siempre con el respeto innato del hombre á la autoridad, y se
necesita que el Gobierno se empeñe en caer para que la revolución
tome aliento: aun los enemigos de las instituciones miran con
desconfianza á los perturbadores del orden, y sólo les tienden la
mano cuando la victoria les sonríe. Hasta 1861 la legitimidad
siempre había salido avante, á pesar de los rudos ataques que le
habían dado: siempre habían sucumbido las revoluciones, por
formidables que se presentasen. Para prueba final de lo que voy
diciendo no hay sino ver que cuando se presentaba el Ejército de la
Confederación, los pueblos lo recibían con palmas y le prestaban
cuantos auxilios estaban á su alcance: más no podían hacer por una
causa, probando que la miraban como propia, aunque en realidad no
les traía sino decepciones ó venganzas de los contrarios. El señor
Ospina, como sucede comúnmente á ciertos hombres públicos, veía por
una lente turbia, y cimentaba su teoría en casos particulares ó en
informes apasionados. Eso de " la causa de la
revolución" y "la causa del Gobierno"
que ejerció influencia en los acontecimientos, es pura disquisición
de ética, ó mejor, resorte de novela, pues los hechos probaban que
si el Gobierno hubiera obrado con la energía de 1841, la revolución
muriera sin dejar huellas de sangre; pero no se hizo así; antes por
el contrario, retrocediendo injustificadamente, el Gobierno la dejó
crecer y convertirse en gigante. A pesar de esta acción contraria,
todavía los pueblos se levantan y se encaran á la revolución que
los oprime: en Cundinamarca se organizan y toman á Cipaquirá el 5
de Mayo, conservándola hasta que Mosquera, al ocupar el puente del
Común, envía una fuerte división que la conquista; en Tompa (21 de
Abril) hacen los constitucionales actos heroicos al mando de D.
Leonardo Canal y de mi no olvidado amigo D. José Miguel de Paz,
quedando con este triunfo restablecido en Santander el imperio de
la ley; en lo que hoy es Departamento del Tolima los sostenedores
del Gobierno enarbolan á principios de Mayo la bandera de la
legitimidad, y combatiendo contra enemigos organizados, derruecan
las autoridades que Mosquera dejó á su paso creyéndolas sólidamente
establecidas, varias poblaciones de Boyacá se arman con lo primero
que encuentran para arrojar á los revolucionarios que se habían
apoderado de ellas; en la Costa Atlántica, Vieco, Farías,
Bentancour y otros jefes indomables sostienen los fueros de nuestra
causa; y en fin, julio Arboleda, agotados los recursos en Santa
Marta, va al sur de la República, entusiasma á los pastusos, y
acompañado por los Córdobas y Zaramas avanza hacia Popayán, cuna de
la revolución de Mosquera. ¿Qué más se puede exigir de los pueblos?
¡Ellos no fueron responsables de la situación actual, sino los
gobernantes que los desampararon y los aplastaron con sus
desaciertos!
La habilidad con que Canal había ahogado á los enemigos y
organizado á Santander, llevó su nombre á todos los oídos; y
nosotros los que militábamos bajo Espina solíamos volver la vista
al norte, como buscando allá al que debía sacarnos de nuestro
incurable desaliento: tal lo veíamos llegar, como llegó el tuso
Gutiérrez al campamento lúgubre de Mosquera á hacer renacer la
esperanza. Vencedor en Tompa, creíamos que no tenía sino decir:
¡Soldados, adelante! A auxiliar al Ejército de la Confederación,
que se está volatilizando! Este avisadísimo caudillo nunca pudo
imaginarse que nuestro Ejército estuviese en tan malas manos y que
se ansiaba su apoyo como la única salvación. Él, sin elementos y
con enemigos audaces, vence, y bastante hace con imponerse en un
departamento donde el liberalismo abunda; sin embargo, nosotros no
dejábamos de repetir como acariciando una ilusión: ¡Oh, si Canal
viniera! Y no faltaban algunos que arrastrados por la fantasía, nos
lo ponían ya en camino, y no lejos. Estábamos como aquellos
desvalidos que, incapaces de dominar la mala fortuna, no cesan de
repetir, pensando en el pariente rico: ¡Oh, si se acordara de
nosotros..si nos socorriera!... Pero, aunque Canal hubiera podido,
no debiera acudir, porque se hubiera encontrado con el escalafón
militar, y parara en subalterno de estos jefes que, á semejanza de
los canónigos, solo deben sus ascensos á la vejez y no á relevantes
dotes militares.
Ya la lentitud de Mosquera causaba impaciencia á sus partidarios
de Bogotá, que no cesaban de rogarle apresurara el paso, pues les
era insufrible la vida en la ciudad: las cárceles se atestaban de
presos, muchos de ellos dignos de consideración por su ancianidad y
posición social, y la arbitrariedad consiguiente al estado de
alarma en que se vivía, llegaba á veces al extremo. Pero él no
podía lanzarse así no más sobre nuestro Ejército, cuyo corazón
palpitaba todavía y cuya disciplina inspiraba respeto; y por lo
tanto continuó su guerra de posiciones. Urgido, pues, se movió el 5
de julio hacia la Punta de Suba, desde donde se le facilitaba
dirigirse sobre Bogotá por tres caminos y llegar á ella en
poquísimo tiempo. Nosotros levantamos esa misma tarde el campo,
quemando las barracas, y yendo á situarnos en las colinas de San
Diego. El 6 marchó Mosquera sobre Chapinero, según dice en su
parte, con ánimo de dar batalla si la aceptábamos nosotros; no la
aceptamos; y en vez de forzarnos á combatir, como hace todo general
ambicioso de gloria cuando tiene al enemigo al frente, con paso de
tortuga se nos acercó hasta el río del Arzobispo. Y como estaba
también picado de la manía de organizar, en vez de arrimarnos el
golpe de gracia que algunos aguardábamos con impaciencia, se dio á
organizar la Columna de Cundinamarca y unos cuerpos del norte; si
bien aguardaba el parque de reserva que venía de Honda y no sé qué
más, como si se tratase de algún sitio formidable. Aun exánimes
como estábamos, siempre buscaba el enemigo disculpas para no
decidir pronto la contienda. Mosquera sabía más que todos los
impacientes, y esperaba que nuestro Ejército, cual terrón de azúcar
mojado, se deshiciese por la deserción, hija del cansancio, y le
ofreciese una batalla sin lágrimas, como la ganada por
Arquídamo.
A quien observase atentamente el curso de la guerra, debía
parecerle inevitable. y pronto el triunfo de la revolución, y por
esto muchos procuraron sacar el bulto á tiempo, ó ir á buscar otro
teatro más adecuado á sus esfuerzos: entre estos últimos se
contaron los señores D. Mariano y D. Pastor Ospina, que
determinaron salir de Bogotá y dirigirse al Estado de Antioquia,
que se había, conservado fiel al Gobierno, para desarrollar una
reacción rápida que se extendiese por toda la República.
Acompañados de algunos jóvenes de las primeras familias y
escoltados por un malísimo piquete de caballería, tomaron el camino
de La Mesa. Como en la capital abundaba el espionaje, no acabaron
de poner el pie en el estribo, cuando ya en La Mesa estaban
preparados para detenerlos. Los señores Ospinas y los jóvenes,
atrincherándose en una casa, se defendieron como pudieron; pero era
tal el aliciente que ofrecía coger tan codiciada presa, que hasta
las mujeres de los liberales acudieron, y los obligaron á
entregarse. La captura de los señores Ospinas se consideró en el
ejército enemigo como una batalla ganada; y tanto la estimó
Mosquera, que, creyendo que nosotros haríamos algo por rescatarlos,
mandó una columna á proteger á los conductores hasta el cuartel
general, entonces en Chapinero: llegados, los aprisiona
estrechamente y los pone en capilla con el objeto de
fusilarlos.
Alguien ha dado á entender que esto era puro amago, por asustar
á los presos, sin parar mientes en que Mosquera debía dar con el
fusilamiento de los señores Ospinas prueba indeleble de su ruptura
con los conservadores: aquello que decían sus negros después del
armisticio de Chaguaní de "que el amo Mosquera no les
pierde el amor á los godos" bastaba para que procurase en
toda ocasión mostrar su fidelidad á los soldados que lo seguían. No
estando bien sólido su puesto de jefe de la revolución liberal,
necesitaba un grande escándalo, como el fusilamiento de personas
tan eminentes, para que le tuvieran miedo sus sectarios y poder
manejarlos con vara de hierro. Para esto no tenía que hacerse
fuerza, pues siempre dejó ver sus instintos sanguinarios,
recreándose con los patíbulos y manchando con sangre á todos los
partidos. Hasta entonces nunca se había disculpado de sus
asesinatos políticos, ni había querido dividir su responsabilidad
con nadie, pero en esta emergencia presentábase tan enorme la
maldad, que él mismo dice en su larga, mentirosa é indigesta
Alocución á la Convención de Rionegro, que, mediante una
conferencia con el Gobernador de Cundinamarca, señor José María
Plata, y los Secretarios de Estado, acordó fusilar á don Mariano y
á su hermano... Como fusilar á hombres de tal mérito solo es propio
de salvajes, como lo mostraron los peninsulares con Caldas y Camilo
Torres, él con insana desfachatez, se sincera diciendo que los
señores Ospinas eran insignificantes, "dos hombres á
quienes ciertas peripecias políticas, que acaecen en nuestras
convulsiones, han podido darles alguna importancia." Y
para apagar toda voz de simpatía, con crueldad les achacó que á
ellos exclusivamente se debía la resolución de destacar la columna
que atacó á Obando, y que así á ellos solos se debía su muerte; lo
cual es absolutamente falso, pues esta operación militar, como
atrás queda dicho, la aconsejaba el sentido común, y lo mismo que á
los señores Ospinas se puede culpar al señor Calvo, á su Secretario
de Guerra y á las demás personas notables que se interesaban por el
buen éxito de la guerra, Pero no importaba: Mosquera debía
sacrificar fríamente dos víctimas ilustres á la memoria del hombre
á quien persiguió de muerte y á quien odiaba desde la juventud: era
un desagravio á aquel contra quien escribió y publicó su libro en
dos volúmenes (Valparaíso, 1843), titulado
|Examen crítico del
libelo publicado en la imprenta del " Comercio "
de Lima, Por el reo prófugo o José María Obando, en el cual no
lo baja de asesino, ladrón, cobarde y villano. Así acaba el retrato
personal que hace de Obando: " Miente sin rebozo, y no se
cree obligado á pagar servicios, dinero, ni favores. Se enternece y
llora con facilidad, y manda matar riéndose" (pág. 105).
La reconciliación-aparente no más-de estos dos personajes que tanta
sangre derramaron en la República, debía aparecer sincera á los
ojos del público, y Mosquera, favorecido por la suerte con la
desaparición de Obando, quiere probar estrepitosamente su amor de
hoy á su antiguo mortal enemigo. Obando en vida y en muerte turbaba
la tranquilidad de Mosquera: especie de genio maléfico que le
perseguía dondequiera.
Próximo ya á ser fusilado, pidió D. Mariano Ospina que le
dejasen escribir al arzobispo de Bogotá y al General Herrán
llamándolos para arreglar sus negocios; y habiéndoselo concedido,
enviaron la carta con heraldo para que la entregase en las
avanzadas de nuestro Ejército. Fue aquello una bomba que produjo
explosión de sorpresa é indignación, tanto en nuestro campo como en
la ciudad. Si no se conociera la ferocidad del caudillo, se tomara
por fanfarronada para obtener ventajas, pero sabiendo quién era, no
se dudó un instante del crimen que sé iba á cometer. No sólo se
respetaba á los señores Ospinas por los altos destinos que habían
desempeñado, los beneficios que habían hecho como gobernantes,
principalmente á la instrucción pública, y las dotes intelectuales
prominentes que los enaltecían, sino que eran amados por sus
virtudes cívicas y cristianas. A estos venerados patricios era á
los que iba á fusilar cobardemente el jefe de la revolución, sin
que se levantase entre los suyos una voz para defenderlos.... Y los
fusilaran sin la actitud enérgica de Bogotá. Alcalde era de la
ciudad D. Francisco Malo Manrique, joven ardoroso del temple del
siempre bien recordado Manuel Briceño, y oía en torno suyo el rugir
de la ira y de la venganza: en un momento de exaltación pública,
ofreció en la esquina de la plaza de Bolívar que si fusilaban á los
señores Ospinas, él, como Alcalde de la ciudad, abriría al furor
popular las cárceles donde estaban los prisioneros: había cerca de
doscientos, y se aumentó el número aprehendiendo á diestro y
siniestro á cuantos creían desafectos al Gobierno. ¡ Se horroriza
uno de pensarlo siquiera!,.. ¡Oh Dios! ¡qué desvarío aquel..!
" Matar á los presos si matan á los Ospinas "
fue voz general, y sin duda se manchara la ciudad con semejante
maldad si Mosquera lleva adelante su vil propósito: el Gobierno no
podía sacar un soldado del Ejército para proteger los presos de día
(de noche enviaba un batallón á la Casa Consistorial), ni hubiera
podido domar con argumentos á los energúmenos sedientos de
venganza; para ver si los calmaba y enfrenar al mismo tiempo al
jefe enemigo, resolvió el Gobierno á última hora llevar al
campamento veinte presos de los más notables. para tenerlos allí en
amago de pasarlos por las armas al oír los tiros con que fusilaban
á los Ospinas. La medida de sacarlos de Bogotá no alcanzó á tener
efecto. Honroso es para algunos presos que cuando se les dijo
extraoficialmente que intercedieran por los señores Ospinas, pues
si los mataban, ellos corrían riesgo, contestaron que no podían
intervenir en los asuntos de Mosquera. También es cierto que debían
estar persuadidos de que nunca se atreverían á asesinarlos,
Ignoraban lo que es un pueblo indignado.
La situación no podía ser más apretada, é hizo que Mosquera
oyese al General Herrán y al Ilustrísimo Arzobispo, su hermano,
cuando acudieron al llamamiento de los condenados á muerte. El
sacrificio que hacía el General Herrán al ir suplicante al campo
revolucionario, atravesando el nuestro, no podía ser mayor: este
mártir de las exigencias domésticas era ya una débil sombra que
había sobrevivido á sus días de gloria, era un satélite de la
ambición de su mujer. Es seguro que para obtener de su suegro que
oyese las súplicas en favor de los señores Ospinas, tuvo que llevar
el apoyo de su mujer, y soltar el nombre de la hija para hacer
entrar en razón al padre.... ¡ Pobre General Herrán! Recuerdo al
señor Arzobispo cuando pasó para Chapinero á pie, andando aprisa y
pintados en el semblante la angustia y el espanto que abrigaba en
el pecho: al regresar, me arrodillé, como todos los que le veían
pasar, á recibir la bendición y besar el anillo: la jornada había
sido larga, estaba amoratado y apenas podía respirar. "Ya
tal vez no los fusila," " ya tal vez no los
fusila," era lo único que medio ahogado alcanzaba á
proferir. Mientras tanto la exacerbación pública crecía, y los
Ministros de los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Perú, no
pudieron menos de ir también al campo de Mosquera á intervenir por
los señores Ospinas, en nombre de la humanidad y por el mismo honor
de la República. Ante tanta súplica cedió el Dictador, evitando con
ello que la Patria se enlutase para siempre.... Aquí ocurre una
consideración: sin el encono de Bogotá, que amenazó con una
|Saint Barthélemy, y la intervención de tanta persona
notable, los señores Ospinas son asesinados, sin que ninguno de los
tenientes de Mosquera se oponga, como no se opusieron el 19 de
julio á la muerte de Aguilar, Morales y Hernández. ¿Quién hubo de
ellos que interviniese siquiera para minorar á los señores Ospinas
la eterna agonía en que estaban? Tal vez los habría, y yo no lo he
sabido. ¡Ojalá sea así para honor de la Patria, pues es doloroso
pensar que entre tanto valiente como después ha llegado á los
primeros puestos, ninguno se atrevía á levantar la vista ante tal
desalmado!
|1
En estas horas supremas, al frente del suplicio, ¡cómo se
presentarían á D. Mariano Ospina la imagen de la Patria desgarrada
por la federación que él trismo había cooperado á establecer, y la
Legitimidad expirante por sus errores administrativos!... . Aquí
hay algo de la tragedia griega.
Pasó la borrasca; y el Ejército de la Confederación, como si
viviese en las tranquilas regiones del Olimpo, siguió indiferente
su marcha hacia el abismo, pero siempre respetado por el enemigo,
que por experiencia sabía de lo que era capaz, aun con la dirección
que tenía; tanto que, en su última entrevista con el General
Herrán, le exigió Mosquera que no tomase parte en la defensa de
Bogotá, pues veía que él con esos cuatro soldados que quedaban le
haría morder el polvo; exigencia que Herrán cumplió, permaneciendo
oculto en su casa, mientras sus amigos políticos morían. en las
calles de la ciudad. Mosquera, que habla de todo en su Alocución á
los convencionales de Rionegro, deja ver su afán de alejar á Herrán
del Ejército de la Confederación en aquellos últimos momentos; pero
desvirtuando los hechos, dice que fue "para no dar el
escándalo en las guerras de América de combatir un hijo contra su
padre, pues vosotros sabéis que está casado con mi hija Amalia.
"
Vivaqueando con nosotros había dos figuras taciturnas, que
revelaban en la expresión el desgarrador suplicio que las devoraba:
D. Bartolomé Calvo, Procurador de la Nación, Encargado del Poder
Ejecutivo, y su Secretario de Gobierno y Guerra el Dr. Juan
Crisóstomo Uribe: especie de testigos mudos que nos acompañaban en
las últimas agonías. D. Bartolomé Calvo, hijo de sus propias obras
y acostumbrado á la lucha de la vida, era vigoroso y al mismo
tiempo sensible, como que pulsaba la lira diestramente; honrado y
fiel observante de la ley, no transigía con lo injusto ni inmoral
ni en política ni en nada. El Dr. Uribe, educado en Europa,
inteligente é instruido, era dechado de cultura é hidalguía, y de
amabilidad tan arraigada que no alcanzaba á agriarla ni la jaqueca
continua de que padecía, y de la cual ni caso hacía, abrumado con
los dolores de la Patria. El jefe del Gobierno, reducido al terreno
que pisaba, nada podía hacer por detener el mal ó alejar siquiera
la catástrofe; y aunque contaba con la opinión del país y con la
reacción que comenzaba á aparecer dondequiera, no siguió el ejemplo
del Dr. José Ignacio Márquez cuando en 1840 salió á escondidas de
Bogotá y fue en busca de los Generales Herrán y Mosquera que
guerreaban en Pasto. Acaso le hubiera sido posible irse por los
páramos á Santander en solicitud de Canal, ó sin el aparato bélico
de los Sres. Ospinas, pasando al Tolima, donde los
|Juanchos
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estaban boyantes, seguir para Antioquia. Pero él no hizo nada, y
con un estoicismo impasible, creyó que debía sucumbir, como senador
romano, sentado majestuosamente en su curul, Tanto él como el
doctor Uribe parecían mirar con lástima á los jóvenes que allí
estábamos, como que íbamos á cortar nuestra carrera y ahogar
nuestras esperanzas. Ambos vestían con modestia, sin ningún
distintivo exterior que los diferenciase de los demás, comían lo
que nosotros y se albergaban á nuestro lado; rechazaban la retreta,
diciendo que se la diesen al General en jefe: ellos estaban de luto
riguroso por la República. En San Diego, no lejos del Cementerio,
solíamos verlos por la noche en una desmantelada pieza acodados en
una mesa redonda de madera ordinaria, alumbrada por una vela opaca
y vacilante. Poco hablaban, porque poco tenían que decirse,.y de
vez en cuando el Dr. Uribe, poniéndose las manos en la cabeza,
exclamaba con acento desconsolador: "¡Esto es horrible!
Dr. Calvo, esto es horrible!.... " y D. Bartolomé,
aguándosele casi los ojos, afirmaba con la cabeza y en voz baja
"¡Sí, esto es horrible!'' Más de cinco veces presencié
desde la pieza vecina tan lúgubre escena....
Pero bien, dejemos lo patético para volver á lo trágico, que ya
se acerca la hora final.
No es dable definir las emociones que en estos momentos
experimentaban nuestros jefes, pues Espina, seco y siempre,
acatarrado, rara vez decía palabra, especialmente delante de
nosotros, y daba las órdenes y hacía sus cosas con su ordinaria
tranquilidad. Esta insensibilidad, esta atonía moral se extendía
por todo el campamento, y pocos demostraban darse cuenta del
peligro. El segundo jefe, el jefe del Estado Mayor general, tenía
tan en poco al Ejército, que pudo decir años después á un
periodista conservador que con las "reorganizaciones
forzadas era preciso dar cabida á elementos inadecuados, á personal
en mucha parte incapaz y á hombres mal dispuestos y peor preparados
para el servicio militar"; añadiendo muy fresco después de
hablar del daño que causaba al prestigio de nuestros generales el
continuo inmiscuirse del Gobierno civil en el servicio militar:
"El natural efecto de esto fue relajar la disciplina,
disminuir el respeto debido á los jefes, destruir los estímulos,
amenguar el sentimiento del honor y hacer que se mirara con
indiferencia el cumplimiento del deber."
|3
Los campos de batalla y las
prisiones se levantan á protestar contra la aseveración del que
menos derecho tiene á ultrajar así á los que murieron como leales,
ó á los que fueron encarcelados ó arruinados ó vilipendiados por
conservarse fieles hasta lo último conforme se lo ordenaban las
leyes del honor y del patriotismo.
Nuestros pobres soldados seguían impávidos sin murmurar y sin
fatiga la vía dolorosa por donde los llevaban: al fin como si
quisiesen buscar en el cielo un apoyo más solido que el frágil que
les ofrecía la tierra, pensaron en festejar en la iglesia de San
Diego el día de la Virgen del Carmen, y organizaron una fiesta á la
que no solo concurrieron los funcionarios civiles y militares, sino
muchas personas visibles de la ciudad, especialmente señoras. A mí
me comisionaron para recoger en los batallones las ofrendas y pagar
el costo de ella. Alcancé á juntar unos cuarenta pesos, lo que era
excesivo, teniendo en cuenta la humilde ración que se pagaba; y no
podía ser de otro modo, cegadas las fuentes de las contribuciones
nacionales (las aduanas y las salinas), y no teniendo el Gobierno
más entradas que los empréstitos ya forzosos, ya voluntarios de los
bogotanos, ó combinaciones ruinosas con algunos extranjeros. Entre
ellos era el primero el tan conocido y temido usurero Barón Goury
du Roslan, Ministro de Su Majestad el Emperador de los franceses,
que casado con una bogotana riquísima, le tornó gran cariño al
dinero y se dedicó en cuerpo y alma á la usura más exagerada,
recibiendo en prendas desde cucharas de plata hasta casas y
haciendas; en estas manos cayó el Gobierno, pero siempre recibiendo
á más de la Renta sobre el Tesoro que á bajo precio le daban como
seguridad, la responsabilidad personal de gente acaudalada mi
hermano Luis María, entonces floreciente en sus negocios, tanto que
lo contaban entre las primeras firmas del comercio del país, no
solo dio al Gobierno cuanto tenía sino que sirvió de intermediario
entre el Gobierno y el Barón Goury, lo que fue echarse una soga al
cuello; su fortuna y parte de la de su familia desaparecieron con
la caída de la Legitimidad.
¡La Legitimidad!. palabra que iba á desaparecer de nuestro canon
político. Otra reorganización, otro modo de apreciar los hechos y
aun otra moral política (si es que puede haber varias morales),
iban á surgir del campo que nos preparábamos á regar con nuestra
sangre. Y lo más doloroso, iba nuestra causa á desaparecer sin
alcanzar en su ruina la simpatía nacional: nuestra ineptitud no nos
dejaba ni el consuelo de escoger, como los gladiadores romanos, una
actitud noble para caer. En el Ejército y en el Gobierno todo
descaecía, todo era falta de vigor y de perspicacia. El último
número de la
|Gaceta Oficial (9 de julio) es documento
apreciable por revelar hasta dónde estaba carcomida la Legitimidad:
de diez y seis columnas que contiene, hay doce relativas al juicio
de responsabilidad que le seguían á ese buen hombre de D. Antonio
María Pradilla, como presidente del Estado de Santander, hecho
prisionero en el Oratorio y desde entonces en la cárcel de Bogotá:
todas las
|Gacetas de entonces están repletas de los
sumarios levantados á los revolucionarios, de Mosquera para abajo.
Eso de enredar farisaicamente en la ley y gastar un tiempo precioso
en empapelar á los prisioneros y á los enemigos políticos,
demuestra espíritu estrecho, rutinero y mezquino. Desde el punto de
vista político y de dignidad nacional, esto seguía parejas con la
incapacidad de los militares: era la decadencia de un régimen
condenado á desaparecer.
Iniquidad imperdonable la de Mosquera al prolongar hasta el 18
de julio la frágil existencia del Gobierno legitimo: él sabía con
precisión, mejor que nosotros mismos, cuanto ocurría en nuestro
campo; y veía que nada serio se hacía para resistir hasta la
desesperación; su hija Doña Amalia, con descarada actividad, le
mandaba momento por momento las noticias que le llevaban los
inumerables conspiradores que buscaban el sol naciente para,
adorarlo, y en fin, nuestros desertores allá iban á aumentar sus
filas refiriendo la tristeza de nuestro campamento. Nuestro
Ejército-si es que ejército puede llamarse un cuerpo de novecientos
hombres, último resto que nos quedaba de tanta grandeza-se extendía
desde la falda del Monserrate al Cementerio y de ahí hasta San
Victorino, teniendo por centro el convento de San Diego, cuyas
paredes se aspilleraron convenientemente. Todavía nos quedaban
ráfagas de esperanza: con. esos novecientos hombres un jefe de
genio pudo enderezar nuestra causa agonizante, aprovechando los
graves errores que cometió ese día el enemigo: su fuerza apenas
pasaba de cuatro mil hombres, y mucha de ella era bisoña, de modo
que no es ilusión pensar que pudimos todavía vencerle en el ataque
del Bogotá: mayores hazañas se cuentan en la historia. Al
principiarse por la mañana el combate, ya la cabeza de nuestra
trinchera á la falda del Monserrate estaba en poder del enemigo,
por haberse éste apoderado de ella sirviéndose de nuestro
|santo
y seña: á nuestra impotencia se agregó la traición. Debido
únicamente al valor inquebrantable de los nuestros fue dable
prolongar la acción hasta la tarde, pues nuestra línea de batalla,
si se exceptúa San Diego, no era defendible: desguarnecido el
oriente de la ciudad, y solo defendido el sur por el escuadroncito
de Carrillo, apostado en Tres Esquinas, donde murió como bravo este
temido jefe, nada más fácil al enemigo que avanzar al centro, y
atacándonos también por retaguardia, obligarnos á morir ó á
rendirnos desde las primeras horas del día; pero no habiéndolo
hecho así, se dio tiempo á que con encono batallásemos unos y
otros, y tuviésemos innumerables pérdidas que lamentar: hubo
momentos de fiebre y encarnizamiento en que rechazamos al agresor,
hasta el punto de haber tenido que acudir el mismo Mosquera con
refuerzos para restablecer el ataque; á todas éstas las municiones
se nos acababan, porque se había olvidado reponer las gastadas en
los combates de junio, y muchos de nuestros soldados, ya sin ellas,
voceaban desesperados: ¡Municiones! ¡municiones! A durar más el
fuego, nos habrían cogido como
á palomas. El enemigo mismo se sorprendió de hallar vacías
nuestras cajas de municiones........ ¡Misterio incomprensible!
Los soldados del Ejército de la Confederación fueron heroicos en
sus últimos esfuerzos y consagraron con su sangre el único terreno
que les quedaba: herido mortalmente fue Don Juan Crisóstomo Uribe,
pérdida inmensa para: la ciencia y para la República; murió el
General Manuel Arjona, el vencido en Tunja, que, viendo se había
dudado de su valor, creyó que el deber le ordenaba morir: esa
mañana al amanecer fue al convento de San Diego, se confesó y
comulgó y se despidió de los frailes, diciendo: "Hasta la
eternidad. Rueguen por mí." Murió también el Comandante
José María Osorio, aquel tipo bogotano, cuyo brazo era temible como
el del Cid y cuyo corazón era amante como el de Macías: bueno,
humilde, virtuoso hasta la santidad, y tan serio en sus cosas y en
sus actitudes, que recibió el apodo festivo de
|Napoleón de
Panela, con alusión á las estampas del vencedor de Austerlits:
su largo y constante amor á una dama de alcurnia de quien lo
alejaba para siempre la diferencia de posición social, es un poema
que está aguardando el poeta que lo ha de cantar: el 13 de junio
había sido acribillado de balas, y el 18 de Julio fueron inútiles
los ruegos del Ilustrísimo Arzobispo, en cuyo palacio estaba, y de
todos los que le veían para que no se levantara de la cama y cuanto
menos para correr á combatir. " ¿Cómo un santafereño no
acudir á defender su ciudad querida? ¡No, Ilustrísimo señor, voy,
voy!" dijo con resolución y los del palacio, viendo que
era inútil toda persuasión, lo ayudaron á levantar: vistióse su
levita militar, calóse el kepis, y lleno de vendajes lo montaron á
caballo, y ¡adiós! ¡adiós! á combatir por Bogotá. Aunque herido
también en los brazos, pudo llevar en una mano la espada y en la
otra la rienda y ¡adelante, á combatir por Bogotá! Fue de los
últimos en retirarse, y en la plaza de Bolívar fue lanceado. A la
tarde siguiente, en medio del terror que había en la ciudad, se le
hizo entierro en la iglesia de la Candelaria: el cadáver estaba en
el féretro de los pobres, descubierto y acuñado con ramas verdes:
en el entierro no había sino cuatro personas: dos de ellas, la
madre y la señorita á quien él habia atribulado con la constancia
de su amor: fue la única muestra de afecto que recibió, pero grande
y solemne. Otros bogotanos, sin ser militares, corrieron también á
sostener su ciudad, y sucumbieron combatiendo, como el señor Muelle
y el célebre calígrafo D. Simón Cárdenas, autor del cuadro del
|Acta de la Independencia, que, aunque caucano, era
bogotano por simpatía y costumbres. Varios oficiales subalternos y
ciento cuatro soldados quedaron en el campo del honor; tuvimos más
de doscientos heridos, entre los cuales se contaron D. Lázaro María
Pérez, redactor vehemente de
|El Porvenir de Bogotá, que
había tomado armas como jefe de un batallón: D. Cristóbal Caicedo,
cuyas maneras elegantes recordaban que pertenecía á la aristocracia
del Cauca; el Doctor Tomás Pizarro, auditor del Ejército, y que fue
de los primeros en protestar con firmeza contra la perfidia de
Mosquera, que elegido gobernador del Cauca por los conservadores,
los traiciona y los persigue; el evangélico eclesiástico D.
Francisco Jiménez y Samudio, que como capellán nuestro en nada
tiene el estruendo del combate, y. con su habitual unción, auxilia
y conforta á los heridos y moribundos, hasta que viene una bala y
le hiere á su turno.
En el ejército vencedor tuvieron que lamentar la muerte de D.
José María Plata, liberal caracterizado, que desempeñaba la
gobernación de Cundinamarca, reputado como autoridad en asuntos de
Hacienda, y mirado ya por los doctrinarios como el campeón que
debía oponerse á las veleidades del Supremo Director; los elegantes
de Bogotá vistieron luto por el garboso D. Joaquín Suárez Fortoul,
quien, á pesar de sus maneras teatrales, era estimado por lo
cumplido con las damas y, lo afable con los caballeros; Bernardo
Pardo fue al campo de Mosquera y murió al entrar á Bogotá, sin que
nadie entendiera qué genio mágico había sacado de sus casillas á
este cachaco típico, benévolo, ocurrente, agudo, pacífico y querido
de todos; una escasa renta le proporcionaba independencia, y así
vivía solo en una pieza que daba a la calle; vestía pulcramente,
asistía á todas las funciones públicas y era el último que cenaba y
el último que se acostaba en la ciudad; sus parientes, que eran
muchos, y sus amigos, todos los cachacos, lo tuteaban, y lo
solicitaban para sus fiestas alegres: era un encanto estar con él.
También tipo de cachaco, pero no bogotano, fue Samuel Guerrero, que
intrépido buscaba donde alardear su valor, y siempre estaba
tiroteándonos con su escuadrón
|Calaveras: un valiente como
él debía morir en día solemne como éste. Tuvieron además catorce
oficiales y más de cien soldados muertos; y heridos más de
doscientos, entre los que se contaban el General Santos Acosta, y
el Auditor general D. Sergio Camargo. El General Mosquera aseguró
que había recibido una contusión de bala de cañón. "de
ninguna gravedad," según apunta el parte oficial de la
batalla, como para tranquilizar á los pueblos; tan poco creyeron
algunos en ella, que refieren que D. Santiago Izquierdo (el
simpático é inolvidable
|chato Izquierdo), que venía entre
los vencedores, con su aire burlón le preguntó al día siguiente
entre la multitud de aduladores que llenaban los salones:
"¿Y cómo está, General, de su topón?" Mosquera.
al punto le responde con gravedad: No, Izquierdo: en el arte
militar no se conoce ese término de topón: eso se llama contusión
causarla por una bala de rebote que ha perdido su
velocidad." Y como él no dejaba de exhibir sus
fragmentarios conocimientos científicos, les explicó á Izquierdo y
á los oyentes, que como en misa le escuchaban, que al rebotar la
bala de cañón no causó mayor daño, por el ángulo en que venía,
etcétera, etcétera. "Pero bala de cañón sí fue (concluyó):
mi hija Amalia la tiene." A las áulicos no les quedó duda:
Izquierdo siguió dudando. Lo extraordinario que hay en esto, es que
la bala no esté en el museo nacional por decreto dela Convención de
Rionegro.
En cuanto á los vencidos que salimos ilesos, unos pocos de á
caballo lograron escapar, tomando el camino de Fusagasugá, entre
ellos D. Pedro Dávila, que hasta el último momento recorría los
puestos de mayor peligro animando y ayudando en todo; y los más nos
ocultamos donde pudimos. Vacilante estaba yo en la Pila Chiquita
sobre el partido que debía seguir, si encaminarme al Magdalena,
como me lo indicaba el Capitán Jacobo Martínez, pariente mío y
compañero desde la niñez, que se disponía á tomar aquella dirección
con mi criado, mulato valeroso y fiel llamado Caicedo, ó volverme
para casa; como los instantes de que disponíamos no se prestaban á
vacilación, pues el enemigo avanzaba en. todas direcciones, le dije
á. Jacobo: " ¡No, me voy á ver á m¡ madre! " Le
di un abrazo y picando mi caballo, corrí hacia el centro de la
ciudad; pero ya desde el atrio y la torre de San Juan de Dios
hacían fuego graneado sobre el puente de San Victorino, donde no
quedaban sino un cañón y dos muertos. Al llegar á este punto, quiso
mi fortuna que D. Enrique Alford, conocido mío, cerrase la puerta
de la Legación inglesa. " ¡Enrique! (le grité) no
cierre!" y abriendo él de par en par la puerta, le apliqué
la espuela al caballo, un rucio brioso y potente de mi propiedad, y
de un empellón fui á dar á la mitad del patio; con el ruido de las
herraduras salieron todos al balcón, y entre ellos el General
Espina, quien apoyándose en la baranda, me dijo: "Mayor
Cuervo (después del 13 de junio me ascendieron á Sargento Mayor),
vaya, dígale al General Posada que se retire a la
Legación." Yo, levantando la vista, le repuse con rabia:
Aquí ni usted es General, ni yo Mayor. Ya se acabó
todo."
Yo había dejado al General Posada con unos tres ó cuatro en el
Camellón de San Victorino, sin saber qué hacer de su persona; poco
después fue cogido prisionero; Mosquera dice con fanfarronería que
se entregó á discreción.
La Legación inglesa semejaba al mástil que en un naufragio
sobrenada y al cual se acogen los náufragos: D. Bartolomé Calvo, ya
sin su Secretario de Gobierno y Guerra, que estaba agonizante, era
la imagen de la desolación: partía el alma verle allá en la sala
recogido, meditabundo y cabizbajo: entre tanto dolor como hubo ese
día, tal vez ninguno igualaba al suyo. Inspiraba no menos respeto
la figura cadavérica del General Joaquín París, que dejó la cama
donde yacía extenuado, por ir al campamento á partir los peligros
con sus compañeros de guerra: esa mañana, cuando vestido de militar
recorría el campo, los soldados suspendían el fuego para
victorearle, y él los animaba á no cejar: terminado todo, entró
también en la Legación, llevando á más de la aflicción de la
derrota, la ansiedad por la herida que había recibido su hijo Pedro
María, la que por fortuna no fue grave: parecía que el destino se
proponía inmolar en cada combate un hijo suyo; era como el diezmo
que este patriota generoso pagaba á nuestras contiendas civiles. En
la misma sala estaba el General Espina, y nadie hacía caso de él.
D. Leonardo Manrique, tan rabioso que casi no podía hablar,
tartamudeando me dijo y tendiéndome la mano: " ¡Sobrino
(así me llamaba, pues había algún parentesco entre nosotros), ser
uno creyente, y no poderse dar un balazo!...." D. José
María Quijano Otero, sereno y sonreído, se ocupa en hacer saltar
las paredes á los últimos jóvenes de la Compañía de la Unión, de
que era Capitán, los cuales se habían refugiado en la casa vecina
habitada por D. Trifón Molano. El presbítero D. Antonio José de
Sucre, carácter ejemplar de entereza, virtud y abnegación, cuyo
valor le llevó á internarse en lo más sangriento del combate en
busca de teatro para saciar su caridad inagotable. Entre tanta
gente no había un semblante humillado por el miedo: todos estaban
afligidos, como cuando hay un cadáver en la casa, pero nadie estaba
desfalleciente, á pesar de que todos ignoraban la suerte que se les
preparaba.
La Legación atraía las miradas de los vencedores, especialmente
de los negros del Cauca, que se agrupaban á mirar la casa donde
estaban escondidos esos
|pícaros godos; y no faltaron
algunos que, viendo á los imprudentes que se asomaban tras de las
vidrieras, irritados comenzasen á gritar y aun á dar golpes en la
puerta. ¡Mueran los godos! El señor Griffith pidió protección, la
que se le acordó inmediatamente, haciendo retirar á los soldados
que por allí había, aunque siempre quedó una infinidad de curiosos
al frente de la casa.
Como para que sintiésemos mejor la humillación del vencimiento,
se nos anunció que Mosquera se preparaba á ir á hablar con el señor
Calvo y los jefes. Como no éramos pocos y estábamos derramados por
toda la casa, el señor Griffith, temiendo algún desacato á
Mosquera, nos suplicó que nos retirásemos á sus piezas de
habitación mientras duraba la visita. Si algunos estaban agobiados
por la tristeza, era natural que despertaran y se irritaran con la
vista del caudillo vencedor; y así fue sobremanera prudente la
medida del Ministro. Mosquera entró con aire marcial, habló en la
sala con Calvo, París y Espina, y volvióse á ir, oyendo nosotros
los vivas repetidos y entusiastas que le daban en la calle, y los
consiguientes mueras á los godos: esté apodo fue producto de la
inventiva de Mosquera al principiar la revolución, con lo cual
quería indicar que sólo él representaba la idea republicana....
Tanto preocupaba á cada cual su propia suerte, que no se nos
ocurrió averiguar qué había pasado en entrevista tan intempestiva.
Algunos de los asilados pudieron salir pronto, debido al padrino
poderoso que se presentaba á sacarlos, resguardándolos en la calle
con su carácter de liberal. Con frecuencia se presentaba un señor y
desde abajo preguntaba en voz alta á los que veía en el balcón del
patio: " ¿Aquí está fulano? " Y si acaso se le
respondía que no, continuaba: " ¿Y ustedes no me dan razón
dónde lo encontraré? " Como no estábamos para saber el
paradero de los otros, cuando más le indicaba alguno que lo había
visto á última hora en tal ó cual parte, y el preguntante, dándose
una palmada en la frente, concluía al salir: "¿Y ahora
dónde doy con él? " Dicen que en el purgatorio hay almas
solitarias, abandonadas, de quienes nadie se acuerda, y en la
Legación había individuos que no tenían un liberal que les alargase
la mano para sacarlos: estaban condenados á ser inscritos en la
lista que, al anochecer, se comenzó á hacer de los asilados para
enviarla al Gobierno
|provisorio, según se la exigieron al
Ministro inglés. Yo era de los muchos que aguardaban la noche para
salir con padrino ó sin él, y así al acercárseme el Secretario de
la Legación con el papel en la mano á pedirme el nombre y la
calidad de mi destino militar, me excusé diciendo que yo me iba al
momento; lo mismo hizo Julián Pardo, mi compañero de infortunio,
con quien había hecho gran parte de la campaña y con quien me unía
antigua y tradicional amistad. Ya que él ha muerto, se puede
ponderar sin herir su modestia, algo de lo muchísimo excelente que
tenía: nadie más simpático y comunicativo, más espiritual y al
mismo tiempo más dulce: verdadera joya de la sociedad bogotana, que
brillaba en los salones, seducía en los corrillos de caballeros, y
en el campamento militar cumplía con su deber como el mejor.
Aprovechando la llegada de Daniel Granados, hermano de la sin
igual Paulina y cachaco también de finísima ley, que buscaba á
Julián, nos preparamos á levantar el vuelo, favoreciéndonos la
circunstancia de haber poca gente en la calle. "No hay
riesgo, nos dijo Daniel; los que puedan conocerlos no piensan, sino
en el triunfo; fuera de que contra los oficiales del Ejército no
hay prevención: si ustedes fueran de los que se quedaron aquí, la
cosa sería diferente. Para que los negros los respeten, en caso de
encontrar algunos, conserven ustedes sus espadas y sus blusas: se
ponen la ruana encima y negocio concluido." Quitando de
nuestras monturas la ruana, nos arreglamos, y encomendándonos á
Dios, hasta otra vista, señor Ministro.
El cielo estaba despejado, y la luna bogotana parecía asomarse
curiosa á conocer á los vencedores, de modo que las calles estaban
claras como á mediodía, Julián tenía especial deseo de ir á casa de
las señoritas Álvarez, situada en la esquina de la Calle Real y la
de San José (yo en esto de calles estoy á la antigua), y así de la
de San Juan de Dios tomamos los tres por la de las Cunitas hasta la
del Cárcamo, que nos conducía directamente. En la casa se hallaban
consternadas, pues todos los miembros varones de la familia estaban
huyendo: no dejaron de sorprenderse al ver que andábamos tan
descaradamente por la calle, y un señor alto, barbudo, coronado el
sombrero de fieltro de hojas silvestres, y que respondía al nombre
de Coronel V., les repitió á las señoras lo que Daniel Granados nos
había asegurado en la Legación. " Los señores pueden andar
por dondequiera, dijo; no corren riesgo"; y dirigiéndose á
nosotros, concluyó con habla majestuosa: " Si ustedes
viven por arriba, vamos hasta el frente de la casa del General
Mosquera, y yo los acompaño hasta allá; tengo que hablar con él.
" Esto lo dijo con cierto aire de satisfacción, como para
que nosotros, pobres vencidos, viésemos que era de los que
frecuentaban esas alturas. Nosotros aceptamos; y los cuatro tomamos
calle arriba hasta llegar á la casa que después fue fotografía de
Paredes, en frente al Chorro del Rodadero, donde vivía Doña Amalia
y donde se había apeado Mosquera. Acababan de comer: las ventanas
abiertas de par en par brotaban á torrentes la luz de las lámparas
y arañas de la sala. Los curiosos estaban apiñados en la calle con
tanta boca abierta esperando que apareciera el Supremo Director
para desgañitarse victoreándolo. Allí permanecimos algunos
instantes y pudimos ver al General Posada, que, prisionero, había
sido llevado allí por Mosquera: ahogado salía de vez en cuando á
tomar aire como si estuviera en un infierno, cruzó la sala con una
tasa de café en la mano D..., pariente de Julián y conservador
bullicioso que ocupaba un alto puesto en el Gobierno caído: al
verlo perdido todo no se creyó seguro sino en casa de doña
Amalia.... Al fin dijo Julián sonriendo: "Vámonos, que si
nos estamos más por aquí, vamos á parar también al balcón de doña
Amalia. Vámonos......" y nos fuimos. Nuestro barrio,
esencialmente pacífico, estaba desierto, y al separarnos en la
puerta de casa, nadie me vio entrar.
En el cuarto de mi madre estaban ella, el Doctor D. Antonio José
de Sucre, que desde temprano había dejado la Legación, y mi hermano
Rufino: al abrir la puerta y ver yo al señor Sucre con la cabeza
apoyada en las manos, como quien está poseído de la mayor
aflicción, no pude menos de decirle, para animarlo, aquella
conocida frase del médico Merizalde: " Pero ya salimos del
susto, doctor: no se aflija." El, levantando la cabeza me
dijo con aire severo: "Usted está muy muchacho, y no
comprende lo grave del desastre."
Providencialmente estaba él ahí, pues en la calle tropezó con un
liberal exagerado que quiso llevarlo á la cárcel, y entre si va ó
no va, acertó á llegar el conocido escritor D. José María Vergara y
Vergara, que por aquella época la daba de revolucionario por
circunstancias personales, y lo arrancó de manos tan peligrosas,
ofreciéndose él como fiador de que al día siguiente se presentaría
al Gobierno. El doctor Sucre vivía en casa, como hermano
distinguidísimo, y mi madre le amaba y respetaba, como al mejor de
sus hijos. Ella comprendía en aquellos momentos lo terrible de la
situación para los vencidos, y sin embargo, lo fortalecía con
palabras evangélicas. Varias personas acudieron á llevárselo para
ocultarlo, tales como el Ilustrísimo señor Herrán, los doctores D.
Bernardo Herrera y D. Antonio Vargas Reyes, con otras no menos
respetables, que veían el peligro que corría al caer entonces en
manos del Dictador; pero él con una hidalguía propia de su raza y
digna de emplearse con más noble enemigo, rechazó tanta muestra de
simpatía, diciendo que en la lucha periodística que había entablado
en
|El Catolicismo en defensa de las doctrinas
conservadoras, ofreció á Mosquera, en una carta memorable, no
ocultársele en caso de que triunfara, y que había llegado el día de
cumplirlo: esta firmeza de carácter, que el vulgo llama quijotada,
lo llevó á que lo martirizasen y lo encerrasen por largo tiempo en
las tenebrosas bóvedas de Bocachica en Cartagena, so pretexto de
que los extranjeros no debían mezclarse en los asuntos políticos
del país; y al mismo tiempo el Dictador evocaba sacrílegamente el
nombre del Mariscal de Ayacucho, tío de la víctima: ¡para esto sí
no eran extranjeros los Sucres! Mosquera pretendía endiosarse,
colocándose entre los padres de la Patria, y así no se le caían de
los labios los nombres de Bolívar y de Sucre.
|4
Es natural que en la toma de una ciudad, por disciplinados que
sean los vencedores, siempre haya desgracias y excesos; el furor de
la batalla no se apaga instantáneamente, y el mérito del jefe está
en hacer entrar pronto á sus soldados en el carril de la disciplina
y de la moralidad. En la entrada de Mosquera á Bogotá, preciso es
confesar que no se cumplieron en un todo los lúgubres pronósticos
que se hacían de los desbordes de las " hordas salvajes
del Cauca." hubo excesos, que más se deben achacar á las
enemistades de los que se quedaron en la ciudad que á la maldad de
los invasores: el ejército vencedor se había moralizado con lo
largo de la campaña, pero no así su jefe, que en los momentos de
gozo y entusiasmo que produjo entre los suyos el triunfo definitivo
de la revolución, manchó su causa con un crimen espantoso. Mosquera
se mostró en él como era, con todas sus pasiones sanguinarias.
Sellar quiso con sangre su poder y hacerse temible á amigos y á
enemigos. Para ello escoge á personas inofensivas, leales
servidores de la legitimidad, y que nunca pudieron imaginar ser
víctimas de un asesinato político: ¡morir fusilados D. Andrés
Aguilar, D. Plácido Morales y D. Ambrosio Hernández, es capricho
incomprensible de la suerte!
Pero Mosquera en su triunfo necesitaba sangre, y devoró á los
primeros que le presentaron, como devora una hiena los conejitos
que le arrojan á la jaula. Se dijo que Aguilar representaba la
víctima de los presos políticos, Hernández la de los negros del
Cauca, y Morales un desagravio á la hija de Mosquera por haberle
rondado su casa como Prefecto que era de Bogotá. Y cosa singular,
corrieron igual suerte Hernández acriminado de matador de Obando, y
Aguilar, su noble defensor en el juicio de responsabilidad de 1855,
cuando negado por sus antiguos adoradores, fue unánimemente acusado
en la Cámara de Representantes y condenado unánimemente en el
Senado; pero más singular todavía, ese Aguilar fue el mismo que,
cerrando los ojos á la degradación de Mosquera, propuso y sostuvo
aun con terquedad su candidatura para la Presidencia de la
República en
|El Nacional, combatiendo la de D. Mariano
Ospina. Los pormenores de esta triple ejecución en la plaza de los
Mártires, donde tantos parientes de Plácido Morales habían sido
inmolados por el despotismo español, reúnen todas las condiciones
del más villano de los asesinatos: el jefe de la escolta, un tal
Piñeres, borrachín, los hace arrodillar y obliga á los soldados á
que hagan varias veces ademán de descargar los fusiles: entonces
Aguilar, con su aire magistral, lanzó indignado su famosa frase:
|Si es burla, basta ya de burlas, y si verdad, cumplan con su
deber. Al fin los matan, y sobre las víctimas pasa Piñeres á
caballo, dejando los cascos estampados en los cadáveres.... La
familia de Morales conservaba el vestido de su padre con los
vestigios de este crimen inaudito en los pueblos civilizados.
Corramos un velo sobre esta página repugnante de nuestra
historia, y veamos la suerte que cupo á algunos de los hombres
principales de nuestra causa vencida. D. Bartolomé Calvo pasó de la
Legación inglesa á la cárcel, y de ahí fue arrastrado á las bóvedas
de Bocachica con D. Mariano y D. Pastor Ospina, el Doctor Antonio
José de Sucre, el señor Aranguren, caballero venezolano qué
intervino en el negocio del armamento del Gobierno, D. José Miguel
de Urbina, Prefecto activísimo de Cipaquirá y persona virtuosa é
ilustrada, D. Vicente Ramírez, carcelero de Bogotá que ya había
hecho la misma peregrinación en tiempo de Santander por
|santuarista, y D. A. Castillo, carcelero también,
sufriendo todos en el camino cuanta vejación y ultraje son capaces
de irrogar los pueblos á medio civilizar por donde pasaban. De los
que mandaban el Ejército de la Confederación, el jefe, General
Ramón Espina, fue encarcelado hasta el 3 de Agosto, en que
reconoció al Gobierno de los Estados Unidos de Nueva Granada,
prometiendo no tomar armas contra él, ni dañarle directa ni
indirectamente. El jefe del Estado Mayor general, Coronel graduado
Heliodoro Ruiz, hizo también desde la cárcel y con fecha I.° de
Agosto su memorial reconociendo al nuevo Gobierno, en el cual dice
entre otras cosas "Habiéndose circulado versiones
inexactas, por las cuales se me ha hecho aparecer como un hombre
obstinado contra el Gobierno actual, debo manifestar con la
franqueza que me cumple como militar de honor, que tales versiones
son absolutamente inexactas." Poco después peleó en las
filas de Mosquera, y aun llegó á escribir un folleto ridículamente
necio contra los conservadores.
Algunos días después del 18 de julio me dirigió el General
Espina una carta preguntándome si yo como oficial del Ejército del
Gobierno y como ayudante suyo había visto algo en él que indicase
deslealtad en el cargo que ejercía; yo le respondí que el hecho de
haber permanecido á su lado hasta el fin, era la mejor prueba que
podía darle de la fe que abrigaba en su lealtad.
FIN
|
|1
|
Como muestra de la manera como trataba Mosquera á sus
subordinados, vaya la siguiente anécdota: triunfante y establecido
en su palacio, fue á verle un paisano suyo con quien lo unían
relaciones de amistad y aun de parentesco lejano: como no había
testigos, hablaban con libertad de las cosas intimas de Popayán, de
las ñapangas y de mil otras cosas alegres, cuando golpean levemente
en la puerta: Mosquera salta, muda de semblante, y colocándose
frente al amigo, le dice con voz tronitosa: "¡Lo fusilo á
usted! lo fusilo! Conmigo no hay blanduras.... ¡Sí, lo fusilo á
usted!" Y volviéndose á la puerta, continúa secamente.
"¡Adelante!" Era un oficial que iba á darle
cualquier noticia, y temblando apenas podía hablar, pues había oído
lo de ''lo fusilo á usted." El amigo mientras tanto no
salía del pasmo que le produjo tan repentina mudanza. Al irse el
oficial, el amigo se atrevió á lanzarle un " Pero,
General...." Este, sonriéndose y poniéndole la mano en el
hombro, le dice: " No sea pendejo: así es preciso hablar
delante de esta canalla."
La persona con quien pasó esta farsa vive aún, y es probable
que la haya publicado ó, escrita, la tenga inédita, pues es una de
las plumas mejor tajadas de Colombia.
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|2
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Con este nombre familiar llamaban á D. Juan N. Lozano. y D,
Juan Caicedo
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|3
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|Correo Nacional de 18 de julio de 1892.
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|4
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Este flaco de colocarse entre los jefes preclaros de Colombia
la grande, sirvió algunos á avisados para explotarle: entre estos
el primero y más asiduo fue el famoso venezolano D. Leocadio Guzmán
(en palacio no lo miraban como extranjero, lo mismo que á otros
tantos venezolanos que en la revolución hicieron su Agosto), quien
le metió en la cabeza restaurar á Colombia y fundó en Bogotá con
tal objeto un papelón llamado
|El Colombiano, modelo de
bajeza y servilismo: cuando D. Leocadio hablaba con Mosquera,
afectaba equivocarle con Bolívar, y, como volviendo en sí decía:
"Perdone, General, pero es que al estar con usted creo que
estoy con el Libertador...." A muchos de nuestros paisanos
les pareció oportuna esta equivocación, y no cesaban de payasear á
D. Leocadio Guzmán. Nada hay más contagioso que el servilismo,
sobre todo cuando produce.
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