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VI
COMBATES DEL 12 Y 13 DE JUNIO
La muerte del Coronel Pedro Gutiérrez Lee, acaecida el I.° de
Mayo, produjo en el Ejército la más dolorosa impresión, y en Bogotá
se llenaron de luto los corazones adictos al Gobierno: se le
hicieron pomposas exequias, y de la catedral al cementerio fue
conducido el cadáver en brazos de las más respetables matronas.
Muerto mi jefe, cesaba yo en mis funciones militares; mas no
pudiendo resistir á la tentación de volver al campamento á pesar de
las juiciosísimas observaciones que me hacían algunos amigos de la
familia, que veían claramente el desenlace trágico que nos
esperaba, monté á caballo y me encaminé á Subachoque siguiendo el
camino de Funza, por donde encontré la famosa culebrina que en 1854
aterró á Melo en Soacha, y que llevaban ahora para que hiciese lo
mismo con Mosquera. D. Juan Crisóstomo Uribe, Secretario de
Gobierno y Guerra, que tan simpático se mostraba á los jóvenes, me
dijo cuando le referí que iba á buscar colocación en el Ejército:
" Me agrada su determinación: ahora necesitamos más que
antes, jóvenes decentes. Yo le aconsejaría á usted que entrase al
Estado Mayor general." Después de un momento de silencio,
continuó; " Es mejor como ayudante del General en jefe; yo
me encargo de arreglarlo todo."
La disentería que aniquilaba al General París llegó á tal
intensidad, que temiéndose por su vida, el Gobierno le concedió e
I.° de Mayo licencia para separarse del mando del Ejército, y quedó
encargado de tan elevado puesto el segundo jefe General Ramón
Espina. Honda pena causó en el Ejército la separación de este
ilustre veterano, á quien todos veneraban, más que por sus
cicatrices, por sus grandes virtudes. A pesar de su ancianidad y de
sus enfermedades había aceptado el penoso cargo que le confió el
Gobierno, y no se separó de él sino cuando moribundo no podía
resistir más.
En extremo delicada era la dirección de nuestro Ejército, pues
el General en jefe había casi perdido la propia autoridad y la
independencia, por la inmediata vigilancia del Presidente de la
República y del Secretario de Guerra, que vivían á su lado; de
suerte que civiles, sin mayores conocimientos en el arte de la
guerra, apreciaban como jueces competentes en la materia las
medidas de los jefes militares: el plan mismo de la batalla del 25
de Abril, según lo dice el jefe de Estado Mayor general, recibió la
aprobación de la autoridad civil, como si sé tratase de un convenio
internacional ó de una providencia administrativa. Esta ingerencia
tenía que ser perjudicial, pues si alguien necesita independencia
es la autoridad militar. Yo oí varias veces las quejas de los jefes
por la coerción que, según pensaban, pretendían los civiles ejercer
sobre ellos: el General Posada, con su agudeza nunca mellada,
mostraba su indignación, diciendo que el Secretario de Guerra que
estaba sobre ellos en tiempo de D. Mariano Ospina, no era
Sanclemente sino San Casiano, dando á entender con esto que, así
como San Casiano había sido maestro de escuela, el Secretario
Sanclemente quería vigilarlos como á chicuelos. Si no hubiera
causas más serias, con esta pugna se explicaría en mucho la
Viacrucis que seguía nuestro pobre ejército.
Separado el General París, se organizó nuevamente el Estado
Mayor general, viniendo á ser jefe de él, el ya Coronel Heliodoro
Ruiz, que con la derrota de Obando había cobrado algún prestigio y
hecho olvidar lo que de él se había dicho cuando los sucesos de
Segovia. Aunque poco después de ellos se publicó extensamente en la
|Gaceta Oficial la instrucción que él hizo levantar para
vindicarse y la resolución en que el Gobierno declara hallarse
satisfecho de su lealtad, siempre quedaba algo en el público que
hacía mirarlo con desconfianza: las cicatrices de la honra rara vez
se borran. El estaba colocado en las fuerzas que mandaba el General
París antes de la batalla de Segovia, y entre las acusaciones con
que tildaban su conducta se contaba la de comunicarse con Mosquera,
y haber aceptado la cita que le dio un oficial Alvarino, que servía
al enemigo desde el principio de la revolución, cita con que había
entorpecido un movimiento militar de que se esperaban buenos
resultados. Ruiz afirmaba que Alvarino era su amigo, y que él se
proponía volverlo al Gobierno para que borrase la mancha que con su
traición se había echado: á la conferencia asistieron dos oficiales
de la División y casi cuanto se habló fue en su presencia. En el
estado de excitación en que se hallaban las pasiones, la
susceptibilidad política no entró á discriminar escrupulosamente la
verdad, sino que tomó á bulto los hechos descarnados y con ánimo
nada benévolo. Daba singular carácter á lo de la entrevista el ser
Alvarino un oficial desacreditado que, sin destino una vez, se hizo
cómico y desempeñaba papeles graves de barba. De arzobispo salió en
el
|Oidor, comedión de Germán Gutiérrez Piñeres,
representado en un teatro improvisado en la Casa consistorial de
Bogotá: la voz cavernosa de Alvarino quedó zumbando por mucho
tiempo en las orejas del escaso público que asistía, y por la calle
la remedaban los vagamundos, á la par que la de Nicolasa Olano,
cuando con voz chillona recitaba también allí retahílas de versos
endecasílabos por el estilo de estos que nunca se me han caído de
la memoria:
" Y si el destino ó la contraria suerte
Que no se junten nuestras almas quiere,
Dichoso golpe nos dará la muerte,
Que es bien feliz el infeliz que muere!"
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Entre nosotros, el que una vez ha caído en ridículo podrá
levantarse si se acaudala, ó si se convierte en tirano que fusila,
ó en gobernante que da destinos, o en héroe que se sacrifica por la
patria; pero nunca se levantará un pobre oficial que en vez de
seguir por el camino del honor, busca en las revueltas un elemento
de prosperidad. Por esto cuando Ruiz se vindicaba en la
|Gaceta, la gente se inclinaba á pensar que un oficial del
Gobierno no podía ni debía dejar su campo por ir á conversar con
hombre que tan pocas prendas daba de respetabilidad. El Coronel
Gutiérrez Lee había tenido á Ruiz bajo sus órdenes en 1854 y
apreciaba sus dotes; á él más que á ninguno otro debió Ruiz ser
colocado en el Ejército de la Confederación después del desastre de
Segovia: Gutiérrez Lee respondía de su fidelidad.
La poca estimación que disfrutaban a lo último algunos jefes de
nuestro Ejército y los pasos desacertados que se daban, tales como
el abandonar á Subachoque, el no impedir que Santos Gutiérrez, jefe
valeroso y con gente escogida, se uniese á Mosquera, y el dejar
muchos de nuestros heridos al cuidado del enemigo, eran suficientes
para que la opinión pública clamase desaforadamente: la
|Gaceta
Oficial, optimista, como tiene que serlo siempre, desafiaba
así á los descontentos y criticadores: " La opinión rodea
y apoya al Gobierno, á pesar de la lucha que tiene que sostener
contra las armas enemigas, y contra la impaciencia, intolerancia y
mordacidad de los amigos, que, antes de explicarse de la manera que
suelen hacerlo, deberían ir á presenciar las grandes penalidades
del Ejército, para ser menos injustos en sus apreciaciones y
conceptos."
Si nosotros habíamos llevado lo que llamábamos hidalguía, que no
era en verdad sino necedad, hasta dejar el pueblo de Subachoque
como terreno neutral para que recibiese los heridos de ambos
ejércitos, Mosquera se mostró menos filántropo, y el 5 de Mayo bajó
al pueblo, se estableció allí, y tranquilamente se dedicó á recibir
el vestuario y otros elementos de guerra que le iban de Honda por
el camino de la Vega. Según él, "reorganizó los hospitales
del primer ejército, y mandó proveer de recursos al hospital
enemigo (el del Gobierno) que había quedado en aquella
población."
Fuerte ya con los soldados de Boyacá, despreció la lobreguez de
Subachoque y saliendo en busca de mejor ventura, se colocó en la
hacienda de los Arboles, punto escampado de la Sabana que lo ponía
en capacidad de moverse en todas direcciones: paso audaz, y dado
como para mostrarnos que ya no nos tenía miedo; semejaba el arrojo
de aquellos que en las fiestas de toros saltan de la barrera en
ademán de torear, y que no haciéndoles caso el toro, vuelven á
treparse á la barrera diciendo: ¡De la que me escapé! Sí, de la que
se escapó Mosquera, si nosotros hubiéramos querido embestirle; con
la caballería bastara para revolcarlo en aquel llano; sus
partidarios mismos tienen esta toreada de Mosquera por solemne
calaverada,... Pero nosotros, en vez de salirle al paso, corrimos á
Serrezuela con el propósito de interponernos entre él y la Capital,
creyendo que se proponía escurrirse por ese lado; en lo cual hubo
más simpleza que imbecilidad, pues si pensábamos. que tal era su
intento, ¿por qué en vez de atravesarnos en el camino real, puesto
que creíamos que nos respetaba, no nos aprovechábamos, atacándolo,
del disparate que estaba haciendo? Este era el medio más racional
de detenerlo; pero el hecho era que nosotros parecíamos enfermos de
los nervios, pues temíamos á Mosquera y no lo temíamos, queríamos
batirla y nos alejábamos de él, lo oprimíamos y le hacíamos
concesiones; en fin, aquello era un abismo de contradicciones y
absurdos. Comprendiendo Mosquera el peligro en que estaba en el
campo raso, se deslizó de allí y fue á ampararse al Hato de
Córdoba, donde se atrincheró en la casa y en la colina pedregosa
que las domina. Con esto quedó con Facatativá, población amiga, á
la espalda, y dueño de los caminos de Honda-, La Mesa y Anolaima.
Nuestro Ejército no tardó en seguirle, diciendo: ¡Y se nos escapó
también de los Arboles! Resueltamente avanzamos hasta cerca, y
plantamos nuestras tiendas al frente como para estar listos á dar
batalla. Otro que no nos conociese tanto como Mosquera, creería, al
vernos acampados á unos ochocientos metros de sus posiciones, y que
con media batería de artillería á la vanguardia comenzábamos á
cañonearle, que era inminente el combate, Pero no fue así, pues
todo nuestro ardor no pasó de hacer ruido con los cañones; y él
dice con la habitual pedantería de que usaba para hacer creer que
él solo sabía las cosas y los demás eran unos jumentos, que los
tiros de nuestra artillería fueron tan mal dirigidos que de
cincuenta y tantos "solo una bala de rebote mató un
caballo y una mula, é hirió en la pierna izquierda al corneta de
órdenes del Jefe del Estado Mayor general." Con tales
detalles no se puede dudar de la verdad de su aserción. Si él juzga
tan mal nuestra artillería, la suya, aquí como en todas partes,
estuvo por ver el primer daño que nos hiciera: " las
granadas apagadas " que despedían sus titulados
"cañones de á 12 de campaña" (Gutiérrez Lee le
probó que no hay cañones de á 12 de campaña) "como bala
rasa" eran tan originales, que se veían venir por el aire,
y daban ocasión á que los desocupados corriesen apostando á ver
quién las cogía primero: era una diversión verlos tras las
-granadas apagadas " cuando rebotaban al caer: les
tiraban, para detenerlas, hasta el sombrero: el llano de la
|Esperanza, en que estábamos, se prestaba á la maravilla
para tan honesta distracción.
Continuamente miraban desde Bogotá con toda clase de anteojos
hacia los campamentos, y se desesperaban con no ver el humo de la
batalla. ¿Qué será? Nuestra inacción parecía responderles: No se
tomó á Zamora en una hora. El campo de Mosquera parecía un castillo
de la Edad Media que no convidaba á arrimarse; de manera que
nuestro Ejército tenía que pensarlo mucho antes de irse sobre él ó
de emprender un movimiento de flanco; sinembargo, nuestro Estado
Mayor general consagró algunas horas á estudiar el punto débil por
donde podríamos sorprenderlo; y aun se llegó á creer que no sería
difícil encontrarlo. Para contentar mientras tanto á los
impacientes, se improvisó una gran revista al frente del enemigo,
como para decirle: Salga y verá lo que le pasa. De nuestro famoso
Ejército aun nos quedaban infantes, unos dos mil trescientos, y de
caballería se habían aumentado hasta unos setecientos, todos bien
uniformados, contentos y habilísimos en el manejo del arma y en la
precisión de las evoluciones. La revista nos salió admirable
aplaudiéronla los muchos invitados á ella, y aun los enemigos se
trepaban á las paredes y al cerro para vernos. En ese llano de
esmeralda desfilaban los batallones y escuadrones como en una mesa
de billar, ó formados en batalla avanzaban conforme á la disciplina
con gallardía veterana. En la exuberancia de nuestra alegría, el
General Posada, no pudiendo reprimirse, exclamaba á voz en cuello,
alzándose en los estribos, al concluírse la fiesta: ";Esto
esto es mano de cuaderno! ¡Esto es mano de cuaderno!"
Dando á entender con ello que entre nosotros nada es grande ni
significativo si no lleva por aditamento la publicación de un
folleto como los que dan á luz los litigantes con motivo de sus
enredos. Nuestro general en vez de decir como tocaba á quien lleva
charreteras: ¡Esto es mano de caer sobre el enemigo! se deja llevar
de su carácter satírico y exclama muerto de gusto: ¡Esto es mano de
cuaderno! ¡Sí, cuaderno, pero funerario! añadiría yo. Esta
expresión en los labios de un general cubierto de canas y de
medallas, patentiza que se miraba el Ejército cono una grande
oficina de empleados sedentes, donde cada cual se contentaba con
cumplir bien ó mal la obligación de su empleo; lo de pelear no
entraba en sus faenas cotidianas: era asunto de pluma y no de
lanza....
Dos ó tres días permanecimos en el llano de la
|Esperanza, y viendo que Mosquera no decía: Esta boca es
mía, retrocedimos á Serrezuela; de ahí pasamos á la hacienda del
Colegio, y del Colegio avanzamos de nuevo al puente del Corso, por
supuesto que causando inútiles daños en las haciendas y
perjudicando á leales servidores del Gobierno. Muchas de estas
marchas las hacíamos de noche y aun con lluvia, fatigando sin
objeto á los soldados. Pero era preciso acallar á los que nos
llamaban inactivos. El Ejército maniobra: la cosa se va
componiendo, decía la gente con satisfacción. En una de estas idas
y venidas se nos perdió Mosquera... ¡Se fue Mosquera!... Una noche
hizo echar sobre el río Serrezuela un puente en reemplazo del que
nosotros Habíamos cortado para que no se nos escapase por ese lado,
y fue á situarse en los Arboles, donde antes había estado, Esto nos
indicaba que se dirigía al norte para sorprender á Bogotá por San
Diego. Nosotros volamos á Cuatro Esquinas (
|1
) punto estratégico desde donde podíamos
atajar al enemigo, cualquiera que fuese el camino que tomara. Mas
él tuvo el juicio de no hacer por entonces sino seguir nuestros
pasos tranquilamente á Serrezuela, tacita de plata de la Sabana,
donde montó su caballería hasta con lujo.
Firmemente seguros de que Mosquera no pasaría por el camino real
estando nosotros ahí, dormíamos como lirones. Pero de repente llega
la siguiente noticia: ¡Una División de Mosquera ha ocupado el
puente del Común.! Es decir Bogotá está en sus manos. Perplejos con
tan no imaginada nueva, no se, nos ocurrió lanzarnos sobre la parte
del enemigo que quedaba en Serrezuela, á un paso de nuestro
campamento, y desbaratarla con un corto esfuerzo; y víctimas de
cruel incertidumbre permanecimos largas horas, hasta que un jinete
llega de Funza á todo correr, clamando: " ¡El enemigo! ¡El
enemigo encima! " Mosquera en Funza! gritaron en nuestro
campo, y desapercibidos como estábamos, corrimos todos á nuestros
puestos con más o menos desorden, y ya teniendo las armas listas,
dijimos con la entereza de siempre: Por el camino real no pasa
estando nosotros aquí.
Como el Ejército de Mosquera no pretendía atropellarnos en el
camino real, sino al contrario, dejarnos muy descansaditos allí,
mandó á Funza una fuerza de caballería para que sorprendiese, a la
mitad del día y en nuestras barbas, la que allí teníamos; hubo un
corto tiroteo en que perdimos tres muertos, cuatro heridos y seis
prisioneros; y mientras tanto toda la tropa que estaba en
Serrezuela, torció para el norte tan pacíficamente como si nunca
hubiera habido guerra por aquellos lugares, y fue á unirse á lo que
llamaban División de vanguardia, en el puente del Común el 26 de
Mayo por la tarde. Al saberlo nosotros, corrimos a seguir la
contradanza de colocarnos al frente y taparle el camino. y lo
hicimos, para acertar mejor, de noche, apresuradamente y sin
disciplina: recuerdo que con todas las velas que hallamos en las
ventas del tránsito, alumbrábamos los cañones, que iban montados,
para que salieran con bien de los barrizales en que se atollaban;
parecía aquello procesión de ánimas. Fuimos así hasta el Papayo,
por supuesto que sin hacer alto en Bogotá para no despertar á
nuestras familias. Al amanecer vimos al enemigo en la colina de
Torca, y nuestros jefes dijeron: No se puede hacer nada: está
atrincherado....; esperemos que salga. Si se hubiese querido hacer
algo, se hubiera podido colocar un batallón en el cerro que domina
la colina, y con piedras, que allí abundan, los hicieran salir á
espetaperros. Pero Mosquera ni temía nuestros malos pensamientos,
ni se afanaba en complacernos saliendo por el lado que queríamos.
Todo su deleite se cifraba entonces en recibir los desertores que
empezaban ya á dejar nuestro campo con armas y todo para engrosar
el suyo.
Pero el Papayo, reflexionamos cuerdamente, no es punto militar,
y con un falso movimiento, puede Mosquera colocarse á nuestra
retaguardia, entre Bogotá y nosotros; así pues, volver al pueblo de
Usaquén, y de noche para que no sepan dónde vamos, ¡Éramos la
viveza misma! En Usaquén permanecimos algunos días, y en ese ocio
seguimos algunos el hilo de la empresa que acometió el celebérrimo
Darío Mazuera de domar á un viejo rico, avaro y por añadidura
enemigo del Gobierno. Mazuera andaba descalzo, vestido de bayetón
colorado y con frecuencia sin camisa ni calzoncillos, pues á él más
que á ninguno era aplicable aquello de jugar hasta la camisa y el
sol por amanecer. Era pálido, de ojos negros y vivos como de
víbora, boca pequeña con dentadura envidiable, realzada por el
bigotito que comenzaba á sombrearle el labio; de regular estatura,
delgado y flexible; hablaba con énfasis, y era de los pocos que á
caballo se alejaban del campo para hacer tiros al enemigo. Pues
bien se dio sus trazas de visitar al avaro, y en pocas horas lo
deslumbró de modo que le regaló ropa nueva, desde sombrero
hasta-botines, varias mudas de repuesto, y lo más importante: unos
tantos pesos. Mazuera, abrazándole, lo llamaba
|mi tío y el
viejo sonriendo le decía:
|Vagamundo que sos vos. Mientras
Mazuera prosperaba, nuestro pobre ejército, menguaba. Creyendo que
no podíamos permanecer con el enemigo al frente, que estaba ya en
el Papayo, dispersos en una población dominada por cerros y sin
facilidad de movernos ampliamente en caso de ser atacados, se
determinó recular al Chico y apoyarnos en las cercas de piedra que
presentan un frente formidable: aquí por primera vez se pensó en
que nuestros soldados se apoyaran en trincheras, lo que valía tanto
como reconocer nuestra inferioridad en comparación del enemigo.
Aunque ¿qué sabemos si pudo influir en esto la manía que tenemos
los colombianos de imitar á los demás? Un mercader prospera
vendiendo bayeta: pues todos á encargar bayeta; un agricultor vende
bien el añil cultiva: pues todos á sembrar añil, aunque sea en las
piedras; un escritor publica un libro que agrada ó unos versos que
las niñas aprenden de memoria, pues, como carneros, á ahogar al
otro. Mosquera va saliéndose con la suya de trinchera en trinchera:
nuestros jefes dirían: Atrincherémonos también, que así avanzaremos
como Mosquera. Aquella décima tan conocida de Calderón que empieza.
" Cuentan de un sabio que un día," parece
enderezada á nosotros: lo que desechábamos, lo recogía Mosquera, y
era para él una delicia: sin hablar de nuestras empresas
anteriores, ahora dejamos el Papayo y él lo recibe; nos parece
Usaquén inadecuado para combatir, y allí sienta él deleitosamente
sus reales, y allí le creemos invencible.
Este continuo retroceder y la falta de energía de nuestros
jefes, acabaron al fin por irritar al público, y en Bogotá no
faltaron escritores que clamaron contra semejante táctica funesta.
Como es de suponer, al General en jefe se dirigían especialmente
los cargos, y él con la dignidad que correspondía á su colocación,
renuncia el puesto. Este documento no puede faltar en un estudio
militar como el presente, y así no vacilo en copiarlo, junto con la
resolución del Encargado del Poder Ejecutivo. Uno y otro son guía
luminosa para apreciar los hechos y ver que nuestra desgracia era
inevitable.
"Señor Procurador general Encargado del Poder
Ejecutivo.
El frecuente mal estado de mi salud y otras consideraciones, que
no es del caso referir aquí, me hicieron renunciar hasta por
tercera vez, bajo la pasada Administración, el importante y
delicado cargo de jefe del Estado Mayor general y el de 2.° General
en jefe del mismo. Estas renuncias, que no fueron admitidas prueban
bien el ningún interés que he tenido de conservar dichos destinos.
Ofrecí, sin embargo, en ellas, servir de soldado ó de cualquiera
otra manera.
No habiendo logrado mi deseo, continué prestando mis débiles
servicios en los referidos destinos con la decisión, lealtad y
consagración que pueden testificar el Ejército y vos mismo.
Posteriormente, en mi calidad de 2.° General en jefe del
Ejercito, entré á mandarlo por la lamentable enfermedad del
Ciudadano General Joaquín París, y en este último destino tengo la
más íntima persuasión de haber correspondido á la confianza que se
depositó en mí, desempeñándolo con la misma lealtad que el
otro.
Puedo haberme equivocado en algunos procedimientos conexionados
con el dificilísimo puesto que ocupo; pero si esto ha sucedido, ha
sido de buena fe, con la mejor intención, con el deseo de acertar,
y sin que jamás pueda atribuírseme con razón, sino apasionadamente,
ninguna cosa que pueda deshonrarme.
Esto no ha bastado para ponerme á cubierto de censuras y
calumnias que yo desprecio altamente; pero que, acogidas por
algunos espíritus ligeros, pueden dañar á la causa santa que
defendemos; por lo cual he resuelto renunciar en debida forma, como
en efecto renuncio, así el mando en jefe del Ejército de la
Confederación, como el destino de jefe del Estado Mayor general de
él, ofreciendo mis servicios como soldado en la presente campaña, y
mi vida también, si fuere necesario sacrificarla en defensa de la
legitimidad.
Por fortuna existen en el Ejército diferentes y dignos Jefes que
pueden reemplazarme con provecho del servicio público, y que
reuniendo é inspirando el mayor grado de confianza á los
descontentos con mi conducta, cuentan con el prestigio y apoyo que
son tan necesarios en la época difícil y solemne que
atravesamos.
En tal virtud, os suplico que, como una medida de vital
importancia y de fructuosas consecuencias en la situación presente,
os sirváis resolver favorablemente mi solicitud.
Usaquén, á 31 de Mayo de 1861.
Señor Procurador general, Encargado del Poder Ejecutivo.
|Ramón Espina"
|"Confederación Granadina. Poder Ejecutivo nacional.
Secretaría de Estado del Despacho de Gobierno y Guerra.-Sección 2.ª
de Guerra.- El Chicó a dos de Junio de 1861.
Al Ciudadano General en jefe del Ejército.
En la renuncia que con fecha 31 del pasado dirigisteis al Poder
Ejecutivo, se ha dictado la resolución siguiente:
"El Poder Ejecutivo, que es testigo presencial de la
actividad, consagración y celo con que llena sus deberes el
Ciudadano General Espina, y que tiene la más completa confianza en
su lealtad y patriotismo, no juzga conveniente aceptar la renuncia
que hace de los empleos de 2.° General en jefe del Ejército y jefe
del Estado Mayor general del mismo. Al contrario, lo excita á que
continúe prestando sus importantes servicios y espera que una
próxima y completa victoria sobre los enemigos del reposo público,
dará la contestación más espléndida á las injustas censuras de que
han sido objeto las operaciones del Ejército.'
Lo que tengo el honor de trascribiros para vuestro conocimiento
y demás efectos.
Soy vuestro atento servidor.
|Juan C. Uribe"
En la efervescencia de aquellos momentos no podía enmudecer el
Ejército, so pena de apoyar con su silencio los cargos de los
descontentos, lo cual daría por resultado la desorganización de la
fuerza y el triunfo pacífico del enemigo. Todos nos sentíamos
acabar, pero tanto por subordinación como por la fe de que la
victoria no nos abandonaría, resolvimos firmar antes que el jefe
renunciara, esta
"MANIFESTACIÓN
Sabedores los infrascritos jefes y Oficiales del Ejército de la
Confederación de que en estos últimos días han circulado, de
palabra y por escrito, en la ciudad capital, y fuera de ella,
algunas especies desfavorables á varios jefes del Ejército, y
persuadidos de que todo lo que en tal sentido se propala, tiene su
origen, ya de los enemigos de la legitimidad, que débiles con las
armas de batallar decentemente, están empleando toda clase de
intrigas y calumnias para tratar de dividir nuestro Ejérto; ya de
algunos patriotas, que creyéndose muy suficientes para dominar la
situación, se juzgan autorizados para aventurar sus conceptos,
tratando de precipitar los acontecimientos, sin atender á que lo
que hacen es alentar á los revolucionarios y agravar la situación;
creemos oportuno manifestar al público que el Ejército, conocedor
de los hechos, mira con indignación semejantes producciones, como
nacidas de principios viciados, é insta á sus dignos jefes para que
no se fijen en ellas, pues todos nos hallamos enteramente
satisfechos con las disposiciones dictadas por ellos, en quienes
tenemos una plena confianza; y que por lo tanto, estamos resueltos
á seguir obedeciendo sus órdenes, como que creemos que de esa
obediencia depende el triunfo de nuestras instituciones y el
restablecimiento de la paz en la Confederación,
Usaquén, 30 de Mayo de 1861."
(Siguen las firmas)
Si los graves cargos que en el público alarmado circulaban
contra el General Espina hubieran tenido sólido fundamento, ninguna
coyuntura mejor para descartarse de él que la presente: admítesele
la renuncia, y el mal cesa al momento. La palabra
|traidor
que en la Revolución francesa llevó á la guillotina á tanto militar
pundonoroso, por no haber destruido pronto al enemigo, siempre y
dondequiera la profiere la multitud impaciente, cuando la victoria
se deja esperar. Entre nosotros, impresionables y propensos á
juzgar mal de todos, siempre aparece la voz
|traidor en las
situaciones difíciles ó contrarias á nuestros deseos: en 1851 los
conservadores también llamaron a Espina traidor porque no salió a
guerrear y no se dejó coger como otros tantos. Este afán de
ennegrecer de buenas á primeras no solo aqueja á personas ignaras y
nerviosas, sino á inteligencias claras y cultivadas. En casa del
doctor José Ignacio Márquez le oí decir á D. Mariano Ospina,
después de la batalla de Subachoque, que él desde la retirada de
Casasviejas se había convencido de que el General Espina era
traidor. Yo no pude menos de objetarle con la moderación y respeto
que él se merecía: " Pero, Doctor, usted era entonces
Presidente de la República, y en sus manos estuvo cortar el
mal." El me repuso que no se podía por el prestigio de
Espina en el Ejército. Yo no insistí. Pero ningún ejército reconoce
prestigio en el jefe que no sólo no vence sino que lo anonada con
sus errores. A pesar de que el nuestro obedecía subordinado a los
jefes que le daban, y con tratarse de un jefe tan respetable como
el General Joaquín París, ya hemos visto que en Facatativá se
proyectó una conjuración para dar el mando á Gutiérrez Lee, La
victoria es la que da prestigio, y Espina ni gozó entonces de ella
ni tenía por qué arrebatar al soldado, supuesto que siempre fue
subalterno, y no había en su carrera, por más que fuese de los
Libertadores, nada sobresaliente. Se decía que como organizador no
le faltaban dotes, y lo recomendaban como oficial de Estado Mayor;
pero de ahí no pasaba. Era insensible al entusiasmo, y su
inteligencia corría parejas con su ninguna instrucción; solo que,
aunque serio y callado, no dejaba de soltar sus agudezas, dignas de
las renombradísimas que se atribuían á su familia. Mientras quede
en el mundo un santafereño, serán celebradas las
|gracias y
las chispas con que las señoras Espinas salpimentaban los más
áticos epigramas.
Teniendo certidumbre el Gobierno de que en el General Espina no
había deslealtad, quedaba en pie su falta de condiciones especiales
para dirigir un ejército: esto a nadie se le ocultaba; pero ¿con
quién reemplazarle? Ni en el Ejército ni en el interior de la
República había un solo individuo capaz de tan elevado cargo. El
General Joaquín Posada, Jefe de una de las divisiones, aunque de
los militares de la Independencia, ningún prestigio tenía para que
se depositara en sus manos esa única esperanza del Gobierno los
disparates que cometió después de la batalla de Subachoque lo
habían hecho caer hasta en ridículo: á más de lo copiado en otro
lugar, refiere el señor Guerra Azuola que cuando se supo que Obando
había salida á Barroblanco con debilísima columna que traía, llegó
el sobresalto de Posada hasta el punto de ordenar á media noche la
retirada del Ejército sin consultarlo á nadie, y lo hizo "
con tanto afán y con exclamaciones y gritos tan angustiosos, que
difundió en nuestro campamento un. alarma espantoso."
Nadie dudaba de su fidelidad ni de la firmeza de sus principios
políticos, pero se recordaba también que su versatilidad en 1830 le
hizo llamar
|Coronel Pasada y que en el había tendencia
marcada á parlamentar con el enemigo y á hacerle concesiones
inútiles aun después de vencerle, como en Manizales. El era
instruido, locuaz y á veces enérgico en los Congresos, pero inhábil
para manejar un ejército. y menos para habérselas con un jefe
astuto y embrollón como Mosquera, bajo cuyas órdenes había
militado. Espina y Posada eran lo mejorcito que teníamos, pues los
otros individuos del Ejército no pasaban de ser oscuros
subalternos, ó bien civiles que no reunían ni las simpatías
generales, ni tenían los merecimientos y aptitudes indispensables.
Así, natural fue que el Poder Ejecutivo contestase á la renuncia
del General Espina en los términos en que lo hizo, procurando
espolear su orgullo y levantar sus aspiraciones.
Una de las señales que anuncian la caída inmediata de las
naciones, ó si se quiere de una causa ó de un partido, es la falta
absoluta de hombres superiores: á medida que el cuerpo social
enferma, no produce nada sobresaliente, nada que sirva para templar
los corazones con la esperanza; los ojos se vuelven á todas partes
y no hallan un hombre capaz de dirigir la nave y llevarla á buen
puerto. Nosotros no hallamos en nuestra postración sino al pobre
General Ramón Espina, y con él seguimos hasta el último trance. En
1840 brotó Neira en circunstancias parecidas, y desbarató al
orgulloso enemigo que avanzaba sobre Bogotá; pero fue cuando el
partido conservador estaba joven y no manchado con apostasías;
ahora... no hay Neiras. Los mismos que sobresalen, como Arboleda y
Canal, están lejos y parecen cargar también con nuestros pecados
ellos no triunfarán por más que luchen bravamente, y Arboleda caerá
bajo las balas de cobardes asesinos, porque la misión del partido
conservador parecía concluida....
Vista así la situación de nuestro Ejército, tiene uno que
preguntarse: ¿Dónde está el enemigo que no se yergue con nuestra
humillación y no aprovecha nuestra visible inferioridad?
Mosquera decía saber cuanto nosotros hacíamos, ¿cómo es que,
constándole la ineptitud de Espina; no se lanza sobre él, y lo
destruye? Un jefe más hábil que Mosquera, un julio Arboleda ó un
Rafael Reyes, nos derrotara siete veces por semana.
Por lo que hace á las publicaciones que sobre la guerra se
hacían entonces en Bogotá, la verdad es que tenían el inconveniente
de tratar asuntos sumamente delicados en que casi no era dable la
mesura, y por lo tanto podían herir al Ejército que defendía las
instituciones. Como el Gobierno se puede decir que no existía en
esos momentos amargos, no hubo medio de encauzar la opinión, y en
consecuencia cada cual daba su parecer sobre el estado diario de la
guerra; cada conservador, se entiende, que el liberal que quisiera
escribir fuera á la cárcel, como era natural,. El público por su
parte pedía con impaciencia noticias y que le explicasen los
movimientos que no comprendía; y de aquí que los escritores se
vieran obligados á hablar más de lo que las circunstancias
permitían, y pasaran de criticar, las más veces con justicia, lo
que sucedía en nuestro campo, á sembrar la desconfianza en nuestras
mismas filas, haciendo aparecer á los jefes como traidores. Entre
los escritos más célebres de aquella época incomprensible están las
|Situaciones de D. Pastor Ospina-documentos severos que
servirán de apoyo á la historia-en las cuales con precisión y
claridad se publicaba cuanto se sabía y cuanto se proyectaba hacer.
Tanta importancia daba el enemigo á esta publicación, que los
primeros ejemplares que salían, los remitía doña Amalia Mosquera de
Herrán á su padre como la noticia más preciosa que pudiera
apetecerse. Nadie estaba mejor colocado para saber las cosas que el
señor Ospina; y es de suponer que no se decidiera á emplear medio
tan imprudente de mejorar nuestra causa, sin haberse convencido por
experiencia de la ineficacia de todo consejo ó influencia privada;
pero, de un modo ú otro, es de sorprender que persona tan avisada
como él, tan conocedora de la cosa pública y tan práctica en el
manejo de ella, se dejase arrastrar del amor patrio hasta no medir
el mal que con sus indiscreciones hacía á la causa de la
legitimidad.... Me olvidaba de que el General Espina mandaba el
Ejército, y que nada, ni bueno ni malo, era capaz de sacarle de su
soñolencia.
Cuando aparece una peste de aquellas que diezman la humanidad,
se dejan las disputas bizantinas, callan las censuras y se buscan
los medios de extirpar el mal con energía; pero entre nosotros se
escribió entonces, se cuchicheó y se gritó, y nadie indicó el
remedio, nadie pensó en hacer una acción vital.
Toda ruina individual ó colectiva es resultado de multitud de
causas que, por leves que parezcan, concurren á desenlaces de
trascendental importancia. Ya hemos visto varias de las que nos
llevaron al estado desconsolador en que nos hallábamos; ahora
agregaré la falta de aspiraciones de los jefes del Ejército: Espina
y Posada, ¿qué más podían. apetecer? Servir la patria es gran cosa,
pero no aguijón suficiente en personas gastadas y contentas con su
vida: se habría necesitado que aspiraran á la Presidencia de la
República, pero ellos bien sabían que nadie se atrevería ni
siquiera á proponerlos por no caer en ridículo: ellos mismos eran
jueces de sus propios méritos. Fuera de esto, al triunfar, ocupara
la Presidencia de la República D. Julio Arboleda, persona nada
simpática para los militares viejos y dormilones, y nuestros dos
generales creían que una nueva generación los oscurecería y
arrinconaría por más laureles que coronaran sus frentes. Estaba yo
cierto día sentado con un amigo en un coche que se hallaba en el
vestíbulo de la casa del Chicó, y oímos el siguiente diálogo entre
dos altos jefes del Ejército, que conversaban en la pieza cercana
con la puerta abierta:
-Es una lavativa estar trabajando para ese chisgarabís de Julio
Arboleda.
-Para nosotros, militares, no hay vacilación entre Mosquera y
Arboleda. El que esto dijo se asomó á la puerta, pues se paseaba en
el cuarto, y de seguro por ver colgando alguno de nuestros pies,
mudó rápidamente la conversación. ¿Qué tal? nos dijimos paso mi
amigo y yo. Esto se lo lleva el diablo.
Los dos, como otros tantos, podíamos tomar alguna resolución
definitiva en vista de lo que presenciábamos continuamente; mas no
lo hacíamos porque pesaba sobre nosotros una especie de fatalismo
adormecedor: todos, desde el que hacía de Presidente de la
Republica hasta el último sargento, parecíamos
|entongados.
En el Estado Mayor general era tan poco lo que se trabajaba y
tan insignificante lo que se hacía, que una vez, hojeando el
copiador de oficios, dijo D. Crisóstomo Osorio, quien, á pesar de
la espada que con tanto honor ceñía, no perdía su agudeza y
originalidad: "Aquí no hay más que haches y
erres" (H. R.: Heliodoro Ruiz, jefe del Estado Mayor
general). De espionaje no se diga, pues el enemigo podía acercarse
por las colinas á las casas del Chicó; tirotearnos sin que nosotros
lo supiéramos antes. Los soldados, desertaban cuando querían, sin
que uno solo llegase á ser sorprendido; en nuestro campamento
entraban y salían los espías de Mosquera, y nadie les decía:
¡Quítense de aquí! En suma era aquello un cuerpo abandonado y
condenado a desaparecer.
Como en la tropa se criticaba á los oficiales del Estado Mayor
general por su vida holgada y aun independiente, se resolvió que
hiciesen rondas nocturnas, y al efecto desde las nueve de la noche
hasta las cinco de la mañana iban de dos en dos recorriendo las
avanzadas y demás cuerpos de guardia. Yo me junté á ellos, y
durante dos horas hacía mi servicio: el turno se sorteaba, y cada
cual escogía el compañero que más le agradaba. Las noches eran
frías y frecuentemente lluviosas, y con delicia nos poníamos los
bayetones, las monteras de lana, y montando á caballo, nos dábamos
á recorrer paso á paso todo el campamento, pero sin apegarnos á la
comitiva del jefe de día, é íbamos hasta las últimas avanzadas,
encontrando en todas partes el servicio regular y ordenado; lo
único que nos mortificaba era no poder fumar, pues nos estaba
vedado hacerlo durante la ronda.
Como la esperanza es el último fuego que se apaga en el corazón,
con frecuencia hacía ella renacer el entusiasmo, y en la capital se
veían continuamente actos de civismo y abnegación. Ancianos,
enfermos y desvalidos, se creían obligados á cooperar al
mantenimiento del orden y al triunfo del Gobierno. Se formaban
cuerpos de valetudinarios que prestaban los servicios más pesados:
nadie olvida aquel escuadrón mandado por D. Diego Rivas, gallardo
militar, conversador rumboso y tipo de caballero de antigua raza
|2
, escuadrón que fue
bautizado con el nombre de
|Escuadrón bufanda, dándose á
entender con ello que sus soldados era viejos catarrosos que se
resfriaban con cualquier vientecillo, y por eso tenían que
abrigarse con tan descomunales corbatas de lana. Entre los que más
trabajaban por mantener el ardor cívico estaba D. Mariano Ospina,
que ya en la batalla de Subachoque había pedido colocación y como
Ayudante del Estado Mayor general cruzaba por entre las balas con
intrépida serenidad; él se hizo cargo de la ciudad al salir
ocasionalmente las tropas que la guarnecían, y dirigió con fecha 3
de Julio esta fogosa
|Invitación:
"
|¡Habitantes de Bogotá:
Las hordas rapaces que han desolado los valles del Cauca y
Magdalena, y que días hace fijan ansiosas sus ojos en la capital de
la República, están ya á dos leguas de distancia de ella, esperando
saciar su codicia, su ferocidad y sus instintos brutales en las
riquezas y en los habitantes de esta heroica ciudad. El Ejército de
leales que sostienen la legitimidad se prepara á darles hoy un
combate: los Cuerpos que hacen la guarnición. de Bogotá saldrán de
su recinto para dar apoyo á nuestros combatientes, y la autoridad
encargada de velar por nuestra seguridad, confía el mantenimiento
del orden, la defensa de las mujeres y niños y el honor inviolable
de la ciudad, á los hombres de honor, de lealtad y de patriotismo
que hay en ella. A mí se me ha impartido el alto honor de mandaros
cono Comandante de reserva, y en tal calidad os invito á concurrir
al cuartel de San Agustín con las armas y elementos de guerra de
que podáis disponer.
La ocasión es grave y solemne: el depósito cuya guarda se nos
confía es el más interesante y el más sagrado que ha podido
confiarse jamás al valor y al patriotismo. ¡Deshonra, ignominia,
infamia eterna al egoísta y al cobarde que rehuse sus servicios á
la Patria en este lance de honor!
Nuestros esfuerzos no serán prolongados; el Dios de la justicia
extenderá hoy ó mañana su brazo poderoso para poner término á las
depredaciones y á las iniquidades de los traidores que devastan el
país: el orden y la paz extenderán otra vez sus alas sobre nuestro
desventurado país. Mostrémonos dignos de la protección del Altísimo
y de los bienes de la libertad y de la seguridad, ¡Que Bogotá no
sea profanada por las hordas feroces que la amenazan!
¡A las armas, compatriotas! ¡A las armas!
|Mariano Ospina."
Sí, una batalla se preparaba, pero no se sabía cuándo sería, ni
cómo, pues en el campamento de la Confederación no se tomaban
providencias para ello: en lugar de guerra parecía que reinara paz
profunda, en que el soldado poco se afanaba por limpiar su fusil.
Después de una noche tranquila, nos levantábamos sin cuidado, nos
desayunábamos, unos con chocolate y otros con agua de panela; de
las nueve á las diez almorzábamos, los que teníamos con qué pagarlo
ó al menos crédito para que nos diesen un buen plato de
|rancho-de aquel arroz claro con papas y carne tan
sustancioso-y pocas veces dejábamos de agregar el constitucional é
indefectible
|frito bogotano con su respectivo chocolate:
soldados y oficiales lo tomábamos al campo raso sentados
poéticamente á la orilla del cristalino arroyo que desciende de la
montaña; y para que todo fuese pintoresco, nuestras vivanderas
solían ser graciosas bogotanitas de alpargatito nuevo ó zapatos de
cordobán sin medias: al verlas, no se creía que pudiesen
condimentar tan bien la comida, ni menos que algunas de ellas
cubriesen con su sonrisa la perfidia de ser espías del enemigo. ¡
Malvadas! De la ciudad nos enviaban á menudo las señoras platos
exquisitos con vinos que nos llenaban de contento y nos hacían
brindar por nuestras preciosas copartidarias; y como cada cual
tenía ídolo, estos obsequios eran como bajados del cielo. ¡Oh
tiempos! ¡Oh tiempos!
Mosquera por su lado tampoco llevaba muy mala vida; pues fuera
de lo mucho que le iba de Bogotá, pasando por nuestras narices,
tenía en su poder casi toda la Sabana y recibía continuamente
víveres frescos y abundantes. En tales circunstancias y con vida
tan descansada se sorprende uno de que hubiera tomado el enemigo
cierto aire agresivo que hasta entonces no se le había notado, y
nos echase por las tardes un escuadroncito llamado
|Calaveras, compuesto de guapetones del Norte, á
provocarnos en el llano, para huir cuando se acercaban nuestros
jinetes; vese pues que era solo por mortificarnos y no dejarnos
gozar de nuestro sabroso
|far niente. ¡Qué sabemos si era
envidia! Llegó la osadía hasta mandar tiradores por el cerro para
que nos asustasen; de manera que sin saber cómo ni cuándo se
trocaron los papeles, viniendo nosotros á quedar á la defensiva.
Solo unos jefes tan tontos como los que teníamos, pudieron dejar
que en esto parara la contradanza.
El 6 de junio, con el intento de hacer un reconocimiento formal,
destacó Mosquera un cuerpo de cuatrocientos hombres por entre los
cerros, y á boca de jarro nos hizo una descarga con que nos hirió
unos tres ó cuatro soldados: nosotros respondimos con vigor y no
dejamos de causarle algún daño; pero, debido á nuestra impericia,
volvió el cuerpo á su campamento, cuando sin peligro mayor
pudiéramos cortarlo y rendirlo, probándole así á Mosquera el
disparate de avanzar una tropa para divertir al enemigo á semejante
distancia. Para otro que no fuera Espina, esos cuatrocientos
hombres fueran bocado de fácil digestión: ya que no otra cosa, le
quedó el consuelo de referir lo acaecido es el
|Boletín
Oficial, llamándolo
|Rechazo de los rebeldes en
Usaquén, y pintándolo como si fuera cosa nunca vista.
Quien, no conociendo la época, vea en la
|Gaceta Oficial
de Bogotá que se habla del
|Ejército de la Confederación
Granadina, y en las publicaciones de los revolucionarios del
|Ejército de los Estados Unidos de Nueva Granada, tiene que
suponer que se trata de la nación dividida en dos campos enemigos,
de dos masas formidables, á quienes se pueden aplicar los
siguientes malos versos del español Zorrilla:
" Dos gigantes los siglos nos trajeron;
Los dos en el desierto se encontraron;
Cuando grandes los dos se concibieron,
e hito en hito los dos se contemplaron."
|
Pero no, lector benévolo: eran dos ejércitos diminutos, por más
que hubiera complicados Estados Mayores generales y divisionales,
oficiales con variados títulos y mucho embrollo de cañones y de
bandas de música: nosotros, como íbamos para abajo, teníamos al
principiar el mes de junio unos dos mil quinientos hombres, y
Mosquera, que iba para arriba, tendría unos tres mil trescientos,
en todo cinco mil quinientos hombres. Cualquier revoltoso de los de
hoy levanta esta fuerza en un par de semanas. Es que entonces todo
era pequeño, hasta el entusiasmo de los revolucionarios.... En
ningún tiempo ha habido menos ganas de pelear que en aquél.
Envalentonado Mosquera con nuestra dejadez, siguió
mortificándonos todos los días, y el 12 de Junio por la tarde, en
vez de unos pocos soldados, movió parte del Ejército, simulando un
ataque general; mala la hubo, pues estando nosotros apercibidos,
caímos sobre él y en poco tiempo le infligimos ejemplar
escarmiento. Entre los cuerpos que sobre él se abalanzaron con
impetuoso arranque, estaba el de los Lanceros mandado por el
veterano Coronel Ramón Amaya, que tanto se había lucido en las
escaramuzas diarias, y que aunque herido la víspera, corrió á
ponerse al frente de sus jinetes, y cual huracán lo arrolló todo y
fue á morir en el campo enemigo, quedando muertos á su lado el
corneta de órdenes y un hermoso perro que lo acompañaba. El ver
huir al enemigo nos llenó de alborozo, pues sentimos que todavía
estaba el triunfo en nuestras manos: para hacer más íntimo nuestro
contento, recontábamos, como avaros, los ciento trece prisioneros
que habíamos hecho, entre los cuales estaban los oficiales
Wenceslao Ibáñez y Carlos Borda, heridos levemente, personas
conocidas y estimadas de todos nosotros por sus bellas prendas y
por pertenecer á familias radicalmente centralistas y católicas, y
que solo por circunstancias personales habían podido ir al campo de
Mosquera. Al venir la noche tenía dominado al enemigo por el
oriente el batallón 7.° de línea, y lo estrechaban por el camino
real el 4.° de línea y el escuadrón Lanceros, y por el llano el 3.°
de Artillería y el resto del Ejército: un paso más y nuestros
soldados ocuparían su campo
El desengaño del enemigo fue cruel, pues le mostró que con un
movimiento desacertado podía desvanecerse la ilusión que acariciaba
de vencernos ayudado por el tiempo: recogióse en sus posiciones, y
al principio tan asustado que no hubo ni las rondas de ordenanza;
debido á esto, pudieron unos soldados nuestros entrar hasta donde
estaba el cadáver del Coronel Ramón Amaya y traerlo á nuestro campo
en medio del aplauso general.
Este solo hecho debió convencernos del amilanamiento de los
otros: aunque entre ellos había valientes por centenares, un
desengaño como el que habían recibido era más que bastante para
sorprenderlos y hacerles ver que el camino no era todo de
rosas.
En Bogotá se tomó la ventaja obtenida como una gran victoria:
las campanas se dieron á vuelo, la multitud se derramó por las
calles victoreando á los vencedores, y la música y los cohetes
aumentaron el alborozo. ¡Al fin vencimos! exclamaban. Mañana a
estas horas aquí estará Mosquera amarrado.... ¡Viva la
Constitución! ¡Viva el Gobierno! ¡Viva el Ejército!
Eso de decirle á un pueblo: Ya triunfamos: no falta sino porner
la mano al temido caudillo de los, enemigos, es prometerle un
espectáculo nuevo: es como decirle: Vamos á toros, vamos á
fiestas.... No solo era el poder de nuestras armas el que, según la
multitud, iba á aniquilar á Mosquera, sino también la propia
superstición de este jefe: Mosquera no pelea el 13, aseguraban: él
es supersticioso y tiembla del número 13. Cada cual corroboraba
esta opinión, recordando las cuitas que le habían pasado á Mosquera
ese día, y lo que él mismo contaba de tan aciago número, y, para
que la seguridad fuese completa, sostenían los devotos de San
Antonio de Padua, cuya fiesta se celebra el 13 de junio, que él lo
iba á asegurar con su cordón. La población con todas estas
coincidencias, esperaba impaciente la aparición del sol para ir á
ver maniatar á Mosquera.
Desde temprano comenzó á llenarse nuestro campamento de gente
que acudía afanosa como si no llegara á tiempo. A las diez del día
aquello parecía fiestas reales; un Goya habría hallado asunto
precioso para un cuadro de costumbres populares: ¡qué diversidad de
tipos y de trajes! Desde el monaguillo de la Catedral con su sotana
roja, maceta blanca y sombrero de teja, hasta las revendedoras y
las beatas, todas con su ropa dominguera.; los capirrotos se
codeaban con los elegantes y las damas con las mujerzuelas de traje
almidonado: todos con la sonrisa en los labios acudían á tomar su
parte de prisioneros; si algunos no llevaban lazos, era por haberse
agotado los que había en las tiendas, pero los reemplazaban con
sogas de cerda de las de colgar ropa: algunos se aparecían con
escopetas viejas y mohosas, no para dispararlas contra el enemigo,
lo que fuera imposible, sino para entrar en la ciudad escoltando á
los amarrados. El camellón del norte semejaba un saetín de molino,
según iba apiñada la gente y parlera, como que se preparaba á
presenciar una escena más divertida que la de los prisioneros
encajados en escaleras de mano allá en tiempo de
|Carracos
y
|Pateadores; las personas débiles que no podían llegar,
se sentaban á la vera del camino para aguardar la procesión. A
todas éstas no había ni una nube en el cielo, y el azul en su más
bella concentración parecía coger también su puesto para la
función; los campos estaban verdes y floridos y convidaban á
sentarse en ellos; en fin, todo presagiaba cosas nunca vistas y las
inefables emociones de la victoria.
Al Chicó llega gente y gente. Son las nueve, dicen los que
tienen reloj.... Las nueve y media.... Las diez.... Y como es
creencia popular que las batallas se comienzan temprano como toda
ocupación honesta, se preguntan unos á otros: ¿Las diez?.... ¿Qué
será? Qué habrá pasado?.... Luego, mirando para todas partes,
continúan: Nadie se mueve: los cuerpos vivaquean tranquilos.....
¿qué será? Ahí sale un oficial..... irá á dar órdenes.... nada: se
detuvo allí no más..... Las diez y media.... ¡Esta es mucha
tardanza! ¿Qué será? Subiéndose á las colinas, miraban, los que
iban con anteojo de larga vista, al campo enemigo. No hay nada....:
todo está tranquilo.... Y pasando el anteojo de mano en mano, cada
cual repetía al soltarlo: no hay nada: todo está quieto. Otros no
pueden estarse parados, é impacientes van de una parte á otra de
nuestro campo, y aun se atreven á preguntar: " Señor
soldadito, díganos qué hay? ¿Por qué no pelean? " Y como
el soldado les respondiese que él no sabía nada, disgustabanse y
renegaban de nosotros. Al fin en el público comenzó un susurro
hostil como cuando en el teatro no levantan á tiempo el telón.
" Espina no quiere pelear," se decían enojados:
Espina no quiere pelear... " Esta frase se extendió por
todas partes.
|Espina no quiere pelear vino á ser una voz
de despecho y desilusión que proferían los que habían acudido tras
de un espectáculo halagador. En boca del pueblo, poco significaba
el Espina no quiere pelear, pero en la de los pudientes tenía una
fuerza dominadora.
El Batallón 3.° de Artillería, tantas veces alabado en este
escrito, estaba acampado en el llano en la línea de la cerca de
piedra que nos servía de frente, y en medio de los toldos estaba el
del Coronel Liborio Escallón y del Sargento Mayor Cornelio Borda:
allí solíamos reunirnos algunos amigos á pasar conversando las
largas y enervantes horas á que la inacción nos condenaba, y no
pocas veces éramos obsequiados con sabroso lunch. El día 13 el
toldo estaba de fiesta, y á él fueron varias personas notables de
la ciudad, entre ellas D. Pepe Urdaneta y D. Joaquín Sarmiento, tío
de Borda, El
|Espina no quiere pelear, en sus labios, era
no solo un reproche sino un estímulo al arrojo de Escallón y de
Borda; ellos no podían tolerar que el publico los envolviese en el
|Espina no quiere pelear, cuando en su concepto con un
esfuerzo insignificante se rematara la derrota de la víspera.
" Con unos cañonazos hay para asustarlo," dijeron
los que estaban en el toldo. " No se debe desperdiciar
esta ocasión."
Escallón y Borda exclamaron con energía: "Nosotros
vamos á comenzar la batalla," é inmediatamente ordenaron
que el batallón se pusiese sobre las armas y se alistasen los
cañones "Vamos (continuaron), que Espina no puede dejarnos
comprometidos."
-Entonces, dije yo, voy á anunciarle al General Espina que el
batallón se mueve sobre el enemigo. Montando á caballo, corro á la
casa del Chicó y se lo anuncio. Sorprendido, sale al corredor y con
el anteojo se convence de que los cañones están listos y la tropa
formada. En vez de ordenar que el batallón se detenga, como era
natural, se deja llevar de la presión que el público estaba
ejerciendo sobre él para que diese el combate, y de acuerdo con los
jefes improvisa el plan de una batalla, plan trasnochado como que
se basaba en la situación del día anterior.
Mosquera se preparaba aquella tarde á pasar una revista general
de armas y municiones, tanto más confiado en que si él no nos
atacaba no lo inquietaríamos nosotros, cuanto que la posición que
ocupaba era ya intomable para la poca gente que nos quedaba, puesto
que la había fortificado la noche del 12 atrincherando algunos
puntos débiles, entre ellos la parte que domina la casa de D. Jorge
Vargas, punto que en el combate de ese día había ocupado el
valiente, y simpático Teniente-coronel Silvestre C. Escallón (el
querido de todos
|Cojo Escallón). Si realmente hubieran
pensado nuestros jefes en continuar la batalla el 13, allí debiera
haber pernoctado aquel cuerpo; pero se le hizo volver al
campamento, con lo cual y defendida el 13 la colina. por tiradores
escudados con trincheras, fueron infructuosos los esfuerzos del 7.°
de línea para acercarse siquiera.
Con tal impericia se dispuso la colocación de los cuerpos, que
tuvo tiempo el enemigo para preparar con descanso la defensa. A la
una de la tarde se empeñó el combate, no sin que antes hubiesen
tronado los cañones. El centro de Mosquera estaba apoyado en las
corralejas y cercas de tapia de la casa del señor Mariño, las
cuales eran altas de dos tapiales y podían ocultar hasta la
caballería: estaban aspilleradas y desde ellas fusilaban á nuestros
soldados, que combatían á pecho descubierto; su ala izquierda la
defendían trincheras de piedra y el zanjón que baja del cerro; su
derecha estaba libre, y poco faltó para que se entrase por ahí el
Coronel Carrillo con sus pocos de caballería, cuyas lanzas imponían
miedo, y que auxiliados á tiempo con otro escuadrón inclinaran la
victoria a nuestro lado. La artillería nuestra se dividió en dos:
una parte, la menor, se colocó con Borda en el camino de arriba
para cañonear con la culebrina grande la casa alta de D. Santiago
Auza, donde estaba el Cuartel general enemigo y, desde donde nos
causaban algún daño especialmente con sus tiros de rifle; la otra,
el grueso del batallón, se quedó en el llano, atacando las
trincheras del centro, apoyada por el batallón 4.°, el 2.° de
Bogotá y un escuadrón. El fuego desde un principio fue nutridísimo
en toda la línea del combate, el que por más de tres horas estuvo
indeciso; hasta que á eso de las cuatro y media, viendo Mosquera
que nuestra ala izquierda seguía combatiendo á campo raso y que no
avanzaba, creyó arrollarla con una carga audaz; y al efecto,
abriéndose las puertas de las corralejas, salta un enjambre de
infantes y caballos que estrellándose ardorosamente en La bayonetas
de los nuestros, tiene que retroceder a sus trincheras; ésta fue la
hora terrible de aquella jornada, en que el campo quedó regado de
sangre amiga y enemiga; rehaciéndose el contrario, vuelve á
acometer con no menos pujanza. El que hoy es General Santos Acosta,
que dirigía estos rudos ataques no obtuvo el resultado que esperaba
por la impavidez y disciplina de nuestra tropa: con otra bisoña,
allí decidiera la batalla en favor de la revolución. Nuestros
soldados continuaron la resistencia hasta la noche, prefiriendo
muchos de ellos morir á entregar el arma. Se dijo entonces y se ha
repetido luego que Acosta había tomado la bandera del temible
batallón 4. ° lo cual no es cierto, pues ella se conservó en
nuestro poder hasta el 18 de julio, y entonces fue arrancada de su
asta y guardada por los vencidos, como lo afirma el valiente
oficial de aquel batallón D. Manuel Gómez, rectificando lo dicho en
el número 542 de El
|Correo Nacional (año 1895), ¡Qué tropa
tan excelente era la nuestra! Con ese puñado de veteranos un jefe
experto recorriera triunfante la República. Desgraciadamente era un
cuerpo de leones mandado por.... Espina!
Hubo momentos, como los hay en casi todas las batallas, en que
un general avisado hubiera obtenido grandes ventajas; por ejemplo,
al ver que Mosquera desguarnecía parte de sus trincheras para las
arremetidas del llano, reforzara el ataque por cualquiera de los
dos flancos para desorganizarlo ó hacer menos sangriento el embate
de los que salieron. Nada de esto hubo, y nuestros cuerpos se
defendían ó atacaban según les sugerían las circunstancias, pero
generalmente sin recibir órdenes superiores. En la batalla del 13
se patentizó la falta de un ojo perspicaz, tan necesario en los que
mandan ejércitos, para verlo todo, tenerlo todo presente y de todo
aprovecharse en beneficio propio; no dándose cuenta nuestros jefes
de lo que pasaba, sus órdenes no eran siempre adecuadas, ni
dictadas á tiempo. Si toman alguna resolución heroica, es como la
que tomó en lo más reñido del combate uno de los jefes del
Ejército, que echándose la ruana al hombro (nuestros jefes no se la
quitaban sino al acostarse, y eso para arroparse con ella) y
desenvainando la espada, dijo á los oficiales que tenía cerca: ¡Un
esfuerzo, caballeros! ¡Un esfuerzo!... y aplicando la espuela al
caballo, avanza al frente de los otros hasta el
|camino de
arriba, donde estaba Cornelio Borda con su artillería. Yo
llegué con los señores del
|esfuerzo á dar orden á Borda
para que redoblase el fuego de los cañones, lo que era una
tontería, pues él no podía hacer más de lo que estaba haciendo; en
esos momentos acababan de herir levemente en un brazo al bravo
artillero Mayor Custodio Ripoll: todos acudieron á verle, y él
quitándose la blusa y remangándose la camisa, se convenció de que
la herida apenas había atravesado la carne. "No es
nada," dijeron todos "No es nada"
repitieron los señores del
|esfuerzo, y como sí esta frase
evaporara el ímpetu de su arremetida, cada cual volvió la rienda de
su caballo, tomando el camino que más le plugo.
A las seis de la tarde estaba concluida la escena: nosotros
ocupábamos nuestras posiciones anteriores, habiendo dejado en poder
del enemigo ciento cincuenta prisioneros, entre ellos seis
oficiales: y por poco cae también el Teniente de Artillería José
María Ponce en la segunda carga de Acosta: ya estaba cogido y en el
anca de un caballo el que debía ser inspirado autor de
|Ester y de
|Florinda, cuando el jinete que lo
llevaba triunfante recibe un balazo en la frente. José María arroja
el cuerpo al suelo, ocupa la silla y vuelve hecho una risa á su
campo con el caballo que ha ganado, llevando estrellados en la
divisa blanca del kepis los sesos del enemigo.
Pero más aciago fue todavía para nuestro Ejército el malhadado
13 de junio por el sin número de muertos y heridos: entre éstos
inspiraba verdadera ternura el venerable Coronel Mateo Viana, que
sin tener aún cerrada la herida que recibió en Subachoque, hizo en
su casa que le pusiesen sobre su mansa y fornida mula baya, pues no
podía hacerlo él mismo, y corrió á animar con su bravura á los
combatientes; acribillado á balazos cayó el siempre denodado
Comandante José María Osorio (alias
|Napoleón de panela);
gravemente herido el Teniente Coronel Jacinto Ruiz, que desde la
campaña del norte se distinguió por un valor imperturbable y una
ecuanimidad heroica emanada de su fe católica, tal que solo los más
esforzados podían acompañarle en las batallas; y mortalmente lo
quedaron el Coronel Liborio Escallón, que con su bizarría ardiente
y comunicativa, como en la batalla del 25 de Abril, se puso al
frente de sus artilleros, y haciendo calar bayoneta se fue sobre el
enemigo; el Capitán de artillería Vicente París, hijo del General
Joaquín París, joven lleno de vida y de impavidez, especie de
Bayardo con la dulzura de un niño, que nunca supo lo que era
peligro, y que respetado en el Ejército era amado en la sociedad de
sus numerosos amigos. Entre los muertos contábamos al Coronel
Martínez, llamado el
|llanero, que tanto nombre adquirió
desde 1840; al joven Gregorio Uribe, que, como Ricardo
Portocarrero, Bernardino Álvarez y otros jóvenes de las primeras
familias de Bogotá, se incorporó ese día en el Ejército, y avanzó
sobre el enemigo, olvidando que su padre era el comerciante más
rico del país; y además, tantos otros de nombre humilde cuya
pérdida llenó de duelo á sus familias.
Al acabarse el día, todos teníamos el alma adolorida y
lamentábamos la pérdida de amigos queridos.... ¡Qué diferencia
entre la mañana y las sombras de la noche!
A medida que el público va viendo nuestra impotencia para
amarrar á Mosquera, se va escurriendo silencioso y con la expresión
afligida que imprime la decepción: salieron de su hogar tras de la
victoria, y al regresar, con la nerviosidad de las multitudes,
dicen á los que se quedaron en la casa: "Nada, nada..
¡Mosquera se nos entra! " Y tirando los lazos que, para
volverse, habían ocultado bajo el vestido, continúan:
"Escóndalos, que no deben servir para que él nos amarre á
nosotros." Los liberales de la ciudad que veían entrar
esas caras llenas de pavor, se decían alegremente: " ¡El
golpe ha sido duro! Miren qué caras las que traen: hasta las
narices se les han alargado." Este espanto, más que lo que
les referían sus copartidarios (que habían ido también á nuestro
campo), les hizo creer como evidente que Mosquera se entraba esa
noche.
Del mismo modo que celebramos lo que, el 12 llamarnos triunfo,
Mosquera cantó nuestro rechazo del 13, y mandó emisarios á toda
República para que llevasen tan grata nueva. En el parte que da de
este encuentro, describe así su conclusión: "A las seis y
cuarenta minutos (¡qué exactitud!) el enemigo huía en todas
direcciones, y los jefes, con la fuerza que tenían á nuestra
izquierda, emprendieron su retirada al campamento fortificado del
Chicó." Y no pudiendo desmentir que era de la mismísima
tela de los jefes del Ejército de la Confederación, agrega
candorosamente: "El supremo Director dispuso que se
suspendiese la persecución. porque la tropa estaba fatigada y con
la oscuridad de la noche nada se podía hacer." Eso de no
perseguir al enemigo, y rematar la derrota por estar fatigada la.
tropa, cuando no había sino que andar unas cirno cuadras, vale un
Potosí. Espina dice también en su parte oficial de ese día,
hablando de la venida de la noche: "En este estado, y
viendo que era imposible obtener un resultado decisivo, resolví que
los cuerpos del Ejército volvieran á su campamento para que
descansaran de la fatiga de dos combates consecutivos; y así se
verificó, sin que el enemigo se hubiera atrevido á inquietar
nuestra marcha. "
Ni esa noche ni al día siguiente hubo un tiro, y los ejércitos
se encovaron en sus posiciones como si nada hubiera pasado: y eso
que ambos anunciaban que acabar con el contrario era cosa de pocos
días. Espina asegura en el citado parte "Terminaré
protestando que dentro de pocos días quedará debelada totalmente la
fuerza que combatimos." "Todos y cada uno de los
valientes que lo forman (el Ejército), están absolutamente
decididos á morir antes que permitir que triunfe la más injusta de
todas las rebeliones." A pesar de cuanto asegura nuestro
General en jefe, fue aquella jornada un verdadero descalabro, y él
mismo lo dice en este documento escrito con el propósito de minorar
la impresión que causó en el público "Demasiadamente
sensible me es participar el señor Secretario que el Ejército ha
perdido entre muertos, heridos, prisioneros y dispersos siete
jefes, diez y seis oficiales y doscientos setenta y un individuos
de tropa." De paso debo advertir el silencio que echa
sobre el nombre de los valientes sacrificados á la impericia de los
directores de la guerra: ¡no les consagra un recuerdo! ¿Pero qué
iba á pensar en los muertos y heridos, cuando ese documento es
forjado por manos frías é incapaces de comprender lo que ha pasado,
y tan lleno de inexactitudes como casi todos los que entonces se
fabricaban? Para los que estábamos en el Ejército, los partes de
las batallas desfiguraban tanto los hechos, que cuando los
recibíamos publicados en el
|Boletín Oficial, decíamos
sarcásticamente: "¿A ver qué es lo que dicen que hicimos?
" Y ya que estamos en este punto de reparos, justo es
hacer una ligera observación sobre el daño que causaban nuestros
cañones en el campo enemigo, aunque con ello podamos herir memorias
que nos son en extremo queridas. A juzgar fríamente por los sucesos
de aquel tiempo, no puede uno menos de deducir que es inútil la
artillería en nuestras contiendas fratricidas. La del Ejército de
la Confederación estaba servida por oficiales notabilísimos y
soldados valerosos, y sin embargo no sirvió para maldita la cosa:
todo era ruido de alas, como de ciertos gallos rumbosos dicen los
galleros. En el combate del 13 se dispararon más de cuatrocientos
cañonazos, y con ellos no pudimos ni abrir brecha en las corralejas
de tapia, ni derribar á unos seiscientos metros la casa alta de
Usaquén que á pedradas no más se pudiera echar abajo por ser de
adobe. En cuanto á los cañones de Mosquera no se diga, pues
siguieron. probando que eran
|cañones bobos, como los
llamaban nuestros soldados. Cuando vemos en las guerras europeas
que aun buques agitados por un mar borrascoso se desmontan los
cañones unos á otros, aciertan tiros como si fuese con escopetas
manuales, y cuando asestan á la tierra apagan los fuegos enemigos,
desmoronan torreones y clavan las balas adonde apuntan, tenemos que
confesar que nuestros artilleros, aunque impávidos y valientes,
eran unos chambones en el manejo de su arma; así como también se
cae de su peso que no es artillero cualquier oficial con la misma
facilidad con que puede ser infante ó jinete. Mientras no haya
entre nosotros una buena escuela de artillería de donde salgan
oficiales excelentes que sean capaces de dirigir las baterías, es
mejor que se dejen los cañonazos para las fiestas patrióticas ó
para saludar acontecimientos faustos, pero no para los campos de
batalla: cargar con semejantes moles por nuestros caminos entorpece
la marcha rápida que, como lo hemos visto en la última guerra de
1895, es lo único que da el triunfo y disminuye los estragos de las
revoluciones. Sin embargo reconocernos que esta arma causaba
espanto á nuestros enemigos, que en algunos casos, como en
Chaguaní, obtuvo felicísimos resultados, y sobre todo sirvió de
objeto para formar un cuerpo modelo por la disciplina y heroicos
servicios que prestó. Su oficialidad mostró dondequiera la
distinción caballerosa que la realzaba; en los campos de batalla á
ella se dirigieron las embestidas del enemigo, y á ella le cupo el
honor de ser la primera en rechazarlas: ¡ah! pero ¡cuán cara le
costaba su valerosa resistencia!
El 13 se puede asegurar que quedó ya definitivamente inclinada
la balanza del lado de Mosquera. Esa noche, cuando los curiosos que
se habían quedado rezagados se volvían presurosos á la ciudad,
temiendo ser perseguidos por el enemigo, los soldados comenzaron
también á irse, por creer la cosa acabada, y trabajo nos costó
detenerlos en los destacamentos servidos por civiles leales que se
ofrecieron á ello. Más de ochocientos hombres nos faltaban al día
siguiente, irreemplazables, porque aunque hubiera modo de llenar
los claros con reclutas, lo que ya. no era dable, veteranos de ese
temple no se improvisan de: un día para otro. Nuestro Ejército
semejaba entonces un atleta extenuado y sin brío para entrar de
nuevo en la liza: todos teníamos conciencia del golpe que habíamos
recibido y de la impotencia de vencer al enemigo: en la mañana del
14 estábamos cabizbajos y como avergonzados de no haber podido
acabar lo comenzado el 12. A los jóvenes que estábamos allí se nos
figuraba que nuestras familias y nuestros amigos nos creían
indignos de su estimación: es de los mayores desconsuelos que me
han afligido en la vida....
Pero había que pensar en recoger los heridos y los muertos que
quedaron al frente del enemigo; y Espina envía un parlamentario al
otro campo, pidiendo una suspensión de hostilidades para cumplir
con tan santo deber: pero el pliego fue devuelto por ir rotulado al
|Señor Tomás Cipriano de Mosquera y no
|Supremo Director
de la guerra, etcétera, etcétera, como él se apellidaba; sin
embargo, aseguró al parlamentario que recogería los heridos y
enterraría los cadáveres, como en efecto lo hizo. Nuestros
compañeros quedaron así en manos del enemigo!
El desfallecimiento que cundió en Bogotá con la llegada de
personas notables heridas de muerte, y el temor natural de que
Mosquera ocupase la ciudad á sangre y fuego, obligaron al
Ilustrísimo señor Herrán, Arzobispo de Bogotá, á ir el 14 al campo
de Mosquera á ver qué se podía hacer por la concordia de los
granadinos y la paz de la República. Fue recibido con afectados
honores militares, como para mostrarle que se le reconocía como
jefe de la Iglesia Granadina: y como en prenda de que la revolución
no estaba en pugna con la religión católica, se esforzaron los
caudillos en darle pruebas de respeto y veneración. En lo tocante á
los resultados de la misión, dice Julián Trujillo en la nota
dirigida á los Estados: "El Supremo Director le hizo
presente que durante quince meses había manifestado en diferentes
ocasiones el deseo que tenían los Estados de transigir esta
cuestión amistosamente, á lo cual se habían. negado los caudillos
de la revolución hecha por el Gobierno general; y que en éstas
circunstancias no había más medio de transacción que el
reconocimiento del Gobierno provisorio de los Estados Unidos, quien
daría una amplia amnistía á todos los comprometidos, con excepción
de los asesinos de Cruzverde."
Con esto y otras cosas que oyó el Ilustrísimo señor Herran,
quedamos todos notificados de la suerte que nos esperaba.
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|1
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Punto central de la Sabana, llamado así por cruzarse allí el
camino de Bogotá á Facativá con el de Cipaquirá á la boca del monte
de La Mesa. Cuando por la constitución de Rionegro se erigió á
Bogotá en Distrito federal, el Gobierno de Cundinamarca eligió por
capital á Funza; no contento allí, pensó en fundar en Cuatro
Esquinas una ciudad que fuese digna de alojarlo. Y como Mosquera
brillaba en toda su omnipotencia, D. Justo Briceño, Gobernador del
Estado, y su Secretario de Gobierno, D. José María Vergara y
Vergara, la bautizaron con el nombre de
|Mosquera.
Avergonzado luego D. José María de tan inútil adulación, decía
afectado candor, que le habían puesto el nombre de
|Mosquera no por el General Tomás Cipriano sino por su
santo hermano el Arzobispo de Bogotá.... Con esta clase de
restricción mental no hay pecado público posible.
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|2
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A D., Diego Rivas, que era entones Teniente coronel le gustaba
hablar de sus campañas, y una vez relataba en una visita sus
proezas en la batalla de Ayacucho: allí estaba un antiguo militar,
y sorprendido con lo que oía, le dijo: " Comandante, yo no
lo vi á usted en Ayacucho."-" ¡Ah! le repuso con
gravedad, yo peleaba de incógnito."
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