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II

Entretanto que Ángel seguía el comercio, consagraba las noches, acompañado de varios amigos, á serios estudios de historia y otros ramos literarios. Era entre aquéllos su predilecto Adolfo Adams, joven de singulares talentos y no comunes aspiraciones; se leían sus trabajos, se los corregían mutuamente, y mutuamente se estimulaban. Hablando de él, solía aplicar una curiosa anécdota de las guerras de la Independencia: cuando llegó Bolívar á Bonza en 1819, una rica familia le ofreció un caballo admirable de los que sólo se crían en esas felices dehesas, y que le sirvió en la gloriosa jornada que aseguró la libertad de Nueva Granada; devuelto después á la familia, era cuidado como reliquia, pero en un lance de gravísima urgencia fue necesario hacer en él dura jornada que ninguna otra caballería hubiera soportado; cumplida, cayó muerto; abriéronlo, y ¿ qué piensan ustedes que hallamos? -decía la señora de la casa, que adoraba en él,- tenía dos corazones! Adams, decía Ángel, tenía también dos corazones. En colaboración hicieron sus primeros ensayos en la dramática; compartiendo con él las ilusiones de muchacho,, nada velan más halagüeño que los triunfos de un autor que comunica sus emociones á un numeroso auditorio, le hace participar de todos sus sentimientos, y recibe inmediatamente de él la corona que, de la oscuridad, le traslada en pocas horas á la cumbre de la gloria. Compusieron pues un drama en que era protagonista (oculto por supuesto) el mismo Adams, sin olvidar ninguna de las exageraciones y lances truculentos de los dramas franceses que por aquel tiempo se echaban en Bogotá, Con el entusiasmo del primer momento, lo dieron á leer á un amigo que, aunque comerciante, era bien leído y de gusto acendrado; juzgaban que iba á quedarse lelo, pero no fue así, porque habiéndolo examinado esa misma noche, pasó al día siguiente á la oficina de Adams y se lo entregó diciéndole secamente: "Eso es una barbaridad; deben quemarlo para no desacreditarse." Los autores, allá á sus solas, calificaron al censor nada menos que de mercachifle idiota; pero fue el caso que á medida que iban desahogándose, iba, también mermando la admiración por su obra, y convinieron al fin en que si no debían quemarla, habían de guardarla como primera tentativa en carrera para la cual firmemente creían tener vocación. A rey muerto, --resolvieron,- rey puesto: á drama quemado ó recluso, que es lo mismo, drama fabricado. Ángel hizo después varios por su cuenta, que sin andarse en términos medios, quemó desapiadadamente.

De tales ensayos, hechos con reflexión y sin necio cariño á las propias producciones, vino la suma facilidad con que trazaba sus planes, y sobre todo la soltura de estilo que luce en las obras que escribió después; si bien casi no volvió á emplear la forma dramática sino para la crítica social ó política, á que le llevaba su carácter recto é incapaz de tolerar bajezas, injusticias ó ridiculeces. Tal parece como si, para hacerlas abominables, hubiera tomado por el brazo á los malvados y ridículos y sacádolos á presencia del público para que obrasen á sus ojos: algo como los procedimientos del Diablo Cojuelo, que levanta los techos de las casas y sin preparación ni atenuaciones hacer ver lo que solo pudiera concebirse ejecutado en las tinieblas. El mismo al pensar en publicar algunas de estas piezas las llamó bocetos dramáticos, como si nos ofrecieran la impresión real de un objeto presente. Los más son en este concepto documentos históricos de un estado social ó político; y así como clan testimonio de la actualidad, requieren después, para no ser inverosímiles, el comentario de la historia. |Los Leguleyos recuerdan aquella época triste en que una banda de abogadillos. con sus ramificaciones de familia y de paniaguados, dominaban en los juzgados y tribunales, formaban las asambleas y dictaban las leyes, para explotar al Estado más importante de Colombia por ser asiento de los Poderes públicos. |El Diputado mártir (impreso en Bogotá, 1876) es una irrisión del sistema representativo según lo hemos visto degradado en varias ocasiones: á fuerza de intrigas hácese elegir miembro del Congreso un ignorante indigno, y á fuerza de intrigas impide el Gobierno que concurra á él, por no convenir á sus combinaciones, así corlo    disloca la mayoría con la distribución de destinos y gangas. En |Los Hijos de Apolo aparece la presunción de literatos de parroquia que desdeñan todo estudio serio, y excluyen del calendario á cuantos no busquen, adulándoles, su protección. En |Su Excelencia (escrito ya en París) las ridiculeces de magnates americanos, que sin dotes de ninguna especie y condecorándose con títulos estrafalarios, pretenden relacionarse con la alta sociedad europea. No sé el efecto que en las tablas producirían estas piezas, pues que el arte dramático tiene secretos que no se aprenden sino frecuentando los bastidores: díganlo los triunfos de Shakespeare y Moliere; pero su lectura impresiona vivamente á quien sepa que no todo es en ellas pura imaginación.

No debo olvidar aquí la comedia de costumbres que escribió con el título de |Una capellanía, fundada en el hecho curioso de un individuo que por no perder el derecho á Lina de que disfrutaba, se casó secretamente y pasó siempre por soltero; añadió personajes cómicos que enredan la acción v proporcionan oportuno desenlace. Quiso hacerla representar, y al efecto la leyó, delante de varios amigos, á D. Honorato Barriga (de quien se hace mención en este volumen). Algún tiempo después la regaló, costeando la impresión, á D. Ricardo Ortiz Sáenz, amanuense h arto conocido, con cuyo nombre salió á luz en Bogotá, 1880. Como ya otros la habían visto, para desorientar le mudó el título en el menos adecuado de |Los dos Viejos, si bien era difícil que nadie la creyera obra de la persona que aparecía como autor. Sin alejarnos de casa Hallamos ejemplos de esta inocente superchería: ahí tenemos á Lope, que puso bajo el nombre del loco Burguillos sus runas jocosas; á Baltasar Gracián, que sacó á luz sus escritos (menos el |Comulgador) con el de su hermano Lorenzo; al P. Isla, que dio por autor del Fray Gerundio á D. Francisco Lobón de Salazar, hermano de un compañero suyo de hábito. No hay para qué inquirir el móvil á que obedecieron estos escritores; mi hermano, al proceder así, dio una prueba de su ninguna ambición literaria: en Bogotá siempre se valió de pseudónimos ( |El postrer santafereño Roque Roca y Roquete), salvo en las composiciones que dedicó á la Virgen María en varias ofrendas colectivas publicadas por otros. En Europa resolvió poner siempre su nombre en lo que publicaba, porque escribía impulsado por noble aunque no menos modesto motivo: "No doy, mis cosas, " decía, "á los periódicos de París, sino para que ocupen el lugar que sin esto pudieran ocupar escritos dañinos. " De un borrador de carta copio estas frases referentes á los ensayos de su juventud, frases de cuya exactitud doy fe; añadiré que no pocas veces tuvo su modestia el desengaño de ver reproducidos sus escritos en diversos periódicos de la América española:

"Yo hacía tanto caso de la gloria literaria como he hecho después, y hago ahora mismo: por medida higiénica, y aun moral, me entretengo ensuciando papel y poniendo mi pobre magín en lances apurados. He hecho con mi parte intelectual lo que con la material algunos que tienen por costumbre hacer en camisa, allá en su alcoba y donde nadie los vea, mil cabriolas otras tantas zapatetas, sin que se les ocurra que tal ejercicio, pueda exhibirse, ni menos que les sirva para alcanzar fama de danzarines ó funámbulos. Si alguna vez he tenido la debilidad de dar á las prensas mis ocultos pensamientos, ha sido ó bien para ayudar á algún arraigo periodista ó para darles en qué entender á algunos necios que nunca convendrían en que la misma mano que dirigía tina máquina, era también capaz de manejar la pluma: Yo he escrito casi todas las noches de mi vicia desde que dejé de estudiar; así es que ha sido mucho, muchísimo el papel que he garabateado, y he gozado extraordinariamente al hacerlo, sobre todo citando al separarme del aun fresco manuscrito, le daba el último adiós para ir á acostarme con la cabeza todavía caliente. ¡Oh! entonces me parecía coger el cielo con las manos.; varias veces me tocaba la frente para ver si era yo el mismo que tales cosas producía. Pero todos estos placeres eran nada ante la fruición íntima que experimentaba, cuando había ya bastante papel lleno de novelas, comedias, Leyendas, etc., etc., al hacer una hoguera y ver en este auto de fe cómo chisporroteaban mis héroes, y cómo se convertían en humo esas creaciones que al nacer me parecían divinas. Si los autores supieran la voluptuosidad que hay en calentarse con tal fuego, ¡de cuántas sandeces se habría librado el mundo!"

Semejante actividad no tuvo tregua entre las prosaicas y abrumadoras faenas de la salina. En tanto que conciliaba el sueño, compuso multitud de poesías ligeras, entre ellas la |Dulzada (Bogotá, 1 867), poemita jocoso cuyo asunto es la lucha entre los dulces antiguos de Santa Fe y los que fabrican los confiteros franceses. No escasean en él lindos versos y octavas bien modeladas: citaré un cuadrito de la edad ya lejana en que los muchachos, aun de familias acomodadas, no rasgaban costosa ropa, ni hacían trizas artísticos juguetes, ni necesitaban reloj, y menos bolsa, porque el cuartillo (2 ½ centavos de peso) que les venía á las manos no tardaba un minuto en convertirse en sabrosas golosinas; invocados los    genios de su infancia, les dice:

Contad cuando de niño recibía
Cuartillo los domingos, y contento,
Llevándolo á dos manos, me salía
A gastarlo en la tienda como ciento:
Al entrar, con la vista recorría
Los platos y bandejas, y tormento
Me daba el no tener en ese instante
Con que poder comprar hasta el estarte.
Las panuchas, merengues y cocadas,
Las orejas de fraile y las obleas,
Las yemas, caramelos y cuajadas,
Alfeñiques, tomates y grageas,
Medía yo con ávidas miradas,
Sin que fijar pudiera mis ideas
Sobre cuál de esos dulces me sería
Más sabroso y más tiempo duraría.
Al cabo de tamaña incertidumbre
Por lo grande una oreja me gustaba,
El merengue por lo alto de su cumbre
Y hasta el higo cubierto separaba;
Para escoger el cuarto santa lumbre
Al cielo tembloroso demandaba,
Invocando á los santos compungido
Porque fuera más grande el escogido,
Al fin llenando el cupo de mi hacienda,
Pagaba mi cuartillo placentero,
Y saltando salía de la tienda
Con la ñapa que dábame el ventero
Negando á mi apetito larga rienda,
Comenzaba en la calle con esmero
A morder de los dulces las esquinas
Cual si fueran pescados con espinas.

Mucho menos fue obstáculo á su fecundidad intelectual el vértigo de la cervecería. Colaboró activamente en |La República, en |El Bien público, en las dos partes política y literaria de |La América y en |El Pasatiempo. Consistió principalmente esta colaboración en cuentos y novelas cortas, así en proa como en verso, ya de pura imaginación, ya fundadas en historias ó tradiciones nacionales. Hay entre ellas creaciones sorprendentes, como |El Bobo, verdadero estudio psicológico de un idiota, coro los hay en nuestros climas cálidos, con quien tropezó en la fonda una familia que fue de veraneo. Por vía de diversión le hicieron creer que una de las muchachas, preciosa criatura. se había enamorado de él; persuádese el infeliz de que es cierto, prende en él violenta pasión, sigue á la muchacha, se convierte en su sombra, acosa á la familia, hasta que la incauta burla se convierte en tragedia espantosa. No dejaré de insistir en la facilidad con que diseñaba en la mente el plan de una novela y le daba forma acabada, favorecidas como estaban en él las facultades creadoras por larga práctica y reflexiva perseverancia. Comprometido á dar un folletín para la fiesta de la Concepción inmaculada de María, temporada en que los trabajos de la fábrica eran apremiantes más que nunca, dio el principio á la imprenta, y como urgieran los cajistas, dejaba unos momentos las botellas y barriles, decía al empleado de la imprenta que aguardase, subía á su estudio, escribía unas cuartillas, las entregaba y ordenaba que, compuestas. volviesen por más; continuaba el trabajo material, se repetía igual expediente, y así, sin releer lo hecho, produjo una de sus más frescas y espontáneas narraciones, en que eran héroes uno de los Conquistadores y la hija de un cacique.

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