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MAGANGUE

 

Barranquilla 1° de 1917

    Salí el 25  del mes pasado del puerto de La Dorada en el vapor expreso Medellín, de la Compañía Antioqueña de Navegación. Es uno de los mejores barcos del río Magdalena, tanto por sus comodidad  y elegancia como por la excelente educación de su Capitán, y por el orden, disciplina y aseo de la tripulación y el buen servicio de la mesa.

    Al día siguiente, poco más abajo de Bocas de Carare, un  individuo se atravesó en el río, en canoa, a pedir pasaje, y resultó ser el joven español Arroyo, empleado que fue de la Casa Editorial Arboleda y Valencia, a quien  la prensa de Bogotá había dudo por muerto, porque en  un momento de enajenación mental se arrojó al río desde a bordo del vapor Caldas con el propósito de suicidarse.

     El Capitán, con mucho acierto, aconsejó a los pasajeros que no hicieran preguntas a ese joven, y dispuso que uno de los sirvientes estuviera vigilándolo con prudencia, para evitar un nuevo accidente, pues parecía notársele todavía algún desequilibrio. El pobre joven se me acercó, me manifestó confianza y me refirió que la noche que cayó al agua había llegado nadando a la desierta isla de Barbacoas, donde pasó sin comer y a la intemperie hasta el cuarto día, que lo vieron unos negritos que pasaban en canoa, lo recogieron, lo llevaron a un rancho y le dieron un saco de dril y un sombrero.

     Ellos lo condujeron así al primer vapor que vieron, bajar. Tenia la Cara y las  manos que parecían mazorca, a causa de las picaduras de los mosquitos y zancudos. Su única preocupación era por el equipaje que dejo en el Caldas el cual se inventarió y ya se le entregó aquí.

     En el viaje tuvimos la contrariedad de venir acompañados hasta Puerto Berrío por una dama cortejada por algunos de los pasajeros y por  otra que siguió hasta aquí acompañando  a un militar en servicio, uniformado sin que esta pareja se preocupara de la presencia de las señoras y otras personas de respeto, y menos por el decoro y la disciplina relajada milicia.

     El río está muy grande a causa de las lluvias, de manera que empieza a desbordarse e invadir poblaciones ribereñas, en términos que en algunas de ellas temes que se presenten inundaciones  desastrosas como  las de hace un año.

     Al amanecer del 28 llegué a Magangue. donde desembarqué y permanecí hasta el día siguiente por la noche, que tomé el vapor palmar otro de los bellos y buenos vapores del río, pero cuyo servicio de mesa y El aseo de los catres y de los sirvientes, lo mismo que la disciplina de éstos, me parecieron inferiores a los del Medellín.  

 Por todas partes se ve, en los camarotes de los barcos, en iglesias, en  oficinas públicas, en hoteles, etc., este aviso; "Se prohíbe escupir en el suelo. La  tisis y otras enfermedades se transmiten por este medio." Mucho  preocupa a los señorea de la higiene la escupa, pero no se ve que hayan dictado o hecho cumplir la más insignificante providencia para evitar que en hoteles, vapores, etc., usen personal alentadas camas, piezas y vasijas sin lavar y menos sin desinfectar, que han ocupados o  de   que se han servido leprosos, sifilíticos, tísicos, etc.

     La Compañía Antioqueña, que tanto se espera en el buen servicio  de su    barcos, debería organizar el personal de las tripulaciones y el  que atiende a los pasajeros, uniformándolos, estableciendo en el mismo barco el lavado y aplanchado de la ropa de sus empleados, y, sobre todo, escogiendo ese personal y dotándolo de manera que se pueda educar bien y no haya que estar cambiándolo para cada viaje, como comúnmente sucede ahora, sobre todo en los vaporas de las otras compañías.

    El primero que trajo embarcaciones de vapor al rió  Magdalena, cuando todavía no había más de dos ríos en el mando en que estuviera, establecida la navegación por esos barcos, fue don Juan  Bernardo Elbers, y eso lo hizo en virtud de privilegio que Se concedió el Congrego por medio dé decreto de 2 de julio de 1823. En enero de 1824, llego el primer vapor, llamado Fidelidad y en junio de 1825 el segando, que fue el Santander. Estos dos barcos, especialmente el ultimo, navegaron e1 río hasta Honda, aunque no eran apropiados, por su gran tamaño y mucho calado. Elbers no pudo cumplir todos los compromisos que contrajo por el contrato, y trató de traspasarlo a compañías extranjeras. Entonces el Libertador revocó el privilegio desde Quito, el 12 de mayo de 1829.

     La navegación del río por vapor quedó paralizada por varios años a causa del fraccionamiento de la Gran Colombia y del estado de intranquilidad en que vivíamos, hasta que don Francisco  Montoya trajo en 1839 el vapor Unión.

     Fue edificado Magangue en la ribera izquierda del rió Magdalena, el cual corre hoy por el antiguo cauce del Cauca, a poca distancia de la desembocadura de éste, y frente a la isla de Santa Bárbara, que está separada de Magangué por un brazo del Magdalena llamado río Cicuco. La corriente que pasa al  Este de la antigua y noble ciudad de Mompós no es más que un residuo del Magdalena, que antes corría por allí y fue por donde se hizo todo e1 tráfico hasta 1860, próximamente, Entonces  empezó a disminuir el caudal de agua por allí, porque su mayor volumen siguió el cauce del Cauca; de manera que ya desde 1870 los viajes empezaron a hacerse por la nueva ruta, y Mompós quedó casi aislado, pues sólo en las grandes avenidas hay agua suficiente por el antiguo cauce Hoy sostienen el trafico por allí dos vaporcitos que hacen la travesía entre Mompós y Magangué entrando por el norte, en la Boca de Tacalos, por la confluencia de los dos brazos. La desembocadura del río San Jorge  está a tres leguas hacia el sur de esta última población.

    En la isla de Santa Bárbara no hay más Municipio que el de Pinillos (cuyo nombre recuerda al gran benefactor de Mompós); en la que Mompós, el de este nombre y los de San Fernando y Margarita, y en ambas numerosos caseríos de poca importancia.

     También se comunican por tierra las dos poblaciones principales, pero hay que atravesar el  Cicuco en canoa, por el caserío de Limón. Por esta vía hay ocho leguas de distancia y unas quince por la fluvial.     A espálelas, o sea al  occidente de Magangue, está el caserío de Córdoba, que forma un bario de la población, separado de ella por un caño del Magdalena, con puentes. Este caño atraviesa a Magangué a poco más de doscientos metros de distancia de la orilla del río, Con poco que crezca éste, el caño, que en todo tiempo conserva agua, se desborda e inunda la población o en barrio, en términos que cuando estuve allí empezaban a abandonar machas de las casas de gente pobre, invadidas por el agua.

     El caño es la gran amenaza, de Magangué y la causa de su mal clima; y si el Gobierno no dicta providenciáis eficaces, el día menos pensado desaparecen la población. No sé qué digan sobre esto los expertos, pero a la simple vista parece que la obra de defensa no seria difícil ni costosa cerrando la entrada de las aguas por la parte alta con pilotes clavados con martinete y construyendo en la baja un tambre con compuerta para que al bajar el nivel del río vaya saliendo el agua que la creciente represó al caño, el cual de esa manera puede ir rellenándose con los sedimentos o con las obras que hagan el Municipio y los vecinos.

     Magangué es el más importante dentro de concentración comercial del río San Jorge, del Bajo Cauca, de los brazos de Mompós y Loba, y de las sabanas de Corozal, región productora de ganado vacuno y de tabaco.

     En otro tiempo, hasta antes de las revoluciones de 1875 y 1876, se celebraba allí una feria anual en los  días 2, 3 y 4 de febrero, tan concurrida por negociantes de la Cosía Atlántica, de Santander, Tolima, Antioquia y Cundinamarca, como no ha habido semejante en el país, y otra, también bastante animada, en cada uno de los meses de julio y septiembre, pero después de aquella revolución se suspendieron, no sé si a consecuencia de ésta; si porque el desarrollo de la navegación hizo más expedita la comunicación del interior con la plaza de Barranquilla, que venía tomando grandísimo desarrollo, o si en ello influyeron las nocivas libertades de todo género con que se vivía en el puerto durante los días de ferias. Por esa época ya Magangué era capital de Provincia y tenia 3,100 habitantes.

    En aquellas ferias se encontraban todos los artículos necesarios para la vida ordinaria del pías, tanto de producción nacional como extranjera, pues iban a venderlos y a proveerse de ellos gentes de casi toda la Republica, y también podían satisfacerse allí aun los caprichos refinados del lujo; de manera que esas ferias, especialmente la de  febrero, que se celebraba al mismo tiempo que la fiesta de la Candelaria, patrona del lugar, eran como una exposición de productos del país.

     Hoy no hay más que el mercado semanal de los domingos, bastante concurrido y abastecido, y uno diario, no escaso, que se celebra en la  calle llamada Albarrada, en una plazoleta que denominan plaza de mercado en embarcaciones menores atracadas frente a ésta.

     El aspecto del poblado revela antigüedad, y entiéndase que esto es may relativo entre nosotros, pues damos tal calificativo a edificaciones que  tengan siquiera un siglo. Machas de las casas son de ladrillo, con azoteas, y algunas de  pisos, y la mayoría son modestas viviendas de  bahareque y techo metálico o pajizo, o miserables ranchos de guadua y hoja de palma. Las calles son angostas y desiguales, pocas de ellas trazadas en línea  recta, No hay ana plaza que merezca el nombre de tal, sino espacios reducidos de forma irregular que llevan aquel nombre. Las  casas de material y azoteas tienen aspecto de edificaciones de la Colonia, y no son pocas las de apariencia ruinosa, aunque también las hay de bonitas y elegantes fachadas. Algunas tienen arquería en el interior y portales a la calle.

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