Día 5
Hoy, día del Corpus, el Libertador no quiso ir a misa para
evitar asistir a la procesión; pero nos llevó a todos para visitar
los altares, construidos en las calles, y aquella santa visita nos
sirvió de paseo. Después fuimos donde el doctor Valenzuela a ver
pasar la procesión. Para divertirnos, el cura nos dio a leer un
manuscrito que había enviado a Maracaibo para su impresión y que le
han devuelto sin haber querido imprimirlo; también nos dio otro
papel impreso, igualmente obra suya, de fecha 20 de marzo de este
año. Después de haberlo recorrido todo, el Libertador dijo en
francés: «No me cansaré de decir que este cura es un gran loco;
¡qué ideas tan extravagantes y tan disparata das las suyas!; sólo
lo salva su buena fe; no es hipócrita, cree todo lo que dice, y
escribe tanto sobre materias políticas como sobre asuntos
religiosos». Pasada la procesión, que vimos por detrás de una
cortina que tapaba la puerta del cura, volvimos donde el
Libertador, quien se recostó en su hamaca y habló de Bogotá
diciendo que allí más que en ninguna parte existía un espíritu de
localidad bien perjudicial a los intereses generales de la
República y a su estabilidad; que los agitadores se valían de él, y
que no sería extraño ver reproducirse un día los tiempos
lamentables y de terror de los años 13 y 14; aquellos tiempos de
furores, de barbarie y de guerra civil entre Nariño y Baraya, y
aquella insensata y malvada dictadura de Alvarez, que por orden del
Congreso general de la Unión desbarató él en diciembre del año 14;
que su expedición del año siguiente sobre Cartagena tenía igual
objeto, atraer aquel Estado al gobierno de la Unión, hacerlo
obedecer y quitar el poder a todos aquellos tiranuelos que tenía al
Magdalena en una continua agitación, a Cartagena en permanente
anarquía, y que enteramente ocupados en sus disensiones civiles
dejaban el enemigo en la provincia de Santa Marta comprometiendo
con esto la seguridad de la Nueva Granada. «En el día, continuó
S.E., existen miras y principios iguales a los de entonces; el
interés individual, la ambición, las rivalidades, la necesidad, el
provincialismo, la sed de venganza y otras pasiones miserables,
agitan y mueven a nuestros demagogos unidos para derrocar lo que
existe y separarse después para establecer sus soberanías parciales
y gobernar a los pueblos como esclavos y con el sistema español».
Siguió diciendo el Libertador que el foco de aquellos principios,
el cuartel general de los agitadores, estaba en Bogotá; que el
pérfido y criminal Santander era el jefe de aquel partido que se
compone de todo lo que hay de más desacreditado en Colombia, de más
inmoral, más perverso y criminal. «Santander, siguió diciendo, como
granadino, es el jefe natural de todos los trastornadores y
descontentos de aquel país, y excita el odio de todos contra los
venezolanos; hace creer que yo, como su paisano, los protejo más
que a los granadinos, y que los ascensos en el ejército y los
empleos son sólo para aquellos y no para éstos. Tales calumnias son
creídas sin examen, y el amor propio granadino queda ofendido. Si
la razón discutiera el hecho, se vería que en la República hay
menos emplea dos venezolanos que granadinos, y que la misma
proporción ha existido en los ascensos, aunque hay menos milita res
granadinos que venezolanos. Por otra parte ¡qué diferencia entre
éstos y aquellos! Si entre los militares venezolanos hay algunos
malvados, casi todos son valientes y sobre los campos de batalla es
donde han alcanzado sus gradaciones. No quiero hacer un paralelo
entre los militares de Venezuela y los de Nueva Granada porque
resultaría un contraste poco favorable para estos últimos; sin
embargo, voy a pasar revista a algunos jefes granadinos.
«Entre sus generales de división están Santander, Córdoba,
Fortoul y Pey; Córdoba es el único valiente y militar, pero tiene
un carácter duro y absoluto, una soberbia ridícula, una vanidad
excesiva, y sólo es bueno en el campo de batalla; fuera de él es
peligroso. Entre los generales de brigada esti4n Morales, Rieux,
Antonio Obando, González, Mantilla, Maza, Ortega, París, Ucrós,
Vélez, Herrán y Moreno. París, Vélez y Herrán son los únicos
militares capaces de un mando activo; Maza es valiente como ellos,
pero su continua borrachera lo hace un hombre inútil. Moreno es un
salteador de los llanos y nada más. Morales, Ortega, Rieux,
González y Ucrós son hombres de bien y buenos para un mando de
provincia. Obando y Mantilla son dos cobardes, incapaces para todo;
el último es el bastardo del cura de Girón, doctor Salgar. Entre
los coroneles se verían iguales o peores ineptitudes militares si
quisiera entrar a revistarles. La mayor parte de los generales
indicados han ganado sus ascensos por servicio en guarniciones, en
mandos territoriales, lejos del enemigo, o en las oficinas; no pasa
lo mismo con los generales de Venezuela: ellos casi todos son
generales de campaña; sus servicios han sido hechos en los campos,
al frente del enemigo y combatiendo contra él. La República ha
tenido ocho generales en jefe: yo, Mariño, Arismendi, Urdaneta,
Páez, Bermúdez, Sucre y el almirante Brión, todos venezolanos,
excepto Brión, que era extranjero; pero que se examinen sus
servicios, la antigüedad de ellos, su naturaleza y sus resultados,
y se verá que todos han merecido aquel eminente grado. Por otra
parte, no se puede citar un militar de la Nueva Granada cuyos
servicios hayan podido merecerle el empleo de general en jefe. En
este juicio no hay parcialidad, ni espíritu de provincialismo. Se
me podrá decir que Maniño, Arismendi y Páez no son dignos de los
empleos que poseen y que no tienen las capacidades necesarias para
ellos; esto es verdad si se juzga desde 1826 hasta ahora, y si sólo
se tienen presentes sus talentos y aptitudes; pero son sus
servicios contra los españoles los que les han valido sus empleos y
ellos son inmensos; hicieron esfuerzos prodigiosos y obtuvieron
grandes resultados. Entonces era lo que se buscaba y lo que se
recompensaba. ¿Quieren ustedes que les diga más, y que les haga
unas confesiones que muestran, al contrario, una protección parcial
e injusta de mi parte para con varios militares granadinos que sólo
me dictó la política y no mi deber ni la justicia? pues óiganlas.
Padilla, Fortoul y Pey nunca hubieran sido nombrados por mí
generales de división si no hubieran sido granadinos. Morales,
Rieux, Antonio Obando, González, Mantilla y otros estarían todavía
en los grados más inferiores de la milicia y no hubieran llegado
hasta el grado de general de brigada, si fueran venezolanos. Ser
granadinos, pues, les ha equivalido a servicios, méritos, aptitud y
valor; finalmente, sus ascensos y los de muchos coroneles y
tenientes coroneles de la Nueva Granada, han sido dados en fuerza
de una razón de Estado y de un motivo político que hicieron callar
mi deber y mi justicia. Ya desde el año 13, en que meditaba la
unión de Nueva Granada y Venezuela, mi política tendía a hacerme
valer y querer de los granadinos, y después del año 19 seguí el
mismo plan para la conservación de la unión que había logrado.
Véase mi decreto de 30 septiembre del año 13, dado en Valencia,
para honrar la memoria del coronel Atanasio Girardot: fue un bravo
seguramente; murió como un valiente en el campo del honor, en
Bárbula y como había combatido en Palacé, pero se es el deber de
todo militar, y sin un motivo político tal tomo el que me movía no
hubiera dado el decreto mencionado. Ricaurte, otro granadino,
figura en la historia como un mártir voluntario de la libertad,
como un héroe que sacrificó su vida para salvar la de sus
compañeros y sembrar el espanto en medio de los enemigos, pero su
muerte o fue como aparece, no se hizo saltar con un barril de
pólvora en la casa de San Mateo, que había defendido con valor yo
soy el autor del cuento, lo hice para entusiasmar mis soldados,
para atemorizar a los enemigos y darla mas alta idea de los
militares granadinos. Ricaurte murió el 25 de marzo del año 14 en
la bajada de San Mateo, retirándose con los suyos; murió de un
balazo y un lanzazo, y lo encontré en dicha bajada tendido boca
abajo, ya muerto. y las espaldas quemadas por el sol».
Día 6
Habló el Libertador esta mañana de la miseria de Venezuela
diciendo que había recibido cartas en que le detallan nuevamente el
estado de pobreza y de desesperación eh que se halla el país, la
urgencia que hay de remediarlo y de hacer que las autoridades
superiores locales no se muestran tan indiferentes ante la suerte
del pueblo y hagan algo en favor de la agricultura y del
comercio.
Los que me escriben, dijo S.E., no exageran la situación d
Venezuela, dicen la verdad; pero se equivocan creyendo que yo, con
una orden o un decreto puedo remediar aquellos males. Lo que se
necesita son medidas legislativas, un sistema de Hacienda, que no
tengo yo facultad de dar. La Convención, que tiene aquel poder, no
lo dará tampoco, porque no quiere orden sino desorden; no quiere la
prosperidad de la nación sino la ruina y desorganización. Sin
embargo, haré que se despachen órdenes para que se reúna una junta
de los principales interesados que investigue las causas del mal y
proponga el remedio».
Por la tarde, el Libertador hizo público su viaje para Bogota
advirtiendo a cada uno que debía estar listo para el día 9, muy
temprano. Manifestó S.E. mucho gusto de ponerse en camino, aunque
fuese para Bogotá, que es el último lugar donde desea ir, porque
allí se halla en medio de muchos enemigos que lo toman por blanco
de sus tiros. Estas fueron sus propias expresiones.
Después de comer fuimos a dar un paseo por las calles, y
entramos por casualidad en la iglesia, en medio de la cual se veía
un angelito muy bien vestido y adornado con muchas flores. S.E. se
detuvo por unos instantes a mirar aquel niñito que la muerte había
segado tan temprano; luego se puso a observar algunos cuadros de
santos y santas y a criticar las pinturas que, efectivamente, son
lo peor que puede haber, y dijo: « que es el pueblo! Su credulidad
e ignorancia hace de los cristianos una secta de idólatras. Echamos
pestes contra los paganos porque adoraban las estatuas, y nosotros,
¿qué es lo que hacemos? ¿No adoramos como ellos pedazos de piedra,
de madera groseramente esculpidos, retazos de lienzos mal
embadurnados, como estos que acabamos de ver, y como la tan
reputada Virgen de Chiquinquirá, que es la peor pintura que yo haya
visto, y quizás la más reverenciada en el mundo y la que más dinero
produce? ¡Ah, sacerdotes hipócritas e ignorantes! En estas dos
clases los pongo a todos: si están en la primera, ¿por qué el
pueblo se deja dirigir por unos embusteros? Y si están en la
segunda, ¿por qué se deja conducir por unas bestias? Conozco a
muchos que me han dicho: «Soy filósofo para mí solo o para unos
pocos amigos, y sacerdote para el vulgo». Profesando tales m mas
afirmo yo que dejan de ser filósofos para tornarse en charlatanes».
Continuó S.E. diciendo que el estado actual de las luces dejaba a
muy pocos engañados en estas materias; que los hombres racionales
no discutían ya principios, dogmas y misterios, cuyos cimientos
eran reconocidamente falsos, y que, por lo mismo, se sabía que eran
hijos de la superstición y la impostura. « qué imprudencia todavía
por parte de nuestros empíricos sagrados! No puedo recordar sin
risa y sin desprecio el edicto en que me excomulgaron, a mí y a
todo mi ejército, los gobernadores del arzobispado de Bogotá,
doctores Pey y Duquesne, el día 3 de diciembre del año 14,
afirmando que yo venía a saquear las iglesias, a perseguir a los
sacerdotes, a destruir la religión, a violar las vírgenes y a
degollar a los hombres y a los niños, y todo esto para retractar lo
públicamente con otro edicto, en el que, en lugar de pintarme como
impío y hereje, como lo habían hecho en el primero, confesaban que
yo era un bueno y fiel católico. ¡Qué farsa tan ridícula y que
lección para los pueblos! Nueve o diez días de intervalo hubo entre
aquellos dos edictos. El primero se dio porque marchaba sobre
Bogotá por orden del Congreso general, y el segundo, porque había
entrado victorioso en aquella capital. Nuestros sacerdotes tienen
todavía el mismo espíritu, pero el efecto de las excomuniones es
nulo ahora; las fulminan sin otro resultado que el de aumentar su
ridículo, mostrar su impotencia y aumentar cada día más el
desprecio que merecen».
El Libertador prosiguió diciendo que todo esto lo decía como
pensador y que tales eran sus ideas como particular, como hombre,
pero que, como ciudadano, respetaba las opiniones recibidas, y como
Jefe del Estado había protegido y siempre protegería la religión
católica que es, puede decirse, no sólo dominante sino universal en
Colombia; que entre sus ministros había, como en todos los países,
excelentes, mediocres y perversos; que estos últimos se encontraban
más a menudo entre los frailes, y a veces entre los curas; que en
el alto clero había buena moral, buenos ejemplos y virtudes, y que
la desmoralización estaba relegada principalmente en los conventos
de hombres; que en los de monjas sólo se veía pureza, virtudes y
moral ejemplar. S.E. continuó diciendo: «El arzobispo de Bogotá, el
señor Caicedo, es un santo varón, un viejo patriota, un hombre de
excelentes y sencillas costumbres que vive persuadido de la verdad
de su religión y habla de ella con buena fe y sin hipocresía; lo
mismo puede decirse del arzobispo de Caracas doctor Méndez; éste
es, además, un valiente; con nosotros hizo la guerra en los llanos,
y la patria le debe grandes servicios; ambos tienen convicciones y
erudición teológica, pero hasta ahí llega su ciencia. Los obispos
de Mérida y Popayán, señores Lazo y Jiménez, son hombres muy
diferentes. El último ha servido a su rey haciendo atrocidades en
Colombia, es el criminal autor de toda la sangre que ha corrido en
Pasto y en el Cauca, es un hombre abominable y un indigno ministro
de una religión de paz; la humanidad debe proscribirlo. El primero
no se ha manchado con tales horrores, no es un gran criminal,
aunque sí se ha hecho delincuente para con el Gobierno de la
República; ambos son hipócritas y sin fe».
Día 7
El Libertador dio orden esta mañana para que se destine al
coronel Manuel Muñoz a Guayana, y se le de un pasa porte.
Inmediatamente se comunicó aquella orden, y dicho coronel dirigió
entonces una solicitud en la que pide licencia absoluta del
servicio. S.E. se la concedió.
Todo el día lo ha pasado leyendo el Libertador e hizo comunicar
oficialmente su marcha a Bogotá por la Secretaría general.
Después de comer quiso el Libertador ir a pasear a pie, y
salimos con Ferguson y Wilson. S.E. inició la conversación sobre
sus campañas del año 13 y 14, y nos hizo un rápido bosquejo de
ellas. Nos dijo que la primera fue casi una marcha triunfal desde
San Cristóbal hasta Caracas; que hubo batallas y combates y que sus
tropas salieron siempre victoriosas; que el pequeño número de ellas
no le permitió hacer perseguir, sobre sus flancos, las partidas
enemigas derrotadas que se retiraban en varias direcciones; que su
principal objeto era apoderarse de la capital de Venezuela antes
que los enemigos conociesen la debilidad de sus medios de defensa;
que en posesión de Caracas pensaba entonces poder aumentar su
ejército y oponer fuertes divisiones a los enemigos que durante su
marcha se hubieran rehecho en los varios puntos laterales a que se
habían retirado; que para esto contaba con un patriotismo y
entusiasmo que no había encontrado en Venezuela; con un espíritu
nacional que no existía y que no pudo formar; que el amor a la
independencia y a la libertad no se habían generalizado todavía, y
que, finalmente, el poder español y el respeto y el miedo que les
inspiraba, y los esfuerzos del fanatismo arrastraban todavía a los
pueblos y los tenían más inclinados a seguir bajo el yugo
peninsular, que a romperlo. S.E. siguió diciendo que desde su
entrada en Caracas, en agosto del año 13, hasta fines de dicho año,
hubo, en varios lugares, muchos sucesos de armas, los unos
prósperos y los otros adversos, y todos muy sangrientos; que su
ejército se desanimaba cada día más al ver que Venezuela era para
él una especie de Vandee; que por todas partes encontraba enemigos;
que se le negaba toda clase de recursos, mientras los españoles
recibían auxilios voluntarios en todos los pueblos; que los
enemigos ocultos de la independencia eran muy numerosos, y que un
refuerzo español de más de 1.200 hombres veteranos, llegado de
Puerto Cabello, vino a reanimar todas las esperanzas de aquellos;
que al principio de la campaña de 1814 se vio rodeado de enemigos;
que por todas partes le salían al encuentro divisiones muy
numerosas, y que el fuego de la insurrección contra la República se
extendió con rapidez en todo el territorio de Venezuela. Aseguró
S.E. que ninguna de sus campañas había sido tan penosa, tan
peligrosa y tan sangrienta como aquella; que ganada una acción
tenía que ir en seguida al encuentro de otras columnas enemigas que
se presentaban en otros puntos; que, en fin, los ejército españoles
eran entonces en Venezuela como la hidra de la fábula, siempre
renacientes; que sólo la ferocidad de los Boyes, Ceballos, Yanes y
otros sobrepujaba su actividad y sus esfuerzos; que hicieron
milagros para organizar y reorganizar aquellas masas numerosas de
caballería que sin cesar volvían a presentarse en nuevos campos de
batalla para hacerse derrotar nuevamente; finalmente, que habiendo
vencido completamente al ejército español en Carabobo, mandado por
el mariscal de campo Cagigal, se creyó ya en la necesidad de
adoptar otro plan de campaña, y que, para su realización, tuvo que
dividir sus fuerzas en tres divisiones, lo que se efectuó a fines
de mayo, destinando una de ellas para obrar en el Occidente, al
mando del general Rafael Urdaneta; otra, en los valles de Aragua
para defenderlos y cubrir la capital de Caracas, y la tercera sobre
Calabozo, contra las fuerzas de Boyes; que su objeto era impedir la
concentración del ejército español, desahogar a Caracas y sus
cercanías, facilitar la manutención de sus soldados, incomodar la
de las columnas enemigas, e impedir que sacasen recursos de las
ciudades villas y pueblos tan cercanos de la capital de la
República; que él marchó para Calabozo contra Boyes, pero que la
numerosa y buena caballería que mandaba dicho jefe fue causa de la
derrota que sufrió la división republicana a sus órdenes, el 15 de
junio, en La Puerta, cerca de la villa de Cura, y que la pérdida de
aquella acción fue causa de la pérdida de la República de
Venezuela. Que Boyes, aprovechando su victoria, se apoderó de
Valencia en los primeros días de julio y le impidió, con aquel
nuevo suceso (al Libertador) e poder unirse con las tropas del
general Urdaneta, y le obligó a replegarse sobre Caracas, de donde
siguió sobre Barcelona, siempre perseguido por dicho Boyes; que
entró en la capital de la República el 7 del citado julio; que
desde la ciudad de Barcelona se atrevió a volver, con las reliquias
de su ejército, sobre la villa de Aragua, con el fin de intentar su
unión con el general Urdaneta, lo que no pudo efectuar por haberse
replegado éste sobre la ciudad de Mérida, y haber sido atacado él,
en Aragua, por el general español Tomás Morales. Que derrotado por
segunda vez tuvo la fortuna de retirarse sobre Cumaná con el
general Santiago Mariño, que había peleado en su compañía en las
anteriores batallas; pero que el 25 del mismo julio se vio
nuevamente forzado a retirarse, no quedándole otros recursos sino
los de abandonar a Cumaná y embarcarse para Cartagena con el dolor
de ver a toda Venezuela bajo el poder español y la sanguinaria
cuchilla del cruel Boves.
Aquella campaña, les aseguro, nos dijo S.E. es la más activa y
la más penosa que haya hecho. Sería lástima que todos sus detalles
se perdieran para la historia; no sé si tendré tiempo y ánimo para
escribirla. Lo que Restrepo dice sobre ella, es inexacto; hay falta
de pormenores; hechos truncados, y, por otra parte, el que no es
militar, un doctor, no sabe ni puede describir sucesos de armas.
Los generales Pedro Briceño Méndez y Diego Ibarra podrían hacerlo
con interés y con verdad, pues es cierto que las buenas historias
son las que escriben los que han tomado parte en los
acontecimientos que relatan, y aquellos generales figuraron en
todos ellos, y, aunque jóvenes entonces, han debido quedar bien
impresionados de ellos. Lo que los españoles han dicho, o podrán
decir, en sus memorias, será todo lo que les es ventajoso, todo lo
que es en su honor; y, sin orgullo y con verdad, puedo decir que en
ninguna de mis campañas he recogido más laureles que en la del año
14, laureles inútiles, a la verdad, porque se segaron sin buenos
resultados; pero que no por esto disminuyen los trofeos de mis
soldados. ¡Increíble y lamentable campaña en que, a pesar de tantas
y repetidas catástrofes, no sufrió la gloria del vencido! ¡Todo se
perdió, menos el honor!»
Día 8
Por la mañana, el Libertador me mandó llamar, y, al llegar, me
dijo: «Sin falta saldré mañana para Bogotá, con el proyecto de ir
despacio y de detenerme algunos días en el Socorro, y desde allí
despacharé al general Soublette para Venezuela. Usted, como antes
se lo he indicado, se quedará en esta villa hasta la llegada del
señor Castillo y de los demás diputados que con él se han retirado
de la Convención; los recibirá y les proporcionará cuantos auxilios
puedan necesitar. Creo que no seguirán para Bogotá, y que desde
este punto cada uno de ellos irá tomando la dirección de su
domicilio, y usted me avisará cuanto ocurra. Además, lo encargo de
recoger mi correspondencia y la de la Secretaría general y de
dirigírmelas al Socorro con extraordinario, cuidando de que no se
extravíe ningún pliego, y de que nadie pueda interceptarlos; hecho
esto, y juego que haya regresado del Socorro el general Soublette y
se haya puesto en camino para Venezuela, usted seguirá para Bogotá,
donde me encontrará».
Parte del día lo pasó el Libertador leyendo la Odisea de Homero,
traducida al francés. Por la tarde, fue a despedirse del doctor
Valenzuela. Yo sólo lo acompañé, porque los demás estaban ocupados
en sus preparativos de viaje; aquella visita fue la única que hizo
el Libertador. Al salir de casa del doctor Valenzuela, S.E. quiso
continuar el paseo, y se dirigió a las afueras del lugar. A poco
rato, y después de haber dicho S.E. algunas cosas del cura
Valenzuela, a quien llamó el buen cura de Bucaramanga, S.E. dijo
que la disolución de la Convención iba a ponerlo en un cruel
embarazo; sin Constitución para gobernar, por que la de Cúcuta era
una Carta usada, despreciada y vilipendiada, con la cual no se
podrá regir más la nación colombiana; que gobernar la República sin
código ninguno era lo peor, no sólo para el pueblo sino para el que
se halla a su cabeza; que él, aunque tenga predilección por la
Constitución bolivariana, como es natural, siendo obra suya, no
cometería la tiranía de darla a Colombia, sin que los mismos
pueblos la pidiesen y del modo que Luis XVIII dio su Carta a los
franceses; que su situación era difícil y crítica, pero que nada
haría sin aconsejarse con todos los patriotas, hombres de luces y
de influencias de la capital; que este sería su primer paso al
llegar a Bogotá, y que seguiría la opinión de la mayoría, aunque no
fuera igual a la suya, pero que pensaba convocar un Congreso
general de la Nación, lo más pronto posible, si bien estaba seguro
de que para ello habría oposición por parte del general Paéz y
Venezuela, y quizá también en el Magdalena, por parte del general
Mariano Montilla. «A este último, continuó el libertador, lo
convenceré con mis propios motivos porque los comprenderá, y al
primero lo engañaré con algún pretexto calculado, pues más fácil es
esto que convencerlo con las verdaderas razones. Es un llanero tan
tosco, tan artero, tan falso y tan desconfiado, que es preciso
conocerlo bien para poder dirigirlo. Montilla, al contrario, es una
de nuestras mejores cabezas: genio, talento, luces, sagacidad, todo
esto se encuentra en él. Después de Sucre, es el más capaz para
mandar la República. Es lástima que sea tan bromista y que lleve
esta costumbre aún a los negocios y circunstancias más serias».
Volvió el Libertador a hablar sobre los embarazos de su
situación y el flanco que presentaba a sus enemigos para sus
ataques, suposiciones y calumnias. «Me encuentro, dijo, en una
posición quizá única en la historia. Magistrado superior de una
República que se regía por una Constitución que no quieren los
pueblos, que la han despedazado, que la Convención ha anulado al
declarar su reforma, y cuando dicha Convención se ha disuelto sin
hacer dichas reformas y sin dar el nuevo Código por que debía
regirse la Nación. Gobernar con la Constitución descreditada, es
exponerla a que sea rechazada por los pueblos, lo cual traerá
consigo conmociones civiles; dar yo mismo un Código provisional, es
usurpar una facultad que no tengo, y al hacerlo, me llamarían, con
razón, déspota; gobernar sin Constitución alguna, y según mi
voluntad, sería dar margen a que me acusaran, también con justicia,
de haber establecido un poder absoluto, y ni puedo, ni quiero, ni
debo declararme Dictador. En fin, veremos lo que sobre estas cosas
dirán los sabios de Bogotá».
Día 9
El Libertador almorzó temprano, y luego se puso en marcha con
todos los de su Cuartel general para ir a dormir a Piedecuesta,
distante tres leguas de Bucaramanga. Yo estaba a caballo para
acompañar a S.E., pero me dijo: «Usted, coronel, puede ir a
desmontarse y ver a su familia que acaba de llegar; por este motivo
no quiero que salga conmigo, y lo encargo a usted de saludar, en mi
nombre a su señora, a quien no puedo ir a visitar porque estoy ya
de marcha». Efectivamente, hacía apenas diez minutos que mi mujer y
mis hijos habían venido de Pamplona. Me quedé, pues, para pasar el
día con ellos, bien resuelto a ir por la tarde a Piedecuesta para
despedirme de S.E., del general Soublette y de mis amigos. Así lo
hice, salí a las seis, y a las ocho de la noche llegué a casa del
Libertador; quien me recibió con cariño y agradeció mi visita.
Hasta las diez hubo gente con S.E. el cual, al parecer, tenía poca
gana de ir a descansar. Cuando ya todos los de su casa se habían
retirado a dormir, me llevó para su cuarto, y, después de
preguntarme, con mucho interés, noticias de mi familia me dio una
carta para el general Pedro Briceño Méndez con el fin de que se la
entregase a su llegada a Bucaramanga, diciéndome que la había
escrito antes de comer, y que por medio de ella informaba a dicho
general Briceño de los motivos que había tenido para no aguardar en
Bucaramanga la llegada de los diputados que se habían separado de
la Convención. Luego el Libertador me dijo: «Me acuerdo que en
agosto del año próximo pasado, en este mismo cuarto, tuve con usted
y con el general Pedro Briceño Méndez una larga conversación sobre
las circunstancias políticas de entonces. Recuerdo, igualmente, que
di a usted el despacho o diploma del Busto del Libertador, pero que
no pude darle la condecoración porque no la tenía entonces. En mi
escritorio tengo una y voy a dársela». Efectivamente, S.E. me dio
una medalla de oro muy bien estampada y sobre la cual se ve por el
anverso el retrato o busto, en relieve, del Libertador, y sobre el
reverso, las armas del Perú. S.E. continuó la conversación
diciéndome que seguiría su marcha mañana al amanecer, y que iría a
dormir a Los Santos, pequeño pueblo distante cinco o seis leguas de
Piedecuesta, en la altura del Chicamocha o Sube, y sobre la ribera
derecha de dicho río; que al día siguiente iría a San Gil, y, al
otro, a la ciudad del Socorro, de donde me escribiría. «Si yo
creyera en los presentimientos, no regresaría a Bogotá, porque algo
me está diciendo que allí me pasarán cosas malas y fatales; pero al
mismo tiempo me pregunto qué es lo que llamamos presentimientos, y
mi razón contesta: un capricho o un extravío de nuestra
imaginación, ideas, las más de las veces, sin fundamento, y no
advertencias seguras de lo que ha de suceder; porque no doy a
nuestra inteligencia, o si se quiere al alma, la facultad de
antever los acontecimientos y de leer en lo futuro. Confieso, sin
embargo, que en ciertos casos nuestra inteligencia puede juzgar que
si hacemos tal o cual cosa, que si damos tal o cual paso, nos
resultará un bien o un mal, pero es esto caso aparte y por lo mismo
repito que no creo que ningún movimiento, ningún sentimiento
interior pueda pronosticarnos con certeza los acontecimientos
venideros, por ejemplo, que si voy a Bogotá hallaré allí la muerte,
una enfermedad o cualquier otro accidente funesto. No hago caso,
pues, de tales presentimientos; mi razón los rechaza, cuando sobre
ellos no puede mi reflexión calcular las probabilidades o que éstas
están bien en su contra. Sé que Sócrates, otros sabios, y varios
grandes hombres, no han despreciado sus presentimientos, que los
han observado y han reflexionado sobre ellos, y que, más de una vez
han dejado de hacer lo que hubieran hecho sin ellos; pero tal
sabiduría yo la llamo más bien debilidad, cobardía o, si se quiere,
exceso de prudencia, y digo que tal resolución no puede salir de un
espíritu enteramente despreocupado. Dicen que Napoleón ha creído en
la fatalidad porque tenía fe en su fortuna, que llamaba su buena
estrella; él se ha disculpado de aquella ridícula acusación
probando que no era fatalista, y que el haber mentado su estrella
no era creer ciegamente en una cadena de destinos prósperos que le
estaban reservados. No hacía caso de las predicciones. En el año
12, al pasar el Niemen para abrir la campaña de Rusia, su caballo
cayó en la orilla del río, y él sobre la arena; una voz dijo: «Mal
presagio, un romano retrocedería». Napoleón no volvió atrás, siguió
su campa ña, que fue un desastre para su ejército, para Francia y
para él. Mas, ¿qué prueba esto? Nada; la caída fue una casualidad,
y sólo un loco, un fanático o un imbécil podría mirarla como un
aviso de la Divinidad sobre los fatales resultados de aquella
empresa.
«César, al desembarcar, cayó igualmente sobre la arena, en la
orilla del mar, en presencia de todo su ejército; pero quedó bien
diciendo que voluntariamente se había arrojado al suelo para
saludar a la tierra, y así exclamó: « Tierra, te saludo!» Sus hados
fueron prósperos a pesar de su caída, que muchos habrían tomado por
un funesto presagio.
«Los verdaderos filósofos no hacen caso de los presentimientos,
ni creen en los presagios; pero el que manda debe tratar de
destruir sus efectos sobre los hombres crédulos, como lo hizo Julio
César.
«En el año 17, después de mi segunda expedición sobre Venezuela, y
antes de emprender la de Guayana, los españoles me derrotaron en
Clarín dos o trescientos reclutas, a cuya cabeza me hallaba, y
corrió la voz de que yo era desgraciado y que todo me salía mal.
Poco después, estando ya en Guayana, se presentaron los españoles y
comprendí que me convenía dar la batalla que me ofrecían; llamé
entonces al general Piar, y lo encargué de dirigirla en persona,
porque todavía no se había borrado la impresión de mi última
derrota; no cedí, en esto, a presentimiento alguno y sólo tuve en
mira el de mis oficiales, que hubiera podido influir
desfavorablemente en el éxito del combate. Piar ganó la batalla, se
borraron las ideas que habían nacido sobre mi mala suerte, volví a
dirigir batallas, a ganarlas y a perder algunas, y todos confiaron
siempre en mi buena fortuna.
«Sócrates llamaba Demonio a sus presentimientos; yo no tengo tal
Demonio, porque poco me ocupo de ellos. Estoy convencido de que los
sucesos venideros están cubiertos por un velo impenetrable, y tengo
por un imbécil o por un loco al que lleva sus inquietudes más lejos
de lo que debe y téme por su vida porque ha tenido tal o cual
sueño; porque cierta impulsión aventurera de voluntad, manifestada
con la ausencia de su razón, le ha presentado un peligro futuro;
porque, en su interior, algo le ha dicho no hacer tal o cual cosa,
no ir más adelante y volver atrás, no dar la batalla un viernes o
un domingo, sino otro día, no dormir sobre el costado izquierdo
sino sobre el derecho, y, finalmente, otras tonterías semejantes.
Los pocos ejemplos que se me podrían citar para combatir mi opinión
son frutos del acaso y, por lo mismo, no puedo convenceme. Entre
millones de presentimientos y de sueños, la casualidad sólo ha
hecho que unos muy pocos se hayan realizado, y se citan estos
últimos y no los primeros. Centena res de millones han salido
fallidos, y no se habla de ellos; un ciento o dos han salido
verdaderos, y sólo se citan éstos. Tal es el espíritu humano: amigo
y amante de lo sobrenatural y de la mentira, e indiferente ante la
Naturaleza y la Verdad».
En esto iba el Libertador, cuando su reloj dio las doce de la
noche, y entonces S.E. dijo: «Bastante hemos filosofado, ahora
vamos a dormir».
Día 10
A las cinco de la mañana el Libertador estaba ya a caballo, y
siguió de Piedecuesta para ir a dormir al pueblo de Los Santos. Me
despedí de S.E. y volví para Bucaramanga a almorzar con mi
familia.
Por la tarde llegaron de Ocaña unas cartas para S.E., pero eran
de fecha atrasada porque venían con un arriero que traía dos cargas
de provisiones para el Libertador, es decir, vinos, jamones,
encurtidos, etc. Yo me quedé con dichos objetos porque S.E. me lo
había ordenado, diciéndome que bebiera a su salud el buen vino que
aguardaba y que le enviaba el diputado Juan de. Francisco
Martín.
Los motivos de este Diario han sido, como se ha visto en el
prólogo, los que presentaran todos los hechos, tanto públicos como
privados, todos los discursos y palabras del Libertador durante el
tiempo que estuviera cerca de su persona. Ahora estoy separado de
él, pero me quedan todavía algunos sucesos por referir, tales como
la llegada a esta villa del señor Castillo y de los diputados que
vienen con él, y lo que haya hecho la Convención después de la
separación de dichos diputados. Todo esto interesa y es también el
complemento de lo ocurrido en Ocaña y en Bucaramanga, durante todo
el tiempo de la Gran Convención Nacional. Seguiré, pues, mi Diario
hasta la conclusión de aquella Asamblea, no día por día, como lo he
hecho hasta el presente, sino sólo con las fechas en que haya algo
digno de relatarse, y mientras permanezca en esta villa de
Bucaramanga.
Como hasta ahora he ido relatando fecha por fecha los discursos
y palabras del Libertador, es inevitable que haya habido
repeticiones de discursos, de materias y de objetos, como
igualmente de personas; pero estos casos no pueden dejar de
presentarse en un diario de esta naturaleza, y lejos de ser un
defecto son más bien un medio útil para poder juzgar mejor el
personaje cuyas palabras se han recogido y se publican, porque así
puede examinarse si sus ideas, sus opiniones y sus proyectos han
variado con el tiempo y las circunstancias. He creído útil, pues,
relatar fiel y correctamente los propios discursos del Libertador,
tal como los he oído día por día, sin quitarles nada y sin
suprimir, por lo mismo, aquellas repeticiones. Hago esta
advertencia porque no la juzgo indiferente, observando, además, que
el anaalisis que presento de muchas conversaciones con el general
Bolívar, en las cuales había uno o varios interlocutores, no son
menos exactas.
Día l4
A las cinco de la tarde llegó a esta villa el comandante
Montúfar, diputado por Quito a la Convención, procedente de Ocaña,
de donde había salido el 9 del corriente. Habiendo preguntado por
el Libertador le informaron que S.E. había partido para Bogotá
desde el 9, pero que yo me encontraba todavía en ésta, y entonces
el señor Montúfar vino a mi casa. llegando que hubo entró
peanísimo, y se manifestó muy sorprendido y descontento por no
encontrar al Libertador. Me dijo que llevaba pliegos
interesantísimos para él, y que estaba encargado de imponerlo de
las ocurrencias de Ocaña; finalmente, me expuso la necesidad en que
se hallaba, a pesar del cansancio del viaje, de seguir
inmediatamente para ver si podía alcanzar al Libertador en el
Socorro. En seguida le hice preparar un buen caballo y se marchó la
misma tarde.
Por dicho señor supe que el día 7 de este mes, 19 ó 20 diputados
habían presentado una nota o protesta a la Convención relativa a su
Oposición; que él había salido de Ocaña el 9 por la tarde, y que
sus demás compañeros, con el señor Castillo, debían haber marchado
para el pueblo de las Cruces la misma noche, o a la madrugada del
día siguiente, y que le habían despachado cerca del Libertador para
instruirlo de aquel acontecimiento, y para que S.E. los aguardase
en esta villa, donde llegarían todos en pocos días. Me informó
también que con dicha separación la Convención había quedado con un
número insuficiente de diputados para poder continuar legalmente
sus trabajos, y obligada, por consiguiente, a suspenderlos y a
disolverse sin haber podido sancionar la nueva Constitución que
quería la mayoría; que en Ocaña habían quedado aún algunos otros
diputados del partido del señor Castillo, que igualmente se
retirarían si fuese necesario; que todo estaba calculado, y que el
golpe confundiría al partido demagógico quitándole todo poder para
hacer el mal que estaba preparando a la República; que todos ellos
quedarían furiosos y desesperados, pero sin poder hacer nada
legítimo ni legal..
Esta relación del comandante Montúfar confirma que el señor
Castillo ha puesto en ejecución su proyecto, que lo ha logrado, y
que el Libertador va a encontrarse, en efecto, en la situación
difícil y crítica que tiene ya calculada. En el Socorro recibirá
SE. aquella noticia, y creo que ella precipitará su marcha a Bogotá
con el objeto de atender desde allí a la tranquilidad pública y
realizar el plan que se ha, propuesto y de que me habló la víspera
de su viaje, es decir, en la noche del 8 del corriente. Puede ser
también que al llegar a la capital de la República haga SE. una
convocatoria general del pueblo, y esta idea fue la que me permití
darle, porque me acordé de la de Caracas de 2 de enero del año
14.
Día 18
Esta noche, como a las siete, he recibido una carta del
libertador fechada en el Socorro el 16 del corriente y escrita a
las diez de la noche. S.E., entre otras cosas, me dice en ella lo
que sigue: «Montúfar, a quien vio usted en esa, ha llegado hoy a
las doce y media del día; me ha informado de lo ocurrido en Ocaña,
que no comunico a usted porque me ha dicho haberlo hecho él mismo.
Pero ¡cosa singular! hacía apenas media hora que estaba con el
comandante Montúfar, cuando entró en mi cuarto el coronel Bolívar
trayéndome la noticia de un movimiento popular ocurrido en Bogotá
el día 13 de este mismo mes, movimiento que produjo un acto por el
cual se desconoce la Convención, todo lo que haga o haya hecho y se
me nombra Dictador. Así es que en menos de media hora he recibido
en esta ciudad dos grandísimas noticias: la de la separación de 20
diputados de la Gran Convención Nacional, que ha debido ser causa
de su disolución y la de la revolución en la capital de la
República contra la misma.
Convención y los demagogos. Todo esto me obliga a marchar mañana
17 precipitadamente para Bogotá, donde pienso llegar el 20 ó 21 del
presente. Allí recibiré las ulteriores noticias de Ocaña, que me
interesa conocer. No deje usted de informarme de cuanto llegue a su
conocimiento y de enviarme volando las cartas que reciba para mí.
El general Soublette no sigue conmigo para Bogotá, y regresa a esa
para de ahí seguir a Venezuela. Ya tenemos un desenlace, o bien, un
resultado de las locuras de la Convención. Su vergonzosa disolución
y los actos populares, porque el de Bogotá va a promover otros en
toda Colombia, no es lo que deseaba, porque semejantes sucesos no
afirman la República, son, al contrario, golpes que no sólo
conmueven sus cimientos sino que echan a perder la moral pública,
la obediencia y el respeto de los pueblos, acostumbrán dolos a las
inconstancias políticas, a las sediciones y a los excesos
populares. Lo que yo anhelaba era una buena Constitución análoga al
país y a todas sus circunstancias; un código capaz de afianzar el
Gobierno y hacerlo respetar; capaz de dar estabilidad a las
instituciones, garantías a todos los ciudadanos y toda la libertad
e igualdad legales que el pueblo colombiano es susceptible de
recibir en el actual estado de su civilización; finalmente, una
Constitución en que los derechos y los deberes del hombre fuesen
sabiamente calculados, como igualmente los deberes y facultades de
las autoridades. La Convención no lo ha querido; la mayoría de sus
diputados, alucinados, los unos por falsas teorías y los otros
dirigidos por su maldad y por miras personales, han preferido el
desorden al orden, la ilegalidad a la legalidad, más bien que ceder
a la razón, a la voz de la Patria y al interés general. Todo esto
me confunde, me quita mi energía y enfría hasta mi patriotismo; y,
sin embargo, más que nunca necesito de ellos para sobrellevar la
pesada carga que está sobre mis hombros».
Muchas veces he oído al Libertador usar de este mismo lenguaje.
S.E. ha reconocido, en algunas ocasiones, la utilidad de la
Dictadura en Colombia, pero no por eso la quiere. La juzgó
necesaria, y aún indispensable cuando un enemigo poderoso y cruel
ocupaba la mayor parte del territorio, y cuando para independizarlo
era preciso desplegar toda la fuerza y los recursos de que era
capaz el país, y cuando para reunirlos y ponerlos en acción era
menester la unidad, el vigor, la presteza y el poder; pero
conseguida la independencia, libre el suelo colombiano de enemigos
exteriores, no quiere el Libertador que los ciudadanos sean regidos
por un gobierno dictatorial, sino por un Poder Ejecutivo
constitucional. En muchas ocasiones, S.E. ha manifestado con muy
buena fe aquella opinión, y varios ejemplos ilustres, tanto en
Colombia como en el Perú, apoyan el hecho, el modo de pensar y las
miras del Libertador en este asunto. La historia no desmentirá a
S.E. sino que, antes bien, comprobará lo que acabo de decir.
Día 21
Hoy se aparecieron los señores diputados José María del
Castillo, Juan de Francisco Martín, el doctor Aranda y el general
Pedro Briceño Méndez, quienes me confirmaron los detalles que el
comandante Montúfar me había dado. Me enseñaron, igualmente, el
manifiesto que han redacta do para dirigirlo a la Nación en
justificación de su conducta, y como exposición de los motivos que
los 20 diputados han tenido para pararse y para protestar contra la
mayoría de la Gran Convención, cuyas miras y proyectos eran la
ruina y disolución de la República. El señor Castillo me habló de
aquella separación como de la ejecución de un proyecto sabiamente
concebido y calculado, y como de una victoria completa y espléndida
ganada por un pequeño ejército sobre uno muy numeroso, muy veterano
y muy aguerrido en el arte de la intriga, agregando que la
estrategia y táctica del primero habían sido mejores y habían dado
el triunfo aunque abandonando el terreno al enemigo. Todos me
hablaron mucho del Libertador y del sentimiento que tenían de no
haberlo encontrado.
Al general Briceño le entregué la carta de S.E. en que le dice
los motivos privados que ha tenido para no aguardar su llegada a
Bucaramanga. Briceño convino en que el Libertador había tenido
razón y en que, efectivamente, no debía aguardar la llegada de los
20 diputados en esta villa. Me dijo, además, que todos ellos
pensaban en separarse y seguir cada uno para su casa; que él
aguardaría la llegada del general Soublette para seguir con él y el
doctor Aranda hasta Caracas. «Los demagogos son muy osados, me dijo
el general Briceño, y nos están preparando un porvenir funesto.
Sólo la actitud de Venezuela podrá contener a los de Nueva Granada;
¡pero desgraciada la pobre Colombia si el fuego revolucionario
vuelve a encenderse en Venezuela donde hay tantos combustibles! No
sé yo lo que hará el Libertador, y no sabría tampoco qué consejo
darle en tales circunstancias. Santander es un gran malvado que
tiene las peores intenciones, excesiva es su ambición al mando y la
oculta con la apariencia de su enemistad contra el Libertador, y
ésta es coloreada con motivos supuestos de liberalismo, de
libertad, de interés público, ¡pero para Santander la sed de mando
es todo, sus principios son el poder y la avaricia, y para él todos
los medios son buenos con tal de subir al primero y satisfacer la
segunda!»
Día 22
Por la mañana llegó el general Soublette, y por la tarde
llegaron casi todos los demás diputados, compañeros del
señor Castillo. El general fue inmediatamente conmigo a visitar a
este último y a los demás diputados. El acercarse a dicho señor
Castillo le dijo: - «Lo estoy viendo aquí y todavía no lo creo». -
«Cómo, le contestó Castillo, ¿usted entonces no me creía capaz de
una resolución firme y decisiva?» - «No tanto como eso, repuso el
general; pero no de una determinación igual a la que acaba de
ejecutar». Luego hablaron del movimiento popular de Bogotá, y el
general Soublette le dio la noticia de lo ocurrido en la capital de
la provincia del Socorro el día 17, después de haberse puesto en
marcha el libertador, movimiento de igual naturaleza al de la
capital de la República. - «Pues la conmoción será general, dijo
Castillo, y ella es la universal y soberana sanción de nuestra
separación. Ahora el libertador debe resolverse a constituir la
Nación y a darle una Carta tal como se desea». El mismo señor nos
dijo que dentro de pocos días seguiría para Bogota con los
diputados del Sur, y que aconsejaría al libertador la creación de
un Consejo de Estado compuesto de individuos de todos los
departamentos, Consejo que tendría facultades legislativas, además
de las políticas, para aconsejar al Libertador y presentar un
proyecto de decretos y reglamentos administrativos, todo esto hasta
que las circunstancias del país permitieran la reunión de una nueva
Convención nacional. Entonces dije yo a dicho señor Castillo cuál
era el proyecto del libertador, y me manifestó que S.E. haría mal
en no hacer lo que él podría, porque era el único medio, en las
actuales circunstancias, de salvar el país de la anarquía de que
estaba amenazado y mantener el orden. «Colombia es un país perdido,
continuó el señor Castillo, si prontamente no se trabaja con la
mayor actividad y firmeza para desarraigar el mal que está brotando
por todas partes, y un solo hombre lo puede hacer, no hay dos, es
el Libertador. Mas el celo por su reputación, el temor de la
posteridad, lo hacen débil ahora y no quiere ver que sus glorias
están comprometidas al dejar sin afianzar y tambaleando su obra
que en consolidarla, aunque para ello sea menester un gran golpe de
estado. Lo llamarán tirano, déspota si deja que le arrebaten el
bastón del mando, mejor es, pues, conservarlo aunque sea con actos
de despotismo y de tiranía; y mejor sería también cambiar aquel
bastón por un cetro; un cetro de hierro es el que más le conviene a
Colombia.
Día 26
Nada hemos sabido del Libertador desde su salida del Socorro
para Bogotá. Mañana marchan para Venezuela los señores general
Soublette, Pedro Briceño Méndez y el doctor Aranda, y yo seguiré
con ellos hasta Pamplona. Hoy se han puesto en camino para
Cartagena los diputados Juan de Francisco Martín, Villavicencio y
otros; pasado mañana seguirán para Bogotá los señores Castillo,
Valdivieso, Isaza, Merino y otros, de manera que en esta villa cada
uno de los diputados venidos con el señor Castillo de Ocaña ha ido
tomando el camino de su casa como lo había pensado el
Libertador.
Hoy han llegado a ésta algunos de los diputados de la mayoría de
la Convención, y por ellos hemos sabido que aquella Asamblea,
después de la separación de los veinte, había votado su disolución
el 16 del corriente, y que efectivamente, se disolvió el mismo día.
Entre los diputados de la mayoría había dos o tres que pertenecían
secretamente al partido del señor Castillo sin que los jefes
santanderistas lo sospechasen, y por el contrario, tenían en ellos
la mayor confianza creyéndolos de los suyos. Uno de aquellos llegó
hoy y ha asegurado que antes de separarse de Ocaña los miembros de
dicha mayoría, había habido en casa del general Santander unas
reuniones secretas de los más exaltados partidarios de la facción
demagógica, y que en ellas se había formado el plan de una
conspiración general en toda la República, y resuelto su ejecución,
encargándose cada diputado del papel que le correspondía, añadiendo
que el principal punto del proyecto es el asesinato del Libertador.
Que los diputados Santander, Vargas Tejada, Arrublas, Montoya,
Merizalde, y otros, están encargados de ejecutarlo en Bogotá; el
diputado coronel Hilario López en el Cauca y Popayán; Aranzazu en
la provincia de Antioquia; el doctor Márquez en la de Tunja; Azuero
y Fernando Gómez, en la del Socorro; Soto y Toscano, en la de
Pamplona; Camacho, en Casanare; Tobar, Narvarte, Echezurría,
Iribarren y Romero, en Venezuela; finalmente, que todos los
nombrados y algunos más se habían com prometido para la ejecución
de dicho plan y habían calculado que en el mes de octubre siguiente
todas sus disposiciones estarían tomadas y podrían dar el golpe. De
todo esto se ha informado al Libertador para que tome las medidas
que juzgue convenientes.
Este día es el último del Diario de Bucaramanga, y con él se
concluye porque han cesado ya los motivos que había tenido para su
reaccion, los cuales eran: a residencia e Libertador en esta villa,
mi permanencia cerca de su persona, y la reunión en la ciudad de
Ocaña de la Gran Convención Nacional.
S.E., como se ha visto, marchó para la capital de la República
el 9 del corriente; la Gran Convención se disolvió el 16 del mismo,
y yo sigo mañana para la ciudad de Pamplona; nada, pues, me queda
por relatar porque todo lo he dicho con sus fechas respectivas.
Deseo haber llenado mi objeto, que ha sido el de hacer conocer
al Libertador, presentándolo a la faz del mundo tal como es, tal
como piensa, tal como obra y se maneja, tanto en los negocios
públicos como en su vida privada. Además, el cuadro que presento
del general Simón Bolívar, no está limitado a mostrarlo tal como
piensa en el día, sino tal como ha pensado desde que comenzó su
carrera de glorias; yo no soy quién lo ha retratado, sino él quien
se ha pintado a sí mismo sin saberlo, y él es también quien ha
pintado los muchos personajes que figuran en este Diario, sin creer
hacerlo; esta circunstancia presta su carácter de interés y de
verdad a todos aquellos retratos tan preciosos para la
historia.
Si el Libertador escribiera un día la historia de Colombia o la
de sus campañas, o bien, si compusiera sus Memorias o algunas notas
sobre los sucesos políticos y militares para servir a la historia
de la República, bien seguro estoy de que los hechos que refiero,
las personas que diera a conocer, las opiniones que manifestara, y,
finalmente, la política que pusiera en evidencia, no tendrían un
carácter tan original ni tan verídico como el que brilla en todo lo
que he recogido de sus labios y consignado en este Diario. Habría
menos fealdad en muchos retratos, más elogios en otros; los hechos
y sus motivos tendrían otros colores, serían presentados con más
estudio; su política, sus intenciones, sus proyectos y todas sus
acciones tomarían otro carácter, porque al redactar todo aquello,
observaría que estaba escribiendo para el público, para la
posteridad, y que sin querer decir mentiras no vería tampoco la
necesidad de decir todas las verdades, y nada más que la verdad,
mostrándola enteramente desnuda, como aparece en este Diario.
Si el general Bolívar viera mi Diario, así como Napoleón veía el
que redactaba el conde de Las Casas, cuántas cosas borraría,
cuántas corregiría y cuántas añadiría, cuán sorprendido y
arrepentido se sentiría de haber dicho tales o cuales verdades que
sin su voluntad han sido recogidas y, sin ella también, van a
ocupar el público y a hacerse propiedad de la Historia y herencia
de la posteridad. Si lo viera impreso, cuál sería su sorpresa y su
pesar de haber sido cogido in fraganti, de verse presentado al
público, al mundo entero sin veló ninguno y enteramente desnudo: de
ver sus opiniones públicas y privadas, su conducta exterior e
interior, sus proyectos, sus ideas, sus palabras y hasta sus
extravíos y locuras en posesión del pueblo, y correr los dos
hemisferios. Todo esto, pues, hace el mérito y recomienda el Diario
de Bucaramanga.
FIN
La que precede es copia del original, fiel y literalmente
sacada, y terminada en Caracas hoy viernes 22 de mayo de
1863.