INDICE

Día 5

Hoy, día del Corpus, el Libertador no quiso ir a misa para evitar asistir a la procesión; pero nos llevó a todos para visitar los altares, construidos en las calles, y aquella santa visita nos sirvió de paseo. Después fuimos donde el doctor Valenzuela a ver pasar la procesión. Para divertirnos, el cura nos dio a leer un manuscrito que había enviado a Maracaibo para su impresión y que le han devuelto sin haber querido imprimirlo; también nos dio otro papel impreso, igualmente obra suya, de fecha 20 de marzo de este año. Después de haberlo recorrido todo, el Libertador dijo en francés: «No me cansaré de decir que este cura es un gran loco; ¡qué ideas tan extravagantes y tan disparata das las suyas!; sólo lo salva su buena fe; no es hipócrita, cree todo lo que dice, y escribe tanto sobre materias políticas como sobre asuntos religiosos». Pasada la procesión, que vimos por detrás de una cortina que tapaba la puerta del cura, volvimos donde el Libertador, quien se recostó en su hamaca y habló de Bogotá diciendo que allí más que en ninguna parte existía un espíritu de localidad bien perjudicial a los intereses generales de la República y a su estabilidad; que los agitadores se valían de él, y que no sería extraño ver reproducirse un día los tiempos lamentables y de terror de los años 13 y 14; aquellos tiempos de furores, de barbarie y de guerra civil entre Nariño y Baraya, y aquella insensata y malvada dictadura de Alvarez, que por orden del Congreso general de la Unión desbarató él en diciembre del año 14; que su expedición del año siguiente sobre Cartagena tenía igual objeto, atraer aquel Estado al gobierno de la Unión, hacerlo obedecer y quitar el poder a todos aquellos tiranuelos que tenía al Magdalena en una continua agitación, a Cartagena en permanente anarquía, y que enteramente ocupados en sus disensiones civiles dejaban el enemigo en la provincia de Santa Marta comprometiendo con esto la seguridad de la Nueva Granada. «En el día, continuó S.E., existen miras y principios iguales a los de entonces; el interés individual, la ambición, las rivalidades, la necesidad, el provincialismo, la sed de venganza y otras pasiones miserables, agitan y mueven a nuestros demagogos unidos para derrocar lo que existe y separarse después para establecer sus soberanías parciales y gobernar a los pueblos como esclavos y con el sistema español». Siguió diciendo el Libertador que el foco de aquellos principios, el cuartel general de los agitadores, estaba en Bogotá; que el pérfido y criminal Santander era el jefe de aquel partido que se compone de todo lo que hay de más desacreditado en Colombia, de más inmoral, más perverso y criminal. «Santander, siguió diciendo, como granadino, es el jefe natural de todos los trastornadores y descontentos de aquel país, y excita el odio de todos contra los venezolanos; hace creer que yo, como su paisano, los protejo más que a los granadinos, y que los ascensos en el ejército y los empleos son sólo para aquellos y no para éstos. Tales calumnias son creídas sin examen, y el amor propio granadino queda ofendido. Si la razón discutiera el hecho, se vería que en la República hay menos emplea dos venezolanos que granadinos, y que la misma proporción ha existido en los ascensos, aunque hay menos milita res granadinos que venezolanos. Por otra parte ¡qué diferencia entre éstos y aquellos! Si entre los militares venezolanos hay algunos malvados, casi todos son valientes y sobre los campos de batalla es donde han alcanzado sus gradaciones. No quiero hacer un paralelo entre los militares de Venezuela y los de Nueva Granada porque resultaría un contraste poco favorable para estos últimos; sin embargo, voy a pasar revista a algunos jefes granadinos.

«Entre sus generales de división están Santander, Córdoba, Fortoul y Pey; Córdoba es el único valiente y militar, pero tiene un carácter duro y absoluto, una soberbia ridícula, una vanidad excesiva, y sólo es bueno en el campo de batalla; fuera de él es peligroso. Entre los generales de brigada esti4n Morales, Rieux, Antonio Obando, González, Mantilla, Maza, Ortega, París, Ucrós, Vélez, Herrán y Moreno. París, Vélez y Herrán son los únicos militares capaces de un mando activo; Maza es valiente como ellos, pero su continua borrachera lo hace un hombre inútil. Moreno es un salteador de los llanos y nada más. Morales, Ortega, Rieux, González y Ucrós son hombres de bien y buenos para un mando de provincia. Obando y Mantilla son dos cobardes, incapaces para todo; el último es el bastardo del cura de Girón, doctor Salgar. Entre los coroneles se verían iguales o peores ineptitudes militares si quisiera entrar a revistarles. La mayor parte de los generales indicados han ganado sus ascensos por servicio en guarniciones, en mandos territoriales, lejos del enemigo, o en las oficinas; no pasa lo mismo con los generales de Venezuela: ellos casi todos son generales de campaña; sus servicios han sido hechos en los campos, al frente del enemigo y combatiendo contra él. La República ha tenido ocho generales en jefe: yo, Mariño, Arismendi, Urdaneta, Páez, Bermúdez, Sucre y el almirante Brión, todos venezolanos, excepto Brión, que era extranjero; pero que se examinen sus servicios, la antigüedad de ellos, su naturaleza y sus resultados, y se verá que todos han merecido aquel eminente grado. Por otra parte, no se puede citar un militar de la Nueva Granada cuyos servicios hayan podido merecerle el empleo de general en jefe. En este juicio no hay parcialidad, ni espíritu de provincialismo. Se me podrá decir que Maniño, Arismendi y Páez no son dignos de los empleos que poseen y que no tienen las capacidades necesarias para ellos; esto es verdad si se juzga desde 1826 hasta ahora, y si sólo se tienen presentes sus talentos y aptitudes; pero son sus servicios contra los españoles los que les han valido sus empleos y ellos son inmensos; hicieron esfuerzos prodigiosos y obtuvieron grandes resultados. Entonces era lo que se buscaba y lo que se recompensaba. ¿Quieren ustedes que les diga más, y que les haga unas confesiones que muestran, al contrario, una protección parcial e injusta de mi parte para con varios militares granadinos que sólo me dictó la política y no mi deber ni la justicia? pues óiganlas. Padilla, Fortoul y Pey nunca hubieran sido nombrados por mí generales de división si no hubieran sido granadinos. Morales, Rieux, Antonio Obando, González, Mantilla y otros estarían todavía en los grados más inferiores de la milicia y no hubieran llegado hasta el grado de general de brigada, si fueran venezolanos. Ser granadinos, pues, les ha equivalido a servicios, méritos, aptitud y valor; finalmente, sus ascensos y los de muchos coroneles y tenientes coroneles de la Nueva Granada, han sido dados en fuerza de una razón de Estado y de un motivo político que hicieron callar mi deber y mi justicia. Ya desde el año 13, en que meditaba la unión de Nueva Granada y Venezuela, mi política tendía a hacerme valer y querer de los granadinos, y después del año 19 seguí el mismo plan para la conservación de la unión que había logrado. Véase mi decreto de 30 septiembre del año 13, dado en Valencia, para honrar la memoria del coronel Atanasio Girardot: fue un bravo seguramente; murió como un valiente en el campo del honor, en Bárbula y como había combatido en Palacé, pero se es el deber de todo militar, y sin un motivo político tal tomo el que me movía no hubiera dado el decreto mencionado. Ricaurte, otro granadino, figura en la historia como un mártir voluntario de la libertad, como un héroe que sacrificó su vida para salvar la de sus compañeros y sembrar el espanto en medio de los enemigos, pero su muerte o fue como aparece, no se hizo saltar con un barril de pólvora en la casa de San Mateo, que había defendido con valor  yo soy el autor del cuento, lo hice para entusiasmar mis soldados, para atemorizar a los enemigos y darla mas alta idea de los militares granadinos. Ricaurte murió el 25 de marzo del año 14 en la bajada de San Mateo, retirándose con los suyos; murió de un balazo y un lanzazo, y lo encontré en dicha bajada tendido boca abajo, ya muerto. y las espaldas quemadas por el sol».

Día 6

Habló el Libertador esta mañana de la miseria de Venezuela diciendo que había recibido cartas en que le detallan nuevamente el estado de pobreza y de desesperación eh que se halla el país, la urgencia que hay de remediarlo y de hacer que las autoridades superiores locales no se muestran tan indiferentes ante la suerte del pueblo y hagan algo en favor de la agricultura y del comercio.

Los que me escriben, dijo S.E., no exageran la situación d Venezuela, dicen la verdad; pero se equivocan creyendo que yo, con una orden o un decreto puedo remediar aquellos males. Lo que se necesita son medidas legislativas, un sistema de Hacienda, que no tengo yo facultad de dar. La Convención, que tiene aquel poder, no lo dará tampoco, porque no quiere orden sino desorden; no quiere la prosperidad de la nación sino la ruina y desorganización. Sin embargo, haré que se despachen órdenes para que se reúna una junta de los principales interesados que investigue las causas del mal y proponga el remedio».

Por la tarde, el Libertador hizo público su viaje para Bogota  advirtiendo a cada uno que debía estar listo para el día 9, muy temprano. Manifestó S.E. mucho gusto de ponerse en camino, aunque fuese para Bogotá, que es el último lugar donde desea ir, porque allí se halla en medio de muchos enemigos que lo toman por blanco de sus tiros. Estas fueron sus propias expresiones.

Después de comer fuimos a dar un paseo por las calles, y entramos por casualidad en la iglesia, en medio de la cual se veía un angelito muy bien vestido y adornado con muchas flores. S.E. se detuvo por unos instantes a mirar aquel niñito que la muerte había segado tan temprano; luego se puso a observar algunos cuadros de santos y santas y a criticar las pinturas que, efectivamente, son lo peor que puede haber, y dijo: « que es el pueblo! Su credulidad e ignorancia hace de los cristianos una secta de idólatras. Echamos pestes contra los paganos porque adoraban las estatuas, y nosotros, ¿qué es lo que hacemos? ¿No adoramos como ellos pedazos de piedra, de madera groseramente esculpidos, retazos de lienzos mal embadurnados, como estos que acabamos de ver, y como la tan reputada Virgen de Chiquinquirá, que es la peor pintura que yo haya visto, y quizás la más reverenciada en el mundo y la que más dinero produce? ¡Ah, sacerdotes hipócritas e ignorantes! En estas dos clases los pongo a todos: si están en la primera, ¿por qué el pueblo se deja dirigir por unos embusteros? Y si están en la segunda, ¿por qué se deja conducir por unas bestias? Conozco a muchos que me han dicho: «Soy filósofo para mí solo o para unos pocos amigos, y sacerdote para el vulgo». Profesando tales m mas afirmo yo que dejan de ser filósofos para tornarse en charlatanes». Continuó S.E. diciendo que el estado actual de las luces dejaba a muy pocos engañados en estas materias; que los hombres racionales no discutían ya principios, dogmas y misterios, cuyos cimientos eran reconocidamente falsos, y que, por lo mismo, se sabía que eran hijos de la superstición y la impostura. « qué imprudencia todavía por parte de nuestros empíricos sagrados! No puedo recordar sin risa y sin desprecio el edicto en que me excomulgaron, a mí y a todo mi ejército, los gobernadores del arzobispado de Bogotá, doctores Pey y Duquesne, el día 3 de diciembre del año 14, afirmando que yo venía a saquear las iglesias, a perseguir a los sacerdotes, a destruir la religión, a violar las vírgenes y a degollar a los hombres y a los niños, y todo esto para retractar lo públicamente con otro edicto, en el que, en lugar de pintarme como impío y hereje, como lo habían hecho en el primero, confesaban que yo era un bueno y fiel católico. ¡Qué farsa tan ridícula y que lección para los pueblos! Nueve o diez días de intervalo hubo entre aquellos dos edictos. El primero se dio porque marchaba sobre Bogotá por orden del Congreso general, y el segundo, porque había entrado victorioso en aquella capital. Nuestros sacerdotes tienen todavía el mismo espíritu, pero el efecto de las excomuniones es nulo ahora; las fulminan sin otro resultado que el de aumentar su ridículo, mostrar su impotencia y aumentar cada día más el desprecio que merecen».

El Libertador prosiguió diciendo que todo esto lo decía como pensador y que tales eran sus ideas como particular, como hombre, pero que, como ciudadano, respetaba las opiniones recibidas, y como Jefe del Estado había protegido y siempre protegería la religión católica que es, puede decirse, no sólo dominante sino universal en Colombia; que entre sus ministros había, como en todos los países, excelentes, mediocres y perversos; que estos últimos se encontraban más a menudo entre los frailes, y a veces entre los curas; que en el alto clero había buena moral, buenos ejemplos y virtudes, y que la desmoralización estaba relegada principalmente en los conventos de hombres; que en los de monjas sólo se veía pureza, virtudes y moral ejemplar. S.E. continuó diciendo: «El arzobispo de Bogotá, el señor Caicedo, es un santo varón, un viejo patriota, un hombre de excelentes y sencillas costumbres que vive persuadido de la verdad de su religión y habla de ella con buena fe y sin hipocresía; lo mismo puede decirse del arzobispo de Caracas doctor Méndez; éste es, además, un valiente; con nosotros hizo la guerra en los llanos, y la patria le debe grandes servicios; ambos tienen convicciones y erudición teológica, pero hasta ahí llega su ciencia. Los obispos de Mérida y Popayán, señores Lazo y Jiménez, son hombres muy diferentes. El último ha servido a su rey haciendo atrocidades en Colombia, es el criminal autor de toda la sangre que ha corrido en Pasto y en el Cauca, es un hombre abominable y un indigno ministro de una religión de paz; la humanidad debe proscribirlo. El primero no se ha manchado con tales horrores, no es un gran criminal, aunque sí se ha hecho delincuente para con el Gobierno de la República; ambos son hipócritas y sin fe».
 

Día 7

El Libertador dio orden esta mañana para que se destine al coronel Manuel Muñoz a Guayana, y se le de un pasa porte. Inmediatamente se comunicó aquella orden, y dicho coronel dirigió entonces una solicitud en la que pide licencia absoluta del servicio. S.E. se la concedió.

Todo el día lo ha pasado leyendo el Libertador e hizo comunicar oficialmente su marcha a Bogotá por la Secretaría general.

Después de comer quiso el Libertador ir a pasear a pie, y salimos con Ferguson y Wilson. S.E. inició la conversación sobre sus campañas del año 13 y 14, y nos hizo un rápido bosquejo de ellas. Nos dijo que la primera fue casi una marcha triunfal desde San Cristóbal hasta Caracas; que hubo batallas y combates y que sus tropas salieron siempre victoriosas; que el pequeño número de ellas no le permitió hacer perseguir, sobre sus flancos, las partidas enemigas derrotadas que se retiraban en varias direcciones; que su principal objeto era apoderarse de la capital de Venezuela antes que los enemigos conociesen la debilidad de sus medios de defensa; que en posesión de Caracas pensaba entonces poder aumentar su ejército y oponer fuertes divisiones a los enemigos que durante su marcha se hubieran rehecho en los varios puntos laterales a que se habían retirado; que para esto contaba con un patriotismo y entusiasmo que no había encontrado en Venezuela; con un espíritu nacional que no existía y que no pudo formar; que el amor a la independencia y a la libertad no se habían generalizado todavía, y que, finalmente, el poder español y el respeto y el miedo que les inspiraba, y los esfuerzos del fanatismo arrastraban todavía a los pueblos y los tenían más inclinados a seguir bajo el yugo peninsular, que a romperlo. S.E. siguió diciendo que desde su entrada en Caracas, en agosto del año 13, hasta fines de dicho año, hubo, en varios lugares, muchos sucesos de armas, los unos prósperos y los otros adversos, y todos muy sangrientos; que su ejército se desanimaba cada día más al ver que Venezuela era para él una especie de Vandee; que por todas partes encontraba enemigos; que se le negaba toda clase de recursos, mientras los españoles recibían auxilios voluntarios en todos los pueblos; que los enemigos ocultos de la independencia eran muy numerosos, y que un refuerzo español de más de 1.200 hombres veteranos, llegado de Puerto Cabello, vino a reanimar todas las esperanzas de aquellos; que al principio de la campaña de 1814 se vio rodeado de enemigos; que por todas partes le salían al encuentro divisiones muy numerosas, y que el fuego de la insurrección contra la República se extendió con rapidez en todo el territorio de Venezuela. Aseguró S.E. que ninguna de sus campañas había sido tan penosa, tan peligrosa y tan sangrienta como aquella; que ganada una acción tenía que ir en seguida al encuentro de otras columnas enemigas que se presentaban en otros puntos; que, en fin, los ejército españoles eran entonces en Venezuela como la hidra de la fábula, siempre renacientes; que sólo la ferocidad de los Boyes, Ceballos, Yanes y otros sobrepujaba su actividad y sus esfuerzos; que hicieron milagros para organizar y reorganizar aquellas masas numerosas de caballería que sin cesar volvían a presentarse en nuevos campos de batalla para hacerse derrotar nuevamente; finalmente, que habiendo vencido completamente al ejército español en Carabobo, mandado por el mariscal de campo Cagigal, se creyó ya en la necesidad de adoptar otro plan de campaña, y que, para su realización, tuvo que dividir sus fuerzas en tres divisiones, lo que se efectuó a fines de mayo, destinando una de ellas para obrar en el Occidente, al mando del general Rafael Urdaneta; otra, en los valles de Aragua para defenderlos y cubrir la capital de Caracas, y la tercera sobre Calabozo, contra las fuerzas de Boyes; que su objeto era impedir la concentración del ejército español, desahogar a Caracas y sus cercanías, facilitar la manutención de sus soldados, incomodar la de las columnas enemigas, e impedir que sacasen recursos de las ciudades villas y pueblos tan cercanos de la capital de la República; que él marchó para Calabozo contra Boyes, pero que la numerosa y buena caballería que mandaba dicho jefe fue causa de la derrota que sufrió la división republicana a sus órdenes, el 15 de junio, en La Puerta, cerca de la villa de Cura, y que la pérdida de aquella acción fue causa de la pérdida de la República de Venezuela. Que Boyes, aprovechando su victoria, se apoderó de Valencia en los primeros días de julio y le impidió, con aquel nuevo suceso (al Libertador) e poder unirse con las tropas del general Urdaneta, y le obligó a replegarse sobre Caracas, de donde siguió sobre Barcelona, siempre perseguido por dicho Boyes; que entró en la capital de la República el 7 del citado julio; que desde la ciudad de Barcelona se atrevió a volver, con las reliquias de su ejército, sobre la villa de Aragua, con el fin de intentar su unión con el general Urdaneta, lo que no pudo efectuar por haberse replegado éste sobre la ciudad de Mérida, y haber sido atacado él, en Aragua, por el general español Tomás Morales. Que derrotado por segunda vez tuvo la fortuna de retirarse sobre Cumaná con el general Santiago Mariño, que había peleado en su compañía en las anteriores batallas; pero que el 25 del mismo julio se vio nuevamente forzado a retirarse, no quedándole otros recursos sino los de abandonar a Cumaná y embarcarse para Cartagena con el dolor de ver a toda Venezuela bajo el poder español y la sanguinaria cuchilla del cruel Boves.

Aquella campaña, les aseguro, nos dijo S.E. es la más activa y la más penosa que haya hecho. Sería lástima que todos sus detalles se perdieran para la historia; no sé si tendré tiempo y ánimo para escribirla. Lo que Restrepo dice sobre ella, es inexacto; hay falta de pormenores; hechos truncados, y, por otra parte, el que no es militar, un doctor, no sabe ni puede describir sucesos de armas. Los generales Pedro Briceño Méndez y Diego Ibarra podrían hacerlo con interés y con verdad, pues es cierto que las buenas historias son las que escriben los que han tomado parte en los acontecimientos que relatan, y aquellos generales figuraron en todos ellos, y, aunque jóvenes entonces, han debido quedar bien impresionados de ellos. Lo que los españoles han dicho, o podrán decir, en sus memorias, será todo lo que les es ventajoso, todo lo que es en su honor; y, sin orgullo y con verdad, puedo decir que en ninguna de mis campañas he recogido más laureles que en la del año 14, laureles inútiles, a la verdad, porque se segaron sin buenos resultados; pero que no por esto disminuyen los trofeos de mis soldados. ¡Increíble y lamentable campaña en que, a pesar de tantas y repetidas catástrofes, no sufrió la gloria del vencido! ¡Todo se perdió, menos el honor!»

Día 8

Por la mañana, el Libertador me mandó llamar, y, al llegar, me dijo: «Sin falta saldré mañana para Bogotá, con el proyecto de ir despacio y de detenerme algunos días en el Socorro, y desde allí despacharé al general Soublette para Venezuela. Usted, como antes se lo he indicado, se quedará en esta villa hasta la llegada del señor Castillo y de los demás diputados que con él se han retirado de la Convención; los recibirá y les proporcionará cuantos auxilios puedan necesitar. Creo que no seguirán para Bogotá, y que desde este punto cada uno de ellos irá tomando la dirección de su domicilio, y usted me avisará cuanto ocurra. Además, lo encargo de recoger mi correspondencia y la de la Secretaría general y de dirigírmelas al Socorro con extraordinario, cuidando de que no se extravíe ningún pliego, y de que nadie pueda interceptarlos; hecho esto, y juego que haya regresado del Socorro el general Soublette y se haya puesto en camino para Venezuela, usted seguirá para Bogotá, donde me encontrará».

Parte del día lo pasó el Libertador leyendo la Odisea de Homero, traducida al francés. Por la tarde, fue a despedirse del doctor Valenzuela. Yo sólo lo acompañé, porque los demás estaban ocupados en sus preparativos de viaje; aquella visita fue la única que hizo el Libertador. Al salir de casa del doctor Valenzuela, S.E. quiso continuar el paseo, y se dirigió a las afueras del lugar. A poco rato, y después de haber dicho S.E. algunas cosas del cura Valenzuela, a quien llamó el buen cura de Bucaramanga, S.E. dijo que la disolución de la Convención iba a ponerlo en un cruel embarazo; sin Constitución para gobernar, por que la de Cúcuta era una Carta usada, despreciada y vilipendiada, con la cual no se podrá regir más la nación colombiana; que gobernar la República sin código ninguno era lo peor, no sólo para el pueblo sino para el que se halla a su cabeza; que él, aunque tenga predilección por la Constitución bolivariana, como es natural, siendo obra suya, no cometería la tiranía de darla a Colombia, sin que los mismos pueblos la pidiesen y del modo que Luis XVIII dio su Carta a los franceses; que su situación era difícil y crítica, pero que nada haría sin aconsejarse con todos los patriotas, hombres de luces y de influencias de la capital; que este sería su primer paso al llegar a Bogotá, y que seguiría la opinión de la mayoría, aunque no fuera igual a la suya, pero que pensaba convocar un Congreso general de la Nación, lo más pronto posible, si bien estaba seguro de que para ello habría oposición por parte del general Paéz y Venezuela, y quizá también en el Magdalena, por parte del general Mariano Montilla. «A este último, continuó el libertador, lo convenceré con mis propios motivos porque los comprenderá, y al primero lo engañaré con algún pretexto calculado, pues más fácil es esto que convencerlo con las verdaderas razones. Es un llanero tan tosco, tan artero, tan falso y tan desconfiado, que es preciso conocerlo bien para poder dirigirlo. Montilla, al contrario, es una de nuestras mejores cabezas: genio, talento, luces, sagacidad, todo esto se encuentra en él. Después de Sucre, es el más capaz para mandar la República. Es lástima que sea tan bromista y que lleve esta costumbre aún a los negocios y circunstancias más serias».

Volvió el Libertador a hablar sobre los embarazos de su situación y el flanco que presentaba a sus enemigos para sus ataques, suposiciones y calumnias. «Me encuentro, dijo, en una posición quizá única en la historia. Magistrado superior de una República que se regía por una Constitución que no quieren los pueblos, que la han despedazado, que la Convención ha anulado al declarar su reforma, y cuando dicha Convención se ha disuelto sin hacer dichas reformas y sin dar el nuevo Código por que debía regirse la Nación. Gobernar con la Constitución descreditada, es exponerla a que sea rechazada por los pueblos, lo cual traerá consigo conmociones civiles; dar yo mismo un Código provisional, es usurpar una facultad que no tengo, y al hacerlo, me llamarían, con razón, déspota; gobernar sin Constitución alguna, y según mi voluntad, sería dar margen a que me acusaran, también con justicia, de haber establecido un poder absoluto, y ni puedo, ni quiero, ni debo declararme Dictador. En fin, veremos lo que sobre estas cosas dirán los sabios de Bogotá».

Día 9

El Libertador almorzó temprano, y luego se puso en marcha con todos los de su Cuartel general para ir a dormir a Piedecuesta, distante tres leguas de Bucaramanga. Yo estaba a caballo para acompañar a S.E., pero me dijo: «Usted, coronel, puede ir a desmontarse y ver a su familia que acaba de llegar; por este motivo no quiero que salga conmigo, y lo encargo a usted de saludar, en mi nombre a su señora, a quien no puedo ir a visitar porque estoy ya de marcha». Efectivamente, hacía apenas diez minutos que mi mujer y mis hijos habían venido de Pamplona. Me quedé, pues, para pasar el día con ellos, bien resuelto a ir por la tarde a Piedecuesta para despedirme de S.E., del general Soublette y de mis amigos. Así lo hice, salí a las seis, y a las ocho de la noche llegué a casa del Libertador; quien me recibió con cariño y agradeció mi visita. Hasta las diez hubo gente con S.E. el cual, al parecer, tenía poca gana de ir a descansar. Cuando ya todos los de su casa se habían retirado a dormir, me llevó para su cuarto, y, después de preguntarme, con mucho interés, noticias de mi familia me dio una carta para el general Pedro Briceño Méndez con el fin de que se la entregase a su llegada a Bucaramanga, diciéndome que la había escrito antes de comer, y que por medio de ella informaba a dicho general Briceño de los motivos que había tenido para no aguardar en Bucaramanga la llegada de los diputados que se habían separado de la Convención. Luego el Libertador me dijo: «Me acuerdo que en agosto del año próximo pasado, en este mismo cuarto, tuve con usted y con el general Pedro Briceño Méndez una larga conversación sobre las circunstancias políticas de entonces. Recuerdo, igualmente, que di a usted el despacho o diploma del Busto del Libertador, pero que no pude darle la condecoración porque no la tenía entonces. En mi escritorio tengo una y voy a dársela». Efectivamente, S.E. me dio una medalla de oro muy bien estampada y sobre la cual se ve por el anverso el retrato o busto, en relieve, del Libertador, y sobre el reverso, las armas del Perú. S.E. continuó la conversación diciéndome que seguiría su marcha mañana al amanecer, y que iría a dormir a Los Santos, pequeño pueblo distante cinco o seis leguas de Piedecuesta, en la altura del Chicamocha o Sube, y sobre la ribera derecha de dicho río; que al día siguiente iría a San Gil, y, al otro, a la ciudad del Socorro, de donde me escribiría. «Si yo creyera en los presentimientos, no regresaría a Bogotá, porque algo me está diciendo que allí me pasarán cosas malas y fatales; pero al mismo tiempo me pregunto qué es lo que llamamos presentimientos, y mi razón contesta: un capricho o un extravío de nuestra imaginación, ideas, las más de las veces, sin fundamento, y no advertencias seguras de lo que ha de suceder; porque no doy a nuestra inteligencia, o si se quiere al alma, la facultad de antever los acontecimientos y de leer en lo futuro. Confieso, sin embargo, que en ciertos casos nuestra inteligencia puede juzgar que si hacemos tal o cual cosa, que si damos tal o cual paso, nos resultará un bien o un mal, pero es esto caso aparte y por lo mismo repito que no creo que ningún movimiento, ningún sentimiento interior pueda pronosticarnos con certeza los acontecimientos venideros, por ejemplo, que si voy a Bogotá hallaré allí la muerte, una enfermedad o cualquier otro accidente funesto. No hago caso, pues, de tales presentimientos; mi razón los rechaza, cuando sobre ellos no puede mi reflexión calcular las probabilidades o que éstas están bien en su contra. Sé que Sócrates, otros sabios, y varios grandes hombres, no han despreciado sus presentimientos, que los han observado y han reflexionado sobre ellos, y que, más de una vez han dejado de hacer lo que hubieran hecho sin ellos; pero tal sabiduría yo la llamo más bien debilidad, cobardía o, si se quiere, exceso de prudencia, y digo que tal resolución no puede salir de un espíritu enteramente despreocupado. Dicen que Napoleón ha creído en la fatalidad porque tenía fe en su fortuna, que llamaba su buena estrella; él se ha disculpado de aquella ridícula acusación probando que no era fatalista, y que el haber mentado su estrella no era creer ciegamente en una cadena de destinos prósperos que le estaban reservados. No hacía caso de las predicciones. En el año 12, al pasar el Niemen para abrir la campaña de Rusia, su caballo cayó en la orilla del río, y él sobre la arena; una voz dijo: «Mal presagio, un romano retrocedería». Napoleón no volvió atrás, siguió su campa ña, que fue un desastre para su ejército, para Francia y para él. Mas, ¿qué prueba esto? Nada; la caída fue una casualidad, y sólo un loco, un fanático o un imbécil podría mirarla como un aviso de la Divinidad sobre los fatales resultados de aquella empresa.

«César, al desembarcar, cayó igualmente sobre la arena, en la orilla del mar, en presencia de todo su ejército; pero quedó bien diciendo que voluntariamente se había arrojado al suelo para saludar a la tierra, y así exclamó: « Tierra, te saludo!» Sus hados fueron prósperos a pesar de su caída, que muchos habrían tomado por un funesto presagio.

«Los verdaderos filósofos no hacen caso de los presentimientos, ni creen en los presagios; pero el que manda debe tratar de destruir sus efectos sobre los hombres crédulos, como lo hizo Julio César.


«En el año 17, después de mi segunda expedición sobre Venezuela, y antes de emprender la de Guayana, los españoles me derrotaron en Clarín dos o trescientos reclutas, a cuya cabeza me hallaba, y corrió la voz de que yo era desgraciado y que todo me salía mal. Poco después, estando ya en Guayana, se presentaron los españoles y comprendí que me convenía dar la batalla que me ofrecían; llamé entonces al general Piar, y lo encargué de dirigirla en persona, porque todavía no se había borrado la impresión de mi última derrota; no cedí, en esto, a presentimiento alguno y sólo tuve en mira el de mis oficiales, que hubiera podido influir desfavorablemente en el éxito del combate. Piar ganó la batalla, se borraron las ideas que habían nacido sobre mi mala suerte, volví a dirigir batallas, a ganarlas y a perder algunas, y todos confiaron siempre en mi buena fortuna.

«Sócrates llamaba Demonio a sus presentimientos; yo no tengo tal Demonio, porque poco me ocupo de ellos. Estoy convencido de que los sucesos venideros están cubiertos por un velo impenetrable, y tengo por un imbécil o por un loco al que lleva sus inquietudes más lejos de lo que debe y téme por su vida porque ha tenido tal o cual sueño; porque cierta impulsión aventurera de voluntad, manifestada con la ausencia de su razón, le ha presentado un peligro futuro; porque, en su interior, algo le ha dicho no hacer tal o cual cosa, no ir más adelante y volver atrás, no dar la batalla un viernes o un domingo, sino otro día, no dormir sobre el costado izquierdo sino sobre el derecho, y, finalmente, otras tonterías semejantes. Los pocos ejemplos que se me podrían citar para combatir mi opinión son frutos del acaso y, por lo mismo, no puedo convenceme. Entre millones de presentimientos y de sueños, la casualidad sólo ha hecho que unos muy pocos se hayan realizado, y se citan estos últimos y no los primeros. Centena res de millones han salido fallidos, y no se habla de ellos; un ciento o dos han salido verdaderos, y sólo se citan éstos. Tal es el espíritu humano: amigo y amante de lo sobrenatural y de la mentira, e indiferente ante la Naturaleza y la Verdad».

En esto iba el Libertador, cuando su reloj dio las doce de la noche, y entonces S.E. dijo: «Bastante hemos filosofado, ahora vamos a dormir».

Día 10

A las cinco de la mañana el Libertador estaba ya a caballo, y siguió de Piedecuesta para ir a dormir al pueblo de Los Santos. Me despedí de S.E. y volví para Bucaramanga a almorzar con mi familia.

Por la tarde llegaron de Ocaña unas cartas para S.E., pero eran de fecha atrasada porque venían con un arriero que traía dos cargas de provisiones para el Libertador, es decir, vinos, jamones, encurtidos, etc. Yo me quedé con dichos objetos porque S.E. me lo había ordenado, diciéndome que bebiera a su salud el buen vino que aguardaba y que le enviaba el diputado Juan de. Francisco Martín.

Los motivos de este Diario han sido, como se ha visto en el prólogo, los que presentaran todos los hechos, tanto públicos como privados, todos los discursos y palabras del Libertador durante el tiempo que estuviera cerca de su persona. Ahora estoy separado de él, pero me quedan todavía algunos sucesos por referir, tales como la llegada a esta villa del señor Castillo y de los diputados que vienen con él, y lo que haya hecho la Convención después de la separación de dichos diputados. Todo esto interesa y es también el complemento de lo ocurrido en Ocaña y en Bucaramanga, durante todo el tiempo de la Gran Convención Nacional. Seguiré, pues, mi Diario hasta la conclusión de aquella Asamblea, no día por día, como lo he hecho hasta el presente, sino sólo con las fechas en que haya algo digno de relatarse, y mientras permanezca en esta villa de Bucaramanga.

Como hasta ahora he ido relatando fecha por fecha los discursos y palabras del Libertador, es inevitable que haya habido repeticiones de discursos, de materias y de objetos, como igualmente de personas; pero estos casos no pueden dejar de presentarse en un diario de esta naturaleza, y lejos de ser un defecto son más bien un medio útil para poder juzgar mejor el personaje cuyas palabras se han recogido y se publican, porque así puede examinarse si sus ideas, sus opiniones y sus proyectos han variado con el tiempo y las circunstancias. He creído útil, pues, relatar fiel y correctamente los propios discursos del Libertador, tal como los he oído día por día, sin quitarles nada y sin suprimir, por lo mismo, aquellas repeticiones. Hago esta advertencia porque no la juzgo indiferente, observando, además, que el anaalisis que presento de muchas conversaciones con el general Bolívar, en las cuales había uno o varios interlocutores, no son menos exactas.

Día l4

A las cinco de la tarde llegó a esta villa el comandante Montúfar, diputado por Quito a la Convención, procedente de Ocaña, de donde había salido el 9 del corriente. Habiendo preguntado por el Libertador le informaron que S.E. había partido para Bogotá desde el 9, pero que yo me encontraba todavía en ésta, y entonces el señor Montúfar vino a mi casa. llegando que hubo entró peanísimo, y se manifestó muy sorprendido y descontento por no encontrar al Libertador. Me dijo que llevaba pliegos interesantísimos para él, y que estaba encargado de imponerlo de las ocurrencias de Ocaña; finalmente, me expuso la necesidad en que se hallaba, a pesar del cansancio del viaje, de seguir inmediatamente para ver si podía alcanzar al Libertador en el Socorro. En seguida le hice preparar un buen caballo y se marchó la misma tarde.

Por dicho señor supe que el día 7 de este mes, 19 ó 20 diputados habían presentado una nota o protesta a la Convención relativa a su Oposición; que él había salido de Ocaña el 9 por la tarde, y que sus demás compañeros, con el señor Castillo, debían haber marchado para el pueblo de las Cruces la misma noche, o a la madrugada del día siguiente, y que le habían despachado cerca del Libertador para instruirlo de aquel acontecimiento, y para que S.E. los aguardase en esta villa, donde llegarían todos en pocos días. Me informó también que con dicha separación la Convención había quedado con un número insuficiente de diputados para poder continuar legalmente sus trabajos, y obligada, por consiguiente, a suspenderlos y a disolverse sin haber podido sancionar la nueva Constitución que quería la mayoría; que en Ocaña habían quedado aún algunos otros diputados del partido del señor Castillo, que igualmente se retirarían si fuese necesario; que todo estaba calculado, y que el golpe confundiría al partido demagógico quitándole  todo poder para hacer el mal que estaba preparando a la República; que todos ellos quedarían furiosos y desesperados, pero sin poder hacer nada legítimo ni legal..

Esta relación del comandante Montúfar confirma que el señor Castillo ha puesto en ejecución su proyecto, que lo ha logrado, y que el Libertador va a encontrarse, en efecto, en la situación difícil y crítica que tiene ya calculada. En el Socorro recibirá SE. aquella noticia, y creo que ella precipitará su marcha a Bogotá con el objeto de atender desde allí a la tranquilidad pública y realizar el plan que se ha,  propuesto y de que me habló la víspera de su viaje, es decir, en la noche del 8 del corriente. Puede ser también que al llegar a la capital de la República haga SE. una convocatoria general del pueblo, y esta idea fue la que me permití darle, porque me acordé de la de Caracas de 2 de enero del año 14.

Día 18

Esta noche, como a las siete, he recibido una carta del libertador fechada en el Socorro el 16 del corriente y escrita a las diez de la noche. S.E., entre otras cosas, me dice en ella lo que sigue: «Montúfar, a quien vio usted en esa, ha llegado hoy a las doce y media del día; me ha informado de lo ocurrido en Ocaña, que no comunico a usted porque me ha dicho haberlo hecho él mismo. Pero ¡cosa singular! hacía apenas media hora que estaba con el comandante Montúfar, cuando entró en mi cuarto el coronel Bolívar trayéndome la noticia de un movimiento popular ocurrido en Bogotá el día 13 de este mismo mes, movimiento que produjo un acto por el cual se desconoce la Convención, todo lo que haga o haya hecho y se me nombra Dictador. Así es que en menos de media hora he recibido en esta ciudad dos grandísimas noticias: la de la separación de 20 diputados de la Gran Convención Nacional, que ha debido ser causa de su disolución y la de la revolución en la capital de la República contra la misma.

Convención y los demagogos. Todo esto me obliga a marchar mañana 17 precipitadamente para Bogotá, donde pienso llegar el 20 ó 21 del presente. Allí recibiré las ulteriores noticias de Ocaña, que me interesa conocer. No deje usted de informarme de cuanto llegue a su conocimiento y de enviarme volando las cartas que reciba para mí. El general Soublette no sigue conmigo para Bogotá, y regresa a esa para de ahí seguir a Venezuela. Ya tenemos un desenlace, o bien, un resultado de las locuras de la Convención. Su vergonzosa disolución y los actos populares, porque el de Bogotá va a promover otros en toda Colombia, no es lo que deseaba, porque semejantes sucesos no afirman la República, son, al contrario, golpes que no sólo conmueven sus cimientos sino que echan a perder la moral pública, la obediencia y el respeto de los pueblos, acostumbrán dolos a las inconstancias políticas, a las sediciones y a los excesos populares. Lo que yo anhelaba era una buena Constitución análoga al país y a todas sus circunstancias; un código capaz de afianzar el Gobierno y hacerlo respetar; capaz de dar estabilidad a las instituciones, garantías a todos los ciudadanos y toda la libertad e igualdad legales que el pueblo colombiano es susceptible de recibir en el actual estado de su civilización; finalmente, una Constitución en que los derechos y los deberes del hombre fuesen sabiamente calculados, como igualmente los deberes y facultades de las autoridades. La Convención no lo ha querido; la mayoría de sus diputados, alucinados, los unos por falsas teorías y los otros dirigidos por su maldad y por miras personales, han preferido el desorden al orden, la ilegalidad a la legalidad, más bien que ceder a la razón, a la voz de la Patria y al interés general. Todo esto me confunde, me quita mi energía y enfría hasta mi patriotismo; y, sin embargo, más que nunca necesito de ellos para sobrellevar la pesada carga que está sobre mis hombros».

Muchas veces he oído al Libertador usar de este mismo lenguaje. S.E. ha reconocido, en algunas ocasiones, la utilidad de la Dictadura en Colombia, pero no por eso la quiere. La juzgó necesaria, y aún indispensable cuando un enemigo poderoso y cruel ocupaba la mayor parte del territorio, y cuando para independizarlo era preciso desplegar toda la fuerza y los recursos de que era capaz el país, y cuando para reunirlos y ponerlos en acción era menester la unidad, el vigor, la presteza y el poder; pero conseguida la independencia, libre el suelo colombiano de enemigos exteriores, no quiere el Libertador que los ciudadanos sean regidos por un gobierno dictatorial, sino por un Poder Ejecutivo constitucional. En muchas ocasiones, S.E. ha manifestado con muy buena fe aquella opinión, y varios ejemplos ilustres, tanto en Colombia como en el Perú, apoyan el hecho, el modo de pensar y las miras del Libertador en este asunto. La historia no desmentirá a S.E. sino que, antes bien, comprobará lo que acabo de decir.

Día 21

Hoy se aparecieron los señores diputados José María del Castillo, Juan de Francisco Martín, el doctor Aranda y el general Pedro Briceño Méndez, quienes me confirmaron los detalles que el comandante Montúfar me había dado. Me enseñaron, igualmente, el manifiesto que han redacta do para dirigirlo a la Nación en justificación de su conducta, y como exposición de los motivos que los 20 diputados han tenido para pararse y para protestar contra la mayoría de la Gran Convención, cuyas miras y proyectos eran la ruina y disolución de la República. El señor Castillo me habló de aquella separación como de la ejecución de un proyecto sabiamente concebido y calculado, y como de una victoria completa y espléndida ganada por un pequeño ejército sobre uno muy numeroso, muy veterano y muy aguerrido en el arte de la intriga, agregando que la estrategia y táctica del primero habían sido mejores y habían dado el triunfo aunque abandonando el terreno al enemigo. Todos me hablaron mucho del Libertador y del sentimiento que tenían de no haberlo encontrado.

Al general Briceño le entregué la carta de S.E. en que le dice los motivos privados que ha tenido para no aguardar su llegada a Bucaramanga. Briceño convino en que el Libertador había tenido razón y en que, efectivamente, no debía aguardar la llegada de los 20 diputados en esta villa. Me dijo, además, que todos ellos pensaban en separarse y seguir cada uno para su casa; que él aguardaría la llegada del general Soublette para seguir con él y el doctor Aranda hasta Caracas. «Los demagogos son muy osados, me dijo el general Briceño, y nos están preparando un porvenir funesto. Sólo la actitud de Venezuela podrá contener a los de Nueva Granada; ¡pero desgraciada la pobre Colombia si el fuego revolucionario vuelve a encenderse en Venezuela donde hay tantos combustibles! No sé yo lo que hará el Libertador, y no sabría tampoco qué consejo darle en tales circunstancias. Santander es un gran malvado que tiene las peores intenciones, excesiva es su ambición al mando y la oculta con la apariencia de su enemistad contra el Libertador, y ésta es coloreada con motivos supuestos de liberalismo, de libertad, de interés público, ¡pero para Santander la sed de mando es todo, sus principios son el poder y la avaricia, y para él todos los medios son buenos con tal de subir al primero y satisfacer la segunda!»

Día 22

Por la mañana llegó el general Soublette, y por la tarde llegaron casi todos los demás diputados, compañeros del
señor Castillo. El general fue inmediatamente conmigo a visitar a este último y a los demás diputados. El acercarse a dicho señor Castillo le dijo: - «Lo estoy viendo aquí y todavía no lo creo». - «Cómo, le contestó Castillo, ¿usted entonces no me creía capaz de una resolución firme y decisiva?» - «No tanto como eso, repuso el general; pero no de una determinación igual a la que acaba de ejecutar». Luego hablaron del movimiento popular de Bogotá, y el general Soublette le dio la noticia de lo ocurrido en la capital de la provincia del Socorro el día 17, después de haberse puesto en marcha el libertador, movimiento de igual naturaleza al de la capital de la República. - «Pues la conmoción será general, dijo Castillo, y ella es la universal y soberana sanción de nuestra separación. Ahora el libertador debe resolverse a constituir la Nación y a darle una Carta tal como se desea». El mismo señor nos dijo que dentro de pocos días seguiría para Bogota con los diputados del Sur, y que aconsejaría al libertador la creación de un Consejo de Estado compuesto de individuos de todos los departamentos, Consejo que tendría facultades legislativas, además de las políticas, para aconsejar al Libertador y presentar un proyecto de decretos y reglamentos administrativos, todo esto hasta que las circunstancias del país permitieran la reunión de una nueva Convención nacional. Entonces dije yo a dicho señor Castillo cuál era el proyecto del libertador, y me manifestó que S.E. haría mal en no hacer lo que él podría, porque era el único medio, en las actuales circunstancias, de salvar el país de la anarquía de que estaba amenazado y mantener el orden. «Colombia es un país perdido, continuó el señor Castillo, si prontamente no se trabaja con la mayor actividad y firmeza para desarraigar el mal que está brotando por todas partes, y un solo hombre lo puede hacer, no hay dos, es el Libertador. Mas el celo por su reputación, el temor de la posteridad, lo hacen débil ahora y no quiere ver que sus glorias están  comprometidas al dejar sin afianzar y tambaleando su obra que en consolidarla, aunque para ello sea menester un gran golpe de estado. Lo llamarán tirano, déspota si deja que le arrebaten el bastón del mando, mejor es, pues, conservarlo aunque sea con actos de despotismo y de tiranía; y mejor sería también cambiar aquel bastón por un cetro; un cetro de hierro es el que más le conviene a Colombia.

Día 26

Nada hemos sabido del Libertador desde su salida del Socorro para Bogotá. Mañana marchan para Venezuela los señores general Soublette, Pedro Briceño Méndez y el doctor Aranda, y yo seguiré con ellos hasta Pamplona. Hoy se han puesto en camino para Cartagena los diputados Juan de Francisco Martín, Villavicencio y otros; pasado mañana seguirán para Bogotá los señores Castillo, Valdivieso, Isaza, Merino y otros, de manera que en esta villa cada uno de los diputados venidos con el señor Castillo de Ocaña ha ido tomando el camino de su casa como lo había pensado el Libertador.

Hoy han llegado a ésta algunos de los diputados de la mayoría de la Convención, y por ellos hemos sabido que aquella Asamblea, después de la separación de los veinte, había votado su disolución el 16 del corriente, y que efectivamente, se disolvió el mismo día. Entre los diputados de la mayoría había dos o tres que pertenecían secretamente al partido del señor Castillo sin que los jefes santanderistas lo sospechasen, y por el contrario, tenían en ellos la mayor confianza creyéndolos de los suyos. Uno de aquellos llegó hoy y ha asegurado que antes de separarse de Ocaña los miembros de dicha mayoría, había habido en casa del general Santander unas reuniones secretas de los más exaltados partidarios de la facción demagógica, y que en ellas se había formado el plan de una conspiración general en toda la República, y resuelto su ejecución, encargándose cada diputado del papel que le correspondía, añadiendo que el principal punto del proyecto es el asesinato del Libertador. Que los diputados Santander, Vargas Tejada, Arrublas, Montoya, Merizalde, y otros, están encargados de ejecutarlo en Bogotá; el diputado coronel Hilario López en el Cauca y Popayán; Aranzazu en la provincia de Antioquia; el doctor Márquez en la de Tunja; Azuero y Fernando Gómez, en la del Socorro; Soto y Toscano, en la de Pamplona; Camacho, en Casanare; Tobar, Narvarte, Echezurría, Iribarren y Romero, en Venezuela; finalmente, que todos los nombrados y algunos más se habían com prometido para la ejecución de dicho plan y habían calculado que en el mes de octubre siguiente todas sus disposiciones estarían tomadas y podrían dar el golpe. De todo esto se ha informado al Libertador para que tome las medidas que juzgue convenientes.

Este día es el último del Diario de Bucaramanga, y con él se concluye porque han cesado ya los motivos que había tenido para su reaccion, los cuales eran: a residencia e Libertador en esta villa, mi permanencia cerca de su persona, y la reunión en la ciudad de Ocaña de la Gran Convención Nacional.

S.E., como se ha visto, marchó para la capital de la República el 9 del corriente; la Gran Convención se disolvió el 16 del mismo, y yo sigo mañana para la ciudad de Pamplona; nada, pues, me queda por relatar porque todo lo he dicho con sus fechas respectivas.

Deseo haber llenado mi objeto, que ha sido el de hacer conocer al Libertador, presentándolo a la faz del mundo tal como es, tal como piensa, tal como obra y se maneja, tanto en los negocios públicos como en su vida privada. Además, el cuadro que presento del general Simón Bolívar, no está limitado a mostrarlo tal como piensa en el día, sino tal como ha pensado desde que comenzó su carrera de glorias; yo no soy quién lo ha retratado, sino él quien se ha pintado a sí mismo sin saberlo, y él es también quien ha pintado los muchos personajes que figuran en este Diario, sin creer hacerlo; esta circunstancia presta su carácter de interés y de verdad a todos aquellos retratos tan preciosos para la historia.

Si el Libertador escribiera un día la historia de Colombia o la de sus campañas, o bien, si compusiera sus Memorias o algunas notas sobre los sucesos políticos y militares para servir a la historia de la República, bien seguro estoy de que los hechos que refiero, las personas que diera a conocer, las opiniones que manifestara, y, finalmente, la política que pusiera en evidencia, no tendrían un carácter tan original ni tan verídico como el que brilla en todo lo que he recogido de sus labios y consignado en este Diario. Habría menos fealdad en muchos retratos, más elogios en otros; los hechos y sus motivos tendrían otros colores, serían presentados con más estudio; su política, sus intenciones, sus proyectos y todas sus acciones tomarían otro carácter, porque al redactar todo aquello, observaría que estaba escribiendo para el público, para la posteridad, y que sin querer decir mentiras no vería tampoco la necesidad de decir todas las verdades, y nada más que la verdad, mostrándola enteramente desnuda, como aparece en este Diario.

Si el general Bolívar viera mi Diario, así como Napoleón veía el que redactaba el conde de Las Casas, cuántas cosas borraría, cuántas corregiría y cuántas añadiría, cuán sorprendido y arrepentido se sentiría de haber dicho tales o cuales verdades que sin su voluntad han sido recogidas y, sin ella también, van a ocupar el público y a hacerse propiedad de la Historia y herencia de la posteridad. Si lo viera impreso, cuál sería su sorpresa y su pesar de haber sido cogido in fraganti, de verse presentado al público, al mundo entero sin veló ninguno y enteramente desnudo: de ver sus opiniones públicas y privadas, su conducta exterior e interior, sus proyectos, sus ideas, sus palabras y hasta sus extravíos y locuras en posesión del pueblo, y correr los dos hemisferios. Todo esto, pues, hace el mérito y recomienda el Diario de Bucaramanga.

FIN

La que precede es copia del original, fiel y literalmente sacada, y terminada en Caracas hoy viernes 22 de mayo de 1863.
 

anterior | índice