Dia 11
Hoy, domingo, el Libertador fue solo a misa, contra su
costumbre, porque siempre nos mandaba a llamar para que lo
acompañáramos, cuando estábamos ausentes. Durante el tiempo que ha
permanecido en Bucaramanga no ha dejado una sola vez de ir a la
iglesia en los días de fiesta, y el cura tiene destinado a un
padrecito muy expedito para que diga la misa a que asiste S.E. No
hay hora fija para la misa, antes o después del almuerzo, según el
deseo del Libertador, y aquella misa es muy concurrida, porque
todos quieren ver a S.E. y vienen muchos campesinos con ese único
objeto.
Después del mediodía, y antes de la comida, vino S.E. a casa del
general Soublette, donde estábamos todos reunidos; se recostó en
una hamaca que está en medio de la sala que sirve de oficina, y se
puso a conversar con muy buen humor y mucha familiaridad. Se quejó
de lo larga que había sido la misa, como para excusarse de no
habernos mandado a llamar para acompañarlo. Inició después una
larga conversación sobre la nobleza de Caracas pasándola toda en
revista. Habló del general de división Francisco Rodríguez Toro
diciendo que hacía más mérito de su título de marqués que del de
general; dijo que era uno de sus mejores amigos y que merecía toda
su confianza. "El marqués, prosiguió, es el prototipo de la
franqueza, de la amenidad y de la jovialidad de nuestros buenos
antepasados; es verdaderamente noble en sus sentimientos, en su
conducta, como lo es por el nacimiento; nadie más generoso, más
servicial y mejor amigo; es el Epicuro caraqueño; su mesa es la de
un gourmet y está puesta no sólo para todos sus numerosos amigos
sino también para cualesquiera personas decentes que vayan a
visitarlo; todos los días hay reuniones de amigos en su casa, y es
su gusto obsequiarles con la mayor naturalidad".
Sostuvo en seguida S.E. que el general Sucre es de familia noble
y antigua, y que es falso lo que se ha dicho sobre su
nacimiento.
Salimos de casa del general Soublette para ir a comer. El buen
humor del Libertador continuó durante toda la comida. Varió la
conversación muchas veces, y hasta nos refirió parte de la historia
de Lope de Aguirre y de su muerte, escogiendo los pasajes y rasgos
más interesantes y heroicos. Contó también algo de la historia de
un gobernador español, Garcí González, cuyo apellidó se dio a una
fruta descubierta en Venezuela por un indio. Los hechos heroicos
los cuenta el Libertador con mucha vivacidad y mucho fuego, y son
los que más le gusta contar.
La conversación se hizo después general; pero interrumpiéndola
S.E. como inadvertidamente, y observando que el tiempo estaba
lluvioso, dijo: " se va a poner en marcha con este tiempo? Es mejor
quedarse aquí, y así no descontentaré a nadie, pues me llaman de
Bogotá, de Caracas, de Cartagena, y hasta de Ocaña, y no puedo
complacerlos a todos"
Toda la tarde, después de la comida, y hasta las nueve de la
noche, dimos un largo paseo a caballo, y luego estuvimos en
tertulia donde el cura con el Libertador. Vuelto a casa S.E. habló
de nuevo del general Sucre, y nos hizo el retrato siguiente del
presidente de Bolivia: "Sucre es caballero en todo; es la cabeza
mejor organizada de Colombia; es metódico; capaz de las más altas
concepciones; es el mejor general de la República, y el primer
hombre de Estado. Sus ideas son excelentes y fijas; su moralidad,
ejemplar; grande y fuerte su alma. Sabe persuadir y conducir a los
hombres; los sabe juzgar, y si en política no es un defecto el
juzgarlos peores de lo que son en realidad, el general Sucre tiene
el de manifestar demasiado los juicios desfavorables que hace de
ellos. Otro defecto del general Sucre es el de querer mostrarse en
extremo sencillo, muy popular, y el de no saber ocultar que en
realidad no lo es. ¡Pero que ligeras manchas sobre tantos méritos,
tantas virtudes que no se muestran, y que para verlas es menester
un ojo muy observador! A todo esto añadiré que el Gran Mariscal de
Ayacucho es valiente entre los valientes, leal entre los leales,
amigo de las leyes y no del despotismo, partidario del orden,
enemigo de la anarquía, y, finalmente, un verdadero liberal".
Poca gana tenía el Libertador de ir a dormir, y continuó
conversando. Habló de la masonería, diciendo que también él había
tenido la curiosidad de hacerse iniciar para ver de cerca lo que
eran aquellos misterios, y que en París se había recibido de
Maestro, pero que aquel grado le había bastado para juzgar lo
ridículo de aquella antigua asociación; que en las Logias había
encontrado algunos hombres de mérito, bastantes fanáticos, muchos
embusteros y muchos más tontos burlados; que todos los masones se
asemejan a los niños grandes jugando con señas, morisquetas,
palabras hebraicas, cintas y cordones; que, sin embargo, la
política y los intrigantes pueden sacar partido de aquella sociedad
secreta; pero que en el estado de civilización de Colombia, de
fanatismo y de preocupaciones religiosas, no era político valerse
de la masonería, porque para hacerse él de algunos partidarios en
las Logias se hubiera atraído el odio y la censura de toda la
Nación, movida entonces contra él por el clero y los frailes que
habrían aprovechado aquel pretexto; que, por lo mismo, poco podía
hacerle ganar la masonería, y mucho perder en la opinión.
Día 12
El correo de Venezuela llegó por la mañana, y S.E. pasó parte de
ella en revisar su correspondencia y algunos impresos. Entré a su
cuarto y le hallé todavía con papeles en la mano dos horas después
de la llegada de dicho correo. Iba a retirarme, cuando me dijo que
siguiera, que ya había concluido. "Las cartas de Caracas me
afligen, dijo; todas me hablan de la miseria del país y del estado
de muerte en que se encuentran los negocios mercantiles y la
agricultura. Sólo el general Páez no me dice nada de todo esto,
seguramente porque los suyos, sus negocios, están en buen estado, y
porque poco le importa la pobreza pública. Lea su carta y verá cuán
llena está de grandes sentimientos, de amistosas protestas, de
consagración a mi persona, y de tantas otras cosas que no están
tampoco en su corazón y sí sólo en la cabeza del que ha escrito su
carta, bien que Páez le haya dicho ponga esto y estotro y que el
redactor la haya compuesto a su gusto. El general Páez, mi amigo,
es vano y ambicioso; no quiere obedecer sino mandar, sufre al verme
más arriba que él en la escala política de Colombia, no conoce su
nulidad, y el orgullo de la ignominia le ciega. Siempre será una
máquina de sus consejeros, y las voces de mando sólo pasarán por su
boca, pero vendrán de otra voluntad que la suya; yo lo conceptúo
como al hombre más peligroso para Colombia, porque posee medios de
ejecución; tiene resolución, prestigio entre los llaneros, que son
nuestros cosacos; puede llegar el día que quiera apoderarse de la
plebe y de los negros y zambos. Este es mi temor, que a muy pocos
he confesado, y que digo a usted muy en reserva."
Estaba siguiendo la conversación con S.E. cuando entró el
coronel Santana, secretario particular. El libertador le dio varias
cartas, le explicó lo que debía contestar a cada una y le ordenó
que se las llevara a su casa. S.E. le habló con un tono muy seco,
habiendo observado yo, de dos días atrás, una gran reserva de parte
de Santana y mucha frialdad de parte del Libertador. Salido el
secretario particular, y después de haber dado dos o tres vueltas
por el cuarto, sin hablar, S.E. tomó la palabra diciéndome: que la
apatía de Santana era increíble, que no había un hombre más deja.
do ni más interesado, lo cual era extraordinario. "Todo es frío en
Santana, continuó el Libertador; su espíritu, su corazón y su
cuerpo participan de aquella indolencia moral. Sólo su memoria
tiene alguna actividad y suple en él la falta de ideas y de
imaginación. Su humor es melancólico, y Santana es ya un joven
misántropo. La sensibilidad excesiva que se observa en él viene de
la debilidad de los nervios, y es, por consiguiente, una afección
física y no una calidad moral. Es tímido, por esto, como por falta
de mundo; nadie más abandonado con su persona, pues vive en
permanente desaseo. Tiene algo de cínico, pero nada de la filosofia
de Diógenes, porque ama el dinero, le gusta la buena mesa y es un
glotón insaciable. No es militar, aunque viste el uniforme, y no
veo qué destino civil se le podría confiar en razón de su
indolencia canónica y de su ninguna experiencia en los negocios
públicos; pero sabe guardar un secreto, y esta es una cualidad que
he sabido apreciar. Tal es Santana". Llamaron al Libertador para
comer, y fuimos todos a sentarnos a la mesa. La conversación doró
sobre Venezuela, y S.E. dijo algo de lo que le decían las cartas
particulares que había recibido; habló de algunos arreglos civiles
y militares hechos por el jefe superior de Venezuela, y de las
nuevas protestaciones de amistad del general Páez, como igualmente
del mal que le decía del general Santander y de la Convención, lo
que, efectivamente, había visto yo en la carta que me había hecho
leer.
Después de comer no salió el Libertador: trabajó una hora con el
general Soublette en ver la correspondencia oficial que había
venido de Venezuela y en dar sus resoluciones. En seguida dictó
varias cartas particulares, que escribió su edecán A. Ibarra, y
dejó el trabajo para ir a acostarse.
El Libertador tiene el talento de hacer el retrato moral de una
persona; su criterio es seguro, sus pinceladas rápidas, enérgicas y
verdaderas. En pocas palabras hace conocer al individuo de quien se
ocupa; tengo anotadas algunas de aquellas pinceladas sobre el
general Soublette, pero hasta ahora no he podido obtener un retrato
completo; sin embargo, recogeré todos los retazos, y los daré a su
tiempo.
Día 13
A las siete de la mañana entré en el aposento del Libertador,
que estaba en su cama tomando una taza de té. Me dijo S.E. que
tenía el estómago algo cargado y un gran dolor de cabeza. A poco
rato entró el médico, doctor Moor muy apurado, y S.E. se rió de su
apuro. El doctor Moor recetó un vomitivo con tártaro emético, y el
Libertador dijo que no lo tomaría; entonces el médico aconsejó
continuar con el té y se retiró. "Este doctor, dijo S.E., está
siempre con sus remedios, y sabe que yo no gusto de drogas de
botica; pero los médicos son como los obispos: aquellos siempre dan
recetas y éstos bendiciones.
"El doctor Moor está enorgullecido de ser mi médico, y le parece
que esta colocación aumenta su ciencia; creo que, efectivamente,
necesita de tal apoyo. Es buen hombre, y conmigo tiene una timidez
que perjudica sus conocimientos y sus luces aún cuando tuviese los
de Hipócrates. La dignidad doctoral que se le ve algunas veces, es
un vestido ajeno de que se reviste y le sienta mal. Está engañado
si cree que tengo fe en la ciencia que profesa y en sus recetas; se
las pido a veces para salvar su amor propio y no desairalo; en una
palabra, mi médico es para mi un mueble de lujo y aparato, no de
necesidad; lo mismo que me pasa con mi capellán, a quien he
despedido".
¡Qué exactitud y qué fuerza de colorido en aquel retrato! El
doctor Moor, como dice S.E., es un buen hombre; es médico, como se
ve, del Libertador y además cirujano; tiene el empleo de primer
comandante con grado de coronel; es inglés de nacimiento. S.E.
discurre muy raras veces con él, y el doctor nunca se mezcla en las
conversaciones de la mesa ni de la tertulia.
El Libertador no almorzó, pero se levantó y vino a conversar con
nosotros en la mesa. Al mediodía llegó de Ocaña el coronel Daniel
O'Leary, edecán del Libertador; nada de nuevo trajo de la
Convención; sólo confirmó las anteriores noticias, contando todos
los pormenores de ellas con su modo satírico; aseguró que la
mayoría de la Convención no estaría a favor de Santander, es decir,
por el proyecto de constitución redactado por el doctor Azuero,
sino por el que había redactado el señor Castillo. El coronel
O'Leary había salido de Ocaña el 9 y nos dijo que el comandante
Herrera debía ponerse en marcha el 10 ó el 11 del mismo.
Durante la comida, el Libertador no cesó de hacer preguntas a
O'Leary sobre varios miembros de la Convención y sobre todas las
ocurrencias que había habido; mucho se habló del general Santander
y de los principales corifeos de su partido.
Por la tarde, el general Soublette, unido con su cuñado el
coronel O'Leary, hablaron al Libertador para que se concediese un
pasaporte al coronel Manuel Muñoz, que se hallaba en Ocaña, para
pasar a jamaica; pero después de haberles oído a ambos, que
hablaron a favor de dicho Muñoz, el Libertador les contestó con
mucha sequedad: "No, señores; el coronel Muñoz debe venir a mi
cuartel general a dar cuenta de su conducta, que es criminal;
usted, señor Soublette, dará la orden". En seguida se retiró a su
cuarto.
Dia 14
El Libertador amaneció bueno, y al momento de sentarnos a la
mesa para almorzar, me dijo: "Ya ve usted, coronel, que sin el
emético del doctor me he puesto bueno; y si lo hubiera tomado,
quizás estaría ahora con los humores revueltos y con calentura".
S.E. hizo nuevas preguntas al coronel O'Leary sobre Ocaña y éste,
contestó, llegó a hablar del coronel Hilario López, diputado a la
Convención por la provincia de Popayán, designándolo como uno de
los principales y m ardientes satélites del general Santander.
"López, dijo entonces S.E., es malvado, es un hombre sin delicadeza
y sin honor, es un fanfarrón ridículo, lleno de viento y vanidad;
es un verdadero don Quijote. Lo poco que ha leído, lo poco que
sabe, le hace creer que es muy superior a los demás; sin talento,
como sin espíntu militar, sin valor y sin conocimiento alguno de
la guerrera, se cree capaz de mandan y poder dirigir un ejército.
Todo su saber consiste en el engaño, la perfidia y la mala fe. En
una palabra, es un canalla". El coronel O'Leary hizo la siguiente
pregunta al Libertador: - " qué será entonces, señor, su grande
amigo, el coronel José María Obando? - Más malo que López, peor si
es posible. Es un asesino, con más valor que el otro; un bandolero
audaz y cruel; un verdugo asqueroso, un tigre feroz, no saciado
todavía con toda la sangre colombiana que ha derramado. Por último,
son dos forajidos que deshonran el ejército a que pertenecen y las
insignias que llevan; dos monstruos que preparan nuevos días de
luto y de sangre a Colombia en compañía con su digno amigo, el
obispo de Popayán. después del mediodía llegó el comandante
Bernardo Herrera, que había salido el 11 de Ocaña. dio al
Libertador las siguientes noticias: que la comisión de redacción
debía acabar el proyecto de contestación el 14, y que se había
fijado el día 1 5 para su presentación y decisión; trajo algunos de
sus artículos principales de dicho proyecto, los cuales disgustaron
mucho a S.E.; pero Herrera dijo que la adopción de ellos se
paralizaría con la presentación del proyecto formado por el señor
Castillo, lo que pondrá a los partidos en el caso de entrar en una
transacción y convenir en que una nueva comisión redacte una nueva
constitución, tomando los materiales en los dos citados. "
equivocados están en su diplomacia aquellos señores!, dijo el
Libertador; si tal es su esperanza, es porque están convencidos de
que el partido opuesto al suyo es más numeroso; y si tienen aquella
mayoría, como lo creo, desde mucho tiempo atrás, su ultimátum será
la adopción de su proyecto. Entre dos partidos no hay
composiciones: el más fuerte gobierna al otro, y particularmente en
un caso como el presente cuando se sabe que se desecha la razón,
lo mismo que el interés público, y que sólo imperan las pasiones,
las ideas desorganizadoras, la ambición y el deseo de venganza".
S.E. se retiró para leer sus cartas. No volvió a salir de su cuarto
sino para comer, y entonces habló de las cartas que había recibido,
y que decían lo que había referido el comandante Herrera, y,
además, que la Convención había reelegido para su presidente al
doctor Márquez, y para vicepresidente al doctor Sotoma "personaje
anfibio, dijo S.E; pero más enemigo que amigo mío". Se hizo
entonces la enumeración de todos los diputados partidarios de
Santander. Según Herrera, el número es mucho más crecido que el de
los miembros que marchan con el señor Castillo, y, según O'Leary,
es al contrario. "Alguno se engaña, dijo el libertador, y todo lo
que ha pasado y pasa en Ocaña prueba que los que ven como Herrera
no son los engañados".
El comandante Herrera, así como el coronel O'Leary venían de
Ocaña con el encargo de hablar con el Libertador a favor el coronel
Manuel Muñoz; y, al efecto, le dijeron que dicho coronel les había
confesado hallarse comprometido con el partido de Santander contra
su opinión, y aún contra su voluntad; que nombrado diputado de la
Convención por la parroquia de Panamá, y no calificado por la
junta, había sido nombrado secretario de la Convención por el
influjo del general Santander; que a la verdad había admitido dicho
destino, pero que lo había renunciado después, y que su único deseo
era retirarse a Jamaica.
"No se trata de eso, replicó el Libertador, con indignación;
poco me importa todo lo que ha dicho usted para disculpar al
coronel Muñoz.
"Cuando lo hice nombrar prefecto del departamento del Istmo, y
cuando desde Bogotá lo envié a Panamá, fue para que mantuviese el
orden en aquel departamento, reprimiese los movimientos anárquicos
y contuviese a los
desorganizadores; todo esto me lo prometió y todo lo contrario ha
hecho: se declaró el jefe de los demagogos en
aquel departamento, formó el círculo panameño, e hizo de él una
sociedad de facciosos; me ha calumniado e injuriado en aquel país y
llegado a Ocaña, su conducta no ha sido menos impropia e indecente:
se ha hecho director de las intrigas, ha vuelto a calumniarme, a
desopinar mi gobierno y a sembrar la división; todo lo que toca a
mi persona lo puedo olvidar y perdonar, pero no debo desentenderme
de la falta a sus deberes como militar y como magistrado; los ha
traicionado, y por lo mismo he dado orden al general Soublette para
que le mande venir inmediatamente a mi cuartel general.
Después de comer, el Libertador salió a pasear a pie; Ferguson,
Wilson y yo salimos con él. La primera conversación fue
indiferente; pero luego la varió S.E. y, como pensativo sobre el
negocio de Munoz, dijo: Yo se que es bien difícil ser siempre el
mismo hombre, y que el que no tiene principios invariables no puede
tener conducta uniforme, pero es una fatalidad no haber encontrado
sino ingratos; aquellos a quienes he dispensado más confianza y más
poder, son los que mas me han vendido.
Volviendo del paseo S.E. me dijo que sabía que casi todas las
noches el general Soublette, yo y otros jugábamos la ropilla en mi
casa, y que deseaba que aquella noche se hiciese en la suya porque
tenía ganas de divertirse. Así se efectuó, y se formó un cuarto
compuesto del general Soublette y el comandante Herrera, y del
Libertador conmigo. La partida duró hasta las once, y al
separarnos, S.E. nos dijo que nos aguardaba todos los días a las
siete de la noche para ropillar.
Me alegro de esta circunstancia, porque también en el juego
puede estudiarse al hombre, y para juzgarlo bien es preciso verlo y
observarlo en todas acciones de la vida privada, en su interior,
pues la vida exterior no puede hacerlo conocer. El mariscal de
Catinat decía, con razón, que era menester ser muy héroe para serlo
a los ojos de su criado o ayuda de cámara.
Día 15
Acabado el almuerzo, todos acompañamos a misa al Libertador, y
después fuimos con él a pasar un rato a casa del cura. Sentado S.E.
en la puerta de la calle, vio pasar al oficial Freyre, y me
preguntó por qué no venía a comer a su mesa, como había ordenado;
le contesté que Freyre por timidez y por falta de uso se hallaría
en ella muy embarazado y poco en su lugar, y que por eso no le
había dicho que concurriese a ella. Entonces me preguntó cuál era
la conducta de Freyre, y le dije que era buena. "Pues entonces
usted le dirá de mi parte que venga a comer conmigo". Cumplí con la
orden, aunque con alguna pena, porque sabía que Freyre, ascendido
hacía poco tiempo de la clase de sargento al empleo de subteniente,
tenía todavía aquellos modales soldadescos y, puede decirse,
aquella educación de cuerpo de guardia que le hacía ridículo en la
mesa del presidente de la República. A la hora indicada, llegó
Freyre, y el mismo Libertador le indicó el puesto que debía ocupar,
y en su actitud S.E. vio que efectivamente, aquel oficial no tenía
trato ninguno.
Sucedió durante la comida que el general Soublette dijo:
"Alférez Freyre, páseme tal cosa", entonces el Libertador observo
al general que debía decirle "señor oficial".
Hubo otro incidente: Freyre, para servirse de un plato que estaba
bastante distante de él se puso de pie y estirando el cuerpo y los
brazos se sirvió de dicho plato en el suyo; el Libertador le dijo
entonces: "Señor oficial, no se moleste usted así en servirse;
cuando un plato no está a su alcance, pida al que lo tiene al
frente, porque es menos trabajo". Después de la comida, el
Libertador me dijo: "Es bien rústico su oficial de Estado Mayor,
sin embargo, que venga todos los días a almorzar y comer: le
desbastaremos y haremos su educación".
Casi todo el día el Libertador ha trabajado en su
correspondencia particular, despachando las contestaciones de las
numerosas cartas que ha recibido, con O'Leary y Herrera, de Ocaña y
del Magdalena. No hubo paseo después de la comida por el mismo
motivo, pero hubo ropilla desde las ocho hasta las once de la
noche; la suerte fue favorable a S.E. y a mí. Después del juego, el
Libertador me llamó a su cuarto, y acostándose en su hamaca me dijo
que creía que él y yo jugábamos mejor que el general Soublette y
Herrera, y que a suerte igual ellos no podrían ganarnos. Luego mudó
la conversación y me dijo: "O'Leary ha venido para regresar a
Ocaña, pero yo estoy bien convencido, a pesar de todo lo que me ha
dicho, que su presencia en aquel lugar es inútil y la juzgo más
bien perjudicial; yo no le dejo volver; bastante son los engañados
allá; esta idea me mortifica y no puedo concebir tanta imprevisión
o poco criterio.
Día 16
No salió de su cuarto el Libertador esta mañana, sino para
almorzar, y en la mesa no habló casi. Esta variedad en el humor de
S.E. podría atribuirse a una desigualdad e inconstancia en su
carácter, si el motor principal de ellos no fuera únicamente la
diversidad de los negocios públicos, que continuamente ocupan su
imaginación y le ponen el espíritu triste o alegre. S.E. está
siempre fluctuando entre temores y esperanzas, los que le rodean y
le escriben le mantienen en esa incertidumbre y por eso se nota ese
mal humor, pero, naturalmente, su carácter es jovial.
Después de mediodía el Libertador estaba ya contento y en la
comida se había disipado todas las nubes melancólicas de su
espíritu. Hizo durante ella el elogio del vino, diciendo que es una
de las producciones de la naturaleza más útil para el hombre; que
tomado con moderación fortifica el estómago y toda la máquina; que
es la de alegrar al hombre, aliviar sus penas y aumentar su valor.
Luego S.E., como por casualidad, pasó a hablar de la mantequilla y
dijo: que era un manjar apetecible para muchos; que a él le gustaba
bastante, pero que es muy biliosa; que se necesita de un buen
estómago para digerirla y que produce flemas y bilis. Pero,
contraste notable: S.E. estaba comiendo en aquel momento mucha
mantequilla, o para probar que no es cierto lo que dicen, o que
tiene buen estómago, y tomó poco vino después de haber hablado de
sus virtudes. Cito esto porque lo he hallado singular.
Después de la comida y de un corto paseo a pie, S.E. fue a la
casa del general Soublette donde estuvimos reunidos todos los de la
casa del Libertador. Como de ordinario, SE. tomó la hamaca, que el
general le cedió, y trató de reanudar la conversación que se había
interrumpido a su llegada. Sacó poco después del bolsillo un
impreso de Lima titulado La Prensa. Había en él una proclama del
general Sucre, presidente de Bolivia, que todos hallaron bien
escrita; pero S.E. empezó a analizarla frase por frase y probó que
no tenía todo el mérito que se le suponía. El mismo papel le dio
motivo para hablar del señor Vidaure, a quien pintó como un hombre
de algún espíritu, de conocimientos superficiales y de una grande
in moralidad. Pasó de esto a hablar de un gobierno teocrático,
sosteniendo, con cierta ironía, que es el que más convendría a los
pueblos de la América del Sur, visto su atraso en la civilización,
su corta ilustración, sus usos y costumbres. De allí saltó S.E. a
hablar de Roma; discurrió sobre su antigua república, haciendo ver
la inmensa diferencia de aquella con la de América. Habló luego de
César y de su muerte, haciendo una comparación idéntica entre los
demagogos que asesinaron a aquel y los demagogos colombianos. En
fin, remontó después hasta la antigua Grecia, refiriendo el furor
revolucionario que había reinado en sus varias repúblicas, y
concluyó discurriendo sobre Thales. "No soy el único, dijo el
Libertador, en quitarle el nombre de sabio. Su opinión sobre la
naturaleza de Dios es extravagante, lo mismo que sobre la del alma,
su desprecio por las riquezas, la idea de no casarse por no tener
hijos, y, en fin, esa multitud de otras originalidades con que nos
lo pintan".
El general Soublette, el coronel O'Leary y el comandante
Herrera, viendo al Libertador muy contento, quisieron aprovechar
aquel momento para interceder de nuevo en favor del coronel Muñoz;
mas S.E. estuvo inexorable, y puso fin a la instancia preguntando
seriamente al general Soublette si había ejecutado la orden que le
había dado para la venida de dicho coronel a Bucaramanga.
Salimos luego de la casa del general Soublette y fuimos con S.E.
para su casa a ropillar hasta las diez y media de la noche. Nuestra
partida es bien poco interesada, pues para perder veinte pesos
sería preciso estar muy de malas, y por lo mismo, el amor propio y
no el interés es el único móvil del deseo de ganar. En el juego,
corno en cualquiera otra acción de la vida, el Libertador
manifiesta el fuego de su imaginación, la viveza de su carácter y
aquel ascendiente que tiene siempre sobre todos los demás hombres.
Ganando S.E. es muy chanceador, y se burla con gracia de sus
contrarios; si pierde, se queja del mal juego y se irrita de la
mala suerte, se levanta de su silla, juega de pie y en todas sus
acciones se ve que su amor propio está herido en ver la fortuna
declararse contra él y en favor de los otros. Lo he visto tirar los
naipes, el dinero y abandonar el juego. Esta noche sucedió así,
pero volviendo luego a sentarse dijo: "Vean ustedes lo que es el
juego: he perdido batallas, he perdido mucho dinero, me han
traicionado, me han engañado abusando de mi confianza y nada de eso
me ha conmovido como lo hace una mesa de ropilla; es cosa singular,
que un hecho tan insignificante como es el juego, para el que no
tengo vocación ninguna, me irrite, me ponga indiscreto y en
desorden cuando la suerte me es contraria. ¡Qué desgraciados deben
de ser los que tienen el vicio o furor del juego! Sin embargo,
mañana empezaremos de nuevo y si pierdo, les prometo que estaré más
paciente que esta noche y que tendré toda la calma del general
Soublette para desafiar la mala suerte". Dijo esto riendo y se
retiró a su cuarto.
Día l7
Estando almorzando, el Libertador nos dijo: "La ropilla de
anoche me ha hecho meditar: yo he tenido por circunstancias que
mezclarme en partidas en que se ganaba o perdía mucho dinero, en
juegos de azar tales como el monte, los naipes, o el paro y pinto
de los dados, y me mezclaba en ellos más bien con la idea de perder
que de ganar. En la ropilla no es así: no es dinero lo que jugamos,
sino que cada uno de nosotros pone en el juego su parte de amor
propio, cuenta con su saber, cree tener más habilidad que los demás
y esperanzado con todo eso se halla penosamente desappointé, como
dicen los franceses, cuando la mala suerte destruye todos sus
cálculos y su saber; esto, pues, no sucede con los juegos puramente
de azar, y sí en los de sociedad, donde el saber entra por mucho;
así es que no puedo con sangre fría perder mi amor propio. Ustedes
me ganaron anoche, mas espero tener mi revancha o, para hablar en
castellano, mi desquite".
Con el correo de Bogotá llegado hoy, S.E. recibió cartas en que
le hablan del mal recibimiento que tuvo en Londres el ministro de
Colombia, y del empeño que han tomado los ministros extranjeros en
Bogotá en el negocio del señor Leiderdorf. S.E. se ha manifestado
muy resentido de lo ocurrido en Londres, y se ha expresado
duramente contra el Gobierno inglés y su maquiavelismo. Después
pasó a censurar la conducta de los agentes diplomáticos en Bogotá,
por querer mezclarse en un asunto ajeno de su ministerio, y
concluyó diciendo al general Soublette que diese órdenes para que
no se hiciese caso de dichos empeños, y que sin reparo alguno se
diese cumplimiento a lo resuelto por el Gobierno.
También llegó el correo ordinario de Ocaña, y en las cartas
particulares que recibió el Libertador se le asegura que el
proyecto de Constitución presentado por la comisión será rechazado,
y que se adoptará el del señor Castillo, con pocas modificaciones;
aseguran los mismos corresponsales y amigos del libertador que la
mayoría de la Convención está ya de acuerdo sobre aquel punto, y
ofrecen a S.E. despacharle inmediatamente un extraordinario con el
parte, dicen ellos, de aquella nueva victoria. "Esto, dijo S.E.
después de haber referido la noticia anterior, es más fuerte
excitante que ganar o perder una mesa de ropilla, y, sin embargo,
ustedes me ven quieto y dueño de mí. Aquellos señores están todavía
engañados, y esto no puede Perdonarse al señor Castillo, a Juan de
Francisco y al general Briceño; sin embargo, el primero me dice que
los miembros de la Convención son en número de 69 a 70 y que
cuenta, de un modo seguro, con 38 votos contra 31 ó 32. ¡Ah, señor
Castillo! desde aquí veo y cuento mejor que usted; ¿y cuál será el
bochorno y sonrojo del que se cree nuestro Taileyrand cuando vea
que los Santander, Soto y Azuero lo han bailado como a un niño?
Esto es lo que va a suceder, aunque no lo quiere creer todavía el
señor
O'Leary, uno de los grandes diplomáticos de Ocaña". El coronel
O'Leary, que estaba presente, sonrió, pero nada contestó.
Durante la comida, nada se dijo sobre política, y la conversación
general no ha ofrecido nada interesante que referir. Después de
comer, S.E. se sentó en su hamaca diciendo que no tenía ganas de
pasear; todos se fueron y sólo yo me quedé con él.
Pasamos algunos momentos de conversación en materias filosóficas
sobre el sistema del alma, S.E. dijo que los filósofos de la
antigüedad habían divagado a su gusto alrededor de ella y que
muchos modernos los habían imitado.
"No gusto, continuó, entrar en metafísicas que descansan sobre
bases falsas. Me basta saber y estar convencido de que el alma
tiene la facultad de sentir, es decir, de recibir las impresiones
de nuestros sentidos, pero que no tiene la facultad de pensar,
porque no admito ideas innatas. El hombre, continuó, tiene un
cuerpo material y una inteligencia representada por el cerebro,
igualmente material, y, según el estado actual de la ciencia, no se
considera a la inteligencia sino como una secreción del cerebro;
llámese, pues, este producto alma, inteligencia, espíritu, poco
importa, ni vale la pena disputar sobre ello; para mí la vida no es
otra cosa sino el resultado de la unión de dos principios, a saber:
de la contractilidad, que es una facultad del cuerpo material, y de
la sensibilidad, que es una facultad del cerebro o de la
inteligencia. Cesa la vida cuando cesa aquella unión; el cerebro
muere con el cuerpo, y muerto el cerebro no hay más secreción de
inteligencia.
Deduzca usted de ahí cuáles serán mis opiniones en materia de
Elíseo y de Ténaro o Tártaro, y mis ideas sobre las ficciones
sagradas que preocupan todavía tanto a los mortales". - Esa
filosofía, señor, dije al Libertador, es muy elevada y no veo
muchos hombres en este país capaces de elevarse hasta ella. "El
tiempo, amigo mío, replicó S.E., la instrucción, las
despreocupaciones que vienen con ella, y una cierta disposición en
la inteligencia irán poco a poco iniciando a mis paisanos en las
cosas naturales, quitando les aquellas ideas y gustos por las
sobrenaturales".
Día 18
Esta mañana asistimos todos a misa con el Libertador, quien
desde la víspera había mandado decir al cura que le hiciera
preparar el coro para él y la comitiva; allí estuvimos solos, bien
desahogados y con mucho menos calor que el que habríamos sufrido en
la iglesia.
Antes de comer, S.E. quiso hacer una mesa de ropilla, porque
dijo, no había jugado anoche, y porque no había correo que
despachar. Mientras estábamos en el juego, entró el edecán de
servicio, anunciando a S.E. al cónsul de Holanda que acababa de
llegar de Cartagena, y deseaba ser presentado al presidente de la
República. El Libertador dijo a su edecán que no recibiría al señor
cónsul, que le dijese que siguiera a Bogotá a presentarse al
ministro de Relaciones Exteriores y continuó ocupándose de su
juego. Aquella contestación nos sorprendió a todos; pero el
Libertador no tardó mucho en decir
..................................................
A poco rato volvió el coronel Ferguson a decir a S.E. que el
cónsul había seguido inmediatamente y que nada había querido
aceptar de lo que se le había ofrecido.
Se acabó el juego para ir a comer. El libertador habló de su
familia, porque le hicieron varias preguntas sobre ella; el resumen
de sus contestaciones y de lo que dijo es esto: Que su padre, Juan
Vicente Bolívar y su madre, Concepción Palacios y Sojo, eran
naturales de Caracas; que a su muerte dejaron cuatro hijos,
huérfanos ya en 1790; que los varones fueron Juan Vicente y él,
Simón José Antonio, y las hembras María Antonia y Júana; que la
primera casó con un Clemente, hermano del general, tiene cuatro
hijos, dos varones y dos hembras; que la segunda casó con un
Palacio y sólo le queda una hija casada con el general Pedro
Briceño Méndez; que su hermano Juan Vicente tuvo dos hijos
naturales legitimados, un varón y una hembra, casada con el general
Laurencio Silva; que el número de sus sobrinos y sobrinas es
considerable, así como los hijos de éstos; que él sólo no ha tenido
posteridad, porque su esposa murió muy temprano, y que no ha vuelto
a casarse, pero que no se crea que es estéril o infecundo, porque
tiene prueba de lo contrario.
Después de comer, dimos con el Libertador un largo paseo,
recorriendo las faldas de las alturas de Bucaramanga; volvimos a
desmontarnos y seguimos después a casa del cura. No hubo ropilla
por la noche, y S.E. se retiró temprano; Ferguson y yo nos quedamos
algunos instantes con el Libertador, que nos dijo hallarse bastante
fastidiado en Bucaramanga; que, sin embargo, se quedaría todavía
algún tiempo, pero que pensaba ir a pasear dos o tres días al
campo. Luego dijo S.E. a Ferguson: Usted no se encuentra bien con
O'Leary, y como son paisanos me causa extrañeza. - Ni él conmigo,
contestó Ferguson; creo que mi carácter es demasiado franco para el
suyo. - ¿Y con Wilson?
- Amigos, contestó Ferguson, pero sin una grande intimidad,
porque el orgullo de aquel joven y su presunción en creer saberlo
todo, no puede menos que enfriar la amistad y alejarle a uno de su
persona. - Ellos no conocen sus defectos, dijo el Libertador, y se
hallarían muy mal si estuvieran sirviendo en un cuerpo y no a mi
lado. Siguio la conversación sobre otras particularidades
relativas a las mismas personas, y llegando después a hablar del
teniente Andrés Ibarra, el Libertador dijo: "Aquel joven se parece
en todo al general Diego Ibarra; sólo es menos comunicativo, menos
afable. No ha podido dar pruebas de su valor, pero lo juzgo bravo y
muy valiente; estoy ya seguro de sus sentimientos de lealtad, y de
que sabe guardar un secreto. El tiempo le dará la experiencia que
le falta y su talento hará que temprano se aproveche de ella.
Apostaría que será siempre un militar de honor, fiel a sus deberes
y a la gloria. Ojalá el ejército colombiano tuviera muchos
oficiales con iguales sentimientos, educación y capacidad". En
seguida S.E. dijo al coronel Ferguson que aprovechara el primer
correo para informar al general Flores de todas las noticias de
Ocaña, Cartagena y Venezuela.
Día 19
Esta mañana, en el almuerzo, habló el Libertador con ironía, del
correo extraordinario que debe enviarle el señor Castillo para
anunciarle la adopción de su proyecto de constitución, diciendo que
ya tardaba su venida, pero que él pensaba ir a encontrarlo hasta el
pueblo de Río Negro, donde había determinado pasar dos o tres días.
"Vendrán conmigo, continuó, los que quieran acompañarme y que no
tengan ocupaciones aquí; los que no teman a las culebras, ni a las
calenturas, ni a los zancudos, porque de todo eso se encuentra en
aquel pueblo, hermoso por su situación y la fertilidad de su
suelo".
Todo el día ha estado el Libertador de un humor igual y alegre;
en la comida nos habló de una acción reñida ganada por él en
Ibarra, y la contó de este modo: "Mi primer proyecto no fue atacar
de frente al enemigo en la fuerte posición que ocupaba, pero
habiéndome puesto a almorzar con las pocas y malas provisiones que
tenía entonces, y con la última botella de vino que quedaba en mi
bodega y que mi mayordomo puso en la mesa sin mi orden, mudé de
resolución. El vino era bueno y espirituoso; varias copitas que
tomé , me alegraron y entusiasmaron de tal modo, que al momento
concebí el proyecto de batir y desalojar al enemigo: lo que antes
me había parecido imposible y muy peligroso, se me presentaba ahora
fácil y sin peligro. Empecé el combate, dirigí yo mismo los varios
movimientos y se ganó la acción. Antes de almorzar, continuó el
Libertador, estaba de muy mal humor, la divina botella de madera me
alegró y me hizo ganar una victoria, pero confieso que es la
primera vez que tal cosa me ha sucedido". - Señor, le dije
entonces, si ha sido la primera vez para V.E. no el primer ejemplo,
y a un poco de vino también deben los austriacos la victoria de
Collin. - "Creo haber leído el hecho, pero no me acuerdo, respondió
el Libertador; refiéralo usted"... Durante la expresada batalla, el
coronel Benekendoff, del regimiento del príncipe Carlos, se halla
ha de reserva detrás de una altura con su cuerpo de caballería y
otros regimientos de la misma arma, y situado de modo que veía los
movimientos de los dos ejércitos y sólo oía el ruido de la
artillería. Mientras le llegaban órdenes se puso a almorzar con muy
buena gana, excelentes platos y muy buen vino: creo que el almuerzo
del coronel austriaco era mejor que el del general en jefe en
Ibarra. Apenas había acabado, como S.E., de vaciar su última
botella, cuando le llegó un edecán del general del ejército
trayéndole orden para la retirada, e indicándole el punto sobre el
cual su regimiento y los demás debían pararse y tomar posición. El
coronel subió al momento a la altura y volvió luego con los ojos
encendidos, diciendo: El enemigo viene sobre nosotros; retírense
los que quieran y que los valientes me sigan". Todos le siguieron,
porque todos eran bravos, su regimiento cargó y derrotó una fuerte
masa del enemigo; los otros cuerpos que se hallaban con él hicieron
lo mismo; los que se retiraban volvieron cara y la batalla se ganó,
la que se hubiera perdido si el expresado coronel hubiera cumplido
con la orden de retirarse que acababa de recibir. El gran problema
por resolver, dice el narrador de la historia, es saber si el
coronel Benekendoff hubiera in tentado el golpe referido antes de
haber acabado su última botella; creo que no, continúa el
historiador, y por lo mismo debe atribuirse al vino la victoria de
Collin, ganada por el ejército del señor mariscal Daun, y quién
sabe cuántas otras. - "No hay duda, dijo el Libertador, que el vino
ha hecho ganar varias acciones, pero también habrá hecho perder
algunas; y aunque el verdadero valor no necesita de otro estímulo
que el honor, el cuerpo y el espíritu están mejor dispuestos cuando
el estómago se encuentra fortalecido.
Por la tarde hubo ropilla y duró hasta las doce; S.E. observó
que es un juego fastidioso, que no ocupaba bastante la imaginación;
que su movimiento es lento, y que era preciso hallarse en
Bucaramanga y no saber qué hacer para ocuparse en tal diversión.
Había extrañado que S.E. no hubiese hecho antes aquellas
observaciones, porque a la verdad, la ropilla no es un juego capaz
de ocupar y distraer un espíritu activo como el suyo.
Día 20
Después de almorzar, el Libertador hizo leer al general
Soublette varias cartas particulares que deben ir para Bogotá,
Quito y Caracas, diciéndole que los oficios de que le había hablado
deben expresar las mismas cosas. Ellas hablan del estado de crisis
en que se encuentra la República, de los esfuerzos de los mal
intencionados para trastornar el orden, pervertir la moral y
seducir las tropas, de la vigilancia que debe ejercitarse, del
cuido de la disciplina y de la necesidad de no dejar en los cuerpos
jefes y oficiales de mala conducta y principios; de alejar los
sospechosos y sostener la moral de las tropas. Habiéndome quedado
solo con el Libertador, continuó hablando del contenido de sus
cartas, diciendo que las recomendaciones que hacia eran casi
inútiles con ciertos jefes; que era lo mismo que predicar en el
desierto; que en punto a buena moral era muy difícil darla al que
no la tiene y exigir de éstos que vigilen la de los otros. Atribuye
S.E. la depravación moral que hay en el país a la mala educación, a
la falta de luces y a la pasión del juego, que dice haber en
Colombia. La mala educación, que apaga todo sentimiento de honor,
de delicadeza y de dignidad, facilita el contagio de las malas
costumbres y de los vicios, y aleja del camino de la virtud y del
honor; el juego aumenta las necesidades, corrompe al hombre de
bien, es causa de muchos robos, de seducciones, traiciones y
asesinatos; porque el jugador, para tener dinero, para satisfacer
su pasión es capaz de todo. Siguió diciendo que se debían hacer
grandes esfuerzos para desterrar esa pasión funesta que llegaba
hasta pervertir la disciplina, haciendo que el oficial se reuniese
hasta con los soldados para jugar. Que el general Valdés era uno de
los que más se habían señalado por esa pasión, y por eso era el que
había cometido tantas irregularidades; que Urdaneta, Páez,
Santander, Montilla y tantos otros, son igualmente jugadores, pero
no se comprometen a igual grado, y que aunque decía aquello con
pena de dicho general, también lo consideraba como uno de los más
valientes del ejército, porque todo no ha de ser malo en el
hombre.
Por la noche no quiso S.E. jugar ropilla sino tresillo, diciendo
que era más animado, y se continuó hasta las doce. Todas las noches
mientras estábamos jugando, se tomaba una ligera cena. Nadie entra
a la sala mientras dura la partida, sino el camarero y el edecán de
servicio; por consiguiente, estamos siempre solos S.E., el general
Soublette, Herrera y yo.
Día 21
A las seis de la mañana pasó el Libertador por mi casa y entró a
mi cuarto diciéndome que tenía ganas de pasear y que venía para que
Ferguson y yo le acompañásemos. Yo estaba escribiendo cuando entró
S.E.; mandé avisar al coronel Ferguson que estaba todavía acostado,
y mientras tanto el Libertador se puso a examinar algunos libros de
mi suegro, que están en mi aposento; apartó algunos y me dijo los
enviara para su casa, que quería leerlos. Vino Ferguson y salimos
los tres. Ferguson y yo estábamos de uniforme y el Libertador iba
de paisano como siempre. S.E. empezó la conversación sobre sus
primeras campañas; nos declaró que el principio de su fortuna había
sido una desobediencia a las órdenes expresas del coronel Labatud,
comandante en jefe de las fuerzas del estado de Cartagena, que a
fines del año de 1812, obraban sobre la provincia de Santa Marta;
que aquella acción y otras que siguieron lo hicieron conocer, y
obtener del Gobierno de la Nueva Granada el mando de una expedición
sobre Cúcuta; que en febrero del año de 13 derrotó en San José los
españoles y los persiguió hasta más allá del Táchira, en territorio
de Venezuela, pero que no podía avanzar m sin las órdenes del
Congreso granadino; que éstas le llegaron en junio, y que el 15 del
mismo mes tenía ya su cuartel general en Trujillo, donde declaró la
terrible guerra a muerte, en represalia de la que se le hacía (Aquí
faltan ocho páginas al manuscrito).
Día 22
"orgulloso y simple O'Leary, sigue en la misma opinión, pero que
Juan de Francisco Martín había manifestado por primera vez dudas
sobre lo que antes esperaba; que Aranda, desde mucho tiempo atrás
le decía que la mayoría no estaba con ellos, y que de todos los
amigos que tenía en la Convención era el que le había hablado con
más franqueza y había manifestado más tino y sagacidad. Me ha dicho
igualmente S.E., que los proyectos de Constitución no habían sido
presentados, pero que estaba muy seguro de que el del señor
Castillo sería rechazado, así como la moción relativa a su
llamamiento.
En el almuerzo, el Libertador habló poco y nada de política; se
mostró muy frío con O'Leary quien, habiéndolo advertido, no dijo
una sola palabra. Hasta la hora de comer estuvo S.E. trabajando, en
su correspondencia particular, con el coronel Santana. En la mesa
puso la conversación sobre Ocaña y preguntó al general Soublette lo
que le decían en las cartas que había recibido; éste contestó que
le hablaban de los proyectos de Constitución, no presentados
todavía, y de la moción que había sido rechazada. " ven, dijo
entonces el Libertador, el juicio y la sagacidad de mis amigos en
Ocaña? ¿Quién creerá que dicha moción ha sido hecha sin mi
participación? nadie, y, por consiguiente, lo inconducente de ella,
lo impolítico va a recaer sobre mi persona. Los que la han
aconsejado, hecho y sostenido, son unos imprudentes. También digo
lo mismo de los que la han rechazado porque se ponen en pugna con
todos los que han firmado las actas. Lo digo con franqueza: si
acaso hubiera sido aprobada aquella disparatada moción, yo la
hubiera considerado como una asechanza y me hubiera abstenido de
acogerla". Todo esto lo dijo S.E. con extraordinario
resentimiento.
Después de comer salió el libertador a pasear a caballo, y todos
le acompañamos, menos el coronel O'Leary y el general Soublette.
Ibamos despacio y al cabo de un momento de camino dijo el
libertador: " grandes pensadores son nuestros políticos
colombianos! Soublette y O'Leary estaban por la moción que tanto me
irrita, y ni ellos ni el señor Castillo han pensado que yendo yo
para Ocaña la sala de la Convención podía ser para mí lo que el
Capitolio para César; no porque ninguno de los miembros fuese capaz
de un acto semejante, sino porque no faltarían esbirros para
eso.
Día 23
Esta mañana regresó a Caracas el comandante Bernardo Herrera, a
quien el libertador dio ayer el despacho de primer comandante. S.E.
ha dado a entender esta mañana que se irá pronto. Hoy marchó
igualmente para Ocaña el asistente del coronel O'Leary, con el
objeto de llevar la correspondencia y regresar con el equipaje de
su coronel, que había dejado en dicha ciudad pensando que volvería.
Después de almorzar, el libertador fue a tomar su hamaca y me llamó
para traducir versos franceses al castellano; tomó la Guerra de los
Dioses y la leyó como si fuera una obra escrita en español: lo hizo
con facilidad, prontitud y elocuencia; más de una hora seguí
oyéndole, con el mayor placer, y raras veces me preguntó el
significado de alguna voz. En la comida volvió S.E. a hacer el
elogio de dicha obra; pasó después a elogiar las de Voltaire, que
es su autor favorito;
criticó luego algunos autores ingleses, particularmente a Walter
Scott, y concluyó diciendo que la Nueva Heloisa de J.J. Rousseau no
le agradaba por pesada, pero que el estilo era admirable. Que en
Voltaire se encuentra todo: estilo, grandes y profundos
pensamientos filosóficos, crítica fina y diversión. El tiempo
estaba lluvioso, lo que hizo que el Libertador no saliese a pasear,
pero dijo que le gustaba, a veces, un tiempo de agua y de grandes
aguaceros, porque después de una gran lluvia parecía que la
naturaleza se había renovado. En la noche hubo tresillo con el
Libertador, el general Soublette y yo, porque el comandante Herrera
se había marchado. Después de jugar, S.E. quiso conversar un rato,
habló de su viaje para Bogotá y de que lo resolvería
definitivamente a la vuelta de Río Negro, para donde iría pasado
mañana. Después dijo: "Usted, general Soublette, ¿continúa resuelto
a irse para Venezuela? - Sí señor, contestó el general; y tanto mi
familia como mis negocios personales, enteramente perdidos, exigen
con urgencia mi presencia en Caracas, durante algunos meses.
- Bueno, replicó el Libertador, se le dará a usted una licencia
temporal por seis meses, pero todavía no es tiempo de eso,
esperemos mi salida para Bogotá". En seguida, S.E., dirigiéndose a
mí, se expresó del modo siguiente: "Usted, coronel, estará poco
deseoso de volver para Pamplona con el general Fortoul, porque
aunque usted no me haya hablado de sus disgustos con dicho general,
yo los conozco, y por lo mismo he determinado que usted vaya para
Bogotá; por el momento estará usted en el Estado Mayor general y
después trataré de darle una colocación mejor: tome usted, pues,
sus medidas para esto y envíe a buscar a su señora, que debe
complacerse poco en la soledad del desierto de Pamplona". Después
S.E. nos preguntó si estábamos contentos los dos de su
determinación, porque podrá variarla si teníamos otros deseos; y
habiendo recibido
las gracias, que cada uno de nosotros le dimos, se retiró para su
cuarto.
Día 24
Los correos de Bogotá, del Sur y de Venezuela, llegaron esta
mañana, y las cartas particulares, así como las comunicaciones,
hablan todas del estado de efervescencia de aquellos países y de la
Convención y contra los individuos del partido santanderista que se
hallan en las provincias. Toda la mañana y por la tarde el
Libertador estuvo ocupado en leer y contestar la multitud de cartas
que había recibido, y en la comida habló de su contenido. Después
habló de la servidumbre del pueblo, siempre oprimido por los
militares, clérigos, abogados y doctores y dijo que eso sucedería
aún con la Constitución más democrática, por que depende de la poca
educación y de las costumbres; que en Colombia hay una aristocracia
de rango, de riqueza y de empleos, equivalente por sus pretensiones
a la aristocracia de título y de nacimiento en Europa; pero que las
leyes y la educación irían poco a poco estableciendo el equilibrio
social.
Por la noche hubo el constante tresillo, hasta las once y media.
Al retirarse para su cuarto, S.E. nos dijo que mañana no iría a Río
Negro, como lo había pensado, pero que el lunes o el martes, sin
falta, se pondría en camino; que mañana era domingo y que nos
aguardaba temprano para ir a misa. Salí de allí con el general
Soublette y éste me dijo que el Libertador no se quedaría dos días
en Río Negro sin cansarse o seguir para Bogotá, y que él no quería
que quedase nada pendiente en su despacho, por lo que no
acompañaría a S.E. en su paseo.
Día 25
El Libertador quiso esta mañana almorzar temprano, después de lo
cual fuimos todos a misa con él, colocándonos, como el domingo
anterior, arriba, en el coro, donde el cura había mandado situar
otros asientos; la iglesia estaba llena. Al momento de alzar, una
mujer cayó desmayada; los que la rodeaban se afanaron de tal suerte
que en un instante el pavor se apoderó de todos los que estaban en
el templo y se armó un bullicio extraordinario. El populacho se
precipitó hacia la puerta, creyendo que el motivo del desorden era
un temblor de tierra. Desde el coro vimos el tumulto sin saber la
causa y creímos igualmente que la tierra había temblado, lo que nos
hizo espontáneamente correr hacia la escalera; pero viendo que el
Libertador no se había movido de su lugar, volvimos a ponernos a su
lado. El padre que consagraba no abandonó el altar, donde se había
quedado solo, y continuó su misa tan luego como vio que volvían a
entrar los que el miedo había hecho salir. S.E. estuvo leyendo todo
aquel tiempo, sin decir una palabra a nadie, sino al coronel
Ferguson a quien envió a informarse del motivo verdadero del
alboroto. Antes de entrar en la iglesia, el Libertador había pasado
por casa del cura, tomó de su mesa un tomo de la biblioteca
americana, y eso era lo que estaba leyendo.
Aquel acontecimiento fue, sin embargo, de naturaleza capaz de
causar espanto, pero el Libertador permaneció impasible, y eso nos
dio a todos vergüenza, porque todos nos habíamos levantado para
huir de la iglesia. El Libertador vio en nuestros semblantes el
sentimiento que nos sonrojaba, y tuvo la delicadeza de no decir ni
una palabra sobre aquello; cuando volvió el edecán, le oyó y no
contestó nada. He referido este hecho porque pinta algo su
carácter.
Después de misa, el comandante Wilson y yo nos quedamos con el
Libertador en su casa. S.E. nos habló sobre su expedición en la
provincia de Guayana, en el año 17; de lo peligrosa y útil que
había sido; nos la presentó como el único proyecto que entonces
debiera adoptarse para formar una base de operaciones, concentrar
el mando, reunir todos los medios de acción dispersos y establecer
unidad, sin lo cual nada de provecho podía hacerse. Que hasta
entonces se habían consumado grandes esfuerzos de parte de los
patriotas, pero sin ningún o muy pequeño resultado; que lo que él
quería y trataba de lograr era uno de aquellos grandes
acontecimientos que fuerzan la opinión de todo un país en favor del
vencedor y contra el vencido, y establecen un espíritu nacional,
sin el cual nada puede crearse estable en política. En aquella
época, su nombre era ya conocido, su reputación se hallaba
establecida, pero no como lo quería y era necesario para llegar a
dominarlo todo y lograr independizar enteramente el país, hacerlo
libre y constituirlo bajo el sistema central; que la muerte del
general Piar fue entonces una necesidad política y salvó al país,
porque sin ella iba a empezar la guerra civil de las castas, y, de
consiguiente, el triunfo de los españoles. Que el general Mariño
merecía la muerte como Piar por su defección, pero que su vida no
presentaba los mismos peligros y que, por eso, la política pudo
ceder a los sentimientos de humanidad y aún de amistad por su
antiguo compañero. "Las cosas han mudado de aspecto, continuó
diciendo el Libertador; entonces, la ejecución del general Piar,
que fue el 16 de octubre de 1817, bastó para destruir la sedición:
fue un golpe de estado que desconcertó y aterró a todos los
rebeldes, desopinó a Mariño y su congreso de Cariaco, puso a todos
bajo mi obediencia, aseguró mi autoridad, evitó la guerra civil y
la esclavitud del país, me permitió pensar y efectuar la expedición
de la Nueva Granada y crear después la República de Colombia: nunca
ha habido una muerte más útil, más política y, por otra parte, más
merecida. En el día, la ejecución del jefe del partido que trabaja
por la destrucción de Colombia, no tendría buenos resultados; la
demagogia es como la hidra de la fábula: se le corta una cabeza y
le nacen cien; ni la guillotina de Robespierre sería suficiente
para destruirla y, por otra parte, mi nombre no debe figurar en la
historia de Colombia como el de Monteverde, de Boyes, de Morillo
¡qué digo!; ellos fueron los verdugos de los enemigos de su rey, y
yo lo sería de mis compatriotas. Por esto repito que las cosas han
variado: la muerte de un criminal en 1817 fue suficiente para
asegurar el orden y la tranquilidad, y ahora, en 1828, no bastaría
la muerte de muchos centenares".
En la comida, la conversación mudó de tema; habló de la
república de Bolivia, de su extensión, clima, población y recursos.
El Libertador dijo que el código que le había dado, si se sabe
conservar, hará la felicidad, la grandeza y libertad verdadera de
aquel país; se extendió sobre todo lo que, según él, tiene de bueno
aquella constitución, y criticó igualmente algunos de sus
artículos; después pasó a comparar los nombres de Bolivia y
Colombia, y sostuvo que aunque el último es muy sonoro y muy
armonioso, lo es mucho más el primero; los analizó, separando las
sílabas y comparando las unas con las otras. "Bo, dijo, suena mejor
que co; li es más dulce que lom, via más armonioso que bia". Luego
S.E. cambió de materia y habló del congreso de Panamá, de aquella
reunión de plenipotenciarios de todas las naciones independientes
de la América del Sur, antes española, a cuya cabeza está Colombia.
"Algunos han dicho, y otros creen todavía, dijo S,E., que aquella
reunión de plenipotenciarios americanos es una imitación ridícula
del Congreso de Viena, que produjo la Santa Alianza europea: se
engañan los que lo creen así, y también se ha engañado más que
nadie el abate de Pradt con las bellas cosas que ha dicho sobre
aquel Congreso, y ha proba do que no conoce la América y su
verdadero estado social y político. Cuando inicié aquel Congreso
por cuya reunión he trabajado tanto, no fue sino por una
fanfarronada que sabía no sería coronada, pero que juzgaba ser
diplomática y necesaria para que se hablase de Colombia, para
presentar al mundo toda la América reunida bajo una sola política,
un mismo interés y una confederación poderosa. Lo repito, fue una
fanfarronada igual a mi famosa declaratoria del año de 1818,
publicada en Angostura el 20 de noviembre de 1820, en la que no
sólo declaraba la independencia de Venezuela, sino que desafiaba a
la España, a la Europa y el mundo. No tenía entonces casi ni
territorio, ni ejército y llamé Junta Nacional a algunos individuos
militares y empleados que tomaban el nombre de Consejo de Estado
cuando se reunían para tratar algunos negocios que yo había
resuelto ya, pero que tomaban más fuerza, al parecer que habían
sido discutidos en Consejo de Estado. Con el Congreso de Panamá he
querido hacer ruido, hacer resonar el nombre de Colombia y el de
las demás repúblicas americanas; desalentar a España, apresurar el
reconocimiento que le conviene hacer y, también, el de las de más
potencias europeas, pero nunca he pensado que podía resultar de él
una alianza americana, como la que se formó en el Congreso de
Viena. Méjico, Chile y la Plata no pueden auxiliar a Colombia, ni
ésta a aquellos; todos los intereses son diversos, excepto el de
independencia; sólo pueden existir relaciones diplomáticas entre
ellas, pero no estrechas relaciones sino en apariencia.
El fundamento de mi carácter reside en la médula de mishuesos.
Yo siento que la energía de mi alma se eleva,
se ensancha y se iguala siempre a la magnitud de los peligros. Mi
médico me ha dicho que mi alma
necesita alimentarse de peligros para conservar su juicio. Yo soy
el genio de las tempestades.
BOLIVAR
(Bucaramanga, 4 de junio 1828)