INDICE

Dia 11

Hoy, domingo, el Libertador fue solo a misa, contra su costumbre, porque siempre nos mandaba a llamar para que lo acompañáramos, cuando estábamos ausentes. Durante el tiempo que ha permanecido en Bucaramanga no ha dejado una sola vez de ir a la iglesia en los días de fiesta, y el cura tiene destinado a un padrecito muy expedito para que diga la misa a que asiste S.E. No hay hora fija para la misa, antes o después del almuerzo, según el deseo del Libertador, y aquella misa es muy concurrida, porque todos quieren ver a S.E. y vienen muchos campesinos con ese único objeto.

Después del mediodía, y antes de la comida, vino S.E. a casa del general Soublette, donde estábamos todos reunidos; se recostó en una hamaca que está en medio de la sala que sirve de oficina, y se puso a conversar con muy buen humor y mucha familiaridad. Se quejó de lo larga que había sido la misa, como para excusarse de no habernos mandado a llamar para acompañarlo. Inició después una larga conversación sobre la nobleza de Caracas pasándola toda en revista. Habló del general de división Francisco Rodríguez Toro diciendo que hacía más mérito de su título de marqués que del de general; dijo que era uno de sus mejores amigos y que merecía toda su confianza. "El marqués, prosiguió, es el prototipo de la franqueza, de la amenidad y de la jovialidad de nuestros buenos antepasados; es verdaderamente noble en sus sentimientos, en su conducta, como lo es por el nacimiento; nadie más generoso, más servicial y mejor amigo; es el Epicuro caraqueño; su mesa es la de un gourmet y está puesta no sólo para todos sus numerosos amigos sino también para cualesquiera personas decentes que vayan a visitarlo; todos los días hay reuniones de amigos en su casa, y es su gusto obsequiarles con la mayor naturalidad".

Sostuvo en seguida S.E. que el general Sucre es de familia noble y antigua, y que es falso lo que se ha dicho sobre su nacimiento.

Salimos de casa del general Soublette para ir a comer. El buen humor del Libertador continuó durante toda la comida. Varió la conversación muchas veces, y hasta nos refirió parte de la historia de Lope de Aguirre y de su muerte, escogiendo los pasajes y rasgos más interesantes y heroicos. Contó también algo de la historia de un gobernador español, Garcí González, cuyo apellidó se dio a una fruta descubierta en Venezuela por un indio. Los hechos heroicos los cuenta el Libertador con mucha vivacidad y mucho fuego, y son los que más le gusta contar.

La conversación se hizo después general; pero interrumpiéndola S.E. como inadvertidamente, y observando que el tiempo estaba lluvioso, dijo: " se va a poner en marcha con este tiempo? Es mejor quedarse aquí, y así no descontentaré a nadie, pues me llaman de Bogotá, de Caracas, de Cartagena, y hasta de Ocaña, y no puedo complacerlos a todos"

Toda la tarde, después de la comida, y hasta las nueve de la noche, dimos un largo paseo a caballo, y luego estuvimos en tertulia donde el cura con el Libertador. Vuelto a casa S.E. habló de nuevo del general Sucre, y nos hizo el retrato siguiente del presidente de Bolivia: "Sucre es caballero en todo; es la cabeza mejor organizada de Colombia; es metódico; capaz de las más altas concepciones; es el mejor general de la República, y el primer hombre de Estado. Sus ideas son excelentes y fijas; su moralidad, ejemplar; grande y fuerte su alma. Sabe persuadir y conducir a los hombres; los sabe juzgar, y si en política no es un defecto el juzgarlos peores de lo que son en realidad, el general Sucre tiene el de manifestar demasiado los juicios desfavorables que hace de ellos. Otro defecto del general Sucre es el de querer mostrarse en extremo sencillo, muy popular, y el de no saber ocultar que en realidad no lo es. ¡Pero que ligeras manchas sobre tantos méritos, tantas virtudes que no se muestran, y que para verlas es menester un ojo muy observador! A todo esto añadiré que el Gran Mariscal de Ayacucho es valiente entre los valientes, leal entre los leales, amigo de las leyes y no del despotismo, partidario del orden, enemigo de la anarquía, y, finalmente, un verdadero liberal".

Poca gana tenía el Libertador de ir a dormir, y continuó conversando. Habló de la masonería, diciendo que también él había tenido la curiosidad de hacerse iniciar para ver de cerca lo que eran aquellos misterios, y que en París se había recibido de Maestro, pero que aquel grado le había bastado para juzgar lo ridículo de aquella antigua asociación; que en las Logias había encontrado algunos hombres de mérito, bastantes fanáticos, muchos embusteros y muchos más tontos burlados; que todos los masones se asemejan a los niños grandes jugando con señas, morisquetas, palabras hebraicas, cintas y cordones; que, sin embargo, la política y los intrigantes pueden sacar partido de aquella sociedad secreta; pero que en el estado de civilización de Colombia, de fanatismo y de preocupaciones religiosas, no era político valerse de la masonería, porque para hacerse él de algunos partidarios en las Logias se hubiera atraído el odio y la censura de toda la Nación, movida entonces contra él por el clero y los frailes que habrían aprovechado aquel pretexto; que, por lo mismo, poco podía hacerle ganar la masonería, y mucho perder en la opinión.

Día 12

El correo de Venezuela llegó por la mañana, y S.E. pasó parte de ella en revisar su correspondencia y algunos impresos. Entré a su cuarto y le hallé todavía con papeles en la mano dos horas después de la llegada de dicho correo. Iba a retirarme, cuando me dijo que siguiera, que ya había concluido. "Las cartas de Caracas me afligen, dijo; todas me hablan de la miseria del país y del estado de muerte en que se encuentran los negocios mercantiles y la agricultura. Sólo el general Páez no me dice nada de todo esto, seguramente porque los suyos, sus negocios, están en buen estado, y porque poco le importa la pobreza pública. Lea su carta y verá cuán llena está de grandes sentimientos, de amistosas protestas, de consagración a mi persona, y de tantas otras cosas que no están tampoco en su corazón y sí sólo en la cabeza del que ha escrito su carta, bien que Páez le haya dicho ponga esto y estotro y que el redactor la haya compuesto a su gusto. El general Páez, mi amigo, es vano y ambicioso; no quiere obedecer sino mandar, sufre al verme más arriba que él en la escala política de Colombia, no conoce su nulidad, y el orgullo de la ignominia le ciega. Siempre será una máquina de sus consejeros, y las voces de mando sólo pasarán por su boca, pero vendrán de otra voluntad que la suya; yo lo conceptúo como al hombre más peligroso para Colombia, porque posee medios de ejecución; tiene resolución, prestigio entre los llaneros, que son nuestros cosacos; puede llegar el día que quiera apoderarse de la plebe y de los negros y zambos. Este es mi temor, que a muy pocos he confesado, y que digo a usted muy en reserva."

Estaba siguiendo la conversación con S.E. cuando entró el coronel Santana, secretario particular. El libertador le dio varias cartas, le explicó lo que debía contestar a cada una y le ordenó que se las llevara a su casa. S.E. le habló con un tono muy seco, habiendo observado yo, de dos días atrás, una gran reserva de parte de Santana y mucha frialdad de parte del Libertador. Salido el secretario particular, y después de haber dado dos o tres vueltas por el cuarto, sin hablar, S.E. tomó la palabra diciéndome: que la apatía de Santana era increíble, que no había un hombre más deja. do ni más interesado, lo cual era extraordinario. "Todo es frío en Santana, continuó el Libertador; su espíritu, su corazón y su cuerpo participan de aquella indolencia moral. Sólo su memoria tiene alguna actividad y suple en él la falta de ideas y de imaginación. Su humor es melancólico, y Santana es ya un joven misántropo. La sensibilidad excesiva que se observa en él viene de la debilidad de los nervios, y es, por consiguiente, una afección física y no una calidad moral. Es tímido, por esto, como por falta de mundo; nadie más abandonado con su persona, pues vive en permanente desaseo. Tiene algo de cínico, pero nada de la filosofia de Diógenes, porque ama el dinero, le gusta la buena mesa y es un glotón insaciable. No es militar, aunque viste el uniforme, y no veo qué destino civil se le podría confiar en razón de su indolencia canónica y de su ninguna experiencia en los negocios públicos; pero sabe guardar un secreto, y esta es una cualidad que he sabido apreciar. Tal es Santana". Llamaron al Libertador para comer, y fuimos todos a sentarnos a la mesa. La conversación doró sobre Venezuela, y S.E. dijo algo de lo que le decían las cartas particulares que había recibido; habló de algunos arreglos civiles y militares hechos por el jefe superior de Venezuela, y de las nuevas protestaciones de amistad del general Páez, como igualmente del mal que le decía del general Santander y de la Convención, lo que, efectivamente, había visto yo en la carta que me había hecho leer.

Después de comer no salió el Libertador: trabajó una hora con el general Soublette en ver la correspondencia oficial que había venido de Venezuela y en dar sus resoluciones. En seguida dictó varias cartas particulares, que escribió su edecán A. Ibarra, y dejó el trabajo para ir a acostarse.

El Libertador tiene el talento de hacer el retrato moral de una persona; su criterio es seguro, sus pinceladas rápidas, enérgicas y verdaderas. En pocas palabras hace conocer al individuo de quien se ocupa; tengo anotadas algunas de aquellas pinceladas sobre el general Soublette, pero hasta ahora no he podido obtener un retrato completo; sin embargo, recogeré todos los retazos, y los daré a su tiempo.

Día 13

A las siete de la mañana entré en el aposento del Libertador, que estaba en su cama tomando una taza de té. Me dijo S.E. que tenía el estómago algo cargado y un gran dolor de cabeza. A poco rato entró el médico, doctor Moor muy apurado, y S.E. se rió de su apuro. El doctor Moor recetó un vomitivo con tártaro emético, y el Libertador dijo que no lo tomaría; entonces el médico aconsejó continuar con el té y se retiró. "Este doctor, dijo S.E., está siempre con sus remedios, y sabe que yo no gusto de drogas de botica; pero los médicos son como los obispos: aquellos siempre dan recetas y éstos bendiciones.

"El doctor Moor está enorgullecido de ser mi médico, y le parece que esta colocación aumenta su ciencia; creo que, efectivamente, necesita de tal apoyo. Es buen hombre, y conmigo tiene una timidez que perjudica sus conocimientos y sus luces aún cuando tuviese los de Hipócrates. La dignidad doctoral que se le ve algunas veces, es un vestido ajeno de que se reviste y le sienta mal. Está engañado si cree que tengo fe en la ciencia que profesa y en sus recetas; se las pido a veces para salvar su amor propio y no desairalo; en una palabra, mi médico es para mi un mueble de lujo y aparato, no de necesidad; lo mismo que me pasa con mi capellán, a quien he despedido".

¡Qué exactitud y qué fuerza de colorido en aquel retrato! El doctor Moor, como dice S.E., es un buen hombre; es médico, como se ve, del Libertador y además cirujano; tiene el empleo de primer comandante con grado de coronel; es inglés de nacimiento. S.E. discurre muy raras veces con él, y el doctor nunca se mezcla en las conversaciones de la mesa ni de la tertulia.

El Libertador no almorzó, pero se levantó y vino a conversar con nosotros en la mesa. Al mediodía llegó de Ocaña el coronel Daniel O'Leary, edecán del Libertador; nada de nuevo trajo de la Convención; sólo confirmó las anteriores noticias, contando todos los pormenores de ellas con su modo satírico; aseguró que la mayoría de la Convención no estaría a favor de Santander, es decir, por el proyecto de constitución redactado por el doctor Azuero, sino por el que había redactado el señor Castillo. El coronel O'Leary había salido de Ocaña el 9 y nos dijo que el comandante Herrera debía ponerse en marcha el 10 ó el 11 del mismo.

Durante la comida, el Libertador no cesó de hacer preguntas a O'Leary sobre varios miembros de la Convención y sobre todas las ocurrencias que había habido; mucho se habló del general Santander y de los principales corifeos de su partido.

Por la tarde, el general Soublette, unido con su cuñado el coronel O'Leary, hablaron al Libertador para que se concediese un pasaporte al coronel Manuel Muñoz, que se hallaba en Ocaña, para pasar a jamaica; pero después de haberles oído a ambos, que hablaron a favor de dicho Muñoz, el Libertador les contestó con mucha sequedad: "No, señores; el coronel Muñoz debe venir a mi cuartel general a dar cuenta de su conducta, que es criminal; usted, señor Soublette, dará la orden". En seguida se retiró a su cuarto.

        Dia 14

El Libertador amaneció bueno, y al momento de sentarnos a la mesa para almorzar, me dijo: "Ya ve usted, coronel, que sin el emético del doctor me he puesto bueno; y si lo hubiera tomado, quizás estaría ahora con los humores revueltos y con calentura". S.E. hizo nuevas preguntas al coronel O'Leary sobre Ocaña y éste, contestó, llegó a hablar del coronel Hilario López, diputado a la Convención por la provincia de Popayán, designándolo como uno de los principales y m ardientes satélites del general Santander. "López, dijo entonces S.E., es malvado, es un hombre sin delicadeza y sin honor, es un fanfarrón ridículo, lleno de viento y vanidad; es un verdadero don Quijote. Lo poco que ha leído, lo poco que sabe, le hace creer que es muy superior a los demás; sin talento, como sin espíntu  militar, sin valor y sin conocimiento alguno de la guerrera, se cree capaz de mandan y poder dirigir un ejército. Todo su saber consiste en el engaño, la perfidia y la mala fe. En una palabra, es un canalla". El coronel O'Leary hizo la siguiente pregunta al Libertador: - " qué será entonces, señor, su grande amigo, el coronel José María Obando? - Más malo que López, peor si es posible. Es un asesino, con más valor que el otro; un bandolero audaz y cruel; un verdugo asqueroso, un tigre feroz, no saciado todavía con toda la sangre colombiana que ha derramado. Por último, son dos forajidos que deshonran el ejército a que pertenecen y las insignias que llevan; dos monstruos que preparan nuevos días de luto y de sangre a Colombia en compañía con su digno amigo, el obispo de Popayán. después del mediodía llegó el comandante Bernardo Herrera, que había salido el 11 de Ocaña. dio al Libertador las siguientes noticias: que la comisión de redacción debía acabar el proyecto de contestación el 14, y que se había fijado el día 1 5 para su presentación y decisión; trajo algunos de sus artículos principales de dicho proyecto, los cuales disgustaron mucho a S.E.; pero Herrera dijo que la adopción de ellos se paralizaría con la presentación del proyecto formado por el señor Castillo, lo que pondrá a los partidos en el caso de entrar en una transacción y convenir en que una nueva comisión redacte una nueva constitución, tomando los materiales en los dos citados. " equivocados están en su diplomacia aquellos señores!, dijo el Libertador; si tal es su esperanza, es porque están convencidos de que el partido opuesto al suyo es más numeroso; y si tienen aquella mayoría, como lo creo, desde mucho tiempo atrás, su ultimátum será la adopción de su proyecto. Entre dos partidos no hay composiciones: el más fuerte gobierna al otro, y particularmente en un caso como el presente  cuando se sabe que se desecha la razón, lo mismo que el interés público, y que sólo imperan las pasiones, las ideas desorganizadoras, la ambición y el deseo de venganza". S.E. se retiró para leer sus cartas. No volvió a salir de su cuarto sino para comer, y entonces habló de las cartas que había recibido, y que decían lo que había referido el comandante Herrera, y, además, que la Convención había reelegido para su presidente al doctor Márquez, y para vicepresidente al doctor Sotoma "personaje anfibio, dijo S.E; pero más enemigo que amigo mío". Se hizo entonces la enumeración de todos los diputados partidarios de Santander. Según Herrera, el número es mucho más crecido que el de los miembros que marchan con el señor Castillo, y, según O'Leary, es al contrario. "Alguno se engaña, dijo el libertador, y todo lo que ha pasado y pasa en Ocaña prueba que los que ven como Herrera no son los engañados".

El comandante Herrera, así como el coronel O'Leary venían de Ocaña con el encargo de hablar con el Libertador a favor el coronel Manuel Muñoz; y, al efecto, le dijeron que dicho coronel les había confesado hallarse comprometido con el partido de Santander contra su opinión, y aún contra su voluntad; que nombrado diputado de la Convención por la parroquia de Panamá, y no calificado por la junta, había sido nombrado secretario de la Convención por el influjo del general Santander; que a la verdad había admitido dicho destino, pero que lo había renunciado después, y que su único deseo era retirarse a Jamaica.

"No se trata de eso, replicó el Libertador, con indignación; poco me importa todo lo que ha dicho usted para disculpar al coronel Muñoz.

"Cuando lo hice nombrar prefecto del departamento del Istmo, y cuando desde Bogotá lo envié a Panamá, fue para que mantuviese el orden en aquel departamento, reprimiese los movimientos anárquicos y contuviese a los
desorganizadores; todo esto me lo prometió y todo lo contrario ha hecho: se declaró el jefe de los demagogos en
aquel departamento, formó el círculo panameño, e hizo de él una sociedad de facciosos; me ha calumniado e injuriado en aquel país y llegado a Ocaña, su conducta no ha sido menos impropia e indecente: se ha hecho director de las intrigas, ha vuelto a calumniarme, a desopinar mi gobierno y a sembrar la división; todo lo que toca a mi persona lo puedo olvidar y perdonar, pero no debo desentenderme de la falta a sus deberes como militar y como magistrado; los ha traicionado, y por lo mismo he dado orden al general Soublette para que le mande venir inmediatamente a mi cuartel general.

Después de comer, el Libertador salió a pasear a pie; Ferguson, Wilson y yo salimos con él. La primera conversación  fue indiferente; pero luego la varió S.E. y, como pensativo sobre el negocio de Munoz, dijo: Yo se que es bien difícil ser siempre el mismo hombre, y que el que no tiene principios invariables no puede tener conducta uniforme, pero es una fatalidad no haber encontrado sino ingratos; aquellos a quienes he dispensado más confianza y más poder, son los que mas me han vendido.

Volviendo del paseo S.E. me dijo que sabía que casi todas las noches el general Soublette, yo y otros jugábamos la ropilla en mi casa, y que deseaba que aquella noche se hiciese en la suya porque tenía ganas de divertirse. Así se efectuó, y se formó un cuarto compuesto del general Soublette y el comandante Herrera, y del Libertador conmigo. La partida duró hasta las once, y al separarnos, S.E. nos dijo que nos aguardaba todos los días a las siete de la noche para ropillar.

Me alegro de esta circunstancia, porque también en el juego puede estudiarse al hombre, y para juzgarlo bien es preciso verlo y observarlo en todas acciones de la vida privada, en su interior, pues la vida exterior no puede hacerlo conocer. El mariscal de Catinat decía, con razón, que era menester ser muy héroe para serlo a los ojos de su criado o ayuda de cámara.

Día 15

Acabado el almuerzo, todos acompañamos a misa al Libertador, y después fuimos con él a pasar un rato a casa del cura. Sentado S.E. en la puerta de la calle, vio pasar al oficial Freyre, y me preguntó por qué no venía a comer a su mesa, como había ordenado; le contesté que Freyre por timidez y por falta de uso se hallaría en ella muy embarazado y poco en su lugar, y que por eso no le había dicho que concurriese a ella. Entonces me preguntó cuál era la conducta de Freyre, y le dije que era buena. "Pues entonces usted le dirá de mi parte que venga a comer conmigo". Cumplí con la orden, aunque con alguna pena, porque sabía que Freyre, ascendido hacía poco tiempo de la clase de sargento al empleo de subteniente, tenía todavía aquellos modales soldadescos y, puede decirse, aquella educación de cuerpo de guardia que le hacía ridículo en la mesa del presidente de la República. A la hora indicada, llegó Freyre, y el mismo Libertador le indicó el puesto que debía ocupar, y en su actitud S.E. vio que efectivamente, aquel oficial no tenía trato ninguno.

Sucedió durante la comida que el general Soublette dijo: "Alférez Freyre, páseme tal cosa", entonces el Libertador observo al general que debía decirle "señor oficial". Hubo otro incidente: Freyre, para servirse de un plato que estaba bastante distante de él se puso de pie y estirando el cuerpo y los brazos se sirvió de dicho plato en el suyo; el Libertador le dijo entonces: "Señor oficial, no se moleste usted así en servirse; cuando un plato no está a su alcance, pida al que lo tiene al frente, porque es menos trabajo". Después de la comida, el Libertador me dijo: "Es bien rústico su oficial de Estado Mayor, sin embargo, que venga todos los días a almorzar y comer: le desbastaremos y haremos su educación".

Casi todo el día el Libertador ha trabajado en su correspondencia particular, despachando las contestaciones de las numerosas cartas que ha recibido, con O'Leary y Herrera, de Ocaña y del Magdalena. No hubo paseo después de la comida por el mismo motivo, pero hubo ropilla desde las ocho hasta las once de la noche; la suerte fue favorable a S.E. y a mí. Después del juego, el Libertador me llamó a su cuarto, y acostándose en su hamaca me dijo que creía que él y yo jugábamos mejor que el general Soublette y Herrera, y que a suerte igual ellos no podrían ganarnos. Luego mudó la conversación y me dijo: "O'Leary ha venido para regresar a Ocaña, pero yo estoy bien convencido, a pesar de todo lo que me ha dicho, que su presencia en aquel lugar es inútil y la juzgo más bien perjudicial; yo no le dejo volver; bastante son los engañados allá; esta idea me mortifica y no puedo concebir tanta imprevisión o poco criterio.

Día 16

No salió de su cuarto el Libertador esta mañana, sino para almorzar, y en la mesa no habló casi. Esta variedad en el humor de S.E. podría atribuirse a una desigualdad e inconstancia en su carácter, si el motor principal de ellos no fuera únicamente la diversidad de los negocios públicos, que continuamente ocupan su imaginación y le ponen el espíritu triste o alegre. S.E. está siempre fluctuando entre temores y esperanzas, los que le rodean y le escriben le mantienen en esa incertidumbre y por eso se nota ese mal humor, pero, naturalmente, su carácter es jovial.

Después de mediodía el Libertador estaba ya contento y en la comida se había disipado todas las nubes melancólicas de su espíritu. Hizo durante ella el elogio del vino, diciendo que es una de las producciones de la naturaleza más útil para el hombre; que tomado con moderación fortifica el estómago y toda la máquina; que es la de alegrar al hombre, aliviar sus penas y aumentar su valor. Luego S.E., como por casualidad, pasó a hablar de la mantequilla y dijo: que era un manjar apetecible para muchos; que a él le gustaba bastante, pero que es muy biliosa; que se necesita de un buen estómago para digerirla y que produce flemas y bilis. Pero, contraste notable: S.E. estaba comiendo en aquel momento mucha mantequilla, o para probar que no es cierto lo que dicen, o que tiene buen estómago, y tomó poco vino después de haber hablado de sus virtudes. Cito esto porque lo he hallado singular.

Después de la comida y de un corto paseo a pie, S.E. fue a la casa del general Soublette donde estuvimos reunidos todos los de la casa del Libertador. Como de ordinario, SE. tomó la hamaca, que el general le cedió, y trató de reanudar la conversación que se había interrumpido a su llegada. Sacó poco después del bolsillo un impreso de Lima titulado La Prensa. Había en él una proclama del general Sucre, presidente de Bolivia, que todos hallaron bien escrita; pero S.E. empezó a analizarla frase por frase y probó que no tenía todo el mérito que se le suponía. El mismo papel le dio motivo para hablar del señor Vidaure, a quien pintó como un hombre de algún espíritu, de conocimientos superficiales y de una grande in moralidad. Pasó de esto a hablar de un gobierno teocrático, sosteniendo, con cierta ironía, que es el que más convendría a los pueblos de la América del Sur, visto su atraso en la civilización, su corta ilustración, sus usos y costumbres. De allí saltó S.E. a hablar de Roma; discurrió sobre su antigua república, haciendo ver la inmensa diferencia de aquella con la de América. Habló luego de César y de su muerte, haciendo una comparación idéntica entre los demagogos que asesinaron a aquel y los demagogos colombianos. En fin, remontó después hasta la antigua Grecia, refiriendo el furor revolucionario que había reinado en sus varias repúblicas, y concluyó discurriendo sobre Thales. "No soy el único, dijo el Libertador, en quitarle el nombre de sabio. Su opinión sobre la naturaleza de Dios es extravagante, lo mismo que sobre la del alma, su desprecio por las riquezas, la idea de no casarse por no tener hijos, y, en fin, esa multitud de otras originalidades con que nos lo pintan".

El general Soublette, el coronel O'Leary y el comandante Herrera, viendo al Libertador muy contento, quisieron aprovechar aquel momento para interceder de nuevo en favor del coronel Muñoz; mas S.E. estuvo inexorable, y puso fin a la instancia preguntando seriamente al general Soublette si había ejecutado la orden que le había dado para la venida de dicho coronel a Bucaramanga.
Salimos luego de la casa del general Soublette y fuimos con S.E. para su casa a ropillar hasta las diez y media de la noche. Nuestra partida es bien poco interesada, pues para perder veinte pesos sería preciso estar muy de malas, y por lo mismo, el amor propio y no el interés es el único móvil del deseo de ganar. En el juego, corno en cualquiera otra acción de la vida, el Libertador manifiesta el fuego de su imaginación, la viveza de su carácter y aquel ascendiente que tiene siempre sobre todos los demás hombres. Ganando S.E. es muy chanceador, y se burla con gracia de sus contrarios; si pierde, se queja del mal juego y se irrita de la mala suerte, se levanta de su silla, juega de pie y en todas sus acciones se ve que su amor propio está herido en ver la fortuna declararse contra él y en favor de los otros. Lo he visto tirar los naipes, el dinero y abandonar el juego. Esta noche sucedió así, pero volviendo luego a sentarse dijo: "Vean ustedes lo que es el juego: he perdido batallas, he perdido mucho dinero, me han traicionado, me han engañado abusando de mi confianza y nada de eso me ha conmovido como lo hace una mesa de ropilla; es cosa singular, que un hecho tan insignificante como es el juego, para el que no tengo vocación ninguna, me irrite, me ponga indiscreto y en desorden cuando la suerte me es contraria. ¡Qué desgraciados deben de ser los que tienen el vicio o furor del juego! Sin embargo, mañana empezaremos de nuevo y si pierdo, les prometo que estaré más paciente que esta noche y que tendré toda la calma del general Soublette para desafiar la mala suerte". Dijo esto riendo y se retiró a su cuarto.

Día l7

Estando almorzando, el Libertador nos dijo: "La ropilla de anoche me ha hecho meditar: yo he tenido por circunstancias que mezclarme en partidas en que se ganaba o perdía mucho dinero, en juegos de azar tales como el monte, los naipes, o el paro y pinto de los dados, y me mezclaba en ellos más bien con la idea de perder que de ganar. En la ropilla no es así: no es dinero lo que jugamos, sino que cada uno de nosotros pone en el juego su parte de amor propio, cuenta con su saber, cree tener más habilidad que los demás y esperanzado con todo eso se halla penosamente desappointé, como dicen los franceses, cuando la mala suerte destruye todos sus cálculos y su saber; esto, pues, no sucede con los juegos puramente de azar, y sí en los de sociedad, donde el saber entra por mucho; así es que no puedo con sangre fría perder mi amor propio. Ustedes me ganaron anoche, mas espero tener mi revancha o, para hablar en castellano, mi desquite".

Con el correo de Bogotá llegado hoy, S.E. recibió cartas en que le hablan del mal recibimiento que tuvo en Londres el ministro de Colombia, y del empeño que han tomado los ministros extranjeros en Bogotá en el negocio del señor Leiderdorf. S.E. se ha manifestado muy resentido de lo ocurrido en Londres, y se ha expresado duramente contra el Gobierno inglés y su maquiavelismo. Después pasó a censurar la conducta de los agentes diplomáticos en Bogotá, por querer mezclarse en un asunto ajeno de su ministerio, y concluyó diciendo al general Soublette que diese órdenes para que no se hiciese caso de dichos empeños, y que sin reparo alguno se diese cumplimiento a lo resuelto por el Gobierno.

También llegó el correo ordinario de Ocaña, y en las cartas particulares que recibió el Libertador se le asegura que el proyecto de Constitución presentado por la comisión será rechazado, y que se adoptará el del señor Castillo, con pocas modificaciones; aseguran los mismos corresponsales y amigos del libertador que la mayoría de la Convención está ya de acuerdo sobre aquel punto, y ofrecen a S.E. despacharle inmediatamente un extraordinario con el parte, dicen ellos, de aquella nueva victoria. "Esto, dijo S.E. después de haber referido la noticia anterior, es más fuerte excitante que ganar o perder una mesa de ropilla, y, sin embargo, ustedes me ven quieto y dueño de mí. Aquellos señores están todavía engañados, y esto no puede Perdonarse al señor Castillo, a Juan de Francisco y al general Briceño; sin embargo, el primero me dice que los miembros de la Convención son en número de 69 a 70 y que cuenta, de un modo seguro, con 38 votos contra 31 ó 32. ¡Ah, señor Castillo! desde aquí veo y cuento mejor que usted; ¿y cuál será el bochorno y sonrojo del que se cree nuestro Taileyrand cuando vea que los Santander, Soto y Azuero lo han bailado como a un niño? Esto es lo que va a suceder, aunque no lo quiere creer todavía el señor
O'Leary, uno de los grandes diplomáticos de Ocaña". El coronel O'Leary, que estaba presente, sonrió, pero nada contestó.
Durante la comida, nada se dijo sobre política, y la conversación general no ha ofrecido nada interesante que referir. Después de comer, S.E. se sentó en su hamaca diciendo que no tenía ganas de pasear; todos se fueron y sólo yo me quedé con él.

Pasamos algunos momentos de conversación en materias filosóficas sobre el sistema del alma, S.E. dijo que los filósofos de la antigüedad habían divagado a su gusto alrededor de ella y que muchos modernos los habían imitado.

"No gusto, continuó, entrar en metafísicas que descansan sobre bases falsas. Me basta saber y estar convencido de que el alma tiene la facultad de sentir, es decir, de recibir las impresiones de nuestros sentidos, pero que no tiene la facultad de pensar, porque no admito ideas innatas. El hombre, continuó, tiene un cuerpo material y una inteligencia representada por el cerebro, igualmente material, y, según el estado actual de la ciencia, no se considera a la inteligencia sino como una secreción del cerebro; llámese, pues, este producto alma, inteligencia, espíritu, poco importa, ni vale la pena disputar sobre ello; para mí la vida no es otra cosa sino el resultado de la unión de dos principios, a saber: de la contractilidad, que es una facultad del cuerpo material, y de la sensibilidad, que es una facultad del cerebro o de la inteligencia. Cesa la vida cuando cesa aquella unión; el cerebro muere con el cuerpo, y muerto el cerebro no hay más secreción de inteligencia.

Deduzca usted de ahí cuáles serán mis opiniones en materia de Elíseo y de Ténaro o Tártaro, y mis ideas sobre las ficciones sagradas que preocupan todavía tanto a los mortales". - Esa filosofía, señor, dije al Libertador, es muy elevada y no veo muchos hombres en este país capaces de elevarse hasta ella. "El tiempo, amigo mío, replicó S.E., la instrucción, las despreocupaciones que vienen con ella, y una cierta disposición en la inteligencia irán poco a poco iniciando a mis paisanos en las cosas naturales, quitando les aquellas ideas y gustos por las sobrenaturales".

Día 18

Esta mañana asistimos todos a misa con el Libertador, quien desde la víspera había mandado decir al cura que le hiciera preparar el coro para él y la comitiva; allí estuvimos solos, bien desahogados y con mucho menos calor que el que habríamos sufrido en la iglesia.

Antes de comer, S.E. quiso hacer una mesa de ropilla, porque dijo, no había jugado anoche, y porque no había correo que despachar. Mientras estábamos en el juego, entró el edecán de servicio, anunciando a S.E. al cónsul de Holanda que acababa de llegar de Cartagena, y deseaba ser presentado al presidente de la República. El Libertador dijo a su edecán que no recibiría al señor cónsul, que le dijese que siguiera a Bogotá a presentarse al ministro de Relaciones Exteriores y continuó ocupándose de su juego. Aquella contestación nos sorprendió a todos; pero el Libertador no tardó mucho en decir ..................................................

A poco rato volvió el coronel Ferguson a decir a S.E. que el cónsul había seguido inmediatamente y que nada había querido aceptar de lo que se le había ofrecido.

Se acabó el juego para ir a comer. El libertador habló de su familia, porque le hicieron varias preguntas sobre ella; el resumen de sus contestaciones y de lo que dijo es esto: Que su padre, Juan Vicente Bolívar y su madre, Concepción Palacios y Sojo, eran naturales de Caracas; que a su muerte dejaron cuatro hijos, huérfanos ya en 1790; que los varones fueron Juan Vicente y él, Simón José Antonio, y las hembras María Antonia y Júana; que la primera casó con un Clemente, hermano del general, tiene cuatro hijos, dos varones y dos hembras; que la segunda casó con un Palacio y sólo le queda una hija casada con el general Pedro Briceño Méndez; que su hermano Juan Vicente tuvo dos hijos naturales legitimados, un varón y una hembra, casada con el general Laurencio Silva; que el número de sus sobrinos y sobrinas es considerable, así como los hijos de éstos; que él sólo no ha tenido posteridad, porque su esposa murió muy temprano, y que no ha vuelto a casarse, pero que no se crea que es estéril o infecundo, porque tiene prueba de lo contrario.

Después de comer, dimos con el Libertador un largo paseo, recorriendo las faldas de las alturas de Bucaramanga; volvimos a desmontarnos y seguimos después a casa del cura. No hubo ropilla por la noche, y S.E. se retiró temprano; Ferguson y yo nos quedamos algunos instantes con el Libertador, que nos dijo hallarse bastante fastidiado en Bucaramanga; que, sin embargo, se quedaría todavía algún tiempo, pero que pensaba ir a pasear dos o tres días al campo. Luego dijo S.E. a Ferguson: Usted no se encuentra bien con O'Leary, y como son paisanos me causa extrañeza. - Ni él conmigo, contestó Ferguson; creo que mi carácter es demasiado franco para el suyo. - ¿Y con Wilson?

- Amigos, contestó Ferguson, pero sin una grande intimidad, porque el orgullo de aquel joven y su presunción en creer saberlo todo, no puede menos que enfriar la amistad y alejarle a uno de su persona. - Ellos no conocen sus defectos, dijo el Libertador, y se hallarían muy mal si estuvieran sirviendo en un cuerpo y no a mi lado.  Siguio la conversación sobre otras particularidades relativas a las mismas personas, y llegando después a hablar del teniente Andrés Ibarra, el Libertador dijo: "Aquel joven se parece en todo al general Diego Ibarra; sólo es menos comunicativo, menos afable. No ha podido dar pruebas de su valor, pero lo juzgo bravo y muy valiente; estoy ya seguro de sus sentimientos de lealtad, y de que sabe guardar un secreto. El tiempo le dará la experiencia que le falta y su talento hará que temprano se aproveche de ella. Apostaría que será siempre un militar de honor, fiel a sus deberes y a la gloria. Ojalá el ejército colombiano tuviera muchos oficiales con iguales sentimientos, educación y capacidad". En seguida S.E. dijo al coronel Ferguson que aprovechara el primer correo para informar al general Flores de todas las noticias de Ocaña, Cartagena y Venezuela.

Día 19

Esta mañana, en el almuerzo, habló el Libertador con ironía, del correo extraordinario que debe enviarle el señor Castillo para anunciarle la adopción de su proyecto de constitución, diciendo que ya tardaba su venida, pero que él pensaba ir a encontrarlo hasta el pueblo de Río Negro, donde había determinado pasar dos o tres días. "Vendrán conmigo, continuó, los que quieran acompañarme y que no tengan ocupaciones aquí; los que no teman a las culebras, ni a las calenturas, ni a los zancudos, porque de todo eso se encuentra en aquel pueblo, hermoso por su situación y la fertilidad de su suelo".

Todo el día ha estado el Libertador de un humor igual y alegre; en la comida nos habló de una acción reñida ganada por él en Ibarra, y la contó de este modo: "Mi primer proyecto no fue atacar de frente al enemigo en la fuerte posición que ocupaba, pero habiéndome puesto a almorzar con las pocas y malas provisiones que tenía entonces, y con la última botella de vino que quedaba en mi bodega y que mi mayordomo puso en la mesa sin mi orden, mudé de resolución. El vino era bueno y espirituoso; varias copitas que tomé , me alegraron y entusiasmaron de tal modo, que al momento concebí el proyecto de batir y desalojar al enemigo: lo que antes me había parecido imposible y muy peligroso, se me presentaba ahora fácil y sin peligro. Empecé el combate, dirigí yo mismo los varios movimientos y se ganó la acción. Antes de almorzar, continuó el Libertador, estaba de muy mal humor, la divina botella de madera me alegró y me hizo ganar una victoria, pero confieso que es la primera vez que tal cosa me ha sucedido". - Señor, le dije entonces, si ha sido la primera vez para V.E. no el primer ejemplo, y a un poco de vino también deben los austriacos la victoria de Collin. - "Creo haber leído el hecho, pero no me acuerdo, respondió el Libertador; refiéralo usted"... Durante la expresada batalla, el coronel Benekendoff, del regimiento del príncipe Carlos, se halla  ha de reserva detrás de una altura con su cuerpo de caballería y otros regimientos de la misma arma, y situado de modo que veía los movimientos de los dos ejércitos y sólo oía el ruido de la artillería. Mientras le llegaban órdenes se puso a almorzar con muy buena gana, excelentes platos y muy buen vino: creo que el almuerzo del coronel austriaco era mejor que el del general en jefe en Ibarra. Apenas había acabado, como S.E., de vaciar su última botella, cuando le llegó un edecán del general del ejército trayéndole orden para la retirada, e indicándole el punto sobre el cual su regimiento y los demás debían pararse y tomar posición. El coronel subió al momento a la altura y volvió luego con los ojos encendidos, diciendo: El enemigo viene sobre nosotros; retírense los que quieran y que los valientes me sigan". Todos le siguieron, porque todos eran bravos, su regimiento cargó y derrotó una fuerte masa del enemigo; los otros cuerpos que se hallaban con él hicieron lo mismo; los que se retiraban volvieron cara y la batalla se ganó, la que se hubiera perdido si el expresado coronel hubiera cumplido con la orden de retirarse que acababa de recibir. El gran problema por resolver, dice el narrador de la historia, es saber si el coronel Benekendoff hubiera in tentado el golpe referido antes de haber acabado su última botella; creo que no, continúa el historiador, y por lo mismo debe atribuirse al vino la victoria de Collin, ganada por el ejército del señor mariscal Daun, y quién sabe cuántas otras. - "No hay duda, dijo el Libertador, que el vino ha hecho ganar varias acciones, pero también habrá hecho perder algunas; y aunque el verdadero valor no necesita de otro estímulo que el honor, el cuerpo y el espíritu están mejor dispuestos cuando el estómago se encuentra fortalecido.

Por la tarde hubo ropilla y duró hasta las doce; S.E. observó que es un juego fastidioso, que no ocupaba bastante la imaginación; que su movimiento es lento, y que era preciso hallarse en Bucaramanga y no saber qué hacer para ocuparse en tal diversión. Había extrañado que S.E. no hubiese hecho antes aquellas observaciones, porque a la verdad, la ropilla no es un juego capaz de ocupar y distraer un espíritu activo como el suyo.

Día 20

Después de almorzar, el Libertador hizo leer al general Soublette varias cartas particulares que deben ir para Bogotá, Quito y Caracas, diciéndole que los oficios de que le había hablado deben expresar las mismas cosas. Ellas hablan del estado de crisis en que se encuentra la República, de los esfuerzos de los mal intencionados para trastornar el orden, pervertir la moral y seducir las tropas, de la vigilancia que debe ejercitarse, del cuido de la disciplina y de la necesidad de no dejar en los cuerpos jefes y oficiales de mala conducta y principios; de alejar los sospechosos y sostener la moral de las tropas. Habiéndome quedado solo con el Libertador, continuó hablando del contenido de sus cartas, diciendo que las recomendaciones que hacia eran casi inútiles con ciertos jefes; que era lo mismo que predicar en el desierto; que en punto a buena moral era muy difícil darla al que no la tiene y exigir de éstos que vigilen la de los otros. Atribuye S.E. la depravación moral que hay en el país a la mala educación, a la falta de luces y a la pasión del juego, que dice haber en Colombia. La mala educación, que apaga todo sentimiento de honor, de delicadeza y de dignidad, facilita el contagio de las malas costumbres y de los vicios, y aleja del camino de la virtud y del honor; el juego aumenta las necesidades, corrompe al hombre de bien, es causa de muchos robos, de seducciones, traiciones y asesinatos; porque el jugador, para tener dinero, para satisfacer su pasión es capaz de todo. Siguió diciendo que se debían hacer grandes esfuerzos para desterrar esa pasión funesta que llegaba hasta pervertir la disciplina, haciendo que el oficial se reuniese hasta con los soldados para jugar. Que el general Valdés era uno de los que más se habían señalado por esa pasión, y por eso era el que había cometido tantas irregularidades; que Urdaneta, Páez, Santander, Montilla y tantos otros, son igualmente jugadores, pero no se comprometen a igual grado, y que aunque decía aquello con pena de dicho general, también lo consideraba como uno de los más valientes del ejército, porque todo no ha de ser malo en el hombre.

Por la noche no quiso S.E. jugar ropilla sino tresillo, diciendo que era más animado, y se continuó hasta las doce. Todas las noches mientras estábamos jugando, se tomaba una ligera cena. Nadie entra a la sala mientras dura la partida, sino el camarero y el edecán de servicio; por consiguiente, estamos siempre solos S.E., el general Soublette, Herrera y yo.

Día 21

A las seis de la mañana pasó el Libertador por mi casa y entró a mi cuarto diciéndome que tenía ganas de pasear y que venía para que Ferguson y yo le acompañásemos. Yo estaba escribiendo cuando entró S.E.; mandé avisar al coronel Ferguson que estaba todavía acostado, y mientras tanto el Libertador se puso a examinar algunos libros de mi suegro, que están en mi aposento; apartó algunos y me dijo los enviara para su casa, que quería leerlos. Vino Ferguson y salimos los tres. Ferguson y yo estábamos de uniforme y el Libertador iba de paisano como siempre. S.E. empezó la conversación sobre sus primeras campañas; nos declaró que el principio de su fortuna había sido una desobediencia a las órdenes expresas del coronel Labatud, comandante en jefe de las fuerzas del estado de Cartagena, que a fines del año de 1812, obraban sobre la provincia de Santa Marta; que aquella acción y otras que siguieron lo hicieron conocer, y obtener del Gobierno de la Nueva Granada el mando de una expedición sobre Cúcuta; que en febrero del año de 13 derrotó en San José los españoles y los persiguió hasta más allá del Táchira, en territorio de Venezuela, pero que no podía avanzar m sin las órdenes del Congreso granadino; que éstas le llegaron en junio, y que el 15 del mismo mes tenía ya su cuartel general en Trujillo, donde declaró la terrible guerra a muerte, en represalia de la que se le hacía (Aquí faltan ocho páginas al manuscrito).

Día 22

"orgulloso y simple O'Leary, sigue en la misma opinión, pero que Juan de Francisco Martín había manifestado por primera vez dudas sobre lo que antes esperaba; que Aranda, desde mucho tiempo atrás le decía que la mayoría no estaba con ellos, y que de todos los amigos que tenía en la Convención era el que le había hablado con más franqueza y había manifestado más tino y sagacidad. Me ha dicho igualmente S.E., que los proyectos de Constitución no habían sido presentados, pero que estaba muy seguro de que el del señor Castillo sería rechazado, así como la moción relativa a su llamamiento.

En el almuerzo, el Libertador habló poco y nada de política; se mostró muy frío con O'Leary quien, habiéndolo advertido, no dijo una sola palabra. Hasta la hora de comer estuvo S.E. trabajando, en su correspondencia particular, con el coronel Santana. En la mesa puso la conversación sobre Ocaña y preguntó al general Soublette lo que le decían en las cartas que había recibido; éste contestó que le hablaban de los proyectos de Constitución, no presentados todavía, y de la moción que había sido rechazada. " ven, dijo entonces el Libertador, el juicio y la sagacidad de mis amigos en Ocaña? ¿Quién creerá que dicha moción ha sido hecha sin mi participación? nadie, y, por consiguiente, lo inconducente de ella, lo impolítico va a recaer sobre mi persona. Los que la han aconsejado, hecho y sostenido, son unos imprudentes. También digo lo mismo de los que la han rechazado porque se ponen en pugna con todos los que han firmado las actas. Lo digo con franqueza: si acaso hubiera sido aprobada aquella disparatada moción, yo la hubiera considerado como una asechanza y me hubiera abstenido de acogerla". Todo esto lo dijo S.E. con extraordinario resentimiento.

Después de comer salió el libertador a pasear a caballo, y todos le acompañamos, menos el coronel O'Leary y el general Soublette. Ibamos despacio y al cabo de un momento de camino dijo el libertador: " grandes pensadores son nuestros políticos colombianos! Soublette y O'Leary estaban por la moción que tanto me irrita, y ni ellos ni el señor Castillo han pensado que yendo yo para Ocaña la sala de la Convención podía ser para mí lo que el Capitolio para César; no porque ninguno de los miembros fuese capaz de un acto semejante, sino porque no faltarían esbirros para eso.

Día 23

Esta mañana regresó a Caracas el comandante Bernardo Herrera, a quien el libertador dio ayer el despacho de primer comandante. S.E. ha dado a entender esta mañana que se irá pronto. Hoy marchó igualmente para Ocaña el asistente del coronel O'Leary, con el objeto de llevar la correspondencia y regresar con el equipaje de su coronel, que había dejado en dicha ciudad pensando que volvería. Después de almorzar, el libertador fue a tomar su hamaca y me llamó para traducir versos franceses al castellano; tomó la Guerra de los Dioses y la leyó como si fuera una obra escrita en español: lo hizo con facilidad, prontitud y elocuencia; más de una hora seguí oyéndole, con el mayor placer, y raras veces me preguntó el significado de alguna voz. En la comida volvió S.E. a hacer el elogio de dicha obra; pasó después a elogiar las de Voltaire, que es su autor favorito;

criticó luego algunos autores ingleses, particularmente a Walter Scott, y concluyó diciendo que la Nueva Heloisa de J.J. Rousseau no le agradaba por pesada, pero que el estilo era admirable. Que en Voltaire se encuentra todo: estilo, grandes y profundos pensamientos filosóficos, crítica fina y diversión. El tiempo estaba lluvioso, lo que hizo que el Libertador no saliese a pasear, pero dijo que le gustaba, a veces, un tiempo de agua y de grandes aguaceros, porque después de una gran lluvia parecía que la naturaleza se había renovado. En la noche hubo tresillo con el Libertador, el general Soublette y yo, porque el comandante Herrera se había marchado. Después de jugar, S.E. quiso conversar un rato, habló de su viaje para Bogotá y de que lo resolvería definitivamente a la vuelta de Río Negro, para donde iría pasado mañana. Después dijo: "Usted, general Soublette, ¿continúa resuelto a irse para Venezuela? - Sí señor, contestó el general; y tanto mi familia como mis negocios personales, enteramente perdidos, exigen con urgencia mi presencia en Caracas, durante algunos meses.

- Bueno, replicó el Libertador, se le dará a usted una licencia temporal por seis meses, pero todavía no es tiempo de eso, esperemos mi salida para Bogotá". En seguida, S.E., dirigiéndose a mí, se expresó del modo siguiente: "Usted, coronel, estará poco deseoso de volver para Pamplona con el general Fortoul, porque aunque usted no me haya hablado de sus disgustos con dicho general, yo los conozco, y por lo mismo he determinado que usted vaya para Bogotá; por el momento estará usted en el Estado Mayor general y después trataré de darle una colocación mejor: tome usted, pues, sus medidas para esto y envíe a buscar a su señora, que debe complacerse poco en la soledad del desierto de Pamplona". Después S.E. nos preguntó si estábamos contentos los dos de su determinación, porque podrá variarla si teníamos otros deseos; y habiendo recibido
las gracias, que cada uno de nosotros le dimos, se retiró para su cuarto.

Día 24

Los correos de Bogotá, del Sur y de Venezuela, llegaron esta mañana, y las cartas particulares, así como las comunicaciones, hablan todas del estado de efervescencia de aquellos países y de la Convención y contra los individuos del partido santanderista que se hallan en las provincias. Toda la mañana y por la tarde el Libertador estuvo ocupado en leer y contestar la multitud de cartas que había recibido, y en la comida habló de su contenido. Después habló de la servidumbre del pueblo, siempre oprimido por los militares, clérigos, abogados y doctores y dijo que eso sucedería aún con la Constitución más democrática, por que depende de la poca educación y de las costumbres; que en Colombia hay una aristocracia de rango, de riqueza y de empleos, equivalente por sus pretensiones a la aristocracia de título y de nacimiento en Europa; pero que las leyes y la educación irían poco a poco estableciendo el equilibrio social.

Por la noche hubo el constante tresillo, hasta las once y media. Al retirarse para su cuarto, S.E. nos dijo que mañana no iría a Río Negro, como lo había pensado, pero que el lunes o el martes, sin falta, se pondría en camino; que mañana era domingo y que nos aguardaba temprano para ir a misa. Salí de allí con el general Soublette y éste me dijo que el Libertador no se quedaría dos días en Río Negro sin cansarse o seguir para Bogotá, y que él no quería que quedase nada pendiente en su despacho, por lo que no acompañaría a S.E. en su paseo.

Día 25

El Libertador quiso esta mañana almorzar temprano, después de lo cual fuimos todos a misa con él, colocándonos, como el domingo anterior, arriba, en el coro, donde el cura había mandado situar otros asientos; la iglesia estaba llena. Al momento de alzar, una mujer cayó desmayada; los que la rodeaban se afanaron de tal suerte que en un instante el pavor se apoderó de todos los que estaban en el templo y se armó un bullicio extraordinario. El populacho se precipitó hacia la puerta, creyendo que el motivo del desorden era un temblor de tierra. Desde el coro vimos el tumulto sin saber la causa y creímos igualmente que la tierra había temblado, lo que nos hizo espontáneamente correr hacia la escalera; pero viendo que el Libertador no se había movido de su lugar, volvimos a ponernos a su lado. El padre que consagraba no abandonó el altar, donde se había quedado solo, y continuó su misa tan luego como vio que volvían a entrar los que el miedo había hecho salir. S.E. estuvo leyendo todo aquel tiempo, sin decir una palabra a nadie, sino al coronel Ferguson a quien envió a informarse del motivo verdadero del alboroto. Antes de entrar en la iglesia, el Libertador había pasado por casa del cura, tomó de su mesa un tomo de la biblioteca americana, y eso era lo que estaba leyendo.

Aquel acontecimiento fue, sin embargo, de naturaleza capaz de causar espanto, pero el Libertador permaneció impasible, y eso nos dio a todos vergüenza, porque todos nos habíamos levantado para huir de la iglesia. El Libertador vio en nuestros semblantes el sentimiento que nos sonrojaba, y tuvo la delicadeza de no decir ni una palabra sobre aquello; cuando volvió el edecán, le oyó y no contestó nada. He referido este hecho porque pinta algo su carácter.

Después de misa, el comandante Wilson y yo nos quedamos con el Libertador en su casa. S.E. nos habló sobre su expedición en la provincia de Guayana, en el año 17; de lo peligrosa y útil que había sido; nos la presentó como el único proyecto que entonces debiera adoptarse para formar una base de operaciones, concentrar el mando, reunir todos los medios de acción dispersos y establecer unidad, sin lo cual nada de provecho podía hacerse. Que hasta entonces se habían consumado grandes esfuerzos de parte de los patriotas, pero sin ningún o muy pequeño resultado; que lo que él quería y trataba de lograr era uno de aquellos grandes acontecimientos que fuerzan la opinión de todo un país en favor del vencedor y contra el vencido, y establecen un espíritu nacional, sin el cual nada puede crearse estable en política. En aquella época, su nombre era ya conocido, su reputación se hallaba establecida, pero no como lo quería y era necesario para llegar a dominarlo todo y lograr independizar enteramente el país, hacerlo libre y constituirlo bajo el sistema central; que la muerte del general Piar fue entonces una necesidad política y salvó al país, porque sin ella iba a empezar la guerra civil de las castas, y, de consiguiente, el triunfo de los españoles. Que el general Mariño merecía la muerte como Piar por su defección, pero que su vida no presentaba los mismos peligros y que, por eso, la política pudo ceder a los sentimientos de humanidad y aún de amistad por su antiguo compañero. "Las cosas han mudado de aspecto, continuó diciendo el Libertador; entonces, la ejecución del general Piar, que fue el 16 de octubre de 1817, bastó para destruir la sedición: fue un golpe de estado que desconcertó y aterró a todos los rebeldes, desopinó a Mariño y su congreso de Cariaco, puso a todos bajo mi obediencia, aseguró mi autoridad, evitó la guerra civil y la esclavitud del país, me permitió pensar y efectuar la expedición de la Nueva Granada y crear después la República de Colombia: nunca ha habido una muerte más útil, más política y, por otra parte, más merecida. En el día, la ejecución del jefe del partido que trabaja por la destrucción de Colombia, no tendría buenos resultados; la demagogia es como la hidra de la fábula: se le corta una cabeza y le nacen cien; ni la guillotina de Robespierre sería suficiente para destruirla y, por otra parte, mi nombre no debe figurar en la historia de Colombia como el de Monteverde, de Boyes, de Morillo ¡qué digo!; ellos fueron los verdugos de los enemigos de su rey, y yo lo sería de mis compatriotas. Por esto repito que las cosas han variado: la muerte de un criminal en 1817 fue suficiente para asegurar el orden y la tranquilidad, y ahora, en 1828, no bastaría la muerte de muchos centenares".

En la comida, la conversación mudó de tema; habló de la república de Bolivia, de su extensión, clima, población y recursos. El Libertador dijo que el código que le había dado, si se sabe conservar, hará la felicidad, la grandeza y libertad verdadera de aquel país; se extendió sobre todo lo que, según él, tiene de bueno aquella constitución, y criticó igualmente algunos de sus artículos; después pasó a comparar los nombres de Bolivia y Colombia, y sostuvo que aunque el último es muy sonoro y muy armonioso, lo es mucho más el primero; los analizó, separando las sílabas y comparando las unas con las otras. "Bo, dijo, suena mejor que co; li es más dulce que lom, via más armonioso que bia". Luego S.E. cambió de materia y habló del congreso de Panamá, de aquella reunión de plenipotenciarios de todas las naciones independientes de la América del Sur, antes española, a cuya cabeza está Colombia. "Algunos han dicho, y otros creen todavía, dijo S,E., que aquella reunión de plenipotenciarios americanos es una imitación ridícula del Congreso de Viena, que produjo la Santa Alianza europea: se engañan los que lo creen así, y también se ha engañado más que nadie el abate de Pradt con las bellas cosas que ha dicho sobre aquel Congreso, y ha proba do que no conoce la América y su verdadero estado social y político. Cuando inicié aquel Congreso por cuya reunión he trabajado tanto, no fue sino por una fanfarronada que sabía no sería coronada, pero que juzgaba ser diplomática y necesaria para que se hablase de Colombia, para presentar al mundo toda la América reunida bajo una sola política, un mismo interés y una confederación poderosa. Lo repito, fue una fanfarronada igual a mi famosa declaratoria del año de 1818, publicada en Angostura el 20 de noviembre de 1820, en la que no sólo declaraba la independencia de Venezuela, sino que desafiaba a la España, a la Europa y el mundo. No tenía entonces casi ni territorio, ni ejército y llamé Junta Nacional a algunos individuos militares y empleados que tomaban el nombre de Consejo de Estado cuando se reunían para tratar algunos negocios que yo había resuelto ya, pero que tomaban más fuerza, al parecer que habían sido discutidos en Consejo de Estado. Con el Congreso de Panamá he querido hacer ruido, hacer resonar el nombre de Colombia y el de las demás repúblicas americanas; desalentar a España, apresurar el reconocimiento que le conviene hacer y, también, el de las de más potencias europeas, pero nunca he pensado que podía resultar de él una alianza americana, como la que se formó en el Congreso de Viena. Méjico, Chile y la Plata no pueden auxiliar a Colombia, ni ésta a aquellos; todos los intereses son diversos, excepto el de independencia; sólo pueden existir relaciones diplomáticas entre ellas, pero no estrechas relaciones sino en apariencia.

El fundamento de mi carácter reside en la médula de mishuesos. Yo siento que la energía de mi alma se eleva,
se ensancha y se iguala siempre a la magnitud de los peligros. Mi médico me ha dicho que mi alma
necesita alimentarse de peligros para conservar su juicio. Yo soy el genio de las tempestades.
BOLIVAR

(Bucaramanga, 4 de junio 1828)

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